—Quizá será por el cuento de hadas.
—¿Qué quieres decir?
—Lo de «y vivieron felices para siempre». Yo creía en ello hasta que descubrí qué clase de persona era Pablo. Entonces, yo salía con un chico y...
—No me lo digas. En cuanto tuviste que hacerte cargo de Valen, desapareció.
Paula asintió con tristeza.
—Sus palabras exactas fueron: «No pienso criar y educar a una niña que ni siquiera es mía».
—Y abandonaste tus sueños.
—Me llevé una tremenda desilusión.
Pero no había abandonado sus sueños. O, mejor dicho, sus sueños no la habían abandonado. Estaba convencida de que, en alguna parte, había un hombre para ella. El hombre ideal. Y entonces, Pedro Alfonso había aparecido en su vida...
—Yo no sabía nada de esto, Paula—dijo él entonces.
—Te arrepientes de lo que pasó anoche, ¿Verdad?
Tenía que saberlo. Aunque la respuesta le causara dolor. A ella le gustaban las cosas sinceras y de frente. Pedro dudó unos segundos antes de contestar.
—No...
—Obviamente, no era lo que esperabas.
—Tú sabes que eso no es verdad.
—Entonces, ¿Cuál es el problema? Y no me digas que no hay ningún problema porque llevas toda la mañana sin mirarme.
—¡Tú sabes cuál es el problema! —murmuró Pedro, con los dientes apretados—. Nunca te habías acostado con un hombre. No ha sido algo casual para tí.
—Ah, ya entiendo. Estás hablando de esa palabra que tanto miedo te da: compromiso. Piensas que, como no me he acostado con ningún otro hombre, el hecho de que lo haya hecho contigo significa que quiero que me lleves al altar.
—Paula...
—No digas nada más —lo interrumpió ella—. Estoy cansada y quiero darme una ducha. Llévame a casa, por favor.
—Aún no hemos terminado esta conversación...
—Sí la hemos terminado. Siempre hemos sabido que queríamos cosas diferentes, Pedro. No pasa nada.
—¿Quieres que olvidemos lo que ha pasado? —preguntó él, incrédulo.
¿Olvidarlo? Había sido la noche más importante de su vida. Nunca había pensado que podía sentirse tan cerca de otro ser humano. Y eso le mostraba lo falsas que podían ser las apariencias.
—Llévame a casa, Pedro.
Paula sintió que Pedro quería decir algo más, pero al final puso el coche en marcha sin decir nada.
La rutina diaria haría que los días pasaran sin darse cuenta. O casi. Paula miró los informes que tenía delante y tuvo que parpadear cuando sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía llorar. Había estado llorando toda la noche y se había tenido que obligar a sí misma a concentrarse en el trabajo. ¿Por qué estaba siendo tan patética? Sabía lo que estaba haciendo cuando hizo el amor con Pedro. Sabía que él no era un hombre para siempre. De modo que era absurdo llorar. Matías era su primer paciente y Paula intentó disimular su angustia.
—Estás pálida, ¿Te encuentras bien?
Estupendo. El maquillaje no le había servido de nada.
—Sólo estoy un poco cansada.
—Ya —murmuró el hombre.
—¿Qué tal el estómago?
—Aún me duele un poco, la verdad.
Aquello era lo que necesitaba. Trabajo, trabajo y más trabajo.
miércoles, 21 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 51
Pedro encendió la calefacción del coche y se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—Hora de confesarnos.
—¿Confesarnos? —repitió Paula, confusa—. ¿Qué quieres decir?
—Venga, no te hagas la tonta. ¿Cómo me he encontrado haciendo el amor con una virgen que tiene una hija de cinco años?
El corazón de Paula empezó a latir con fuerza.
—¿Por qué te importa eso?
—¡Porque me has mentido, maldita sea! —exclamó él, golpeando el volante—. Perdona. Vamos a empezar por el principio. ¿Quién es la madre de Valen?
—Mi hermana.
Pedro la miró, sorprendido.
—¿Tu hermana? ¿La que murió?
—Sí. Laura salía con Pablo y... estaba loca por él.
—¿Y quedó embarazada?
—Fue un accidente —contestó Paula, mirando por la ventanilla. Pero no podía ver el paisaje, lo único que podía ver era el querido rostro de su hermana pequeña—. Ella estaba tan emocionada... Pero, por supuesto, Pablo desapareció al conocer la noticia.
—¿Y ella siguió adelante con el embarazo? —preguntó Pedro, sorprendido.
—Por supuesto. Mi hermana sabía que todos cuidaríamos de ella y de su hijo.
—¿Qué pasó entonces?
—Fue algo muy rápido. Un día estábamos comprando ropita para el niño y al día siguiente me llamaron del hospital para decirme que mi hermana estaba muy grave.
—¿Y eso?
—Le falló el hígado y murió inmediatamente.
—Qué horror —murmuró Pedro.
Paula intentó contener las lágrimas.
—Valen nació a pesar de todo, pero mi hermana murió unas horas después.
—Y tú te encontraste sola con una niña huérfana.
—No exactamente —dijo Paula—. Pablo apareció cuando supo que mi hermana había muerto.
—¿Quería hacerse cargo de la niña?
—No. Quería dinero.
—¿Dinero?
—Para dejar que nos quedásemos con Valen.
Pedro la miró, perplejo.
—Quería dinero a cambio de dejarlos en paz, ¿No es eso?
—Efectivamente.
—Y conociéndote, supongo que se lo diste.
Paula lo miró, desafiante.
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era la hija de Laura. No iba a entregársela a un hombre que amenazaba con darla en adopción.
Él se quedó en silencio durante unos segundos.
—¿Qué pasó?
—¿Tú qué crees? Le dí todo lo que pedía —contestó Paula.
—¿Y tus padres estuvieron de acuerdo?
—Ellos no lo sabían. Siguen sin saberlo. Estaban tan destrozados por la muerte de Laura que no quise decirles nada. Le di a Pablo todos mis ahorros y Gabriel me prestó algo. Sólo quería alejar a esa rata de mi familia.
—¿Le diste todo tu dinero y, además, pediste prestado?
—Sí —contestó Paula—. En ese momento, era la única opción.
—¿Por eso tienes tantas deudas?
—Sí. Pero ya le he pagado a Gabriel lo que le debía, así que estoy un poco más tranquila.
—¿Hiciste todo eso por una niña que ni siquiera era tu hija? ¿Por eso dejaste el equipo de rescate?
—Por supuesto. Mi vida cambió por completo.
—¿Por qué no me lo habías contado antes?
—Porque no es algo que cuente a todo el mundo —contestó Paula—. Valen lo sabe. Siempre ha sabido quién era su verdadera madre.
Pedro se quedó en silencio durante unos segundos.
—Eso explica muchas cosas. Pero no porqué sigues siendo virgen con veintiocho años.
Ella se puso colorada.
—Eso es asunto mío.
—Quizá. Hasta anoche —murmuró Pedro, tomándola por la barbilla—. Ahora también es asunto mío. Eres una mujer guapísima, Paula. ¿Cómo es posible que no hayas conocido a ningún hombre?
—¿Qué?
—Hora de confesarnos.
—¿Confesarnos? —repitió Paula, confusa—. ¿Qué quieres decir?
—Venga, no te hagas la tonta. ¿Cómo me he encontrado haciendo el amor con una virgen que tiene una hija de cinco años?
El corazón de Paula empezó a latir con fuerza.
—¿Por qué te importa eso?
—¡Porque me has mentido, maldita sea! —exclamó él, golpeando el volante—. Perdona. Vamos a empezar por el principio. ¿Quién es la madre de Valen?
—Mi hermana.
Pedro la miró, sorprendido.
—¿Tu hermana? ¿La que murió?
—Sí. Laura salía con Pablo y... estaba loca por él.
—¿Y quedó embarazada?
—Fue un accidente —contestó Paula, mirando por la ventanilla. Pero no podía ver el paisaje, lo único que podía ver era el querido rostro de su hermana pequeña—. Ella estaba tan emocionada... Pero, por supuesto, Pablo desapareció al conocer la noticia.
—¿Y ella siguió adelante con el embarazo? —preguntó Pedro, sorprendido.
—Por supuesto. Mi hermana sabía que todos cuidaríamos de ella y de su hijo.
—¿Qué pasó entonces?
—Fue algo muy rápido. Un día estábamos comprando ropita para el niño y al día siguiente me llamaron del hospital para decirme que mi hermana estaba muy grave.
—¿Y eso?
—Le falló el hígado y murió inmediatamente.
—Qué horror —murmuró Pedro.
Paula intentó contener las lágrimas.
—Valen nació a pesar de todo, pero mi hermana murió unas horas después.
—Y tú te encontraste sola con una niña huérfana.
—No exactamente —dijo Paula—. Pablo apareció cuando supo que mi hermana había muerto.
—¿Quería hacerse cargo de la niña?
—No. Quería dinero.
—¿Dinero?
—Para dejar que nos quedásemos con Valen.
Pedro la miró, perplejo.
—Quería dinero a cambio de dejarlos en paz, ¿No es eso?
—Efectivamente.
—Y conociéndote, supongo que se lo diste.
Paula lo miró, desafiante.
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era la hija de Laura. No iba a entregársela a un hombre que amenazaba con darla en adopción.
Él se quedó en silencio durante unos segundos.
—¿Qué pasó?
—¿Tú qué crees? Le dí todo lo que pedía —contestó Paula.
—¿Y tus padres estuvieron de acuerdo?
—Ellos no lo sabían. Siguen sin saberlo. Estaban tan destrozados por la muerte de Laura que no quise decirles nada. Le di a Pablo todos mis ahorros y Gabriel me prestó algo. Sólo quería alejar a esa rata de mi familia.
—¿Le diste todo tu dinero y, además, pediste prestado?
—Sí —contestó Paula—. En ese momento, era la única opción.
—¿Por eso tienes tantas deudas?
—Sí. Pero ya le he pagado a Gabriel lo que le debía, así que estoy un poco más tranquila.
—¿Hiciste todo eso por una niña que ni siquiera era tu hija? ¿Por eso dejaste el equipo de rescate?
—Por supuesto. Mi vida cambió por completo.
—¿Por qué no me lo habías contado antes?
—Porque no es algo que cuente a todo el mundo —contestó Paula—. Valen lo sabe. Siempre ha sabido quién era su verdadera madre.
Pedro se quedó en silencio durante unos segundos.
—Eso explica muchas cosas. Pero no porqué sigues siendo virgen con veintiocho años.
Ella se puso colorada.
—Eso es asunto mío.
—Quizá. Hasta anoche —murmuró Pedro, tomándola por la barbilla—. Ahora también es asunto mío. Eres una mujer guapísima, Paula. ¿Cómo es posible que no hayas conocido a ningún hombre?
lunes, 19 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 50
No podía volver a ocurrir. Una noche había sido suficiente. Los recuerdos la hacían sentirse desesperada y sabía que, si volvía a repetirse, sería mucho peor para ella. Paula no era la clase de mujer que podía tener una aventura, divertirse y después olvidar. Ella era una persona constante, alguien que creía en el amor para siempre. Y amaba a Pedro.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —murmuró Paula, sorprendida.
—¿Te duele algo?
Le hubiera gustado ponerse a gritar. Claro que le dolía algo. ¿Cómo podía no darse cuenta? La deprimía observar lo tranquilo que parecía aquella mañana. ¿Le daba completamente igual lo que había pasado entre ellos?
—Estoy bien —intentó sonreír.
Por un momento, le pareció ver una sombra en los ojos del hombre, pero desapareció inmediatamente.
—Me alegro. Sigamos entonces.
Paula lo siguió como si fuera un autómata. Cuando llegaron al valle, se encontraron con Matías.
—Estaba esperando —sonrió el hombre.
—¿No vas a regañarnos? —rió Pedro.
—Estaban pasándolo bien, supongo.
—Lo siento, Matías—dijo Paula.
—¿Por qué? No me han sacado de la cama.
—Debías estar preocupado.
—La verdad es que no —dijo el hombre—. Si yo me perdiera con alguien en la montaña y no pudiera ser Claudia Schiffer, preferiría que fuera Pedro Alfonso.
Paula miró a Pedro, recordando cómo le había hecho el amor. Ella también se alegraba.
—Gracias por esperarnos, Matías—sonrió Paula.
—¿Puedo llevarlos a casa?
—No, gracias —contestó Pedro, tomándola del brazo.
Paula se despidió de Matías, sorprendida.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que hablar.
Aquello no sonaba muy prometedor. Si lamentaba lo que había ocurrido, prefería que no lo dijera. Y estaba demasiado cansada como para discutir.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —murmuró Paula, sorprendida.
—¿Te duele algo?
Le hubiera gustado ponerse a gritar. Claro que le dolía algo. ¿Cómo podía no darse cuenta? La deprimía observar lo tranquilo que parecía aquella mañana. ¿Le daba completamente igual lo que había pasado entre ellos?
—Estoy bien —intentó sonreír.
Por un momento, le pareció ver una sombra en los ojos del hombre, pero desapareció inmediatamente.
—Me alegro. Sigamos entonces.
Paula lo siguió como si fuera un autómata. Cuando llegaron al valle, se encontraron con Matías.
—Estaba esperando —sonrió el hombre.
—¿No vas a regañarnos? —rió Pedro.
—Estaban pasándolo bien, supongo.
—Lo siento, Matías—dijo Paula.
—¿Por qué? No me han sacado de la cama.
—Debías estar preocupado.
—La verdad es que no —dijo el hombre—. Si yo me perdiera con alguien en la montaña y no pudiera ser Claudia Schiffer, preferiría que fuera Pedro Alfonso.
Paula miró a Pedro, recordando cómo le había hecho el amor. Ella también se alegraba.
—Gracias por esperarnos, Matías—sonrió Paula.
—¿Puedo llevarlos a casa?
—No, gracias —contestó Pedro, tomándola del brazo.
Paula se despidió de Matías, sorprendida.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que hablar.
Aquello no sonaba muy prometedor. Si lamentaba lo que había ocurrido, prefería que no lo dijera. Y estaba demasiado cansada como para discutir.
Lo Inesperado: Capítulo 49
Y eso hizo. Una vez relajada, el dolor desapareció. Paula lo sentía moviéndose dentro de ella, poderoso, masculino y tierno a la vez. Pedro la miraba a los ojos mientras la poseía y ella levantaba sus caderas para acercarse más.
—Oh, Pedro...
Aquella proximidad era algo que no había experimentado nunca, pero que siempre había soñado. La sensación la abrumó e, instintivamente, enredó las piernas alrededor de la cintura del hombre, sintiendo como él se controlaba. Pero Paula no quería que se controlase. Lo quería todo. Sujetándose a sus hombros, empezó a mover las caderas hacia arriba, pegándose a él, sintiendo la respuesta del hombre.
—Eres una bruja —murmuró Pedro, repitiendo con su lengua el juego que tenía lugar más abajo.
—Pedro...
Él lanzó un gemido ronco y embistió con fuerza.
—¿Mejor?
—Oh, sí —murmuró Paula, arqueándose hacia él, moviéndose al unísono hasta que los dos gritaron de placer y cayeron, uno sobre otro, exhaustos.
—Lo siento, cariño. He sido un bruto.
—No, no —rió ella—. No has sido un bruto.
—Te he hecho llorar.
—No lloro porque me hayas hecho daño, tonto. Lloro porque ha sido precioso.
—Hay tantas cosas que tienes que decirme. Pero no ahora. Ahora sólo quiero abrazarte.
—Pedro... —murmuró ella, apretándose contra el fuerte cuerpo del hombre.
—Sigue así y esta noche no dormiremos —le advirtió Pedro.
—¿Y quién necesita dormir? —rió Paula.
Él sonrió, con la sonrisa más erótica que Paula había visto en su vida.
—Eso digo yo. ¿Quién necesita dormir?
En cuanto amaneció, doblaron la tienda y se vistieron a toda prisa. Pedro no hablaba mucho mientras descendían y Paula se sintió inquieta. Algo pasaba. Después de la intimidad que habían compartido la noche anterior, deberían caminar de la mano o mirarse tiernamente. Pero él apenas la miraba.Ella habría deseado rodearlo con sus brazos y decirle cuánto lo amaba, pero el orgullo se lo impedía. Pedro era así después de todo y mantenía sus emociones bajo control. Excepto la noche anterior. Su corazón se calentó al recordar lo que habían compartido. Cómo la había tocado, cómo la había abrazado. Aunque él no había pronunciado la palabra amor. ¿Habría imaginado sus caricias, sus miradas? Quizá sólo era su forma de seducirla... Pero debía dejar de pensar en eso. Lo conocía y sabía que él no quería un compromiso. ¿Qué esperaba? ¿Qué se pusiera de rodillas y le declarase su amor? Sí, eso era lo que había esperado. Pero sólo era una fantasía. Pedro no iba a comprometerse con nadie.
—Oh, Pedro...
Aquella proximidad era algo que no había experimentado nunca, pero que siempre había soñado. La sensación la abrumó e, instintivamente, enredó las piernas alrededor de la cintura del hombre, sintiendo como él se controlaba. Pero Paula no quería que se controlase. Lo quería todo. Sujetándose a sus hombros, empezó a mover las caderas hacia arriba, pegándose a él, sintiendo la respuesta del hombre.
—Eres una bruja —murmuró Pedro, repitiendo con su lengua el juego que tenía lugar más abajo.
—Pedro...
Él lanzó un gemido ronco y embistió con fuerza.
—¿Mejor?
—Oh, sí —murmuró Paula, arqueándose hacia él, moviéndose al unísono hasta que los dos gritaron de placer y cayeron, uno sobre otro, exhaustos.
—Lo siento, cariño. He sido un bruto.
—No, no —rió ella—. No has sido un bruto.
—Te he hecho llorar.
—No lloro porque me hayas hecho daño, tonto. Lloro porque ha sido precioso.
—Hay tantas cosas que tienes que decirme. Pero no ahora. Ahora sólo quiero abrazarte.
—Pedro... —murmuró ella, apretándose contra el fuerte cuerpo del hombre.
—Sigue así y esta noche no dormiremos —le advirtió Pedro.
—¿Y quién necesita dormir? —rió Paula.
Él sonrió, con la sonrisa más erótica que Paula había visto en su vida.
—Eso digo yo. ¿Quién necesita dormir?
En cuanto amaneció, doblaron la tienda y se vistieron a toda prisa. Pedro no hablaba mucho mientras descendían y Paula se sintió inquieta. Algo pasaba. Después de la intimidad que habían compartido la noche anterior, deberían caminar de la mano o mirarse tiernamente. Pero él apenas la miraba.Ella habría deseado rodearlo con sus brazos y decirle cuánto lo amaba, pero el orgullo se lo impedía. Pedro era así después de todo y mantenía sus emociones bajo control. Excepto la noche anterior. Su corazón se calentó al recordar lo que habían compartido. Cómo la había tocado, cómo la había abrazado. Aunque él no había pronunciado la palabra amor. ¿Habría imaginado sus caricias, sus miradas? Quizá sólo era su forma de seducirla... Pero debía dejar de pensar en eso. Lo conocía y sabía que él no quería un compromiso. ¿Qué esperaba? ¿Qué se pusiera de rodillas y le declarase su amor? Sí, eso era lo que había esperado. Pero sólo era una fantasía. Pedro no iba a comprometerse con nadie.
Lo Inesperado: Capítulo 48
Entonces, de repente, él enredó los dedos en su pelo y la sujetó para que no pudiera apartarse.
—Dilo otra vez.
—Te deseo...
Pedro sacudió la cabeza, con tristeza.
—No es verdad. Lo que pasa es que tienes miedo y crees que me necesitas. No te preocupes, Paula. Te prometo que te sacaré de aquí.
—No es eso.
—Entonces, ¿Qué?
—Tenías razón —murmuró ella, con el corazón acelerado.
Nunca le había hecho proposiciones a un hombre. ¿Y si la rechazaba?
—¿Sobre qué?
—Sobre que merecía la pena arriesgarse.
Pedro no dijo nada y Paula, con una decisión que a ella misma sorprendía, pasó la lengua por sus labios en un gesto provocativo. En un segundo, Pedro se tumbó sobre ella, sosteniéndose con un brazo para no hacerle daño. Paula había dejado de jugar. Amaba a aquel hombre y le daba igual no ser sensata.
—Esta es la última advertencia...
—Bésame, Pedro.
Él se inclinó hacia su boca, respirando con dificultad. Y entonces, con un gemido ronco, el mundo desapareció para los dos. La tormenta que soplaba fuera de la tienda no era nada comparada con la que había dentro. Pedro se colocó sobre ella, su excitación era evidente. Paula se derretía mientras él le quitaba la camiseta y buscaba el cierre del sujetador. El roce de los dedos masculinos sobre su pecho hizo que lo deseara como nunca había deseado a nadie.
—Tranquila, cielo —murmuró él con voz ronca de pasión.
Paula sintió la lengua del hombre sobre sus pechos y tuvo que cerrar los ojos. Cuando Pedro deslizó la mano hacia abajo para acariciarla con perversa intimidad, levantó las caderas, deseando que la poseyera.
—Por favor...
—Te he deseado durante tanto tiempo, Paula...
—Yo también.
Iba a morir. Si él no le hacía el amor inmediatamente, iba a morir.
—¿Podemos...?
Paula asintió. No había riesgo. Estaba completamente segura de que no era su período de ovulación. Y, además, deseaba a aquel hombre con toda su alma. Pedro le abrió las piernas y tomó su boca en un beso que reflejaba todo el ansia que sentía. Después, se introdujo en ella con una poderosa embestida y Paula pensó que su grito de dolor se había perdido en la boca del hombre. Pero Pedro debió sentir la tensión porque se quedó parado.
—¿Paula?
Ella lo miró; confusa, deslizando las manos por sus apretadas nalgas para que no se apartase.
—No pares...
—¿Parar? ¿Crees que soy Superman? No podría parar por nada del mundo, pero no quiero hacerte daño.
—No me haces daño. Sólo ha sido un segundo —murmuró ella.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—No tiene importancia.
Pedro volvió a introducirse en ella, aquella vez más despacio, y sintió que Paula clavaba las uñas en su espalda.
—Tranquila, cariño. No te haré daño si te relajas.
—Dilo otra vez.
—Te deseo...
Pedro sacudió la cabeza, con tristeza.
—No es verdad. Lo que pasa es que tienes miedo y crees que me necesitas. No te preocupes, Paula. Te prometo que te sacaré de aquí.
—No es eso.
—Entonces, ¿Qué?
—Tenías razón —murmuró ella, con el corazón acelerado.
Nunca le había hecho proposiciones a un hombre. ¿Y si la rechazaba?
—¿Sobre qué?
—Sobre que merecía la pena arriesgarse.
Pedro no dijo nada y Paula, con una decisión que a ella misma sorprendía, pasó la lengua por sus labios en un gesto provocativo. En un segundo, Pedro se tumbó sobre ella, sosteniéndose con un brazo para no hacerle daño. Paula había dejado de jugar. Amaba a aquel hombre y le daba igual no ser sensata.
—Esta es la última advertencia...
—Bésame, Pedro.
Él se inclinó hacia su boca, respirando con dificultad. Y entonces, con un gemido ronco, el mundo desapareció para los dos. La tormenta que soplaba fuera de la tienda no era nada comparada con la que había dentro. Pedro se colocó sobre ella, su excitación era evidente. Paula se derretía mientras él le quitaba la camiseta y buscaba el cierre del sujetador. El roce de los dedos masculinos sobre su pecho hizo que lo deseara como nunca había deseado a nadie.
—Tranquila, cielo —murmuró él con voz ronca de pasión.
Paula sintió la lengua del hombre sobre sus pechos y tuvo que cerrar los ojos. Cuando Pedro deslizó la mano hacia abajo para acariciarla con perversa intimidad, levantó las caderas, deseando que la poseyera.
—Por favor...
—Te he deseado durante tanto tiempo, Paula...
—Yo también.
Iba a morir. Si él no le hacía el amor inmediatamente, iba a morir.
—¿Podemos...?
Paula asintió. No había riesgo. Estaba completamente segura de que no era su período de ovulación. Y, además, deseaba a aquel hombre con toda su alma. Pedro le abrió las piernas y tomó su boca en un beso que reflejaba todo el ansia que sentía. Después, se introdujo en ella con una poderosa embestida y Paula pensó que su grito de dolor se había perdido en la boca del hombre. Pero Pedro debió sentir la tensión porque se quedó parado.
—¿Paula?
Ella lo miró; confusa, deslizando las manos por sus apretadas nalgas para que no se apartase.
—No pares...
—¿Parar? ¿Crees que soy Superman? No podría parar por nada del mundo, pero no quiero hacerte daño.
—No me haces daño. Sólo ha sido un segundo —murmuró ella.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—No tiene importancia.
Pedro volvió a introducirse en ella, aquella vez más despacio, y sintió que Paula clavaba las uñas en su espalda.
—Tranquila, cariño. No te haré daño si te relajas.
Lo Inesperado: Capítulo 47
—No pasa nada. Estoy bien —murmuró ella. Estaba temblando, pero no sabía por qué. La tienda era un refugio perfecto.
—Métete en el saco, anda.
Paula siguió sus instrucciones sin discutir, observando que Sean sacaba el móvil de la mochila.
—¿Estás llamando a Matías?
—Le dimos nuestra ruta, así que estará preocupado. Esperemos que haya cobertura... ¿Matías? Sí, soy yo... ¡Dímelo a mí! Paula está bien... No hace falta. Acamparemos aquí esta noche y bajaremos mañana a primera hora... Sí, eso espero —rió antes de colgar—. Supongo que no me dejarás compartir el saco.
—¿Crees que soy un monstruo?
Paula le hizo sitio para demostrar que no tenía miedo. Pero cuando se metió en el saco, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la agitación que le producía el cuerpo del hombre tan cerca. El viento y la nieve sacudían la tienda con fuerza y, sin embargo, al lado de Pedro, se sentía deliciosamente segura.
—Tengo que apagar la linterna —dijo él con voz ronca.
—¿No podemos dejarla encendida un rato más?
—¿Tienes miedo?
—No —contestó ella. Y era cierto—. Pero no quiero quedarme a oscuras todavía.
Pedro la estudió durante largo rato y después se quedó mirando el techo de la tienda.
Paula observó su perfil. ¿Por qué no la tocaba? Después de los besos que habían compartido, pensaba que eso era lo que haría en una situación como aquella, tumbados en un saco de dormir, medio desnudos... Pero no lo hizo. No la tocó. Normalmente, tenía que apartarse de él y cuando deseaba desesperadamente tocarlo, Sean parecía indiferente. Y ella necesitaba que la tocase. Necesitaba sentir su fuerza, su seguridad. Lo amaba tanto... Pedro tenía razón. Merecía la pena arriesgarse. Sin pensar en las consecuencias, puso una mano sobre el torso del hombre, casi sin atreverse a respirar. Sin planearlo, metió la mano por debajo de la camiseta, nerviosa al rozar el vello masculino. Pedro apartó su mano.
—Estás jugando con fuego, Paula—dijo con voz ronca.
Ella se apoyó en un codo y lo miró a los ojos.
—Pedro...
—Vamos a dejar las cosas claras —la interrumpió él—. Puede que yo tenga mucha fuerz de voluntad cuando los dos estamos vestidos, pero ahora estamos dentro de un saco de dormir, medio desnudos. Y no puedo prometer que pueda controlarme, cariño.
Paula colocó una pierna sobre el fuerte muslo del hombre.
—No quiero que te controles, Pedro—dijo en un suspiro.
—Métete en el saco, anda.
Paula siguió sus instrucciones sin discutir, observando que Sean sacaba el móvil de la mochila.
—¿Estás llamando a Matías?
—Le dimos nuestra ruta, así que estará preocupado. Esperemos que haya cobertura... ¿Matías? Sí, soy yo... ¡Dímelo a mí! Paula está bien... No hace falta. Acamparemos aquí esta noche y bajaremos mañana a primera hora... Sí, eso espero —rió antes de colgar—. Supongo que no me dejarás compartir el saco.
—¿Crees que soy un monstruo?
Paula le hizo sitio para demostrar que no tenía miedo. Pero cuando se metió en el saco, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la agitación que le producía el cuerpo del hombre tan cerca. El viento y la nieve sacudían la tienda con fuerza y, sin embargo, al lado de Pedro, se sentía deliciosamente segura.
—Tengo que apagar la linterna —dijo él con voz ronca.
—¿No podemos dejarla encendida un rato más?
—¿Tienes miedo?
—No —contestó ella. Y era cierto—. Pero no quiero quedarme a oscuras todavía.
Pedro la estudió durante largo rato y después se quedó mirando el techo de la tienda.
Paula observó su perfil. ¿Por qué no la tocaba? Después de los besos que habían compartido, pensaba que eso era lo que haría en una situación como aquella, tumbados en un saco de dormir, medio desnudos... Pero no lo hizo. No la tocó. Normalmente, tenía que apartarse de él y cuando deseaba desesperadamente tocarlo, Sean parecía indiferente. Y ella necesitaba que la tocase. Necesitaba sentir su fuerza, su seguridad. Lo amaba tanto... Pedro tenía razón. Merecía la pena arriesgarse. Sin pensar en las consecuencias, puso una mano sobre el torso del hombre, casi sin atreverse a respirar. Sin planearlo, metió la mano por debajo de la camiseta, nerviosa al rozar el vello masculino. Pedro apartó su mano.
—Estás jugando con fuego, Paula—dijo con voz ronca.
Ella se apoyó en un codo y lo miró a los ojos.
—Pedro...
—Vamos a dejar las cosas claras —la interrumpió él—. Puede que yo tenga mucha fuerz de voluntad cuando los dos estamos vestidos, pero ahora estamos dentro de un saco de dormir, medio desnudos. Y no puedo prometer que pueda controlarme, cariño.
Paula colocó una pierna sobre el fuerte muslo del hombre.
—No quiero que te controles, Pedro—dijo en un suspiro.
Lo Inesperado: Capítulo 46
—Sí, estoy bien.
—Mónica y él habían acogido a un niño unos años atrás, de modo que tenían experiencia. Un día me metí en un lío y Gabriel me salvó.
—¿Qué clase de lío?
—Entré con mis amigos en un almacén abandonado y cuando llegó el encargado me tiré por la ventana. Pero era demasiado alta y me torcí el tobillo. Me llevaron a la clínica y Gabriel me atendió, pero no sólo me curó el tobillo, me dió la charla más larga que me han dado en la vida —rió Pedro—. Pensé que iba a llamar a la policía, pero no lo hizo. Llamó a los Servicios Sociales y organizó un escándalo.
—¿Por no cuidar de tí?
—Algo así. En fin, al final Mónica y él me llevaron a su casa. Y eso es lo que pasó.
—Llevabas demasiado tiempo yendo de un lado para otro. Nadie se ocupaba de tí, por eso no podías confiar en los demás.
Él la miró a los ojos, sonriendo.
—Eres muy lista.
—No, es una conclusión lógica.
—Pero aprendí a confiar en ellos. Gabriel y Mónica me querían de verdad. Gabriel pensó que el entrenamiento en el ejército me iría bien y tenía razón.
—Y supongo que se emocionó cuando supo que te habías convertido en médico.
Los ojos de Pedro brillaron entonces.
—La verdad es que sí.
—Te quiere mucho.
—Lo sé —murmuró él, colocándose la mochila a la espalda—. Cuéntame cosas de tí. Tu infancia fue idílica comparada con la mía, supongo.
Pedro se paró en ese momento y Paula, que iba mirando al suelo, se chocó contra él.
—Tienes que ponerte luces de freno. ¿Qué pasa?
—El tiempo. Debería haber confiado en mi instinto —dijo Pedro, mirando el cielo.
Había empezado a nevar y Paula parpadeó, sorprendida. No se había dado cuenta.
—Será mejor que bajemos.
Caminaron durante media hora, pero era agotador porque el viento y la nieve los empujaban hacia atrás y cada paso era un esfuerzo. ¿Por qué no se habían dado cuenta antes de cómo cambiaba el tiempo? Paula se mordió los labios. Porque estaban demasiado ocupados disfrutando el uno del otro. Ninguno de los dos se había fijado en que el cielo se había oscurecido como si fuera de noche. Pedro tuvo que sujetarla cuando un golpe de viento casi la lanzó al suelo. Y, por una vez, Paula se alegraba de que fuera tan protector.
—¿Estás bien?
—Sí. Pero la verdad era que estaba un poco asustada.
Sabía mejor que nadie lo peligrosa que era la montaña cuando uno cometía un error. Y ellos habían cometido uno muy grave.
—Se está haciendo tarde. Lo mejor será que acampemos.
—¿Acampar?
—No vamos a poder bajar con este viento y se está haciendo de noche, Paula—Pedro tuvo que gritar para hacerse oír.
—¿No podemos intentarlo? Llevamos linternas...
—No —la interrumpió él—. Es imposible. Acabaríamos cayendo a algún barranco. Lo único que podemos hacer es acampar y esperar a mañana.
—Pero no llevamos equipo —protestó Paula.
—Claro que llevamos. ¿Es que tienes miedo de mí? —rió Pedro.
¿Cómo podía flirtear en aquella situación?, se preguntó ella, irritada.
—Pedro, por favor...
Algo en su voz debió sorprenderlo porque la sonrisa se borró de sus labios.
—No pasará nada. Confía en mí. Vamos a colocar la tienda tras esa roca. ¿Puedes caminar un poco más?
Ella asintió, asombrada. ¿Tienda? ¿Llevaba una tienda de campaña? Unos minutos después, habían montado una pequeña tienda de tela impermeable.
—Uf, menos mal.
—Quítate la ropa mojada. Yo me daré la vuelta.
—Sí, señor —rió Paula.
—Estás temblando.
—Mónica y él habían acogido a un niño unos años atrás, de modo que tenían experiencia. Un día me metí en un lío y Gabriel me salvó.
—¿Qué clase de lío?
—Entré con mis amigos en un almacén abandonado y cuando llegó el encargado me tiré por la ventana. Pero era demasiado alta y me torcí el tobillo. Me llevaron a la clínica y Gabriel me atendió, pero no sólo me curó el tobillo, me dió la charla más larga que me han dado en la vida —rió Pedro—. Pensé que iba a llamar a la policía, pero no lo hizo. Llamó a los Servicios Sociales y organizó un escándalo.
—¿Por no cuidar de tí?
—Algo así. En fin, al final Mónica y él me llevaron a su casa. Y eso es lo que pasó.
—Llevabas demasiado tiempo yendo de un lado para otro. Nadie se ocupaba de tí, por eso no podías confiar en los demás.
Él la miró a los ojos, sonriendo.
—Eres muy lista.
—No, es una conclusión lógica.
—Pero aprendí a confiar en ellos. Gabriel y Mónica me querían de verdad. Gabriel pensó que el entrenamiento en el ejército me iría bien y tenía razón.
—Y supongo que se emocionó cuando supo que te habías convertido en médico.
Los ojos de Pedro brillaron entonces.
—La verdad es que sí.
—Te quiere mucho.
—Lo sé —murmuró él, colocándose la mochila a la espalda—. Cuéntame cosas de tí. Tu infancia fue idílica comparada con la mía, supongo.
Pedro se paró en ese momento y Paula, que iba mirando al suelo, se chocó contra él.
—Tienes que ponerte luces de freno. ¿Qué pasa?
—El tiempo. Debería haber confiado en mi instinto —dijo Pedro, mirando el cielo.
Había empezado a nevar y Paula parpadeó, sorprendida. No se había dado cuenta.
—Será mejor que bajemos.
Caminaron durante media hora, pero era agotador porque el viento y la nieve los empujaban hacia atrás y cada paso era un esfuerzo. ¿Por qué no se habían dado cuenta antes de cómo cambiaba el tiempo? Paula se mordió los labios. Porque estaban demasiado ocupados disfrutando el uno del otro. Ninguno de los dos se había fijado en que el cielo se había oscurecido como si fuera de noche. Pedro tuvo que sujetarla cuando un golpe de viento casi la lanzó al suelo. Y, por una vez, Paula se alegraba de que fuera tan protector.
—¿Estás bien?
—Sí. Pero la verdad era que estaba un poco asustada.
Sabía mejor que nadie lo peligrosa que era la montaña cuando uno cometía un error. Y ellos habían cometido uno muy grave.
—Se está haciendo tarde. Lo mejor será que acampemos.
—¿Acampar?
—No vamos a poder bajar con este viento y se está haciendo de noche, Paula—Pedro tuvo que gritar para hacerse oír.
—¿No podemos intentarlo? Llevamos linternas...
—No —la interrumpió él—. Es imposible. Acabaríamos cayendo a algún barranco. Lo único que podemos hacer es acampar y esperar a mañana.
—Pero no llevamos equipo —protestó Paula.
—Claro que llevamos. ¿Es que tienes miedo de mí? —rió Pedro.
¿Cómo podía flirtear en aquella situación?, se preguntó ella, irritada.
—Pedro, por favor...
Algo en su voz debió sorprenderlo porque la sonrisa se borró de sus labios.
—No pasará nada. Confía en mí. Vamos a colocar la tienda tras esa roca. ¿Puedes caminar un poco más?
Ella asintió, asombrada. ¿Tienda? ¿Llevaba una tienda de campaña? Unos minutos después, habían montado una pequeña tienda de tela impermeable.
—Uf, menos mal.
—Quítate la ropa mojada. Yo me daré la vuelta.
—Sí, señor —rió Paula.
—Estás temblando.
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