-Tú lo llamas así -repuso Pedro con humor-. Yo lo llamo tratar honestamente con los miembros del sexo opuesto. No hago promesas que no tengo intención de cumplir -a ese ritmo, se perdería la reunión que tenía programada para esa tarde-. ¿Por qué te interesa? -inquirió-. ¿Estás celosa?
-¿Celosa? -lanzó indignada-. ¡De verdad que eres el ser humano más arrogante y egoísta que he conocido!
-Pero no has contestado la pregunta...
La boca suave y entreabierta era una invitación que le resultaba incapaz de resistir y en esa ocasión sin culpabilidad. No se estaba acostando con Federico. Lo estaba utilizando. Que no lo hubiera reconocido abiertamente era una simple cuestión técnica. Cerró la breve distancia que los separaba y le cubrió la boca con la suya. Volvió a sentir esa confusión mezclada con furia y deseo que había estado en ella cuando la había besado la noche anterior. El conocimiento de que lo deseaba a pesar de odiarse por ello fue como una descarga de adrenalina. Experimentó su dura y palpitante erección presionada contra la cremallera y continuó saqueándole la boca. El beneplácito llegó cuando ella le rodeó el cuello con los brazos y cuando él deslizó la mano por debajo del top sólo encontró un gemido de entrega. No llevaba sujetador. No sabía cómo su hermano podía ocupar el mismo espacio que esa mujer y mantener las manos quietas. Tenía que verla. Que la reunión esperara. Los ejecutivos se molestarían pero aguardarían, porque era demasiado poderoso para que lo dejaran plantado. Alzó el top y se excitó. Las areolas eran grandes círculos rosados y los pezones sobresalían orgullosos, rígidos y erectos, pidiéndole que se introdujera uno en la boca para succionarlo, probarlo, para oír la respuesta febril. Paula se retorció cuando le succionó un pezón al tiempo que le acariciaba el otro pecho con una mano. La provocó, la tentó, se llevó el capullo excitado a la boca, enviando todos sus pensamientos en caída libre. Nunca en la vida se había sentido de esa manera. Los dedos de ella se enredaron en su pelo y tiró de él hacia abajo, no deseando que frenara las exploraciones ardientes. Pero en el momento en que la mano de él bajó para reclamar ese único lugar que en ese momento estaba húmedo por el deseo, fue cuando la realidad atravesó las barreras de su mente encendida y trató de bajar el top con una mano y empujarlo con la otra.
-¡No! -se irguió y lo miró con ojos conmocionados.
El top había vuelto a su sitio, pero los pezones aún le palpitaban del asalto al que los había sometido con la boca. El cuerpo entero le temblaba. Pedro necesitó unos segundos para asimilar la distancia que se había establecido entre ellos y sólo unos pocos más para darse cuenta de lo descontrolado que había estado. Aturdido, se preguntó qué diablos había pasado. Se irguió también, consciente de su erección que todavía clamaba satisfacción. Ahí estaba ella, el rostro sonrojado y con expresión consternada. ¿Es que se había vuelto loco?
-Un pequeño recordatorio -dijo, agradecido de que la voz no traicionara lo que sentía- de por qué necesitas romper tu compromiso.
Giró en redondo y se alejó. Paula observó la espalda y se preguntó cómo, después de sufrir todo tipo de mortificaciones la noche anterior, había permitido que le hiciera otra vez lo mismo. Cuando al final se puso de pie, segura en el conocimiento de que ya se había marchado, descubrió que aún temblaba. Una y otra vez se repitió que se había ido para siempre y le dió las gracias a Dios por ello.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
Prohibida: Capítulo 26
Después de elegir un banco apartado entre árboles, Paula se sentó y abrió el libro, pero su cerebro se negó a asimilar las palabras de la página que tenía ante los ojos. Hacía años que no tocaba a un hombre, que lo besaba, que sentía ese impulso por su cuerpo que hacía que deseara estar desnuda y abrazada a él. Que llegara a suceder la asustaba. Que hubiera sucedido con Pedro Alfonso le resultaba aterrador. Las letras se tornaron borrosas y parpadeó, aclarándose los ojos y diciéndose que no debía llorar. Abandonó el pretexto de leer, se reclinó en el respaldo del banco y cerró los ojos. La brisa era suave y cálida. Desde donde se encontraba, era imposible oír las voces de los invitados que se marchaban. Habiendo dormido muy poco la noche anterior, pudo sentir cómo los párpados se le volvían pesados y le dió la bienvenida a la paz de no tener que pensar, de no tener que castigarse con recriminaciones por su propia estupidez. No tenía ni idea del tiempo que había estado durmiendo ni de lo que habría seguido haciéndolo si no la hubiera despertado el sonido de algo fuera de lugar, que no tenía nada que ver con la brisa entre las hojas. Abrió los ojos y descubrió que se hallaba en la sombra, y no porque el sol se hubiera puesto en el horizonte. Pedro se erguía sobre ella. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Se lo veía vitalmente masculino con unos pantalones de color crema y una fina camisa de algodón de un azul suave. Tenía el pelo húmedo y hacia atrás. A pesar de todo, era consciente del atractivo primitivo que ejercía sobre su cuerpo. Era una reacción instintiva sobre la que no parecía tener control y en ese momento era más aterrador porque la luz del día hacía que fuera de una realidad lúgubre.
-¿Qué quieres? -preguntó con sequedad, irguiéndose-. ¿Cómo me has encontrado aquí?
-Me pareció el lugar más obvio al que irías para esconderte ante la posibilidad de tropezar conmigo.
-¿Puedes culparme? -soltó sin rodeos.
Pedro apreció la honestidad sin ambages. Le dedicó una sonrisa pausada que, sin saberlo él, le produjo un extraño cosquilleo en el estómago, como el aletear de mil mariposas.
-No, no puedo hacerlo.
-Entonces, ¿Para qué has venido a buscarme? Ya has hecho lo que querías hacer, ¿No?
-¿Sí? ¿Le has dicho ya a Fede que su relación se ha terminado?
-No.
-¿Por qué?
-¡Porque todavía duerme! ¡Sería complicado mantener una conversación con alguien que no está despierto!
En esa ocasión, la sonrisa de Pedro fue auténtica. La chica era valiente y divertida bajo ese exterior duro.
-Pobre Fede. Durmiendo el sueño de los inocentes. Por no mencionar de los frustrados. ¿Cuándo piensas comunicárselo?
-Cuando volvamos a Inglaterra -se protegía los ojos del resplandor para poder mirarlo.
Le daba una pequeña ventaja, ya que no le permitía leer su expresión. Como dándose cuenta de ello, él se puso en cuclillas, con el rostro a pocos centímetros del suyo.
-Bien -comentó con voz sedosamente agradable- porque no quiero que olvides que lo comprobaré para cerciorarme de que lo has hecho.
-¿Te marchas ya? -preguntó con cortesía-. Porque no quiero ser la culpable de retenerte.
-¿No lo quieres? -murmuró-. Sí, me voy ya. Los negocios son una bestia que jamás duerme.
-¿Te vas solo? -había querido dejarlo con la burla de despedida de que si se marchaba en compañía de Brenda, quizá debiera dedicar un tiempo a analizar su propia moralidad, pero antes de poder hacerlo, él le dedicó otra de sus sonrisas perezosas.
-Sí. ¿Por qué? ¿Pensaste que podría marcharme con la deliciosa Brenda? -movió la cabeza con pesar-. Quiere demasiadas cosas que no estoy dispuesto a proporcionar en este momento. Declaraciones de amor, solitarios con grandes diamantes y en el horizonte el sonido lejano de campanas nupciales.
-Quieres decir que prefieres ir de cama en cama -soltó con desdén.
-¿Qué quieres? -preguntó con sequedad, irguiéndose-. ¿Cómo me has encontrado aquí?
-Me pareció el lugar más obvio al que irías para esconderte ante la posibilidad de tropezar conmigo.
-¿Puedes culparme? -soltó sin rodeos.
Pedro apreció la honestidad sin ambages. Le dedicó una sonrisa pausada que, sin saberlo él, le produjo un extraño cosquilleo en el estómago, como el aletear de mil mariposas.
-No, no puedo hacerlo.
-Entonces, ¿Para qué has venido a buscarme? Ya has hecho lo que querías hacer, ¿No?
-¿Sí? ¿Le has dicho ya a Fede que su relación se ha terminado?
-No.
-¿Por qué?
-¡Porque todavía duerme! ¡Sería complicado mantener una conversación con alguien que no está despierto!
En esa ocasión, la sonrisa de Pedro fue auténtica. La chica era valiente y divertida bajo ese exterior duro.
-Pobre Fede. Durmiendo el sueño de los inocentes. Por no mencionar de los frustrados. ¿Cuándo piensas comunicárselo?
-Cuando volvamos a Inglaterra -se protegía los ojos del resplandor para poder mirarlo.
Le daba una pequeña ventaja, ya que no le permitía leer su expresión. Como dándose cuenta de ello, él se puso en cuclillas, con el rostro a pocos centímetros del suyo.
-Bien -comentó con voz sedosamente agradable- porque no quiero que olvides que lo comprobaré para cerciorarme de que lo has hecho.
-¿Te marchas ya? -preguntó con cortesía-. Porque no quiero ser la culpable de retenerte.
-¿No lo quieres? -murmuró-. Sí, me voy ya. Los negocios son una bestia que jamás duerme.
-¿Te vas solo? -había querido dejarlo con la burla de despedida de que si se marchaba en compañía de Brenda, quizá debiera dedicar un tiempo a analizar su propia moralidad, pero antes de poder hacerlo, él le dedicó otra de sus sonrisas perezosas.
-Sí. ¿Por qué? ¿Pensaste que podría marcharme con la deliciosa Brenda? -movió la cabeza con pesar-. Quiere demasiadas cosas que no estoy dispuesto a proporcionar en este momento. Declaraciones de amor, solitarios con grandes diamantes y en el horizonte el sonido lejano de campanas nupciales.
-Quieres decir que prefieres ir de cama en cama -soltó con desdén.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Prohibida: Capítulo 25
Ella apartó la vista y él notó la palidez frágil de su piel y el modo vulnerable en que juntaba las manos, como si intentara evitar temblar como una hoja. Lo asaltó el pensamiento traidor de que si había tenido que averiguar la realidad de ella de esa manera, le habría gustado haber recorrido toda la distancia, sacarle los pechos y probarlos, arrancarle el vestido y exponer cada centímetro de su desnudez. Acalló el pensamiento culpable y desagradable, pero su dolo-rosa erección aún le decía lo que no quería oír.
-Te haré el favor de no ser quien aporte la prueba de tu engaño a Federico. Dejaré en tus manos romper el compromiso, de la manera que más oportuna creas.
-Eres muy benevolente, pero, ¿Cómo sabes que es eso lo que quiero hacer? ¿O lo que desea Fede, aunque fueras a verlo y le hablaras... bueno... de un beso...?
No era lo que Pedro había esperado oír.
-Mi hermano puede verse cautivado por palabras bonitas y un aspecto atractivo, pero no creo que mi madre o mi abuelo adoptaran la misma actitud y, por si no lo has notado, mi hermano los tiene a ambos en muy alta estima.
Paula se ruborizó.
-De acuerdo.
-Y que ni se te pase por la cabeza cometer un fraude.
-¿Como cuál?
-Como callarte o, peor, exponer planes para una boda. No funcionará. Estaré en Atenas las próximas semanas, pero en cuanto acabe allí, me pondré en contacto con Fede y me cercioraré de que hayas hecho exactamente lo que te he dicho que hicieras -fue hacia la puerta y la abrió antes de volverse hacia ella-. Apuesto que ahora estás deseando haber aceptado mi oferta original de desaparecer con los bolsillos llenos...
Paula palideció pero permaneció en silencio. ¿Qué sentido tenía responder? Sólo se dió cuenta de lo rígidamente tensa que .estaba cuando él se fue, cerrando la puerta con sigilo a su espalda, tal como haría un amante clandestino. Luego se hundió. Apenas pudo obligarse a ir al cuarto de baño, desvestirse, enfundarse el pijama y quitarse el maquillaje. Pero lo hizo en piloto automático, como un robot. Sus pensamientos eran caóticos, y los peores eran sobre lo que había sentido cuando Pedro Alfonso la había tocado. Toda la percepción que había almacenado inconscientemente se había descargado sobre ella, como una inundación que rompiera las paredes frágiles de un dique mal construido. Lo había deseado tanto, que su cuerpo le había parecido estar en llamas, un fuego desbocado que se había iniciado en lo más hondo de su ser para extenderse hacia fuera, devorando a su paso devastador cualquier atisbo de sentido común. Bajo el confort del ligero cobertor, tembló de forma convulsiva en la habitación a oscuras y se preguntó por qué no se había opuesto. La respuesta era que había estado desesperada por tocarlo y porque la tocara. La aceptación de ese hecho la llevó a emitir un gemido. Se sentía desnuda. Todas las defensas que había erigido a lo largo de los años habían caído de un solo golpe y del modo más terrible posible. Claro que se lo contaría a Federico, pero le dolía el corazón al pensar que Pedro obtendría lo que se había fijado desde un principio, desvaneciéndose de su vida creyendo que era la mujer que se había inventado. Una cazafortunas calculadora que había atrapado a su hermano y que habría llegado hasta el final si él no la hubiera obligado a confesar. Se felicitaría por un trabajo bien hecho. Al final el sueño la dominó, pero fue un reposo inquieto. Había decidido que se lo contaría a Federico al día siguiente, pero, como cabía esperar después de los festejos, se hallaba profundamente dormido cuando ella despertó poco después de las nueve de la mañana, y no tuvo valor para despertarlo. Además, ¿de qué serviría su confesión a esas alturas? Haría que pasara el resto de las breves vacaciones ansioso. Decidió que lo mejor era dejarlo hasta que regresaran a Inglaterra.
Tal como había esperado, la villa se hallaba rebosante de actividad. La gente se marchaba y el vestíbulo enorme estaba lleno con todo tipo de equipaje. Ana estaba ocupada supervisándolo todo, cerciorándose de que el transporte que habían contratado hubiera llegado a tiempo. Paula se mezcló entre los invitados, la mayoría resacosos, sonrió e hizo comentarios sensatos sobre lo magnífica que había sido la fiesta, besó mejillas y emitió las palabras adecuadas acerca de esperar que volvieran a verse. Por suerte, el único miembro del grupo al que no quería ver, no andaba por ahí. Como ella no iba a marcharse ese día, fue a desayunar algo y luego se retiró al rincón más alejado del jardín con un libro y sus pensamientos.
-Te haré el favor de no ser quien aporte la prueba de tu engaño a Federico. Dejaré en tus manos romper el compromiso, de la manera que más oportuna creas.
-Eres muy benevolente, pero, ¿Cómo sabes que es eso lo que quiero hacer? ¿O lo que desea Fede, aunque fueras a verlo y le hablaras... bueno... de un beso...?
No era lo que Pedro había esperado oír.
-Mi hermano puede verse cautivado por palabras bonitas y un aspecto atractivo, pero no creo que mi madre o mi abuelo adoptaran la misma actitud y, por si no lo has notado, mi hermano los tiene a ambos en muy alta estima.
Paula se ruborizó.
-De acuerdo.
-Y que ni se te pase por la cabeza cometer un fraude.
-¿Como cuál?
-Como callarte o, peor, exponer planes para una boda. No funcionará. Estaré en Atenas las próximas semanas, pero en cuanto acabe allí, me pondré en contacto con Fede y me cercioraré de que hayas hecho exactamente lo que te he dicho que hicieras -fue hacia la puerta y la abrió antes de volverse hacia ella-. Apuesto que ahora estás deseando haber aceptado mi oferta original de desaparecer con los bolsillos llenos...
Paula palideció pero permaneció en silencio. ¿Qué sentido tenía responder? Sólo se dió cuenta de lo rígidamente tensa que .estaba cuando él se fue, cerrando la puerta con sigilo a su espalda, tal como haría un amante clandestino. Luego se hundió. Apenas pudo obligarse a ir al cuarto de baño, desvestirse, enfundarse el pijama y quitarse el maquillaje. Pero lo hizo en piloto automático, como un robot. Sus pensamientos eran caóticos, y los peores eran sobre lo que había sentido cuando Pedro Alfonso la había tocado. Toda la percepción que había almacenado inconscientemente se había descargado sobre ella, como una inundación que rompiera las paredes frágiles de un dique mal construido. Lo había deseado tanto, que su cuerpo le había parecido estar en llamas, un fuego desbocado que se había iniciado en lo más hondo de su ser para extenderse hacia fuera, devorando a su paso devastador cualquier atisbo de sentido común. Bajo el confort del ligero cobertor, tembló de forma convulsiva en la habitación a oscuras y se preguntó por qué no se había opuesto. La respuesta era que había estado desesperada por tocarlo y porque la tocara. La aceptación de ese hecho la llevó a emitir un gemido. Se sentía desnuda. Todas las defensas que había erigido a lo largo de los años habían caído de un solo golpe y del modo más terrible posible. Claro que se lo contaría a Federico, pero le dolía el corazón al pensar que Pedro obtendría lo que se había fijado desde un principio, desvaneciéndose de su vida creyendo que era la mujer que se había inventado. Una cazafortunas calculadora que había atrapado a su hermano y que habría llegado hasta el final si él no la hubiera obligado a confesar. Se felicitaría por un trabajo bien hecho. Al final el sueño la dominó, pero fue un reposo inquieto. Había decidido que se lo contaría a Federico al día siguiente, pero, como cabía esperar después de los festejos, se hallaba profundamente dormido cuando ella despertó poco después de las nueve de la mañana, y no tuvo valor para despertarlo. Además, ¿de qué serviría su confesión a esas alturas? Haría que pasara el resto de las breves vacaciones ansioso. Decidió que lo mejor era dejarlo hasta que regresaran a Inglaterra.
Tal como había esperado, la villa se hallaba rebosante de actividad. La gente se marchaba y el vestíbulo enorme estaba lleno con todo tipo de equipaje. Ana estaba ocupada supervisándolo todo, cerciorándose de que el transporte que habían contratado hubiera llegado a tiempo. Paula se mezcló entre los invitados, la mayoría resacosos, sonrió e hizo comentarios sensatos sobre lo magnífica que había sido la fiesta, besó mejillas y emitió las palabras adecuadas acerca de esperar que volvieran a verse. Por suerte, el único miembro del grupo al que no quería ver, no andaba por ahí. Como ella no iba a marcharse ese día, fue a desayunar algo y luego se retiró al rincón más alejado del jardín con un libro y sus pensamientos.
Prohibida: Capítulo 24
-Pero no lo bastante atractivo para llevarte a su cama. ¿Qué va a suceder cuando mi hermano decida que ha llegado el momento de dejar de ser un caballero? ¿Entonces insistirás en que te ponga la alianza en el dedo? ¿De ahí surge tu recato femenino? ¿De la necesidad de mantener a Fede de puntillas, con la zanahoria colgando ante sus narices, para tenerlo donde realmente lo quieres? Muy inteligente. La cacería siempre es mucho más estimulante que la captura real...
Paula alzó la mano, guiada por la ira y el pánico, pero en esa ocasión no hubo conexión con esa cara arrogante. Con destreza, él le atrapó la muñeca y no la soltó.
-Mmm. Lo hiciste una vez y en mi opinión ya fue demasiado -la acercó un poco y sintió que la atmósfera cambiaba con velocidad eléctrica.
La respiración de ella se aceleró y las pupilas se le dilataron. En ese instante no parecía importar si la había estado atacando o no. El cuerpo de Paula respondía al suyo, ajeno a lo que le dijera la mente. Esa certeza lo elevó en una ola poderosa. Sintió la boca seca al verse atrapado en un remolino de deseo similar, porque no había otra manera de describir lo que sentía. La suspicacia y la curiosidad se fundieron en una devastadora atracción animal.
-¡Haces que desee abofetearte! -exclamó ella con voz estrangulada.
Lo miró a la boca y de inmediato apartó la vista.
-¿Qué más te impulso a desear hacer, Paula? -murmuró con suavidad.
En la intensidad del momento, Federico sólo era una imagen, que desaparecía con rapidez.
-No sé a qué te refieres -tartamudeó-. Te has equivocado.
-Sabes a qué me refiero -le soltó la muñeca, pero no retrocedió.
La envolvió en un abrazo en el que no hubo contacto físico, porque ni siquiera la rozaba, sólo se apoyaba en la pared frente a ella, sobre las palmas de las manos, con los codos doblados de forma que quedaba únicamente a unos centímetros de Paula. Sintió que se ahogaba. Pero le gustó la sensación. Era tan intensa y cegadoramente real. Con un sobresalto, comprendió el éxito que había tenido durante años en aislarse de cualquier contacto significativo con el sexo opuesto. Las puertas que siempre había tenido abiertas al mundo, las había cerrado y sellado. Desconcertaba que ese hombre, el menos apropiado en el mundo por diversas razones, hubiera logrado abrirlas. Quiso protestar, pero sólo fue consciente de que únicamente emitía un gemido cuando él se inclinó y le cubrió la boca con la suya y alzó las manos para enmarcarle el rostro, elevándolo de modo que todo el cuerpo se arqueó para recibir ese beso. Necesitó un par de minutos, como mucho, para estar perdida. Todas las necesidades e impulsos que se habían secado en su interior florecieron a una súbita y jadeante vida. Respondió con todo su ser cuando la lengua de él le invadió la boca como algo que buscara ir directamente a su alma. Entonces, las lecciones aprendidas y los años de autoconservación volvieron a enfocarse. Y con ellos la imagen de Federico. Empujó con fuerza, luchando por liberarse y jadeando como alguien privado de oxígeno. Pedro se retiró de inmediato, enfadado consigo mismo porque no había querido que terminara. Había querido que los llevara a ambos a su destino. En ese momento emergió la cara de Federico acusadora y su ira se proyectó hacia ella.
-¿Cómo te atreves? -demandó ella.
-Es un poco tarde para una furia santurrona, ¿No crees? -replicó-. Fede no te vale, ¿Verdad? ¿O quizá has decidido que yo soy una presa mejor? ¿Eh?
-¡Qué palabras tan despreciables!
-Pero es que yo soy despreciable, como no paras de decir. Sin embargo, no tanto como para que no te derritas con mi contacto -se apartó, sabiendo que en ese momento disponía de la munición para hacer lo que había querido desde un principio, aportarle a su hermano pruebas suficientes de que su querida novia no era esa preciosidad tan pura por la que evidentemente la tomaba. Sabía que podía dejarlo todo arreglado antes de regresar a Atenas. Entonces, ella quedaría fuera de la vida de su hermano y nunca más tendría que verla.
-Yo...
-¿Tú...? Continúa. Soy todo oídos...
-Deberías irte ahora.
-¿Es todo lo que tienes que decir?
-Fede volverá en cualquier momento...
-¡No finjas que te importa algo mi hermano o lo que piense! ¡Acabas de demostrar exactamente lo que te importa!
Durante unos segundos, ninguno pronunció palabra. El aire estaba denso por el remordimiento y las acusaciones y los restos de deseo que a Pedro le resultaban tan difícil de erradicar de su sistema.
Paula alzó la mano, guiada por la ira y el pánico, pero en esa ocasión no hubo conexión con esa cara arrogante. Con destreza, él le atrapó la muñeca y no la soltó.
-Mmm. Lo hiciste una vez y en mi opinión ya fue demasiado -la acercó un poco y sintió que la atmósfera cambiaba con velocidad eléctrica.
La respiración de ella se aceleró y las pupilas se le dilataron. En ese instante no parecía importar si la había estado atacando o no. El cuerpo de Paula respondía al suyo, ajeno a lo que le dijera la mente. Esa certeza lo elevó en una ola poderosa. Sintió la boca seca al verse atrapado en un remolino de deseo similar, porque no había otra manera de describir lo que sentía. La suspicacia y la curiosidad se fundieron en una devastadora atracción animal.
-¡Haces que desee abofetearte! -exclamó ella con voz estrangulada.
Lo miró a la boca y de inmediato apartó la vista.
-¿Qué más te impulso a desear hacer, Paula? -murmuró con suavidad.
En la intensidad del momento, Federico sólo era una imagen, que desaparecía con rapidez.
-No sé a qué te refieres -tartamudeó-. Te has equivocado.
-Sabes a qué me refiero -le soltó la muñeca, pero no retrocedió.
La envolvió en un abrazo en el que no hubo contacto físico, porque ni siquiera la rozaba, sólo se apoyaba en la pared frente a ella, sobre las palmas de las manos, con los codos doblados de forma que quedaba únicamente a unos centímetros de Paula. Sintió que se ahogaba. Pero le gustó la sensación. Era tan intensa y cegadoramente real. Con un sobresalto, comprendió el éxito que había tenido durante años en aislarse de cualquier contacto significativo con el sexo opuesto. Las puertas que siempre había tenido abiertas al mundo, las había cerrado y sellado. Desconcertaba que ese hombre, el menos apropiado en el mundo por diversas razones, hubiera logrado abrirlas. Quiso protestar, pero sólo fue consciente de que únicamente emitía un gemido cuando él se inclinó y le cubrió la boca con la suya y alzó las manos para enmarcarle el rostro, elevándolo de modo que todo el cuerpo se arqueó para recibir ese beso. Necesitó un par de minutos, como mucho, para estar perdida. Todas las necesidades e impulsos que se habían secado en su interior florecieron a una súbita y jadeante vida. Respondió con todo su ser cuando la lengua de él le invadió la boca como algo que buscara ir directamente a su alma. Entonces, las lecciones aprendidas y los años de autoconservación volvieron a enfocarse. Y con ellos la imagen de Federico. Empujó con fuerza, luchando por liberarse y jadeando como alguien privado de oxígeno. Pedro se retiró de inmediato, enfadado consigo mismo porque no había querido que terminara. Había querido que los llevara a ambos a su destino. En ese momento emergió la cara de Federico acusadora y su ira se proyectó hacia ella.
-¿Cómo te atreves? -demandó ella.
-Es un poco tarde para una furia santurrona, ¿No crees? -replicó-. Fede no te vale, ¿Verdad? ¿O quizá has decidido que yo soy una presa mejor? ¿Eh?
-¡Qué palabras tan despreciables!
-Pero es que yo soy despreciable, como no paras de decir. Sin embargo, no tanto como para que no te derritas con mi contacto -se apartó, sabiendo que en ese momento disponía de la munición para hacer lo que había querido desde un principio, aportarle a su hermano pruebas suficientes de que su querida novia no era esa preciosidad tan pura por la que evidentemente la tomaba. Sabía que podía dejarlo todo arreglado antes de regresar a Atenas. Entonces, ella quedaría fuera de la vida de su hermano y nunca más tendría que verla.
-Yo...
-¿Tú...? Continúa. Soy todo oídos...
-Deberías irte ahora.
-¿Es todo lo que tienes que decir?
-Fede volverá en cualquier momento...
-¡No finjas que te importa algo mi hermano o lo que piense! ¡Acabas de demostrar exactamente lo que te importa!
Durante unos segundos, ninguno pronunció palabra. El aire estaba denso por el remordimiento y las acusaciones y los restos de deseo que a Pedro le resultaban tan difícil de erradicar de su sistema.
Prohibida: Capítulo 23
-Estás retrocediendo, Paula-alargó la mano y encendió la lámpara del techo, y al mismo tiempo giró y se hizo a un lado.
A regañadientes, ella entró y siguió la dirección curiosa de su mirada. El sofá no habría podido mostrar más indicios de ocupación. Dos almohadas, aún con la marca de la cabeza de Federico, cojines sobre la alfombra, y, como toque final, una sábana arrugada. La cama, por otro lado, estaba sin tocar.
-Vaya, vaya, vaya... -Pedro avanzó, recogió los cojines y los distribuyó al azar en el sofá, luego se volvió con los brazos cruzados-. ¿Quizá una pequeña riña doméstica?
-¿Te he dicho lo cansada que estoy?
-Varias veces.
-Si tuvieras un gramo de decencia, aceptarías la insinuación y te marcharías. Pero ambos sabemos que la decencia y tú no son compatibles.
-Qué curioso... -esbozó una sonrisa lobuna-. Me gustaría que me explicaras...
-No hay nada que explicar. Fede quería dormir una siesta y el sofá pareció un lugar tan bueno como cualquier otro.
-¿Incluso con una cama enorme a pocos metros de distancia? ¿Me estás diciendo que mi hermano es masoquista?
-¡No tengo nada que decirte!
Pedro avanzó hacia ella y la arrinconó contra la pared y le bloqueó la salida con un brazo.
-No te acuestas con mi hermano, ¿Verdad?
-¡Es una suposición ridícula! -de hecho, era una conclusión natural.
Tuvo ganas de pegarse por no haber ordenado la habitación antes de marcharse, pero había estado tan agitada, que apenas había notado el desorden. Y tampoco había esperado que alguien entrara con ella en el dormitorio, y menos el hombre que tenía en ese momento.
-He de reconocer que me estoy preguntando por qué...
-¡Fuera! -demandó Paula desesperada-. O de lo contrario...
-¿Gritarás? ¿Me volverás a abofetear? ¿Te dará una pataleta? ¿Mi hermano no te atrae? -no supo por qué, pero eso le provocó una gran oleada de bienestar. Experimentó la satisfacción de haberla arrinconado. No como había imaginado en un principio, pero definitivamente la había arrinconado. Y no se acostaba con Federico-. ¿Y bien? -instó.
-No voy a responder a ninguna de tus preguntas y si Fede se entera de que me estás intimidando...
-¿Yo? ¿Intimidándote? No hago más que mostrar un interés sano. ¿Por qué mi hermano y tú comparten una habitación si ni siquiera dormís juntos? Tal vez... -los ojos le brillaron con algo oscuro-. Tal vez prefieres tentarlo con tu cuerpo... se mira pero no se toca...
-¡Eso es repugnante!
-¿Te lo parece? O quizá -musitó, disfrutando con ese pequeño juego de descubrimiento- el hecho de que mi hermano no te atrae te da absolutamente igual.
Paula fue consciente de los fuertes latidos de su corazón y de la fina capa de transpiración que le causaba hormigueos en la piel. Nunca antes se había sentido tan atrapada y así como el sentido común le indicaba que cualquier cosa que dijera Pedro Alfonso era simple especulación, no dejaba de sentir el miedo de la presa al ser acechada lentamente por el depredador. Pedro no se sintió disuadido por el silencio de ella. Ya no sabía si lo motivaba la necesidad de proteger a su hermano, objetivo que tenía al principio, o una necesidad aún más poderosa y desconcertante de averiguar cosas sobre esa pequeña mujer. Le habría gustado alargar la mano para rozarle la vena que traicionaba el pulso acelerado...
-No me importa lo que pienses, Pedro.
-Claro que sí.
-¿Por qué? ¿Por qué debería importarme?
-Puede que no quieras estar interesada, pero lo estás, porque soy el hermano de Fede, porque te guste o no, él no vive en el vacío. Afirmas no tener interés en el dinero de mi hermano. Si ése es el caso, entonces, ¿Por qué mantienes una relación con él cuando no te atrae?
-Jamás dije que Fede no me atrajera. De hecho, considero que es un hombre extremadamente atractivo.
A regañadientes, ella entró y siguió la dirección curiosa de su mirada. El sofá no habría podido mostrar más indicios de ocupación. Dos almohadas, aún con la marca de la cabeza de Federico, cojines sobre la alfombra, y, como toque final, una sábana arrugada. La cama, por otro lado, estaba sin tocar.
-Vaya, vaya, vaya... -Pedro avanzó, recogió los cojines y los distribuyó al azar en el sofá, luego se volvió con los brazos cruzados-. ¿Quizá una pequeña riña doméstica?
-¿Te he dicho lo cansada que estoy?
-Varias veces.
-Si tuvieras un gramo de decencia, aceptarías la insinuación y te marcharías. Pero ambos sabemos que la decencia y tú no son compatibles.
-Qué curioso... -esbozó una sonrisa lobuna-. Me gustaría que me explicaras...
-No hay nada que explicar. Fede quería dormir una siesta y el sofá pareció un lugar tan bueno como cualquier otro.
-¿Incluso con una cama enorme a pocos metros de distancia? ¿Me estás diciendo que mi hermano es masoquista?
-¡No tengo nada que decirte!
Pedro avanzó hacia ella y la arrinconó contra la pared y le bloqueó la salida con un brazo.
-No te acuestas con mi hermano, ¿Verdad?
-¡Es una suposición ridícula! -de hecho, era una conclusión natural.
Tuvo ganas de pegarse por no haber ordenado la habitación antes de marcharse, pero había estado tan agitada, que apenas había notado el desorden. Y tampoco había esperado que alguien entrara con ella en el dormitorio, y menos el hombre que tenía en ese momento.
-He de reconocer que me estoy preguntando por qué...
-¡Fuera! -demandó Paula desesperada-. O de lo contrario...
-¿Gritarás? ¿Me volverás a abofetear? ¿Te dará una pataleta? ¿Mi hermano no te atrae? -no supo por qué, pero eso le provocó una gran oleada de bienestar. Experimentó la satisfacción de haberla arrinconado. No como había imaginado en un principio, pero definitivamente la había arrinconado. Y no se acostaba con Federico-. ¿Y bien? -instó.
-No voy a responder a ninguna de tus preguntas y si Fede se entera de que me estás intimidando...
-¿Yo? ¿Intimidándote? No hago más que mostrar un interés sano. ¿Por qué mi hermano y tú comparten una habitación si ni siquiera dormís juntos? Tal vez... -los ojos le brillaron con algo oscuro-. Tal vez prefieres tentarlo con tu cuerpo... se mira pero no se toca...
-¡Eso es repugnante!
-¿Te lo parece? O quizá -musitó, disfrutando con ese pequeño juego de descubrimiento- el hecho de que mi hermano no te atrae te da absolutamente igual.
Paula fue consciente de los fuertes latidos de su corazón y de la fina capa de transpiración que le causaba hormigueos en la piel. Nunca antes se había sentido tan atrapada y así como el sentido común le indicaba que cualquier cosa que dijera Pedro Alfonso era simple especulación, no dejaba de sentir el miedo de la presa al ser acechada lentamente por el depredador. Pedro no se sintió disuadido por el silencio de ella. Ya no sabía si lo motivaba la necesidad de proteger a su hermano, objetivo que tenía al principio, o una necesidad aún más poderosa y desconcertante de averiguar cosas sobre esa pequeña mujer. Le habría gustado alargar la mano para rozarle la vena que traicionaba el pulso acelerado...
-No me importa lo que pienses, Pedro.
-Claro que sí.
-¿Por qué? ¿Por qué debería importarme?
-Puede que no quieras estar interesada, pero lo estás, porque soy el hermano de Fede, porque te guste o no, él no vive en el vacío. Afirmas no tener interés en el dinero de mi hermano. Si ése es el caso, entonces, ¿Por qué mantienes una relación con él cuando no te atrae?
-Jamás dije que Fede no me atrajera. De hecho, considero que es un hombre extremadamente atractivo.
Prohibida: Capítulo 22
-Pareces cansada -notó que se cercioraba de mantener la máxima distancia posible entre ellos sin chocar contra la pared.
-Lo estoy. Ha sido un día largo.
Pedro dejó pasar unos segundos de silencio.
-Supongo que te refieres a nuestro paseo turístico.
Paula no tenía ganas de responder a la burla. En la fiesta, se había sentido ligera y estimulada y el alcohol le había proporcionado una sensación de excitación que la había mantenido a través del difícil proceso de mezclarse y charlar con los familiares de Federico, gente a la que nunca antes había visto. Acabada la velada, se sentía extenuada. No la ayudaba que ese hombre caminara a su lado y la escoltara a su dormitorio.
-Espero que entiendas por qué tengo serias preocupaciones acerca de tí, Paula.
-No quiero hablar de eso. Otra vez. Estoy cansada y sólo quiero meterme en la cama y dormir.
Su tiempo en la isla prácticamente estaba agotado y no había conseguido nada en lo referente a la protección de los millones de su hermano. Cierto que esa mujer no había sido lo que había esperado, pero no había encontrado nada que emplear como advertencia para su madre y Federico. Ni tampoco ella había aceptado el cebo tentador de que se le pagara. Y ahí estaba, despachándolo. Paula sintió alivio al ver la puerta del dormitorio, ya que la presencia no solicitada de Pedro la oprimía como una intimidad forzada, estirando cada nervio de su cuerpo hasta el punto próximo a la ruptura.
-Nunca lo he preguntado -comentó él como al descuido-. ¿Mi hermano y tú viven juntos? -eso explicaría la forma indiferente con que parecían que daban por hecho casi todo en su relación.
También justificaría la facilidad con que ella había descartado la zanahoria financiera que le había ofrecido para separarse de Federico. No representaría un incentivo si ya estaba disfrutando del botín mediante unos ingresos compartidos en una casa compartida en alguna parte. Se recriminó no haber ido nunca a ver cómo vivía su hermano. Siempre había sido cómodo que Federico viajara a Londres para verlo a él. De ese modo, nunca había tenido que interrumpir durante mucho tiempo su vida laboral. Podía imaginar el lujo del que disfrutaba Paula.
-De hecho, no. Muy bien, gracias por acompañarme a mi habitación, aunque sospecho que habría llegado a salvo yo sola -apoyó la espalda contra la puerta y le dedicó una sonrisa luminosa.
-¿No viven juntos? Confieso que estoy sorprendido.
Con un movimiento tan logrado que Paula ni siquiera fue consciente de que lo realizaba, Pedro alargó la mano, abrió la puerta y entró antes de que tuviera tiempo de abrir la boca para protestar. Fue el turno de él de encararla.
-No pensé que el convencionalismo de mantener alojamientos separados se aplicara aún en esta época cuando dos personas estaban prometidas.
A espaldas de Pedro, la lámpara que había sobre la cómoda iluminaba el sofá en el que Federico se había echado y que ninguno de los dos se había molestado en arreglar. Se habían mostrado escrupulosos en mantener las apariencias. Antes de que fueran a limpiar la habitación, toda prueba de ocupación del sofá se erradicaba. Por las dudas. Los empleados del hogar tendían a hablar demasiado y los rumores se propagaban. Paula no tenía ni idea de por qué no disponían de habitaciones separadas, pero el razonamiento de Federico había sido que su abuelo se habría mostrado sorprendido. Más que su madre, y, desde luego, Pedro habría quedado más que sorprendido. En Inglaterra, había parecido fácil ejecutar esos planes. Se quedó quieta en la puerta y juntó las manos a su espalda. Unas manos nerviosas contaban su propia historia.
-Estoy acostumbrada a vivir en mi propio espacio -soltó, apartando los ojos del condenado sofá-. Me gusta tener mis cosas alrededor y, además... con el horario de trabajo de Fede, no pasaríamos todas nuestras noches juntos... -pensó en Joaquín, corriendo por la casa, desperdigando los juguetes en el salón.
-Pero habría sido más conveniente, sin duda, no correr con los gastos de dos casas... -Supongo. Bueno... -bostezó y dió un pequeño paso atrás, para animarlo psicológicamente a imitarla y marcharse. No se movió.
-¿Adonde vas?
-¿Disculpa?
-Lo estoy. Ha sido un día largo.
Pedro dejó pasar unos segundos de silencio.
-Supongo que te refieres a nuestro paseo turístico.
Paula no tenía ganas de responder a la burla. En la fiesta, se había sentido ligera y estimulada y el alcohol le había proporcionado una sensación de excitación que la había mantenido a través del difícil proceso de mezclarse y charlar con los familiares de Federico, gente a la que nunca antes había visto. Acabada la velada, se sentía extenuada. No la ayudaba que ese hombre caminara a su lado y la escoltara a su dormitorio.
-Espero que entiendas por qué tengo serias preocupaciones acerca de tí, Paula.
-No quiero hablar de eso. Otra vez. Estoy cansada y sólo quiero meterme en la cama y dormir.
Su tiempo en la isla prácticamente estaba agotado y no había conseguido nada en lo referente a la protección de los millones de su hermano. Cierto que esa mujer no había sido lo que había esperado, pero no había encontrado nada que emplear como advertencia para su madre y Federico. Ni tampoco ella había aceptado el cebo tentador de que se le pagara. Y ahí estaba, despachándolo. Paula sintió alivio al ver la puerta del dormitorio, ya que la presencia no solicitada de Pedro la oprimía como una intimidad forzada, estirando cada nervio de su cuerpo hasta el punto próximo a la ruptura.
-Nunca lo he preguntado -comentó él como al descuido-. ¿Mi hermano y tú viven juntos? -eso explicaría la forma indiferente con que parecían que daban por hecho casi todo en su relación.
También justificaría la facilidad con que ella había descartado la zanahoria financiera que le había ofrecido para separarse de Federico. No representaría un incentivo si ya estaba disfrutando del botín mediante unos ingresos compartidos en una casa compartida en alguna parte. Se recriminó no haber ido nunca a ver cómo vivía su hermano. Siempre había sido cómodo que Federico viajara a Londres para verlo a él. De ese modo, nunca había tenido que interrumpir durante mucho tiempo su vida laboral. Podía imaginar el lujo del que disfrutaba Paula.
-De hecho, no. Muy bien, gracias por acompañarme a mi habitación, aunque sospecho que habría llegado a salvo yo sola -apoyó la espalda contra la puerta y le dedicó una sonrisa luminosa.
-¿No viven juntos? Confieso que estoy sorprendido.
Con un movimiento tan logrado que Paula ni siquiera fue consciente de que lo realizaba, Pedro alargó la mano, abrió la puerta y entró antes de que tuviera tiempo de abrir la boca para protestar. Fue el turno de él de encararla.
-No pensé que el convencionalismo de mantener alojamientos separados se aplicara aún en esta época cuando dos personas estaban prometidas.
A espaldas de Pedro, la lámpara que había sobre la cómoda iluminaba el sofá en el que Federico se había echado y que ninguno de los dos se había molestado en arreglar. Se habían mostrado escrupulosos en mantener las apariencias. Antes de que fueran a limpiar la habitación, toda prueba de ocupación del sofá se erradicaba. Por las dudas. Los empleados del hogar tendían a hablar demasiado y los rumores se propagaban. Paula no tenía ni idea de por qué no disponían de habitaciones separadas, pero el razonamiento de Federico había sido que su abuelo se habría mostrado sorprendido. Más que su madre, y, desde luego, Pedro habría quedado más que sorprendido. En Inglaterra, había parecido fácil ejecutar esos planes. Se quedó quieta en la puerta y juntó las manos a su espalda. Unas manos nerviosas contaban su propia historia.
-Estoy acostumbrada a vivir en mi propio espacio -soltó, apartando los ojos del condenado sofá-. Me gusta tener mis cosas alrededor y, además... con el horario de trabajo de Fede, no pasaríamos todas nuestras noches juntos... -pensó en Joaquín, corriendo por la casa, desperdigando los juguetes en el salón.
-Pero habría sido más conveniente, sin duda, no correr con los gastos de dos casas... -Supongo. Bueno... -bostezó y dió un pequeño paso atrás, para animarlo psicológicamente a imitarla y marcharse. No se movió.
-¿Adonde vas?
-¿Disculpa?
Prohibida: Capítulo 21
-Relájate -murmuró Pedro en su oído-. Tu cuerpo debe cooperar con la música, no oponerse.
-¿No deberías estar bailando con tu pareja? -respondió con sequedad y él emitió una risita que le provocó escalofríos.
A través de la bruma de su mente, una cosa emergía con claridad: que ese hombre era absoluta y devastadoramente sexy. La irritaba que su cuerpo reaccionara a la proximidad. Sus pechos habían adquirido una sensibilidad aguda y podía sentir cómo sus pezones se tensaban contra el vestido cuando, sin la barrera del sujetador, se pegaban y frotaban contra la camisa de él.
-No creo haber sido yo quien la llamara así -susurró Pedro-. Aunque admito que encaja en el molde adecuado... Para los griegos tradicionales, las mujeres como Brenda son perfectas. La educación apropiada, los contactos familiares apropiados... y además tiene las ambiciones apropiadas en la vida. Quiere tener hijos y complacer a su marido...
-Qué papel para una mujer moderna -cortó Paula.
-¿Tú eres mejor? -murmuró con suavidad.
Se sentía demasiado lánguida para responder. La noche era cálida, la música seductora y el champán fluía por su sangre; no mucho, pero sí lo suficiente para amortiguar su hostilidad.
-No -respondió-. No lo soy, ya que soy una cazafortunas. Durante un momento, olvidé que se suponía que soy una mujer vil y sin escrúpulos sin otra cosa en la mente que destruir la vida de alguien para engordar mi saldo bancario. Pero estoy cansada. Creo que me iré a mi habitación.
-Si miras detrás de tí, verás que Federico no parece dispuesto a retirarse.
-No espero que lo haga. Se va a quedar hasta el final. No me digas... no es el estilo griego... -suspiró-. Escucha, Fede se lo está pasando bien y se lo merece. Trabaja casi todo el día en Inglaterra... desde luego, yo no le voy a echar en cara que quiera divertirse durante su estancia aquí...
-Qué pareja tan comprensiva... ¿Serías igual de comprensiva si la rienda libre que le das lo animara a encontrar a otra mujer...?
Paula no pudo evitarlo. Rió entre dientes. Pedro la llevó a un lado, fuera de la improvisada pista de baile, para poder estudiarla ceñudo.
-¿Compartes la broma?
-Lo siento. No era mi intención reírme. Todo es por la bebida. No estoy acostumbrada a tanto champán y vino maravillosos. Se me han subido a la cabeza, junto con el agotamiento...
Pedro seguía mirándola. Esa mujer lo confundía y no le gustaba. No sabía cómo encararlo.
-¿No crees que Fede se pueda ir con otra? ¿Tan segura estás de tus encantos?
Paula sintió que recobraba la sobriedad con rapidez.
-No, en absoluto... te lo he dicho... estoy cansada, no reacciono del modo en que habitualmente lo hago...
-Te acompañaré a tu habitación.
-¡No! -retrocedió un poco.
-Es lo correcto que te escolten a tu habitación -miró brevemente hacia donde su hermano parecía estar contando un chiste que requería mucha gesticulación y que su público apreciaba-. Y sería cruel interrumpir a Fede cuando parece enfrascado en una anécdota cautivadora.
Paula se volvió y no pudo contener una sonrisa. Al mirar otra vez a Pedro, la sonrisa aún se asomaba por la comisura de sus labios.
-En realidad, es un niño. Apuesto que ha comenzado uno de sus chistes y no recuerda el final. Le sucede cada vez que bebe mucho.
La expresión de su cara... y otra vez esa sensación confusa, aunque en esa ocasión más aguda. Respiró hondo. De pronto ella retrocedía, lista para marcharse. No podía dejarla ir. Aún no. Y no podía descifrar por qué. Se marchaba de la isla al día siguiente y sabía que necesitaba hablar con ella un rato más. El impulso era tan fuerte, que lo sacudió hasta su mismo núcleo y durante un instante experimentó algo que nunca antes había sentido... una absoluta falta de autocontrol. Durante una fracción de segundo, algo diferente lo controló y desconocía por qué o cómo.
-Te acompañaré a tu habitación -repitió con voz tensa y observó la pálida delicadeza de su cuello al darle la espalda antes de encogerse de hombros como resignada a algo que le era impuesto.
Metió las manos en los bolsillos, seguro de que en alguna parte en las sombras, Brenda probablemente los miraba y se preguntaba por qué se marchaba sin decirle una palabra. Menos mal que su madre y su abuelo ya se habían ido a acostar. Le habría costado explicar por qué acompañaba a la prometida de su hermano al dormitorio.
-¿No deberías estar bailando con tu pareja? -respondió con sequedad y él emitió una risita que le provocó escalofríos.
A través de la bruma de su mente, una cosa emergía con claridad: que ese hombre era absoluta y devastadoramente sexy. La irritaba que su cuerpo reaccionara a la proximidad. Sus pechos habían adquirido una sensibilidad aguda y podía sentir cómo sus pezones se tensaban contra el vestido cuando, sin la barrera del sujetador, se pegaban y frotaban contra la camisa de él.
-No creo haber sido yo quien la llamara así -susurró Pedro-. Aunque admito que encaja en el molde adecuado... Para los griegos tradicionales, las mujeres como Brenda son perfectas. La educación apropiada, los contactos familiares apropiados... y además tiene las ambiciones apropiadas en la vida. Quiere tener hijos y complacer a su marido...
-Qué papel para una mujer moderna -cortó Paula.
-¿Tú eres mejor? -murmuró con suavidad.
Se sentía demasiado lánguida para responder. La noche era cálida, la música seductora y el champán fluía por su sangre; no mucho, pero sí lo suficiente para amortiguar su hostilidad.
-No -respondió-. No lo soy, ya que soy una cazafortunas. Durante un momento, olvidé que se suponía que soy una mujer vil y sin escrúpulos sin otra cosa en la mente que destruir la vida de alguien para engordar mi saldo bancario. Pero estoy cansada. Creo que me iré a mi habitación.
-Si miras detrás de tí, verás que Federico no parece dispuesto a retirarse.
-No espero que lo haga. Se va a quedar hasta el final. No me digas... no es el estilo griego... -suspiró-. Escucha, Fede se lo está pasando bien y se lo merece. Trabaja casi todo el día en Inglaterra... desde luego, yo no le voy a echar en cara que quiera divertirse durante su estancia aquí...
-Qué pareja tan comprensiva... ¿Serías igual de comprensiva si la rienda libre que le das lo animara a encontrar a otra mujer...?
Paula no pudo evitarlo. Rió entre dientes. Pedro la llevó a un lado, fuera de la improvisada pista de baile, para poder estudiarla ceñudo.
-¿Compartes la broma?
-Lo siento. No era mi intención reírme. Todo es por la bebida. No estoy acostumbrada a tanto champán y vino maravillosos. Se me han subido a la cabeza, junto con el agotamiento...
Pedro seguía mirándola. Esa mujer lo confundía y no le gustaba. No sabía cómo encararlo.
-¿No crees que Fede se pueda ir con otra? ¿Tan segura estás de tus encantos?
Paula sintió que recobraba la sobriedad con rapidez.
-No, en absoluto... te lo he dicho... estoy cansada, no reacciono del modo en que habitualmente lo hago...
-Te acompañaré a tu habitación.
-¡No! -retrocedió un poco.
-Es lo correcto que te escolten a tu habitación -miró brevemente hacia donde su hermano parecía estar contando un chiste que requería mucha gesticulación y que su público apreciaba-. Y sería cruel interrumpir a Fede cuando parece enfrascado en una anécdota cautivadora.
Paula se volvió y no pudo contener una sonrisa. Al mirar otra vez a Pedro, la sonrisa aún se asomaba por la comisura de sus labios.
-En realidad, es un niño. Apuesto que ha comenzado uno de sus chistes y no recuerda el final. Le sucede cada vez que bebe mucho.
La expresión de su cara... y otra vez esa sensación confusa, aunque en esa ocasión más aguda. Respiró hondo. De pronto ella retrocedía, lista para marcharse. No podía dejarla ir. Aún no. Y no podía descifrar por qué. Se marchaba de la isla al día siguiente y sabía que necesitaba hablar con ella un rato más. El impulso era tan fuerte, que lo sacudió hasta su mismo núcleo y durante un instante experimentó algo que nunca antes había sentido... una absoluta falta de autocontrol. Durante una fracción de segundo, algo diferente lo controló y desconocía por qué o cómo.
-Te acompañaré a tu habitación -repitió con voz tensa y observó la pálida delicadeza de su cuello al darle la espalda antes de encogerse de hombros como resignada a algo que le era impuesto.
Metió las manos en los bolsillos, seguro de que en alguna parte en las sombras, Brenda probablemente los miraba y se preguntaba por qué se marchaba sin decirle una palabra. Menos mal que su madre y su abuelo ya se habían ido a acostar. Le habría costado explicar por qué acompañaba a la prometida de su hermano al dormitorio.
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