Maldijo, más que nunca, su sordera. Deseaba desesperadamente llamar a alguien. A Nadia, que compartiría su ansiedad y se compadecería de su sentimiento de miedo y abandono. Este último era el más duro, pues aquella aciaga llamada que había arrancado a Pedro de entre sus brazos se había producido en el peor momento, justo cuando acababan de descubrir el sobrecogedor lazo de dulce pasión que los unía. Paula llevaba tanto tiempo esperando ese momento que había llegado a convencerse de que nunca le llegaría. Que su felicidad hubiera sido interrumpida tan bruscamente era un doloroso recordatorio de que la vida con él siempre sería incierta, que podía verse cercenada en un abrir y cerrar de ojos. Como no podía dormir, se duchó, se vistió y se sentó frente al televisor del cuarto de estar, puso la CNN y vió los reportajes que empezaban a llegar desde la devastada ciudad de San Salvador. No sabía qué información acompañaba a las imágenes, porque el presentador hablaba fuera de plano. Pero el corazón se le subió a la garganta al imaginarlo en medio de aquella devastación. Casi se sintió aliviada cuando llegó el momento de marcharse a trabajar. Necesitaba desesperadamente un respiro, pero lo primero que Jimena le preguntó al verla fue si Pedro había sido enviado a El Salvador. Asintió.
—Recibió una llamada sobre las dos de la madrugada.
Jimena la observó con mirada penetrante.
—¿Cómo te encuentras?
—Asustada —admitió ella.
—Quizá te resulte más fácil cuando hayas pasado por unos cuantos desastres.
Paula lo pensó y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo.
—¿Hay algo que pueda hacer por tí?
—Puede que Pedro llame aquí para hacerme saber cómo van las cosas.
—Te avisase en cuanto lo haga —le prometió Jimena —. Quizá deberías instalar el mismo equipo telefónico en casa, para que pueda llamarte. En tu antigua casa lo tenías, ¿No?
Semejante al correo electrónico, el equipo transcribía las palabras del hablante a una pantalla. También tenía una luz que parpadeaba para indicar cuándo se producía una llamada. Era un avance considerable.
—Lo tenía antes del huracán, pero iba a esperar hasta instalarme en otro lugar para reemplazarlo.
—Creo que es demasiado importante — dijo Jimena con gestos, enfáticamente—. Necesitas estar comunicada, no solo con él, sino también con otras personas. Déjame ver si puedo arreglarlo para que te instalen uno enseguida.
—Gracias —dijo Paula.
Se había resistido a instalar el equipo en casa de Pedro porque no quería que pareciera que pensaba quedarse. En esos instantes, en cambio, estaba segura de que él entendería que era de vital importancia. Probablemente, incluso agradecería que no estuviera aislada del mundo exterior cuando él estaba fuera. Durante la semana siguiente, su vida adquirió una textura nebulosa. Cuando no estaba en el trabajo, se pegaba a las noticias de la televisión, con la esperanza de ver a Pedro. Una cadena local había enviado una unidad al escenario del terremoto y a menudo emitía entrevistas con el equipo de rescate de Miami. Algunas noches, Nadia se pasaba por allí y veían juntas la televisión. Otras, Sonia o la madre de esta iban a verla, en ocasiones con algún mensaje de Pedro.Se sentía agradecida a todas ellas, no solo por su compañía, sino por la información que le llevaban.
—Esto debe de ser muy duro para tí —le dijo Sonia—. Sé que Pedro se está volviendo loco por no poder hablar contigo. Normalmente está totalmente concentrado cuando se halla en una misión como esta, pero ahora, cuando llama, nos hace mil y una preguntas sobre tí —Sonia sonrió—. Me parece maravilloso. Ya era hora de que encontrase a una mujer que le haga sentar la cabeza y que ponga un poco de equilibrio en su vida.
Pero ¿Y si ella no podía hacerlo?, quería preguntarle Paula, pero no lo hacía. ¿Cómo iba a explicarle a la hermana de Pedro que no estaba en absoluto segura de poder vivir así? Tenía su propia tragedia demasiado fresca como para ser complaciente con los peligros que él afrontaba conscientemente durante sus agotadoras jornadas. Podía expresarle sus miedos a Nadia, sin embargo. En la cara de su amiga notaba las mismas profundas arrugas de tensión que veía reflejadas en el espejo cuando se vestía por la mañana.
-No creas que con el tiempo se hace más fácil —le dijo Nadia, apartando la mirada de la televisión cuando las noticias pasaron a otra historia.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó Paula—. Estabas pensando en volver con Sergio antes de que ocurriera esto, ¿Verdad?
Nadia asintió, con expresión abatida.
lunes, 7 de mayo de 2018
Mi Salvador: Capítulo 58
Además, y ahí estaba el verdadero problema, él no dudaba en poner su vida en peligro. Paula se estremecía cada vez que pensaba en su forma de ganarse el pan. Ellaquería un hombre que estuviera en casa cada noche y cuyo mayor riesgo fuera atravesar la autopista de camino al trabajo. La vida ya era suficientemente imprevisible sin necesidad de asumir riesgos añadidos. Ella lo sabía mejor que nadie. Como si quisiera confirmar sus temores, Pedro se incorporó de repente y levantó el auricular del teléfono.
Paula miró el reloj. Estaban en plena noche. Una llamada telefónica a las dos de la madrugada no podía ser nada bueno. Se crispó, observando la cara de Pedro en busca de claves sobre lo que le decían desde el otro lado de la línea.
—Estaré allí —dijo él a su interlocutor, lanzándole una mirada de disculpa a Paula.
—¿Qué pasa? —preguntó ella cuando colgó.
—Ha habido un terremoto en El Salvador. Ocurrió hace, una hora. El epicentro está a pocos kilómetros de San Salvador. Es muy grave, Pau. Tenemos que ir.
Ella tragó saliva, intentando reprimir el deseo de decirle que se quedara. Aquel era su trabajo. Pedro no tenía alternativa. Ella lo sabía, pero aquel desastre había sucedido en el peor momento. Se sintió abandonada cuando él la soltó y empezó a prepararse, rápida y metódicamente. Su mente parecía seguir un esquema mental establecido hacía mucho tiempo.Se acurrucó en la cama, con la sábana hasta la barbilla, y lo miró transformarse de amante en bombero de salvamento en un abrir y cerrar de ojos. Sus movimientos enérgicos y su expresión ceñuda difuminaron cualquier rastro de la ternura que Paula había experimentado en sus brazos unos instantes antes.Estuvo duchado y listo en cuestión de minutos. Se paró junto a la cama.
—Lo siento. Si tuviera elección, me quedaría contigo.
—Lo entiendo —le aseguró ella.
Y era cierto, lo entendía. Pero eso no evitó que se le hiciera un nudo de miedo en el estómago, ni que su corazón latiera desmayadamente, ni que en su cabeza se formaran imágenes de Pedro herido y ensangrentado.
—¿Estarás bien? —preguntó él—. Quiero decir, respecto a todo esto —señaló hacia la maraña de sábanas, todavía tibias por el frenesí del amor.
—Hablaremos de eso cuando vuelvas — dijo ella—. Sé que tienes que irte. Ten mucho cuidado.
—Lo tendré —dijo él, y rozó sus labios con un beso fugaz y distraído.
Ya tenía la cabeza en otra parte. Paula lo notó, y le dolió en lo más hondo saber que la había abandonado antes incluso de salir de la habitación.Él se detuvo en la puerta.
—Te llamaré en cuanto pueda.
—¿Cómo? —le preguntó ella con frustración al darse cuenta de que Pedro no podía simplemente descolgar un teléfono y llamarla como si se tratara de cualquier otra mujer.
—No te preocupes —dijo él suavemente, percibiendo su ansiedad—. Todo depende de que puedan usarse las líneas telefónicas, pero ya se me ocurrirá algo. Llamaré a la clínica y le pediré a alguien que te dé un mensaje, o les diré a Sonia y a mi madre que vengan.
Ella asintió, aliviada al saber que no tendría que pasarse días o incluso semanas enteras sin saber qué estaba pasando y si estaba a salvo.
—Gracias...
Cuando Pedro abrió la puerta, Paula vió que Apolo estaba allí, preparado y alerta, como si hubiera sentido que a él también lo llamaba el deber.Se derrumbó en cuanto los dos desaparecieron. Saltó de la cama, se puso una camisa de Pedro para rodearse de su olor y, luego, se fue al cuarto de estar y miró por la ventana mientras el coche se alejaba. Se quedó mirándolo hasta que los faros se perdieron en la oscuridad.
Paula miró el reloj. Estaban en plena noche. Una llamada telefónica a las dos de la madrugada no podía ser nada bueno. Se crispó, observando la cara de Pedro en busca de claves sobre lo que le decían desde el otro lado de la línea.
—Estaré allí —dijo él a su interlocutor, lanzándole una mirada de disculpa a Paula.
—¿Qué pasa? —preguntó ella cuando colgó.
—Ha habido un terremoto en El Salvador. Ocurrió hace, una hora. El epicentro está a pocos kilómetros de San Salvador. Es muy grave, Pau. Tenemos que ir.
Ella tragó saliva, intentando reprimir el deseo de decirle que se quedara. Aquel era su trabajo. Pedro no tenía alternativa. Ella lo sabía, pero aquel desastre había sucedido en el peor momento. Se sintió abandonada cuando él la soltó y empezó a prepararse, rápida y metódicamente. Su mente parecía seguir un esquema mental establecido hacía mucho tiempo.Se acurrucó en la cama, con la sábana hasta la barbilla, y lo miró transformarse de amante en bombero de salvamento en un abrir y cerrar de ojos. Sus movimientos enérgicos y su expresión ceñuda difuminaron cualquier rastro de la ternura que Paula había experimentado en sus brazos unos instantes antes.Estuvo duchado y listo en cuestión de minutos. Se paró junto a la cama.
—Lo siento. Si tuviera elección, me quedaría contigo.
—Lo entiendo —le aseguró ella.
Y era cierto, lo entendía. Pero eso no evitó que se le hiciera un nudo de miedo en el estómago, ni que su corazón latiera desmayadamente, ni que en su cabeza se formaran imágenes de Pedro herido y ensangrentado.
—¿Estarás bien? —preguntó él—. Quiero decir, respecto a todo esto —señaló hacia la maraña de sábanas, todavía tibias por el frenesí del amor.
—Hablaremos de eso cuando vuelvas — dijo ella—. Sé que tienes que irte. Ten mucho cuidado.
—Lo tendré —dijo él, y rozó sus labios con un beso fugaz y distraído.
Ya tenía la cabeza en otra parte. Paula lo notó, y le dolió en lo más hondo saber que la había abandonado antes incluso de salir de la habitación.Él se detuvo en la puerta.
—Te llamaré en cuanto pueda.
—¿Cómo? —le preguntó ella con frustración al darse cuenta de que Pedro no podía simplemente descolgar un teléfono y llamarla como si se tratara de cualquier otra mujer.
—No te preocupes —dijo él suavemente, percibiendo su ansiedad—. Todo depende de que puedan usarse las líneas telefónicas, pero ya se me ocurrirá algo. Llamaré a la clínica y le pediré a alguien que te dé un mensaje, o les diré a Sonia y a mi madre que vengan.
Ella asintió, aliviada al saber que no tendría que pasarse días o incluso semanas enteras sin saber qué estaba pasando y si estaba a salvo.
—Gracias...
Cuando Pedro abrió la puerta, Paula vió que Apolo estaba allí, preparado y alerta, como si hubiera sentido que a él también lo llamaba el deber.Se derrumbó en cuanto los dos desaparecieron. Saltó de la cama, se puso una camisa de Pedro para rodearse de su olor y, luego, se fue al cuarto de estar y miró por la ventana mientras el coche se alejaba. Se quedó mirándolo hasta que los faros se perdieron en la oscuridad.
Mi Salvador: Capítulo 57
Pedro comprendió que estaba al límite de su resistencia, al igual que él. Se quitó la camisa y luego los pantalones. La mirada ávida de Paula se posó sobre su sexo erecto. Ella alargó una mano y pasó tentativamente un dedo por su miembro duro. Él pensó que iba a estallar. Dudaba de que ella comprendiera el peligro, así que guió su mano hacia territorio más seguro. Pero hasta en el pecho su caricia lo hizo tensarse de deseo. Una vez más, Pedro empezó a explorar su cuerpo, en parte para distraerla de su propia exploración, en parte para iniciar la última y lenta ascensión hacia la cima que le había negado una y otra vez aquella noche. Cuando comprendió que ella se hallaba en la cumbre, al filo del precipicio, se arrodilló entre sus piernas y la penetró con una única, rápida y urgente embestida. El placer de Paula estalló por fin, con contracciones fuertes y profundas. Pedro esperó, perfectamente quieto, hasta que se redujeron, y luego inició el ancestral ritmo que los llevaría de nuevo a la cumbre simultáneamente. Ella gritó cuando el placer volvió a atravesarla, y esa vez, con los gritos de Paula resonando en su cabeza, él se le unió en un éxtasis estremecedor. Poco a poco, él recuperó el aliento. Los latidos de su corazón volvieron a su ritmo normal. Pero no se sentía capaz de moverse. Algo le había ocurrido esa noche, algo que no esperaba, que nunca había imaginado. Había hecho el amor, en el pleno sentido de la expresión. Tenía mucha experiencia con el sexo, pero ninguna con el amor. Y podía apreciar la diferencia. Aquello, aquello había sido algo especial, algo de lo que nunca se cansaría, algo cuyo final no deseaba. Rodó sobre la cama, abrazandola, todavía unidos en el más íntimo de los sentidos, todavía ligados por ese inexplicable vínculo de cuya existencia siempre había dudado.Ella suspiró pesadamente y se estiró. Cuando hizo intento de apartarse, él la apretó más fuerte.
Pedro no quería hablar, no se atrevía a mirarla a los ojos para ver si ella sentía lo mismo. Era capaz de arriesgar su vida sin pensárselo dos veces, pero no quería poner en peligro aquel momento, aquella magia. Maldición, Paula lo hacía pensar como un condenado poeta. Y aquel no era su estilo. El compromiso duradero no era su estilo.Pero eso era justamente lo que deseaba. Para siempre. Finalmente se atrevió a mirarla a la cara y vio en ella satisfacción, quizás incluso alegría, pero también le pareció detectar un destello de determinación. Ignoraba a qué se debía, pero algo le decía que a nada bueno.
—¿En qué estas pensando? —dijo.
—¿La verdad?
—Claro.
—Eres tan bueno en esto y yo... Bueno, yo no soy lo que se dice una experta.
Él se quedó boquiabierto. Paula, la mujer que lo había vencido, ¿Se sentía insegura?
—¿Estás buscando un cumplido? —le preguntó.
—Por supuesto que no —protestó ella—. Solo trato de ser sincera.
—Pau, si fueras un poco mejor en esto, nos moriríamos de agotamiento.
Ella esbozó una sonrisa que se desvaneció antes de florecer.
—Pero todas las otras mujeres...
—No hay otras mujeres. No como tú.
Ella siguió mirándolo, vacilante. A Pedro no se le ocurrió otro modo de persuadirla salvo demostrárselo con todo detalle. Cuando acabó, ella estaba demasiado cansada para discutir. Por fortuna, pues él necesitaba algún tiempo para pensar en lo que acababa de descubrir: que se había enamorado de Paula Chaves.
Paula estaba convencida de que debía de haberle faltado oxígeno en el cerebro mientras estaba bajo los escombros. No solo se había ido a vivir con un completo extraño, sino que además, unas pocas semanas después, estaba compartiendo su cama. Tal vez Pedro tuviera razón después de todo, y ella fuera incapaz de pensar con claridad. Lo cierto era que se estaba comportando de forma más impetuosa que de costumbre. ¿La prueba? Aquella noche habían hecho el amor después de que hubiera decidido firmemente que Pedro Alfonso no era la clase de hombre que le convenía. Ella quería alguien sólido y fiable, alguien que no tuviera un largo historial de conquistas a sus espaldas. De acuerdo, no podía acusarlo exactamente de no ser sólido y fiable. Después de todo, le había salvado la vida. Pero también era un donjuán impenitente, hecho que confirmaban todos los que lo conocían y que él mismo nunca se había molestado en negar. A pesar de que le había dicho que ella superaba a las demás mujeres de su vida, no le había dado ninguna razón para creer que su relación sería más duradera que las otras.
Pedro no quería hablar, no se atrevía a mirarla a los ojos para ver si ella sentía lo mismo. Era capaz de arriesgar su vida sin pensárselo dos veces, pero no quería poner en peligro aquel momento, aquella magia. Maldición, Paula lo hacía pensar como un condenado poeta. Y aquel no era su estilo. El compromiso duradero no era su estilo.Pero eso era justamente lo que deseaba. Para siempre. Finalmente se atrevió a mirarla a la cara y vio en ella satisfacción, quizás incluso alegría, pero también le pareció detectar un destello de determinación. Ignoraba a qué se debía, pero algo le decía que a nada bueno.
—¿En qué estas pensando? —dijo.
—¿La verdad?
—Claro.
—Eres tan bueno en esto y yo... Bueno, yo no soy lo que se dice una experta.
Él se quedó boquiabierto. Paula, la mujer que lo había vencido, ¿Se sentía insegura?
—¿Estás buscando un cumplido? —le preguntó.
—Por supuesto que no —protestó ella—. Solo trato de ser sincera.
—Pau, si fueras un poco mejor en esto, nos moriríamos de agotamiento.
Ella esbozó una sonrisa que se desvaneció antes de florecer.
—Pero todas las otras mujeres...
—No hay otras mujeres. No como tú.
Ella siguió mirándolo, vacilante. A Pedro no se le ocurrió otro modo de persuadirla salvo demostrárselo con todo detalle. Cuando acabó, ella estaba demasiado cansada para discutir. Por fortuna, pues él necesitaba algún tiempo para pensar en lo que acababa de descubrir: que se había enamorado de Paula Chaves.
Paula estaba convencida de que debía de haberle faltado oxígeno en el cerebro mientras estaba bajo los escombros. No solo se había ido a vivir con un completo extraño, sino que además, unas pocas semanas después, estaba compartiendo su cama. Tal vez Pedro tuviera razón después de todo, y ella fuera incapaz de pensar con claridad. Lo cierto era que se estaba comportando de forma más impetuosa que de costumbre. ¿La prueba? Aquella noche habían hecho el amor después de que hubiera decidido firmemente que Pedro Alfonso no era la clase de hombre que le convenía. Ella quería alguien sólido y fiable, alguien que no tuviera un largo historial de conquistas a sus espaldas. De acuerdo, no podía acusarlo exactamente de no ser sólido y fiable. Después de todo, le había salvado la vida. Pero también era un donjuán impenitente, hecho que confirmaban todos los que lo conocían y que él mismo nunca se había molestado en negar. A pesar de que le había dicho que ella superaba a las demás mujeres de su vida, no le había dado ninguna razón para creer que su relación sería más duradera que las otras.
Mi Salvador: Capítulo 56
Pedro había asumido un gran riesgo al admitir ante Paula que intentaba seducirla. Casi había temido que saliera huyendo de la habitación. Y, durante un instante, le había parecido que lo haría.Pero luego vió, con asombro y alivio, que ella lo miraba tranquilamente. Después, no había podido saborear ni un solo bocado más de la cena. Sin embargo, estaba decidido a no presionarla. Quería darle un poco de tiempo para que se acostumbrara a la idea. Incluso quería darle tiempo para que pudiera cambiar de idea, aunque estaba seguro de que moriría si eso ocurría. Por fin, después de que hubieron recogido meticulosamente la mesa, fregado los platos y recogido la cocina, ella lo miró intensamente y le preguntó:
—¿Tienes intención de seducirme esta noche?
Pedro carraspeó, luchando contra el deseo de atraerla hacia sí.
—Si no te molesta...
Esperó hasta que ella asintió ligeramente y luego la besó en los labios. Durante la hora anterior se había repetido una y otra vez que debía ir despacio. Pero el sabor de Paula le hizo cambiar de idea. El deseo se desató dentro de él, cálido y urgente. Sin embargo, la besó ligeramente, de forma persuasiva y acariciadora, más que exigente. Ella gimió, pidiéndole más. Pedro sintió el palpito de la sangre en los oídos, diciéndole que hiciera lo que ella le pedía.Pero reprimió el impulso y prefirió entregarse al dulce tormento de un fuego lento. Ardía por ella. Nunca había conocido a nadie como Paula, a una mujer que lo diera todo. Su completa entrega era tan inesperada como perturbadora, y despejó todas las dudas que lo habían mantenido alejado de ella durante semanas. Se prometió a sí mismo que se aseguraría de que ella no se arrepintiera de su decisión, ni esa noche ni nunca.Todavía seguía besándola cuando la levantó en brazos y la acunó contra su pecho. Aunque la casa era pequeña, pareció pasar una eternidad antes de que llegaran a su dormitorio, tras pararse un momento a apagar todas las velas. Luego, cerró la puerta y dejó suavemente a Paula sobre la cama.
—Pau, ¿Estás segura? —le preguntó una vez más mientras la miraba, todavía de pie.
Ella lo miró con los ojos empañados, soñadores.
—¿De qué?
—De esto —dijo él—. De que quieres hacer el amor.
Ella se estiró lánguidamente, luego se puso de rodillas sobre la cama y puso las manos a ambos lados de la cara de Ricky. Su mirada era clara; su expresión, decidida.
—Muy segura —dijo, y lo besó en los labios, metiendo la lengua dentro de su boca de una forma que no dejaba lugar a dudas.
Pedro sintió que algo estallaba en su interior. Más tarde tendría tiempo de pensar en lo que sentía, pero por el momento solo sabía que tocar a Paula era lo más excitante que había experimentado, dentro y fuera de la cama. Parecía no poder saciarse del suave contacto de su piel mientras le quitaba primero la blusa y luego el sujetador. Después se deleitó contemplando sus pechos desnudos, sus areolas oscuras, sus pezones duros. Le bajó la cremallera de los pantalones y la acarició suavemente hasta encontrar la satinada barrera de las bragas. Se detuvo y, al cabo de un instante, continuó. Paula lo miró con asombro y, luego, con placer cuando él tocó el cálido y húmedo centro de su ser; y gimió cuando le bajó las bragas y se lo acarició con la lengua. Sus caderas se alzaron sobre la cama al combarse hacia la caricia de Pedro y hacia su elusiva culminación.
—Todavía no, cariño, todavía no —musitó él, volviendo su atención hacia sus pechos, erguidos por la excitación.
Los gritos de Paula le gustaban, pero quería más. Quería darle una experiencia que nunca pudiera olvida. Ella se agitó, inquieta, cuando la soltó. Alargó las manos hacia él, pero Pedro se puso fuera de su alcance, dejando que su placer se extinguieran antes de volver a despertarlo de nuevo con una lenta caricia, un tierno beso, un deliberado roce de dedos expertos en lo más profundo de su ser. Paula se tensó otra vez, rogándole de nuevo la liberación que él le negaba. Una fina película de sudor cubría su cuerpo y sus músculos estaban visiblemente tensos. Él sintió que esa tensión era idéntica a la que él mismo experimentaba, pues su cuerpo estaba duro y adolorido por la larga demora del éxtasis.
—Por favor —musitó ella, con la voz ronca por el deseo.
—¿Tienes intención de seducirme esta noche?
Pedro carraspeó, luchando contra el deseo de atraerla hacia sí.
—Si no te molesta...
Esperó hasta que ella asintió ligeramente y luego la besó en los labios. Durante la hora anterior se había repetido una y otra vez que debía ir despacio. Pero el sabor de Paula le hizo cambiar de idea. El deseo se desató dentro de él, cálido y urgente. Sin embargo, la besó ligeramente, de forma persuasiva y acariciadora, más que exigente. Ella gimió, pidiéndole más. Pedro sintió el palpito de la sangre en los oídos, diciéndole que hiciera lo que ella le pedía.Pero reprimió el impulso y prefirió entregarse al dulce tormento de un fuego lento. Ardía por ella. Nunca había conocido a nadie como Paula, a una mujer que lo diera todo. Su completa entrega era tan inesperada como perturbadora, y despejó todas las dudas que lo habían mantenido alejado de ella durante semanas. Se prometió a sí mismo que se aseguraría de que ella no se arrepintiera de su decisión, ni esa noche ni nunca.Todavía seguía besándola cuando la levantó en brazos y la acunó contra su pecho. Aunque la casa era pequeña, pareció pasar una eternidad antes de que llegaran a su dormitorio, tras pararse un momento a apagar todas las velas. Luego, cerró la puerta y dejó suavemente a Paula sobre la cama.
—Pau, ¿Estás segura? —le preguntó una vez más mientras la miraba, todavía de pie.
Ella lo miró con los ojos empañados, soñadores.
—¿De qué?
—De esto —dijo él—. De que quieres hacer el amor.
Ella se estiró lánguidamente, luego se puso de rodillas sobre la cama y puso las manos a ambos lados de la cara de Ricky. Su mirada era clara; su expresión, decidida.
—Muy segura —dijo, y lo besó en los labios, metiendo la lengua dentro de su boca de una forma que no dejaba lugar a dudas.
Pedro sintió que algo estallaba en su interior. Más tarde tendría tiempo de pensar en lo que sentía, pero por el momento solo sabía que tocar a Paula era lo más excitante que había experimentado, dentro y fuera de la cama. Parecía no poder saciarse del suave contacto de su piel mientras le quitaba primero la blusa y luego el sujetador. Después se deleitó contemplando sus pechos desnudos, sus areolas oscuras, sus pezones duros. Le bajó la cremallera de los pantalones y la acarició suavemente hasta encontrar la satinada barrera de las bragas. Se detuvo y, al cabo de un instante, continuó. Paula lo miró con asombro y, luego, con placer cuando él tocó el cálido y húmedo centro de su ser; y gimió cuando le bajó las bragas y se lo acarició con la lengua. Sus caderas se alzaron sobre la cama al combarse hacia la caricia de Pedro y hacia su elusiva culminación.
—Todavía no, cariño, todavía no —musitó él, volviendo su atención hacia sus pechos, erguidos por la excitación.
Los gritos de Paula le gustaban, pero quería más. Quería darle una experiencia que nunca pudiera olvida. Ella se agitó, inquieta, cuando la soltó. Alargó las manos hacia él, pero Pedro se puso fuera de su alcance, dejando que su placer se extinguieran antes de volver a despertarlo de nuevo con una lenta caricia, un tierno beso, un deliberado roce de dedos expertos en lo más profundo de su ser. Paula se tensó otra vez, rogándole de nuevo la liberación que él le negaba. Una fina película de sudor cubría su cuerpo y sus músculos estaban visiblemente tensos. Él sintió que esa tensión era idéntica a la que él mismo experimentaba, pues su cuerpo estaba duro y adolorido por la larga demora del éxtasis.
—Por favor —musitó ella, con la voz ronca por el deseo.
viernes, 4 de mayo de 2018
Mi Salvador: Capítulo 55
Paula probó automáticamente la comida, pero apenas se daba cuenta de lo que hacía. Tenía que luchar contra el deseo de lanzar subrepticias miradas al hombre sentado frente a ella. Allí pasaba algo que no lograba entender. El comportamiento solícito de Pedro, las velas, la pequeña escena en el pasillo, todo parecía apuntar hacia la seducción. Ella no tenía mucha experiencia en ese sentido, pero estaba segura que esa no era la forma en que se comportaban los simples compañeros de piso. Podía dejar que la velada siguiera su curso o podía hacerle unas cuantas preguntas y tomar las riendas de la situación. Mucho tiempo antes se había prometido a sí misma no dejar que las circunstancias controlaran su vida. Los siguientes minutos podían resultar embarazosos, sobre todo si había interpretado mal la situación, pero al menos sabría a qué atenerse.
—Pedro—él la miró con expresión inquisitiva—. ¿Qué pasa aquí? —le preguntó.
—Que estamos cenando.
—¿Y aparte de eso?
Los labios de él se curvaron ligeramente, pero sus ojos estaban muy serios cuando la miró.
—¿Qué te hace pensar que pasa algo?
—Tú —Paula señaló las velas—. Y esto.
—¿Te disgusta el ambiente?
—No —dijo, sin intentar ocultar su irritación—. No exactamente.
—Entonces, ¿Qué?
Paula deseó borrar la expresión cándida de su cara. Tal vez con un poco de brusquedad lo lograría.
—¿Tratas de seducirme? —le preguntó.
Esa vez, los labios de Pedro se curvaron en una amplia sonrisa.
—Sí —contestó llanamente.
Paula se quedó mirándolo, boquiabierta. No había esperado que lo admitiera. Y, una vez que lo había hecho, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Olvidarlo? ¿Ponerse digna y levantarse de la mesa? ¿Marcharse de su casa? El problema era que se le había secado la garganta y su cuerpo parecía gritar: «¡Hip hip hurra!».
—¿Te molesta? —preguntó Pedro con indolencia.
Paula tragó saliva.
—No —murmuró al fin—. No, no me molesta.
Él sonrió.
—Bien —la tomó de la mano y le dió un beso en la palma. Ella sintió un escalofrío—. Come —le ordenó—. Vas a necesitar las energías.
Paula sintió la tentación de hacer un ingenioso comentario sobre su ego masculino, pero no lo hizo. Agarró el tenedor y comió. Pero le resultó difícil concentrarse en las judías y el arroz, porque no dejaba de pensar en el postre.
—Pedro—él la miró con expresión inquisitiva—. ¿Qué pasa aquí? —le preguntó.
—Que estamos cenando.
—¿Y aparte de eso?
Los labios de él se curvaron ligeramente, pero sus ojos estaban muy serios cuando la miró.
—¿Qué te hace pensar que pasa algo?
—Tú —Paula señaló las velas—. Y esto.
—¿Te disgusta el ambiente?
—No —dijo, sin intentar ocultar su irritación—. No exactamente.
—Entonces, ¿Qué?
Paula deseó borrar la expresión cándida de su cara. Tal vez con un poco de brusquedad lo lograría.
—¿Tratas de seducirme? —le preguntó.
Esa vez, los labios de Pedro se curvaron en una amplia sonrisa.
—Sí —contestó llanamente.
Paula se quedó mirándolo, boquiabierta. No había esperado que lo admitiera. Y, una vez que lo había hecho, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Olvidarlo? ¿Ponerse digna y levantarse de la mesa? ¿Marcharse de su casa? El problema era que se le había secado la garganta y su cuerpo parecía gritar: «¡Hip hip hurra!».
—¿Te molesta? —preguntó Pedro con indolencia.
Paula tragó saliva.
—No —murmuró al fin—. No, no me molesta.
Él sonrió.
—Bien —la tomó de la mano y le dió un beso en la palma. Ella sintió un escalofrío—. Come —le ordenó—. Vas a necesitar las energías.
Paula sintió la tentación de hacer un ingenioso comentario sobre su ego masculino, pero no lo hizo. Agarró el tenedor y comió. Pero le resultó difícil concentrarse en las judías y el arroz, porque no dejaba de pensar en el postre.
Mi Salvador: Capítulo 54
—Hola —señaló su cuerpo casi desnudo—. Creía que estaba solo.
Paula tragó saliva y fingió una despreocupación que estaba muy lejos de sentir.
—Estás en tu casa.
Una tormenta pareció desatarse en los ojos de Pedro.
—No empieces, Paula.
—Solo quería decir...
—Sé lo que querías decir —replicó él, irritado. Parecía estar librando una batalla perdida consigo mismo—. Mira, estaré listo dentro de un momento. La cena ya está preparada. Hay una botella de vino en la encimera de la cocina. Sírvete una copa, si te apetece.
Ella iba a poner una excusa y a retirarse a su habitación, pero tuvo la clara impresión de que, de hacerlo, él se habría puesto furioso.
—Gracias —dijo, al fin—. Voy a dejar estos papeles.
Lo rozó al pasar junto a él por el estrecho pasillo que llevaba a su habitación. Pedro, deliberadamente, no se retiró. Ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Olía a jabón, a champú y a pura masculinidad. Si hubiera sido otro tipo de mujer, habría tocado la toalla para ver qué más había debajo. Pero, como no lo era, reprimió el impulso y se apresuró a entrar en su dormitorio. Cerró la puerta, se apoyó contra ella y respiró hondo.
—Oh, Dios mío —murmuró.
Estaba realmente en un aprieto.Y Pedro lo sabía. Podía haberse visto sorprendido por accidente, llevando solo una toalla y una sonrisa, pero se había quedado en medio del pasillo a propósito, disfrutando de la incomodidad de Paula. ¿Por qué? Eso era lo que ella quería saber. ¿Por qué quería turbarla deliberadamente? ¿Es que no había hecho todo lo posible por alejarse de él desde que habían salido con Sergio y Nadia? ¿No le había dejado claro con sus actos que consideraba que solo compartían casa temporalmente? ¿No había intentado engañarlo... al igual que a sí misma? Suspiró hondo. Tenía que reconocerlo. Deseaba a Pedro Alfonso. Lo deseaba como nunca había deseado a ningún hombre.Pero él había hecho bien al mantenerla a distancia. Aquello podía ser un desastre. Pedro era frívolo y coqueto y solo se tomaba en serio su trabajo. Ella era seria e intensa. Si alguna vez se decidía a mantener una relación, querría que fuera algo importante y duradero.Suspiró otra vez. Sabía perfectamente que no podía ocultarse en su habitación. Él ya se lo había advertido. Quizá pudiera pasar la velada con él sin dejar traslucir los inquietantes impulsos que despertaba en ella. Solo tendría que refrenarse y recordar quién era él y quién era ella.
Cuando finalmente salió y entró en la cocina, sintió alivio al ver que Pedro no estaba allí. Se sirvió una copa de vino tinto y tomó un trago. Sintió que la tibieza del líquido se derramaba por su interior. De repente, se sintió mejor. Más valiente. Tomó otro trago y luego se dijo que sería una locura seguir por ese camino.Se acercó al fogón, alzó la tapadera del picadillo y removió la mezcla de carne y especias, disfrutando de su intenso aroma. De pronto, notó la mano de Pedro sobre su es palda. Alzó la vista y se encontró con sus ojos cuando él se inclinaba para mirar la cazuela de judías que cocía a fuego lento. Paula se quedó sin aliento.
—¿Tienes hambre? —le preguntó él dulcemente, dando un paso atrás y sirviéndose una copa de vino.
Paula sintió que se le aceleraba el pulso. Tenía todos los sentido en estado de alerta, y a él solo parecía importarle la comida. Eso significaba algo.
—Estoy muerta de hambre —dijo, consiguiendo que no le temblara la voz.
—Yo también. Siéntate. Yo serviré los platos.
Paula se sentó porque le temblaban las rodillas. Pedro puso un plato lleno frente a ella, se sirvió otro y luego apagó la luz, dejando la cocina bañada en el resplandor de media docena de velas.
Paula tragó saliva y fingió una despreocupación que estaba muy lejos de sentir.
—Estás en tu casa.
Una tormenta pareció desatarse en los ojos de Pedro.
—No empieces, Paula.
—Solo quería decir...
—Sé lo que querías decir —replicó él, irritado. Parecía estar librando una batalla perdida consigo mismo—. Mira, estaré listo dentro de un momento. La cena ya está preparada. Hay una botella de vino en la encimera de la cocina. Sírvete una copa, si te apetece.
Ella iba a poner una excusa y a retirarse a su habitación, pero tuvo la clara impresión de que, de hacerlo, él se habría puesto furioso.
—Gracias —dijo, al fin—. Voy a dejar estos papeles.
Lo rozó al pasar junto a él por el estrecho pasillo que llevaba a su habitación. Pedro, deliberadamente, no se retiró. Ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Olía a jabón, a champú y a pura masculinidad. Si hubiera sido otro tipo de mujer, habría tocado la toalla para ver qué más había debajo. Pero, como no lo era, reprimió el impulso y se apresuró a entrar en su dormitorio. Cerró la puerta, se apoyó contra ella y respiró hondo.
—Oh, Dios mío —murmuró.
Estaba realmente en un aprieto.Y Pedro lo sabía. Podía haberse visto sorprendido por accidente, llevando solo una toalla y una sonrisa, pero se había quedado en medio del pasillo a propósito, disfrutando de la incomodidad de Paula. ¿Por qué? Eso era lo que ella quería saber. ¿Por qué quería turbarla deliberadamente? ¿Es que no había hecho todo lo posible por alejarse de él desde que habían salido con Sergio y Nadia? ¿No le había dejado claro con sus actos que consideraba que solo compartían casa temporalmente? ¿No había intentado engañarlo... al igual que a sí misma? Suspiró hondo. Tenía que reconocerlo. Deseaba a Pedro Alfonso. Lo deseaba como nunca había deseado a ningún hombre.Pero él había hecho bien al mantenerla a distancia. Aquello podía ser un desastre. Pedro era frívolo y coqueto y solo se tomaba en serio su trabajo. Ella era seria e intensa. Si alguna vez se decidía a mantener una relación, querría que fuera algo importante y duradero.Suspiró otra vez. Sabía perfectamente que no podía ocultarse en su habitación. Él ya se lo había advertido. Quizá pudiera pasar la velada con él sin dejar traslucir los inquietantes impulsos que despertaba en ella. Solo tendría que refrenarse y recordar quién era él y quién era ella.
Cuando finalmente salió y entró en la cocina, sintió alivio al ver que Pedro no estaba allí. Se sirvió una copa de vino tinto y tomó un trago. Sintió que la tibieza del líquido se derramaba por su interior. De repente, se sintió mejor. Más valiente. Tomó otro trago y luego se dijo que sería una locura seguir por ese camino.Se acercó al fogón, alzó la tapadera del picadillo y removió la mezcla de carne y especias, disfrutando de su intenso aroma. De pronto, notó la mano de Pedro sobre su es palda. Alzó la vista y se encontró con sus ojos cuando él se inclinaba para mirar la cazuela de judías que cocía a fuego lento. Paula se quedó sin aliento.
—¿Tienes hambre? —le preguntó él dulcemente, dando un paso atrás y sirviéndose una copa de vino.
Paula sintió que se le aceleraba el pulso. Tenía todos los sentido en estado de alerta, y a él solo parecía importarle la comida. Eso significaba algo.
—Estoy muerta de hambre —dijo, consiguiendo que no le temblara la voz.
—Yo también. Siéntate. Yo serviré los platos.
Paula se sentó porque le temblaban las rodillas. Pedro puso un plato lleno frente a ella, se sirvió otro y luego apagó la luz, dejando la cocina bañada en el resplandor de media docena de velas.
Mi Salvador: Capítulo 53
—No hace falta que seas tan cortés. Sé que se suponía que esto iba a ser temporal. Además, estaba pensando en ir a ver un par de departamentos el sábado.
Pedro sintió un nudo en el estómago al ver confirmada su sospecha de que pensaba mudarse.
—No seas ridícula —le dijo—. ¿Para qué vas a gastar dinero en un departamento cuando aquí tienes tu propia habitación?
—No quiero molestarte más.
—Pau, ¿Qué te ocurre? —preguntó él, ocultando apenas su impaciencia—. Pensaba que nos las arreglábamos bien.
Ella lo miró con expresión culpable.
—Lo siento. Tú te has portado maravillosamente. Pero noto que te estoy imponiendo mi presencia. Debo volver a vivir por mi cuenta.
—¿Por tu cuenta? ¿O lejos de mí?
Ella se levantó precipitadamente.
—Tengo que irme a trabajar. ¿Podemos hablar de esto en otro momento?
Salió rápidamente de la habitación, sin esperar respuesta. Pedro la siguió con la mirada.
—¿Pero qué demonios le pasa? —murmuró cuando ella desapareció. Agarró el teléfono y marcó el número de Nadia—. Tengo que hablar contigo —le dijo cuando esta respondió.
—De acuerdo, habla, pero si es sobre Sergio, pierdes el tiempo.
—No es sobre Sergio, aunque podría darte una conferencia sobre ese tema. Pero lo dejaremos para otro momento. ¿Tienes idea de lo que le pasa a Paula?
—¿A Paula? ¿Es que le pasa algo? —preguntó Nadia, en tono sinceramente preocupado.
—Eso es lo que te he preguntado. Desde que salimos los cuatro juntos, está muy rara. ¿Tú sabes qué le pasa?
—Tal vez —contestó Nadia, pensativa—. Pero, primero, deja que te pregunte algo. ¿Estás enamorado de ella?
—Me preocupo por ella —dijo él.
—Eso no es lo mismo, ¿No?
—No. ¿Adonde quieres ir a parar?
—Paula es una buena persona, Pedro. No juegues con ella.
—Por el amor de Dios, Nadia, yo no estoy jugando con ella. No entiendo lo que pasa entre nosotros. ¿Y cómo voy a averiguarlo, si ella me evita?
—¿Eso hace?
—A mí me parece que sí. Sigue en mi casa, pero apenas me habla. ¿He dicho algo que la haya ofendido?
—Estás realmente preocupado, ¿Verdad?
—Por supuesto que lo estoy. Por eso te he llamado.
—Bien, entonces, te diré lo que sé. No estoy del todo segura, pero creo que tiene que ver con tu trabajo. El día que nos vimos estuvimos hablando del miedo que me da la carrera de Sergio. Paula parecía igual de preocupada por tí. Al parecer, acababa de darse cuenta de que te juegas la vida continuamente.
—¿Mi trabajo? —repitió Pedro con incredulidad.
—No puedo decirlo con certeza, pero creo que sí.
Él gruñó. Podía prescindir casi de cualquier cosa. ¿Pero qué demonios se suponía que tenía que hacer con su carrera? Él amaba su profesión. Formaba parte de él. Nadia debía de estar equivocada. Probablemente estaba proyectando en Paula el miedo que sentía por Sergio. Decidió abordar directamente la cuestión, sin esperar al día siguiente. Lo haría esa misma noche.
Al volver del trabajo, Paula se encontró la casa iluminada con velas y la cena calentándose en la cocina. Picadillo, judías negras y arroz. Pensó que debía agradecerles la comida a la señora Alfonso o a Sonia. Pero no estaba segura respecto a las velas. Justo en ese momento, Pedro salió del cuarto de baño con una toalla anudada alrededor de la cintura y el pecho y el cabello todavía mojados por la ducha. No era precisamente una imagen tranquilizadora. Su precaria determinación de combatir la atracción que sentía recibió un duro golpe, sobre todo cuando los labios de Pedro se curvaron lentamente en esa irresistible sonrisa suya.
Pedro sintió un nudo en el estómago al ver confirmada su sospecha de que pensaba mudarse.
—No seas ridícula —le dijo—. ¿Para qué vas a gastar dinero en un departamento cuando aquí tienes tu propia habitación?
—No quiero molestarte más.
—Pau, ¿Qué te ocurre? —preguntó él, ocultando apenas su impaciencia—. Pensaba que nos las arreglábamos bien.
Ella lo miró con expresión culpable.
—Lo siento. Tú te has portado maravillosamente. Pero noto que te estoy imponiendo mi presencia. Debo volver a vivir por mi cuenta.
—¿Por tu cuenta? ¿O lejos de mí?
Ella se levantó precipitadamente.
—Tengo que irme a trabajar. ¿Podemos hablar de esto en otro momento?
Salió rápidamente de la habitación, sin esperar respuesta. Pedro la siguió con la mirada.
—¿Pero qué demonios le pasa? —murmuró cuando ella desapareció. Agarró el teléfono y marcó el número de Nadia—. Tengo que hablar contigo —le dijo cuando esta respondió.
—De acuerdo, habla, pero si es sobre Sergio, pierdes el tiempo.
—No es sobre Sergio, aunque podría darte una conferencia sobre ese tema. Pero lo dejaremos para otro momento. ¿Tienes idea de lo que le pasa a Paula?
—¿A Paula? ¿Es que le pasa algo? —preguntó Nadia, en tono sinceramente preocupado.
—Eso es lo que te he preguntado. Desde que salimos los cuatro juntos, está muy rara. ¿Tú sabes qué le pasa?
—Tal vez —contestó Nadia, pensativa—. Pero, primero, deja que te pregunte algo. ¿Estás enamorado de ella?
—Me preocupo por ella —dijo él.
—Eso no es lo mismo, ¿No?
—No. ¿Adonde quieres ir a parar?
—Paula es una buena persona, Pedro. No juegues con ella.
—Por el amor de Dios, Nadia, yo no estoy jugando con ella. No entiendo lo que pasa entre nosotros. ¿Y cómo voy a averiguarlo, si ella me evita?
—¿Eso hace?
—A mí me parece que sí. Sigue en mi casa, pero apenas me habla. ¿He dicho algo que la haya ofendido?
—Estás realmente preocupado, ¿Verdad?
—Por supuesto que lo estoy. Por eso te he llamado.
—Bien, entonces, te diré lo que sé. No estoy del todo segura, pero creo que tiene que ver con tu trabajo. El día que nos vimos estuvimos hablando del miedo que me da la carrera de Sergio. Paula parecía igual de preocupada por tí. Al parecer, acababa de darse cuenta de que te juegas la vida continuamente.
—¿Mi trabajo? —repitió Pedro con incredulidad.
—No puedo decirlo con certeza, pero creo que sí.
Él gruñó. Podía prescindir casi de cualquier cosa. ¿Pero qué demonios se suponía que tenía que hacer con su carrera? Él amaba su profesión. Formaba parte de él. Nadia debía de estar equivocada. Probablemente estaba proyectando en Paula el miedo que sentía por Sergio. Decidió abordar directamente la cuestión, sin esperar al día siguiente. Lo haría esa misma noche.
Al volver del trabajo, Paula se encontró la casa iluminada con velas y la cena calentándose en la cocina. Picadillo, judías negras y arroz. Pensó que debía agradecerles la comida a la señora Alfonso o a Sonia. Pero no estaba segura respecto a las velas. Justo en ese momento, Pedro salió del cuarto de baño con una toalla anudada alrededor de la cintura y el pecho y el cabello todavía mojados por la ducha. No era precisamente una imagen tranquilizadora. Su precaria determinación de combatir la atracción que sentía recibió un duro golpe, sobre todo cuando los labios de Pedro se curvaron lentamente en esa irresistible sonrisa suya.
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