miércoles, 1 de noviembre de 2017

Enemigos: Capítulo 55

Paula abrazó a Baltazar con más fuerza y se dirigió a la parte donde hacía pie esperando que Pedro se lanzara con fuerza al agua. Pero para su sorpresa, se metió sin tirarse. Y se le debió de notar, porque Pedro  alzó una ceja.

–Dado que los niños detectan la tensión de los adultos, estaría bien que dejaras de mirarme como si fuera un tiburón que hubiera entrado en la piscina.

–Pensé que ibas a tirarte y no quería que Balta se asustara y le tomara miedo al agua.

–¿Eso fue lo que te pasó a tí? Me he dado cuenta de que nunca te metesen el mar.

–Mi hermano solía hacerme aguadillas muy largas.

Paula esperó a que dijera algo negativo de su familia, pero Pedro se metió debajo del agua y apareció justo a su lado.

–Nadar es una cuestión de seguridad en uno mismo. Tenemos que trabajar en tu confianza. Y mientras tanto le enseñaré a Balta que el agua es divertida. Mi hermano y yo nos pasábamos horas nadando cuando éramos pequeños –tomó a Balta en brazos y le agitó suavemente en el agua, chapoteando mientras le hablaba suavemente en italiano.

Y el niño disfrutó de cada segundo, incluido el momento en que su padre le metió debajo del agua. Salió boqueando y riéndose feliz. Paula sintió una dolorosa punzada de culpabilidad.

–Lo siento –espetó.

Pedro se quedó quieto sosteniendo a su hijo con firmeza.

–¿Qué sientes?

–Fue un error no decírtelo. Creí que estaba haciendo lo correcto. Quería protegerle para que no tuviera una infancia como la mía, pero ahora veo que... –se le quebró la voz–. Eres muy bueno con él. Le encanta estar contigo.

–Y eso debería ser motivo de alegría, ¿No? Entonces, ¿Por qué estás tan triste?

–Porque no me lo vas a perdonar nunca –aseguró Paula con tristeza–.Siempre va a estar entre nosotros.

Pedro se la quedó mirando durante un largo instante y luego apretó los labios.

–Estás hablando como una Chaves, no como una Alfonso. Los Chaves se agarran al pasado y se amargan por él, pero ahora eres una Alfonso y eso significa seguir adelante –se colocó el niño al hombro y la miró fijamente–. Y  teadvierto que, si tratas de salir de esta piscina, te lo impediré.

–¿Cómo sabes que eso es lo que quiero hacer?

–Porque puedo leer la señales. Siempre tienes un ojo puesto en la ruta de escape.

–Los dos sabemos que este es un momento tuyo y de Balta–Paula sesonrojó, deseando no haber iniciado aquella conversación–. Nunca pasas tiempo conmigo durante el día. Te levantas temprano para estar con él, vas a trabajar,estás otra vez con él y luego vienes a la cama a estar conmigo. Esa es nuestra relación. Yo soy alguien a quien solo ves en la oscuridad.

Se hizo un largo y tenso silencio. Luego Pedro dejó escapar un suspiro.

–En primer lugar, me levanto temprano porque Balta también lo hace y así te dejo descansar un poco más. Trabajas muy duro. En segundo lugar, trabajo mucho porque estoy en medio de un proyecto importante, no porque te esté evitando. En tercer lugar, voy a la cama y tengo relaciones sexuales contigo porque es el único momento del día en el que nuestros caminos se cruzan. No te veo como alguien con quien me acuesto en la oscuridad, sino como mi esposa. Y,si lo que necesitas para que te demuestre que me tomo en serio esta relación es tener sexo de día, para mí no supone ningún problema.

Paula no supo qué podría haber sucedido después, porque Baltazar estiró losbrazos hacia ella y estuvo a punto de caerse. Pedro le sujetó con decisión.Entonces el niño mantuvo un brazo en el hombro de su padre y con el otro trató de agarrarse a ella. Aceptar el abrazo supuso acercarse a Pedro. La pierna desnuda le rozó la suya. A Paula se le puso el estómago del revés.

Enemigos: Capítulo 54

–¿Sí?

–¿Qué tal estás? –preguntó la voz grave de Pedro al otro lado–. Estabas agotada, así que te dejé dormir.

–Estoy bien, gracias.

Paula no fue capaz de colgar. Sostuvo el teléfono con fuerza y aguantó la respiración con la esperanza de que Pedro la invitara a comer. Tal vez a hacer un picnic en la playa. Algo que sugiriera que estaba interesado en fomentar una parte de su relación que no fuera el sexo.

–Descansa lo que puedas hoy. Te veré por la noche.

Paula sintió una punzada de desesperación. Pedro no sentía nada por ella y sin embargo ella estaba deseando que volviera a casa.Sintiéndose muy desgraciada, volcó todo su cariño en su hijo. Al menos esa relación iba bien y era un consuelo presenciar la alegría de Baltazar cuando estaba con su padre.

Y así se inició una nueva rutina. Pedro se despertaba temprano y desayunaba con Baltazar, permitiendo que Paula se quedara una hora más en la cama.Y la necesitaba, porque fueran cuales fueran sus problemas, en la cama no tenían ninguno. Y había aprendido a apagar aquella parte de sí misma que anhelaba calor emocional. Apenas veía a Pedro durante el día, estaba trabajando a tiempo completo en la remodelación del hotel. Ella le preparaba temprano la comida a Baltazar y comía con él antes de empezar con la hora del almuerzo en el restaurante. Luego lo dejaba con Giuliana mientras ella se concentraba en el momento más intenso del día. El chef que la había ayudado cuando su abuelo estuvo en el hospital seguía con ellos, y encontraba estimulante trabajar con alguien que tenía una preparación formal.Un lunes por la tarde, dos semanas después de que se hubieran mudado a su nuevo hogar, Paula pudo por fin tomarse una tarde libre. Tras haber terminado el servicio de mediodía y haber experimentado con dos nuevos platos, dejó que su equipo terminara con los preparativos para la noche y se llevó a Baltazar a la villa.Convencida de que Pedro estaría trabajando, como siempre, se puso un biquini yllevó a Balta a la maravillosa piscina que solo utilizaba cuando Pedro no estaba.Baltazar se agarró a ella al meterse en el agua. Dió patadas en el agua y miró detrás de Paula.

–Papá.

–Papá está trabajando –aseguró Paula contenta sujetándole de la cintura.

–No, ya no –la voz grave de Pedro llegó desde el extremo de la piscina.

Paula se giró, horrorizada al encontrarle allí con el teléfono en la mano. Desde los pulidos zapatos hechos a mano al traje bien cortado, todo en él exudaba éxito.Dejó el teléfono en la tumbona más cercana.

–Parece un buen plan para una calurosa tarde de verano. Me uniré a ustedes–se quitó la chaqueta y la corbata.

Paula se preguntó qué estaba haciendo allí.

–¿No tienes que volver al trabajo?

–Soy el jefe –la camisa siguió a la chaqueta–. Yo decido cuándo trabajo. Ysiempre paso unas horas con Balta cada tarde antes de su siesta.

–¿Todas las tardes? –aquella era una noticia nueva para ella–. ¿Y dedónde sacas el tiempo?

–Tengo un buen equipo, se las pueden arreglar sin mí mientras yo juego con mi hijo una hora –en calzoncillos, Pedro entró en la caseta de la piscina y salió un instante después con un bañador puesto–. Podemos hacerlo –aseguró acercándose al borde del agua–. Podemos ocupar el mismo espacio y no desnudarnos el uno al otro.

Enemigos: Capítulo 53

Paula gimió.

–¿Qué estás haciendo? Por favor... –le arañó la espalda para urgirle a moverse.

Pero Pedro se mantuvo quieto, poniendo a prueba su control mientras esperaba a que Paula regresara del límite.

–No quiero que alcances el clímax todavía –afirmó con tirantez deslizándole la boca por la suya–. Quiero que estés desesperada.

Sentía su dureza dentro, su erección era suave y poderosa como todo en él. Paula empezó a jadear. Pero él seguía sin moverse.

–Pedro–le pasó las uñas por la gloriosa piel de bronce que le cubría los músculos–. Por favor...

La respuesta de Pedro a su súplica fue deslizar la mano bajo su trasero y hundirse con más fuerza en ella.

–¿Has pensado en mí hoy?

Paula apenas fue capaz de hablar.

–Sí. Todo el tiempo.

–¿Y te ha resultado difícil concentrarte? –su voz estaba cargada de deseo.

Ella gimió desesperada.

–Sí. Pedro, por favor...

La mantuvo así durante unos instantes, y cuando Paula pensó que ya no podría seguir soportándolo se movió, despacio al principio. Controlando el ritmo con precisión, sabiendo exactamente cómo proporcionarle el máximo placer. Paula le enredó las piernas alrededor de las caderas, se arqueó contra él y se perdió en aquella locura. Pedro  también se perdió. En algún momento sintió que él había perdido el control y se estaba dejando llevar por el instinto. Ella alcanzó el clímax, y todo su cuerpo se estremeció como si lo hubiera atravesado una tormenta.Escuchó a Pedro soltar un gemido gutural antes de que los espasmos de su cuerpo lo llevaran también a la cima. Paula nunca había experimentado un placer así. El calor de él aceleró supropia excitación y gimió su nombre mientras se agarraba de él para cabalgar aquella tormenta.Después Pedro se tumbó boca arriba y la atrajo hacia sí.

–Me gusta el sexo en la cama –aseguró cerrando los ojos.

Paula se sentía mareada y estúpida.

–Me has obligado a suplicarte.

–¿Te he obligado? –Pedro mantuvo los ojos cerrados–. ¿Te he amenazado?ç

Ella se cubrió los ojos con la mano.

–Ya sabes a lo que me refiero.

–Te refieres a que te he proporcionado un placer inimaginable –Pedro le apartó la mano de la cara y sonrió con picardía–. De nada, cariño.

Estaba tan seguro de sí mismo, era tan arrogante en todo lo que hacía que Paula se sintió mil veces peor.

–No quiero que vuelvas a hacerlo –le espetó con el rostro sonrojado–. Una cosa es el sexo, pero no quiero que vuelvas a hacer algo así.

–¿Por qué? ¿Porque te hace sentir vulnerable? Bien –la voz de Pedro era un suave ronroneo–. Cuanto estés en mi cama quiero que seas vulnerable. Y está bien que me digas lo que te gusta, aunque, si eso te incomoda, tampoco pasa nada porque no necesito tu ayuda para saber lo que te excita.

–Porque eres todo un experto, claro.

–Me has hecho sangre con las uñas, cariño –afirmó él con ironía–. Eso meda alguna pista. ¿Y qué tiene de malo ser un experto? ¿Preferirías un hombre torpe?

–No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación –murmuró ella.

Pedro se rió y volvió a colocarse encima.

–Estás llena de contradicciones. Primero eres una osada y un instante después te vuelves tímida. Dos mujeres en un solo cuerpo –murmuró con tono sugerente bajando la mano–. ¿Qué más puede pedir un hombre?

Agotada por las exigencias de Pedro y lo salvaje de su propia respuesta,Paula durmió hasta tarde y se despertó sobresaltada por la preocupación por Baltazar.Se levantó a toda prisa de la cama y se dirigió a toda prisa a su dormitorio, donde Giuliana le dijo que Pedro había vestido a su hijo y le había dado el desayuno antesde irse a trabajar.

–Es el hombre perfecto –suspiró la joven con expresión soñadora–. Tienes mucha suerte.

Paula apretó los dientes. No se sentía en absoluto afortunada. Se sentía una estúpida. Pedro solo tenía que tocarla y se derretía.Regresó al dormitorio y se sentó en la cama cubriéndose el rostro con las manos, humillada por el recuerdo. Entonces sonó el teléfono y contestó.

Enemigos: Capítulo 52

–Por el amor de Dios, Pedro...

–Deja que te dé algunos consejos sobre cómo conseguir que un matrimonio funcione. En primer lugar, retirarme el sexo no va a mejorar mi estado de ánimo –afirmó con frialdad–. En segundo lugar, puedo tenerte relajada en menos de cinco segundos, así que acabemos con esta farsa. Es una las pocas cosas que tenemos en común.

–Te crees irresistible –Paula se incorporó y trató de correr hacia la puerta,pero él la tumbó sobre la cama y le sujetó los brazos por encima de la cabeza con una mano.Ella se retorció bajo su peso.

–¿Qué estás haciendo?

–Sexo en la cama –ronroneó Pedro con los ojos brillantes y la boca a escasos centímetros de la suya–. Todavía no lo hemos experimentado. A mí me gusta descubrir cosas nuevas, ¿Y  a tí?

–No quiero sexo en la cama –Paula apretó los dientes y apartó la cara ignorando el calor que le subió por la pelvis–. No quiero ningún tipo de sexo.

–Estás montando una escena porque te asusta el modo en que te hago sentir.

–Lo que me haces sentir es deseos de hacerte picadillo con mi cuchillo más afilado.

Pedro se rió . Paula tenía las manos atrapadas en la suya y trató de apartar la cara de la suya, pero él le sujetó la barbilla con la otra y la mantuvo firme mientras le plantaba la boca en la suya.El experto roce de sus labios le provocó una oleada instantánea de calor.Gimió y se retorció debajo de él.

–No quiero dormir en la misma cama que tú.

–No te preocupes por eso. Todavía falta mucho para que llegue el momento de dormir –le deslizó la mano libre bajo el camisón.

Paula trató de liberar las manos y de defenderse, pero él la mantuvo sujeta.Se sintió invadida por el calor cuando sintió su mano entre las piernas.

–¡Suéltame!

La respuesta de Pedro fue deslizar los dedos dentro de ella. El calor hizo explosión. Incapaz de liberar las manos, lo único que pudo hacer Paula  fue tratar de mover las caderas, pero aquel movimiento solo sirvió para intensificar la excitación provocada por aquella invasión tan íntima.

–Dios, no he parado de pensar en esto en todo el día –gimió él capturándole la boca con la suya en un beso explícito–. No he sido capaz de concentrarme. No he podido tomar ninguna decisión, y eso no me había ocurrido nunca antes. Está claro que a tí te ha pasado lo mismo.

–A mí no –era la frenética protesta de una persona que se estaba ahogando–. No he pensado en tí en todo el día.

–Mientes fatal.

Paula descubrió que Pedro era capaz de sonreír y besar al mismo tiempo, y aquello volvió más sensual todavía la experiencia porque cambió el modo en que sus labios se movían sobre los suyos.

–No estoy mintiendo –se retorció para tratar de librarse de él–. He estado demasiado ocupada para dedicarte un solo pensamiento. ¿Y por qué iba hacerlo? No hemos compartido nada especial.

–¿No? –Pedro le soltó las manos y se deslizó hacia abajo en la cama abriéndole los muslos.

Paula gimió y trató de cerrarlos, pero él le sujetó las manos con firmeza y su gemido se transformó en un sollozo de placer mientras la lengua de Pedro exploraba aquella parte de su cuerpo con maestría letal.Con el cuerpo en llamas, trató de mover las caderas para aliviar el deseo,pero él la mantuvo prisionera mientras la sometía con la lengua a una erótica tortura. Sintió cómo el placer se iba formando en su interior.

–Eres tan ardiente que cuando estoy contigo no puedo ni siquiera pensar –murmuró él con voz ronca colocándose encima de ella y entrando en su interior.Y entonces se quedó muy quieto. Permaneció así, hundido en su interior con las mandíbulas apretadas para controlarse y no moverse.

Enemigos: Capítulo 51

La frenética actividad mejoró su humor. No había sabido nada de Pedro en todo el día, seguramente porque estaría igual de ocupado con su proyecto para poner el Beach Club al nivel del resto del grupo. Tal vez aquello funcionara, pensó. Si tenía cuidado, ni siquiera le vería. Si se mantenía muy ocupada, tal vez dejara incluso de pensar en él cada segundo del día. Dispuesta a poner a prueba aquella teoría, se enfrascó en el trabajo cocinando, hablando con los clientes e interactuando con el personal. Cuando terminó ya era muy tarde. Cruzó la playa en dirección a la villa y se detuvo un instante para observar la cabaña de pescadores que le había servido tantas vecesde refugio siendo niña. Estaba al final de la playa privada, pero Paula no fue capade acercarse hasta allí. No podía enfrentarse a los recuerdos. Sabía lo que era la soledad, pero se estaba dando cuenta de que no había nada tan solitario como unmatrimonio frío y vacío.La villa estaba en silencio. Estaba claro que Giuliana se había retirado ya al departamento para el servicio, situado en un anexo. No había ni rastro de Pedro. Aliviada al no tener que enfrentarse a él,  se dirigió al cuarto de invitados. Se dió una ducha y se metió en la cama, que era grande y cómoda. Le dolían las piernas por el cansancio tras haberse pasado el día de pie.Estaba empezando a dormirse cuando se abrió la puerta de golpe y alguien encendió la luz. La silueta Pedro ocupaba el umbral. Sus ojos se clavaron en ella como los de un cazador que hubiera localizado a su presa.

–Para que lo sepas –dijo con tono suave–, el escondite es un juego de niños, no de adultos.

–No estaba jugando al escondite.

–Entonces, ¿Qué diablos estás haciendo aquí? Cuando llego a casa del trabajo no quiero tener que buscarte.

La combinación de su tono letal y de aquellos ojos oscuros provocó que se pusiera nerviosa.

–¿Esperabas que te esperara despierta para ponerte las zapatillas de estar por casa?

Pedro entró en la habitación y empezó a dar vueltas alrededor de la cama como un animal salvaje que buscara el mejor método de ataque.

–¿De verdad creías que te dejaría dormir aquí?

–Yo elijo dónde duermo –murmuró Paula sosteniendo las sábanas de seda con firmeza.

–Ya elegiste al casarte conmigo. Dormirás en mi cama esta noche y todas las noches.

Acercándose con tanta velocidad que Paula no pudo reaccionar, le quitó las sábanas y la tomó en brazos.

–¡Suéltame! Deja de comportarte como un cavernícola –se retorció entre sus brazos.

Pero Pedro se limitó a sujetarla con más fuerza.

–¡Vas a despertar a Baltazar!

–Entonces deja de gritar.

–¡Nos va a ver!

–Verá a su padre llevando a su madre a la cama –gruñó Pedro dirigiéndose hacia la habitación principal–. Es una escena perfectamente aceptable. No tengo problema con que sepa que sus padres duermen juntos –cerró la puerta de una patada, se acercó a la enorme cama y la depositó en medio.

lunes, 30 de octubre de 2017

Enemigos: Capítulo 50

«No», pensó Paula friendo trozos de berenjena hasta que se volvieron marrones y blandos. Pero no podía decir la verdad por el bien de Baltazar, así que guardó silencio y siguió con aquella farsa de amor eterno que parecía tener cautivado a todo el país. Resultaba irónico. Era la envidia de millones de mujeres,se había casado con un hombre multimillonario y sexy. Se había casado con un Alfonso.El primer vistazo que le echó a su nueva casa la había dejado temblando.No estaba acostumbrada a vivir con tanto lujo. Las reformas de Pedro habían aprovechado al máximo la posición de la villa en la bahía. Los enormes ventanales le proporcionaban un aire moderno y mostraban espectaculares vistas de la bahía y de la reserva natural que lindaba con su terreno. Nadie podría evitar enamorarse de aquella casa, pero la estancia favorita de Paula era la enorme y soleada cocina.

No era un sitio para cocinar, sino también para vivir. El corazón de la casa. Tenía puertas de cristal que daban a una terraza rodeada por un huerto de frutales. Así que recoger naranjas frescas para el desayuno implicaba únicamente salir y tomarlas de alguno de los muchos naranjos. Era un lugar para celebraciones familiares, desayunos agradables y cenas íntimas. Era perfecto.Se llevó a Baltazar a la villa a última hora de la tarde, le dió la merienda en la preciosa cocina y le dejó explorar. El descubrimiento de la que sin duda era su habitación le hizo gritar de alegría.

–¡Barco! –se subió a su nueva cama, que tenía forma de barco a juego con las cortinas imitando velas.

–Sí, es un barco –ver la felicidad reflejada en su cara le elevó el ánimo.

Tenía que reconocer que la habitación era preciosa. El sueño de cualquier niño.Había cestas llenas de juguetes y las estanterías tenían más libros que una librería.

–Tu padre no conoce el significado de la palabra «moderación» –murmuró Paula tomándole de la mano y llevándole a la habitación de al lado.

Al parecer se trataba de un cuarto de invitados. Era muy bonito, tenía unpequeño balcón con vistas a la cala privada que había bajo la villa.

–Mamma duerme aquí –dijo Baltazar encantando subiéndose a la cama y saltando sobre ella.

Paula se le quedó mirando un largo instante y luego sonrió.

–Sí –dijo despacio–. Mamá va a dormir aquí. Es una idea excelente.

No había razón para que tuvieran que compartir cama. Mientras Baltazar volvía corriendo a su habitación y empezaba a revolverlo todo, Paula sacó la ropa del dormitorio principal y la llevó al cuarto de invitados. Luego bañó a Baltazar, que tenía un cuarto de baño náutico a juego con su náutica habitación, le leyó un cuento y luego dejó que Giuliana se quedara con él para poder volver al restaurante y encargarse de las cenas.

Enemigos: Capítulo 49

A Paula se le oscureció la mirada. Pedro vió cómo tragaba saliva y luego miraba a Baltazar, que les observaba a los dos fijamente.

–Tu departamento no es el lugar adecuado para criar a un niño de esta edad.No te comas eso –le dijo al niño quitándole la arena de la mano y tomándole en brazos.

–Estoy de acuerdo contigo, y por eso no vamos a vivir en el departamento.

–Has dicho que nos íbamos a casa.

–Tengo cinco casas –Pedro se preguntó cómo podía seguir deseándola tanto después de una noche de sexo ardiente–. Estoy de acuerdo en que el departamento no es adecuado para nuestras necesidades inmediatas, así que vamos a trasladarnos a la casa de la playa.

–¿La casa en la que pasaste la infancia?

–La ubicación es perfecta y la estructura sólida. Llevo seis meses reformándola y con unos cuantos ajustes quedará perfecta para una familia. Tiene muchas cosas que sé que te van a gustar –hizo una pequeña pausa–. Por ejemplo, la cabaña de pescadores.

Esperaba que se pusiera contenta. Se había pasado media infancia escondida allí, así que estaba claro que le gustaba.Pero no vió en ella ningún atisbo de gratitud. Al contrario, sus mejillas perdieron el poco color que les quedaba y se quedó mirando hacia la bahía tratando de recuperar el control. Cuando finalmente habló lo hizo sin mirarle.

–Viviremos donde tú quieras, por supuesto.

Estaba dando a entender que viviría allí de mala gana. Pedro, que esperaba gratitud, sintió una oleada de frustración. Había crecido en una familia en la qu etodos decían siempre lo que pensaban. Las reuniones familiares eran muy bulliciosas. Todo el mundo tenía una opinión y no vacilaba en expresarla,normalmente en voz muy alta y hablando a la vez que los demás. No estabaacostumbrado a tener que leerle el pensamiento a una mujer.

–Pensé que te gustaría –afirmó con tirantez–. Al vivir allí podrás seguir ocupándote de tu negocio, visitando a tu abuelo y durmiendo en mi cama.

Aquel comentario hizo que Paula se sonrojara, pero siguió sin mirarle.Consciente de que Baltazar estaba allí, se tragó el comentario que le quemaba la lengua.

–Nos iremos en veinte minutos. Estate preparada.

Confundida e incómoda, Paula se centró en el trabajo. Trató de apartar de sí el recuerdo de aquel último y tierno beso diciéndose que había sido por el bien de su hijo. No había ternura en lo que Pedro y ella compartían. Solo había deseo. Era algo físico, nada más.Aliviada al tener algo con lo que distraerse, no sabía si sentirse complacida o desilusionada al descubrir que la Cabaña de la Playa había florecido en su ausencia.

–El chef que Alfonso nos envió era bueno. Mantuvo el mismo menú, jefa –Bruno dejó en el suelo una cesta de brillantes berenjenas púrpura–. Tienen muy buena pinta. Las pondremos en el menú del día con pasta, ¿Te parece bien?

–Sí –a Paula le resultaba frustrante descubrir que el trabajo no le proporcionaba la distracción que necesitaba.

Hiciera lo que hiciera, su cerebro regresaba una y otra vez al momento en que los dos acabaron contra la pared.Durante años había anhelado vivir una experiencia lo suficientemente poderosa como para borrar el recuerdo de la noche en que concibieron a Baltazar, y ahora lahabía multiplicado por diez.

–¿Estás bien? –Bruno le dió un codazo–. Porque no pareces concentrada, y eso es peligroso cuando estás cocinando con fuego. Podrías quemarte.

–Estoy bien –contestó desabrida–. Solo un poco cansada. Necesito concentrarme, nada más –furiosa consigo mismo, murmuró algo en italiano.

Bruno agarró los platos que ella había preparado y se retiró hacia la seguridad del restaurante. Giuliana fue menos sensible. Quería detalles.

–Leí en el periódico que han estado enamorados en secreto desde que eran pequeños –suspiró–. Eso es muy romántico.