—Ya, claro —rió él, con amargura.
—¡Por favor! ¿Cómo quieres que te lo pruebe?
—Eso es lo mejor de todo, ¿No? Que no puedes probármelo.
—Si confiaras en mí...
—¿Y por qué iba a confiar en tí?
Paula tragó saliva.
—Porque te quiero y nunca haría nada que pudiera hacerte daño.
—Acabas de hacerlo.
—No. Sólo tienes miedo de que yo intente atraparte...
—No tengo miedo.
—Claro que lo tienes. Te da miedo comprometerte con algo, pero no tienes por qué hacerlo Pedro.
Él se dió la vuelta para que Paula no pudiera ver su expresión.
—No me dejas opción, Paula.
—Pedro, no me casaría contigo aunque fueras el último hombre de la tierra. Nunca me casaría con alguien que es incapaz de darme amor a mí o a mi hijo.
Pedro se volvió entonces, con los ojos relampagueantes.
—Querrás decir «nuestro» hijo.
—No. No quiero decir «nuestro» hijo, Pedro, porque tú no lo quieres. Es mi hijo. Sólo mío.
—Entonces, ¿Vas a tenerlo?
Paula lo miró, horrorizada.
—¿No me estarás diciendo...?
—¡Claro que no, maldita sea! —la interrumpió él, airado—. No es eso. Pero hay otras opciones. Esto no estaba planeado y cambiará tu vida.
—Los hijos cambian la vida de la gente, lo sé muy bien. Pero si estás sugiriendo que lo entregue en adopción, es que estás loco. Nunca haría eso.
—Cuando las cosas ocurren así, por accidente, lo mejor es buscar una solución..
.—¿Qué solución? ¡Soy su madre!
—No serías la primera mujer que se libra de un hijo no deseado.
¿De qué estaba hablando? ¿De su propia madre? ¿Cómo podía convencerlo? ¿Cómo podía hacer que aquel hombre confiase en alguien?
—¿Tú crees que podría dárselo a otra persona? Yo no soy así, Pedro—dijo Paula, mirándolo con compasión—. No me conoces en absoluto, ¿Verdad? Me da igual que cambie mi vida, me da igual tener mucho más trabajo a partir de ahora. El niño es mío y lo querré siempre.
—Tú sola...
—No. Yo sola, no. Tengo a mis padres y a mi hija Valen. Este niño estará rodeado de cariño y tendrá todo lo que necesita.
—Excepto un padre.
—Sí —murmuró ella con tristeza—. Excepto un padre.
—¿Y si te pidiera que te casaras conmigo?
—La respuesta sería no, Pedro. No me casaría contigo.
Después, Paula se volvió y salió de la consulta, cerrando la puerta tras ella.
lunes, 26 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 61
La siguiente en su lista era Celina, tres días después del parto.
—¡Es una comilona! —exclamó, dándole un golpecito en la espalda a la niña para que expulsara los gases.
—¿Qué tal los otros dos niños?
—Regular. La miran, la tocan... Si sobrevive hasta Navidad, será un milagro.
—¿Y tú cómo estás?
—Muy bien, gracias a usted —sonrió Celina.
—A mí, no. Lo hiciste todo tú.
Un rato después, Paula se despidió y fue a visitar a los Thompson. La casa parecía desierta. Llamó dos veces a la puerta, pero no había signos de vida. Sorprendida y un poco preocupada, volvió a la clínica. Cuando estacionaba, sintió una náusea y tuvo que cerrar los ojos. Estaba en esa posición cuando alguien abrió la puerta del jeep. Pedro estaba allí, mirándola con expresión de sorpresa.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma otra vez?
—No, bueno... un poco.
—Han pasado dos semanas, Paula. El virus no dura tanto.
Pedro lo sabía. Lo veía en sus ojos.
—A lo mejor no es el mismo virus.
—Me parece que tenemos que hablar.
—Ahora no —murmuró ella, intentando disimular otra náusea.
—Ahora —insistió Pedro, abriendo la puerta del todo.
—Muy bien. Si insistes...
Paula bajó del jeep, demasiado cansada y enferma como para discutir. Una vez dentro de la clínica, él la tomó por la muñeca y la llevó a su consulta.
—Estás embarazada, ¿Verdad?
—Sí.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Su expresión era tan furiosa que Paula se puso una mano sobre el vientre, en un gesto protector.
—No lo sé.
Pedro la miraba con una expresión tan fría que le parecía un extraño.
—Es el truco más viejo del mundo, ¿No?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quedarte embarazada para que me case contigo.
Paula se quedó petrificada.
—¿Crees que lo he hecho a propósito para que te cases conmigo?
—¿No es así?
—¡No! —exclamó ella, con expresión horrorizada—. Claro que no.
—Entonces, ¿Cómo es posible que estés embarazada?
—Pedro, ha sido un accidente...
—Tú eres médico, Paula. A un médico no le ocurre ese tipo de accidente. Recuerdo que te pregunté si podíamos hacerlo.
—Fue un error. Pensé que esto no era posible.
—Ya —murmuró él, irónico.
—¿Cómo puedes creer que lo he hecho a propósito? Sé cómo eres, lo que piensas sobre los hijos. ¿Por qué iba a intentar chantajearte con uno?
—No lo sé. Quizá estabas decidida a reformarme. Si te quedabas embarazada, yo tendría que comprometerme.
Paula sacudió la cabeza, incrédula.
—Yo no voy a obligarte a nada. Y tampoco te necesito, Pedro. Ha sido un accidente...
—¡Es una comilona! —exclamó, dándole un golpecito en la espalda a la niña para que expulsara los gases.
—¿Qué tal los otros dos niños?
—Regular. La miran, la tocan... Si sobrevive hasta Navidad, será un milagro.
—¿Y tú cómo estás?
—Muy bien, gracias a usted —sonrió Celina.
—A mí, no. Lo hiciste todo tú.
Un rato después, Paula se despidió y fue a visitar a los Thompson. La casa parecía desierta. Llamó dos veces a la puerta, pero no había signos de vida. Sorprendida y un poco preocupada, volvió a la clínica. Cuando estacionaba, sintió una náusea y tuvo que cerrar los ojos. Estaba en esa posición cuando alguien abrió la puerta del jeep. Pedro estaba allí, mirándola con expresión de sorpresa.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma otra vez?
—No, bueno... un poco.
—Han pasado dos semanas, Paula. El virus no dura tanto.
Pedro lo sabía. Lo veía en sus ojos.
—A lo mejor no es el mismo virus.
—Me parece que tenemos que hablar.
—Ahora no —murmuró ella, intentando disimular otra náusea.
—Ahora —insistió Pedro, abriendo la puerta del todo.
—Muy bien. Si insistes...
Paula bajó del jeep, demasiado cansada y enferma como para discutir. Una vez dentro de la clínica, él la tomó por la muñeca y la llevó a su consulta.
—Estás embarazada, ¿Verdad?
—Sí.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Su expresión era tan furiosa que Paula se puso una mano sobre el vientre, en un gesto protector.
—No lo sé.
Pedro la miraba con una expresión tan fría que le parecía un extraño.
—Es el truco más viejo del mundo, ¿No?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quedarte embarazada para que me case contigo.
Paula se quedó petrificada.
—¿Crees que lo he hecho a propósito para que te cases conmigo?
—¿No es así?
—¡No! —exclamó ella, con expresión horrorizada—. Claro que no.
—Entonces, ¿Cómo es posible que estés embarazada?
—Pedro, ha sido un accidente...
—Tú eres médico, Paula. A un médico no le ocurre ese tipo de accidente. Recuerdo que te pregunté si podíamos hacerlo.
—Fue un error. Pensé que esto no era posible.
—Ya —murmuró él, irónico.
—¿Cómo puedes creer que lo he hecho a propósito? Sé cómo eres, lo que piensas sobre los hijos. ¿Por qué iba a intentar chantajearte con uno?
—No lo sé. Quizá estabas decidida a reformarme. Si te quedabas embarazada, yo tendría que comprometerme.
Paula sacudió la cabeza, incrédula.
—Yo no voy a obligarte a nada. Y tampoco te necesito, Pedro. Ha sido un accidente...
viernes, 23 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 60
—Lo has hecho muy bien. Yo no habría podido hacerlo solo —dijo Pedro.
—¿Cómo que no? Supongo que habrás atendido algún parto.
—No es la parte técnica la que me asusta —murmuró él, poniendo el coche en marcha—. Es la parte emocional.
—¿A qué te refieres?
Pedro no apartó los ojos de la carretera.
—La has tranquilizado, has hecho que todo fuera fácil. Ha sido el parto más sencillo que he visto nunca. Yo no sé hacer eso.
—Y yo no sé abrir una vía respiratoria en medio de la montaña, sin equipo quirúrgico. Cada uno tiene sus habilidades.
—Es posible —murmuró él—. Eres una persona muy cálida, muy comprensiva, Paula Chaves. Hagas lo que hagas, te entregas por completo. No te guardas nada, ¿Verdad?
Paula miró el perfil del hombre con un nudo en la garganta.
—Cuando confío en alguien, no. Pero supongo que he tenido suerte. Yo tengo una familia que me quiere. Por un momento, pensó que Pedro iba a decir algo más, pero no lo hizo. Siguió conduciendo en silencio y Paula se quedó perdida en sus pensamientos. Ricardo Thompson no apareció en la consulta el día que tenía cita.
—¿Parece deprimido? —le preguntó Gabriel cuando se lo estaba comentando.
—Al principio no, pero desde que terminamos el programa de desintoxicación, intenta evitarme. He ido dos veces a su casa y las dos veces estaba fuera.
—Ha pasado por un momento muy malo. No me sorprendería que estuviera deprimido —murmuró Gabriel, pensativo.
Unos minutos después, Matías entró en la consulta y Paula le dió los resultados de la gastroscopia.
—El test bacterial ha resultado positivo.
—¿Y qué voy a hacer?
—Tomar unas medicinas muy buenas que te quitarán el dolor —sonrió ella, extendiendo una receta—. Me han dicho que ayer tuviste que subir a la montaña.
—Sí —dijo Matías—. Una mujer se había torcido un tobillo y no podía bajar.
—¿Una mujer? ¿Y estaba sola? —sonrió Paula.
—Paula, por favor, que tenía sesenta años —rió el hombre—. Lo que no entiendo es qué hacía sola en la montaña a esa edad. En fin, así es la vida.
Charlaron unos minutos más y después, Paula lo siguió fuera de la clínica para empezar con sus visitas. Iría en el jeep, el coche que utilizaban todos los médicos cuando las carreteras estaban cubiertas de nieve. Primero visitó a un hombre con indigestión y después a una mujer que se había hecho daño en la cadera al resbalar en el hielo.
—¿Cómo que no? Supongo que habrás atendido algún parto.
—No es la parte técnica la que me asusta —murmuró él, poniendo el coche en marcha—. Es la parte emocional.
—¿A qué te refieres?
Pedro no apartó los ojos de la carretera.
—La has tranquilizado, has hecho que todo fuera fácil. Ha sido el parto más sencillo que he visto nunca. Yo no sé hacer eso.
—Y yo no sé abrir una vía respiratoria en medio de la montaña, sin equipo quirúrgico. Cada uno tiene sus habilidades.
—Es posible —murmuró él—. Eres una persona muy cálida, muy comprensiva, Paula Chaves. Hagas lo que hagas, te entregas por completo. No te guardas nada, ¿Verdad?
Paula miró el perfil del hombre con un nudo en la garganta.
—Cuando confío en alguien, no. Pero supongo que he tenido suerte. Yo tengo una familia que me quiere. Por un momento, pensó que Pedro iba a decir algo más, pero no lo hizo. Siguió conduciendo en silencio y Paula se quedó perdida en sus pensamientos. Ricardo Thompson no apareció en la consulta el día que tenía cita.
—¿Parece deprimido? —le preguntó Gabriel cuando se lo estaba comentando.
—Al principio no, pero desde que terminamos el programa de desintoxicación, intenta evitarme. He ido dos veces a su casa y las dos veces estaba fuera.
—Ha pasado por un momento muy malo. No me sorprendería que estuviera deprimido —murmuró Gabriel, pensativo.
Unos minutos después, Matías entró en la consulta y Paula le dió los resultados de la gastroscopia.
—El test bacterial ha resultado positivo.
—¿Y qué voy a hacer?
—Tomar unas medicinas muy buenas que te quitarán el dolor —sonrió ella, extendiendo una receta—. Me han dicho que ayer tuviste que subir a la montaña.
—Sí —dijo Matías—. Una mujer se había torcido un tobillo y no podía bajar.
—¿Una mujer? ¿Y estaba sola? —sonrió Paula.
—Paula, por favor, que tenía sesenta años —rió el hombre—. Lo que no entiendo es qué hacía sola en la montaña a esa edad. En fin, así es la vida.
Charlaron unos minutos más y después, Paula lo siguió fuera de la clínica para empezar con sus visitas. Iría en el jeep, el coche que utilizaban todos los médicos cuando las carreteras estaban cubiertas de nieve. Primero visitó a un hombre con indigestión y después a una mujer que se había hecho daño en la cadera al resbalar en el hielo.
Lo Inesperado: Capítulo 59
—Ariel, necesito toallas.
El hombre salió de la habitación después de poner la música y volvió con un montón de toallas que Paula colocó en la cama y en el suelo.
—Tengo otra contracción.
—Muy bien. Empuja ahora... Así, muy bien, Celina. Casi puedo verle el pelo.
—Oh, Dios mío...
—Póngase detrás de su mujer, Ariel. Y sujete su cabeza.
—No quiero que el niño se caiga al suelo —dijo la joven, con los ojos llenos de lágrimas.
—No te preocupes, no se caerá.
Unos minutos y varias contracciones después, cuando el niño sacó la cabeza, Paula se emocionó. Era tan asombroso el nacimiento de un niño... Y ella iba a tener uno. El hijo de Pedro. Pero él nunca lo sabría. No querría saberlo. Pedro limpió las vías respiratorias del recién nacido y mientras esperaban a la siguiente contracción, Paula lo miró, intentando memorizar sus rasgos.
—Otra contracción...
—Muy bien. Jadea, Celina.
El niño sacó los hombros y el resto salió inmediatamente. Cortaron el cordón y Paula colocó al niño sobre el pecho de su madre.
—¡Oh, Ariel...!
Celina no podía decir nada más y los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.
—Felicidades. Es una niña.
—Una niña —murmuró la mujer con el rostro lleno de felicidad.
Su marido apretaba su mano, intentando contener la emoción. Paula miró a Pedro, pero el rostro del hombre era una máscara, su expresión absolutamente hermética. ¿No sentía nada? ¿Cómo podía alguien ver nacer a un niño y no sentirse conmovido?
Una hora después, cuando Celina estuvo limpia y el bebé colocado sobre su pecho, llegó la comadrona, medio congelada.
—¡Qué bien se está aquí! —exclamó, colocándose frente a la chimenea—. Tienes un aspecto estupendo, Celina. Veo que todo ha ido bien.
La joven sonrió, eufórica.
—Me siento de maravilla. Es increíble. Casi ni me ha dolido.
Paula sonrió mientras guardaba sus cosas en el maletín.
—Gracias a Dios. No me hubiera gustado tener que usar fórceps. Y lo mejor es que ni siquiera tienes por qué ir al hospital. Si hay algún problema, llámame. A casa, si es necesario —dijo, anotando su número de teléfono.
Celina la miró, agradecida.
—No sé cómo darle las gracias...
—No hace falta. Ahora nos vamos para que puedas descansar con tu niña.
Cuando entraban en el jeep, Paula sintió un escalofrío.
El hombre salió de la habitación después de poner la música y volvió con un montón de toallas que Paula colocó en la cama y en el suelo.
—Tengo otra contracción.
—Muy bien. Empuja ahora... Así, muy bien, Celina. Casi puedo verle el pelo.
—Oh, Dios mío...
—Póngase detrás de su mujer, Ariel. Y sujete su cabeza.
—No quiero que el niño se caiga al suelo —dijo la joven, con los ojos llenos de lágrimas.
—No te preocupes, no se caerá.
Unos minutos y varias contracciones después, cuando el niño sacó la cabeza, Paula se emocionó. Era tan asombroso el nacimiento de un niño... Y ella iba a tener uno. El hijo de Pedro. Pero él nunca lo sabría. No querría saberlo. Pedro limpió las vías respiratorias del recién nacido y mientras esperaban a la siguiente contracción, Paula lo miró, intentando memorizar sus rasgos.
—Otra contracción...
—Muy bien. Jadea, Celina.
El niño sacó los hombros y el resto salió inmediatamente. Cortaron el cordón y Paula colocó al niño sobre el pecho de su madre.
—¡Oh, Ariel...!
Celina no podía decir nada más y los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.
—Felicidades. Es una niña.
—Una niña —murmuró la mujer con el rostro lleno de felicidad.
Su marido apretaba su mano, intentando contener la emoción. Paula miró a Pedro, pero el rostro del hombre era una máscara, su expresión absolutamente hermética. ¿No sentía nada? ¿Cómo podía alguien ver nacer a un niño y no sentirse conmovido?
Una hora después, cuando Celina estuvo limpia y el bebé colocado sobre su pecho, llegó la comadrona, medio congelada.
—¡Qué bien se está aquí! —exclamó, colocándose frente a la chimenea—. Tienes un aspecto estupendo, Celina. Veo que todo ha ido bien.
La joven sonrió, eufórica.
—Me siento de maravilla. Es increíble. Casi ni me ha dolido.
Paula sonrió mientras guardaba sus cosas en el maletín.
—Gracias a Dios. No me hubiera gustado tener que usar fórceps. Y lo mejor es que ni siquiera tienes por qué ir al hospital. Si hay algún problema, llámame. A casa, si es necesario —dijo, anotando su número de teléfono.
Celina la miró, agradecida.
—No sé cómo darle las gracias...
—No hace falta. Ahora nos vamos para que puedas descansar con tu niña.
Cuando entraban en el jeep, Paula sintió un escalofrío.
Lo Inesperado: Capítulo 58
Nevó durante los tres días siguientes y la mayor parte de Cumbria quedó paralizada.
—No se ve ni un coche en las carreteras, pero los pacientes siguen llegando a la consulta —gruñó Carla.
—Supongo que están aburridos —sonrió Paula.
—Ya, pues podrían... ¿Estás bien, Paula? Te has puesto muy pálida.
—Estoy bien, no te preocupes. ¿Tengo algún paciente más?
—Dos —contestó la enfermera, con expresión preocupada—. ¿Quieres que los vea Gabriel?
—Claro que no. Dile al primero que entre, por favor.
Paula se sentó frente al escritorio, preguntándose cómo podría sobrevivir a tres meses de náuseas. Siempre le había dicho a sus pacientes que los mareos desaparecían en unos días, pero se había equivocado. Estaba enferma, agotada y tarde o temprano tendría que pensar en otra excusa, porque el «virus» empezaba a ser increíble. Después de examinar a su primer paciente y extender una receta, lo acompañó a la puerta y se llevó la mano al estómago. Iba a vomitar. Llegó al servicio justo a tiempo y cuando salía, se encontró a Pedro esperándola.
—Carla me ha dicho que no te encuentras bien.
Lo que le faltaba, pensó. No tenía fuerzas para discutir con él.
—Estoy bien.
—Pues no tienes buen aspecto.
—Es el virus que tiene todo el mundo.
—Pero a todo el mundo se le pasa en dos días —replicó él.
Había una extraña luz en sus ojos y, por un segundo, Paula se preguntó si sospecharía algo.
—¡Doctora Chaves! —escuchó la voz de Carla.
—¿Qué ocurre?
—Acaba de llamar Celina Webster. Se ha puesto de parto, pero la carretera del hospital está cortada. Tiene contracciones cada dos minutos y parece muy asustada.
—¿Dónde está la comadrona? —preguntó Paula, mientras tomaba el abrigo.
—Ayudando en un parto cerca de Kirkstone.
—Tú no puedes ir. No te encuentras bien —dijo Pedro.
—Claro que voy a ir. Es mi paciente.
—Pues no irás sola. Iremos los dos. Gabriel me ha prestado su jeep para que pueda hacer visitas a pesar de la nieve —dijo Pedro, buscando su abrigo—. ¿Seguro que puedes ir?
Paula se puso la bufanda.
—No me lo perdería por nada del mundo. Me encanta ver nacer a un niño.
—Me alegro —sonrió Pedro—, porque no es precisamente lo mío.
Paula lo siguió hasta el jeep, aliviada al dejarse caer sobre el asiento. Se encontraba fatal. ¿Y si tenía que pasar así los nueve meses de embarazo? Por toda la carretera había vehículos abandonados, atrapados en la nieve. Pero Pedor conducía el jeep con habilidad.El marido de Celina los esperaba en la puerta, con cara de pánico.
—¡Está empujando!
Paula entró en la casa como una exhalación, olvidando lo cansada que estaba. Celina estaba sentada a los pies de la cama, con los ojos llenos de lágrimas.
—Doctora Chaves, por fin. Tenía tanto miedo...
—Todo va a salir bien —sonrió Paula, tomándola del brazo—. Has tenido un embarazo estupendo y no hay razón para que el parto no lo sea. Vamos, túmbate. Tengo que examinarte.
Pedro intentó calmar a la joven, mientras Paula se lavaba las manos y se ponía los guantes.
—¡Ay, eso duele!
—El niño está a punto de salir. ¿Puede darme el maletín, doctor Alfonso? Ariel, ponga algo de música... clásica si es posible.
—Sí, pero...
—Hágalo. Celina, puede que te encuentres más cómoda tumbada, pero casi es mejor que te sientes al borde de la cama.
—Lo que usted diga.
Paula sujetó a su paciente por los hombros.
—No pasa nada. Todo va bien.
—Eso espero —gimió la joven.
—No se ve ni un coche en las carreteras, pero los pacientes siguen llegando a la consulta —gruñó Carla.
—Supongo que están aburridos —sonrió Paula.
—Ya, pues podrían... ¿Estás bien, Paula? Te has puesto muy pálida.
—Estoy bien, no te preocupes. ¿Tengo algún paciente más?
—Dos —contestó la enfermera, con expresión preocupada—. ¿Quieres que los vea Gabriel?
—Claro que no. Dile al primero que entre, por favor.
Paula se sentó frente al escritorio, preguntándose cómo podría sobrevivir a tres meses de náuseas. Siempre le había dicho a sus pacientes que los mareos desaparecían en unos días, pero se había equivocado. Estaba enferma, agotada y tarde o temprano tendría que pensar en otra excusa, porque el «virus» empezaba a ser increíble. Después de examinar a su primer paciente y extender una receta, lo acompañó a la puerta y se llevó la mano al estómago. Iba a vomitar. Llegó al servicio justo a tiempo y cuando salía, se encontró a Pedro esperándola.
—Carla me ha dicho que no te encuentras bien.
Lo que le faltaba, pensó. No tenía fuerzas para discutir con él.
—Estoy bien.
—Pues no tienes buen aspecto.
—Es el virus que tiene todo el mundo.
—Pero a todo el mundo se le pasa en dos días —replicó él.
Había una extraña luz en sus ojos y, por un segundo, Paula se preguntó si sospecharía algo.
—¡Doctora Chaves! —escuchó la voz de Carla.
—¿Qué ocurre?
—Acaba de llamar Celina Webster. Se ha puesto de parto, pero la carretera del hospital está cortada. Tiene contracciones cada dos minutos y parece muy asustada.
—¿Dónde está la comadrona? —preguntó Paula, mientras tomaba el abrigo.
—Ayudando en un parto cerca de Kirkstone.
—Tú no puedes ir. No te encuentras bien —dijo Pedro.
—Claro que voy a ir. Es mi paciente.
—Pues no irás sola. Iremos los dos. Gabriel me ha prestado su jeep para que pueda hacer visitas a pesar de la nieve —dijo Pedro, buscando su abrigo—. ¿Seguro que puedes ir?
Paula se puso la bufanda.
—No me lo perdería por nada del mundo. Me encanta ver nacer a un niño.
—Me alegro —sonrió Pedro—, porque no es precisamente lo mío.
Paula lo siguió hasta el jeep, aliviada al dejarse caer sobre el asiento. Se encontraba fatal. ¿Y si tenía que pasar así los nueve meses de embarazo? Por toda la carretera había vehículos abandonados, atrapados en la nieve. Pero Pedor conducía el jeep con habilidad.El marido de Celina los esperaba en la puerta, con cara de pánico.
—¡Está empujando!
Paula entró en la casa como una exhalación, olvidando lo cansada que estaba. Celina estaba sentada a los pies de la cama, con los ojos llenos de lágrimas.
—Doctora Chaves, por fin. Tenía tanto miedo...
—Todo va a salir bien —sonrió Paula, tomándola del brazo—. Has tenido un embarazo estupendo y no hay razón para que el parto no lo sea. Vamos, túmbate. Tengo que examinarte.
Pedro intentó calmar a la joven, mientras Paula se lavaba las manos y se ponía los guantes.
—¡Ay, eso duele!
—El niño está a punto de salir. ¿Puede darme el maletín, doctor Alfonso? Ariel, ponga algo de música... clásica si es posible.
—Sí, pero...
—Hágalo. Celina, puede que te encuentres más cómoda tumbada, pero casi es mejor que te sientes al borde de la cama.
—Lo que usted diga.
Paula sujetó a su paciente por los hombros.
—No pasa nada. Todo va bien.
—Eso espero —gimió la joven.
Lo Inesperado: Capítulo 57
La semana siguiente fue una pesadilla. Cada vez que Paula se daba la vuelta, allí parecía estar Pedro. Su único consuelo era que parecía tan cansado como ella. Paula no podía dormir, no tenía apetito y, para remate, sus pacientes acabaron contagiándole un virus que la atacó al estómago.A pesar de todo, fue a trabajar, ignorando las náuseas y la sensación de mareo.
—No es una buena publicidad tener un médico enfermo. Vete a la cama —le ordenó Gabriel.
Paula negó con la cabeza.
—Estoy bien. Sólo me siento un poco débil.
El director de la clínica la miraba, sorprendido.
—Esto no es sólo el virus.
—No seas bobo —murmuró ella, apartando la mirada—. Todo el mundo lo tiene.
—Sí, pero dura cuarenta y ocho horas y cuando termina, la gente está como nueva.
—Yo estoy como nueva.
—Es Pedro, ¿Verdad?
Paula se quedó rígida. No podía ponerse a llorar en medio de la consulta. Sería ridículo.
—Estoy bien, Gabriel. De verdad.
El hombre se quedó en silencio durante unos segundos.
—Si puedo hacer algo por tí, dímelo.
—Gracias.
Cuando salió de su despacho, Paula se quedó pensativa. Tenía razón, el virus sólo atacaba durante cuarenta y ocho horas. Entonces, ¿Por qué seguía sintiéndose mal? Pasó consulta como un autómata y, al final de la mañana, buscó un calendario con manos temblorosas. Contó los días y después volvió a contar. Y entonces tuvo que cerrar los ojos. Su período se había retrasado. ¿Cómo no se había dado cuenta? Tenía que haberle llegado al día siguiente de que Pedro y ella hicieron el amor, por eso había pensado que estaba segura. Durante unos segundos, se quedó mirando el calendario como si estuviera ciega. Y entonces una emoción extraña se despertó dentro de ella. Un niño. Un hijo de Pedro. Debería sentirse horrorizada. Esperaba un niño de un hombre que no quería ni hijos ni compromisos. Entonces, ¿por qué estaba sonriendo? Se puso la mano sobre el vientre, con un instintivo gesto protector. Porque era parte de Pedro. Parte de su amor por él. No pensaba siquiera en la posibilidad de no tenerlo. La única cuestión era qué iba a hacer con Pedro... Su sonrisa desapareció. Él no quería hijos y había dejado claro que tampoco quería un compromiso con ella a largo plazo. Miró por la ventana. Estaba nevando y eso la hizo sentirse llena de paz. Sobreviviría. Por supuesto que sí. Y no le contaría lo del niño. ¿Para qué? Él no la quería. Saldría adelante ella misma. Después de todo, lo había hecho con Valen...
—No es una buena publicidad tener un médico enfermo. Vete a la cama —le ordenó Gabriel.
Paula negó con la cabeza.
—Estoy bien. Sólo me siento un poco débil.
El director de la clínica la miraba, sorprendido.
—Esto no es sólo el virus.
—No seas bobo —murmuró ella, apartando la mirada—. Todo el mundo lo tiene.
—Sí, pero dura cuarenta y ocho horas y cuando termina, la gente está como nueva.
—Yo estoy como nueva.
—Es Pedro, ¿Verdad?
Paula se quedó rígida. No podía ponerse a llorar en medio de la consulta. Sería ridículo.
—Estoy bien, Gabriel. De verdad.
El hombre se quedó en silencio durante unos segundos.
—Si puedo hacer algo por tí, dímelo.
—Gracias.
Cuando salió de su despacho, Paula se quedó pensativa. Tenía razón, el virus sólo atacaba durante cuarenta y ocho horas. Entonces, ¿Por qué seguía sintiéndose mal? Pasó consulta como un autómata y, al final de la mañana, buscó un calendario con manos temblorosas. Contó los días y después volvió a contar. Y entonces tuvo que cerrar los ojos. Su período se había retrasado. ¿Cómo no se había dado cuenta? Tenía que haberle llegado al día siguiente de que Pedro y ella hicieron el amor, por eso había pensado que estaba segura. Durante unos segundos, se quedó mirando el calendario como si estuviera ciega. Y entonces una emoción extraña se despertó dentro de ella. Un niño. Un hijo de Pedro. Debería sentirse horrorizada. Esperaba un niño de un hombre que no quería ni hijos ni compromisos. Entonces, ¿por qué estaba sonriendo? Se puso la mano sobre el vientre, con un instintivo gesto protector. Porque era parte de Pedro. Parte de su amor por él. No pensaba siquiera en la posibilidad de no tenerlo. La única cuestión era qué iba a hacer con Pedro... Su sonrisa desapareció. Él no quería hijos y había dejado claro que tampoco quería un compromiso con ella a largo plazo. Miró por la ventana. Estaba nevando y eso la hizo sentirse llena de paz. Sobreviviría. Por supuesto que sí. Y no le contaría lo del niño. ¿Para qué? Él no la quería. Saldría adelante ella misma. Después de todo, lo había hecho con Valen...
Lo Inesperado: Capítulo 56
—¿Por qué me estás evitando?
—Porque tú desearías que no hubiera pasado.
—Eso no es verdad —dijo él, dejando caer las manos.
Paula se apartó.
—Es verdad y los dos los sabemos. Vamos a ser sinceros por una vez, Pedro. Te quiero. Te quiero con todo mi corazón... Sé que no quieres oírlo, pero es la verdad. Y la verdad es también que tú y yo queremos cosas diferentes.
—Yo no quería un revolcón de una noche.
—¿Ah, no? Entonces, ¿No te importaría que hubiera una segunda vez? —preguntó Paula, irónica.
—No es eso y tú lo sabes.
—Déjalo, Pedro. Tú has dejado tu posición muy clara.
—No estoy hablando de mí.
—No, claro que no —suspiró ella, cansada—. Nunca hablas de tí, no te abres con nadie, no confías en nadie...
—¿Has terminado?
—No. Tú me acusas de tener miedo de arriesgarme. ¿Y tú, Pedro? ¿Te permites a tí mismo acercarte a alguien, arriesgarte, tener una relación? No, no te lo permites —siguió diciendo Paula. Unos minutos después se pondría a llorar, pero en aquel momento tenía que decirle lo que pensaba—. Porque puede que te enamores y eso sería una complicación, ¿Verdad? Y que Dios no permita que tengas hijos porque tienes miedo de ser vulnerable y...
—¡Maldita sea, Paula!
—Deja que te diga otra cosa, Pedro Alfonso. Como tú mismo me dijiste una vez, en la vida no hay garantías. Lo único que se puede hacer es confiar en los demás. ¿Y sabes una cosa? Ser padre te hace vulnerable porque, de repente, hay alguien en tu vida que te importa más que tú mismo. La paternidad te deja expuesto al dolor y es muy duro. Pero eso no significa que haya que abandonar. No todo el mundo es como tu madre, Pedro.
Él estaba pálido.
—No lo entiendes.
Paula lo miró con tristeza.
—No, supongo que no porque tú nunca me has confiado nada. Y por eso esta relación no va a ninguna parte. Pensé que podría aceptar lo que pudieras darme, pero no es suficiente.
Pedro la miró durante unos segundos, con los dientes apretados.
—¿Qué quieres, que me case contigo?
—¿Por qué eres el primer hombre con el que me he acostado? No seas ridículo. El matrimonio me da igual. Lo que me importa es el compromiso. No puedo mantener una relación con un hombre que desaparece antes de comprometerse. Creí que podría, pero no puedo.
—Entonces, se acabó, ¿No es así?
—Eso parece.
¿Por qué no discutía? ¿Por qué no le decía que la amaba con locura? ¿Por qué no le decía lo que estaba sintiendo? Pero no lo hizo. Paula estaba a punto de llorar, pero se contuvo. Pedro se quedó mirándola durante largo rato y, por un momento, ella creyó que iba a besarla. Pero entonces se dió la vuelta, salió de la casa y cerró de un portazo.
—Porque tú desearías que no hubiera pasado.
—Eso no es verdad —dijo él, dejando caer las manos.
Paula se apartó.
—Es verdad y los dos los sabemos. Vamos a ser sinceros por una vez, Pedro. Te quiero. Te quiero con todo mi corazón... Sé que no quieres oírlo, pero es la verdad. Y la verdad es también que tú y yo queremos cosas diferentes.
—Yo no quería un revolcón de una noche.
—¿Ah, no? Entonces, ¿No te importaría que hubiera una segunda vez? —preguntó Paula, irónica.
—No es eso y tú lo sabes.
—Déjalo, Pedro. Tú has dejado tu posición muy clara.
—No estoy hablando de mí.
—No, claro que no —suspiró ella, cansada—. Nunca hablas de tí, no te abres con nadie, no confías en nadie...
—¿Has terminado?
—No. Tú me acusas de tener miedo de arriesgarme. ¿Y tú, Pedro? ¿Te permites a tí mismo acercarte a alguien, arriesgarte, tener una relación? No, no te lo permites —siguió diciendo Paula. Unos minutos después se pondría a llorar, pero en aquel momento tenía que decirle lo que pensaba—. Porque puede que te enamores y eso sería una complicación, ¿Verdad? Y que Dios no permita que tengas hijos porque tienes miedo de ser vulnerable y...
—¡Maldita sea, Paula!
—Deja que te diga otra cosa, Pedro Alfonso. Como tú mismo me dijiste una vez, en la vida no hay garantías. Lo único que se puede hacer es confiar en los demás. ¿Y sabes una cosa? Ser padre te hace vulnerable porque, de repente, hay alguien en tu vida que te importa más que tú mismo. La paternidad te deja expuesto al dolor y es muy duro. Pero eso no significa que haya que abandonar. No todo el mundo es como tu madre, Pedro.
Él estaba pálido.
—No lo entiendes.
Paula lo miró con tristeza.
—No, supongo que no porque tú nunca me has confiado nada. Y por eso esta relación no va a ninguna parte. Pensé que podría aceptar lo que pudieras darme, pero no es suficiente.
Pedro la miró durante unos segundos, con los dientes apretados.
—¿Qué quieres, que me case contigo?
—¿Por qué eres el primer hombre con el que me he acostado? No seas ridículo. El matrimonio me da igual. Lo que me importa es el compromiso. No puedo mantener una relación con un hombre que desaparece antes de comprometerse. Creí que podría, pero no puedo.
—Entonces, se acabó, ¿No es así?
—Eso parece.
¿Por qué no discutía? ¿Por qué no le decía que la amaba con locura? ¿Por qué no le decía lo que estaba sintiendo? Pero no lo hizo. Paula estaba a punto de llorar, pero se contuvo. Pedro se quedó mirándola durante largo rato y, por un momento, ella creyó que iba a besarla. Pero entonces se dió la vuelta, salió de la casa y cerró de un portazo.
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