Pedro había pensado que al acercarse a casa de Paula su ansiedad iba disminuir, pero ahora se daba cuenta de que estaba en aumento. No veía la hora de abrazarla, de tenerla entre sus brazos y escuchar sus palabras de amor personalmente. El niño no nacería hasta después de dos semanas, pero necesitaba verla esa misma noche.
–Tal vez sea mejor que me baje y vaya andando. Creo que puedo llegar en unos diez minutos más o menos –dijo al taxista.
–¡Espere! Me parece que están quitando la nieve del camino nuestro.
En la esquina vieron las luces del camión quitanieves. Pedro se dió cuenta entonces de que las calles estaban completamente oscuras, y que las casas estaban iluminadas sólo por velas. Era el momento más inoportuno para que Paula estuviera sola, sin calefacción, sin luz y teléfono. ¡Gracias a Dios que él había recibido el mensaje¡ Las casas de los vecinos parecían vacías. Pero le pareció que había una luz de una vela en casa. Sacó la billetera, le pagó el doble al taxista, le dió una buena propina, y le dijo:
–Mira, Carlos. Seguramente no habrá necesidad de esto, pero, ¿Podrías esperar un momento mientras me aseguro de que ella está bien? Está embarazada de nueve meses.
Pedro tuvo que luchar contra la fuerza del viento incluso para abrir la puerta del taxi. Llamó al timbre. No abrió nadie. Volvió a llamar. Entonces se dió cuenta de que estaría cortada la luz, y golpeó con fuerza la puerta con su puño. Había luz en casa de Paula. Así que tenía que estar en casa. Y no se habría ido a la cama dejando una vela encendida... Volvió a golpear la puerta. Antes de ir hacia la puerta trasera de la casa, se le ocurrió intentar abrir la puerta de entrada. La puerta cedió; estaba abierta.
–¿Paula, dónde estás? –gritó.
Se limpió la nieve de las botas y fue hacia el salón. Paula estaba echada en el sofá. Con una sola mirada, descubrió la pila de toallas, el barreño con agua, la ropa del bebé. En un gesto de admiración hacia ella, por su coraje y su lucidez, sintió que ésa era la mujer que quería a su lado el resto de sus días.
–Pau, tengo un taxi esperando a la puerta. Te llevaremos enseguida al hospital.
Paula tenía el pelo sudado, y mientras él la miraba comenzó a jadear como un animal. Él le tomó las manos. Ella le clavó las uñas hasta que la contracción cesó.
–Tengo contracciones cada cuatro minutos. La puerta se abrió nuevamente, y Carlos gritó:
–¿Necesitan ayuda ahí?
Los dos hombres llevaron a Paula hasta el coche, y la colocaron dentro. Pedro volvió a la casa, apagó las velas y cerró la puerta con llave. Carlos, que tenía un buen sentido de lo que era un melodrama, se abrió paso entre la nieve tocando el claxon y dando destellos de luz entre los coches. En el primer intervalo entre dos contracciones, Paula le dijo:
–Te amo, Pedro, te amo. ¡No puedo creer que estés aquí!
miércoles, 6 de diciembre de 2017
Un Pacto: Capítulo 63
Volvió a la cocina y encendió unas velas, y luego las llevó a la sala. La espalda le dolía más. Bastante más. Era un dolor intenso, como si alguien la retorciera... Las contracciones. «Apuesto a que son las contracciones», pensó. Anotó la hora en una hoja de papel, y se olvidó de todo, excepto de que su hijo, que tanto había deseado, estaba por nacer. Su hijo y el de Pedro. Los partos de mujeres primerizas solían ser largos, decían, y la tormenta se suponía que pararía a la medianoche, según habían pronosticado. Tuvo tres horas de contracciones. Paula releyó el libro sobre embarazo, y decidió, desilusionada, que podía ser una falsa alarma. Tal vez debiera irse a la cama. Pero entonces las contracciones aumentaron la intensidad, y fueron más seguidas. Entonces, presa del pánico, se dió cuenta de que aquello era de verdad. Debía avisar a los vecinos. Pero al mirar por la ventana, se dió cuenta de que no había luz en la casa de los vecinos. Y sus otros vecinos pasaban el invierno en Florida. «No puedo quedarme aquí sola», pensó. Con gran dificultad caminó lentamente hacia el abrigo, y agarrándose de las paredes, llegó hasta la puerta. Cuando la abrió, el viento la golpeó con violencia, y la entrada se llenó de nieve. Sintió una nueva contracción. Se aferró al picaporte de la puerta como si su vida dependiera de él. Sus músculos se aflojaron. No veía ni el portón que separaba la casa de la calle. No podría cruzar la calle. Podría caerse allí y no enterarse nadie. Reunió fuerzas y entró de nuevo a la casa. Muchas mujeres tenían a sus hijos solas. Después de todo era un proceso natural. Buscó unas cuantas toallas, y buscó en su libro las páginas dedicadas al parto en casa, llamando a Pedro internamente con todo su ser. Lo necesitaba como nunca. Necesitaba decírselo, y decirle que lo amaba, y que lo quería a su lado. Que lamentaba profundamente haberlo apartado de su vida insistentemente.
Pedro estaba en Montreal pasando el fin de semana, invitado a almorzar por Claudio Danvers. Después de un día de trabajo apretado, el sábado, volvió tarde al hotel, se dió una ducha y llamó a su teléfono de Toronto para escuchar los mensajes del contestador. El tercero lo dejó paralizado en la silla. Era el mensaje de Paula. Y por un momento pensó que estaba soñando:
–Te amo... –decía–... hola, hola y hola el resto de mi vida...
Volvió a escucharlo. No estaba soñando. Era la realidad. Con mano temblorosa, marcó el número de teléfono de Paula. Pero escuchó una serie de ruidos, y la imposibilidad de línea. Finalmente llamó a la operadora. Su francés le bastó para entender que las líneas de Halifax estaban cortadas debido a de la ventisca. Llamó al aeropuerto. El último vuelo a Halifax salía en cuarenta y cinco minutos, aunque tendría que aterrizar en Moncton debido al mal tiempo. Reservó un pasaje y pidió un taxi. Fue el último pasajero en subir al avión. Con una ansiedad agonizante, comió todo lo que le pusieron delante, bebió un café fuerte, y esperó a llegar con los dedos entrelazados nerviosamente. El aterrizaje no fue fácil. El piloto estuvo sobrevolando el aeropuerto de Halifax durante unos quince minutos, antes de decidirse a aterrizar. Como tenía un pasaje de primera clase, fue el primero en bajar del avión. Caminó de prisa por los corredores del aeropuerto. Pensó en llamarla por teléfono, pero decidió ir a verla directamente. Pero hasta que no salió del aeropuerto no se dió cuenta de la gravedad de la tormenta.
–Le pagaré el doble, si consigue llevarme a esta dirección –le dijo al primer taxista.
–Veré lo que se puede hacer –contestó el hombre–. La primera tormenta del año siempre toma por sorpresa a la gente. Hace un par de días cambié las ruedas por las especiales para nieve. Mi mujer me dijo: el año pasado no las pusiste hasta más tarde, Carlos, y perdiste clientela... Este año hice bien en hacerle caso...
En las calles del centro ya habían barrido la nieve, pero al llegar al barrio residencial de Paula el taxista le dijo al ver el estado de las calles:
–No sé qué pasará aquí.
Pedro estaba en Montreal pasando el fin de semana, invitado a almorzar por Claudio Danvers. Después de un día de trabajo apretado, el sábado, volvió tarde al hotel, se dió una ducha y llamó a su teléfono de Toronto para escuchar los mensajes del contestador. El tercero lo dejó paralizado en la silla. Era el mensaje de Paula. Y por un momento pensó que estaba soñando:
–Te amo... –decía–... hola, hola y hola el resto de mi vida...
Volvió a escucharlo. No estaba soñando. Era la realidad. Con mano temblorosa, marcó el número de teléfono de Paula. Pero escuchó una serie de ruidos, y la imposibilidad de línea. Finalmente llamó a la operadora. Su francés le bastó para entender que las líneas de Halifax estaban cortadas debido a de la ventisca. Llamó al aeropuerto. El último vuelo a Halifax salía en cuarenta y cinco minutos, aunque tendría que aterrizar en Moncton debido al mal tiempo. Reservó un pasaje y pidió un taxi. Fue el último pasajero en subir al avión. Con una ansiedad agonizante, comió todo lo que le pusieron delante, bebió un café fuerte, y esperó a llegar con los dedos entrelazados nerviosamente. El aterrizaje no fue fácil. El piloto estuvo sobrevolando el aeropuerto de Halifax durante unos quince minutos, antes de decidirse a aterrizar. Como tenía un pasaje de primera clase, fue el primero en bajar del avión. Caminó de prisa por los corredores del aeropuerto. Pensó en llamarla por teléfono, pero decidió ir a verla directamente. Pero hasta que no salió del aeropuerto no se dió cuenta de la gravedad de la tormenta.
–Le pagaré el doble, si consigue llevarme a esta dirección –le dijo al primer taxista.
–Veré lo que se puede hacer –contestó el hombre–. La primera tormenta del año siempre toma por sorpresa a la gente. Hace un par de días cambié las ruedas por las especiales para nieve. Mi mujer me dijo: el año pasado no las pusiste hasta más tarde, Carlos, y perdiste clientela... Este año hice bien en hacerle caso...
En las calles del centro ya habían barrido la nieve, pero al llegar al barrio residencial de Paula el taxista le dijo al ver el estado de las calles:
–No sé qué pasará aquí.
Un Pacto: Capítulo 62
–Estoy muy apartada de todo ese mundo. Tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo –y con una sonrisa fresca y sincera le dijo–: Te deseo que seas feliz, Pablo. Y ahora será mejor que siga mirando las esculturas, así puedes conversar con tus seguidores.
Lo dejó de pie, con la boca abierta. Y esa vez había sido un «adiós» definitivo, lo sentía. ¿Cómo era que le había dado tanto poder sobre su vida? Ahora no tenía el más mínimo efecto sobre ella... Pedro había tenido razón. Pablo la había constreñido, la había infravalorado para controlarla. Y ella había creído que el matrimonio significaba constricción. En cambio Pedro la amaba tal cual era, pensó con alegría. Se sentía libre por fin. Al llegar a su casa empezaron a caer los primeros copos de nieve. Se alegró. Iba a encender el fuego y dejarlo encendido todo el fin de semana. Se sentía una mujer nueva.
Las puertas ya no chirriaban porque Pedro las había arreglado, y Paula las miraba como si fueran el conjuro de su presencia. Pedro no era como Pablo. La amaba. Y ella lo había apartado de su vida. Se acercó a la ventana y miró la nieve, que ya había formado una capa sobre el suelo. De pronto se sintió triste. Se dió cuenta de que había perdido su única oportunidad de ser feliz. Había cometido un gran error.
Ella amaba a Pedro. Claro que lo amaba, con todo su corazón. Y probablemente lo amaba desde la primera noche que habían pasado juntos. Pero había estado demasiado aferrada a su pasado para reconocerlo. Puso más leña. El viento azotaba con furia las ramas de los árboles del jardín. Era una tarde muy oscura. Lentamente se fueron iluminando todas las farolas. Se sentó en la mecedora, con el corazón encogido de tristeza. De pronto se dió cuenta de que se estaba equivocando nuevamente. Porque pensaba que igual que Pablo se había ido y la había dejado de amar, Pedro ya no la amaría después de haberse marchado. No perdió un minuto más. Buscó el número de teléfono de Toronto, y llamó. A la cuarta vez que sonó, saltó el contestador. Entre lágrimas, esperó a que sonara el pitido para dejar el mensaje, y dijo:
–He visto a Pablo hoy. Y tenías razón. Eso era lo que debía hacer. Pedro, te amo. No me había dado cuenta de ello hasta hoy. Por favor, no te enfades conmigo, y ven a Halifax cuanto antes –hizo una pausa para tomar aliento, y luego dijo–: ¡Oh, soy Paula! Es sábado por la noche. Pero no voy a decirte adiós porque no quiero volver a decírtelo nunca más. Voy a decirte hola, hola y hola el resto de mi vida.
Estaba llorando. Dejó el auricular y se sonó la nariz. Después fue arriba a cambiarse. Pasó la tarde. Llamó a Sofía para contarle lo que había pasado. Rafael ya estaba en casa, aunque había tenido un viaje atroz desde el aeropuerto. Cenó sola, y miró cada rato por la ventana. ¡Cuánto deseaba que Pedro volviera a casa y escuchara su mensaje! ¿Habría salido? Al fin y al cabo era sábado por la noche. En un impulso, decidió llamar a Ana. Ana sabría dónde estaría Pedro. Pero no consiguió hablar. Las líneas parecían estar mal.
Lo dejó de pie, con la boca abierta. Y esa vez había sido un «adiós» definitivo, lo sentía. ¿Cómo era que le había dado tanto poder sobre su vida? Ahora no tenía el más mínimo efecto sobre ella... Pedro había tenido razón. Pablo la había constreñido, la había infravalorado para controlarla. Y ella había creído que el matrimonio significaba constricción. En cambio Pedro la amaba tal cual era, pensó con alegría. Se sentía libre por fin. Al llegar a su casa empezaron a caer los primeros copos de nieve. Se alegró. Iba a encender el fuego y dejarlo encendido todo el fin de semana. Se sentía una mujer nueva.
Las puertas ya no chirriaban porque Pedro las había arreglado, y Paula las miraba como si fueran el conjuro de su presencia. Pedro no era como Pablo. La amaba. Y ella lo había apartado de su vida. Se acercó a la ventana y miró la nieve, que ya había formado una capa sobre el suelo. De pronto se sintió triste. Se dió cuenta de que había perdido su única oportunidad de ser feliz. Había cometido un gran error.
Ella amaba a Pedro. Claro que lo amaba, con todo su corazón. Y probablemente lo amaba desde la primera noche que habían pasado juntos. Pero había estado demasiado aferrada a su pasado para reconocerlo. Puso más leña. El viento azotaba con furia las ramas de los árboles del jardín. Era una tarde muy oscura. Lentamente se fueron iluminando todas las farolas. Se sentó en la mecedora, con el corazón encogido de tristeza. De pronto se dió cuenta de que se estaba equivocando nuevamente. Porque pensaba que igual que Pablo se había ido y la había dejado de amar, Pedro ya no la amaría después de haberse marchado. No perdió un minuto más. Buscó el número de teléfono de Toronto, y llamó. A la cuarta vez que sonó, saltó el contestador. Entre lágrimas, esperó a que sonara el pitido para dejar el mensaje, y dijo:
–He visto a Pablo hoy. Y tenías razón. Eso era lo que debía hacer. Pedro, te amo. No me había dado cuenta de ello hasta hoy. Por favor, no te enfades conmigo, y ven a Halifax cuanto antes –hizo una pausa para tomar aliento, y luego dijo–: ¡Oh, soy Paula! Es sábado por la noche. Pero no voy a decirte adiós porque no quiero volver a decírtelo nunca más. Voy a decirte hola, hola y hola el resto de mi vida.
Estaba llorando. Dejó el auricular y se sonó la nariz. Después fue arriba a cambiarse. Pasó la tarde. Llamó a Sofía para contarle lo que había pasado. Rafael ya estaba en casa, aunque había tenido un viaje atroz desde el aeropuerto. Cenó sola, y miró cada rato por la ventana. ¡Cuánto deseaba que Pedro volviera a casa y escuchara su mensaje! ¿Habría salido? Al fin y al cabo era sábado por la noche. En un impulso, decidió llamar a Ana. Ana sabría dónde estaría Pedro. Pero no consiguió hablar. Las líneas parecían estar mal.
Un Pacto: Capítulo 61
El sábado por la mañana, Sofía llamó a Paula.
–¡No lo vas a poder creer! Rafa me ha dicho que no podrá llegar hasta esta noche, por trabajo, y no hay ninguna canguro que se pueda quedar con los niños en esta ciudad. Están todas de compras. Así que no puedo ir contigo a la exposición... Pero tú ve, ¿Irás?
–Dicen que va a nevar.
–Pero no nevará hasta la noche, según he oído. Justo cuando Rafa llegue al aeropuerto. Ve a ver a Pablo, Pau.
Paula suspiró y se despidió. Luego, después de colgar, dió vueltas por la cocina. Sofía no podía ir con ella, anunciaban nieve, y además se había despertado con un fuerte dolor de espalda. Eran buenas razones para que encendiera el fuego y se quedara en casa. ¿Qué sentido tenía que viera a Pablo después de todos esos años? Le recordaría lo mal que la había hecho sentir. ¿Por qué exponerse a ello? A las doce se comió un sándwich sin apetito. A la una menos cinco fue arriba a su habitación, sacó del ropero su vestido verde, y lo miró como si él fuera a solucionar su dilema. Era un bonito vestido. Le quedaba bien. Recordó las palabras de Sofía, las palabras de Ana. ¿Acaso iba a vivir ella también, como Jesica, una vida restringida si esa tarde elegía quedarse en casa y no afrontar la vida? ¿Y si no volvía a ver a Pedro? Buscó en el joyero los pendientes de jade que hacían juego con el vestido. Se vistió deprisa y se maquilló. Se miró al espejo con la frente alta. Y para su sorpresa descubrió unahermosa y esplendorosa joven, con ojos marrones grandes y un gesto orgulloso.
Llegó tarde y se perdió la presentación. Había mucha gente de pie alrededor de las esculturas. Paula vió a Pablo inmediatamente, y sintió el impulso de darse la vuelta y salir corriendo. Pensó que no debería haber ido. Pablo estaba de pie al fondo de la sala, conversando con el director de una de las universidades locales. Paula respiró hondo, y fue hacia él lentamente, simulando observar las esculturas a su paso. A los veinte minutos, estaba muy cerca de él, y aprovechó que el grupo que estaba conversando con él se disolvió, para acercarse y saludarlo:
–Hola, Pablo.
–¡Dios! ¡Paula! –inmediatamente le dedicó una sonrisa, aquélla que tantas veces la había cautivado.
Pero no era tan alto como lo recordaba, ni tan guapo. Y esa mirada tan fría... Además, para su satisfacción, se estaba empezando a quedar calvo. Seguramente eso no le debería gustar nada a él tan vanidoso.
–¡Te felicito por tu exposición!
–¿Vives aquí? ¿Y te has vuelto a casar?
–No. Tú me enseñaste a odiar el matrimonio.
–Te has transformado en una mujer muy hermosa. ¿Quién es el afortunado?
–Nadie que conozcas. Y tú... ¿Estás casado todavía?
–Con Brenda ya no. ¡No te imaginas lo posesiva que era! Me he casado con una conocida modelo el mes pasado, ¿No te has enterado?
–¡No lo vas a poder creer! Rafa me ha dicho que no podrá llegar hasta esta noche, por trabajo, y no hay ninguna canguro que se pueda quedar con los niños en esta ciudad. Están todas de compras. Así que no puedo ir contigo a la exposición... Pero tú ve, ¿Irás?
–Dicen que va a nevar.
–Pero no nevará hasta la noche, según he oído. Justo cuando Rafa llegue al aeropuerto. Ve a ver a Pablo, Pau.
Paula suspiró y se despidió. Luego, después de colgar, dió vueltas por la cocina. Sofía no podía ir con ella, anunciaban nieve, y además se había despertado con un fuerte dolor de espalda. Eran buenas razones para que encendiera el fuego y se quedara en casa. ¿Qué sentido tenía que viera a Pablo después de todos esos años? Le recordaría lo mal que la había hecho sentir. ¿Por qué exponerse a ello? A las doce se comió un sándwich sin apetito. A la una menos cinco fue arriba a su habitación, sacó del ropero su vestido verde, y lo miró como si él fuera a solucionar su dilema. Era un bonito vestido. Le quedaba bien. Recordó las palabras de Sofía, las palabras de Ana. ¿Acaso iba a vivir ella también, como Jesica, una vida restringida si esa tarde elegía quedarse en casa y no afrontar la vida? ¿Y si no volvía a ver a Pedro? Buscó en el joyero los pendientes de jade que hacían juego con el vestido. Se vistió deprisa y se maquilló. Se miró al espejo con la frente alta. Y para su sorpresa descubrió unahermosa y esplendorosa joven, con ojos marrones grandes y un gesto orgulloso.
Llegó tarde y se perdió la presentación. Había mucha gente de pie alrededor de las esculturas. Paula vió a Pablo inmediatamente, y sintió el impulso de darse la vuelta y salir corriendo. Pensó que no debería haber ido. Pablo estaba de pie al fondo de la sala, conversando con el director de una de las universidades locales. Paula respiró hondo, y fue hacia él lentamente, simulando observar las esculturas a su paso. A los veinte minutos, estaba muy cerca de él, y aprovechó que el grupo que estaba conversando con él se disolvió, para acercarse y saludarlo:
–Hola, Pablo.
–¡Dios! ¡Paula! –inmediatamente le dedicó una sonrisa, aquélla que tantas veces la había cautivado.
Pero no era tan alto como lo recordaba, ni tan guapo. Y esa mirada tan fría... Además, para su satisfacción, se estaba empezando a quedar calvo. Seguramente eso no le debería gustar nada a él tan vanidoso.
–¡Te felicito por tu exposición!
–¿Vives aquí? ¿Y te has vuelto a casar?
–No. Tú me enseñaste a odiar el matrimonio.
–Te has transformado en una mujer muy hermosa. ¿Quién es el afortunado?
–Nadie que conozcas. Y tú... ¿Estás casado todavía?
–Con Brenda ya no. ¡No te imaginas lo posesiva que era! Me he casado con una conocida modelo el mes pasado, ¿No te has enterado?
lunes, 4 de diciembre de 2017
Un Pacto: Capítulo 60
–¡Sofi, no quiero verlo!
–¡Claro que no! Aparte de otras cosas, la última vez que lo viste, te pegó. Pero estoy de acuerdo con Pedro, tienes que ir a verlo.
Paula estaba por decir una ordinariez, cuando vió que Valentina había dejado de jugar, y se había quedado mirándola. Entonces protestó, contentándose con decir:
–¡Deberías haberte dedicado a la psicología y no a la maternidad!
–No sé si no se trata de lo mismo –dijo Sofía–. Ponte ese vestido verde, te queda muy bien.
Paula se miró, y dijo:
–¿Y qué le digo cuando me pregunte por mi marido?
–Dile que te dejó espantada del matrimonio de por vida. Es la verdad, ¿No? Toma, queso parmesano.
Paula le puso queso a la pasta y se sirvió ensalada.
–Este mes parece que hubieran sido nueve meses –dijo Paula.
–¡Sé lo que se siente! –y para alivio de Paula, no nombró a Pedro ni a Pablo.
Pero cuando Paula fue a tomar el taxi para regresar a su casa, Sofía le recordó:
–A la una y media el sábado, no te olvides, Pau.
Paula no contestó. Al fin y al cabo, ¿Por qué le iba a hacer caso a Pedro? ¿Cómo estaría él? ¿Dónde estaría? ¿Pensaría en ella?
Pedro en ese momento no estaba pensando en ella, sino que intentaba convencerse de que tenía treinta y cuatro años, y no setenta, que era la sensación que tenía mientras jugaba con Matías, o mejor dicho mientras perdía con Matías.
–Pepe, despierta, ¿Quieres? ¡Maldigo la hora en que conociste a esa mujer, Paula, o como se llame!
–Yo también.
–Ráptala. Compra la casa de al lado de su casa. Adopta mellizos, así no tienes tiempo de pensar en ella. ¡Pon un anuncio solicitando una nueva mujer! ¡Pero haz algo, por el amor de Dios!
–¡Déjame en paz! –contestó de malos modos Pedro.
–¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Pero hazme un favor, vete a buscarla a Halifax, o quítatela de la cabeza. ¡Estoy harto de verte como un perro con la cola entre las patas!
–Tienes razón. He tirado la toalla. He venido a Toronto como un...
–Como un perro con la cola entre las patas –agregó Matías.
–Supongo que tienes razón. Voy a estar en Montreal los próximos días, pero antes de Navidad volaré a Halifax, y... conseguiré algo.
Se secó la palma de la mano húmeda en los pantalones cortos. Paula no querría casarse con él, seguramente. Y no querría saber nada de él, pero él sería el padre de su hijo. Un verdadero padre. No como el suyo. Aunque ella no quisiera casarse con él, no permitiría que le arrebatase la paternidad de su hijo también. Tiró la pelota en el aire y esperó. Esa vez ganó el juego por nueve a cinco.
–¡Claro que no! Aparte de otras cosas, la última vez que lo viste, te pegó. Pero estoy de acuerdo con Pedro, tienes que ir a verlo.
Paula estaba por decir una ordinariez, cuando vió que Valentina había dejado de jugar, y se había quedado mirándola. Entonces protestó, contentándose con decir:
–¡Deberías haberte dedicado a la psicología y no a la maternidad!
–No sé si no se trata de lo mismo –dijo Sofía–. Ponte ese vestido verde, te queda muy bien.
Paula se miró, y dijo:
–¿Y qué le digo cuando me pregunte por mi marido?
–Dile que te dejó espantada del matrimonio de por vida. Es la verdad, ¿No? Toma, queso parmesano.
Paula le puso queso a la pasta y se sirvió ensalada.
–Este mes parece que hubieran sido nueve meses –dijo Paula.
–¡Sé lo que se siente! –y para alivio de Paula, no nombró a Pedro ni a Pablo.
Pero cuando Paula fue a tomar el taxi para regresar a su casa, Sofía le recordó:
–A la una y media el sábado, no te olvides, Pau.
Paula no contestó. Al fin y al cabo, ¿Por qué le iba a hacer caso a Pedro? ¿Cómo estaría él? ¿Dónde estaría? ¿Pensaría en ella?
Pedro en ese momento no estaba pensando en ella, sino que intentaba convencerse de que tenía treinta y cuatro años, y no setenta, que era la sensación que tenía mientras jugaba con Matías, o mejor dicho mientras perdía con Matías.
–Pepe, despierta, ¿Quieres? ¡Maldigo la hora en que conociste a esa mujer, Paula, o como se llame!
–Yo también.
–Ráptala. Compra la casa de al lado de su casa. Adopta mellizos, así no tienes tiempo de pensar en ella. ¡Pon un anuncio solicitando una nueva mujer! ¡Pero haz algo, por el amor de Dios!
–¡Déjame en paz! –contestó de malos modos Pedro.
–¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Pero hazme un favor, vete a buscarla a Halifax, o quítatela de la cabeza. ¡Estoy harto de verte como un perro con la cola entre las patas!
–Tienes razón. He tirado la toalla. He venido a Toronto como un...
–Como un perro con la cola entre las patas –agregó Matías.
–Supongo que tienes razón. Voy a estar en Montreal los próximos días, pero antes de Navidad volaré a Halifax, y... conseguiré algo.
Se secó la palma de la mano húmeda en los pantalones cortos. Paula no querría casarse con él, seguramente. Y no querría saber nada de él, pero él sería el padre de su hijo. Un verdadero padre. No como el suyo. Aunque ella no quisiera casarse con él, no permitiría que le arrebatase la paternidad de su hijo también. Tiró la pelota en el aire y esperó. Esa vez ganó el juego por nueve a cinco.
Un Pacto: Capítulo 59
Paula pestañeó:
–Me gustaría mucho.
–Toma otro trozo de bizcocho. ¿Te sirvo más té?
Paula levantó la cabeza y dijo:
–Le seré sincera también. La idea de no ver más a Pedro me duele terriblemente. Pero todavía no sé cómo estar con él. No sé de qué otro modo expresarlo, aunque supongo que no tiene mucho sentido lo que digo...
–Para mí sí tiene sentido. Pero si Pepe te ama, te ama de verdad, no creo que tome en cuenta la racionalidad.
–No creo que yo aporte racionalidad –dijo Paula con una sonrisa pícara.
Ana se rió, y puso más leña en la chimenea.
–Me encanta esta habitación. Seguro que pasaré mucho tiempo aquí durante el invierno.
El tema de Pedro no se volvió a tocar. Y Paula se alegró, por una vez, de hablar del tiempo.
–Por favor, hazme saber si puedo ayudarte en algo, y ponme la primera de la lista para avisarle que ha nacido el bebé –dijo Ana al despedirse.
–Por supuesto. Y gracias Ana, no sabes cómo me molestó haberte engañado en el concierto...
–De nada –dijo Ana.
E inmediatamente vió cómo Paula se alejaba en el coche. Luego entró en la casa, y buscó el teléfono de una amiga de Nueva York que siempre estaba al tanto de las novedades artísticas.
Paso otra semana. Paula estaba más pesada y lenta, y había dejado a Francisco que se encargara de la oficina. Había lavado la ropa de bebé que tenía, y arreglado la habitación del niño con ilusión. No había sabido nada de Pedro, y tampoco se había puesto en contacto con él, pero estaba presente en todos sus pensamientos. Y no había podido evitar hacerse una imagen de él con toda la información aportada por Ana. «Tendré el bebé primero, y luego pensaré qué haré con Pedro», pensó.
Sofía la había invitado a almorzar la semana siguiente, y le había aconsejado:
–No gastes en juguetes caros. No vale la pena –dijo Sofía, mientras escurría la pasta–. ¿Has visto el periódico? No iba a hablarte de esto hasta después que comiésemos... Pero... Mira la sección de espectáculos.
Paula abrió el periódico en la página de cines y conciertos. Había una foto en blanco y negro que ocupaba el centro de la página. Abrió la boca incrédula: Era Pablo. Pablo Dempsey iba a hacer una exposición de sus trabajos el sábado en un hotel de la ciudad. ‘El escultor, según ponía, iba a estar presente desde la una hasta las cinco de la tarde.
–Bueno, supongo que es buena época ésta, antes de Navidad, para una exposición –dijo ella.
–¿No vas a decir nada más? ¿Quieres que te acompañe?
–¡No voy a ir!
–¡Por supuesto que sí! ¡Me has dicho que Pedro te dijo que tenías que verlo!
–Gracias por advertírmelo, pero intentaré andar lo más lejos posible de ese hotel ese día.
–¡Paula, hay veces que me asombras! Pedro Alfonso es un hombre atractivo, sexy, y, cosa rara, un hombre bueno. Y con dinero, nada menos. ¿Qué más quieres? Pero vas a seguir con la historia de ese escultor el resto de tu vida, y vas a terminar siendo una vieja amargada, porque en el fondo estoy segura de que te das cuenta de lo que pasa perfectamente –Sofía hizo un gesto en el aire con los utensilios de la ensalada–. Te pasaré a buscar a la una y media el sábado. Y no discutas.
–¿Y qué pasa si cuando veo a Pablo me doy cuenta de que todavía lo amo?
–¡Es increíble! Pareces tan sensata, y dices unas cosas...
–Me gustaría mucho.
–Toma otro trozo de bizcocho. ¿Te sirvo más té?
Paula levantó la cabeza y dijo:
–Le seré sincera también. La idea de no ver más a Pedro me duele terriblemente. Pero todavía no sé cómo estar con él. No sé de qué otro modo expresarlo, aunque supongo que no tiene mucho sentido lo que digo...
–Para mí sí tiene sentido. Pero si Pepe te ama, te ama de verdad, no creo que tome en cuenta la racionalidad.
–No creo que yo aporte racionalidad –dijo Paula con una sonrisa pícara.
Ana se rió, y puso más leña en la chimenea.
–Me encanta esta habitación. Seguro que pasaré mucho tiempo aquí durante el invierno.
El tema de Pedro no se volvió a tocar. Y Paula se alegró, por una vez, de hablar del tiempo.
–Por favor, hazme saber si puedo ayudarte en algo, y ponme la primera de la lista para avisarle que ha nacido el bebé –dijo Ana al despedirse.
–Por supuesto. Y gracias Ana, no sabes cómo me molestó haberte engañado en el concierto...
–De nada –dijo Ana.
E inmediatamente vió cómo Paula se alejaba en el coche. Luego entró en la casa, y buscó el teléfono de una amiga de Nueva York que siempre estaba al tanto de las novedades artísticas.
Paso otra semana. Paula estaba más pesada y lenta, y había dejado a Francisco que se encargara de la oficina. Había lavado la ropa de bebé que tenía, y arreglado la habitación del niño con ilusión. No había sabido nada de Pedro, y tampoco se había puesto en contacto con él, pero estaba presente en todos sus pensamientos. Y no había podido evitar hacerse una imagen de él con toda la información aportada por Ana. «Tendré el bebé primero, y luego pensaré qué haré con Pedro», pensó.
Sofía la había invitado a almorzar la semana siguiente, y le había aconsejado:
–No gastes en juguetes caros. No vale la pena –dijo Sofía, mientras escurría la pasta–. ¿Has visto el periódico? No iba a hablarte de esto hasta después que comiésemos... Pero... Mira la sección de espectáculos.
Paula abrió el periódico en la página de cines y conciertos. Había una foto en blanco y negro que ocupaba el centro de la página. Abrió la boca incrédula: Era Pablo. Pablo Dempsey iba a hacer una exposición de sus trabajos el sábado en un hotel de la ciudad. ‘El escultor, según ponía, iba a estar presente desde la una hasta las cinco de la tarde.
–Bueno, supongo que es buena época ésta, antes de Navidad, para una exposición –dijo ella.
–¿No vas a decir nada más? ¿Quieres que te acompañe?
–¡No voy a ir!
–¡Por supuesto que sí! ¡Me has dicho que Pedro te dijo que tenías que verlo!
–Gracias por advertírmelo, pero intentaré andar lo más lejos posible de ese hotel ese día.
–¡Paula, hay veces que me asombras! Pedro Alfonso es un hombre atractivo, sexy, y, cosa rara, un hombre bueno. Y con dinero, nada menos. ¿Qué más quieres? Pero vas a seguir con la historia de ese escultor el resto de tu vida, y vas a terminar siendo una vieja amargada, porque en el fondo estoy segura de que te das cuenta de lo que pasa perfectamente –Sofía hizo un gesto en el aire con los utensilios de la ensalada–. Te pasaré a buscar a la una y media el sábado. Y no discutas.
–¿Y qué pasa si cuando veo a Pablo me doy cuenta de que todavía lo amo?
–¡Es increíble! Pareces tan sensata, y dices unas cosas...
Un Pacto: Capítulo 58
–Sí, es correcto.
–Vino a yerme antes de irse de Halifax la semana pasada. Estaba igual de mal que los días siguientes al accidente, y eso me decidió a invitarte a tomar el té. Supongo que pensarás que soy una vieja entrometida, Paula, pero comprenderás que estamos hablando del futuro de mi nieto. Todavía echo de menos a Martina, y me haría muy feliz tener un nieto. Entonces dime, ¿Estás enamorada de otra persona?
–No.
–Ni estás enamorada de mi hijo...
Paula dejó la taza sobre el plato encima de la mesa de madera.
–Slade no me dijo que usted sabía que él era el padre de mi hijo.
–Supongo que habrá pensado que era un arma sucia.
–Usted sería una suegra formidable –dijo Paula, como excusándose.
–Déjame que te diga algo. Jesica era una mujer muy dulce. Pero era tímida y retraída, y no tenía el más mínimo deseo de aventura en la vida. A medida que pasaba el tiempo veía que Pedro iba restringiendo su apetito por la vida, y su pasión, para acomodarse al mundo de Jesica, que era más limitado que el de él. Por favor, no me malinterpretes. Él nunca se quejó. Y siempre fue muy fiel y leal... Y aunque lo dudes, yo nunca me metí en sus asuntos, en la habitación o fuera de ella. Él amaba a Martina, por supuesto, con toda el alma.
Entonces Paula recordó el primer día que habían hecho el amor, cómo él se había refrenado en sus deseos para que ella se sintiera cómoda y perdiera el miedo... Y le había dicho después que se había imaginado la historia de Pablo por su actitud ese día... Sin embargo ella no le habíapreguntado dónde había aprendido ese nivel de autocontrol... Había estado muy centrada en sí misma. «Quiero hacer el amor con él nuevamente», pensó. Quiero darle tanto como él me dio a mí...
–¿Paula, estás bien?
Paula se aferró al reposa–brazos del sillón.
–Pedro dijo que yo debía volver a ver a Pablo. Pero no entiendo qué sentido tiene.
–¿Un escultor? ¿Cuál es su apellido?
–Pablo Dempsey. Está en Nueva York ahora, por lo que me han dicho. La semana pasada fue muy placentera, señora Martínez...
–Ana, llámame Ana.
–Voy a tener al niño de aquí a cuatro semanas, y la idea de casarme con Pedro... ¡No puedo! ¡No podría resistir cometer otro error!
En un tono neutro Ana dijo:
–No amas a Pedro.
–¿Amarlo? Amé a Pablo, y él decía que me amaba, y mire lo que pasó. Pedro dice que me ama, pero no puedo confiar en ello.
–Tienes que confiar en tí primero.
Con el sentimiento de que algo muy profundo de su ser acababa de salir a la luz dijo Paula:
–Supongo que sí.
–Para ser sincera, Paula, te he invitado para ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo. Me gustas. Desde el primer momento en que te ví. Eres capaz y aprovechas la vida. Cualquier persona que juega al squash y lleva su propio negocio, en mi opinión, es una persona que asume riesgos. Me gustaría mucho que fueras mi nuera. Pero si eso no puede ser, y yo no puedo hacer nada para que ocurra, eso está claro, espero que me dejes ocupar un pequeño lugar en la vida de tu hijo.
–Vino a yerme antes de irse de Halifax la semana pasada. Estaba igual de mal que los días siguientes al accidente, y eso me decidió a invitarte a tomar el té. Supongo que pensarás que soy una vieja entrometida, Paula, pero comprenderás que estamos hablando del futuro de mi nieto. Todavía echo de menos a Martina, y me haría muy feliz tener un nieto. Entonces dime, ¿Estás enamorada de otra persona?
–No.
–Ni estás enamorada de mi hijo...
Paula dejó la taza sobre el plato encima de la mesa de madera.
–Slade no me dijo que usted sabía que él era el padre de mi hijo.
–Supongo que habrá pensado que era un arma sucia.
–Usted sería una suegra formidable –dijo Paula, como excusándose.
–Déjame que te diga algo. Jesica era una mujer muy dulce. Pero era tímida y retraída, y no tenía el más mínimo deseo de aventura en la vida. A medida que pasaba el tiempo veía que Pedro iba restringiendo su apetito por la vida, y su pasión, para acomodarse al mundo de Jesica, que era más limitado que el de él. Por favor, no me malinterpretes. Él nunca se quejó. Y siempre fue muy fiel y leal... Y aunque lo dudes, yo nunca me metí en sus asuntos, en la habitación o fuera de ella. Él amaba a Martina, por supuesto, con toda el alma.
Entonces Paula recordó el primer día que habían hecho el amor, cómo él se había refrenado en sus deseos para que ella se sintiera cómoda y perdiera el miedo... Y le había dicho después que se había imaginado la historia de Pablo por su actitud ese día... Sin embargo ella no le habíapreguntado dónde había aprendido ese nivel de autocontrol... Había estado muy centrada en sí misma. «Quiero hacer el amor con él nuevamente», pensó. Quiero darle tanto como él me dio a mí...
–¿Paula, estás bien?
Paula se aferró al reposa–brazos del sillón.
–Pedro dijo que yo debía volver a ver a Pablo. Pero no entiendo qué sentido tiene.
–¿Un escultor? ¿Cuál es su apellido?
–Pablo Dempsey. Está en Nueva York ahora, por lo que me han dicho. La semana pasada fue muy placentera, señora Martínez...
–Ana, llámame Ana.
–Voy a tener al niño de aquí a cuatro semanas, y la idea de casarme con Pedro... ¡No puedo! ¡No podría resistir cometer otro error!
En un tono neutro Ana dijo:
–No amas a Pedro.
–¿Amarlo? Amé a Pablo, y él decía que me amaba, y mire lo que pasó. Pedro dice que me ama, pero no puedo confiar en ello.
–Tienes que confiar en tí primero.
Con el sentimiento de que algo muy profundo de su ser acababa de salir a la luz dijo Paula:
–Supongo que sí.
–Para ser sincera, Paula, te he invitado para ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo. Me gustas. Desde el primer momento en que te ví. Eres capaz y aprovechas la vida. Cualquier persona que juega al squash y lleva su propio negocio, en mi opinión, es una persona que asume riesgos. Me gustaría mucho que fueras mi nuera. Pero si eso no puede ser, y yo no puedo hacer nada para que ocurra, eso está claro, espero que me dejes ocupar un pequeño lugar en la vida de tu hijo.
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