miércoles, 3 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 47

Paula lo miró con auténtico asombro.

 -¿Cómo podría  tenerle  miedo  alguna  vez  a  tu  hermano?  ¡Es  la  persona más amable que he conocido!

-Entonces, entenderá tu necesidad de reposo -soltó Pedro.

 Cuando  avanzó  unos  pasos  hacia  ella,  el  corazón  comenzó  a  latirle  más  deprisa.  Se  humedeció los  labios  con  nerviosismo  y  fue  incapaz de apartar los ojos de su abrumadora masculinidad.

 -Además... -añadió con un murmullo ronco, intensamente sexual y  desestabilizador-...  quizá  sea  positivo  que  mi  hermano  no  vaya  a  estar  por  aquí  esta  noche.  Puede  ser  el  tipo  estupendo  que  acepta  con  elegancia  la  ruptura  del  compromiso,  pero,  ¿Qué  sentirá  con  la  atmósfera que hay entre nosotros?

 -¿Qué  atmósfera? -una  pequeña  parte  de  ella  deseó  estallar  en  una  carcajada  histérica  ante  la  reacción  que  experimentaría  Federico,  lo  último  que  esperaría  Pedro. 

Pero  casi  todo  su  ser  trataba  de  reconciliarse con lo que sucedía ante ella y el martilleo constante de deseo que se incrementaba por segundos.

-Tú  sabes  qué  atmósfera  -se  hallaba  de  pie  justo  ante  ella,  notando  con  satisfacción  la  aceleración  del  movimiento  de  su  pecho  mientras  respiraba  nerviosa.  Alargó  la  mano  y  con  delicadeza  le  acarició el antebrazo con un dedo. Casi pudo oírla suspirar, algo que lo  excitó  más  allá  de  la  imaginación  más  descabellada-.  Estaba  presente en Grecia -murmuró, sin darle tiempo a recobrarse.

 Se puso de rodillas y se inclinó para besarle la delicada línea de la clavícula. Paula tembló y logró musitar un débil:

 -No.

-Sí.  Me  deseas  de  un  modo  que  nunca  podrías  desear  a  mi  hermano. Te lo demostré una vez y ahora quiero más.

 -No puedes...

-¿Porque tú no quieres? ¿Porque no me deseas? ¿Por qué no me dices  que  he  estado  imaginando  todas  tus  reacciones  conmigo?  Que  Dios  me  ayude,  esto  es  lo  último  que  esperaba,  pero  lo  inesperado  siempre nos sorprende... -con la boca trazó la curva de la mandíbula-.  Dime que no quieres  esto  y  te  dejaré  en  paz  para  siempre.  Sin  condiciones  con  mi  hermano.  Si  decides  casarte  con  él,  sin  importar  cuáles sean tus motivos, no interferiré.

 -No soy la clase de chica que... se acuesta...

Pedro no tardó en señalarle la incongruencia de su declaración.

-Pero eres  la  clase  de  chica  que  se  casaría  con  un  hombre  que  no  la  atrae  físicamente sólo  por  conseguir  seguridad.

 Se  podría  pensar que se trata de una moralidad más dudosa. Paula se separó de él. No tenía respuesta para su afirmación.

-No todo es sexo.

-Te voy a llevar arriba. Éste no es sitio para hacer el amor y no te preocupes, seré muy gentil.

Paula se  estaba  derritiendo.  Con  cada  paso  silencioso  escaleras  arriba,  podía  sentir  los  bramidos  salvajes  de  su  cuerpo,  deseándolo  de  un  modo  que  nunca  había  creído  poder  volver  a  desear  a  un  hombre, más de lo que podía recordar haber deseado jamás a Rodrigo. Pero eso se debía a que hacía años que nadie la tocaba. Abrió  la  puerta  con  el  hombro,  la  cerró  a  su  espalda  y  la  depositó  en  la  cama.  El  silencio  de  ella  era  tan  revelador  como  un  torrente de palabras. Su cerebro le decía que parara, pero el cuerpo no  quería  escuchar.  Pedro  encendió  la  pequeña  lámpara  que  había  sobre la cómoda, con la luz suficiente para mostrar las siluetas de sus figuras.

 -Tu  tiempo  para  la  indignación  y  las  protestas  llega  a  su  fin  -comentó   con   voz   ronca, deteniéndose   al  pie   de  la   cama   y   devorándola hambriento con la vista.

 La  tela  suave  de  la  falda  de  ella  se  había  subido  y  revelaba  la  palidez   de   sus   muslos   y   sus   ojos   estaban   muy   abiertos.   La entrepierna  le palpitaba de deseo.  Despacio,  comenzó  a  desabotonarse  la  camisa,  mirando  cómo  lo  miraba.  Se  la  quitó  y  la  tiró al suelo sin dejar de observarla. Bajó los dedos a la cintura de los pantalones  y  se  detuvo.  Más  allá  de  ese  punto,  no  había  marcha  atrás, pero, por Dios, era difícil, cuando todos los instintos lo instaban a  arrancarle  la  ropa  y  a  tomarla  salvajemente.  Olvidar  el  arte  de  la  seducción y el refinamiento. Sólo quería estar dentro de ella y sentir cómo lo envolvía.

Prohibida: Capítulo 46

-Y  ahora  sugiero  que  recojamos  a  Joaquín a  la vuelta  -le  dijo  mientras pagaba la cuenta.

 Desconcertada, Paula comprendió  que el  tiempo  había  desaparecido.

-¿Y  tu trabajo?  -preguntó-.  Una  vez  que  Joaquín llegue  a  casa,  olvida la posibilidad de acabar algo.

-Supongo que entonces tendremos que retomarlo más tarde -se levantó y la ayudó a ponerse de pie-. O tal vez -murmuró después de ayudarla a subir al coche-, incluso mañana.

Ya había incorporado otro día. Y lo peor era que una cierta dosis de placer hormigueó en su interior ante la idea de tenerlo más tiempo en  casa.  Se  preguntó  de  dónde  había  salido  eso.  Incómoda,  se  dijo  que era simple gratitud por la generosidad mostrada al quedarse con ella cuando no había necesidad.  Costaba no  experimentar  un  sentimiento cálido por una persona que se había desvivido por ella. Y  entonces  no  hubo  oportunidad  de  pensar  más  en  ello  porque  Jamie estuvo en el coche, contando excitado el día que había tenido, sacando dibujos que había hecho como un mago saca conejos de una chistera,  al  tiempo  que  los  ametrallaba  con  la  inacabable  mezcla  de  preguntas  prácticas  y  ridículas  que  siempre  provocaban  una  sonrisa  en Paula. Sin  embargo,  a  las  siete  los  ojos  de  Jamie  comenzaron  a  cerrarse  en  mitad  de  una  historia  que  le  contaba,  y  terminó  por  perderse por completo en un sueño reparador mientras Pedro lo subía a su habitación.

-¿Te  has divertido?   -le preguntó   cuando reapareció  cinco  minutos más tarde y se dejó caer con gesto agotado en el sillón.

La miró  con  ojos entrecerrados como  si  no hubiera  experimentado una diversión tan sencilla en mucho tiempo.

-He cancelado la  visita de Fede-anunció,  evitando  la  pregunta de ella-. Le dije que aún no estabas preparada para visitas.

 -¿Que has dicho... qué?

-Me has oído -indicó-. Veré a mi hermano antes de irme y como es evidente que los dos mantienen una amistad que va más allá de mi simple comprensión, podrás verlo cuando te plazca. No esta noche.

 -¿Y no me has consultado?

 -Correcto.  Dime  qué  quieres  para  cenar.  Me  arreglo  con  la  pasta, pero algo más complejo podría resultar incomestible. Me temo que fue Fede quien heredó todos los genes culinarios.

 -¡No puedes... no puedes... cancelar mis citas sin preguntármelo primero!

-Ya lo he hecho -la miró con calma mientras ella se sumía en la resignación.

 -Habría sido agradable...  Habría pensado  que  podrías  haber  querido  ver  a  tu  hermano.  No  mantienen un  contacto  estrecho.  Fede se habrá  sentido  terriblemente  ofendido...  He de  llamarlo,  explicarle que no fue mi idea...

-No tienes que explicarle nada a Fede -pudo sentir que perdía la  ecuanimidad.  No  sabía  qué  diablos  estaba  ocurriendo  ahí-.  ¿Y por  qué  te  preocupa  tanto  lo  que  piense  mi  hermano?  ¿Ejerce  alguna  influencia sobre tí? ¿Le tienes miedo por algún motivo?

lunes, 1 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 45

-Si  estás  semanas  en  cama  -aportó  ella  con  desesperación-.  ¡Pero llevo en cama menos de un día! No creo que mi circulación se vea afectada. ¿Qué haces?

Sabía perfectamente lo que iba a hacer, pero, aun así, su cuerpo reaccionó  con  conmoción  encendida  cuando  deslizó  los  dedos  por  su  pie  bueno  y  comenzó  a  pasarle  la  crema  de  forma  minuciosa,  al  tiempo que comentaba los milagros de un buen masaje para eliminar las  molestias,  los  dolores,  el  estrés  y,  desde  luego,  el  inexistente  problema de circulación que afirmaba que sufría.

 -Relájate -le dijo-. Puedo sentir tu tensión.

 -¿Qué esperas?

Pero  sus  manos  eran  espantosamente  relajantes  y  poco  a  poco  sintió que empezaba a disfrutar el movimiento de sus dedos entre el pie,  por  los  lados,  contra  el  talón. Se  reclinó  en  el  sofá  y  entrecerró  los ojos. Lo imaginó pintando las uñas de los dedos de los pies a una mujer,  alguna  voluptuosa  diosa  griega.  Sintió  que  se  ablandaba  por  dentro  y  de  pronto  abrió  los  ojos  y  vio  la  cabeza  oscura  aún  concentrada en lo que hacía. Y haciéndolo muy bien.

-Ha sido muy agradable -comentó.

 -¿Agradable? Jamás me gustó esa palabra.

-Ya estoy preparada para un trabajo duro -soslayó su intento de prolongar una conversación que ella no se sentía capaz de encarar.

Se esforzó  por  adoptar  una  postura  semierguida  y  Pedro le  acercó  la  mesa  de  centro  para  que  pudiera  apoyarse  en  ella.  Desde  luego, tuvo que permitirle que le acomodara el pie sobre la superficie. Más contacto. «Un contacto inocente», se recordó.

-¿Sabes en qué programa tienes que entrar?

Cuando ella  asintió, él continuó  ofreciéndole   instrucciones   concisas  sobre  lo  que  tenía  que  hacer,  al  tiempo  que  mantenía  una  distancia  segura.  Paula jamás  se  había  sentido  tan  agradecida  por  poder disponer del refugio seguro de una pantalla de ordenador. Le  dictó  con  una  pronunciación  pausada  y  perfecta,  sin  la  necesidad de reflexionar en lo que tenía que decir. Cuando calló, era la una y media y le dijo que debía comer algo.

-Te llevaré  fuera  -anunció,  frenando  su  objeción  con  una  mano  alzada-.  Me  aseguraré  de  que  sea  un  pub  y  aparcaré  justo  delante  para que tengas que caminar poco apoyada en mí. -No conoces ningún sitio por aquí. De verdad, no es una buena idea...

-¿Por  qué  no?  Soluciona  el  problema  de  que  tengas  que  comer  lo que te prepare. -Pero...  -la  asustaba  pasar  tanto  tiempo  en  su  compañía.  No  quería  conocer  ninguna  faceta  de  él  que  no  pudiera  encuadrar  en  categorías  y  que no le  desagradara  de  inmediato-.  Pero  necesitas  volver  a  tu  propia  vida  en  Londres...  De  verdad,  ¡No  me  debes  esta  atención! No soy más que una cazafortunas. ¿Lo has olvidado?

 -Saqué  conclusiones  y  las  revisé  -la  miró  en  silencio  unos  momentos-.   ¿Te asusta   estar en  mi  compañía?   -inquirió con suavidad.  Paula se  apresuró  a  dar  una  negativa  vehemente-.  Bien.  Entonces, ¿dónde está el problema?

Lo que  significó que  veinticinco minutos más  tarde se  encontraban  sentados  a  la  mesa  en  un  rincón  de  un  elegante  restaurante  francés  que  él había localizado con su agenda  informática.   Paula hizo   preguntas  inofensivas   que   recibieron   respuestas   divertidas   que   la  mantuvieron   animada   durante   el  trayecto  y  la  magnífica  comida.  La  figura  unidimensional  que  había  proyectado sobre Pedro al conocerlo, rápidamente se iba convirtiendo en  un  hombre  tridimensional  de  carne  y  hueso,  agudo,  ingenioso,  educado y en absoluto parecido al hombre que debería interesarle... o al menos es lo que se decía.



Felíz año nuevo para todos.

Prohibida: Capítulo 44

-No sabes cuál es mi nivel de exigencia -señaló Pedro, situándose detrás  de  ella  al  tiempo  que  se  inclinaba  para  poder  manipular  el  teclado  desde  atrás-.  ¿Está  bien?  Dime  si  la  presión  sobre  tu  pie  es  excesiva  -debía  haberse  lavado  el  pelo. 

Olía  a  menta  y  a  eucalipto.  Fresco  y  limpio.  Como  todas  las  rubias  verdaderas,  hasta  las  raíces  de su pelo eran claras. Escuchó que ella le preguntaba algo acerca de los ficheros a los que debía acceder. Pedro musitó  algo  y  movió  el  cursor  a  la  carpeta  en  cuestión.  Tuvo una imagen poderosa de esos dedos largos y finos acariciándolo y sintió que se ponía duro en reacción inmediata a la imagen mental.

 -¿Lo echarás de menos? -murmuró.

Paula inclinó la cabeza con un ligero sobresalto ante la pregunta irrelevante.  Sintió  que  el  corazón  le  daba  un  vuelco,  para  luego  latir  con demasiada fuerza.

-¿Echar de menos a quién?

 -A mi hermano. Sin compromiso, no hay Federico. ¿Lo echarás de menos?  -le  gustaba  estar inclinado  sobre  ella  de  esa  manera,  aspirando su fragancia mientras esperaba una respuesta. Podía sentir su  tensión.  Se  notaba en  la  quietud  de  su  cuerpo.  Ya  no  movía  los  dedos.

-Fede y  yo  siempre  nos  veremos  -carraspeó  y  se  afanó  en  fingir que el hombre grande que tenía detrás no le electrizaba todo el cuerpo. ¿Por qué se hallaba tan cerca, respirando sobre ella? Era todo un  logro  que  hubiera  podido  hablar,  ya que  sus  cuerdas  vocales  parecían  estar  sometidas  a  un  extraño  proceso  de  sequedad-.  So...  mos amigos -tartamudeó-, y uno no deja a los amigos en una cuneta cuando ya no se adaptan a tí.

Pedro se  retiró,  pero  en  vez  de  alejarse,  se  situó  en  cuclillas  junto a ella.

-Pero no se trata sólo de una amistad, ¿Verdad? Era algo más... aunque nunca se consumara la relación

-Quizá  deberíamos  dejar  esta  conversación  y  continuar  con  el  trabajo  -musitó,  enrojeciendo-.  No  soy  una  experta.  Sé  algo  sobre  ordenadores...  -esos  ojos  fabulosos  que  la  miraban  hacían  que  se  sintiera  incómoda.  Casi se  retorció-.  Además,  no  sé  cuánto  tiempo  puedo permanecer aquí sin moverme. Empiezo a sentir el pie un poco rígido...

-¿Sí?  -de  inmediato  mostró  su  preocupación-.  Quizá  una  bolsa  con  hielo  te  ayude  -se  puso  de  pie  y  fue  a  la  cocina.  Tres  minutos  más tarde, regresaba con una bolsa de plástico fuerte llena de hielo y con  gentileza  procedió  a  apoyarla  sobre  su  pie-.  Te  ayudará  -manifestó para justificar lo fría que estaba-. Te pintas las uñas de los pies.

 -Muchas mujeres lo hacen.

-Y  también  algunos  hombres  -alzó  la  cabeza  y  le  dedicó  una  sonrisa perversa-. Me refiero a pintar las uñas de sus mujeres. ¿Te lo ha hecho un hombre alguna vez?

 -¡No, claro que  no!  -se  hallaba  completamente  a  su  merced  mientras movía la bolsa de hielo alrededor del tobillo.

-Suenas horrorizada. ¿Por qué? Es algo muy sensual.

-Siento el pie mucho mejor, gracias -graznó.

-Parece  mucho  mejor  -retiró  la  bolsa  con  hielo  y  la  estudió-.  Bien,  vuelvo en  un  minuto.  ¡No te vayas!  -se puso  de  pie  y  desapareció  con  el  hielo,  regresando  un  momento  más  tarde con un  bote-. Crema -lo alzó-. Noté que tenías algunos botes en el cuarto de baño.  La  inmovilidad  es  muy  mala  para  la  circulación  -continuó,  abriendo el tapón-. ¿Lo sabías?

Prohibida: Capítulo 43

-A Federico jamás le han interesado los coches ni el fútbol -sintió el  impulso de señalar-.  Puede  que  hubiera  sido  una  presencia  masculina y un proveedor de seguridad  financiera, pero ahí se habría acabado todo.

-No es eso por lo que...

-¿No?  Entonces, dime por  qué...  -cortó  su  exabrupto  con  rapidez.

-Tienes  razón.  A  Fede no  le  gustan  esas  cosas.  Bueno,  al  menos  no  el  fútbol.  Conduce  un  Porsche muy  bonito,  que Joaquín  insiste en querer montar cada vez que viene a casa. En todo caso, y a lo  que  ibas,  no  estoy  aburrida.  Me  gusta  el  sonido  de  la  lluvia  en  el  exterior   y   encuentro   muy   relajante no hacer nada.  Deberías   intentarlo algún día  -obtuvo  como  recompensa  una  sonrisa  tan  deslumbrante y divertida que contuvo el aliento.

 -Creo  que  es  lo  que  estoy  haciendo  ahora  -comentó. 

Cuando  giraba el cuello de esa manera, parecía tan delicada y vulnerable. El deseo  de  ir  junto  a  ella,  arrodillarse  al  lado  del  sofá  y  apartarle  los  mechones sueltos fue tan abrumador que tuvo que cerrar las manos con fuerza.

 -Has venido con tu ordenador.

-Pero sólo lo he mirado esta mañana y ya es... casi mediodía... un récord personal...

Paula se  torturó  buscando  algo  prosaico  que  decir  para  diluir  la  súbita intimidad de la conversación.

-Bueno, pues será mejor que empieces -bromeó con ligereza-, o de  lo  contrario  corres  el  peligro  de  descubrir  que  te  gusta  estar  sin  hacer nada.

 -Oh, pero tampoco he estado del todo ocioso, ¿Verdad? -la miró con los ojos oscuros entrecerrados-. Te he estado atendiendo...

 -¡Jamás te lo pedí!

 -Puedes ser extremadamente predecible en tus reacciones...

-Lo cual es bueno -le soltó-. Me gusta ese rasgo en una persona -no  podía  esquivar  esa  conversación  ni  podía  alejarse  físicamente.  Maldijo su inmovilidad.

-¿Sí? -suspiró-. Bueno, a pesar de lo que me gustaría continuar aquí  sentado,  charlando  toda  la  mañana,  no  puedo  evitar  el  trabajo  de forma indefinida.

-¡No!

-Lo  que me  recuerda  el  motivo  por  el  que  vine  a  interrumpirte  en primer lugar, perturbando tu apacible y solitario descanso...

-¿Sí...? -lo miró con cautela. -Como no he podido ir a mi despacho hoy...

-Lo que técnicamente no ha sido por mi culpa...

-Y con toda probabilidad tampoco iré mañana...

Paula se tomó unos segundos para asimilar la inevitabilidad de esa  declaración  y  sólo  captó  el  resto  de  lo  que  decía  una  vez  completada la frase y cuando él esperaba una reacción de ella.

-¿Quieres que trabaje para tí!

-Sólo mientras  esté  aquí.  Tengo  algunas  cosas  que  dictar  y  mi  mecanografía tiende a funcionar únicamente con dos dedos y mucho tiempo  perdido  -recogió  el  ordenador  y  fue  hasta  donde  se  hallaba  ella-. Creo que la mesa de la cocina puede volverse incómoda pasado un  rato.

Toma. Puedes  apoyarlo  sobre  tu  regazo  y  en  cuanto  empieces a sentirlo un poco molesto, me lo dices. Paula apretó  los  dientes  cuando  al  dejarle  el  ordenador,  le  rozó  los pantalones con los dedos.

 -Sabes usar estas cosas, ¿Verdad? -añadió él.

 -¡Claro  que  sí!  Pero  no  estoy  segura  de  satisfacer  tu  nivel  de  exigencia.

Prohibida: Capítulo 42

La mujer era un cúmulo de contradicciones. Clavó la vista en la pantalla  del  ordenador  portátil  que  había  colocado  en  la  mesa  de  la  cocina. Sin embargo, su mente no se hallaba centrada en los correos electrónicos que parpadeaban ante él. Con un  gruñido  impaciente,  se  puso  de  pie  y  se  preparó  una  taza  de  café  mientras  se  preguntaba  qué  estaría  haciendo  ella  en  el  salón. Para alguien que había estado preparada para venderse en un matrimonio sin   amor en un intento por conseguir estabilidad  financiera, se había mostrado muy puritana cuando llegó el momento de  ayudarla  con  el  baño.  De  hecho,  lo  había  echado  y  se  lo  había  dado  ella  sola,  aunque  tuviera  que  tardar  cinco  veces  más  de  lo  necesario,  algo  que  él  le  señaló  varias  veces  a  través  de  la  puerta  cerrada.  Sólo  había  aceptado  solicitar  su  ayuda  cuando  tuvo  que  bajar las escaleras para ir al salón, e incluso entonces, se negó a que la cargara. Esa  noche  Federico iba  a  ir  a  visitarla,  sacando  tiempo  de  su  apretada  agenda  para  ver  a  la  mujer  que  lo  había  dejado.  No tenía sentido.

A Pedro nunca lo había dejado una mujer, pero estaba seguro de que si así hubiera sido, lo último  que  querría  hacer  sería  verla,  y  menos mantener una visita social y civilizada con una taza de té de por medio. Todo era desconcertante y él odiaba los misterios. Miró el ordenador  y,  con  una  decisión  súbita,  vertió  el  café  en  el  fregadero,  recogió el portátil y se fue al salón. Paula se  hallaba  en  el  sofá,  con  las  piernas  estiradas,  la  lesionada  apoyada  sobre  un  cojín.  El tobillo  estaba  inmovilizado  por  una venda elástica. Alzó el rostro del libro que leía.

 -¿Sí? -enarcó las cejas con la pregunta-. ¿Quieres algo?

 -¿No estás  aburrida  de  leer?  ¿Quieres  que  te  dé  el  mando  a  distancia del televisor? -dejó el portátil sobre la mesilla junto al sofá y comenzó a caminar inquieto por el salón.

-Me gustaría que dejaras de merodear, Pedro. Me agota.

 Él se detuvo y se volvió para mirarla.

-¿Cómo puedes sentirte agotada por alguien?

-Sé que te sientes encerrado aquí y ya te he dicho que dispones de  libertad  para  marcharte.  Me arreglo  muy  bien  sola.  De  hecho,  la  hinchazón prácticamente ha desaparecido y puedo funcionar. No muy rápidamente, pero no tengo prisa en este momento en particular.

-Me voy a quedar hasta que tu pie haya sanado por completo.

-¿Por completo? -preguntó, boquiabierta por el asombro-. Creía que te marchabas esta noche.

-¿No sería conveniente antes de que llegara mi hermano?

 -¿Por qué iba a querer que  te  fueras  antes  de  que  viniera  Federico?

 -¿Quizá porque  temes  que  le  pueda  hacer  una  o  dos  preguntas  afiladas...?  -sabía  que  buscaba  una  discusión  y  conocía  la  causa.  ¡Estaba celoso de su hermano! Ya no había compromiso alguno, pero lo  irritaba  que  aún  hubiera  un  trato  cálido  entre  ellos.  Quizá  la  amistad  sin  sexo  había  sido  la  base  perfecta  para  una  relación  permanente.  El  sexo,  después  de  todo,  era  transitorio-.  Sea  como  fuere, eso es irrelevante. Aún no has respondido mi pregunta. ¿Estás aburrida?

 -No, claro que no estoy aburrida -miró más allá de la figura imponente  y  vió  que  la  fina  llovizna  que  caía  detrás  de  la  ventana  amenazaba con convertirse en un chaparrón-. Es un día perfecto para estar en casa con un pie fastidiado -comentó con melancolía-. Quizá si brillara el sol, tendría ganas de estar al aire libre, haciendo algo útil en el jardín; pero con este tiempo, es maravilloso estar bajo techo.

Era  la  frase  más  larga  que  le  había  dicho  en  toda  la  mañana.  Pedro abandonó todo pensamiento de trabajo. Se retiró de la ventana y se sentó en el sillón frente a ella con las piernas estiradas.

 -Bajo techo sin hacer nada.

 -Estoy leyendo -alzó el libro para que viera el título de la novela de  misterio-.  No  dispongo  de  tiempo  suficiente  para  hacerlo.  Llevo  casi seis meses con este libro y apenas voy por la mitad. Por si no lo has  notado,  el  tiempo  va  a  un  ritmo  frenético  cuando  hay  niños  de  por medio.

-Sí, de hecho, lo he notado -respondió.

-Joaquín no ha sido mucho problema, ¿Verdad?

 -Se portó muy bien. De hecho, creo que disfrutó teniéndome cerca.

 -Disfrutó  teniendo  cerca  un  hombre  -lo  corrigió  con  celeridad-.  Está llegando a una edad en la que le interesan los coches y el fútbol y  envidia  a  sus  amiguitos,  que tienen  padres  que  comparten  esos  intereses con ellos.

Prohibida: Capítulo 41

De inmediato le aseguró que tenía todo a mano y le afirmó que su hermano se marcharía a primera hora de la mañana. Lo  cual  no  pareció  ser  el  caso  cuando  abrió  los  ojos  al  sol  que  entraba débilmente a través de las cortinas y a una llamada delicada a la puerta, entreabierta. Pedro Alfonso no parecía un hombre adecuadamente vestido para regresar  a  su  trabajo  en  Londres.  Paula se  incorporó  un  poco  más  y  miró el reloj. ¡Las diez y media! Gritó.

 -Estabas muerta para el mundo -fue hacia ella con dos pequeñas grageas  en  una  mano  y  un  vaso  de  agua  en  la  otra-.  Así  que  no  te desperté y me cercioré de que Joaquín fuera silencioso como un ratón. Le gustó el juego.

 -¡No debiste dejarme dormir  tanto!  -apartó  el  edredón,  pero  el  simple acto de tratar de sacar las piernas de la cama hizo que gritara de dolor.

 -No. ¡Debería haberte sacudido hasta que te despertaras y luego insistido  en  que  bajaras!  -le dió  las  pastillas  y  mientras  se las tragaba, la puso al corriente de lo sucedido. Se había levantado a las seis,  se  había  ocupado  de  Joaquín,  lo  había  llevado  al  colegio  y  de  regreso  había  parado  para  comprarse  algo  de  ropa  y  comida.  Y,  desde luego, los medicamentos recetados-. Y ahora... -se sentó en la cama-...  te ayudaré a  ir  al  cuarto  de  baño.  Luego  el  desayuno.  Te  bajaré en brazos. ¿O prefieres que te lo suba en una bandeja?

Paula estaba  consternada.  No parecía  un  hombre  a  punto  de  marcharse  de  su  casa.  Sino  un  hombre  que  se  había  tomado  demasiado en serio las responsabilidades asumidas. ¿Y por qué tenía que  estar  tan  atractivo?  Sintió  que  los  pechos  sueltos  le  rozaban  la  camiseta y que los pezones se le ponían duros; lo miró ceñuda.

-Lamento haberte estropeado  la  noche,   pero no pienso estropearte el  día.  ¿No tienes  que  regresar  a  Londres?  Fede dijo  que apenas disponías de unos minutos libres cuando venías aquí.

-De hecho, estoy más bien ocupado en este momento, pero eso es  lo  bueno  de  la  vida  moderna  que  llevamos.  Por  suerte,  siempre  meto  el  portátil  en  el  coche  cuando  salgo  de  Londres,  de  modo  que  puedo estar al corriente de lo que sucede desde aquí. He tenido que cancelar  algunas  reuniones,  pero  dispongo  de  gente  que  puede  ocuparse de las cosas siempre que no puedo finalizar algo -le dedicó una  sonrisa  irónica-.  Les  pago  bastante.  De  vez  en  cuando,  tienen  que justificar sus elevados ingresos.

 -Pero...

-Te prepararé un baño.

La  dejó  debatiéndose  en  lo  que  parecían  unas  súbitas  arenas  movedizas  de  mercurio  y  regresó  antes  de  que  pudiera  resignarse a  lo inevitable.

-Sólo por este  día,  entonces  -dijo  mientras  la  alzaba  con  suavidad  de  la  cama  y  la  llevaba  al  cuarto  de  baño,  girándola  en  la  puerta para protegerle el pie.

 -Si  tú  lo  dices  -murmuró  Pedro de  buen  humor. 

Podía  sentirla  cálida  y  vulnerable  en  los  brazos,  podía  oír  las  maquinaciones  de  su  cerebro mientras aceptaba la presencia de él y era consciente de los latidos rápidos de su corazón. Volvía  a  sentirse  como  un  joven  de  dieciocho  años,  presa  de  emociones desbordadas...