Arriesgarse. Eso era lo que Pedro había dicho. Pero no era un riesgo que Paula quisiera correr. Aunque... ¿Por qué no? Ella siempre se había arriesgado en la vida. ¿Por qué no con Pedro? Sin querer, miró hacia donde él estaba, charlando con los miembros del equipo de rescate. Incluso a esa distancia, le parecía poderoso, masculino. Y muy atractivo. En ese momento, Patricia Monroe y su marido aparecieron a su lado.
—Doctora Chaves, me alegro mucho de verla. Quiero darle las gracias por lo del otro día.
—De nada. Supongo que te habrán dado el resultado del análisis.
—Sí. Y estoy muy contenta. Parece que me han quitado todos los tejidos malignos. Era un melanoma, pero ya no hay problema.
—No sabes cómo me alegro.
—Tendré que hacerme revisiones periódicas, pero no necesito quimioterapia —sonrió la mujer.
Estuvieron charlando animadamente hasta que Matías anunció que empezaban los fuegos artificiales. Todo el mundo estaba mirando al cielo cuando, de repente, oyeron unos gritos aterradores y Paula vió, atónita, a un chico con la ropa en llamas.
—Dios mío... ¡Tírate al suelo! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Que alguien busque una manta!
Pedro se le adelantó y después de tirar al chico al suelo, lo envolvió en su chaqueta y la golpeó hasta que apagó las llamas.
—¡Llamen a una ambulancia!
—Tenemos que quitarle la ropa —dijo Paula—. Que alguien traiga papel de plástico y gasas.
—Buena idea —murmuró Pedro—. ¡Matías!
—Estoy aquí —dijo el hombre,angustiado—. ¿Qué necesitas?
—Morfina, oxígeno y equipo para intubar.
—Hay que darle líquidos inmediatamente —dijo Paula, mientras examinaba al muchacho para hacer una estimación—. Tiene quemaduras en el brazo izquierdo, el costado y la pierna... un veinte por ciento o algo así.
—Hay que darle algo para el dolor, rápido.
En ese momento, escucharon la sirena de la ambulancia.
—Gracias a Dios.
—¿Cómo tiene los pulmones?
Paula usó el estetoscopio del botiquín que había llevado uno de los miembros del equipo de rescate.
—Limpios.
Pedro se pasó una mano por el pelo.
—Menos mal. Antes de que se lo llevaran en la ambulancia, le pusieron pomada en las quemaduras y lo envolvieron en papel de plástico para proteger la piel.
—¿Alguien quiere ir con él? —preguntó el enfermero, mientras subía la camilla.
—Es mi turno —dijo Pedro.
viernes, 9 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 38
—¿Cómo te atreves? —replicó Paula, furiosa—. ¿Cómo te atreves a darme una charla sobre responsabilidad? Tú, que vas por la vida sin comprometerte con nada ni con nadie. Soy muy consciente de mis responsabilidades, Pedro. No sé si tú puedes decir lo mismo.
Después de eso, Paula se dió la vuelta, indignada. ¿Cómo se atrevía a criticarla? Aquel hombre era insufrible, arrogante y machista. Y no tenía por qué soportarlo.A lo lejos vió a Valen y se dirigió hacia ella, aliviada.
—¡Mamá! El tío Gabriel me ha dado un trozo de pastel de chocolate. ¿Puedo comérmelo?
—Claro que sí, cariño.
—Los fuegos artificiales empiezan en cinco minutos —les informó Matías, mirando su reloj.
—¿Qué tal con Pedro, querida? —preguntó Mónica, envolviéndose en su chal—. Me han dicho que vivís juntos.
—Y trabajan juntos —intervino Gabriel, llevándosela aparte—. ¿Qué ha pasado, Paula?
—¿A qué te refieres?
—Los he visto discutir.
Ella suspiró, cansada.
—No entendemos las cosas de la misma forma. Deja de intentar emparejarnos, Gabriel. No estamos hechos el uno para el otro.
—Pedro es un hombre muy protector, aunque eso te moleste. Ya sé que tú eres una mujer muy autosuficiente...
—No quiero seguir hablando de Pedro Alfonso.
—No puedes culpar a un hombre por intentar proteger a su chica, Paula.
Primero su madre y después Gabriel. Aquello era insoportable.
—No soy su chica y nunca lo seré. No soy la clase de persona que puede tener una aventura y después despedirse como si no hubiera pasado nada.
—¿Y tú crees que Pedro haría eso?
Paula lo miró, impaciente.
—Por supuesto. Pedro nunca se ha quedado en ninguna parte más de diez minutos. Tú lo sabes bien.
—Así ha sido su vida hasta ahora —suspiró Gabriel—. No confía en nadie. Y, francamente, no puedo culparlo.
—Yo tampoco. Pero no creo que vaya a cambiar.
—En eso no estoy de acuerdo. Lo que necesita es enamorarse tan profundamente que no tenga más remedio que cambiar.
—Has leído muchos cuentos de hadas, Gabriel. Pero la vida no es así.
—La gente cambia.
—No me lo imagino a Pedro dando rienda suelta a sus emociones.
—Yo sí —rió Gabriel—. Lo que no me imagino es que él lo reconozca.
Ella lo miró, escéptica.
—A mí no me mires. Yo no soy la persona adecuada para él.
—Yo creo que sí lo eres. La tensión que hay entre ustedes dos se siente a un kilómetro de distancia.
Paula sacudió la cabeza.
—Admito que le gusto y que él me gusta a mí, pero eso es todo. Pedro quiere una mujer que se quede en casa para cuidar de él, no alguien que trabaja y que tiene sus propias ideas. No soy su tipo.
—¿Qué dices? Eres exactamente su tipo.
—Me haría daño, Gabriel.
—Puede que sí. Puede que no. Quizá deberías arriesgarte.
Después de eso, Paula se dió la vuelta, indignada. ¿Cómo se atrevía a criticarla? Aquel hombre era insufrible, arrogante y machista. Y no tenía por qué soportarlo.A lo lejos vió a Valen y se dirigió hacia ella, aliviada.
—¡Mamá! El tío Gabriel me ha dado un trozo de pastel de chocolate. ¿Puedo comérmelo?
—Claro que sí, cariño.
—Los fuegos artificiales empiezan en cinco minutos —les informó Matías, mirando su reloj.
—¿Qué tal con Pedro, querida? —preguntó Mónica, envolviéndose en su chal—. Me han dicho que vivís juntos.
—Y trabajan juntos —intervino Gabriel, llevándosela aparte—. ¿Qué ha pasado, Paula?
—¿A qué te refieres?
—Los he visto discutir.
Ella suspiró, cansada.
—No entendemos las cosas de la misma forma. Deja de intentar emparejarnos, Gabriel. No estamos hechos el uno para el otro.
—Pedro es un hombre muy protector, aunque eso te moleste. Ya sé que tú eres una mujer muy autosuficiente...
—No quiero seguir hablando de Pedro Alfonso.
—No puedes culpar a un hombre por intentar proteger a su chica, Paula.
Primero su madre y después Gabriel. Aquello era insoportable.
—No soy su chica y nunca lo seré. No soy la clase de persona que puede tener una aventura y después despedirse como si no hubiera pasado nada.
—¿Y tú crees que Pedro haría eso?
Paula lo miró, impaciente.
—Por supuesto. Pedro nunca se ha quedado en ninguna parte más de diez minutos. Tú lo sabes bien.
—Así ha sido su vida hasta ahora —suspiró Gabriel—. No confía en nadie. Y, francamente, no puedo culparlo.
—Yo tampoco. Pero no creo que vaya a cambiar.
—En eso no estoy de acuerdo. Lo que necesita es enamorarse tan profundamente que no tenga más remedio que cambiar.
—Has leído muchos cuentos de hadas, Gabriel. Pero la vida no es así.
—La gente cambia.
—No me lo imagino a Pedro dando rienda suelta a sus emociones.
—Yo sí —rió Gabriel—. Lo que no me imagino es que él lo reconozca.
Ella lo miró, escéptica.
—A mí no me mires. Yo no soy la persona adecuada para él.
—Yo creo que sí lo eres. La tensión que hay entre ustedes dos se siente a un kilómetro de distancia.
Paula sacudió la cabeza.
—Admito que le gusto y que él me gusta a mí, pero eso es todo. Pedro quiere una mujer que se quede en casa para cuidar de él, no alguien que trabaja y que tiene sus propias ideas. No soy su tipo.
—¿Qué dices? Eres exactamente su tipo.
—Me haría daño, Gabriel.
—Puede que sí. Puede que no. Quizá deberías arriesgarte.
Lo Inesperado: Capítulo 37
—Póngale una mano encima y le parto las piernas —escucharon una voz tras ellos. Era Pedro, afortunadamente—. Llévate a la señora Thompson. Yo iré dentro de un minuto.
Paula tomó a la mujer por los hombro para llevarla al botiquín. Había algo muy peligroso en la expresión de Pedro y el señor Thompson debió verlo también porque empezó a disculparse, balbuceante.
—Pedro, ¿Dónde está Valen?
—Con Matías—contestó él.
Unos segundos después, Paula sentaba a Beatríz en la tienda de primeros auxilios para limpiar el corte que, afortunadamente, era superficial.
—No es nada. No te preocupes.
Cuando terminó de limpiar el corte y ponerle una tirita, Pedro entró en la tienda.
—¿Cómo está?
—Físicamente, bien. Pero psicológicamente...
—Quiero hablar contigo un momento.
Paula asintió.
—Beatríz, ¿Tienes dónde quedarte esta noche? Lo mejor será dejar que a tu marido se le pase la borrachera y después hablaremos de lo que se puede hacer con él.
—Tengo una amiga... puedo quedarme en su casa —contestó la mujer—. Pero en cuanto a Ricardo... he intentado hablar con él y no vale de nada.
—Quizá si estás unos días fuera de casa, empezará a pensar seriamente lo que está haciendo con su vida —dijo Paula, apretando su mano—. Encontraremos una solución, ya lo verás.
Cuando salieron de la tienda, Pedro la tomó por el hombro, furioso.
—¿A qué estás jugando?
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, sorprendida.
—¿Qué quiero decir? —repitió Sean, incrédulo—. Por favor... Un borracho pega a su mujer y a tí se te ocurre intervenir sin pedir ayuda.
—¿Y qué?
—Que podría haberte pegado a tí.
—No lo creo. Pero gracias por intervenir.
Pedro la soltó y se pasó una mano por el pelo.
—No lo entiendes, ¿Verdad? Podría haberte hecho daño, pero eso te da igual. Tú haces lo que quieres sin pensar que hay gente preocupada por tí.
—Espera un momento —replicó Paula, indignada—. ¿Qué querías que hiciera, que viera como ese hombre la pegaba sin hacer nada?
—Podrías haberme llamado.
—No tuve tiempo. La estaba pegando, Pedro.
—Y tú podrías haber sido la siguiente. Un día te vas a meter en un problema serio. Te pones a pasear sola por la montaña, te metes en una pelea marital...
—Por favor, Pedro, no seas niño.
—Tienes una hija de cinco años. ¿No se te ha ocurrido pensar en ella?
Paula tomó a la mujer por los hombro para llevarla al botiquín. Había algo muy peligroso en la expresión de Pedro y el señor Thompson debió verlo también porque empezó a disculparse, balbuceante.
—Pedro, ¿Dónde está Valen?
—Con Matías—contestó él.
Unos segundos después, Paula sentaba a Beatríz en la tienda de primeros auxilios para limpiar el corte que, afortunadamente, era superficial.
—No es nada. No te preocupes.
Cuando terminó de limpiar el corte y ponerle una tirita, Pedro entró en la tienda.
—¿Cómo está?
—Físicamente, bien. Pero psicológicamente...
—Quiero hablar contigo un momento.
Paula asintió.
—Beatríz, ¿Tienes dónde quedarte esta noche? Lo mejor será dejar que a tu marido se le pase la borrachera y después hablaremos de lo que se puede hacer con él.
—Tengo una amiga... puedo quedarme en su casa —contestó la mujer—. Pero en cuanto a Ricardo... he intentado hablar con él y no vale de nada.
—Quizá si estás unos días fuera de casa, empezará a pensar seriamente lo que está haciendo con su vida —dijo Paula, apretando su mano—. Encontraremos una solución, ya lo verás.
Cuando salieron de la tienda, Pedro la tomó por el hombro, furioso.
—¿A qué estás jugando?
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, sorprendida.
—¿Qué quiero decir? —repitió Sean, incrédulo—. Por favor... Un borracho pega a su mujer y a tí se te ocurre intervenir sin pedir ayuda.
—¿Y qué?
—Que podría haberte pegado a tí.
—No lo creo. Pero gracias por intervenir.
Pedro la soltó y se pasó una mano por el pelo.
—No lo entiendes, ¿Verdad? Podría haberte hecho daño, pero eso te da igual. Tú haces lo que quieres sin pensar que hay gente preocupada por tí.
—Espera un momento —replicó Paula, indignada—. ¿Qué querías que hiciera, que viera como ese hombre la pegaba sin hacer nada?
—Podrías haberme llamado.
—No tuve tiempo. La estaba pegando, Pedro.
—Y tú podrías haber sido la siguiente. Un día te vas a meter en un problema serio. Te pones a pasear sola por la montaña, te metes en una pelea marital...
—Por favor, Pedro, no seas niño.
—Tienes una hija de cinco años. ¿No se te ha ocurrido pensar en ella?
Lo Inesperado: Capítulo 36
El sábado por la noche, Paula se puso un poco de maquillaje y se miró al espejo. Llevaba un jersey ancho, vaqueros y botas de ante. Una hoguera nocturna no era precisamente el sitio más adecuado para vestir de forma elegante, de modo que al menos podía dejarse el pelo suelto para tener un aspecto más femenino. Pero eso no tenía nada que ver con Pedro. Nada en absoluto. Su corazón dió un saltito mientras se ponía perfume.
—¡Mamá, date prisa! —gritó Valen desde el salón—. Pedro está aquí y vamos a llegar tarde.
Paula respiró profundamente, apagó la luz y bajó la escalera. Pedro estaba esperándola, con las poderosas piernas separadas y los hombros más anchos que nunca bajo la chaqueta de ante.
—Con el pelo así, pareces Cenicienta, ¿Verdad, Pedro? —rió su hija.
—Desde luego que sí.
—Vámonos ya. No quiero perderme los fuegos artificiales —insistió la niña.
—Venga, enana —rió Pedro, tomándola en brazos.
En la puerta, Paulase quedó sorprendida al ver un BMW.
—¿Qué es eso?
—Su carroza, señorita —contestó él—. Es mejor que ir en moto, ¿No te parece?
—Es fabuloso —sonrió Paula, pasando la mano por los asientos de cuero—. Qué suerte tienes.
—Tú también podrías comprarte un coche nuevo si quisieras. No entiendo por qué tienes tantos problemas económicos. Supongo que ganas un buen sueldo en la clínica.
Paula apartó la mirada. Era cierto. Tenía un buen sueldo. Pero también tenía muchas deudas. Deudas sobre las que no quería hablar con Pedro.
—Vámonos. Es tarde.
—No es asunto mío, ¿Verdad? Vale.
Diez minutos después, llegaron al parque donde se celebraría la fiesta benéfica. Había mucha gente y Valen gritó de alegría al ver el tamaño de la hoguera.
—¡Mira, mamá! ¿Podemos acercarnos?
—Sí, pero ten cuidado, cariño.
—Yo la llevaré —se ofreció Pedro, colocándose a la niña sobre los hombros.
Paula los observó, preguntándose por qué se sentía tan angustiada. ¿Era por el fuego o porque Pedro y su hija empezaban a tener una relación muy estrecha?Pero sería mejor divertirse un rato y dejar de darle vueltas a la cabeza.
Cuando se acercó a la tienda de campaña donde estaban las bebidas, vió un montón de gente, entre ellos al señor Thompson, riéndose a carcajadas. Parecía un poco bebido y su mujer estaba tras él, nerviosa. Unos minutos después volvió a verlos, discutiendo. Ricardo Thompson estaba gritando y, de repente, levantó la mano y golpeó a Beatríz en la cara. Paula se acercó a ellos, indignada. El señor Thompson se volvió hacia ella, con los ojos vidriosos. Estaba muy borracho.
—¿Qué quiere?
—Doctora Chaves... —murmuró Beatríz, cubriéndose la boca con la mano. Le salía sangre del labio.
—He visto cómo la pegaba —dijo Paula, intentando controlar su furia.
—Y la pegaré a usted si no nos deja en paz —dijo Ricardo Thompson, tomándola por la chaqueta.
—Yo que usted no lo haría —replicó ella, soltándose de un tirón—. Beatríz, tengo que ver ese corte.
—¡He dicho que nos deje en paz! Siga molestando y recibirá algo peor que un corte en el labio —exclamó el hombre, amenazante.
—¡Mamá, date prisa! —gritó Valen desde el salón—. Pedro está aquí y vamos a llegar tarde.
Paula respiró profundamente, apagó la luz y bajó la escalera. Pedro estaba esperándola, con las poderosas piernas separadas y los hombros más anchos que nunca bajo la chaqueta de ante.
—Con el pelo así, pareces Cenicienta, ¿Verdad, Pedro? —rió su hija.
—Desde luego que sí.
—Vámonos ya. No quiero perderme los fuegos artificiales —insistió la niña.
—Venga, enana —rió Pedro, tomándola en brazos.
En la puerta, Paulase quedó sorprendida al ver un BMW.
—¿Qué es eso?
—Su carroza, señorita —contestó él—. Es mejor que ir en moto, ¿No te parece?
—Es fabuloso —sonrió Paula, pasando la mano por los asientos de cuero—. Qué suerte tienes.
—Tú también podrías comprarte un coche nuevo si quisieras. No entiendo por qué tienes tantos problemas económicos. Supongo que ganas un buen sueldo en la clínica.
Paula apartó la mirada. Era cierto. Tenía un buen sueldo. Pero también tenía muchas deudas. Deudas sobre las que no quería hablar con Pedro.
—Vámonos. Es tarde.
—No es asunto mío, ¿Verdad? Vale.
Diez minutos después, llegaron al parque donde se celebraría la fiesta benéfica. Había mucha gente y Valen gritó de alegría al ver el tamaño de la hoguera.
—¡Mira, mamá! ¿Podemos acercarnos?
—Sí, pero ten cuidado, cariño.
—Yo la llevaré —se ofreció Pedro, colocándose a la niña sobre los hombros.
Paula los observó, preguntándose por qué se sentía tan angustiada. ¿Era por el fuego o porque Pedro y su hija empezaban a tener una relación muy estrecha?Pero sería mejor divertirse un rato y dejar de darle vueltas a la cabeza.
Cuando se acercó a la tienda de campaña donde estaban las bebidas, vió un montón de gente, entre ellos al señor Thompson, riéndose a carcajadas. Parecía un poco bebido y su mujer estaba tras él, nerviosa. Unos minutos después volvió a verlos, discutiendo. Ricardo Thompson estaba gritando y, de repente, levantó la mano y golpeó a Beatríz en la cara. Paula se acercó a ellos, indignada. El señor Thompson se volvió hacia ella, con los ojos vidriosos. Estaba muy borracho.
—¿Qué quiere?
—Doctora Chaves... —murmuró Beatríz, cubriéndose la boca con la mano. Le salía sangre del labio.
—He visto cómo la pegaba —dijo Paula, intentando controlar su furia.
—Y la pegaré a usted si no nos deja en paz —dijo Ricardo Thompson, tomándola por la chaqueta.
—Yo que usted no lo haría —replicó ella, soltándose de un tirón—. Beatríz, tengo que ver ese corte.
—¡He dicho que nos deje en paz! Siga molestando y recibirá algo peor que un corte en el labio —exclamó el hombre, amenazante.
miércoles, 7 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 35
Pedro soltó una carcajada. Un sonido masculino, rico y profundo que aceleró su corazón.
—Vaya... no se me habría ocurrido... qué mujer tan estupenda.
—Mi madre se acuerda de tí.
La sonrisa de Pedro desapareció.
—Ah, ya veo. Te habrá contado historias de mi depravada juventud.
—No. Pero ahora entiendo tu miedo al compromiso —murmuró Paula.
—Ya.
—Debió ser difícil para tí...
—No quiero hablar de eso, Paula. ¿Qué ocurre? ¿Has decidido meterte en mi cama por compasión?
—No seas ridículo...
—No estoy siendo ridículo —la interrumpió él—. Lo veo en tu cara. De repente, soy un pobre chico que necesita cariño y que cambiará por el amor de una buena mujer.
—Yo no he dicho eso...
—No hace falta que lo digas. Y olvídate de la cena. Ya no tengo hambre.
Después de eso, Pedro salió de la cocina, dejándola boquiabierta.
Al día siguiente, Paula llamó a la puerta de la consulta de Pedro. Cuando entró, él estaba trabajando en el ordenador con expresión seria.
—¿Sí?
—He venido para decirte que lo siento. Mi madre no estaba cotilleando, pero supongo que eso es lo que te pareció. Y no siento compasión por tí... o quizá un poco, pero eso no tiene nada que ver con lo de irme a la cama contigo —empezó a decir Paula, nerviosa.
Pedro levantó una ceja.
—¿Estás diciendo que lo sientes o que quieres irte a la cama conmigo?
—Ninguna de las dos cosas —dijo ella, incómoda—. Lo siento, pero... ¡Por favor! Bueno, tú sabes lo que quiero decir.
Pedro se acercó a ella con un nuevo calor en los ojos.
—Yo también lo siento. Reaccioné de forma exagerada. Me temo que mi infancia no es un tema del que me guste hablar —dijo, levantando su barbilla con un dedo—. Entonces, ¿Vas a seguir el consejo de tu madre?
—No bromees conmigo, Pedro. No es justo.
—No estoy bromeando. Y lo que no es justo es que yo tenga que verte todos los días —susurró él—. Me estás volviendo loco, ¿Lo sabes?
Paula se sentía hipnotizada por la mirada del hombre.
—Yo no hago nada.
—Exactamente. Sólo tengo que pensar lo que pasará el día que hagamos el amor y me convierto en un león enjaulado.
—No va a pasar, Pedro—murmuró Paula, dando un paso atrás.
—Tiene que pasar. Necesito dormir tranquilo alguna vez —sonrió Pedro—. Aunque quizá esa no sea la mejor forma de asegurarme un sueño tranquilo.
—Me romperías el corazón.
Él la miró a los ojos, como si quisiera leer sus pensamientos.
—Estoy empezando a pensar que tú me harías lo mismo.
—Creí que tú no tenías corazón —sonrió Paula, abriendo la puerta.
—Cierra esa puerta y ven aquí ahora mismo.
—Tengo consulta, doctor Alfonso.
Después de eso, salió dejando a Pedro y a la tentación tras ella.
—Vaya... no se me habría ocurrido... qué mujer tan estupenda.
—Mi madre se acuerda de tí.
La sonrisa de Pedro desapareció.
—Ah, ya veo. Te habrá contado historias de mi depravada juventud.
—No. Pero ahora entiendo tu miedo al compromiso —murmuró Paula.
—Ya.
—Debió ser difícil para tí...
—No quiero hablar de eso, Paula. ¿Qué ocurre? ¿Has decidido meterte en mi cama por compasión?
—No seas ridículo...
—No estoy siendo ridículo —la interrumpió él—. Lo veo en tu cara. De repente, soy un pobre chico que necesita cariño y que cambiará por el amor de una buena mujer.
—Yo no he dicho eso...
—No hace falta que lo digas. Y olvídate de la cena. Ya no tengo hambre.
Después de eso, Pedro salió de la cocina, dejándola boquiabierta.
Al día siguiente, Paula llamó a la puerta de la consulta de Pedro. Cuando entró, él estaba trabajando en el ordenador con expresión seria.
—¿Sí?
—He venido para decirte que lo siento. Mi madre no estaba cotilleando, pero supongo que eso es lo que te pareció. Y no siento compasión por tí... o quizá un poco, pero eso no tiene nada que ver con lo de irme a la cama contigo —empezó a decir Paula, nerviosa.
Pedro levantó una ceja.
—¿Estás diciendo que lo sientes o que quieres irte a la cama conmigo?
—Ninguna de las dos cosas —dijo ella, incómoda—. Lo siento, pero... ¡Por favor! Bueno, tú sabes lo que quiero decir.
Pedro se acercó a ella con un nuevo calor en los ojos.
—Yo también lo siento. Reaccioné de forma exagerada. Me temo que mi infancia no es un tema del que me guste hablar —dijo, levantando su barbilla con un dedo—. Entonces, ¿Vas a seguir el consejo de tu madre?
—No bromees conmigo, Pedro. No es justo.
—No estoy bromeando. Y lo que no es justo es que yo tenga que verte todos los días —susurró él—. Me estás volviendo loco, ¿Lo sabes?
Paula se sentía hipnotizada por la mirada del hombre.
—Yo no hago nada.
—Exactamente. Sólo tengo que pensar lo que pasará el día que hagamos el amor y me convierto en un león enjaulado.
—No va a pasar, Pedro—murmuró Paula, dando un paso atrás.
—Tiene que pasar. Necesito dormir tranquilo alguna vez —sonrió Pedro—. Aunque quizá esa no sea la mejor forma de asegurarme un sueño tranquilo.
—Me romperías el corazón.
Él la miró a los ojos, como si quisiera leer sus pensamientos.
—Estoy empezando a pensar que tú me harías lo mismo.
—Creí que tú no tenías corazón —sonrió Paula, abriendo la puerta.
—Cierra esa puerta y ven aquí ahora mismo.
—Tengo consulta, doctor Alfonso.
Después de eso, salió dejando a Pedro y a la tentación tras ella.
Lo Inesperado: Capítulo 34
—Nadie sabe nada. Creo que ni siquiera su madre sabía quién era el padre del niño —contestó Alejandra—. Quizá no debería contarte esto, pero la verdad es que lo sabe todo el mundo. Vivió con varias familias de acogida durante su infancia y habría terminado mal si no hubiera sido por Gabriel Carter y su mujer.
—¿Por qué? —preguntó Paula, pensativa.
Empezaba a entenderlo todo; su insistencia en que los niños deberían tener un padre y una madre, su miedo al compromiso...
—Porque le dieron un hogar. Pero fue más que eso. Pedro estudió medicina por Gabriel.
—Y es un buen médico —murmuró Paula.
—Me lo imagino —suspiró su madre—. De pequeño era muy inteligente, pero se peleaba con todo el mundo.
—¿Por qué Gabriel nunca lo ha mencionado?
—Los Carter acogieron varios niños y supongo que cuando Pedro se marchó al ejército pensaron que no volverían a saber nada de él.
—No es un hombre que se quede en ningún sitiopara siempre. Sólo está ayudando a Gabriel porque le debe un favor.
—Ya —murmuró Alejandra—. Pues si no va a quedarse, lo mejor será que aproveches el tiempo.
—¡Mamá!
—¿Qué? Paula, habría que ser tonto para no darse cuenta de que hay algo entre ustedes. Nunca me he metido en tu vida, pero si desaprovechas esta oportunidad es que eres tonta.
—Pero Pedro no quiere compromisos, no quiere saber nada de hijos...
—Todos decimos cosas que no sentimos de verdad —replicó su madre—. ¿Querrías tú hijos si hubieras tenido una infancia como la suya?
—Probablemente no —murmuró Paula—. Pero, ¿Qué pasará cuando se marche?
—Te quedarán los recuerdos. Mejor una breve relación con un hombre estupendo que una vida entera de soledad. ¿No te parece? Sé que estás pensando en Pablo y en Leonardo, pero no lo hagas. No merece la pena arruinar tu vida por ellos.
—Pero Valen...
—Siempre has hecho lo que tenías que hacer, pero tu vida es tu vida. Valen es una niña feliz, no te preocupes —sonrió su madre—. Bueno, tengo que irme. Tu padre estará preocupado.
Alejandra tomó su abrigo y salió de la casa, dejando a Paula pensativa. Seguía así cuando Pedro volvió cinco minutos después con una botella de vino en la mano.
—¿Tu madre se ha ido?
—Sí. Mi padre la estaba esperando.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —contestó ella, levantándose para sacar la ensaladilla de la nevera.
—No me lo digas. Tu madre te ha dicho que soy una mala influencia y que deberías salir corriendo.
Paula sacó dos copas de vino y se las dió, sonriendo.
—Al contrario. Según ella, debo meterme en la cama contigo a la primera oportunidad.
—¿Por qué? —preguntó Paula, pensativa.
Empezaba a entenderlo todo; su insistencia en que los niños deberían tener un padre y una madre, su miedo al compromiso...
—Porque le dieron un hogar. Pero fue más que eso. Pedro estudió medicina por Gabriel.
—Y es un buen médico —murmuró Paula.
—Me lo imagino —suspiró su madre—. De pequeño era muy inteligente, pero se peleaba con todo el mundo.
—¿Por qué Gabriel nunca lo ha mencionado?
—Los Carter acogieron varios niños y supongo que cuando Pedro se marchó al ejército pensaron que no volverían a saber nada de él.
—No es un hombre que se quede en ningún sitiopara siempre. Sólo está ayudando a Gabriel porque le debe un favor.
—Ya —murmuró Alejandra—. Pues si no va a quedarse, lo mejor será que aproveches el tiempo.
—¡Mamá!
—¿Qué? Paula, habría que ser tonto para no darse cuenta de que hay algo entre ustedes. Nunca me he metido en tu vida, pero si desaprovechas esta oportunidad es que eres tonta.
—Pero Pedro no quiere compromisos, no quiere saber nada de hijos...
—Todos decimos cosas que no sentimos de verdad —replicó su madre—. ¿Querrías tú hijos si hubieras tenido una infancia como la suya?
—Probablemente no —murmuró Paula—. Pero, ¿Qué pasará cuando se marche?
—Te quedarán los recuerdos. Mejor una breve relación con un hombre estupendo que una vida entera de soledad. ¿No te parece? Sé que estás pensando en Pablo y en Leonardo, pero no lo hagas. No merece la pena arruinar tu vida por ellos.
—Pero Valen...
—Siempre has hecho lo que tenías que hacer, pero tu vida es tu vida. Valen es una niña feliz, no te preocupes —sonrió su madre—. Bueno, tengo que irme. Tu padre estará preocupado.
Alejandra tomó su abrigo y salió de la casa, dejando a Paula pensativa. Seguía así cuando Pedro volvió cinco minutos después con una botella de vino en la mano.
—¿Tu madre se ha ido?
—Sí. Mi padre la estaba esperando.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —contestó ella, levantándose para sacar la ensaladilla de la nevera.
—No me lo digas. Tu madre te ha dicho que soy una mala influencia y que deberías salir corriendo.
Paula sacó dos copas de vino y se las dió, sonriendo.
—Al contrario. Según ella, debo meterme en la cama contigo a la primera oportunidad.
Lo Inesperado: Capítulo 33
—Todo es tan complicado —suspiró la mujer, desolada.
—¿Le ha hecho daño alguna vez? ¿Se pone violento cuando bebe?
—No. Nunca.
—Dígale que venga a verme. Seguro que podemos ayudarlo.
Paula observó a la mujer saliendo de su consulta con los hombros caídos. Tantas desgracias... Hablaría con Gabriel para intentar encontrar una forma de convencer al señor Thompson de que necesitaba ayuda. Valen estaba haciendo galletas con su abuela cuando Paula entró en casa.
—¡Qué bien huele! —exclamó, soltando su bolso.
Pero se quedó paralizada al ver a Pedro riendo con la niña.
—Hola, cariño —la saludó su madre.
—Hola, mamá —dijo Valen con la carita manchada de harina—. Hemos hecho galletas de naranja y galletas de chocolate.
—Y te he traído una ensaladilla. Hay suficiente para tres personas, así que Pedro puede quedarse a cenar.
—Es muy amable, señora Chaves. Iré a buscar una botella de vino —dijo él, sonriente.
En cuanto salió de la cocina, Paula envió a Valen a su habitación y miró a su madre con gesto de reproche.
—¿A qué estás jugando, mamá?
—No estoy jugando a nada. Sólo le he dicho a ese chico tan guapo que podía quedarse a cenar —contestó su madre, sin mirarla.
—Yo no quiero cenar con él.
—Pues entonces tendrás que ir a que te examinen la cabeza —replicó la señora Chaves—. Es guapo, inteligente y soltero. Y si yo no estuviera casada con tu padre, cenaría con él.
Paula se quitó el abrigo, incrédula.
—¿Tanto te gusta alguien a quien has conocido hace cinco minutos?
Alejandra Chaves miró a su hija, sorprendida.
—Conozco a Pedro Alfonso desde que tenía tres años.
—¿Lo conoces? Entonces... ¿Cómo es que yo no lo recuerdo?
—Es mayor que tú...
—¿Conocías a sus padres?
—Su madre lo abandonó cuando tenía dos años.
Paula se quedó boquiabierta. ¿Abandonado? ¿La madre de Pedro lo había abandonado?
—¿Y su padre?
—¿Le ha hecho daño alguna vez? ¿Se pone violento cuando bebe?
—No. Nunca.
—Dígale que venga a verme. Seguro que podemos ayudarlo.
Paula observó a la mujer saliendo de su consulta con los hombros caídos. Tantas desgracias... Hablaría con Gabriel para intentar encontrar una forma de convencer al señor Thompson de que necesitaba ayuda. Valen estaba haciendo galletas con su abuela cuando Paula entró en casa.
—¡Qué bien huele! —exclamó, soltando su bolso.
Pero se quedó paralizada al ver a Pedro riendo con la niña.
—Hola, cariño —la saludó su madre.
—Hola, mamá —dijo Valen con la carita manchada de harina—. Hemos hecho galletas de naranja y galletas de chocolate.
—Y te he traído una ensaladilla. Hay suficiente para tres personas, así que Pedro puede quedarse a cenar.
—Es muy amable, señora Chaves. Iré a buscar una botella de vino —dijo él, sonriente.
En cuanto salió de la cocina, Paula envió a Valen a su habitación y miró a su madre con gesto de reproche.
—¿A qué estás jugando, mamá?
—No estoy jugando a nada. Sólo le he dicho a ese chico tan guapo que podía quedarse a cenar —contestó su madre, sin mirarla.
—Yo no quiero cenar con él.
—Pues entonces tendrás que ir a que te examinen la cabeza —replicó la señora Chaves—. Es guapo, inteligente y soltero. Y si yo no estuviera casada con tu padre, cenaría con él.
Paula se quitó el abrigo, incrédula.
—¿Tanto te gusta alguien a quien has conocido hace cinco minutos?
Alejandra Chaves miró a su hija, sorprendida.
—Conozco a Pedro Alfonso desde que tenía tres años.
—¿Lo conoces? Entonces... ¿Cómo es que yo no lo recuerdo?
—Es mayor que tú...
—¿Conocías a sus padres?
—Su madre lo abandonó cuando tenía dos años.
Paula se quedó boquiabierta. ¿Abandonado? ¿La madre de Pedro lo había abandonado?
—¿Y su padre?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)