miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi Salvador: Capítulo 46

Pero, como la discusión tendría que esperar, se conformó con espetarle a Pedro:

—¿Por qué no estás en el trabajo?

—Lo estaba. Y volveré en cuanto te deje en casa. Llevo encima el busca, por si me ne  cesitan.

—No  quiero  que  irrumpas  aquí  así,  por  las  buenas  —le  dijo  mientras  recogía  el  trabajo que quería llevarse a casa.

—No he venido por las buenas. Tu jefa me ha llamado —dijo él pacientemente.

—No tenía derecho a hacerlo.

—Se preocupa por tí.

—Eso es muy amable de su parte, pero yo sé cuidar de mí misma.

—Pues demuéstralo. Vete a casa y échate una siesta.

—No  estoy  cansada  —dijo Paula,  consciente  de  que  parecía  una  niña  mimada  resistiéndose a irse a la cama.

—Si tú lo dices... —contestó él con suavidad.

Naturalmente, Pedro tenía razón. Al cabo de cinco minutos en el coche, Paula no pudo mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se dio cuenta de que llegaban a casa. Se despertó cuando él la tomó en brazos para llevarla dentro.

—¿Qué haces? —le preguntó, luchando para que la soltara.

Pero fue en vano. Él simplemente se rió y la apretó más fuerte.

—Adivínalo.

Ella empujó contra el sólido muro de su musculoso pecho.

—Suéltame.

Él la miró a los ojos.

—Dame un respiro, Pau. Dos minutos en mis brazos, tal vez tres. ¿Es eso mucho pedir?   

 La incredulidad reemplazó a la indignación.

—¿Qué estás diciendo, que disfrutas con todo esto?

Él la estrechó un poco más contra su pecho.

—¿Tú qué crees?

Para ser totalmente sincera, ella tampoco lo estaba pasando tan mal. Se aplacó y, suspirando, le pasó un brazo alrededor del cuello.

—Vamos, Alfonso. Diviértete.

Debía admitir que  ir  en  sus  brazos  no  era  exactamente  un  sacrificio.  El  único  problema era que, cuando llegaran a la habitación, él la tiraría sin ceremonias sobre la cama y la dejaría allí, sola.Apretó la cara contra el cuello de Pedro. Durante dos minutos, tal vez tres, podía fingir que eso no sucedería. Estaba convencido  de  que  Paula Chaves lo  volvería  loco.  Pensaba  que,  cuando ambos volvieran al trabajo, la vida sería menos complicada. Había previsto evitar  a  Paula para  poder  mantener  bajo  control  sus  hormonas,  pero  las  cosas  no  le  estaban saliendo como quería. No  dejaba  de  pensar  en  ella  ni  de  día  ni  de  noche.  Se  decía  a  sí  mismo  que  se  debía  a  que  no  se  había  acostado  con  ella.  Si  lo  hubiera  hecho,  no  sentiría  ese constante y doloroso deseo, y podría olvidarse de todo. Pero no habían tenido sexo y él no podía pegar ojo. Cada minuto que pasaba lo sorprendía más la asombrosa serenidad de Paula, su fortaleza y su determinación de recuperarse completamente y retomar su vida normal. Y la prisa con que parecía querer hacerlo lo preocupaba. Paula tendría una recaída si seguía así. El lunes había sido un ejemplo perfecto de ello. Cuando había ido a buscarla a la escuela, pese a que parecía muerta de cansancio, se había puesto furiosa porque Jimena  y él  hubieran  conspirado  para  obligarla  a  irse  a  casa. Si no tenía  suficiente  sentido  común para saber cuándo tenía que descansar, ¿Cómo iba él a confiar en que lo tenía en lo  que  concernía  a  su  relación?  Por  suerte,  había  sido  lo  bastante  listo  como  para  decírselo claramente.

lunes, 30 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 45

Pero, por desgracia, los acontecimientos conspiraban en su contra. Su  último  paciente  era  Valentina Foley,  de  cuatro  años  de  edad,  y  Paula comprendió  enseguida  por  qué  Jimena se  había  mostrado  preocupada  por  ella.  La  niña  no  estaba  aprovechando las lecciones de lenguaje para sordos como Paula esperaba.

—¿Estás  enfadada  conmigo?  —le  preguntó  la  pequeña  con  signos  al  final  de  la  sesión, con cara preocupada.

—No —le contestó Paula, dándole un abrazo.

—Pero no lo hago bien.

—No te preocupes. Solo necesitas practicar un poco más.

Valentina puso cara triste.

—¿Cómo? En casa, nadie quiere aprender.

Paula reprimió una maldición. Jesica Foley era una buena madre, pero tenía que ocuparse  de  otros  cuatro  niños,  además  de  Valentina.  Afrontar  la  sordera  de  su  hija  era  una  carga  demasiado  pesada  para  ella.  Llevarla a  la  clínica  dos  veces  por  semana  era  todo  lo  que  estaba  dispuesta  a  hacer.  Había  sido  imposible  convencerla  de  que  ella  también asistiera a clases. Se había negado en redondo.

—Aprenderé de Valentina—le había asegurado a Paula, pero la futilidad de su promesa era cada vez más evidente.

En cuanto a Damián Foley, tenía dos trabajos para intentar sacar adelante a su familia.  Había  ido  a  recoger  a  Valentina en  varias  ocasiones  y,  a  pesar  del  cariño  que  demostraba  por  su  hija,  todavía  parecía  empeñado  en  negarse  a  aceptar  que  su  discapacidad era permanente y que requería ciertos esfuerzos por su parte. Cuando le hablaba a la niña, subía la voz como si ello pudiera ayudarla a entenderlo.Los Foley no eran la primera familia a la que Paula había visto resistirse a asumir las  necesidades  de  un  hijo  sordo,  pero  eso  no  dejaba  de  entristecerla.  Como  en  su  propio caso y en el de Valentina, las cosas parecían empeorar cuando la sordera se producía repentina e inesperadamente.

—Nos  esforzaremos  más,  tú  y  yo  —le  dijo  a  Valentina—.  Y  hablaré  otra  vez  con  tu  mamá  sobre  las  clases.  Si  ella  no  puede  venir,  ¿Qué  te  parece  que  venga  tu  hermana  mayor? Tiene diez años, ¿No?

El semblante de la niña se iluminó.

—Martina vendrá. Sé que vendrá.

—Veré si puedo arreglarlo —le prometió Paula.

—Te quiero —dijo Valentina con gestos.

—  Yo también te quiero  —contestó  Paula—.  Ahora,  salgamos  fuera,  a  ver  si  ha  venido tu madre.

La  señora  Foley  estaba  sentada  en  su  coche,  con  el  motor  en  marcha.  Paula acompañó  a  Valentina al  coche,  pero  cuando  trató  de  hablar  con  su  madre,  esta  le  hizo  señas de que tenía prisa y arrancó antes de que pudiera decirle una palabra. Paula respiró  hondo  y  volvió  lentamente  a  la  clínica.  Al  parecer,  no  estaba  tan  recuperada como pensaba. Se sentía exhausta, pero quería asistir a la reunión semanal del personal. Jimena la observó un momento y vetó su plan.

—Estás pálida. Tienes que irte a casa.

—Voy  a  quedarme  —insistió  Paula—.  Dame  cinco  minutos  para  tomarme  una  taza  de café, y los veré en la sala de reuniones.

Había  pensado  que  Jimena se  conformaría  sin  discutir,  pero  se  equivocaba.  La  reunión acababa de empezar cuando la interrumpió la llegada de Pedro. Jimena le sonrió.

—Llegas justo a tiempo —dijo.

—¿Lo has llamado tú? —preguntó Paula, asombrada.

—Habíamos hecho un trato —dijo Jimena—. Yo lo llamaría si tú te negabas a seguir mis buenos consejos. Ahora vete a casa y descansa. Nos veremos por la mañana.

Paula  estuvo  tentada  de  quedarse  allí  plantada  y  negarse  a  marcharse,  pero  cambió  de  idea  al  ver  la  mirada  decidida  de  Pedro.  Podría  haber  expresado  su  disconformidad  allí  mismo,  pero  logró  abandonar  la  habitación  sin  hacerlo.  Al  día  siguiente, le diría a Jimena que era perfectamente capaz de decidir si podía aguantar una hora en una estúpida reunión de personal.

Mi Salvador: Capítulo 44

Paula declinó una invitación de la madre de Pedro para unirse a ellos en la cena del  domingo.  Todavía  se  sentía  confusa  por  lo  que  había  ocurrido  en  la  barca,  por  la  inesperada  visita  de  la  familia  y  por  las  cosas  que  él le  había  dicho  en  la  cocina.  Tenía  la  inquietante  sensación  de  que  estaba  enamorándose  perdidamente  de  un  hombre  al  que  apenas  conocía.  Y,  hasta  que  no  comprendiera  plenamente  su  relación,  no quería arriesgarse a enamorarse también de su familia.

—No lo entiendo —dijo Juana, cuando Paula trató de explicárselo—. Estás loca por él. Él está loco por tí. ¿Cuál es el problema?

—Es demasiado pronto —dijo ella sombríamente—. ¿Cómo puedo estar segura de lo que siento? Pedro no lo está. Me dijo claramente que yo ni siquiera sabía lo que sucedía en mi cabeza.

Juana se echó a reír.

—¿Y cómo reaccionaste tú?

—Me puse furiosa.

—Me lo imagino.

Paula la miró, con aflicción.

—Pero  ¿Y si tiene  razón?  ¿Y  si  me  hubiera  enamorado  de  cualquier  hombre  que  me hubiera sacado de entre los escombros? Es una posibilidad.

—¿Te has enamorado de Sergio?

Paula frunció el ceño ante aquella absurda pregunta.

—No, claro que no.

—Él también estaba allí —añadió Juana.

—Pero no fue él quien me rescató.

—Pero,  si  lo  hubiera  sido,  ¿Te habrías  enamorado de  él?  —preguntó  la  anciana,  escéptica.

Paula trató de imaginarse a sí misma enamorada del simpático y gigantesco amigo de Pedro. Había pasado algún rato con él desde el temporal y no había sentido el más leve atisbo de atracción, aunque era más guapo, en un sentido clásico, que Pedro.

—No —admitió lentamente—. Es un hombre muy agradable, pero no me dice nada.

—Bueno, parece que estamos llegando a alguna conclusión —dijo Juana, mirándola con expresión astuta—. ¿Tú eres la única mujer a la que Pedro ha rescatado?

—No —contestó Paula.

—¿Ya las demás las ha invitado a vivir con él?

— Yo no vivo con él —arguyó Paula—. Esto es solo temporal.

Juana hizo girar los ojos.

—Como quieras. ¿Pedro ha hecho esto alguna vez?

—No creo.

—Entonces, ¿Por qué crees que te lo sugirió?

Paula frunció el ceño.

— Si lo supiera, todo sería mucho menos complicado.

—A veces, el amor solo es complicado si nosotros lo complicamos.

—¿Qué significa eso?

—Significa, cariño, que el amor es sencillo. Resistirse a él es lo que lo complica. Tú  estás  buscando  excusas  para  no  enamorarte,  en  vez  de  aceptarlo  como  el  maravilloso regalo que es.

—¿No se supone que para eso hacen falta dos personas?

Juana sonrió.

—Es verdad  —dijo—.  Tal  vez  deba  explicárselo  a  Pedro cuando  me  lleve  a  casa  esta tarde.

—No te atreverás. No quiero que piense que nos hemos pasado el día hablando de él.   

—Pero eso es justamente lo que hemos hecho —dijo Juana.

—Entonces, será mejor que cambiemos de tema. ¿Qué tal te va con tu hermana? —dijo,  sabiendo  que  la  pregunta  distraería  a  Juana—.  No  puede  irte  tan  mal,  porque  tienes  muy  buen  aspecto.  Hasta te has  hecho  un  corte  de  pelo  distinto.  Muy  juvenil.  Pareces diez años más joven.

—Sé lo que intentas —respondió Juana, aunque parecía complacida por el cumplido—. Pero no se me va a olvidar lo de Pedro.

—Entonces,  supongo  que  tendré  que  acompañarlos  cuando  te  lleve  a  casa.  Para  proteger mis intereses.

—Si  quieres...  —dijo Juana con  desenfado—.  En  cuanto  a  mi  hermana,  está  completamente chiflada. ¿Sabes lo que ha hecho ahora?

Paula se  recostó  en  la  silla,  aliviada  por  no  tener  que  seguir  hablando  sobre  sus  sentimientos  hacia  Pedro.  Tal  vez  las  cosas  mejorarían  a  partir  del  lunes,  cuando  volviera al trabajo. Así no pasarían tanto tiempo juntos. Y pronto se mudaría. Esa sería la auténtica prueba, concluyó. Si había algo entre ellos, el hecho de que ella se mudara no pondría fin a su relación. Decidió empezar a buscar un apartamento en alquiler en cuanto saliera del trabajo el lunes.

Mi Salvador: Capítulo 43

—Mamá, ¿Sabes siquiera qué son los Dolphins? —preguntó Carolina.

—Claro  que  lo  sé  —dijo  su  madre,  indignada—.  Aunque  no  entiendo  cómo  a  la  gente puede gustarle más el béisbol que el fútbol.

Aquella era una   vieja   discusión   en   la   que   la   familia   entera   se   enzarzó   rápidamente.  Satisfecho  de  dejarlos  distraídos  por  el  momento,  Pedro se  escabulló  hacia la cocina justo a tiempo para oír que Paula preguntaba en tono afligido:

—¿Tú crees que hay algo malo en mí?

Sonia vió  que  su  hermano  estaba  en  el  umbral  y  frunció  el  ceño  antes  de  contestar:

—No hay nada de malo en tí. Mi hermano es un necio.

Pedro decidió  que  no  sería  bien  recibido  en  la  cocina.  Tenía  dos  opciones:  podía  en  trar y defenderse por segunda vez ese día, o volver al cuarto de estar y arriesgarse a  que  la  conversación  volviera  a  recaer  en  sus  planes  de  boda.  Optó  por  la  cocina,  a  pesar de todo.

—¿Necesitan  ayuda? —preguntó, uniéndose a Sonia y Paula.

—Todo está bajo control —dijo su hermana  —. Voy a poner la mesa en el comedor. Lo  haremos  al  estilo  buffet,  porque  en  la  mesa  no  cabemos  todos.  Los  niños  pueden  comer  en  el  patio  —deliberadamente,  dió  la  espalda  a  Paula  y  añadió—.  Aprovecha  la  ocasión para arreglar las cosas, hermanito. No sé lo que le has hecho, pero está claro que le ha dolido.

—No creo que pueda arreglarlo en unos minutos —dijo él.

—Inténtalo —le  ordenó  ella,  saliendo  por  la  puerta  de  la  cocina—.  Paula es  lo  mejor que te ha pasado nunca. No lo eches todo a perder.

Cuando estuvieron solos, Paula lo miró con nerviosismo.

—Me gusta tu familia —dijo.

—Siento que te hayan bombardeado a preguntas.

—No  importa  —ella  sonrió—.  De  todas  formas,  no  han  esperado  a  que  les  respondiera. Si te digo la verdad, casi no entendía lo que decían.

—No se han dado cuenta... —empezó a decir él, pero ella lo interrumpió.

—Ya  estoy  acostumbrada.  No  tienes  que  disculparte.  A  veces  me  gusta  que  la  gente se olvide de que soy sorda. Durante unos minutos, aunque me quede fuera de la conversación, me siento casi normal.

—Paula, tú eres normal —dijo él con firmeza, recordando la pregunta que ella le acababa de hacer a Sonia—. Que no puedas oír no significa que haya algo malo en tí.

Ella lo miró fijamente, sorprendida por su vehemencia.

—¿Lo dices de verdad?

—Claro que sí —dijo él enfáticamente—. Eres una mujer increíble. La mayoría de las  veces  me  olvido  de  que  no  oyes.  A  veces  tengo  que  recordarme  que,  en  ciertas  circunstancias, estás en desventaja —vió, desconcertado, que por las mejillas de Paula empezaban a rodas las lágrimas—. ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?

Ella le agarró una mano y le besó en la palma.

—Nada —murmuró—.  La  mayoría  de  la  gente  es  demasiado  solícita  conmigo. Nunca  olvidan  que  tengo  una  discapacidad  y  nunca  me  dejan  que  yo  lo  olvide.  Es  imposible ignorar que soy sorda, pero de vez en cuando es tan agradable poder fingir que no importa...

—A mí no me importa —dijo él—. Lo único que siento es que hayas perdido lo que tanto amabas: la música. Ni siquiera logro imaginar lo difícil que debió de ser para tí el aceptarlo.

—A veces, todavía oigo música dentro de mi cabeza —dijo ella, con el semblante lleno  de  melancolía.  Le  acarició  los  labios  con  un  dedo—.  ¿Sabes  qué  es  lo  que  de  verdad lamento? —él negó con la cabeza—. Que nunca podré oír el sonido de tu voz.

Pedro sintió el aguijón de las lágrimas quemándole los párpados.Tal vez, algún día, se atrevería a decirle lo que llevaba en el corazón.

Mi Salvador: Capítulo 42

—Debiste  de  pasar  mucho  miedo  durante  el  temporal  —dijo    Carolina compasivamente—. ¿Ya habías pasado algún huracán en Miami?

 Al mismo tiempo, Luciana decía:

—Tengo entendido que eres maestra. Yo también. Tenemos que comer juntas un día  y  comparar  experiencias  —se  dió  un  golpecito  en  la  enorme  barriga—.  Tendré  mucho tiempo cuando nazcan los niños.

—Eso es lo que tú te crees —dijo Daniela, estremeciéndose visiblemente—. ¡Dos niños al mismo tiempo! No quiero ni pensarlo.

—Pero yo la ayudaré —dijo su madre.

Las hermanas intercambiaron miradas piadosas.

—¿Qué? —preguntó la madre, indignada—. ¿Es que la abuela estorba?

Luciana se puso de pie y le plantó a su madre un beso en la mejilla.

—No, mamá, eres de gran ayuda. No podría arreglármelas sin tí.—Entonces, ¿Por qué me miran así tus hermanas? —preguntó.

—Porque son unas desagradecidas —dijo Luciana—. Saben que soy tu favorita.

Su madre chasqueó la lengua.

—Tú sabes que yo no tengo favoritos.

—¡Aparte de Pedro! —dijeron todas a coro.

Él las miró con el ceño fruncido. La  charla  continuó  a  ritmo  vertiginoso.  Paula,  sentada  en  mitad  del  griterío,  parpadeaba rápidamente, tratando de entender, pero Pedro comprendió por el modo en que giraba la cabeza de una persona a otra que no conseguía hacerlo. Todos hablaban a la vez. Pero,  cosa  rara,  ella  no  parecía  tan  frustrada  como  él  había  supuesto.  En  realidad,  sus  labios  se  habían  curvada  en  una  media  sonrisa  y  sus  ojos  brillaban  alegremente. Cuando sus miradas se encontraron, la sonrisa se desvaneció.

—Oh oh —murmuró Soniadetrás de él—. Es cierto que tienes un problema.

—Ya te lo dije.

—¿Por qué no rescato a Paula y me la llevo a la cocina? Parece un poco agobiada. Nosotras dos podemos sacar la comida, mientras tú luchas contra todas estas mentes inquisidoras.  Mamá  tiene  esa  mirada,  la  que  reserva  para  los  pretendientes  incautos.  Mi Gabriel todavía tiembla cuando la ve. Dice que nunca había pasado tanto miedo en toda su vida. Y creo Paula no está preparada para afrontarla.

—Fantástica idea —dijo Pedro, agradecido—. O mejor, ¿Por qué no la sacas por la puerta  de  atrás  y  te  la  llevas  a  cenar  a  algún  restaurante  bonito  y  tranquilo?  Puedes  traerla de vuelta cuando todo el mundo se haya ido.

—¿Y aguantar los reproches de mamá un mes entero? Ni lo sueñes.

Sonia   cruzó  la  habitación  y  se  inclinó  para  hablar  con  Paula.  Esta  asintió  y  se  levantó para seguir a la hermana mayor de Ricky. Cuando también la madre hizo amago de levantarse, Sonia le lanzó una mirada de advertencia que la dejó clavada en el sitio.Después de que Paula y Sonia salieran, la atención del grupo se centró en Pedro.

—No tengo nada que decir sobre el tema — anunció él antes de que empezaran. Miró  directamente  a  su  padre—.  ¿Qué  tal  van  los  Dolphins?  ¿Crees  que  este  año  tienen alguna posibilidad en la Super Bowl?

—¡Fútbol! —dijo  su  madre  desdeñosamente—.  Si  crees  que  hemos  venido  aquí  para hablar de fútbol, estás muy equivocado.

Pedro le plantó un beso en la mejilla.

—Ya sé a lo que habéis venido, pero dejen  en paz a Paula. La han asustado.

—Eso no es verdad —dijo su madre.

—Pues la aturden, entonces. ¿Es que no se dan cuenta de que, si hablan todos al mismo  tiempo,  no  puede  entenderlos?  Solo  puede  leer  los  labios  de  una  persona.  ¿Por  qué creen que no ha contestado a ninguna pregunta?

Su madre puso una expresión compungida.

—Oh,  lo  siento  mucho.  No  lo  había  pensado —se  levantó  de  un  salto—.  Voy  a  pedirle disculpas.

—Déjala en paz por ahora —le advirtió Pedro—. Que se quede un rato a solas con Sonia.

Su  madre  pareció  vacilar.  Era  evidente  que  le  disgustaba  la  idea  de  haber  ofendido inadvertidamente  a  Paula,  cuando  solo  pretendía  darle  la  bienvenida  a  la  familia.

—Haz  lo  que  te  dice  —dijo  el  padre,  tirando  de  la  mano  de  su  mujer  hasta  que  esta volvió a sentarse.

—Gracias —dijo  Pedro,  algo  sorprendido  por  el  apoyo  de  su  padre,  que  siempre estaba de acuerdo con todo lo que hacía su mujer.

—Bueno —dijo su madre, muy seria—. ¿Qué tal van los Dolphins?

 Sus hijas rompieron a reír.

Mi Salvador: Capítulo 41

Pero no estaba tan seguro como intentaba aparentar. La miradaque les dirigió su madre mientras se acercaba al coche no parecía tranquilizadora. Pedro había visto esa mirada  otras  veces,  dirigida  a  los  hombres  que  luego  se  habían  convertido  en  sus cuñados. Su madre se dirigió directamente a Paula.

—Tú debes de ser Paula—dijo, casi sacándola del coche para abrazarla—. Yo soy la  madre  de  Pedro.  Tenía  muchas  ganas  de  conocerte,  pero  mi  hijo  no  dejaba  de  decirme  que  tenía  que  esperar  hasta  que  te  recuperaras.  Pero  cuando  estás  mal  es  precisamente   cuando   más   necesitas   a   la   familia,   ¿No crees?   Los hombres  no  comprenden estas cosas.

Paula lanzó a Pedro una mirada desesperada.

— Supongo que no —murmuró, sin saber qué decirle a aquella desconocida que la trataba como si formara parte de su familia.

—Vamos,  ven  a  conocer  a  los  otros  —le  ordenó  la  mujer,  llevándola  hacia  la  entrada.Las  dos  desaparecieron  dentro  de  la  casa,  y  Pedro suspiró  aliviado.

 Salió  del  coche  lentamente.  De  todas  formas,  ya  no  podía  hacer  nada  por  salvar  a  Paula.  Si  conseguía escabullirse hasta el jardín, podría ocultarse hasta que pasara lo peor.

—Perdona,  hermanito  —dijo  Sonia ,  apareciendo  a  su  lado  cuando  doblaba  la  esquina  —. Entra. Paula te necesita.

—En realidad, creo que está un poco enfadada conmigo en este momento.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Es  una  larga  historia  y  no  tengo  ganas  de  contártela.  Basta  con  decir  que  no  han elegido un buen momento para venir.

Sonia se echó a reír.

—Puede  que  sí.  Cuando  mamá  acabe  de  exponer  todas  tus  virtudes,  Paula ya  no  podrá resistírsete.

Por  supuesto,  los  motivos  del  enfado  de  Paula  nada  tenían  que  ver  con  los  que  suponía su hermana. Pero Pedro no la sacó de su error.

—¿Han venido todos? —le preguntó.

—Absolutamente todos, incluidos los niños —dijo Sonia—. Pero no te preocupes. Mamá ha traído comida suficiente para un regimiento.

—¿Se van a quedar a cenar?

—Bueno, claro. Mamá no va a perderse la oportunidad de conocer a una nuera en potencia. Lleva demasiado tiempo esperando este momento.

Pedro se preguntó si todavía podría escapar. Pero suspiró y abandonó la idea. Paula nunca lo perdonaría si la dejaba sola. Tal vez no comprendiera a las mujeres, pero eso lo sabía con absoluta certeza. Se volvió hacia su hermana.

—Una hora —declaró con firmeza—. Dentro de una hora te los llevarás a todos. Allie necesita descansar.

Sonia se rió.

—Qué bonito. Toda esa preocupación es muy conmovedora, pero algo me dice que no es Paula quien te preocupa. Quieres que nos marchemos antes de que empecemos a planear tu boda.

—Muérdete la lengua —le dijo él, y entró en la casa.

Encontró  a  Paula sentada  en  el  sofá,  entre  su  madre  y  su  padre.  Sus  hermanas  habían ocupado el resto de las sillas, y sus maridos permanecían de pie, contemplando incómodamente  la  escena,  tal  vez  recordando  cuando  se  habían  visto  en  similares  circunstancias. Nueve  niños,  todos  menores  de  diez  años,  corrían  de  habitación  en  habitación,  perseguidos alegremente por Apolo. Por una vez, Pedro envidió la sordera de Paula. El bullicio era intolerable.

—¡Apolo,  siéntate!  —le  gritó  al  perro. 

Este  se  tumbó  a  sus  pies,  moviendo  la  cola. Por desgracia, la orden no surtió efecto con los niños. Pedro  los miró con el ceño fruncido y señaló hacia la puerta—. ¡Fuera!

Gabriel, el marido de Sonia, le guiñó un ojo.

—Me los llevaré al patio. Sé que querrás quedarte aquí.

—No especialmente —dijo Pedro, viendo cómo se escabullía su cuñado.

Volvió a mirar a Paula. Parecía un poco aturdida por la lluvia de preguntas que caía sobre ella.

viernes, 27 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 40

¡Mujeres!  Pedro se  sentó  en  la  cubierta  y  se  preguntó  si  alguna  vez  llegaría  a  entenderlas.  Se  dijo  que  era  más  bien  improbable,  incluso  para  un  hombre  que  había  crecido con cuatro ruidosas hermanas.A  decir  verdad,  su  incapacidad  para  entender  las  complejidades  del  sexo  femenino  le  había  tenido  sin  cuidado  hasta  la  semana  anterior,  pero,  por  alguna  estúpida razón, deseaba comprender lo que le pasaba a Paula. Creía saber lo que la había hecho enfadar: lo que él veía como un comportamiento honroso,  al  parecer  la  exasperaba  terriblemente.  Y  él  empezaba  a  preguntarse  si  estaba  loco.  La  mujer  a  la  que  deseaba  se  le  había  ofrecido,  y  él  la  había  rechazado.  Quizá necesitara un psiquiatra.Hubiera dado cualquier cosa por beber algo fresco, pero no se atrevía a bajar al camarote y encontrarse con Paula. Esta parecía estar de un humor imprevisible, y él no era  un  santo.  La  siguiente  vez  que  se  le  ofreciera,  no  se  preocuparía  de  lo  que  era  correcto y decente.Oyó sus pasos subiendo las escaleras y se obligó a seguir mirando el mar, con los ojos  protegidos  por  las  gafas  de  sol.  Casi  se  cayó  del  asiento  al  sentir  un  chorro  de  agua helada sobre el pecho.

—Maldita sea, Paula—murmuró, y vió que a ella le brillaban los ojos de satisfacción.

—Pensé que tal vez te apetecería algo fresco —dijo ella dulcemente.

—Habría preferido bebérmelo, no que me lo derramaras por encima —refunfuñó él, pero aceptó la lata de tónica que ella le ofrecía—. Gracias.

—De nada. Si tienes hambre, puedo traer la comida.

La  miró  con  incertidumbre.  ¿Estaba  intentando  disculparse  por  su  reacción  anterior? ¿O querría envenenarlo de algún modo?

—Todavía  no  —  dijo,  quería  un  poco  más  de  tiempo  para  saber  de  qué  humor  estaba ella. Señaló el asiento contiguo al suyo—. ¿Quieres sentarte?

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras.

Por  desgracia,  su  decisión  de  permanecer  de  pie  dejaba  sus  piernas  al  nivel  de  los ojos de Pedro. Este parecía incapaz de apartar la mirada de sus muslos, desnudos y ligeramente  bronceados,  mientras  se  preguntaba  qué  haría  para  mantener  aquel  tono  muscular, qué tacto tendría su piel y cómo sabría. Y otras muchas cosas en las que no tenía sentido pensar, se dijo secamente. Alzó la vista y vió que ella lo observaba con el ceño fruncido.

—¿Va todo bien? —le preguntó.

—Perfectamente —respondió él, irritado—. Todo va perfectamente.

— Sí, ¿Verdad? —murmuró ella con una sonrisa de satisfacción.

Luego  se  giró  y  se  acercó  a  la  proa  de  la  barca,  contoneando  las  caderas.  Ese  contoneo  era  deliberado,  pensó  Pedro,  como  todo  lo  demás.  Al  parecer  su  dulce,  vulnerable y valiente Paula estaba decidida a vengarse. Pedro pensaba  que  el  día  no  podía  ponerse  peor,  pero  se  equivocaba.  Cuando  llegaron a casa justo después de las cinco, se la encontraron llena de gente. Su familia se  había  cansado  de  esperar  una  invitación  para  conocer  a  la  misteriosa  invitada  y  había decidido presentarse sin más. Paula se alarmó. Cuando vió a Sonia y a los niños, enseguida adivinó quiénes eran los demás, y miró a Pedro con espanto.

—¿No podemos escaparnos?

—Hoy ya lo hemos intentado una vez y no ha salido muy bien —dijo él—. No será tan horrible.

—Para tí es fácil decirlo. Es tu familia.

—Lo que significa que yo me llevaré la peor parte del interrogatorio —dijo él—. Contigo se portarán bien.