—Qué bien —sonrió Catalina, sentándose a su lado— La ví en Sainsbury anoche y parecía a punto de dar a luz. ¿Cuándo sale de cuentas?
—En dos semanas.
La enfermera negó con la cabeza.
—Esa mujer no aguanta dos semanas. Seguro que lo tiene antes del sábado.
—¿Eres clarividente? —rió Pedro, sentándose frente a ellas.
—No. Pero sé cuándo una mujer está a punto de dar a luz.
—Deberías trabajar en la unidad de obstetricia —rió Paula—. ¿Qué te pasa? Pareces cansada.
—Lo estoy —contestó Catalina—. Llevo semanas entrenando con Apolo.
—¿Quién es Apolo?
—Mi perro. Llevamos mucho tiempo entrenando para el equipo de rescate en la montaña. Por cierto, ¿Van a ir a los fuegos artificiales del sábado?
Paula se puso colorada. ¿Por qué todo el mundo se refería a ellos como una pareja?
—Claro que sí —contestó Pedro—. Se lo prometí a Valen.
¿Qué le había prometido a Valen?, se preguntó ella. Y, sobre todo, ¿Por qué lo había hecho?
—El dinero de las entradas irá a una causa benéfica.
—Estupendo —murmuró Paula, levantándose para volver a la consulta. Su primera paciente de la tarde era Beatríz Thompson.
—Hola, doctora Chaves.
—Hola, señora Thompson. ¿Qué tal la tos?
—¿Qué tos?—preguntó la mujer, sorprendida—. Ah, la tos, claro. Bueno, la verdad es que se me ha quitado.
—Me alegro. Entonces, ¿Qué puedo hacer por usted?
Beatríz sujetó su bolso, nerviosa.
—Es difícil para mí...
—Señora Thompson, sé que le ocurre algo. ¿Por qué no confía en mí?
Los ojos de Beatríz se llenaron de lágrimas.
—Lo siento mucho, doctora Chaves. Me estoy comportando como una tonta. Es mi marido... Supongo que habrá leído el artículo en el periódico.
—La verdad es que sí.
—Francamente, lo que me asombra es que no haya ocurrido antes —murmuró la mujer, nerviosa—. Lleva un año bebiendo mucho.
—¿Podría convencerlo de que viniera a verme? —preguntó Paula.
Beatríz se encogió de hombros.
—Antes de que apareciera el artículo, le habría dicho que no. Es un hombre muy orgulloso. Pero ahora... es posible que pueda convencerlo. Yo he intentado hacer algo por él, pero...
—Señora Thompson, si su marido bebe mucho debe recibir ayuda profesional. Necesita hacer un programa de desintoxicación.
miércoles, 7 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 31
—No dejo de pensar que voy a morirme —dijo la mujer, intentando contener las lágrimas.
—No pienses eso. Cuando te den el resultado, nos encargaremos de que recibas el mejor tratamiento posible. No vas a morir, Patricia.
—Gracias —murmuró ella, tomando el pañuelo de papel que Paula le ofrecía—. Tiene razón. Ahora la gente sobrevive al cáncer. No es como antes.
—Claro que no. Tienes que ser positiva. Por ahora no sabemos nada y, además, te lo han extirpado a tiempo.
—He leído en una revista que hay muchos tratamientos para el cáncer de piel, que es muy poco probable morirse de eso.
—El cáncer de piel no responde bien a la quimioterapia, pero existe el Interferón. No tienes que preocuparte, sea lo que sea, tendrás el mejor tratamiento, Patricia.
La joven se mordió los labios.
—Lo sé, doctora Chaves. Pero la palabra cáncer es tan terrible...
Paula tomó su mano para consolarla.
—No pienses en ello. Cuando vengas a buscar los resultados, ven con tu marido, si es posible.
—Él tiene que quedarse con los mellizos. Mi madre está de viaje —empezó a decir Patricia.
Paula hizo un gesto con la mano y tomo el teléfono.
—¿Cuándo tienes que venir?
—El jueves a las cuatro.
—¿Mamá? Soy yo. Necesito que me hagas un favor. ¿Podrías cuidar de unos mellizos el jueves por la tarde? Son hijos de una paciente que tiene que venir a la clínica...
Unos minutos después, Paula colgaba el auricular y anotaba su dirección en un papel.
—Pero doctora Chaves...
—Esta es la dirección de mi casa. Mi hija Valentina tiene cinco años y mi madre estará cuidando de ella. Puedes dejar allí a los mellizos y venir a la clínica con tu marido.
Patricia tomó el papel y la miró, perpleja.
—¿Está segura...?
—Claro que sí.
—Muchísimas gracias —dijo la joven, guardando el papel en el bolso—. En cuanto me den los resultados, me encontraré mejor. Es sólo la incertidumbre...
Paula asintió, comprensiva.
—Es duro, lo sé. Pero intenta ser positiva. Si quieres hablar con alguien, hay un teléfono de ayuda para pacientes con cáncer. Carla puede darte el número.
Patricia se levantó, mucho más relajada.
—No sé cómo darle las gracias...
—No tienes por qué hacerlo. Nos veremos pronto.
Paula se despidió de su paciente, rezando para que el tumor hubiera sido localizado a tiempo o, mejor, para que fuera benigno.
El resto de la semana Paula estuvo muy ocupada con sus pacientes y, una tarde, se dejó caer en un sillón en la sala de personal, agotada.
—No puedo tenerme en pie.
—¿No estarás enferma tú también? —preguntó Catalina.
—Espero que no. No puedo estarlo, soy el médico.
—Pues será mejor que te pongas una mascarilla porque la mitad de los habitantes de Cumbria están resfriados o con un virus estomacal.
En ese momento, sonó el teléfono y Paula descolgó el auricular, todos sus sentidos alerta al ver que Pedro entraba en la habitación.
—¿Dígame? Sí, es paciente mía. Ah, muy bien... Se lo diré —dijo antes de colgar—. Era del laboratorio. Celina Webster es inmune a la varicela. Una preocupación menos.
—No pienses eso. Cuando te den el resultado, nos encargaremos de que recibas el mejor tratamiento posible. No vas a morir, Patricia.
—Gracias —murmuró ella, tomando el pañuelo de papel que Paula le ofrecía—. Tiene razón. Ahora la gente sobrevive al cáncer. No es como antes.
—Claro que no. Tienes que ser positiva. Por ahora no sabemos nada y, además, te lo han extirpado a tiempo.
—He leído en una revista que hay muchos tratamientos para el cáncer de piel, que es muy poco probable morirse de eso.
—El cáncer de piel no responde bien a la quimioterapia, pero existe el Interferón. No tienes que preocuparte, sea lo que sea, tendrás el mejor tratamiento, Patricia.
La joven se mordió los labios.
—Lo sé, doctora Chaves. Pero la palabra cáncer es tan terrible...
Paula tomó su mano para consolarla.
—No pienses en ello. Cuando vengas a buscar los resultados, ven con tu marido, si es posible.
—Él tiene que quedarse con los mellizos. Mi madre está de viaje —empezó a decir Patricia.
Paula hizo un gesto con la mano y tomo el teléfono.
—¿Cuándo tienes que venir?
—El jueves a las cuatro.
—¿Mamá? Soy yo. Necesito que me hagas un favor. ¿Podrías cuidar de unos mellizos el jueves por la tarde? Son hijos de una paciente que tiene que venir a la clínica...
Unos minutos después, Paula colgaba el auricular y anotaba su dirección en un papel.
—Pero doctora Chaves...
—Esta es la dirección de mi casa. Mi hija Valentina tiene cinco años y mi madre estará cuidando de ella. Puedes dejar allí a los mellizos y venir a la clínica con tu marido.
Patricia tomó el papel y la miró, perpleja.
—¿Está segura...?
—Claro que sí.
—Muchísimas gracias —dijo la joven, guardando el papel en el bolso—. En cuanto me den los resultados, me encontraré mejor. Es sólo la incertidumbre...
Paula asintió, comprensiva.
—Es duro, lo sé. Pero intenta ser positiva. Si quieres hablar con alguien, hay un teléfono de ayuda para pacientes con cáncer. Carla puede darte el número.
Patricia se levantó, mucho más relajada.
—No sé cómo darle las gracias...
—No tienes por qué hacerlo. Nos veremos pronto.
Paula se despidió de su paciente, rezando para que el tumor hubiera sido localizado a tiempo o, mejor, para que fuera benigno.
El resto de la semana Paula estuvo muy ocupada con sus pacientes y, una tarde, se dejó caer en un sillón en la sala de personal, agotada.
—No puedo tenerme en pie.
—¿No estarás enferma tú también? —preguntó Catalina.
—Espero que no. No puedo estarlo, soy el médico.
—Pues será mejor que te pongas una mascarilla porque la mitad de los habitantes de Cumbria están resfriados o con un virus estomacal.
En ese momento, sonó el teléfono y Paula descolgó el auricular, todos sus sentidos alerta al ver que Pedro entraba en la habitación.
—¿Dígame? Sí, es paciente mía. Ah, muy bien... Se lo diré —dijo antes de colgar—. Era del laboratorio. Celina Webster es inmune a la varicela. Una preocupación menos.
lunes, 5 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 30
Paula cerró la puerta de la consulta y se dejó caer sobre la silla. No podía concentrarse en la pantalla del ordenador. No podía concentrarse en la lista de pacientes. De hecho, no podía concentrarse en nada. Era un frío lunes por la mañana y sólo podía pensar en Pedro y en cómo la había hecho sentir cuando la besó. ¿Por qué le había dejado hacerlo? ¿Por qué? Al principio no había podido evitarlo, pero después... después podría haberse apartado, de eso estaba segura. Pero no había querido hacerlo. Había ocurrido algo entre ellos que nunca imaginó que pudiera ocurrir. Y no volvería a ocurrir, se prometió a sí misma. Sólo había sido un beso. No tenía más importancia. Pero eso no era cierto del todo. ¿Cómo iba a enfrentarse con Sean después de aquello? Él simplemente la había besado, dejándola con las piernas temblorosas y un millón de emociones encontradas. Angustiada, decidió que lo mejor sería ponerse a trabajar. Pero en cuanto tomó los informes, se abrió la puerta de su consulta y entró Pedro, cerrando la puerta tras él.
—No me mires así. He venido a disculparme.
—¿Por qué? ¿Por besarme? —preguntó ella, nerviosa. ¿Por obligarme a sentir cosas que no debería sentir?
Pedro sonrió, incómodo.
—Perdona mi comportamiento. No se me da bien aceptar un no por respuesta.
—Pues será mejor que aprendas porque eso es todo lo que vas a conseguir —replicó Paula, apartando las manos del escritorio para que él no viera que estaba temblando.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres proteger a Valen? Eso es absurdo. La gente va y viene. Así es la vida.
—No para todo el mundo. Alguna gente tiene la suerte de conseguir estabilidad y permanencia en su vida. Y eso es lo que yo quiero para Valen.
Pedro se acercó a la ventana, la tensión visible en la postura de sus hombros.
—Entonces, te niegas a arriesgarte para no hacerle daño a tu hija.
—Y a mí misma. No quiero que me hagas daño, Pedro.
Él se volvió, mirándola con intensidad.
—No quiero hacerte daño.
—Me romperías el corazón...
—Eso es completamente ilógico. ¿Qué es lo que quieres? ¿Garantías? Nunca hay garantías... nadie empieza una relación sabiendo que va a terminarse.
—Tú sí, por lo visto —replicó ella—. Fuiste muy sincero al decir que no querías una relación profunda y no querías hijos. Ese tipo de relación sólo termina de una forma... y no es como yo quiero.
Pedro la miró durante unos segundos sin decir nada.
—Hay razones para que piense de ese modo.
—¿Cuáles?
En ese momento, Carla entró en la consulta con un montón de informes en la mano.
—Hola, doctor Alfonso. No sabía que estaba aquí.
—Tengo que irme —murmuró Pedro entonces.
Paula se quedó nerviosa y desconcertada, pero tuvo que concentrarse para atender a una paciente. Era Patricia Monroe, pálida y con una tirita en la pierna.
—Hola, Patricia . Veo que te han quitado el lunar.
—Sí. Y creen que puede ser maligno. Tengo que volver el jueves para que me den el resultado definitivo.
—Lo siento —murmuró Paula.
¿Por qué la vida era tan injusta? Patricia era una mujer joven y un melanoma maligno era algo muy preocupante.
—No me mires así. He venido a disculparme.
—¿Por qué? ¿Por besarme? —preguntó ella, nerviosa. ¿Por obligarme a sentir cosas que no debería sentir?
Pedro sonrió, incómodo.
—Perdona mi comportamiento. No se me da bien aceptar un no por respuesta.
—Pues será mejor que aprendas porque eso es todo lo que vas a conseguir —replicó Paula, apartando las manos del escritorio para que él no viera que estaba temblando.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres proteger a Valen? Eso es absurdo. La gente va y viene. Así es la vida.
—No para todo el mundo. Alguna gente tiene la suerte de conseguir estabilidad y permanencia en su vida. Y eso es lo que yo quiero para Valen.
Pedro se acercó a la ventana, la tensión visible en la postura de sus hombros.
—Entonces, te niegas a arriesgarte para no hacerle daño a tu hija.
—Y a mí misma. No quiero que me hagas daño, Pedro.
Él se volvió, mirándola con intensidad.
—No quiero hacerte daño.
—Me romperías el corazón...
—Eso es completamente ilógico. ¿Qué es lo que quieres? ¿Garantías? Nunca hay garantías... nadie empieza una relación sabiendo que va a terminarse.
—Tú sí, por lo visto —replicó ella—. Fuiste muy sincero al decir que no querías una relación profunda y no querías hijos. Ese tipo de relación sólo termina de una forma... y no es como yo quiero.
Pedro la miró durante unos segundos sin decir nada.
—Hay razones para que piense de ese modo.
—¿Cuáles?
En ese momento, Carla entró en la consulta con un montón de informes en la mano.
—Hola, doctor Alfonso. No sabía que estaba aquí.
—Tengo que irme —murmuró Pedro entonces.
Paula se quedó nerviosa y desconcertada, pero tuvo que concentrarse para atender a una paciente. Era Patricia Monroe, pálida y con una tirita en la pierna.
—Hola, Patricia . Veo que te han quitado el lunar.
—Sí. Y creen que puede ser maligno. Tengo que volver el jueves para que me den el resultado definitivo.
—Lo siento —murmuró Paula.
¿Por qué la vida era tan injusta? Patricia era una mujer joven y un melanoma maligno era algo muy preocupante.
Lo Inesperado: Capítulo 29
—Venga, Valen, deja de dar saltos.
—¿Qué tal está Martina? —preguntó Pedro, colocándose a su lado.
Tan alto, con esos brazos fuertes y ese aroma a hombre...
—Mucho mejor —contestó ella, intentando no mirarlo.
¿Por qué se sentía así, por qué se sentía tan rara a su lado?
—¿Puede quedarse Pedro a cenar, mamá? —insistió su hija.
—¿No tienes nada que hacer esta noche, Pedro? —preguntó Paula, para ver si entendía la indirecta.
—A menos que suene mi busca... no. Y me encantaría quedarme a cenar.
—¡Yupi! Voy a ponerme el traje —exclamó la niña, corriendo a su dormitorio.
Pedro se dejó caer en el sofá.
—Has sido muy amable invitándome.
Paula respiró profundamente, buscando paciencia.
—Yo no quería invitarte y lo sabes.
—¿Por qué?
—Porque... ya te he dicho que no quiero que Valen se acostumbre a verte por aquí.
—¿Valen o tú? —preguntó él, estirando las piernas.
—Ninguna de las dos.
Pedro se levantó bruscamente y la tomó por la muñeca cuando Paula intentó darse la vuelta.
—Tenemos que hablar de esto. ¿Sigues diciendo que no hay química entre nosotros?
—No estoy diciendo eso.
—Entonces, ¿Por qué no dejas que las cosas sigan su curso?
—Porque no quiero que le hagas daño a Valen... o a mí —contestó ella, con sinceridad.
Pedro la miró, con un brillo indescifrable en los ojos. Y entonces, sin previo aviso, inclinó la cabeza y buscó su boca. Paula intentó apartarse, pero él la retuvo tomándola por la cintura. Era un beso diferente a cualquier otro beso que hubiera recibido, fiero, erótico, suave y exigente al mismo tiempo. Y pronto ella olvidó que hubiera querido escapar. Quería más y se apretó contra su torso, sintiendo los fuertes muslos del hombre clavados en los suyos. Pedro sujetó su cabeza y le hizo el amor con la boca. Sin pensar, enredó los brazos alrededor del cuello del hombre, mientras él jugaba con su lengua, dominante, pero al mismo tiempo suave, intentando arrancarle una respuesta. Con las piernas temblorosas, acarició su torso por encima de la camisa. No podía pensar en nada. Nadie la había hecho sentir de aquella forma... Pedro emitió un gemido ronco mientras buscaba su garganta para dejar un rastro de besos húmedos y apasionados.
—Ahora dime que no merece la pena, Paula—dijo con voz ronca.
Después, la soltó y se dió la vuelta, dejándola con las piernas temblorosas y el corazón acelerado.
—¿Qué tal está Martina? —preguntó Pedro, colocándose a su lado.
Tan alto, con esos brazos fuertes y ese aroma a hombre...
—Mucho mejor —contestó ella, intentando no mirarlo.
¿Por qué se sentía así, por qué se sentía tan rara a su lado?
—¿Puede quedarse Pedro a cenar, mamá? —insistió su hija.
—¿No tienes nada que hacer esta noche, Pedro? —preguntó Paula, para ver si entendía la indirecta.
—A menos que suene mi busca... no. Y me encantaría quedarme a cenar.
—¡Yupi! Voy a ponerme el traje —exclamó la niña, corriendo a su dormitorio.
Pedro se dejó caer en el sofá.
—Has sido muy amable invitándome.
Paula respiró profundamente, buscando paciencia.
—Yo no quería invitarte y lo sabes.
—¿Por qué?
—Porque... ya te he dicho que no quiero que Valen se acostumbre a verte por aquí.
—¿Valen o tú? —preguntó él, estirando las piernas.
—Ninguna de las dos.
Pedro se levantó bruscamente y la tomó por la muñeca cuando Paula intentó darse la vuelta.
—Tenemos que hablar de esto. ¿Sigues diciendo que no hay química entre nosotros?
—No estoy diciendo eso.
—Entonces, ¿Por qué no dejas que las cosas sigan su curso?
—Porque no quiero que le hagas daño a Valen... o a mí —contestó ella, con sinceridad.
Pedro la miró, con un brillo indescifrable en los ojos. Y entonces, sin previo aviso, inclinó la cabeza y buscó su boca. Paula intentó apartarse, pero él la retuvo tomándola por la cintura. Era un beso diferente a cualquier otro beso que hubiera recibido, fiero, erótico, suave y exigente al mismo tiempo. Y pronto ella olvidó que hubiera querido escapar. Quería más y se apretó contra su torso, sintiendo los fuertes muslos del hombre clavados en los suyos. Pedro sujetó su cabeza y le hizo el amor con la boca. Sin pensar, enredó los brazos alrededor del cuello del hombre, mientras él jugaba con su lengua, dominante, pero al mismo tiempo suave, intentando arrancarle una respuesta. Con las piernas temblorosas, acarició su torso por encima de la camisa. No podía pensar en nada. Nadie la había hecho sentir de aquella forma... Pedro emitió un gemido ronco mientras buscaba su garganta para dejar un rastro de besos húmedos y apasionados.
—Ahora dime que no merece la pena, Paula—dijo con voz ronca.
Después, la soltó y se dió la vuelta, dejándola con las piernas temblorosas y el corazón acelerado.
Lo Inesperado: Capítulo 28
—Ha llegado la ambulancia.
—Estupendo. Está mejor, pero hay que llevarla al hospital —dijo Pedro.
Unos minutos después, dos enfermeros entraban con una camilla.
—Hola, Martina —sonrió uno de ellos, que ya conocía a la niña—. No quieres separarte de mí, ¿Eh, pequeña?
Martina consiguió sonreír cuando el hombre tomó su mano.
—Yo estoy de guardia, así que quizá tú quieras acompañarlos al hospital, Paula—dijo Pedro.
—Muy bien. Pero Valen...
—Si me das las llaves de tu casa, yo me quedaré con ella. Y si tengo que hacer alguna visita, la llevaré conmigo.
Unos minutos después, los enfermeros cerraban la puerta de la ambulancia.
—No pasará nada, señora Watson. No se preocupe.
—Hasta la próxima vez —suspiró la mujer.
—Sí. Lo que no entiendo es por qué no está mejor con la dosis de corticoides que le hemos prescrito —dijo Paula.
¿Era su imaginación o la señora Watson no quería mirarla? El instinto le decía que allí ocurría algo raro...
—¿Cuánto tiempo tendrá que quedarse en el hospital?
—Probablemente estará de vuelta mañana. ¿Tiene idea de qué puede haber provocado el ataque? ¿Ha estado en contacto con animales o algo fuera de lo normal?
—No lo sé —contestó la señora Watson.
—Ya. Bueno, pues habrá que pensarlo.
Paula recordó las palabras de Catalina sobre que a la señora Watson no le gustaban las medicinas. ¿Sería eso lo que estaba pasando? ¿No le daba las medicinas a su hija? Preocupada, se dijo a sí misma que investigaría en cuanto Martina hubiera salido del hospital.
Paula escuchó las risas en cuanto abrió la puerta de su casa.Valen estaba tirada sobre la alfombra frente a la chimenea, intentando impedir que Pedro echase unas bolitas blancas en la boca de un hipopótamo de plástico.
—¡Hola, mamá! Estamos jugando al hipopótamo y he ganado dos veces.
—Es muy violenta —sonrió Pedro, dándole un golpecito en la mano—. ¡Esa bola es mía, ladrona!
Valen soltó una carcajada y metió la bolita en la boca del juguete.
—¡He ganado otra vez! —exclamó la niña, con las mejillas coloradas.
Paula soltó el maletín y se sentó en el enorme sofá blanco, agotada.
—¿Qué tal la fiesta de Halloween, enana?
—¡Muy bien! Había unos trajes muy bonitos, pero el mío era el más bonito de todos. ¿A que la máscara daba mucho miedo, Pedro?
—Mucho.
Paula hubiera esperado cualquier cosa, excepto aquella escena tan doméstica. Había esperado encontrar a Pedro leyendo en el sofá mientras la niña jugaba en su cuarto, pero lo encontró tumbado en la alfombra, con aquellos vaqueros que se ajustaban a sus muslos como un pecado, la camisa un poco desabrochada, mostrando el vello oscuro que cubría su torso... Tan atractivo, tan masculino... tan en su casa.
—El doctor Alfonso tiene que irse, cariño.
—No tengo prisa —dijo él.
—¿No puede quedarse a cenar? —preguntó Valen, saltando sobre el sofá—. Puedo ponerme el traje otra vez para darles un susto.
—No, gracias. No quiero tener pesadillas —sonrió Pedro—. Ya tengo bastantes problemas para dormir.
Paula tuvo que levantarse para disimular su agitación. Aquel hombre no se quedaría a cenar en su casa. ¡Ni muerta!
—Estupendo. Está mejor, pero hay que llevarla al hospital —dijo Pedro.
Unos minutos después, dos enfermeros entraban con una camilla.
—Hola, Martina —sonrió uno de ellos, que ya conocía a la niña—. No quieres separarte de mí, ¿Eh, pequeña?
Martina consiguió sonreír cuando el hombre tomó su mano.
—Yo estoy de guardia, así que quizá tú quieras acompañarlos al hospital, Paula—dijo Pedro.
—Muy bien. Pero Valen...
—Si me das las llaves de tu casa, yo me quedaré con ella. Y si tengo que hacer alguna visita, la llevaré conmigo.
Unos minutos después, los enfermeros cerraban la puerta de la ambulancia.
—No pasará nada, señora Watson. No se preocupe.
—Hasta la próxima vez —suspiró la mujer.
—Sí. Lo que no entiendo es por qué no está mejor con la dosis de corticoides que le hemos prescrito —dijo Paula.
¿Era su imaginación o la señora Watson no quería mirarla? El instinto le decía que allí ocurría algo raro...
—¿Cuánto tiempo tendrá que quedarse en el hospital?
—Probablemente estará de vuelta mañana. ¿Tiene idea de qué puede haber provocado el ataque? ¿Ha estado en contacto con animales o algo fuera de lo normal?
—No lo sé —contestó la señora Watson.
—Ya. Bueno, pues habrá que pensarlo.
Paula recordó las palabras de Catalina sobre que a la señora Watson no le gustaban las medicinas. ¿Sería eso lo que estaba pasando? ¿No le daba las medicinas a su hija? Preocupada, se dijo a sí misma que investigaría en cuanto Martina hubiera salido del hospital.
Paula escuchó las risas en cuanto abrió la puerta de su casa.Valen estaba tirada sobre la alfombra frente a la chimenea, intentando impedir que Pedro echase unas bolitas blancas en la boca de un hipopótamo de plástico.
—¡Hola, mamá! Estamos jugando al hipopótamo y he ganado dos veces.
—Es muy violenta —sonrió Pedro, dándole un golpecito en la mano—. ¡Esa bola es mía, ladrona!
Valen soltó una carcajada y metió la bolita en la boca del juguete.
—¡He ganado otra vez! —exclamó la niña, con las mejillas coloradas.
Paula soltó el maletín y se sentó en el enorme sofá blanco, agotada.
—¿Qué tal la fiesta de Halloween, enana?
—¡Muy bien! Había unos trajes muy bonitos, pero el mío era el más bonito de todos. ¿A que la máscara daba mucho miedo, Pedro?
—Mucho.
Paula hubiera esperado cualquier cosa, excepto aquella escena tan doméstica. Había esperado encontrar a Pedro leyendo en el sofá mientras la niña jugaba en su cuarto, pero lo encontró tumbado en la alfombra, con aquellos vaqueros que se ajustaban a sus muslos como un pecado, la camisa un poco desabrochada, mostrando el vello oscuro que cubría su torso... Tan atractivo, tan masculino... tan en su casa.
—El doctor Alfonso tiene que irse, cariño.
—No tengo prisa —dijo él.
—¿No puede quedarse a cenar? —preguntó Valen, saltando sobre el sofá—. Puedo ponerme el traje otra vez para darles un susto.
—No, gracias. No quiero tener pesadillas —sonrió Pedro—. Ya tengo bastantes problemas para dormir.
Paula tuvo que levantarse para disimular su agitación. Aquel hombre no se quedaría a cenar en su casa. ¡Ni muerta!
Lo Inesperado: Capítulo 27
—¿Quién te las ha regalado?
—El doctor Alfonso—contestó Franco.
¿Pedro había ido a verlo? ¿Por qué no se lo había dicho? Paula tomó una bota. Era de la mejor calidad, fabricada en Cumbria.
—Yaya, vaya.
—Dice que si no me van, iremos a cambiarlas, pero que no quiere volver a verme en la montaña sin el equipo adecuado —explicó el chico—. ¿Y sabe otra cosa? Me ha dicho que va a darme lecciones de escalada.
—¿Lecciones de escalada?
—Era instructor en el ejército. Es genial.
—Sí, genial —murmuró Paula.
No era lo que hubiera esperado de Pedro. Lo creía un hombre frío, egoísta. Y, sin embargo, iba a ver a Franco y se ofrecía a darle clases. ¿Lo habría juzgado mal?
—¿Cuántas veces ha venido a verte el doctor Alfonso?
—Dos. Y se quedó mucho rato. El primer día me dió la charla sobre lo inconsciente que había sido y eso. Pero luego ya fue más simpático.
Paula se mordió los labios. Pedro había hecho un buen trabajo. Franco se estaba recuperando, ilusionado por la idea de aprender a escalar.
—Vaya, se está haciendo tarde. Tengo que irme, pero volveré a verte la semana que viene. ¿De acuerdo?
—Muchas gracias, doctora Chaves.
Paula estaba estacionando frente a su casa cuando se abrió la puerta del establo y salió Pedro con el maletín en la mano. Debía ir a hacer alguna visita y, por su aspecto, parecía tener mucha prisa.
—¿Algún problema?
Pedro miró su moto y después a ella. Pareció tomar una decisión y, sin decir nada, entró en el coche y tiró el maletín en el asiento de atrás.
—¿Dónde vamos? —preguntó Paula, pisando el acelerador.
—A casa de Martina Watson.
—Oh, no. ¿Otro ataque de asma?
—Sí, y este parece grave —contestó él, mirando su reloj—. Han llamado a una ambulancia, pero parece que están ocupados con un accidente en la carretera. Su madre está completamente aterrorizada.
Conociendo a la madre de Martina, no le extrañaba nada. Cinco minutos después, Paula frenaba frente a un grupo de casitas.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la madre de Martina al verla—. Está en su habitación y casi no puede respirar... —dijo la mujer, con los ojos llenos de lágrimas—. Por favor, no la dejen morir...
—No pasará nada, no se preocupe.
Martina estaba en su cama, intentando respirar, con los labios amoratados.
—Necesita oxígeno —dijo Pedro. Paula ya había sacado la mascarilla y el tubo antes de que él terminara la frase—. Voy a usar aminofilina.
—¿Cuánto pesa Martina, señora Watson? —preguntó Paula.
—Treinta y cinco kilos —contestó la mujer, con expresión angustiada.
—Le daremos cinco miligramos por kilo. La niña los miraba, demasiado exhausta para hablar.
—Será mejor que le demos hidrocortisona —sugirió Paula.
Pedro asintió.
—Tiene un bronco espasmo severo. Después de aplicarla la medicación, Martina respiraba un poco mejor.
—Gracias a Dios —murmuró su madre.
Paula miró por la ventana.
—El doctor Alfonso—contestó Franco.
¿Pedro había ido a verlo? ¿Por qué no se lo había dicho? Paula tomó una bota. Era de la mejor calidad, fabricada en Cumbria.
—Yaya, vaya.
—Dice que si no me van, iremos a cambiarlas, pero que no quiere volver a verme en la montaña sin el equipo adecuado —explicó el chico—. ¿Y sabe otra cosa? Me ha dicho que va a darme lecciones de escalada.
—¿Lecciones de escalada?
—Era instructor en el ejército. Es genial.
—Sí, genial —murmuró Paula.
No era lo que hubiera esperado de Pedro. Lo creía un hombre frío, egoísta. Y, sin embargo, iba a ver a Franco y se ofrecía a darle clases. ¿Lo habría juzgado mal?
—¿Cuántas veces ha venido a verte el doctor Alfonso?
—Dos. Y se quedó mucho rato. El primer día me dió la charla sobre lo inconsciente que había sido y eso. Pero luego ya fue más simpático.
Paula se mordió los labios. Pedro había hecho un buen trabajo. Franco se estaba recuperando, ilusionado por la idea de aprender a escalar.
—Vaya, se está haciendo tarde. Tengo que irme, pero volveré a verte la semana que viene. ¿De acuerdo?
—Muchas gracias, doctora Chaves.
Paula estaba estacionando frente a su casa cuando se abrió la puerta del establo y salió Pedro con el maletín en la mano. Debía ir a hacer alguna visita y, por su aspecto, parecía tener mucha prisa.
—¿Algún problema?
Pedro miró su moto y después a ella. Pareció tomar una decisión y, sin decir nada, entró en el coche y tiró el maletín en el asiento de atrás.
—¿Dónde vamos? —preguntó Paula, pisando el acelerador.
—A casa de Martina Watson.
—Oh, no. ¿Otro ataque de asma?
—Sí, y este parece grave —contestó él, mirando su reloj—. Han llamado a una ambulancia, pero parece que están ocupados con un accidente en la carretera. Su madre está completamente aterrorizada.
Conociendo a la madre de Martina, no le extrañaba nada. Cinco minutos después, Paula frenaba frente a un grupo de casitas.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la madre de Martina al verla—. Está en su habitación y casi no puede respirar... —dijo la mujer, con los ojos llenos de lágrimas—. Por favor, no la dejen morir...
—No pasará nada, no se preocupe.
Martina estaba en su cama, intentando respirar, con los labios amoratados.
—Necesita oxígeno —dijo Pedro. Paula ya había sacado la mascarilla y el tubo antes de que él terminara la frase—. Voy a usar aminofilina.
—¿Cuánto pesa Martina, señora Watson? —preguntó Paula.
—Treinta y cinco kilos —contestó la mujer, con expresión angustiada.
—Le daremos cinco miligramos por kilo. La niña los miraba, demasiado exhausta para hablar.
—Será mejor que le demos hidrocortisona —sugirió Paula.
Pedro asintió.
—Tiene un bronco espasmo severo. Después de aplicarla la medicación, Martina respiraba un poco mejor.
—Gracias a Dios —murmuró su madre.
Paula miró por la ventana.
Lo Inesperado: Capítulo 26
Paula salió de la clínica y decidió ir a visitar a Franco. El chico estaba inmovilizado en el hospital, con la cara enterrada en un libro.
—Hola, trasto —lo saludó.
—¡Doctora Chaves! —exclamó Franco.
—¿Cómo estás?
—Me duele todo —confesó el crío—. Ya sé que he sido un tonto. El doctor Morgan me leyó la cartilla.
—Has salido de esta de milagro, Franco.
—Lo sé. El doctor Morgan me dijo que si el doctor Alfonso y usted no hubieran estado allí, podría haber muerto.
—Pero estábamos allí —suspiró Paula—. ¿Qué tal van tus niveles de azúcar?
—No demasiado mal.
—¿Qué estabas intentando probar, Franco?
—No lo sé. Bueno, sí. Es que estoy harto, doctora Chaves. No me gusta ser diferente de los demás chicos.
—No eres diferente, Franco. Sólo tienes diabetes.
—Pero eso me hace diferente. No puedo correr como los demás, no puedo comer lo mismo...
—¿Por qué no puedes correr? —lo interrumpió ella.
—Porque en el colegio se lo toman muy en serio y hacen competiciones. No se puede hacer un maratón si tienes que pararte de vez en cuando para comprobar cómo van los niveles de azúcar en la sangre...
—¿Y si no tuvieras que parar?
—Pero tengo que hacerlo.
—Cada día inventan monitores de glucosa más efectivos. Ahora hay uno que es casi igual de pequeño que un reloj.
—Pero tendría que parar de todas formas...
—No, podrías comprobar tu nivel de azúcar mientras estás corriendo.
—¿En serio?
—Sí. ¿Quieres que me informe de dónde podemos conseguirlo?
—¡Claro que sí! —exclamó Franco, con los ojos brillantes—. Eso sería estupendo, doctora Chaves.
—Muy bien. Ya te daré más noticias —sonrió Paula, mirando alrededor. En el suelo, descubrió un par de botas de montaña.
—Son bonitas, ¿Verdad?
—Hola, trasto —lo saludó.
—¡Doctora Chaves! —exclamó Franco.
—¿Cómo estás?
—Me duele todo —confesó el crío—. Ya sé que he sido un tonto. El doctor Morgan me leyó la cartilla.
—Has salido de esta de milagro, Franco.
—Lo sé. El doctor Morgan me dijo que si el doctor Alfonso y usted no hubieran estado allí, podría haber muerto.
—Pero estábamos allí —suspiró Paula—. ¿Qué tal van tus niveles de azúcar?
—No demasiado mal.
—¿Qué estabas intentando probar, Franco?
—No lo sé. Bueno, sí. Es que estoy harto, doctora Chaves. No me gusta ser diferente de los demás chicos.
—No eres diferente, Franco. Sólo tienes diabetes.
—Pero eso me hace diferente. No puedo correr como los demás, no puedo comer lo mismo...
—¿Por qué no puedes correr? —lo interrumpió ella.
—Porque en el colegio se lo toman muy en serio y hacen competiciones. No se puede hacer un maratón si tienes que pararte de vez en cuando para comprobar cómo van los niveles de azúcar en la sangre...
—¿Y si no tuvieras que parar?
—Pero tengo que hacerlo.
—Cada día inventan monitores de glucosa más efectivos. Ahora hay uno que es casi igual de pequeño que un reloj.
—Pero tendría que parar de todas formas...
—No, podrías comprobar tu nivel de azúcar mientras estás corriendo.
—¿En serio?
—Sí. ¿Quieres que me informe de dónde podemos conseguirlo?
—¡Claro que sí! —exclamó Franco, con los ojos brillantes—. Eso sería estupendo, doctora Chaves.
—Muy bien. Ya te daré más noticias —sonrió Paula, mirando alrededor. En el suelo, descubrió un par de botas de montaña.
—Son bonitas, ¿Verdad?
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