Durante unos minutos Pedro se quedó contemplando el teléfono después de colgar, haciendo caso omiso del cachorro que le mordía los cordones de los zapatos. Sabía que no era asunto suyo si Paula salía o no con alguien en Phillip Island. Un antiguo amigo, le había dicho. ¿Hasta qué punto antiguo, y hasta qué punto amigo?
—¿Se lo has dicho?
Pedro abandonó de golpe sus pensamientos y movió la cabeza. Matías Ellison, detective y amigo de la facultad esperaba una respuesta.
—No me ha parecido necesario. Donde está, no corre ningún peligro.
—No le habría hecho mal saber lo que hemos descubierto.
—¿Y qué hemos descubierto en realidad? Que una mujer llamada Jesica Fine tuvo un bebé en el Hospital Las Rosas cuando su hermana era comadrona jefe y que seguramente esta debía estar metida hasta el cuello en lo del tráfico de bebés. Que esa comadrona atendió el parto de su cuñada Jenny, algo que seguramente va contra las normas del hospital, pero que no es ni mucho menos una acción criminal. Que mi fuente me ha prometido conseguirme una copia de los historiales qué alteró la comadrona, de modo que al menos podremos seguir la pista a dos bebés más que podrían haber sido cambiados. Pero hasta que no consiga pruebas, nuestro caso contra, el partero queda en agua de borrajas.
—Entonces, no piensas que...
—Yo ya he caminado antes por el camino por el que tú vas ahora, y te aseguro que no conduce a ninguna parte. Jesica Fine solicitó una prueba de ADN de su bebé. He visto el historial original y los resultados eran concluyentes: era hijo suyo.
Matías Ellison se frotó la barbilla con aire pensativo.
—¿Por qué haría algo así?
—¿El qué?
—Solicitar una prueba de ADN.
—Puede que sospechara que su cuñada estaba metida en algo turbio y empezara a preocuparse por si el niño era de verdad hijo suyo o no.
—Es posible.
—Hiciera lo que hiciese su cuñada, está claro que ese niño es hijo suyo.
—Si tú lo dices...
Pedro se dijo que el trabajo de su amigo era, precisamente, sospechar de todo.
—Me interesa más saber por qué Jesica Fine dejó una flor en el parque.
Según Matías, había sido ella quien había dejado la flor en el nicho de su hijo. Con un suspiro de impaciencia, Pedro consiguió que Mungo dejase de morderle los cordones y lo llevó a la cocina. El animal, en cuanto vió que su dueño sacaba una lata de comida, comenzó a dar saltos de entusiasmo.
—Abajo, Mungo —le dijo, y poniendo un trozo de comida por encima de la cabeza del animal, consiguió que se sentara—. Buen chico, Mungo —lo premió, acariciándole la cabeza.
Matías estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándolo fascinado.
—Buen truco. A mí también me gustaría poder tener perro, pero con mi trabajo nunca sé cuándo voy a volver a casa. Podrías prestarme el tuyo de vez en cuando.
—¿En serio? Sería estupendo tener a alguien que se ocupara de él cuando tenga que viajar.
—Genial. Seré su padrino.
—No sé si los perros tienen padrino, pero me parece estupendo. Ven, Mungo, que te voy a presentar a tu padrino.
El cachorro tenía el morro hundido en un comedero que era casi tan grande como él y no levantó la cabeza. Riendo, salieron de la cocina de nuevo al salón.
—Aún no me has explicado por qué estás tan interesado en saber quién visita ese jardín —comentó Matías.
No le había contado que Paula había dado a luz aquella misma noche, ni que la placa de Bautista era la del hijo que nunca tendría oportunidad de conocer. Por otra parte, estaba casi seguro de saber por qué Jesica Fine había llevado flores a la tumba. Paula y ella debían haberse conocido durante el parto, y seguramente le llevaba flores para mostrarle su apoyo. No es que aquella explicación lo satisficiera por completo, pero como no tenía otra...
—Y no pretendo hacerlo —le contestó.
El investigador se encogió de hombros.
—Como quieras, pero trabajo mejor si conozco todos los hechos. Deduzco que si surgiera algo que..., bueno, que tenga que ver contigo, debo guardármelo, ¿No?
—Dímelo a mí, y yo te diré si estás en el buen camino. Lo siento, Matías, pero esta vez no es solo cosa mía, ¿Entiendes?
—Te lo recordaré la próxima vez que andes detrás de alguien —contestó Matías de buen grado.
lunes, 4 de junio de 2018
No Estás Sola: Capítulo 41
La cama era grande y el colchón nuevo, aún con el plástico sin quitar; de hecho le costó casi un combate de lucha libre deshacerse de la condenada funda para poder hacer la cama con unas impecables sábanas que encontró en un armario. Allí mismo encontró también unas esponjosas mantas, aunque probablemente solo necesitaría una. En el cuarto de baño que tenía la habitación, había una espléndida bañera de esquina, y se prometió un baño espumoso cuando hubiera terminado de organizarse. Estaba revisando la cocina para ver qué necesitaba comprar cuando la sobresaltaron las notas de Jingle Bells. Con un suspiro de resignación descolgó el teléfono. Como fuera algún problema de trabajo y le estropeara la tranquilidad... Pero no. Era Pedro. El corazón comenzó a latirle apresuradamente.
—Solo quería saber cómo estás.
Menos mal que no podía ver su sorpresa. Pedro nunca hacía llamadas de ese tipo.
—Bien —le aseguró, a pesar de que la voz le tembló ligeramente—. La casa es una maravilla.
Oyó la protesta de Mungo como telón de fondo y a Pedro dirigirle unas palabras para que se calmara.
—¿Qué tal los vecinos?
—No hay. Manna Cottage, que así es como se llama la casa, está en una hermosa finca, a unos quince minutos andando del pueblo.
—Un poco aislada, ¿No? ¿Seguro que estarás bien ahí tú sola?
Su preocupación era verdaderamente halagadora.
—Aquí no es como en una gran ciudad, Pedro. En la isla, la gente sigue dejando los coches con las ventanillas bajadas y las puertas abiertas.
—Espero que a tí no se te ocurra hacer tal cosa. Algunos de los crímenes más horrendos de los que he tenido que informar en mi vida han ocurrido en lugares tan idílicos como ese.
—Vaya, hombre. Muchas gracias. No estaba asustada... antes, claro.
—Yo no pretendía asustarte, pero es que..., bueno, que tengas cuidado, ¿Quieres?
Algo en su tono de voz hizo que se despertaran sus sospechas.
—¿Has hablado con el detective? ¿Ha averiguado algo interesante?
No estaría basada tanta preocupación en lo que aquel hombre hubiera averiguado, ¿No? Hubo un breve pero tenso silencio, roto solo por las protestas de Mungo, a quien nadie hacía caso.
—He hablado con él, y tenías razón. Lo de la flor debió ser un error.
Por su tono de voz estaba claro que no se lo creía. ¿Qué más habría descubierto el detective? Seguramente Pedro estaría esperando a disponer de todos datos fiables antes de decirle nada, pero aun así la dejó preocupada. Claro que, si sospechara que algo iba mal, se lo habría dicho, ¿No? Aunque luego resultase ser una falsa alarma.
—¿Me estás ocultando algo? —le preguntó.
Pedro tardó en contestar.
—Qué tontería. Siento haberte puesto nerviosa. No me daba cuenta de que ahí no es como en la ciudad. Ahí no hay peligro.
Pero en otro sitio, sí, leyó entre líneas. ¿Por qué no me cuentas el resto?, hubiera querido gritarle, pero sabía que convencer a Pedro de que dijera algo que él no quería era tan difícil como arrancarle un diente, así que decidió probar otra táctica.
—¿Qué tal fue el coloquio? —le preguntó.
A lo mejor si conseguía que siguiera hablando, se le escapaba algo más.
—Fue un circo, terminamos a medianoche. Sale mañana por la noche, si quieres verlo.
Su reticencia a hablar estaba agotándole la paciencia.
—¿Mañana? Vaya. Mañana voy a salir. Es que me he encontrado con un antiguo amigo, PabloMarshal. Me ha invitado a cenar mañana y no he tenido tiempo aún de ver cómo funciona el vídeo de la casa. ¿Podrías grabármelo tú, y así lo veo cuando vuelva?
De ese modo, tendría una excusa para volver a verlo. Un viento helado le llegó al auricular arrastrado por su voz.
—No tiene importancia. Ya lo has oído todo en las entrevistas. Bueno, tengo que dejarte. Será mejor que le dé de comer a Mungo antes de que acabe con mis zapatos. Cuídate.
La frialdad de su voz y la rapidez con que le colgó la dejó pensativa e intentó recordar la última parte de su conversación. Le había contado lo de la cena con Pablo Marshal, pero había olvidado mencionarle que tenía mujer e hijo. A Pedro le importaba. La idea le disparó la sangre por las venas, pero se obligó a pensar con más claridad. Era un hombre muy posesivo. De hecho, la había considerado suya hasta que se marchó, y seguramente debía seguir considerándola así. No era más que un primitivo enfrentamiento de dos machos. No podía malinterpretarlo pensando que podía albergar interés por ella, o que hubiese esperanza para ellos dos. De todos modos, mientras confeccionaba la lista de las cosas que necesitaba comprar, sintió el corazón mucho más ligero de lo que lo había sentido desde hacía días.
—Solo quería saber cómo estás.
Menos mal que no podía ver su sorpresa. Pedro nunca hacía llamadas de ese tipo.
—Bien —le aseguró, a pesar de que la voz le tembló ligeramente—. La casa es una maravilla.
Oyó la protesta de Mungo como telón de fondo y a Pedro dirigirle unas palabras para que se calmara.
—¿Qué tal los vecinos?
—No hay. Manna Cottage, que así es como se llama la casa, está en una hermosa finca, a unos quince minutos andando del pueblo.
—Un poco aislada, ¿No? ¿Seguro que estarás bien ahí tú sola?
Su preocupación era verdaderamente halagadora.
—Aquí no es como en una gran ciudad, Pedro. En la isla, la gente sigue dejando los coches con las ventanillas bajadas y las puertas abiertas.
—Espero que a tí no se te ocurra hacer tal cosa. Algunos de los crímenes más horrendos de los que he tenido que informar en mi vida han ocurrido en lugares tan idílicos como ese.
—Vaya, hombre. Muchas gracias. No estaba asustada... antes, claro.
—Yo no pretendía asustarte, pero es que..., bueno, que tengas cuidado, ¿Quieres?
Algo en su tono de voz hizo que se despertaran sus sospechas.
—¿Has hablado con el detective? ¿Ha averiguado algo interesante?
No estaría basada tanta preocupación en lo que aquel hombre hubiera averiguado, ¿No? Hubo un breve pero tenso silencio, roto solo por las protestas de Mungo, a quien nadie hacía caso.
—He hablado con él, y tenías razón. Lo de la flor debió ser un error.
Por su tono de voz estaba claro que no se lo creía. ¿Qué más habría descubierto el detective? Seguramente Pedro estaría esperando a disponer de todos datos fiables antes de decirle nada, pero aun así la dejó preocupada. Claro que, si sospechara que algo iba mal, se lo habría dicho, ¿No? Aunque luego resultase ser una falsa alarma.
—¿Me estás ocultando algo? —le preguntó.
Pedro tardó en contestar.
—Qué tontería. Siento haberte puesto nerviosa. No me daba cuenta de que ahí no es como en la ciudad. Ahí no hay peligro.
Pero en otro sitio, sí, leyó entre líneas. ¿Por qué no me cuentas el resto?, hubiera querido gritarle, pero sabía que convencer a Pedro de que dijera algo que él no quería era tan difícil como arrancarle un diente, así que decidió probar otra táctica.
—¿Qué tal fue el coloquio? —le preguntó.
A lo mejor si conseguía que siguiera hablando, se le escapaba algo más.
—Fue un circo, terminamos a medianoche. Sale mañana por la noche, si quieres verlo.
Su reticencia a hablar estaba agotándole la paciencia.
—¿Mañana? Vaya. Mañana voy a salir. Es que me he encontrado con un antiguo amigo, PabloMarshal. Me ha invitado a cenar mañana y no he tenido tiempo aún de ver cómo funciona el vídeo de la casa. ¿Podrías grabármelo tú, y así lo veo cuando vuelva?
De ese modo, tendría una excusa para volver a verlo. Un viento helado le llegó al auricular arrastrado por su voz.
—No tiene importancia. Ya lo has oído todo en las entrevistas. Bueno, tengo que dejarte. Será mejor que le dé de comer a Mungo antes de que acabe con mis zapatos. Cuídate.
La frialdad de su voz y la rapidez con que le colgó la dejó pensativa e intentó recordar la última parte de su conversación. Le había contado lo de la cena con Pablo Marshal, pero había olvidado mencionarle que tenía mujer e hijo. A Pedro le importaba. La idea le disparó la sangre por las venas, pero se obligó a pensar con más claridad. Era un hombre muy posesivo. De hecho, la había considerado suya hasta que se marchó, y seguramente debía seguir considerándola así. No era más que un primitivo enfrentamiento de dos machos. No podía malinterpretarlo pensando que podía albergar interés por ella, o que hubiese esperanza para ellos dos. De todos modos, mientras confeccionaba la lista de las cosas que necesitaba comprar, sintió el corazón mucho más ligero de lo que lo había sentido desde hacía días.
viernes, 1 de junio de 2018
No Estás Sola: Capítulo 40
Era curioso lo difícil que le resultaba admitirlo. Parecía más una confesión que una declaración de independencia.
—Espero que no te sientas sola en Manna Cottage..., así se llama la casa. Está en lo alto de una colina, con unas vistas magníficas, pero sin vecinos.
Enseguida llegaron. La casa era de madera y había sido construida en alto para poder disfrutar de la vista del océano. Junto a ella crecían los árboles de maná, que seguramente era lo que le daba el nombre a la casa. Eran la comida preferida de los koalas, recordó; ojalá alguno de aquellos preciosos marsupiales viviese en aquellos árboles. Una vez dentro, la maravilló que casi todas las habitaciones tuviesen vista al océano. El sol entraba a raudales por la parte trasera. La zona principal de la casa estaba pintada en un suave color verde, y en la cocina se abría una puerta que daba a una preciosa terraza.
—Puedo sentarme aquí a leer cuando no haga mucho viento —dijo, abriendo la puerta y respirando hondo—. Voy a empezar a escribir un libro y esta vista podrá inspirarme.
—No la necesitas. La inspiración está dentro de tí y siempre lo ha estado. ¿Recuerdas los poemas que escribías cuando éramos niños?
Ella hizo una mueca.
—No me lo recuerdes. Eran horribles.
—No. Aún conservo algunos.
—Gracias por el cumplido, pero aunque a lo mejor soy capaz de escribir algo digerible en prosa, mi poesía es un asco.
Él parecía haber retrocedido a la infancia.
—Lo pasamos bien juntos, ¿Verdad, Pochi?
Ella asintió.
—¿Eres feliz, Pablo? —le preguntó impulsivamente.
Él asintió.
—Todo lo que quiero está aquí en esta isla: una mujer hermosa que me quiere más de lo que me merezco, un hijo precioso y mi trabajo. ¿Y tú?
Paula dudó.
—No estoy mal —contestó. Mejor cambiar de tema—. Será mejor que me des tu dirección si de verdad quieres que vaya a cenar mañana.
—Ah, es verdad —escribió los detalles en el anverso de la publicidad de un supermercado y se la entregó—. ¿Necesitas que te eche una mano con el equipaje?
Ella lo empujó hacia la puerta.
—Ya te he robado tiempo más que suficiente, y aún tienes que volver al coche.
Pablo sonrió.
—Ya veo que sigues siendo tan mandona como siempre —ella lo amenazó con un puño y él levantó en alto las manos—. Bueno, bueno, ya me voy. Voy a estar atrapado, mandándome Jimena y tú. Estoy perdido.
Ella seguía riéndose cuando cerró la puerta y echó a andar con las manos en los bolsillos y silbando alegremente. Haberse encontrado con su amigo de la infancia tenía que ser un buen presagio, pensaba mientras descargaba el coche. Ojalá no le hubiera recordado hasta qué punto sus vidas eran distintas. ¿Habría sido distinto de haberla acompañado Pedro? Seguramente no, porque le costaba trabajo imaginar que pudiera gustarle estar en aquella isla durante demasiado tiempo. Pablo nunca había deseado otra cosa, y le tomaba el pelo por ello cuando eran niños, aunque en el fondo envidiase su felicidad. Pero aquel no era momento para introspecciones, se dijo, y tras volver a recorrer la casa, eligió un dormitorio espacioso con un hermoso ventanal por el que podría ver el océano al despertar. Además, estaba protegido por unas contraventanas que podía echar por la noche si el tiempo se volvía demasiado húmedo.
—Espero que no te sientas sola en Manna Cottage..., así se llama la casa. Está en lo alto de una colina, con unas vistas magníficas, pero sin vecinos.
Enseguida llegaron. La casa era de madera y había sido construida en alto para poder disfrutar de la vista del océano. Junto a ella crecían los árboles de maná, que seguramente era lo que le daba el nombre a la casa. Eran la comida preferida de los koalas, recordó; ojalá alguno de aquellos preciosos marsupiales viviese en aquellos árboles. Una vez dentro, la maravilló que casi todas las habitaciones tuviesen vista al océano. El sol entraba a raudales por la parte trasera. La zona principal de la casa estaba pintada en un suave color verde, y en la cocina se abría una puerta que daba a una preciosa terraza.
—Puedo sentarme aquí a leer cuando no haga mucho viento —dijo, abriendo la puerta y respirando hondo—. Voy a empezar a escribir un libro y esta vista podrá inspirarme.
—No la necesitas. La inspiración está dentro de tí y siempre lo ha estado. ¿Recuerdas los poemas que escribías cuando éramos niños?
Ella hizo una mueca.
—No me lo recuerdes. Eran horribles.
—No. Aún conservo algunos.
—Gracias por el cumplido, pero aunque a lo mejor soy capaz de escribir algo digerible en prosa, mi poesía es un asco.
Él parecía haber retrocedido a la infancia.
—Lo pasamos bien juntos, ¿Verdad, Pochi?
Ella asintió.
—¿Eres feliz, Pablo? —le preguntó impulsivamente.
Él asintió.
—Todo lo que quiero está aquí en esta isla: una mujer hermosa que me quiere más de lo que me merezco, un hijo precioso y mi trabajo. ¿Y tú?
Paula dudó.
—No estoy mal —contestó. Mejor cambiar de tema—. Será mejor que me des tu dirección si de verdad quieres que vaya a cenar mañana.
—Ah, es verdad —escribió los detalles en el anverso de la publicidad de un supermercado y se la entregó—. ¿Necesitas que te eche una mano con el equipaje?
Ella lo empujó hacia la puerta.
—Ya te he robado tiempo más que suficiente, y aún tienes que volver al coche.
Pablo sonrió.
—Ya veo que sigues siendo tan mandona como siempre —ella lo amenazó con un puño y él levantó en alto las manos—. Bueno, bueno, ya me voy. Voy a estar atrapado, mandándome Jimena y tú. Estoy perdido.
Ella seguía riéndose cuando cerró la puerta y echó a andar con las manos en los bolsillos y silbando alegremente. Haberse encontrado con su amigo de la infancia tenía que ser un buen presagio, pensaba mientras descargaba el coche. Ojalá no le hubiera recordado hasta qué punto sus vidas eran distintas. ¿Habría sido distinto de haberla acompañado Pedro? Seguramente no, porque le costaba trabajo imaginar que pudiera gustarle estar en aquella isla durante demasiado tiempo. Pablo nunca había deseado otra cosa, y le tomaba el pelo por ello cuando eran niños, aunque en el fondo envidiase su felicidad. Pero aquel no era momento para introspecciones, se dijo, y tras volver a recorrer la casa, eligió un dormitorio espacioso con un hermoso ventanal por el que podría ver el océano al despertar. Además, estaba protegido por unas contraventanas que podía echar por la noche si el tiempo se volvía demasiado húmedo.
No Estás Sola: Capítulo 39
Pero él no parecía tenérselo en cuenta.
—Tus abuelos eran gente estupenda. Aún los echo de menos.
—A ellos y a los dulces de mi abuela —le recordó, pensando en la cantidad increíble que Pablo había sido siempre capaz de comer, lo cual no había afectado para nada a su físico—.A menos que yo haya encogido, tú has debido crecer desde que no nos vemos.
Él la miró exageradamente de pies a cabeza.
—Pues a simple vista, no me da la impresión de que hayas encogido por ninguna parte. Sigues estando preciosa.
—Adulador —le dijo, sonriendo—. ¿Sigues viviendo en la isla?
—Cerca de aquí —explicó—. El negocio familiar ha crecido hasta emplearme a mí también.
Paula sonrió.
—De niño te parecía aburrido...
—Todos cambiamos. Si no recuerdo mal, tú ibas a ser bióloga marina y a trabajar con los pingüinos.
Recordaba bien ese sueño. Aquellas pequeñas criaturas que llegaban a la playa cada noche a la misma hora con el buche lleno de comida para sus crías la tenían fascinada.
—Sí, ya, pero me temo que no tengo cabeza para la ciencia —confesó.
—Dudo que la cabeza sea precisamente lo que llama la atención de quienes compran revistas —bromeó.
Ella fingió ofenderse.
—Para ser modelo hace falta cerebro, como tú bien sabes.
—Sí, ya.
Parecía como si hubiera vuelto al pasado, bromeando con alguien que había sido para ella como un hermano. Él le tendió los brazos y ella se dejó abrazar, sellando la sensación de vuelta a casa.
—¿Cómo te han ido las cosas?
—Estoy casado, y tengo un hijo —contestó con orgullo.
Recordó entonces que cuando eran niños, Pablo decía que se casaría con ella en cuanto fuese lo bastante mayor para hacerlo, pero aquello había sido solo un juego.
—¿Quién es la afortunada?
—Jimena Bury, de Melbourne, y ella sí que es bióloga marina.
—Siempre encontraste sexy la ciencia.
—La ciencia, no. A las científicas —corrigió, riendo—. Jimena vino a la isla a estudiar a los pingüinos y ya nunca se marchó.
—Un matrimonio perfecto —dijo, complacida de ver la felicidad que irradiaba su amigo.
La soltó, sacó la cartera y, de esta, una foto.
—Este es Franco. Tiene dos años.
Paula vió la foto. Ella nunca iba a poder enseñarle a nadie una foto de Bautista.
—¿Y tú? ¿Sigues casada con tu carrera? —preguntó Pablo, como si se hubiera dado cuenta de su cambio de estado de ánimo.
Ella se encogió de hombros, reticente a hablar de sí misma.
—Ya sabes cómo son las cosas en una gran ciudad.
—Pues no te creas. Yo nunca he querido vivir en otro sitio que no fuera este.
—Siempre has sido un hombre inteligente —contestó—. Tu hijo es precioso. Se parece al padre.
Él enrojeció un poco y guardó la foto en la cartera.
—¿Y qué te trae por Phillip Island? —Paula le contó lo del alquiler de la casa—. Ah, sí. Mucha fachada, pero la familia que la construyó apenas la usa.
—Seguramente por eso la donaron para la subasta.
—Cuando te hayas instalado, ¿Querrás venir a cenar con Jimena y conmigo?
—Me encantaría.
—¿Mañana por la noche?
—Genial. ¿Te importaría indicarme cómo llegar a mi nueva morada?
—Yo te llevo. No queda lejos.
—¿Y tu coche?
—Ya volveré a buscarlo más tarde. No pienso dejar pasar la oportunidad de conducir esta belleza.
—Así que la atracción es el coche, ¿Eh?
Él se encogió de hombro.
—Un hombre debe tener sus prioridades.
Ella le dió un empujón en el brazo.
—Te he echado de menos, Pablo.
—Y yo a tí, Pochi—contestó, utilizando su nombre de niños. Una vez en el coche, le preguntó—: ¿Tienes marido o novio que vaya a venir más tarde?
—Aún sigo libre como un pájaro.
—Tus abuelos eran gente estupenda. Aún los echo de menos.
—A ellos y a los dulces de mi abuela —le recordó, pensando en la cantidad increíble que Pablo había sido siempre capaz de comer, lo cual no había afectado para nada a su físico—.A menos que yo haya encogido, tú has debido crecer desde que no nos vemos.
Él la miró exageradamente de pies a cabeza.
—Pues a simple vista, no me da la impresión de que hayas encogido por ninguna parte. Sigues estando preciosa.
—Adulador —le dijo, sonriendo—. ¿Sigues viviendo en la isla?
—Cerca de aquí —explicó—. El negocio familiar ha crecido hasta emplearme a mí también.
Paula sonrió.
—De niño te parecía aburrido...
—Todos cambiamos. Si no recuerdo mal, tú ibas a ser bióloga marina y a trabajar con los pingüinos.
Recordaba bien ese sueño. Aquellas pequeñas criaturas que llegaban a la playa cada noche a la misma hora con el buche lleno de comida para sus crías la tenían fascinada.
—Sí, ya, pero me temo que no tengo cabeza para la ciencia —confesó.
—Dudo que la cabeza sea precisamente lo que llama la atención de quienes compran revistas —bromeó.
Ella fingió ofenderse.
—Para ser modelo hace falta cerebro, como tú bien sabes.
—Sí, ya.
Parecía como si hubiera vuelto al pasado, bromeando con alguien que había sido para ella como un hermano. Él le tendió los brazos y ella se dejó abrazar, sellando la sensación de vuelta a casa.
—¿Cómo te han ido las cosas?
—Estoy casado, y tengo un hijo —contestó con orgullo.
Recordó entonces que cuando eran niños, Pablo decía que se casaría con ella en cuanto fuese lo bastante mayor para hacerlo, pero aquello había sido solo un juego.
—¿Quién es la afortunada?
—Jimena Bury, de Melbourne, y ella sí que es bióloga marina.
—Siempre encontraste sexy la ciencia.
—La ciencia, no. A las científicas —corrigió, riendo—. Jimena vino a la isla a estudiar a los pingüinos y ya nunca se marchó.
—Un matrimonio perfecto —dijo, complacida de ver la felicidad que irradiaba su amigo.
La soltó, sacó la cartera y, de esta, una foto.
—Este es Franco. Tiene dos años.
Paula vió la foto. Ella nunca iba a poder enseñarle a nadie una foto de Bautista.
—¿Y tú? ¿Sigues casada con tu carrera? —preguntó Pablo, como si se hubiera dado cuenta de su cambio de estado de ánimo.
Ella se encogió de hombros, reticente a hablar de sí misma.
—Ya sabes cómo son las cosas en una gran ciudad.
—Pues no te creas. Yo nunca he querido vivir en otro sitio que no fuera este.
—Siempre has sido un hombre inteligente —contestó—. Tu hijo es precioso. Se parece al padre.
Él enrojeció un poco y guardó la foto en la cartera.
—¿Y qué te trae por Phillip Island? —Paula le contó lo del alquiler de la casa—. Ah, sí. Mucha fachada, pero la familia que la construyó apenas la usa.
—Seguramente por eso la donaron para la subasta.
—Cuando te hayas instalado, ¿Querrás venir a cenar con Jimena y conmigo?
—Me encantaría.
—¿Mañana por la noche?
—Genial. ¿Te importaría indicarme cómo llegar a mi nueva morada?
—Yo te llevo. No queda lejos.
—¿Y tu coche?
—Ya volveré a buscarlo más tarde. No pienso dejar pasar la oportunidad de conducir esta belleza.
—Así que la atracción es el coche, ¿Eh?
Él se encogió de hombro.
—Un hombre debe tener sus prioridades.
Ella le dió un empujón en el brazo.
—Te he echado de menos, Pablo.
—Y yo a tí, Pochi—contestó, utilizando su nombre de niños. Una vez en el coche, le preguntó—: ¿Tienes marido o novio que vaya a venir más tarde?
—Aún sigo libre como un pájaro.
No Estás Sola: Capítulo 38
Mientras atravesaba el puente colgante, que unía el puerto pesquero de San Remo con Phillip Island, Paula tenía la sensación de estar volviendo a casa. La isla tenía solo veintitrés kilómetros de largo y diez de ancho, con un precioso paisaje costero y un envidiable emplazamiento en la entrada de la bahía de Westernport. Había alquilado un Branxton descapotable plateado en el aeropuerto, y con la capota bajada, el viento salado tiraba de su pelo haciéndolo parecer una bandera, llenándole la boca del mismo sabor a sal de su niñez.
Mientras conducía hacia el pequeño pueblo de Cowes, durante un momento volvió a ser la adolescente que iba a visitar a sus abuelos. Era difícil pensar que no iban a estar allí esperándola, ya que habían muerto cuando ella tenía veintidós años, tras más de cuarenta de matrimonio y a pocas semanas el uno del otro. Su madre había heredado la vieja casa, y su padre la había convencido de que se olvidara de aquella «antigualla». Estaba segura de que su madre lamentaba haberle hecho caso. Desde luego, ella sí. Los recuerdos empezaron a agolparse en su mente y le humedecieron los ojos. Donde estaba antes su casa había ahora un hotel, vió al pasar. Sus abuelos cultivaban achicoria antes de retirarse a su casa cerca del pueblo y los edificios en los que se troceaba y secaba la raíz de la achicoria salpicaban toda la isla.
Quizá Pedro pudiese encontrar allí una historia que contar sobre una industria olvidada. Incluso podía escribirla ella misma. Puede que él se riera de su intento, pero seguro que la apoyaba. Siempre lo había hecho. Durante un momento lo echó de menos con tanta intensidad que sintió dolor en el pecho. Ojalá..., pero no. Invitarlo a acompañarla habría sido tentar al desastre. ¿Es que aún no había aprendido que era mejor estar separados? Había dicho que la llamaría, pero no iba a esperar pegada al teléfono. Cuando la llamara, si es que lo hacía, tendría que guardar las distancias y mantener la cabeza fría.
El claxon de un coche sonó a su espalda y miró por el retrovisor sobresaltada. No podía ser. Sonriendo, paró en el arcén y esperó a que el otro coche también lo hiciera.
—¡Paula Chaves! ¡No puedes ser tú! —exclamó el conductor.
—Pablo Marshal... —contestó ella, encantada—. ¿Cómo has sabido que era yo?
—Eres difícil de olvidar. Me alegro de que la fama no se te haya subido a la cabeza hasta el punto de no saludar.
Ella se echó a reír y tuvo la sensación de que un gran peso abandonaba sus hombros.
—Eso jamás. Eres casi de la familia.
Los padres de Pablo tenían una tienda en Summerland Beach, donde una colonia de pingüinos establecía su territorio de cría cada año, lo que atraía a montones de turistas de todo el mundo. Cansado de tanta gente, durante las vacaciones Pablo pasaba más tiempo en casa de los abuelos de Paula que en la suya propia, y en ese momento ella lamentó no haberse esforzado por mantener el contacto.
Mientras conducía hacia el pequeño pueblo de Cowes, durante un momento volvió a ser la adolescente que iba a visitar a sus abuelos. Era difícil pensar que no iban a estar allí esperándola, ya que habían muerto cuando ella tenía veintidós años, tras más de cuarenta de matrimonio y a pocas semanas el uno del otro. Su madre había heredado la vieja casa, y su padre la había convencido de que se olvidara de aquella «antigualla». Estaba segura de que su madre lamentaba haberle hecho caso. Desde luego, ella sí. Los recuerdos empezaron a agolparse en su mente y le humedecieron los ojos. Donde estaba antes su casa había ahora un hotel, vió al pasar. Sus abuelos cultivaban achicoria antes de retirarse a su casa cerca del pueblo y los edificios en los que se troceaba y secaba la raíz de la achicoria salpicaban toda la isla.
Quizá Pedro pudiese encontrar allí una historia que contar sobre una industria olvidada. Incluso podía escribirla ella misma. Puede que él se riera de su intento, pero seguro que la apoyaba. Siempre lo había hecho. Durante un momento lo echó de menos con tanta intensidad que sintió dolor en el pecho. Ojalá..., pero no. Invitarlo a acompañarla habría sido tentar al desastre. ¿Es que aún no había aprendido que era mejor estar separados? Había dicho que la llamaría, pero no iba a esperar pegada al teléfono. Cuando la llamara, si es que lo hacía, tendría que guardar las distancias y mantener la cabeza fría.
El claxon de un coche sonó a su espalda y miró por el retrovisor sobresaltada. No podía ser. Sonriendo, paró en el arcén y esperó a que el otro coche también lo hiciera.
—¡Paula Chaves! ¡No puedes ser tú! —exclamó el conductor.
—Pablo Marshal... —contestó ella, encantada—. ¿Cómo has sabido que era yo?
—Eres difícil de olvidar. Me alegro de que la fama no se te haya subido a la cabeza hasta el punto de no saludar.
Ella se echó a reír y tuvo la sensación de que un gran peso abandonaba sus hombros.
—Eso jamás. Eres casi de la familia.
Los padres de Pablo tenían una tienda en Summerland Beach, donde una colonia de pingüinos establecía su territorio de cría cada año, lo que atraía a montones de turistas de todo el mundo. Cansado de tanta gente, durante las vacaciones Pablo pasaba más tiempo en casa de los abuelos de Paula que en la suya propia, y en ese momento ella lamentó no haberse esforzado por mantener el contacto.
No Estás Sola: Capítulo 37
Entonces pensó en Paula y en su isla y sintió una extraña añoranza. Pero estaba claro que ella no quería ni pensar en que pudiera acompañarla. Bueno, ¿Y qué? ¿Desde cuándo se arredraba él por un poco de resistencia? Él la quería, quizá no en el sentido aquel de para siempre, pero sí en todos los demás sentidos en los que un hombre podía querer a una mujer. Sabía que ella sentía lo mismo, y el corazón se le aceleró al recordar hasta qué punto.
Suspiró. En fin, que como no iba a obtener más respuestas dándole vueltas y vueltas a las cosas, era mejor concentrarse en el debate que lo esperaba a continuación. Gimió al pensar en las horas que iba a tener que pasar bajo la luz de los focos intentando comportarse como si fuera el alma de la fiesta cuando en realidad era lo que menos le apetecía hacer en el mundo. ¿Cómo diablos terminaba metiéndose siempre en aquellas cosas?
Diego Brock lo estaba esperando en el estudio. En opinión de Pedro, el fotógrafo no había recibido el reconocimiento que se merecía por su participación en la historia de los niños. Sus fotografías habían hecho mucho para despertar la sensibilidad de la gente y empujar a la justicia a actuar de inmediato.
—He decidido venir a que vieras unas fotos. Apenas te veo por el despacho —le dijo, entregándole una carpeta.
El productor del debate no andaba por allí y el decorado estaba todavía vacío.
—Parece que aún me quedan unos minutos libres.
—No sé si minutos u horas, porque he oído que hay un problema de suministro eléctrico.
Así por lo menos no lo habrían echado de menos. Miró las pruebas fotográficas. En ellas se veía a una madre, un padre y un niño jugando, aparentemente felices, contra el fondo de una piscina. Solo él, Diego y la policía sabían que aquellos padres de aspecto tan inocente habían comprado al niño poco después de nacer.
—¿Cómo las has conseguido? —se sorprendió.
—Una lente potente, una escalera, un vecino amable... Lo de siempre —explicó Diego, evidentemente complacido.
—Será mejor que ponga a Hollywood sobre aviso. Menudo paparazzi estás hecho.
—Eh, que no hace falta que me insultes.
—Es en serio, Diego. Son geniales —dijo, señalando una de ellas—. Esta para la portada. El resto irán junto al texto, con la cara oscurecida, por supuesto.
—Inocentes hasta que no se demuestre lo contrario —confirmó Diego, acostumbrado ya al procedimiento.
Pedro frunció el ceño.
—El único inocente aquí es este niño.
Diego lo miró sorprendido.
—¿No te estarás volviendo tierno a estas alturas?
—Eso no es asunto tuyo.
—De acuerdo. No es para que me muerdas la yugular.
—Lo siento —contestó Pedro, frotándose las sienes—. Es que estoy cansado, eso es todo. Esta campaña está siendo muy larga —señaló el decorado ya iluminado—. Y esto no ayuda mucho.
—Demasiada espera para unos minutos de actividad, pero merece la pena. En cuanto la policía le eche el guante a esa pareja, serán los últimos a los que se les ocurrirá comprar a un niño.
Pedro le dió una palmada en el hombro.
—Te mereces el Walkely por este trabajo.
Diego enrojeció.
—Si hay que darle un premio a alguien, es a tí. Con las nuevas medidas de seguridad que han implantado en el hospital a resultas de esta investigación, tendrá que pasar mucho tiempo para que una historia como esta pueda repetirse.
Pedro asintió. Ni la publicidad personal ni la popularidad que daba la televisión eran nada comparados con la satisfacción de saber que había hecho bien su trabajo. Con el rabillo del ojo vió que sus compañeros de debate empezaban a sentarse y que el productor se acercaba, pero entonces sonó su móvil.
—Un momento —dijo mientas descolgaba, a lo que el productor contestó dando unos golpes nerviosos con el pie en el suelo.
—Alfonso.
El productor miró su reloj ostensiblemente. Era Matías Ellison quien lo llamaba.
—He estado intentando localizarte —le dijo.
—Había descolgado el teléfono. Iba siguiendo a alguien y no quena que sonara. Me parece que tengo una pista para tí.
El corazón le dió un brinco y se sintió tentado de abandonar el coloquio para seguir la pista que había descubierto su ayudante, pero se limitó a suspirar.
—Buenas noticias, Matías. Pero ahora estoy metido en algo que no puede esperar. ¿Dónde puedo localizarte cuando esté libre para hablar?
—En casa, estaré viendo el partido de cricket.
Pedro sonrió.
—Qué suerte.
La llamada lo dejó insatisfecho y nervioso, pero no podía deshacerse del productor a aquellas alturas, así que con otro suspiro cerró la tapa del teléfono, lo desconectó y echó a andar hacia el decorado.
Suspiró. En fin, que como no iba a obtener más respuestas dándole vueltas y vueltas a las cosas, era mejor concentrarse en el debate que lo esperaba a continuación. Gimió al pensar en las horas que iba a tener que pasar bajo la luz de los focos intentando comportarse como si fuera el alma de la fiesta cuando en realidad era lo que menos le apetecía hacer en el mundo. ¿Cómo diablos terminaba metiéndose siempre en aquellas cosas?
Diego Brock lo estaba esperando en el estudio. En opinión de Pedro, el fotógrafo no había recibido el reconocimiento que se merecía por su participación en la historia de los niños. Sus fotografías habían hecho mucho para despertar la sensibilidad de la gente y empujar a la justicia a actuar de inmediato.
—He decidido venir a que vieras unas fotos. Apenas te veo por el despacho —le dijo, entregándole una carpeta.
El productor del debate no andaba por allí y el decorado estaba todavía vacío.
—Parece que aún me quedan unos minutos libres.
—No sé si minutos u horas, porque he oído que hay un problema de suministro eléctrico.
Así por lo menos no lo habrían echado de menos. Miró las pruebas fotográficas. En ellas se veía a una madre, un padre y un niño jugando, aparentemente felices, contra el fondo de una piscina. Solo él, Diego y la policía sabían que aquellos padres de aspecto tan inocente habían comprado al niño poco después de nacer.
—¿Cómo las has conseguido? —se sorprendió.
—Una lente potente, una escalera, un vecino amable... Lo de siempre —explicó Diego, evidentemente complacido.
—Será mejor que ponga a Hollywood sobre aviso. Menudo paparazzi estás hecho.
—Eh, que no hace falta que me insultes.
—Es en serio, Diego. Son geniales —dijo, señalando una de ellas—. Esta para la portada. El resto irán junto al texto, con la cara oscurecida, por supuesto.
—Inocentes hasta que no se demuestre lo contrario —confirmó Diego, acostumbrado ya al procedimiento.
Pedro frunció el ceño.
—El único inocente aquí es este niño.
Diego lo miró sorprendido.
—¿No te estarás volviendo tierno a estas alturas?
—Eso no es asunto tuyo.
—De acuerdo. No es para que me muerdas la yugular.
—Lo siento —contestó Pedro, frotándose las sienes—. Es que estoy cansado, eso es todo. Esta campaña está siendo muy larga —señaló el decorado ya iluminado—. Y esto no ayuda mucho.
—Demasiada espera para unos minutos de actividad, pero merece la pena. En cuanto la policía le eche el guante a esa pareja, serán los últimos a los que se les ocurrirá comprar a un niño.
Pedro le dió una palmada en el hombro.
—Te mereces el Walkely por este trabajo.
Diego enrojeció.
—Si hay que darle un premio a alguien, es a tí. Con las nuevas medidas de seguridad que han implantado en el hospital a resultas de esta investigación, tendrá que pasar mucho tiempo para que una historia como esta pueda repetirse.
Pedro asintió. Ni la publicidad personal ni la popularidad que daba la televisión eran nada comparados con la satisfacción de saber que había hecho bien su trabajo. Con el rabillo del ojo vió que sus compañeros de debate empezaban a sentarse y que el productor se acercaba, pero entonces sonó su móvil.
—Un momento —dijo mientas descolgaba, a lo que el productor contestó dando unos golpes nerviosos con el pie en el suelo.
—Alfonso.
El productor miró su reloj ostensiblemente. Era Matías Ellison quien lo llamaba.
—He estado intentando localizarte —le dijo.
—Había descolgado el teléfono. Iba siguiendo a alguien y no quena que sonara. Me parece que tengo una pista para tí.
El corazón le dió un brinco y se sintió tentado de abandonar el coloquio para seguir la pista que había descubierto su ayudante, pero se limitó a suspirar.
—Buenas noticias, Matías. Pero ahora estoy metido en algo que no puede esperar. ¿Dónde puedo localizarte cuando esté libre para hablar?
—En casa, estaré viendo el partido de cricket.
Pedro sonrió.
—Qué suerte.
La llamada lo dejó insatisfecho y nervioso, pero no podía deshacerse del productor a aquellas alturas, así que con otro suspiro cerró la tapa del teléfono, lo desconectó y echó a andar hacia el decorado.
No Estás Sola: Capítulo 36
—Hay teléfono en la casa. No sé cuál es el número, pero mi móvil sigue siendo el mismo.
¿Por qué le había contestado así? Era como si lo hubiese invitado a llamarla. ¿Es que no era capaz de decidir de una vez por todas lo que quería hacer?
—Tengo que irme —repitió, y volvió a ser evidente lo poco que le apetecía marcharse. Su teléfono sonó e hizo una mueca a modo de disculpa antes de descolgar. Debía ser el productor de la tele. Pedro cerró el teléfono—. La programación va con una hora de retraso, así que por ahora no me han echado de menos. ¿Puedo llamarte a la isla para contarte lo que haya descubierto Matías?
¿Es que no la había escuchado? A ella no le importaba lo más mínimo lo que aquel detective tuviese que decir. Solo quería dejar las cosas tal y como estaban, pero ya no tema energía para seguir discutiendo con él.
—Haz lo que quieras —le dijo, cansada, consciente también de que iba a hacerlo de todos modos—.Ya sabes dónde voy a estar.
Saber dónde estaba y estar con ella eran dos cosas muy distintas, pensaba Pedro mientras se encaminaba al estudio, y había descubierto que deseaba la segunda mucho más de lo que debería, y maldijo la reacción física que acompañó a ese pensamiento. «De eso se trata», dijo. «De algo físico». Había tenido montones de relaciones basadas tan solo en eso, y le habían resultado satisfactorias; eso sí, a corto plazo. Y puesto que él no creía en lo duradero, era lo mejor que podía tener. Paula era la primera mujer que le había hecho desear más, esperar más. Lo molestaba sentirse más atraído por ella que nunca. En el clímax de su intercambio sexual, a ella se le había escapado decirle que lo quería y él aún seguía sintiendo el mismo rechazo ante la idea. No quería que lo quisiera, lo mismo que él no quería querer a ningún otro ser humano. Estar con ellos, disfrutar de lo que podían ser el uno para el otro, pero nunca unirse a alguien con lazos que podían romperse con demasiada facilidad.
El amor nunca duraba. Estaba claro. Si hubiera necesitado más pruebas que las que había tenido a su pesar en los primeros años de su vida, le habría bastado con descubrir que Paula le había ocultado el embarazo, y con su negativa a acompañarlo a Estados Unidos. Las mujeres embarazadas podían viajar sin ninguna dificultad. ¿Por qué no podía haber tenido a su hijo allí? Pues porque no había querido, y había utilizado su destino en el extranjero y el bebé como excusa para poner punto final a su relación. Y para colmo, después había aparecido Micaela, que tan pronto le juraba amor eterno como aceptaba sin pestañear la idea de que podía estar mejor. Y no es que se hubiera creído a pies juntillas su devoción, o las lágrimas de cocodrilo que había derramado en su separación. No podía estar tan destrozada si apenas había tardado unas semanas en encontrar a otro.
Curiosamente la reticencia de Paula lo molestaba mucho más que la ruptura con Micaela. El semáforo se puso en rojo y Pedro tamborileó con los dedos sobre el volante. Dar tantas vueltas a las cosas no lo iba a conducir a nada que no fuera un dolor de cabeza. Entre investigar, escribir y promocionar la historia, estaba verdaderamente agotado.
¿Por qué le había contestado así? Era como si lo hubiese invitado a llamarla. ¿Es que no era capaz de decidir de una vez por todas lo que quería hacer?
—Tengo que irme —repitió, y volvió a ser evidente lo poco que le apetecía marcharse. Su teléfono sonó e hizo una mueca a modo de disculpa antes de descolgar. Debía ser el productor de la tele. Pedro cerró el teléfono—. La programación va con una hora de retraso, así que por ahora no me han echado de menos. ¿Puedo llamarte a la isla para contarte lo que haya descubierto Matías?
¿Es que no la había escuchado? A ella no le importaba lo más mínimo lo que aquel detective tuviese que decir. Solo quería dejar las cosas tal y como estaban, pero ya no tema energía para seguir discutiendo con él.
—Haz lo que quieras —le dijo, cansada, consciente también de que iba a hacerlo de todos modos—.Ya sabes dónde voy a estar.
Saber dónde estaba y estar con ella eran dos cosas muy distintas, pensaba Pedro mientras se encaminaba al estudio, y había descubierto que deseaba la segunda mucho más de lo que debería, y maldijo la reacción física que acompañó a ese pensamiento. «De eso se trata», dijo. «De algo físico». Había tenido montones de relaciones basadas tan solo en eso, y le habían resultado satisfactorias; eso sí, a corto plazo. Y puesto que él no creía en lo duradero, era lo mejor que podía tener. Paula era la primera mujer que le había hecho desear más, esperar más. Lo molestaba sentirse más atraído por ella que nunca. En el clímax de su intercambio sexual, a ella se le había escapado decirle que lo quería y él aún seguía sintiendo el mismo rechazo ante la idea. No quería que lo quisiera, lo mismo que él no quería querer a ningún otro ser humano. Estar con ellos, disfrutar de lo que podían ser el uno para el otro, pero nunca unirse a alguien con lazos que podían romperse con demasiada facilidad.
El amor nunca duraba. Estaba claro. Si hubiera necesitado más pruebas que las que había tenido a su pesar en los primeros años de su vida, le habría bastado con descubrir que Paula le había ocultado el embarazo, y con su negativa a acompañarlo a Estados Unidos. Las mujeres embarazadas podían viajar sin ninguna dificultad. ¿Por qué no podía haber tenido a su hijo allí? Pues porque no había querido, y había utilizado su destino en el extranjero y el bebé como excusa para poner punto final a su relación. Y para colmo, después había aparecido Micaela, que tan pronto le juraba amor eterno como aceptaba sin pestañear la idea de que podía estar mejor. Y no es que se hubiera creído a pies juntillas su devoción, o las lágrimas de cocodrilo que había derramado en su separación. No podía estar tan destrozada si apenas había tardado unas semanas en encontrar a otro.
Curiosamente la reticencia de Paula lo molestaba mucho más que la ruptura con Micaela. El semáforo se puso en rojo y Pedro tamborileó con los dedos sobre el volante. Dar tantas vueltas a las cosas no lo iba a conducir a nada que no fuera un dolor de cabeza. Entre investigar, escribir y promocionar la historia, estaba verdaderamente agotado.
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