Ella se sonrojó.
—Es que acabo de tomar una comida deliciosa y compré el libro para intentar hacerla en casa. Para David.
Pedro apretó la mandíbula.
—Ya. David. Y también podrás probarla con el guapo bombero de tu vecino antes de volver a casa.
Lo dijo con tal dureza que Paula parpadeó.
—¿Qué?
—Nada —le devolvió el libro y echó un vistazo a su reloj—. Tengo que irme. Tengo una cita.
—¿Con la misma chica? —preguntó ella antes de poder contenerse.
—¿Qué? —fue él el que pareció asombrado—. ¡Oh, no! Nunca con la misma —esbozó una sonrisa irónica—. Que te diviertas con tu libro de cocina. Vuelve a dejar el otro en la estantería —le aconsejó—. No merece la pena que pierdas el tiempo.
Entonces se dió la vuelta y salió sin mirar atrás. Cuando desapareció por las escaleras, Paula bajó la vista hacia el libro de Catalina Neale. Quizá fuera antiguo y él ya no se sintiera orgulloso de aquella obra. Pero ella sentía mucha curiosidad.Se llevó el libro hasta un cómodo sillón y empezó a pasarlas páginas. No estaba segura de lo que había esperado encontrar, pero desde luego mucho menos de lo que vió. La actriz estaba fotografiada de la forma más sencilla, como el resto de su trabajo, pero había algo más personal y cálido que había abandonado en su trabajo posterior.Los retratos de Catalina la mostraban fresca, joven y vibrante. La actriz jugaba con la cámara como si fuera un gatito. Vestida con trajes artísticos y extravagantes, acampando, recortada contra la ventana de un apartamento mirando a la ciudad y la luna. Y había tal anhelo en su expresión, tal desesperación. ¿En qué habría estado pensando? En la página siguiente Paula entendió la causa porque Pedro la había fotografiado con el mismo semblante mirando al cartel de un teatro.
—Su nombre en candilejas —murmuró Paula.
Aquello era lo que ansiaba. Había otras fotos de la actriz desnuda, envuelta sólo en sombras o suaves sábanas de una cama deshecha. Y allí su expresión había cambiado. En algunas parecía distante, remota casi. Y en otras jugueteaba de nuevo, sugerente... prometedora.En conjunto, Pedro había descubierto su potencial en los comienzos de su carrera.Paula pensó que se debían haber conocido cuando ambos empezaban las carreras que algún día les harían famosos. Y en aquellos retratos se notaba el incipiente talento de ambos. Catalina emanaba atractivo sexual sin hacer más que comer una manzana o relajada en un baño de espuma. La forma que miraba a la cámara recordaba a Eva la tentadora.¿Habría tentado aquella mujer a Pedro?Desde luego, en la actualidad se mantenía impasible ante las mujeres a las que fotografiaba y a pesar de eso conseguía captar su esencia interior. A ella le maravillaba. Hubiera deseado conseguirlo ella misma. Sus fotos de la hermana Carmen contemplando la abadía y riéndose al contar una historia divertida estaban cerca. Pero no eran de ninguna manera tan buenas como las de Pedro.
—¡Por eso él es un famoso fotógrafo de Nueva York —se dijo a sí misma—, y tú no. Pero podría aprender de él y de su libro también.
Lo cerró y se quedó pensando en cómo habría conseguido un estudio tan profundo de la actriz.Desde luego debía haber tenido acceso a detalles íntimos de la vida de Catalina. Ella debía haber confiado bastante en él para darle tanta libertad. Paula se imaginó haciendo lo mismo que Pedro había hecho, sacar cronológicamente los estados de humor de una persona, sus esperanzas, miedos y deseos. ¿Cómo sería, por ejemplo, conocer a Pedro tan bien?Lo retrataría detrás de la cámara moviéndose como hacía siempre, estudiando los contactos, su sempiterno fruncimiento de ceño y después su sonrisa de satisfacción cuando por fin encontraba una imagen que le agradaba en particular. Y por fin lo retrataría dándole la espalda y alejándose de ella como había hecho aquella noche.Y lo seguiría y lo fotografiaría en otros lugares. ¿Cómo sería Pedro cuando no estaba en su estudio?La había llevado aquella tarde a casa de Karina, pero no sabía qué lugares le gustaba frecuentar ni tampoco había visto nunca su apartamento. ¿Cómo sería? ¿Lujoso o espartano? ¿Grande o pequeño? ¿Qué ropa tendría en los armarios aparte de los vaqueros y camisas que se ponía para trabajar? ¿Se pondría calzoncillos ajustados o de pantalón?¿Cómo estaría desnudo?¿Desnudo?Abrió los ojos de par en par y miró su reloj.
—¡Dios santo!
Eran casi las diez y se había olvidado de llamar a David.
Pedro pensaba que habían quemado todos aquellos antiguos libros.Descubrir a Paula con uno en las manos no le había gustado nada e imaginar que luego lo había estado ojeando aún menos.
viernes, 9 de marzo de 2018
Inevitable: Capítulo 17
Y Paula lo podía asegurar porque cuando no pasaba el tiempo estudiando el trabajo de Pedro, lo había dedicado a ver el Museo de Arte Contemporáneo. Sabía que la ciudad estaba plagada de maravillosos museos, pero empezó con el más importante. Cuando volvió a casa del trabajo el viernes por la tarde, se sentó delante de la guía que había comprado y empezó a hacer planes para el fin de semana, decidida a ver tantas cosas como pudiera.Entonces apareció Rafael con una bolsa de comida y se sentó a su lado para hacerle algunas sugerencias. Hasta se ofreció a hacer algo de turismo con ella.
—¿De verdad?
Él sonrió.
—Claro. Así apreciaré de nuevo la ciudad a través de tus ojos. ¿Dónde quieres ir?
—¿Qué te parece Ellis Island?
—Me parece bien. ¿El domingo?
Paula asintió con ansiedad.
—Y el sábado iré al Metropolitano por la mañana y al Frick por la tarde.
—Será mejor que vayas con más calma. Puede que sea demasiado.
Al final, Paula decidió que tenía razón, así que el sábado por la mañana se dedicó a hacer la colada. Y mientras esperaba en la lavandería a que terminara, echó un vistazo a las revistas en busca de fotografías de Pedro. Era sorprendente cuántas encontró y lo fácil que le resultaba reconocerlas.Por la tarde se fue al Metropolitano y se limitó a ver el arte egipcio, romano y griego. Al fin y al cabo, una de las ventajas de vivir en la ciudad era la posibilidad de volver cuando quisiera. No tenía por qué ver todo el museo en un sólo día. Cuando se sintió lo bastante culturizada, cruzó el parque paseando y se paró a cenar en un pequeño restaurante tailandés a pocas manzanas de su apartamento. Pedro había mencionado un día lo mucho que le gustaba la cocina tailandesa y Paula nunca la había probado. Después de comer, decidió que a ella también le gustaba.¿Le gustaría a David? Quizá debería comprar un libro de aquella cocina y esa noche podría decirle que le cocinaría algo.Había una enorme librería no lejos del Lincoln Center. Estaba en dirección contraria, pero la tarde era cálida y no le importaba pasear. Buscó en la sección de cocina y encontró media docena de libros de cocina tailandesa. Se decidió por el más pequeño con fotos muy buenas y cuando se dirigía al ascensor, le llamó la atención la sección de fotografía.Había cientos de libros, de todos los temas imaginables y se preguntó si habría alguno de Pedro.
Con curiosidad empezó a buscar. Había más libros de moda que de cocina tailandesa. Paula estaba sorprendida. Caminó por el pasillo buscando entre los brillantes libros de moda el que llevara el apellido de Alfonso, que debía estar en las estanterías más bajas.Se arrodilló y agachó la cabeza para mirar hasta encontrar el nombre en el lomo y se estiró para sacarlo.Entonces alguien le pisó la otra mano.
—¡Oh, lo siento!
Paula apartó la mano, agarró el libro, lo apretó contra ella y alzó la vista para encontrarse a Pedro mirándola con asombro.
—¿Paula? —devolvió el libro que tenía en la mano a la estantería y la levantó sin ceremonias—. ¿Qué diablos estás haciendo ahí agachada?
—Hum... Buscando libros. Me preguntaba si habrías publicado alguno, así que me puse a buscar.
Le enseñó el que había encontrado suponiendo que se pondría contento. Pero Pedro frunció el ceño al verlo.
—¿Qué diablos estás haciendo con eso?
—Ya te lo he dicho. He estado estudiando tu trabajo. Intentando aprender.
—De ahí no puedes aprender nada —masculló irritado.
Intentó quitárselo de las manos, pero Paula no le dejó y lo miró con más atención abriendo mucho los ojos al leer el título.
—¿Catalina Neale? ¡Uau! ¿Le hiciste un libro?
Catalina Neale era una de las estrellas de Hollywood más famosas, pero Paula recordó que antes de ser actriz había sido modelo.
—¿Conocías a Catalina Neale?
—Eso pensaba —murmuró Pedro—. Hace mucho tiempo. Me sorprende que haya quedado alguno de esos malditos libros.
Pedro la soltó entonces como si ya no le importara que lo mirara y Paula se sintió dividida entre hacerlo y seguir hablando con Pedro.
—¿Es el único libro que has hecho?
—Sí —entonces miró con desdén hacia la estantería—. Aunque no es el único que se ha publicado sobre ella.
Paula siguió su mirada y comprobó que era el libro que él había estado ojeando. ¿Examinando a la competencia, quizá? pero no lo preguntó.
—Es muy fotogénica —comentó sólo.
—Y bien lo sabía ella —entonces examinó el otro libro que Paula tenía en la mano—. ¿Qué has comprado?
—¿De verdad?
Él sonrió.
—Claro. Así apreciaré de nuevo la ciudad a través de tus ojos. ¿Dónde quieres ir?
—¿Qué te parece Ellis Island?
—Me parece bien. ¿El domingo?
Paula asintió con ansiedad.
—Y el sábado iré al Metropolitano por la mañana y al Frick por la tarde.
—Será mejor que vayas con más calma. Puede que sea demasiado.
Al final, Paula decidió que tenía razón, así que el sábado por la mañana se dedicó a hacer la colada. Y mientras esperaba en la lavandería a que terminara, echó un vistazo a las revistas en busca de fotografías de Pedro. Era sorprendente cuántas encontró y lo fácil que le resultaba reconocerlas.Por la tarde se fue al Metropolitano y se limitó a ver el arte egipcio, romano y griego. Al fin y al cabo, una de las ventajas de vivir en la ciudad era la posibilidad de volver cuando quisiera. No tenía por qué ver todo el museo en un sólo día. Cuando se sintió lo bastante culturizada, cruzó el parque paseando y se paró a cenar en un pequeño restaurante tailandés a pocas manzanas de su apartamento. Pedro había mencionado un día lo mucho que le gustaba la cocina tailandesa y Paula nunca la había probado. Después de comer, decidió que a ella también le gustaba.¿Le gustaría a David? Quizá debería comprar un libro de aquella cocina y esa noche podría decirle que le cocinaría algo.Había una enorme librería no lejos del Lincoln Center. Estaba en dirección contraria, pero la tarde era cálida y no le importaba pasear. Buscó en la sección de cocina y encontró media docena de libros de cocina tailandesa. Se decidió por el más pequeño con fotos muy buenas y cuando se dirigía al ascensor, le llamó la atención la sección de fotografía.Había cientos de libros, de todos los temas imaginables y se preguntó si habría alguno de Pedro.
Con curiosidad empezó a buscar. Había más libros de moda que de cocina tailandesa. Paula estaba sorprendida. Caminó por el pasillo buscando entre los brillantes libros de moda el que llevara el apellido de Alfonso, que debía estar en las estanterías más bajas.Se arrodilló y agachó la cabeza para mirar hasta encontrar el nombre en el lomo y se estiró para sacarlo.Entonces alguien le pisó la otra mano.
—¡Oh, lo siento!
Paula apartó la mano, agarró el libro, lo apretó contra ella y alzó la vista para encontrarse a Pedro mirándola con asombro.
—¿Paula? —devolvió el libro que tenía en la mano a la estantería y la levantó sin ceremonias—. ¿Qué diablos estás haciendo ahí agachada?
—Hum... Buscando libros. Me preguntaba si habrías publicado alguno, así que me puse a buscar.
Le enseñó el que había encontrado suponiendo que se pondría contento. Pero Pedro frunció el ceño al verlo.
—¿Qué diablos estás haciendo con eso?
—Ya te lo he dicho. He estado estudiando tu trabajo. Intentando aprender.
—De ahí no puedes aprender nada —masculló irritado.
Intentó quitárselo de las manos, pero Paula no le dejó y lo miró con más atención abriendo mucho los ojos al leer el título.
—¿Catalina Neale? ¡Uau! ¿Le hiciste un libro?
Catalina Neale era una de las estrellas de Hollywood más famosas, pero Paula recordó que antes de ser actriz había sido modelo.
—¿Conocías a Catalina Neale?
—Eso pensaba —murmuró Pedro—. Hace mucho tiempo. Me sorprende que haya quedado alguno de esos malditos libros.
Pedro la soltó entonces como si ya no le importara que lo mirara y Paula se sintió dividida entre hacerlo y seguir hablando con Pedro.
—¿Es el único libro que has hecho?
—Sí —entonces miró con desdén hacia la estantería—. Aunque no es el único que se ha publicado sobre ella.
Paula siguió su mirada y comprobó que era el libro que él había estado ojeando. ¿Examinando a la competencia, quizá? pero no lo preguntó.
—Es muy fotogénica —comentó sólo.
—Y bien lo sabía ella —entonces examinó el otro libro que Paula tenía en la mano—. ¿Qué has comprado?
Inevitable: Capítulo 16
—Hará un trabajo estupendo si estás seguro de que no la necesitas en el estudio.
Lo último que necesitaba Pedro en su estudio era a Paula. Después del sueño de la noche anterior, hasta la hubiera mandado de vuelta a Iowa si no hubiera sido por las explicaciones que tendría que darle a Sonia. No, era mejor que estuviera en la oficina de fuera. Al menos lo hubiera sido si esa tarde, al llegar, no la hubiera encontrado hablando con Cecilia de Rafael.
—Karina me lo presentó la última vez que estuvo en la casa —estaba diciendo Cecilia—. Me quedé con la boca abierta. ¿No está como un tren?
Paula sonrió feliz y dijo:
—Lo está. Y es realmente agradable. Subió anoche y me ayudó a mover unos muebles para que los escayolistas pudieran hacer hoy la habitación de atrás.
—Lo de agradable está bien, pero es mejor guapo.
—Las dos cosas aún mejor —se rió Paula.
—Pensé que estabas prometida —farfulló Pedro—las dos mujeres levantaron la vista sorprendidas—. ¿No le importa a tu novio que te dediques a admirar a otros hombres?
Pero ella sólo se rió y dijo:
—Estoy prometida, pero no estoy muerta, Pedro. Todavía sé apreciar a un hombre atractivo. Después de todo, te aprecio a tí.
En el momento en que las palabras salieron de su boca, se puso de color escarlata, pero que lo ahorcaran si Pedro tampoco había sentido ardor en la cara. Y no podía recordar la última vez que una mujer lo había hecho sonrojarse, suponiendo que le hubiera pasado alguna vez.
—Bueno, me refiero profesionalmente —murmuró Paula desviando la mirada.
Pedro sonrió y guiñó un ojo.
—Como yo te aprecio profesionalmente también.
Cecilia lanzó una carcajada y Paula se sonrojó aún más.
—Vete —dijo agitando la mano—. Tengo que hacer unas llamadas.
—Pero si estás hablando con Cecilia.
—De trabajo.
—¡De un hombre!
Ella le dirigió una mirada helada y apretó los labios. Entonces dirigió la vista al frente y empezó a tamborilear en la mesa con los dedos. No lo volvió a mirar. Parecíacomo si la camisa abrochada hasta arriba le comprimiera. Pedro se inclinó y le rozó el cuello levemente.
—Desabróchate el botón, Paula—dijo con suavidad.
Ella alzó la cabeza y lo miró interrogante. Pedro se encogió de hombros con negligencia.
—No tapa nada que no haya visto antes.
A pesar de los ocasionales comentarios burlones de Pedro, Paula estaba satisfecha de su primera semana de trabajo. Ya dominaba los autobuses, metros y taxis con facilidad. Y no tenía ningún problema con su trabajo.De hecho, el trabajo había resultado ser más divertido de lo que ella había supuesto. Pedro hasta le había dejado disparar instantáneas antes de cada sesión y le explicaba en extensión todo lo que ella le preguntaba.Y una vez que vio que ella estaba realmente interesada, comentaba lo que estaba buscando y lo que quería ver como si creyera que debía enseñarle a una persona tan ansiosa por aprender.Y ella lo estaba.En una ocasión, cuando la explicación había sido exhaustiva, sonrió y dijo:
—Si te estoy aburriendo, dímelo.
Y Paula, que le hubiera escuchado encantada durante horas, replicó al instante:
—No, no me aburres en absoluto.
De hecho, le encantaba escuchar todo lo que tuviera que enseñarla. A Paula siempre le había gustado fotografiar a la gente más que nada en el mundo y tenía la oportunidad de aprender de un maestro. Y aunque el mundo sofisticado de él era lo contrario a los caracteres que a ella le gustaban, un día que se lo comentó, Pedro respondió:
—La gente es siempre la misma.
Y cuanto más trabajaba con él, más le daba la razón. Se encontró tomando prestadas carpetas de antiguos trabajos de Pedro y se pasaba la tarde estudiándolas e intentando aprender de ellas, de ver el mundo bajo la óptica de él. Pedro tenía un talento natural para reducir lo esencial a cero. La mayoría de sus fotos evitaban todo detalle superfluo. Pero no siempre habían sido así. Al ir estudiando su carrera, comprendió que aquel enfoque singular y fuerte contraste eran de desarrollo reciente. Las primeras habían sido más personales y más recargadas.
—Más sucias —había dicho Pedro cuando se lo había comentado.
Paula no estaba del todo de acuerdo, pero, ¿Podía discutir su éxito? Reconocía una foto del Pedro Alfonso actual al instante. Te atrapaban la mirada, te indicaban adonde tenías que mirar y lo que tenías que pensar en cuanto las veías. Era un poco como ir a un museo.
Lo último que necesitaba Pedro en su estudio era a Paula. Después del sueño de la noche anterior, hasta la hubiera mandado de vuelta a Iowa si no hubiera sido por las explicaciones que tendría que darle a Sonia. No, era mejor que estuviera en la oficina de fuera. Al menos lo hubiera sido si esa tarde, al llegar, no la hubiera encontrado hablando con Cecilia de Rafael.
—Karina me lo presentó la última vez que estuvo en la casa —estaba diciendo Cecilia—. Me quedé con la boca abierta. ¿No está como un tren?
Paula sonrió feliz y dijo:
—Lo está. Y es realmente agradable. Subió anoche y me ayudó a mover unos muebles para que los escayolistas pudieran hacer hoy la habitación de atrás.
—Lo de agradable está bien, pero es mejor guapo.
—Las dos cosas aún mejor —se rió Paula.
—Pensé que estabas prometida —farfulló Pedro—las dos mujeres levantaron la vista sorprendidas—. ¿No le importa a tu novio que te dediques a admirar a otros hombres?
Pero ella sólo se rió y dijo:
—Estoy prometida, pero no estoy muerta, Pedro. Todavía sé apreciar a un hombre atractivo. Después de todo, te aprecio a tí.
En el momento en que las palabras salieron de su boca, se puso de color escarlata, pero que lo ahorcaran si Pedro tampoco había sentido ardor en la cara. Y no podía recordar la última vez que una mujer lo había hecho sonrojarse, suponiendo que le hubiera pasado alguna vez.
—Bueno, me refiero profesionalmente —murmuró Paula desviando la mirada.
Pedro sonrió y guiñó un ojo.
—Como yo te aprecio profesionalmente también.
Cecilia lanzó una carcajada y Paula se sonrojó aún más.
—Vete —dijo agitando la mano—. Tengo que hacer unas llamadas.
—Pero si estás hablando con Cecilia.
—De trabajo.
—¡De un hombre!
Ella le dirigió una mirada helada y apretó los labios. Entonces dirigió la vista al frente y empezó a tamborilear en la mesa con los dedos. No lo volvió a mirar. Parecíacomo si la camisa abrochada hasta arriba le comprimiera. Pedro se inclinó y le rozó el cuello levemente.
—Desabróchate el botón, Paula—dijo con suavidad.
Ella alzó la cabeza y lo miró interrogante. Pedro se encogió de hombros con negligencia.
—No tapa nada que no haya visto antes.
A pesar de los ocasionales comentarios burlones de Pedro, Paula estaba satisfecha de su primera semana de trabajo. Ya dominaba los autobuses, metros y taxis con facilidad. Y no tenía ningún problema con su trabajo.De hecho, el trabajo había resultado ser más divertido de lo que ella había supuesto. Pedro hasta le había dejado disparar instantáneas antes de cada sesión y le explicaba en extensión todo lo que ella le preguntaba.Y una vez que vio que ella estaba realmente interesada, comentaba lo que estaba buscando y lo que quería ver como si creyera que debía enseñarle a una persona tan ansiosa por aprender.Y ella lo estaba.En una ocasión, cuando la explicación había sido exhaustiva, sonrió y dijo:
—Si te estoy aburriendo, dímelo.
Y Paula, que le hubiera escuchado encantada durante horas, replicó al instante:
—No, no me aburres en absoluto.
De hecho, le encantaba escuchar todo lo que tuviera que enseñarla. A Paula siempre le había gustado fotografiar a la gente más que nada en el mundo y tenía la oportunidad de aprender de un maestro. Y aunque el mundo sofisticado de él era lo contrario a los caracteres que a ella le gustaban, un día que se lo comentó, Pedro respondió:
—La gente es siempre la misma.
Y cuanto más trabajaba con él, más le daba la razón. Se encontró tomando prestadas carpetas de antiguos trabajos de Pedro y se pasaba la tarde estudiándolas e intentando aprender de ellas, de ver el mundo bajo la óptica de él. Pedro tenía un talento natural para reducir lo esencial a cero. La mayoría de sus fotos evitaban todo detalle superfluo. Pero no siempre habían sido así. Al ir estudiando su carrera, comprendió que aquel enfoque singular y fuerte contraste eran de desarrollo reciente. Las primeras habían sido más personales y más recargadas.
—Más sucias —había dicho Pedro cuando se lo había comentado.
Paula no estaba del todo de acuerdo, pero, ¿Podía discutir su éxito? Reconocía una foto del Pedro Alfonso actual al instante. Te atrapaban la mirada, te indicaban adonde tenías que mirar y lo que tenías que pensar en cuanto las veías. Era un poco como ir a un museo.
miércoles, 7 de marzo de 2018
Inevitable: Capítulo 15
Paula fue al metro con Karina por la mañana y compró un bono según su amiga le aconsejó. Metió el bono por la ranura y pasó.
—Muy bien —dijo Karina desde el otro lado de la barrera—. Serás una auténtica neoyorquina en menos que canta un gallo —vaciló al ver la afluencia de gente—. ¿Quieres que te acompañe?
Paula sacudió la cabeza y esbozó una radiante sonrisa.
—No te preocupes. Estaré bien.
Se sentía feliz, expansiva y ansiosa, igual que se había sentido en su primer día de colegio. Así que de aquello se trataba, pensó mientras se agarraba a la barra del tren. Vivir en Manhattan, recorrer con rapidez Broadway en el metro sumergida entre cientos de personas más de camino a su trabajo como ella. Y trabajar para Pedro Alfonso. Aquella iba a ser la mayor aventura de todas. Hubiera deseado que Sonia le hubiera contado más cosas de su hermano, pero en aquel momento sólo había podido pensar en Nueva York. Apenas lo recordaba de sus días de colegio, pero recordaba a sus hermanas mayores, Lucía y Juliana riéndose turbadas cada vez que hablaban de chicos guapos. Y uno de ellos era Pedro Alfonso. De hecho, cuando Lucía se había enterado de que iba a trabajar con él, le había dicho:
—¡Tienes más suerte que un tonto! Siempre ha estado como un tren. Y lo mejor es que no lo sabía.
Bueno, pensó Paula. Pues ya sí lo sabía. Y no es que Pedro fuera arrogante, o al menos no mucho. Pero desde luego sabía que atraía a las mujeres. ¿Y cómo no iba a saberlo cuando las mayores bellezas del planeta caían rendidas a sus pies? Pero él sabía cómo tratarlas. Paula lo había observado el día anterior. Hacía que se relajaran las tensas y que se pusieran serias las más alegres.Tenía una forma natural de tratarlas sin tomarlas muy en serio. A veces parecía hasta indiferente, pero ellas parecían adorarlo porque revoloteaban alrededor de él como abejas alrededor de un panal.¿Sería una de aquéllas con la que había quedado? ¿Cuál? Debería haberles preguntado a Lucía y a Juliana qué tipo de chicas le gustaban en el colegio.Y no es que le importara, se dijo con dureza. La vida amorosa de Pedro no era de su incumbencia.
Ensimismada como estaba, casi perdió la salida en la dieciocho.
—¡Lo siento! ¡Perdone! ¡Necesito salir! —tuvo prácticamente que gritar para poder escabullirse del tren.
—¡Así que una auténtica neoyorquina en menos que canta un gallo! ¡Ja!
Pero nadie la miró aunque había hablado sola. Sí, estaba en Nueva York. A Pedro le parecía que había tres Paula Chaves. Por una parte, la profesora de jardín de infancia.Ésa era la que miraba con los ojos muy abiertos los rascacielos y tropezaba con las cosas porque estaba muy distraída observándolo todo; la que le había acompañado esa misma tarde por ejemplo y la que tenía miedo de perderse en la gran ciudad. Pero también estaba la Paula profesional.Ésta era la primera asistente que había tenido él que realmente parecía asistirlo. En cuanto se le decía lo que tenía que hacer, lo hacía y se anticipaba después a sus necesidades.Y había aparecido puntual al trabajo todos los días de la semana y era, como le había prometido Sonia, una joya para el estudio.Y por fin estaba la Paula desnuda.Y esa Paula, la sensual y femenina que no había vuelto a ver desde la primera tarde, era la que no podía borrar de su mente. Y debería ser capaz de hacerlo. Porque llegaba a trabajar cada día vestida con la mayor discreción con pantalones de tela y camisas lisas. Pero él lo recordaba. ¡Oh, Dios, cómo lo recordaba!Tanto que a veces él se levantaba cuando ella estaba agachada esperando ver lo que escondía su escote. Y cuando un día ella lo sorprendió, Pedro frunció el ceño y le dijo que se abrochara más si no quería incitar a la gente a que la mirara. ¡Y maldición, lo había cumplido!¡Y aquella noche había soñado con ella desnuda otra vez!Por suerte, el día siguiente iba a ser su último día de estudio porque Eliana ya terminaba. Paula había pasado cada hora libre que había tenido para el almuerzo aprendiendo con la directora todo su trabajo.Y aprendía con rapidez, había asegurado Eliana.
—Muy bien —dijo Karina desde el otro lado de la barrera—. Serás una auténtica neoyorquina en menos que canta un gallo —vaciló al ver la afluencia de gente—. ¿Quieres que te acompañe?
Paula sacudió la cabeza y esbozó una radiante sonrisa.
—No te preocupes. Estaré bien.
Se sentía feliz, expansiva y ansiosa, igual que se había sentido en su primer día de colegio. Así que de aquello se trataba, pensó mientras se agarraba a la barra del tren. Vivir en Manhattan, recorrer con rapidez Broadway en el metro sumergida entre cientos de personas más de camino a su trabajo como ella. Y trabajar para Pedro Alfonso. Aquella iba a ser la mayor aventura de todas. Hubiera deseado que Sonia le hubiera contado más cosas de su hermano, pero en aquel momento sólo había podido pensar en Nueva York. Apenas lo recordaba de sus días de colegio, pero recordaba a sus hermanas mayores, Lucía y Juliana riéndose turbadas cada vez que hablaban de chicos guapos. Y uno de ellos era Pedro Alfonso. De hecho, cuando Lucía se había enterado de que iba a trabajar con él, le había dicho:
—¡Tienes más suerte que un tonto! Siempre ha estado como un tren. Y lo mejor es que no lo sabía.
Bueno, pensó Paula. Pues ya sí lo sabía. Y no es que Pedro fuera arrogante, o al menos no mucho. Pero desde luego sabía que atraía a las mujeres. ¿Y cómo no iba a saberlo cuando las mayores bellezas del planeta caían rendidas a sus pies? Pero él sabía cómo tratarlas. Paula lo había observado el día anterior. Hacía que se relajaran las tensas y que se pusieran serias las más alegres.Tenía una forma natural de tratarlas sin tomarlas muy en serio. A veces parecía hasta indiferente, pero ellas parecían adorarlo porque revoloteaban alrededor de él como abejas alrededor de un panal.¿Sería una de aquéllas con la que había quedado? ¿Cuál? Debería haberles preguntado a Lucía y a Juliana qué tipo de chicas le gustaban en el colegio.Y no es que le importara, se dijo con dureza. La vida amorosa de Pedro no era de su incumbencia.
Ensimismada como estaba, casi perdió la salida en la dieciocho.
—¡Lo siento! ¡Perdone! ¡Necesito salir! —tuvo prácticamente que gritar para poder escabullirse del tren.
—¡Así que una auténtica neoyorquina en menos que canta un gallo! ¡Ja!
Pero nadie la miró aunque había hablado sola. Sí, estaba en Nueva York. A Pedro le parecía que había tres Paula Chaves. Por una parte, la profesora de jardín de infancia.Ésa era la que miraba con los ojos muy abiertos los rascacielos y tropezaba con las cosas porque estaba muy distraída observándolo todo; la que le había acompañado esa misma tarde por ejemplo y la que tenía miedo de perderse en la gran ciudad. Pero también estaba la Paula profesional.Ésta era la primera asistente que había tenido él que realmente parecía asistirlo. En cuanto se le decía lo que tenía que hacer, lo hacía y se anticipaba después a sus necesidades.Y había aparecido puntual al trabajo todos los días de la semana y era, como le había prometido Sonia, una joya para el estudio.Y por fin estaba la Paula desnuda.Y esa Paula, la sensual y femenina que no había vuelto a ver desde la primera tarde, era la que no podía borrar de su mente. Y debería ser capaz de hacerlo. Porque llegaba a trabajar cada día vestida con la mayor discreción con pantalones de tela y camisas lisas. Pero él lo recordaba. ¡Oh, Dios, cómo lo recordaba!Tanto que a veces él se levantaba cuando ella estaba agachada esperando ver lo que escondía su escote. Y cuando un día ella lo sorprendió, Pedro frunció el ceño y le dijo que se abrochara más si no quería incitar a la gente a que la mirara. ¡Y maldición, lo había cumplido!¡Y aquella noche había soñado con ella desnuda otra vez!Por suerte, el día siguiente iba a ser su último día de estudio porque Eliana ya terminaba. Paula había pasado cada hora libre que había tenido para el almuerzo aprendiendo con la directora todo su trabajo.Y aprendía con rapidez, había asegurado Eliana.
Inevitable: Capítulo 14
—¿Rafael? ¿Quién es ése? —quiso saber Pedro.
—Mi vecino —dijo Karina señalando abajo—. Compramos las casas al mismo tiempo. Él tiene los dos pisos de abajo. Parece un desperdicio cuando está soltero y apenas pasa suficiente tiempo en casa como para disfrutarla —sacudió la cabeza—. Es bombero y viaja por todo el mundo a apagar incendios. Pozos de petróleo, desastres naturales y cosas así.
Pedro vió como Paula abría cada vez más los ojos y le hubiera gustado que Karina se hubiera guardado para sí misma los detalles relevantes.
—¿Qué día recogen la basura? —preguntó—. ¿Qué hay de la basura reciclable? ¿Va a inspeccionar alguien todo ese trabajo de emplastecido? Paula no será responsable de ello.
—He hecho una lista —Karina hizo un gesto hacia unos papeles en el bloc de la cocina—. Lo he apuntado todo con fechas. No es gran cosa.
Pedro lanzó un bufido. Para ella era muy fácil de decir. ¡Por algo se iba a los Hamptons! Pero sería Paula la que se quedaría allí. ¿Y si eran todos unos asesinos o violadores? Bueno, eso no podía preguntarlo.Pero Paula no parecía tener los mismos reparos que él. Agarró la lista y sonrió de forma beatífica.
—No hay problema. Suena divertido —miró a Pedro con los ojos brillantes—. Así tendré una auténtica experiencia de la vida de Nueva York.
Karina lanzó una carcajada.
—Eso seguro.
—Paula tiene un trabajo —le recordó Pedro—. No podrá estar aquí todo el tiempo.—¡No tendrá que estar! Rafael puede dejarlos entrar.
—Pensé que estaba siempre de viaje por todo el mundo.
Karina agitó las manos.
—¡Oh, ya sabes cómo son esos trabajos! Cuando está en el país, apenas sale del piso de abajo. Estará en casa durante las próximas seis semanas. Seguro que lo conocerás un día de estos —le dijo a Paula con un gesto de complicidad—. ¡Está como un tren!
Pedro apretó los dientes.
—Ella está prometida.
Karina sonrió con ansiedad un minuto antes de relajarse.
—Bueno —le dijo animada a Paula—. A nadie se hace daño con mirar, ¿No crees?
Las dos compartieron una carcajada conspiratoria. Cuando Paula lo miró, Pedro tenía el ceño fruncido y ella le puso el mismo gesto.
—No estoy seguro de que deba tener una llave —protestó él.
Pero Paula lo interrumpió.
—Pienso que es muy amable por tu parte —le dijo a Karina como si él no estuviera presente—. Y estaré encantada de abrirles a los escayolistas o a quien haga falta. Estoy segura de que estaré muy a gusto aquí.
—Yo también —dijo Karina ignorándolo también—. Y me sentiré mucho más tranquila sabiendo que habrá alguien viviendo aquí.
Las dos se estrecharon las manos entre sonrisas y Pedro las miró con irritación.Entonces Paula se dió la vuelta hacia él.
—Bueno —dijo apresurada—. Gracias por traerme hasta aquí. Has sido muy amable, pero no quiero robarte más tiempo. Ya sé que estás siempre muy ocupado.
Y se lo quedó mirando como si quisiera que se marchara. Pedro no se movió durante más tiempo del que le hubiera gustado admitir. ¿Lo estaba echando?
—La verdad es que sí estoy muy ocupado —dijo echando un vistazo a su reloj—. Tengo una cita y no quiero tenerla esperando.
Entonces les dirigió una orgullosa mirada masculina y se encaminó a la puerta.
—Mañana estarás en el estudio a las nueve de la mañana.
Paula parpadeó de la sorpresa.
—¡Por supuesto!
Pedro abrió la puerta y se detuvo de nuevo.
—Puedes tomar el tren número nueve mañana. Sube en la setenta y nueve y sales en la dieciocho.
—De acuerdo.—Pedro se detuvo de nuevo después de abrir la puerta.
—¿Sabes usar el metro?
—Por supuesto.
Pero Paula tragó saliva con nerviosismo antes de esbozar una sonrisa.
—Iré a recogerte. Sólo por esta vez. Espérame en la estación a las ocho y media.
—Yo le enseñaré los transbordos —dijo Karina animada—. No te preocupes por eso. Tú vete a tu trabajo, que ella aparecerá puntual.
—Eso es —dijo Paula—. Karina me lo enseñará.
Entonces las dos le sonrieron como si hubieran hecho un frente unido.Sin embargo, Pedro siguió sin moverse.
—¿Tu cita? —le recordó Paula.
Pedro exhaló el aliento de forma audible.
—¿Qué? ¡Ah, sí!
Salió por la puerta, vaciló un segundo más, sacudió la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces escuchó cerrarse la puerta en el rellano superior.¿Era así como se sentían las madres el primer día que dejaban a sus hijos en el colegio?
—Mi vecino —dijo Karina señalando abajo—. Compramos las casas al mismo tiempo. Él tiene los dos pisos de abajo. Parece un desperdicio cuando está soltero y apenas pasa suficiente tiempo en casa como para disfrutarla —sacudió la cabeza—. Es bombero y viaja por todo el mundo a apagar incendios. Pozos de petróleo, desastres naturales y cosas así.
Pedro vió como Paula abría cada vez más los ojos y le hubiera gustado que Karina se hubiera guardado para sí misma los detalles relevantes.
—¿Qué día recogen la basura? —preguntó—. ¿Qué hay de la basura reciclable? ¿Va a inspeccionar alguien todo ese trabajo de emplastecido? Paula no será responsable de ello.
—He hecho una lista —Karina hizo un gesto hacia unos papeles en el bloc de la cocina—. Lo he apuntado todo con fechas. No es gran cosa.
Pedro lanzó un bufido. Para ella era muy fácil de decir. ¡Por algo se iba a los Hamptons! Pero sería Paula la que se quedaría allí. ¿Y si eran todos unos asesinos o violadores? Bueno, eso no podía preguntarlo.Pero Paula no parecía tener los mismos reparos que él. Agarró la lista y sonrió de forma beatífica.
—No hay problema. Suena divertido —miró a Pedro con los ojos brillantes—. Así tendré una auténtica experiencia de la vida de Nueva York.
Karina lanzó una carcajada.
—Eso seguro.
—Paula tiene un trabajo —le recordó Pedro—. No podrá estar aquí todo el tiempo.—¡No tendrá que estar! Rafael puede dejarlos entrar.
—Pensé que estaba siempre de viaje por todo el mundo.
Karina agitó las manos.
—¡Oh, ya sabes cómo son esos trabajos! Cuando está en el país, apenas sale del piso de abajo. Estará en casa durante las próximas seis semanas. Seguro que lo conocerás un día de estos —le dijo a Paula con un gesto de complicidad—. ¡Está como un tren!
Pedro apretó los dientes.
—Ella está prometida.
Karina sonrió con ansiedad un minuto antes de relajarse.
—Bueno —le dijo animada a Paula—. A nadie se hace daño con mirar, ¿No crees?
Las dos compartieron una carcajada conspiratoria. Cuando Paula lo miró, Pedro tenía el ceño fruncido y ella le puso el mismo gesto.
—No estoy seguro de que deba tener una llave —protestó él.
Pero Paula lo interrumpió.
—Pienso que es muy amable por tu parte —le dijo a Karina como si él no estuviera presente—. Y estaré encantada de abrirles a los escayolistas o a quien haga falta. Estoy segura de que estaré muy a gusto aquí.
—Yo también —dijo Karina ignorándolo también—. Y me sentiré mucho más tranquila sabiendo que habrá alguien viviendo aquí.
Las dos se estrecharon las manos entre sonrisas y Pedro las miró con irritación.Entonces Paula se dió la vuelta hacia él.
—Bueno —dijo apresurada—. Gracias por traerme hasta aquí. Has sido muy amable, pero no quiero robarte más tiempo. Ya sé que estás siempre muy ocupado.
Y se lo quedó mirando como si quisiera que se marchara. Pedro no se movió durante más tiempo del que le hubiera gustado admitir. ¿Lo estaba echando?
—La verdad es que sí estoy muy ocupado —dijo echando un vistazo a su reloj—. Tengo una cita y no quiero tenerla esperando.
Entonces les dirigió una orgullosa mirada masculina y se encaminó a la puerta.
—Mañana estarás en el estudio a las nueve de la mañana.
Paula parpadeó de la sorpresa.
—¡Por supuesto!
Pedro abrió la puerta y se detuvo de nuevo.
—Puedes tomar el tren número nueve mañana. Sube en la setenta y nueve y sales en la dieciocho.
—De acuerdo.—Pedro se detuvo de nuevo después de abrir la puerta.
—¿Sabes usar el metro?
—Por supuesto.
Pero Paula tragó saliva con nerviosismo antes de esbozar una sonrisa.
—Iré a recogerte. Sólo por esta vez. Espérame en la estación a las ocho y media.
—Yo le enseñaré los transbordos —dijo Karina animada—. No te preocupes por eso. Tú vete a tu trabajo, que ella aparecerá puntual.
—Eso es —dijo Paula—. Karina me lo enseñará.
Entonces las dos le sonrieron como si hubieran hecho un frente unido.Sin embargo, Pedro siguió sin moverse.
—¿Tu cita? —le recordó Paula.
Pedro exhaló el aliento de forma audible.
—¿Qué? ¡Ah, sí!
Salió por la puerta, vaciló un segundo más, sacudió la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces escuchó cerrarse la puerta en el rellano superior.¿Era así como se sentían las madres el primer día que dejaban a sus hijos en el colegio?
Inevitable: Capítulo 13
Pedro estaba acostumbrado a chicas del tipo de Andrea, a las que tenía que indicar cada paso del camino. Pero Paula no era así. En cuanto le decía lo que tenía que hacer lo hacía y la siguiente vez que necesitaba lo mismo, ella casi se anticipaba a sus deseos. Y sin decir una palabra. Sólo trabajaba. Pedro estaba alucinado.Y cuando terminaron y las modelos se hubieron ido, sólo entonces lo miró con una sonrisa radiante.
—¡Ha sido divertido!
—Sí —refunfuñó Pedro—. Toma —le pasó la cámara—. ¿Sabes cargarla?
Con gesto solemne y casi reverente, Paula la tomó de sus manos. Mientras él la observaba, cargó la película.
—Ese es otro de tus cometidos —le dijo.
Justo cuando Paula se la estaba devolviendo, entró Cecilia.
—He llamado a mi hermana. Paula puede venir esta tarde a las siete.
—Allí estaremos —anunció Pedro.
Las dos mujeres lo miraron asombradas y él frunció el ceño.
—Sonia querría asegurarse de que es el sitio adecuado para ella. No me miren así. Es mi hermana. ¡Tampoco es que me pida tanto!
—Bien —asintió Cecilia con prudencia.
Paula le dirigió una innecesaria sonrisa radiante.
—Gracias.
—No me des las gracias. Vamos a trabajar.
Naturalmente, Paula pensó que el departamento de Karina era maravilloso. Un día en compañía de aquella chica le había demostrado sus peores temores: lo encontraba todo maravilloso.
—Es que es todo tan... tan vivo —había comentado en el taxi—. ¡Mira! —señaló a un hombre con chistera en una esquina tocando un enorme piano—. Adonde quiera que mires, nunca sabes lo que puedes encontrar.
—Eso no quiere decir que sea necesariamente bueno —masculló Pedro.
Pero a Paula no le había apagado el entusiasmo. También le encantó el barrio en el que vivía Karina. Estaba en el Uper West Side, a no muchas manzanas de su propio apartamento en Central Park West. No era un mal vecindario, concedió. Aunque no exactamente Iowa.Sin embargo, se reservó el juicio hasta el punto de decir:
—Soy yo el que decidirá si está bien. Si no lo está, no te quedas —dijo justo al salir del taxi.
—¿Qué?
Paula lo miró alucinada.Él agarró sus maletas y señaló la casa de piedra marrón cuya dirección les había dado Cecilia.
—Ya me has oído.
La hermana de Cecilia, Karina, era normal. Incluso atractiva con el tipo de una modelo y el pelo castaño y largo. Tenía las uñas rojas, no negras y aparte de unos discretos aros en las orejas, no tenía señales de anillados por el cuerpo.Y no era que Cecilia las tuviera, pero Pedro sospechaba que sus inclinaciones iban por aquella estética.Karina los condujo escaleras arriba.
—Yo vivo en el segundo piso. Llevamos de obras desde que me trasladé a vivir aquí esta primavera. El edificio era una ruina cuando yo compré mi casa. La escayola se caía a trozos, el papel pintado estaba pelado y los techos a pedazos. Pero ahora lo han dejado en los cimientos y se supone que los escayolistas llegarán a finales de esta semana.
El departamento daba al sur. Era, según Karina, como una cueva. No había muebles en el salón aparte de la televisión, el equipo de vídeo y un futon con una manta india muy colorida y montones de cojines. La cocina era igualmente espartana.
—La cocina es de gas —le explicó Karina—. Funciona. El agua también. La nevera está conectada. Hay un aplique de luz ahí en el techo. En cuanto hayan emplastecido aquí, llegarán los carpinteros para poner los armarios de la cocina. Puede que tengan que desconectar las cosas brevemente, pero, en conjunto, no creo que tengas ningún problema.
Paula se fijó en todo sin hablar. Sin embargo, Pedro tenía cientos de preguntas.¿Estaban aquellos trabajadores autorizados? ¿Eran responsables? ¿Tenían antecedentes policiales?
—Lo siguiente que querrás saber son sus expedientes del colegio —dijo Paula irritada.
—Nunca se tiene demasiado cuidado.
—Estoy segura de que son de confianza —dijo Karina mientras los conducía al dormitorio que también necesitaba emplastecido.
Había una cama tamaño matrimonial en el centro de la habitación y parecía demasiado grande para una persona sola, pensó Pedro con nerviosismo. ¿La convencería algún hombre para compartirla con él? ¿Iría su novio el granjero a pasar algún fin de semana con ella?¿Y a él que le importaba?
—Los escayolistas y el carpintero han trabajado todos en el departamento de abajo —prosiguió Karina—. Lo terminaron esta primavera y les quedó maravilloso. Le diré a Rafael que te lo enseñe.
—¡Ha sido divertido!
—Sí —refunfuñó Pedro—. Toma —le pasó la cámara—. ¿Sabes cargarla?
Con gesto solemne y casi reverente, Paula la tomó de sus manos. Mientras él la observaba, cargó la película.
—Ese es otro de tus cometidos —le dijo.
Justo cuando Paula se la estaba devolviendo, entró Cecilia.
—He llamado a mi hermana. Paula puede venir esta tarde a las siete.
—Allí estaremos —anunció Pedro.
Las dos mujeres lo miraron asombradas y él frunció el ceño.
—Sonia querría asegurarse de que es el sitio adecuado para ella. No me miren así. Es mi hermana. ¡Tampoco es que me pida tanto!
—Bien —asintió Cecilia con prudencia.
Paula le dirigió una innecesaria sonrisa radiante.
—Gracias.
—No me des las gracias. Vamos a trabajar.
Naturalmente, Paula pensó que el departamento de Karina era maravilloso. Un día en compañía de aquella chica le había demostrado sus peores temores: lo encontraba todo maravilloso.
—Es que es todo tan... tan vivo —había comentado en el taxi—. ¡Mira! —señaló a un hombre con chistera en una esquina tocando un enorme piano—. Adonde quiera que mires, nunca sabes lo que puedes encontrar.
—Eso no quiere decir que sea necesariamente bueno —masculló Pedro.
Pero a Paula no le había apagado el entusiasmo. También le encantó el barrio en el que vivía Karina. Estaba en el Uper West Side, a no muchas manzanas de su propio apartamento en Central Park West. No era un mal vecindario, concedió. Aunque no exactamente Iowa.Sin embargo, se reservó el juicio hasta el punto de decir:
—Soy yo el que decidirá si está bien. Si no lo está, no te quedas —dijo justo al salir del taxi.
—¿Qué?
Paula lo miró alucinada.Él agarró sus maletas y señaló la casa de piedra marrón cuya dirección les había dado Cecilia.
—Ya me has oído.
La hermana de Cecilia, Karina, era normal. Incluso atractiva con el tipo de una modelo y el pelo castaño y largo. Tenía las uñas rojas, no negras y aparte de unos discretos aros en las orejas, no tenía señales de anillados por el cuerpo.Y no era que Cecilia las tuviera, pero Pedro sospechaba que sus inclinaciones iban por aquella estética.Karina los condujo escaleras arriba.
—Yo vivo en el segundo piso. Llevamos de obras desde que me trasladé a vivir aquí esta primavera. El edificio era una ruina cuando yo compré mi casa. La escayola se caía a trozos, el papel pintado estaba pelado y los techos a pedazos. Pero ahora lo han dejado en los cimientos y se supone que los escayolistas llegarán a finales de esta semana.
El departamento daba al sur. Era, según Karina, como una cueva. No había muebles en el salón aparte de la televisión, el equipo de vídeo y un futon con una manta india muy colorida y montones de cojines. La cocina era igualmente espartana.
—La cocina es de gas —le explicó Karina—. Funciona. El agua también. La nevera está conectada. Hay un aplique de luz ahí en el techo. En cuanto hayan emplastecido aquí, llegarán los carpinteros para poner los armarios de la cocina. Puede que tengan que desconectar las cosas brevemente, pero, en conjunto, no creo que tengas ningún problema.
Paula se fijó en todo sin hablar. Sin embargo, Pedro tenía cientos de preguntas.¿Estaban aquellos trabajadores autorizados? ¿Eran responsables? ¿Tenían antecedentes policiales?
—Lo siguiente que querrás saber son sus expedientes del colegio —dijo Paula irritada.
—Nunca se tiene demasiado cuidado.
—Estoy segura de que son de confianza —dijo Karina mientras los conducía al dormitorio que también necesitaba emplastecido.
Había una cama tamaño matrimonial en el centro de la habitación y parecía demasiado grande para una persona sola, pensó Pedro con nerviosismo. ¿La convencería algún hombre para compartirla con él? ¿Iría su novio el granjero a pasar algún fin de semana con ella?¿Y a él que le importaba?
—Los escayolistas y el carpintero han trabajado todos en el departamento de abajo —prosiguió Karina—. Lo terminaron esta primavera y les quedó maravilloso. Le diré a Rafael que te lo enseñe.
Inevitable: Capítulo 12
Pedro se encogió de hombros.
—Le dije que empezábamos a las nueve, así que a ver si aparece. Quizá haya recuperado ya la razón y haya decidido volver a su casa.
En ese momento se abrió la puerta.
—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Paula.
Pedro lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.También parecía fresca y bien descansada, mucho más que él. Y aunque tenía las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.
—Todavía no te he encontrado un sitio para quedarte —anunció Pedro para disuadirla.
Hamptons, pero el otro día me dijo que le gustaría que alguien echara un vistazo a las cosas, estar allí cuando aparezcan los escayolistas y ese tipo de cosas.
—Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa —intervino Cecilia.
Tanto Paula como Pedro se dieron la vuelta para mirarla.Cecilia se encogió de hombros.
—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el departamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar fuera, en los
A Paula se le iluminaron los ojos.
—¡Fantástico!
—Espera un minuto —objetó Pedro.
Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Que no creía que el departamento de la hermana de una estilista de pelo morado fuera apropiado para una profesora de jardín de infancia?
—Mi hermana no se parece a mí —pareció leerle el pensamiento Cecilia—. Karina es... normal.
—No me refería a eso —se encogió de hombros con irritación—. Bien, pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.
Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se dio la vuelta hacia el estudio.Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.
—Espérame —dijo Paula un poco jadeante.
Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.
—Vete a ayudar a Eliana. Cuando llegue Andrea que pase a ayudarme a mí.
Pedro se dió la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Eliana no era lo mismo que echarla a la calle.La puerta exterior se abrió y empezaron a aparecer las primeras modelos.
—¡Hola, Pedro!
—¡Hola, precioso!
Pedro les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Paula.
—Vete —dijo—. ¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?
Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.Pedro se dió la vuelta para cargar un carrete y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Eliana hablando con Paula acerca de la planificación.
—Déjame tomar algunas notas —dijo Paula.
Pedro asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Eliana.Ya sólo faltaba que apareciera Andrea.Necesitaba que le colocara los focos y los reflectores mientras Cecilia terminaba con el pelo de las modelos. Y después necesitaría que le fuera cambiando las luces mientras disparaba.Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Eliana asomó la cabeza por la puerta.
—Acaba de llamar Andrea. No puede venir hoy. Parece que sus planetas no tienen la alineación correcta.
Pedro la miró alucinado.Eliana se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—Parece que es muy sensible a ese tipo de cosas.
Pedro le lanzó una mirada glacial.
—Es una lástima —dijo Eliana con la misma sonrisa—. Te vendría bien un poco de ayuda.
Pedro pudo ver a Paula sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando notas con atención mientras se mordía el labio inferior. La miró y después a Eliana. Maldición, ¿Es que iba a hacerle suplicar?
—Podría mandar a Paula para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono —se aventuró su directora después de un momento.
—Hazlo. — Paula apareció a los cinco minutos.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó con ansiedad.
—Coloca esos ahí —Pedro señaló los reflectores y le indicó donde.
Paula se puso a trabajar en el acto.
—Le dije que empezábamos a las nueve, así que a ver si aparece. Quizá haya recuperado ya la razón y haya decidido volver a su casa.
En ese momento se abrió la puerta.
—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Paula.
Pedro lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.También parecía fresca y bien descansada, mucho más que él. Y aunque tenía las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.
—Todavía no te he encontrado un sitio para quedarte —anunció Pedro para disuadirla.
Hamptons, pero el otro día me dijo que le gustaría que alguien echara un vistazo a las cosas, estar allí cuando aparezcan los escayolistas y ese tipo de cosas.
—Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa —intervino Cecilia.
Tanto Paula como Pedro se dieron la vuelta para mirarla.Cecilia se encogió de hombros.
—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el departamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar fuera, en los
A Paula se le iluminaron los ojos.
—¡Fantástico!
—Espera un minuto —objetó Pedro.
Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Que no creía que el departamento de la hermana de una estilista de pelo morado fuera apropiado para una profesora de jardín de infancia?
—Mi hermana no se parece a mí —pareció leerle el pensamiento Cecilia—. Karina es... normal.
—No me refería a eso —se encogió de hombros con irritación—. Bien, pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.
Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se dio la vuelta hacia el estudio.Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.
—Espérame —dijo Paula un poco jadeante.
Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.
—Vete a ayudar a Eliana. Cuando llegue Andrea que pase a ayudarme a mí.
Pedro se dió la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Eliana no era lo mismo que echarla a la calle.La puerta exterior se abrió y empezaron a aparecer las primeras modelos.
—¡Hola, Pedro!
—¡Hola, precioso!
Pedro les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Paula.
—Vete —dijo—. ¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?
Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.Pedro se dió la vuelta para cargar un carrete y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Eliana hablando con Paula acerca de la planificación.
—Déjame tomar algunas notas —dijo Paula.
Pedro asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Eliana.Ya sólo faltaba que apareciera Andrea.Necesitaba que le colocara los focos y los reflectores mientras Cecilia terminaba con el pelo de las modelos. Y después necesitaría que le fuera cambiando las luces mientras disparaba.Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Eliana asomó la cabeza por la puerta.
—Acaba de llamar Andrea. No puede venir hoy. Parece que sus planetas no tienen la alineación correcta.
Pedro la miró alucinado.Eliana se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—Parece que es muy sensible a ese tipo de cosas.
Pedro le lanzó una mirada glacial.
—Es una lástima —dijo Eliana con la misma sonrisa—. Te vendría bien un poco de ayuda.
Pedro pudo ver a Paula sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando notas con atención mientras se mordía el labio inferior. La miró y después a Eliana. Maldición, ¿Es que iba a hacerle suplicar?
—Podría mandar a Paula para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono —se aventuró su directora después de un momento.
—Hazlo. — Paula apareció a los cinco minutos.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó con ansiedad.
—Coloca esos ahí —Pedro señaló los reflectores y le indicó donde.
Paula se puso a trabajar en el acto.
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