-Jamás he dicho que despreciara a esa clase de mujer -corrigió con irritación-. Dije que despreciaba a las mujeres que se dedicaban a atrapar a los hombres para que las mantuvieran.
-¿Cómo puedes pensar en pagarme todo? ¿Cuánto duraría? Tú debes saber que... bueno...
-Continúa.
La voz no era amable y Paula tragó saliva.
-Llevamos viéndonos casi dos meses -comenzó con titubeos-. Me gustaría saber hacia dónde ves que se encamina esta relación. Quiero decir, a largo plazo, por exponerlo de una manera.
-¿A largo plazo? -la miró detenidamente-. ¿Por eso tu estado de ánimo? ¿Te preocupa que pueda estar a punto de dejarte?
-Eres propenso al aburrimiento cuando se trata de mujeres. Tú mismo me lo has dicho.
-Tú no me aburres.
-Aún no, en todo caso -se miraron. Si la situación no fuera tan seria, hasta podría ser cómica.
-¿Qué quieres que diga, Paula?
-Quiero que me digas adonde crees que vamos. No es la pregunta más difícil del mundo.
-¿Y cómo voy a saber adonde vamos? ¡No tengo una bola de cristal!
-Sé sincero, yo no soy la clase de mujer que alguna vez hayas tenido en mente para una relación a largo plazo, ¿Verdad? -preguntó. Había pasado el momento de dar rodeos. Todas las preguntas que diplomáticamente había guardado, salían del escondite-. Soy una mujer que estuvo relacionada con tu hermano. Soy inglesa. Tengo un hijo de otra persona. Jamás podría representar una unión de dinastías, como aquella... aquella chica que te presentaron en la fiesta de tu abuelo en Santorini.
-No. Tienes razón. No eres la clase de mujer con la que haya contemplado casarme.
La contundencia de sus palabras cayó como veneno en el silencio entre los dos. Paula se preguntó qué había esperado. ¿Que le hablara cálidamente de compromiso? ¿Quizá que introdujera la palabra amor en la conversación?
Pedro observó cómo la derrota se asentaba en las facciones de ella como una sombra tangible. No supo por qué no había previsto esa situación. Debería haber sabido que, tarde o temprano, ella querría algo más de una relación que el simple placer de disfrutar del cuerpo del otro. «Es mejor así», pensó. Desde que la había conocido, había dejado de centrarse en lo único que valía la pena en el mundo; a saber, su trabajo. La tenía constantemente en la cabeza y no le había mentido al decirle que no era la clase de mujer con la que hubiera pensado casarse alguna vez. Ya tenía planeado mentalmente su eventual matrimonio. Con una mujer griega, probablemente con los mismos contactos amplios que su familia. Sí, podía llamarse una unión de dinastías. Sonaba frío pero sería práctico, y las cosas prácticas duraban. Miró el rostro dulce, en ese momento inescrutable, y se enfadó consigo mismo por la confusión y pánico agudos que sintió ante el pensamiento de no volver a verla, tocarla, estar con ella.
lunes, 8 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 53
Sin embargo, al llegar el viernes, seguía siendo un manojo de nervios. La había llamado para decirle a qué hora debía esperarlo y, como de costumbre, le había dicho lo mucho que la había echado de menos, extrañado su cuerpo sexy, despertar junto a ella en la cama. Paula trató de sonar natural y se preguntó cuánto durarían esos sentimientos si descubriera* que a su cuerpo sexy le quedaba un tiempo limitado para adquirir un tamaño considerable. Dijo que estaría con ella a las diez. Las reuniones le habían ocupado todo el día, de ahí la ridícula hora a la que iba a llegar. Por primera vez desde que se había iniciado su frágil aventura, oyó el clic de la desconexión telefónica. Decidió que se trataba de una advertencia ominosa de lo que sucedería. Y más ominoso aún fue que llegó tarde, aunque lleno de disculpas al cruzar la puerta poco después de las once.
-Disculpas y champán -dijo con una sonrisa, haciéndola girar para que lo mirara cuando iba a irse a la cocina-. ¿Qué sucede? -preguntó, introduciendo los dedos en su cabello para obligarla a permanecer donde estaba y enfrentarse a su penetrante mirada.
-Nada.
-¿Nada? ¿Es por eso que, por primera vez, te sientes súbitamente cansada?
-La gente se agota, Pedro. No todos poseen tu resistencia -bajó la vista, con la esperanza de mantener una semblanza de control, aunque podía sentir el martilleo de su corazón-. Y gracias por el champán. De verdad. Pero creo que me quedaría dormida con la primera copa.
-Ya te he dicho cuál es mi solución para tu problema de agotamiento -dejó la botella en el aparador junto a la puerta, se quitó la chaqueta y antes de que ella pudiera protestar, la alzó en brazos y se dirigió al salón-. Por lo general -murmuró-, no vendría en esta dirección, pero necesitamos hablar.
Ella asintió y dejó que la posara en el sofá, con los pies sobre su regazo para poder masajearlos.
-Tienes razón. Necesitamos hablar, Pedro.
La mano de él se paralizó unos segundos antes de proseguir con la lánguida caricia de los pies.
-¿Has pensado en la oferta que te hice? -instó con voz satisfecha.
En ningún momento se le habría pasado por la cabeza que ella pudiera rechazarlo en serio. Retiró los pies y los acomodó debajo de sus piernas, fuera del alcance de esos dedos seductores.
-He pensado en ello y... -se preguntó cómo exponer lo que necesitaba decir-... no sé por qué querrías mantenerme. Creía que despreciabas la clase de mujer que busca a un hombre para que le pague todos los gastos.
-Disculpas y champán -dijo con una sonrisa, haciéndola girar para que lo mirara cuando iba a irse a la cocina-. ¿Qué sucede? -preguntó, introduciendo los dedos en su cabello para obligarla a permanecer donde estaba y enfrentarse a su penetrante mirada.
-Nada.
-¿Nada? ¿Es por eso que, por primera vez, te sientes súbitamente cansada?
-La gente se agota, Pedro. No todos poseen tu resistencia -bajó la vista, con la esperanza de mantener una semblanza de control, aunque podía sentir el martilleo de su corazón-. Y gracias por el champán. De verdad. Pero creo que me quedaría dormida con la primera copa.
-Ya te he dicho cuál es mi solución para tu problema de agotamiento -dejó la botella en el aparador junto a la puerta, se quitó la chaqueta y antes de que ella pudiera protestar, la alzó en brazos y se dirigió al salón-. Por lo general -murmuró-, no vendría en esta dirección, pero necesitamos hablar.
Ella asintió y dejó que la posara en el sofá, con los pies sobre su regazo para poder masajearlos.
-Tienes razón. Necesitamos hablar, Pedro.
La mano de él se paralizó unos segundos antes de proseguir con la lánguida caricia de los pies.
-¿Has pensado en la oferta que te hice? -instó con voz satisfecha.
En ningún momento se le habría pasado por la cabeza que ella pudiera rechazarlo en serio. Retiró los pies y los acomodó debajo de sus piernas, fuera del alcance de esos dedos seductores.
-He pensado en ello y... -se preguntó cómo exponer lo que necesitaba decir-... no sé por qué querrías mantenerme. Creía que despreciabas la clase de mujer que busca a un hombre para que le pague todos los gastos.
Prohibida: Capítulo 52
Tenía que serlo. Le costó no ir a los servicios durante el transcurso de lo que fue una tarde muy ajetreada para calmar sus nervios. Bastante más tarde, se preguntó si en el fondo no había sabido ya que recibiría la información que no quería, que no podría comportarse con normalidad en el trabajo si así resultaba ser. De ahí su decisión de esperar hasta que Jamie se hubiera ido a la cama poco después de las siete...
En la oscuridad del dormitorio, yacía en la cama y trataba de que su mente soslayara la pesadilla de que realmente estaba embarazada. No podía entender la causa, salvo que la píldora hubiera fallado en el peor momento posible. Tenía cada músculo del cuerpo rígido por la tensión mientras intentaba dar con una salida a ese lío. No podía contárselo a Pedro. Intentó imaginar la conversación y el modo de lanzar esa pequeña bomba mientras estuvieran hablando. ¿Cómo reaccionaría él? Sólo pensar en ello le provocaba náuseas. Ahí había un hombre que no quería una relación, y menos una con ella. Se mostraría frío, indeciblemente furioso. Hasta era posible que pensara que lo había hecho adrede para atraparlo en una situación que jamás le habría ofrecido por propia voluntad. Peor aún, sin duda insistiría en tomar el control financiero. Las lágrimas se asomaron a los costado de sus ojos y no se molestó en secarlas. Quería imaginar una conclusión cuerda a cualquier conversación que pudiera mantener con Pedro sobre esa súbita paternidad a la que se enfrentaba, pero no fue capaz. Se hallaba más allá del reino de su imaginación. Cuando su cerebro ya no pudo asimilar la enormidad de la pesadilla, se quedó dormida, y despertó con sólo unos felices momentos de paz antes de que la pesadilla recobrara su implacable ritmo. Era mucho peor que cuando había descubierto que estaba embarazada de Joaquín. Al menos entonces la había embargado el optimismo de que Oliver sería feliz, de que estarían juntos, una familia unida. Cuando sus esperanzas quedaron aplastadas, no hubo especulaciones acerca de lo siguiente que iba a pasar en ese escenario. Ella criaría sola a su bebé y Rodrigo desaparecería. En esa ocasión, no había optimismo. Tampoco certeza hacia dónde conduciría el camino, y cuanto más analizaba las infelices opciones, más llegaba a la conclusión de que Pedro no iba a marcharse y a desentenderse del niño. Le gustara reconocerlo o no, era un padre natural. Lo había visto en el modo en que se relacionaba con su hijo.
Con la proximidad del fin de semana, empezó a ver una luz tentativa al final del oscuro túnel. Tuvo que reconocer que no era una luz moralmente muy edificante, pero sí una luz, al fin y al cabo. Le había preguntado si aceptaría su ayuda financiera, si se convertiría en su amante mantenida, a todos los efectos. Volvería a sacar el tema, se aseguraría de cruzar los límites que había estado evitando de forma escrupulosa durante semanas. Le preguntaría por la relación que tenían. Con un solo atisbo de esperanza, se lo contaría, confiaría en la esperanza ciega de que pudieran alcanzar una solución amistosa. Si existía algún afecto, ¿sería del todo imposible? Lo intentaría partiendo de amistad. Si no había nada, entonces rompería la relación y desaparecería. Significaría dejar atrás al querido Federico, pero, ¿De qué otra manera podría hacerlo?
En la oscuridad del dormitorio, yacía en la cama y trataba de que su mente soslayara la pesadilla de que realmente estaba embarazada. No podía entender la causa, salvo que la píldora hubiera fallado en el peor momento posible. Tenía cada músculo del cuerpo rígido por la tensión mientras intentaba dar con una salida a ese lío. No podía contárselo a Pedro. Intentó imaginar la conversación y el modo de lanzar esa pequeña bomba mientras estuvieran hablando. ¿Cómo reaccionaría él? Sólo pensar en ello le provocaba náuseas. Ahí había un hombre que no quería una relación, y menos una con ella. Se mostraría frío, indeciblemente furioso. Hasta era posible que pensara que lo había hecho adrede para atraparlo en una situación que jamás le habría ofrecido por propia voluntad. Peor aún, sin duda insistiría en tomar el control financiero. Las lágrimas se asomaron a los costado de sus ojos y no se molestó en secarlas. Quería imaginar una conclusión cuerda a cualquier conversación que pudiera mantener con Pedro sobre esa súbita paternidad a la que se enfrentaba, pero no fue capaz. Se hallaba más allá del reino de su imaginación. Cuando su cerebro ya no pudo asimilar la enormidad de la pesadilla, se quedó dormida, y despertó con sólo unos felices momentos de paz antes de que la pesadilla recobrara su implacable ritmo. Era mucho peor que cuando había descubierto que estaba embarazada de Joaquín. Al menos entonces la había embargado el optimismo de que Oliver sería feliz, de que estarían juntos, una familia unida. Cuando sus esperanzas quedaron aplastadas, no hubo especulaciones acerca de lo siguiente que iba a pasar en ese escenario. Ella criaría sola a su bebé y Rodrigo desaparecería. En esa ocasión, no había optimismo. Tampoco certeza hacia dónde conduciría el camino, y cuanto más analizaba las infelices opciones, más llegaba a la conclusión de que Pedro no iba a marcharse y a desentenderse del niño. Le gustara reconocerlo o no, era un padre natural. Lo había visto en el modo en que se relacionaba con su hijo.
Con la proximidad del fin de semana, empezó a ver una luz tentativa al final del oscuro túnel. Tuvo que reconocer que no era una luz moralmente muy edificante, pero sí una luz, al fin y al cabo. Le había preguntado si aceptaría su ayuda financiera, si se convertiría en su amante mantenida, a todos los efectos. Volvería a sacar el tema, se aseguraría de cruzar los límites que había estado evitando de forma escrupulosa durante semanas. Le preguntaría por la relación que tenían. Con un solo atisbo de esperanza, se lo contaría, confiaría en la esperanza ciega de que pudieran alcanzar una solución amistosa. Si existía algún afecto, ¿sería del todo imposible? Lo intentaría partiendo de amistad. Si no había nada, entonces rompería la relación y desaparecería. Significaría dejar atrás al querido Federico, pero, ¿De qué otra manera podría hacerlo?
Prohibida: Capítulo 51
-Es sorprendente. Sigo sin tener suficiente de tí -murmuró. Pasó los dedos por su cabello.
-Sí, es asombroso, ¿Verdad, Pedro? -replicó con más sequedad que la pretendida.
-¿Qué quieres decir? -inquirió con voz súbitamente fría.
-Que la mayoría de los seres humanos no vería un par de meses como una asombrosa proeza de resistencia -sonrió con la intención de desterrar el tono de sarcasmo empleado-. Aunque -bromeó- los dos sabemos que tú no eres un ser humano normal.
-Con suerte, eso no representará una disfunción en todos los sitios adecuados -murmuró con voz ronca y sexy que sabía que podía volverla gelatina.
-Deberías irte. Son más de las siete. Dios sabe cómo logras funcionar con lo poco que duermes -le acarició la mejilla.
-Es bonito ver que te preocupa, cariño -rió y la sometió a un beso prolongado, seguido de una lenta exploración de sus pechos. «Algo dulce para llevarme en el viaje de vuelta», se dijo, alzando la vista del pezón que había estado succionando.
La agenda que aguardaba en su bolso cayó en un olvido momentáneo al echarse con un suspiro para disfrutar de la sensación de la boca alrededor de su pezón, de cómo disfrutaba de él. Cerró los dedos en el pelo de Pedro.
-Parece que tengo más hambre de lo que pensaba... -murmuró él con sonrisa traviesa. -Pedro, deberías irte, en serio...
-¿Esa era su voz? ¿Débil por el deseo?- Además, mañana he de levantarme temprano...
-No tardaré mucho...
Apartó la colcha con la que se había cubierto antes, cuando aún tenía algo de sentido común, y le separó las piernas para poder enterrar la boca en la suave y húmeda feminidad, extrayéndole un jadeo apagado de placer mientras probaba la dulce feminidad de ella. Satisfacerse a sí mismo quedaba en segundo lugar ante la satisfacción que podía brindarle a Paula, y eso hizo con una minuciosidad que la derritió debajo de él, mientras se arqueaba al encuentro de su lengua. Pudo sentir ese pequeño capullo contrayéndose y floreciendo bajo las caricias húmedas y sintió el estallido de placer incontrolable al alcanzar la cumbre de excitación, para quedar anegaba bajo una oleada tras otra de satisfacción sexual. Paula lo miró con expresión somnolienta cuando subió para darle un beso leve en la comisura de la boca.
-Dulces sueños -dijo-. Siempre y cuando sean de nosotros dos.
-Como si pudiera soñar con otro -susurró con sinceridad.
«Como si pudiera». Al oír el clic de la puerta de entrada al cerrarse, tuvo la tentación de quedarse dormida, pero sólo duró el tiempo suficiente de darse cuenta de que así únicamente postergaría un problema en potencia. Se dijo que no iba a haber ningún problema mientras bajaba en puntillas con la bata. «No», recalcó, recordando que se le retrasaba el periodo. Aunque eso podía significar cualquier cosa. Su reloj corporal jamás se había comportado de forma predecible y, además, tomaba la píldora, de modo que no podía estar embarazada. Prácticamente no hacía falta tomarse todas las molestias de comprar un test en la farmacia para demostrar lo que sabía que iba a probar, pero a la mañana siguiente apenas pudo concentrarse y a las doce y media se fue a la farmacia en lo que consideraba un trayecto inútil.
-Sí, es asombroso, ¿Verdad, Pedro? -replicó con más sequedad que la pretendida.
-¿Qué quieres decir? -inquirió con voz súbitamente fría.
-Que la mayoría de los seres humanos no vería un par de meses como una asombrosa proeza de resistencia -sonrió con la intención de desterrar el tono de sarcasmo empleado-. Aunque -bromeó- los dos sabemos que tú no eres un ser humano normal.
-Con suerte, eso no representará una disfunción en todos los sitios adecuados -murmuró con voz ronca y sexy que sabía que podía volverla gelatina.
-Deberías irte. Son más de las siete. Dios sabe cómo logras funcionar con lo poco que duermes -le acarició la mejilla.
-Es bonito ver que te preocupa, cariño -rió y la sometió a un beso prolongado, seguido de una lenta exploración de sus pechos. «Algo dulce para llevarme en el viaje de vuelta», se dijo, alzando la vista del pezón que había estado succionando.
La agenda que aguardaba en su bolso cayó en un olvido momentáneo al echarse con un suspiro para disfrutar de la sensación de la boca alrededor de su pezón, de cómo disfrutaba de él. Cerró los dedos en el pelo de Pedro.
-Parece que tengo más hambre de lo que pensaba... -murmuró él con sonrisa traviesa. -Pedro, deberías irte, en serio...
-¿Esa era su voz? ¿Débil por el deseo?- Además, mañana he de levantarme temprano...
-No tardaré mucho...
Apartó la colcha con la que se había cubierto antes, cuando aún tenía algo de sentido común, y le separó las piernas para poder enterrar la boca en la suave y húmeda feminidad, extrayéndole un jadeo apagado de placer mientras probaba la dulce feminidad de ella. Satisfacerse a sí mismo quedaba en segundo lugar ante la satisfacción que podía brindarle a Paula, y eso hizo con una minuciosidad que la derritió debajo de él, mientras se arqueaba al encuentro de su lengua. Pudo sentir ese pequeño capullo contrayéndose y floreciendo bajo las caricias húmedas y sintió el estallido de placer incontrolable al alcanzar la cumbre de excitación, para quedar anegaba bajo una oleada tras otra de satisfacción sexual. Paula lo miró con expresión somnolienta cuando subió para darle un beso leve en la comisura de la boca.
-Dulces sueños -dijo-. Siempre y cuando sean de nosotros dos.
-Como si pudiera soñar con otro -susurró con sinceridad.
«Como si pudiera». Al oír el clic de la puerta de entrada al cerrarse, tuvo la tentación de quedarse dormida, pero sólo duró el tiempo suficiente de darse cuenta de que así únicamente postergaría un problema en potencia. Se dijo que no iba a haber ningún problema mientras bajaba en puntillas con la bata. «No», recalcó, recordando que se le retrasaba el periodo. Aunque eso podía significar cualquier cosa. Su reloj corporal jamás se había comportado de forma predecible y, además, tomaba la píldora, de modo que no podía estar embarazada. Prácticamente no hacía falta tomarse todas las molestias de comprar un test en la farmacia para demostrar lo que sabía que iba a probar, pero a la mañana siguiente apenas pudo concentrarse y a las doce y media se fue a la farmacia en lo que consideraba un trayecto inútil.
miércoles, 3 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 50
-Lo que demuestra que vivimos en planetas diferentes, porque para mí carece de lógica. Me gusta mi independencia, me gusta ganar mi propio dinero y no tener que depender de nadie.
-Estabas dispuesta a depender de mi hermano -señaló.
De inmediato se dió cuenta de que había sido una mala idea introducir a Federico en la conversación, cuando estaba a punto de irse. Sabía que a veces lo veía durante la semana, que a veces se la llevaba a ella y a Joaquín a comer fuera, o los invitaba a uno de sus restaurantes para poder sentarse con ellos y charlar aunque fuera sólo unos minutos. Paula lo miró y guardó un silencio tenaz. Federico y ella habían preservado su secreto, pero sabía que la relación que tenían crispaba a Pedro.
-¿Y bien? -presionó él, sin hacerle caso a la voz que le decía que dejara el tema-. En todo caso, me encuentro en una posición financiera mucho más fuerte para cuidar de tus necesidades, por lo tanto, ¿Dónde está el problema? -sintió que el fuego lento comenzaba a cobrar ímpetu-. También considero que Joaquín debería ir a una escuela privada. Es demasiado brillante para una escuela antigua.
Se sintió momentáneamente distraída por la mención de su hijo. Los dos tenían una química especial y Joaquín lo adoraba. Otra complicación que iba a tener que encarar en algún momento, y pronto. En un principio, había empezado con todas sus buenas intenciones. Había cedido a la abrumadora atracción que sentían el uno por el otro. Pero en algún punto del camino, las cosas habían empezado a torcerse y ella no había hecho nada para detenerlo.
-La educación de mi hijo no es asunto tuyo, Pedro.
Él sintió que se ponía tenso y de inmediato se dijo que ella tenía toda la razón, algo que debía agradecer.
-Sólo expongo un punto de vista.
-Gracias. Pero, de verdad, no puedo ni siquiera pensar en poder pagar un colegio privado.
-Tú no tienes que pagar nada -dijo con impaciencia-. Yo lo haría.
-¿Podemos hablar de esto en otra ocasión?
-¿Dentro de un par de meses, quieres decir? Ya hemos dispuesto de eso. ¿Esperamos otros dos?
Paula se sentó y lo miró, boquiabierta, a medida que en su cabeza cobraba vida un pensamiento súbito.
-¿Qué has dicho? -preguntó con la boca seca.
Pedro la miró con ojos entrecerrados.
-¿Qué sucede?
-¿Perdón? ¿Qué? -Paula parpadeó, desesperada por que se fuera y poder consultar la agenda que tenía en el bolso.
-Olvídalo. He de irme.
A veces, las despedidas se demoraban porque un simple contacto hacía que él volviera a meterse en la cama. En ese instante, apenas fue consciente de que le alzaba el mentón para poder mirarla y darle un beso.
-Estabas dispuesta a depender de mi hermano -señaló.
De inmediato se dió cuenta de que había sido una mala idea introducir a Federico en la conversación, cuando estaba a punto de irse. Sabía que a veces lo veía durante la semana, que a veces se la llevaba a ella y a Joaquín a comer fuera, o los invitaba a uno de sus restaurantes para poder sentarse con ellos y charlar aunque fuera sólo unos minutos. Paula lo miró y guardó un silencio tenaz. Federico y ella habían preservado su secreto, pero sabía que la relación que tenían crispaba a Pedro.
-¿Y bien? -presionó él, sin hacerle caso a la voz que le decía que dejara el tema-. En todo caso, me encuentro en una posición financiera mucho más fuerte para cuidar de tus necesidades, por lo tanto, ¿Dónde está el problema? -sintió que el fuego lento comenzaba a cobrar ímpetu-. También considero que Joaquín debería ir a una escuela privada. Es demasiado brillante para una escuela antigua.
Se sintió momentáneamente distraída por la mención de su hijo. Los dos tenían una química especial y Joaquín lo adoraba. Otra complicación que iba a tener que encarar en algún momento, y pronto. En un principio, había empezado con todas sus buenas intenciones. Había cedido a la abrumadora atracción que sentían el uno por el otro. Pero en algún punto del camino, las cosas habían empezado a torcerse y ella no había hecho nada para detenerlo.
-La educación de mi hijo no es asunto tuyo, Pedro.
Él sintió que se ponía tenso y de inmediato se dijo que ella tenía toda la razón, algo que debía agradecer.
-Sólo expongo un punto de vista.
-Gracias. Pero, de verdad, no puedo ni siquiera pensar en poder pagar un colegio privado.
-Tú no tienes que pagar nada -dijo con impaciencia-. Yo lo haría.
-¿Podemos hablar de esto en otra ocasión?
-¿Dentro de un par de meses, quieres decir? Ya hemos dispuesto de eso. ¿Esperamos otros dos?
Paula se sentó y lo miró, boquiabierta, a medida que en su cabeza cobraba vida un pensamiento súbito.
-¿Qué has dicho? -preguntó con la boca seca.
Pedro la miró con ojos entrecerrados.
-¿Qué sucede?
-¿Perdón? ¿Qué? -Paula parpadeó, desesperada por que se fuera y poder consultar la agenda que tenía en el bolso.
-Olvídalo. He de irme.
A veces, las despedidas se demoraban porque un simple contacto hacía que él volviera a meterse en la cama. En ese instante, apenas fue consciente de que le alzaba el mentón para poder mirarla y darle un beso.
Prohibida: Capítulo 49
Llena de pereza, desde la cama miraba a Pedro vestirse. Le encantaba y lo detestaba al mismo tiempo, porque marcaba el final del fin de semana, y eso la acercaba a perderlo. Todavía le costaba creer que se hallara en la posición en la que se encontraba en ese momento, esclava de un amante que no la amaba, adicta a su personalidad con una compulsión que no era recíproca y aterrada por la inevitable pérdida. Ni una sola vez en las últimas semanas le había susurrado una palabra cariñosa. Ni siquiera dominado por la pasión. Disfrutaba con ella y así se lo decía, pero, ¿Amor...? No. Aunque ya no la viera como una cazafortunas, en el fondo de su mente seguía siendo la mujer que había estado dispuesta a vender los principios propios y personales por el bien de la seguridad financiera y emocional. Había utilizado a su hermano, lo quisiera reconocer o no, y por ello no tenía dudas en utilizarla a ella. Era la peor de todas las situaciones posibles, pero aun así Paula lo aceptaba, porque no podía evitarlo. Pedro viajaba para verla los viernes, a veces los sábados, y siempre se marchaba los domingos por la noche, después de que Joaquín se hubiera ido a la cama. Ya estuviera en Atenas o, con más frecuencia, en Londres, realizaba el viaje. Pero todo era por sexo. Al menos para Pedro. Ni siquiera estaba segura de que a él le gustara eso, por la debilidad que representaba. Había ocasiones en las que haciendo el amor se hallaban ante el abismo, cuando decía que Paula era su pequeña bruja, y ella era tristemente consciente de que no lo manifestaba como un cumplido. Pero ahí estaba, amándolo más con cada fin de semana que pasaba, a sabiendas de que era una tonta. Puede que no estuviera casado como había sucedido con Rodrigo, pero era igual de peligroso para su salud.
-Estás muy pensativa -comentó sin volverse, mientras se ponía los pantalones y la camisa-. ¿En qué piensas?
«En nosotros y hacia dónde vamos», quiso responder. «En lo que va a ser de mí cuando te aburras y decidas seguir adelante. ¿Me lo harás saber o, simplemente, dejarás de aparecer? Después de todo, una mujer carente de ética moral no merece la dignidad de una despedida, ¿Verdad?»
-Oh, en nada. Supongo que en el trabajo de mañana. Odio los lunes.
-Siempre podrías dejarlo -se volvió para mirarla mientras seguía abotonándose la camisa.
-Oh, sí. Qué buena idea. Puedo dejarlo y dedicar mi tiempo esperando que el dinero comience a crecer de los árboles -rió, pero él no la imitó-. Bromeas, ¿Verdad? -sintió que los ojos le recorrían el cuerpo desnudo.
Le gustaba mirarla cuando se vestía y había descubierto que también a ella le gustaba esa sensación licenciosa de que él estuviera totalmente vestido y ella no llevara puesto nada.
-Soy rico -se encogió de hombros, pero sus ojos se mantuvieron atentos y penetrantes-. Puedo permitirme el lujo de mantenerte.
Paula trató de no reflejar que se sentía como si acabaran de darle una bofetada.
-Quieres decir que puedes permitirte el lujo de comprarme.
-No necesito comprarte, Paula. Ya eres mía.
-Dios, Pedro-se puso de costado y se cubrió con la colcha-. A veces me sorprendes -contuvo las lágrimas.
-Sólo expongo un hecho -rodeó la cama y se sentó junto a ella, inmovilizándole la cara cuando quiso girarla-. Al llegar el fin de semana, estás agotada. ¿Qué hay de malo en que un hombre quiera hacer algo para aliviar la extenuación de su amante? Para mí es perfectamente lógico.
-Estás muy pensativa -comentó sin volverse, mientras se ponía los pantalones y la camisa-. ¿En qué piensas?
«En nosotros y hacia dónde vamos», quiso responder. «En lo que va a ser de mí cuando te aburras y decidas seguir adelante. ¿Me lo harás saber o, simplemente, dejarás de aparecer? Después de todo, una mujer carente de ética moral no merece la dignidad de una despedida, ¿Verdad?»
-Oh, en nada. Supongo que en el trabajo de mañana. Odio los lunes.
-Siempre podrías dejarlo -se volvió para mirarla mientras seguía abotonándose la camisa.
-Oh, sí. Qué buena idea. Puedo dejarlo y dedicar mi tiempo esperando que el dinero comience a crecer de los árboles -rió, pero él no la imitó-. Bromeas, ¿Verdad? -sintió que los ojos le recorrían el cuerpo desnudo.
Le gustaba mirarla cuando se vestía y había descubierto que también a ella le gustaba esa sensación licenciosa de que él estuviera totalmente vestido y ella no llevara puesto nada.
-Soy rico -se encogió de hombros, pero sus ojos se mantuvieron atentos y penetrantes-. Puedo permitirme el lujo de mantenerte.
Paula trató de no reflejar que se sentía como si acabaran de darle una bofetada.
-Quieres decir que puedes permitirte el lujo de comprarme.
-No necesito comprarte, Paula. Ya eres mía.
-Dios, Pedro-se puso de costado y se cubrió con la colcha-. A veces me sorprendes -contuvo las lágrimas.
-Sólo expongo un hecho -rodeó la cama y se sentó junto a ella, inmovilizándole la cara cuando quiso girarla-. Al llegar el fin de semana, estás agotada. ¿Qué hay de malo en que un hombre quiera hacer algo para aliviar la extenuación de su amante? Para mí es perfectamente lógico.
Prohibida: Capítulo 48
-No pares -susurró Paula.
Sus palabras cayeron en el silencio denso con la contundencia de una puerta al cerrarse, y no le importó. No le importaba si el sexo era el único plato del menú, no le importaba si la consideraba una mujer de principios dudosos, no le importaba nada salvo que ese hombre grande la poseyera absoluta y completamente. Había dicho que sería gentil con ella y sabía que debería serlo, aunque sentía bien el pie, pero la asombró descubrir que no quería que fuera gentil, que lo quería encendido y rudo. Observó mientras continuaba quitándose la ropa y gimió suavemente cuando la última prenda se unió al resto en el suelo. Era magnífico. Hombros anchos, un torso duro y trabajado que se estrechaba hasta llegar a una masculinidad que no le dejó duda alguna de que estaba tan excitado como ella. Cuando se tocó levemente, no pudo contener que un gemido pleno escapara de sus labios. Se sentía más que húmeda. Un simple contacto la haría estallar.
-¿Te gusta lo que ves, Paula? -preguntó con voz ronca y la vió asentir-. Ahora es tu turno -le dedicó una sonrisa lenta y ella se la devolvió con timidez.
-Puede que no te atraiga lo que veas, Pedro. No soy una de las mujeres que te gustan de tipo voluptuoso.
-Ya he disfrutado de un vistazo, por si lo has olvidado, y créeme, me gustó lo que ví. No, no te quites nada, eso quiero saborearlo yo.
Consciente de su pie, Pedro se situó a horcajadas de ella, luego la ayudó a quitarse la camiseta. Cuando iba a soltarse el sujetador a la espalda, la detuvo.
-Poco a poco -susurró.
¡Dios, le temblaban las manos como a un adolescente en su primer encuentro sexual! El amante consumado se había convertido de pronto en un novato que apenas era capaz de contenerse. Había pensado a menudo en esos pechos, pero al bajarle las tiras del sujetador, se vió asaltado por un poderoso impulso de lujuria. Esos pezones grandes y sexys con las cumbres enhiestas eran el pináculo de la belleza. Los probaría pronto, disfrutaría del placer de lamerlos y del embriagador estímulo de sentirla encogerse bajo su lengua exploradora. Pero, por el momento, había más que ver, mucho más. Le quitó el sujetador y liberó en su plenitud esos maravillosos pechos, y durante unos momentos se sintió satisfecho sólo de devorarlos con los ojos.
Luego, lenta, cuidadosamente, bajó la falda de cintura elástica. Su cuerpo era esbelto y firme, con una gracia de muchacho que hizo que se preguntara cómo había podido encontrar excitantes esos cuerpos de pechos y curvas generosos. Enganchó los dedos en los costados de las braguitas y muy despacio se las bajó y contuvo el aliento cuando su desnudez quedó finalmente expuesta. Un vello rubio y suave le cubría el sitio que anhelaba y necesitaba probar. Tuvo que recurrir a una fuerza de voluntad férrea para recordar que debía ser gentil. Y lo fue mientras se inclinaba y le besaba la boca entreabierta, lanzando la lengua contra la suya pero tomándose tiempo, descendiendo desde la boca hasta el cuello, y de allí a los pechos, donde se perdió en el deleite de succionarlos. Luego bajó aún más, deslizando la lengua por los planos lisos de su estómago para jugar con el ombligo diminuto, hasta continuar a la humedad dulce entre sus piernas. Apoyó las manos en los costados de sus muslos y, con un gemido apagado, introdujo la lengua curiosa en esa intimidad, buscando y encontrando el pequeño capullo que excitó hasta que ella no pudo contener más los gemidos suaves que lo instaban a continuar mientras le apoyaba la mano en la nuca y sus piernas se abrían para acomodar la boca hambrienta...
Sus palabras cayeron en el silencio denso con la contundencia de una puerta al cerrarse, y no le importó. No le importaba si el sexo era el único plato del menú, no le importaba si la consideraba una mujer de principios dudosos, no le importaba nada salvo que ese hombre grande la poseyera absoluta y completamente. Había dicho que sería gentil con ella y sabía que debería serlo, aunque sentía bien el pie, pero la asombró descubrir que no quería que fuera gentil, que lo quería encendido y rudo. Observó mientras continuaba quitándose la ropa y gimió suavemente cuando la última prenda se unió al resto en el suelo. Era magnífico. Hombros anchos, un torso duro y trabajado que se estrechaba hasta llegar a una masculinidad que no le dejó duda alguna de que estaba tan excitado como ella. Cuando se tocó levemente, no pudo contener que un gemido pleno escapara de sus labios. Se sentía más que húmeda. Un simple contacto la haría estallar.
-¿Te gusta lo que ves, Paula? -preguntó con voz ronca y la vió asentir-. Ahora es tu turno -le dedicó una sonrisa lenta y ella se la devolvió con timidez.
-Puede que no te atraiga lo que veas, Pedro. No soy una de las mujeres que te gustan de tipo voluptuoso.
-Ya he disfrutado de un vistazo, por si lo has olvidado, y créeme, me gustó lo que ví. No, no te quites nada, eso quiero saborearlo yo.
Consciente de su pie, Pedro se situó a horcajadas de ella, luego la ayudó a quitarse la camiseta. Cuando iba a soltarse el sujetador a la espalda, la detuvo.
-Poco a poco -susurró.
¡Dios, le temblaban las manos como a un adolescente en su primer encuentro sexual! El amante consumado se había convertido de pronto en un novato que apenas era capaz de contenerse. Había pensado a menudo en esos pechos, pero al bajarle las tiras del sujetador, se vió asaltado por un poderoso impulso de lujuria. Esos pezones grandes y sexys con las cumbres enhiestas eran el pináculo de la belleza. Los probaría pronto, disfrutaría del placer de lamerlos y del embriagador estímulo de sentirla encogerse bajo su lengua exploradora. Pero, por el momento, había más que ver, mucho más. Le quitó el sujetador y liberó en su plenitud esos maravillosos pechos, y durante unos momentos se sintió satisfecho sólo de devorarlos con los ojos.
Luego, lenta, cuidadosamente, bajó la falda de cintura elástica. Su cuerpo era esbelto y firme, con una gracia de muchacho que hizo que se preguntara cómo había podido encontrar excitantes esos cuerpos de pechos y curvas generosos. Enganchó los dedos en los costados de las braguitas y muy despacio se las bajó y contuvo el aliento cuando su desnudez quedó finalmente expuesta. Un vello rubio y suave le cubría el sitio que anhelaba y necesitaba probar. Tuvo que recurrir a una fuerza de voluntad férrea para recordar que debía ser gentil. Y lo fue mientras se inclinaba y le besaba la boca entreabierta, lanzando la lengua contra la suya pero tomándose tiempo, descendiendo desde la boca hasta el cuello, y de allí a los pechos, donde se perdió en el deleite de succionarlos. Luego bajó aún más, deslizando la lengua por los planos lisos de su estómago para jugar con el ombligo diminuto, hasta continuar a la humedad dulce entre sus piernas. Apoyó las manos en los costados de sus muslos y, con un gemido apagado, introdujo la lengua curiosa en esa intimidad, buscando y encontrando el pequeño capullo que excitó hasta que ella no pudo contener más los gemidos suaves que lo instaban a continuar mientras le apoyaba la mano en la nuca y sus piernas se abrían para acomodar la boca hambrienta...
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