Había seis mujeres desnudas en el campo de visión de Pedro Alfonso. Eran mujeres delgadas y atractivas, de largas piernas, suaves muslos y senos erectos.Y en lo único que podía pensar era en dónde diablos se habría metido la séptima. Miró su reloj, tamborileó con los dedos y apretó los dientes.
—¿Dónde está? —murmuró por décima vez desde la media hora anterior.¿Cómo iba a sacar las fotos para la nueva fragancia llamada Siete si sólo tenía seis mujeres?
—¿Podemos empezar? —gimió una de las mujeres desnudas.
—Tengo frío —se quejó otra abrazándose.
—Y yo calor —ronroneó una tercera batiendo las pestañas en un intento evidente de ponerle a él caliente también.
Pero cualquier elevación de la temperatura de su cuerpo tenía más que ver con la irritación que con cualquier intento de seducción de una mujer, pensó Pedro. Para dejarlo claro, le frunció el ceño y al instante la chica se ocultó bajo un reflector para evitar su mirada.
—Pedro, tengo la nariz brillante —se quejó después otra al mirarse en el espejo poniendo cara de conejo.
«No van a mirarte la nariz, cariño», estuvo tentado de decirle Pedro. Pero él era un profesional. Aquello era arte, al menos bajo el aspecto comercial. Así que lo único que hizo fue avisar a Melina, la chica de maquillaje.
—Melina, empólvale la nariz.
Melina le empolvó la nariz junto con las mejillas de otra de las chicas. Cecilia, la peluquera, agitó por centésima vez el pelo a todas.Pedro tamborileó con los dedos y le gritó a Eliana, la directora de estudio, que averiguara quién era la chica que faltaba.Lo que quería decir era que quién era el culpable.Si por él fuera, Pedro prefería escoger a sus propias modelos, a las que conocía y sabía que eran de confianza, profesionales y puntuales.Pero él no había elegido a ninguna de aquéllas. Lo había hecho el cliente.
—Queremos un poco de todo —le había dicho el representante de publicidad por teléfono—. Todas guapas, por supuesto, pero no modelos típicas.
Pedro había lanzando un bufido, pero había entendido lo que quería el representante.¡Siete! Según el guión que le habían dado, se suponía que el perfume tenía que atraer a todas las mujeres. Así, todas las mujeres, al menos las guapas, se sentirían representadas en el anuncio. En otras palabras, no querían modelos de pelo oscuro, con expresiones duras, pómulos salientes y labios abultados.
—Algunas altas y otras bajas. Pelos rizados y lisos. Y variedad de grupos étnicos. Algo osado y directo. Ya te las enviaremos —había dicho el representante.
A Pedro le parecía bien. No le importaba a quién le enviaran siempre que pudiera llegar a tiempo.Pero parecía que una de ellas no había podido.Se paseó irritado. Las chicas también estaban impacientes y agitadas y el ambiente, que debía ser alegre, se estaba haciendo sombrío.Y entonces, de repente, oyó a Eliana decir:
—Sí, sí. Te está esperando. Entra directamente.
La puerta se abrió. Despacio y con cautela. No era para menos, pensó Pedro.
—Ya era hora —bramó a la joven que apareció en el umbral—. Se suponía que ya debía estar aquí hace un buen rato.
Ella parpadeó y sus ojos de un azul tan intenso que eran casi violetas se pusieron como platos. Pedro sacudió la cabeza. Los idiotas de publicidad de nuevo. Sabían que las fotos iban a ser en blanco y negro, así que aquellos ojos se desperdiciarían.
—Mi avión se retrasó.
¿Avión? ¿Sería alguna famosa modelo de la costa oeste que él no conocía? ¿La última super estrella de Los Angeles? Pedro frunció el ceño y la estudió con más atención intentando averiguar qué era lo que habrían visto en ella. Se suponía al menos que él era un experto en mujeres.La miró más de cerca. La señorita azul-violeta parecía una caricatura del modelo de chica americana de los cincuenta. Estaba en mitad de la veintena, un poco mayor del «bomboncito del mes» que normalmente le endosaban. Tampoco era especialmente alta ni era usual en lo referente a las curvas. Él había visto carreteras de Nebraska con más curvas que las modelos típicas. Ésta parecía más una mujer real por lo que se adivinaba bajo el camuflaje de su vestido camisero.¿Quién diablos llevaba un vestido camisero en una profesión como aquélla? ¿Quién se ponía un vestido camisero en Nueva York en estos tiempos? Con su pelo ondulado y rubio y labios jugosos, parecía una réplica discreta y pudorosa de Marilyn Monroe. Quizá fuera eso lo que habían visto en ella, el potencial de convertirse en algo más: con ponerse unas gotas de Siete una mujer podría convertirse de las siete virtudes en los siete pecados.
miércoles, 28 de febrero de 2018
Inevitable: Sinopsis
Pedro Alfonso sólo había aceptado emplear a Paula como un favor. Él no tenía tiempo para hacer de niñera de una chica de pueblo. Entonces, ¿Por qué se sentía atormentado por la tímida belleza de Paula y enfurecido porque ella ni siquiera se fijara en él?
Paula no se atrevía a fijarse en Pedro. Primero, porque ella estaba prometida a otro hombre y, segundo, porque él era atractivo como un pecado y un soltero empedernido.
Cuando el destino los reunió, la cuestión fue quién estaba seduciendo a quién…
Paula no se atrevía a fijarse en Pedro. Primero, porque ella estaba prometida a otro hombre y, segundo, porque él era atractivo como un pecado y un soltero empedernido.
Cuando el destino los reunió, la cuestión fue quién estaba seduciendo a quién…
lunes, 26 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 67
—Ven aquí, Pedro.
Él no se movió.
—Nunca me he permitido a mí mismo amar a nadie porque no podía soportar la idea de que me abandonaran otra vez. Por eso siempre era yo quien terminaba con las relaciones. Por eso nunca he querido tener un hijo... Y entonces apareciste tú —dijo, volviéndose. Todo el dolor de su traumática infancia estaba en sus ojos—. Tú eres todo lo que yo había soñado. Fuerte, inteligente, femenina, preciosa, compasiva... y tantas cosas más. Te deseaba tanto...
—Yo también, Pedro.
—La noche que hicimos el amor, eras tan cálida, tan inocente, que sólo quería abrazarte y protegerte. Nunca había sentido eso por nadie.
—Y te dió miedo.
—Más que eso —intentó sonreír Pedro—. De repente, me sentí vulnerable. Y no estoy acostumbrado a esa sensación.
Paula sintió que su corazón se llenaba de amor. Le estaba costando un gran esfuerzo hacer aquella confesión y ella se lo agradecía infinito.
—Y entonces descubriste que yo estaba embarazada.
—Sí. Y me pareció que la tierra se abría bajo mis pies.
—No fue culpa tuya.
—Claro que lo fue. Prácticamente, te seduje. Estuve tonteando contigo hasta que tú también empezaste a sentir curiosidad. Estaba tan loco por tí que sólo podía pensar en tenerte entre mis brazos.
—No me sedujiste, Pedro.
—Eras virgen, Paula.
—Pero sabía lo que estaba haciendo.
—Quizá. No lo sé —murmuró él, volviéndose de nuevo hacia la ventana—. En cualquier caso, de repente tú estás embarazada y yo me he visto obligado a enfrentarme con todos los sentimientos que he mantenido guardados durante años.
—No tienes que...
—¡Por favor, Paula, no digas eso! ¡Es mi hijo!
—Pero tú no lo quieres.
—Claro que lo quiero. No quiero que ese niño crezca sin saber quién es su padre.
Los ojos del hombre quemaban los suyos y Paula sintió que su corazón se partía. ¿Cómo podría soportarlo? ¿Cómo podría verlo ocasionalmente con su hijo, sin que Sean fuera suyo? Sería una tortura, pero no podía negarle sus derechos como padre.
—No impediré que veas a tu hijo, Pedro. Yo no soy así.
Él la contempló en silencio durante unos segundos.
—No estoy hablando sobre derechos de visita, Paula.
Ella se puso pálida. ¿No querría decir...?
—¿No pensarás quitarme a mi hijo?
—¿Quitarte...? ¡Por Dios bendito, Paula! ¿Qué clase de hombre crees que soy?
—Yo...
—Déjalo, no lo digas. No he hecho nada para que tengas una buena opinión de mí, ¿Verdad? Primero te seduzco, después te digo que no quiero compromisos y más tarde te acuso de querer atraparme. Es lógico que no quieras casarte conmigo.
—Pedro, yo...
—No, deja que termine —la interrumpió él, aclarándose la garganta—. Sé que piensas que no soy capaz de comprometerme, pero te equivocas. No sabía lo quesentía por tí hasta esta noche. Sólo sabía que si te pasaba algo, lo habría perdido todo. Para siempre.
—Pedro...
—Tú has dicho que me quieres, Paula. ¿Lo dices de verdad?
—Claro que sí —murmuró ella, nerviosa.
—Yo también te quiero —dijo Pedro entonces, tomando su cara entre las manos—. Nunca le he dicho esto a otro ser humano antes en mi vida. Nunca me he permitido a mí mismo amar a alguien, pero contigo no lo puedo evitar. Tenías razón cuando dijiste que yo no me arriesgaba. No suelo hacerlo, pero contigo no tuve elección. Esta noche me he dado cuenta.
Los ojos de Paula se habían llenado de lágrimas.
—¿Me quieres?
—Con locura.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Voy a casarme contigo te guste o no —sonrió Pedro—. Eres muy arriesgada y alguien tiene que cuidar de tí.
Paula se secó las lágrimas con la manga del jersey.
—No quiero que pienses que quería atraparte.
—Pero lo has hecho —murmuró él—. Estoy absolutamente atrapado. Y no quiero que me sueltes nunca.
—Nunca —sonrió Paula, con el corazón acelerado—. Te quiero, Pedro.
—Lo sé. Y voy a hacer que me lo pruebes... muchas veces.
—Pero tú nunca te has quedado en un sitio...
—Y no me imagino trabajando en urgencias para siempre, es verdad. Pero hemos tenido suerte. Guillermo Roberts ha pedido un traslado y queda libre el puesto de traumatólogo, así que...
—Eso sería maravilloso.
—No —murmuró Pedro, muy serio—. Maravilloso sería casarme contigo. Y aún no me has dado una respuesta.
—¿No? —rió ella.
—¿Qué dice, doctora Chaves? —susurró él, enterrando la cara en su pelo—. ¿Quiere arriesgarse conmigo?
—Déjeme pensarlo un momento, doctor Alfonso... —empezó a decir Paula—. La respuesta es sí. Creo que merece la pena arriesgarse.
FIN
Él no se movió.
—Nunca me he permitido a mí mismo amar a nadie porque no podía soportar la idea de que me abandonaran otra vez. Por eso siempre era yo quien terminaba con las relaciones. Por eso nunca he querido tener un hijo... Y entonces apareciste tú —dijo, volviéndose. Todo el dolor de su traumática infancia estaba en sus ojos—. Tú eres todo lo que yo había soñado. Fuerte, inteligente, femenina, preciosa, compasiva... y tantas cosas más. Te deseaba tanto...
—Yo también, Pedro.
—La noche que hicimos el amor, eras tan cálida, tan inocente, que sólo quería abrazarte y protegerte. Nunca había sentido eso por nadie.
—Y te dió miedo.
—Más que eso —intentó sonreír Pedro—. De repente, me sentí vulnerable. Y no estoy acostumbrado a esa sensación.
Paula sintió que su corazón se llenaba de amor. Le estaba costando un gran esfuerzo hacer aquella confesión y ella se lo agradecía infinito.
—Y entonces descubriste que yo estaba embarazada.
—Sí. Y me pareció que la tierra se abría bajo mis pies.
—No fue culpa tuya.
—Claro que lo fue. Prácticamente, te seduje. Estuve tonteando contigo hasta que tú también empezaste a sentir curiosidad. Estaba tan loco por tí que sólo podía pensar en tenerte entre mis brazos.
—No me sedujiste, Pedro.
—Eras virgen, Paula.
—Pero sabía lo que estaba haciendo.
—Quizá. No lo sé —murmuró él, volviéndose de nuevo hacia la ventana—. En cualquier caso, de repente tú estás embarazada y yo me he visto obligado a enfrentarme con todos los sentimientos que he mantenido guardados durante años.
—No tienes que...
—¡Por favor, Paula, no digas eso! ¡Es mi hijo!
—Pero tú no lo quieres.
—Claro que lo quiero. No quiero que ese niño crezca sin saber quién es su padre.
Los ojos del hombre quemaban los suyos y Paula sintió que su corazón se partía. ¿Cómo podría soportarlo? ¿Cómo podría verlo ocasionalmente con su hijo, sin que Sean fuera suyo? Sería una tortura, pero no podía negarle sus derechos como padre.
—No impediré que veas a tu hijo, Pedro. Yo no soy así.
Él la contempló en silencio durante unos segundos.
—No estoy hablando sobre derechos de visita, Paula.
Ella se puso pálida. ¿No querría decir...?
—¿No pensarás quitarme a mi hijo?
—¿Quitarte...? ¡Por Dios bendito, Paula! ¿Qué clase de hombre crees que soy?
—Yo...
—Déjalo, no lo digas. No he hecho nada para que tengas una buena opinión de mí, ¿Verdad? Primero te seduzco, después te digo que no quiero compromisos y más tarde te acuso de querer atraparme. Es lógico que no quieras casarte conmigo.
—Pedro, yo...
—No, deja que termine —la interrumpió él, aclarándose la garganta—. Sé que piensas que no soy capaz de comprometerme, pero te equivocas. No sabía lo quesentía por tí hasta esta noche. Sólo sabía que si te pasaba algo, lo habría perdido todo. Para siempre.
—Pedro...
—Tú has dicho que me quieres, Paula. ¿Lo dices de verdad?
—Claro que sí —murmuró ella, nerviosa.
—Yo también te quiero —dijo Pedro entonces, tomando su cara entre las manos—. Nunca le he dicho esto a otro ser humano antes en mi vida. Nunca me he permitido a mí mismo amar a alguien, pero contigo no lo puedo evitar. Tenías razón cuando dijiste que yo no me arriesgaba. No suelo hacerlo, pero contigo no tuve elección. Esta noche me he dado cuenta.
Los ojos de Paula se habían llenado de lágrimas.
—¿Me quieres?
—Con locura.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Voy a casarme contigo te guste o no —sonrió Pedro—. Eres muy arriesgada y alguien tiene que cuidar de tí.
Paula se secó las lágrimas con la manga del jersey.
—No quiero que pienses que quería atraparte.
—Pero lo has hecho —murmuró él—. Estoy absolutamente atrapado. Y no quiero que me sueltes nunca.
—Nunca —sonrió Paula, con el corazón acelerado—. Te quiero, Pedro.
—Lo sé. Y voy a hacer que me lo pruebes... muchas veces.
—Pero tú nunca te has quedado en un sitio...
—Y no me imagino trabajando en urgencias para siempre, es verdad. Pero hemos tenido suerte. Guillermo Roberts ha pedido un traslado y queda libre el puesto de traumatólogo, así que...
—Eso sería maravilloso.
—No —murmuró Pedro, muy serio—. Maravilloso sería casarme contigo. Y aún no me has dado una respuesta.
—¿No? —rió ella.
—¿Qué dice, doctora Chaves? —susurró él, enterrando la cara en su pelo—. ¿Quiere arriesgarse conmigo?
—Déjeme pensarlo un momento, doctor Alfonso... —empezó a decir Paula—. La respuesta es sí. Creo que merece la pena arriesgarse.
FIN
Lo Inesperado: Capítulo 66
—Haber quedado embarazada. No estaba intentando atraparte.
Pedro apretó los dientes.
—No pienses en eso ahora. Hablaremos más tarde.
—No quiero casarme contigo, Pedro.
El hombre apartó la mirada.
—¿Estamos listos? Ya podemos bajar.
Nadie hablaba mientras descendían. Todos estaban demasiado concentrados en no perder pie. Una hora después, Paula estaba tumbada en la clínica. El médico de guardia, Guillermo Roberts, la examinó. Pedro no se apartó de su lado.
—No tienes nada. Sólo ha sido un mareo.
—¿Puedo dormir en mi casa o tengo que quedarme aquí esta noche?
—¿Se quedará alguien contigo?
—Yo me quedaré con ella —dijo Pedro.
—En ese caso, de acuerdo. Puedes irte a casa.
—Hay otra cosa. Estoy embarazada. No tengo dolores abdominales, pero me gustaría que me hicieran una revisión.
—Muy bien. Tardaremos quince minutos.
Paula estaba tumbada durante la revisión, sin atreverse a mirar a Pedro. Había esperado que él pusiera alguna excusa, que saliera de la consulta, pero no había sido así.
—Parece que todo va bien —dijo Guillermo después de comprobar el estado del feto—. Puedes vestirte, Paula.
—Gracias.
Cuando iba a salir de la consulta, Pedro la tomó del brazo.
—No, espera —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. Tenemos que hablar y no quiero esperar hasta que lleguemos a casa.
Paula apretó los dientes. No quería otra discusión. Más tarde quizá, pero en aquel momento no podía aparentar que le daba igual perderlo. Se sentía demasiado vulnerable.
—Pedro, no puedo...
—Sólo quiero que me escuches —la interrumpió él, tomando su mano—. Este ha sido el peor día de mi vida.
—¿Por qué? ¿Por qué has visto al niño en el monitor?
—¡No! No me refiero a eso. Ver al niño ha sido... increíble.
Pedro se acercó a la ventana para que ella no pudiera ver su expresión.
—¿Qué quieres decirme?
Él no contestó inmediatamente.
—Nunca he confiado en nadie. Supongo que estaba intentando probar que lo que siempre me habían dicho de niño era verdad.
—¿A qué te refieres? —preguntó Paula.
—A que era un niño difícil, problemático. Mi madre no me pudo soportar, por eso me abandonó. Yo no era el niño que había imaginado...
—Pedro...
—Fui de familia en familia y cada vez era más difícil. Cada vez que llegaba a una nueva casa, me portaba peor. Supongo que intentaba encontrar una familia que me quisiera incondicionalmente —siguió diciendo él, sin mirarla—. No tardé mucho en darme cuenta de que ese tipo de amor no existía. Al menos, para mí.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.
—Oh, Pedro...
—Nunca se me ha dado bien relacionarme con los demás, pero eso tú ya lo sabes. Durante mi infancia, cuando empezaba a sentir afecto por alguien, me llevaban a otra parte. No tienes ni idea de lo que eso le hace a un niño. Sentir que no lo quieren es... Al final, me dije a mí mismo que no necesitaba el amor de nadie como mecanismo de defensa. La única persona que me hacía falta era yo mismo. No quería amar a nadie para no sufrir.
Pedro apretó los dientes.
—No pienses en eso ahora. Hablaremos más tarde.
—No quiero casarme contigo, Pedro.
El hombre apartó la mirada.
—¿Estamos listos? Ya podemos bajar.
Nadie hablaba mientras descendían. Todos estaban demasiado concentrados en no perder pie. Una hora después, Paula estaba tumbada en la clínica. El médico de guardia, Guillermo Roberts, la examinó. Pedro no se apartó de su lado.
—No tienes nada. Sólo ha sido un mareo.
—¿Puedo dormir en mi casa o tengo que quedarme aquí esta noche?
—¿Se quedará alguien contigo?
—Yo me quedaré con ella —dijo Pedro.
—En ese caso, de acuerdo. Puedes irte a casa.
—Hay otra cosa. Estoy embarazada. No tengo dolores abdominales, pero me gustaría que me hicieran una revisión.
—Muy bien. Tardaremos quince minutos.
Paula estaba tumbada durante la revisión, sin atreverse a mirar a Pedro. Había esperado que él pusiera alguna excusa, que saliera de la consulta, pero no había sido así.
—Parece que todo va bien —dijo Guillermo después de comprobar el estado del feto—. Puedes vestirte, Paula.
—Gracias.
Cuando iba a salir de la consulta, Pedro la tomó del brazo.
—No, espera —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. Tenemos que hablar y no quiero esperar hasta que lleguemos a casa.
Paula apretó los dientes. No quería otra discusión. Más tarde quizá, pero en aquel momento no podía aparentar que le daba igual perderlo. Se sentía demasiado vulnerable.
—Pedro, no puedo...
—Sólo quiero que me escuches —la interrumpió él, tomando su mano—. Este ha sido el peor día de mi vida.
—¿Por qué? ¿Por qué has visto al niño en el monitor?
—¡No! No me refiero a eso. Ver al niño ha sido... increíble.
Pedro se acercó a la ventana para que ella no pudiera ver su expresión.
—¿Qué quieres decirme?
Él no contestó inmediatamente.
—Nunca he confiado en nadie. Supongo que estaba intentando probar que lo que siempre me habían dicho de niño era verdad.
—¿A qué te refieres? —preguntó Paula.
—A que era un niño difícil, problemático. Mi madre no me pudo soportar, por eso me abandonó. Yo no era el niño que había imaginado...
—Pedro...
—Fui de familia en familia y cada vez era más difícil. Cada vez que llegaba a una nueva casa, me portaba peor. Supongo que intentaba encontrar una familia que me quisiera incondicionalmente —siguió diciendo él, sin mirarla—. No tardé mucho en darme cuenta de que ese tipo de amor no existía. Al menos, para mí.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.
—Oh, Pedro...
—Nunca se me ha dado bien relacionarme con los demás, pero eso tú ya lo sabes. Durante mi infancia, cuando empezaba a sentir afecto por alguien, me llevaban a otra parte. No tienes ni idea de lo que eso le hace a un niño. Sentir que no lo quieren es... Al final, me dije a mí mismo que no necesitaba el amor de nadie como mecanismo de defensa. La única persona que me hacía falta era yo mismo. No quería amar a nadie para no sufrir.
Lo Inesperado: Capítulo 65
—Beatríz está mejor sin mí.
Paula pensó un momento y decidió usar otra técnica.
—Ricardo Thompson, no me mientas. A tí no te importa nada Beatríz.
El hombre la miró, confuso.
—Claro que me importa. Por eso estoy aquí. No quiero que siga cargando conmigo.
—Si te importase tu mujer, pensarías en ella. ¿Cómo crees que se siente en este momento? Sabe que estás aquí y se culpa a sí misma por no haber podido ayudarte.
Ricardo la miró, angustiado.
—Ella me ayudó. Ha sido culpa mía...
—Pues Beatríz cree que no es así —lo interrumpió Paula—. Si mueres, se sentirá culpable toda su vida. ¿Es eso lo que quieres?
El hombre negó con la cabeza.
—Claro que no.
—Entonces, deja que te ponga un arnés y podrás resolver tus problemas. Todo se arregla tarde o temprano.
Ricardo la miró durante unos segundos, rendido.
—De acuerdo.
Paula suspiró, aliviada. Soltó el segundo arnés que llevaba atado a la cintura, se lo colocó al hombre y gritó a Matías que lo subiera.
—Tiren con cuidado. Tiene un tobillo roto.
Las palabras de Matías se perdieron con un golpe de viento y cuando levantó la cabeza para escucharlo bien, Paula perdió pie. Sujeta por la cuerda, quedó colgando como un péndulo contra la pared del barranco y... entonces, perdió el conocimiento.
—¿Paula? ¡Paula, despierta! —escuchó una voz familiar.
Ella abrió los ojos poco a poco, aunque los párpados le pesaban una tonelada.
—Está despierta, gracias a Dios —dijo Matías—. Venga, tenemos que bajarla.
—No pienso moverme de aquí hasta que compruebe que está bien —replicó Pedro, con voz tensa—. Dime tu nombre.
—Minnie Mouse —intentó sonreír ella.
—¡Paula, no me hagas esto!
—Estoy bien, de verdad. Me llamo Paula Chaves, tengo veintiocho años, una hija que se llama Valen y...
—¿Y qué más?
Paula tragó saliva, asustada.
—Y estoy embarazada. Oh, Pedro... ¿Y si he perdido el niño?
—No lo perderás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Matías, acercándose.
—Nada, Matías. ¿Cómo está Ricardo? —preguntó Paula.
—Bien, gracias a tí. Tiene un tobillo roto y está muy deprimido, pero las dos cosas se curarán con el tiempo. Pedro, ¿Quieres comprobar el vendaje?
—Eso puede hacerlo cualquiera del equipo. Yo me quedo con Paula.
—Pero... bueno, da igual—dijo Matías, sorprendido.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas. Amaba tanto a aquel hombre... Y, sin embargo, una parte de Sean estaba cerrada. Y ella no tenía la llave.
—¿Te duele algo?
—No. Estoy bien.
—¿Por qué lloras entonces?
—Lo siento.
—¿Qué es lo que sientes, tonta?
Paula pensó un momento y decidió usar otra técnica.
—Ricardo Thompson, no me mientas. A tí no te importa nada Beatríz.
El hombre la miró, confuso.
—Claro que me importa. Por eso estoy aquí. No quiero que siga cargando conmigo.
—Si te importase tu mujer, pensarías en ella. ¿Cómo crees que se siente en este momento? Sabe que estás aquí y se culpa a sí misma por no haber podido ayudarte.
Ricardo la miró, angustiado.
—Ella me ayudó. Ha sido culpa mía...
—Pues Beatríz cree que no es así —lo interrumpió Paula—. Si mueres, se sentirá culpable toda su vida. ¿Es eso lo que quieres?
El hombre negó con la cabeza.
—Claro que no.
—Entonces, deja que te ponga un arnés y podrás resolver tus problemas. Todo se arregla tarde o temprano.
Ricardo la miró durante unos segundos, rendido.
—De acuerdo.
Paula suspiró, aliviada. Soltó el segundo arnés que llevaba atado a la cintura, se lo colocó al hombre y gritó a Matías que lo subiera.
—Tiren con cuidado. Tiene un tobillo roto.
Las palabras de Matías se perdieron con un golpe de viento y cuando levantó la cabeza para escucharlo bien, Paula perdió pie. Sujeta por la cuerda, quedó colgando como un péndulo contra la pared del barranco y... entonces, perdió el conocimiento.
—¿Paula? ¡Paula, despierta! —escuchó una voz familiar.
Ella abrió los ojos poco a poco, aunque los párpados le pesaban una tonelada.
—Está despierta, gracias a Dios —dijo Matías—. Venga, tenemos que bajarla.
—No pienso moverme de aquí hasta que compruebe que está bien —replicó Pedro, con voz tensa—. Dime tu nombre.
—Minnie Mouse —intentó sonreír ella.
—¡Paula, no me hagas esto!
—Estoy bien, de verdad. Me llamo Paula Chaves, tengo veintiocho años, una hija que se llama Valen y...
—¿Y qué más?
Paula tragó saliva, asustada.
—Y estoy embarazada. Oh, Pedro... ¿Y si he perdido el niño?
—No lo perderás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Matías, acercándose.
—Nada, Matías. ¿Cómo está Ricardo? —preguntó Paula.
—Bien, gracias a tí. Tiene un tobillo roto y está muy deprimido, pero las dos cosas se curarán con el tiempo. Pedro, ¿Quieres comprobar el vendaje?
—Eso puede hacerlo cualquiera del equipo. Yo me quedo con Paula.
—Pero... bueno, da igual—dijo Matías, sorprendido.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas. Amaba tanto a aquel hombre... Y, sin embargo, una parte de Sean estaba cerrada. Y ella no tenía la llave.
—¿Te duele algo?
—No. Estoy bien.
—¿Por qué lloras entonces?
—Lo siento.
—¿Qué es lo que sientes, tonta?
Lo Inesperado: Capítulo 64
—Hay que tener mucho cuidado. Me ha amenazado con saltar al barranco. Dice que quiere quedarse ahí, que quiere morirse —advirtió Catalina.
Matías cerró los ojos, murmurando una maldición.
—Genial. Ahora necesitamos un psicólogo.
—Yo no soy psicólogo, pero es mi paciente —dijo Paula, temblando de frío.
Tenían que sacar a Alberto de allí inmediatamente o moriría congelado.
—Intenta hablar con él. Pero habrá que prepararse para lo peor.
—¿Qué quieres decir?
—Que vamos a tener que bajar a alguien con una cuerda. Pero aún así, no sé si podremos subirlo. Es demasiado pesado.
Paula se acercó al borde del barranco, intentando medir sus pasos para no resbalar.
—¡Ricardo! Soy la doctora Chaves.
—No quiero hablar con usted. No quiero hablar con nadie.
—¡Ricardo, por favor! Sólo quiero ayudarte.
—Nadie puede ayudarme.
—¡Que alguien le ponga una cuerda a la cintura, no quiero que Paula resbale! —gritó Matías.
Uno de los miembros del equipo le anudó una cuerda, sujetándola con fuerza.
—Alberto, piensa en tu mujer.
—Estoy pensando en ella. Estará mucho mejor sin mí.
—Eso no es verdad. Beatríz te quiere mucho.
—No me lo merezco —sollozó el hombre—. Todo me sale mal. Soy un desgraciado. Míreme. He intentado tirarme al barranco y me he quedado estancado en este saliente...
—¿Te has hecho daño, Ricardo?
—¡Me da igual!
—Pues a mí, no. A mí me importas. Todo esto es culpa mía.
—¿Qué quiere decir?
—Debería haberme dado cuenta de lo deprimido que estabas —dijo Paula, levantando la voz para hacerse oír sobre el viento—. Si mueres, nunca podré perdonármelo.
—¡No diga eso! —gritó el hombre.
—Deja que alguien baje a ayudarte, por favor.
—¡No!
—¡Ricardo, por favor!
—Si alguien intenta sacarme de aquí, me tiraré. ¡Lo juro!
Paula cerró los ojos, asustada.
—Entonces, deja que lo haga yo. ¿Puedo bajar para hablar contigo?
Un silencio. El hombre parecía pensárselo.
—Muy bien. Pero sólo usted.
—¡No! —exclamó Pedro—. No puedes dejarla ir, Matías. Es demasiado peligroso.
El jefe del equipo lo pensó un momento.
—No puedo hacer nada, amigo. Paula sabe lo que hace y la sujetaremos bien.
—¡No puedes dejar que baje!
—¿Cómo que no?—replicó ella, mientras le colocaban el arnés.
—Escúchame, Paula—dijo Matías—. Sólo baja y habla con él. No intentes hacer nada más. ¿De acuerdo?
—Sí, pero...
—No hay peros.
—Muy bien —asintió ella, acercándose al borde.
—Yo iré —se ofreció Pedro.
—¡No seas tonto! Ya has oído a Ricardo. Si bajas tú, se tirará —lo interrumpió Matías.
Pedro se quedó en silencio, angustiado.
—Muy bien. En ese caso, quiero que la ates a mí.
Matías asintió con la cabeza. El corazón de Paula dió un vuelco. Quizá era un gesto que no significaba nada, pero...
—Si salta, lo dejas ir. ¿De acuerdo? No intentes hacer nada.
—Pero...
—¡Paula, escúchame! No hagas ninguna tontería —la interrumpió Pedro.
—De acuerdo —dijo ella por fin.
Cuando empezó a bajar, sintió un ataque de pánico. No veía nada, el viento la golpeaba con fuerza, la nieve se metía en sus ojos y ni siquiera sabía si habría sitio para dos personas en el saliente. Respirando profundamente para darse valor, Ally se sujetó a unas ramas, obedeciendo las instrucciones que Pedro le daba desde arriba.
—Doctora Chaves...
—¿Alberto?
Con la luz que llevaba en el casco, Paula descubrió que no había sitio para moverse. El saliente era demasiado estrecho. ¿Cómo había podido caerse allí Ricardo? Lo lógico era que hubiera caído al fondo del barranco.
—No sé por qué arriesga la vida por mí —dijo el hombre, con el rostro tenso de angustia—. Debería haberme dejado morir.
—No vas a morir, Alberto. Deje que te examine. ¿Te has hecho daño?
—Me duele mucho el tobillo —murmuró el hombre, avergonzado.
—¿Por qué no dejas que te coloque un arnés? Cuando estemos arriba, podré examinarte tranquilamente.
—¡No! ¡No quiero subir!
—Ricardo, vas a salir de esta. Ya has conseguido dejar de beber.
Matías cerró los ojos, murmurando una maldición.
—Genial. Ahora necesitamos un psicólogo.
—Yo no soy psicólogo, pero es mi paciente —dijo Paula, temblando de frío.
Tenían que sacar a Alberto de allí inmediatamente o moriría congelado.
—Intenta hablar con él. Pero habrá que prepararse para lo peor.
—¿Qué quieres decir?
—Que vamos a tener que bajar a alguien con una cuerda. Pero aún así, no sé si podremos subirlo. Es demasiado pesado.
Paula se acercó al borde del barranco, intentando medir sus pasos para no resbalar.
—¡Ricardo! Soy la doctora Chaves.
—No quiero hablar con usted. No quiero hablar con nadie.
—¡Ricardo, por favor! Sólo quiero ayudarte.
—Nadie puede ayudarme.
—¡Que alguien le ponga una cuerda a la cintura, no quiero que Paula resbale! —gritó Matías.
Uno de los miembros del equipo le anudó una cuerda, sujetándola con fuerza.
—Alberto, piensa en tu mujer.
—Estoy pensando en ella. Estará mucho mejor sin mí.
—Eso no es verdad. Beatríz te quiere mucho.
—No me lo merezco —sollozó el hombre—. Todo me sale mal. Soy un desgraciado. Míreme. He intentado tirarme al barranco y me he quedado estancado en este saliente...
—¿Te has hecho daño, Ricardo?
—¡Me da igual!
—Pues a mí, no. A mí me importas. Todo esto es culpa mía.
—¿Qué quiere decir?
—Debería haberme dado cuenta de lo deprimido que estabas —dijo Paula, levantando la voz para hacerse oír sobre el viento—. Si mueres, nunca podré perdonármelo.
—¡No diga eso! —gritó el hombre.
—Deja que alguien baje a ayudarte, por favor.
—¡No!
—¡Ricardo, por favor!
—Si alguien intenta sacarme de aquí, me tiraré. ¡Lo juro!
Paula cerró los ojos, asustada.
—Entonces, deja que lo haga yo. ¿Puedo bajar para hablar contigo?
Un silencio. El hombre parecía pensárselo.
—Muy bien. Pero sólo usted.
—¡No! —exclamó Pedro—. No puedes dejarla ir, Matías. Es demasiado peligroso.
El jefe del equipo lo pensó un momento.
—No puedo hacer nada, amigo. Paula sabe lo que hace y la sujetaremos bien.
—¡No puedes dejar que baje!
—¿Cómo que no?—replicó ella, mientras le colocaban el arnés.
—Escúchame, Paula—dijo Matías—. Sólo baja y habla con él. No intentes hacer nada más. ¿De acuerdo?
—Sí, pero...
—No hay peros.
—Muy bien —asintió ella, acercándose al borde.
—Yo iré —se ofreció Pedro.
—¡No seas tonto! Ya has oído a Ricardo. Si bajas tú, se tirará —lo interrumpió Matías.
Pedro se quedó en silencio, angustiado.
—Muy bien. En ese caso, quiero que la ates a mí.
Matías asintió con la cabeza. El corazón de Paula dió un vuelco. Quizá era un gesto que no significaba nada, pero...
—Si salta, lo dejas ir. ¿De acuerdo? No intentes hacer nada.
—Pero...
—¡Paula, escúchame! No hagas ninguna tontería —la interrumpió Pedro.
—De acuerdo —dijo ella por fin.
Cuando empezó a bajar, sintió un ataque de pánico. No veía nada, el viento la golpeaba con fuerza, la nieve se metía en sus ojos y ni siquiera sabía si habría sitio para dos personas en el saliente. Respirando profundamente para darse valor, Ally se sujetó a unas ramas, obedeciendo las instrucciones que Pedro le daba desde arriba.
—Doctora Chaves...
—¿Alberto?
Con la luz que llevaba en el casco, Paula descubrió que no había sitio para moverse. El saliente era demasiado estrecho. ¿Cómo había podido caerse allí Ricardo? Lo lógico era que hubiera caído al fondo del barranco.
—No sé por qué arriesga la vida por mí —dijo el hombre, con el rostro tenso de angustia—. Debería haberme dejado morir.
—No vas a morir, Alberto. Deje que te examine. ¿Te has hecho daño?
—Me duele mucho el tobillo —murmuró el hombre, avergonzado.
—¿Por qué no dejas que te coloque un arnés? Cuando estemos arriba, podré examinarte tranquilamente.
—¡No! ¡No quiero subir!
—Ricardo, vas a salir de esta. Ya has conseguido dejar de beber.
Lo Inesperado: Capítulo 63
Paula estaba tumbada en la cama, mirando el techo. No podía dormir. Sólo podía pensar en Pedro y en lo que él había dicho sobre el niño. ¿De verdad creía que ella podría darlo en adopción? Le hervía la sangre sólo de pensarlo. ¿Cómo podía la madre de Pedro haberlo abandonado? Era lógico que él no pudiera confiar en nadie. Aparte de Gabriel y Mónica, por supuesto, pero quizá ellos habían entrado en su vida demasiado tarde. Impaciente, se sentó en la cama, apartando el pelo de su cara. No era capaz de dormir. Suspirando, se levantó y se puso una bata. Cuando estaba preparando una taza de chocolate caliente, sonó el teléfono. A las dos de la mañana.¿Quién podría llamarla a esas horas?
—¿Dígame?
Era matías, muy serio.
—Ricardo Thompson es paciente tuyo, ¿Verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque lo vieron paseando por la montaña esta mañana y nadie ha vuelto a saber nada de él. Su mujer ha llamado a la policía.
—Oh, no —murmuró Paula—. No hagas nada hasta que llegue yo, Matías. Llamaré a mi madre para que venga a cuidar de Valen.
—He llamado al resto del equipo de rescate.
—Nos veremos en el paso Dungeon en veinte minutos.
—Muy bien. Pedro puede traerte.
Paula tragó saliva.
—¿Él también va?
—Claro. Nos hace falta —dijo el hombre.
Diez minutos después, cuando acababa de vestirse, alguien llamó a la puerta. Era su madre. Pedro estaba esperándola dentro del coche. Él condujo en silencio, con cuidado porque la nieve reducía visibilidad.
—Debería haber imaginado que haría algo así —murmuró Paula.
—No seas tonta. No eres vidente —dijo Pedro, sin apartar los ojos de la carretera.
—Pero sospechaba que estaba deprimido —insistió ella, calándose el gorro de lana sobre las orejas.
—Olvídalo, Paula. Tú no eres responsable.
—Se morirá de frío si no llegamos a tiempo.
—Esperemos que sí —murmuró Pedro, con expresión hermética. Unos minutos después llegaban al paso Dungeon—. Quiero que esperes aquí.
—¿Cómo?
—Hace muchísimo frío y no quiero que salgas.
El corazón de Paula dió un vuelco. Ella le importaba... Pero no, no era eso. Era lo de siempre. Pedro Alfonso era un machista y no podía aceptar que una mujer formara parte del equipo de rescate.
—Es mi paciente, Pedro. Tengo que ir.
Cuando intentó abrir la puerta, él se lo impidió.
—¡No, Paula! —exclamó, mirándola con los ojos brillantes. Por un momento, ella pensó que había visto miedo en aquellos ojos, pero era imposible—. No quiero que salgas. Hace demasiado frío. Ya sabes que no me gusta verte en la montaña.
—¿Por qué soy una mujer?
—No. No es eso.
—¿Entonces?
Pedro abrió la boca y volvió a cerrarla.
—No lo sé. No sé por qué —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. Pero no me gusta que salgas con este frío.
—¿Por qué no, Pedro? —insistió ella.
En su voz había un ruego. Quería oírlo. Quería que él dijera que no quería porque le importaba. Porque la amaba.
—¡Maldita sea, Paula! Ya sabes lo difícil que es esto para mí.
La puerta del jeep se abrió en ese momento y Matías apareció ante ellos.
—¿Van a salir o pensáis quedaros ahí cotilleando toda la noche?
—Ya vamos. ¿Cuál es el plan?
Matías reunió a todo el equipo y Paula intentó concentrarse en lo que estaba diciendo para olvidarse del frío y de Pedro, que estaba a su lado y no le quitaba los ojos de encima.
—¿Vas a darme la mano para que no me caiga? —preguntó cuando empezaron a subir.
Él no sonrió.
—Si pudiera evitar que subieras, lo haría.
—No me pasará nada, Pedro.
—Claro que no. Porque no pienso separarme de tí.
Aquella frase la calentó por dentro. Lo amaba tanto... Paula se puso la mano en el vientre y él la miró, sin decir nada. Pero el momento pasó y empezaron la subida detrás del equipo de rescate en busca de Ricardo Thompson, rompiendo la oscuridad con sus linternas. Fue Apolo, el perro de Catalina, quien encontró a Ricardo tres horas más tarde cuando estaban a punto de abandonar toda esperanza. Ladrando para indicar que lo había encontrado, el perro esperó al resto del equipo.
—Está en ese saliente —dijo Catalina, iluminando el lugar con su linterna.
—Estupendo. A ver cómo bajamos ahora —murmuró Matías.
—¿Dígame?
Era matías, muy serio.
—Ricardo Thompson es paciente tuyo, ¿Verdad?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque lo vieron paseando por la montaña esta mañana y nadie ha vuelto a saber nada de él. Su mujer ha llamado a la policía.
—Oh, no —murmuró Paula—. No hagas nada hasta que llegue yo, Matías. Llamaré a mi madre para que venga a cuidar de Valen.
—He llamado al resto del equipo de rescate.
—Nos veremos en el paso Dungeon en veinte minutos.
—Muy bien. Pedro puede traerte.
Paula tragó saliva.
—¿Él también va?
—Claro. Nos hace falta —dijo el hombre.
Diez minutos después, cuando acababa de vestirse, alguien llamó a la puerta. Era su madre. Pedro estaba esperándola dentro del coche. Él condujo en silencio, con cuidado porque la nieve reducía visibilidad.
—Debería haber imaginado que haría algo así —murmuró Paula.
—No seas tonta. No eres vidente —dijo Pedro, sin apartar los ojos de la carretera.
—Pero sospechaba que estaba deprimido —insistió ella, calándose el gorro de lana sobre las orejas.
—Olvídalo, Paula. Tú no eres responsable.
—Se morirá de frío si no llegamos a tiempo.
—Esperemos que sí —murmuró Pedro, con expresión hermética. Unos minutos después llegaban al paso Dungeon—. Quiero que esperes aquí.
—¿Cómo?
—Hace muchísimo frío y no quiero que salgas.
El corazón de Paula dió un vuelco. Ella le importaba... Pero no, no era eso. Era lo de siempre. Pedro Alfonso era un machista y no podía aceptar que una mujer formara parte del equipo de rescate.
—Es mi paciente, Pedro. Tengo que ir.
Cuando intentó abrir la puerta, él se lo impidió.
—¡No, Paula! —exclamó, mirándola con los ojos brillantes. Por un momento, ella pensó que había visto miedo en aquellos ojos, pero era imposible—. No quiero que salgas. Hace demasiado frío. Ya sabes que no me gusta verte en la montaña.
—¿Por qué soy una mujer?
—No. No es eso.
—¿Entonces?
Pedro abrió la boca y volvió a cerrarla.
—No lo sé. No sé por qué —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. Pero no me gusta que salgas con este frío.
—¿Por qué no, Pedro? —insistió ella.
En su voz había un ruego. Quería oírlo. Quería que él dijera que no quería porque le importaba. Porque la amaba.
—¡Maldita sea, Paula! Ya sabes lo difícil que es esto para mí.
La puerta del jeep se abrió en ese momento y Matías apareció ante ellos.
—¿Van a salir o pensáis quedaros ahí cotilleando toda la noche?
—Ya vamos. ¿Cuál es el plan?
Matías reunió a todo el equipo y Paula intentó concentrarse en lo que estaba diciendo para olvidarse del frío y de Pedro, que estaba a su lado y no le quitaba los ojos de encima.
—¿Vas a darme la mano para que no me caiga? —preguntó cuando empezaron a subir.
Él no sonrió.
—Si pudiera evitar que subieras, lo haría.
—No me pasará nada, Pedro.
—Claro que no. Porque no pienso separarme de tí.
Aquella frase la calentó por dentro. Lo amaba tanto... Paula se puso la mano en el vientre y él la miró, sin decir nada. Pero el momento pasó y empezaron la subida detrás del equipo de rescate en busca de Ricardo Thompson, rompiendo la oscuridad con sus linternas. Fue Apolo, el perro de Catalina, quien encontró a Ricardo tres horas más tarde cuando estaban a punto de abandonar toda esperanza. Ladrando para indicar que lo había encontrado, el perro esperó al resto del equipo.
—Está en ese saliente —dijo Catalina, iluminando el lugar con su linterna.
—Estupendo. A ver cómo bajamos ahora —murmuró Matías.
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