viernes, 9 de marzo de 2018

Inevitable: Capítulo 18

Ella se sonrojó.

—Es  que  acabo  de  tomar  una  comida  deliciosa  y  compré  el  libro  para  intentar  hacerla en casa. Para David.

Pedro apretó la mandíbula.

—Ya.  David.  Y  también  podrás  probarla  con  el  guapo  bombero  de  tu  vecino  antes de volver a casa.

Lo dijo con tal dureza que Paula parpadeó.

—¿Qué?

—Nada —le  devolvió  el  libro  y  echó  un  vistazo  a  su  reloj—.  Tengo  que  irme.  Tengo una cita.

—¿Con la misma chica? —preguntó ella antes de poder contenerse.

—¿Qué? —fue él el que pareció asombrado—. ¡Oh, no! Nunca con la misma —esbozó una sonrisa irónica—. Que te diviertas con tu libro de cocina. Vuelve a dejar el otro en la estantería —le aconsejó—. No merece la pena que pierdas el tiempo.

Entonces  se  dió  la  vuelta  y  salió  sin  mirar  atrás.  Cuando  desapareció  por  las  escaleras, Paula bajó la vista hacia el libro de Catalina Neale. Quizá  fuera  antiguo  y  él  ya  no  se  sintiera  orgulloso  de  aquella  obra.  Pero  ella sentía mucha curiosidad.Se llevó el libro hasta un cómodo sillón y empezó a pasarlas páginas. No estaba segura de lo que había esperado encontrar, pero desde luego mucho menos de lo que vió. La  actriz  estaba  fotografiada  de  la  forma  más  sencilla,  como  el  resto  de  su  trabajo,  pero  había  algo  más  personal  y  cálido  que  había  abandonado  en  su  trabajo  posterior.Los retratos de Catalina la mostraban fresca, joven y vibrante. La actriz jugaba con  la  cámara  como  si  fuera  un  gatito.  Vestida  con  trajes  artísticos  y  extravagantes,  acampando, recortada contra la ventana de un apartamento mirando a la ciudad y la luna.  Y  había  tal  anhelo  en  su  expresión,  tal  desesperación.  ¿En  qué  habría  estado  pensando?  En  la  página  siguiente  Paula entendió  la  causa  porque  Pedro la  había  fotografiado con el mismo semblante mirando al cartel de un teatro.

—Su nombre en candilejas —murmuró Paula.

Aquello era lo que ansiaba. Había  otras  fotos  de  la  actriz  desnuda,  envuelta  sólo  en  sombras  o  suaves  sábanas  de  una  cama  deshecha.  Y  allí  su  expresión  había  cambiado.  En  algunas  parecía   distante,   remota   casi.   Y   en   otras   jugueteaba   de   nuevo,   sugerente... prometedora.En conjunto, Pedro había descubierto su potencial en los comienzos de su carrera.Paula  pensó  que  se  debían  haber  conocido  cuando  ambos  empezaban  las  carreras  que  algún  día  les  harían  famosos.  Y  en  aquellos  retratos  se  notaba  el  incipiente talento de ambos. Catalina  emanaba  atractivo  sexual  sin  hacer  más  que  comer  una  manzana  o  relajada en un baño de espuma. La forma que miraba a la cámara recordaba a Eva la tentadora.¿Habría tentado aquella mujer a Pedro?Desde luego, en la actualidad se mantenía impasible ante las mujeres a las que fotografiaba y a pesar de eso conseguía captar su esencia interior. A  ella  le  maravillaba.  Hubiera  deseado  conseguirlo  ella  misma.  Sus  fotos  de  la  hermana Carmen contemplando la abadía y riéndose al contar una historia divertida estaban cerca. Pero no eran de ninguna manera tan buenas como las de Pedro.

—¡Por eso él es un famoso fotógrafo de Nueva York —se dijo a sí misma—, y tú no. Pero podría aprender de él y de su libro también.

Lo  cerró  y  se  quedó  pensando  en  cómo  habría  conseguido  un  estudio  tan  profundo de la actriz.Desde  luego  debía  haber  tenido  acceso  a  detalles  íntimos  de  la  vida  de  Catalina. Ella debía haber confiado bastante en él para darle tanta libertad. Paula se   imaginó  haciendo   lo   mismo   que   Pedro había   hecho,   sacar   cronológicamente  los  estados  de  humor  de  una  persona,  sus  esperanzas,  miedos  y  deseos. ¿Cómo sería, por ejemplo, conocer a Pedro tan bien?Lo  retrataría  detrás  de  la  cámara  moviéndose  como  hacía  siempre,  estudiando  los   contactos,   su   sempiterno   fruncimiento de ceño  y después   su   sonrisa   de   satisfacción cuando por fin encontraba una imagen que le agradaba en particular. Y por fin lo retrataría dándole la espalda y alejándose de ella como había hecho aquella noche.Y lo seguiría y lo fotografiaría en otros lugares. ¿Cómo sería Pedro cuando no estaba en su estudio?La  había  llevado  aquella  tarde  a  casa  de  Karina,  pero  no  sabía  qué  lugares  le  gustaba  frecuentar  ni  tampoco  había  visto  nunca  su  apartamento.  ¿Cómo  sería?  ¿Lujoso o espartano? ¿Grande o pequeño? ¿Qué ropa tendría en los armarios aparte de  los  vaqueros  y  camisas  que  se  ponía  para  trabajar?  ¿Se  pondría  calzoncillos  ajustados o de pantalón?¿Cómo estaría desnudo?¿Desnudo?Abrió los ojos de par en par y miró su reloj.

—¡Dios santo!

 Eran casi las diez y se había olvidado de llamar a David.


Pedro pensaba que habían quemado todos aquellos antiguos libros.Descubrir  a  Paula con  uno  en  las  manos  no  le  había  gustado  nada  e  imaginar  que luego lo había estado ojeando aún menos.

Inevitable: Capítulo 17

Y  Paula lo  podía  asegurar  porque  cuando  no  pasaba  el  tiempo  estudiando  el  trabajo  de  Pedro,  lo  había  dedicado  a  ver  el  Museo  de  Arte  Contemporáneo.  Sabía  que  la  ciudad  estaba  plagada  de  maravillosos  museos,  pero  empezó  con  el  más  importante. Cuando  volvió  a  casa  del  trabajo  el  viernes  por  la  tarde,  se  sentó  delante  de  la  guía que había comprado y empezó a hacer planes para el fin de semana, decidida a ver tantas cosas como pudiera.Entonces  apareció  Rafael  con  una  bolsa  de  comida  y  se  sentó  a  su  lado  para  hacerle algunas sugerencias. Hasta se ofreció a hacer algo de turismo con ella.


—¿De verdad?

Él sonrió.

—Claro. Así apreciaré de nuevo la ciudad a través de tus ojos. ¿Dónde quieres ir?

—¿Qué te parece Ellis Island?

—Me parece bien. ¿El domingo?

Paula  asintió con ansiedad.

—Y el sábado iré al Metropolitano por la mañana y al Frick por la tarde.

—Será mejor que vayas con más calma. Puede que sea demasiado.

Al  final,  Paula decidió  que  tenía  razón,  así  que  el  sábado  por  la  mañana  se  dedicó a hacer la colada. Y mientras esperaba en la lavandería a que terminara, echó un vistazo a las revistas en busca de fotografías de Pedro. Era sorprendente cuántas encontró y lo fácil que le resultaba reconocerlas.Por  la  tarde  se  fue  al  Metropolitano  y  se  limitó  a  ver  el  arte  egipcio,  romano  y  griego. Al fin y al cabo, una de las ventajas de vivir en la ciudad era la posibilidad de volver cuando quisiera. No tenía por qué ver todo el museo en un sólo día. Cuando se sintió lo bastante culturizada, cruzó el parque paseando y se paró a cenar  en  un  pequeño  restaurante  tailandés  a  pocas  manzanas  de  su  apartamento.  Pedro había  mencionado  un  día  lo  mucho  que  le  gustaba  la  cocina  tailandesa  y  Paula nunca  la  había  probado.  Después  de  comer,  decidió  que  a  ella  también  le  gustaba.¿Le  gustaría  a  David?  Quizá  debería  comprar  un  libro  de  aquella  cocina  y  esa  noche podría decirle que le cocinaría algo.Había  una  enorme  librería  no  lejos  del  Lincoln  Center.  Estaba  en  dirección contraria, pero la tarde era cálida y no le importaba pasear. Buscó  en  la  sección  de  cocina  y  encontró  media  docena  de  libros  de  cocina  tailandesa. Se decidió por el más pequeño con fotos muy buenas y cuando se dirigía al ascensor, le llamó la atención la sección de fotografía.Había cientos de libros, de todos los temas imaginables y se preguntó si habría alguno de Pedro.

Con  curiosidad  empezó  a  buscar.  Había  más  libros  de  moda  que  de  cocina  tailandesa.  Paula estaba  sorprendida.  Caminó  por  el  pasillo  buscando  entre  los  brillantes libros de moda el que llevara el apellido de Alfonso, que debía estar en las estanterías más bajas.Se arrodilló y agachó la cabeza para mirar hasta encontrar el nombre en el lomo y se estiró para sacarlo.Entonces alguien le pisó la otra mano.

—¡Oh, lo siento!

Paula apartó  la  mano,  agarró  el  libro,  lo  apretó  contra  ella  y  alzó  la  vista  para  encontrarse a Pedro mirándola con asombro.

—¿Paula? —devolvió  el  libro  que  tenía  en  la  mano  a  la  estantería  y  la  levantó  sin ceremonias—. ¿Qué diablos estás haciendo ahí agachada?

—Hum... Buscando libros. Me preguntaba si habrías publicado alguno, así que me puse a buscar.

Le enseñó el que había encontrado suponiendo que se pondría contento. Pero Pedro frunció el ceño al verlo.

—¿Qué diablos estás haciendo con eso?

—Ya te lo he dicho. He estado estudiando tu trabajo. Intentando aprender.

—De ahí no puedes aprender nada —masculló irritado.

Intentó  quitárselo  de  las  manos,  pero  Paula no  le  dejó  y  lo  miró  con  más  atención abriendo mucho los ojos al leer el título.

—¿Catalina Neale? ¡Uau! ¿Le hiciste un libro?

Catalina  Neale era una de las estrellas de Hollywood más famosas, pero Paula recordó que antes de ser actriz había sido modelo.

—¿Conocías a Catalina Neale?

—Eso pensaba —murmuró Pedro—. Hace mucho tiempo. Me sorprende que haya quedado alguno de esos malditos libros.

Pedro la  soltó  entonces  como  si  ya  no  le  importara  que  lo  mirara  y  Paula se  sintió dividida entre hacerlo y seguir hablando con Pedro.

—¿Es el único libro que has hecho?

—Sí  —entonces  miró  con  desdén  hacia  la  estantería—.  Aunque  no  es  el  único  que se ha publicado sobre ella.

Paula siguió su mirada y comprobó que era el libro que él había estado ojeando. ¿Examinando a la competencia, quizá? pero no lo preguntó.

—Es muy fotogénica —comentó sólo.

—Y  bien  lo  sabía  ella  —entonces  examinó  el  otro  libro  que  Paula tenía  en  la  mano—. ¿Qué has comprado?

Inevitable: Capítulo 16

—Hará  un  trabajo  estupendo  si  estás  seguro  de  que  no la  necesitas  en  el  estudio.


Lo último que necesitaba Pedro en su estudio era a Paula. Después  del  sueño  de  la  noche  anterior,  hasta  la  hubiera  mandado  de  vuelta  a  Iowa si no hubiera sido por las explicaciones que tendría que darle a Sonia. No, era mejor que estuviera en la oficina de fuera. Al  menos  lo  hubiera  sido  si  esa  tarde,  al  llegar,  no  la  hubiera  encontrado  hablando con Cecilia de Rafael.

—Karina me lo presentó la última vez que estuvo en la casa —estaba diciendo Cecilia—. Me quedé con la boca abierta. ¿No está como un tren?

Paula sonrió feliz y dijo:

—Lo  está.  Y  es  realmente  agradable.  Subió  anoche  y  me  ayudó  a  mover  unos  muebles para que los escayolistas pudieran hacer hoy la habitación de atrás.

—Lo de agradable está bien, pero es mejor guapo.

—Las dos cosas aún mejor —se rió Paula.

—Pensé  que  estabas  prometida  —farfulló  Pedro—las  dos  mujeres  levantaron  la  vista  sorprendidas—.  ¿No  le  importa  a  tu  novio  que  te  dediques  a  admirar  a  otros  hombres?

Pero ella sólo se rió y dijo:

—Estoy prometida, pero no estoy muerta, Pedro. Todavía sé apreciar a un hombre atractivo. Después de todo, te aprecio a tí.

En  el  momento  en  que  las  palabras  salieron  de  su  boca,  se  puso  de  color  escarlata, pero que lo ahorcaran si Pedro tampoco había sentido ardor en la cara. Y no podía  recordar  la  última  vez  que  una  mujer  lo  había  hecho  sonrojarse,  suponiendo  que le hubiera pasado alguna vez.

—Bueno, me refiero profesionalmente —murmuró Paula desviando la mirada.

Pedro sonrió y guiñó un ojo.

—Como yo te aprecio profesionalmente también.

Cecilia lanzó una carcajada y Paula se sonrojó aún más.

—Vete —dijo agitando la mano—. Tengo que hacer unas llamadas.

—Pero si estás hablando con Cecilia.

—De trabajo.

—¡De un hombre!

Ella le dirigió una mirada helada y apretó los labios. Entonces dirigió la vista al frente y empezó a tamborilear en la mesa con los dedos. No lo volvió a mirar. Parecíacomo si la camisa abrochada hasta arriba le comprimiera. Pedro se inclinó y le rozó el cuello levemente.

—Desabróchate el botón, Paula—dijo con suavidad.

Ella alzó la cabeza y lo miró interrogante. Pedro se encogió de hombros con negligencia.

—No tapa nada que no haya visto antes.

A pesar de los ocasionales comentarios burlones de Pedro, Paula estaba satisfecha de  su  primera  semana  de  trabajo. Ya  dominaba  los  autobuses,  metros  y  taxis  con  facilidad. Y no tenía ningún problema con su trabajo.De  hecho,  el  trabajo  había  resultado  ser  más  divertido  de  lo  que  ella  había  supuesto.  Pedro hasta  le  había  dejado  disparar  instantáneas  antes  de  cada  sesión  y  le  explicaba en extensión todo lo que ella le preguntaba.Y  una  vez  que  vio  que  ella  estaba  realmente  interesada,  comentaba  lo  que  estaba  buscando  y  lo  que  quería  ver  como  si  creyera  que  debía  enseñarle  a  una  persona tan ansiosa por aprender.Y ella lo estaba.En una ocasión, cuando la explicación había sido exhaustiva, sonrió y dijo:

—Si te estoy aburriendo, dímelo.

Y Paula, que le hubiera escuchado encantada durante horas, replicó al instante:

—No, no me aburres en absoluto.

De  hecho,  le  encantaba  escuchar  todo  lo  que  tuviera  que  enseñarla.  A  Paula siempre le había gustado fotografiar a la gente más que nada en el mundo y tenía la oportunidad de aprender de un maestro. Y aunque el mundo sofisticado de él era lo contrario  a  los  caracteres  que  a  ella le  gustaban,  un  día  que  se  lo  comentó,  Pedro respondió:

—La gente es siempre la misma.

Y  cuanto  más  trabajaba  con  él,  más  le  daba  la  razón.  Se  encontró  tomando  prestadas carpetas de antiguos trabajos de Pedro y se pasaba la tarde estudiándolas e intentando aprender de ellas, de ver el mundo bajo la óptica de él. Pedro tenía  un  talento  natural  para  reducir  lo  esencial  a  cero.  La  mayoría  de  sus  fotos evitaban todo detalle superfluo. Pero  no  siempre  habían  sido  así.  Al  ir  estudiando  su  carrera,  comprendió  que  aquel  enfoque  singular  y  fuerte  contraste  eran  de  desarrollo  reciente.  Las  primeras  habían sido más personales y más recargadas.

—Más sucias —había dicho Pedro cuando se lo había comentado.

Paula no estaba del todo de acuerdo, pero, ¿Podía discutir su éxito? Reconocía una  foto  del  Pedro Alfonso actual  al  instante.  Te  atrapaban  la  mirada,  te  indicaban  adonde tenías que mirar y lo que tenías que pensar en cuanto las veías. Era un poco como ir a un museo.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Inevitable: Capítulo 15

Paula fue  al  metro  con  Karina por  la  mañana  y  compró  un  bono  según  su  amiga le aconsejó. Metió el bono por la ranura y pasó.

—Muy  bien  —dijo  Karina desde  el  otro  lado  de  la  barrera—.  Serás  una  auténtica  neoyorquina  en  menos  que  canta  un  gallo  —vaciló  al  ver  la  afluencia  de  gente—. ¿Quieres que te acompañe?

Paula sacudió la cabeza y esbozó una radiante sonrisa.

—No te preocupes. Estaré bien.

Se sentía feliz, expansiva y ansiosa, igual que se había sentido en su primer día de colegio. Así  que  de  aquello  se  trataba,  pensó  mientras  se  agarraba  a  la  barra  del  tren.  Vivir  en  Manhattan,  recorrer  con  rapidez  Broadway  en  el  metro  sumergida  entre  cientos de personas más de camino a su trabajo como ella. Y trabajar para Pedro Alfonso. Aquella iba a ser la mayor aventura de todas. Hubiera  deseado  que  Sonia le  hubiera  contado  más  cosas  de  su  hermano,  pero  en aquel momento sólo había podido pensar en Nueva York. Apenas lo recordaba de sus  días  de  colegio,  pero  recordaba  a  sus  hermanas  mayores,  Lucía y  Juliana  riéndose  turbadas cada vez que hablaban de chicos guapos. Y uno de ellos era Pedro Alfonso. De  hecho,  cuando  Lucía  se  había  enterado  de  que  iba  a  trabajar  con  él,  le  había  dicho:

—¡Tienes más suerte que un tonto! Siempre ha estado como un tren. Y lo mejor es que no lo sabía.

Bueno, pensó Paula. Pues ya sí lo sabía. Y no es que Pedro fuera arrogante, o al menos no mucho. Pero desde luego sabía que atraía a las mujeres. ¿Y  cómo  no  iba  a  saberlo  cuando  las  mayores  bellezas  del  planeta  caían  rendidas a sus pies? Pero él sabía cómo tratarlas. Paula lo había observado el día anterior. Hacía que se relajaran las tensas y que se pusieran serias las más alegres.Tenía una forma natural de tratarlas sin tomarlas muy en serio. A veces parecía hasta  indiferente,  pero  ellas  parecían  adorarlo  porque  revoloteaban  alrededor  de  él  como abejas alrededor de un panal.¿Sería una de aquéllas con la que había quedado? ¿Cuál? Debería haberles preguntado a Lucía y a Juliana qué tipo de chicas le gustaban en el colegio.Y no es que le importara, se dijo con dureza. La vida amorosa de Pedro no era de su incumbencia.

Ensimismada como estaba, casi perdió la salida en la dieciocho.

—¡Lo  siento!  ¡Perdone!  ¡Necesito  salir!  —tuvo  prácticamente  que  gritar  para  poder escabullirse del tren.

—¡Así que una auténtica neoyorquina en menos que canta un gallo! ¡Ja!

Pero nadie la miró aunque había hablado sola. Sí, estaba en Nueva York. A Pedro le parecía que había tres Paula Chaves. Por una parte, la profesora de jardín de infancia.Ésa era la que miraba con los ojos muy abiertos los rascacielos y tropezaba con las   cosas   porque   estaba   muy   distraída   observándolo   todo;   la   que   le   había   acompañado  esa  misma  tarde  por  ejemplo  y  la  que  tenía  miedo  de  perderse  en  la  gran ciudad. Pero también estaba la Paula profesional.Ésta era la primera asistente que había tenido él que realmente parecía asistirlo. En  cuanto  se  le  decía  lo  que  tenía  que  hacer,  lo  hacía  y  se  anticipaba  después  a  sus  necesidades.Y había aparecido puntual al trabajo todos los días de la semana y era, como le había prometido Sonia, una joya para el estudio.Y por fin estaba la Paula desnuda.Y esa Paula, la sensual y femenina que no había vuelto a ver desde la primera tarde, era la que no podía borrar de su mente. Y debería ser capaz de hacerlo. Porque   llegaba   a   trabajar   cada   día   vestida   con   la   mayor   discreción   con   pantalones de tela y camisas lisas. Pero él lo recordaba. ¡Oh, Dios, cómo lo recordaba!Tanto que a veces él se levantaba cuando ella estaba agachada esperando ver lo que  escondía  su  escote.  Y  cuando  un  día  ella  lo  sorprendió,  Pedro frunció  el  ceño  y  le  dijo que se abrochara más si no quería incitar a la gente a que la mirara. ¡Y maldición, lo había cumplido!¡Y aquella noche había soñado con ella desnuda otra vez!Por  suerte,  el  día  siguiente  iba  a  ser  su  último  día  de  estudio  porque  Eliana ya  terminaba.  Paula había  pasado  cada  hora  libre  que  había  tenido  para  el  almuerzo  aprendiendo con la directora todo su trabajo.Y aprendía con rapidez, había asegurado Eliana.

Inevitable: Capítulo 14

—¿Rafael? ¿Quién es ése? —quiso saber Pedro.

—Mi  vecino  —dijo  Karina señalando  abajo—.  Compramos  las  casas  al  mismo  tiempo.  Él  tiene  los  dos  pisos  de  abajo.  Parece  un  desperdicio  cuando  está  soltero  y  apenas  pasa  suficiente  tiempo  en  casa  como  para  disfrutarla —sacudió  la  cabeza—. Es  bombero  y  viaja  por  todo  el  mundo  a  apagar  incendios.  Pozos  de  petróleo,  desastres  naturales  y  cosas  así. 

Pedro vió  como  Paula abría  cada  vez  más  los  ojos  y  le  hubiera   gustado   que   Karina se   hubiera   guardado   para   sí   misma   los   detalles relevantes.

—¿Qué día recogen la basura? —preguntó—. ¿Qué hay de la basura reciclable? ¿Va   a   inspeccionar  alguien  todo  ese  trabajo  de  emplastecido?   Paula no   será   responsable de ello.

—He hecho una lista —Karina hizo un gesto hacia unos papeles en el bloc de la cocina—. Lo he apuntado todo con fechas. No es gran cosa.

Pedro lanzó  un  bufido.  Para  ella  era  muy  fácil  de  decir.  ¡Por  algo  se  iba  a  los  Hamptons! Pero sería Paula la que se quedaría allí. ¿Y si eran todos unos asesinos o violadores? Bueno, eso no podía preguntarlo.Pero Paula no parecía tener los mismos reparos que él. Agarró la lista y sonrió de forma beatífica.

—No hay problema. Suena divertido —miró a Pedro con los ojos brillantes—. Así tendré una auténtica experiencia de la vida de Nueva York.

Karina lanzó una carcajada.

—Eso seguro.

—Paula tiene  un  trabajo  —le  recordó  Pedro—.  No  podrá  estar  aquí  todo  el  tiempo.—¡No tendrá que estar! Rafael  puede dejarlos entrar.

—Pensé que estaba siempre de viaje por todo el mundo.

Karina agitó las manos.

—¡Oh, ya sabes cómo son esos trabajos! Cuando está en el país, apenas sale del piso  de  abajo.  Estará  en  casa  durante  las  próximas  seis  semanas.  Seguro  que  lo  conocerás  un  día  de  estos  —le  dijo  a  Paula con  un  gesto  de  complicidad—.  ¡Está  como un tren!

Pedro apretó los dientes.

—Ella está prometida.

Karina sonrió con ansiedad un minuto antes de relajarse.

—Bueno —le  dijo  animada  a  Paula—.  A  nadie  se  hace  daño  con  mirar,  ¿No  crees?

Las dos compartieron una carcajada conspiratoria. Cuando Paula lo miró, Pedro tenía el ceño fruncido y ella le puso el mismo gesto.

—No estoy seguro de que deba tener una llave —protestó él.

Pero Paula lo interrumpió.

—Pienso  que  es  muy  amable  por  tu  parte  —le  dijo  a  Karina como  si  él  no  estuviera presente—. Y estaré encantada de abrirles a los escayolistas o a quien haga falta. Estoy segura de que estaré muy a gusto aquí.

—Yo  también  —dijo  Karina ignorándolo  también—.  Y  me  sentiré  mucho  más  tranquila sabiendo que habrá alguien viviendo aquí.

 Las dos se estrecharon las manos entre sonrisas y Pedro  las miró con irritación.Entonces Paula se dió la vuelta hacia él.

—Bueno —dijo  apresurada—.  Gracias  por  traerme  hasta  aquí.  Has  sido  muy  amable, pero no quiero robarte más tiempo. Ya sé que estás siempre muy ocupado.

Y se lo quedó mirando como si quisiera que se marchara. Pedro no  se  movió  durante  más  tiempo  del  que  le  hubiera  gustado  admitir.  ¿Lo  estaba echando?

—La  verdad  es  que  sí  estoy  muy  ocupado  —dijo  echando  un  vistazo  a  su  reloj—. Tengo una cita y no quiero tenerla esperando.

Entonces les dirigió una orgullosa mirada masculina y se encaminó a la puerta.

—Mañana estarás en el estudio a las nueve de la mañana.

Paula parpadeó de la sorpresa.

—¡Por supuesto!

Pedro abrió la puerta y se detuvo de nuevo.

—Puedes  tomar  el  tren  número  nueve  mañana.  Sube  en  la  setenta  y  nueve  y  sales en la dieciocho.

—De acuerdo.—Pedro se detuvo de nuevo después de abrir la puerta.

—¿Sabes usar el metro?

—Por supuesto.

Pero Paula tragó saliva con nerviosismo antes de esbozar una sonrisa.

—Iré a recogerte. Sólo por esta vez. Espérame en la estación a las ocho y media.

—Yo  le  enseñaré  los  transbordos  —dijo  Karina animada—.  No  te  preocupes  por eso. Tú vete a tu trabajo, que ella aparecerá puntual.

—Eso es —dijo Paula—. Karina me lo enseñará.

Entonces las dos le sonrieron como si hubieran hecho un frente unido.Sin embargo, Pedro siguió sin moverse.

—¿Tu cita? —le recordó Paula.

Pedro exhaló el aliento de forma audible.

—¿Qué? ¡Ah, sí!

Salió por la puerta, vaciló un segundo más, sacudió la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces escuchó cerrarse la puerta en el rellano superior.¿Era así como se sentían las madres el primer día que dejaban a sus hijos en el colegio?

Inevitable: Capítulo 13

Pedro estaba acostumbrado a chicas del tipo de Andrea, a las que tenía que indicar cada  paso  del  camino.  Pero  Paula no  era  así.  En  cuanto  le  decía  lo  que  tenía  que  hacer lo hacía y la siguiente vez que necesitaba lo mismo, ella casi se anticipaba a sus deseos. Y sin decir una palabra. Sólo trabajaba. Pedro estaba alucinado.Y cuando terminaron y las modelos se hubieron ido, sólo entonces lo miró con una sonrisa radiante.

—¡Ha sido divertido!

—Sí —refunfuñó Pedro—. Toma —le pasó la cámara—. ¿Sabes cargarla?

Con gesto solemne y casi reverente, Paula la tomó de sus manos. Mientras él la observaba, cargó la película.

—Ese es otro de tus cometidos —le dijo.

Justo cuando Paula se la estaba devolviendo, entró Cecilia.

—He llamado a mi hermana. Paula puede venir esta tarde a las siete.

—Allí estaremos —anunció Pedro.

Las dos mujeres lo miraron asombradas y él frunció el ceño.

—Sonia querría  asegurarse  de  que  es  el  sitio  adecuado  para  ella.  No  me  miren  así. Es mi hermana. ¡Tampoco es que me pida tanto!

—Bien —asintió Cecilia con prudencia.

Paula le dirigió una innecesaria sonrisa radiante.

—Gracias.

—No me des las gracias. Vamos a trabajar.

Naturalmente, Paula pensó que el departamento de Karina  era maravilloso. Un día  en  compañía  de  aquella  chica  le  había  demostrado  sus  peores  temores:  lo  encontraba todo maravilloso.

—Es que es todo tan... tan vivo —había comentado en el taxi—. ¡Mira! —señaló a  un  hombre  con  chistera  en  una  esquina  tocando  un  enorme  piano—.  Adonde  quiera que mires, nunca sabes lo que puedes encontrar.

—Eso no quiere decir que sea necesariamente bueno —masculló Pedro.

Pero  a  Paula no  le  había  apagado  el  entusiasmo.  También  le  encantó  el  barrio  en  el  que  vivía  Karina.  Estaba  en  el  Uper  West  Side,  a  no  muchas  manzanas  de  su  propio  apartamento  en  Central  Park  West.  No  era  un  mal  vecindario,  concedió.  Aunque no exactamente Iowa.Sin embargo, se reservó el juicio hasta el punto de decir:

—Soy  yo  el  que  decidirá  si  está  bien.  Si  no  lo  está,  no  te  quedas  —dijo  justo  al  salir del taxi.

—¿Qué?

Paula lo miró alucinada.Él agarró sus maletas y señaló la casa de piedra marrón cuya dirección les había dado Cecilia.

—Ya me has oído.

La  hermana  de  Cecilia,  Karina,  era  normal.  Incluso  atractiva  con  el  tipo  de  una  modelo  y  el  pelo  castaño  y  largo.  Tenía  las  uñas  rojas,  no  negras  y  aparte  de  unos  discretos aros en las orejas, no tenía señales de anillados por el cuerpo.Y no era que Cecilia las tuviera, pero Pedro sospechaba que sus inclinaciones iban por aquella estética.Karina los condujo escaleras arriba.

—Yo vivo en el segundo piso. Llevamos de obras desde que me trasladé a vivir aquí esta primavera. El edificio era una ruina cuando yo compré mi casa. La escayola se caía a trozos, el papel pintado estaba pelado y los techos a pedazos. Pero ahora lo han dejado en los cimientos y se supone que los escayolistas llegarán a finales de esta semana.

El  departamento  daba  al  sur.  Era,  según  Karina,  como  una  cueva.  No  había  muebles  en  el  salón  aparte  de  la  televisión,  el  equipo  de  vídeo  y  un  futon  con  una  manta   india   muy   colorida   y   montones   de   cojines.   La   cocina   era   igualmente   espartana.

—La  cocina  es  de  gas  —le  explicó  Karina—.  Funciona.  El  agua  también.  La  nevera  está  conectada.  Hay  un  aplique  de  luz  ahí  en  el  techo.  En  cuanto  hayan  emplastecido  aquí,  llegarán  los  carpinteros  para  poner  los  armarios  de  la  cocina.  Puede  que  tengan  que  desconectar  las  cosas  brevemente,  pero,  en  conjunto,  no  creo  que tengas ningún problema.

Paula se fijó en todo sin hablar. Sin embargo, Pedro tenía cientos de preguntas.¿Estaban   aquellos   trabajadores   autorizados?   ¿Eran   responsables?   ¿Tenían   antecedentes policiales?

—Lo  siguiente  que  querrás  saber  son  sus  expedientes  del  colegio  —dijo  Paula irritada.

—Nunca se tiene demasiado cuidado.

—Estoy segura de que son de confianza —dijo Karina mientras los conducía al dormitorio que también necesitaba emplastecido.

Había  una  cama  tamaño  matrimonial  en  el  centro  de  la  habitación  y  parecía  demasiado  grande  para  una  persona  sola,  pensó  Pedro con  nerviosismo.  ¿La  convencería algún hombre para compartirla con él? ¿Iría su novio el granjero a pasar algún fin de semana con ella?¿Y a él que le importaba?

—Los  escayolistas  y  el  carpintero  han  trabajado  todos  en  el  departamento  de  abajo —prosiguió Karina—. Lo terminaron esta primavera y les quedó maravilloso. Le diré a Rafael  que te lo enseñe.

Inevitable: Capítulo 12

Pedro se encogió de hombros.

—Le  dije  que  empezábamos  a  las  nueve,  así  que  a  ver  si  aparece.  Quizá  haya  recuperado ya la razón y haya decidido volver a su casa.

En ese momento se abrió la puerta.

—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Paula.

Pedro lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.También  parecía  fresca  y  bien  descansada,  mucho  más  que  él.  Y  aunque  tenía  las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.

—Todavía  no  te  he  encontrado  un  sitio  para  quedarte  —anunció  Pedro para  disuadirla.
Hamptons,  pero  el  otro  día  me  dijo  que  le  gustaría  que  alguien  echara  un  vistazo  a  las  cosas,  estar  allí  cuando  aparezcan  los  escayolistas  y  ese  tipo  de cosas.

—Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa —intervino Cecilia.

Tanto Paula como Pedro se dieron la vuelta para mirarla.Cecilia se encogió de hombros.

—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el departamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar  fuera,  en  los 
A Paula se le iluminaron los ojos.

—¡Fantástico!

—Espera un minuto —objetó Pedro.

Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Que no  creía  que  el  departamento  de  la  hermana  de  una  estilista  de  pelo  morado  fuera  apropiado para una profesora de jardín de infancia?

—Mi  hermana  no  se parece  a  mí  —pareció  leerle  el  pensamiento  Cecilia—. Karina es... normal.

—No me refería  a  eso  —se   encogió  de  hombros  con  irritación—.   Bien,   pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.

Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se dio la vuelta hacia el estudio.Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.

—Espérame —dijo Paula un poco jadeante.

Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.

—Vete a ayudar a Eliana. Cuando llegue Andrea que pase a ayudarme a mí.

Pedro se dió la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Eliana no era lo mismo que echarla a la calle.La puerta exterior se abrió y empezaron a aparecer las primeras modelos.

—¡Hola, Pedro!

—¡Hola, precioso!

Pedro les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Paula.

—Vete —dijo—. ¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?

Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.Pedro se dió la vuelta para cargar un carrete y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Eliana hablando con Paula acerca de la planificación.

—Déjame tomar algunas notas —dijo Paula.

Pedro asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Eliana.Ya sólo faltaba que apareciera Andrea.Necesitaba  que  le  colocara  los  focos  y  los  reflectores  mientras  Cecilia terminaba  con  el  pelo  de  las  modelos.  Y  después  necesitaría  que  le  fuera  cambiando  las  luces  mientras disparaba.Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Eliana asomó la cabeza por la puerta.

—Acaba  de  llamar  Andrea.  No  puede  venir  hoy.  Parece  que  sus  planetas  no  tienen la alineación correcta.

Pedro  la miró alucinado.Eliana se encogió de hombros con una leve sonrisa.

—Parece que es muy sensible a ese tipo de cosas.

Pedro le lanzó una mirada glacial.

—Es una lástima —dijo Eliana con la misma sonrisa—. Te vendría bien un poco de ayuda.

Pedro pudo ver a Paula sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando  notas  con  atención  mientras  se  mordía  el  labio  inferior.  La  miró  y  después a Eliana. Maldición, ¿Es que iba a hacerle suplicar?

—Podría mandar a Paula para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono —se aventuró su directora después de un momento.

—Hazlo. — Paula apareció a los cinco minutos.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó con ansiedad.

—Coloca esos ahí —Pedro señaló los reflectores y le indicó donde.

Paula se puso a trabajar en el acto.