Paula lo miró con auténtico asombro.
-¿Cómo podría tenerle miedo alguna vez a tu hermano? ¡Es la persona más amable que he conocido!
-Entonces, entenderá tu necesidad de reposo -soltó Pedro.
Cuando avanzó unos pasos hacia ella, el corazón comenzó a latirle más deprisa. Se humedeció los labios con nerviosismo y fue incapaz de apartar los ojos de su abrumadora masculinidad.
-Además... -añadió con un murmullo ronco, intensamente sexual y desestabilizador-... quizá sea positivo que mi hermano no vaya a estar por aquí esta noche. Puede ser el tipo estupendo que acepta con elegancia la ruptura del compromiso, pero, ¿Qué sentirá con la atmósfera que hay entre nosotros?
-¿Qué atmósfera? -una pequeña parte de ella deseó estallar en una carcajada histérica ante la reacción que experimentaría Federico, lo último que esperaría Pedro.
Pero casi todo su ser trataba de reconciliarse con lo que sucedía ante ella y el martilleo constante de deseo que se incrementaba por segundos.
-Tú sabes qué atmósfera -se hallaba de pie justo ante ella, notando con satisfacción la aceleración del movimiento de su pecho mientras respiraba nerviosa. Alargó la mano y con delicadeza le acarició el antebrazo con un dedo. Casi pudo oírla suspirar, algo que lo excitó más allá de la imaginación más descabellada-. Estaba presente en Grecia -murmuró, sin darle tiempo a recobrarse.
Se puso de rodillas y se inclinó para besarle la delicada línea de la clavícula. Paula tembló y logró musitar un débil:
-No.
-Sí. Me deseas de un modo que nunca podrías desear a mi hermano. Te lo demostré una vez y ahora quiero más.
-No puedes...
-¿Porque tú no quieres? ¿Porque no me deseas? ¿Por qué no me dices que he estado imaginando todas tus reacciones conmigo? Que Dios me ayude, esto es lo último que esperaba, pero lo inesperado siempre nos sorprende... -con la boca trazó la curva de la mandíbula-. Dime que no quieres esto y te dejaré en paz para siempre. Sin condiciones con mi hermano. Si decides casarte con él, sin importar cuáles sean tus motivos, no interferiré.
-No soy la clase de chica que... se acuesta...
Pedro no tardó en señalarle la incongruencia de su declaración.
-Pero eres la clase de chica que se casaría con un hombre que no la atrae físicamente sólo por conseguir seguridad.
Se podría pensar que se trata de una moralidad más dudosa. Paula se separó de él. No tenía respuesta para su afirmación.
-No todo es sexo.
-Te voy a llevar arriba. Éste no es sitio para hacer el amor y no te preocupes, seré muy gentil.
Paula se estaba derritiendo. Con cada paso silencioso escaleras arriba, podía sentir los bramidos salvajes de su cuerpo, deseándolo de un modo que nunca había creído poder volver a desear a un hombre, más de lo que podía recordar haber deseado jamás a Rodrigo. Pero eso se debía a que hacía años que nadie la tocaba. Abrió la puerta con el hombro, la cerró a su espalda y la depositó en la cama. El silencio de ella era tan revelador como un torrente de palabras. Su cerebro le decía que parara, pero el cuerpo no quería escuchar. Pedro encendió la pequeña lámpara que había sobre la cómoda, con la luz suficiente para mostrar las siluetas de sus figuras.
-Tu tiempo para la indignación y las protestas llega a su fin -comentó con voz ronca, deteniéndose al pie de la cama y devorándola hambriento con la vista.
La tela suave de la falda de ella se había subido y revelaba la palidez de sus muslos y sus ojos estaban muy abiertos. La entrepierna le palpitaba de deseo. Despacio, comenzó a desabotonarse la camisa, mirando cómo lo miraba. Se la quitó y la tiró al suelo sin dejar de observarla. Bajó los dedos a la cintura de los pantalones y se detuvo. Más allá de ese punto, no había marcha atrás, pero, por Dios, era difícil, cuando todos los instintos lo instaban a arrancarle la ropa y a tomarla salvajemente. Olvidar el arte de la seducción y el refinamiento. Sólo quería estar dentro de ella y sentir cómo lo envolvía.
miércoles, 3 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 46
-Y ahora sugiero que recojamos a Joaquín a la vuelta -le dijo mientras pagaba la cuenta.
Desconcertada, Paula comprendió que el tiempo había desaparecido.
-¿Y tu trabajo? -preguntó-. Una vez que Joaquín llegue a casa, olvida la posibilidad de acabar algo.
-Supongo que entonces tendremos que retomarlo más tarde -se levantó y la ayudó a ponerse de pie-. O tal vez -murmuró después de ayudarla a subir al coche-, incluso mañana.
Ya había incorporado otro día. Y lo peor era que una cierta dosis de placer hormigueó en su interior ante la idea de tenerlo más tiempo en casa. Se preguntó de dónde había salido eso. Incómoda, se dijo que era simple gratitud por la generosidad mostrada al quedarse con ella cuando no había necesidad. Costaba no experimentar un sentimiento cálido por una persona que se había desvivido por ella. Y entonces no hubo oportunidad de pensar más en ello porque Jamie estuvo en el coche, contando excitado el día que había tenido, sacando dibujos que había hecho como un mago saca conejos de una chistera, al tiempo que los ametrallaba con la inacabable mezcla de preguntas prácticas y ridículas que siempre provocaban una sonrisa en Paula. Sin embargo, a las siete los ojos de Jamie comenzaron a cerrarse en mitad de una historia que le contaba, y terminó por perderse por completo en un sueño reparador mientras Pedro lo subía a su habitación.
-¿Te has divertido? -le preguntó cuando reapareció cinco minutos más tarde y se dejó caer con gesto agotado en el sillón.
La miró con ojos entrecerrados como si no hubiera experimentado una diversión tan sencilla en mucho tiempo.
-He cancelado la visita de Fede-anunció, evitando la pregunta de ella-. Le dije que aún no estabas preparada para visitas.
-¿Que has dicho... qué?
-Me has oído -indicó-. Veré a mi hermano antes de irme y como es evidente que los dos mantienen una amistad que va más allá de mi simple comprensión, podrás verlo cuando te plazca. No esta noche.
-¿Y no me has consultado?
-Correcto. Dime qué quieres para cenar. Me arreglo con la pasta, pero algo más complejo podría resultar incomestible. Me temo que fue Fede quien heredó todos los genes culinarios.
-¡No puedes... no puedes... cancelar mis citas sin preguntármelo primero!
-Ya lo he hecho -la miró con calma mientras ella se sumía en la resignación.
-Habría sido agradable... Habría pensado que podrías haber querido ver a tu hermano. No mantienen un contacto estrecho. Fede se habrá sentido terriblemente ofendido... He de llamarlo, explicarle que no fue mi idea...
-No tienes que explicarle nada a Fede -pudo sentir que perdía la ecuanimidad. No sabía qué diablos estaba ocurriendo ahí-. ¿Y por qué te preocupa tanto lo que piense mi hermano? ¿Ejerce alguna influencia sobre tí? ¿Le tienes miedo por algún motivo?
Desconcertada, Paula comprendió que el tiempo había desaparecido.
-¿Y tu trabajo? -preguntó-. Una vez que Joaquín llegue a casa, olvida la posibilidad de acabar algo.
-Supongo que entonces tendremos que retomarlo más tarde -se levantó y la ayudó a ponerse de pie-. O tal vez -murmuró después de ayudarla a subir al coche-, incluso mañana.
Ya había incorporado otro día. Y lo peor era que una cierta dosis de placer hormigueó en su interior ante la idea de tenerlo más tiempo en casa. Se preguntó de dónde había salido eso. Incómoda, se dijo que era simple gratitud por la generosidad mostrada al quedarse con ella cuando no había necesidad. Costaba no experimentar un sentimiento cálido por una persona que se había desvivido por ella. Y entonces no hubo oportunidad de pensar más en ello porque Jamie estuvo en el coche, contando excitado el día que había tenido, sacando dibujos que había hecho como un mago saca conejos de una chistera, al tiempo que los ametrallaba con la inacabable mezcla de preguntas prácticas y ridículas que siempre provocaban una sonrisa en Paula. Sin embargo, a las siete los ojos de Jamie comenzaron a cerrarse en mitad de una historia que le contaba, y terminó por perderse por completo en un sueño reparador mientras Pedro lo subía a su habitación.
-¿Te has divertido? -le preguntó cuando reapareció cinco minutos más tarde y se dejó caer con gesto agotado en el sillón.
La miró con ojos entrecerrados como si no hubiera experimentado una diversión tan sencilla en mucho tiempo.
-He cancelado la visita de Fede-anunció, evitando la pregunta de ella-. Le dije que aún no estabas preparada para visitas.
-¿Que has dicho... qué?
-Me has oído -indicó-. Veré a mi hermano antes de irme y como es evidente que los dos mantienen una amistad que va más allá de mi simple comprensión, podrás verlo cuando te plazca. No esta noche.
-¿Y no me has consultado?
-Correcto. Dime qué quieres para cenar. Me arreglo con la pasta, pero algo más complejo podría resultar incomestible. Me temo que fue Fede quien heredó todos los genes culinarios.
-¡No puedes... no puedes... cancelar mis citas sin preguntármelo primero!
-Ya lo he hecho -la miró con calma mientras ella se sumía en la resignación.
-Habría sido agradable... Habría pensado que podrías haber querido ver a tu hermano. No mantienen un contacto estrecho. Fede se habrá sentido terriblemente ofendido... He de llamarlo, explicarle que no fue mi idea...
-No tienes que explicarle nada a Fede -pudo sentir que perdía la ecuanimidad. No sabía qué diablos estaba ocurriendo ahí-. ¿Y por qué te preocupa tanto lo que piense mi hermano? ¿Ejerce alguna influencia sobre tí? ¿Le tienes miedo por algún motivo?
lunes, 1 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 45
-Si estás semanas en cama -aportó ella con desesperación-. ¡Pero llevo en cama menos de un día! No creo que mi circulación se vea afectada. ¿Qué haces?
Sabía perfectamente lo que iba a hacer, pero, aun así, su cuerpo reaccionó con conmoción encendida cuando deslizó los dedos por su pie bueno y comenzó a pasarle la crema de forma minuciosa, al tiempo que comentaba los milagros de un buen masaje para eliminar las molestias, los dolores, el estrés y, desde luego, el inexistente problema de circulación que afirmaba que sufría.
-Relájate -le dijo-. Puedo sentir tu tensión.
-¿Qué esperas?
Pero sus manos eran espantosamente relajantes y poco a poco sintió que empezaba a disfrutar el movimiento de sus dedos entre el pie, por los lados, contra el talón. Se reclinó en el sofá y entrecerró los ojos. Lo imaginó pintando las uñas de los dedos de los pies a una mujer, alguna voluptuosa diosa griega. Sintió que se ablandaba por dentro y de pronto abrió los ojos y vio la cabeza oscura aún concentrada en lo que hacía. Y haciéndolo muy bien.
-Ha sido muy agradable -comentó.
-¿Agradable? Jamás me gustó esa palabra.
-Ya estoy preparada para un trabajo duro -soslayó su intento de prolongar una conversación que ella no se sentía capaz de encarar.
Se esforzó por adoptar una postura semierguida y Pedro le acercó la mesa de centro para que pudiera apoyarse en ella. Desde luego, tuvo que permitirle que le acomodara el pie sobre la superficie. Más contacto. «Un contacto inocente», se recordó.
-¿Sabes en qué programa tienes que entrar?
Cuando ella asintió, él continuó ofreciéndole instrucciones concisas sobre lo que tenía que hacer, al tiempo que mantenía una distancia segura. Paula jamás se había sentido tan agradecida por poder disponer del refugio seguro de una pantalla de ordenador. Le dictó con una pronunciación pausada y perfecta, sin la necesidad de reflexionar en lo que tenía que decir. Cuando calló, era la una y media y le dijo que debía comer algo.
-Te llevaré fuera -anunció, frenando su objeción con una mano alzada-. Me aseguraré de que sea un pub y aparcaré justo delante para que tengas que caminar poco apoyada en mí. -No conoces ningún sitio por aquí. De verdad, no es una buena idea...
-¿Por qué no? Soluciona el problema de que tengas que comer lo que te prepare. -Pero... -la asustaba pasar tanto tiempo en su compañía. No quería conocer ninguna faceta de él que no pudiera encuadrar en categorías y que no le desagradara de inmediato-. Pero necesitas volver a tu propia vida en Londres... De verdad, ¡No me debes esta atención! No soy más que una cazafortunas. ¿Lo has olvidado?
-Saqué conclusiones y las revisé -la miró en silencio unos momentos-. ¿Te asusta estar en mi compañía? -inquirió con suavidad. Paula se apresuró a dar una negativa vehemente-. Bien. Entonces, ¿dónde está el problema?
Lo que significó que veinticinco minutos más tarde se encontraban sentados a la mesa en un rincón de un elegante restaurante francés que él había localizado con su agenda informática. Paula hizo preguntas inofensivas que recibieron respuestas divertidas que la mantuvieron animada durante el trayecto y la magnífica comida. La figura unidimensional que había proyectado sobre Pedro al conocerlo, rápidamente se iba convirtiendo en un hombre tridimensional de carne y hueso, agudo, ingenioso, educado y en absoluto parecido al hombre que debería interesarle... o al menos es lo que se decía.
Felíz año nuevo para todos.
Sabía perfectamente lo que iba a hacer, pero, aun así, su cuerpo reaccionó con conmoción encendida cuando deslizó los dedos por su pie bueno y comenzó a pasarle la crema de forma minuciosa, al tiempo que comentaba los milagros de un buen masaje para eliminar las molestias, los dolores, el estrés y, desde luego, el inexistente problema de circulación que afirmaba que sufría.
-Relájate -le dijo-. Puedo sentir tu tensión.
-¿Qué esperas?
Pero sus manos eran espantosamente relajantes y poco a poco sintió que empezaba a disfrutar el movimiento de sus dedos entre el pie, por los lados, contra el talón. Se reclinó en el sofá y entrecerró los ojos. Lo imaginó pintando las uñas de los dedos de los pies a una mujer, alguna voluptuosa diosa griega. Sintió que se ablandaba por dentro y de pronto abrió los ojos y vio la cabeza oscura aún concentrada en lo que hacía. Y haciéndolo muy bien.
-Ha sido muy agradable -comentó.
-¿Agradable? Jamás me gustó esa palabra.
-Ya estoy preparada para un trabajo duro -soslayó su intento de prolongar una conversación que ella no se sentía capaz de encarar.
Se esforzó por adoptar una postura semierguida y Pedro le acercó la mesa de centro para que pudiera apoyarse en ella. Desde luego, tuvo que permitirle que le acomodara el pie sobre la superficie. Más contacto. «Un contacto inocente», se recordó.
-¿Sabes en qué programa tienes que entrar?
Cuando ella asintió, él continuó ofreciéndole instrucciones concisas sobre lo que tenía que hacer, al tiempo que mantenía una distancia segura. Paula jamás se había sentido tan agradecida por poder disponer del refugio seguro de una pantalla de ordenador. Le dictó con una pronunciación pausada y perfecta, sin la necesidad de reflexionar en lo que tenía que decir. Cuando calló, era la una y media y le dijo que debía comer algo.
-Te llevaré fuera -anunció, frenando su objeción con una mano alzada-. Me aseguraré de que sea un pub y aparcaré justo delante para que tengas que caminar poco apoyada en mí. -No conoces ningún sitio por aquí. De verdad, no es una buena idea...
-¿Por qué no? Soluciona el problema de que tengas que comer lo que te prepare. -Pero... -la asustaba pasar tanto tiempo en su compañía. No quería conocer ninguna faceta de él que no pudiera encuadrar en categorías y que no le desagradara de inmediato-. Pero necesitas volver a tu propia vida en Londres... De verdad, ¡No me debes esta atención! No soy más que una cazafortunas. ¿Lo has olvidado?
-Saqué conclusiones y las revisé -la miró en silencio unos momentos-. ¿Te asusta estar en mi compañía? -inquirió con suavidad. Paula se apresuró a dar una negativa vehemente-. Bien. Entonces, ¿dónde está el problema?
Lo que significó que veinticinco minutos más tarde se encontraban sentados a la mesa en un rincón de un elegante restaurante francés que él había localizado con su agenda informática. Paula hizo preguntas inofensivas que recibieron respuestas divertidas que la mantuvieron animada durante el trayecto y la magnífica comida. La figura unidimensional que había proyectado sobre Pedro al conocerlo, rápidamente se iba convirtiendo en un hombre tridimensional de carne y hueso, agudo, ingenioso, educado y en absoluto parecido al hombre que debería interesarle... o al menos es lo que se decía.
Felíz año nuevo para todos.
Prohibida: Capítulo 44
-No sabes cuál es mi nivel de exigencia -señaló Pedro, situándose detrás de ella al tiempo que se inclinaba para poder manipular el teclado desde atrás-. ¿Está bien? Dime si la presión sobre tu pie es excesiva -debía haberse lavado el pelo.
Olía a menta y a eucalipto. Fresco y limpio. Como todas las rubias verdaderas, hasta las raíces de su pelo eran claras. Escuchó que ella le preguntaba algo acerca de los ficheros a los que debía acceder. Pedro musitó algo y movió el cursor a la carpeta en cuestión. Tuvo una imagen poderosa de esos dedos largos y finos acariciándolo y sintió que se ponía duro en reacción inmediata a la imagen mental.
-¿Lo echarás de menos? -murmuró.
Paula inclinó la cabeza con un ligero sobresalto ante la pregunta irrelevante. Sintió que el corazón le daba un vuelco, para luego latir con demasiada fuerza.
-¿Echar de menos a quién?
-A mi hermano. Sin compromiso, no hay Federico. ¿Lo echarás de menos? -le gustaba estar inclinado sobre ella de esa manera, aspirando su fragancia mientras esperaba una respuesta. Podía sentir su tensión. Se notaba en la quietud de su cuerpo. Ya no movía los dedos.
-Fede y yo siempre nos veremos -carraspeó y se afanó en fingir que el hombre grande que tenía detrás no le electrizaba todo el cuerpo. ¿Por qué se hallaba tan cerca, respirando sobre ella? Era todo un logro que hubiera podido hablar, ya que sus cuerdas vocales parecían estar sometidas a un extraño proceso de sequedad-. So... mos amigos -tartamudeó-, y uno no deja a los amigos en una cuneta cuando ya no se adaptan a tí.
Pedro se retiró, pero en vez de alejarse, se situó en cuclillas junto a ella.
-Pero no se trata sólo de una amistad, ¿Verdad? Era algo más... aunque nunca se consumara la relación
-Quizá deberíamos dejar esta conversación y continuar con el trabajo -musitó, enrojeciendo-. No soy una experta. Sé algo sobre ordenadores... -esos ojos fabulosos que la miraban hacían que se sintiera incómoda. Casi se retorció-. Además, no sé cuánto tiempo puedo permanecer aquí sin moverme. Empiezo a sentir el pie un poco rígido...
-¿Sí? -de inmediato mostró su preocupación-. Quizá una bolsa con hielo te ayude -se puso de pie y fue a la cocina. Tres minutos más tarde, regresaba con una bolsa de plástico fuerte llena de hielo y con gentileza procedió a apoyarla sobre su pie-. Te ayudará -manifestó para justificar lo fría que estaba-. Te pintas las uñas de los pies.
-Muchas mujeres lo hacen.
-Y también algunos hombres -alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa perversa-. Me refiero a pintar las uñas de sus mujeres. ¿Te lo ha hecho un hombre alguna vez?
-¡No, claro que no! -se hallaba completamente a su merced mientras movía la bolsa de hielo alrededor del tobillo.
-Suenas horrorizada. ¿Por qué? Es algo muy sensual.
-Siento el pie mucho mejor, gracias -graznó.
-Parece mucho mejor -retiró la bolsa con hielo y la estudió-. Bien, vuelvo en un minuto. ¡No te vayas! -se puso de pie y desapareció con el hielo, regresando un momento más tarde con un bote-. Crema -lo alzó-. Noté que tenías algunos botes en el cuarto de baño. La inmovilidad es muy mala para la circulación -continuó, abriendo el tapón-. ¿Lo sabías?
Olía a menta y a eucalipto. Fresco y limpio. Como todas las rubias verdaderas, hasta las raíces de su pelo eran claras. Escuchó que ella le preguntaba algo acerca de los ficheros a los que debía acceder. Pedro musitó algo y movió el cursor a la carpeta en cuestión. Tuvo una imagen poderosa de esos dedos largos y finos acariciándolo y sintió que se ponía duro en reacción inmediata a la imagen mental.
-¿Lo echarás de menos? -murmuró.
Paula inclinó la cabeza con un ligero sobresalto ante la pregunta irrelevante. Sintió que el corazón le daba un vuelco, para luego latir con demasiada fuerza.
-¿Echar de menos a quién?
-A mi hermano. Sin compromiso, no hay Federico. ¿Lo echarás de menos? -le gustaba estar inclinado sobre ella de esa manera, aspirando su fragancia mientras esperaba una respuesta. Podía sentir su tensión. Se notaba en la quietud de su cuerpo. Ya no movía los dedos.
-Fede y yo siempre nos veremos -carraspeó y se afanó en fingir que el hombre grande que tenía detrás no le electrizaba todo el cuerpo. ¿Por qué se hallaba tan cerca, respirando sobre ella? Era todo un logro que hubiera podido hablar, ya que sus cuerdas vocales parecían estar sometidas a un extraño proceso de sequedad-. So... mos amigos -tartamudeó-, y uno no deja a los amigos en una cuneta cuando ya no se adaptan a tí.
Pedro se retiró, pero en vez de alejarse, se situó en cuclillas junto a ella.
-Pero no se trata sólo de una amistad, ¿Verdad? Era algo más... aunque nunca se consumara la relación
-Quizá deberíamos dejar esta conversación y continuar con el trabajo -musitó, enrojeciendo-. No soy una experta. Sé algo sobre ordenadores... -esos ojos fabulosos que la miraban hacían que se sintiera incómoda. Casi se retorció-. Además, no sé cuánto tiempo puedo permanecer aquí sin moverme. Empiezo a sentir el pie un poco rígido...
-¿Sí? -de inmediato mostró su preocupación-. Quizá una bolsa con hielo te ayude -se puso de pie y fue a la cocina. Tres minutos más tarde, regresaba con una bolsa de plástico fuerte llena de hielo y con gentileza procedió a apoyarla sobre su pie-. Te ayudará -manifestó para justificar lo fría que estaba-. Te pintas las uñas de los pies.
-Muchas mujeres lo hacen.
-Y también algunos hombres -alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa perversa-. Me refiero a pintar las uñas de sus mujeres. ¿Te lo ha hecho un hombre alguna vez?
-¡No, claro que no! -se hallaba completamente a su merced mientras movía la bolsa de hielo alrededor del tobillo.
-Suenas horrorizada. ¿Por qué? Es algo muy sensual.
-Siento el pie mucho mejor, gracias -graznó.
-Parece mucho mejor -retiró la bolsa con hielo y la estudió-. Bien, vuelvo en un minuto. ¡No te vayas! -se puso de pie y desapareció con el hielo, regresando un momento más tarde con un bote-. Crema -lo alzó-. Noté que tenías algunos botes en el cuarto de baño. La inmovilidad es muy mala para la circulación -continuó, abriendo el tapón-. ¿Lo sabías?
Prohibida: Capítulo 43
-A Federico jamás le han interesado los coches ni el fútbol -sintió el impulso de señalar-. Puede que hubiera sido una presencia masculina y un proveedor de seguridad financiera, pero ahí se habría acabado todo.
-No es eso por lo que...
-¿No? Entonces, dime por qué... -cortó su exabrupto con rapidez.
-Tienes razón. A Fede no le gustan esas cosas. Bueno, al menos no el fútbol. Conduce un Porsche muy bonito, que Joaquín insiste en querer montar cada vez que viene a casa. En todo caso, y a lo que ibas, no estoy aburrida. Me gusta el sonido de la lluvia en el exterior y encuentro muy relajante no hacer nada. Deberías intentarlo algún día -obtuvo como recompensa una sonrisa tan deslumbrante y divertida que contuvo el aliento.
-Creo que es lo que estoy haciendo ahora -comentó.
Cuando giraba el cuello de esa manera, parecía tan delicada y vulnerable. El deseo de ir junto a ella, arrodillarse al lado del sofá y apartarle los mechones sueltos fue tan abrumador que tuvo que cerrar las manos con fuerza.
-Has venido con tu ordenador.
-Pero sólo lo he mirado esta mañana y ya es... casi mediodía... un récord personal...
Paula se torturó buscando algo prosaico que decir para diluir la súbita intimidad de la conversación.
-Bueno, pues será mejor que empieces -bromeó con ligereza-, o de lo contrario corres el peligro de descubrir que te gusta estar sin hacer nada.
-Oh, pero tampoco he estado del todo ocioso, ¿Verdad? -la miró con los ojos oscuros entrecerrados-. Te he estado atendiendo...
-¡Jamás te lo pedí!
-Puedes ser extremadamente predecible en tus reacciones...
-Lo cual es bueno -le soltó-. Me gusta ese rasgo en una persona -no podía esquivar esa conversación ni podía alejarse físicamente. Maldijo su inmovilidad.
-¿Sí? -suspiró-. Bueno, a pesar de lo que me gustaría continuar aquí sentado, charlando toda la mañana, no puedo evitar el trabajo de forma indefinida.
-¡No!
-Lo que me recuerda el motivo por el que vine a interrumpirte en primer lugar, perturbando tu apacible y solitario descanso...
-¿Sí...? -lo miró con cautela. -Como no he podido ir a mi despacho hoy...
-Lo que técnicamente no ha sido por mi culpa...
-Y con toda probabilidad tampoco iré mañana...
Paula se tomó unos segundos para asimilar la inevitabilidad de esa declaración y sólo captó el resto de lo que decía una vez completada la frase y cuando él esperaba una reacción de ella.
-¿Quieres que trabaje para tí!
-Sólo mientras esté aquí. Tengo algunas cosas que dictar y mi mecanografía tiende a funcionar únicamente con dos dedos y mucho tiempo perdido -recogió el ordenador y fue hasta donde se hallaba ella-. Creo que la mesa de la cocina puede volverse incómoda pasado un rato.
Toma. Puedes apoyarlo sobre tu regazo y en cuanto empieces a sentirlo un poco molesto, me lo dices. Paula apretó los dientes cuando al dejarle el ordenador, le rozó los pantalones con los dedos.
-Sabes usar estas cosas, ¿Verdad? -añadió él.
-¡Claro que sí! Pero no estoy segura de satisfacer tu nivel de exigencia.
-No es eso por lo que...
-¿No? Entonces, dime por qué... -cortó su exabrupto con rapidez.
-Tienes razón. A Fede no le gustan esas cosas. Bueno, al menos no el fútbol. Conduce un Porsche muy bonito, que Joaquín insiste en querer montar cada vez que viene a casa. En todo caso, y a lo que ibas, no estoy aburrida. Me gusta el sonido de la lluvia en el exterior y encuentro muy relajante no hacer nada. Deberías intentarlo algún día -obtuvo como recompensa una sonrisa tan deslumbrante y divertida que contuvo el aliento.
-Creo que es lo que estoy haciendo ahora -comentó.
Cuando giraba el cuello de esa manera, parecía tan delicada y vulnerable. El deseo de ir junto a ella, arrodillarse al lado del sofá y apartarle los mechones sueltos fue tan abrumador que tuvo que cerrar las manos con fuerza.
-Has venido con tu ordenador.
-Pero sólo lo he mirado esta mañana y ya es... casi mediodía... un récord personal...
Paula se torturó buscando algo prosaico que decir para diluir la súbita intimidad de la conversación.
-Bueno, pues será mejor que empieces -bromeó con ligereza-, o de lo contrario corres el peligro de descubrir que te gusta estar sin hacer nada.
-Oh, pero tampoco he estado del todo ocioso, ¿Verdad? -la miró con los ojos oscuros entrecerrados-. Te he estado atendiendo...
-¡Jamás te lo pedí!
-Puedes ser extremadamente predecible en tus reacciones...
-Lo cual es bueno -le soltó-. Me gusta ese rasgo en una persona -no podía esquivar esa conversación ni podía alejarse físicamente. Maldijo su inmovilidad.
-¿Sí? -suspiró-. Bueno, a pesar de lo que me gustaría continuar aquí sentado, charlando toda la mañana, no puedo evitar el trabajo de forma indefinida.
-¡No!
-Lo que me recuerda el motivo por el que vine a interrumpirte en primer lugar, perturbando tu apacible y solitario descanso...
-¿Sí...? -lo miró con cautela. -Como no he podido ir a mi despacho hoy...
-Lo que técnicamente no ha sido por mi culpa...
-Y con toda probabilidad tampoco iré mañana...
Paula se tomó unos segundos para asimilar la inevitabilidad de esa declaración y sólo captó el resto de lo que decía una vez completada la frase y cuando él esperaba una reacción de ella.
-¿Quieres que trabaje para tí!
-Sólo mientras esté aquí. Tengo algunas cosas que dictar y mi mecanografía tiende a funcionar únicamente con dos dedos y mucho tiempo perdido -recogió el ordenador y fue hasta donde se hallaba ella-. Creo que la mesa de la cocina puede volverse incómoda pasado un rato.
Toma. Puedes apoyarlo sobre tu regazo y en cuanto empieces a sentirlo un poco molesto, me lo dices. Paula apretó los dientes cuando al dejarle el ordenador, le rozó los pantalones con los dedos.
-Sabes usar estas cosas, ¿Verdad? -añadió él.
-¡Claro que sí! Pero no estoy segura de satisfacer tu nivel de exigencia.
Prohibida: Capítulo 42
La mujer era un cúmulo de contradicciones. Clavó la vista en la pantalla del ordenador portátil que había colocado en la mesa de la cocina. Sin embargo, su mente no se hallaba centrada en los correos electrónicos que parpadeaban ante él. Con un gruñido impaciente, se puso de pie y se preparó una taza de café mientras se preguntaba qué estaría haciendo ella en el salón. Para alguien que había estado preparada para venderse en un matrimonio sin amor en un intento por conseguir estabilidad financiera, se había mostrado muy puritana cuando llegó el momento de ayudarla con el baño. De hecho, lo había echado y se lo había dado ella sola, aunque tuviera que tardar cinco veces más de lo necesario, algo que él le señaló varias veces a través de la puerta cerrada. Sólo había aceptado solicitar su ayuda cuando tuvo que bajar las escaleras para ir al salón, e incluso entonces, se negó a que la cargara. Esa noche Federico iba a ir a visitarla, sacando tiempo de su apretada agenda para ver a la mujer que lo había dejado. No tenía sentido.
A Pedro nunca lo había dejado una mujer, pero estaba seguro de que si así hubiera sido, lo último que querría hacer sería verla, y menos mantener una visita social y civilizada con una taza de té de por medio. Todo era desconcertante y él odiaba los misterios. Miró el ordenador y, con una decisión súbita, vertió el café en el fregadero, recogió el portátil y se fue al salón. Paula se hallaba en el sofá, con las piernas estiradas, la lesionada apoyada sobre un cojín. El tobillo estaba inmovilizado por una venda elástica. Alzó el rostro del libro que leía.
-¿Sí? -enarcó las cejas con la pregunta-. ¿Quieres algo?
-¿No estás aburrida de leer? ¿Quieres que te dé el mando a distancia del televisor? -dejó el portátil sobre la mesilla junto al sofá y comenzó a caminar inquieto por el salón.
-Me gustaría que dejaras de merodear, Pedro. Me agota.
Él se detuvo y se volvió para mirarla.
-¿Cómo puedes sentirte agotada por alguien?
-Sé que te sientes encerrado aquí y ya te he dicho que dispones de libertad para marcharte. Me arreglo muy bien sola. De hecho, la hinchazón prácticamente ha desaparecido y puedo funcionar. No muy rápidamente, pero no tengo prisa en este momento en particular.
-Me voy a quedar hasta que tu pie haya sanado por completo.
-¿Por completo? -preguntó, boquiabierta por el asombro-. Creía que te marchabas esta noche.
-¿No sería conveniente antes de que llegara mi hermano?
-¿Por qué iba a querer que te fueras antes de que viniera Federico?
-¿Quizá porque temes que le pueda hacer una o dos preguntas afiladas...? -sabía que buscaba una discusión y conocía la causa. ¡Estaba celoso de su hermano! Ya no había compromiso alguno, pero lo irritaba que aún hubiera un trato cálido entre ellos. Quizá la amistad sin sexo había sido la base perfecta para una relación permanente. El sexo, después de todo, era transitorio-. Sea como fuere, eso es irrelevante. Aún no has respondido mi pregunta. ¿Estás aburrida?
-No, claro que no estoy aburrida -miró más allá de la figura imponente y vió que la fina llovizna que caía detrás de la ventana amenazaba con convertirse en un chaparrón-. Es un día perfecto para estar en casa con un pie fastidiado -comentó con melancolía-. Quizá si brillara el sol, tendría ganas de estar al aire libre, haciendo algo útil en el jardín; pero con este tiempo, es maravilloso estar bajo techo.
Era la frase más larga que le había dicho en toda la mañana. Pedro abandonó todo pensamiento de trabajo. Se retiró de la ventana y se sentó en el sillón frente a ella con las piernas estiradas.
-Bajo techo sin hacer nada.
-Estoy leyendo -alzó el libro para que viera el título de la novela de misterio-. No dispongo de tiempo suficiente para hacerlo. Llevo casi seis meses con este libro y apenas voy por la mitad. Por si no lo has notado, el tiempo va a un ritmo frenético cuando hay niños de por medio.
-Sí, de hecho, lo he notado -respondió.
-Joaquín no ha sido mucho problema, ¿Verdad?
-Se portó muy bien. De hecho, creo que disfrutó teniéndome cerca.
-Disfrutó teniendo cerca un hombre -lo corrigió con celeridad-. Está llegando a una edad en la que le interesan los coches y el fútbol y envidia a sus amiguitos, que tienen padres que comparten esos intereses con ellos.
A Pedro nunca lo había dejado una mujer, pero estaba seguro de que si así hubiera sido, lo último que querría hacer sería verla, y menos mantener una visita social y civilizada con una taza de té de por medio. Todo era desconcertante y él odiaba los misterios. Miró el ordenador y, con una decisión súbita, vertió el café en el fregadero, recogió el portátil y se fue al salón. Paula se hallaba en el sofá, con las piernas estiradas, la lesionada apoyada sobre un cojín. El tobillo estaba inmovilizado por una venda elástica. Alzó el rostro del libro que leía.
-¿Sí? -enarcó las cejas con la pregunta-. ¿Quieres algo?
-¿No estás aburrida de leer? ¿Quieres que te dé el mando a distancia del televisor? -dejó el portátil sobre la mesilla junto al sofá y comenzó a caminar inquieto por el salón.
-Me gustaría que dejaras de merodear, Pedro. Me agota.
Él se detuvo y se volvió para mirarla.
-¿Cómo puedes sentirte agotada por alguien?
-Sé que te sientes encerrado aquí y ya te he dicho que dispones de libertad para marcharte. Me arreglo muy bien sola. De hecho, la hinchazón prácticamente ha desaparecido y puedo funcionar. No muy rápidamente, pero no tengo prisa en este momento en particular.
-Me voy a quedar hasta que tu pie haya sanado por completo.
-¿Por completo? -preguntó, boquiabierta por el asombro-. Creía que te marchabas esta noche.
-¿No sería conveniente antes de que llegara mi hermano?
-¿Por qué iba a querer que te fueras antes de que viniera Federico?
-¿Quizá porque temes que le pueda hacer una o dos preguntas afiladas...? -sabía que buscaba una discusión y conocía la causa. ¡Estaba celoso de su hermano! Ya no había compromiso alguno, pero lo irritaba que aún hubiera un trato cálido entre ellos. Quizá la amistad sin sexo había sido la base perfecta para una relación permanente. El sexo, después de todo, era transitorio-. Sea como fuere, eso es irrelevante. Aún no has respondido mi pregunta. ¿Estás aburrida?
-No, claro que no estoy aburrida -miró más allá de la figura imponente y vió que la fina llovizna que caía detrás de la ventana amenazaba con convertirse en un chaparrón-. Es un día perfecto para estar en casa con un pie fastidiado -comentó con melancolía-. Quizá si brillara el sol, tendría ganas de estar al aire libre, haciendo algo útil en el jardín; pero con este tiempo, es maravilloso estar bajo techo.
Era la frase más larga que le había dicho en toda la mañana. Pedro abandonó todo pensamiento de trabajo. Se retiró de la ventana y se sentó en el sillón frente a ella con las piernas estiradas.
-Bajo techo sin hacer nada.
-Estoy leyendo -alzó el libro para que viera el título de la novela de misterio-. No dispongo de tiempo suficiente para hacerlo. Llevo casi seis meses con este libro y apenas voy por la mitad. Por si no lo has notado, el tiempo va a un ritmo frenético cuando hay niños de por medio.
-Sí, de hecho, lo he notado -respondió.
-Joaquín no ha sido mucho problema, ¿Verdad?
-Se portó muy bien. De hecho, creo que disfrutó teniéndome cerca.
-Disfrutó teniendo cerca un hombre -lo corrigió con celeridad-. Está llegando a una edad en la que le interesan los coches y el fútbol y envidia a sus amiguitos, que tienen padres que comparten esos intereses con ellos.
Prohibida: Capítulo 41
De inmediato le aseguró que tenía todo a mano y le afirmó que su hermano se marcharía a primera hora de la mañana. Lo cual no pareció ser el caso cuando abrió los ojos al sol que entraba débilmente a través de las cortinas y a una llamada delicada a la puerta, entreabierta. Pedro Alfonso no parecía un hombre adecuadamente vestido para regresar a su trabajo en Londres. Paula se incorporó un poco más y miró el reloj. ¡Las diez y media! Gritó.
-Estabas muerta para el mundo -fue hacia ella con dos pequeñas grageas en una mano y un vaso de agua en la otra-. Así que no te desperté y me cercioré de que Joaquín fuera silencioso como un ratón. Le gustó el juego.
-¡No debiste dejarme dormir tanto! -apartó el edredón, pero el simple acto de tratar de sacar las piernas de la cama hizo que gritara de dolor.
-No. ¡Debería haberte sacudido hasta que te despertaras y luego insistido en que bajaras! -le dió las pastillas y mientras se las tragaba, la puso al corriente de lo sucedido. Se había levantado a las seis, se había ocupado de Joaquín, lo había llevado al colegio y de regreso había parado para comprarse algo de ropa y comida. Y, desde luego, los medicamentos recetados-. Y ahora... -se sentó en la cama-... te ayudaré a ir al cuarto de baño. Luego el desayuno. Te bajaré en brazos. ¿O prefieres que te lo suba en una bandeja?
Paula estaba consternada. No parecía un hombre a punto de marcharse de su casa. Sino un hombre que se había tomado demasiado en serio las responsabilidades asumidas. ¿Y por qué tenía que estar tan atractivo? Sintió que los pechos sueltos le rozaban la camiseta y que los pezones se le ponían duros; lo miró ceñuda.
-Lamento haberte estropeado la noche, pero no pienso estropearte el día. ¿No tienes que regresar a Londres? Fede dijo que apenas disponías de unos minutos libres cuando venías aquí.
-De hecho, estoy más bien ocupado en este momento, pero eso es lo bueno de la vida moderna que llevamos. Por suerte, siempre meto el portátil en el coche cuando salgo de Londres, de modo que puedo estar al corriente de lo que sucede desde aquí. He tenido que cancelar algunas reuniones, pero dispongo de gente que puede ocuparse de las cosas siempre que no puedo finalizar algo -le dedicó una sonrisa irónica-. Les pago bastante. De vez en cuando, tienen que justificar sus elevados ingresos.
-Pero...
-Te prepararé un baño.
La dejó debatiéndose en lo que parecían unas súbitas arenas movedizas de mercurio y regresó antes de que pudiera resignarse a lo inevitable.
-Sólo por este día, entonces -dijo mientras la alzaba con suavidad de la cama y la llevaba al cuarto de baño, girándola en la puerta para protegerle el pie.
-Si tú lo dices -murmuró Pedro de buen humor.
Podía sentirla cálida y vulnerable en los brazos, podía oír las maquinaciones de su cerebro mientras aceptaba la presencia de él y era consciente de los latidos rápidos de su corazón. Volvía a sentirse como un joven de dieciocho años, presa de emociones desbordadas...
-Estabas muerta para el mundo -fue hacia ella con dos pequeñas grageas en una mano y un vaso de agua en la otra-. Así que no te desperté y me cercioré de que Joaquín fuera silencioso como un ratón. Le gustó el juego.
-¡No debiste dejarme dormir tanto! -apartó el edredón, pero el simple acto de tratar de sacar las piernas de la cama hizo que gritara de dolor.
-No. ¡Debería haberte sacudido hasta que te despertaras y luego insistido en que bajaras! -le dió las pastillas y mientras se las tragaba, la puso al corriente de lo sucedido. Se había levantado a las seis, se había ocupado de Joaquín, lo había llevado al colegio y de regreso había parado para comprarse algo de ropa y comida. Y, desde luego, los medicamentos recetados-. Y ahora... -se sentó en la cama-... te ayudaré a ir al cuarto de baño. Luego el desayuno. Te bajaré en brazos. ¿O prefieres que te lo suba en una bandeja?
Paula estaba consternada. No parecía un hombre a punto de marcharse de su casa. Sino un hombre que se había tomado demasiado en serio las responsabilidades asumidas. ¿Y por qué tenía que estar tan atractivo? Sintió que los pechos sueltos le rozaban la camiseta y que los pezones se le ponían duros; lo miró ceñuda.
-Lamento haberte estropeado la noche, pero no pienso estropearte el día. ¿No tienes que regresar a Londres? Fede dijo que apenas disponías de unos minutos libres cuando venías aquí.
-De hecho, estoy más bien ocupado en este momento, pero eso es lo bueno de la vida moderna que llevamos. Por suerte, siempre meto el portátil en el coche cuando salgo de Londres, de modo que puedo estar al corriente de lo que sucede desde aquí. He tenido que cancelar algunas reuniones, pero dispongo de gente que puede ocuparse de las cosas siempre que no puedo finalizar algo -le dedicó una sonrisa irónica-. Les pago bastante. De vez en cuando, tienen que justificar sus elevados ingresos.
-Pero...
-Te prepararé un baño.
La dejó debatiéndose en lo que parecían unas súbitas arenas movedizas de mercurio y regresó antes de que pudiera resignarse a lo inevitable.
-Sólo por este día, entonces -dijo mientras la alzaba con suavidad de la cama y la llevaba al cuarto de baño, girándola en la puerta para protegerle el pie.
-Si tú lo dices -murmuró Pedro de buen humor.
Podía sentirla cálida y vulnerable en los brazos, podía oír las maquinaciones de su cerebro mientras aceptaba la presencia de él y era consciente de los latidos rápidos de su corazón. Volvía a sentirse como un joven de dieciocho años, presa de emociones desbordadas...
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