miércoles, 25 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 32

—Entonces tendrás que convencerla de lo contrario —dijo Pedro—. ¿Y conoces a alguien que tenga más labia que tú? Aparte de mí, claro.

Sergio pareció animarse.

—Pues no.

—Bueno, pues si quieres recuperarla, lucha por ella. ¿Quieres recuperarla?

El semblante de Sergio volvió a adquirir una expresión lastimera.

—No puedo convertirme en un ratón de oficina, ni siquiera por ella.

—Tal vez puedan llegar a un acuerdo.

—¿A qué acuerdo?

—No lo sé. Eso es cosa de ustedes.

—Pues  a  mí  no  se  me  ocurre  ninguno  —  dijo Sergio—.  Pero  hablemos  de  tí  y  de  la  bella Paula. ¿Dónde está?

 —Durmiendo.

— ¿Ella está en la cama y tú estás aquí? Estás perdiendo facultades.

—Piérdete —gruñó Pedro.

—¿Es esa la respuesta de un hombre maduro? — se mofó Sergio.

—No, es la respuesta de un hombre que no puede más. ¿Sabes qué? Me voy a dar una ducha y nos iremos a dar una vuelta por la ciudad. ¿Qué te parece?

—Por mí, bien. No tengo nada mejor que hacer.

—Bien. Entonces, está decidido.

Una noche en la ciudad le probaría que no estaba realmente enganchado a Paula. Seguramente,  antes  de  que  acabara  la  noche,  encontraría  a  una  docena  de  mujeres  más  guapas,  más  accesibles  y  menos  vulnerables.  Morenitas  de  largas  piernas  con  sonrisas  sofocantes.  Por  desgracia,  cuando  cruzó  la  puerta  trasera  de  la  casa  se  encontró  a  su  invitada  inclinada  frente  al  horno.  La  visión  era  demasiado  tentadora  como para no prestarle atención. Se quedó disfrutando de ella durante un largo minuto y de su mente se esfumó cualquier pensamiento sobre morenitas de largas piernas.  Paula se irguió finalmente y, al verlo, dió un respingo.

—Perdona —se disculpó él, con la voz ronca.

—No sabía que habías entrado.

—Todavía me cuesta acordarme de que no me oyes. ¿Qué hay en el horno?

—La cena. Encontré una pieza de carne en el congelador. He hecho un asado.

Él frunció el ceño.

—Pensaba que estabas durmiendo.

Ella también frunció el ceño.

—Lo estaba, pero ya no.

—Deberías habérmelo dicho. Sergio está aquí, íbamos a salir.

Paula no pareció molestarse.

—Bueno.

—Si hubiera sabido que   estabas  cocinando, te  lo habría dicho   —dijo él,   poniéndose ala defensiva.

—No hay  problema.  Yo  cenaré  un  poco  de  asado.  Tú  puedes  comerte  las  sobras  cuandote apetezca.

A Pedro  no le gustó que accediera a verlo marchar tan fácilmente, como si no le importara nada.

—Supongo  que  podríamos  cenar  y  luego  salir  —dijo,  irritado—.  ¿Hay  suficiente para Sergio?

—Hay suficiente para un ejército, pero no se queden por mí. Debería habértelo dicho antes.

—Nos  quedaremos  —dijo  él,  preguntándose  qué  diría  Sergio de  aquel  repentino  cambio de planes.

—Bueno. Pondré otro plato. ¿Salgo yo a decírselo o sales tú?

—Yo lo haré —dijo Pedro. Si su amigo iba a empezar a reírse, no quería que Paula se preguntara el porqué—. ¿Cuánto queda para la cena?

—Media hora.

—Perfecto. Se lo diré a Sergio y luego me daré una ducha y me cambiaré de ropa.

La reacción de su amigo no fue exactamente la que Pedro había temido.

—¿Asado? —repitió,  mirando  ávidamente  hacia  la  puerta  de  la  cocina—.  ¿Un  asado de verdad, no congelado?

—Uno de verdad.

—Maldita sea, chico, si no te casas tú con ella, lo haré yo.

Pedro frunció el ceño.

—Ni lo sueñes —dijo con fiereza.

Sergio fingió estar sorprendido.

—¿Me estás amenazando?

—¿Es que no ha quedado claro? —replicó Pedro—. Si no, debo de estar perdiendo facultades.

—Mensaje recibido —dijo Sergio con mirada maliciosa.

Pedro pensó  que  sería  mejor  que  se  diera  una  ducha  y  volviera  a  la  cocina  en  tiempo récord. Aunque no sabía si quería proteger a Paula... o sus propios intereses.

Mi Salvador: Capítulo 31

—Ya lo pensaré —dijo.

Él sonrió.

—Dímelo si no se te ocurre nada, porque yo tengo unas cuantas ideas al respecto.

—Sí —murmuró ella—. Me lo imagino.

—Grandes ideas — enfatizó él, manteniendo la mirada firmemente clavada en su boca, aunque se decía a sí mismo que se estaba comportando como un idiota... otra vez.

Paula no se arredró y lo miró directamente a los ojos.

—¿Te importaría explicarte un poco mejor?

—Oh, creo que será mejor dejarlo a la imaginación.

—Algo me dice que la tuya es un poco calenturienta —dijo ella.

—Desde que nos conocimos —admitió él—. Desde que nos conocimos.

Cuando  llegaron  a  casa  y  Paula  se  metió  en  su  habitación  para  echar  una  siesta,  Pedro  estaba  en  tal  estado  de  excitación  que  tuvo  que  cambiarse  de  ropa  y  salir  a  segar el césped, confiando en quedar exhausto antes de volver a verla a la hora de la cena.Estaba acalorado, sudoroso y cubierto de briznas de hierba cuando oyó el ruido de la puerta de un coche al cerrarse. Gruñó al considerar las posibilidades. Fuera quien fuera, no quería ver a nadie.

—Eh, Pedro, ¿Estás ahí? —gritó Sergio mientras doblaba la esquina de la casa con un paquete de seis cervezas en la mano.

Pedro agarró una antes de que su amigo acabara de acomodarse en una tumbona, a su lado.

—Estás  hecho  un  asco  —dijo  Sergio después  de  mirarlo  un  momento—.  ¿Cómo  es-peras conquistar a la bella dama con ese aspecto?

—En  realidad,  espero  tener  un  aspecto  y  un  olor  tan  asquerosos  que  no  le  den  ganas ni de mirarme —dijo él.

—¿Y eso?

—Porque es peligrosa —dijo Pedro sin pensarlo.

—¿Cómo que es peligrosa? ¿Es que anda dormida con un cuchillo de carnicero en la mano, o algo así?

—No.

—Entonces, ¿Qué?

—Existe, eso es todo —gruñó Pedro, dando un largo trago a la cerveza helada.

—Vaya —dijo Sergio con un silbido—. Lo tienes crudo, amigo mío.

—Qué va.

—Claro  que  sí.  Estás  pensando  en  mucho  más  que  en  llevártela  a  la  cama,  ¿Verdad?

Pedro frunció el ceño.

—No seas ridículo. Yo no creo en el «y fueron felices y comieron perdices». Ya lo sabes.

—Pues no es tan malo. Quizá deberías pensártelo.

Si  Sergio le  hubiera  sugerido  que  se  tirara  por  un  puente,  Pedro no  se  habría  quedado más sorprendido.

—Y me lo dice un tipo que huyó del matrimonio antes de que la tinta de la licencia se secara...

—Yo no huí. Huyó ella. Y estamos hablando de tí, no de mí.

Pedro advirtió algo raro en la expresión de su amigo.

—¿Pasa algo con Nadia y contigo? ¿La has visto?

—Anoche —admitió Tom de mala gana.

—¿Intencionadamente o te la encontraste por ahí?

—No. Fui a verla.

—¿De veras? —Pedro no ocultó su sorpresa—. ¿Y?

— Y nada.

—¿No ocurrió nada? ¿Te echó? ¿Qué pasó?

 —Hablamos durante cinco o diez minutos. Y luego apareció su novio.

—Uf, lo siento, amigo.

—El  tipo  llevaba  un  traje  de  rayas,  por  el  amor  de  Dios  —continuó  Sergio—.  Es  contable, ya sabes, de uno de esos bufetes de abonos. Un verdadero chupatintas. Qué aburrimiento —  intentó  voluntariosamente  poner  cara  de  desdén,  pero  resultaba  evidente que estaba dolido.

—Lo siento —dijo Pedro otra vez —. ¿Crees que va en serio?

—Es exactamente lo que ella siempre ha dicho que quería.

—¿Pero  tú  crees  que  va  en  serio?  —insistió  Pedro—.  ¿Saltaban  chispas  y  esas  cosas?

—¿Y eso qué importa? Si a Nadia se le mete en la cabeza que ese tipo es lo que le conviene, encontrará algún modo de convencerse de que le gusta.

lunes, 23 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 30

Cuando esta se hubo ido, Pedro se dió cuenta que Paula lo estaba observando.

—¿Qué? —preguntó.

—¿Puedo preguntarte  algo? —él  asintió,  aunque  la  expresión  de  su  cara  lo  alarmaba  un  poco—.  No  creerás  en  esa  idea  de  que,  por  salvarle  la  vida  a  alguien,  te  conviertes en responsable de esa persona, ¿Verdad?

—Claro que no —dijo él sin vacilar.

—Entonces, ¿Por qué eres tan protector conmigo?

Él se encogió de hombros.

—Por  costumbre,  supongo.  Siempre  he  intentado  proteger  a  mis  hermanas.  Así  me  educaron.  Mi  padre  me  metió  en  la  cabeza  que  un  hombre  debe  cuidar  de  las  mujeres de su vida: de su madre, de su esposa, de sus hermanas... de todas.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Eso es todo?

Pedro estaba  tan  poco  convencido  como ella  de  la  sinceridad  de  su  respuesta,  pero no quería admitir que hubiera algo más. No se sentía capaz de decirle que nunca antes había sentido esa necesidad de cuidar a una mujer, de protegerla... hasta de él mismo. Lo que sentía por Paula estaba muy lejos de lo que sentía por las mujeres de su familia. Tal vez porque la necesidad de protegerla estaba mezclada con los celos y el deseo.

—Por supuesto —dijo él, mintiendo descaradamente—. ¿Qué más podría haber?

Ella se encogió de hombros.

—No  tengo  ni  idea,  pero  es  un  alivio  saberlo,  porque  así  no  me  sabe  tan  mal  decirte que lo encuentro extremadamente irritante.

—Ya lo he notado.

—¿De modo que no te importa que tu actitud me moleste?

—No, porque es necesaria —dijo él—. Vuelve a decírmelo dentro de una semana, cuando estés bien.

—Ya estoy bien.

—Solo  hasta  cierto  punto  —reconoció  Pedro—.  Pero  si  yo  no  te  vigilara,  te  pondrías  a  hacer  un  montón  de  cosas.  Volverías  al  trabajo  y  te  pondrías  a  buscar  un  sitio donde vivir y a preocuparte por Juana y por tus otros vecinos.

—¿Cómo lo sabes, si apenas me conoces?

—Te  conozco  lo  suficiente.  Y  lo  que  no  he  deducido  yo  solo,  me  lo  ha  contado  Juana.

 Los ojos de Paula brillaron de indignación.

—¿Están complotados? —le preguntó.

—Claro que sí. Y, antes de que me lo preguntes, también he hablado con tu jefa. Jimena me ha contado muchas cosas. Eres hiperactiva, Paula Chaves. Eso está muy bien en  general,  pero  bajo  estas  circunstancias...  —se  encogió  de  hombros—.  Digamos  que  he decidido protegerte de tí misma.

—No tienes derecho a fisgar a mis espaldas ni a meterte en mi vida.

—Pues lo he hecho.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo puedes decirme eso?

—Alguien tenía que hacerlo —le dió unos golpecitos en la mano para consolarla—. Podría haber sido peor.

—No sé cómo.

—Podría haber decidido utilizar la artillería pesada.

Ella lo miró, confundida.

—¿La artillería pesada? ¿Qué quieres decir con eso?

—Podría haberte dejado en manos de mi madre. Y ahora estarías inmovilizada en una  cama,  viendo  telenovelas  —ella  dejó  escapar  una  carcajada  sin  poder  evitarlo.  Pedro sonrió—. ¿Está claro? —le preguntó.

—Oh, sí.

—Pues estás en deuda conmigo —añadió.

—Eso parece.

Pedro se inclinó hacia ella.

—¿Y qué vas a darme a cambio de lo que he hecho por tí?

Paula pareció luchar consigo misma. Se humedeció los labios, empezó a inclinarse hacia delante y luego retrocedió y se recostó en la silla dando un hondo suspiro.

Mi Salvador: Capítulo 29

Sus  palabras  tuvieron  el  efecto  deseado.  Pedro volvió  la  cabeza  en  dirección  a  ella justo cuando Paula agarraba un par de braguitas y le preguntaba:
—¿Qué te parecen?

Un  rojo  encarnado  se  extendió  por  sus  mejillas,  pero  luego  sus  miradas  se  encontraron y fue como si él le hubiera leído el pensamiento. Paula percibió el instante preciso en que Pedro comprendió lo que estaba tramando.

—¿Por qué no te las pruebas y me las enseñas? —le sugirió él. Luego eligió unos cuantos  sujetadores  de  encaje  de  un  expositor  cercano  y  se  los  entregó—.  Y  estos  también.

«Jaque mate», pensó Paula con un suspiro. No era lo bastante atrevida como para seguirle el juego.

—Me  lo  llevo  todo  —le  dijo  a  la  dependienta,  dándole  las  dos  bragas  y  unas  cuantas  más  un  poco  menos  provocativas.

Luego  miró  la  selección  de  sujetadores  de  Pedro y eligió tres. Fingió no notar que había elegido perfectamente la talla. Se acercó al mostrador para pagar, pero un cosquilleo en la nuca le indicó que él la había seguido. Se volvió y vió sus ojos brillantes.

—Este  también  —le  dijo  él  a  la  dependienta  mientras  le  entregaba  un  juego  de  braguitas y sujetador de encaje negro—. Pero pagaré yo.

Paula tragó  saliva  al  ver  el  brillo  desafiante  de  sus  ojos,  pero  justo  cuando  se  disponía a protestar, él dijo dulcemente:

—Ahórrate la saliva, cariño.

 Mientras  lo  observaba,  desalentada,  él  miró  a  su  alrededor,  agarró  un  camisón  extremadamente escueto de color azul turquesa y lo añadió al montón. Sonrió a Paula.

—Estoy deseando ver cómo te sienta este color.

La dependienta parecía ajena a la creciente irritación de Paula. Estaba demasiado ocupada envolviendo las prendas.

—Gracias —alcanzó a decir cuando se marchaban—. Vuelvan otra vez.

—Ni en un millón de años —murmuró Paula.

Pedro sonrió.

—¿Pasa algo?

—Nada —dijo ella.

—Ya tienes lo que querías, ¿No?

«Y más», pensó ella sombríamente.

—¿No necesitarás comprar alguna otra cosa, ya que estamos aquí? —preguntó él alegremente.

—No, creo que ya he terminado.

—Bien,  porque  yo  estoy  hambriento.  Todas  esas  compras  me  han  abierto  el  apetito —la  miró  fijamente  a  los  ojos,  de  tal  modo  que  Paula sintió  como  si  le  saliera  vapor  de  la  piel—.  ¿Tú  tienes  hambre?  —le  preguntó,  dejando  claro  que  no  hablaba  precisamente de comida—. ¿O prefieres volver a casa y meterte en la cama?

Ella estuvo a punto de desmayarse.

—¿Cómo? —dijo cuando logró recuperar el aliento.

—Te  preguntaba  si  estás  demasiado  cansada  para  que  nos  paremos  a  comer  —contestó  él,  sin  tratar  siquiera  de  ocultar  la  sonrisa  irónica  que  se  extendía  lentamente por su cara.
—Me apetece comer —dijo ella.

Y  lo  primero  que  pediría  sería  un  vaso  enorme  de  té  con  hielo,  porque  tenía  la  garganta seca. O quizá debía pedir un cubo de agua helada y echárselo por la cabeza. Tal vez así se le enfriarían los pensamientos y las hormonas. Y aprendería a no jugar a juegos peligrosos con un hombre que conocía las reglas mucho mejor que ella. Pedro debería haberse sentido muy satisfecho de sí mismo, pero en lugar de ello se  sentía  acalorado  y  nervioso,  y  era  por  su  culpa.  Podía  haber  salido  vencedor  en  el  juego de la tienda de lencería, pero era evidente que Paula sería la última en reír. Se había sentado en el restaurante, con aire frío y tranquilo, mientras que él no dejaba  de  pensar  en  llevársela  a  casa  y  probarle  todas  aquellas  monadas  que  había  comprado.  Había  sido  una  mala  idea  por  su  parte,  porque  le  había  prometido  que  su  relación  sería  estrictamente  platónica.  Estaba  dispuesto  a  mantener  esa  promesa  o  morir en el intento, y esto último empezaba a parecerle lo más probable. Le tocó la mano para llamar su atención y luego señaló el menú.

—¿Qué vas a tomar?

—Me apetece algo picante —dijo ella lentamente, mirando su boca—. ¿Y a tí?

Pedro  pasó un mal rato intentando concentrarse.

—Creo que las quesadillas llevan jalapeños —dijo por fin, fingiendo que no había notado el tono sugerente de su voz—. ¿Quieres que compartamos una de aperitivo?

—Claro.

—¿Y qué más?

—Me  apetece  una  hamburguesa  de  queso,  pero  no  creo  que  pueda  comerme  una  entera —dijo ella.

—Pues la compartiremos también.

—¿Será suficiente para tí?

—Sí —dijo él—. Sobre todo, si tomamos algo de postre.

—Yo no quiero —dijo ella—. Con toda esta inactividad, no me atrevo.

A él se le ocurrió una forma de quemar unas cuantas calorías, pero se resistió a la tentación de decírselo, ni siquiera en broma. Se suponía que no debía pensar en esas cosas.  Pero  eso  era  como  decirle  a  un  jurado  que  olvidara  un  testimonio  incendiario  después  de  haberlo  oído.  Aunque  no  dejaba  de  repetirse  que  sus  pensamientos  hacia  Paula debían  ser  limpios  y  puros,  se  veía  perseguido  constantemente  por  imágenes  eróticas.Intentó concentrarse en la cuestión de la comida.

—Ya veremos si te apetece después de la hamburguesa —dijo, y luego llamó a la camarera.

Mi Salvador: Capítulo 28

A mediados de semana, Paula estaba a punto de volverse loca. Deseaba desesperadamente  volver  al  trabajo,  pero  tanto  Pedro como  el  médico  se  oponían  tajantemente a que lo hiciera.

—Prometo  que  me  quedaré  sentada  —dijo  mientras  los  dos  hombres  la  miraban  con  escepticismo  al  final  de  su  revisión  del  miércoles.  Frunció  el  ceño  y  repitió—.  Lo  prometo.

—Eso no basta —dijo el doctor y luego miró a Pedro—. Cuide de que se quede en casa por lo menos este fin de semana. Después, supongo que no le hará daño regresar al trabajo —volvió a mirar a Paula—. Pero solo media jornada, ¿Está claro?

—Por el amor de Dios, enseño lenguaje para sordos, no aeróbic.

—Das clases a niños, ¿Verdad? —preguntó Pedro.

—Sí.

Él miró al médico.

—¿Ha visto alguna vez a un niño que se esté quieto?

—Los míos no, desde luego —admitió el doctor.

—Los que yo conozco, tampoco —dijo Pedro.

—Bueno, mis alumnos están muy bien educados —arguyó ella. Pero, a juzgar por la expresión de los dos hombres, estaba perdiendo el tiempo—. En fin, no importa.

Salió de la consulta sin decir una palabra más. Cuando llegaron al coche de Pedro, estaba que echaba chispas.

—Sabes que esto no es asunto tuyo, ¿No? —le dijo, entrando en el coche y dando un portazo.

Él no pareció muy impresionado por sus palabras.

—¿Quieres que vayamos a comer? —le preguntó mientras se sentaba al volante.

Al  parecer,  no  tenía  intención  de  entrar  en  la  discusión  que  ella  estaba  deseando  provocar.

—No, no quiero ir a comer. Quiero volver a mi trabajo. Mis alumnos me necesitan. No es conveniente que tengan que adaptarse a alguien nuevo.

—Lo siento. Ya has oído al médico.

—Eres un traidor. Sabes que estoy lo bastante bien como para ir a trabajar.

—Ah,  eso  no  me  toca  decidirlo  a  mí  —  dijo  él,  con  fingida  inocencia—.  Para  eso  son las revisiones: para que el médico decida si el paciente está bien.

—Yo podría haberlo convencido, si tú hubieras mantenido la boca cerrada.

—Lo dudo —dijo él—. Y, en cuánto a la comida...

—Olvídate de la comida —exclamó ella, casi gritando—. No podrás detenerme si mañana decido volver al trabajo.

—¿Y  cómo  llegarás?  Todavía  tienes  el  coche  en  el  taller.  Creo  que,  por  ahora,  estás a mi merced.

—Puedo  alquilar  un  coche  o  llamar  a  un  taxi,  si  es  necesario.  Y  tú  no  puedes  vigilarme  las  veinticuatro  horas  del  día.  Tarde  o  temprano,  tendrás  que  irte  a  trabajar.

Él sonrió.

—A  menos  que  haya  un  desastre  natural  en  alguna  parte,  tengo  el  resto  de  la  semana libre.

A  Paula aquello  no  le  hizo  ninguna  gracia.  Pedro  parecía  empeñado  en  impedirle  hacer cualquier cosa que fuera un poco fatigosa. Desde  que  el  sábado  había  llevado  a  Juana de  vuelta  a  casa,  no  había  dejado  de  atosigarla. Se comportaba peor que sus padres cuando perdió el oído. Quizá si en sus atenciones hubiera habido algo un poco seductor, Paula las habría aceptado  con  mejor  talante.  Pero  Pedro la  trataba  como  a  una  hermana.  En  realidad,  como a una hermana tonta. Lo miró fijamente y notó que tenía la mandíbula tensa. Bien, si era a eso a lo que quería jugar, se lo haría pagar caro.

—Ya que estamos aquí, quiero hacer una cosa —dijo inocentemente.

—¿Qué? —preguntó él, aliviado porque la cuestión del trabajo quedara apartada por el momento.

—Ir de tiendas. Tengo que comprar unas cuantas cosas.

—¿Ropa? ¿Maquillaje? ¿Qué?

 —De  todo —dijo  ella,  viendo,  divertida,  cómo  desaparecía  el  entusiasmo  de  su  expresión.

Cuando  acabara  con  él,  se  arrepentiría  de  haberle  impedido  volver  al  trabajo, la llevaría directamente a la clínica y la abandonaría allí.

—¿Y todo lo que te llevó Sonia?

—Sonia fue muy generosa, pero todavía necesito algunas cosas.

—Bien —dijo  él,  tenso—.  Iremos  al  centro  comercial,  pero  solo  una  hora,  Pau.  Nada más. No debes estar de pie mucho rato.

—Con una hora bastará —dijo ella, sonriendo.

Cuando   estacionaron y   entraron   en   el   centro   comercial,   Paula se   dirigió   directamente  a una tienda de lencería.  «Hagámosle   sudar   un   poco»,   pensó   triunfalmente  al  ver  el  semblante  afligido  de  Pedro.  Era  evidente  que  no  sabía  si  acompañarla a la tienda o buscar un sitio donde sentarse a una distancia prudencial.

—¿Vienes? —preguntó ella dulcemente, dejando claro el desafío.

—Claro —él echó a andar a su lado de mala gana.

Se  quedó  de  pie  en  medio  de  las  hileras  de  sujetadores  de  encaje  y  braguitas,  con  un  aspecto  tan  atemorizado  como  si  acabaran  de  dejarlo  solo  en  una  habitación  llena de bebés llorando a pleno pulmón. Paula sonrió  a  la  dependienta  de  veintitantos  años  que  no  dejaba  de  lanzar  subrepticias miradas a su atractivo acompañante. Finalmente, le volvió la espalda y le dijo a Paula con cierto retintín:

—¿Cómo  ha  conseguido que  entrara?  La  mayoría  de  los  hombres  ni  siquiera  se  acercan por aquí.

—Es mi guardaespaldas  —contestó  ella en tono confidencial—.   No puede apartarse de mi lado.

La joven abrió mucho los ojos.

—Vaya. No sé de qué la protegerá, pero a mí no me importaría que estuviera a mi lado día y noche.

Paula alzó la voz.

—Créeme, querida, no es tan divertido como piensas.

Mi Salvador: Capítulo 27

Pedro pareció  aliviado  por  su  decisión.  Y  Juana se  mostró  encantada  ante  la  idea  de pasar una tarde lejos de su hermana. Se presentó con una cesta de picnic llena de comida.

—Pero si había planeado preparar algo de cena —dijo Paula al verla.

—Tú  tienes  que  descansar,  y  no  estar  de  pie  delante  del  fogón.  Además,  no  he  traído casi nada.

Paula se echó a reír cuando empezó a sacar el contenido de la cesta. La idea de «casi  nada»  de  su  antigua  vecina  consistía  en  pollo  frito,  ensalada  campera,  ensalada  de col y tarta de limón casera, su favorita.

—Bueno, ya veo que no se van a morir de hambre —dijo Pedro, mirando la comida con evidente envidia—. Quizá podría...

—Quedarte —lo  invitó Juana—.  Hay  comida  suficiente  y  yo  tengo  algunas preguntas que hacerte.

Él la miró desconcertado.

—¿Sobre qué?

—Sobre tus intenciones hacia esta señorita, por ejemplo.

Pedro le lanzó a Paula una mirada de pánico y retrocedió.

—Creo que esas preguntas ya me las hará mi madre.

Juana lo miró fijamente.

—Sí, pero ella seguro que deja que te escabullas, ¿Verdad?

—Espero que sí —contestó él.

—Bien,  pues  yo  soy  más  dura,  jovencito.  Hoy  puede  que  te  escapes,  pero  te  estaré esperando.

Paula se echó a reír ante la expresión horrorizada de Pedro.

—No  lo  dudo  —dijo  él—.  Volveré  a  tiempo  para  llevarte  a  casa,  Juana.  Ni  se  te  ocurra llamar a un taxi o tomar el autobús.

Ella sonrió.

—¿Bromeas? ¿Pudiendo hacerte todas esas preguntas embarazosas de camino a casa?

—Ahora que lo pienso, será mejor que llaméis a un taxi   —respondió Pedro.

—Demasiado tarde —le dijo Paula mientras lo acompañaba hasta la puerta—. Que te diviertas con tu familia.

—Y  tú  con  Juana.  Volveré  pronto. 

Cuando  desapareció,  Paula se  dió  la  vuelta  y  se  encontró a Juana observándola.

—Te gusta, ¿Verdad? —le preguntó su amiga con preocupación.

—Solo un poco —admitió Paula.

—Ten cuidado —la advirtió Juana—. Ese tiene el diablo en los ojos.

—Pero también tiene el corazón de un ángel —replicó Paula—. Y los brazos de un héroe.

—Oh, pequeña —dijo Juana—. No mezcles el heroísmo con el amor.

—Yo no he dicho nada de amor —declaró Paula.

—No hace falta que lo digas. Lo llevas escrito en la cara.

Si  eso  era  cierto,  Paula solo  podía  rezar  para  que  Pedro no  fuera  tan  diestro  leyendo la cara de la gente como lo era Juana. 

Mi Salvador: Capítulo 26

Pedro se quedó pensativo y luego pareció llegar a una conclusión.

—Yo creo que sería muy divertido.

 —Pues no —declaró su tío.

—Pero  tú  la  rescataste,  ¿Verdad?  Eres  un  héroe.  Todos  mis  amigos  lo  dicen.  Tengo muchas ganas de que vengas a mi concierto el jueves, para que te vean.

—Basta ya —dijo Pedro, avergonzado de hablar de sus heroicidades.

—No  te  preocupes  —le  dijo  Paula,  y  sonrió  a  Joaquín—.  Me  imagino  que  debe  de  parecerte muy divertido, pero no lo fue, créeme. Yo estaba muy asustada hasta que tu tío vino a salvarme. Es realmente un héroe.

—¡Lo  sabía!  —gritó  Joaquín,  exultante,  y  salió  corriendo,  sin  duda  para  repetir  la  historia.

Mateo y Ramiro se marcharon corriendo tras él.

—Parece  que  has  hecho  una  conquista  —  dijo  Pedro—.  ¿Por qué no me habías  contado lo de la música?

—Porque no ha salido  la  conversación  —  dijo  ella,  encogiéndose  de  hombros—. Además, procuro no pensar mucho en ello.

—Lo  siento.  Renunciar  a  algo  a  lo  que  querías  dedicar  tu  vida  debe  de  ser  muy  duro.

—Lo fue —dijo ella en un tono que indicaba que deseaba zanjar la cuestión.

Pedro captó  la  indirecta  y  la  condujo  hacia  las  gradas.  Paula notó  que  gran  cantidad de miradas especulativas se posaban sobre ellos mientras subían hacia donde se encontraba Sonia. Pedro trató de colocarla junto a su hermana, pero esta sacudió la cabeza.

—Ah, no, Pedro. Tú te sientas aquí, a mi lado, para que pueda taparte la bocaza, por  si  se  te olvida  —dirigió  a  Paula una  mirada  de  disculpa—.  No  es  que  no  quiera  sentarme contigo.

—Lo comprendo —dijo Paula con una sonrisa—. Perfectamente.

—Entonces ya te habrá puesto al corriente de su abominable comportamiento.

—Jura que se ha reformado —dijo Paula en tono confidencial.

—¡Ja! Eso lo creeré cuando lo vea.

—Vale.  Cuando  acaben de  burlarse  de  mí,  me  gustaría  concentrarme  en  el  partido — dijo Pedro.

Sonia chasqueó la lengua con desaprobación.

—Ese es el problema: la concentración. Estamos aquí para divertirnos. Nada más.

—No hay nada malo en querer ganar — dijo él, poniéndose a la defensiva.

—Sí, si quieres ganar a toda costa. Ahora pórtate bien. Le estás dando una mala impresión a Paula.

Él frunció el ceño.

—¿Y a tí qué te importa si...?

—Me  importa  porque  ella  me  gusta  —dijo  su  hermana,  guiñándole  un  ojo  a  la  joven.

Pedro abrazó a Paula por el hombro.

—A mí también me gusta —dijo, mirándola a los ojos.

La  cálida  aceptación  de  Sonia y  el  destello  de  deseo  de  la  mirada  de  Pedro se  combinaron para hacer que Paula se sintiera aturdida. Aquello era lo que siempre había anhelado: cariño y sentimiento de pertenencia. Si el huracán había sido una pesadilla, aquello... aquello era un sueño.Suspiró y al instante Pedro la tomó de la barbilla y observó su cara.

—¿Estás bien?  ¿Tienes calor?  ¿Estás cansada?  ¿Quieres que  te  traiga  algo  de  beber? ¿Una tónica?

Aquella lluvia de solícitas preguntas la hizo sonreír.

—Estoy bien. Deja de preocuparte. Ya te lo diré, si necesito algo o quiero irme a casa. Te lo prometo.

Paula observó la sonrisa de satisfacción de Sonia y sintió ganas de devolvérsela.

—Bueno,  Pedro—empezó  a  decir  su  hermana,  con  expresión  inocente—,  ¿Irán  mañana a cenar a casa de mamá?

Paula contuvo  el  aliento  mientras  esperaba  que  Pedro contestara.  ¿Estaría  listo  para someterse al escrutinio del resto de su familia? ¿Y ella, lo estaba?

—¿Qué dices tú, Pau? —preguntó él, con expresión neutra.

—Lo que tú decidas. Es tu familia. Tal vez podríamos hablarlo cuando lleguemos a casa.

La cara de él se iluminó.

—Buena idea.

—En  fin,  espero  que  vayas,  Pau—dijo  Sonia—.  Todo  el  mundo  está  deseando  conocerte.

—Ya me lo imagino —murmuró Pedro en voz demasiado baja para que su hermana lo oyera.

Pero Paula le leyó los labios y le sonrió.

—Sonia no te ha oído —dijo—. Pero yo sí.

—¿Es  que  no  es  ya  bastante  malo  tener  una  madre  con  ojos  en  el  cogote?  ¿También tengo que conocer a una mujer que puede leerme el pensamiento?

—No te he leído el pensamiento —dijo ella—, sino los labios.

—Me da igual —dijo él con fastidio—. Estoy condenado.

Sonia se volvió hacia él con mirada maliciosa.

—Sí, hermanito, es posible que realmente lo estés.

Al final, Paula decidió no ir a la cena de los Alfonso. Empezaba a pensar que Pedro estaba asustado por lo rápido que estaban sucediendo las cosas entre ellos. Lo cierto era que ella no estaba menos confundida, y decidió que un día separados les iría bien a los dos.

—Pero estarás sola —protestó él.

—No, si llamas a Juana y la traes aquí.