Paula guardó el mapa en el bolsillo y levantó la cara.
—Me encanta esta época del año —dijo, con las mejillas rojas por el frío—. No hay ningún turista.
Pedro miró al cielo, con gesto preocupado.
—No me gusta mucho el aspecto que tiene.
—La predicción del tiempo era buena.
—Sí —murmuró él. Pero no parecía convencido.
—¿En el ejército trabajabas mucho al aire libre?
Pedro se volvió y le lanzó una mirada que la dejó temblando.
—Sí. Solíamos pasar muchas noches bajo las estrellas. Eran entrenamientos de supervivencia.
—Está bien eso de que te paguen por pasar el día de excursión.
—No era siempre un paseo. A veces dormíamos casi enterrados en la nieve.
—¿Eran entrenamientos peligrosos? —preguntó Paula, apretándose el anorak contra el pecho. Realmente, había empezado a hacer mucho frío.
—Desde luego. El ejército pierde reclutas en los entrenamientos, pero no suele hacerse público.
—¿Cuándo decidiste convertirte en médico?
—No lo sé. Supongo que, inconscientemente, debía pensarlo desde que conocí a Gabriel. Pero no empecé a tomármelo en serio hasta que hice un entrenamiento médico en el ejército.
—¿Cómo fuiste a vivir con Gabriel? —preguntó Paula entonces. Un segundo después, se arrepintió—. Perdona. Ya sé que no te gusta hablar del tema.
—Me sorprende que no te hayan contado la historia.
—Aquí la gente no es muy dada a cotillear.
—Lo sé —murmuró Pedro, mirándola a los ojos.
¿Iba a besarla? Hacía mucho tiempo que no la besaba, desde la noche de la hoguera. Paula se sentía horrorizada porque deseaba que lo hiciera. ¿Qué le estaba pasando?
—Yo era un poco difícil de pequeño —empezó a decir él, mirando al horizonte—. Más que difícil, era un niño muy problemático. Ninguna de las familias de acogida podía soportarme mucho tiempo.
El corazón de Paula se encogió, imaginando lo solitario que debía haberse sentido de niño. Era lógico que fuera difícil. Le hubiera gustado preguntar si había intentado alguna vez localizar a su madre, pero no se atrevía a hacerlo. De repente, le hubiera gustado rodearlo con sus brazos. Darle el amor que nunca había tenido. ¿El amor? Se quedó sin respiración. Era una loca, pero se había enamorado de él. Se había enamorado locamente de aquel hombre.
—Entonces apareció Gabriel... ¿Te encuentras bien?
No. No se encontraba bien. Estaba enamorada de un hombre que no quería saber nada de compromisos. De un hombre que no quería saber nada de permanencia.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 44
Gabriel se concentró en su bocadillo.
—Será mejor que vaya contigo, Paula. Si no, estará llamando al equipo de rescate cada cinco minutos.
—También puede llamarme a mí —sonrió Catalina—. Apolo y yo hemos pasado el examen y, a partir de hoy, somos miembros del equipo de rescate.
—¿En serio? Eso es estupendo.
—¿Quién te llama si hay un accidente, Matías? —preguntó Pedro.
—Él o Arturo Davies, el coordinador. Me llaman y yo acudo rauda al rescate.
—No creo que tengas que rescatarme, pero gracias de todas formas —rió Paula.
—¿Dónde piensas ir? —preguntó Pedro, estirando las piernas por debajo de la mesa.
Desde la fiesta del sábado, apenas se habían visto y la molestaba haberlo echado de menos. Además, se sentía un poco desilusionada porque él no la había buscado. Quizá había cambiado de opinión... Paula sacudió la cabeza, enfadada consigo misma. Mejor si había cambiado de opinión. Eso era lo que quería, ¿No?En ese momento se percató de que Pedro estaba esperando una respuesta.
—Ah, pues... depende del tiempo que haga.
Durante unos segundos se miraron a los ojos y su corazón dió un vuelco al leer el mensaje que había en los del hombre. No había cambiado de opinión. Estaba buscando el momento oportuno.
—Vayan donde vayan, tengan cuidado —intervino Gabriel.
—Sí, tío Gabriel—sonrió Pedro.
En ese momento, Paula pensó que no había vuelto a mencionar la idea de marcharse de Cumbria. ¿Se lo estaría pensando? Pero eso a ella no debía importarle. Eso no cambiaba su opinión sobre las relaciones de pareja. Y tampoco cambiaba lo que ella pensaba sobre los hombres que no querían comprometerse. Por la tarde, Celina Webster fue a la consulta, con los dos niños de la mano.
—¿Qué tal la varicela?
—Ya casi se le ha pasado —sonrió la joven.
—¿Y tú qué tal vas?
—Mañana salgo de cuentas y si no nace inmediatamente, me da un ataque.
—¿Tienes contracciones? —preguntó Paula.
—Muchas. Pero todavía no son de las de verdad.
—¿Cuándo tienes que ir al hospital?
—La semana que viene, pero yo creo que va a nacer antes.
—Vamos a echarte un vistazo.
Paula comprobó su presión arterial y examinó sus tobillos para ver si estaban hinchados.
—¿Cómo me encuentra?
—A punto —rió Paula, palpándole el vientre—. Es un niño grande.
—Dígamelo a mí.
—Parece que está en buena posición. Y el corazón suena perfectamente.
—Espero que esté bien, pero tengo miedo, doctora Chaves. Todo el mundo me dice que va a salir bien, pero cada vez que me acuerdo de los otros dos partos...
—Seguro que esta vez todo va perfectamente. ¿Qué vas a hacer con los enanos cuando te pongas de parto?
—Mi madre se quedará con ellos.
Paula la ayudó a sentarse y anotó algo en su informe mientras Celina se vestía.
—Me parece que a este niño le faltan aún un par de días.
—¿En serio? No sé si alegrarme.
—Llámame si pasa algo.
—No creo que haga falta. Oirá mis gritos —rió la joven, abriendo la puerta—. Gracias, doctora Chaves.
—Será mejor que vaya contigo, Paula. Si no, estará llamando al equipo de rescate cada cinco minutos.
—También puede llamarme a mí —sonrió Catalina—. Apolo y yo hemos pasado el examen y, a partir de hoy, somos miembros del equipo de rescate.
—¿En serio? Eso es estupendo.
—¿Quién te llama si hay un accidente, Matías? —preguntó Pedro.
—Él o Arturo Davies, el coordinador. Me llaman y yo acudo rauda al rescate.
—No creo que tengas que rescatarme, pero gracias de todas formas —rió Paula.
—¿Dónde piensas ir? —preguntó Pedro, estirando las piernas por debajo de la mesa.
Desde la fiesta del sábado, apenas se habían visto y la molestaba haberlo echado de menos. Además, se sentía un poco desilusionada porque él no la había buscado. Quizá había cambiado de opinión... Paula sacudió la cabeza, enfadada consigo misma. Mejor si había cambiado de opinión. Eso era lo que quería, ¿No?En ese momento se percató de que Pedro estaba esperando una respuesta.
—Ah, pues... depende del tiempo que haga.
Durante unos segundos se miraron a los ojos y su corazón dió un vuelco al leer el mensaje que había en los del hombre. No había cambiado de opinión. Estaba buscando el momento oportuno.
—Vayan donde vayan, tengan cuidado —intervino Gabriel.
—Sí, tío Gabriel—sonrió Pedro.
En ese momento, Paula pensó que no había vuelto a mencionar la idea de marcharse de Cumbria. ¿Se lo estaría pensando? Pero eso a ella no debía importarle. Eso no cambiaba su opinión sobre las relaciones de pareja. Y tampoco cambiaba lo que ella pensaba sobre los hombres que no querían comprometerse. Por la tarde, Celina Webster fue a la consulta, con los dos niños de la mano.
—¿Qué tal la varicela?
—Ya casi se le ha pasado —sonrió la joven.
—¿Y tú qué tal vas?
—Mañana salgo de cuentas y si no nace inmediatamente, me da un ataque.
—¿Tienes contracciones? —preguntó Paula.
—Muchas. Pero todavía no son de las de verdad.
—¿Cuándo tienes que ir al hospital?
—La semana que viene, pero yo creo que va a nacer antes.
—Vamos a echarte un vistazo.
Paula comprobó su presión arterial y examinó sus tobillos para ver si estaban hinchados.
—¿Cómo me encuentra?
—A punto —rió Paula, palpándole el vientre—. Es un niño grande.
—Dígamelo a mí.
—Parece que está en buena posición. Y el corazón suena perfectamente.
—Espero que esté bien, pero tengo miedo, doctora Chaves. Todo el mundo me dice que va a salir bien, pero cada vez que me acuerdo de los otros dos partos...
—Seguro que esta vez todo va perfectamente. ¿Qué vas a hacer con los enanos cuando te pongas de parto?
—Mi madre se quedará con ellos.
Paula la ayudó a sentarse y anotó algo en su informe mientras Celina se vestía.
—Me parece que a este niño le faltan aún un par de días.
—¿En serio? No sé si alegrarme.
—Llámame si pasa algo.
—No creo que haga falta. Oirá mis gritos —rió la joven, abriendo la puerta—. Gracias, doctora Chaves.
Lo Inesperado: Capítulo 43
—No puedo creer que hayas tenido tanto éxito —la estaba felicitando Gabriel—. Ese hombre llevaba años bebiendo.
—¿Quién lleva años bebiendo? —preguntó Pedro, entrando en la sala de personal.
—Ricardo Thompson. Paula lo está desintoxicando en casa y todo parece ir muy bien.
—¿Acude a Alcohólicos Anónimos?
—Sí. Pero quien está realmente haciendo el trabajo es su mujer. Aunque, la verdad estoy preocupada por él.
—¿Por qué?
—No lo sé exactamente —murmuró Paula—. No parece clínicamente deprimido, pero me preocupa.
—Tardará algún tiempo en acostumbrarse a vivir sin alcohol. Además, su orgullo está herido y ese es el golpe más fuerte —dijo Pedro, sirviéndose una taza de café—. Por cierto, esta mañana he hablado con la sección de quemados del hospital.
—¿El chico que se quemó en la hoguera?
—Sí. Parece que la cosa va bien. No hay infección y creen que un injerto resolverá el problema.
—Gracias a ti, diría yo —sonrió Gabriel—. ¿Qué tal tu mano, por cierto?
—Completamente recuperada, gracias —contestó Pedro—. Matías se enteró de lo que había pasado con el chico. Por lo visto, uno de sus amigos le metió un petardo en el bolsillo.
—¡Oh, no! —murmuró Paula.
—Oh, sí. Tuvo suerte, podría haber sido mucho peor.
—Pobrecito.
—En fin... Este fin de semana, los dos están libres. ¿Qué van a hacer? —preguntó Gabriel.
—Yo voy a dar un paseo por la montaña. Valentina va a dormir en casa de mi madre —dijo Paula, sonriendo ante la falta de tacto de su querido jefe—. Pero no te atrevas a darme una charla, Pedro.
—No pensaba hacerlo —sonrió él.
—Pienso darle mi ruta a Matías, por si acaso.
—Supongo que no querrás compañía —aventuró Pedro entonces.
—¿Compañía?
—Si prometo no hacer ningún comentario machista, ¿Puedo ir contigo?
La alegría que sintió ante aquella pregunta, la dejó horrorizada. Tenía que decir que no, naturalmente.
—Sí —contestó. La sorpresa en los ojos de Pedro era innegable. Ni siquiera ella sabía por qué había dicho que sí—. Pero te lo advierto, al primer comentario de hermano mayor, te empujo por el barranco.
Pedro levantó las manos en un gesto de rendición.
—Me encantan las mujeres dominantes.
—¿Quién lleva años bebiendo? —preguntó Pedro, entrando en la sala de personal.
—Ricardo Thompson. Paula lo está desintoxicando en casa y todo parece ir muy bien.
—¿Acude a Alcohólicos Anónimos?
—Sí. Pero quien está realmente haciendo el trabajo es su mujer. Aunque, la verdad estoy preocupada por él.
—¿Por qué?
—No lo sé exactamente —murmuró Paula—. No parece clínicamente deprimido, pero me preocupa.
—Tardará algún tiempo en acostumbrarse a vivir sin alcohol. Además, su orgullo está herido y ese es el golpe más fuerte —dijo Pedro, sirviéndose una taza de café—. Por cierto, esta mañana he hablado con la sección de quemados del hospital.
—¿El chico que se quemó en la hoguera?
—Sí. Parece que la cosa va bien. No hay infección y creen que un injerto resolverá el problema.
—Gracias a ti, diría yo —sonrió Gabriel—. ¿Qué tal tu mano, por cierto?
—Completamente recuperada, gracias —contestó Pedro—. Matías se enteró de lo que había pasado con el chico. Por lo visto, uno de sus amigos le metió un petardo en el bolsillo.
—¡Oh, no! —murmuró Paula.
—Oh, sí. Tuvo suerte, podría haber sido mucho peor.
—Pobrecito.
—En fin... Este fin de semana, los dos están libres. ¿Qué van a hacer? —preguntó Gabriel.
—Yo voy a dar un paseo por la montaña. Valentina va a dormir en casa de mi madre —dijo Paula, sonriendo ante la falta de tacto de su querido jefe—. Pero no te atrevas a darme una charla, Pedro.
—No pensaba hacerlo —sonrió él.
—Pienso darle mi ruta a Matías, por si acaso.
—Supongo que no querrás compañía —aventuró Pedro entonces.
—¿Compañía?
—Si prometo no hacer ningún comentario machista, ¿Puedo ir contigo?
La alegría que sintió ante aquella pregunta, la dejó horrorizada. Tenía que decir que no, naturalmente.
—Sí —contestó. La sorpresa en los ojos de Pedro era innegable. Ni siquiera ella sabía por qué había dicho que sí—. Pero te lo advierto, al primer comentario de hermano mayor, te empujo por el barranco.
Pedro levantó las manos en un gesto de rendición.
—Me encantan las mujeres dominantes.
Lo Inesperado: Capítulo 42
Siguieron hablando durante un rato y el hombrele explicó cómo empezó a beber, por qué no podía dejarlo, mientras Paula tomaba notas.
—¿Come bien?
—No. Mi mujer siempre me tiene preparada la cena, pero no tengo hambre. Pobre Beatríz...
—Está muy preocupada por usted.
—La he defraudado —murmuró el hombre, escondiendo la cara entre las manos—. Lo he estropeado todo. Ella estaba tan orgullosa de mí...
—Y sigue estando orgullosa —dijo Paula, con un nudo en la garganta—. Mire señor Thompson, su problema se va a solucionar. Pero usted tiene que ayudarme.
Ricardo se pasó una mano por la cara, avergonzado.
—Haré cualquier cosa. Lo que tenga que hacer.
—Hay dos tipos de tratamiento. Uno se hace en un hospital y el otro, en casa, con ayuda de Alcohólicos Anónimos.
Ricardo lo pensó un momento.
—Quiero salir de esto con la ayuda de mi mujer. ¿Podríamos hacerlo en casa?
—Muy bien. Tendré que hacerle un análisis de sangre.
—¿Para qué?
—Para comprobar su estado de salud, su hígado y esas cosas —contestó Paula—. Dígale a Catalina que fije un día esta semana.
—Muy bien.
—¿Necesita usar el coche para trabajar?
—En eso he tenido suerte. Mi jefe es un buen hombre y me ha conseguido trabajo en la oficina hasta que me devuelvan el permiso de conducir.
—Y va a la oficina en tren, ¿Verdad? —preguntó Paula. Ricardo asintió—. Voy a darle un fármaco para que pueda soportar la falta de alcohol durante los primeros días.
—Podré aguantar, estoy seguro.
—Este es el número de Alcohólicos Anónimos. Lo ayudará mucho, ya verá. Pero no puede beber una sola gota de alcohol.
—Lo sé —sonrió Ricardo con tristeza—. Voy a intentarlo de verdad, doctora Chaves.
Unos minutos después, el hombre se despidió y Paula lo observó salir de su consulta, con expresión derrotada. ¿Tendría suficiente fuerza de voluntad para dejar de beber?
—¿Come bien?
—No. Mi mujer siempre me tiene preparada la cena, pero no tengo hambre. Pobre Beatríz...
—Está muy preocupada por usted.
—La he defraudado —murmuró el hombre, escondiendo la cara entre las manos—. Lo he estropeado todo. Ella estaba tan orgullosa de mí...
—Y sigue estando orgullosa —dijo Paula, con un nudo en la garganta—. Mire señor Thompson, su problema se va a solucionar. Pero usted tiene que ayudarme.
Ricardo se pasó una mano por la cara, avergonzado.
—Haré cualquier cosa. Lo que tenga que hacer.
—Hay dos tipos de tratamiento. Uno se hace en un hospital y el otro, en casa, con ayuda de Alcohólicos Anónimos.
Ricardo lo pensó un momento.
—Quiero salir de esto con la ayuda de mi mujer. ¿Podríamos hacerlo en casa?
—Muy bien. Tendré que hacerle un análisis de sangre.
—¿Para qué?
—Para comprobar su estado de salud, su hígado y esas cosas —contestó Paula—. Dígale a Catalina que fije un día esta semana.
—Muy bien.
—¿Necesita usar el coche para trabajar?
—En eso he tenido suerte. Mi jefe es un buen hombre y me ha conseguido trabajo en la oficina hasta que me devuelvan el permiso de conducir.
—Y va a la oficina en tren, ¿Verdad? —preguntó Paula. Ricardo asintió—. Voy a darle un fármaco para que pueda soportar la falta de alcohol durante los primeros días.
—Podré aguantar, estoy seguro.
—Este es el número de Alcohólicos Anónimos. Lo ayudará mucho, ya verá. Pero no puede beber una sola gota de alcohol.
—Lo sé —sonrió Ricardo con tristeza—. Voy a intentarlo de verdad, doctora Chaves.
Unos minutos después, el hombre se despidió y Paula lo observó salir de su consulta, con expresión derrotada. ¿Tendría suficiente fuerza de voluntad para dejar de beber?
Lo Inesperado: Capítulo 41
—Me parece que me voy a la cama solo —murmuró él, señalando su mano vendada—. Cuando te haga el amor, quiero usar las dos manos.
Paula debería haber protestado, debería haber negado que aquello fuera a ocurrir, pero no podía hacerlo.
Lo primero que Paula hizo el lunes por la mañana fue llamar al doctor Gordon para hablar sobre el melanoma de Patricia Monroe.
—Hemos extirpado todo el tejido maligno —le confirmó su colega.
—Entonces, son buenas noticias.
—Absolutamente. Tendremos que revisarla de forma periódica, pero la lesión ha desaparecido.
—Gracias doctor Gordon. Sólo quería confirmarlo.
Paula colgó y llamo a Carla para decirle que estaba preparada para empezar la consulta.
—El señor Thompson ha venido a verte —dijo Carla, a través del intercomunicador—. ¿Puedes recibirlo?
—Sí, claro. Dile que pase —murmuró Paula.
Estupendo. Ricardo Thompson estaba decidido a buscar ayuda y esa era otra buena noticia.
—Buenos días doctora Chaves—murmuró el hombre, sin mirarla. Estaba obviamente avergonzado.
—Hola, señor Thompson. Siéntese.
—No puedo creer que me salude después de lo que pasó el sábado.
—Necesita ayuda, señor Thompson. Supongo que es por eso por lo que está aquí.
—Beatríz y yo hablamos ayer. Nunca la había pegado antes, se lo juro. Llevo varios años bebiendo, pero jamás le había levantado la mano...
—Lo creo. El alcohol es muy mal consejero. Pero lo que tenemos que hacer ahora es solucionar ese problema.
Ricardo Thompson sacudió la cabeza.
—Llevo demasiados años bebiendo. Empecé como todo el mundo, supongo. Bebiendo los fines de semana, alguna noche con los amigos... Y al final, he acabado bebiendo todos los días, solo. Y cada día más cantidad.
—¿Qué suele beber?
—Vino, licores, whisky...
Paula debería haber protestado, debería haber negado que aquello fuera a ocurrir, pero no podía hacerlo.
Lo primero que Paula hizo el lunes por la mañana fue llamar al doctor Gordon para hablar sobre el melanoma de Patricia Monroe.
—Hemos extirpado todo el tejido maligno —le confirmó su colega.
—Entonces, son buenas noticias.
—Absolutamente. Tendremos que revisarla de forma periódica, pero la lesión ha desaparecido.
—Gracias doctor Gordon. Sólo quería confirmarlo.
Paula colgó y llamo a Carla para decirle que estaba preparada para empezar la consulta.
—El señor Thompson ha venido a verte —dijo Carla, a través del intercomunicador—. ¿Puedes recibirlo?
—Sí, claro. Dile que pase —murmuró Paula.
Estupendo. Ricardo Thompson estaba decidido a buscar ayuda y esa era otra buena noticia.
—Buenos días doctora Chaves—murmuró el hombre, sin mirarla. Estaba obviamente avergonzado.
—Hola, señor Thompson. Siéntese.
—No puedo creer que me salude después de lo que pasó el sábado.
—Necesita ayuda, señor Thompson. Supongo que es por eso por lo que está aquí.
—Beatríz y yo hablamos ayer. Nunca la había pegado antes, se lo juro. Llevo varios años bebiendo, pero jamás le había levantado la mano...
—Lo creo. El alcohol es muy mal consejero. Pero lo que tenemos que hacer ahora es solucionar ese problema.
Ricardo Thompson sacudió la cabeza.
—Llevo demasiados años bebiendo. Empecé como todo el mundo, supongo. Bebiendo los fines de semana, alguna noche con los amigos... Y al final, he acabado bebiendo todos los días, solo. Y cada día más cantidad.
—¿Qué suele beber?
—Vino, licores, whisky...
viernes, 9 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 40
Paula observó su mano derecha. Se había quemado mientras intentaba apagar las llamas.
—Diles que te echen un vistazo en el hospital.
—Duele mucho, así que no es nada serio.
Como él, sabía que las quemaduras serias no dolían a causa del daño en el nervio. Si Pedro podía sentir la mano, era una quemadura superficial. Cuando llegó a casa, estaba exhausta. Afortunadamente, Valen también y se quedó dormida enseguida. Paula se sentó frente a la chimenea un rato, pensando en el muchacho accidentado y después en Beatríz Thompson. Pobre Beatríz.El sonido de las ruedas de un coche en la gravilla hizo que se levantara. Era Pedro.
—¿Qué ha pasado?
—El chico no está bien. Van a tener que operarlo.
—Pareces muy cansado. Siéntate un rato conmigo.
Él pareció sorprendido.
—Creí que no me dirigías la palabra.
—Sólo uando te comportas como un cavernícola —sonrió Paula—. Cuando estás cansado y pareces vulnerable, me caes bien.
Pedro se dejó caer sobre el sofá.
—Pues entonces, es tu día. Me encuentro fatal.
—Te han vendado la mano.
—Sí, genial. ¿Cómo voy a examinar a mis pacientes con una mano vendada?
—No exageres. Dentro de unos días, estarás bien. Mientras tanto, no hace falta que examines a los pacientes. Sólo pregúntales qué les pasa.
—Sí, claro. «Lo siento, señora Smith, no puedo curarle el tobillo porque tengo la mano vendada. Vuelva otro día».
Paula sonrió.
—Fuiste muy valiente.
—Si no lo hubiera sido yo, lo habrías sido tú.
—¿Otra vez protegiéndome?
—¿No es eso lo que se supone que un hombre debe hacer?
—Eso de la protección funciona de las dos formas. Un hombre protege a una mujer y viceversa. Eres un anticuado.
—Ya, pero lo normal es que un hombre quiera proteger a su mujer.
—Yo no soy tu mujer, para empezar.
—Dame tiempo —sonrió Pedro.
—No aceptas un no, ¿Verdad?
—Nunca —murmuró él, mirándola con intensidad.
—¿Quieres algo? ¿Tienes hambre?
—Mucho —contestó él, mirando su boca—. Tengo mucha hambre.
De repente, Paula no podía respirar.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Desgraciadamente, sí —suspiró Pedro, levantándose—, pero no necesito comida. Necesito una cama, preferiblemente contigo en ella.
Paula tuvo que apartar la mirada.
—Pedro...
—Ven conmigo —dijo él con voz ronca, ofreciendo su mano sana.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
—Sí...
La anticipación de aquel beso era demasiado para ella, tanto que cuando llegó casi dió un grito de alegría. Aquella vez, Pedro la besó lenta y suavemente, sin la desesperada intensidad de unos días antes, pero el efecto fue el mismo. Su lengua la seducía con una habilidad perversa hasta que se apretó contra él, enredando los brazos alrededor de su cuello. Pedro masculló una maldición y ella dió un paso atrás, sorprendida. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía decirle que no a aquel hombre y después besarlo de esa forma?
—Diles que te echen un vistazo en el hospital.
—Duele mucho, así que no es nada serio.
Como él, sabía que las quemaduras serias no dolían a causa del daño en el nervio. Si Pedro podía sentir la mano, era una quemadura superficial. Cuando llegó a casa, estaba exhausta. Afortunadamente, Valen también y se quedó dormida enseguida. Paula se sentó frente a la chimenea un rato, pensando en el muchacho accidentado y después en Beatríz Thompson. Pobre Beatríz.El sonido de las ruedas de un coche en la gravilla hizo que se levantara. Era Pedro.
—¿Qué ha pasado?
—El chico no está bien. Van a tener que operarlo.
—Pareces muy cansado. Siéntate un rato conmigo.
Él pareció sorprendido.
—Creí que no me dirigías la palabra.
—Sólo uando te comportas como un cavernícola —sonrió Paula—. Cuando estás cansado y pareces vulnerable, me caes bien.
Pedro se dejó caer sobre el sofá.
—Pues entonces, es tu día. Me encuentro fatal.
—Te han vendado la mano.
—Sí, genial. ¿Cómo voy a examinar a mis pacientes con una mano vendada?
—No exageres. Dentro de unos días, estarás bien. Mientras tanto, no hace falta que examines a los pacientes. Sólo pregúntales qué les pasa.
—Sí, claro. «Lo siento, señora Smith, no puedo curarle el tobillo porque tengo la mano vendada. Vuelva otro día».
Paula sonrió.
—Fuiste muy valiente.
—Si no lo hubiera sido yo, lo habrías sido tú.
—¿Otra vez protegiéndome?
—¿No es eso lo que se supone que un hombre debe hacer?
—Eso de la protección funciona de las dos formas. Un hombre protege a una mujer y viceversa. Eres un anticuado.
—Ya, pero lo normal es que un hombre quiera proteger a su mujer.
—Yo no soy tu mujer, para empezar.
—Dame tiempo —sonrió Pedro.
—No aceptas un no, ¿Verdad?
—Nunca —murmuró él, mirándola con intensidad.
—¿Quieres algo? ¿Tienes hambre?
—Mucho —contestó él, mirando su boca—. Tengo mucha hambre.
De repente, Paula no podía respirar.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Desgraciadamente, sí —suspiró Pedro, levantándose—, pero no necesito comida. Necesito una cama, preferiblemente contigo en ella.
Paula tuvo que apartar la mirada.
—Pedro...
—Ven conmigo —dijo él con voz ronca, ofreciendo su mano sana.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
—Sí...
La anticipación de aquel beso era demasiado para ella, tanto que cuando llegó casi dió un grito de alegría. Aquella vez, Pedro la besó lenta y suavemente, sin la desesperada intensidad de unos días antes, pero el efecto fue el mismo. Su lengua la seducía con una habilidad perversa hasta que se apretó contra él, enredando los brazos alrededor de su cuello. Pedro masculló una maldición y ella dió un paso atrás, sorprendida. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía decirle que no a aquel hombre y después besarlo de esa forma?
Lo Inesperado: Capítulo 39
Arriesgarse. Eso era lo que Pedro había dicho. Pero no era un riesgo que Paula quisiera correr. Aunque... ¿Por qué no? Ella siempre se había arriesgado en la vida. ¿Por qué no con Pedro? Sin querer, miró hacia donde él estaba, charlando con los miembros del equipo de rescate. Incluso a esa distancia, le parecía poderoso, masculino. Y muy atractivo. En ese momento, Patricia Monroe y su marido aparecieron a su lado.
—Doctora Chaves, me alegro mucho de verla. Quiero darle las gracias por lo del otro día.
—De nada. Supongo que te habrán dado el resultado del análisis.
—Sí. Y estoy muy contenta. Parece que me han quitado todos los tejidos malignos. Era un melanoma, pero ya no hay problema.
—No sabes cómo me alegro.
—Tendré que hacerme revisiones periódicas, pero no necesito quimioterapia —sonrió la mujer.
Estuvieron charlando animadamente hasta que Matías anunció que empezaban los fuegos artificiales. Todo el mundo estaba mirando al cielo cuando, de repente, oyeron unos gritos aterradores y Paula vió, atónita, a un chico con la ropa en llamas.
—Dios mío... ¡Tírate al suelo! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Que alguien busque una manta!
Pedro se le adelantó y después de tirar al chico al suelo, lo envolvió en su chaqueta y la golpeó hasta que apagó las llamas.
—¡Llamen a una ambulancia!
—Tenemos que quitarle la ropa —dijo Paula—. Que alguien traiga papel de plástico y gasas.
—Buena idea —murmuró Pedro—. ¡Matías!
—Estoy aquí —dijo el hombre,angustiado—. ¿Qué necesitas?
—Morfina, oxígeno y equipo para intubar.
—Hay que darle líquidos inmediatamente —dijo Paula, mientras examinaba al muchacho para hacer una estimación—. Tiene quemaduras en el brazo izquierdo, el costado y la pierna... un veinte por ciento o algo así.
—Hay que darle algo para el dolor, rápido.
En ese momento, escucharon la sirena de la ambulancia.
—Gracias a Dios.
—¿Cómo tiene los pulmones?
Paula usó el estetoscopio del botiquín que había llevado uno de los miembros del equipo de rescate.
—Limpios.
Pedro se pasó una mano por el pelo.
—Menos mal. Antes de que se lo llevaran en la ambulancia, le pusieron pomada en las quemaduras y lo envolvieron en papel de plástico para proteger la piel.
—¿Alguien quiere ir con él? —preguntó el enfermero, mientras subía la camilla.
—Es mi turno —dijo Pedro.
—Doctora Chaves, me alegro mucho de verla. Quiero darle las gracias por lo del otro día.
—De nada. Supongo que te habrán dado el resultado del análisis.
—Sí. Y estoy muy contenta. Parece que me han quitado todos los tejidos malignos. Era un melanoma, pero ya no hay problema.
—No sabes cómo me alegro.
—Tendré que hacerme revisiones periódicas, pero no necesito quimioterapia —sonrió la mujer.
Estuvieron charlando animadamente hasta que Matías anunció que empezaban los fuegos artificiales. Todo el mundo estaba mirando al cielo cuando, de repente, oyeron unos gritos aterradores y Paula vió, atónita, a un chico con la ropa en llamas.
—Dios mío... ¡Tírate al suelo! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Que alguien busque una manta!
Pedro se le adelantó y después de tirar al chico al suelo, lo envolvió en su chaqueta y la golpeó hasta que apagó las llamas.
—¡Llamen a una ambulancia!
—Tenemos que quitarle la ropa —dijo Paula—. Que alguien traiga papel de plástico y gasas.
—Buena idea —murmuró Pedro—. ¡Matías!
—Estoy aquí —dijo el hombre,angustiado—. ¿Qué necesitas?
—Morfina, oxígeno y equipo para intubar.
—Hay que darle líquidos inmediatamente —dijo Paula, mientras examinaba al muchacho para hacer una estimación—. Tiene quemaduras en el brazo izquierdo, el costado y la pierna... un veinte por ciento o algo así.
—Hay que darle algo para el dolor, rápido.
En ese momento, escucharon la sirena de la ambulancia.
—Gracias a Dios.
—¿Cómo tiene los pulmones?
Paula usó el estetoscopio del botiquín que había llevado uno de los miembros del equipo de rescate.
—Limpios.
Pedro se pasó una mano por el pelo.
—Menos mal. Antes de que se lo llevaran en la ambulancia, le pusieron pomada en las quemaduras y lo envolvieron en papel de plástico para proteger la piel.
—¿Alguien quiere ir con él? —preguntó el enfermero, mientras subía la camilla.
—Es mi turno —dijo Pedro.
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