lunes, 8 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 54

-Jamás he dicho que despreciara a esa clase de mujer -corrigió con irritación-. Dije que despreciaba a las mujeres que se dedicaban a atrapar a los hombres para que las mantuvieran.

-¿Cómo  puedes  pensar  en  pagarme  todo?  ¿Cuánto duraría?  Tú  debes saber que... bueno...

 -Continúa.

La voz no era amable y Paula tragó saliva.

-Llevamos  viéndonos  casi  dos  meses  -comenzó  con  titubeos-.  Me  gustaría  saber  hacia  dónde ves  que  se  encamina  esta  relación.  Quiero decir, a largo plazo, por exponerlo de una manera.

-¿A largo plazo? -la miró detenidamente-. ¿Por eso tu estado de ánimo? ¿Te preocupa que pueda estar a punto de dejarte?

-Eres propenso al  aburrimiento  cuando  se  trata  de  mujeres.  Tú  mismo me lo has dicho.

-Tú no me aburres.

-Aún  no,  en  todo  caso  -se  miraron.  Si  la  situación  no  fuera  tan  seria, hasta podría ser cómica.

 -¿Qué quieres que diga, Paula?

-Quiero  que  me  digas  adonde  crees  que  vamos.  No  es  la  pregunta más difícil del mundo.

 -¿Y cómo  voy  a  saber  adonde  vamos?  ¡No  tengo  una  bola  de  cristal!

 -Sé  sincero,  yo  no  soy  la  clase  de  mujer  que  alguna  vez  hayas  tenido en mente para una relación a largo plazo, ¿Verdad? -preguntó. Había  pasado  el  momento  de  dar  rodeos.  Todas  las  preguntas  que  diplomáticamente  había  guardado,  salían  del  escondite-.  Soy  una  mujer que estuvo relacionada con tu hermano. Soy inglesa. Tengo un hijo de  otra  persona.   Jamás  podría  representar  una  unión  de  dinastías,  como  aquella...  aquella  chica  que  te  presentaron  en  la  fiesta de tu abuelo en Santorini.

-No.  Tienes  razón.  No  eres  la  clase  de  mujer  con  la  que  haya  contemplado casarme.

La contundencia  de  sus  palabras  cayó  como  veneno  en  el  silencio entre los dos. Paula se preguntó qué había esperado. ¿Que le hablara  cálidamente  de  compromiso?  ¿Quizá  que  introdujera  la  palabra amor en la conversación?


Pedro observó  cómo  la  derrota  se  asentaba  en  las  facciones  de  ella  como  una  sombra  tangible.  No  supo  por  qué  no  había  previsto esa  situación.  Debería  haber  sabido  que,  tarde  o  temprano,  ella  querría algo más de una relación que el simple placer de disfrutar del cuerpo del otro. «Es mejor así», pensó. Desde que la había conocido, había dejado de centrarse en lo único que valía la pena en el mundo; a  saber,  su  trabajo.  La  tenía  constantemente  en  la  cabeza  y  no  le  había  mentido  al  decirle  que  no  era  la  clase  de  mujer  con  la  que  hubiera pensado casarse alguna vez. Ya tenía planeado mentalmente su  eventual  matrimonio.  Con  una  mujer  griega,  probablemente  con  los  mismos  contactos  amplios  que  su  familia.  Sí,  podía  llamarse  una  unión  de  dinastías.  Sonaba  frío  pero  sería  práctico,  y  las  cosas  prácticas duraban. Miró el rostro dulce, en ese momento inescrutable, y  se  enfadó  consigo  mismo  por  la  confusión  y  pánico  agudos  que  sintió  ante  el  pensamiento  de  no  volver  a  verla,  tocarla,  estar  con  ella.

Prohibida: Capítulo 53

Sin  embargo,  al  llegar  el  viernes,  seguía  siendo  un  manojo  de  nervios. La había llamado para decirle a qué hora debía esperarlo y, como de costumbre, le había dicho lo mucho que la había echado de menos, extrañado su cuerpo sexy, despertar junto a ella en la cama. Paula trató  de  sonar  natural  y  se  preguntó  cuánto  durarían  esos  sentimientos  si  descubriera*  que  a  su  cuerpo  sexy  le  quedaba  un  tiempo limitado para adquirir un tamaño considerable. Dijo  que  estaría  con  ella  a  las  diez.  Las  reuniones  le  habían  ocupado todo el día, de ahí la ridícula hora a la que iba a llegar. Por primera vez desde que se había iniciado su frágil aventura, oyó el clic de la desconexión telefónica. Decidió que se trataba de una advertencia ominosa de lo que sucedería. Y  más  ominoso  aún  fue  que  llegó  tarde,  aunque  lleno  de  disculpas al cruzar la puerta poco después de las once.

 -Disculpas  y  champán  -dijo  con  una  sonrisa,  haciéndola  girar  para  que  lo  mirara  cuando  iba  a  irse  a  la  cocina-.  ¿Qué  sucede?  -preguntó,  introduciendo  los  dedos  en  su  cabello  para  obligarla  a  permanecer donde estaba y enfrentarse a su penetrante mirada.

 -Nada.

-¿Nada?   ¿Es   por   eso   que,   por   primera   vez,   te   sientes   súbitamente cansada?

 -La  gente  se  agota,  Pedro.  No  todos  poseen  tu  resistencia  -bajó  la  vista,  con  la  esperanza  de  mantener  una  semblanza  de  control,  aunque  podía  sentir  el  martilleo  de  su  corazón-.  Y  gracias  por  el  champán.  De  verdad.  Pero  creo  que  me  quedaría  dormida  con  la  primera copa.

-Ya te he dicho cuál es mi solución para tu problema de agotamiento -dejó la botella en el aparador junto a la puerta, se quitó la chaqueta y antes de que ella pudiera protestar, la alzó en brazos y se  dirigió  al  salón-.  Por lo general  -murmuró-,  no  vendría  en  esta  dirección, pero necesitamos hablar.

Ella asintió y dejó que la posara en el sofá, con los pies sobre su regazo para poder masajearlos.

 -Tienes razón. Necesitamos hablar, Pedro.

La mano de él se paralizó unos segundos antes de proseguir con la lánguida caricia de los pies.

-¿Has pensado  en  la  oferta que  te hice?  -instó  con  voz  satisfecha.

En  ningún  momento  se  le  habría  pasado  por  la  cabeza  que  ella  pudiera rechazarlo en serio. Retiró los pies y los acomodó debajo de sus piernas, fuera del alcance de esos dedos seductores.

-He  pensado  en  ello  y...  -se  preguntó  cómo  exponer  lo  que  necesitaba  decir-...  no  sé  por  qué  querrías  mantenerme.  Creía que  despreciabas  la  clase  de  mujer  que  busca  a  un  hombre  para  que  le  pague todos los gastos.

Prohibida: Capítulo 52

Tenía que serlo. Le costó no ir a los servicios durante el transcurso de lo que fue una tarde muy ajetreada para calmar sus nervios. Bastante más tarde, se preguntó si en el fondo no había sabido ya  que  recibiría  la  información  que  no  quería,  que  no  podría  comportarse con normalidad en el trabajo si así resultaba ser. De ahí su decisión de esperar hasta que Jamie se hubiera ido a la cama poco después de las siete...

 En  la  oscuridad  del  dormitorio,  yacía  en  la  cama  y  trataba  de  que  su  mente  soslayara  la  pesadilla  de  que  realmente  estaba  embarazada. No podía entender la causa, salvo que la píldora hubiera fallado en el peor momento posible. Tenía  cada  músculo  del  cuerpo  rígido  por  la  tensión  mientras  intentaba  dar  con  una  salida  a  ese  lío.  No  podía  contárselo  a  Pedro.  Intentó  imaginar  la  conversación  y  el  modo  de  lanzar  esa  pequeña  bomba mientras estuvieran hablando. ¿Cómo reaccionaría él? Sólo pensar en ello le provocaba náuseas. Ahí  había  un  hombre  que  no  quería  una  relación,  y  menos  una  con ella. Se mostraría frío, indeciblemente furioso. Hasta era posible que  pensara  que  lo  había  hecho  adrede  para  atraparlo  en  una  situación que jamás le habría ofrecido por propia voluntad. Peor aún, sin duda insistiría en tomar el control financiero. Las  lágrimas  se  asomaron  a  los  costado  de  sus  ojos  y  no  se  molestó en secarlas. Quería imaginar una conclusión cuerda a cualquier conversación que pudiera mantener con Pedro sobre esa súbita paternidad a la que se enfrentaba, pero no fue capaz. Se hallaba más allá del reino de su imaginación. Cuando  su  cerebro  ya  no  pudo  asimilar  la  enormidad  de  la  pesadilla,  se  quedó  dormida,  y  despertó  con  sólo  unos  felices  momentos  de  paz  antes  de  que  la  pesadilla  recobrara  su  implacable  ritmo. Era  mucho  peor  que  cuando  había  descubierto  que  estaba  embarazada  de  Joaquín.  Al  menos  entonces  la  había  embargado  el  optimismo  de  que  Oliver  sería  feliz,  de  que  estarían  juntos,  una  familia unida. Cuando sus esperanzas quedaron aplastadas, no hubo especulaciones  acerca  de  lo  siguiente  que  iba  a  pasar  en  ese  escenario. Ella criaría sola a su bebé y Rodrigo desaparecería. En  esa  ocasión,  no  había  optimismo.  Tampoco  certeza  hacia  dónde  conduciría  el  camino,  y  cuanto  más  analizaba  las  infelices  opciones,  más  llegaba  a  la  conclusión  de  que  Pedro no  iba  a  marcharse  y  a  desentenderse  del  niño.  Le  gustara  reconocerlo  o  no,  era un padre natural. Lo había visto en el modo en que se relacionaba con su hijo.

Con  la  proximidad  del  fin  de  semana,  empezó  a  ver  una  luz  tentativa al final del oscuro túnel. Tuvo  que  reconocer  que  no  era  una  luz  moralmente  muy  edificante, pero sí una luz, al fin y al cabo. Le  había  preguntado  si  aceptaría  su  ayuda  financiera,  si  se  convertiría  en  su  amante  mantenida,  a  todos  los  efectos.  Volvería  a  sacar  el  tema,  se  aseguraría  de  cruzar  los  límites  que  había  estado  evitando  de  forma  escrupulosa  durante  semanas.  Le  preguntaría  por  la relación que tenían. Con un solo atisbo de esperanza, se lo contaría,  confiaría  en  la  esperanza  ciega  de  que  pudieran  alcanzar  una  solución  amistosa.  Si  existía  algún  afecto,  ¿sería  del  todo  imposible? Lo intentaría partiendo de amistad. Si no había nada, entonces rompería la relación y desaparecería. Significaría dejar atrás al querido Federico, pero, ¿De qué otra manera podría hacerlo?

Prohibida: Capítulo 51

 -Es sorprendente. Sigo sin tener suficiente de tí -murmuró. Pasó los dedos por su cabello.

 -Sí,  es  asombroso,  ¿Verdad, Pedro?  -replicó  con  más  sequedad  que la pretendida.

-¿Qué quieres decir? -inquirió con voz súbitamente fría.

-Que la mayoría de los seres humanos no vería un par de meses como  una  asombrosa  proeza  de  resistencia  -sonrió  con  la  intención  de  desterrar  el  tono  de  sarcasmo  empleado-.  Aunque  -bromeó-  los  dos sabemos que tú no eres un ser humano normal.

 -Con  suerte,  eso  no  representará  una  disfunción  en  todos  los  sitios adecuados -murmuró con voz ronca y sexy que sabía que podía volverla gelatina.

-Deberías  irte.  Son  más  de  las  siete.  Dios  sabe  cómo  logras  funcionar con lo poco que duermes -le acarició la mejilla.

-Es  bonito  ver  que  te preocupa,  cariño  -rió  y  la  sometió  a  un  beso  prolongado,  seguido  de  una  lenta  exploración  de  sus  pechos.  «Algo  dulce  para  llevarme  en  el  viaje  de  vuelta»,  se  dijo,  alzando  la  vista del pezón que había estado succionando.

 La  agenda  que  aguardaba  en  su  bolso  cayó  en  un  olvido  momentáneo al echarse con un suspiro para disfrutar de la sensación de la boca alrededor de su pezón, de cómo disfrutaba de él. Cerró los dedos en el pelo de Pedro.

-Parece que tengo más hambre de lo que pensaba... -murmuró él con sonrisa traviesa. -Pedro, deberías irte, en serio...

 -¿Esa era su voz? ¿Débil por  el deseo?-  Además,  mañana he  de  levantarme  temprano...

-No tardaré mucho...

Apartó la colcha con la que se había cubierto antes, cuando aún tenía  algo  de  sentido  común,  y  le  separó  las  piernas  para  poder  enterrar  la  boca  en  la  suave  y  húmeda  feminidad,  extrayéndole  un  jadeo apagado de placer mientras probaba la dulce feminidad de ella.  Satisfacerse a sí  mismo  quedaba  en  segundo  lugar  ante  la  satisfacción   que   podía  brindarle  a  Paula,  y  eso  hizo  con  una  minuciosidad  que  la  derritió  debajo  de  él,  mientras  se  arqueaba  al  encuentro  de  su  lengua.   Pudo  sentir  ese  pequeño   capullo  contrayéndose  y  floreciendo  bajo  las  caricias  húmedas  y  sintió  el  estallido  de  placer  incontrolable  al  alcanzar  la  cumbre  de  excitación,  para  quedar  anegaba  bajo  una  oleada  tras  otra  de  satisfacción  sexual. Paula lo miró con expresión somnolienta cuando subió para darle un beso leve en la comisura de la boca.

 -Dulces sueños -dijo-. Siempre y cuando sean de nosotros dos.

-Como si pudiera soñar con otro -susurró con sinceridad.

«Como si pudiera». Al oír el clic de la puerta de entrada al cerrarse, tuvo la tentación de quedarse dormida, pero sólo duró el tiempo suficiente de darse  cuenta  de  que  así  únicamente  postergaría  un  problema  en  potencia.  Se  dijo  que  no  iba  a  haber  ningún  problema  mientras  bajaba en puntillas con la bata. «No», recalcó, recordando que se le retrasaba  el  periodo.  Aunque  eso  podía  significar  cualquier  cosa.  Su  reloj  corporal  jamás  se  había comportado  de forma  predecible  y,  además, tomaba la píldora, de modo que no podía estar embarazada. Prácticamente no  hacía  falta  tomarse  todas  las  molestias  de  comprar un test en la farmacia para demostrar lo que sabía que iba a probar, pero a la mañana siguiente apenas pudo concentrarse y a las doce y media se fue a la farmacia en lo que consideraba un trayecto inútil.

miércoles, 3 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 50

-Lo  que  demuestra  que  vivimos en  planetas  diferentes,  porque  para mí carece de lógica. Me gusta mi independencia, me gusta ganar mi propio dinero y no tener que depender de nadie.

 -Estabas  dispuesta  a  depender  de  mi  hermano  -señaló.

 De  inmediato se dió cuenta de que había sido una mala idea introducir a Federico en la conversación, cuando estaba a punto de irse. Sabía que a veces lo veía durante la semana, que a veces se la llevaba a ella y a Joaquín a  comer  fuera,  o  los  invitaba  a  uno  de  sus  restaurantes  para  poder sentarse con ellos y charlar aunque fuera sólo unos minutos.  Paula lo  miró  y  guardó  un  silencio  tenaz.  Federico y  ella  habían  preservado su secreto, pero sabía que la relación que tenían crispaba a Pedro.

-¿Y bien? -presionó él, sin hacerle caso a la voz que le decía que dejara  el  tema-.  En  todo  caso,  me  encuentro  en  una  posición  financiera  mucho  más  fuerte  para  cuidar  de  tus  necesidades,  por  lo  tanto, ¿Dónde está el problema? -sintió que el fuego lento comenzaba a  cobrar  ímpetu-.  También  considero  que  Joaquín debería  ir  a  una  escuela privada. Es demasiado brillante para una escuela antigua.

Se sintió momentáneamente distraída por la mención de su hijo. Los dos tenían una química especial y Joaquín lo adoraba. Otra  complicación  que iba a  tener  que  encarar en  algún   momento, y pronto. En   un   principio,   había empezado con   todas  sus buenas   intenciones.  Había cedido  a  la  abrumadora  atracción  que  sentían  el  uno  por  el  otro.  Pero  en  algún  punto  del  camino,  las  cosas  habían  empezado a torcerse y ella no había hecho nada para detenerlo.

-La educación de mi hijo no es asunto tuyo, Pedro.

 Él sintió que se ponía tenso y de inmediato se dijo que ella tenía toda la razón, algo que debía agradecer.

 -Sólo expongo un punto de vista.

 -Gracias. Pero, de verdad, no puedo ni siquiera pensar en poder pagar un colegio privado.

 -Tú no tienes que pagar nada -dijo con impaciencia-. Yo lo haría.

-¿Podemos hablar de esto en otra ocasión?

 -¿Dentro de un par  de meses, quieres  decir?  Ya  hemos dispuesto de eso. ¿Esperamos otros dos?

Paula se  sentó  y  lo  miró,  boquiabierta,  a  medida  que  en  su  cabeza cobraba vida un pensamiento súbito.

-¿Qué has dicho? -preguntó con la boca seca.

Pedro la miró con ojos entrecerrados.

 -¿Qué sucede?

-¿Perdón? ¿Qué? -Paula parpadeó, desesperada por que se fuera y poder consultar la agenda que tenía en el bolso.

-Olvídalo. He de irme.

 A  veces, las  despedidas  se   demoraban  porque  un  simple  contacto hacía que él volviera a meterse en la cama. En ese instante, apenas fue consciente de que le alzaba el mentón para poder mirarla y darle un beso.

Prohibida: Capítulo 49

Llena  de  pereza,  desde  la  cama  miraba  a  Pedro vestirse.  Le  encantaba  y  lo  detestaba  al  mismo  tiempo,  porque  marcaba  el  final  del fin de semana, y eso la acercaba a perderlo. Todavía le costaba creer que se hallara en la posición en la que se  encontraba  en  ese  momento,  esclava  de  un  amante  que  no  la  amaba,  adicta  a  su  personalidad  con  una  compulsión  que  no  era  recíproca y aterrada por la inevitable pérdida. Ni una sola vez en las últimas semanas le había susurrado una palabra cariñosa. Ni siquiera dominado por la pasión. Disfrutaba con ella y así se lo decía, pero, ¿Amor...? No. Aunque ya  no  la  viera  como  una  cazafortunas,  en  el  fondo  de  su  mente  seguía  siendo  la  mujer  que  había  estado  dispuesta  a  vender  los  principios propios y personales por el bien de la seguridad financiera y  emocional.  Había  utilizado  a  su  hermano,  lo  quisiera  reconocer  o  no, y por ello no tenía dudas en utilizarla a ella. Era la peor de todas las situaciones posibles, pero aun así Paula lo aceptaba, porque no podía evitarlo. Pedro viajaba  para  verla  los  viernes,  a  veces  los  sábados,  y  siempre  se  marchaba  los  domingos  por  la  noche,  después  de  que  Joaquín se  hubiera  ido  a  la  cama.  Ya  estuviera  en  Atenas  o,  con  más  frecuencia, en Londres, realizaba el viaje. Pero todo era por sexo. Al menos para Pedro. Ni siquiera estaba segura de que a él le gustara eso, por la debilidad que representaba. Había  ocasiones  en  las  que  haciendo  el  amor  se  hallaban  ante  el  abismo,  cuando  decía  que  Paula era  su  pequeña  bruja,  y  ella  era  tristemente consciente de que no lo manifestaba como un cumplido. Pero  ahí  estaba, amándolo  más  con  cada  fin  de  semana  que  pasaba,  a  sabiendas  de  que  era  una  tonta.  Puede  que  no  estuviera  casado  como  había  sucedido  con  Rodrigo,  pero  era  igual  de  peligroso  para su salud.

 -Estás  muy  pensativa  -comentó  sin  volverse,  mientras  se  ponía  los pantalones y la camisa-. ¿En qué piensas?

 «En  nosotros  y  hacia  dónde  vamos»,  quiso  responder.  «En  lo  que va a ser de mí cuando te aburras y decidas seguir adelante. ¿Me lo  harás  saber  o,  simplemente,  dejarás  de  aparecer?  Después  de  todo, una mujer carente de ética moral no merece la dignidad de una despedida, ¿Verdad?»

-Oh,  en  nada.  Supongo  que  en  el  trabajo  de  mañana.  Odio  los  lunes.

-Siempre podrías dejarlo -se volvió para mirarla mientras seguía abotonándose la camisa.

 -Oh,  sí.  Qué  buena  idea.  Puedo  dejarlo  y  dedicar  mi  tiempo  esperando que el dinero comience a crecer de los árboles -rió, pero él no  la  imitó-.  Bromeas,  ¿Verdad?  -sintió  que  los  ojos  le  recorrían  el  cuerpo  desnudo.

 Le  gustaba  mirarla  cuando  se  vestía  y  había  descubierto que también a ella le gustaba esa sensación licenciosa de que él estuviera totalmente vestido y ella no llevara puesto nada.

 -Soy rico -se encogió de hombros, pero sus ojos se mantuvieron atentos y penetrantes-. Puedo permitirme el lujo de mantenerte.

Paula trató  de  no  reflejar  que  se  sentía  como  si  acabaran  de  darle una bofetada.

 -Quieres decir que puedes permitirte el lujo de comprarme.

-No necesito comprarte, Paula. Ya eres mía.

 -Dios,  Pedro-se  puso  de  costado  y  se  cubrió  con  la  colcha-.  A  veces me sorprendes -contuvo las lágrimas.

-Sólo expongo un hecho -rodeó la cama y se sentó junto a ella, inmovilizándole  la  cara  cuando  quiso  girarla-.  Al  llegar  el  fin  de  semana, estás agotada. ¿Qué hay de malo en que un hombre quiera hacer  algo  para  aliviar  la  extenuación  de  su  amante?  Para  mí  es  perfectamente lógico.

Prohibida: Capítulo 48

-No  pares  -susurró  Paula. 

Sus  palabras  cayeron  en  el  silencio  denso con la contundencia de una puerta al cerrarse, y no le importó. No  le  importaba  si  el  sexo  era  el  único  plato  del  menú,  no  le  importaba  si  la  consideraba  una  mujer  de  principios  dudosos,  no  le  importaba nada salvo que ese hombre grande la poseyera absoluta y completamente. Había  dicho  que  sería  gentil  con  ella  y  sabía  que  debería  serlo,  aunque  sentía  bien  el  pie,  pero  la  asombró  descubrir  que  no  quería  que fuera gentil, que lo quería encendido y rudo. Observó   mientras   continuaba   quitándose   la   ropa   y   gimió   suavemente cuando la última prenda se unió al resto en el suelo. Era magnífico.  Hombros  anchos,  un  torso  duro  y  trabajado  que  se  estrechaba  hasta  llegar  a  una  masculinidad  que  no  le  dejó  duda  alguna  de  que  estaba  tan  excitado  como  ella.  Cuando  se  tocó  levemente,  no  pudo  contener  que  un  gemido  pleno  escapara  de  sus  labios.  Se  sentía  más  que  húmeda.  Un  simple  contacto  la  haría  estallar.

-¿Te  gusta  lo  que  ves,  Paula?  -preguntó  con  voz  ronca  y  la  vió  asentir-.  Ahora  es  tu  turno  -le  dedicó  una  sonrisa  lenta  y  ella  se  la  devolvió con timidez.

-Puede  que  no  te  atraiga  lo  que  veas,  Pedro.  No  soy  una  de  las  mujeres que te gustan de tipo voluptuoso.

-Ya  he  disfrutado  de  un  vistazo,  por  si  lo  has  olvidado,  y  créeme,  me  gustó  lo  que  ví.  No,  no  te  quites  nada,  eso  quiero  saborearlo yo.

Consciente de su pie, Pedro se situó  a  horcajadas  de  ella,  luego  la ayudó a quitarse la camiseta. Cuando iba a soltarse el sujetador a la espalda, la detuvo.

 -Poco a poco -susurró.

 ¡Dios,  le  temblaban  las  manos  como  a  un  adolescente  en  su  primer  encuentro  sexual!  El  amante  consumado  se  había  convertido  de  pronto  en  un  novato  que  apenas  era  capaz  de  contenerse. Había  pensado  a  menudo  en  esos  pechos,  pero  al  bajarle  las  tiras  del  sujetador,  se  vió  asaltado  por  un  poderoso  impulso  de  lujuria.  Esos  pezones grandes y sexys con las cumbres enhiestas eran el pináculo de la belleza. Los probaría pronto, disfrutaría del placer de lamerlos y del  embriagador  estímulo  de  sentirla  encogerse  bajo  su  lengua  exploradora. Pero, por el momento, había más que ver, mucho más. Le quitó el sujetador y liberó en su plenitud esos maravillosos pechos, y durante unos momentos se sintió satisfecho sólo de devorarlos con los ojos.

Luego,  lenta,  cuidadosamente,  bajó  la  falda  de  cintura  elástica.  Su cuerpo era esbelto y firme, con una gracia de muchacho que hizo que  se  preguntara  cómo  había  podido  encontrar  excitantes  esos  cuerpos  de  pechos  y  curvas  generosos.  Enganchó  los  dedos  en  los  costados  de  las  braguitas  y  muy  despacio  se  las  bajó  y  contuvo  el  aliento  cuando  su  desnudez quedó  finalmente  expuesta.  Un  vello  rubio  y  suave  le  cubría  el  sitio  que  anhelaba  y  necesitaba  probar.  Tuvo que recurrir a una fuerza de voluntad férrea para recordar que debía  ser  gentil.  Y  lo  fue  mientras  se  inclinaba  y  le  besaba  la  boca  entreabierta,  lanzando  la  lengua  contra  la  suya  pero  tomándose  tiempo,  descendiendo  desde  la  boca  hasta  el  cuello,  y  de  allí  a  los  pechos, donde se perdió en el deleite de succionarlos.  Luego bajó aún más,  deslizando  la  lengua  por  los  planos  lisos  de  su  estómago  para  jugar  con  el  ombligo  diminuto,  hasta  continuar  a  la  humedad  dulce  entre sus piernas. Apoyó las manos en los costados de sus muslos y, con un gemido apagado, introdujo la lengua curiosa en esa intimidad, buscando y encontrando el pequeño capullo que excitó hasta que ella no  pudo  contener  más  los  gemidos  suaves  que  lo  instaban  a  continuar  mientras  le  apoyaba  la  mano  en  la  nuca  y  sus  piernas  se  abrían para acomodar la boca hambrienta...