—Esto es lo primero que hago cuando vuelvo de una operación de rescate en el ex tranjero —dijo.
Ella vió que las arrugas de preocupación de su cara empezaban a difuminarse. Sin pensarlo, le acarició la mejilla. Su piel estaba caliente por el sol y raspaba ligeramente porque empezaba a crecerle la barba. Paula no se dió cuenta del momento preciso en que vio la llama de deseo que había en sus ojos, pero en lugar de retirar la mano, trazó titubeante la línea de su boca. Él le agarró la mano con que lo estaba acariciando y se metió uno de sus dedos en la boca con un movimiento lento y provocativo que hizo que a ella se le acelerara el corazón. Pedro la miraba fijamente a los ojos. Paula sintió que todo su mundo se reducía a la llama de sus ojos y a la sensación de aquella lengua sobre su dedo.
—¿Tienes idea de lo que me haces? — murmuró él, soltándole la mano con evidente desgana; ella, incapaz de hablar, sacudió la cabeza—. Quiero besarte.
—Pues hazlo —contestó ella, notando que se le aceleraba el pulso—. Por favor.
Él pareció vacilar un momento, como si temiera que Paula cambiara de opinión. Ella trató de acercarse más, pero Pedro la mantuvo a distancia, de modo que solo sus labios se tocaran.
—¿Por qué? —murmuró ella, trémula, deseando desesperadamente lo que él no parecía dispuesto a darle.
Sintió que los labios de Pedro se movían sobre los suyos y comprendió que le estaba respondiendo. Deseaba saber la respuesta, pero más aún deseaba sus besos. Dulces, tiernos besos. Besos urgentes, ansiosos. Nunca había imaginado que los besos pudieran ser tan diversos, tan deliciosos. Cuando él por fin la soltó, Paula casi temblaba de deseo. Parpadeando por el brillo del sol, lo miró fijamente.
—¿Por qué? —le preguntó otra vez.
Él se metió las manos en los bolsillos y la miró con determinación.
—Porque no te he traído aquí para seducirte.
—Los planes pueden cambiar —dijo ella, intentando infundir una nota desenfadada a su voz.
En la cara de Pedro, una sonrisa apareció y desapareció tan rápidamente que Paula no estaba segura de haberla visto.
—En este caso, no —dijo él, con expresión inflexible.
Luchando todavía contra los efectos de sus besos, ella intentó adoptar una actitud altiva.
—¿Te importa decirme por qué?
—Porque no voy a aprovecharme de tí, de la situación —declaró él, como si quisiera recordárselo a sí mismo, más que a ella.
Paula se puso rígida.
—Eso es muy noble, ¿Pero por qué tienes que ser tú quien lo decida?
—Porque tú no piensas con claridad.
—¿Ah, no? —dijo ella con calma, aunque empezaba a bullirle la sangre.
—No me mires así. Has pasado por una experiencia traumática.
— Pero el cerebro todavía me funciona bastante bien —replicó ella—. Creo que aún soy capaz de tomar decisiones racionales.
—Puede que sí —dijo él—. Pero esto no tiene nada que ver con la razón, sino con las hormonas. Y ambas cosas se excluyen mutuamente.Su tono de superioridad la ofendió.
—Veamos. Aclaremos una cosa —dijo ella, intentando controlar su furia—. Tú, que eres una criatura inteligente de sexo masculino, puedes tomar una decisión racional por los dos, pero yo, una simple mujer, no puedo. ¿Es eso?
Él frunció el ceño.
—No sé por qué te lo tomas así. Yo solo trato de hacer lo correcto.
—Lo que tú consideras que es lo correcto —lo corrigió ella—. Ese es el razonamiento más ridículo, paternalista y machista que he oído en toda mi vida.
—Paula...
—¡Nada de Paula! —gritó ella—. ¿O quieres que haga algo irracionalmente femenino y te tire por la borda?
Él la miró, impresionado.
—No te atreverás.
—No me pongas a prueba —contestó ella.
Paula se dió media vuelta, bajó las escaleras que llevaban a la cubierta inferior y se metió en el camarote. Buscó un refresco, lo abrió y dió un larguísimo trago para refrescarse la garganta seca y enfriar su acalorado humor. Pedro era un necio machista. Ella se había mostrado dispuesta y accesible, y la había rechazado. Y no sabía qué la irritaba más: que se le hubiera resistido o que creyera que era incapaz de pensar por sí misma. Pero, en cualquier caso, el infierno se helaría antes de que le diera una segunda oportunidad.
viernes, 27 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 38
Paula, sentada en una tumbona en el patio de atrás, lanzaba subrepticias miradas a Pedro, que estaba tendido en una hamaca, a su lado. Estaba segura de que fingía dormir. Pero no sabía por qué. Había estado cabizbajo y distante desde que habían vuelto de la visita a su antigua casa, el día anterior. Ella se sintió aliviada cuando se marchó al concierto de Joaquín. Pero, fuera lo que fuera lo que preocupaba a Ricky, no parecía haberlo resuelto a su regreso, pues se había pasado casi toda la noche fuera, en el patio. Paula lo sabía porque había mirado varias veces por la ventana y lo había visto sentado justo donde estaba en ese momento, con una botella de cerveza en la mesa que había a su lado. Cuando había salido al patio a primera hora de la mañana, la botella seguía allí.
—No hace falta que te quedes conmigo como si fuera una niña —le dijo.
Vió que sus labios se movían ligeramente, sin formar ninguna palabra, y lo interpretó como un asentimiento.
—¿Hmm?
— Quiero decir que no hace falta que te preocupes por mí, si te apetece salir.
Él abrió los ojos y la miró.
—¿Quién ha dicho que me apetezca salir?
—Debes de estar un poco aburrido —dijo ella.
—No especialmente.
—Bueno, pues yo sí.
Él se levantó tan rápidamente que Paula pensó que le tomaría la palabra para escapar.
— Tienes razón —dijo, y le tendió la mano—. Vámonos.
—¿Adonde?
— Vamos —dijo él, con un brillo retador en la mirada—. Confía en mí.
Paula se levantó de un salto, sin pensárselo dos veces. Se dijo que su buena disposición era natural. Estaba harta de estar sentada sin hacer nada. La noche anterior había terminado todo el papeleo que Jimena le había llevado. Cualquier cosa que Pedro le ofreciera sería preferible a aquella inactividad. Hizo caso omiso de la vocecilla que le decía que aquel hombre podía tentarla a hacer cosas que, de otra forma, nunca se le hubieran ocurrido. Antes de que pudiera hacerle una sola pregunta, él agarró el bolso de Paula, un bote de bronceador y las gafas de sol de ambos.
—¿Vamos a la playa? —preguntó ella, apresurándose tras él.
—Ya lo verás.
De camino hacia cualquiera que fuese su destino, Pedro se paró ante una tienda de comestibles, entró corriendo y salió con una bolsa.
—La comida —dijo cuando ella lo miró con curiosidad.
Quince minutos después entraron en un embarcadero. Pedro la llevó a lo largo de un muelle hasta que llegaron ante una pequeña barca de pesca. Saltó dentro y le tendió la mano.
—Será tuya, me imagino —dijo ella mientras subía.
—Es de Sergio, pero tengo una llave. Hay cañas de pescar a bordo. Deja que guarde la comida en el frigorífico y zarparemos —en tornó los ojos—. No te marearás, ¿Verdad?
Paula sonrió.
—Ya es un poco tarde para preguntarlo, ¿No crees?
— Sería un poco tarde si estuviéramos en alta mar. Pero aquí todavía hay tenemos opciones.
—Que yo sepa, no me mareo.
—Que tú sepas —repitió él—. ¿Significa eso que nunca has montado en barco?
—Eso mismo —le confirmó ella.
—Bueno, por suerte hoy el mar está como un espejo. No creo que te marees. ¿Sabes nadar?
—En una piscina —dijo ella.
—Te traeré un salvavidas —dijo él resueltamente.
Al cabo de unos minutos, Pedro puso en marcha el motor, quitó las amarras y se alejó del muelle. Paula se quedó de pie junto a la barandilla y contempló cómo desaparecía el embarcadero mientras se adentraban en la bahía. La brisa olía a sal y tal vez a algas o mangles. El beso del aire contra su piel desnuda contrarrestaba el ardor del sol. Cuando estuvieron a aproximadamente una milla de la costa, Pedro apagó el motor. La barca osciló suavemente cuando se sentó junto a Paula.
—No hace falta que te quedes conmigo como si fuera una niña —le dijo.
Vió que sus labios se movían ligeramente, sin formar ninguna palabra, y lo interpretó como un asentimiento.
—¿Hmm?
— Quiero decir que no hace falta que te preocupes por mí, si te apetece salir.
Él abrió los ojos y la miró.
—¿Quién ha dicho que me apetezca salir?
—Debes de estar un poco aburrido —dijo ella.
—No especialmente.
—Bueno, pues yo sí.
Él se levantó tan rápidamente que Paula pensó que le tomaría la palabra para escapar.
— Tienes razón —dijo, y le tendió la mano—. Vámonos.
—¿Adonde?
— Vamos —dijo él, con un brillo retador en la mirada—. Confía en mí.
Paula se levantó de un salto, sin pensárselo dos veces. Se dijo que su buena disposición era natural. Estaba harta de estar sentada sin hacer nada. La noche anterior había terminado todo el papeleo que Jimena le había llevado. Cualquier cosa que Pedro le ofreciera sería preferible a aquella inactividad. Hizo caso omiso de la vocecilla que le decía que aquel hombre podía tentarla a hacer cosas que, de otra forma, nunca se le hubieran ocurrido. Antes de que pudiera hacerle una sola pregunta, él agarró el bolso de Paula, un bote de bronceador y las gafas de sol de ambos.
—¿Vamos a la playa? —preguntó ella, apresurándose tras él.
—Ya lo verás.
De camino hacia cualquiera que fuese su destino, Pedro se paró ante una tienda de comestibles, entró corriendo y salió con una bolsa.
—La comida —dijo cuando ella lo miró con curiosidad.
Quince minutos después entraron en un embarcadero. Pedro la llevó a lo largo de un muelle hasta que llegaron ante una pequeña barca de pesca. Saltó dentro y le tendió la mano.
—Será tuya, me imagino —dijo ella mientras subía.
—Es de Sergio, pero tengo una llave. Hay cañas de pescar a bordo. Deja que guarde la comida en el frigorífico y zarparemos —en tornó los ojos—. No te marearás, ¿Verdad?
Paula sonrió.
—Ya es un poco tarde para preguntarlo, ¿No crees?
— Sería un poco tarde si estuviéramos en alta mar. Pero aquí todavía hay tenemos opciones.
—Que yo sepa, no me mareo.
—Que tú sepas —repitió él—. ¿Significa eso que nunca has montado en barco?
—Eso mismo —le confirmó ella.
—Bueno, por suerte hoy el mar está como un espejo. No creo que te marees. ¿Sabes nadar?
—En una piscina —dijo ella.
—Te traeré un salvavidas —dijo él resueltamente.
Al cabo de unos minutos, Pedro puso en marcha el motor, quitó las amarras y se alejó del muelle. Paula se quedó de pie junto a la barandilla y contempló cómo desaparecía el embarcadero mientras se adentraban en la bahía. La brisa olía a sal y tal vez a algas o mangles. El beso del aire contra su piel desnuda contrarrestaba el ardor del sol. Cuando estuvieron a aproximadamente una milla de la costa, Pedro apagó el motor. La barca osciló suavemente cuando se sentó junto a Paula.
Mi Salvador: Capítulo 37
—Quédate conmigo un rato. Fuera hace un calor horroroso. Necesito quedarme unos minutos aquí, con el aire acondicionado.
Paula la miró con preocupación.
—¿Estás bien? ¿Quieres beber algo? He traído agua mineral fría.
—Eso estaría muy bien —dijo Juana.
Pedro aprovechó la oportunidad para deslizarse fuera del coche. Tenía pocas esperanzas de encontrar algo de valor entre los escombros, pero era preferible que Paula no viera rotas y cubiertas de barro las cosas que una vez había amado. Era una tarea ingrata. Pedro encontró un álbum de fotos, pero el agua había destruido casi por completo las fotografías de su interior. De todo modos lo recogió, por si acaso podían salvarse una o dos fotografías. Encontró también un joyero, pero incluso antes de abrirlo comprendió que los saqueadores lo habían vaciado. Dentro solo había una vieja insignia de la Escuela Dominical y un anillo del instituto.Entre las ruinas descubrió algún zapato desparejado, unos cuantos platos intactos, una cacerola de hierro y un juego de cubiertos de acero inoxidable. Encontró también una cortina relativamente intacta, pero las demás estaban hechas jirones. Los sofás, las sillas y la televisión estaban completamente destrozados. Acababa de recoger un osito de peluche manchado de barro y sin un ojo cuando Paula se le acercó y, agarrando el muñeco con manos temblorosas, lo abrazó mientras las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas.
—Tendrá mejor aspecto cuando le des un baño —dijo Pedro con optimismo—. Y estoy seguro que Sonia podrá coserle un ojo. Los niños siempre están rompiendo sus peluches y luego no dejan de llorar hasta que se los arregla.
—Tengo este oso desde que estuve en el hospital, cuando perdí el oído —dijo ella, con voz trémula—. Brownie y yo hemos pasado juntos por muchas cosas.
—Y han sobrevivido —dijo Pedro.
—Aunque un poco maltrechos —dijo ella, acariciando suavemente el peluche lleno de barro. Sacudió la cabeza—. No sabía qué esperaba encontrar, pero no era esto.
—El otro día, cuando te sacamos, no estabas en condiciones de mirar a tu alrededor — dijo él—. Estabas conmocionada.
—Sí, supongo que sí —dijo Paula, intentando recobrarse—. ¿Has encontrado algo más?
—He recogido algunas cosas —dijo él, mostrándoselas.
Paula las miró con calma hasta que vió el álbum de fotos. Entonces, empezó de nuevo a sollozar.
—Es como perder todo mi pasado. Como si nunca hubiera existido.
—No seas tonta —dijo Juana de repente, apareciendo a su lado—. Solo eran fotografías. Los recuerdos se llevan en el corazón. Esos no los perderás nunca. Y supongo que muchas de esas fotografías fueron tomadas por personas que todavía tendrán los negativos. Llamaremos a tus padres y a tus antiguos amigos, y recompondremos el álbum.
Paula le dirigió una sonrisa desvaída.
—Gracias.
—¿Por qué? —dijo Juana—. No he hecho nada.
— Has venido hasta aquí. Sé que no ha sido por casualidad. Pedro te llamó, ¿Verdad?
—Tal vez mencionó que estabas pensando en venir —admitió Juana—. Pero deberías habérmelo dicho tú.
—Fue una decisión repentina.Y no muy sensata.
—Te equivocas —dijo Juana—. Ha sido una decisión muy valiente. Siempre es mejor afrontar las cosas que nos dan miedo, para poder seguir adelante.
—Amén —dijo Pedro—. Ahora, ¿Qué les parece si salimos de esta sauna y nos vamos a comer? ¿A un italiano, tal vez? —le guiñó un ojo a Juana.
—Estupendo —dijo esta.
Después de lanzar una última mirada atrás, Paula dejó escapar un hondo suspiro y se dirigió al coche, todavía aferrada a su osito. Pedro puso los demás objetos en el maletero y luego las llevó a un restaurante cercano.
Juana pidió pastrami sin mirar siquiera el menú y contempló horrorizada a Paula cuando esta pidió solo un consomé.
—Con eso no se alimenta ni un pajarito. Tienes que comer algo que te dé energía —le advirtió—. Debes recobrar fuerzas.Para sorpresa de Pedro, Paula hizo caso a su amiga.
—¿Qué me sugieres?
—Tortitas de patata con salsa de manzana y crema agria —dijo Juana con decisión, y luego sonrió—. Las compartiremos, y tú podrás comerte la mitad de mi pastrami.
—Hecho —dijo Paula.
Mientras comían, Pedro vió aliviado que el color retornaba a las mejillas de Paula y que sus ojos perdían su anterior languidez. Cuando se marcharon, volvía a sonreír otra vez. Al llegar a casa de Juana, le dió a la anciana un fuerte abrazo.
—Iré a verte este fin de semana —dijo Juana—, y empezaremos a hacer esas llamadas. Tú haz una lista con toda la gente con la que quieras contactar. ¡Y anímate!
—Yo me encargaré de eso —dijo Pedro.
Juana también lo abrazó.
—Cuento con ello, jovencito. Nuestra Paula te necesita.
Pedro sabía que era verdad, pero en el fondo no podía evitar preguntarse si esa necesidad sería solo temporal. ¿Qué ocurriría cuando Paula se recuperara del todo?¿Pero no era una estupidez tener miedo del momento en que ella estaría lista para marcharse y retomar nuevamente su vida?, se preguntó.Cuando esa noche volvió a casa después del tedioso concierto de Joaquín, se sentó en el patio trasero y se preguntó cómo era posible que Paula se le hubiera metido bajo la piel tan rápidamente. Los acontecimientos de ese día lo explicaban en parte. No creía haber conocido nunca a alguien tan valiente. Su fortaleza lo había cautivado.Pero esa misma fortaleza acabaría alejándola de él, y Pedro tendría que dejarla marchar porque sabía que Paula necesitaba más que nadie valerse por sí misma. Sin embargo,, tal vez, con el tiempo, si tenía suerte, ella le permitiría quedarse a su lado.
Paula la miró con preocupación.
—¿Estás bien? ¿Quieres beber algo? He traído agua mineral fría.
—Eso estaría muy bien —dijo Juana.
Pedro aprovechó la oportunidad para deslizarse fuera del coche. Tenía pocas esperanzas de encontrar algo de valor entre los escombros, pero era preferible que Paula no viera rotas y cubiertas de barro las cosas que una vez había amado. Era una tarea ingrata. Pedro encontró un álbum de fotos, pero el agua había destruido casi por completo las fotografías de su interior. De todo modos lo recogió, por si acaso podían salvarse una o dos fotografías. Encontró también un joyero, pero incluso antes de abrirlo comprendió que los saqueadores lo habían vaciado. Dentro solo había una vieja insignia de la Escuela Dominical y un anillo del instituto.Entre las ruinas descubrió algún zapato desparejado, unos cuantos platos intactos, una cacerola de hierro y un juego de cubiertos de acero inoxidable. Encontró también una cortina relativamente intacta, pero las demás estaban hechas jirones. Los sofás, las sillas y la televisión estaban completamente destrozados. Acababa de recoger un osito de peluche manchado de barro y sin un ojo cuando Paula se le acercó y, agarrando el muñeco con manos temblorosas, lo abrazó mientras las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas.
—Tendrá mejor aspecto cuando le des un baño —dijo Pedro con optimismo—. Y estoy seguro que Sonia podrá coserle un ojo. Los niños siempre están rompiendo sus peluches y luego no dejan de llorar hasta que se los arregla.
—Tengo este oso desde que estuve en el hospital, cuando perdí el oído —dijo ella, con voz trémula—. Brownie y yo hemos pasado juntos por muchas cosas.
—Y han sobrevivido —dijo Pedro.
—Aunque un poco maltrechos —dijo ella, acariciando suavemente el peluche lleno de barro. Sacudió la cabeza—. No sabía qué esperaba encontrar, pero no era esto.
—El otro día, cuando te sacamos, no estabas en condiciones de mirar a tu alrededor — dijo él—. Estabas conmocionada.
—Sí, supongo que sí —dijo Paula, intentando recobrarse—. ¿Has encontrado algo más?
—He recogido algunas cosas —dijo él, mostrándoselas.
Paula las miró con calma hasta que vió el álbum de fotos. Entonces, empezó de nuevo a sollozar.
—Es como perder todo mi pasado. Como si nunca hubiera existido.
—No seas tonta —dijo Juana de repente, apareciendo a su lado—. Solo eran fotografías. Los recuerdos se llevan en el corazón. Esos no los perderás nunca. Y supongo que muchas de esas fotografías fueron tomadas por personas que todavía tendrán los negativos. Llamaremos a tus padres y a tus antiguos amigos, y recompondremos el álbum.
Paula le dirigió una sonrisa desvaída.
—Gracias.
—¿Por qué? —dijo Juana—. No he hecho nada.
— Has venido hasta aquí. Sé que no ha sido por casualidad. Pedro te llamó, ¿Verdad?
—Tal vez mencionó que estabas pensando en venir —admitió Juana—. Pero deberías habérmelo dicho tú.
—Fue una decisión repentina.Y no muy sensata.
—Te equivocas —dijo Juana—. Ha sido una decisión muy valiente. Siempre es mejor afrontar las cosas que nos dan miedo, para poder seguir adelante.
—Amén —dijo Pedro—. Ahora, ¿Qué les parece si salimos de esta sauna y nos vamos a comer? ¿A un italiano, tal vez? —le guiñó un ojo a Juana.
—Estupendo —dijo esta.
Después de lanzar una última mirada atrás, Paula dejó escapar un hondo suspiro y se dirigió al coche, todavía aferrada a su osito. Pedro puso los demás objetos en el maletero y luego las llevó a un restaurante cercano.
Juana pidió pastrami sin mirar siquiera el menú y contempló horrorizada a Paula cuando esta pidió solo un consomé.
—Con eso no se alimenta ni un pajarito. Tienes que comer algo que te dé energía —le advirtió—. Debes recobrar fuerzas.Para sorpresa de Pedro, Paula hizo caso a su amiga.
—¿Qué me sugieres?
—Tortitas de patata con salsa de manzana y crema agria —dijo Juana con decisión, y luego sonrió—. Las compartiremos, y tú podrás comerte la mitad de mi pastrami.
—Hecho —dijo Paula.
Mientras comían, Pedro vió aliviado que el color retornaba a las mejillas de Paula y que sus ojos perdían su anterior languidez. Cuando se marcharon, volvía a sonreír otra vez. Al llegar a casa de Juana, le dió a la anciana un fuerte abrazo.
—Iré a verte este fin de semana —dijo Juana—, y empezaremos a hacer esas llamadas. Tú haz una lista con toda la gente con la que quieras contactar. ¡Y anímate!
—Yo me encargaré de eso —dijo Pedro.
Juana también lo abrazó.
—Cuento con ello, jovencito. Nuestra Paula te necesita.
Pedro sabía que era verdad, pero en el fondo no podía evitar preguntarse si esa necesidad sería solo temporal. ¿Qué ocurriría cuando Paula se recuperara del todo?¿Pero no era una estupidez tener miedo del momento en que ella estaría lista para marcharse y retomar nuevamente su vida?, se preguntó.Cuando esa noche volvió a casa después del tedioso concierto de Joaquín, se sentó en el patio trasero y se preguntó cómo era posible que Paula se le hubiera metido bajo la piel tan rápidamente. Los acontecimientos de ese día lo explicaban en parte. No creía haber conocido nunca a alguien tan valiente. Su fortaleza lo había cautivado.Pero esa misma fortaleza acabaría alejándola de él, y Pedro tendría que dejarla marchar porque sabía que Paula necesitaba más que nadie valerse por sí misma. Sin embargo,, tal vez, con el tiempo, si tenía suerte, ella le permitiría quedarse a su lado.
Mi Salvador: Capítulo 36
Tenía las manos tan apretadas sobre el regazo que los nudillos se le pusieron blancos, y había arrugas de crispación alrededor de su boca. Pedro giró por Dixie Highway y luego atravesó el estacionamiento de lo que antes había sido un pequeño centro comercial. La techumbre había desaparecido y las pocas ventanas que quedaban estaban tapadas con tablas decoradas con grafitis. Pedro puso una mano sobre la de Paula.
—¿Estás bien? No hace falta que continuemos.
— Sí, sí hace falta —dijo ella, crispada—. Ahora mismo. Vamos allá.
Cuanto más se internaban en la zona, mayor era la devastación que contemplaban. Al principio, solo había árboles y cristales rotos en el suelo, pero luego todas las casas, una tras otra, comenzaron a mostrar signos del destrozo causado por lo que se creía había sido un tornado provocado por el huracán.
—Oh, Dios —musitó Paula, con los ojos espantados—. Lo había olvidado. Donde tú vives es como si el temporal nunca hubiera tenido lugar, así que me decía a mí misma que no podía haber sido tan terrible como lo recordaba —lo miró a los ojos, abatida—. Pero sí lo fue. En realidad, esto es peor de lo que imaginaba. No ha quedado nada en pie.
—Vamos a dar la vuelta —dijo Pedro con decisión. No podía soportar el dolor de la mirada de Paula.
—No, por favor. Acabemos de una vez.
Él vaciló, pero la expresión de la joven no se alteró.
—De acuerdo —dijo Pedro, y dobló la esquina de la calle de Paula.El único modo de saber cuál era su casa era contar los montones de escombros a partir de la esquina. Cuando se detuvieron, Paula dejó escapar un gemido desconsolado al que rápidamente siguió un sollozo.
—Oh, nena —murmuró él, abrazándola y dejándola llorar. No se le ocurría qué más podía hacer para reconfortarla.La mantuvo abrazada hasta que oyó un golpecito en la ventanilla del coche. Miró hacia fuera y vió que Juana los observaba con preocupación. Su cara colorada lo alarmó. Le hizo señas de que se montara en el asiento trasero para evitar el calor. Paula se incorporó, sorprendida, al ver que Juana entraba en el coche. Esta vió su cara desconsolada e intentó inclinarse sobre el asiento para darle un abrazo.
—Lo peor es verlo la primera vez —le dijo—. Y luego empiezas a pensar en lo agradable que será tener una casa nuevecita en lugar de la vieja.
El semblante dolorido de Paula no se iluminó ante esa perspectiva.
—¿Por qué no se quedan las dos aquí, en el coche, con el aire acondicionado? —sugirió Pedro—. Yo daré una vuelta y veré si queda algo que merezca la pena rescatar.
—Yo también voy —dijo Paula rápidamente.
Juana intercambió una mirada con Pedro y luego apretó la mano de Paula.
—¿Estás bien? No hace falta que continuemos.
— Sí, sí hace falta —dijo ella, crispada—. Ahora mismo. Vamos allá.
Cuanto más se internaban en la zona, mayor era la devastación que contemplaban. Al principio, solo había árboles y cristales rotos en el suelo, pero luego todas las casas, una tras otra, comenzaron a mostrar signos del destrozo causado por lo que se creía había sido un tornado provocado por el huracán.
—Oh, Dios —musitó Paula, con los ojos espantados—. Lo había olvidado. Donde tú vives es como si el temporal nunca hubiera tenido lugar, así que me decía a mí misma que no podía haber sido tan terrible como lo recordaba —lo miró a los ojos, abatida—. Pero sí lo fue. En realidad, esto es peor de lo que imaginaba. No ha quedado nada en pie.
—Vamos a dar la vuelta —dijo Pedro con decisión. No podía soportar el dolor de la mirada de Paula.
—No, por favor. Acabemos de una vez.
Él vaciló, pero la expresión de la joven no se alteró.
—De acuerdo —dijo Pedro, y dobló la esquina de la calle de Paula.El único modo de saber cuál era su casa era contar los montones de escombros a partir de la esquina. Cuando se detuvieron, Paula dejó escapar un gemido desconsolado al que rápidamente siguió un sollozo.
—Oh, nena —murmuró él, abrazándola y dejándola llorar. No se le ocurría qué más podía hacer para reconfortarla.La mantuvo abrazada hasta que oyó un golpecito en la ventanilla del coche. Miró hacia fuera y vió que Juana los observaba con preocupación. Su cara colorada lo alarmó. Le hizo señas de que se montara en el asiento trasero para evitar el calor. Paula se incorporó, sorprendida, al ver que Juana entraba en el coche. Esta vió su cara desconsolada e intentó inclinarse sobre el asiento para darle un abrazo.
—Lo peor es verlo la primera vez —le dijo—. Y luego empiezas a pensar en lo agradable que será tener una casa nuevecita en lugar de la vieja.
El semblante dolorido de Paula no se iluminó ante esa perspectiva.
—¿Por qué no se quedan las dos aquí, en el coche, con el aire acondicionado? —sugirió Pedro—. Yo daré una vuelta y veré si queda algo que merezca la pena rescatar.
—Yo también voy —dijo Paula rápidamente.
Juana intercambió una mirada con Pedro y luego apretó la mano de Paula.
miércoles, 25 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 35
Al ver a Paula concentrada en sus papeles, en la mesa de la cocina, Pedro se felicitó por su brillante idea de llamar a Jimena. Después de lanzarle una última mirada, se quitó la camisa y salió fuera para podar los matorrales que amenazaban con ocultar el patio delantero. Estaba absorto en la tarea cuando sintió que no estaba solo. Paula se había sentado en los escalones de entrada, con los brazos alrededor de las piernas y la barbilla sobre las rodillas. Parecía de nuevo completamente abatida. Pedro dejó la podadora y se sentó a su lado.
—No quería distraerte —dijo ella.
—¿Y entonces qué querías? —se burló él—. ¿Contemplar un poco el panorama? — deliberadamente, miró su pecho sudoroso.
Paula reaccionó con el previsible embarazo.
—Claro que no. Solo estaba... —su voz se desvaneció.
—¿Inquieta otra vez? —preguntó él dulcemente.
— No exactamente —ella lo miró a los ojos—. He estado pensando...
—¿En qué? —dijo él al ver que no continuaba.
—Creo que debo ir a mi casa.
Él la miró con incredulidad.
—¿Qué? ¡De eso nada!
—Tengo que hacerlo. Tu hermana lo mencionó el otro día y Jimena me lo ha dicho hoy.
Él se levantó con frustración y dio unos pasos por el patio.
—Pues las dos son unas inconscientes — declaró—. ¿Cómo se les ocurre sugerirte una cosa así?
Paula lo agarró de las manos y lo hizo detenerse, con expresión frustrada.
—¿Qué dices? —le preguntó.
Él repitió lo que había dicho y luego añadió:
—No es una buena idea.
—Yo creo que sí —dijo ella alzando la barbilla con determinación—. Quizá pueda recuperar alguna cosa. Y, aunque no pueda, tengo que enfrentarme a lo que ocurrió. Tengo que superarlo y seguir adelante. ¿Me llevarás?
Él pareció debatirse entre la sensatez de lo que ella le decía y su propio miedo a que no estuviera preparada.
—No lo sé, Paula.
—Encontraré otro modo de ir, si no quieres llevarme.
Pedro comprendió que lo haría. Iría, con o sin él. Y no iba a permitir que pasara por aquello ella sola.
—Yo te llevaré —dijo finalmente—. ¿Cuándo?
—Ahora —dijo ella, y se puso en pie para enfatizar su resolución.
Pedro suspiró.
—De acuerdo. Dame solo un minuto para lavarme un poco y ponerme una camisa.
—No vamos a una fiesta —protestó ella—. Seguramente nos pondremos perdidos de polvo.
—Dame un minuto —insistió.
Ya en el interior de la casa, hizo una rápida y desesperada llamada a Juana.
—¿Tú crees que está preparada?
—Si ella lo dice, no hay más que hablar. Los veré allí —dijo la anciana con decisión.
—¿Quieres que vaya a recogerte? —le ofreció Pedro.
—No, porque entonces se enteraría de que me has llamado. Será mejor que aparezca sin más.
—Gracias, Juana. Eres un encanto.
—Luego puedes invitarnos a comer. Estoy deseando comerme un buen plato de pastrami con carne.
—Pues lo tendrás —le prometió Pedro—. Hasta luego.
Para dar tiempo a que Juana llegara a su antiguo vecindario en transporte público, Pedro decidió darse una ducha en vez de lavarse rápidamente, y se tomó su tiempo para secarse el pelo, vestirse y afeitarse. Cuando volvió a salir, Paula daba vueltas por el patio con impaciencia.
—Has tardado —gruñó.
—¿Así es como me agradeces que me ponga guapo? —se acercó a ella—. Mira, hasta huelo bien..
Ella sonrió de mala gana al oler su loción de afeitar.
—Huele muy bien. Pero me temo que los bichos que habrá correteando por losescombros no sabrán apreciarlo.
—Mientras tú si sepas... —dijo él.
Cuanto más se acercaban al antiguo vecindario de Paula, más crecía en ella la ansiedad.
—No quería distraerte —dijo ella.
—¿Y entonces qué querías? —se burló él—. ¿Contemplar un poco el panorama? — deliberadamente, miró su pecho sudoroso.
Paula reaccionó con el previsible embarazo.
—Claro que no. Solo estaba... —su voz se desvaneció.
—¿Inquieta otra vez? —preguntó él dulcemente.
— No exactamente —ella lo miró a los ojos—. He estado pensando...
—¿En qué? —dijo él al ver que no continuaba.
—Creo que debo ir a mi casa.
Él la miró con incredulidad.
—¿Qué? ¡De eso nada!
—Tengo que hacerlo. Tu hermana lo mencionó el otro día y Jimena me lo ha dicho hoy.
Él se levantó con frustración y dio unos pasos por el patio.
—Pues las dos son unas inconscientes — declaró—. ¿Cómo se les ocurre sugerirte una cosa así?
Paula lo agarró de las manos y lo hizo detenerse, con expresión frustrada.
—¿Qué dices? —le preguntó.
Él repitió lo que había dicho y luego añadió:
—No es una buena idea.
—Yo creo que sí —dijo ella alzando la barbilla con determinación—. Quizá pueda recuperar alguna cosa. Y, aunque no pueda, tengo que enfrentarme a lo que ocurrió. Tengo que superarlo y seguir adelante. ¿Me llevarás?
Él pareció debatirse entre la sensatez de lo que ella le decía y su propio miedo a que no estuviera preparada.
—No lo sé, Paula.
—Encontraré otro modo de ir, si no quieres llevarme.
Pedro comprendió que lo haría. Iría, con o sin él. Y no iba a permitir que pasara por aquello ella sola.
—Yo te llevaré —dijo finalmente—. ¿Cuándo?
—Ahora —dijo ella, y se puso en pie para enfatizar su resolución.
Pedro suspiró.
—De acuerdo. Dame solo un minuto para lavarme un poco y ponerme una camisa.
—No vamos a una fiesta —protestó ella—. Seguramente nos pondremos perdidos de polvo.
—Dame un minuto —insistió.
Ya en el interior de la casa, hizo una rápida y desesperada llamada a Juana.
—¿Tú crees que está preparada?
—Si ella lo dice, no hay más que hablar. Los veré allí —dijo la anciana con decisión.
—¿Quieres que vaya a recogerte? —le ofreció Pedro.
—No, porque entonces se enteraría de que me has llamado. Será mejor que aparezca sin más.
—Gracias, Juana. Eres un encanto.
—Luego puedes invitarnos a comer. Estoy deseando comerme un buen plato de pastrami con carne.
—Pues lo tendrás —le prometió Pedro—. Hasta luego.
Para dar tiempo a que Juana llegara a su antiguo vecindario en transporte público, Pedro decidió darse una ducha en vez de lavarse rápidamente, y se tomó su tiempo para secarse el pelo, vestirse y afeitarse. Cuando volvió a salir, Paula daba vueltas por el patio con impaciencia.
—Has tardado —gruñó.
—¿Así es como me agradeces que me ponga guapo? —se acercó a ella—. Mira, hasta huelo bien..
Ella sonrió de mala gana al oler su loción de afeitar.
—Huele muy bien. Pero me temo que los bichos que habrá correteando por losescombros no sabrán apreciarlo.
—Mientras tú si sepas... —dijo él.
Cuanto más se acercaban al antiguo vecindario de Paula, más crecía en ella la ansiedad.
Mi Salvador: Capítulo 34
Paula las tomó, pero al ver la primera, con la cara de una niña con una lágrima en la mejilla, se le puso tal nudo en la garganta que prefirió dejarlas a un lado para mirarlas más tarde, cuando estuviera a solas.
—Te quieren mucho —dijo Jimena con signos—. Todo estamos deseando que vuelvas.
—Podría volver mañana mismo —se apresuró a decir Paula.
Jimena levantó las manos.
—Nada de eso. Ya me ha advertido tu amigo que no puedes volver hasta el lunes. Y no se hable más.
—Pedro Alfonso no controla mi vida.
— Pero se preocupa por tí de corazón. Hazle caso —sonrió—. Además, si a mí un hombre tan guapo me ofreciera quedarme en su casa, te aseguro que no me lo pensaría dos veces.
—Eso lo dices porque tienes elección — se quejó Paula—. Pero yo no tengo ninguna.
—Solo serán unos pocos días más —le recordó Jimena —. Todo esto ha sido horrible. No solo por las heridas físicas, sino también por el daño emocional. ¿Has vuelto a ir a tu casa?
Paula negó con la cabeza. Aun a riesgo de que algún saqueador se llevara lo poco que pudiera salvarse, todavía no se sentía capaz de hacerlo.
—Pues debes ir —le dijo Jimena—. Tienes que superarlo. Tú sabes mejor que nadie la importancia de seguir adelante.
Aquella alusión a las semanas que había pasado lamentándose por su sordera, en lugar de afrontarla, le hizo pensar en todo el horror de ese tiempo perdido.
—Sé que tienes razón, pero temo que el recuerdo del huracán sea superior a mis fuerzas. Fue espantoso.
—¿Has pensado en hablar con un psicólogo?
— No. Me las arreglaré. Me encontraré mejor con el tiempo.
—¿Y si no?
—Entonces veré a alguien. Te lo prometo.
Jimena se quedó un rato más, contándole cotilleos sobre el personal y hablándole de los progresos de sus pacientes.
—Tenemos que hablar de Karen Foley — dijo, refiriéndose a uno de los casos más problemáticos de Paula—. No está progresando como esperábamos, pero ya lo discutiremos cuando vuelvas el lunes —luego sacó de la cartera unos cuantos artículos e informes y se los entregó—. Material de lectura —dijo—. Y un poco de papeleo. Pero haz solo lo que te apetezca.
—Gracias — dijo Paula sinceramente.
Tal vez no se sentiría tan inútil si por lo menos podía solucionar un poco del interminable papeleo que conllevaba su trabajo. Acompañó a Jimena hasta la puerta, le dio un abrazo y luego la miró alejarse, sin poder ocultar la añoranza que sentía.Notó que Pedro se acercaba. Él le pasó un brazo por los hombros y, cuando Paula levantó la vista, dijo:
—Solo unos pocos días más.
Ella suspiró.
—Lo sé.
Pero parecía sentirse atrapada en el limbo para siempre.
—Te quieren mucho —dijo Jimena con signos—. Todo estamos deseando que vuelvas.
—Podría volver mañana mismo —se apresuró a decir Paula.
Jimena levantó las manos.
—Nada de eso. Ya me ha advertido tu amigo que no puedes volver hasta el lunes. Y no se hable más.
—Pedro Alfonso no controla mi vida.
— Pero se preocupa por tí de corazón. Hazle caso —sonrió—. Además, si a mí un hombre tan guapo me ofreciera quedarme en su casa, te aseguro que no me lo pensaría dos veces.
—Eso lo dices porque tienes elección — se quejó Paula—. Pero yo no tengo ninguna.
—Solo serán unos pocos días más —le recordó Jimena —. Todo esto ha sido horrible. No solo por las heridas físicas, sino también por el daño emocional. ¿Has vuelto a ir a tu casa?
Paula negó con la cabeza. Aun a riesgo de que algún saqueador se llevara lo poco que pudiera salvarse, todavía no se sentía capaz de hacerlo.
—Pues debes ir —le dijo Jimena—. Tienes que superarlo. Tú sabes mejor que nadie la importancia de seguir adelante.
Aquella alusión a las semanas que había pasado lamentándose por su sordera, en lugar de afrontarla, le hizo pensar en todo el horror de ese tiempo perdido.
—Sé que tienes razón, pero temo que el recuerdo del huracán sea superior a mis fuerzas. Fue espantoso.
—¿Has pensado en hablar con un psicólogo?
— No. Me las arreglaré. Me encontraré mejor con el tiempo.
—¿Y si no?
—Entonces veré a alguien. Te lo prometo.
Jimena se quedó un rato más, contándole cotilleos sobre el personal y hablándole de los progresos de sus pacientes.
—Tenemos que hablar de Karen Foley — dijo, refiriéndose a uno de los casos más problemáticos de Paula—. No está progresando como esperábamos, pero ya lo discutiremos cuando vuelvas el lunes —luego sacó de la cartera unos cuantos artículos e informes y se los entregó—. Material de lectura —dijo—. Y un poco de papeleo. Pero haz solo lo que te apetezca.
—Gracias — dijo Paula sinceramente.
Tal vez no se sentiría tan inútil si por lo menos podía solucionar un poco del interminable papeleo que conllevaba su trabajo. Acompañó a Jimena hasta la puerta, le dio un abrazo y luego la miró alejarse, sin poder ocultar la añoranza que sentía.Notó que Pedro se acercaba. Él le pasó un brazo por los hombros y, cuando Paula levantó la vista, dijo:
—Solo unos pocos días más.
Ella suspiró.
—Lo sé.
Pero parecía sentirse atrapada en el limbo para siempre.
Mi Salvador: Capítulo 33
Aparte de la vigilancia de Pedro, lo único que impidió que Paula volviera al tra-bajo el jueves fue la visita inesperada de su jefa, a primera hora de la mañana. Pedro, con aire satisfecho, hizo pasar a Jimena Dayton a la cocina mientras Paula, enfurruñada, saboreaba su tercera taza de café y echaba un vistazo al periódico. Su humor pareció mejorar en cuanto vió a la enérgica mujer que dirigía la clínica de educación especial.
—Jimena, no sabía que ibas a venir —dijo, acompañándose de signos.
Jimena era sorda de nacimiento, pero nunca lo había considerado un obstáculo para lograr sus sueños. En el instituto había sido una alumna brillante; se había licenciado como la primera de su promoción en la universidad y, más tarde, había montado su propia clínica en su Miami natal.
—Tu amigo me llamó ayer por la tarde y me dijo que estabas preocupada —dijo, señalando a Pedro—. Dice que el único modo de que te quedes en casa es ponerte al día sobre tus alumnos. Y he decidido venir en persona.
—La dejo para que charlen tranquilamente —dijo Pedro, tras observar la escena con evidente satisfacción.
Paula lo miró, todavía enfurruñada.
—Gracias.
—No hay de qué. Que se diviertan. Jimena, ¿Te apetece un café antes de que me marche?
Jimena respondió con signos y Pedro pareció sorprendido.
—Jimena no habla —dijo Paula—, salvo con signos. Dice que ella misma se servirá el café, si le dices dónde está.
—Pero hablé con ella por teléfono —dijo él.
Jimena sonrió y respondió con las manos. Paula hizo la traducción.
—Dice que en realidad hablaste con su ayudante, que le hace de intérprete.
—¿Así que las palabras eran suyas, pero la voz era la de su ayudante?
Paula asintió.
—Exactamente.
—¿Pero puede leer en los labios?
Jimena le dió un golpecito en el brazo, sonriendo, y asintió. Pedro le dirigió una de sus devastadoras sonrisas.
—Bueno, pues el café está allí. Y esta mañana compré unos dulces de guayaba.
Jimena puso una expresión extasiada mientras decía con signos:
—¡Qué maravilla!
Pedro sonrió.
—Creo que lo he entendido. Si necesitan algo, me lo dicen.
En cuanto se fue, Jimena miró a Paula con evidente fascinación.
—Chica, ¿Dónde lo has encontrado? Es un verdadero bombón. ¿Y fue él quien te rescató? ¿Cómo has acabado viviendo en su casa? No me extraña que no quisieras quedarte en mi casa, teniendo a un hombre como ese esperándote con los brazos abiertos —sus manos volaban, lanzándole a Paula aquella batería de preguntas.
—No está mal —respondió esta cautelosamente.
—¿Es que estás ciega, además de sorda? —preguntó la otra, poniéndose una mano sobre el corazón—. Todavía tengo el pulso acelerado.
—Eso es porque casi no sales —dijo Paula—. Trabajas demasiado.
—Igual que tú —respondió Jimena —. Si al final decides no quedártelo, dímelo.
Paula pensó en decirle que Pedro no era de su propiedad, pero se calló. Aunque no lo fuera, no quería cedérselo a otra mujer. Solo la idea de sorprenderlo con otra hacía que se le encogiera el estómago.Frunció el ceño.
—Tú estás casada y tienes un niño recién nacido.
—Pero tengo amigas —dijo la otra con fervor—. Y me estarían eternamente agradecidas si les presentara a un hombre como Pedro. El otro día, cuando me llamó, me impresionó mucho cómo se preocupaba por tí. Y cuando volvió a llamarme para concertar esta visita, pensé que tenía que verlo con mis propios ojos —aunque Paula no dijo nada, Jimena pareció comprenderla de pronto —. ¿Nada de bromas con eso, eh? Bueno. Pero si encuentras a otro como él, dímelo.
— Lo haré —prometió Paula—. Ahora cuéntame cómo van las cosas en la clínica.
—Tus pacientes te echan muchísimo de menos. Te han dibujado unas tarjetas y me han pedido que te las diera —dijo Jimena, sacando de su cartera un montón de cartulinas pintadas con colores brillantes.
—Jimena, no sabía que ibas a venir —dijo, acompañándose de signos.
Jimena era sorda de nacimiento, pero nunca lo había considerado un obstáculo para lograr sus sueños. En el instituto había sido una alumna brillante; se había licenciado como la primera de su promoción en la universidad y, más tarde, había montado su propia clínica en su Miami natal.
—Tu amigo me llamó ayer por la tarde y me dijo que estabas preocupada —dijo, señalando a Pedro—. Dice que el único modo de que te quedes en casa es ponerte al día sobre tus alumnos. Y he decidido venir en persona.
—La dejo para que charlen tranquilamente —dijo Pedro, tras observar la escena con evidente satisfacción.
Paula lo miró, todavía enfurruñada.
—Gracias.
—No hay de qué. Que se diviertan. Jimena, ¿Te apetece un café antes de que me marche?
Jimena respondió con signos y Pedro pareció sorprendido.
—Jimena no habla —dijo Paula—, salvo con signos. Dice que ella misma se servirá el café, si le dices dónde está.
—Pero hablé con ella por teléfono —dijo él.
Jimena sonrió y respondió con las manos. Paula hizo la traducción.
—Dice que en realidad hablaste con su ayudante, que le hace de intérprete.
—¿Así que las palabras eran suyas, pero la voz era la de su ayudante?
Paula asintió.
—Exactamente.
—¿Pero puede leer en los labios?
Jimena le dió un golpecito en el brazo, sonriendo, y asintió. Pedro le dirigió una de sus devastadoras sonrisas.
—Bueno, pues el café está allí. Y esta mañana compré unos dulces de guayaba.
Jimena puso una expresión extasiada mientras decía con signos:
—¡Qué maravilla!
Pedro sonrió.
—Creo que lo he entendido. Si necesitan algo, me lo dicen.
En cuanto se fue, Jimena miró a Paula con evidente fascinación.
—Chica, ¿Dónde lo has encontrado? Es un verdadero bombón. ¿Y fue él quien te rescató? ¿Cómo has acabado viviendo en su casa? No me extraña que no quisieras quedarte en mi casa, teniendo a un hombre como ese esperándote con los brazos abiertos —sus manos volaban, lanzándole a Paula aquella batería de preguntas.
—No está mal —respondió esta cautelosamente.
—¿Es que estás ciega, además de sorda? —preguntó la otra, poniéndose una mano sobre el corazón—. Todavía tengo el pulso acelerado.
—Eso es porque casi no sales —dijo Paula—. Trabajas demasiado.
—Igual que tú —respondió Jimena —. Si al final decides no quedártelo, dímelo.
Paula pensó en decirle que Pedro no era de su propiedad, pero se calló. Aunque no lo fuera, no quería cedérselo a otra mujer. Solo la idea de sorprenderlo con otra hacía que se le encogiera el estómago.Frunció el ceño.
—Tú estás casada y tienes un niño recién nacido.
—Pero tengo amigas —dijo la otra con fervor—. Y me estarían eternamente agradecidas si les presentara a un hombre como Pedro. El otro día, cuando me llamó, me impresionó mucho cómo se preocupaba por tí. Y cuando volvió a llamarme para concertar esta visita, pensé que tenía que verlo con mis propios ojos —aunque Paula no dijo nada, Jimena pareció comprenderla de pronto —. ¿Nada de bromas con eso, eh? Bueno. Pero si encuentras a otro como él, dímelo.
— Lo haré —prometió Paula—. Ahora cuéntame cómo van las cosas en la clínica.
—Tus pacientes te echan muchísimo de menos. Te han dibujado unas tarjetas y me han pedido que te las diera —dijo Jimena, sacando de su cartera un montón de cartulinas pintadas con colores brillantes.
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