miércoles, 28 de febrero de 2018

Inevitable: Capítulo 1

Había  seis  mujeres  desnudas  en  el  campo  de  visión  de  Pedro Alfonso.  Eran  mujeres delgadas y atractivas, de largas piernas, suaves muslos y senos erectos.Y  en  lo  único  que  podía  pensar  era  en  dónde  diablos  se  habría  metido  la  séptima. Miró su reloj, tamborileó con los dedos y apretó los dientes.

—¿Dónde está? —murmuró por décima vez desde la media hora anterior.¿Cómo  iba  a  sacar  las  fotos  para  la  nueva  fragancia  llamada  Siete  si  sólo  tenía  seis mujeres?

—¿Podemos empezar? —gimió una de las mujeres desnudas.

—Tengo frío —se quejó otra abrazándose.

—Y  yo  calor  —ronroneó  una  tercera  batiendo  las  pestañas  en  un  intento  evidente de ponerle a él caliente también.

Pero cualquier elevación de la temperatura de su cuerpo tenía más que ver con la irritación que con cualquier intento de seducción de una mujer, pensó Pedro. Para dejarlo  claro,  le  frunció  el  ceño  y  al  instante  la  chica  se  ocultó  bajo  un  reflector  para  evitar su mirada.

—Pedro, tengo la nariz brillante —se quejó después otra al mirarse en el espejo poniendo cara de conejo.

«No  van  a  mirarte  la  nariz,  cariño»,  estuvo  tentado  de  decirle  Pedro.  Pero  él  era  un  profesional.  Aquello  era  arte,  al  menos  bajo  el  aspecto  comercial.  Así  que  lo  único que hizo fue avisar a Melina, la chica de maquillaje.

—Melina, empólvale la nariz.

Melina le  empolvó  la  nariz  junto  con  las  mejillas  de  otra  de  las  chicas.  Cecilia,  la  peluquera, agitó por centésima vez el pelo a todas.Pedro tamborileó con los dedos y le gritó a Eliana, la directora de estudio, que averiguara quién era la chica que faltaba.Lo que quería decir era que quién era el culpable.Si por él fuera, Pedro prefería escoger a sus propias modelos, a las que conocía y sabía que eran de confianza, profesionales y puntuales.Pero él no había elegido a ninguna de aquéllas. Lo había hecho el cliente.

—Queremos  un  poco  de  todo  —le  había  dicho  el  representante  de  publicidad  por teléfono—. Todas guapas, por supuesto, pero no modelos típicas.

Pedro había  lanzando  un  bufido,  pero  había  entendido  lo  que  quería  el  representante.¡Siete! Según el guión que le habían dado, se suponía que el perfume tenía que atraer  a  todas  las  mujeres.  Así,  todas  las  mujeres,  al  menos  las  guapas,  se  sentirían  representadas  en  el  anuncio.  En  otras  palabras,  no  querían  modelos  de  pelo  oscuro, con expresiones duras, pómulos salientes y labios abultados.

—Algunas  altas  y  otras  bajas.  Pelos  rizados  y  lisos.  Y  variedad  de  grupos  étnicos. Algo osado y directo. Ya te las enviaremos —había dicho el representante.

A  Pedro le  parecía  bien.  No  le  importaba  a  quién  le  enviaran  siempre  que  pudiera llegar a tiempo.Pero parecía que una de ellas no había podido.Se  paseó  irritado.  Las  chicas  también  estaban  impacientes  y  agitadas  y  el  ambiente, que debía ser alegre, se estaba haciendo sombrío.Y entonces, de repente, oyó a Eliana decir:

—Sí, sí. Te está esperando. Entra directamente.

La puerta se abrió. Despacio y con cautela. No era para menos, pensó Pedro.

—Ya era hora —bramó a la joven que apareció en el umbral—. Se suponía que ya debía estar aquí hace un buen rato.

Ella  parpadeó  y  sus  ojos  de  un  azul  tan  intenso  que  eran  casi  violetas  se  pusieron  como  platos.  Pedro sacudió  la  cabeza.  Los  idiotas  de  publicidad  de  nuevo.  Sabían   que   las fotos iban a ser   en   blanco y  negro,  así  que  aquellos  ojos  se  desperdiciarían.

—Mi avión se retrasó.

¿Avión?  ¿Sería  alguna  famosa  modelo  de  la  costa  oeste  que  él  no  conocía?  ¿La  última super estrella de Los Angeles? Pedro frunció el ceño y la estudió con más atención intentando averiguar qué era  lo  que  habrían  visto  en  ella.  Se  suponía  al  menos  que  él  era  un  experto  en  mujeres.La miró más de cerca. La  señorita  azul-violeta  parecía  una  caricatura  del  modelo  de  chica  americana  de los cincuenta. Estaba en mitad de la veintena, un poco mayor del «bomboncito del mes» que normalmente le endosaban. Tampoco era especialmente alta ni era usual en lo referente a las curvas. Él había visto carreteras de Nebraska con más curvas que las modelos  típicas.  Ésta  parecía  más  una  mujer  real  por  lo  que  se  adivinaba  bajo  el  camuflaje de su vestido camisero.¿Quién  diablos  llevaba  un  vestido  camisero  en  una  profesión  como  aquélla?  ¿Quién  se  ponía  un  vestido  camisero  en  Nueva  York  en  estos  tiempos?  Con  su  pelo  ondulado  y  rubio  y  labios  jugosos,  parecía  una  réplica  discreta  y  pudorosa  de  Marilyn Monroe. Quizá  fuera  eso  lo  que  habían  visto  en  ella,  el  potencial  de  convertirse  en  algo  más:  con  ponerse  unas  gotas  de  Siete  una  mujer  podría  convertirse  de  las  siete  virtudes en los siete pecados.

Inevitable: Sinopsis

Pedro Alfonso sólo había aceptado emplear a Paula como un favor. Él no tenía tiempo para hacer de niñera de una chica de pueblo. Entonces, ¿Por qué se sentía atormentado por la tímida belleza de Paula y enfurecido porque ella ni siquiera se fijara en él?

Paula no se atrevía a fijarse en Pedro. Primero, porque ella estaba prometida a otro hombre y, segundo, porque él era atractivo como un pecado y un soltero empedernido.
Cuando el destino los reunió, la cuestión fue quién estaba seduciendo a quién…

lunes, 26 de febrero de 2018

Lo Inesperado: Capítulo 67

—Ven aquí, Pedro.

Él no se movió.

 —Nunca me he permitido a mí mismo amar a nadie porque no podía soportar la idea de  que me  abandonaran  otra  vez. Por  eso  siempre  era  yo  quien  terminaba  con  las  relaciones. Por eso nunca he querido tener un hijo... Y entonces apareciste tú —dijo, volviéndose. Todo  el  dolor  de  su  traumática  infancia  estaba  en  sus  ojos—. Tú  eres  todo  lo  que  yo  había  soñado. Fuerte,  inteligente,  femenina,  preciosa,  compasiva... y tantas cosas más. Te deseaba tanto...

—Yo también, Pedro.

—La  noche  que  hicimos  el  amor,  eras tan  cálida,  tan  inocente,  que  sólo  quería  abrazarte y protegerte. Nunca había sentido eso por nadie.

—Y te dió miedo.

—Más que eso —intentó sonreír Pedro—. De repente, me sentí vulnerable. Y no estoy acostumbrado a esa sensación.

Paula sintió  que  su  corazón  se  llenaba  de  amor.  Le  estaba  costando  un  gran  esfuerzo  hacer aquella confesión y ella se lo agradecía infinito.

—Y entonces descubriste que yo estaba embarazada.

—Sí. Y me pareció que la tierra se abría bajo mis pies.

—No fue culpa tuya.

—Claro  que  lo  fue.  Prácticamente,  te  seduje. Estuve  tonteando  contigo  hasta  que  tú  también  empezaste  a  sentir  curiosidad.  Estaba  tan  loco  por  tí  que  sólo  podía  pensar  en tenerte entre mis brazos.

—No me sedujiste, Pedro.

—Eras virgen, Paula.

—Pero sabía lo que estaba haciendo.

—Quizá.  No lo sé  —murmuró  él,  volviéndose  de  nuevo  hacia  la  ventana—. En cualquier  caso,  de  repente  tú  estás  embarazada  y  yo  me  he  visto  obligado  a  enfrentarme con todos los sentimientos que he mantenido guardados durante años.

—No tienes que...

—¡Por favor, Paula, no digas eso! ¡Es mi hijo!

—Pero tú no lo quieres.

 —Claro que lo quiero. No quiero que ese niño crezca sin saber quién es su padre.

Los  ojos  del  hombre  quemaban  los  suyos  y  Paula sintió  que  su  corazón  se  partía. ¿Cómo  podría  soportarlo?  ¿Cómo  podría  verlo  ocasionalmente  con  su  hijo, sin  que  Sean fuera suyo? Sería una tortura, pero no podía negarle sus derechos como padre.

—No impediré que veas a tu hijo, Pedro. Yo no soy así.

 Él la contempló en silencio durante unos segundos.

—No estoy hablando sobre derechos de visita, Paula.

 Ella se puso pálida. ¿No querría decir...?

—¿No pensarás quitarme a mi hijo?

—¿Quitarte...? ¡Por Dios bendito, Paula! ¿Qué clase de hombre crees que soy?

—Yo...

—Déjalo, no lo  digas.  No he hecho  nada  para  que  tengas  una  buena  opinión  de  mí, ¿Verdad?  Primero te seduzco,  después  te  digo  que  no  quiero  compromisos  y  más  tarde te acuso de querer atraparme. Es lógico que no quieras casarte conmigo.

—Pedro, yo...

—No,  deja  que  termine  —la  interrumpió  él,  aclarándose  la  garganta—. Sé  que  piensas  que  no  soy  capaz  de  comprometerme,  pero  te  equivocas.  No  sabía  lo  quesentía por tí hasta esta noche. Sólo sabía que si te pasaba algo, lo habría perdido todo. Para siempre.

—Pedro...

—Tú has dicho que me quieres, Paula. ¿Lo dices de verdad?

—Claro que sí —murmuró ella, nerviosa.

—Yo  también  te  quiero  —dijo  Pedro entonces,  tomando  su  cara  entre  las  manos—. Nunca le he dicho esto a otro ser humano antes en mi vida. Nunca me he permitido a mí  mismo  amar  a  alguien,  pero  contigo  no  lo  puedo  evitar.  Tenías  razón  cuando  dijiste que yo no me arriesgaba. No suelo hacerlo, pero contigo no tuve elección. Esta noche me he dado cuenta.

 Los ojos de Paula se habían llenado de lágrimas.

—¿Me quieres?

—Con locura.

—¿Quieres casarte conmigo?

—Voy  a  casarme  contigo  te  guste  o  no  —sonrió  Pedro—. Eres  muy  arriesgada  y  alguien tiene que cuidar de tí.

 Paula se secó las lágrimas con la manga del jersey.

—No quiero que pienses que quería atraparte.

 —Pero  lo  has  hecho  —murmuró  él—. Estoy  absolutamente  atrapado. Y  no  quiero  que me sueltes nunca.

—Nunca —sonrió Paula, con el corazón acelerado—. Te quiero, Pedro.

—Lo sé. Y voy a hacer que me lo pruebes... muchas veces.

—Pero tú nunca te has quedado en un sitio...

—Y  no  me  imagino  trabajando  en  urgencias  para  siempre,  es  verdad.  Pero  hemos  tenido  suerte.  Guillermo Roberts  ha  pedido  un  traslado  y  queda  libre  el  puesto  de  traumatólogo, así que...

—Eso sería maravilloso.

—No —murmuró Pedro,  muy  serio—. Maravilloso  sería  casarme  contigo. Y  aún  no  me has dado una respuesta.

—¿No? —rió ella.

—¿Qué dice, doctora Chaves? —susurró él, enterrando la cara en su pelo—. ¿Quiere arriesgarse conmigo?

—Déjeme  pensarlo  un  momento,  doctor  Alfonso... —empezó  a  decir  Paula—. La respuesta es sí. Creo que merece la pena arriesgarse.




FIN

Lo Inesperado: Capítulo 66

—Haber quedado embarazada. No estaba intentando atraparte.

Pedro apretó los dientes.

—No pienses en eso ahora. Hablaremos más tarde.

—No quiero casarme contigo, Pedro.

El hombre apartó la mirada.

—¿Estamos listos? Ya podemos bajar.

 Nadie  hablaba  mientras  descendían.  Todos estaban  demasiado  concentrados  en  no  perder pie. Una hora después, Paula  estaba tumbada en la clínica. El médico de guardia, Guillermo Roberts, la examinó. Pedro no se apartó de su lado.

—No tienes nada. Sólo ha sido un mareo.

—¿Puedo dormir en mi casa o tengo que quedarme aquí esta noche?

—¿Se quedará alguien contigo?

—Yo me quedaré con ella —dijo Pedro.

—En ese caso, de acuerdo. Puedes irte a casa.

—Hay otra cosa. Estoy embarazada. No tengo dolores abdominales, pero me gustaría que me hicieran una revisión.

—Muy bien. Tardaremos quince minutos.

Paula estaba  tumbada  durante  la  revisión,  sin  atreverse  a  mirar  a  Pedro.  Había esperado que él pusiera alguna excusa, que saliera de la consulta, pero no había sido así.

—Parece que todo va bien —dijo Guillermo después de comprobar el estado del feto—. Puedes vestirte, Paula.

 —Gracias.

Cuando iba a salir de la consulta, Pedro la tomó del brazo.

—No, espera —murmuró,  pasándose  la  mano  por  el  pelo—. Tenemos  que  hablar  y  no quiero esperar hasta que lleguemos a casa.

Paula apretó  los  dientes.  No  quería  otra  discusión.  Más  tarde  quizá, pero  en  aquel  momento  no  podía  aparentar  que  le  daba  igual  perderlo.  Se  sentía  demasiado  vulnerable.

—Pedro, no puedo...

—Sólo quiero que me escuches —la interrumpió él, tomando su mano—. Este ha sido el peor día de mi vida.

—¿Por qué? ¿Por qué has visto al niño en el monitor?

—¡No! No me refiero a eso. Ver al niño ha sido... increíble.

Pedro se acercó a la ventana para que ella no pudiera ver su expresión.

—¿Qué quieres decirme?

Él no contestó inmediatamente.

—Nunca  he  confiado  en  nadie.  Supongo  que  estaba  intentando  probar  que  lo  que  siempre me habían dicho de niño era verdad.

—¿A qué te refieres? —preguntó Paula.

—A  que  era  un  niño  difícil,  problemático.  Mi  madre  no  me  pudo  soportar,  por  eso  me abandonó. Yo no era el niño que había imaginado...

—Pedro...

—Fui  de  familia  en  familia  y  cada  vez  era  más  difícil.  Cada  vez  que  llegaba  a  una  nueva  casa,  me  portaba  peor.  Supongo  que  intentaba  encontrar  una  familia  que  me  quisiera  incondicionalmente  —siguió  diciendo  él,  sin  mirarla—. No  tardé  mucho  en darme cuenta de que ese tipo de amor no existía. Al menos, para mí.

Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.

—Oh, Pedro...

—Nunca  se  me  ha  dado  bien  relacionarme  con  los  demás,  pero  eso  tú  ya  lo  sabes. Durante mi infancia, cuando empezaba a sentir afecto por alguien, me llevaban a otra parte. No tienes ni idea de lo que eso le hace a un niño. Sentir que no lo quieren es... Al final, me dije a mí mismo que no necesitaba el amor de nadie como mecanismo de defensa. La única persona que me hacía falta era yo mismo. No quería amar a nadie para no sufrir.

Lo Inesperado: Capítulo 65

—Beatríz está mejor sin mí.

Paula pensó un momento y decidió usar otra técnica.

—Ricardo Thompson, no me mientas. A tí no te importa nada Beatríz.

El hombre la miró, confuso.

—Claro que me importa. Por eso estoy aquí. No quiero que siga cargando conmigo.

—Si  te  importase  tu  mujer,  pensarías  en  ella.  ¿Cómo  crees  que  se  siente  en  este  momento? Sabe que estás aquí y se culpa a sí misma por no haber podido ayudarte.

 Ricardo la miró, angustiado.

—Ella me ayudó. Ha sido culpa mía...

—Pues  Beatríz cree  que  no  es  así  —lo  interrumpió  Paula—. Si  mueres,  se  sentirá culpable toda su vida. ¿Es eso lo que quieres?

El hombre negó con la cabeza.

 —Claro que no.

 —Entonces,  deja  que  te  ponga  un  arnés  y  podrás  resolver  tus  problemas.  Todo  se  arregla tarde o temprano.

Ricardo la miró durante unos segundos, rendido.

—De acuerdo.

Paula suspiró,  aliviada.  Soltó  el  segundo  arnés  que  llevaba  atado  a  la  cintura, se  lo  colocó al hombre y gritó a Matías que lo subiera.

—Tiren con cuidado. Tiene un tobillo roto.

 Las palabras de Matías  se perdieron con un golpe de viento y cuando levantó la cabeza para escucharlo bien, Paula perdió pie. Sujeta por la cuerda, quedó colgando como un péndulo contra la pared del barranco y... entonces, perdió el conocimiento.

—¿Paula? ¡Paula, despierta! —escuchó una voz familiar.

Ella abrió los ojos poco a poco, aunque los párpados le pesaban una tonelada.

—Está despierta, gracias a Dios —dijo Matías—. Venga, tenemos que bajarla.

—No  pienso  moverme  de  aquí  hasta  que  compruebe  que  está  bien  —replicó  Pedro, con voz tensa—. Dime tu nombre.

—Minnie Mouse —intentó sonreír ella.

—¡Paula, no me hagas esto!

—Estoy bien, de verdad. Me llamo Paula Chaves, tengo veintiocho años, una hija que se llama Valen y...

—¿Y qué más?

Paula tragó saliva, asustada.

—Y estoy embarazada. Oh, Pedro... ¿Y si he perdido el niño?

—No lo perderás.

—¿Qué ocurre? —preguntó Matías, acercándose.

—Nada, Matías. ¿Cómo está Ricardo? —preguntó Paula.

 —Bien, gracias a tí. Tiene un tobillo roto y está muy deprimido, pero las dos cosas se curarán con el tiempo. Pedro, ¿Quieres comprobar el vendaje?

—Eso puede hacerlo cualquiera del equipo. Yo me quedo con Paula.

—Pero... bueno, da igual—dijo Matías, sorprendido.

Los  ojos  de  Paula se  llenaron  de  lágrimas.  Amaba  tanto  a  aquel  hombre... Y,  sin embargo, una parte de Sean estaba cerrada. Y ella no tenía la llave.

—¿Te duele algo?

—No. Estoy bien.

—¿Por qué lloras entonces?

—Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes, tonta?

Lo Inesperado: Capítulo 64

—Hay que tener mucho cuidado. Me ha amenazado con saltar al barranco. Dice que quiere quedarse ahí, que quiere morirse —advirtió Catalina.

Matías cerró los ojos, murmurando una maldición.

—Genial. Ahora necesitamos un psicólogo.

—Yo  no  soy  psicólogo, pero  es  mi  paciente  —dijo  Paula,  temblando  de  frío. 

Tenían que sacar a Alberto de allí inmediatamente o moriría congelado.

—Intenta hablar con él. Pero habrá que prepararse para lo peor.

—¿Qué quieres decir?

—Que  vamos  a  tener  que  bajar  a  alguien  con  una  cuerda.  Pero  aún  así,  no  sé  si  podremos subirlo. Es demasiado pesado.

Paula se acercó al borde del barranco, intentando medir sus pasos para no resbalar.

—¡Ricardo! Soy la doctora Chaves.

—No quiero hablar con usted. No quiero hablar con nadie.

—¡Ricardo, por favor! Sólo quiero ayudarte.

—Nadie puede ayudarme.

—¡Que alguien le ponga una cuerda a la cintura, no quiero que Paula resbale! —gritó Matías.

Uno de los miembros del equipo le anudó una cuerda, sujetándola con fuerza.

—Alberto, piensa en tu mujer.

—Estoy pensando en ella. Estará mucho mejor sin mí.

—Eso no es verdad. Beatríz te quiere mucho.

 —No me lo merezco —sollozó el hombre—. Todo me sale mal. Soy un desgraciado. Míreme.  He  intentado  tirarme  al  barranco  y  me  he  quedado  estancado  en  este  saliente...

—¿Te has hecho daño, Ricardo?

—¡Me da igual!

—Pues a mí, no. A mí me importas. Todo esto es culpa mía.

—¿Qué quiere decir?

—Debería haberme dado cuenta de lo deprimido que estabas —dijo Paula, levantando la voz para hacerse oír sobre el viento—. Si mueres, nunca podré perdonármelo.

—¡No diga eso! —gritó el hombre.

—Deja que alguien baje a ayudarte, por favor.

—¡No!

—¡Ricardo, por favor!

—Si alguien intenta sacarme de aquí, me tiraré. ¡Lo juro!

Paula cerró los ojos, asustada.

 —Entonces, deja que lo haga yo. ¿Puedo bajar para hablar contigo?

Un silencio. El hombre parecía pensárselo.

—Muy bien. Pero sólo usted.

—¡No! —exclamó Pedro—. No puedes dejarla ir, Matías. Es demasiado peligroso.

El jefe del equipo lo pensó un momento.

—No puedo hacer nada, amigo. Paula sabe lo que hace y la sujetaremos bien.

—¡No puedes dejar que baje!

—¿Cómo que no?—replicó ella, mientras le colocaban el arnés.

—Escúchame,  Paula—dijo  Matías—. Sólo  baja  y  habla  con  él.  No  intentes  hacer  nada  más. ¿De acuerdo?

—Sí, pero...

—No hay peros.

—Muy bien —asintió ella, acercándose al borde.

—Yo iré —se ofreció Pedro.

—¡No seas tonto! Ya has oído a Ricardo. Si bajas tú, se tirará —lo interrumpió Matías.

Pedro se quedó en silencio, angustiado.

—Muy bien. En ese caso, quiero que la ates a mí.

Matías asintió con la cabeza. El corazón de Paula dió un vuelco. Quizá era un gesto que no significaba nada, pero...

—Si salta, lo dejas ir. ¿De acuerdo? No intentes hacer nada.

—Pero...

—¡Paula, escúchame! No hagas ninguna tontería —la interrumpió Pedro.

 —De acuerdo —dijo ella por fin.

Cuando  empezó  a  bajar,  sintió  un  ataque  de  pánico.  No  veía  nada,  el  viento  la  golpeaba  con  fuerza,  la  nieve  se  metía  en  sus  ojos  y  ni  siquiera  sabía  si  habría  sitio  para dos personas en el saliente. Respirando   profundamente   para   darse   valor, Ally se   sujetó  a  unas  ramas, obedeciendo las instrucciones que Pedro le daba desde arriba.

—Doctora Chaves...

—¿Alberto?

Con la luz que llevaba en el casco, Paula descubrió que no había sitio para moverse. El saliente era demasiado estrecho. ¿Cómo había podido caerse allí Ricardo? Lo lógico era que hubiera caído al fondo del barranco.

—No  sé  por  qué  arriesga  la  vida  por  mí  —dijo  el  hombre,  con  el  rostro  tenso  de  angustia—. Debería haberme dejado morir.

—No vas a morir, Alberto. Deje que te examine. ¿Te has hecho daño?

—Me duele mucho el tobillo —murmuró el hombre, avergonzado.

 —¿Por  qué  no  dejas  que  te  coloque  un  arnés?  Cuando  estemos  arriba,  podré examinarte tranquilamente.

—¡No! ¡No quiero subir!

—Ricardo, vas a salir de esta. Ya has conseguido dejar de beber.

Lo Inesperado: Capítulo 63

Paula estaba  tumbada  en  la  cama, mirando  el  techo.  No podía  dormir.  Sólo  podía  pensar  en  Pedro  y  en  lo  que  él  había  dicho  sobre  el  niño.  ¿De verdad  creía  que ella  podría darlo  en  adopción?  Le hervía  la sangre  sólo  de  pensarlo.  ¿Cómo  podía  la  madre  de  Pedro  haberlo  abandonado?  Era  lógico  que  él  no  pudiera  confiar  en  nadie. Aparte  de  Gabriel y  Mónica,  por  supuesto,  pero  quizá  ellos  habían  entrado  en  su  vida  demasiado tarde. Impaciente,  se  sentó  en  la  cama,  apartando el  pelo de su  cara.  No  era  capaz  de dormir. Suspirando, se levantó y se puso una bata. Cuando estaba preparando una taza de chocolate caliente, sonó el teléfono. A las dos de la mañana.¿Quién podría llamarla a esas horas?

—¿Dígame?

Era matías, muy serio.

—Ricardo Thompson es paciente tuyo, ¿Verdad?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque lo vieron paseando por la montaña esta mañana y nadie ha vuelto a saber nada de él. Su mujer ha llamado a la policía.

—Oh, no —murmuró Paula—. No hagas nada hasta que llegue yo, Matías. Llamaré a mi madre para que venga a cuidar de Valen.

—He llamado al resto del equipo de rescate.

—Nos veremos en el paso Dungeon en veinte minutos.

—Muy bien. Pedro  puede traerte.

Paula tragó saliva.

—¿Él también va?

—Claro. Nos hace falta —dijo el hombre.

Diez minutos después, cuando acababa de vestirse, alguien llamó a la puerta. Era su madre. Pedro estaba esperándola dentro del coche. Él condujo en silencio, con cuidado porque la nieve reducía visibilidad.

—Debería haber imaginado que haría algo así —murmuró Paula.

—No seas tonta. No eres vidente —dijo Pedro, sin apartar los ojos de la carretera.

—Pero  sospechaba  que  estaba  deprimido  —insistió  ella,  calándose  el  gorro  de  lana  sobre las orejas.

—Olvídalo, Paula. Tú no eres responsable.

 —Se morirá de frío si no llegamos a tiempo.

—Esperemos  que  sí  —murmuró  Pedro,  con  expresión  hermética.  Unos  minutos  después llegaban al paso Dungeon—. Quiero que esperes aquí.

—¿Cómo?

—Hace muchísimo frío y no quiero que salgas.

El corazón de Paula dió un vuelco. Ella le importaba... Pero no, no  era  eso. Era lo de siempre. Pedro Alfonso era un machista y no podía aceptar que una mujer formara parte del equipo de rescate.

—Es mi paciente, Pedro. Tengo que ir.

Cuando intentó abrir la puerta, él se lo impidió.

—¡No,  Paula! —exclamó,  mirándola  con  los  ojos  brillantes.  Por  un  momento, ella pensó  que  había  visto  miedo  en  aquellos  ojos,  pero  era  imposible—. No  quiero  que  salgas. Hace demasiado frío. Ya sabes que no me gusta verte en la montaña.

—¿Por qué soy una mujer?

—No. No es eso.

—¿Entonces?

Pedro abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No lo sé. No sé por qué —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. Pero no me gusta que salgas con este frío.

—¿Por  qué  no, Pedro? —insistió  ella. 

En  su  voz  había  un  ruego.  Quería  oírlo.  Quería que él dijera que no quería porque le importaba. Porque la amaba.

—¡Maldita sea, Paula! Ya sabes lo difícil que es esto para mí.

La puerta del jeep se abrió en ese momento y Matías apareció ante ellos.

—¿Van a salir o pensáis quedaros ahí cotilleando toda la noche?

—Ya vamos. ¿Cuál es el plan?

Matías reunió  a  todo  el  equipo  y  Paula intentó  concentrarse  en  lo  que  estaba  diciendo  para  olvidarse  del  frío  y  de  Pedro,  que  estaba  a  su  lado  y  no  le  quitaba  los  ojos  de  encima.

—¿Vas a darme  la mano  para que no me  caiga?  —preguntó  cuando  empezaron  a  subir.

Él no sonrió.

 —Si pudiera evitar que subieras, lo haría.

—No me pasará nada, Pedro.

—Claro que no. Porque no pienso separarme de tí.

Aquella  frase  la  calentó  por  dentro.  Lo  amaba  tanto... Paula se  puso  la  mano  en  el  vientre y él la miró, sin decir nada. Pero el momento pasó y empezaron la subida detrás del equipo de rescate en busca de Ricardo Thompson, rompiendo la oscuridad con sus linternas. Fue Apolo,  el  perro  de  Catalina,  quien  encontró  a  Ricardo tres  horas  más  tarde  cuando  estaban  a  punto  de  abandonar  toda  esperanza. Ladrando  para  indicar  que  lo  había  encontrado, el perro esperó al resto del equipo.

—Está en ese saliente —dijo Catalina, iluminando el lugar con su linterna.

—Estupendo. A ver cómo bajamos ahora —murmuró Matías.