Pedro se encogió de hombros.
—Le dije que empezábamos a las nueve, así que a ver si aparece. Quizá haya recuperado ya la razón y haya decidido volver a su casa.
En ese momento se abrió la puerta.
—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Paula.
Pedro lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.También parecía fresca y bien descansada, mucho más que él. Y aunque tenía las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.
—Todavía no te he encontrado un sitio para quedarte —anunció Pedro para disuadirla.
Hamptons, pero el otro día me dijo que le gustaría que alguien echara un vistazo a las cosas, estar allí cuando aparezcan los escayolistas y ese tipo de cosas.
—Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa —intervino Cecilia.
Tanto Paula como Pedro se dieron la vuelta para mirarla.Cecilia se encogió de hombros.
—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el departamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar fuera, en los
A Paula se le iluminaron los ojos.
—¡Fantástico!
—Espera un minuto —objetó Pedro.
Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Que no creía que el departamento de la hermana de una estilista de pelo morado fuera apropiado para una profesora de jardín de infancia?
—Mi hermana no se parece a mí —pareció leerle el pensamiento Cecilia—. Karina es... normal.
—No me refería a eso —se encogió de hombros con irritación—. Bien, pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.
Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se dio la vuelta hacia el estudio.Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.
—Espérame —dijo Paula un poco jadeante.
Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.
—Vete a ayudar a Eliana. Cuando llegue Andrea que pase a ayudarme a mí.
Pedro se dió la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Eliana no era lo mismo que echarla a la calle.La puerta exterior se abrió y empezaron a aparecer las primeras modelos.
—¡Hola, Pedro!
—¡Hola, precioso!
Pedro les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Paula.
—Vete —dijo—. ¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?
Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.Pedro se dió la vuelta para cargar un carrete y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Eliana hablando con Paula acerca de la planificación.
—Déjame tomar algunas notas —dijo Paula.
Pedro asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Eliana.Ya sólo faltaba que apareciera Andrea.Necesitaba que le colocara los focos y los reflectores mientras Cecilia terminaba con el pelo de las modelos. Y después necesitaría que le fuera cambiando las luces mientras disparaba.Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Eliana asomó la cabeza por la puerta.
—Acaba de llamar Andrea. No puede venir hoy. Parece que sus planetas no tienen la alineación correcta.
Pedro la miró alucinado.Eliana se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—Parece que es muy sensible a ese tipo de cosas.
Pedro le lanzó una mirada glacial.
—Es una lástima —dijo Eliana con la misma sonrisa—. Te vendría bien un poco de ayuda.
Pedro pudo ver a Paula sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando notas con atención mientras se mordía el labio inferior. La miró y después a Eliana. Maldición, ¿Es que iba a hacerle suplicar?
—Podría mandar a Paula para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono —se aventuró su directora después de un momento.
—Hazlo. — Paula apareció a los cinco minutos.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó con ansiedad.
—Coloca esos ahí —Pedro señaló los reflectores y le indicó donde.
Paula se puso a trabajar en el acto.
miércoles, 7 de marzo de 2018
Inevitable: Capítulo 11
—Estás buscándote problemas —había dicho David.
Pero Paula no estaba tan segura. Estaba buscando una prueba. Necesitaba ver cómo era el mundo tras las colinas onduladas y los riachuelos del norte de Iowa, donde se había criado. Collierville era maravilloso, pero quizá, como la hermana Carmen, estuviera eligiendo el camino más fácil.Quizá ella debería irse también.
—¡Desde luego, no quince años! —había exclamado David cuando le había contado cuánto tiempo había estado la hermana fuera.
—¡Por supuesto que no! Un par de meses. Eso es todo. ¿Qué te parece?
—Pienso que es una locura —había dicho David con su acostumbrada sinceridad—. ¿Qué hay ahí fuera que no haya aquí? Aparte de crimen, pobreza, suciedad y aire contaminado, quiero decir.
David sabía que eso en cierto grado también lo tenían en Iowa, pero sacaba los argumentos de toda la población que se sentía superior a los neoyorquinos. Pero al final la había apoyado y le había dicho a sus padres que sí Paula sentía que tenía que hacerlo, entonces debía hacerlo. Y a los padres de ella que no le importaba esperar para casarse. Al fin y al cabo ya habían esperado otras veces.
—Volveré en agosto —les había recordado ella a todos.
—Y me dejas a mí con todo el trabajo —se había quejado su madre.
Pero Paula sabía que, secretamente, su madre estaba encantada. Ella tenía mucho más interés que su hija en organizar una boda memorable.
—Me llevaré la agenda conmigo. Organizaré lo de las flores y el servicio de restaurante —prometió Paula—. Y mandaré las invitaciones desde allí.
Y se había llevado su agenda. Pero esa noche no estaba trabajando con la lista de flores ni de invitados. Esa noche estaba contemplando transfigurada el horizonte de Nueva York y de vez en cuando tenía que pellizcarse para saber que no estaba soñando. Iba a ser maravilloso. La experiencia. El trabajo. Haría un buen trabajo, a eso estaba decidida. A pesar del desastroso y humillante comienzo, salvaría el trabajo. Y volvería en paz a casa; habiendo visto las luces y la gran ciudad, estaría preparada para sentar la cabeza con David. Como la hermana Carmen conocería el gran mundo y volvería a casa. Cerró los ojos entonces y pensó en Iowa. Pensó en lo verde que era la hierba y lo azul del cielo. Pensó en David: fuerte, equilibrado y dependiente. Era todo lo que siempre había buscado en un hombre. Pero justo antes de quedarse dormida se encontró esperando que, cuando se acercara desnuda a él en su noche de boda, la mirara con la misma intensidad con que la había mirado Pedro Alfonso.
¡Era como si Sonia hubiera hecho un pacto con el Altísimo!Bueno, admitió Pedro, quizá lo hubiera hecho. Ella siempre estaba ayudando a los demás. Quizá fuera por eso por lo que todo lo relacionado con Paula estuviera saliendo a pies juntillas.Acababa de estar junto a la mesa de Edith diciéndole que si quería que Paula la sustituyera tendría que buscarle un sitio para quedarse cuando la puerta se había abierto y había aparecido Sierra, la estilista.
—¿Se queda? —Cecilia pareció encantada—. ¿La amiga de tu hermana? ¡Estás de broma!
—Ya me gustaría. No quiere irse.
Cecilia abrió mucho los ojos.
—¿Sólo te ha echado un vistazo y ya ha decidido que no puede vivir sin tí?
Cecilia trabajaba a menudo con Pedro y sabía cómo las mujeres se rendían a sus pies. Y también lo que a él lo irritaba eso.
—Está prometida.
Cecilia parpadeó con sorpresa.
—Podrías desbancarlo.
—¡No tengo el mínimo interés!
El tono de su voz hizo que la estilista diera un paso atrás. Entonces se encogió de nuevo de hombros.
—Tú nunca lo tienes, ¿Verdad?
—No —aseguró él con firmeza—. No lo tengo.
—Bueno, ¿Cuándo empieza a trabajar?
Pero Paula no estaba tan segura. Estaba buscando una prueba. Necesitaba ver cómo era el mundo tras las colinas onduladas y los riachuelos del norte de Iowa, donde se había criado. Collierville era maravilloso, pero quizá, como la hermana Carmen, estuviera eligiendo el camino más fácil.Quizá ella debería irse también.
—¡Desde luego, no quince años! —había exclamado David cuando le había contado cuánto tiempo había estado la hermana fuera.
—¡Por supuesto que no! Un par de meses. Eso es todo. ¿Qué te parece?
—Pienso que es una locura —había dicho David con su acostumbrada sinceridad—. ¿Qué hay ahí fuera que no haya aquí? Aparte de crimen, pobreza, suciedad y aire contaminado, quiero decir.
David sabía que eso en cierto grado también lo tenían en Iowa, pero sacaba los argumentos de toda la población que se sentía superior a los neoyorquinos. Pero al final la había apoyado y le había dicho a sus padres que sí Paula sentía que tenía que hacerlo, entonces debía hacerlo. Y a los padres de ella que no le importaba esperar para casarse. Al fin y al cabo ya habían esperado otras veces.
—Volveré en agosto —les había recordado ella a todos.
—Y me dejas a mí con todo el trabajo —se había quejado su madre.
Pero Paula sabía que, secretamente, su madre estaba encantada. Ella tenía mucho más interés que su hija en organizar una boda memorable.
—Me llevaré la agenda conmigo. Organizaré lo de las flores y el servicio de restaurante —prometió Paula—. Y mandaré las invitaciones desde allí.
Y se había llevado su agenda. Pero esa noche no estaba trabajando con la lista de flores ni de invitados. Esa noche estaba contemplando transfigurada el horizonte de Nueva York y de vez en cuando tenía que pellizcarse para saber que no estaba soñando. Iba a ser maravilloso. La experiencia. El trabajo. Haría un buen trabajo, a eso estaba decidida. A pesar del desastroso y humillante comienzo, salvaría el trabajo. Y volvería en paz a casa; habiendo visto las luces y la gran ciudad, estaría preparada para sentar la cabeza con David. Como la hermana Carmen conocería el gran mundo y volvería a casa. Cerró los ojos entonces y pensó en Iowa. Pensó en lo verde que era la hierba y lo azul del cielo. Pensó en David: fuerte, equilibrado y dependiente. Era todo lo que siempre había buscado en un hombre. Pero justo antes de quedarse dormida se encontró esperando que, cuando se acercara desnuda a él en su noche de boda, la mirara con la misma intensidad con que la había mirado Pedro Alfonso.
¡Era como si Sonia hubiera hecho un pacto con el Altísimo!Bueno, admitió Pedro, quizá lo hubiera hecho. Ella siempre estaba ayudando a los demás. Quizá fuera por eso por lo que todo lo relacionado con Paula estuviera saliendo a pies juntillas.Acababa de estar junto a la mesa de Edith diciéndole que si quería que Paula la sustituyera tendría que buscarle un sitio para quedarse cuando la puerta se había abierto y había aparecido Sierra, la estilista.
—¿Se queda? —Cecilia pareció encantada—. ¿La amiga de tu hermana? ¡Estás de broma!
—Ya me gustaría. No quiere irse.
Cecilia abrió mucho los ojos.
—¿Sólo te ha echado un vistazo y ya ha decidido que no puede vivir sin tí?
Cecilia trabajaba a menudo con Pedro y sabía cómo las mujeres se rendían a sus pies. Y también lo que a él lo irritaba eso.
—Está prometida.
Cecilia parpadeó con sorpresa.
—Podrías desbancarlo.
—¡No tengo el mínimo interés!
El tono de su voz hizo que la estilista diera un paso atrás. Entonces se encogió de nuevo de hombros.
—Tú nunca lo tienes, ¿Verdad?
—No —aseguró él con firmeza—. No lo tengo.
—Bueno, ¿Cuándo empieza a trabajar?
viernes, 2 de marzo de 2018
Inevitable: Capítulo 10
—¿Es todo lo que esperabas?
—La verdad es que más. ¡Y no sabía él cuánto más!
—¿Dónde te alojas? ¿Cómo es el sitio?
Ella le explicó cómo era el hotel.
—Respetable —había dicho Pedro—. Y seguro —recordó cómo se le había contraído un músculo de la mandíbula—. Me gustaría que tuvieran cierre por fuera también las habitaciones —había murmurado.
Paula no estaba segura de lo que había querido decir con aquello, pero no lo había preguntado. David estaba sorprendido.
—Pensé que ibas a alquilar un departamento.
—Esto es sólo temporal. Él no ha encontrado un sitio todavía.
Lo que no le contó fue lo que había insistido Pedro en que volviera a casa.
—¡No te quedarás con él!
—¡Por supuesto que no!
Pedro Alfonso deseaba menos que se quedara en su casa de lo que lo deseaba David.
—No puedo permitirme pagar un hotel —había protestado ella.
—Pero yo sí.
Así que se había plantado delante del mostrador de recepción y había pagado una noche. Paula había intentado buscar su tarjeta de crédito.
—¡Una noche puedo pagármela yo!
Pero él no le había hecho ni caso. La había registrado, le había pasado las bolsas al botones, le había dado la propina y le había dicho que esperaba que recuperara la razón al día siguiente y se fuera a su casa. Entonces se había dado la vuelta en dirección a la puerta.
—¡Espera! —le había llamado Paula —. ¿A qué hora empezamos mañana?
Él se había dado la vuelta y la había mirado durante un largo momento. Entonces había enarcado la comisura del labio y había dicho:
—La primera sesión es a las nueve.
—Mañana encontraré un sitio —le dijo a David volviendo a la conversación—. Después del trabajo.
—Un sitio seguro —le aleccionó David.
—Por supuesto.
—Te echo de menos.
—Yo también te echo de menos, pero estaré de vuelta en casa antes de que te enteres.
—Me enteraré —refunfuñó él—. Todavía quedan sesenta y un días más.
Los había contado, comprendió Paula con sensación de culpabilidad. Bueno, ella también los había contado, pero con anticipación, no con enojo.
—Comparado con toda la vida, sesenta y un días no es tanto tiempo —dijo con suavidad—. Y en cuanto vuelva a casa, me tendrás para siempre.
Y eso era verdad. Paula había tenido a David en su vida durante tanto tiempo, que casi no concebía la existencia sin él. Quizá fuera eso lo que estuviera intentando averiguar.
—La hermana Carmen tiene toda la culpa.
—No ha sido sólo la hermana Carmen.
Pero David no estaba convencido.Y tenía razón en que había sido la hermana Carmen, la abadesa del monasterio de Collierville, la que le había metido la idea en la cabeza.Paula había entrevistado a la monja un mes atrás para el periódico. Se habían caído bien al instante y en el curso de la conversación, la hermana Carmen le había contado el viaje espiritual que había realizado antes de llegar a su puesto de abadesa.Había llegado a la abadía nada más salir de la universidad, con el entusiasmo e idealismo de la juventud intactos.
—Me encantó —le contó con los ojos castaños chispeantes—. Me sentí al instante como en mi casa. Más viva. Centrada. Como si fuera el sitio al que siempre hubiera estado destinada. Y todo transcurrió con suavidad hasta que se acercó el día de mis votos. Entonces empecé a sentirme muy inquieta y nerviosa. ¿Y si estaba equivocada? ¿Y si sólo lo estaba haciendo porque me resultaba muy fácil? ¿Quizá demasiado fácil?
Paula , que se estaba sintiendo igual los últimos meses, se inclinó hacia adelante y preguntó con ansiedad.
—¿Y cómo lo superó?
—No lo hice —le dijo la abadesa con una sonrisa—. Me fui.
—¿Que se fue?
Paula soltó el bolígrafo y la miró para saber si estaba bromeando.
—No podía quedarme. No hasta que estuviera segura. Así que decidí poner a prueba mi vocación, salir, vivir en el «mundo real» una temporada y ver si era allí donde pertenecía. Y eso hice.
Paula sonrió.
—Y cuando lo conoció, ¿No le gustó?
La hermana Carmela sacudió la cabeza.
—Al contrario, me gustó mucho. Era maravilloso y tuve mucho éxito bajo la perspectiva del «mundo real». Pero al final supe que no era lo adecuado para mí. Vi que por mucho éxito que tuviera, pertenecía aquí. Y entonces me volví.Tenía sentido.
Mientras le contaba su vida monástica, la hermana bien podría haber estado hablando de la misma vida de Paula. Ella se había empezado a sentirse igual de insegura e inquieta al acercarse la fecha de la boda con David. Cierto que todavía le faltaban cuatro meses, pero había noches en que no podía dormir. No dejaba de pensar en el resto de su vida... y preguntarse si iba a ser algo diferente de lo que ya conocía. Ella y David llevaban tanto tiempo juntos y parecían encajar tan bien como el monasterio y la hermana Carmen. Y eso la ponía nerviosa.
—La verdad es que más. ¡Y no sabía él cuánto más!
—¿Dónde te alojas? ¿Cómo es el sitio?
Ella le explicó cómo era el hotel.
—Respetable —había dicho Pedro—. Y seguro —recordó cómo se le había contraído un músculo de la mandíbula—. Me gustaría que tuvieran cierre por fuera también las habitaciones —había murmurado.
Paula no estaba segura de lo que había querido decir con aquello, pero no lo había preguntado. David estaba sorprendido.
—Pensé que ibas a alquilar un departamento.
—Esto es sólo temporal. Él no ha encontrado un sitio todavía.
Lo que no le contó fue lo que había insistido Pedro en que volviera a casa.
—¡No te quedarás con él!
—¡Por supuesto que no!
Pedro Alfonso deseaba menos que se quedara en su casa de lo que lo deseaba David.
—No puedo permitirme pagar un hotel —había protestado ella.
—Pero yo sí.
Así que se había plantado delante del mostrador de recepción y había pagado una noche. Paula había intentado buscar su tarjeta de crédito.
—¡Una noche puedo pagármela yo!
Pero él no le había hecho ni caso. La había registrado, le había pasado las bolsas al botones, le había dado la propina y le había dicho que esperaba que recuperara la razón al día siguiente y se fuera a su casa. Entonces se había dado la vuelta en dirección a la puerta.
—¡Espera! —le había llamado Paula —. ¿A qué hora empezamos mañana?
Él se había dado la vuelta y la había mirado durante un largo momento. Entonces había enarcado la comisura del labio y había dicho:
—La primera sesión es a las nueve.
—Mañana encontraré un sitio —le dijo a David volviendo a la conversación—. Después del trabajo.
—Un sitio seguro —le aleccionó David.
—Por supuesto.
—Te echo de menos.
—Yo también te echo de menos, pero estaré de vuelta en casa antes de que te enteres.
—Me enteraré —refunfuñó él—. Todavía quedan sesenta y un días más.
Los había contado, comprendió Paula con sensación de culpabilidad. Bueno, ella también los había contado, pero con anticipación, no con enojo.
—Comparado con toda la vida, sesenta y un días no es tanto tiempo —dijo con suavidad—. Y en cuanto vuelva a casa, me tendrás para siempre.
Y eso era verdad. Paula había tenido a David en su vida durante tanto tiempo, que casi no concebía la existencia sin él. Quizá fuera eso lo que estuviera intentando averiguar.
—La hermana Carmen tiene toda la culpa.
—No ha sido sólo la hermana Carmen.
Pero David no estaba convencido.Y tenía razón en que había sido la hermana Carmen, la abadesa del monasterio de Collierville, la que le había metido la idea en la cabeza.Paula había entrevistado a la monja un mes atrás para el periódico. Se habían caído bien al instante y en el curso de la conversación, la hermana Carmen le había contado el viaje espiritual que había realizado antes de llegar a su puesto de abadesa.Había llegado a la abadía nada más salir de la universidad, con el entusiasmo e idealismo de la juventud intactos.
—Me encantó —le contó con los ojos castaños chispeantes—. Me sentí al instante como en mi casa. Más viva. Centrada. Como si fuera el sitio al que siempre hubiera estado destinada. Y todo transcurrió con suavidad hasta que se acercó el día de mis votos. Entonces empecé a sentirme muy inquieta y nerviosa. ¿Y si estaba equivocada? ¿Y si sólo lo estaba haciendo porque me resultaba muy fácil? ¿Quizá demasiado fácil?
Paula , que se estaba sintiendo igual los últimos meses, se inclinó hacia adelante y preguntó con ansiedad.
—¿Y cómo lo superó?
—No lo hice —le dijo la abadesa con una sonrisa—. Me fui.
—¿Que se fue?
Paula soltó el bolígrafo y la miró para saber si estaba bromeando.
—No podía quedarme. No hasta que estuviera segura. Así que decidí poner a prueba mi vocación, salir, vivir en el «mundo real» una temporada y ver si era allí donde pertenecía. Y eso hice.
Paula sonrió.
—Y cuando lo conoció, ¿No le gustó?
La hermana Carmela sacudió la cabeza.
—Al contrario, me gustó mucho. Era maravilloso y tuve mucho éxito bajo la perspectiva del «mundo real». Pero al final supe que no era lo adecuado para mí. Vi que por mucho éxito que tuviera, pertenecía aquí. Y entonces me volví.Tenía sentido.
Mientras le contaba su vida monástica, la hermana bien podría haber estado hablando de la misma vida de Paula. Ella se había empezado a sentirse igual de insegura e inquieta al acercarse la fecha de la boda con David. Cierto que todavía le faltaban cuatro meses, pero había noches en que no podía dormir. No dejaba de pensar en el resto de su vida... y preguntarse si iba a ser algo diferente de lo que ya conocía. Ella y David llevaban tanto tiempo juntos y parecían encajar tan bien como el monasterio y la hermana Carmen. Y eso la ponía nerviosa.
Inevitable: Capítulo 9
Era a la gente a quien él quería fotografiar. Trabajar para Carlos Volano le había parecido una oportunidad fantástica para aprender de uno de los mejores fotógrafos del mundo de gente famosa. Después podría despegar de allí usando lo que hubiera aprendido y fotografiar lo que quisiera. Aquél había sido su plan, al menos. Pero la vida tenía una forma peculiar de trastocar los planes mejor concebidos. El trabajo del verano se había prolongado al otoño y después de eso... Bueno, las cosas habían cambiado y Pedro ya no había vuelto.No es que Sonia no valorara su éxito como uno de los mejores fotógrafos de moda, pero nunca dudaba en preguntarle qué había pasado con su sueño de fotografiar a gente de todos los extractos sociales. Y tampoco vacilaba en decirle lo estupendo que sería que encontrara a una chica encantadora, se casara con ella y volviera a Iowa a fotografiar a granjeros y reinas de belleza.O quizá, sólo por esa vez, sí había vacilado.
—No estoy interesado —dijo Pedro por si acaso.
—¿Interesado? Ah, ¿Quieres decir en Paula? —Sonia se rió con tensión—. Por supuesto que no. Y Paula tampoco está interesada en tí. Va a casarse en septiembre.
¿Casarse? ¿Paula? Pedro se quedó un poco jadeante, como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Eso le asombró. ¿Por qué debería importarle a él?No le importaba.Era sólo que su mente había evocado la imagen de una Paula muy sonrojada, desnuda y trémula que no parecía la prometida de nadie.
—¿Y quién es el idiota que la ha dejado suelta en Nueva York?
—Si estás preguntando con quién está prometida, es con David Shelton. Es un joven muy agradable. ¿Te acuerdas de Ernesto y Lidia Shelton? ¿De la granja del norte del pueblo? David es su hijo.
Pedro recordaba vagamente el nombre.
—Había una Jimena Shelton en mi clase.
—Es la hermana mayor de David. Se casó y se fue a vivir a Dubuque, pero se separó hace tres años y volvió aquí con los niños. Hasta hace un par de meses ha estado viviendo en una casa móvil en la granja, que era donde David y Paula iban a vivir. Ésa es la razón por la que no se han casado hace tres años.
—¿Llevan prometidos tres años?
—No, creo que ocho.
—¿Ocho?
—Pero estoy hablando sin saber, así que no debería estar cotilleando. Te dejaré ya, cariño. Sólo mantenme informada. Y si quieres saber algo más acerca de Paula y de David, estoy segura de que a ella le encantará contártelo. Sólo pregúntale.
¡Que le ahorcaran si pensaba preguntarle nada!
Paula imaginaba que debería sentirse culpable. Sabía que Pedro Alfonso no quería que trabajara para él, pero ella había organizado tal revuelo para irse de casa que ya no podía volver y decirle a David que había cambiado de idea. Su prometido querría saber por qué. Y como ella era incapaz de mentir, tendría que contarle su equivocación y el ridículo en que se había puesto.Y eso no pensaba hacerlo de ninguna manera. Así que se quedaba.Horas más tarde, en la habitación del hotel donde Pedro la había empaquetado sin ceremonia, apretó la cara contra el cristal de la ventana intentando ver el Empire State.En ese momento sonó el teléfono. Sabía que sería David. Lo había llamado en cuanto había llegado a la habitación olvidándose de la diferencia horaria y de que estaría ordeñando durante al menos una hora más. Le había dejado un mensaje con el número de teléfono pidiendo que la llamara.
—¡Hola! ¿Estás ya satisfecha?
Paula casi sonrió.
—No del todo. ¿Cómo estás tú?
Estaba bien, por supuesto. Si lo acababa de dejar sólo dieciséis horas antes. Pero su novio le contó lo que había hecho ese día, cómo estaba el tiempo, las vacas y la cena que acababa de tomar en casa de sus padres.
—Mamá me invitó a cenar. Creo que quería comprobar si aparecía solo y si realmente te habías ido. No puede creer que estés haciendo esto.
La mayoría de la gente del pueblo no podía.Los doscientos cincuenta habitantes de Collierville no sentían ninguna gana de pasar un verano en Nueva York. Todos pensaban que se había vuelto loca. Y Paula había dejado de intentar explicarles nada, excepto a David. Necesitaba que él la entendiera y había pensado que lo haría. Ellos dos habían crecido juntos, habían jugado desde niños, habían ido a la misma escuela y habían empezado a salir en serio cuando los demás sólo jugueteaban. Había supuesto siempre que estaban destinados el uno para el otro. Desde luego, no había nada de David que ella no supiera. Y nada que él no supiera de ella, excepto que había bailado desnuda esa tarde.
—¿Estás contenta?
—Hasta ahora sí.
—No estoy interesado —dijo Pedro por si acaso.
—¿Interesado? Ah, ¿Quieres decir en Paula? —Sonia se rió con tensión—. Por supuesto que no. Y Paula tampoco está interesada en tí. Va a casarse en septiembre.
¿Casarse? ¿Paula? Pedro se quedó un poco jadeante, como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Eso le asombró. ¿Por qué debería importarle a él?No le importaba.Era sólo que su mente había evocado la imagen de una Paula muy sonrojada, desnuda y trémula que no parecía la prometida de nadie.
—¿Y quién es el idiota que la ha dejado suelta en Nueva York?
—Si estás preguntando con quién está prometida, es con David Shelton. Es un joven muy agradable. ¿Te acuerdas de Ernesto y Lidia Shelton? ¿De la granja del norte del pueblo? David es su hijo.
Pedro recordaba vagamente el nombre.
—Había una Jimena Shelton en mi clase.
—Es la hermana mayor de David. Se casó y se fue a vivir a Dubuque, pero se separó hace tres años y volvió aquí con los niños. Hasta hace un par de meses ha estado viviendo en una casa móvil en la granja, que era donde David y Paula iban a vivir. Ésa es la razón por la que no se han casado hace tres años.
—¿Llevan prometidos tres años?
—No, creo que ocho.
—¿Ocho?
—Pero estoy hablando sin saber, así que no debería estar cotilleando. Te dejaré ya, cariño. Sólo mantenme informada. Y si quieres saber algo más acerca de Paula y de David, estoy segura de que a ella le encantará contártelo. Sólo pregúntale.
¡Que le ahorcaran si pensaba preguntarle nada!
Paula imaginaba que debería sentirse culpable. Sabía que Pedro Alfonso no quería que trabajara para él, pero ella había organizado tal revuelo para irse de casa que ya no podía volver y decirle a David que había cambiado de idea. Su prometido querría saber por qué. Y como ella era incapaz de mentir, tendría que contarle su equivocación y el ridículo en que se había puesto.Y eso no pensaba hacerlo de ninguna manera. Así que se quedaba.Horas más tarde, en la habitación del hotel donde Pedro la había empaquetado sin ceremonia, apretó la cara contra el cristal de la ventana intentando ver el Empire State.En ese momento sonó el teléfono. Sabía que sería David. Lo había llamado en cuanto había llegado a la habitación olvidándose de la diferencia horaria y de que estaría ordeñando durante al menos una hora más. Le había dejado un mensaje con el número de teléfono pidiendo que la llamara.
—¡Hola! ¿Estás ya satisfecha?
Paula casi sonrió.
—No del todo. ¿Cómo estás tú?
Estaba bien, por supuesto. Si lo acababa de dejar sólo dieciséis horas antes. Pero su novio le contó lo que había hecho ese día, cómo estaba el tiempo, las vacas y la cena que acababa de tomar en casa de sus padres.
—Mamá me invitó a cenar. Creo que quería comprobar si aparecía solo y si realmente te habías ido. No puede creer que estés haciendo esto.
La mayoría de la gente del pueblo no podía.Los doscientos cincuenta habitantes de Collierville no sentían ninguna gana de pasar un verano en Nueva York. Todos pensaban que se había vuelto loca. Y Paula había dejado de intentar explicarles nada, excepto a David. Necesitaba que él la entendiera y había pensado que lo haría. Ellos dos habían crecido juntos, habían jugado desde niños, habían ido a la misma escuela y habían empezado a salir en serio cuando los demás sólo jugueteaban. Había supuesto siempre que estaban destinados el uno para el otro. Desde luego, no había nada de David que ella no supiera. Y nada que él no supiera de ella, excepto que había bailado desnuda esa tarde.
—¿Estás contenta?
—Hasta ahora sí.
Inevitable: Capítulo 8
Por supuesto, Pedro tenía que buscarle un sitio para quedarse. Sonia le recordó que lo había prometido.
—¿Que yo hice qué? —gritó él.
Su hermana había llamado a última hora de la tarde para ver qué tal iban las cosas, cómo estaba «la querida Paula» y si le había organizado la estancia.
—Dijiste que le buscarías un sitio de alquiler —repitió Sonia.
Pedro estaba seguro de no haber dicho tal cosa.
—¿Que yo he dicho que le buscaría un sitio de alquiler? ¿Con esas palabras?
—Bueno, no hace falta que te pongas como un abogado —refunfuñó su hermana—. Supongo que no fue exactamente con esas palabras. Yo te pregunté si podrías buscarle un sitio y me dijiste que suponías que sí.
—Pero nunca pensé...
No podía decirle que nunca había creído que seguiría adelante. Le debía demasiado y su hermana apenas le pedía nunca nada.Sólo aquello. Sólo... Paula.
—Nada todavía.
—¿Nada?Gina pareció horrorizada.
—Sí, pero ya buscaré algo.
—No lo sentirás —dijo Sonia con buen humor—. Estoy segura de que les irá bien a lo dos. ¡Paula estaba tan ansiosa por ir! Y es muy trabajadora, Pedro. No hay nada que le puedas pedir en lo que no te pueda ayudar.
—¡No me digas! —replicó Pedro con sequedad para no contarle lo que ya había hecho Paula.
Su hermana quedaría alucinada. Diablos, si cada vez que lo pensaba también él quedaba alucinado. Pero no pensaba mencionarlo. Paula Chaves, desnuda, era un recuerdo que no tenía intención de compartir con nadie.
—Ella misma es bastante buena fotógrafa —prosiguió Sonia—. Oh, no de tu clase, por supuesto, cariño. Pero hace fotos maravillosas para La Gaceta.
La Gaceta de Collierville era el periódico semanal local. Sonia era la directora comercial, así que era evidente que era allí donde se habían conocido. Las fotos que Gib recordaba del periódico eran de reinas de belleza locales, de fiestas de adolescentes, jugadores de fútbol del colegio, concursos de pesca y algunos paisajes de hectáreas y hectáreas de cultivos de maíz y soja.
—¿Y eso la ha inspirado para querer venirse a Nueva York?
—No exactamente. Tuvo que ver con una monja, creo.
—¿Una monja?
—Para un artículo que escribió. Paula, quiero decir. Debió inspirarle algo y ha estado muy inquieta decidiendo qué quería hacer...
¿Bailar desnuda?, pensó Pedro con una sonrisa.
—Había dado clases en el jardín de infancia durante tres años antes de empezar a trabajar en el periódico.
¿Jardín de infancia? ¿Había visto a una profesora de jardín de infancia desnuda?Pero lo que era peor era que el recuerdo le despertaba todavía algo en el cuerpo. Al menos aquella profesión explicaba el vestido tan pudoroso que llevaba.
—Era maravillosa con los niños. También le encantaba el trabajo, pero acabó un poco inquieta. Pensó que quizá no fuera lo que quería hacer toda su vida, así que vino al periódico el año pasado.
—¿Y sigue sin estar satisfecha?
—Bueno, no es que no esté satisfecha, pero ha vivido en Iowa toda la vida. Quería ver lo que está por detrás del horizonte.
¡Más tonta ella!, pensó Pedro.
—No será capaz de aguantar esto —dijo Pedro sin rodeos—. Es demasiado ingenua. Demasiado inocente.
—Bueno, te tiene a tí y...
—¡Desde luego que no me tendrá a mí! Yo no soy Mary Poppins, ¿Sabes?
—Por supuesto que no —replicó Sonia con rapidez—. Tampoco esperaba eso.
De verdad que no. Sólo esperaba que le echaras un vistazo. Y ella está muy ansiosa por aprender todo lo que tengas que enseñarle «¡Oh, Dios, no digas eso!, pensó horrorizado». Y como siempre pareces necesitar una nueva asistente. Ella es exactamente el tipo de chica con la que me gustaría que te... Sonia se detuvo de forma abrupta y hubo un largo y embarazoso silencio. Uno que Pedro esperaba que no rompiera porque sabía exactamente cómo terminaría su hermana.«El tipo de chica con la que me gustaría que te casaras». No era un secreto que Sonia quería verlo casado y de vuelta en Iowa. Eso era lo que siempre había esperado desde el verano en que había aceptado una beca de trabajo con el célebre fotógrafo Carlos Volano doce años atrás.
—Pero si la celebridad no te interesa —había dicho Sonia sin entender por qué quería aceptar aquel trabajo.
—Pero la gente sí.
—¿Que yo hice qué? —gritó él.
Su hermana había llamado a última hora de la tarde para ver qué tal iban las cosas, cómo estaba «la querida Paula» y si le había organizado la estancia.
—Dijiste que le buscarías un sitio de alquiler —repitió Sonia.
Pedro estaba seguro de no haber dicho tal cosa.
—¿Que yo he dicho que le buscaría un sitio de alquiler? ¿Con esas palabras?
—Bueno, no hace falta que te pongas como un abogado —refunfuñó su hermana—. Supongo que no fue exactamente con esas palabras. Yo te pregunté si podrías buscarle un sitio y me dijiste que suponías que sí.
—Pero nunca pensé...
No podía decirle que nunca había creído que seguiría adelante. Le debía demasiado y su hermana apenas le pedía nunca nada.Sólo aquello. Sólo... Paula.
—Nada todavía.
—¿Nada?Gina pareció horrorizada.
—Sí, pero ya buscaré algo.
—No lo sentirás —dijo Sonia con buen humor—. Estoy segura de que les irá bien a lo dos. ¡Paula estaba tan ansiosa por ir! Y es muy trabajadora, Pedro. No hay nada que le puedas pedir en lo que no te pueda ayudar.
—¡No me digas! —replicó Pedro con sequedad para no contarle lo que ya había hecho Paula.
Su hermana quedaría alucinada. Diablos, si cada vez que lo pensaba también él quedaba alucinado. Pero no pensaba mencionarlo. Paula Chaves, desnuda, era un recuerdo que no tenía intención de compartir con nadie.
—Ella misma es bastante buena fotógrafa —prosiguió Sonia—. Oh, no de tu clase, por supuesto, cariño. Pero hace fotos maravillosas para La Gaceta.
La Gaceta de Collierville era el periódico semanal local. Sonia era la directora comercial, así que era evidente que era allí donde se habían conocido. Las fotos que Gib recordaba del periódico eran de reinas de belleza locales, de fiestas de adolescentes, jugadores de fútbol del colegio, concursos de pesca y algunos paisajes de hectáreas y hectáreas de cultivos de maíz y soja.
—¿Y eso la ha inspirado para querer venirse a Nueva York?
—No exactamente. Tuvo que ver con una monja, creo.
—¿Una monja?
—Para un artículo que escribió. Paula, quiero decir. Debió inspirarle algo y ha estado muy inquieta decidiendo qué quería hacer...
¿Bailar desnuda?, pensó Pedro con una sonrisa.
—Había dado clases en el jardín de infancia durante tres años antes de empezar a trabajar en el periódico.
¿Jardín de infancia? ¿Había visto a una profesora de jardín de infancia desnuda?Pero lo que era peor era que el recuerdo le despertaba todavía algo en el cuerpo. Al menos aquella profesión explicaba el vestido tan pudoroso que llevaba.
—Era maravillosa con los niños. También le encantaba el trabajo, pero acabó un poco inquieta. Pensó que quizá no fuera lo que quería hacer toda su vida, así que vino al periódico el año pasado.
—¿Y sigue sin estar satisfecha?
—Bueno, no es que no esté satisfecha, pero ha vivido en Iowa toda la vida. Quería ver lo que está por detrás del horizonte.
¡Más tonta ella!, pensó Pedro.
—No será capaz de aguantar esto —dijo Pedro sin rodeos—. Es demasiado ingenua. Demasiado inocente.
—Bueno, te tiene a tí y...
—¡Desde luego que no me tendrá a mí! Yo no soy Mary Poppins, ¿Sabes?
—Por supuesto que no —replicó Sonia con rapidez—. Tampoco esperaba eso.
De verdad que no. Sólo esperaba que le echaras un vistazo. Y ella está muy ansiosa por aprender todo lo que tengas que enseñarle «¡Oh, Dios, no digas eso!, pensó horrorizado». Y como siempre pareces necesitar una nueva asistente. Ella es exactamente el tipo de chica con la que me gustaría que te... Sonia se detuvo de forma abrupta y hubo un largo y embarazoso silencio. Uno que Pedro esperaba que no rompiera porque sabía exactamente cómo terminaría su hermana.«El tipo de chica con la que me gustaría que te casaras». No era un secreto que Sonia quería verlo casado y de vuelta en Iowa. Eso era lo que siempre había esperado desde el verano en que había aceptado una beca de trabajo con el célebre fotógrafo Carlos Volano doce años atrás.
—Pero si la celebridad no te interesa —había dicho Sonia sin entender por qué quería aceptar aquel trabajo.
—Pero la gente sí.
Inevitable: Capítulo 7
Se detuvo y apretó los labios.
—¿Lío? ¿Qué tipo de lío?
Pero ella no respondió. Al final dijo:
—Mira, ha sido un error involuntario. Me siento como una idiota y debo haberlo parecido.
No, había parecido... memorable. Pedro no creía poder olvidar a Paula Chaves nadando desnuda por su estudio mientras viviera, pero se imaginaba que ella no querría oírlo.
Paula se mordió el labio.
—De verdad que quiero hacer este trabajo. Por favor, no uses contra mí lo que he hecho.
—No lo uso contra tí —dijo él con aspereza—. Pero no puedes quedarte.
—Pero le dijiste a Sonia...
—No —la corrigió él—. Sonia me lo dijo a mí. Siempre me está diciendo lo que tengo que hacer y normalmente me entra por un oído y me sale por el otro, pero a veces le doy la razón.
—Pues esta vez no deberías habérsela dado —dijo Paula con cierta acidez.
—¡Nunca creía que te enviaría!
—Bueno, pues lo ha hecho. Me aseguró que estabas de acuerdo y que me dejarías trabajar durante dos meses. No es para tanto.
—¡Claro que es para tanto!
Ella lo miró aturdida.
—¿Por qué?
La inocencia de su pregunta lo detuvo en seco.
—Porque... porque... Porque no quería una asistente como ella, una ingenua de Iowa, por Dios bendito.
Nueva York era un lugar duro y una persona necesitaba ser sofisticada para sobrevivir. A Paula se la comerían a los pocos minutos.
—No funcionará —fue todo lo que dijo.
—¿Crees que no puedo hacerlo? Crees que soy una incompetente.
Pedro frunció el ceño.
—¡No, no es eso! Estoy seguro de que eres muy competente y...
—¡Lo soy!
—Y que podrías ser una buena asistente.
—¡Lo seré!
—¡Pero yo no quiero una asistente!
—Necesitas a una —intervino Eliana.
Tanto Pedro como Paula se volvieron al unísono para mirar a la mujer mayor sentada tras la mesa de recepción. Ella esbozó un leve asentimiento hacia Paula y una sonrisa benigna hacia Pedro.
—¡Claro que necesitas una!
—Tengo a... ¿Cómo se llama? —casi nunca conseguía recordar sus nombres porque no duraban lo bastante como para que se los aprendiera—. Andrea.
—Y ya sabes lo fiable que es.
Andrea y sus antecesoras aparecían en todas las formas, tamaños y colores. Y también llegaban de forma invariable con aros en la nariz, pelo de punta, mallas negras y muy poco cerebro. Y Pedro pensó que a Paula la recordaría durante bastante tiempo.
—Vamos a necesitar a alguien de confianza —le recordó Eliana—, porque yo me voy con Gabriela la próxima semana.
Pedro frunció el ceño. No quería pensar en aquello. Él confiaba en Eliana para todo su negocio. Ella dirigía el estudio, mantenía a raya a los representantes de publicidad, trataba con las agencias, el servicio de hostelería y la legión de mensajeros que llamaban al timbre en mitad de su trabajo. Se había quedado alucinado cuando le había dicho que estaría fuera un mes.
—¿Un mes?
Nunca se había tomado más de una semana seguida en los diez años que llevaba con él.
—Un mes —dijo ella con firmeza—. Por lo menos. Necesito ayudar a Gabriela con los bebés.
Después de quince años de matrimonio sin hijos, la hija de Eliana, Gabriela, había tenido la desconsideración de elegir ese verano para tener trillizos.
—¿Tres? —había preguntado Pedro alucinado cuando Eliana se lo había contado—. ¿Qué problema hay con uno sólo?
—Aceptaremos todos los que lleguen —había dicho Eliana entusiasmada.
Estaba por las nubes con la idea de irse a North Carolina a ayudar a su hija con los bebés. De hecho, apenas podía esperar. Pedro había sido incapaz de decir que no. Sabía que ella dejaría el trabajo si lo hacía, así que había aceptado aunque le parecía que se había vuelto loco al hacerlo.
—Busca a alguien que ocupe tu puesto —le había dicho por fin el día anterior, cuando ella le había preguntado si tenía a alguien en mente.
—Creo que Paula lo hará bien —dijo Eliana ahora.
—¿Qué? —prácticamente gritó Pedro.
Pero Eliana sólo sonrió con su cara radiante de futura abuela.
—Parece sensata y responsable. Y si tu hermana confía en ella...
—Mi hermana...
—Es buena en juzgar el carácter de la gente —afirmó Eliana con firmeza—. Si no te quiere como ayudante, puedes ser mi sustituta —le dijo a Paula antes de mirar de nuevo a Pedro—. ¿La quieres?
¡Menuda desafortunada elección de palabras!Gibson sentía la lengua trabada. ¡No, maldita sea! No la quería. No la quería ver en su estudio todos los días, ni siquiera en la sala de recepción. Y no sólo porque su cuerpo tenía una reacción inconveniente hacia ella.Pero sabía que estaba atrapado. Sonia proponía y Eliana disponía. Y a él lo habían pillado en el medio.Pero quería dejar una cosa clara. Se dió la vuelta hacia Paula.
—¡No me haré responsable de tí!
Ella lo miró asombrada.
—¡Por supuesto que no!
Pedro alzó un dedo señalándola.
—¡Ni te sacaré de líos ni protegeré tu inocencia de ninguna manera!
—Nunca he pedido...
Él agitó el dedo en el aire para dar más énfasis.
—Sólo quiero dejarlo claro. Si te quedas, será por tu propia cuenta.
—¡Desde luego! —aceptó ella antes de preguntar de forma casi beligerante—. ¿Hay algo más?
Él se dió la vuelta con brusquedad.
—¡Sí! ¡Desde ahora ya te puedes dejar la maldita ropa puesta!
—¿Lío? ¿Qué tipo de lío?
Pero ella no respondió. Al final dijo:
—Mira, ha sido un error involuntario. Me siento como una idiota y debo haberlo parecido.
No, había parecido... memorable. Pedro no creía poder olvidar a Paula Chaves nadando desnuda por su estudio mientras viviera, pero se imaginaba que ella no querría oírlo.
Paula se mordió el labio.
—De verdad que quiero hacer este trabajo. Por favor, no uses contra mí lo que he hecho.
—No lo uso contra tí —dijo él con aspereza—. Pero no puedes quedarte.
—Pero le dijiste a Sonia...
—No —la corrigió él—. Sonia me lo dijo a mí. Siempre me está diciendo lo que tengo que hacer y normalmente me entra por un oído y me sale por el otro, pero a veces le doy la razón.
—Pues esta vez no deberías habérsela dado —dijo Paula con cierta acidez.
—¡Nunca creía que te enviaría!
—Bueno, pues lo ha hecho. Me aseguró que estabas de acuerdo y que me dejarías trabajar durante dos meses. No es para tanto.
—¡Claro que es para tanto!
Ella lo miró aturdida.
—¿Por qué?
La inocencia de su pregunta lo detuvo en seco.
—Porque... porque... Porque no quería una asistente como ella, una ingenua de Iowa, por Dios bendito.
Nueva York era un lugar duro y una persona necesitaba ser sofisticada para sobrevivir. A Paula se la comerían a los pocos minutos.
—No funcionará —fue todo lo que dijo.
—¿Crees que no puedo hacerlo? Crees que soy una incompetente.
Pedro frunció el ceño.
—¡No, no es eso! Estoy seguro de que eres muy competente y...
—¡Lo soy!
—Y que podrías ser una buena asistente.
—¡Lo seré!
—¡Pero yo no quiero una asistente!
—Necesitas a una —intervino Eliana.
Tanto Pedro como Paula se volvieron al unísono para mirar a la mujer mayor sentada tras la mesa de recepción. Ella esbozó un leve asentimiento hacia Paula y una sonrisa benigna hacia Pedro.
—¡Claro que necesitas una!
—Tengo a... ¿Cómo se llama? —casi nunca conseguía recordar sus nombres porque no duraban lo bastante como para que se los aprendiera—. Andrea.
—Y ya sabes lo fiable que es.
Andrea y sus antecesoras aparecían en todas las formas, tamaños y colores. Y también llegaban de forma invariable con aros en la nariz, pelo de punta, mallas negras y muy poco cerebro. Y Pedro pensó que a Paula la recordaría durante bastante tiempo.
—Vamos a necesitar a alguien de confianza —le recordó Eliana—, porque yo me voy con Gabriela la próxima semana.
Pedro frunció el ceño. No quería pensar en aquello. Él confiaba en Eliana para todo su negocio. Ella dirigía el estudio, mantenía a raya a los representantes de publicidad, trataba con las agencias, el servicio de hostelería y la legión de mensajeros que llamaban al timbre en mitad de su trabajo. Se había quedado alucinado cuando le había dicho que estaría fuera un mes.
—¿Un mes?
Nunca se había tomado más de una semana seguida en los diez años que llevaba con él.
—Un mes —dijo ella con firmeza—. Por lo menos. Necesito ayudar a Gabriela con los bebés.
Después de quince años de matrimonio sin hijos, la hija de Eliana, Gabriela, había tenido la desconsideración de elegir ese verano para tener trillizos.
—¿Tres? —había preguntado Pedro alucinado cuando Eliana se lo había contado—. ¿Qué problema hay con uno sólo?
—Aceptaremos todos los que lleguen —había dicho Eliana entusiasmada.
Estaba por las nubes con la idea de irse a North Carolina a ayudar a su hija con los bebés. De hecho, apenas podía esperar. Pedro había sido incapaz de decir que no. Sabía que ella dejaría el trabajo si lo hacía, así que había aceptado aunque le parecía que se había vuelto loco al hacerlo.
—Busca a alguien que ocupe tu puesto —le había dicho por fin el día anterior, cuando ella le había preguntado si tenía a alguien en mente.
—Creo que Paula lo hará bien —dijo Eliana ahora.
—¿Qué? —prácticamente gritó Pedro.
Pero Eliana sólo sonrió con su cara radiante de futura abuela.
—Parece sensata y responsable. Y si tu hermana confía en ella...
—Mi hermana...
—Es buena en juzgar el carácter de la gente —afirmó Eliana con firmeza—. Si no te quiere como ayudante, puedes ser mi sustituta —le dijo a Paula antes de mirar de nuevo a Pedro—. ¿La quieres?
¡Menuda desafortunada elección de palabras!Gibson sentía la lengua trabada. ¡No, maldita sea! No la quería. No la quería ver en su estudio todos los días, ni siquiera en la sala de recepción. Y no sólo porque su cuerpo tenía una reacción inconveniente hacia ella.Pero sabía que estaba atrapado. Sonia proponía y Eliana disponía. Y a él lo habían pillado en el medio.Pero quería dejar una cosa clara. Se dió la vuelta hacia Paula.
—¡No me haré responsable de tí!
Ella lo miró asombrada.
—¡Por supuesto que no!
Pedro alzó un dedo señalándola.
—¡Ni te sacaré de líos ni protegeré tu inocencia de ninguna manera!
—Nunca he pedido...
Él agitó el dedo en el aire para dar más énfasis.
—Sólo quiero dejarlo claro. Si te quedas, será por tu propia cuenta.
—¡Desde luego! —aceptó ella antes de preguntar de forma casi beligerante—. ¿Hay algo más?
Él se dió la vuelta con brusquedad.
—¡Sí! ¡Desde ahora ya te puedes dejar la maldita ropa puesta!
Inevitable: Capítulo 6
Tras la puerta podía escuchar a las otras chicas mientras se vestían. Se reían y charlaban, y abrían y cerraban a portazos.
—¡Adiós, Pedro!
—¡Hasta pronto!
—Te quiero, Pedro.
Con un coro de animadas despedidas, fueron saliendo hasta que sólo quedó el silencio.Y Pedro Alfonso. Era el momento de la verdad. Y sólo tenía dos opciones: podía escabullirse fuera y no volver a dar la cara nunca para tomar el siguiente avión a Iowa o podía enfrentarse al hombre del otro lado de la puerta, prometer que sería una buena ayudante y vivir el resto del verano en Nueva York. Puesto así, no le quedaba elección. Paula quería aquel verano. Necesitaba aquel verano. Había trastocado tanto la vida de David como la suya propia por aquel verano. Era un viaje espiritual, le había dicho.David no lo había entendido y quizá ella no debería haber esperado que lo hiciera. Pero si realmente creía en lo que le había contado, no podía volver a casa.
—Todavía no.
Inspiró entonces con fuerza, cruzó los dedos y abrió la puerta.
—Te he conseguido una reserva de avión —anunció él con brusquedad en cuanto asomó por la puerta del estudio—. Sales a las seis y llegas a Chicago a las nueve. Allí tienes que esperar una hora y tomar el último vuelo para Dubuque a las once y cuarto. Puedes llamar a alguien para que vaya buscarte.
Pedro le dirigió una rápida mirada antes de concentrarse en la pila de basura que había acumulado en su mesa durante doce años. De repente le pareció imperativo ordenarlo. Cuando ella no replicó, alzó la vista de nuevo con cuidado de clavarla en su cara. Por desgracia, allí era donde estaban sus labios. Maldición. Ella lo estaba mirando con gesto de preocupación.
—Lo pagaré yo —anunció con impaciencia al pensar que debía estar preocupada por el precio.
—No es... no es eso. Es que... no puedo irme a casa.
—¿Qué? —Pedro frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir con que no puedes irte a casa? ¡Por supuesto que puedes!
Pero Paula Chaves sólo sacudió la cabeza con énfasis.
—No, no puedo. Al menos hasta el quince de agosto.
—¿Es que te han expulsado de Iowa hasta el quince de agosto?
—He dicho que volvería el quince de agosto —aseguró ella como si aquello fuera alguna explicación.Y no lo era.
—¿Y qué? Llámalos y dí que has cambiado de planes, que vuelves esta noche.
Pero ella sólo sacudió la cabeza.
—No puedo.
Pedro apretó la mandíbula.
—¿Por qué diablos no?
Paula retorció los dedos y lo miró. Sus ojos azul violeta parpadearon un instante.
—¡Deja de hacer eso!
—¿Hacer qué?
Paula parecía estupefacta.
—Llorar. No te atrevas a llorar.
Ella alzó la barbilla.
—Yo no lloro nunca. Al menos no por un trabajo.
Vaciló e inspiró con fuerza y sus senos se balancearon con morbidez. Pedro cerró los ojos. Entonces se dó la vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió para que se fuera. Eliana, su directora de estudio, seguía sentada tras su mesa y él esperaba que su presencia animara a Paula a terminar la discusión.
—Sé que me he puesto en ridículo esta tarde —dijo Paula con voz suave pera firme—, pero cuando hablamos del trabajo Sonia y yo, le dije que estaba dispuesta a hacer todo lo que una asistente tuviera que hacer. Y, bueno, una de las cosas que ella me dijo que hacían era posar por las modelos mientras se medía la luz y el ángulo. Yo... no estaba pensando. Debería haber comprendido que no estabas sólo haciendo ajustes. Pero pensé que se esperaba de mí hacer eso. Y cuando me dijiste que si no lo hacía, podía volverme a mi casa.... Bueno, tampoco podía hacer aquello.
—¿Por qué no?
Ella lo miró como si estuviera loco.
—¡Porque no podía! No después de organizar el lío que he montado y...
—¡Adiós, Pedro!
—¡Hasta pronto!
—Te quiero, Pedro.
Con un coro de animadas despedidas, fueron saliendo hasta que sólo quedó el silencio.Y Pedro Alfonso. Era el momento de la verdad. Y sólo tenía dos opciones: podía escabullirse fuera y no volver a dar la cara nunca para tomar el siguiente avión a Iowa o podía enfrentarse al hombre del otro lado de la puerta, prometer que sería una buena ayudante y vivir el resto del verano en Nueva York. Puesto así, no le quedaba elección. Paula quería aquel verano. Necesitaba aquel verano. Había trastocado tanto la vida de David como la suya propia por aquel verano. Era un viaje espiritual, le había dicho.David no lo había entendido y quizá ella no debería haber esperado que lo hiciera. Pero si realmente creía en lo que le había contado, no podía volver a casa.
—Todavía no.
Inspiró entonces con fuerza, cruzó los dedos y abrió la puerta.
—Te he conseguido una reserva de avión —anunció él con brusquedad en cuanto asomó por la puerta del estudio—. Sales a las seis y llegas a Chicago a las nueve. Allí tienes que esperar una hora y tomar el último vuelo para Dubuque a las once y cuarto. Puedes llamar a alguien para que vaya buscarte.
Pedro le dirigió una rápida mirada antes de concentrarse en la pila de basura que había acumulado en su mesa durante doce años. De repente le pareció imperativo ordenarlo. Cuando ella no replicó, alzó la vista de nuevo con cuidado de clavarla en su cara. Por desgracia, allí era donde estaban sus labios. Maldición. Ella lo estaba mirando con gesto de preocupación.
—Lo pagaré yo —anunció con impaciencia al pensar que debía estar preocupada por el precio.
—No es... no es eso. Es que... no puedo irme a casa.
—¿Qué? —Pedro frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir con que no puedes irte a casa? ¡Por supuesto que puedes!
Pero Paula Chaves sólo sacudió la cabeza con énfasis.
—No, no puedo. Al menos hasta el quince de agosto.
—¿Es que te han expulsado de Iowa hasta el quince de agosto?
—He dicho que volvería el quince de agosto —aseguró ella como si aquello fuera alguna explicación.Y no lo era.
—¿Y qué? Llámalos y dí que has cambiado de planes, que vuelves esta noche.
Pero ella sólo sacudió la cabeza.
—No puedo.
Pedro apretó la mandíbula.
—¿Por qué diablos no?
Paula retorció los dedos y lo miró. Sus ojos azul violeta parpadearon un instante.
—¡Deja de hacer eso!
—¿Hacer qué?
Paula parecía estupefacta.
—Llorar. No te atrevas a llorar.
Ella alzó la barbilla.
—Yo no lloro nunca. Al menos no por un trabajo.
Vaciló e inspiró con fuerza y sus senos se balancearon con morbidez. Pedro cerró los ojos. Entonces se dó la vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió para que se fuera. Eliana, su directora de estudio, seguía sentada tras su mesa y él esperaba que su presencia animara a Paula a terminar la discusión.
—Sé que me he puesto en ridículo esta tarde —dijo Paula con voz suave pera firme—, pero cuando hablamos del trabajo Sonia y yo, le dije que estaba dispuesta a hacer todo lo que una asistente tuviera que hacer. Y, bueno, una de las cosas que ella me dijo que hacían era posar por las modelos mientras se medía la luz y el ángulo. Yo... no estaba pensando. Debería haber comprendido que no estabas sólo haciendo ajustes. Pero pensé que se esperaba de mí hacer eso. Y cuando me dijiste que si no lo hacía, podía volverme a mi casa.... Bueno, tampoco podía hacer aquello.
—¿Por qué no?
Ella lo miró como si estuviera loco.
—¡Porque no podía! No después de organizar el lío que he montado y...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)