miércoles, 20 de diciembre de 2017

Prohibida: Capítulo 27

-Tú  lo  llamas  así  -repuso  Pedro con  humor-.  Yo  lo  llamo  tratar  honestamente con los miembros del sexo opuesto. No hago promesas que no tengo intención de cumplir -a ese ritmo, se perdería la reunión que  tenía  programada  para  esa  tarde-.  ¿Por  qué  te  interesa?  -inquirió-. ¿Estás celosa?

 -¿Celosa? -lanzó indignada-. ¡De verdad que eres el ser humano más arrogante y egoísta que he conocido!

 -Pero no has contestado la pregunta...

La boca suave y entreabierta era una invitación que le resultaba incapaz de  resistir  y  en  esa  ocasión  sin  culpabilidad.  No se estaba  acostando  con  Federico.  Lo  estaba  utilizando.  Que  no  lo  hubiera  reconocido abiertamente era una simple cuestión técnica. Cerró la breve distancia que los separaba y le cubrió la boca con la suya. Volvió a sentir esa confusión mezclada con furia y deseo que había  estado  en  ella  cuando  la  había  besado  la  noche  anterior.  El  conocimiento de que lo deseaba a pesar de odiarse por ello fue como una descarga de adrenalina.  Experimentó  su  dura  y  palpitante  erección  presionada  contra  la  cremallera  y  continuó  saqueándole  la  boca.  El beneplácito llegó  cuando  ella  le  rodeó  el  cuello  con  los  brazos  y  cuando  él  deslizó  la  mano  por  debajo  del  top  sólo  encontró  un  gemido  de  entrega.  No  llevaba sujetador. No sabía cómo su hermano podía ocupar el mismo espacio  que  esa  mujer  y  mantener  las  manos  quietas.  Tenía  que  verla.  Que  la  reunión  esperara.  Los  ejecutivos  se  molestarían  pero aguardarían,  porque  era  demasiado  poderoso  para  que  lo  dejaran  plantado. Alzó el top y se excitó. Las areolas eran grandes círculos rosados y los pezones sobresalían orgullosos, rígidos y erectos, pidiéndole que se  introdujera  uno  en  la  boca  para  succionarlo,  probarlo,  para  oír  la  respuesta febril.  Paula se  retorció  cuando  le  succionó  un  pezón  al  tiempo  que  le  acariciaba el otro pecho con una mano. La provocó, la tentó, se llevó el  capullo  excitado  a  la  boca,  enviando  todos  sus  pensamientos  en  caída libre. Nunca en la vida se había sentido de esa manera. Los  dedos  de  ella se  enredaron  en  su  pelo  y  tiró  de  él  hacia  abajo, no deseando que frenara las exploraciones ardientes. Pero en el momento en que la mano de él bajó para reclamar ese  único  lugar  que  en  ese  momento  estaba  húmedo  por  el  deseo,  fue cuando la realidad atravesó las barreras de su mente encendida y trató de bajar el top con una mano y empujarlo con la otra.

-¡No! -se irguió y lo miró con ojos conmocionados. 

El top había vuelto a su sitio, pero los pezones aún le palpitaban del asalto al que los había sometido con la boca. El cuerpo entero le temblaba. Pedro necesitó  unos  segundos  para  asimilar  la  distancia  que  se  había  establecido  entre  ellos  y  sólo  unos  pocos  más  para  darse  cuenta  de  lo  descontrolado que había  estado.  Aturdido,  se  preguntó  qué  diablos  había  pasado.  Se  irguió  también,  consciente de  su  erección  que  todavía  clamaba  satisfacción.  Ahí  estaba  ella,  el  rostro  sonrojado y con expresión consternada. ¿Es que se había vuelto loco?

-Un  pequeño  recordatorio  -dijo,  agradecido  de  que  la  voz  no  traicionara  lo  que   sentía-   de  por  qué   necesitas  romper  tu  compromiso.

Giró  en  redondo  y  se  alejó.  Paula observó  la  espalda  y  se  preguntó  cómo,  después  de  sufrir  todo  tipo  de  mortificaciones  la  noche  anterior,  había  permitido  que  le  hiciera  otra  vez  lo  mismo.  Cuando al final se puso de pie, segura en el conocimiento de que ya se había marchado, descubrió que aún temblaba. Una y otra vez se repitió que se había ido para siempre y le dió las gracias a Dios por ello.

Prohibida: Capítulo 26

Después  de  elegir  un  banco  apartado  entre  árboles,  Paula se  sentó  y  abrió  el  libro,  pero  su  cerebro  se  negó  a  asimilar  las  palabras  de  la  página que tenía ante los ojos. Hacía  años  que  no  tocaba  a  un  hombre,  que  lo  besaba,  que  sentía  ese  impulso  por  su  cuerpo  que  hacía  que  deseara  estar  desnuda y abrazada a él. Que  llegara  a  suceder  la  asustaba.  Que  hubiera  sucedido  con  Pedro Alfonso le resultaba aterrador. Las letras se tornaron borrosas y parpadeó, aclarándose los ojos y  diciéndose  que  no  debía  llorar.  Abandonó  el  pretexto  de  leer,  se  reclinó en el respaldo del banco y cerró los ojos. La brisa era suave y cálida. Desde donde se encontraba, era imposible oír las voces de los invitados que se marchaban. Habiendo dormido muy poco la noche anterior, pudo sentir cómo los párpados se le volvían pesados y le dió la bienvenida a la paz de no tener que pensar, de no tener que castigarse con recriminaciones por su propia estupidez. No tenía ni idea del tiempo que había estado durmiendo ni de lo que  habría  seguido  haciéndolo  si  no  la  hubiera  despertado  el  sonido  de algo fuera de lugar, que no tenía nada que ver con la brisa entre las  hojas.  Abrió  los  ojos  y  descubrió  que  se  hallaba  en  la  sombra,  y  no porque el sol se hubiera puesto en el horizonte. Pedro se erguía sobre ella. El  corazón  comenzó  a  latirle  con  fuerza.  Se  lo  veía  vitalmente  masculino con unos pantalones de color crema y una fina camisa de algodón  de  un  azul  suave.  Tenía  el  pelo  húmedo  y  hacia  atrás.  A  pesar de todo, era consciente del atractivo primitivo que ejercía sobre su  cuerpo.  Era  una  reacción  instintiva  sobre  la  que  no  parecía  tener  control  y  en  ese  momento  era  más  aterrador  porque  la  luz  del  día  hacía que fuera de una realidad lúgubre.

 -¿Qué  quieres?  -preguntó  con  sequedad,  irguiéndose-.  ¿Cómo  me has encontrado aquí?

 -Me pareció el lugar más obvio al que irías para esconderte ante la posibilidad de tropezar conmigo.

-¿Puedes culparme? -soltó sin rodeos.

Pedro apreció  la  honestidad  sin  ambages.  Le  dedicó  una  sonrisa  pausada  que,  sin  saberlo  él,  le  produjo  un  extraño  cosquilleo  en  el  estómago, como el aletear de mil mariposas.

 -No, no puedo hacerlo.

-Entonces,  ¿Para  qué  has  venido  a  buscarme?  Ya  has  hecho  lo  que querías hacer, ¿No?

 -¿Sí?  ¿Le  has  dicho  ya  a  Fede que  su relación  se  ha  terminado?

 -No.

-¿Por qué?

 -¡Porque  todavía  duerme!  ¡Sería  complicado  mantener  una  conversación con alguien que no está despierto!

En esa ocasión, la sonrisa de Pedro fue auténtica.  La chica era valiente y divertida bajo ese exterior duro.

-Pobre  Fede.  Durmiendo  el  sueño  de  los  inocentes.  Por  no  mencionar de los frustrados. ¿Cuándo piensas comunicárselo?

 -Cuando  volvamos  a Inglaterra   -se  protegía  los  ojos  del  resplandor para poder mirarlo.

Le daba una pequeña ventaja, ya que no le permitía leer su expresión. Como dándose cuenta de ello, él se puso en cuclillas, con el rostro a pocos centímetros del suyo.

-Bien  -comentó  con  voz  sedosamente  agradable- porque  no  quiero que olvides que lo comprobaré para cerciorarme de que lo has hecho.

-¿Te marchas ya? -preguntó con cortesía-. Porque no quiero ser la culpable de retenerte.

 -¿No lo quieres?  -murmuró-.  Sí, me  voy  ya.  Los  negocios  son  una bestia que jamás duerme.

-¿Te vas solo?  -había  querido  dejarlo  con  la  burla de  despedida  de que si se marchaba en compañía de Brenda, quizá debiera dedicar un  tiempo  a  analizar  su  propia  moralidad,  pero  antes  de  poder  hacerlo, él le dedicó otra de sus sonrisas perezosas.

-Sí. ¿Por qué? ¿Pensaste que podría marcharme con la deliciosa Brenda? -movió la cabeza con pesar-. Quiere demasiadas cosas que no estoy  dispuesto  a  proporcionar  en  este  momento.  Declaraciones  de  amor,  solitarios  con  grandes  diamantes  y  en  el  horizonte  el  sonido  lejano de campanas nupciales.

-Quieres  decir  que  prefieres  ir  de  cama  en  cama  -soltó  con  desdén.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Prohibida: Capítulo 25

Ella apartó la vista y él notó la palidez frágil de su piel y el modo vulnerable  en  que  juntaba  las  manos,  como  si  intentara  evitar  temblar como una hoja. Lo  asaltó  el  pensamiento  traidor  de  que  si  había  tenido  que  averiguar la realidad de ella de esa manera, le habría gustado haber recorrido toda la distancia, sacarle los pechos y probarlos, arrancarle el  vestido  y  exponer  cada  centímetro  de  su  desnudez.  Acalló  el  pensamiento culpable y desagradable, pero su dolo-rosa erección aún le decía lo que no quería oír.

-Te haré el favor de no ser quien aporte la prueba de tu engaño a Federico. Dejaré en tus manos romper el compromiso, de la manera que más oportuna creas.

-Eres  muy  benevolente,  pero,  ¿Cómo  sabes  que  es  eso  lo  que  quiero  hacer?  ¿O  lo  que  desea  Fede,  aunque  fueras  a  verlo  y  le  hablaras... bueno... de un beso...?

 No era lo que Pedro había esperado oír.

-Mi  hermano  puede  verse  cautivado  por  palabras  bonitas  y  un  aspecto atractivo, pero no creo que mi madre o mi abuelo adoptaran la  misma  actitud  y,  por  si  no  lo  has  notado,  mi  hermano  los  tiene  a  ambos en muy alta estima.


Paula se ruborizó.

 -De acuerdo.

 -Y que ni se te pase por la cabeza cometer un fraude.

-¿Como cuál?

 -Como  callarte  o,  peor,  exponer  planes  para  una  boda.  No funcionará.  Estaré  en  Atenas  las  próximas  semanas,  pero  en  cuanto  acabe allí, me pondré en contacto con Fede y me cercioraré de que hayas  hecho  exactamente  lo  que  te  he  dicho  que  hicieras  -fue  hacia  la puerta y la abrió antes de volverse hacia ella-. Apuesto que ahora estás deseando haber aceptado mi oferta original de desaparecer con los bolsillos llenos...

Paula palideció  pero  permaneció  en  silencio.  ¿Qué  sentido  tenía  responder?  Sólo  se  dió  cuenta  de  lo  rígidamente  tensa  que  .estaba  cuando él se fue, cerrando la puerta con sigilo a su espalda, tal como haría un amante clandestino. Luego se hundió. Apenas pudo obligarse a ir al cuarto de baño, desvestirse,  enfundarse  el  pijama  y  quitarse  el  maquillaje.  Pero  lo  hizo en piloto automático, como un robot. Sus pensamientos eran caóticos, y los peores eran sobre lo que había sentido cuando Pedro Alfonso la había tocado. Toda la percepción que había almacenado inconscientemente se había descargado sobre ella,  como  una  inundación  que  rompiera  las  paredes  frágiles  de  un  dique mal construido. Lo había deseado tanto, que su cuerpo le había parecido  estar  en  llamas,  un  fuego  desbocado  que  se  había  iniciado  en lo más hondo de su ser para extenderse hacia fuera, devorando a su paso devastador cualquier atisbo de sentido común. Bajo  el  confort  del  ligero  cobertor,  tembló  de  forma  convulsiva  en  la  habitación  a  oscuras  y  se  preguntó  por  qué  no  se  había  opuesto. La  respuesta  era  que  había  estado  desesperada  por  tocarlo  y  porque la tocara. La  aceptación  de  ese  hecho  la  llevó  a  emitir  un  gemido.  Se  sentía desnuda. Todas las defensas que había erigido a lo largo de los años habían caído de un solo golpe y del modo más terrible posible. Claro  que  se  lo  contaría  a  Federico,  pero  le  dolía  el  corazón  al  pensar que Pedro obtendría lo que se había fijado desde un principio, desvaneciéndose de su vida creyendo que era la mujer que se había inventado.  Una  cazafortunas  calculadora  que  había  atrapado  a  su  hermano  y  que  habría  llegado  hasta  el  final  si  él  no  la  hubiera  obligado a confesar. Se felicitaría por un trabajo bien hecho. Al final el sueño la dominó, pero fue un reposo inquieto. Había  decidido  que  se  lo  contaría  a  Federico al  día  siguiente,  pero,   como   cabía   esperar   después   de   los   festejos,   se   hallaba   profundamente  dormido  cuando  ella  despertó  poco  después  de  las  nueve de la mañana, y no tuvo valor para despertarlo. Además, ¿de qué serviría su confesión a esas alturas? Haría que pasara el resto de las breves vacaciones ansioso. Decidió que lo mejor era dejarlo hasta que regresaran a Inglaterra.

Tal  como  había  esperado,  la  villa  se  hallaba  rebosante  de  actividad.  La  gente  se  marchaba  y  el  vestíbulo  enorme  estaba  lleno  con todo tipo de equipaje.  Ana estaba ocupada supervisándolo todo, cerciorándose  de  que  el  transporte  que  habían  contratado  hubiera  llegado  a  tiempo.  Paula se  mezcló  entre  los  invitados,  la  mayoría  resacosos, sonrió e hizo comentarios sensatos sobre lo magnífica que había  sido  la  fiesta,  besó  mejillas  y  emitió  las  palabras  adecuadas  acerca de esperar que volvieran a verse. Por suerte, el único miembro del grupo al que no quería ver, no andaba  por  ahí.  Como  ella  no  iba  a  marcharse  ese  día,  fue  a  desayunar algo y luego se retiró al rincón más alejado del jardín con un libro y sus pensamientos.

Prohibida: Capítulo 24

-Pero no lo bastante atractivo para llevarte a su cama. ¿Qué va a suceder cuando mi hermano decida que ha llegado el momento de dejar  de  ser un  caballero?  ¿Entonces  insistirás  en  que  te ponga  la  alianza en el  dedo?  ¿De  ahí  surge  tu  recato  femenino?  ¿De la  necesidad  de  mantener  a  Fede de  puntillas,  con  la  zanahoria  colgando  ante  sus  narices,  para  tenerlo  donde  realmente  lo  quieres?  Muy inteligente. La cacería siempre es mucho más estimulante que la captura real...

Paula alzó  la  mano,  guiada  por  la  ira  y  el  pánico,  pero  en  esa  ocasión no hubo conexión con esa cara arrogante. Con destreza, él le atrapó la muñeca y no la soltó.

-Mmm. Lo hiciste una vez y en mi opinión ya fue demasiado -la acercó  un  poco  y  sintió  que  la atmósfera  cambiaba  con  velocidad  eléctrica.

La respiración de ella se aceleró y las pupilas se le dilataron. En ese instante no parecía importar si la había estado atacando o no. El cuerpo de Paula respondía al suyo, ajeno a lo que le dijera la mente. Esa certeza lo elevó en una ola poderosa. Sintió la boca seca al verse atrapado  en  un  remolino  de  deseo  similar,  porque  no  había  otra  manera  de  describir  lo  que  sentía.  La  suspicacia  y  la  curiosidad  se  fundieron en una devastadora atracción animal.

-¡Haces  que  desee  abofetearte!   -exclamó  ella   con   voz   estrangulada.

 Lo miró a la boca y de inmediato apartó la vista.

-¿Qué  más  te  impulso  a  desear  hacer,  Paula?  -murmuró  con  suavidad. 

En la  intensidad  del  momento,  Federico sólo  era  una  imagen, que desaparecía con rapidez.

-No sé a qué te refieres -tartamudeó-. Te has equivocado.

-Sabes a qué me refiero -le soltó la muñeca, pero no retrocedió.

 La envolvió en un abrazo en el que no hubo contacto físico, porque ni siquiera la rozaba, sólo se apoyaba en la pared frente a ella, sobre las palmas de las manos, con los codos doblados de forma que quedaba únicamente a unos centímetros de Paula. Sintió  que  se  ahogaba.  Pero le gustó  la  sensación.  Era  tan  intensa y cegadoramente real. Con un sobresalto, comprendió el éxito que  había  tenido  durante  años  en  aislarse  de  cualquier  contacto  significativo  con  el  sexo  opuesto.  Las  puertas  que  siempre  había  tenido abiertas al mundo, las había cerrado y sellado. Desconcertaba que  ese  hombre,  el  menos  apropiado  en  el  mundo  por  diversas  razones, hubiera logrado abrirlas. Quiso  protestar,  pero  sólo  fue  consciente  de  que  únicamente  emitía un gemido cuando él se inclinó y le cubrió la boca con la suya y alzó las manos para enmarcarle el rostro, elevándolo de modo que todo el cuerpo se arqueó para recibir ese beso. Necesitó  un  par  de  minutos,  como  mucho,  para  estar  perdida.  Todas las necesidades e impulsos que se habían secado en su interior florecieron  a  una  súbita  y  jadeante  vida.  Respondió  con  todo  su  ser  cuando la lengua de él le invadió la boca como algo que buscara ir directamente a su alma. Entonces, las  lecciones  aprendidas  y  los    años  de  autoconservación  volvieron  a  enfocarse. Y  con  ellos  la  imagen  de  Federico. Empujó  con  fuerza,  luchando  por  liberarse  y  jadeando  como  alguien privado de oxígeno. Pedro se retiró de inmediato, enfadado consigo mismo porque no había querido que terminara. Había querido que los llevara a ambos a su destino. En ese momento emergió la cara de Federico acusadora y su ira se proyectó hacia ella.

 -¿Cómo te atreves? -demandó ella.

-Es  un  poco  tarde  para  una  furia  santurrona,  ¿No  crees?  -replicó-.  Fede no  te  vale,  ¿Verdad?  ¿O  quizá  has  decidido  que  yo  soy una presa mejor? ¿Eh?

 -¡Qué palabras tan despreciables!

 -Pero  es  que  yo  soy  despreciable,  como  no  paras  de  decir.  Sin  embargo, no tanto como para que no te derritas con mi contacto -se apartó,  sabiendo  que  en  ese  momento  disponía  de  la  munición  para  hacer  lo  que  había  querido  desde  un  principio,  aportarle a  su  hermano  pruebas  suficientes  de  que  su  querida  novia  no  era  esa  preciosidad tan pura por la que evidentemente la tomaba. Sabía  que  podía  dejarlo  todo  arreglado  antes  de  regresar  a  Atenas.  Entonces,  ella  quedaría  fuera  de  la  vida  de  su  hermano  y  nunca más tendría que verla.

-Yo...

-¿Tú...? Continúa. Soy todo oídos...

 -Deberías irte ahora.

-¿Es todo lo que tienes que decir?

 -Fede volverá en cualquier momento...

-¡No  finjas  que  te  importa  algo  mi  hermano  o  lo  que  piense!  ¡Acabas de demostrar exactamente lo que te importa!

Durante  unos  segundos,  ninguno  pronunció  palabra.  El  aire  estaba denso por el remordimiento y las acusaciones y los restos de deseo que a Pedro le resultaban tan difícil de erradicar de su sistema.

Prohibida: Capítulo 23

-Estás  retrocediendo,  Paula-alargó  la  mano  y  encendió  la  lámpara del techo, y al mismo tiempo giró y se hizo a un lado.

A  regañadientes,  ella  entró  y  siguió  la  dirección  curiosa  de  su  mirada. El sofá no habría podido mostrar más indicios de ocupación. Dos  almohadas,  aún  con  la  marca  de  la  cabeza  de  Federico, cojines  sobre  la  alfombra,  y,  como  toque  final,  una  sábana  arrugada.  La  cama, por otro lado, estaba sin tocar.

-Vaya,  vaya,  vaya...  -Pedro avanzó,  recogió  los  cojines  y  los  distribuyó al azar en el sofá, luego se volvió con los brazos cruzados-. ¿Quizá una pequeña riña doméstica?

 -¿Te he dicho lo cansada que estoy?

-Varias veces.

 -Si tuvieras un gramo de decencia, aceptarías la insinuación y te marcharías.  Pero  ambos  sabemos que  la  decencia y  tú  no  son compatibles.

 -Qué curioso... -esbozó una sonrisa lobuna-. Me gustaría que me explicaras...

-No hay nada que explicar. Fede quería dormir una siesta y el sofá pareció un lugar tan bueno como cualquier otro.

-¿Incluso con  una cama  enorme  a  pocos  metros  de  distancia?  ¿Me estás diciendo que mi hermano es masoquista?

-¡No tengo nada que decirte!

 Pedro avanzó  hacia  ella  y  la  arrinconó  contra  la  pared  y  le  bloqueó la salida con un brazo.

 -No te acuestas con mi hermano, ¿Verdad?

 -¡Es  una  suposición  ridícula!  -de  hecho,  era  una  conclusión  natural.

Tuvo ganas de pegarse por no haber ordenado la habitación antes de marcharse, pero había estado tan agitada, que apenas había notado  el  desorden.  Y  tampoco  había  esperado  que  alguien  entrara  con  ella  en  el  dormitorio,  y  menos  el  hombre  que  tenía  en  ese  momento.

-He de reconocer que me estoy preguntando por qué...

-¡Fuera! -demandó Paula desesperada-. O de lo contrario...

-¿Gritarás?  ¿Me  volverás  a  abofetear?  ¿Te  dará  una  pataleta?  ¿Mi hermano no te atrae? -no supo por qué, pero eso le provocó una gran  oleada  de  bienestar.  Experimentó  la  satisfacción  de  haberla  arrinconado.   No como había imaginado en  un   principio,   pero definitivamente la había arrinconado. Y no se acostaba con Federico-. ¿Y bien? -instó.

-No voy a responder a ninguna de tus preguntas y si Fede se entera de que me estás intimidando...

 -¿Yo?  ¿Intimidándote?  No  hago  más  que  mostrar  un  interés  sano.  ¿Por  qué  mi  hermano  y  tú  comparten  una  habitación  si  ni  siquiera  dormís  juntos?  Tal  vez...  -los  ojos  le  brillaron  con  algo  oscuro-. Tal vez prefieres tentarlo con tu cuerpo... se mira pero no se toca...

 -¡Eso es repugnante!

 -¿Te lo parece?  O  quizá  -musitó,  disfrutando  con  ese  pequeño  juego de descubrimiento- el hecho de que mi hermano no te atrae te da absolutamente igual.

Paula fue consciente de los fuertes latidos de su corazón y de la fina  capa  de  transpiración  que  le  causaba  hormigueos  en  la  piel.  Nunca  antes  se  había  sentido  tan  atrapada  y  así  como  el  sentido  común  le  indicaba  que  cualquier  cosa  que  dijera  Pedro Alfonso era  simple  especulación,  no  dejaba  de  sentir  el  miedo  de  la  presa  al  ser  acechada lentamente por el depredador. Pedro no se sintió disuadido por el silencio de ella. Ya no sabía si lo motivaba la necesidad de proteger a su hermano, objetivo que tenía   al   principio,  o una necesidad  aún  más  poderosa  y  desconcertante  de  averiguar  cosas  sobre  esa  pequeña  mujer.  Le  habría  gustado  alargar  la  mano  para  rozarle  la  vena  que  traicionaba  el pulso acelerado...

-No me importa lo que pienses, Pedro.

-Claro que sí.

-¿Por qué? ¿Por qué debería importarme?

 -Puede  que  no  quieras  estar  interesada,  pero  lo  estás,  porque  soy el hermano de Fede, porque te guste o no, él no vive en el vacío. Afirmas no tener interés en el dinero de mi hermano. Si ése es el caso, entonces, ¿Por qué mantienes una relación con él cuando no te atrae?

 -Jamás  dije  que  Fede no  me  atrajera.  De  hecho,  considero  que es un hombre extremadamente atractivo.

Prohibida: Capítulo 22

-Pareces cansada  -notó  que  se  cercioraba  de  mantener  la  máxima distancia posible entre ellos sin chocar contra la pared.

 -Lo estoy. Ha sido un día largo.

Pedro dejó pasar unos segundos de silencio.

-Supongo que te refieres a nuestro paseo turístico.

Paula no  tenía  ganas  de  responder  a  la  burla.  En  la  fiesta,  se  había sentido ligera y estimulada y el alcohol le había proporcionado una  sensación  de  excitación  que  la  había  mantenido  a  través  del  difícil  proceso  de  mezclarse  y  charlar  con  los  familiares  de  Federico,  gente a la que nunca antes había visto. Acabada la velada, se sentía extenuada.  No  la  ayudaba  que  ese  hombre  caminara  a  su  lado  y  la  escoltara a su dormitorio.

-Espero  que  entiendas  por  qué  tengo  serias  preocupaciones  acerca de tí, Paula.

 -No quiero hablar de eso. Otra vez. Estoy cansada y sólo quiero meterme en la cama y dormir.

Su  tiempo  en  la  isla  prácticamente  estaba  agotado  y  no  había  conseguido nada en lo referente a la protección de los millones de su hermano. Cierto que esa mujer no había sido lo que había esperado, pero  no  había  encontrado  nada  que  emplear  como  advertencia  para su madre y Federico. Ni tampoco ella había aceptado el cebo tentador de que se le pagara. Y ahí estaba, despachándolo. Paula sintió  alivio  al  ver  la  puerta  del  dormitorio,  ya  que  la  presencia  no  solicitada  de  Pedro la  oprimía  como  una  intimidad  forzada, estirando cada nervio de su cuerpo hasta el punto próximo a la ruptura.

-Nunca lo he preguntado -comentó él como al descuido-. ¿Mi hermano  y  tú  viven  juntos?  -eso  explicaría  la  forma  indiferente  con  que parecían que daban por hecho casi todo en su relación.

También justificaría  la  facilidad  con  que  ella  había  descartado  la  zanahoria  financiera  que  le  había  ofrecido  para  separarse  de  Federico.  No  representaría un incentivo si ya estaba disfrutando del botín mediante unos ingresos compartidos en una casa compartida en alguna parte. Se  recriminó  no  haber  ido  nunca  a  ver  cómo  vivía  su  hermano.  Siempre había sido cómodo que Federico viajara a Londres para verlo a  él.  De  ese  modo,  nunca  había  tenido  que  interrumpir  durante  mucho  tiempo  su  vida  laboral.  Podía  imaginar  el  lujo  del  que  disfrutaba Paula.

-De  hecho,  no.  Muy  bien,  gracias  por  acompañarme  a  mi  habitación,  aunque  sospecho  que  habría  llegado  a  salvo  yo  sola  -apoyó la espalda contra la puerta y le dedicó una sonrisa luminosa.

-¿No viven juntos? Confieso que estoy sorprendido.

Con  un  movimiento  tan  logrado  que  Paula ni  siquiera  fue  consciente de que lo realizaba, Pedro alargó la mano, abrió la puerta y entró antes de que tuviera tiempo de abrir la boca para protestar. Fue el turno de él de encararla.

-No pensé  que  el  convencionalismo  de  mantener  alojamientos  separados  se  aplicara  aún  en  esta  época  cuando  dos  personas  estaban prometidas.

A  espaldas  de  Pedro,  la  lámpara  que  había  sobre  la  cómoda  iluminaba el sofá en el que Federico se había echado y que ninguno de los dos se había molestado en arreglar. Se  habían  mostrado  escrupulosos  en  mantener  las  apariencias.  Antes de que fueran a limpiar la habitación, toda prueba de ocupación del  sofá  se  erradicaba.  Por  las  dudas.  Los  empleados  del  hogar  tendían a hablar demasiado y los rumores se propagaban. Paula no  tenía  ni  idea  de  por  qué  no  disponían  de  habitaciones  separadas, pero el razonamiento de Federico había sido que su abuelo se habría mostrado sorprendido. Más que su madre, y, desde luego, Pedro habría  quedado  más  que  sorprendido.  En  Inglaterra,  había  parecido fácil ejecutar esos planes. Se  quedó  quieta  en  la  puerta  y  juntó  las  manos  a  su  espalda.  Unas manos nerviosas contaban su propia historia.

-Estoy   acostumbrada   a   vivir   en   mi   propio   espacio   -soltó, apartando  los  ojos  del  condenado sofá-.  Me  gusta  tener  mis  cosas  alrededor  y,  además...  con  el  horario  de  trabajo  de  Fede, no pasaríamos  todas  nuestras noches   juntos...   -pensó  en  Joaquín,  corriendo por la casa, desperdigando los juguetes en el salón.

-Pero  habría  sido  más  conveniente,  sin  duda,  no  correr  con  los  gastos de dos casas... -Supongo. Bueno... -bostezó y dió un pequeño paso atrás, para animarlo psicológicamente a imitarla y marcharse. No se movió.

-¿Adonde vas?

-¿Disculpa?

Prohibida: Capítulo 21

-Relájate -murmuró Pedro en su oído-. Tu cuerpo debe cooperar con la música, no oponerse.

 -¿No  deberías  estar  bailando  con  tu  pareja?  -respondió  con  sequedad y él emitió una risita que le provocó escalofríos.

A través de la  bruma  de  su  mente,  una  cosa  emergía  con  claridad:  que  ese  hombre  era  absoluta  y  devastadoramente  sexy.  La  irritaba  que  su  cuerpo reaccionara a la proximidad. Sus pechos habían adquirido una sensibilidad  aguda  y  podía  sentir  cómo  sus  pezones  se  tensaban  contra  el  vestido  cuando,  sin  la  barrera  del  sujetador,  se  pegaban  y  frotaban contra la camisa de él.

-No  creo  haber  sido  yo  quien  la  llamara  así  -susurró  Pedro-.  Aunque  admito  que  encaja  en  el  molde  adecuado...  Para  los  griegos  tradicionales,  las  mujeres  como  Brenda son  perfectas.  La  educación  apropiada,  los  contactos  familiares  apropiados...  y  además  tiene  las  ambiciones apropiadas en la vida. Quiere tener hijos y complacer a su marido...

-Qué papel para una mujer moderna -cortó Paula.

-¿Tú eres mejor? -murmuró con suavidad.

Se  sentía  demasiado  lánguida  para  responder.  La  noche  era  cálida,  la  música  seductora  y  el  champán  fluía  por  su  sangre;  no  mucho, pero sí lo suficiente para amortiguar su hostilidad.

-No  -respondió-.  No  lo  soy,  ya  que  soy  una  cazafortunas.  Durante un momento, olvidé que se suponía que soy una mujer vil y sin  escrúpulos  sin  otra  cosa  en  la  mente  que  destruir  la  vida  de  alguien  para  engordar  mi  saldo  bancario.  Pero  estoy  cansada.  Creo  que me iré a mi habitación.

 -Si miras detrás de tí, verás que Federico no parece dispuesto a retirarse.

-No espero que lo haga.  Se  va a quedar  hasta  el  final.  No  me digas... no es el estilo griego... -suspiró-. Escucha, Fede se lo está pasando bien y se lo merece. Trabaja casi todo el día en Inglaterra... desde  luego,  yo  no  le  voy a  echar  en  cara  que  quiera  divertirse  durante su estancia aquí...

-Qué  pareja  tan  comprensiva...  ¿Serías  igual  de  comprensiva  si  la rienda libre que le das lo animara a encontrar a otra mujer...?

 Paula no pudo evitarlo. Rió entre dientes. Pedro la llevó a un lado, fuera de la improvisada pista de baile, para poder estudiarla ceñudo.

-¿Compartes la broma?

-Lo siento. No era mi intención reírme. Todo es por la bebida. No estoy acostumbrada a tanto champán y vino maravillosos. Se me han subido a la cabeza, junto con el agotamiento...

Pedro seguía mirándola. Esa mujer lo confundía y no le gustaba. No sabía cómo encararlo.

-¿No crees que Fede se pueda ir con otra? ¿Tan segura estás de tus encantos?

 Paula sintió que recobraba la sobriedad con rapidez.

-No, en absoluto... te lo he dicho... estoy cansada, no reacciono del modo en que habitualmente lo hago...

 -Te acompañaré a tu habitación.

-¡No! -retrocedió un poco.

-Es lo correcto que te escolten a tu habitación -miró brevemente hacia  donde  su  hermano  parecía  estar  contando  un  chiste  que  requería  mucha  gesticulación  y  que  su  público  apreciaba-.  Y  sería  cruel   interrumpir  a  Fede cuando   parece   enfrascado  en  una   anécdota cautivadora.

Paula se volvió y no pudo contener una sonrisa. Al mirar otra vez a Pedro, la sonrisa aún se asomaba por la comisura de sus labios.

-En realidad, es un niño. Apuesto que ha comenzado uno de sus chistes y no recuerda el final. Le sucede cada vez que bebe mucho.

La  expresión  de  su  cara...  y  otra  vez  esa  sensación  confusa,  aunque  en  esa  ocasión  más  aguda.  Respiró  hondo.  De  pronto  ella  retrocedía, lista para marcharse. No  podía  dejarla  ir.  Aún  no.  Y  no  podía  descifrar  por  qué.  Se  marchaba de la isla al día siguiente y sabía que necesitaba hablar con ella  un  rato  más.  El  impulso  era  tan  fuerte,  que  lo  sacudió  hasta  su  mismo  núcleo  y  durante  un  instante  experimentó  algo  que  nunca  antes  había  sentido...  una  absoluta  falta  de  autocontrol.  Durante  una  fracción  de  segundo,  algo  diferente  lo  controló  y  desconocía  por  qué o cómo.

 -Te acompañaré a tu habitación -repitió con voz tensa y observó la  pálida  delicadeza  de  su  cuello  al  darle  la  espalda  antes  de  encogerse de hombros como resignada a algo que le era impuesto.

Metió las manos en los bolsillos, seguro de que en alguna parte en las sombras, Brenda probablemente los miraba y se preguntaba por qué se marchaba sin decirle una palabra. Menos mal que su madre y su abuelo ya se habían ido a acostar. Le habría costado explicar por qué acompañaba a la prometida de su hermano al dormitorio.