Pero, como la discusión tendría que esperar, se conformó con espetarle a Pedro:
—¿Por qué no estás en el trabajo?
—Lo estaba. Y volveré en cuanto te deje en casa. Llevo encima el busca, por si me ne cesitan.
—No quiero que irrumpas aquí así, por las buenas —le dijo mientras recogía el trabajo que quería llevarse a casa.
—No he venido por las buenas. Tu jefa me ha llamado —dijo él pacientemente.
—No tenía derecho a hacerlo.
—Se preocupa por tí.
—Eso es muy amable de su parte, pero yo sé cuidar de mí misma.
—Pues demuéstralo. Vete a casa y échate una siesta.
—No estoy cansada —dijo Paula, consciente de que parecía una niña mimada resistiéndose a irse a la cama.
—Si tú lo dices... —contestó él con suavidad.
Naturalmente, Pedro tenía razón. Al cabo de cinco minutos en el coche, Paula no pudo mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se dio cuenta de que llegaban a casa. Se despertó cuando él la tomó en brazos para llevarla dentro.
—¿Qué haces? —le preguntó, luchando para que la soltara.
Pero fue en vano. Él simplemente se rió y la apretó más fuerte.
—Adivínalo.
Ella empujó contra el sólido muro de su musculoso pecho.
—Suéltame.
Él la miró a los ojos.
—Dame un respiro, Pau. Dos minutos en mis brazos, tal vez tres. ¿Es eso mucho pedir?
La incredulidad reemplazó a la indignación.
—¿Qué estás diciendo, que disfrutas con todo esto?
Él la estrechó un poco más contra su pecho.
—¿Tú qué crees?
Para ser totalmente sincera, ella tampoco lo estaba pasando tan mal. Se aplacó y, suspirando, le pasó un brazo alrededor del cuello.
—Vamos, Alfonso. Diviértete.
Debía admitir que ir en sus brazos no era exactamente un sacrificio. El único problema era que, cuando llegaran a la habitación, él la tiraría sin ceremonias sobre la cama y la dejaría allí, sola.Apretó la cara contra el cuello de Pedro. Durante dos minutos, tal vez tres, podía fingir que eso no sucedería. Estaba convencido de que Paula Chaves lo volvería loco. Pensaba que, cuando ambos volvieran al trabajo, la vida sería menos complicada. Había previsto evitar a Paula para poder mantener bajo control sus hormonas, pero las cosas no le estaban saliendo como quería. No dejaba de pensar en ella ni de día ni de noche. Se decía a sí mismo que se debía a que no se había acostado con ella. Si lo hubiera hecho, no sentiría ese constante y doloroso deseo, y podría olvidarse de todo. Pero no habían tenido sexo y él no podía pegar ojo. Cada minuto que pasaba lo sorprendía más la asombrosa serenidad de Paula, su fortaleza y su determinación de recuperarse completamente y retomar su vida normal. Y la prisa con que parecía querer hacerlo lo preocupaba. Paula tendría una recaída si seguía así. El lunes había sido un ejemplo perfecto de ello. Cuando había ido a buscarla a la escuela, pese a que parecía muerta de cansancio, se había puesto furiosa porque Jimena y él hubieran conspirado para obligarla a irse a casa. Si no tenía suficiente sentido común para saber cuándo tenía que descansar, ¿Cómo iba él a confiar en que lo tenía en lo que concernía a su relación? Por suerte, había sido lo bastante listo como para decírselo claramente.
miércoles, 2 de mayo de 2018
lunes, 30 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 45
Pero, por desgracia, los acontecimientos conspiraban en su contra. Su último paciente era Valentina Foley, de cuatro años de edad, y Paula comprendió enseguida por qué Jimena se había mostrado preocupada por ella. La niña no estaba aprovechando las lecciones de lenguaje para sordos como Paula esperaba.
—¿Estás enfadada conmigo? —le preguntó la pequeña con signos al final de la sesión, con cara preocupada.
—No —le contestó Paula, dándole un abrazo.
—Pero no lo hago bien.
—No te preocupes. Solo necesitas practicar un poco más.
Valentina puso cara triste.
—¿Cómo? En casa, nadie quiere aprender.
Paula reprimió una maldición. Jesica Foley era una buena madre, pero tenía que ocuparse de otros cuatro niños, además de Valentina. Afrontar la sordera de su hija era una carga demasiado pesada para ella. Llevarla a la clínica dos veces por semana era todo lo que estaba dispuesta a hacer. Había sido imposible convencerla de que ella también asistiera a clases. Se había negado en redondo.
—Aprenderé de Valentina—le había asegurado a Paula, pero la futilidad de su promesa era cada vez más evidente.
En cuanto a Damián Foley, tenía dos trabajos para intentar sacar adelante a su familia. Había ido a recoger a Valentina en varias ocasiones y, a pesar del cariño que demostraba por su hija, todavía parecía empeñado en negarse a aceptar que su discapacidad era permanente y que requería ciertos esfuerzos por su parte. Cuando le hablaba a la niña, subía la voz como si ello pudiera ayudarla a entenderlo.Los Foley no eran la primera familia a la que Paula había visto resistirse a asumir las necesidades de un hijo sordo, pero eso no dejaba de entristecerla. Como en su propio caso y en el de Valentina, las cosas parecían empeorar cuando la sordera se producía repentina e inesperadamente.
—Nos esforzaremos más, tú y yo —le dijo a Valentina—. Y hablaré otra vez con tu mamá sobre las clases. Si ella no puede venir, ¿Qué te parece que venga tu hermana mayor? Tiene diez años, ¿No?
El semblante de la niña se iluminó.
—Martina vendrá. Sé que vendrá.
—Veré si puedo arreglarlo —le prometió Paula.
—Te quiero —dijo Valentina con gestos.
— Yo también te quiero —contestó Paula—. Ahora, salgamos fuera, a ver si ha venido tu madre.
La señora Foley estaba sentada en su coche, con el motor en marcha. Paula acompañó a Valentina al coche, pero cuando trató de hablar con su madre, esta le hizo señas de que tenía prisa y arrancó antes de que pudiera decirle una palabra. Paula respiró hondo y volvió lentamente a la clínica. Al parecer, no estaba tan recuperada como pensaba. Se sentía exhausta, pero quería asistir a la reunión semanal del personal. Jimena la observó un momento y vetó su plan.
—Estás pálida. Tienes que irte a casa.
—Voy a quedarme —insistió Paula—. Dame cinco minutos para tomarme una taza de café, y los veré en la sala de reuniones.
Había pensado que Jimena se conformaría sin discutir, pero se equivocaba. La reunión acababa de empezar cuando la interrumpió la llegada de Pedro. Jimena le sonrió.
—Llegas justo a tiempo —dijo.
—¿Lo has llamado tú? —preguntó Paula, asombrada.
—Habíamos hecho un trato —dijo Jimena—. Yo lo llamaría si tú te negabas a seguir mis buenos consejos. Ahora vete a casa y descansa. Nos veremos por la mañana.
Paula estuvo tentada de quedarse allí plantada y negarse a marcharse, pero cambió de idea al ver la mirada decidida de Pedro. Podría haber expresado su disconformidad allí mismo, pero logró abandonar la habitación sin hacerlo. Al día siguiente, le diría a Jimena que era perfectamente capaz de decidir si podía aguantar una hora en una estúpida reunión de personal.
—¿Estás enfadada conmigo? —le preguntó la pequeña con signos al final de la sesión, con cara preocupada.
—No —le contestó Paula, dándole un abrazo.
—Pero no lo hago bien.
—No te preocupes. Solo necesitas practicar un poco más.
Valentina puso cara triste.
—¿Cómo? En casa, nadie quiere aprender.
Paula reprimió una maldición. Jesica Foley era una buena madre, pero tenía que ocuparse de otros cuatro niños, además de Valentina. Afrontar la sordera de su hija era una carga demasiado pesada para ella. Llevarla a la clínica dos veces por semana era todo lo que estaba dispuesta a hacer. Había sido imposible convencerla de que ella también asistiera a clases. Se había negado en redondo.
—Aprenderé de Valentina—le había asegurado a Paula, pero la futilidad de su promesa era cada vez más evidente.
En cuanto a Damián Foley, tenía dos trabajos para intentar sacar adelante a su familia. Había ido a recoger a Valentina en varias ocasiones y, a pesar del cariño que demostraba por su hija, todavía parecía empeñado en negarse a aceptar que su discapacidad era permanente y que requería ciertos esfuerzos por su parte. Cuando le hablaba a la niña, subía la voz como si ello pudiera ayudarla a entenderlo.Los Foley no eran la primera familia a la que Paula había visto resistirse a asumir las necesidades de un hijo sordo, pero eso no dejaba de entristecerla. Como en su propio caso y en el de Valentina, las cosas parecían empeorar cuando la sordera se producía repentina e inesperadamente.
—Nos esforzaremos más, tú y yo —le dijo a Valentina—. Y hablaré otra vez con tu mamá sobre las clases. Si ella no puede venir, ¿Qué te parece que venga tu hermana mayor? Tiene diez años, ¿No?
El semblante de la niña se iluminó.
—Martina vendrá. Sé que vendrá.
—Veré si puedo arreglarlo —le prometió Paula.
—Te quiero —dijo Valentina con gestos.
— Yo también te quiero —contestó Paula—. Ahora, salgamos fuera, a ver si ha venido tu madre.
La señora Foley estaba sentada en su coche, con el motor en marcha. Paula acompañó a Valentina al coche, pero cuando trató de hablar con su madre, esta le hizo señas de que tenía prisa y arrancó antes de que pudiera decirle una palabra. Paula respiró hondo y volvió lentamente a la clínica. Al parecer, no estaba tan recuperada como pensaba. Se sentía exhausta, pero quería asistir a la reunión semanal del personal. Jimena la observó un momento y vetó su plan.
—Estás pálida. Tienes que irte a casa.
—Voy a quedarme —insistió Paula—. Dame cinco minutos para tomarme una taza de café, y los veré en la sala de reuniones.
Había pensado que Jimena se conformaría sin discutir, pero se equivocaba. La reunión acababa de empezar cuando la interrumpió la llegada de Pedro. Jimena le sonrió.
—Llegas justo a tiempo —dijo.
—¿Lo has llamado tú? —preguntó Paula, asombrada.
—Habíamos hecho un trato —dijo Jimena—. Yo lo llamaría si tú te negabas a seguir mis buenos consejos. Ahora vete a casa y descansa. Nos veremos por la mañana.
Paula estuvo tentada de quedarse allí plantada y negarse a marcharse, pero cambió de idea al ver la mirada decidida de Pedro. Podría haber expresado su disconformidad allí mismo, pero logró abandonar la habitación sin hacerlo. Al día siguiente, le diría a Jimena que era perfectamente capaz de decidir si podía aguantar una hora en una estúpida reunión de personal.
Mi Salvador: Capítulo 44
Paula declinó una invitación de la madre de Pedro para unirse a ellos en la cena del domingo. Todavía se sentía confusa por lo que había ocurrido en la barca, por la inesperada visita de la familia y por las cosas que él le había dicho en la cocina. Tenía la inquietante sensación de que estaba enamorándose perdidamente de un hombre al que apenas conocía. Y, hasta que no comprendiera plenamente su relación, no quería arriesgarse a enamorarse también de su familia.
—No lo entiendo —dijo Juana, cuando Paula trató de explicárselo—. Estás loca por él. Él está loco por tí. ¿Cuál es el problema?
—Es demasiado pronto —dijo ella sombríamente—. ¿Cómo puedo estar segura de lo que siento? Pedro no lo está. Me dijo claramente que yo ni siquiera sabía lo que sucedía en mi cabeza.
Juana se echó a reír.
—¿Y cómo reaccionaste tú?
—Me puse furiosa.
—Me lo imagino.
Paula la miró, con aflicción.
—Pero ¿Y si tiene razón? ¿Y si me hubiera enamorado de cualquier hombre que me hubiera sacado de entre los escombros? Es una posibilidad.
—¿Te has enamorado de Sergio?
Paula frunció el ceño ante aquella absurda pregunta.
—No, claro que no.
—Él también estaba allí —añadió Juana.
—Pero no fue él quien me rescató.
—Pero, si lo hubiera sido, ¿Te habrías enamorado de él? —preguntó la anciana, escéptica.
Paula trató de imaginarse a sí misma enamorada del simpático y gigantesco amigo de Pedro. Había pasado algún rato con él desde el temporal y no había sentido el más leve atisbo de atracción, aunque era más guapo, en un sentido clásico, que Pedro.
—No —admitió lentamente—. Es un hombre muy agradable, pero no me dice nada.
—Bueno, parece que estamos llegando a alguna conclusión —dijo Juana, mirándola con expresión astuta—. ¿Tú eres la única mujer a la que Pedro ha rescatado?
—No —contestó Paula.
—¿Ya las demás las ha invitado a vivir con él?
— Yo no vivo con él —arguyó Paula—. Esto es solo temporal.
Juana hizo girar los ojos.
—Como quieras. ¿Pedro ha hecho esto alguna vez?
—No creo.
—Entonces, ¿Por qué crees que te lo sugirió?
Paula frunció el ceño.
— Si lo supiera, todo sería mucho menos complicado.
—A veces, el amor solo es complicado si nosotros lo complicamos.
—¿Qué significa eso?
—Significa, cariño, que el amor es sencillo. Resistirse a él es lo que lo complica. Tú estás buscando excusas para no enamorarte, en vez de aceptarlo como el maravilloso regalo que es.
—¿No se supone que para eso hacen falta dos personas?
Juana sonrió.
—Es verdad —dijo—. Tal vez deba explicárselo a Pedro cuando me lleve a casa esta tarde.
—No te atreverás. No quiero que piense que nos hemos pasado el día hablando de él.
—Pero eso es justamente lo que hemos hecho —dijo Juana.
—Entonces, será mejor que cambiemos de tema. ¿Qué tal te va con tu hermana? —dijo, sabiendo que la pregunta distraería a Juana—. No puede irte tan mal, porque tienes muy buen aspecto. Hasta te has hecho un corte de pelo distinto. Muy juvenil. Pareces diez años más joven.
—Sé lo que intentas —respondió Juana, aunque parecía complacida por el cumplido—. Pero no se me va a olvidar lo de Pedro.
—Entonces, supongo que tendré que acompañarlos cuando te lleve a casa. Para proteger mis intereses.
—Si quieres... —dijo Juana con desenfado—. En cuanto a mi hermana, está completamente chiflada. ¿Sabes lo que ha hecho ahora?
Paula se recostó en la silla, aliviada por no tener que seguir hablando sobre sus sentimientos hacia Pedro. Tal vez las cosas mejorarían a partir del lunes, cuando volviera al trabajo. Así no pasarían tanto tiempo juntos. Y pronto se mudaría. Esa sería la auténtica prueba, concluyó. Si había algo entre ellos, el hecho de que ella se mudara no pondría fin a su relación. Decidió empezar a buscar un apartamento en alquiler en cuanto saliera del trabajo el lunes.
—No lo entiendo —dijo Juana, cuando Paula trató de explicárselo—. Estás loca por él. Él está loco por tí. ¿Cuál es el problema?
—Es demasiado pronto —dijo ella sombríamente—. ¿Cómo puedo estar segura de lo que siento? Pedro no lo está. Me dijo claramente que yo ni siquiera sabía lo que sucedía en mi cabeza.
Juana se echó a reír.
—¿Y cómo reaccionaste tú?
—Me puse furiosa.
—Me lo imagino.
Paula la miró, con aflicción.
—Pero ¿Y si tiene razón? ¿Y si me hubiera enamorado de cualquier hombre que me hubiera sacado de entre los escombros? Es una posibilidad.
—¿Te has enamorado de Sergio?
Paula frunció el ceño ante aquella absurda pregunta.
—No, claro que no.
—Él también estaba allí —añadió Juana.
—Pero no fue él quien me rescató.
—Pero, si lo hubiera sido, ¿Te habrías enamorado de él? —preguntó la anciana, escéptica.
Paula trató de imaginarse a sí misma enamorada del simpático y gigantesco amigo de Pedro. Había pasado algún rato con él desde el temporal y no había sentido el más leve atisbo de atracción, aunque era más guapo, en un sentido clásico, que Pedro.
—No —admitió lentamente—. Es un hombre muy agradable, pero no me dice nada.
—Bueno, parece que estamos llegando a alguna conclusión —dijo Juana, mirándola con expresión astuta—. ¿Tú eres la única mujer a la que Pedro ha rescatado?
—No —contestó Paula.
—¿Ya las demás las ha invitado a vivir con él?
— Yo no vivo con él —arguyó Paula—. Esto es solo temporal.
Juana hizo girar los ojos.
—Como quieras. ¿Pedro ha hecho esto alguna vez?
—No creo.
—Entonces, ¿Por qué crees que te lo sugirió?
Paula frunció el ceño.
— Si lo supiera, todo sería mucho menos complicado.
—A veces, el amor solo es complicado si nosotros lo complicamos.
—¿Qué significa eso?
—Significa, cariño, que el amor es sencillo. Resistirse a él es lo que lo complica. Tú estás buscando excusas para no enamorarte, en vez de aceptarlo como el maravilloso regalo que es.
—¿No se supone que para eso hacen falta dos personas?
Juana sonrió.
—Es verdad —dijo—. Tal vez deba explicárselo a Pedro cuando me lleve a casa esta tarde.
—No te atreverás. No quiero que piense que nos hemos pasado el día hablando de él.
—Pero eso es justamente lo que hemos hecho —dijo Juana.
—Entonces, será mejor que cambiemos de tema. ¿Qué tal te va con tu hermana? —dijo, sabiendo que la pregunta distraería a Juana—. No puede irte tan mal, porque tienes muy buen aspecto. Hasta te has hecho un corte de pelo distinto. Muy juvenil. Pareces diez años más joven.
—Sé lo que intentas —respondió Juana, aunque parecía complacida por el cumplido—. Pero no se me va a olvidar lo de Pedro.
—Entonces, supongo que tendré que acompañarlos cuando te lleve a casa. Para proteger mis intereses.
—Si quieres... —dijo Juana con desenfado—. En cuanto a mi hermana, está completamente chiflada. ¿Sabes lo que ha hecho ahora?
Paula se recostó en la silla, aliviada por no tener que seguir hablando sobre sus sentimientos hacia Pedro. Tal vez las cosas mejorarían a partir del lunes, cuando volviera al trabajo. Así no pasarían tanto tiempo juntos. Y pronto se mudaría. Esa sería la auténtica prueba, concluyó. Si había algo entre ellos, el hecho de que ella se mudara no pondría fin a su relación. Decidió empezar a buscar un apartamento en alquiler en cuanto saliera del trabajo el lunes.
Mi Salvador: Capítulo 43
—Mamá, ¿Sabes siquiera qué son los Dolphins? —preguntó Carolina.
—Claro que lo sé —dijo su madre, indignada—. Aunque no entiendo cómo a la gente puede gustarle más el béisbol que el fútbol.
Aquella era una vieja discusión en la que la familia entera se enzarzó rápidamente. Satisfecho de dejarlos distraídos por el momento, Pedro se escabulló hacia la cocina justo a tiempo para oír que Paula preguntaba en tono afligido:
—¿Tú crees que hay algo malo en mí?
Sonia vió que su hermano estaba en el umbral y frunció el ceño antes de contestar:
—No hay nada de malo en tí. Mi hermano es un necio.
Pedro decidió que no sería bien recibido en la cocina. Tenía dos opciones: podía en trar y defenderse por segunda vez ese día, o volver al cuarto de estar y arriesgarse a que la conversación volviera a recaer en sus planes de boda. Optó por la cocina, a pesar de todo.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó, uniéndose a Sonia y Paula.
—Todo está bajo control —dijo su hermana —. Voy a poner la mesa en el comedor. Lo haremos al estilo buffet, porque en la mesa no cabemos todos. Los niños pueden comer en el patio —deliberadamente, dió la espalda a Paula y añadió—. Aprovecha la ocasión para arreglar las cosas, hermanito. No sé lo que le has hecho, pero está claro que le ha dolido.
—No creo que pueda arreglarlo en unos minutos —dijo él.
—Inténtalo —le ordenó ella, saliendo por la puerta de la cocina—. Paula es lo mejor que te ha pasado nunca. No lo eches todo a perder.
Cuando estuvieron solos, Paula lo miró con nerviosismo.
—Me gusta tu familia —dijo.
—Siento que te hayan bombardeado a preguntas.
—No importa —ella sonrió—. De todas formas, no han esperado a que les respondiera. Si te digo la verdad, casi no entendía lo que decían.
—No se han dado cuenta... —empezó a decir él, pero ella lo interrumpió.
—Ya estoy acostumbrada. No tienes que disculparte. A veces me gusta que la gente se olvide de que soy sorda. Durante unos minutos, aunque me quede fuera de la conversación, me siento casi normal.
—Paula, tú eres normal —dijo él con firmeza, recordando la pregunta que ella le acababa de hacer a Sonia—. Que no puedas oír no significa que haya algo malo en tí.
Ella lo miró fijamente, sorprendida por su vehemencia.
—¿Lo dices de verdad?
—Claro que sí —dijo él enfáticamente—. Eres una mujer increíble. La mayoría de las veces me olvido de que no oyes. A veces tengo que recordarme que, en ciertas circunstancias, estás en desventaja —vió, desconcertado, que por las mejillas de Paula empezaban a rodas las lágrimas—. ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?
Ella le agarró una mano y le besó en la palma.
—Nada —murmuró—. La mayoría de la gente es demasiado solícita conmigo. Nunca olvidan que tengo una discapacidad y nunca me dejan que yo lo olvide. Es imposible ignorar que soy sorda, pero de vez en cuando es tan agradable poder fingir que no importa...
—A mí no me importa —dijo él—. Lo único que siento es que hayas perdido lo que tanto amabas: la música. Ni siquiera logro imaginar lo difícil que debió de ser para tí el aceptarlo.
—A veces, todavía oigo música dentro de mi cabeza —dijo ella, con el semblante lleno de melancolía. Le acarició los labios con un dedo—. ¿Sabes qué es lo que de verdad lamento? —él negó con la cabeza—. Que nunca podré oír el sonido de tu voz.
Pedro sintió el aguijón de las lágrimas quemándole los párpados.Tal vez, algún día, se atrevería a decirle lo que llevaba en el corazón.
—Claro que lo sé —dijo su madre, indignada—. Aunque no entiendo cómo a la gente puede gustarle más el béisbol que el fútbol.
Aquella era una vieja discusión en la que la familia entera se enzarzó rápidamente. Satisfecho de dejarlos distraídos por el momento, Pedro se escabulló hacia la cocina justo a tiempo para oír que Paula preguntaba en tono afligido:
—¿Tú crees que hay algo malo en mí?
Sonia vió que su hermano estaba en el umbral y frunció el ceño antes de contestar:
—No hay nada de malo en tí. Mi hermano es un necio.
Pedro decidió que no sería bien recibido en la cocina. Tenía dos opciones: podía en trar y defenderse por segunda vez ese día, o volver al cuarto de estar y arriesgarse a que la conversación volviera a recaer en sus planes de boda. Optó por la cocina, a pesar de todo.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó, uniéndose a Sonia y Paula.
—Todo está bajo control —dijo su hermana —. Voy a poner la mesa en el comedor. Lo haremos al estilo buffet, porque en la mesa no cabemos todos. Los niños pueden comer en el patio —deliberadamente, dió la espalda a Paula y añadió—. Aprovecha la ocasión para arreglar las cosas, hermanito. No sé lo que le has hecho, pero está claro que le ha dolido.
—No creo que pueda arreglarlo en unos minutos —dijo él.
—Inténtalo —le ordenó ella, saliendo por la puerta de la cocina—. Paula es lo mejor que te ha pasado nunca. No lo eches todo a perder.
Cuando estuvieron solos, Paula lo miró con nerviosismo.
—Me gusta tu familia —dijo.
—Siento que te hayan bombardeado a preguntas.
—No importa —ella sonrió—. De todas formas, no han esperado a que les respondiera. Si te digo la verdad, casi no entendía lo que decían.
—No se han dado cuenta... —empezó a decir él, pero ella lo interrumpió.
—Ya estoy acostumbrada. No tienes que disculparte. A veces me gusta que la gente se olvide de que soy sorda. Durante unos minutos, aunque me quede fuera de la conversación, me siento casi normal.
—Paula, tú eres normal —dijo él con firmeza, recordando la pregunta que ella le acababa de hacer a Sonia—. Que no puedas oír no significa que haya algo malo en tí.
Ella lo miró fijamente, sorprendida por su vehemencia.
—¿Lo dices de verdad?
—Claro que sí —dijo él enfáticamente—. Eres una mujer increíble. La mayoría de las veces me olvido de que no oyes. A veces tengo que recordarme que, en ciertas circunstancias, estás en desventaja —vió, desconcertado, que por las mejillas de Paula empezaban a rodas las lágrimas—. ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?
Ella le agarró una mano y le besó en la palma.
—Nada —murmuró—. La mayoría de la gente es demasiado solícita conmigo. Nunca olvidan que tengo una discapacidad y nunca me dejan que yo lo olvide. Es imposible ignorar que soy sorda, pero de vez en cuando es tan agradable poder fingir que no importa...
—A mí no me importa —dijo él—. Lo único que siento es que hayas perdido lo que tanto amabas: la música. Ni siquiera logro imaginar lo difícil que debió de ser para tí el aceptarlo.
—A veces, todavía oigo música dentro de mi cabeza —dijo ella, con el semblante lleno de melancolía. Le acarició los labios con un dedo—. ¿Sabes qué es lo que de verdad lamento? —él negó con la cabeza—. Que nunca podré oír el sonido de tu voz.
Pedro sintió el aguijón de las lágrimas quemándole los párpados.Tal vez, algún día, se atrevería a decirle lo que llevaba en el corazón.
Mi Salvador: Capítulo 42
—Debiste de pasar mucho miedo durante el temporal —dijo Carolina compasivamente—. ¿Ya habías pasado algún huracán en Miami?
Al mismo tiempo, Luciana decía:
—Tengo entendido que eres maestra. Yo también. Tenemos que comer juntas un día y comparar experiencias —se dió un golpecito en la enorme barriga—. Tendré mucho tiempo cuando nazcan los niños.
—Eso es lo que tú te crees —dijo Daniela, estremeciéndose visiblemente—. ¡Dos niños al mismo tiempo! No quiero ni pensarlo.
—Pero yo la ayudaré —dijo su madre.
Las hermanas intercambiaron miradas piadosas.
—¿Qué? —preguntó la madre, indignada—. ¿Es que la abuela estorba?
Luciana se puso de pie y le plantó a su madre un beso en la mejilla.
—No, mamá, eres de gran ayuda. No podría arreglármelas sin tí.—Entonces, ¿Por qué me miran así tus hermanas? —preguntó.
—Porque son unas desagradecidas —dijo Luciana—. Saben que soy tu favorita.
Su madre chasqueó la lengua.
—Tú sabes que yo no tengo favoritos.
—¡Aparte de Pedro! —dijeron todas a coro.
Él las miró con el ceño fruncido. La charla continuó a ritmo vertiginoso. Paula, sentada en mitad del griterío, parpadeaba rápidamente, tratando de entender, pero Pedro comprendió por el modo en que giraba la cabeza de una persona a otra que no conseguía hacerlo. Todos hablaban a la vez. Pero, cosa rara, ella no parecía tan frustrada como él había supuesto. En realidad, sus labios se habían curvada en una media sonrisa y sus ojos brillaban alegremente. Cuando sus miradas se encontraron, la sonrisa se desvaneció.
—Oh oh —murmuró Soniadetrás de él—. Es cierto que tienes un problema.
—Ya te lo dije.
—¿Por qué no rescato a Paula y me la llevo a la cocina? Parece un poco agobiada. Nosotras dos podemos sacar la comida, mientras tú luchas contra todas estas mentes inquisidoras. Mamá tiene esa mirada, la que reserva para los pretendientes incautos. Mi Gabriel todavía tiembla cuando la ve. Dice que nunca había pasado tanto miedo en toda su vida. Y creo Paula no está preparada para afrontarla.
—Fantástica idea —dijo Pedro, agradecido—. O mejor, ¿Por qué no la sacas por la puerta de atrás y te la llevas a cenar a algún restaurante bonito y tranquilo? Puedes traerla de vuelta cuando todo el mundo se haya ido.
—¿Y aguantar los reproches de mamá un mes entero? Ni lo sueñes.
Sonia cruzó la habitación y se inclinó para hablar con Paula. Esta asintió y se levantó para seguir a la hermana mayor de Ricky. Cuando también la madre hizo amago de levantarse, Sonia le lanzó una mirada de advertencia que la dejó clavada en el sitio.Después de que Paula y Sonia salieran, la atención del grupo se centró en Pedro.
—No tengo nada que decir sobre el tema — anunció él antes de que empezaran. Miró directamente a su padre—. ¿Qué tal van los Dolphins? ¿Crees que este año tienen alguna posibilidad en la Super Bowl?
—¡Fútbol! —dijo su madre desdeñosamente—. Si crees que hemos venido aquí para hablar de fútbol, estás muy equivocado.
Pedro le plantó un beso en la mejilla.
—Ya sé a lo que habéis venido, pero dejen en paz a Paula. La han asustado.
—Eso no es verdad —dijo su madre.
—Pues la aturden, entonces. ¿Es que no se dan cuenta de que, si hablan todos al mismo tiempo, no puede entenderlos? Solo puede leer los labios de una persona. ¿Por qué creen que no ha contestado a ninguna pregunta?
Su madre puso una expresión compungida.
—Oh, lo siento mucho. No lo había pensado —se levantó de un salto—. Voy a pedirle disculpas.
—Déjala en paz por ahora —le advirtió Pedro—. Que se quede un rato a solas con Sonia.
Su madre pareció vacilar. Era evidente que le disgustaba la idea de haber ofendido inadvertidamente a Paula, cuando solo pretendía darle la bienvenida a la familia.
—Haz lo que te dice —dijo el padre, tirando de la mano de su mujer hasta que esta volvió a sentarse.
—Gracias —dijo Pedro, algo sorprendido por el apoyo de su padre, que siempre estaba de acuerdo con todo lo que hacía su mujer.
—Bueno —dijo su madre, muy seria—. ¿Qué tal van los Dolphins?
Sus hijas rompieron a reír.
Al mismo tiempo, Luciana decía:
—Tengo entendido que eres maestra. Yo también. Tenemos que comer juntas un día y comparar experiencias —se dió un golpecito en la enorme barriga—. Tendré mucho tiempo cuando nazcan los niños.
—Eso es lo que tú te crees —dijo Daniela, estremeciéndose visiblemente—. ¡Dos niños al mismo tiempo! No quiero ni pensarlo.
—Pero yo la ayudaré —dijo su madre.
Las hermanas intercambiaron miradas piadosas.
—¿Qué? —preguntó la madre, indignada—. ¿Es que la abuela estorba?
Luciana se puso de pie y le plantó a su madre un beso en la mejilla.
—No, mamá, eres de gran ayuda. No podría arreglármelas sin tí.—Entonces, ¿Por qué me miran así tus hermanas? —preguntó.
—Porque son unas desagradecidas —dijo Luciana—. Saben que soy tu favorita.
Su madre chasqueó la lengua.
—Tú sabes que yo no tengo favoritos.
—¡Aparte de Pedro! —dijeron todas a coro.
Él las miró con el ceño fruncido. La charla continuó a ritmo vertiginoso. Paula, sentada en mitad del griterío, parpadeaba rápidamente, tratando de entender, pero Pedro comprendió por el modo en que giraba la cabeza de una persona a otra que no conseguía hacerlo. Todos hablaban a la vez. Pero, cosa rara, ella no parecía tan frustrada como él había supuesto. En realidad, sus labios se habían curvada en una media sonrisa y sus ojos brillaban alegremente. Cuando sus miradas se encontraron, la sonrisa se desvaneció.
—Oh oh —murmuró Soniadetrás de él—. Es cierto que tienes un problema.
—Ya te lo dije.
—¿Por qué no rescato a Paula y me la llevo a la cocina? Parece un poco agobiada. Nosotras dos podemos sacar la comida, mientras tú luchas contra todas estas mentes inquisidoras. Mamá tiene esa mirada, la que reserva para los pretendientes incautos. Mi Gabriel todavía tiembla cuando la ve. Dice que nunca había pasado tanto miedo en toda su vida. Y creo Paula no está preparada para afrontarla.
—Fantástica idea —dijo Pedro, agradecido—. O mejor, ¿Por qué no la sacas por la puerta de atrás y te la llevas a cenar a algún restaurante bonito y tranquilo? Puedes traerla de vuelta cuando todo el mundo se haya ido.
—¿Y aguantar los reproches de mamá un mes entero? Ni lo sueñes.
Sonia cruzó la habitación y se inclinó para hablar con Paula. Esta asintió y se levantó para seguir a la hermana mayor de Ricky. Cuando también la madre hizo amago de levantarse, Sonia le lanzó una mirada de advertencia que la dejó clavada en el sitio.Después de que Paula y Sonia salieran, la atención del grupo se centró en Pedro.
—No tengo nada que decir sobre el tema — anunció él antes de que empezaran. Miró directamente a su padre—. ¿Qué tal van los Dolphins? ¿Crees que este año tienen alguna posibilidad en la Super Bowl?
—¡Fútbol! —dijo su madre desdeñosamente—. Si crees que hemos venido aquí para hablar de fútbol, estás muy equivocado.
Pedro le plantó un beso en la mejilla.
—Ya sé a lo que habéis venido, pero dejen en paz a Paula. La han asustado.
—Eso no es verdad —dijo su madre.
—Pues la aturden, entonces. ¿Es que no se dan cuenta de que, si hablan todos al mismo tiempo, no puede entenderlos? Solo puede leer los labios de una persona. ¿Por qué creen que no ha contestado a ninguna pregunta?
Su madre puso una expresión compungida.
—Oh, lo siento mucho. No lo había pensado —se levantó de un salto—. Voy a pedirle disculpas.
—Déjala en paz por ahora —le advirtió Pedro—. Que se quede un rato a solas con Sonia.
Su madre pareció vacilar. Era evidente que le disgustaba la idea de haber ofendido inadvertidamente a Paula, cuando solo pretendía darle la bienvenida a la familia.
—Haz lo que te dice —dijo el padre, tirando de la mano de su mujer hasta que esta volvió a sentarse.
—Gracias —dijo Pedro, algo sorprendido por el apoyo de su padre, que siempre estaba de acuerdo con todo lo que hacía su mujer.
—Bueno —dijo su madre, muy seria—. ¿Qué tal van los Dolphins?
Sus hijas rompieron a reír.
Mi Salvador: Capítulo 41
Pero no estaba tan seguro como intentaba aparentar. La miradaque les dirigió su madre mientras se acercaba al coche no parecía tranquilizadora. Pedro había visto esa mirada otras veces, dirigida a los hombres que luego se habían convertido en sus cuñados. Su madre se dirigió directamente a Paula.
—Tú debes de ser Paula—dijo, casi sacándola del coche para abrazarla—. Yo soy la madre de Pedro. Tenía muchas ganas de conocerte, pero mi hijo no dejaba de decirme que tenía que esperar hasta que te recuperaras. Pero cuando estás mal es precisamente cuando más necesitas a la familia, ¿No crees? Los hombres no comprenden estas cosas.
Paula lanzó a Pedro una mirada desesperada.
— Supongo que no —murmuró, sin saber qué decirle a aquella desconocida que la trataba como si formara parte de su familia.
—Vamos, ven a conocer a los otros —le ordenó la mujer, llevándola hacia la entrada.Las dos desaparecieron dentro de la casa, y Pedro suspiró aliviado.
Salió del coche lentamente. De todas formas, ya no podía hacer nada por salvar a Paula. Si conseguía escabullirse hasta el jardín, podría ocultarse hasta que pasara lo peor.
—Perdona, hermanito —dijo Sonia , apareciendo a su lado cuando doblaba la esquina —. Entra. Paula te necesita.
—En realidad, creo que está un poco enfadada conmigo en este momento.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Es una larga historia y no tengo ganas de contártela. Basta con decir que no han elegido un buen momento para venir.
Sonia se echó a reír.
—Puede que sí. Cuando mamá acabe de exponer todas tus virtudes, Paula ya no podrá resistírsete.
Por supuesto, los motivos del enfado de Paula nada tenían que ver con los que suponía su hermana. Pero Pedro no la sacó de su error.
—¿Han venido todos? —le preguntó.
—Absolutamente todos, incluidos los niños —dijo Sonia—. Pero no te preocupes. Mamá ha traído comida suficiente para un regimiento.
—¿Se van a quedar a cenar?
—Bueno, claro. Mamá no va a perderse la oportunidad de conocer a una nuera en potencia. Lleva demasiado tiempo esperando este momento.
Pedro se preguntó si todavía podría escapar. Pero suspiró y abandonó la idea. Paula nunca lo perdonaría si la dejaba sola. Tal vez no comprendiera a las mujeres, pero eso lo sabía con absoluta certeza. Se volvió hacia su hermana.
—Una hora —declaró con firmeza—. Dentro de una hora te los llevarás a todos. Allie necesita descansar.
Sonia se rió.
—Qué bonito. Toda esa preocupación es muy conmovedora, pero algo me dice que no es Paula quien te preocupa. Quieres que nos marchemos antes de que empecemos a planear tu boda.
—Muérdete la lengua —le dijo él, y entró en la casa.
Encontró a Paula sentada en el sofá, entre su madre y su padre. Sus hermanas habían ocupado el resto de las sillas, y sus maridos permanecían de pie, contemplando incómodamente la escena, tal vez recordando cuando se habían visto en similares circunstancias. Nueve niños, todos menores de diez años, corrían de habitación en habitación, perseguidos alegremente por Apolo. Por una vez, Pedro envidió la sordera de Paula. El bullicio era intolerable.
—¡Apolo, siéntate! —le gritó al perro.
Este se tumbó a sus pies, moviendo la cola. Por desgracia, la orden no surtió efecto con los niños. Pedro los miró con el ceño fruncido y señaló hacia la puerta—. ¡Fuera!
Gabriel, el marido de Sonia, le guiñó un ojo.
—Me los llevaré al patio. Sé que querrás quedarte aquí.
—No especialmente —dijo Pedro, viendo cómo se escabullía su cuñado.
Volvió a mirar a Paula. Parecía un poco aturdida por la lluvia de preguntas que caía sobre ella.
—Tú debes de ser Paula—dijo, casi sacándola del coche para abrazarla—. Yo soy la madre de Pedro. Tenía muchas ganas de conocerte, pero mi hijo no dejaba de decirme que tenía que esperar hasta que te recuperaras. Pero cuando estás mal es precisamente cuando más necesitas a la familia, ¿No crees? Los hombres no comprenden estas cosas.
Paula lanzó a Pedro una mirada desesperada.
— Supongo que no —murmuró, sin saber qué decirle a aquella desconocida que la trataba como si formara parte de su familia.
—Vamos, ven a conocer a los otros —le ordenó la mujer, llevándola hacia la entrada.Las dos desaparecieron dentro de la casa, y Pedro suspiró aliviado.
Salió del coche lentamente. De todas formas, ya no podía hacer nada por salvar a Paula. Si conseguía escabullirse hasta el jardín, podría ocultarse hasta que pasara lo peor.
—Perdona, hermanito —dijo Sonia , apareciendo a su lado cuando doblaba la esquina —. Entra. Paula te necesita.
—En realidad, creo que está un poco enfadada conmigo en este momento.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Es una larga historia y no tengo ganas de contártela. Basta con decir que no han elegido un buen momento para venir.
Sonia se echó a reír.
—Puede que sí. Cuando mamá acabe de exponer todas tus virtudes, Paula ya no podrá resistírsete.
Por supuesto, los motivos del enfado de Paula nada tenían que ver con los que suponía su hermana. Pero Pedro no la sacó de su error.
—¿Han venido todos? —le preguntó.
—Absolutamente todos, incluidos los niños —dijo Sonia—. Pero no te preocupes. Mamá ha traído comida suficiente para un regimiento.
—¿Se van a quedar a cenar?
—Bueno, claro. Mamá no va a perderse la oportunidad de conocer a una nuera en potencia. Lleva demasiado tiempo esperando este momento.
Pedro se preguntó si todavía podría escapar. Pero suspiró y abandonó la idea. Paula nunca lo perdonaría si la dejaba sola. Tal vez no comprendiera a las mujeres, pero eso lo sabía con absoluta certeza. Se volvió hacia su hermana.
—Una hora —declaró con firmeza—. Dentro de una hora te los llevarás a todos. Allie necesita descansar.
Sonia se rió.
—Qué bonito. Toda esa preocupación es muy conmovedora, pero algo me dice que no es Paula quien te preocupa. Quieres que nos marchemos antes de que empecemos a planear tu boda.
—Muérdete la lengua —le dijo él, y entró en la casa.
Encontró a Paula sentada en el sofá, entre su madre y su padre. Sus hermanas habían ocupado el resto de las sillas, y sus maridos permanecían de pie, contemplando incómodamente la escena, tal vez recordando cuando se habían visto en similares circunstancias. Nueve niños, todos menores de diez años, corrían de habitación en habitación, perseguidos alegremente por Apolo. Por una vez, Pedro envidió la sordera de Paula. El bullicio era intolerable.
—¡Apolo, siéntate! —le gritó al perro.
Este se tumbó a sus pies, moviendo la cola. Por desgracia, la orden no surtió efecto con los niños. Pedro los miró con el ceño fruncido y señaló hacia la puerta—. ¡Fuera!
Gabriel, el marido de Sonia, le guiñó un ojo.
—Me los llevaré al patio. Sé que querrás quedarte aquí.
—No especialmente —dijo Pedro, viendo cómo se escabullía su cuñado.
Volvió a mirar a Paula. Parecía un poco aturdida por la lluvia de preguntas que caía sobre ella.
viernes, 27 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 40
¡Mujeres! Pedro se sentó en la cubierta y se preguntó si alguna vez llegaría a entenderlas. Se dijo que era más bien improbable, incluso para un hombre que había crecido con cuatro ruidosas hermanas.A decir verdad, su incapacidad para entender las complejidades del sexo femenino le había tenido sin cuidado hasta la semana anterior, pero, por alguna estúpida razón, deseaba comprender lo que le pasaba a Paula. Creía saber lo que la había hecho enfadar: lo que él veía como un comportamiento honroso, al parecer la exasperaba terriblemente. Y él empezaba a preguntarse si estaba loco. La mujer a la que deseaba se le había ofrecido, y él la había rechazado. Quizá necesitara un psiquiatra.Hubiera dado cualquier cosa por beber algo fresco, pero no se atrevía a bajar al camarote y encontrarse con Paula. Esta parecía estar de un humor imprevisible, y él no era un santo. La siguiente vez que se le ofreciera, no se preocuparía de lo que era correcto y decente.Oyó sus pasos subiendo las escaleras y se obligó a seguir mirando el mar, con los ojos protegidos por las gafas de sol. Casi se cayó del asiento al sentir un chorro de agua helada sobre el pecho.
—Maldita sea, Paula—murmuró, y vió que a ella le brillaban los ojos de satisfacción.
—Pensé que tal vez te apetecería algo fresco —dijo ella dulcemente.
—Habría preferido bebérmelo, no que me lo derramaras por encima —refunfuñó él, pero aceptó la lata de tónica que ella le ofrecía—. Gracias.
—De nada. Si tienes hambre, puedo traer la comida.
La miró con incertidumbre. ¿Estaba intentando disculparse por su reacción anterior? ¿O querría envenenarlo de algún modo?
—Todavía no — dijo, quería un poco más de tiempo para saber de qué humor estaba ella. Señaló el asiento contiguo al suyo—. ¿Quieres sentarte?
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Por desgracia, su decisión de permanecer de pie dejaba sus piernas al nivel de los ojos de Pedro. Este parecía incapaz de apartar la mirada de sus muslos, desnudos y ligeramente bronceados, mientras se preguntaba qué haría para mantener aquel tono muscular, qué tacto tendría su piel y cómo sabría. Y otras muchas cosas en las que no tenía sentido pensar, se dijo secamente. Alzó la vista y vió que ella lo observaba con el ceño fruncido.
—¿Va todo bien? —le preguntó.
—Perfectamente —respondió él, irritado—. Todo va perfectamente.
— Sí, ¿Verdad? —murmuró ella con una sonrisa de satisfacción.
Luego se giró y se acercó a la proa de la barca, contoneando las caderas. Ese contoneo era deliberado, pensó Pedro, como todo lo demás. Al parecer su dulce, vulnerable y valiente Paula estaba decidida a vengarse. Pedro pensaba que el día no podía ponerse peor, pero se equivocaba. Cuando llegaron a casa justo después de las cinco, se la encontraron llena de gente. Su familia se había cansado de esperar una invitación para conocer a la misteriosa invitada y había decidido presentarse sin más. Paula se alarmó. Cuando vió a Sonia y a los niños, enseguida adivinó quiénes eran los demás, y miró a Pedro con espanto.
—¿No podemos escaparnos?
—Hoy ya lo hemos intentado una vez y no ha salido muy bien —dijo él—. No será tan horrible.
—Para tí es fácil decirlo. Es tu familia.
—Lo que significa que yo me llevaré la peor parte del interrogatorio —dijo él—. Contigo se portarán bien.
—Maldita sea, Paula—murmuró, y vió que a ella le brillaban los ojos de satisfacción.
—Pensé que tal vez te apetecería algo fresco —dijo ella dulcemente.
—Habría preferido bebérmelo, no que me lo derramaras por encima —refunfuñó él, pero aceptó la lata de tónica que ella le ofrecía—. Gracias.
—De nada. Si tienes hambre, puedo traer la comida.
La miró con incertidumbre. ¿Estaba intentando disculparse por su reacción anterior? ¿O querría envenenarlo de algún modo?
—Todavía no — dijo, quería un poco más de tiempo para saber de qué humor estaba ella. Señaló el asiento contiguo al suyo—. ¿Quieres sentarte?
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Por desgracia, su decisión de permanecer de pie dejaba sus piernas al nivel de los ojos de Pedro. Este parecía incapaz de apartar la mirada de sus muslos, desnudos y ligeramente bronceados, mientras se preguntaba qué haría para mantener aquel tono muscular, qué tacto tendría su piel y cómo sabría. Y otras muchas cosas en las que no tenía sentido pensar, se dijo secamente. Alzó la vista y vió que ella lo observaba con el ceño fruncido.
—¿Va todo bien? —le preguntó.
—Perfectamente —respondió él, irritado—. Todo va perfectamente.
— Sí, ¿Verdad? —murmuró ella con una sonrisa de satisfacción.
Luego se giró y se acercó a la proa de la barca, contoneando las caderas. Ese contoneo era deliberado, pensó Pedro, como todo lo demás. Al parecer su dulce, vulnerable y valiente Paula estaba decidida a vengarse. Pedro pensaba que el día no podía ponerse peor, pero se equivocaba. Cuando llegaron a casa justo después de las cinco, se la encontraron llena de gente. Su familia se había cansado de esperar una invitación para conocer a la misteriosa invitada y había decidido presentarse sin más. Paula se alarmó. Cuando vió a Sonia y a los niños, enseguida adivinó quiénes eran los demás, y miró a Pedro con espanto.
—¿No podemos escaparnos?
—Hoy ya lo hemos intentado una vez y no ha salido muy bien —dijo él—. No será tan horrible.
—Para tí es fácil decirlo. Es tu familia.
—Lo que significa que yo me llevaré la peor parte del interrogatorio —dijo él—. Contigo se portarán bien.
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