—Entonces tendrás que convencerla de lo contrario —dijo Pedro—. ¿Y conoces a alguien que tenga más labia que tú? Aparte de mí, claro.
Sergio pareció animarse.
—Pues no.
—Bueno, pues si quieres recuperarla, lucha por ella. ¿Quieres recuperarla?
El semblante de Sergio volvió a adquirir una expresión lastimera.
—No puedo convertirme en un ratón de oficina, ni siquiera por ella.
—Tal vez puedan llegar a un acuerdo.
—¿A qué acuerdo?
—No lo sé. Eso es cosa de ustedes.
—Pues a mí no se me ocurre ninguno — dijo Sergio—. Pero hablemos de tí y de la bella Paula. ¿Dónde está?
—Durmiendo.
— ¿Ella está en la cama y tú estás aquí? Estás perdiendo facultades.
—Piérdete —gruñó Pedro.
—¿Es esa la respuesta de un hombre maduro? — se mofó Sergio.
—No, es la respuesta de un hombre que no puede más. ¿Sabes qué? Me voy a dar una ducha y nos iremos a dar una vuelta por la ciudad. ¿Qué te parece?
—Por mí, bien. No tengo nada mejor que hacer.
—Bien. Entonces, está decidido.
Una noche en la ciudad le probaría que no estaba realmente enganchado a Paula. Seguramente, antes de que acabara la noche, encontraría a una docena de mujeres más guapas, más accesibles y menos vulnerables. Morenitas de largas piernas con sonrisas sofocantes. Por desgracia, cuando cruzó la puerta trasera de la casa se encontró a su invitada inclinada frente al horno. La visión era demasiado tentadora como para no prestarle atención. Se quedó disfrutando de ella durante un largo minuto y de su mente se esfumó cualquier pensamiento sobre morenitas de largas piernas. Paula se irguió finalmente y, al verlo, dió un respingo.
—Perdona —se disculpó él, con la voz ronca.
—No sabía que habías entrado.
—Todavía me cuesta acordarme de que no me oyes. ¿Qué hay en el horno?
—La cena. Encontré una pieza de carne en el congelador. He hecho un asado.
Él frunció el ceño.
—Pensaba que estabas durmiendo.
Ella también frunció el ceño.
—Lo estaba, pero ya no.
—Deberías habérmelo dicho. Sergio está aquí, íbamos a salir.
Paula no pareció molestarse.
—Bueno.
—Si hubiera sabido que estabas cocinando, te lo habría dicho —dijo él, poniéndose ala defensiva.
—No hay problema. Yo cenaré un poco de asado. Tú puedes comerte las sobras cuandote apetezca.
A Pedro no le gustó que accediera a verlo marchar tan fácilmente, como si no le importara nada.
—Supongo que podríamos cenar y luego salir —dijo, irritado—. ¿Hay suficiente para Sergio?
—Hay suficiente para un ejército, pero no se queden por mí. Debería habértelo dicho antes.
—Nos quedaremos —dijo él, preguntándose qué diría Sergio de aquel repentino cambio de planes.
—Bueno. Pondré otro plato. ¿Salgo yo a decírselo o sales tú?
—Yo lo haré —dijo Pedro. Si su amigo iba a empezar a reírse, no quería que Paula se preguntara el porqué—. ¿Cuánto queda para la cena?
—Media hora.
—Perfecto. Se lo diré a Sergio y luego me daré una ducha y me cambiaré de ropa.
La reacción de su amigo no fue exactamente la que Pedro había temido.
—¿Asado? —repitió, mirando ávidamente hacia la puerta de la cocina—. ¿Un asado de verdad, no congelado?
—Uno de verdad.
—Maldita sea, chico, si no te casas tú con ella, lo haré yo.
Pedro frunció el ceño.
—Ni lo sueñes —dijo con fiereza.
Sergio fingió estar sorprendido.
—¿Me estás amenazando?
—¿Es que no ha quedado claro? —replicó Pedro—. Si no, debo de estar perdiendo facultades.
—Mensaje recibido —dijo Sergio con mirada maliciosa.
Pedro pensó que sería mejor que se diera una ducha y volviera a la cocina en tiempo récord. Aunque no sabía si quería proteger a Paula... o sus propios intereses.
miércoles, 25 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 31
—Ya lo pensaré —dijo.
Él sonrió.
—Dímelo si no se te ocurre nada, porque yo tengo unas cuantas ideas al respecto.
—Sí —murmuró ella—. Me lo imagino.
—Grandes ideas — enfatizó él, manteniendo la mirada firmemente clavada en su boca, aunque se decía a sí mismo que se estaba comportando como un idiota... otra vez.
Paula no se arredró y lo miró directamente a los ojos.
—¿Te importaría explicarte un poco mejor?
—Oh, creo que será mejor dejarlo a la imaginación.
—Algo me dice que la tuya es un poco calenturienta —dijo ella.
—Desde que nos conocimos —admitió él—. Desde que nos conocimos.
Cuando llegaron a casa y Paula se metió en su habitación para echar una siesta, Pedro estaba en tal estado de excitación que tuvo que cambiarse de ropa y salir a segar el césped, confiando en quedar exhausto antes de volver a verla a la hora de la cena.Estaba acalorado, sudoroso y cubierto de briznas de hierba cuando oyó el ruido de la puerta de un coche al cerrarse. Gruñó al considerar las posibilidades. Fuera quien fuera, no quería ver a nadie.
—Eh, Pedro, ¿Estás ahí? —gritó Sergio mientras doblaba la esquina de la casa con un paquete de seis cervezas en la mano.
Pedro agarró una antes de que su amigo acabara de acomodarse en una tumbona, a su lado.
—Estás hecho un asco —dijo Sergio después de mirarlo un momento—. ¿Cómo es-peras conquistar a la bella dama con ese aspecto?
—En realidad, espero tener un aspecto y un olor tan asquerosos que no le den ganas ni de mirarme —dijo él.
—¿Y eso?
—Porque es peligrosa —dijo Pedro sin pensarlo.
—¿Cómo que es peligrosa? ¿Es que anda dormida con un cuchillo de carnicero en la mano, o algo así?
—No.
—Entonces, ¿Qué?
—Existe, eso es todo —gruñó Pedro, dando un largo trago a la cerveza helada.
—Vaya —dijo Sergio con un silbido—. Lo tienes crudo, amigo mío.
—Qué va.
—Claro que sí. Estás pensando en mucho más que en llevártela a la cama, ¿Verdad?
Pedro frunció el ceño.
—No seas ridículo. Yo no creo en el «y fueron felices y comieron perdices». Ya lo sabes.
—Pues no es tan malo. Quizá deberías pensártelo.
Si Sergio le hubiera sugerido que se tirara por un puente, Pedro no se habría quedado más sorprendido.
—Y me lo dice un tipo que huyó del matrimonio antes de que la tinta de la licencia se secara...
—Yo no huí. Huyó ella. Y estamos hablando de tí, no de mí.
Pedro advirtió algo raro en la expresión de su amigo.
—¿Pasa algo con Nadia y contigo? ¿La has visto?
—Anoche —admitió Tom de mala gana.
—¿Intencionadamente o te la encontraste por ahí?
—No. Fui a verla.
—¿De veras? —Pedro no ocultó su sorpresa—. ¿Y?
— Y nada.
—¿No ocurrió nada? ¿Te echó? ¿Qué pasó?
—Hablamos durante cinco o diez minutos. Y luego apareció su novio.
—Uf, lo siento, amigo.
—El tipo llevaba un traje de rayas, por el amor de Dios —continuó Sergio—. Es contable, ya sabes, de uno de esos bufetes de abonos. Un verdadero chupatintas. Qué aburrimiento — intentó voluntariosamente poner cara de desdén, pero resultaba evidente que estaba dolido.
—Lo siento —dijo Pedro otra vez —. ¿Crees que va en serio?
—Es exactamente lo que ella siempre ha dicho que quería.
—¿Pero tú crees que va en serio? —insistió Pedro—. ¿Saltaban chispas y esas cosas?
—¿Y eso qué importa? Si a Nadia se le mete en la cabeza que ese tipo es lo que le conviene, encontrará algún modo de convencerse de que le gusta.
Él sonrió.
—Dímelo si no se te ocurre nada, porque yo tengo unas cuantas ideas al respecto.
—Sí —murmuró ella—. Me lo imagino.
—Grandes ideas — enfatizó él, manteniendo la mirada firmemente clavada en su boca, aunque se decía a sí mismo que se estaba comportando como un idiota... otra vez.
Paula no se arredró y lo miró directamente a los ojos.
—¿Te importaría explicarte un poco mejor?
—Oh, creo que será mejor dejarlo a la imaginación.
—Algo me dice que la tuya es un poco calenturienta —dijo ella.
—Desde que nos conocimos —admitió él—. Desde que nos conocimos.
Cuando llegaron a casa y Paula se metió en su habitación para echar una siesta, Pedro estaba en tal estado de excitación que tuvo que cambiarse de ropa y salir a segar el césped, confiando en quedar exhausto antes de volver a verla a la hora de la cena.Estaba acalorado, sudoroso y cubierto de briznas de hierba cuando oyó el ruido de la puerta de un coche al cerrarse. Gruñó al considerar las posibilidades. Fuera quien fuera, no quería ver a nadie.
—Eh, Pedro, ¿Estás ahí? —gritó Sergio mientras doblaba la esquina de la casa con un paquete de seis cervezas en la mano.
Pedro agarró una antes de que su amigo acabara de acomodarse en una tumbona, a su lado.
—Estás hecho un asco —dijo Sergio después de mirarlo un momento—. ¿Cómo es-peras conquistar a la bella dama con ese aspecto?
—En realidad, espero tener un aspecto y un olor tan asquerosos que no le den ganas ni de mirarme —dijo él.
—¿Y eso?
—Porque es peligrosa —dijo Pedro sin pensarlo.
—¿Cómo que es peligrosa? ¿Es que anda dormida con un cuchillo de carnicero en la mano, o algo así?
—No.
—Entonces, ¿Qué?
—Existe, eso es todo —gruñó Pedro, dando un largo trago a la cerveza helada.
—Vaya —dijo Sergio con un silbido—. Lo tienes crudo, amigo mío.
—Qué va.
—Claro que sí. Estás pensando en mucho más que en llevártela a la cama, ¿Verdad?
Pedro frunció el ceño.
—No seas ridículo. Yo no creo en el «y fueron felices y comieron perdices». Ya lo sabes.
—Pues no es tan malo. Quizá deberías pensártelo.
Si Sergio le hubiera sugerido que se tirara por un puente, Pedro no se habría quedado más sorprendido.
—Y me lo dice un tipo que huyó del matrimonio antes de que la tinta de la licencia se secara...
—Yo no huí. Huyó ella. Y estamos hablando de tí, no de mí.
Pedro advirtió algo raro en la expresión de su amigo.
—¿Pasa algo con Nadia y contigo? ¿La has visto?
—Anoche —admitió Tom de mala gana.
—¿Intencionadamente o te la encontraste por ahí?
—No. Fui a verla.
—¿De veras? —Pedro no ocultó su sorpresa—. ¿Y?
— Y nada.
—¿No ocurrió nada? ¿Te echó? ¿Qué pasó?
—Hablamos durante cinco o diez minutos. Y luego apareció su novio.
—Uf, lo siento, amigo.
—El tipo llevaba un traje de rayas, por el amor de Dios —continuó Sergio—. Es contable, ya sabes, de uno de esos bufetes de abonos. Un verdadero chupatintas. Qué aburrimiento — intentó voluntariosamente poner cara de desdén, pero resultaba evidente que estaba dolido.
—Lo siento —dijo Pedro otra vez —. ¿Crees que va en serio?
—Es exactamente lo que ella siempre ha dicho que quería.
—¿Pero tú crees que va en serio? —insistió Pedro—. ¿Saltaban chispas y esas cosas?
—¿Y eso qué importa? Si a Nadia se le mete en la cabeza que ese tipo es lo que le conviene, encontrará algún modo de convencerse de que le gusta.
lunes, 23 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 30
Cuando esta se hubo ido, Pedro se dió cuenta que Paula lo estaba observando.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Puedo preguntarte algo? —él asintió, aunque la expresión de su cara lo alarmaba un poco—. No creerás en esa idea de que, por salvarle la vida a alguien, te conviertes en responsable de esa persona, ¿Verdad?
—Claro que no —dijo él sin vacilar.
—Entonces, ¿Por qué eres tan protector conmigo?
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre, supongo. Siempre he intentado proteger a mis hermanas. Así me educaron. Mi padre me metió en la cabeza que un hombre debe cuidar de las mujeres de su vida: de su madre, de su esposa, de sus hermanas... de todas.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Eso es todo?
Pedro estaba tan poco convencido como ella de la sinceridad de su respuesta, pero no quería admitir que hubiera algo más. No se sentía capaz de decirle que nunca antes había sentido esa necesidad de cuidar a una mujer, de protegerla... hasta de él mismo. Lo que sentía por Paula estaba muy lejos de lo que sentía por las mujeres de su familia. Tal vez porque la necesidad de protegerla estaba mezclada con los celos y el deseo.
—Por supuesto —dijo él, mintiendo descaradamente—. ¿Qué más podría haber?
Ella se encogió de hombros.
—No tengo ni idea, pero es un alivio saberlo, porque así no me sabe tan mal decirte que lo encuentro extremadamente irritante.
—Ya lo he notado.
—¿De modo que no te importa que tu actitud me moleste?
—No, porque es necesaria —dijo él—. Vuelve a decírmelo dentro de una semana, cuando estés bien.
—Ya estoy bien.
—Solo hasta cierto punto —reconoció Pedro—. Pero si yo no te vigilara, te pondrías a hacer un montón de cosas. Volverías al trabajo y te pondrías a buscar un sitio donde vivir y a preocuparte por Juana y por tus otros vecinos.
—¿Cómo lo sabes, si apenas me conoces?
—Te conozco lo suficiente. Y lo que no he deducido yo solo, me lo ha contado Juana.
Los ojos de Paula brillaron de indignación.
—¿Están complotados? —le preguntó.
—Claro que sí. Y, antes de que me lo preguntes, también he hablado con tu jefa. Jimena me ha contado muchas cosas. Eres hiperactiva, Paula Chaves. Eso está muy bien en general, pero bajo estas circunstancias... —se encogió de hombros—. Digamos que he decidido protegerte de tí misma.
—No tienes derecho a fisgar a mis espaldas ni a meterte en mi vida.
—Pues lo he hecho.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo puedes decirme eso?
—Alguien tenía que hacerlo —le dió unos golpecitos en la mano para consolarla—. Podría haber sido peor.
—No sé cómo.
—Podría haber decidido utilizar la artillería pesada.
Ella lo miró, confundida.
—¿La artillería pesada? ¿Qué quieres decir con eso?
—Podría haberte dejado en manos de mi madre. Y ahora estarías inmovilizada en una cama, viendo telenovelas —ella dejó escapar una carcajada sin poder evitarlo. Pedro sonrió—. ¿Está claro? —le preguntó.
—Oh, sí.
—Pues estás en deuda conmigo —añadió.
—Eso parece.
Pedro se inclinó hacia ella.
—¿Y qué vas a darme a cambio de lo que he hecho por tí?
Paula pareció luchar consigo misma. Se humedeció los labios, empezó a inclinarse hacia delante y luego retrocedió y se recostó en la silla dando un hondo suspiro.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Puedo preguntarte algo? —él asintió, aunque la expresión de su cara lo alarmaba un poco—. No creerás en esa idea de que, por salvarle la vida a alguien, te conviertes en responsable de esa persona, ¿Verdad?
—Claro que no —dijo él sin vacilar.
—Entonces, ¿Por qué eres tan protector conmigo?
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre, supongo. Siempre he intentado proteger a mis hermanas. Así me educaron. Mi padre me metió en la cabeza que un hombre debe cuidar de las mujeres de su vida: de su madre, de su esposa, de sus hermanas... de todas.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Eso es todo?
Pedro estaba tan poco convencido como ella de la sinceridad de su respuesta, pero no quería admitir que hubiera algo más. No se sentía capaz de decirle que nunca antes había sentido esa necesidad de cuidar a una mujer, de protegerla... hasta de él mismo. Lo que sentía por Paula estaba muy lejos de lo que sentía por las mujeres de su familia. Tal vez porque la necesidad de protegerla estaba mezclada con los celos y el deseo.
—Por supuesto —dijo él, mintiendo descaradamente—. ¿Qué más podría haber?
Ella se encogió de hombros.
—No tengo ni idea, pero es un alivio saberlo, porque así no me sabe tan mal decirte que lo encuentro extremadamente irritante.
—Ya lo he notado.
—¿De modo que no te importa que tu actitud me moleste?
—No, porque es necesaria —dijo él—. Vuelve a decírmelo dentro de una semana, cuando estés bien.
—Ya estoy bien.
—Solo hasta cierto punto —reconoció Pedro—. Pero si yo no te vigilara, te pondrías a hacer un montón de cosas. Volverías al trabajo y te pondrías a buscar un sitio donde vivir y a preocuparte por Juana y por tus otros vecinos.
—¿Cómo lo sabes, si apenas me conoces?
—Te conozco lo suficiente. Y lo que no he deducido yo solo, me lo ha contado Juana.
Los ojos de Paula brillaron de indignación.
—¿Están complotados? —le preguntó.
—Claro que sí. Y, antes de que me lo preguntes, también he hablado con tu jefa. Jimena me ha contado muchas cosas. Eres hiperactiva, Paula Chaves. Eso está muy bien en general, pero bajo estas circunstancias... —se encogió de hombros—. Digamos que he decidido protegerte de tí misma.
—No tienes derecho a fisgar a mis espaldas ni a meterte en mi vida.
—Pues lo he hecho.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo puedes decirme eso?
—Alguien tenía que hacerlo —le dió unos golpecitos en la mano para consolarla—. Podría haber sido peor.
—No sé cómo.
—Podría haber decidido utilizar la artillería pesada.
Ella lo miró, confundida.
—¿La artillería pesada? ¿Qué quieres decir con eso?
—Podría haberte dejado en manos de mi madre. Y ahora estarías inmovilizada en una cama, viendo telenovelas —ella dejó escapar una carcajada sin poder evitarlo. Pedro sonrió—. ¿Está claro? —le preguntó.
—Oh, sí.
—Pues estás en deuda conmigo —añadió.
—Eso parece.
Pedro se inclinó hacia ella.
—¿Y qué vas a darme a cambio de lo que he hecho por tí?
Paula pareció luchar consigo misma. Se humedeció los labios, empezó a inclinarse hacia delante y luego retrocedió y se recostó en la silla dando un hondo suspiro.
Mi Salvador: Capítulo 29
Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Pedro volvió la cabeza en dirección a ella justo cuando Paula agarraba un par de braguitas y le preguntaba:
—¿Qué te parecen?
Un rojo encarnado se extendió por sus mejillas, pero luego sus miradas se encontraron y fue como si él le hubiera leído el pensamiento. Paula percibió el instante preciso en que Pedro comprendió lo que estaba tramando.
—¿Por qué no te las pruebas y me las enseñas? —le sugirió él. Luego eligió unos cuantos sujetadores de encaje de un expositor cercano y se los entregó—. Y estos también.
«Jaque mate», pensó Paula con un suspiro. No era lo bastante atrevida como para seguirle el juego.
—Me lo llevo todo —le dijo a la dependienta, dándole las dos bragas y unas cuantas más un poco menos provocativas.
Luego miró la selección de sujetadores de Pedro y eligió tres. Fingió no notar que había elegido perfectamente la talla. Se acercó al mostrador para pagar, pero un cosquilleo en la nuca le indicó que él la había seguido. Se volvió y vió sus ojos brillantes.
—Este también —le dijo él a la dependienta mientras le entregaba un juego de braguitas y sujetador de encaje negro—. Pero pagaré yo.
Paula tragó saliva al ver el brillo desafiante de sus ojos, pero justo cuando se disponía a protestar, él dijo dulcemente:
—Ahórrate la saliva, cariño.
Mientras lo observaba, desalentada, él miró a su alrededor, agarró un camisón extremadamente escueto de color azul turquesa y lo añadió al montón. Sonrió a Paula.
—Estoy deseando ver cómo te sienta este color.
La dependienta parecía ajena a la creciente irritación de Paula. Estaba demasiado ocupada envolviendo las prendas.
—Gracias —alcanzó a decir cuando se marchaban—. Vuelvan otra vez.
—Ni en un millón de años —murmuró Paula.
Pedro sonrió.
—¿Pasa algo?
—Nada —dijo ella.
—Ya tienes lo que querías, ¿No?
«Y más», pensó ella sombríamente.
—¿No necesitarás comprar alguna otra cosa, ya que estamos aquí? —preguntó él alegremente.
—No, creo que ya he terminado.
—Bien, porque yo estoy hambriento. Todas esas compras me han abierto el apetito —la miró fijamente a los ojos, de tal modo que Paula sintió como si le saliera vapor de la piel—. ¿Tú tienes hambre? —le preguntó, dejando claro que no hablaba precisamente de comida—. ¿O prefieres volver a casa y meterte en la cama?
Ella estuvo a punto de desmayarse.
—¿Cómo? —dijo cuando logró recuperar el aliento.
—Te preguntaba si estás demasiado cansada para que nos paremos a comer —contestó él, sin tratar siquiera de ocultar la sonrisa irónica que se extendía lentamente por su cara.
—Me apetece comer —dijo ella.
Y lo primero que pediría sería un vaso enorme de té con hielo, porque tenía la garganta seca. O quizá debía pedir un cubo de agua helada y echárselo por la cabeza. Tal vez así se le enfriarían los pensamientos y las hormonas. Y aprendería a no jugar a juegos peligrosos con un hombre que conocía las reglas mucho mejor que ella. Pedro debería haberse sentido muy satisfecho de sí mismo, pero en lugar de ello se sentía acalorado y nervioso, y era por su culpa. Podía haber salido vencedor en el juego de la tienda de lencería, pero era evidente que Paula sería la última en reír. Se había sentado en el restaurante, con aire frío y tranquilo, mientras que él no dejaba de pensar en llevársela a casa y probarle todas aquellas monadas que había comprado. Había sido una mala idea por su parte, porque le había prometido que su relación sería estrictamente platónica. Estaba dispuesto a mantener esa promesa o morir en el intento, y esto último empezaba a parecerle lo más probable. Le tocó la mano para llamar su atención y luego señaló el menú.
—¿Qué vas a tomar?
—Me apetece algo picante —dijo ella lentamente, mirando su boca—. ¿Y a tí?
Pedro pasó un mal rato intentando concentrarse.
—Creo que las quesadillas llevan jalapeños —dijo por fin, fingiendo que no había notado el tono sugerente de su voz—. ¿Quieres que compartamos una de aperitivo?
—Claro.
—¿Y qué más?
—Me apetece una hamburguesa de queso, pero no creo que pueda comerme una entera —dijo ella.
—Pues la compartiremos también.
—¿Será suficiente para tí?
—Sí —dijo él—. Sobre todo, si tomamos algo de postre.
—Yo no quiero —dijo ella—. Con toda esta inactividad, no me atrevo.
A él se le ocurrió una forma de quemar unas cuantas calorías, pero se resistió a la tentación de decírselo, ni siquiera en broma. Se suponía que no debía pensar en esas cosas. Pero eso era como decirle a un jurado que olvidara un testimonio incendiario después de haberlo oído. Aunque no dejaba de repetirse que sus pensamientos hacia Paula debían ser limpios y puros, se veía perseguido constantemente por imágenes eróticas.Intentó concentrarse en la cuestión de la comida.
—Ya veremos si te apetece después de la hamburguesa —dijo, y luego llamó a la camarera.
—¿Qué te parecen?
Un rojo encarnado se extendió por sus mejillas, pero luego sus miradas se encontraron y fue como si él le hubiera leído el pensamiento. Paula percibió el instante preciso en que Pedro comprendió lo que estaba tramando.
—¿Por qué no te las pruebas y me las enseñas? —le sugirió él. Luego eligió unos cuantos sujetadores de encaje de un expositor cercano y se los entregó—. Y estos también.
«Jaque mate», pensó Paula con un suspiro. No era lo bastante atrevida como para seguirle el juego.
—Me lo llevo todo —le dijo a la dependienta, dándole las dos bragas y unas cuantas más un poco menos provocativas.
Luego miró la selección de sujetadores de Pedro y eligió tres. Fingió no notar que había elegido perfectamente la talla. Se acercó al mostrador para pagar, pero un cosquilleo en la nuca le indicó que él la había seguido. Se volvió y vió sus ojos brillantes.
—Este también —le dijo él a la dependienta mientras le entregaba un juego de braguitas y sujetador de encaje negro—. Pero pagaré yo.
Paula tragó saliva al ver el brillo desafiante de sus ojos, pero justo cuando se disponía a protestar, él dijo dulcemente:
—Ahórrate la saliva, cariño.
Mientras lo observaba, desalentada, él miró a su alrededor, agarró un camisón extremadamente escueto de color azul turquesa y lo añadió al montón. Sonrió a Paula.
—Estoy deseando ver cómo te sienta este color.
La dependienta parecía ajena a la creciente irritación de Paula. Estaba demasiado ocupada envolviendo las prendas.
—Gracias —alcanzó a decir cuando se marchaban—. Vuelvan otra vez.
—Ni en un millón de años —murmuró Paula.
Pedro sonrió.
—¿Pasa algo?
—Nada —dijo ella.
—Ya tienes lo que querías, ¿No?
«Y más», pensó ella sombríamente.
—¿No necesitarás comprar alguna otra cosa, ya que estamos aquí? —preguntó él alegremente.
—No, creo que ya he terminado.
—Bien, porque yo estoy hambriento. Todas esas compras me han abierto el apetito —la miró fijamente a los ojos, de tal modo que Paula sintió como si le saliera vapor de la piel—. ¿Tú tienes hambre? —le preguntó, dejando claro que no hablaba precisamente de comida—. ¿O prefieres volver a casa y meterte en la cama?
Ella estuvo a punto de desmayarse.
—¿Cómo? —dijo cuando logró recuperar el aliento.
—Te preguntaba si estás demasiado cansada para que nos paremos a comer —contestó él, sin tratar siquiera de ocultar la sonrisa irónica que se extendía lentamente por su cara.
—Me apetece comer —dijo ella.
Y lo primero que pediría sería un vaso enorme de té con hielo, porque tenía la garganta seca. O quizá debía pedir un cubo de agua helada y echárselo por la cabeza. Tal vez así se le enfriarían los pensamientos y las hormonas. Y aprendería a no jugar a juegos peligrosos con un hombre que conocía las reglas mucho mejor que ella. Pedro debería haberse sentido muy satisfecho de sí mismo, pero en lugar de ello se sentía acalorado y nervioso, y era por su culpa. Podía haber salido vencedor en el juego de la tienda de lencería, pero era evidente que Paula sería la última en reír. Se había sentado en el restaurante, con aire frío y tranquilo, mientras que él no dejaba de pensar en llevársela a casa y probarle todas aquellas monadas que había comprado. Había sido una mala idea por su parte, porque le había prometido que su relación sería estrictamente platónica. Estaba dispuesto a mantener esa promesa o morir en el intento, y esto último empezaba a parecerle lo más probable. Le tocó la mano para llamar su atención y luego señaló el menú.
—¿Qué vas a tomar?
—Me apetece algo picante —dijo ella lentamente, mirando su boca—. ¿Y a tí?
Pedro pasó un mal rato intentando concentrarse.
—Creo que las quesadillas llevan jalapeños —dijo por fin, fingiendo que no había notado el tono sugerente de su voz—. ¿Quieres que compartamos una de aperitivo?
—Claro.
—¿Y qué más?
—Me apetece una hamburguesa de queso, pero no creo que pueda comerme una entera —dijo ella.
—Pues la compartiremos también.
—¿Será suficiente para tí?
—Sí —dijo él—. Sobre todo, si tomamos algo de postre.
—Yo no quiero —dijo ella—. Con toda esta inactividad, no me atrevo.
A él se le ocurrió una forma de quemar unas cuantas calorías, pero se resistió a la tentación de decírselo, ni siquiera en broma. Se suponía que no debía pensar en esas cosas. Pero eso era como decirle a un jurado que olvidara un testimonio incendiario después de haberlo oído. Aunque no dejaba de repetirse que sus pensamientos hacia Paula debían ser limpios y puros, se veía perseguido constantemente por imágenes eróticas.Intentó concentrarse en la cuestión de la comida.
—Ya veremos si te apetece después de la hamburguesa —dijo, y luego llamó a la camarera.
Mi Salvador: Capítulo 28
A mediados de semana, Paula estaba a punto de volverse loca. Deseaba desesperadamente volver al trabajo, pero tanto Pedro como el médico se oponían tajantemente a que lo hiciera.
—Prometo que me quedaré sentada —dijo mientras los dos hombres la miraban con escepticismo al final de su revisión del miércoles. Frunció el ceño y repitió—. Lo prometo.
—Eso no basta —dijo el doctor y luego miró a Pedro—. Cuide de que se quede en casa por lo menos este fin de semana. Después, supongo que no le hará daño regresar al trabajo —volvió a mirar a Paula—. Pero solo media jornada, ¿Está claro?
—Por el amor de Dios, enseño lenguaje para sordos, no aeróbic.
—Das clases a niños, ¿Verdad? —preguntó Pedro.
—Sí.
Él miró al médico.
—¿Ha visto alguna vez a un niño que se esté quieto?
—Los míos no, desde luego —admitió el doctor.
—Los que yo conozco, tampoco —dijo Pedro.
—Bueno, mis alumnos están muy bien educados —arguyó ella. Pero, a juzgar por la expresión de los dos hombres, estaba perdiendo el tiempo—. En fin, no importa.
Salió de la consulta sin decir una palabra más. Cuando llegaron al coche de Pedro, estaba que echaba chispas.
—Sabes que esto no es asunto tuyo, ¿No? —le dijo, entrando en el coche y dando un portazo.
Él no pareció muy impresionado por sus palabras.
—¿Quieres que vayamos a comer? —le preguntó mientras se sentaba al volante.
Al parecer, no tenía intención de entrar en la discusión que ella estaba deseando provocar.
—No, no quiero ir a comer. Quiero volver a mi trabajo. Mis alumnos me necesitan. No es conveniente que tengan que adaptarse a alguien nuevo.
—Lo siento. Ya has oído al médico.
—Eres un traidor. Sabes que estoy lo bastante bien como para ir a trabajar.
—Ah, eso no me toca decidirlo a mí — dijo él, con fingida inocencia—. Para eso son las revisiones: para que el médico decida si el paciente está bien.
—Yo podría haberlo convencido, si tú hubieras mantenido la boca cerrada.
—Lo dudo —dijo él—. Y, en cuánto a la comida...
—Olvídate de la comida —exclamó ella, casi gritando—. No podrás detenerme si mañana decido volver al trabajo.
—¿Y cómo llegarás? Todavía tienes el coche en el taller. Creo que, por ahora, estás a mi merced.
—Puedo alquilar un coche o llamar a un taxi, si es necesario. Y tú no puedes vigilarme las veinticuatro horas del día. Tarde o temprano, tendrás que irte a trabajar.
Él sonrió.
—A menos que haya un desastre natural en alguna parte, tengo el resto de la semana libre.
A Paula aquello no le hizo ninguna gracia. Pedro parecía empeñado en impedirle hacer cualquier cosa que fuera un poco fatigosa. Desde que el sábado había llevado a Juana de vuelta a casa, no había dejado de atosigarla. Se comportaba peor que sus padres cuando perdió el oído. Quizá si en sus atenciones hubiera habido algo un poco seductor, Paula las habría aceptado con mejor talante. Pero Pedro la trataba como a una hermana. En realidad, como a una hermana tonta. Lo miró fijamente y notó que tenía la mandíbula tensa. Bien, si era a eso a lo que quería jugar, se lo haría pagar caro.
—Ya que estamos aquí, quiero hacer una cosa —dijo inocentemente.
—¿Qué? —preguntó él, aliviado porque la cuestión del trabajo quedara apartada por el momento.
—Ir de tiendas. Tengo que comprar unas cuantas cosas.
—¿Ropa? ¿Maquillaje? ¿Qué?
—De todo —dijo ella, viendo, divertida, cómo desaparecía el entusiasmo de su expresión.
Cuando acabara con él, se arrepentiría de haberle impedido volver al trabajo, la llevaría directamente a la clínica y la abandonaría allí.
—¿Y todo lo que te llevó Sonia?
—Sonia fue muy generosa, pero todavía necesito algunas cosas.
—Bien —dijo él, tenso—. Iremos al centro comercial, pero solo una hora, Pau. Nada más. No debes estar de pie mucho rato.
—Con una hora bastará —dijo ella, sonriendo.
Cuando estacionaron y entraron en el centro comercial, Paula se dirigió directamente a una tienda de lencería. «Hagámosle sudar un poco», pensó triunfalmente al ver el semblante afligido de Pedro. Era evidente que no sabía si acompañarla a la tienda o buscar un sitio donde sentarse a una distancia prudencial.
—¿Vienes? —preguntó ella dulcemente, dejando claro el desafío.
—Claro —él echó a andar a su lado de mala gana.
Se quedó de pie en medio de las hileras de sujetadores de encaje y braguitas, con un aspecto tan atemorizado como si acabaran de dejarlo solo en una habitación llena de bebés llorando a pleno pulmón. Paula sonrió a la dependienta de veintitantos años que no dejaba de lanzar subrepticias miradas a su atractivo acompañante. Finalmente, le volvió la espalda y le dijo a Paula con cierto retintín:
—¿Cómo ha conseguido que entrara? La mayoría de los hombres ni siquiera se acercan por aquí.
—Es mi guardaespaldas —contestó ella en tono confidencial—. No puede apartarse de mi lado.
La joven abrió mucho los ojos.
—Vaya. No sé de qué la protegerá, pero a mí no me importaría que estuviera a mi lado día y noche.
Paula alzó la voz.
—Créeme, querida, no es tan divertido como piensas.
—Prometo que me quedaré sentada —dijo mientras los dos hombres la miraban con escepticismo al final de su revisión del miércoles. Frunció el ceño y repitió—. Lo prometo.
—Eso no basta —dijo el doctor y luego miró a Pedro—. Cuide de que se quede en casa por lo menos este fin de semana. Después, supongo que no le hará daño regresar al trabajo —volvió a mirar a Paula—. Pero solo media jornada, ¿Está claro?
—Por el amor de Dios, enseño lenguaje para sordos, no aeróbic.
—Das clases a niños, ¿Verdad? —preguntó Pedro.
—Sí.
Él miró al médico.
—¿Ha visto alguna vez a un niño que se esté quieto?
—Los míos no, desde luego —admitió el doctor.
—Los que yo conozco, tampoco —dijo Pedro.
—Bueno, mis alumnos están muy bien educados —arguyó ella. Pero, a juzgar por la expresión de los dos hombres, estaba perdiendo el tiempo—. En fin, no importa.
Salió de la consulta sin decir una palabra más. Cuando llegaron al coche de Pedro, estaba que echaba chispas.
—Sabes que esto no es asunto tuyo, ¿No? —le dijo, entrando en el coche y dando un portazo.
Él no pareció muy impresionado por sus palabras.
—¿Quieres que vayamos a comer? —le preguntó mientras se sentaba al volante.
Al parecer, no tenía intención de entrar en la discusión que ella estaba deseando provocar.
—No, no quiero ir a comer. Quiero volver a mi trabajo. Mis alumnos me necesitan. No es conveniente que tengan que adaptarse a alguien nuevo.
—Lo siento. Ya has oído al médico.
—Eres un traidor. Sabes que estoy lo bastante bien como para ir a trabajar.
—Ah, eso no me toca decidirlo a mí — dijo él, con fingida inocencia—. Para eso son las revisiones: para que el médico decida si el paciente está bien.
—Yo podría haberlo convencido, si tú hubieras mantenido la boca cerrada.
—Lo dudo —dijo él—. Y, en cuánto a la comida...
—Olvídate de la comida —exclamó ella, casi gritando—. No podrás detenerme si mañana decido volver al trabajo.
—¿Y cómo llegarás? Todavía tienes el coche en el taller. Creo que, por ahora, estás a mi merced.
—Puedo alquilar un coche o llamar a un taxi, si es necesario. Y tú no puedes vigilarme las veinticuatro horas del día. Tarde o temprano, tendrás que irte a trabajar.
Él sonrió.
—A menos que haya un desastre natural en alguna parte, tengo el resto de la semana libre.
A Paula aquello no le hizo ninguna gracia. Pedro parecía empeñado en impedirle hacer cualquier cosa que fuera un poco fatigosa. Desde que el sábado había llevado a Juana de vuelta a casa, no había dejado de atosigarla. Se comportaba peor que sus padres cuando perdió el oído. Quizá si en sus atenciones hubiera habido algo un poco seductor, Paula las habría aceptado con mejor talante. Pero Pedro la trataba como a una hermana. En realidad, como a una hermana tonta. Lo miró fijamente y notó que tenía la mandíbula tensa. Bien, si era a eso a lo que quería jugar, se lo haría pagar caro.
—Ya que estamos aquí, quiero hacer una cosa —dijo inocentemente.
—¿Qué? —preguntó él, aliviado porque la cuestión del trabajo quedara apartada por el momento.
—Ir de tiendas. Tengo que comprar unas cuantas cosas.
—¿Ropa? ¿Maquillaje? ¿Qué?
—De todo —dijo ella, viendo, divertida, cómo desaparecía el entusiasmo de su expresión.
Cuando acabara con él, se arrepentiría de haberle impedido volver al trabajo, la llevaría directamente a la clínica y la abandonaría allí.
—¿Y todo lo que te llevó Sonia?
—Sonia fue muy generosa, pero todavía necesito algunas cosas.
—Bien —dijo él, tenso—. Iremos al centro comercial, pero solo una hora, Pau. Nada más. No debes estar de pie mucho rato.
—Con una hora bastará —dijo ella, sonriendo.
Cuando estacionaron y entraron en el centro comercial, Paula se dirigió directamente a una tienda de lencería. «Hagámosle sudar un poco», pensó triunfalmente al ver el semblante afligido de Pedro. Era evidente que no sabía si acompañarla a la tienda o buscar un sitio donde sentarse a una distancia prudencial.
—¿Vienes? —preguntó ella dulcemente, dejando claro el desafío.
—Claro —él echó a andar a su lado de mala gana.
Se quedó de pie en medio de las hileras de sujetadores de encaje y braguitas, con un aspecto tan atemorizado como si acabaran de dejarlo solo en una habitación llena de bebés llorando a pleno pulmón. Paula sonrió a la dependienta de veintitantos años que no dejaba de lanzar subrepticias miradas a su atractivo acompañante. Finalmente, le volvió la espalda y le dijo a Paula con cierto retintín:
—¿Cómo ha conseguido que entrara? La mayoría de los hombres ni siquiera se acercan por aquí.
—Es mi guardaespaldas —contestó ella en tono confidencial—. No puede apartarse de mi lado.
La joven abrió mucho los ojos.
—Vaya. No sé de qué la protegerá, pero a mí no me importaría que estuviera a mi lado día y noche.
Paula alzó la voz.
—Créeme, querida, no es tan divertido como piensas.
Mi Salvador: Capítulo 27
Pedro pareció aliviado por su decisión. Y Juana se mostró encantada ante la idea de pasar una tarde lejos de su hermana. Se presentó con una cesta de picnic llena de comida.
—Pero si había planeado preparar algo de cena —dijo Paula al verla.
—Tú tienes que descansar, y no estar de pie delante del fogón. Además, no he traído casi nada.
Paula se echó a reír cuando empezó a sacar el contenido de la cesta. La idea de «casi nada» de su antigua vecina consistía en pollo frito, ensalada campera, ensalada de col y tarta de limón casera, su favorita.
—Bueno, ya veo que no se van a morir de hambre —dijo Pedro, mirando la comida con evidente envidia—. Quizá podría...
—Quedarte —lo invitó Juana—. Hay comida suficiente y yo tengo algunas preguntas que hacerte.
Él la miró desconcertado.
—¿Sobre qué?
—Sobre tus intenciones hacia esta señorita, por ejemplo.
Pedro le lanzó a Paula una mirada de pánico y retrocedió.
—Creo que esas preguntas ya me las hará mi madre.
Juana lo miró fijamente.
—Sí, pero ella seguro que deja que te escabullas, ¿Verdad?
—Espero que sí —contestó él.
—Bien, pues yo soy más dura, jovencito. Hoy puede que te escapes, pero te estaré esperando.
Paula se echó a reír ante la expresión horrorizada de Pedro.
—No lo dudo —dijo él—. Volveré a tiempo para llevarte a casa, Juana. Ni se te ocurra llamar a un taxi o tomar el autobús.
Ella sonrió.
—¿Bromeas? ¿Pudiendo hacerte todas esas preguntas embarazosas de camino a casa?
—Ahora que lo pienso, será mejor que llaméis a un taxi —respondió Pedro.
—Demasiado tarde —le dijo Paula mientras lo acompañaba hasta la puerta—. Que te diviertas con tu familia.
—Y tú con Juana. Volveré pronto.
Cuando desapareció, Paula se dió la vuelta y se encontró a Juana observándola.
—Te gusta, ¿Verdad? —le preguntó su amiga con preocupación.
—Solo un poco —admitió Paula.
—Ten cuidado —la advirtió Juana—. Ese tiene el diablo en los ojos.
—Pero también tiene el corazón de un ángel —replicó Paula—. Y los brazos de un héroe.
—Oh, pequeña —dijo Juana—. No mezcles el heroísmo con el amor.
—Yo no he dicho nada de amor —declaró Paula.
—No hace falta que lo digas. Lo llevas escrito en la cara.
Si eso era cierto, Paula solo podía rezar para que Pedro no fuera tan diestro leyendo la cara de la gente como lo era Juana.
—Pero si había planeado preparar algo de cena —dijo Paula al verla.
—Tú tienes que descansar, y no estar de pie delante del fogón. Además, no he traído casi nada.
Paula se echó a reír cuando empezó a sacar el contenido de la cesta. La idea de «casi nada» de su antigua vecina consistía en pollo frito, ensalada campera, ensalada de col y tarta de limón casera, su favorita.
—Bueno, ya veo que no se van a morir de hambre —dijo Pedro, mirando la comida con evidente envidia—. Quizá podría...
—Quedarte —lo invitó Juana—. Hay comida suficiente y yo tengo algunas preguntas que hacerte.
Él la miró desconcertado.
—¿Sobre qué?
—Sobre tus intenciones hacia esta señorita, por ejemplo.
Pedro le lanzó a Paula una mirada de pánico y retrocedió.
—Creo que esas preguntas ya me las hará mi madre.
Juana lo miró fijamente.
—Sí, pero ella seguro que deja que te escabullas, ¿Verdad?
—Espero que sí —contestó él.
—Bien, pues yo soy más dura, jovencito. Hoy puede que te escapes, pero te estaré esperando.
Paula se echó a reír ante la expresión horrorizada de Pedro.
—No lo dudo —dijo él—. Volveré a tiempo para llevarte a casa, Juana. Ni se te ocurra llamar a un taxi o tomar el autobús.
Ella sonrió.
—¿Bromeas? ¿Pudiendo hacerte todas esas preguntas embarazosas de camino a casa?
—Ahora que lo pienso, será mejor que llaméis a un taxi —respondió Pedro.
—Demasiado tarde —le dijo Paula mientras lo acompañaba hasta la puerta—. Que te diviertas con tu familia.
—Y tú con Juana. Volveré pronto.
Cuando desapareció, Paula se dió la vuelta y se encontró a Juana observándola.
—Te gusta, ¿Verdad? —le preguntó su amiga con preocupación.
—Solo un poco —admitió Paula.
—Ten cuidado —la advirtió Juana—. Ese tiene el diablo en los ojos.
—Pero también tiene el corazón de un ángel —replicó Paula—. Y los brazos de un héroe.
—Oh, pequeña —dijo Juana—. No mezcles el heroísmo con el amor.
—Yo no he dicho nada de amor —declaró Paula.
—No hace falta que lo digas. Lo llevas escrito en la cara.
Si eso era cierto, Paula solo podía rezar para que Pedro no fuera tan diestro leyendo la cara de la gente como lo era Juana.
Mi Salvador: Capítulo 26
Pedro se quedó pensativo y luego pareció llegar a una conclusión.
—Yo creo que sería muy divertido.
—Pues no —declaró su tío.
—Pero tú la rescataste, ¿Verdad? Eres un héroe. Todos mis amigos lo dicen. Tengo muchas ganas de que vengas a mi concierto el jueves, para que te vean.
—Basta ya —dijo Pedro, avergonzado de hablar de sus heroicidades.
—No te preocupes —le dijo Paula, y sonrió a Joaquín—. Me imagino que debe de parecerte muy divertido, pero no lo fue, créeme. Yo estaba muy asustada hasta que tu tío vino a salvarme. Es realmente un héroe.
—¡Lo sabía! —gritó Joaquín, exultante, y salió corriendo, sin duda para repetir la historia.
Mateo y Ramiro se marcharon corriendo tras él.
—Parece que has hecho una conquista — dijo Pedro—. ¿Por qué no me habías contado lo de la música?
—Porque no ha salido la conversación — dijo ella, encogiéndose de hombros—. Además, procuro no pensar mucho en ello.
—Lo siento. Renunciar a algo a lo que querías dedicar tu vida debe de ser muy duro.
—Lo fue —dijo ella en un tono que indicaba que deseaba zanjar la cuestión.
Pedro captó la indirecta y la condujo hacia las gradas. Paula notó que gran cantidad de miradas especulativas se posaban sobre ellos mientras subían hacia donde se encontraba Sonia. Pedro trató de colocarla junto a su hermana, pero esta sacudió la cabeza.
—Ah, no, Pedro. Tú te sientas aquí, a mi lado, para que pueda taparte la bocaza, por si se te olvida —dirigió a Paula una mirada de disculpa—. No es que no quiera sentarme contigo.
—Lo comprendo —dijo Paula con una sonrisa—. Perfectamente.
—Entonces ya te habrá puesto al corriente de su abominable comportamiento.
—Jura que se ha reformado —dijo Paula en tono confidencial.
—¡Ja! Eso lo creeré cuando lo vea.
—Vale. Cuando acaben de burlarse de mí, me gustaría concentrarme en el partido — dijo Pedro.
Sonia chasqueó la lengua con desaprobación.
—Ese es el problema: la concentración. Estamos aquí para divertirnos. Nada más.
—No hay nada malo en querer ganar — dijo él, poniéndose a la defensiva.
—Sí, si quieres ganar a toda costa. Ahora pórtate bien. Le estás dando una mala impresión a Paula.
Él frunció el ceño.
—¿Y a tí qué te importa si...?
—Me importa porque ella me gusta —dijo su hermana, guiñándole un ojo a la joven.
Pedro abrazó a Paula por el hombro.
—A mí también me gusta —dijo, mirándola a los ojos.
La cálida aceptación de Sonia y el destello de deseo de la mirada de Pedro se combinaron para hacer que Paula se sintiera aturdida. Aquello era lo que siempre había anhelado: cariño y sentimiento de pertenencia. Si el huracán había sido una pesadilla, aquello... aquello era un sueño.Suspiró y al instante Pedro la tomó de la barbilla y observó su cara.
—¿Estás bien? ¿Tienes calor? ¿Estás cansada? ¿Quieres que te traiga algo de beber? ¿Una tónica?
Aquella lluvia de solícitas preguntas la hizo sonreír.
—Estoy bien. Deja de preocuparte. Ya te lo diré, si necesito algo o quiero irme a casa. Te lo prometo.
Paula observó la sonrisa de satisfacción de Sonia y sintió ganas de devolvérsela.
—Bueno, Pedro—empezó a decir su hermana, con expresión inocente—, ¿Irán mañana a cenar a casa de mamá?
Paula contuvo el aliento mientras esperaba que Pedro contestara. ¿Estaría listo para someterse al escrutinio del resto de su familia? ¿Y ella, lo estaba?
—¿Qué dices tú, Pau? —preguntó él, con expresión neutra.
—Lo que tú decidas. Es tu familia. Tal vez podríamos hablarlo cuando lleguemos a casa.
La cara de él se iluminó.
—Buena idea.
—En fin, espero que vayas, Pau—dijo Sonia—. Todo el mundo está deseando conocerte.
—Ya me lo imagino —murmuró Pedro en voz demasiado baja para que su hermana lo oyera.
Pero Paula le leyó los labios y le sonrió.
—Sonia no te ha oído —dijo—. Pero yo sí.
—¿Es que no es ya bastante malo tener una madre con ojos en el cogote? ¿También tengo que conocer a una mujer que puede leerme el pensamiento?
—No te he leído el pensamiento —dijo ella—, sino los labios.
—Me da igual —dijo él con fastidio—. Estoy condenado.
Sonia se volvió hacia él con mirada maliciosa.
—Sí, hermanito, es posible que realmente lo estés.
Al final, Paula decidió no ir a la cena de los Alfonso. Empezaba a pensar que Pedro estaba asustado por lo rápido que estaban sucediendo las cosas entre ellos. Lo cierto era que ella no estaba menos confundida, y decidió que un día separados les iría bien a los dos.
—Pero estarás sola —protestó él.
—No, si llamas a Juana y la traes aquí.
—Yo creo que sería muy divertido.
—Pues no —declaró su tío.
—Pero tú la rescataste, ¿Verdad? Eres un héroe. Todos mis amigos lo dicen. Tengo muchas ganas de que vengas a mi concierto el jueves, para que te vean.
—Basta ya —dijo Pedro, avergonzado de hablar de sus heroicidades.
—No te preocupes —le dijo Paula, y sonrió a Joaquín—. Me imagino que debe de parecerte muy divertido, pero no lo fue, créeme. Yo estaba muy asustada hasta que tu tío vino a salvarme. Es realmente un héroe.
—¡Lo sabía! —gritó Joaquín, exultante, y salió corriendo, sin duda para repetir la historia.
Mateo y Ramiro se marcharon corriendo tras él.
—Parece que has hecho una conquista — dijo Pedro—. ¿Por qué no me habías contado lo de la música?
—Porque no ha salido la conversación — dijo ella, encogiéndose de hombros—. Además, procuro no pensar mucho en ello.
—Lo siento. Renunciar a algo a lo que querías dedicar tu vida debe de ser muy duro.
—Lo fue —dijo ella en un tono que indicaba que deseaba zanjar la cuestión.
Pedro captó la indirecta y la condujo hacia las gradas. Paula notó que gran cantidad de miradas especulativas se posaban sobre ellos mientras subían hacia donde se encontraba Sonia. Pedro trató de colocarla junto a su hermana, pero esta sacudió la cabeza.
—Ah, no, Pedro. Tú te sientas aquí, a mi lado, para que pueda taparte la bocaza, por si se te olvida —dirigió a Paula una mirada de disculpa—. No es que no quiera sentarme contigo.
—Lo comprendo —dijo Paula con una sonrisa—. Perfectamente.
—Entonces ya te habrá puesto al corriente de su abominable comportamiento.
—Jura que se ha reformado —dijo Paula en tono confidencial.
—¡Ja! Eso lo creeré cuando lo vea.
—Vale. Cuando acaben de burlarse de mí, me gustaría concentrarme en el partido — dijo Pedro.
Sonia chasqueó la lengua con desaprobación.
—Ese es el problema: la concentración. Estamos aquí para divertirnos. Nada más.
—No hay nada malo en querer ganar — dijo él, poniéndose a la defensiva.
—Sí, si quieres ganar a toda costa. Ahora pórtate bien. Le estás dando una mala impresión a Paula.
Él frunció el ceño.
—¿Y a tí qué te importa si...?
—Me importa porque ella me gusta —dijo su hermana, guiñándole un ojo a la joven.
Pedro abrazó a Paula por el hombro.
—A mí también me gusta —dijo, mirándola a los ojos.
La cálida aceptación de Sonia y el destello de deseo de la mirada de Pedro se combinaron para hacer que Paula se sintiera aturdida. Aquello era lo que siempre había anhelado: cariño y sentimiento de pertenencia. Si el huracán había sido una pesadilla, aquello... aquello era un sueño.Suspiró y al instante Pedro la tomó de la barbilla y observó su cara.
—¿Estás bien? ¿Tienes calor? ¿Estás cansada? ¿Quieres que te traiga algo de beber? ¿Una tónica?
Aquella lluvia de solícitas preguntas la hizo sonreír.
—Estoy bien. Deja de preocuparte. Ya te lo diré, si necesito algo o quiero irme a casa. Te lo prometo.
Paula observó la sonrisa de satisfacción de Sonia y sintió ganas de devolvérsela.
—Bueno, Pedro—empezó a decir su hermana, con expresión inocente—, ¿Irán mañana a cenar a casa de mamá?
Paula contuvo el aliento mientras esperaba que Pedro contestara. ¿Estaría listo para someterse al escrutinio del resto de su familia? ¿Y ella, lo estaba?
—¿Qué dices tú, Pau? —preguntó él, con expresión neutra.
—Lo que tú decidas. Es tu familia. Tal vez podríamos hablarlo cuando lleguemos a casa.
La cara de él se iluminó.
—Buena idea.
—En fin, espero que vayas, Pau—dijo Sonia—. Todo el mundo está deseando conocerte.
—Ya me lo imagino —murmuró Pedro en voz demasiado baja para que su hermana lo oyera.
Pero Paula le leyó los labios y le sonrió.
—Sonia no te ha oído —dijo—. Pero yo sí.
—¿Es que no es ya bastante malo tener una madre con ojos en el cogote? ¿También tengo que conocer a una mujer que puede leerme el pensamiento?
—No te he leído el pensamiento —dijo ella—, sino los labios.
—Me da igual —dijo él con fastidio—. Estoy condenado.
Sonia se volvió hacia él con mirada maliciosa.
—Sí, hermanito, es posible que realmente lo estés.
Al final, Paula decidió no ir a la cena de los Alfonso. Empezaba a pensar que Pedro estaba asustado por lo rápido que estaban sucediendo las cosas entre ellos. Lo cierto era que ella no estaba menos confundida, y decidió que un día separados les iría bien a los dos.
—Pero estarás sola —protestó él.
—No, si llamas a Juana y la traes aquí.
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