lunes, 25 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 13

—Por supuesto, Paula—sonrió Marcos, reprimiendo su frustración por la entereza con que había salido ésta de la encerrona—. Aunque, queridos telespectadores, permítanme adelantarles que no sólo el coche de Paula se inflamó la semana pasada. ¿Podrá el ex campeón mundial de automovilismo dirigir el volante de la vida de Paula Chaves? No se pierdan el próximo programa de De costa a costa.

Paula estaba indignada y, tan pronto como terminó el programa, se dirigió a Marcos hecha una furia.

—¿Cómo has podido montar este reportaje sin consultarme a mí antes?

—A los jefes les ha encantado —se encogió de hombros.

—Pero era mi reportaje.

—Reconócelo, Paula—la miró desde su mayor estatura—. Tú no tenías la menor intención de acabar con el anonimato de Pedro Alfonso.

—¡Por supuesto que no! —exclamó iracunda—. Le prometí que no revelaría su identidad.

—Que le prometiste, ¿Qué? —intervino la productora.

Paula no había visto que Diana Blake se había acercado a ella por la espalda. Ya no podía sino seguir adelante.

—Pedro me salvó la vida. Lo menos que podía hacer por él era preservar su intimidad.

—¡Eres una periodista, Paula! —le reprochó Diana—. Y éste es un gran reportaje. Deberías estar investigando a qué se dedica, escondido en su casita, y dejarte de promesas tontas. ¿Cuánto tiempo pensabas ocultar esta bomba?

—No es ninguna bomba —replicó Paula—. Pedro es un hombre normal y corriente y no tenemos derecho a violar su intimidad —añadió.

La verdad es que no se atrevía a reconocerse por qué no había investigado más en la vida privada de Pedro, temerosa, quizá, de descubrir algo demasiado espinoso. No, él no estaba involucrado en ningún asunto turbio. No podía pensar así de él. Ésa no era manera de agradecerle que le hubiera salvado la vida.

—¿Normal y corriente? —repitió Diana con incredulidad—. Eso será según tu punto de vista. Menos mal que Marcos me advirtió que harías lo posible por impedir que el reportaje saliera adelante.

—Muchas gracias por actuar a mis espaldas, compañero —Paula se dirigió a Marcos.

—Lo de compañero es relativo —intervino Diana antes de que Marcos tuviera tiempo de contestar—. Tu poca profesionalidad en este tema seguro que acelerará la elección del presentador fijo del programa. No podrás echarnos la culpa por desear que nuestros trabajadores sean fieles a nuestro programa.

Paula  no tenía argumentos. Desde el punto de vista empresarial, Diana estaba en lo cierto. Había concedido más importancia a sus sentimientos por Pedro que a su deber como periodista. Pero no se sentía enfadada consigo misma por rechazar ese periodismo morboso que se alimentaba de los sentimientos de las personas, regodeándose en su dolor y sus desgracias. Tal vez no fuera una gran periodista, pero no quería cambiar en ese sentido.

—Lo dices como si ya estuviese todo decidido —comentó con serena dignidad.

—Seguirás trabajando para nosotros —respondió Diana.

—¿Haciendo qué?

—Preparando tus propios reportajes, como hasta ahora —intervino Marcos, haciéndose el magnánimo.

—¿En El show de Marcos Nero? —preguntó Paula con el ánimo por los suelos. La cara de Marcos se iluminó y sacó pecho para demostrar su satisfacción—. Entonces les ahorraré la molestia de que me despidan —añadió.

Conociendo la dudosa ética profesional de Richard, Sarah estaba segura de que antes o después acabarían enfrentándose de nuevo y que, llegado tal momento, él prescindiría de sus servicios. ¿Para qué aguantar hasta entonces?

Diana estaba muy sorprendida. Había dado por supuesto que Paula habría preferido seguir en el programa, en un segundo plano, a afrontar la amenaza del desempleo.

—No hay por qué apresurarse —acertó a decir—. Todavía no es oficial.

—Pero lo será —apuntó Marcos—. Puede que la decisión de Paula sea lo mejor para todos.

Tal vez para él, pensó Paula, no tan segura de sus fuerzas. Quedarse en el paro era pagar un precio muy elevado por defender sus principios. Aunque jamás podría trabajar para ese hombre. No era la primera vez que Marcos hería a alguien adrede para lograr sus objetivos. Pedro no se había merecido que destruyeran su tranquilidad. Conocía lo impertinentes que podían ser los periodistas y estaba convencida de que no tardarían en acampar delante de la casa de Pedro. Ella no había tardado en descubrir su escondite, después de saber por dónde empezar a buscar, y afuera había compañeros mucho más persistentes que no descansarían hasta dar con Pedro. ¿Qué ocurriría entonces? ¿Se vería obligado a buscarse otro refugio para poder vivir el estilo de vida que había elegido? Estaba descorazonada. Rescatarla del coche se había vuelto en contra de Pedro, que era lo último que ella había pretendido. Se puso firme y disimuló su dolor para que no se le saltasen las lágrimas. Aunque estuviera destrozada, no debía permitir que nadie lo sospechara.

—Firmaré el finiquito en cuanto formalicen los detalles —le comunicó a Diana—. Me iré sin hacer ruido para evitar escándalos... El programa es tuyo —le dijo a Marcos.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 12

—Es una historia en la que estoy trabajando —respondió enigmático.

—¿Sobre?

Una de los encargadas del maquillaje cubrió el cuello de Marcos con una tela y éste se encogió de hombros, cerró los ojos y dejó que la maquilladora hiciera su trabajo, dando la conversación por terminada.

Paula cerró los ojos también e intentó relajarse mientras le aplicaban una máscara de maquillaje que soportara los focos de la televisión. Lo que quiera que Marcos tuviera en mente, sin duda, tenía como objetivo mejorar su imagen ante las altas instancias. Paula sólo esperaba que, al mismo tiempo, no pretendiera arruinar la imagen de ella. ¿Y qué si sucedía eso?, ¿tanto le importaba? Se sorprendió tanto al hacerse esas preguntas que no pudo evitar hacer un movimiento brusco.

—Perdón —le dijo a la maquilladora, que había puesto un gesto de fastidio.

Trató de relajarse de nuevo. Pedro la había hecho replantearse la importancia de aquel programa y de la popularidad. ¿Por qué no se habría ahorrado sus comentarios? Pero, en vez de enfadarse con él, se sintió ansiosa por verlo en cuanto terminara el programa. ¿Qué sucedería esa noche? Tal vez ella lo invitara a su casa después de tomarse un café y cenar. Paula vivía en la playa Mermaid, a pocos minutos del estudio, y su terraza tenía una vista al mar espléndida. ¿Hacía cuánto que no invitaba a un hombre a su casa? En realidad, desde que había empezado a intervenir en De costa a costa, se había ocupado más de asegurarse de que nadie la siguiera a casa. Pero Pedro era diferente. «Quiero formar parte de tu vida; no de tu espectáculo», le había dicho en un tono que había sonado sincero. De pronto se quedó helada: era, desde hacía años, el primer hombre que la apreciaba por ser ella misma, y no por su trabajo.

—¡Paula, por favor!

La protesta de la maquilladora devolvió a Paula a la realidad. Había abierto los ojos justo mientras le estaba dando la sombra. Paula se obligó a comportarse y, poco después, el trabajo de maquillaje finalizó. Se levantó de la silla y se disculpó una vez más.

—Tengo muchas cosas en la cabeza —se justificó.

Marcos ya estaba en el plató, sonriente, en el asiento que ella solía ocupar, acaso en un intento de ponerla nerviosa e incitarla a protestar.

Paula pensó en Pedro, en su forma de ver aquel mundo del espectáculo, y sonrió. Se sentó en el otro asiento sin la menor muestra de contrariedad y disfrutó con la expresión sorprendida de Marcos. No lograría ponerla nerviosa. Al menos no ese día.

Ese día Paula tenía un ángel de la guarda protegiéndola y aconsejándola. Un ángel que, sospechaba Sarah, tenía nombre y apellido: Pedro Alfonso. Dado que no aparecían nunca juntos en De costa a costa, y dado que tenía que compartir la pantalla con ella excepcionalmente, Marcos intentó aprovechar cualquier oportunidad para robarle protagonismo a Paula. Leyó los chistes que le tocaban a ella, cambió el orden de los diálogos, obligándola a improvisar, y dejó en el aire comentarios graciosos que centraron la atención de la cámara. Después de tres cuartos de hora de pelea constante, Paula tenía ganas de asesinar a Marcos y necesitó de toda su profesionalidad para seguir sonriente, tratándolo con amabilidad. Sólo el hecho de pensar en su cita con Pedro la mantenía calmada. Marcos parecía decepcionado al fracasar en su intento de desestabilizarla.

—Espero que disfrutes con el último reportaje. Paula—le comentó durante un corte publicitario—. La verdad es que deberías haberlo escrito tú.

Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, Marcos le desveló el contenido del reportaje y ella se quedó de piedra. No, no podía hacerle una cosa así. Pero se la había hecho. No le quedaba más remedio que aguantar sentada junto a Marcos mientras éste anunciaba públicamente que Pedro había sido quien la había rescatado; palabras éstas que fueron acompañadas por las imágenes que Leandro había tomado del accidente, y por un montaje con carreras del circuito profesional en las que había intervenido Pedro cuatro años atrás.

Mantuvo la compostura a pesar del disgusto. Primero pusieron unas imágenes de una competición celebrada en Japón y luego dieron un primer plano de los ojos de Pedro, la única parte de la cara que tenía al descubierto, protegida la cabeza por un pasamontañas y un casco. Paula contuvo la respiración angustiada mientras veía el reportaje y descubría lo cerca de la muerte que Pedro había estado en multitud de ocasiones, tomando aquellas curvas cerradísimas a velocidad de vértigo. Se le borró la visión al verlo descender de su coche y subir al centro del podio con todos los honores del campeón. Mientras tanto, Marcos hablaba para las cámaras:

—Todos nos preguntamos por qué este misterioso guerrero de la carretera, recluido en su casa de la Costa Dorada, se retiró cuando tenía el mundo a sus pies. Y entre nosotros tenemos a una persona con sobrados motivos para agradecer la presencia de Pedro Alfonso en la Costa Dorada. De no ser por la decidida intervención del campeón de automovilismo, tal vez Paula Chaves no estaría con nosotros para darnos más detalles sobre su misterioso héroe. ¿Paula?

—Estoy muy sorprendida, Marcos—reaccionó al verse enfocada por la cámara, sin prestar atención a las líneas que, en teoría, debía decir. Aquello era precisamente lo que Pedro había querido evitar—. Pedro no quería que los medios de comunicación lo ensalzaran por haberme salvado la vida. Por supuesto, le estoy muy agradecida y, por suerte, he tenido ocasión de manifestarle mi agradecimiento personalmente. Estoy segura de que comprenderás que no dé más detalles.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 11

Después de comer, Pedro insistió en acercar a Paula  al estudio, a pesar de las protestas de ésta.

—Ya te he robado mucho tiempo por hoy. No me cuesta nada tomar un taxi — se resistía.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de organizar mi agenda? —preguntó con  dulzura—. Si me apetece pasarme el día entero de un lado para otro para llevarte al estudio y esperarte, es asunto mío.

El tono autoritario de Pedro no dió lugar a mayor oposición. Paula  no necesitaba que estuviera pendiente de ella; pero, al mismo tiempo, su disposición a sacrificar el día para acompañarla le resultaba muy gratificante. Nadie había hecho nunca algo así por ella; ni siquiera algunos hombres que habían jurado estar perdidamente enamorados de ella. Era demasiado bonito para ser cierto, pensó al detenerse delante del coche de ese hombre que había empezado a conquistar su corazón.

—Dime una cosa, Pedro.

—¿Sí?

—¿Por qué no estás casado?

De pronto se acordó de su ayudante, de Marcelo, el mismo que había estado limpiando el coche. No, era imposible: Pedro no podía ser...

—No por lo que estás pensando —dijo Pedro tras una pausa. Al ver la expresión de Paula, había adivinado lo que ésta estaba imaginando—. Así que ya puedes ir desconectando tu antena de periodista curiosa ahora mismo.

Se sentó ante el volante y se estiró para abrirle la puerta a Sarah.

—No estaba insinuando que...

—Sí lo estabas insinuando —la interrumpió—. Aunque no tienes motivos para pensar así. Si tanta curiosidad tienes, estuve prometido una vez, pero hubo un montón de cosas que salieron horriblemente mal. Decidí que me iría mejor viviendo solo.

—¿Qué pasó? —preguntó.

¿Sería ése el problema que lo había apartado de las competiciones?

—Es una historia muy larga y nada agradable —respondió sin quitar los ojos de la carretera—. Además, yo podría hacerte la misma pregunta.

Era evidente que Pedro no diría nada más de sí mismo hasta que no estuviera preparado.

—¿Qué pregunta?

—¿Por qué no hay un hombre en tu vida?

—Hubo uno hasta hace poco —admitió, decidida a ser más comunicativa que él.

—¿Por qué no funcionó?

—No soportaba la presión de estar junto a una persona famosa. Un día lo llamaron por mi apellido, señor Chaves, y no aguantó más.

—¿Así que estás casada con tu trabajo?

—Que tú decidieras tirar por la borda tu profesión no significa que todos tengamos que hacer lo mismo.

—Gracias por tener tanto tacto —comentó, apretando con fuerza el volante.

Estaba desolada. Nunca debía haber permitido que su enfado por sentirse excluida de esa parte de la vida de Pedro la hiciera decir aquella impertinencia.

—Lo siento. No debería haberlo dicho —se disculpó, colocando una mano sobre el brazo derecho de Pedro.

—No, soy yo el que está muy susceptible —suspiró él—. Tienes derecho a tener tu propia opinión.

Lo que era tanto como afirmar que él no compartía dicha opinión. ¿Decidiría cambiar de planes y no verla esa noche? ¿Cómo se sentiría ella en tal caso?

—¿A qué hora te recojo? —le preguntó, intuyendo su preocupación.

El corazón le dió un vuelco cuando llegaron al estudio y Pedro se estiró, rozándola en el movimiento, para abrirle su puerta desde dentro, mientras ella le indicaba la hora a la que había de ir a buscarla. Acto seguido, él tomó su cara con una mano. y acercó sus labios a los de ella con delicadeza.

—Hasta luego —se despidió acariciándole la mejilla.

—Hasta luego —repitió con ronquera. De repente, el pasado de Pedro le importaba mucho menos que su futuro junto a ella.

Le supuso un esfuerzo no girarse y seguir caminando hacia el estudio, el cual, debido al telemaratón, estaba repleto de personas, focos y técnicos trabajando sin parar. Saludó con un gesto de la mano a los compañeros que se encontró y fue a su camerino a cambiarse de ropa. Al entrar, la sorprendió descubrir que ya estaba ocupado por otros famosos que iban a intervenir en el telemaratón, los cuales se disculparon por haberle tomado prestado su camerino. Sólo le quedaba refugiarse en la habitación en la que se maquillaba, donde pasó el resto de la tarde, tomando notas y haciendo planes para la noche. Media hora antes del inicio del programa, Marcos Nero la interrumpió y se sentó a su lado.

—Esto es un caos —se quejó.

—Al menos a tí no te han quitado tu camerino —replicó. ¿Por qué el de él sí lo habían respetado?, se preguntó Paula. ¿Era una indirecta de la productora respecto a quién ocuparía el puesto fijo de presentador? Trató de encontrar alguna respuesta en la expresión de Marcos, pero ésta le resultó totalmente hermética—. ¿Qué significa este «por confirmar»? —le preguntó, señalando un párrafo del guión de esa noche, el cual estaba encerrado con una llave y el susodicho «por confirman».

viernes, 22 de junio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 10

—Muy bien —dijo Pedro, que reconoció los nombres de sus hermanas—. Así que en tu familia hay una top model y la, posiblemente, futura primera ministra de Australia. ¿Y qué?

—¿Y qué? Pues que sólo puedo estar a su altura si mantengo mi actual trabajo —contestó con un cierto grado de desesperación—. ¿Nunca has deseado algo con tanta fuerza que prácticamente podías tocarlo con las manos?

—Está claro que no sabes mucho de la alta competición de automovilismo; si no, no necesitarías hacerme esa pregunta —replicó Pedro—. Lograr el campeonato del mundo es el sueño de todos los que corremos, y la ilusión por ganarlo sigue intacta por muchas veces que hayas subido al cajón más alto del podio. La cuestión es que yo perseguía ese objetivo porque eso era lo que deseaba con más fuerza; no para demostrarle nada a nadie. Como persona, cada uno es como es y no tiene que andar demostrando nada ni justificándose ante los demás, Paula.

—En teoría, tienes razón. El problema es pensar así cuando estoy cerca de mi familia.

En esos últimos minutos, Paula le había contado más de su vida personal de lo que normalmente le contaba a nadie, pensó sorprendida. Pedro podría hacer públicas sus confesiones y ganar mucho dinero con la exclusiva; y, aunque estaba segura de que él no haría nunca algo así, no podía evitar sentirse violenta por haberse abierto tanto a un hombre al que apenas conocía. Aunque tampoco podía considerarlo un desconocido. Quizá, de alguna manera, sus vidas habían seguido caminos similares y eso ayudaba a que confiara tanto en él. Karen decía que no era accidental el que una u otra persona se sentara al lado de uno en una multitud; que probablemente se debería a que ambas personas ya habrían estado juntas en una vida anterior. Paula nunca había creído en esas historias; pero no podía negar que, junto a Pedro, tenía la impresión de estar ante un viejo amigo.

—¿A qué te dedicas desde que abandonaste la competición? —le preguntó por fin.

Ella casi no sabía nada de Pedro.

—¿Es que tengo que dedicarme a algo? —frunció el ceño—. ¿Es necesario para que me consideres aceptable según tus parámetros? Está bien: asesoro a varias empresas internacionales sobre diseño de vehículos por ordenador.

Paula encajó la respuesta de Pedro como un ataque hacia ella y, de nuevo, volvió a sentirse insegura. Veían la vida de manera muy distinta. ¿Sería su atracción física suficiente para compensar sus diferencias?

—Sí —dijo con firmeza.

—¿Sí? —repitió Pedro, que no sabía a que se refería Sarah.

—Me habías hecho una pregunta y la respuesta es sí.

—«Sí», ¿a qué?

—Sí, quiero que repitamos la experiencia —dijo entre dientes, algo molesta por tener que ser tan explícita—. Y sí, quiero que volvamos a vernos. ¿Satisfecho?

—Todavía no —respondió tras una breve pausa—. Pero no me cabe la menor duda de que lo estaré. Igual que tú, querida Paula. Te recogeré en el estudio cuando termines de trabajar.

Debería haberse irritado porque Pedro había dado por supuesto que no tendría otro hombre esperándola; sin embargo, experimentó una sensación de júbilo al anticipar que al salir del estudio, él la estaría esperando. Notó que las rodillas de Pedro entraron en contacto con las suyas. Se trataba de un roce casual e inintencionado; pero no por ello dejó de estremecerla. Tenía la sensación de que el programa de esa noche se le iba a hacer interminable.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 9

—Pero hay que grabar las promos... los avances que salen por televisión; y hay que montar los reportajes y escribir los guiones —explicó Paula. Suspiró—. Tranquilo, no eres el primero que piensa que, como el programa dura una hora, sólo trabajo una hora al día.

—Me he relacionado con los medios de comunicación lo suficiente como para no caer en ese error —le aseguró Pedro—. Pero creía que hoy le tocaba presentar a Marcos Nero; que se turnaban...

La halagó comprobar que Luke estaba al corriente de su actividad profesional. En realidad, no tenía ninguna importancia, lo sabía todo el mundo; pero el hecho de que él lo hubiera advertido la agradaba.

—El programa de esta noche forma parte de un telemaratón con fines benéficos y lo vamos a presentar juntos excepcionalmente —explicó Paula.

—No te atrae mucho la idea, ¿No?

—No aguanto a ese tío. Quiere lograr el puesto fijo de presentador y hará cualquier cosa por conseguirlo —dijo en tono despectivo.

—¿Y tú no?

Sintió que se estaba ruborizando. Ojalá Pedro no pensará que ella era tan ambiciosa e implacable como Marcos Nero.

—También quiero el puesto —admitió—. Pero prefiero ganármelo haciendo méritos, en vez de haciendo la pelota y trepando a costa de los demás.

—¿No crees que Nero se merezca el puesto?

—Por supuesto que es válido y se lo merece —concedió Paula—. Pero sus reportajes no respetan la ética profesional en muchas ocasiones.

—Entonces me alegro de haberte sacado a tí del coche, en vez de a Marcos.

—¿Habrías estado igual de dispuesto a hacerle a él el boca a boca? —preguntó Paula sonriente.

—Digamos que no habría sido tan... placentero —respondió con una sinceridad que la hizo estremecerse de... ¿Agradecimiento?

Pedro sabía de sobra los efectos de sus palabras y acciones desde el momento en que la había besado por primera vez. Notó que la sangre le sonrojaba las mejillas y deseó hallarse en el estudio de televisión, protegida con una buena capa de maquillaje. Pero allí, como siempre que no trabajaba, iba casi a cara lavada.

—¿Paula? —le preguntó con suavidad.

—Eh... está bien, ¿Qué hay de comer? —acertó a decir confundida, refugiándose tras la enorme carta de los menús que tenía el restaurante. Así, oculta tras los menús, escuchó una risilla de Pedro—. ¿Se puede saber qué es tan gracioso? —le preguntó furiosa.

—Tú —dijo señalándola con el dedo—. La experimentada reportera de televisión todavía es capaz de sonrojarse. Es toda una sorpresa.

—No me he sonrojado —negó con fiereza—. Es el sol, que...

—El sol —repitió él—. Seguro que es el sol, y no pensar en abrazarnos y besarnos, en dejarme saborear el néctar de tu deliciosa boca.

—Para —susurró, mirando alrededor para asegurarse de que nadie los oía. De lo contrario, aquel romántico encuentro acabaría apareciendo en todos los periódicos locales al día siguiente—. Por si no lo recuerdas, te hice un favor, permitiendo que me hicieras el boca a boca para ocultar tu identidad ante las cámaras. Podría haberme puesto a gritar para que todos se fijaran en nosotros. Lo sabes.

—¿Y por qué no gritaste? —preguntó, apoyando las manos sobre la mesa.

—No sé.

—Claro que lo sabes: no gritaste porque te gustó. Las dos veces. Y ahora te estás preguntando cuándo será la próxima vez que podamos volver a besarnos... a ser posible, sin tener que sacarte de nuevo de un coche a punto de explotar.

—Eres increíble —dijo asombrada—. ¿No serás, por casualidad, de los que afirman que quien salva la vida de una persona se convierte en el dueño de ésta?

—En absoluto —respondió con calma—. Pero todavía no me has contestado. ¿Por qué no gritaste, Paula? O mejor, directamente: ¿Quieres que volvamos a vernos?

Estaba desconcertada. Ahora que le estaba proponiendo una nueva cita, no estaba segura de qué debía responder. No había dejado de pensar en Pedro desde que él la había salvado; pero eran personas de ideas y valores completamente dispares.

—Creía que odiabas ser el foco de atracción —contestó, evitando una respuesta directa.

—Esto no tiene nada que ver con ser el foco de atracción. Quiero formar parte de tu vida, no de tu programa de televisión.

—Mi vida y mi trabajo vienen a ser una misma cosa.

—Pero no tiene por qué ser así —Pedro le quitó la carta de los menús para mirarla a los ojos—. Las personas somos más que nuestro trabajo, Paula. Hubo un tiempo en que creía que yo no era nadie si me quitaban mi coche, la fama y la competición; pero cuatro años apartado de los circuitos, llevando una vida normal, me han enseñado que no es así. Lo único que importa es la estima en que cada uno se tenga; no los títulos de automovilismo ni los programas de televisión.

—Eso cuéntaselo a mis padres —repuso con acritud—. Por primera vez en mi vida se sienten orgullosos de mí, debido exclusivamente al trabajo que estoy haciendo.

—Pues más tontos son ellos —aseguró Pedro—. Deberían haberse sentido orgullosos de ti nada más tenerte, por el mero hecho de ser tú misma.

—Ésa es una buena teoría —afirmó Paula tras una carcajada—. Pero cuando tienes unas hermanas como las mías, hace falta mucho más para ganarse el respeto de la familia. Mi hermana Delfina es top model y la mayor, Isabel, es la estrella actual de la escena política de Canberra.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 8

Paula sintió ganas de matar a su amiga en ese preciso instante; pero luego comprendió que lo que Karen buscaba era descubrir si él también estaba libre o si salía con alguna afortunada mujer. En cualquier caso, Pedro no cayó en la trampa.

—Me alegro de volver a verte, Paula. Karen...

—¿Te apetece tomarte un café? —la invitó ésta—. Yo tengo que irme, pero seguro que a Paula no le importa hacerte un poco de compañía —añadió al ver que Pedro se iba a negar.

Sí, sin duda, iba a tener que asesinar a su amiguita. ¿A qué venía esa aclaración? Karen nunca se había dedicado a hacer de alcahueta para los demás.

—Me habías dicho que estabas libre esta mañana —le dijo Paula a su amiga.

—Acabo de recordar un encargo urgente —replicó ella con naturalidad, poniéndose en pie—. Ya nos veremos. Pasenlo bien.

Paula sintió que le iba a dar un ataque cuando Pedro ocupó la silla que Karen acababa de dejar libre y le pidió al camarero que trajese más café. Como el anterior día en su casa,  se fijó en que Pedro sólo pedía café solo. Estaba desarrollando una peculiar capacidad para observar ese tipo de detalles pequeños, como el vello moreno que aparecía en la parte superior de su pecho, el botón superior de su camisa desabrochado.

—No tienes por qué hacerme compañía si prefieres hacer alguna otra cosa — afirmó Paula, que apenas podía tragar saliva.

—Si tuviera otras cosas de las que ocuparme, tranquila, que las estaría haciendo —respondió Pedro—. Ahora mismo, estoy aquí muy a gusto.

—Sí, hace una mañana muy agradable —comentó, malinterpretando adrede el comentario de Pedro, quien, seguro, sólo estaba mostrándose educado.

—Preciosa —reforzó él con voz profunda, dejando en el aire un doble significado. Luego dio un sorbo de café.

—¿Qué haces en Broadbeach? —preguntó Paula.

—Tenía que atender unos asuntos —respondió vagamente—. ¿Estás totalmente recuperada del accidente?

—Sí, gracias —contestó Paula, algo decepcionada por lo esquivo que seguía mostrándose Pedro—. Aunque a los del estudio no les hizo mucha gracia cómo quedó el coche. Ahora tengo que usar taxis, hasta que me consiga otro coche —comentó.

Hablar del accidente la hizo recordar la suerte que había tenido. Si Pedro no la hubiera rescatado...

—Estás viva, y eso es lo único que importa —afirmó él, como si le hubiera estado leyendo los pensamientos.

—Gracias a tí. Sabías que el coche podía explotar en cualquier momento, pero no dudaste en ayudarme —afirmó emocionada. Era la primera vez que alguien arriesgaba su vida por ella.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

—Pero no lo hicieron —señaló Paula, para volver al ataque acto seguido—. ¿Por qué no querías salir en televisión? ¿Está relacionado con el motivo que te hizo abandonar el automovilismo?

—Quizá me cansé de la fama —respondió poco convincente—. ¿A tí no te molesta que todo el mundo te esté mirando vayas donde vayas?

—Gajes del oficio —contestó a la defensiva.

—En realidad, te gusta, ¿No es cierto?

—He trabajado durísimo para llegar donde estoy —lo miró a la cara desafiantemente—. No veo por qué no me iba a gustar haber logrado lo que quería.

—Tienes razón. No tienes por qué no disfrutar de tu éxito... de momento. Pero el día en que no puedas salir a la calle ni dar un paso sin despertar la atracción de los demás, cuando no sepas si tus amigos están contigo por ser como eres o por ser famoso, entonces me cuentas si la fama te sigue pareciendo tan divertida. Y ahora tengo que irme. Me alegro de haberte visto, Paula.

Ésta sintió que un cuchillo le desgarraba el corazón. Pedro estaba a punto de marcharse de su vida, con la misma suavidad con que había vuelto a entrar en ella.

—No te vayas, por favor —Sarah se resistía a despedirse de Pedro.

—Créeme, Paula. Es mejor que me vaya.

-Mejor, ¿Para quién?, ¿Para tí?

Lo preguntó tan amarga y reprobatoriamente que Pedro se quedó sorprendido. Se pasó una mano por el pelo y los ojos le brillaron de una manera muy extraña.

—Estoy pensando en tí, Paula. No en mí. Tienes razón: tienes derecho a disfrutar de la popularidad que has alcanzado con el sudor de tu trabajo. Lo que yo piense al respecto no debería influirte.

—¡Vaya! —exclamó Sarah más calmada—. No tenías por qué disculparte; parece que hubiéramos tenido nuestra primera pelea —añadió entre risas.

—Eso significaría que probablemente estamos prometidos —respondió también riendo, descargando la tensión del momento anterior.

Paula sintió que todos los nervios de su cuerpo estaban encendidos, y tuvo que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para seguir con la broma.

—Veamos: nos hemos besado, por estricta obligación, por supuesto; hemos compartido un par de cafés y acabamos de tener una pequeña discusión. Esto es casi una relación hoy día.

—Y ya no me puedo librar de una relación tan duradera, ¿No? —hizo una pausa—. ¿Has comido ya?

—No —miró el reloj—. Y la verdad es que ya va siendo hora. Son las doce y pico y tengo que estar a las dos en el estudio.

—Tu programa no es hasta medianoche —observó Pedro.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 7

Una semana más tarde, Paula quedó con Karen para tomarse un café en Broadbeach. Intentó no hacer caso a los curiosos que las observaban, precio que debía pagar por aparecer en televisión.

—¿Han decidido las altas instancias quién presentará De costa a costa definitivamente? —preguntó Karen.

—Parece ser que Marcos parte con ventaja, simplemente por el hecho de ser hombre. Si pudiera ofrecer algún reportaje que funcionara bien y captara la atención de los telespectadores...

—Se me ocurre uno —sonrió Karen.

—¿Pedro Alfonso? —Paula denegó con la cabeza—. Le prometí no mencionar que él fue quien me salvó la vida.

—¿Y si al final tienes que decidirte entre no respetar la intimidad de Pedro o despedirte de tu programa?

—Preferiría que no me hicieses ese tipo de preguntas, Karen. Puede que no sea una gran periodista si le doy más valor a mi palabra que a un reportaje; pero el caso es que así es.

—¿Y qué me dices de Pedro?, ¿Qué significa para tí?

—Nada —respondió con contundencia—. Sólo nos hemos visto dos veces y en una de ellas yo no estaba en condiciones de valorar el encuentro.

—Estabas tan conmocionada que viniste disparada a verme para averiguar quién era él —le recordó Karen.

—Está bien, reconozco que me impresionó. Pero Pedro no me ha llamado desde que fui a su casa a darle las gracias.

—¿Quieres que te llame? —la miró a los ojos.

—Claro que no... Bueno, quizá... —vaciló, aunque, en el fondo, su corazón le gritaba que sí, que deseaba volver a sentir la cercanía de Pedro.

No había malinterpretado el destello de sus ojos cuando habían estado juntos. Ella nunca había sentido algo tan intenso, y aquello no tenía que ver con el hecho de que la hubiera rescatado en el accidente. Pedro no tenía su número de teléfono, pero podía localizarla sin problemas en el estudio de televisión. Su silencio le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¡Por todos los santos, mujer! ¿Quieres entrar en el mundo moderno, Paula? — preguntó Karen, depositando con fuerza la taza de café sobre la mesa—. Hoy día ya no tienes que esperar a que sea el hombre el que llame. ¿Qué te impide ser tú la que tome la iniciativa?

Karen tenía razón. De hecho, Paula ya había pedido citas a otros hombres en ocasiones anteriores. Sin embargo, por lo que fuera, con Pedro era distinto. No temía que fuera a recibir su llamada de mala manera, sino que no tuviera el menor interés en verla de nuevo. Mientras ella no hiciera nada, siempre le cabría la esperanza de que él se pusiera en contacto. Una pareja de mediana edad las interrumpió para pedirle un autógrafo; turistas, a juzgar por las cámaras fotográficas y las bolsas de mano que llevaban.

—¡Qué contenta se pondrá nuestra hija cuando se lo digamos! —exclamó la mujer después de que Paula les firmara en un papel que ellos le habían entregado.

Luego se marcharon y Paula retomó la conversación con Karen:

—Todavía no entiendo por qué se esconde tanto Pedro. Sé que la popularidad no es siempre agradable; pero estoy segura de que tiene que haber algún motivo más que justifique esa actitud tan reservada.

—Yo sólo sé que en el pasado le sucedió algo que le hizo huir de los focos; de ser el centro de atención. Quizá se cansó de que lo adularan —Karen sonrió—. Debes de ser la única mujer en kilómetros a la redonda incapaz de reconocerlo nada más verlo.

—El automovilismo nunca me llamó la atención —se excusó Paula—. Su cara me sonaba, pero estaba demasiado aturdida como para localizarlo. Hay tantas personas a las que conozco de vista en mi trabajo, que no me pareció extraño.

—Pero no te entran ganas de conocer personalmente a todas esas personas — apuntó Karen—. Reconócelo: Pedro te dejó muy impresionada, lo cual no me extraña, la verdad. Cualquier mujer perdería la cabeza después de que un hombre así le hiciera el boca a boca.

—Yo no perdí la cabeza —se resistía Paula a aceptar—. Además, ¿Por qué estamos hablando de esto? Lo más probable es que no vuelva a saber nada de él en toda mi vida —añadió, sin contar con los caprichos del azar.

—Buenos días, Paula—intervino alguien, hablando en voz baja.

—Pedro—dijo sorprendida.

—Precisamente estábamos hablando de tí —comentó Karen, que se ganó una patada por debajo de la mesa.

—Pedro Alfonso, ésta es Karen Sale. Karen lleva una biblioteca de documentos fotográficos —los presentó Paula.

—¿No nos hemos visto antes? —le preguntó Pedro a Karen con interés.

—Sí, me extraña que te acuerdes. Yo salía con Gabriel Corcoran, que era uno de los que...

—Formaban parte del equipo técnico cuando corría para Branxton —se adelantó Pedro—. ¿Sigues viendo a Gabriel?

—Rompimos hace un par de años. Se puede decir que ahora mismo estoy disponible.