viernes, 27 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 39

—Esto  es  lo  primero  que  hago  cuando  vuelvo  de  una  operación  de  rescate  en  el  ex  tranjero —dijo.

Ella vió que las arrugas de preocupación de su cara empezaban a difuminarse. Sin pensarlo, le acarició la mejilla. Su piel estaba caliente por el sol y raspaba ligeramente porque empezaba a crecerle la barba. Paula no se dió cuenta del momento preciso en que vio la llama de deseo que había en sus ojos, pero en lugar de retirar la mano, trazó titubeante la línea de su boca. Él le agarró la mano con que lo estaba acariciando y se metió uno de sus dedos en la  boca  con  un  movimiento  lento  y  provocativo  que  hizo  que  a  ella  se  le  acelerara  el  corazón. Pedro la miraba fijamente a los ojos. Paula sintió que todo su mundo se reducía a la llama de sus ojos y a la sensación de aquella lengua sobre su dedo.

—¿Tienes  idea  de  lo  que  me  haces?  —  murmuró  él,  soltándole  la  mano  con  evidente desgana; ella, incapaz de hablar, sacudió la cabeza—. Quiero besarte.

—Pues hazlo —contestó ella, notando que se le aceleraba el pulso—. Por favor.

Él pareció vacilar un momento, como si temiera que Paula cambiara de opinión. Ella trató de acercarse más, pero Pedro la mantuvo a distancia, de modo que solo sus labios se tocaran.

—¿Por  qué?  —murmuró  ella,  trémula,  deseando  desesperadamente  lo que  él  no  parecía dispuesto a darle.

Sintió  que  los  labios  de  Pedro se  movían  sobre  los  suyos  y  comprendió  que  le  estaba  respondiendo.  Deseaba  saber  la  respuesta,  pero  más  aún  deseaba  sus  besos.  Dulces, tiernos besos. Besos urgentes, ansiosos. Nunca había imaginado que los besos pudieran ser tan diversos, tan deliciosos. Cuando él por fin la soltó, Paula casi temblaba de deseo. Parpadeando por el brillo del sol, lo miró fijamente.

—¿Por qué? —le preguntó otra vez.

 Él se metió las manos en los bolsillos y la miró con determinación.

—Porque no te he traído aquí para seducirte.

—Los planes pueden cambiar   —dijo ella,   intentando   infundir una nota desenfadada a su voz.

En la cara de Pedro, una sonrisa apareció y desapareció tan rápidamente que Paula no estaba segura de haberla visto.

—En este caso, no —dijo él, con expresión inflexible.

Luchando  todavía  contra  los  efectos  de  sus  besos,  ella  intentó  adoptar  una  actitud altiva.

—¿Te importa decirme por qué?

—Porque  no  voy  a  aprovecharme  de  tí,  de  la  situación  —declaró  él,  como  si  quisiera recordárselo a sí mismo, más que a ella.

Paula se puso rígida.

—Eso es muy noble, ¿Pero por qué tienes que ser tú quien lo decida?

—Porque tú no piensas con claridad.

—¿Ah, no? —dijo ella con calma, aunque empezaba a bullirle la sangre.

—No me mires así. Has pasado por una experiencia traumática.

—  Pero  el  cerebro  todavía  me  funciona  bastante  bien  —replicó  ella—.  Creo  que  aún soy capaz de tomar decisiones racionales.

—Puede que sí —dijo él—. Pero esto no tiene nada que ver con la razón, sino con las hormonas. Y ambas cosas se excluyen mutuamente.Su tono de superioridad la ofendió.

—Veamos.  Aclaremos  una  cosa  —dijo  ella,  intentando  controlar  su  furia—.  Tú,  que  eres  una  criatura  inteligente  de  sexo  masculino,  puedes  tomar  una  decisión racional por los dos, pero yo, una simple mujer, no puedo. ¿Es eso?

Él frunció el ceño.

—No sé por qué te lo tomas así. Yo solo trato de hacer lo correcto.

—Lo  que  tú  consideras  que  es  lo  correcto  —lo  corrigió  ella—.  Ese  es  el  razonamiento más ridículo, paternalista y machista que he oído en toda mi vida.

—Paula...

—¡Nada  de  Paula!  —gritó  ella—.  ¿O  quieres  que  haga  algo  irracionalmente  femenino y te tire por la borda?

Él la miró, impresionado.

—No te atreverás.

—No me pongas a prueba —contestó ella.

Paula se dió media vuelta, bajó las escaleras que llevaban a la cubierta inferior y se  metió  en  el  camarote.  Buscó  un  refresco,  lo  abrió  y  dió  un  larguísimo  trago  para  refrescarse la garganta seca y enfriar su acalorado humor. Pedro era  un  necio  machista.  Ella  se  había  mostrado  dispuesta  y  accesible,  y  la  había  rechazado.  Y  no  sabía  qué  la  irritaba  más:  que  se  le  hubiera  resistido  o  que  creyera que era incapaz de pensar por sí misma. Pero, en cualquier caso, el infierno se helaría antes de que le diera una segunda oportunidad.

Mi Salvador: Capítulo 38

Paula,  sentada  en  una  tumbona  en  el  patio  de  atrás,  lanzaba  subrepticias  miradas  a  Pedro,  que  estaba  tendido  en  una  hamaca,  a  su  lado.  Estaba  segura  de  que  fingía  dormir.  Pero  no  sabía  por  qué.  Había  estado  cabizbajo  y  distante  desde  que  habían  vuelto  de  la  visita  a  su  antigua  casa,  el  día  anterior.  Ella  se  sintió  aliviada  cuando se marchó al concierto de Joaquín. Pero, fuera lo que fuera lo que preocupaba a Ricky, no parecía haberlo resuelto a su  regreso,  pues  se  había  pasado  casi  toda  la  noche  fuera,  en  el  patio.  Paula lo  sabía  porque había mirado varias veces por la ventana y lo había visto sentado justo donde estaba en ese momento, con una botella de cerveza en la mesa que había a su lado. Cuando había salido al patio a primera hora de la mañana, la botella seguía allí.

—No hace falta que te quedes conmigo como si fuera una niña —le dijo.

Vió  que  sus  labios  se  movían  ligeramente,  sin  formar  ninguna  palabra,  y  lo  interpretó como un asentimiento.

—¿Hmm?

— Quiero decir que no hace falta que te preocupes por mí, si te apetece salir.

Él abrió los ojos y la miró.

—¿Quién ha dicho que me apetezca salir?

—Debes de estar un poco aburrido —dijo ella.

—No especialmente.

—Bueno, pues yo sí.

Él  se  levantó  tan  rápidamente  que  Paula pensó  que  le  tomaría  la  palabra  para  escapar.

— Tienes razón —dijo, y le tendió la mano—. Vámonos.

—¿Adonde?

— Vamos —dijo él, con un brillo retador en la mirada—. Confía en mí.

Paula se  levantó  de  un  salto,  sin  pensárselo  dos  veces.  Se  dijo  que  su  buena  disposición  era  natural.  Estaba  harta  de  estar  sentada  sin  hacer  nada.  La  noche  anterior había terminado todo el papeleo que Jimena le había llevado. Cualquier cosa que Pedro le  ofreciera  sería  preferible  a  aquella  inactividad.  Hizo  caso  omiso  de  la  vocecilla  que  le  decía  que  aquel  hombre  podía  tentarla  a  hacer  cosas  que,  de  otra  forma, nunca se le hubieran ocurrido. Antes  de  que  pudiera  hacerle  una  sola  pregunta,  él  agarró  el  bolso  de  Paula,  un  bote de bronceador y las gafas de sol de ambos.

—¿Vamos a la playa? —preguntó ella, apresurándose tras él.

—Ya lo verás.

De  camino  hacia  cualquiera  que  fuese  su  destino,  Pedro se  paró  ante  una  tienda  de comestibles, entró corriendo y salió con una bolsa.

—La comida —dijo cuando ella lo miró con curiosidad.

Quince minutos después entraron en un embarcadero. Pedro la llevó a lo largo de un muelle hasta que llegaron ante una pequeña barca de pesca. Saltó dentro y le tendió la mano.

—Será tuya, me imagino —dijo ella mientras subía.

—Es de Sergio, pero tengo una llave. Hay cañas de pescar a bordo. Deja que guarde la  comida  en  el  frigorífico  y  zarparemos  —en  tornó  los  ojos—.  No  te  marearás,  ¿Verdad?

Paula sonrió.

—Ya es un poco tarde para preguntarlo, ¿No crees?

—  Sería  un  poco  tarde  si  estuviéramos  en  alta  mar.  Pero  aquí  todavía  hay  tenemos opciones.

—Que yo sepa, no me mareo.

—Que tú sepas —repitió él—. ¿Significa eso que nunca has montado en barco?

—Eso mismo —le confirmó ella.

—Bueno,  por  suerte  hoy  el  mar  está  como  un  espejo.  No  creo  que  te  marees.  ¿Sabes nadar?

—En una piscina —dijo ella.

—Te traeré un salvavidas —dijo él resueltamente.

Al cabo de unos minutos, Pedro puso en marcha el motor, quitó las amarras y se alejó  del  muelle.  Paula se  quedó  de  pie  junto  a  la  barandilla  y  contempló  cómo  desaparecía  el  embarcadero  mientras  se  adentraban  en  la  bahía.  La  brisa  olía  a  sal  y  tal  vez  a  algas  o  mangles.  El  beso  del  aire  contra  su  piel  desnuda  contrarrestaba  el  ardor del sol. Cuando  estuvieron  a  aproximadamente  una  milla  de  la  costa,  Pedro apagó  el  motor. La barca osciló suavemente cuando se sentó junto a Paula.

Mi Salvador: Capítulo 37

—Quédate  conmigo  un  rato.  Fuera  hace  un  calor  horroroso.  Necesito  quedarme  unos minutos aquí, con el aire acondicionado.

Paula la miró con preocupación.

—¿Estás bien? ¿Quieres beber algo? He traído agua mineral fría.

—Eso estaría muy bien —dijo Juana.

Pedro aprovechó  la  oportunidad  para  deslizarse  fuera  del  coche.  Tenía  pocas  esperanzas  de  encontrar  algo  de  valor  entre  los  escombros,  pero  era  preferible  que  Paula no viera rotas y cubiertas de barro las cosas que una vez había amado. Era  una  tarea  ingrata.  Pedro encontró  un  álbum  de  fotos,  pero  el  agua  había  destruido casi por completo las fotografías de su interior. De todo modos lo recogió, por si acaso podían salvarse una o dos fotografías. Encontró también un joyero, pero incluso antes de abrirlo comprendió que los saqueadores lo habían vaciado. Dentro solo había una vieja insignia de la Escuela Dominical y un anillo del instituto.Entre  las  ruinas  descubrió  algún  zapato  desparejado,  unos  cuantos  platos  intactos, una cacerola de hierro y un juego de cubiertos de acero inoxidable. Encontró también una cortina relativamente intacta, pero las demás estaban hechas jirones. Los sofás, las sillas y la televisión estaban completamente destrozados. Acababa de recoger un osito de peluche manchado de barro y sin un ojo cuando Paula se  le  acercó  y,  agarrando  el  muñeco  con  manos  temblorosas,  lo  abrazó  mientras  las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas.

—Tendrá  mejor  aspecto  cuando  le  des  un  baño —dijo  Pedro con  optimismo—.  Y  estoy  seguro  que  Sonia podrá  coserle  un  ojo.  Los  niños  siempre  están  rompiendo  sus  peluches y luego no dejan de llorar hasta que se los arregla.

—Tengo  este  oso  desde  que  estuve  en  el  hospital,  cuando  perdí  el  oído  —dijo ella, con voz trémula—. Brownie y yo hemos pasado juntos por muchas cosas.

—Y han sobrevivido —dijo Pedro.

—Aunque un poco maltrechos —dijo ella, acariciando suavemente el peluche lleno de barro. Sacudió la cabeza—. No sabía qué esperaba encontrar, pero no era esto.

—El  otro  día,  cuando  te  sacamos,  no  estabas  en  condiciones  de  mirar  a  tu  alrededor — dijo él—. Estabas conmocionada.

—Sí, supongo que sí —dijo Paula, intentando recobrarse—. ¿Has encontrado algo más?

—He recogido algunas cosas —dijo él, mostrándoselas.

Paula las  miró  con  calma  hasta  que  vió  el  álbum  de  fotos.  Entonces,  empezó  de  nuevo a sollozar.

—Es como perder todo mi pasado. Como si nunca hubiera existido.

—No  seas  tonta  —dijo  Juana de  repente,  apareciendo  a  su  lado—.  Solo  eran  fotografías.  Los  recuerdos  se  llevan  en  el  corazón.  Esos  no  los  perderás  nunca.  Y  supongo  que  muchas  de  esas  fotografías  fueron  tomadas  por  personas  que  todavía  tendrán   los   negativos.   Llamaremos   a   tus   padres   y   a   tus   antiguos   amigos,   y   recompondremos el álbum.

Paula le dirigió una sonrisa desvaída.

—Gracias.

—¿Por qué? —dijo Juana—. No he hecho nada.

—  Has  venido  hasta  aquí.  Sé  que  no  ha  sido  por  casualidad.  Pedro te  llamó,  ¿Verdad?

—Tal  vez  mencionó  que  estabas  pensando  en  venir  —admitió  Juana—.  Pero  deberías habérmelo dicho tú.

—Fue una decisión repentina.Y no muy sensata.

—Te  equivocas  —dijo  Juana—.  Ha  sido  una  decisión  muy  valiente.  Siempre  es  mejor afrontar las cosas que nos dan miedo, para poder seguir adelante.

—Amén —dijo  Pedro—.  Ahora,  ¿Qué  les parece si  salimos  de  esta  sauna  y  nos  vamos a comer? ¿A un italiano, tal vez? —le guiñó un ojo a Juana.

—Estupendo —dijo esta.

Después de lanzar una última mirada atrás, Paula dejó escapar un hondo suspiro y se  dirigió  al  coche,  todavía  aferrada  a  su  osito.  Pedro puso  los  demás  objetos  en  el  maletero y luego las llevó a un restaurante cercano.

Juana pidió  pastrami  sin  mirar  siquiera  el  menú  y  contempló  horrorizada  a  Paula cuando esta pidió solo un consomé.

—Con eso no se alimenta ni un pajarito. Tienes que comer algo que te dé energía —le advirtió—. Debes recobrar fuerzas.Para sorpresa de Pedro, Paula hizo caso a su amiga.

—¿Qué me sugieres?

—Tortitas  de  patata  con  salsa  de  manzana  y  crema  agria  —dijo  Juana con  decisión,  y  luego  sonrió—.  Las  compartiremos,  y  tú  podrás  comerte  la  mitad  de  mi  pastrami.

—Hecho —dijo Paula.

Mientras comían, Pedro vió aliviado que el color retornaba a las mejillas de Paula y que sus ojos perdían su anterior languidez. Cuando se marcharon, volvía a sonreír otra vez. Al llegar a casa de Juana, le dió a la anciana un fuerte abrazo.

—Iré  a  verte  este  fin  de  semana  —dijo  Juana—,  y  empezaremos  a  hacer  esas  llamadas. Tú haz una lista con toda la gente con la que quieras contactar. ¡Y anímate!

—Yo me encargaré de eso —dijo Pedro.

Juana también lo abrazó.

—Cuento con ello, jovencito. Nuestra Paula te necesita.

Pedro sabía que era verdad, pero en el fondo no podía evitar preguntarse si esa necesidad sería solo temporal. ¿Qué ocurriría cuando Paula se recuperara del todo?¿Pero  no  era  una  estupidez  tener  miedo  del  momento  en  que  ella  estaría  lista  para marcharse y retomar nuevamente su vida?, se preguntó.Cuando esa noche volvió a casa después del tedioso concierto de Joaquín, se sentó en el patio trasero y se preguntó cómo era posible que Paula se le hubiera metido bajo la  piel  tan  rápidamente.  Los  acontecimientos  de  ese  día  lo  explicaban  en  parte.  No  creía haber conocido nunca a alguien tan valiente. Su fortaleza lo había cautivado.Pero esa misma fortaleza acabaría alejándola de él, y Pedro tendría que dejarla marchar porque sabía que Paula  necesitaba más que nadie valerse por sí misma. Sin embargo,, tal vez, con el tiempo, si tenía suerte, ella le permitiría quedarse a su lado.

Mi Salvador: Capítulo 36

Tenía las manos tan apretadas sobre el regazo que los nudillos se le pusieron blancos, y había arrugas de crispación alrededor de su boca.  Pedro giró  por  Dixie  Highway  y  luego  atravesó  el  estacionamiento de  lo  que  antes  había sido un pequeño centro comercial. La techumbre había desaparecido y las pocas ventanas que quedaban estaban tapadas con tablas decoradas con grafitis. Pedro puso una mano sobre la de Paula.

—¿Estás bien? No hace falta que continuemos.

— Sí, sí hace falta —dijo ella, crispada—. Ahora mismo. Vamos allá.

Cuanto más se internaban en la zona, mayor era la devastación que contemplaban. Al principio, solo había árboles y cristales rotos en el suelo, pero luego todas las casas, una tras otra, comenzaron a mostrar signos del destrozo causado por lo que se creía había sido un tornado provocado por el huracán.

—Oh, Dios —musitó Paula, con los ojos espantados—. Lo había olvidado. Donde tú vives es como si el temporal nunca hubiera tenido lugar, así que me decía a mí misma que no podía haber sido tan terrible como lo recordaba —lo miró a los ojos, abatida—. Pero  sí  lo  fue.  En  realidad,  esto  es  peor  de  lo  que  imaginaba.  No  ha  quedado  nada  en  pie.

—Vamos a dar la vuelta —dijo Pedro con decisión. No podía soportar el dolor de la mirada de Paula.

—No, por favor. Acabemos de una vez.

Él vaciló, pero la expresión de la joven no se alteró.

—De acuerdo —dijo Pedro, y dobló la esquina de la calle de Paula.El único modo de saber cuál era su casa era contar los montones de escombros a partir de la esquina. Cuando se detuvieron, Paula dejó escapar un gemido desconsolado al que rápidamente siguió un sollozo.

—Oh,  nena  —murmuró  él,  abrazándola  y  dejándola  llorar.  No  se  le  ocurría  qué  más podía hacer para reconfortarla.La mantuvo abrazada hasta que oyó un golpecito en la ventanilla del coche. Miró hacia fuera y vió que Juana los observaba con preocupación. Su cara colorada lo alarmó. Le hizo señas de que se montara en el asiento trasero para evitar el calor. Paula se incorporó, sorprendida, al ver que Juana entraba en el coche. Esta vió su cara desconsolada e intentó inclinarse sobre el asiento para darle un abrazo.

—Lo  peor  es  verlo  la  primera  vez  —le  dijo—.  Y  luego  empiezas  a  pensar  en  lo  agradable que será tener una casa nuevecita en lugar de la vieja.

El semblante dolorido de Paula no se iluminó ante esa perspectiva.

—¿Por qué no se quedan las dos aquí, en el coche, con el aire acondicionado? —sugirió Pedro—. Yo daré una vuelta y veré si queda algo que merezca la pena rescatar.

—Yo también voy —dijo Paula rápidamente.

Juana intercambió una mirada con Pedro y luego apretó la mano de Paula.

miércoles, 25 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 35

Al ver a Paula concentrada en sus papeles, en la mesa de la cocina, Pedro se felicitó  por  su  brillante  idea  de  llamar  a  Jimena.  Después  de  lanzarle  una  última  mirada,  se  quitó la camisa y salió fuera para podar los matorrales que amenazaban con ocultar el patio delantero. Estaba  absorto  en  la  tarea  cuando  sintió  que  no  estaba  solo.  Paula se  había  sentado  en  los  escalones  de  entrada,  con  los  brazos  alrededor  de  las  piernas  y  la  barbilla  sobre  las  rodillas.  Parecía  de  nuevo  completamente  abatida.  Pedro dejó  la  podadora y se sentó a su lado.

—No quería distraerte —dijo ella.

—¿Y entonces qué querías? —se burló él—. ¿Contemplar un poco el panorama? — deliberadamente, miró su pecho sudoroso.

Paula reaccionó con el previsible embarazo.

—Claro que no. Solo estaba... —su voz se desvaneció.

—¿Inquieta otra vez? —preguntó él dulcemente.

— No exactamente —ella lo miró a los ojos—. He estado pensando...

—¿En qué? —dijo él al ver que no continuaba.

—Creo que debo ir a mi casa.

Él la miró con incredulidad.

—¿Qué? ¡De eso nada!

—Tengo  que  hacerlo.  Tu  hermana  lo  mencionó  el  otro  día  y  Jimena me  lo  ha  dicho  hoy.

Él se levantó con frustración y dio unos pasos por el patio.

—Pues las dos son unas inconscientes — declaró—. ¿Cómo se les ocurre sugerirte una cosa así?

Paula lo agarró de las manos y lo hizo detenerse, con expresión frustrada.

—¿Qué dices? —le preguntó.

Él repitió lo que había dicho y luego añadió:

—No es una buena idea.

—Yo creo que sí —dijo ella alzando la barbilla con determinación—. Quizá pueda recuperar  alguna  cosa.  Y,  aunque  no  pueda,  tengo  que  enfrentarme  a  lo  que  ocurrió.  Tengo que superarlo y seguir adelante. ¿Me llevarás?

Él pareció debatirse entre la sensatez de lo que ella le decía y su propio miedo a que no estuviera preparada.

—No lo sé, Paula.

—Encontraré otro modo de ir, si no quieres llevarme.

Pedro comprendió  que  lo  haría.  Iría,  con  o  sin  él.  Y  no  iba  a  permitir  que  pasara  por aquello ella sola.

—Yo te llevaré —dijo finalmente—. ¿Cuándo?

—Ahora —dijo ella, y se puso en pie para enfatizar su resolución.

Pedro suspiró.

—De acuerdo. Dame solo un minuto para lavarme un poco y ponerme una camisa.

—No vamos a una fiesta —protestó ella—. Seguramente nos pondremos perdidos de polvo.

—Dame un minuto —insistió.

Ya en el interior de la casa, hizo una rápida y desesperada llamada a Juana.

—¿Tú crees que está preparada?

—Si ella lo dice, no hay más que hablar. Los veré allí —dijo la anciana con decisión.

—¿Quieres que vaya a recogerte? —le ofreció Pedro.

—No,  porque  entonces  se  enteraría  de  que  me  has  llamado.  Será  mejor  que  aparezca sin más.

—Gracias, Juana. Eres un encanto.

—Luego  puedes  invitarnos  a  comer.  Estoy  deseando  comerme  un  buen  plato  de  pastrami con carne.

—Pues lo tendrás —le prometió Pedro—. Hasta luego.

Para dar tiempo a que Juana llegara a su antiguo vecindario en transporte público, Pedro decidió  darse  una  ducha  en  vez  de  lavarse  rápidamente,  y  se  tomó  su  tiempo  para secarse el pelo, vestirse y afeitarse. Cuando volvió a salir, Paula daba vueltas por el patio con impaciencia.

—Has tardado —gruñó.

—¿Así  es  como  me  agradeces  que  me  ponga  guapo?  —se  acercó  a  ella—.  Mira,  hasta huelo bien..

Ella sonrió de mala gana al oler su loción de afeitar.

—Huele  muy  bien.  Pero  me  temo  que  los  bichos  que  habrá  correteando  por  losescombros no sabrán apreciarlo.

—Mientras tú si sepas... —dijo él.

Cuanto más se acercaban al antiguo vecindario de Paula, más crecía en ella la ansiedad.

Mi Salvador: Capítulo 34

Paula las tomó, pero al ver la primera, con la cara de una niña con una lágrima en la  mejilla,  se  le  puso  tal  nudo  en  la  garganta  que  prefirió  dejarlas  a  un  lado  para mirarlas más tarde, cuando estuviera a solas.

—Te quieren mucho —dijo Jimena con signos—. Todo estamos deseando que vuelvas.

—Podría volver mañana mismo —se apresuró a decir Paula.

Jimena levantó las manos.

—Nada de eso. Ya me ha advertido tu amigo que no puedes volver hasta el lunes. Y no se hable más.

—Pedro Alfonso no controla mi vida.

— Pero se preocupa por tí de corazón. Hazle caso —sonrió—. Además, si a mí un hombre tan guapo me ofreciera quedarme en su casa, te aseguro que no me lo pensaría dos veces.

—Eso  lo  dices  porque  tienes  elección  —  se  quejó  Paula—.  Pero  yo  no  tengo  ninguna.

—Solo serán unos pocos días más —le recordó Jimena —. Todo esto ha sido horrible. No solo por las heridas físicas, sino también por el daño emocional. ¿Has vuelto a ir a tu casa?

Paula negó con la cabeza. Aun a riesgo de que algún saqueador se llevara lo poco que pudiera salvarse, todavía no se sentía capaz de hacerlo.

—Pues debes ir —le dijo Jimena—. Tienes que superarlo. Tú sabes mejor que nadie la importancia de seguir adelante.

Aquella alusión a las semanas que había pasado lamentándose por su sordera, en lugar de afrontarla, le hizo pensar en todo el horror de ese tiempo perdido.

—Sé que tienes razón, pero temo que el recuerdo del huracán sea superior a mis fuerzas. Fue espantoso.

—¿Has pensado en hablar con un psicólogo?

— No. Me las arreglaré. Me encontraré   mejor con el tiempo.

—¿Y si no?

 —Entonces veré a alguien. Te lo prometo.

Jimena se quedó un rato más, contándole cotilleos sobre el personal y hablándole de los progresos de sus pacientes.

—Tenemos que hablar de Karen Foley — dijo, refiriéndose a uno de los casos más problemáticos   de   Paula—.   No   está   progresando   como   esperábamos, pero ya lo discutiremos cuando vuelvas el lunes —luego sacó de la cartera unos cuantos artículos e informes y se los entregó—. Material de lectura —dijo—. Y un poco de papeleo. Pero haz solo lo que te apetezca.

—Gracias —  dijo  Paula sinceramente. 

Tal  vez  no  se  sentiría  tan  inútil  si  por  lo  menos podía solucionar un poco del interminable papeleo que conllevaba su trabajo. Acompañó  a  Jimena hasta  la  puerta,  le  dio  un  abrazo  y  luego  la  miró  alejarse,  sin  poder ocultar la añoranza que sentía.Notó que Pedro se acercaba. Él le pasó un brazo por los hombros y, cuando Paula levantó la vista, dijo:

—Solo unos pocos días más.

Ella suspiró.

—Lo sé.

Pero parecía sentirse atrapada en el limbo para siempre.

Mi Salvador: Capítulo 33

Aparte de  la  vigilancia  de  Pedro,  lo  único  que  impidió  que  Paula volviera  al  tra-bajo el jueves fue la visita inesperada de su jefa, a primera hora de la mañana. Pedro,  con  aire  satisfecho,  hizo  pasar  a  Jimena Dayton  a  la  cocina  mientras  Paula,  enfurruñada, saboreaba su tercera taza de café y echaba un vistazo al periódico. Su humor  pareció  mejorar  en  cuanto  vió  a  la  enérgica  mujer  que  dirigía  la  clínica  de  educación especial.

—Jimena, no sabía que ibas a venir —dijo, acompañándose de signos.

Jimena era sorda de nacimiento, pero nunca lo había considerado un obstáculo para lograr  sus  sueños.  En  el  instituto  había  sido  una  alumna  brillante;  se  había  licenciado  como  la  primera  de  su  promoción  en  la  universidad  y,  más  tarde,  había  montado  su  propia clínica en su Miami natal.

—Tu amigo me llamó ayer por la tarde y me dijo que estabas preocupada —dijo, señalando a Pedro—. Dice que el único modo de que te quedes en casa es ponerte al día sobre tus alumnos. Y he decidido venir en persona.

—La dejo para que charlen tranquilamente —dijo Pedro, tras observar la escena con evidente satisfacción.

Paula lo miró, todavía enfurruñada.

—Gracias.

—No  hay  de  qué.  Que  se diviertan.  Jimena,  ¿Te  apetece  un  café  antes  de  que  me  marche?

Jimena respondió con signos y Pedro pareció sorprendido.

—Jimena no habla —dijo Paula—, salvo con signos. Dice que ella misma se servirá el café, si le dices dónde está.

—Pero hablé con ella por teléfono —dijo él.

Jimena sonrió y respondió con las manos. Paula hizo la traducción.

—Dice que en realidad hablaste con su ayudante, que le hace de intérprete.

—¿Así que las palabras eran suyas, pero la voz era la de su ayudante?

Paula asintió.

—Exactamente.

—¿Pero puede leer en los labios?

Jimena le dió un golpecito en el brazo, sonriendo, y asintió. Pedro le dirigió una de sus devastadoras sonrisas.

—Bueno, pues el café está allí. Y esta mañana compré unos dulces de guayaba.

Jimena puso una expresión extasiada mientras decía con signos:

—¡Qué maravilla!

Pedro sonrió.

—Creo que lo he entendido. Si necesitan algo, me lo dicen.

En cuanto se fue, Jimena miró a Paula con evidente fascinación.

—Chica, ¿Dónde lo has encontrado? Es un verdadero bombón. ¿Y fue él quien te rescató?  ¿Cómo  has  acabado  viviendo  en  su  casa?  No  me  extraña  que  no  quisieras  quedarte  en  mi  casa,  teniendo  a  un  hombre  como  ese  esperándote  con  los  brazos  abiertos —sus manos volaban, lanzándole a Paula aquella batería de preguntas.

—No está mal —respondió esta cautelosamente.

—¿Es que estás ciega, además de sorda? —preguntó la otra, poniéndose una mano sobre el corazón—. Todavía tengo el pulso acelerado.

—Eso es porque casi no sales —dijo Paula—. Trabajas demasiado.

—Igual que tú —respondió Jimena —. Si al final decides no quedártelo, dímelo.

Paula pensó en decirle que Pedro no era de su propiedad, pero se calló. Aunque no lo fuera, no quería cedérselo a otra mujer. Solo la idea de sorprenderlo con otra hacía que se le encogiera el estómago.Frunció el ceño.

—Tú estás casada y tienes un niño recién nacido.

—Pero  tengo  amigas  —dijo  la  otra  con  fervor—.  Y  me  estarían  eternamente  agradecidas  si  les  presentara  a  un  hombre  como  Pedro.  El  otro  día,  cuando  me  llamó,  me  impresionó  mucho  cómo  se  preocupaba  por  tí.  Y  cuando  volvió  a  llamarme  para  concertar esta visita, pensé que tenía que verlo con mis propios ojos —aunque Paula no dijo  nada,  Jimena pareció  comprenderla  de  pronto  —.  ¿Nada  de  bromas  con  eso,  eh?  Bueno. Pero si encuentras a otro como él, dímelo.

— Lo haré —prometió Paula—. Ahora cuéntame cómo van las cosas en la clínica.

—Tus pacientes te echan muchísimo de menos. Te han dibujado unas tarjetas y me  han  pedido  que  te  las  diera —dijo  Jimena,  sacando  de  su  cartera  un  montón  de  cartulinas pintadas con colores brillantes.