lunes, 7 de mayo de 2018

Mi Salvador: Capítulo 59

Maldijo, más que nunca, su sordera. Deseaba desesperadamente llamar a alguien. A Nadia, que compartiría su ansiedad y se compadecería de su sentimiento de miedo y abandono.  Este  último  era  el  más  duro,  pues  aquella  aciaga  llamada  que  había  arrancado a Pedro de entre sus brazos se había producido en el peor momento, justo cuando acababan de descubrir el sobrecogedor lazo de dulce pasión que los unía. Paula llevaba tanto tiempo esperando ese momento que había llegado a convencerse de que nunca le llegaría. Que su felicidad hubiera sido interrumpida tan bruscamente era un doloroso recordatorio de que la vida con él siempre sería incierta, que podía verse cercenada en un abrir y cerrar de ojos. Como  no  podía  dormir,  se  duchó,  se  vistió  y  se  sentó  frente  al  televisor  del  cuarto  de  estar,  puso  la  CNN  y  vió  los  reportajes  que  empezaban  a  llegar  desde  la  devastada  ciudad  de  San  Salvador.  No  sabía  qué  información  acompañaba  a  las  imágenes, porque el presentador hablaba fuera de plano. Pero el corazón se le subió a la garganta al imaginarlo en medio de aquella devastación. Casi  se  sintió  aliviada  cuando  llegó  el  momento  de  marcharse  a  trabajar.  Necesitaba  desesperadamente  un  respiro,  pero  lo  primero  que  Jimena le  preguntó  al  verla fue si Pedro había sido enviado a El Salvador. Asintió.

—Recibió una llamada sobre las dos de la madrugada.

Jimena la observó con mirada penetrante.

—¿Cómo te encuentras?

—Asustada —admitió ella.

—Quizá te resulte más fácil cuando hayas pasado por unos cuantos desastres.

Paula lo pensó y luego sacudió la cabeza.

—No lo creo.

—¿Hay algo que pueda hacer por tí?

—Puede que Pedro llame aquí para hacerme saber cómo van las cosas.

—Te  avisase  en  cuanto  lo  haga  —le  prometió  Jimena —.  Quizá  deberías  instalar  el  mismo equipo telefónico en casa, para que pueda llamarte. En tu antigua casa lo tenías, ¿No?

Semejante al correo electrónico, el equipo transcribía las palabras del hablante a una pantalla. También tenía una luz que parpadeaba para indicar cuándo se producía una llamada. Era un avance considerable.

—Lo  tenía  antes  del  huracán,  pero  iba  a  esperar  hasta  instalarme  en  otro  lugar  para reemplazarlo.

—Creo  que  es  demasiado  importante  —  dijo  Jimena  con  gestos,  enfáticamente—. Necesitas estar comunicada, no solo con él, sino también con otras personas. Déjame ver si puedo arreglarlo para que te instalen uno enseguida.

—Gracias —dijo Paula.

Se  había  resistido  a  instalar  el  equipo  en  casa  de  Pedro porque  no  quería  que  pareciera que pensaba quedarse. En esos instantes, en cambio, estaba segura de que él entendería  que  era  de  vital  importancia.  Probablemente,  incluso  agradecería  que  no  estuviera aislada del mundo exterior cuando él estaba fuera. Durante  la  semana  siguiente,  su  vida adquirió  una  textura  nebulosa.  Cuando no  estaba  en  el  trabajo,  se  pegaba  a  las  noticias  de  la  televisión,  con  la  esperanza de ver a Pedro. Una cadena local había enviado una unidad al escenario del terremoto y a menudo emitía entrevistas con el equipo de rescate de Miami. Algunas noches, Nadia se pasaba por allí y veían juntas la televisión. Otras, Sonia o la madre de esta iban a verla, en ocasiones con algún mensaje de Pedro.Se  sentía  agradecida  a  todas  ellas,  no  solo  por  su  compañía,  sino  por  la  información que le llevaban.

—Esto  debe  de  ser  muy duro para  tí  —le  dijo  Sonia—.  Sé  que  Pedro se  está  volviendo loco por no poder hablar contigo. Normalmente está totalmente concentrado cuando se halla en una misión como esta, pero ahora, cuando llama, nos hace mil y una preguntas  sobre  tí  —Sonia sonrió—.  Me  parece  maravilloso.  Ya  era  hora  de  que  encontrase a una mujer que le haga sentar la cabeza y que ponga un poco de equilibrio en su vida.

Pero  ¿Y  si  ella  no  podía  hacerlo?,  quería  preguntarle  Paula,  pero  no  lo  hacía.  ¿Cómo  iba a  explicarle  a  la  hermana  de  Pedro que  no  estaba  en  absoluto  segura  de  poder   vivir  así?   Tenía su  propia tragedia  demasiado fresca  como  para  ser  complaciente   con   los peligros que él   afrontaba conscientemente durante sus agotadoras jornadas. Podía expresarle sus miedos a Nadia, sin embargo. En la cara de su amiga notaba las  mismas  profundas  arrugas  de  tensión  que  veía  reflejadas  en  el  espejo  cuando  se  vestía por la mañana.

-No  creas  que  con  el  tiempo  se  hace  más  fácil  —le  dijo  Nadia,  apartando  la  mirada de la televisión cuando las noticias pasaron a otra historia.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó Paula—. Estabas pensando en volver con Sergio antes de que ocurriera esto, ¿Verdad?

Nadia asintió, con expresión abatida.

Mi Salvador: Capítulo 58

Además,  y  ahí  estaba  el  verdadero  problema,  él  no  dudaba  en  poner  su  vida  en  peligro. Paula se estremecía cada vez que pensaba en su forma de ganarse el pan. Ellaquería  un  hombre  que  estuviera  en  casa  cada  noche  y  cuyo  mayor  riesgo  fuera  atravesar   la   autopista   de   camino   al   trabajo.   La   vida   ya   era   suficientemente imprevisible sin necesidad de asumir riesgos añadidos. Ella lo sabía mejor que nadie. Como si quisiera confirmar sus temores, Pedro se incorporó de repente y levantó el  auricular  del  teléfono. 

Paula miró  el  reloj.  Estaban  en  plena  noche.  Una  llamada  telefónica a las dos de la madrugada no podía ser nada bueno. Se crispó, observando la cara de Pedro en busca de claves sobre lo que le decían desde el otro lado de la línea.

—Estaré allí —dijo él a su interlocutor, lanzándole una mirada de disculpa a Paula.

—¿Qué pasa? —preguntó ella cuando colgó.

—Ha  habido  un  terremoto  en  El  Salvador.  Ocurrió  hace,  una  hora.  El  epicentro  está a pocos kilómetros de San Salvador. Es muy grave, Pau. Tenemos que ir.

Ella tragó saliva,  intentando  reprimir  el  deseo  de  decirle  que  se  quedara.  Aquel  era  su  trabajo.  Pedro no  tenía  alternativa.  Ella  lo  sabía,  pero  aquel  desastre  había  sucedido  en  el  peor  momento.  Se  sintió  abandonada  cuando  él  la  soltó  y  empezó  a  prepararse,  rápida  y  metódicamente.  Su  mente  parecía  seguir  un  esquema  mental  establecido hacía mucho tiempo.Se acurrucó en la cama, con la sábana hasta la barbilla, y lo miró transformarse de  amante  en  bombero  de  salvamento  en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos.  Sus  movimientos  enérgicos  y  su  expresión  ceñuda  difuminaron  cualquier  rastro  de  la  ternura  que  Paula había experimentado en sus brazos unos instantes antes.Estuvo duchado y listo en cuestión de minutos. Se paró junto a la cama.

—Lo siento. Si tuviera elección, me quedaría contigo.

—Lo entiendo —le aseguró ella.

Y era cierto, lo entendía. Pero eso no evitó que se le hiciera un nudo de miedo en el estómago, ni que su corazón latiera desmayadamente, ni que en su cabeza se formaran imágenes de Pedro herido y ensangrentado.

—¿Estarás  bien?  —preguntó  él—.  Quiero decir,  respecto  a  todo  esto  —señaló hacia la maraña de sábanas, todavía tibias por el frenesí del amor.

—Hablaremos  de  eso  cuando  vuelvas  —  dijo  ella—.  Sé  que  tienes  que  irte.  Ten  mucho cuidado.

—Lo tendré —dijo él, y rozó sus labios con un beso fugaz y distraído.

Ya tenía la cabeza en otra parte. Paula lo notó, y le dolió en lo más hondo saber que la había abandonado antes incluso de salir de la habitación.Él se detuvo en la puerta.

—Te llamaré en cuanto pueda.

—¿Cómo? —le  preguntó  ella  con  frustración  al  darse  cuenta  de  que  Pedro no  podía  simplemente  descolgar  un  teléfono  y  llamarla  como  si  se  tratara  de  cualquier  otra mujer.

—No  te  preocupes  —dijo  él  suavemente,  percibiendo  su  ansiedad—.  Todo  depende  de  que  puedan  usarse  las  líneas  telefónicas,  pero  ya  se  me  ocurrirá  algo.  Llamaré a la clínica y le pediré a alguien que te dé un mensaje, o les diré a Sonia y a mi madre que vengan.

Ella  asintió,  aliviada  al  saber  que  no  tendría  que  pasarse  días  o  incluso  semanas  enteras sin saber qué estaba pasando y si estaba a salvo.

—Gracias...

Cuando  Pedro abrió  la  puerta,  Paula vió  que  Apolo estaba  allí,  preparado  y  alerta, como si hubiera sentido que a él también lo llamaba el deber.Se  derrumbó  en  cuanto  los  dos  desaparecieron.  Saltó  de  la  cama,  se  puso  una  camisa de Pedro para rodearse de su olor y, luego, se fue al cuarto de estar y miró por la  ventana  mientras  el  coche  se  alejaba.  Se  quedó  mirándolo  hasta  que  los  faros  se  perdieron en la oscuridad.

Mi Salvador: Capítulo 57

Pedro comprendió que estaba al límite de su resistencia, al igual que él. Se quitó la camisa y luego los pantalones. La mirada ávida de Paula se posó sobre su sexo erecto. Ella alargó una mano y pasó tentativamente un dedo por su miembro duro. Él pensó que  iba  a  estallar.  Dudaba  de  que  ella comprendiera  el  peligro,  así  que  guió  su  mano  hacia  territorio  más  seguro.  Pero  hasta  en  el  pecho  su  caricia  lo  hizo  tensarse  de  deseo. Una vez más, Pedro empezó a explorar su cuerpo, en parte para distraerla de su propia exploración, en parte para iniciar la última y lenta ascensión hacia la cima que le había negado una y otra vez aquella noche. Cuando comprendió que ella se hallaba en la cumbre, al filo del precipicio, se arrodilló entre sus piernas y la penetró con una única, rápida y urgente embestida. El placer de Paula estalló  por  fin,  con  contracciones  fuertes  y  profundas.  Pedro esperó,  perfectamente  quieto,  hasta  que  se  redujeron,  y  luego  inició  el  ancestral  ritmo  que  los  llevaría  de  nuevo  a  la  cumbre  simultáneamente.  Ella  gritó  cuando  el placer volvió a atravesarla, y esa vez, con los gritos de Paula resonando en su cabeza, él se le unió en un éxtasis estremecedor. Poco  a  poco,  él recuperó  el  aliento.  Los  latidos  de  su  corazón  volvieron  a  su  ritmo  normal.  Pero  no  se sentía  capaz  de  moverse.  Algo  le  había  ocurrido  esa  noche,  algo  que  no  esperaba,  que  nunca  había  imaginado.  Había  hecho  el  amor,  en  el  pleno  sentido  de  la  expresión.  Tenía  mucha  experiencia  con  el  sexo,  pero  ninguna  con  el  amor. Y podía apreciar la diferencia. Aquello, aquello había sido algo especial, algo de lo que nunca se cansaría, algo cuyo final no deseaba. Rodó  sobre  la  cama,  abrazandola,  todavía  unidos  en  el  más  íntimo  de  los  sentidos, todavía ligados por ese inexplicable vínculo de cuya existencia siempre había dudado.Ella  suspiró  pesadamente  y  se  estiró.  Cuando  hizo  intento  de  apartarse,  él  la  apretó más fuerte.

Pedro no quería hablar, no se atrevía a mirarla a los ojos para ver si ella sentía lo mismo. Era capaz de arriesgar su vida sin pensárselo dos veces, pero no quería poner en peligro aquel momento, aquella magia. Maldición, Paula lo hacía pensar como un condenado poeta. Y aquel no era su estilo. El compromiso duradero no era su estilo.Pero  eso  era  justamente  lo  que  deseaba.  Para  siempre.  Finalmente  se  atrevió  a  mirarla  a  la  cara  y  vio  en  ella  satisfacción,  quizás  incluso  alegría,  pero  también  le  pareció detectar un destello de determinación. Ignoraba a qué se debía, pero algo le decía que a nada bueno.

—¿En qué estas pensando? —dijo.

—¿La verdad?

—Claro.

—Eres tan bueno en esto y yo... Bueno, yo no soy lo que se dice una experta.

Él  se  quedó  boquiabierto. Paula,  la  mujer  que  lo  había  vencido,  ¿Se  sentía  insegura?

—¿Estás buscando un cumplido? —le preguntó.

—Por supuesto que no —protestó ella—. Solo trato de ser sincera.

—Pau, si fueras un poco mejor en esto, nos moriríamos de agotamiento.

Ella esbozó una sonrisa que se desvaneció antes de florecer.

—Pero todas las otras mujeres...

—No hay otras mujeres. No como tú.

Ella siguió mirándolo, vacilante. A Pedro no se le ocurrió otro modo de persuadirla salvo demostrárselo con todo detalle. Cuando acabó, ella estaba demasiado cansada para discutir. Por fortuna, pues él necesitaba  algún  tiempo  para  pensar  en  lo  que  acababa  de  descubrir:  que  se  había  enamorado de Paula Chaves.

Paula estaba  convencida  de  que  debía  de  haberle  faltado  oxígeno  en  el  cerebro  mientras  estaba  bajo  los  escombros.  No solo se había  ido  a  vivir  con  un  completo  extraño, sino que además, unas pocas semanas después, estaba compartiendo su cama. Tal  vez  Pedro tuviera  razón  después  de  todo,  y  ella  fuera  incapaz  de  pensar  con  claridad.  Lo  cierto  era  que  se  estaba  comportando  de  forma  más  impetuosa  que  de  costumbre. ¿La  prueba?  Aquella  noche  habían  hecho  el  amor  después  de  que  hubiera  decidido firmemente que Pedro Alfonso no era la clase de hombre que le convenía. Ella quería alguien sólido y fiable, alguien que no tuviera un largo historial de conquistas a sus espaldas. De  acuerdo,  no  podía  acusarlo  exactamente de  no  ser  sólido  y  fiable.  Después  de  todo,  le  había  salvado  la  vida.  Pero  también  era  un  donjuán  impenitente,  hecho  que  confirmaban  todos  los  que  lo  conocían  y  que  él  mismo  nunca  se  había  molestado  en  negar.  A  pesar  de  que  le  había  dicho  que  ella  superaba  a  las  demás  mujeres  de  su  vida, no  le  había  dado  ninguna  razón  para  creer  que  su  relación  sería más duradera que las otras.

Mi Salvador: Capítulo 56

Pedro había asumido un gran riesgo al admitir ante Paula que intentaba seducirla. Casi había temido que saliera huyendo de la habitación. Y, durante un instante, le había parecido que lo haría.Pero luego vió, con asombro y alivio, que ella lo miraba tranquilamente. Después, no había podido saborear ni un solo bocado más de la cena. Sin  embargo,  estaba decidido  a no presionarla.  Quería  darle  un  poco  de  tiempo  para  que  se  acostumbrara  a  la  idea.  Incluso  quería  darle  tiempo  para  que  pudiera  cambiar de idea, aunque estaba seguro de que moriría si eso ocurría. Por fin, después de que hubieron recogido meticulosamente la mesa, fregado los platos y recogido la cocina, ella lo miró intensamente y le preguntó:

—¿Tienes intención de seducirme esta noche?

Pedro carraspeó, luchando contra el deseo de atraerla hacia sí.

—Si no te molesta...

Esperó hasta que ella asintió ligeramente y luego la besó en los labios. Durante la hora anterior se había repetido una y otra vez que debía ir despacio. Pero el sabor de Paula le hizo cambiar de idea. El deseo se desató dentro de él, cálido  y  urgente.   Sin embargo,  la   besó   ligeramente, de forma persuasiva  y  acariciadora, más que exigente. Ella gimió, pidiéndole más. Pedro sintió el palpito de la sangre en los oídos, diciéndole que hiciera lo que ella le pedía.Pero  reprimió  el  impulso  y  prefirió  entregarse  al  dulce  tormento  de  un  fuego  lento.  Ardía por ella. Nunca había conocido a nadie como Paula, a una mujer que lo diera todo. Su completa entrega era tan inesperada como perturbadora, y despejó todas las dudas  que  lo  habían  mantenido  alejado  de  ella  durante  semanas.  Se  prometió  a  sí  mismo que se aseguraría de que ella no se arrepintiera de su decisión, ni esa noche ni nunca.Todavía seguía besándola cuando la levantó en brazos y la acunó contra su pecho. Aunque la casa era pequeña, pareció pasar una eternidad antes de que llegaran a su dormitorio, tras pararse un momento a apagar todas las velas. Luego, cerró la puerta y dejó suavemente a Paula sobre la cama.

—Pau, ¿Estás segura? —le preguntó una vez más mientras la miraba, todavía de pie.

Ella lo miró con los ojos empañados, soñadores.

—¿De qué?

—De esto —dijo él—. De que quieres hacer el amor.

Ella  se  estiró  lánguidamente,  luego  se  puso  de  rodillas  sobre  la  cama  y  puso  las  manos a ambos lados de la cara de Ricky. Su mirada era clara; su expresión, decidida.

—Muy segura —dijo, y lo besó en los labios, metiendo la lengua dentro de su boca de una forma que no dejaba lugar a dudas.

Pedro sintió  que  algo  estallaba  en  su  interior.  Más tarde  tendría  tiempo  de  pensar  en  lo  que  sentía,  pero  por  el  momento  solo  sabía  que  tocar a Paula era  lo  más  excitante  que  había  experimentado,  dentro  y  fuera  de  la  cama.  Parecía  no  poder  saciarse del suave contacto de su piel mientras le quitaba primero la blusa y luego el sujetador. Después se deleitó contemplando sus pechos desnudos, sus areolas oscuras, sus pezones duros. Le bajó la cremallera de los pantalones y la acarició suavemente hasta encontrar la satinada barrera de las bragas. Se detuvo y, al cabo de un instante, continuó. Paula lo miró con asombro y, luego, con placer cuando él tocó el cálido y húmedo centro de su ser;  y gimió  cuando  le  bajó  las  bragas  y se lo acarició  con  la  lengua.  Sus  caderas  se  alzaron  sobre  la  cama  al  combarse  hacia  la  caricia  de  Pedro y  hacia  su  elusiva  culminación.

—Todavía  no,  cariño,  todavía  no  —musitó  él,  volviendo  su  atención  hacia  sus  pechos,  erguidos  por  la  excitación.

Los  gritos  de  Paula le  gustaban,  pero  quería  más.  Quería darle una experiencia que nunca pudiera olvida.  Ella se agitó,  inquieta,  cuando  la  soltó.  Alargó  las  manos  hacia  él,  pero  Pedro se  puso  fuera  de  su  alcance,  dejando  que  su  placer  se  extinguieran antes  de  volver  a  despertarlo  de  nuevo  con  una  lenta  caricia,  un  tierno beso, un  deliberado  roce  de  dedos  expertos  en  lo  más  profundo  de  su  ser.  Paula se  tensó otra  vez,  rogándole  de  nuevo la liberación que él le negaba. Una fina película de sudor cubría su cuerpo y sus músculos  estaban  visiblemente  tensos.  Él sintió  que  esa  tensión  era  idéntica  a  la  que  él  mismo  experimentaba,  pues  su  cuerpo  estaba  duro  y  adolorido  por  la  larga  demora del éxtasis.

—Por favor —musitó ella, con la voz ronca por el deseo.

viernes, 4 de mayo de 2018

Mi Salvador: Capítulo 55

Paula probó  automáticamente  la  comida,  pero  apenas  se  daba  cuenta  de  lo  que  hacía.  Tenía  que  luchar  contra  el  deseo  de  lanzar  subrepticias  miradas  al  hombre  sentado  frente  a  ella.  Allí  pasaba  algo  que  no  lograba  entender.  El  comportamiento  solícito de Pedro, las velas, la pequeña escena en el pasillo, todo parecía apuntar hacia la  seducción.  Ella  no  tenía  mucha  experiencia  en  ese  sentido,  pero  estaba  segura  que  esa no era la forma en que se comportaban los simples compañeros de piso. Podía  dejar  que  la  velada  siguiera  su  curso  o  podía  hacerle  unas  cuantas  preguntas y tomar las riendas de la situación. Mucho tiempo antes se había prometido a sí misma no dejar que las circunstancias controlaran su vida. Los siguientes minutos podían resultar embarazosos, sobre todo si había interpretado mal la situación, pero al menos sabría a qué atenerse.

—Pedro—él la miró con expresión inquisitiva—. ¿Qué pasa aquí? —le preguntó.

—Que estamos cenando.

—¿Y aparte de eso?

Los  labios  de  él  se  curvaron  ligeramente,  pero  sus  ojos  estaban  muy  serios  cuando la miró.

—¿Qué te hace pensar que pasa algo?

 —Tú —Paula señaló las velas—. Y esto.

—¿Te disgusta el ambiente?

—No —dijo, sin intentar ocultar su irritación—. No exactamente.

—Entonces, ¿Qué?

Paula deseó  borrar  la  expresión  cándida  de  su  cara.  Tal  vez  con  un  poco  de  brusquedad lo lograría.

—¿Tratas de seducirme? —le preguntó.

Esa vez, los labios de Pedro se curvaron en una amplia sonrisa.

—Sí  —contestó llanamente.

Paula  se  quedó  mirándolo,  boquiabierta.  No  había  esperado  que  lo  admitiera.  Y,  una  vez  que  lo  había  hecho,  ¿qué  se  suponía  que  debía  hacer?  ¿Olvidarlo?  ¿Ponerse  digna y levantarse de la mesa? ¿Marcharse de su casa? El  problema  era  que  se  le  había  secado  la  garganta  y  su  cuerpo  parecía  gritar:  «¡Hip hip hurra!».

—¿Te molesta? —preguntó Pedro con indolencia.

Paula tragó saliva.

—No —murmuró al fin—. No, no me molesta.

Él sonrió.

—Bien —la  tomó  de  la  mano  y  le  dió  un  beso  en  la  palma.  Ella  sintió  un  escalofrío—. Come —le ordenó—. Vas a necesitar las energías.

Paula sintió la tentación de hacer un ingenioso comentario sobre su ego masculino, pero no lo hizo. Agarró el tenedor y comió. Pero le resultó difícil concentrarse en las judías y el arroz, porque no dejaba de pensar en el postre.

Mi Salvador: Capítulo 54

—Hola —señaló su cuerpo casi desnudo—. Creía que estaba solo.

Paula tragó saliva y fingió una despreocupación que estaba muy lejos de sentir.

—Estás en tu casa.

Una tormenta pareció desatarse en los ojos de Pedro.

—No empieces, Paula.

—Solo quería decir...

—Sé lo que querías decir —replicó él, irritado. Parecía estar librando una batalla perdida  consigo  mismo—.  Mira,  estaré  listo  dentro  de  un  momento.  La  cena  ya  está  preparada. Hay una botella de vino en la encimera de la cocina. Sírvete una copa, si te apetece.

Ella  iba  a  poner  una  excusa  y  a  retirarse  a  su  habitación,  pero  tuvo  la  clara  impresión de que, de hacerlo, él se habría puesto furioso.

—Gracias —dijo, al fin—. Voy a dejar estos papeles.

Lo  rozó  al  pasar  junto  a  él  por  el  estrecho  pasillo  que  llevaba  a  su  habitación.  Pedro,  deliberadamente,  no  se  retiró.  Ella  sintió  el  calor  que  emanaba  de  su  cuerpo.  Olía  a  jabón,  a  champú  y  a  pura  masculinidad.  Si  hubiera  sido  otro  tipo  de  mujer,  habría tocado la toalla para ver qué más había debajo. Pero, como no lo era, reprimió el impulso y se apresuró a entrar en su dormitorio. Cerró la puerta, se apoyó contra ella y respiró hondo.

—Oh, Dios mío —murmuró.

Estaba realmente en un aprieto.Y Pedro lo sabía. Podía haberse visto sorprendido por accidente, llevando solo una toalla  y  una  sonrisa,  pero  se  había  quedado  en  medio  del  pasillo  a  propósito,  disfrutando de la incomodidad de Paula. ¿Por qué?   Eso era lo que   ella  quería saber.   ¿Por qué  quería turbarla  deliberadamente? ¿Es que no había hecho todo lo posible por alejarse de él desde que habían  salido  con  Sergio y  Nadia?  ¿No  le  había  dejado  claro  con  sus  actos  que  consideraba que solo compartían casa temporalmente? ¿No  había  intentado  engañarlo...  al  igual  que  a  sí  misma?  Suspiró  hondo.  Tenía  que  reconocerlo.  Deseaba  a  Pedro Alfonso.  Lo  deseaba  como  nunca  había  deseado  a  ningún hombre.Pero él había hecho bien al mantenerla a distancia. Aquello podía ser un desastre. Pedro era  frívolo  y  coqueto  y  solo  se  tomaba  en  serio  su  trabajo.  Ella  era  seria  e  intensa.  Si  alguna  vez  se  decidía  a  mantener  una  relación,  querría  que  fuera  algo  importante y duradero.Suspiró otra vez. Sabía perfectamente que no podía ocultarse en su habitación. Él ya se lo había advertido. Quizá pudiera pasar la velada con él sin dejar traslucir los  inquietantes  impulsos  que  despertaba  en  ella.  Solo  tendría  que  refrenarse  y  recordar quién era él y quién era ella.

Cuando  finalmente  salió  y  entró  en  la  cocina,  sintió  alivio  al  ver  que  Pedro no  estaba allí. Se sirvió una copa de vino tinto y tomó un trago. Sintió que la tibieza del líquido se derramaba por su interior. De repente, se sintió mejor. Más valiente. Tomó otro trago y luego se dijo que sería una locura seguir por ese camino.Se acercó al fogón, alzó la tapadera del picadillo y removió la mezcla de carne y especias, disfrutando de su intenso aroma. De pronto, notó la mano de Pedro sobre su es  palda.  Alzó  la  vista  y  se  encontró  con  sus  ojos  cuando  él  se  inclinaba  para  mirar  la  cazuela de judías que cocía a fuego lento. Paula se quedó sin aliento.

—¿Tienes  hambre?   —le  preguntó   él   dulcemente,   dando   un   paso   atrás   y   sirviéndose una copa de vino.

Paula sintió  que  se  le  aceleraba  el  pulso.  Tenía  todos  los  sentido  en  estado  de  alerta, y a él solo parecía importarle la comida. Eso significaba algo.

—Estoy muerta de hambre —dijo, consiguiendo que no le temblara la voz.

—Yo también. Siéntate. Yo serviré los platos.

Paula se sentó porque le temblaban las rodillas. Pedro puso un plato lleno frente a ella,  se  sirvió  otro  y  luego  apagó  la  luz,  dejando  la  cocina  bañada  en  el  resplandor  de  media docena de velas.

Mi Salvador: Capítulo 53

—No  hace  falta  que  seas  tan  cortés.  Sé  que  se  suponía  que  esto  iba  a  ser  temporal. Además, estaba pensando en ir a ver un par de departamentos el sábado.

Pedro sintió  un  nudo  en  el  estómago  al  ver  confirmada  su  sospecha  de  que pensaba mudarse.

—No  seas  ridícula  —le  dijo—.  ¿Para  qué  vas  a  gastar  dinero  en  un  departamento  cuando aquí tienes tu propia habitación?

—No quiero molestarte más.

—Pau,  ¿Qué  te  ocurre?  —preguntó  él,  ocultando  apenas  su  impaciencia—. Pensaba que nos las arreglábamos bien.

Ella lo miró con expresión culpable.

—Lo  siento.  Tú  te  has  portado  maravillosamente.  Pero  noto  que  te  estoy  imponiendo mi presencia. Debo volver a vivir por mi cuenta.

—¿Por tu cuenta? ¿O lejos de mí?

Ella se levantó precipitadamente.

—Tengo que irme a trabajar. ¿Podemos hablar de esto en otro momento?

Salió rápidamente de la habitación, sin esperar respuesta. Pedro la siguió con la mirada.

—¿Pero  qué  demonios  le  pasa?  —murmuró  cuando  ella  desapareció.  Agarró  el  teléfono y marcó el número de Nadia—. Tengo que hablar contigo —le dijo cuando esta respondió.

—De acuerdo, habla, pero si es sobre Sergio, pierdes el tiempo.

—No es sobre Sergio, aunque podría darte una conferencia sobre ese tema. Pero lo dejaremos para otro momento. ¿Tienes idea de lo que le pasa a Paula?

 —¿A  Paula?  ¿Es  que  le  pasa  algo?  —preguntó  Nadia,  en  tono  sinceramente  preocupado.

—Eso es lo que te he preguntado. Desde que salimos los cuatro juntos, está muy rara. ¿Tú sabes qué le pasa?

—Tal vez —contestó Nadia, pensativa—. Pero, primero, deja que te pregunte algo. ¿Estás enamorado de ella?

—Me preocupo por ella —dijo él.

—Eso no es lo mismo, ¿No?

 —No. ¿Adonde quieres ir a parar?

—Paula es una buena persona, Pedro. No juegues con ella.

—Por  el  amor  de  Dios,  Nadia,  yo no  estoy  jugando  con  ella.  No  entiendo  lo  que  pasa entre nosotros. ¿Y cómo voy a averiguarlo, si ella me evita?

—¿Eso hace?

—A mí me parece que sí. Sigue en mi casa, pero apenas me habla. ¿He dicho algo que la haya ofendido?

—Estás realmente preocupado, ¿Verdad?

—Por supuesto que lo estoy. Por eso te he llamado.

—Bien, entonces, te diré lo que sé. No estoy del todo segura, pero creo que tiene que ver con tu trabajo. El día que nos vimos estuvimos hablando del miedo que me da la carrera de Sergio. Paula parecía igual de preocupada por tí. Al parecer, acababa de darse cuenta de que te juegas la vida continuamente.

—¿Mi trabajo? —repitió Pedro con incredulidad.

—No puedo decirlo con certeza, pero creo que sí.

Él gruñó. Podía prescindir casi de cualquier cosa. ¿Pero qué demonios se suponía que tenía que hacer con su carrera? Él amaba su profesión. Formaba parte de él. Nadia debía  de  estar  equivocada.  Probablemente  estaba  proyectando  en  Paula el  miedo  que  sentía por Sergio. Decidió  abordar  directamente  la  cuestión,  sin  esperar  al  día  siguiente.  Lo  haría  esa misma noche.

Al  volver  del  trabajo,  Paula se  encontró  la  casa  iluminada  con  velas  y  la  cena  calentándose   en   la   cocina. Picadillo, judías negras y arroz.   Pensó que debía  agradecerles la comida a la señora Alfonso o a Sonia. Pero no estaba segura respecto a las velas. Justo  en  ese  momento,  Pedro salió  del  cuarto  de  baño  con  una  toalla  anudada  alrededor  de  la  cintura  y  el  pecho  y  el  cabello  todavía  mojados  por  la  ducha.  No  era precisamente  una  imagen  tranquilizadora.  Su  precaria  determinación  de  combatir  la  atracción  que  sentía  recibió  un  duro  golpe,  sobre  todo  cuando  los  labios  de  Pedro se  curvaron lentamente en esa irresistible sonrisa suya.