miércoles, 7 de marzo de 2018

Inevitable: Capítulo 12

Pedro se encogió de hombros.

—Le  dije  que  empezábamos  a  las  nueve,  así  que  a  ver  si  aparece.  Quizá  haya  recuperado ya la razón y haya decidido volver a su casa.

En ese momento se abrió la puerta.

—¿Quién? ¿Yo? —preguntó Paula.

Pedro lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.También  parecía  fresca  y  bien  descansada,  mucho  más  que  él.  Y  aunque  tenía  las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.

—Todavía  no  te  he  encontrado  un  sitio  para  quedarte  —anunció  Pedro para  disuadirla.
Hamptons,  pero  el  otro  día  me  dijo  que  le  gustaría  que  alguien  echara  un  vistazo  a  las  cosas,  estar  allí  cuando  aparezcan  los  escayolistas  y  ese  tipo  de cosas.

—Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa —intervino Cecilia.

Tanto Paula como Pedro se dieron la vuelta para mirarla.Cecilia se encogió de hombros.

—Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el departamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar  fuera,  en  los 
A Paula se le iluminaron los ojos.

—¡Fantástico!

—Espera un minuto —objetó Pedro.

Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Que no  creía  que  el  departamento  de  la  hermana  de  una  estilista  de  pelo  morado  fuera  apropiado para una profesora de jardín de infancia?

—Mi  hermana  no  se parece  a  mí  —pareció  leerle  el  pensamiento  Cecilia—. Karina es... normal.

—No me refería  a  eso  —se   encogió  de  hombros  con  irritación—.   Bien,   pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.

Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se dio la vuelta hacia el estudio.Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.

—Espérame —dijo Paula un poco jadeante.

Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.

—Vete a ayudar a Eliana. Cuando llegue Andrea que pase a ayudarme a mí.

Pedro se dió la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Eliana no era lo mismo que echarla a la calle.La puerta exterior se abrió y empezaron a aparecer las primeras modelos.

—¡Hola, Pedro!

—¡Hola, precioso!

Pedro les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Paula.

—Vete —dijo—. ¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?

Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.Pedro se dió la vuelta para cargar un carrete y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Eliana hablando con Paula acerca de la planificación.

—Déjame tomar algunas notas —dijo Paula.

Pedro asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Eliana.Ya sólo faltaba que apareciera Andrea.Necesitaba  que  le  colocara  los  focos  y  los  reflectores  mientras  Cecilia terminaba  con  el  pelo  de  las  modelos.  Y  después  necesitaría  que  le  fuera  cambiando  las  luces  mientras disparaba.Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Eliana asomó la cabeza por la puerta.

—Acaba  de  llamar  Andrea.  No  puede  venir  hoy.  Parece  que  sus  planetas  no  tienen la alineación correcta.

Pedro  la miró alucinado.Eliana se encogió de hombros con una leve sonrisa.

—Parece que es muy sensible a ese tipo de cosas.

Pedro le lanzó una mirada glacial.

—Es una lástima —dijo Eliana con la misma sonrisa—. Te vendría bien un poco de ayuda.

Pedro pudo ver a Paula sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando  notas  con  atención  mientras  se  mordía  el  labio  inferior.  La  miró  y  después a Eliana. Maldición, ¿Es que iba a hacerle suplicar?

—Podría mandar a Paula para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono —se aventuró su directora después de un momento.

—Hazlo. — Paula apareció a los cinco minutos.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó con ansiedad.

—Coloca esos ahí —Pedro señaló los reflectores y le indicó donde.

Paula se puso a trabajar en el acto.

Inevitable: Capítulo 11

—Estás buscándote problemas —había dicho David.

Pero  Paula no  estaba  tan  segura.  Estaba  buscando  una  prueba.  Necesitaba  ver  cómo  era  el  mundo  tras  las  colinas  onduladas  y  los  riachuelos  del  norte  de  Iowa,  donde  se  había  criado.  Collierville  era  maravilloso,  pero  quizá,  como  la  hermana  Carmen, estuviera eligiendo el camino más fácil.Quizá ella debería irse también.

—¡Desde  luego,  no  quince  años!  —había  exclamado  David  cuando  le  había  contado cuánto tiempo había estado la hermana fuera.

—¡Por supuesto que no! Un par de meses. Eso es todo. ¿Qué te parece?

—Pienso  que  es  una  locura   —había  dicho David  con   su   acostumbrada   sinceridad—.  ¿Qué  hay  ahí  fuera  que  no  haya  aquí?  Aparte  de  crimen,  pobreza,  suciedad y aire contaminado, quiero decir.

David  sabía  que  eso  en  cierto  grado  también  lo  tenían  en  Iowa,  pero  sacaba  los  argumentos de toda la población que se sentía superior a los neoyorquinos. Pero al final la había apoyado y le había dicho a sus padres que sí Paula sentía que  tenía  que  hacerlo,  entonces debía  hacerlo.  Y  a  los  padres  de  ella  que  no  le  importaba esperar para casarse. Al fin y al cabo ya habían esperado otras veces.

—Volveré en agosto —les había recordado ella a todos.

—Y me dejas a mí con todo el trabajo —se había quejado su madre.

Pero  Paula sabía  que,  secretamente,  su  madre  estaba  encantada.  Ella  tenía  mucho más interés que su hija en organizar una boda memorable.

—Me  llevaré  la  agenda  conmigo.  Organizaré  lo  de  las  flores  y  el  servicio  de  restaurante —prometió Paula—. Y mandaré las invitaciones desde allí.

Y  se  había  llevado  su  agenda.  Pero  esa  noche  no  estaba  trabajando  con  la  lista  de flores ni de invitados. Esa noche estaba contemplando transfigurada el horizonte de Nueva  York  y  de  vez  en  cuando  tenía  que  pellizcarse  para  saber  que  no  estaba  soñando. Iba a  ser  maravilloso.  La  experiencia.  El  trabajo.  Haría  un  buen  trabajo,  a eso estaba decidida. A pesar del desastroso y humillante comienzo, salvaría el trabajo. Y volvería  en  paz  a  casa;  habiendo  visto  las  luces  y  la  gran  ciudad,  estaría  preparada  para sentar la cabeza con David. Como la hermana Carmen conocería el gran mundo y volvería a casa. Cerró los ojos entonces y pensó en Iowa. Pensó en lo verde que era la hierba y lo azul del cielo. Pensó en David: fuerte, equilibrado y dependiente. Era todo lo que siempre había buscado en un hombre. Pero  justo  antes  de  quedarse  dormida  se  encontró  esperando  que,  cuando  se  acercara  desnuda  a  él  en  su  noche  de  boda,  la  mirara  con  la  misma  intensidad  con  que la había mirado Pedro Alfonso.


¡Era como si Sonia hubiera hecho un pacto con el Altísimo!Bueno, admitió Pedro, quizá lo hubiera hecho. Ella siempre estaba ayudando a los demás.  Quizá  fuera  por  eso  por  lo  que  todo  lo  relacionado  con  Paula estuviera  saliendo a pies juntillas.Acababa de estar junto a la mesa de Edith diciéndole que si quería que Paula la sustituyera  tendría  que  buscarle  un  sitio  para  quedarse  cuando  la  puerta  se  había  abierto y había aparecido Sierra, la estilista.

—¿Se queda? —Cecilia  pareció encantada—. ¿La amiga de tu hermana? ¡Estás de broma!

—Ya me gustaría. No quiere irse.

Cecilia abrió mucho los ojos.

—¿Sólo te ha echado un vistazo y ya ha decidido que no puede vivir sin tí?

Cecilia trabajaba  a  menudo  con  Pedro y  sabía  cómo  las  mujeres  se  rendían  a  sus  pies. Y también lo que a él lo irritaba eso.

—Está prometida.

Cecilia parpadeó con sorpresa.

—Podrías desbancarlo.

—¡No tengo el mínimo interés!

El tono de su voz hizo que la estilista diera un paso atrás. Entonces se encogió de nuevo de hombros.

—Tú nunca lo tienes, ¿Verdad?

—No —aseguró él con firmeza—. No lo tengo.

—Bueno, ¿Cuándo empieza a trabajar?

viernes, 2 de marzo de 2018

Inevitable: Capítulo 10

—¿Es todo lo que esperabas?

—La verdad es que más. ¡Y no sabía él cuánto más!

—¿Dónde te alojas? ¿Cómo es el sitio?

Ella le explicó cómo era el hotel.

—Respetable —había dicho Pedro—.   Y  seguro  —recordó   cómo   se   le   había   contraído  un  músculo  de  la  mandíbula—.  Me  gustaría  que  tuvieran  cierre  por  fuera  también las habitaciones —había murmurado.

Paula no  estaba  segura  de  lo  que  había  querido  decir  con  aquello,  pero  no  lo  había preguntado. David estaba sorprendido.

—Pensé que ibas a alquilar un departamento.

—Esto es sólo temporal. Él no ha encontrado un sitio todavía.

Lo que no le contó fue lo que había insistido Pedro en que volviera a casa.

—¡No te quedarás con él!

—¡Por supuesto que no!

Pedro Alfonso deseaba menos que se quedara en su casa de lo que lo deseaba David.

—No puedo permitirme pagar un hotel —había protestado ella.

—Pero yo sí.

Así que  se  había  plantado  delante  del  mostrador  de  recepción  y  había  pagado  una noche. Paula había intentado buscar su tarjeta de crédito.

—¡Una noche puedo pagármela yo!

Pero él no le había hecho ni caso. La había registrado, le había pasado las bolsas al botones, le había dado la propina y le había dicho que esperaba que recuperara la razón  al  día  siguiente  y  se  fuera  a  su  casa.  Entonces  se  había  dado  la  vuelta  en  dirección a la puerta.

—¡Espera! —le había llamado Paula —. ¿A qué hora empezamos mañana?

Él  se  había  dado  la  vuelta  y  la  había  mirado  durante  un  largo  momento.  Entonces había enarcado la comisura del labio y había dicho:

—La primera sesión es a las nueve.

—Mañana  encontraré  un  sitio  —le  dijo  a  David  volviendo  a  la  conversación—. Después del trabajo.

—Un sitio seguro —le aleccionó David.

—Por supuesto.

—Te echo de menos.

—Yo  también  te  echo  de  menos,  pero  estaré  de  vuelta  en  casa  antes  de  que  te  enteres.

—Me enteraré —refunfuñó él—. Todavía quedan sesenta y un días más.

Los  había  contado,  comprendió  Paula con  sensación  de  culpabilidad.  Bueno,  ella también los había contado, pero con anticipación, no con enojo.

—Comparado con toda la vida, sesenta y un días no es tanto tiempo —dijo con suavidad—. Y en cuanto vuelva a casa, me tendrás para siempre.

Y  eso  era  verdad.  Paula había  tenido  a  David  en  su  vida  durante  tanto  tiempo,  que casi no concebía la existencia sin él. Quizá fuera eso lo que estuviera intentando averiguar.

—La hermana Carmen tiene toda la culpa.

—No ha sido sólo la hermana Carmen.

Pero David no estaba convencido.Y tenía razón en que había sido la hermana Carmen, la abadesa del monasterio de Collierville, la que le había metido la idea en la cabeza.Paula había  entrevistado  a  la  monja  un  mes  atrás  para  el  periódico.  Se  habían  caído bien al instante y en el curso de la conversación, la hermana Carmen le había contado el viaje espiritual que había realizado antes de llegar a su puesto de abadesa.Había llegado a la abadía nada más salir de la universidad, con el entusiasmo e idealismo de la juventud intactos.

—Me  encantó  —le  contó  con  los  ojos  castaños  chispeantes—.  Me  sentí  al  instante como en mi casa. Más viva. Centrada. Como si fuera el sitio al que siempre hubiera estado destinada. Y todo transcurrió con suavidad hasta que se acercó el día de  mis  votos.  Entonces  empecé  a  sentirme  muy  inquieta  y  nerviosa.  ¿Y  si  estaba  equivocada?  ¿Y  si  sólo  lo  estaba  haciendo  porque  me  resultaba  muy  fácil?  ¿Quizá  demasiado fácil?

Paula , que se estaba sintiendo igual los últimos meses, se inclinó hacia adelante y preguntó con ansiedad.

—¿Y cómo lo superó?

—No lo hice —le dijo la abadesa con una sonrisa—. Me fui.

—¿Que se fue?

Paula  soltó el bolígrafo y la miró para saber si estaba bromeando.

—No  podía  quedarme.  No  hasta  que  estuviera  segura.  Así  que  decidí  poner  a  prueba  mi  vocación,  salir,  vivir  en  el  «mundo  real»  una  temporada  y  ver  si  era  allí  donde pertenecía. Y eso hice.

Paula sonrió.

—Y cuando lo conoció, ¿No le gustó?

La hermana Carmela sacudió la cabeza.

—Al  contrario,  me  gustó mucho.  Era  maravilloso  y  tuve  mucho  éxito  bajo  la  perspectiva del «mundo real». Pero al final supe que no era lo adecuado para mí. Vi que por mucho éxito que tuviera, pertenecía aquí. Y entonces me volví.Tenía sentido.

Mientras  le  contaba  su  vida  monástica,  la  hermana  bien  podría  haber  estado  hablando de la misma vida de Paula. Ella  se  había  empezado  a  sentirse  igual  de  insegura  e  inquieta  al  acercarse  la  fecha  de  la  boda  con  David.  Cierto  que  todavía  le  faltaban  cuatro  meses,  pero  había  noches  en  que  no  podía  dormir.  No  dejaba  de  pensar  en  el  resto  de  su  vida...  y preguntarse si iba a ser algo diferente de lo que ya conocía. Ella  y  David  llevaban  tanto  tiempo  juntos  y  parecían  encajar  tan  bien  como  el  monasterio y la hermana Carmen. Y eso la ponía nerviosa.

Inevitable: Capítulo 9

Era  a  la  gente  a  quien  él  quería  fotografiar.  Trabajar  para  Carlos Volano  le había  parecido  una  oportunidad  fantástica  para  aprender  de  uno  de  los  mejores  fotógrafos  del  mundo  de  gente  famosa.  Después  podría  despegar  de  allí  usando  lo  que hubiera aprendido y fotografiar lo que quisiera. Aquél había sido su plan, al menos. Pero la vida tenía una forma peculiar de trastocar los planes mejor concebidos. El  trabajo  del  verano  se  había  prolongado  al  otoño  y  después  de  eso...  Bueno,  las  cosas habían cambiado y Pedro ya no había vuelto.No  es  que  Sonia no  valorara  su  éxito  como  uno  de  los  mejores  fotógrafos  de  moda,  pero  nunca  dudaba  en  preguntarle  qué  había  pasado  con  su  sueño  de  fotografiar a  gente  de  todos  los  extractos  sociales.  Y  tampoco  vacilaba  en  decirle  lo  estupendo  que  sería  que  encontrara  a  una  chica  encantadora,  se  casara  con  ella  y  volviera a Iowa a fotografiar a granjeros y reinas de belleza.O quizá, sólo por esa vez, sí había vacilado.

—No estoy interesado —dijo Pedro por si acaso.

—¿Interesado?  Ah,  ¿Quieres  decir  en  Paula?  —Sonia se  rió  con  tensión—.  Por  supuesto que no. Y Paula tampoco está interesada en tí. Va a casarse en septiembre.

¿Casarse? ¿Paula? Pedro se  quedó  un  poco  jadeante,  como  si  alguien  le  hubiera  dado  un  puñetazo.  Eso le asombró. ¿Por qué debería importarle a él?No le importaba.Era  sólo  que  su  mente  había  evocado  la  imagen  de  una  Paula muy  sonrojada,  desnuda y trémula que no parecía la prometida de nadie.

—¿Y quién es el idiota que la ha dejado suelta en Nueva York?

—Si  estás  preguntando  con  quién  está  prometida,  es  con  David  Shelton.  Es  un  joven  muy  agradable.  ¿Te  acuerdas  de  Ernesto y  Lidia Shelton?  ¿De  la  granja  del  norte del pueblo? David es su hijo.

Pedro recordaba vagamente el nombre.

—Había una Jimena Shelton en mi clase.

—Es  la  hermana  mayor  de  David.  Se  casó  y  se  fue  a  vivir  a  Dubuque,  pero  se  separó  hace  tres  años  y  volvió  aquí  con  los  niños.  Hasta  hace  un  par  de  meses  ha  estado viviendo en una casa móvil en la granja, que era donde David y Paula iban a vivir. Ésa es la razón por la que no se han casado hace tres años.

—¿Llevan prometidos tres años?

—No, creo que ocho.

—¿Ocho?

—Pero estoy hablando sin saber, así que no debería estar cotilleando. Te dejaré ya, cariño. Sólo mantenme informada. Y si quieres saber algo más acerca de Paula y de David, estoy segura de que a ella le encantará contártelo. Sólo pregúntale.

¡Que le ahorcaran si pensaba preguntarle nada!

Paula imaginaba que debería sentirse culpable. Sabía  que  Pedro Alfonso no  quería  que  trabajara  para  él,  pero  ella  había  organizado tal revuelo para irse de casa que ya no podía volver y decirle a David que había cambiado de idea. Su prometido querría saber por qué. Y  como  ella  era  incapaz  de  mentir,  tendría  que  contarle  su  equivocación  y  el  ridículo en que se había puesto.Y eso no pensaba hacerlo de ninguna manera. Así que se quedaba.Horas más tarde, en la habitación del hotel donde Pedro la había empaquetado sin ceremonia,  apretó  la  cara  contra  el  cristal  de  la  ventana  intentando  ver  el  Empire  State.En ese momento sonó el teléfono. Sabía que sería David. Lo había llamado en cuanto había llegado a la habitación olvidándose  de  la  diferencia  horaria  y  de  que  estaría  ordeñando  durante  al  menos  una hora más.  Le había dejado un mensaje con el número de teléfono pidiendo que la llamara.

—¡Hola! ¿Estás ya satisfecha?

Paula casi sonrió.

—No del todo. ¿Cómo estás tú?

Estaba bien, por supuesto. Si lo acababa de dejar sólo dieciséis horas antes. Pero su  novio  le  contó  lo  que  había  hecho  ese  día,  cómo  estaba  el  tiempo,  las  vacas  y  la  cena que acababa de tomar en casa de sus padres.

—Mamá  me  invitó  a  cenar.  Creo  que  quería  comprobar  si  aparecía  solo  y  si  realmente te habías ido. No puede creer que estés haciendo esto.

La mayoría de la gente del pueblo no podía.Los doscientos cincuenta habitantes de Collierville no sentían ninguna gana de pasar un verano en Nueva York. Todos pensaban que se había vuelto loca. Y Paula había dejado de intentar explicarles nada, excepto a David. Necesitaba que él la entendiera y había pensado que lo haría. Ellos dos habían crecido  juntos,  habían  jugado  desde  niños,  habían  ido  a  la  misma  escuela  y  habían  empezado a salir en serio cuando los demás sólo jugueteaban. Había  supuesto  siempre  que  estaban  destinados  el  uno  para  el  otro.  Desde luego, no había nada de David que ella no supiera. Y nada que él no supiera de ella, excepto que había bailado desnuda esa tarde.

—¿Estás contenta?

—Hasta ahora sí.

Inevitable: Capítulo 8

Por  supuesto,  Pedro tenía  que  buscarle  un  sitio  para  quedarse.  Sonia le  recordó  que lo había prometido.

—¿Que yo hice qué? —gritó él.

Su  hermana  había  llamado  a  última  hora  de  la  tarde  para  ver  qué  tal  iban  las  cosas, cómo estaba «la querida Paula» y si le había organizado la estancia.

—Dijiste que le buscarías un sitio de alquiler —repitió Sonia.

Pedro estaba seguro de no haber dicho tal cosa.

—¿Que yo he dicho que le buscaría un sitio de alquiler? ¿Con esas palabras?

—Bueno,  no  hace  falta  que  te  pongas  como  un  abogado  —refunfuñó  su  hermana—.  Supongo  que  no  fue  exactamente  con  esas  palabras.  Yo  te  pregunté  si  podrías buscarle un sitio y me dijiste que suponías que sí.

—Pero nunca pensé...

No  podía  decirle  que  nunca  había  creído  que  seguiría  adelante.  Le  debía  demasiado y su hermana apenas le pedía nunca nada.Sólo aquello. Sólo... Paula.

—Nada todavía.

—¿Nada?Gina pareció horrorizada.

—Sí, pero ya buscaré algo.

—No lo sentirás —dijo Sonia con buen humor—. Estoy segura de que les irá bien a  lo  dos.  ¡Paula estaba  tan  ansiosa  por  ir!  Y es muy  trabajadora,  Pedro.  No  hay  nada  que le puedas pedir en lo que no te pueda ayudar.

—¡No  me  digas!  —replicó  Pedro con  sequedad  para  no  contarle  lo  que  ya  había  hecho Paula.

Su hermana quedaría alucinada. Diablos, si cada vez que lo pensaba también él quedaba  alucinado.  Pero  no  pensaba  mencionarlo.  Paula Chaves,  desnuda,  era  un  recuerdo que no tenía intención de compartir con nadie.

—Ella  misma  es  bastante  buena  fotógrafa —prosiguió  Sonia—.  Oh,  no  de  tu  clase, por supuesto, cariño. Pero hace fotos maravillosas para La Gaceta.

La  Gaceta  de  Collierville  era  el  periódico  semanal  local.  Sonia era  la  directora  comercial, así que era evidente que era allí donde se habían conocido. Las fotos que Gib   recordaba del  periódico eran de reinas   de   belleza   locales,  de  fiestas  de  adolescentes,  jugadores  de  fútbol  del  colegio,  concursos  de  pesca  y  algunos  paisajes  de hectáreas y hectáreas de cultivos de maíz y soja.

—¿Y eso la ha inspirado para querer venirse a Nueva York?

—No exactamente. Tuvo que ver con una monja, creo.

—¿Una monja?

—Para  un  artículo  que  escribió.  Paula,  quiero  decir.  Debió  inspirarle  algo  y  ha  estado muy inquieta decidiendo qué quería hacer...

¿Bailar desnuda?, pensó Pedro con una sonrisa.

—Había dado clases en el jardín de infancia durante tres años antes de empezar a trabajar en el periódico.

¿Jardín de infancia?   ¿Había visto  a   una  profesora de  jardín  de  infancia  desnuda?Pero lo que era peor era que el recuerdo le despertaba todavía algo en el cuerpo. Al menos aquella profesión explicaba el vestido tan pudoroso que llevaba.

—Era maravillosa con los niños. También le encantaba el trabajo, pero acabó un poco  inquieta.  Pensó  que  quizá  no  fuera  lo  que  quería  hacer  toda  su  vida,  así  que  vino al periódico el año pasado.

—¿Y sigue sin estar satisfecha?

—Bueno,  no  es  que  no  esté  satisfecha,  pero  ha  vivido  en  Iowa  toda  la  vida.  Quería ver lo que está por detrás del horizonte.

¡Más tonta ella!, pensó Pedro.

—No  será  capaz  de  aguantar  esto  —dijo Pedro sin  rodeos—.  Es  demasiado  ingenua. Demasiado inocente.

—Bueno, te tiene a tí y...

—¡Desde luego que no me tendrá a mí! Yo no soy Mary Poppins, ¿Sabes?

—Por  supuesto que  no  —replicó  Sonia con  rapidez—.  Tampoco  esperaba  eso. 

De  verdad  que  no.  Sólo  esperaba  que  le  echaras  un  vistazo.  Y  ella  está  muy  ansiosa  por  aprender  todo  lo  que  tengas  que  enseñarle  «¡Oh,  Dios,  no  digas  eso!,  pensó  horrorizado».   Y   como   siempre   pareces   necesitar   una   nueva   asistente.   Ella   es   exactamente el tipo de chica con la que me gustaría que te... Sonia se  detuvo  de  forma  abrupta  y  hubo  un  largo  y  embarazoso  silencio.  Uno  que  Pedro esperaba  que  no  rompiera  porque  sabía  exactamente  cómo  terminaría  su  hermana.«El tipo de chica con la que me gustaría que te casaras». No era un secreto que Sonia quería verlo casado y de vuelta en Iowa. Eso era lo que  siempre  había  esperado  desde  el  verano  en  que  había  aceptado  una  beca  de  trabajo con el célebre fotógrafo Carlos Volano doce años atrás.

—Pero  si  la  celebridad  no  te  interesa  —había  dicho  Sonia sin  entender  por  qué  quería aceptar aquel trabajo.

—Pero la gente sí.

Inevitable: Capítulo 7

Se detuvo y apretó los labios.

—¿Lío? ¿Qué tipo de lío?

Pero ella no respondió. Al final dijo:

—Mira,  ha  sido  un  error  involuntario.  Me  siento  como  una  idiota  y  debo  haberlo parecido.

No,  había  parecido...  memorable.  Pedro no  creía  poder  olvidar  a  Paula Chaves nadando  desnuda  por  su  estudio  mientras  viviera,  pero  se  imaginaba  que  ella  no  querría oírlo.

Paula se mordió el labio.

—De verdad que quiero hacer este trabajo. Por favor, no uses contra mí lo que he hecho.

—No lo uso contra tí —dijo él con aspereza—. Pero no puedes quedarte.

—Pero le dijiste a Sonia...

—No —la corrigió él—. Sonia me lo dijo a mí. Siempre me está diciendo lo que tengo que hacer y normalmente me entra por un oído y me sale por el otro, pero a veces le doy la razón.

—Pues esta vez no deberías habérsela dado —dijo Paula con cierta acidez.

—¡Nunca creía que te enviaría!

—Bueno, pues lo  ha hecho.  Me  aseguró  que  estabas  de  acuerdo  y  que  me  dejarías trabajar durante dos meses. No es para tanto.

—¡Claro que es para tanto!

Ella lo miró aturdida.

—¿Por qué?

La inocencia de su pregunta lo detuvo en seco.

—Porque... porque... Porque  no  quería  una  asistente  como  ella,  una  ingenua  de  Iowa,  por  Dios  bendito.

 Nueva York era un lugar duro y una persona necesitaba ser sofisticada para sobrevivir. A Paula se la comerían a los pocos minutos.

—No funcionará —fue todo lo que dijo.

—¿Crees que no puedo hacerlo? Crees que soy una incompetente.

Pedro frunció el ceño.

—¡No, no es eso! Estoy seguro de que eres muy competente y...

—¡Lo soy!

—Y que podrías ser una buena asistente.

—¡Lo seré!

—¡Pero yo no quiero una asistente!

—Necesitas a una —intervino Eliana.

Tanto Pedro como Paula se volvieron al unísono para mirar a la mujer mayor sentada  tras  la  mesa  de  recepción.  Ella  esbozó  un  leve  asentimiento  hacia  Paula y  una sonrisa benigna hacia Pedro.

—¡Claro que necesitas una!

—Tengo  a...  ¿Cómo se llama?  —casi  nunca  conseguía  recordar  sus  nombres  porque no duraban lo bastante como para que se los aprendiera—. Andrea.

—Y ya sabes lo fiable que es.

Andrea y  sus  antecesoras  aparecían  en  todas  las  formas,  tamaños  y  colores.  Y  también  llegaban  de  forma  invariable  con  aros  en  la  nariz,  pelo  de  punta,  mallas  negras y muy poco cerebro. Y Pedro pensó que a Paula la recordaría durante bastante tiempo.

—Vamos a necesitar a alguien de confianza —le recordó Eliana—, porque yo me voy con Gabriela la próxima semana.

Pedro frunció el ceño. No quería pensar en aquello. Él confiaba en Eliana para todo  su  negocio.  Ella  dirigía  el  estudio,  mantenía  a  raya  a  los  representantes  de  publicidad,   trataba con  las  agencias,  el  servicio  de  hostelería  y  la  legión  de  mensajeros  que  llamaban  al  timbre  en  mitad  de  su  trabajo.  Se  había  quedado  alucinado cuando le había dicho que estaría fuera un mes.

—¿Un mes?

Nunca  se  había  tomado  más  de  una  semana  seguida  en  los  diez  años  que  llevaba con él.

—Un  mes  —dijo  ella  con  firmeza—.  Por  lo  menos.  Necesito  ayudar  a  Gabriela  con los bebés.

Después  de  quince  años  de  matrimonio  sin  hijos,  la  hija  de  Eliana,  Gabriela,  había tenido la desconsideración de elegir ese verano para tener trillizos.

—¿Tres? —había  preguntado  Pedro alucinado  cuando  Eliana  se  lo  había  contado—. ¿Qué problema hay con uno sólo?

—Aceptaremos todos los que lleguen —había dicho Eliana entusiasmada.

Estaba por las nubes con la idea de irse a North Carolina a ayudar a su hija con los bebés. De hecho, apenas podía esperar. Pedro había  sido  incapaz  de  decir  que  no.  Sabía  que  ella  dejaría  el  trabajo  si  lo  hacía, así que había aceptado aunque le parecía que se había vuelto loco al hacerlo.

—Busca a alguien que ocupe tu puesto —le había dicho por fin el día anterior, cuando ella le había preguntado si tenía a alguien en mente.

—Creo que Paula lo hará bien —dijo Eliana ahora.

—¿Qué? —prácticamente gritó Pedro.

Pero Eliana sólo sonrió con su cara radiante de futura abuela.

—Parece sensata y responsable. Y si tu hermana confía en ella...

—Mi hermana...

—Es buena en juzgar el carácter de la gente —afirmó Eliana con firmeza—. Si no te quiere como ayudante, puedes ser mi sustituta —le dijo a Paula antes de mirar de nuevo a Pedro—. ¿La quieres?

¡Menuda desafortunada elección de palabras!Gibson sentía la lengua trabada. ¡No, maldita sea! No la quería. No la quería ver en su estudio todos los días, ni siquiera en la sala de recepción. Y no sólo porque su cuerpo tenía una reacción inconveniente hacia ella.Pero  sabía  que  estaba  atrapado.  Sonia proponía  y  Eliana disponía.  Y  a  él  lo  habían pillado en el medio.Pero quería dejar una cosa clara. Se dió la vuelta hacia Paula.

—¡No me haré responsable de tí!

Ella lo miró asombrada.

—¡Por supuesto que no!

Pedro alzó un dedo señalándola.

—¡Ni te sacaré de líos ni protegeré tu inocencia de ninguna manera!

—Nunca he pedido...

Él agitó el dedo en el aire para dar más énfasis.

—Sólo quiero dejarlo claro. Si te quedas, será por tu propia cuenta.

—¡Desde  luego!  —aceptó  ella  antes  de  preguntar  de  forma  casi  beligerante—. ¿Hay algo más?

Él se dió la vuelta con brusquedad.

—¡Sí! ¡Desde ahora ya te puedes dejar la maldita ropa puesta!

Inevitable: Capítulo 6

Tras  la  puerta  podía  escuchar  a  las  otras  chicas  mientras  se  vestían.  Se  reían  y  charlaban, y abrían y cerraban a portazos.

—¡Adiós, Pedro!

—¡Hasta pronto!

—Te quiero, Pedro.

Con un coro de animadas despedidas, fueron saliendo hasta que sólo quedó el silencio.Y Pedro Alfonso. Era  el  momento  de  la  verdad.  Y  sólo  tenía  dos  opciones:  podía  escabullirse  fuera  y  no  volver  a  dar  la  cara  nunca  para  tomar  el  siguiente  avión  a  Iowa  o  podía  enfrentarse  al  hombre  del  otro  lado  de  la  puerta,  prometer  que  sería  una  buena  ayudante y vivir el resto del verano en Nueva York. Puesto así, no le quedaba elección. Paula quería  aquel  verano.  Necesitaba  aquel  verano.  Había  trastocado  tanto  la  vida de David como la suya propia por aquel verano. Era un viaje espiritual, le había dicho.David  no  lo  había entendido  y  quizá  ella  no  debería  haber  esperado  que  lo  hiciera. Pero si realmente creía en lo que le había contado, no podía volver a casa.

—Todavía no.

Inspiró entonces con fuerza, cruzó los dedos y abrió la puerta.

—Te  he  conseguido  una  reserva  de  avión  —anunció  él  con  brusquedad  en  cuanto  asomó  por  la  puerta  del  estudio—.  Sales  a  las  seis  y  llegas  a  Chicago  a  las  nueve. Allí tienes que esperar una hora y tomar el último vuelo para Dubuque a las once y cuarto. Puedes llamar a alguien para que vaya buscarte.

Pedro le dirigió una rápida mirada antes de concentrarse en la pila de basura que había acumulado en su mesa durante doce años. De repente le pareció imperativo ordenarlo. Cuando ella  no replicó,  alzó  la  vista  de  nuevo  con  cuidado  de  clavarla  en  su  cara. Por desgracia, allí era donde estaban sus labios. Maldición. Ella lo estaba mirando con gesto de preocupación.

—Lo  pagaré  yo   —anunció   con   impaciencia   al   pensar   que   debía   estar   preocupada por el precio.

—No es... no es eso. Es que... no puedo irme a casa.

—¿Qué? —Pedro frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir con que no puedes irte a casa? ¡Por supuesto que puedes!

Pero Paula Chaves sólo sacudió la cabeza con énfasis.

—No, no puedo. Al menos hasta el quince de agosto.

—¿Es que te han expulsado de Iowa hasta el quince de agosto?

—He  dicho  que  volvería  el  quince  de  agosto  —aseguró  ella  como  si  aquello  fuera alguna explicación.Y no lo era.

—¿Y qué? Llámalos y dí que has cambiado de planes, que vuelves esta noche.

Pero ella sólo sacudió la cabeza.

—No puedo.

Pedro apretó la mandíbula.

—¿Por qué diablos no?

Paula retorció  los  dedos  y  lo  miró.  Sus  ojos  azul  violeta  parpadearon  un instante.

—¡Deja de hacer eso!

—¿Hacer qué?

Paula parecía estupefacta.

—Llorar. No te atrevas a llorar.

Ella alzó la barbilla.

—Yo no lloro nunca. Al menos no por un trabajo.

Vaciló e inspiró con fuerza y sus senos se balancearon con morbidez. Pedro cerró los ojos. Entonces se dó  la vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió para que se fuera. Eliana, su directora de estudio, seguía sentada tras su mesa y él esperaba que su presencia animara a Paula a terminar la discusión.

—Sé que  me  he  puesto  en  ridículo  esta  tarde  —dijo  Paula con  voz  suave  pera  firme—, pero cuando hablamos del trabajo Sonia y yo, le dije que estaba dispuesta a hacer todo lo que una asistente tuviera que hacer. Y, bueno, una de las cosas que ella me  dijo  que  hacían  era  posar  por  las  modelos  mientras  se  medía  la  luz  y  el  ángulo.  Yo... no estaba pensando. Debería haber comprendido que no estabas sólo haciendo ajustes. Pero pensé que se esperaba de mí hacer eso. Y cuando me dijiste que si no lo hacía, podía volverme a mi casa.... Bueno, tampoco podía hacer aquello.

—¿Por qué no?

 Ella lo miró como si estuviera loco.

—¡Porque no podía! No después de organizar el lío que he montado y...