viernes, 20 de octubre de 2017

Enemigos: Capítulo 32

Se hizo un incómodo silencio.

–Yo nunca he dicho eso.

–No, pero lo has pensado. Y tu abuelo también. Dices que no me conoces,así que te voy a decir algo sobre mí. No se me dan bien los trasfondos ni la gente que oculta lo que piensa, y desde luego no voy a alimentar esa maldita rencilla con la que los dos hemos crecido. Termina aquí y ahora –aseguró con determinación–.Y, si lo que me has dicho esta mañana es verdad, supongo que tú también quieres lo mismo.

–Por supuesto. Pero podemos acabar con ese rencor sin necesidad de casarnos. Hay muchas formas de ser familia.

–Para mí no. Mi hijo no crecerá yendo de un padre a otro. Nunca hemos hablado de esa noche, así que hagámoslo ahora. Quiero que me digas lo que piensas con sinceridad. Me culpas de que tu hermano se llevara mi coche. Y sin embargo sabes lo que sucedió. Estaba contigo. Y teníamos otras cosas en mente,¿No es verdad?

–Nunca te he culpado.

Pedro esperó a que elaborara más la respuesta, pero por supuesto no lo hizo. Su incapacidad para atravesar sus barreras le desesperaba porque no le gustaba fallar. Apretó las mandíbulas y suspiró.

–Es tarde y has tenido una noche horrible. ¿A qué hora se despierta Baltazar?

–A las cinco.

Era la hora a la que él solía levantarse también para ir a trabajar.

–Si no vas a comer nada, entonces vete a la cama. Te dejaré una de mis camisas.

Una leve sonrisa rozó los labios de Paula.

–Entonces, ¿No tienes un armario lleno de camisones de seda para las invitadas que se quedan a pasar la noche?  El mundo se sentiría decepcionado si lo supiera.

–No le pido a las invitadas que se queden a dormir. Pueden echar raíces con rapidez –la miró fijamente–. Por esta vez te dejo batirte en retirada.Aprovéchalo porque cuando estemos casados no podrás ocultarte. De eso puedes estar segura.

–No vamos a casarnos, Pedro.

–Ya hablaremos de eso mañana. Pero mantengo todo lo que te dije en el despacho. Admiro tus esfuerzos por crear para Baltazar la familia que no tenías, pero mi hijo no necesita empleados pagados que cumplan con ese papel. Él tiene una familia real. Es un Alfonso, y cuanto antes lo hagamos legal, mejor para todos.

–¿De verdad? –la voz de Paula pareció recuperar fuerzas–. ¿De verdad crees que es mejor para él crecer con unos padres que no se conocen el uno al otro?

Pedro apretó los labios.

–Vamos a conocernos, querida. Vamos a intimar todo lo que pueden intimar un hombre y una mujer. Voy a derribar esas barreras que has construido. Y ahora vete a dormir. Vas a necesitar estar descansada.

«Vamos a intimar todo lo que pueden intimar un hombre y una mujer».¿Qué tenía de íntima aquella frase fría y carente de sentimiento? Pedro estaba furioso. ¿Cómo pensaba que iban a llegar a alcanzar ninguna intimidad en aquellas circunstancias?

Enemigos: Capítulo 31

–Cuando te escondías en la cabaña de pescadores siempre llevabas la misma comida.

–No quería tener que volver a casa para comer.

–No querías volver a tu casa para nada.

–Es verdad –Paula se rió con tristeza y apartó el plato–. Esto es ridículo, ¿No te parece? Lo único que tú sabes de mí es que me gusta el queso de oveja con aceitunas, y lo único que yo sé de tí es que te gustan los deportivos y rápidos. Y aún así estás sugiriendo que nos casemos.

–No lo estoy sugiriendo. Insisto en que nos casemos. Tu abuelo lo aprueba.

–Mi abuelo está chapado a la antigua, yo no –le miró a los ojos–. Dirijo un negocio de éxito. Puedo mantener a mi hijo. No ganaríamos nada casándonos.

–Baltazar ganaría mucho.

–Viviría con dos personas que no se quieren. ¿Qué tiene eso de bueno?Me estás castigando porque estás enfadado, pero al final serás tú quien acabe sufriendo. No somos compatibles.

–Sabes que somos compatibles en lo que importa –aseguró Pedro con voz ronca–. En caso contrario no nos veríamos en esta situación.

A Paula se le sonrojaron las mejillas.

–Tal vez seas siciliano, pero eres lo bastante inteligente como para no pensar que un matrimonio solo necesita buen sexo.

Pedro se sentó frente a ella.

–Supongo que debería estar agradecido de que al menos reconozca que fue sexo del bueno.

–Es imposible hablar contigo.

–Al contrario, es muy fácil. Digo lo que pienso, y eso ya es más de lo que tú haces. No toleraré el silencio, Paula. El matrimonio es compartir. Todo. No quiero una mujer que no comparta sus sentimientos, así que dejemos esto claro desde el principio. Lo quiero todo de tí. Todo lo que eres me lo vas a dar.

Estaba claro que Paula no esperaba aquella respuesta por su parte porque palideció.

–Si eso es lo que quieres, entonces está claro que necesitas una mujer diferente.

–Tú te has forzado a ser así. De ese modo has sobrevivido y te has protegido a tí misma. Pero en el fondo no eres así. No me interesa la dama de hielo. Lo que quiero es la mujer que tuve en mi cabaña aquella noche.

–Esa no era yo –murmuró Paula.

–Claro que sí. Durante unas horas perdiste el control de la persona que has construido. Era tu verdadero yo, Paula. Lo que es fingido es el resto.

–Aquella noche fue todo una locura –Paula se retorció las manos–. No sé cómo empezó, pero sí sé cómo terminó.

–Terminó cuando tu hermano me robó el coche y se estrelló contra un árbol–Pedro confiaba en que el enfoque directo la sacaría de su rígido control, pero ni siquiera aquel brusco comentario penetró el muro que había construido a su alrededor.

–Era demasiado rápido para él. Nunca había conducido nada semejante antes.

–Ni yo tampoco –afirmó Pedro con frialdad–. Me lo habían entregado dos días antes.

–Qué comentario tan tremendamente insensible y falto de tacto.«Entonces demuestra alguna emoción».

–Tan insensible y falto de tacto como la implicación de que yo fui en cierto modo responsable de su muerte.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Enemigos: Capítulo 30

–No te preocupes por el bienestar de mis sofás blancos. Mi sobrina ya ha derramado sobre ellos todo tipo de sustancias. No me importa. La gente es más importante que las cosas.

–Estoy de acuerdo. Y no estoy pensando en tus sofás, sino en Balta.Concretamente en el escalón que rodea el salón. Es una trampa para un niño que está empezando a andar. Se va a caer.

Pedro alzó las manos en gesto de rendición.

–Así que este lugar no está hecho para un niño, lo acepto. Ya lidiaré con ello.

–¿Cómo? No puedes cambiar el departamento, ¿Verdad?

–Si es necesario, lo haré. Y mientras tanto le enseñaré a tener cuidado con el escalón.

Pedro trató de ocultar su exasperación. Por muy enfadado que estuviera,era consciente de que Paula acababa de vivir las veinticuatro horas más estresantes de su vida, y sin embargo no había mostrado ninguna emoción. Estaba aterradoramente tranquila. La niña pequeña que se había negado a derramar una lágrima se había convertido en una mujer con la misma restricción emocional. La única señal de que estaba sufriendo era la rígida tensión de sus estrechos hombros.

–¿Siempre eres así? No me extraña que Balta sea un manojo de nervios viviendo contigo.

–Primero me acusas de no cuidar bien de tu hijo y luego de ocuparme demasiado de él. Ponte de acuerdo –Paula agarró un fino jarrón de cristal y lo subió a un estante más alto.

–No te estoy acusando de nada. Solo digo que estás exagerando.

–Tú no tienes ni idea de lo que es vivir con un niño que empieza a andar.

Sus palabras hicieron estallar algo dentro de él.

–¿Y de quién es la culpa? –Pedro se dirigió hacia la cocina para no decir algo de lo que luego pudiera arrepentirse.

–Lo siento –dijo la voz de Paula desde el umbral.

–¿Qué sientes? –Pedro abrió un armarito–. ¿Haber mantenido a mi hijo lejos de mí o dudar de mi capacidad como padre?

–No dudo de tu capacidad. Solo estaba señalando los peligros que puede tener un niño de esa edad en un departamento de soltero.

Paula tenía un aspecto imposiblemente frágil allí de pie con el cabello cayéndole en suaves ondas sobre los hombros. Pedro no quería sentir nada más que ira, pero era consciente de que sus sentimientos resultaban mucho más complicados. Sí, la ira estaba allí, y también el dolor. Y con ellos se mezclaba algo mucho más difícil de definir pero igual de poderoso.

–Tenemos que comer, Paula–dijo sacando unos platos–. ¿Qué te preparo?

–Nada, gracias. Creo que me voy a ir a acostar. Dormiré con Balta. Así nose asustará cuando se despierte.

Pedro colocó un trozo de pan fresco en el centro de la mesa.

–¿Quién está asustado, querida, él o tú? –la miró con intención–. ¿Crees que, si no duermes en su cama, tendrás que dormir en la mía?

Paula clavó sus ojos verdes en él y se le sonrojaron las mejillas. Pedro se acercó a la nevera, abrió la puerta y pensó que debería meter todo el cuerpo dentro. Le daba la sensación que aquella sería la única manera de enfriarlo. Sacó un plato de queso de oveja con aceitunas y lo puso sobre la mesa.

–Come –le ordenó.

–Ya te he dicho que no tengo hambre.

–Tengo por norma resucitar solo una persona al día, así que come a menos que quieras que te alimente por la fuerza –cortó una trozo de pan, añadió el queso, puso por encima una cuentas aceitunas y empujó el plato hacia ella–. Y no me digas que no te gusta. De las pocas cosas que sé de tí es que te gusta el queso de oveja.

Paula frunció ligeramente el ceño mientras miraba el plato y luego otra vez a él. Pedro suspiró.

Enemigos: Capítulo 29

–Le traeré aquí y le acomodaré en esa butaca. Tú puedes irte a casa.Vendrá Giuliana y tengo que llamar a Bruno para pedirle que me cubra mañana.

Pedro sintió una irracional oleada de rabia.

–No hace falta. Ya he arreglado eso. Mi equipo se ocupará de llevar la Cabaña de la Playa por el momento.

Paula se puso tensa.

–¿Te estás aprovechando de la situación para hacerte con el control de mi negocio?

Pedro se contuvo.

–Tienes que dejar de pensar como una Chaves. Esto no es una cuestión de venganza. No quiero quedarme con tu negocio, solo quiero asegurarme de que siga en pie cuando vuelvas a casa. Pensé que no querrías dejar la cabecera de tu abuelo para cocinar calamares para unos desconocidos.

Paula palideció.

–Lo siento –volvió a dirigir la mirada hacia su abuelo–. Te lo agradezco. Es que dí por hecho que...

–Deja de dar cosas por hecho –su fragilidad le descolocaba. Y no era lo único que le resultaba incómodo. La respuesta de su cuerpo resultaba igualmente perturbadora. Lo que sentía era completamente inadecuado dada la situación–. Ya no puedes hacer nada más aquí por esta noche. Tu abuelo se va a dormir y, si te vienes abajo, no servirá de ayuda para nadie. Nos vamos. Le diré al personal que me llamen si hay algún cambio.

–No puedo marcharme. Si algo ocurriera, estaría demasiado lejos de aquí para volver.

–Mi departamento está solo a diez minutos. Si ocurre algo, yo te traeré. Si nos vamos ahora, todavía podrás dormir un poco y mi hijo se despertará en una cama.

Había estado tratando de no pensar en aquel lado de las cosas, dejando a un lado sus sentimientos para mantener el equilibrio en una situación que solo podía describirse como difícil. Tal vez fuera la lógica del argumento o la utilización de la expresión «mi hijo». En cualquier caso, Paula dejó de discutir y salió con él hacia el coche.Diez minutos más tarde Baltazar estaba acostado en el centro de una inmensa cama doble en una de las habitaciones libres. Pedro observó cómo Paula colocaba unos cojines en el suelo al lado de la cama.

–¿Qué estás haciendo?

–A veces se gira. No quiero que caiga sobre el suelo de cerámica –murmuró ella–. ¿Tienes un intercomunicador para bebés?

–No. Deja la puerta entreabierta, así podremos oírle si se despierta –Pedro salió de la habitación.

Paula le siguió recorriendo todos los detalles del departamento con la mirada.

–¿Vives solo?

–¿Crees que tengo mujeres escondidas debajo del sofá?

–Solo digo que es muy grande para una sola persona.

–Me gusta el espacio y las vistas. Los balcones dan a la parte antigua de laciudad. ¿Qué te preparo de comer?

–Nada, gracias –cansada y tensa, Paula se acercó a las puertas que daban al balcón y las abrió–. ¿No las tienes cerradas?

–¿Te preocupa mi seguridad?

–Me preocupa la seguridad de Balta–mordiéndose el labio, se asomó y deslizó el dedo por la barandilla de hierro–. Esto es un auténtico peligro. Balta tiene dos años. Su pasatiempo favorito es trepar. Se sube a todo lo que encuentra.Vamos a tener que cerrar con llave las puertas de los balcones.

Paula estaba siendo brusca, pero cuando pasó por delante de él, Pedro aspiró el aroma de su cabello. Siempre olía a flores.Molesto consigo mismo por dejarse distraer tan fácilmente,  la siguió al interior del departamento. Esta vez ella clavó la mirada en el enorme salón que formaba el eje central del lujoso departamento.

Enemigos: Capítulo 28

–Nonno –trató de mirarle a los ojos para tranquilizarle, pero su abuelo no la estaba mirando a ella. Estaba mirando a Pedro.Y Pedro no apartó la vista ni parecía en absoluto incómodo.

–Nos has dado un buen susto –murmuró acercándose a la cama conseguridad.

–Alfonso–la voz de su abuelo sonaba débil y temblorosa–. Quiero saber cuáles son tus intenciones.

Se hizo un largo silencio y Paula le dirigió a Pedro una mirada suplicante, pero él no la estaba mirando. Dominaba la sala. El poder de su cuerpo atlético suponía un cruel contraste con la fragilidad del hombre que estaba en la cama.

–Tengo la intención de ser un padre para mi hijo.

El tiempo se detuvo. Paula no podía creer que hubiera dicho aquello.

–¡Ya era hora! –los ojos de su abuelo brillaron con furia en su pálido rostro–. Llevo años esperando que hagas lo correcto. Ni siquiera me estaba permitido pronunciar tu nombre –miró a Paula y luego tosió débilmente–. ¿Qué clasede hombre deja embarazada a una mujer y la deja sola?

–Un hombre que no lo sabía –respondió Pedro con frialdad–. Pero que ahora pretende rectificar ese error.

Paula apenas oyó la respuesta. Estaba mirando fijamente a su abuelo.

–¿Qué? –le espetó él–. ¿Creías que no lo sabía? ¿Por qué crees que estaba tan enfadado con él?

Ella se dejó caer en la silla más cercana.

–Bueno, por...

–Creías que era por ese estúpido trozo de tierra. Y por tu hermano –su abuelo cerró los ojos– . No le culpo por eso. Me he equivocado en muchas cosas.En muchas. Ya está, ya lo he dicho. ¿Contenta?

Paula sintió que se le encogía el corazón.

–No deberías estar hablando de esto ahora. No es el momento.

–Siempre tratando de suavizar las cosas. Siempre buscando que todo el mundo se quiera y se lleve bien. No la pierdas de vista, Alfonso, o convertirá a tu hijo en una nenaza.

Su abuelo empezó a toser mucho y Paula llamó al timbre. La habitación se llenó de personal en un instante, pero él los echó a todos con impaciencia. Seguía teniendo la mirada clavada en Pedro.

–Solo hay una cosa que quiero saber antes de que me inyecten más medicina y me quede grogui –murmuró con voz ronca–. Quiero saber qué vas a hacer ahora que lo sabes.

Pedro no vaciló.

–Voy a casarme con tu nieta.



Odiaba los hospitales. Pedro apretó la taza de plástico con la mano y la dejó caer en la papelera.El olor a antiséptico le recordaba la noche en que su padre murió, y durante un instante se vió tentado a darse la vuelta sobre los talones y salir de allí.Pero entonces pensó en Paula, que hacía guardia vigilando a su abuelo hora tras hora. Todavía estaba furioso con ella. Pero no podía acusarla de no ser leal a su familia. Y no podía dejarla sola en aquel lugar.Maldiciendo entre dientes, se dirigió a la unidad coronaria de cuidados intensivos que tan malos recuerdos le traía. Ella estaba sentada al lado de la cama con aquellos ojos verdes clavados en el anciano como si quisiera transmitirle energía por la mirada.Nunca había visto una figura tan solitaria en su vida.O tal vez sí, pensó con tristeza al recordar la primera vez que la vió en la cabaña de pescadores. Algunas personas buscaban automáticamente compañía humana cuando estaban tristes. Paula había aprendido a sobrevivir sola.

–¿Qué tal está?

–Le han dado un sedante y algo más, no sé qué. Dicen que las veinticuatro primeras horas son cruciales –tenía los delicados dedos entrelazados con los de su abuelo–. Si se despierta, se enfadará porque le esté tomando la mano. Nunca ha sido cariñoso.

Pedro se dió cuenta entonces de que la vida de aquella mujer giraba entorno al hombre que estaba en la cama y al niño dormido en el coche.

–¿Cuándo comiste por última vez?

–No tengo hambre –Paula no apartó la mirada de su abuelo–. Voy a ir a ver cómo está Balta.

–Acabo de ir a verle. No se ha movido. Luis y él están dormidos.

Enemigos: Capítulo 27

–El hombre con el que has vivido toda vida está al otro lado de aquellas puertas luchando por su vida, ¿Y dices que no necesitas apoyo? –Pedro se pasó la mano por la nuca y luego la miró a los ojos–. Tal vez te enfrentaras así antes a los momentos duros, pero ya no va a ser así, eso tenlo por seguro. No voy a dejarte aquí sola. A partir de ahora estaré a tu lado en los momentos importantes de la vida: nacimientos, muertes, la graduación de nuestros hijos... y también para los menos importantes. Así somos los Alfonso cuando tenemos una relación. Así va a ser nuestra relación, querida.

La palabra «relación» le recordó a Paula que, si su abuelo sobrevivía, tendría que darle la noticia. Y si no sobrevivía...Sintió una punzada en el corazón.

–Tu presencia aquí no me ayuda, Pedro. Me añade más estrés porque sé que estás esperando el momento adecuado para decírselo –de pronto sintió la necesidad de salir de allí, de estar lejos de la fuerza de su presencia–. Tengo queir a ver cómo está Baltazar.

–Sigue dormido. En caso contrario Luis me habría llamado. Confío en él.

–No es una cuestión de confianza. Balta no le conoce, no quiero que se despierte y se encuentre en un sitio desconocido. Se va a asustar.

Pedro frunció el ceño y estaba a punto de contestar cuando se abrió lapuerta y entró el médico.El pánico se apoderó de Paula.

–¿Cómo está mi abuelo? ¿Está...?

–Tenía una arteria coronada obstruida. Sin un tratamiento rápido no estaría aquí. Sin duda el uso del desfribilador fue lo que le salvó la vida.

El médico siguió hablando sobre angioplastias y futuros factores de riesgo,pero lo único que Paula escuchó fue que su abuelo seguía vivo. Era Pedro quien hacía las preguntas relevantes, quien hablaba de posibles tratamientos. Y ella se lo agradecía porque su cerebro parecía funcionar a cámara lenta.Finalmente todas las preguntas quedaron contestadas y el médico asintió.

–Normalmente me negaría a que le viera porque necesita descansar, pero está claro que hay algo que le está provocando estrés. Está muy nervioso y necesita que le tranquilicen.

–Por supuesto –Paula se dirigió a toda prisa hacia la puerta, pero el médico la detuvo.

–Por quien ha preguntado es por Pedro. Fue muy claro. Su abuelo quiere ver a Pedro Alfonso .

Paula sintió que le temblaban las rodillas y miró a Pedro horrorizada.

–¡No! Verte a tí le causará mucha angustia.

–Ya está angustiado. Al parecer hay algo que necesita decir –les dijo e lmédico–. Así que creo que sería de ayuda para él. Pero que sea breve y que no se estrese.

Pedro iba a decirle que Baltazar era hijo suyo. ¿Cómo no iba a estresarse?Sin tener al parecer ninguna de sus dudas, cruzó la puerta.

–Vamos allá.

Paula salió corriendo tras él.

–No, por favor –mantuvo el tono de voz bajo–. Por favor, no se lo digas todavía. Espera a que esté más fuerte –estuvo a punto de tropezar al tratar de seguirle el paso.

¿Por qué había pedido su abuelo verle? En su estado no podía saber que Pedro  le había salvado la vida.Entró en la sala y contuvo al aliento al ver las máquinas y los cables que rodeaban la frágil figura de su abuelo.Durante un instante no fue capaz de moverse y luego sintió una mano cálida y fuerte sobre la suya y un apretón tranquilizador. Se distrajo ante la experiencia nueva que suponía sentirse consolada.Y entonces escuchó un sonido en la cama y vió cómo su abuelo abría los ojos. Y se dió cuenta de que el contacto de Pedro no era para consolarla, sino para manipularla.Apartó al instante la mano.

Enemigos: Capítulo 26

–Al parecer no se ha tomado bien la noticia –dijo él.–No se lo había contado. Iba a hacerlo y al entrar le ví ahí en el suelo.¿Cómo es que tienes una de esas máquinas?

–¿El desfibrilador? Lo tenemos en todos nuestros hoteles. Uno en recepción y otro en el gimnasio. A veces también en el campo de golf. Nuestro personal está entrenado para utilizarlo. Nunca se sabe cuándo podrían salvar una vida.

Hubo algo en su tono de voz que la llevó a mirarle más detenidamente,pero su perfil no revelaba lo que estaba pensando.

–Pedro...

–Pensándolo mejor, ¿Por qué no vamos a ver si alguien puede contarnos algo? –Pedro abrió la puerta y frunció el ceño al darse cuenta de que Baltazar estaba dormido–. No hay necesidad de despertarle. Luis puede quedarse con él y avisarnos cuando se despierte.

Se acercó al Lamborghini que había llevado Luis y tras hablar con él, el hombretón se sentó al lado de Baltazar.

–No se preocupe. En cuando el pequeño mueva un músculo la llamaré.

Dividida en sus responsabilidades, Paula permitió que Pedro la guiara haciaurgencias.Cuando atravesaron las puertas de cristal de la entrada le escuchó respirar con dificultad. Le miró de reojo y vió la tensión en sus anchos hombros. Ahora estaba segura de que estaba pensando en su padre. No conocía los detalles, solo que fue de repente y que resultó devastador para la familia Alfonso. Pedro estaba en el colegio, y su hermano mayor, Federico, en la universidad en Estados Unidos.Y ahora estaba otra vez en un hospital por culpa de las circunstancias. La entrada de un Alfonso en el hospital fue suficiente para que el personal entrara en ebullición. El cardiólogo había reunido a su equipo y quedaba claro por el nivel de actividad que no se iban a escatimar esfuerzos para salvar a su abuelo.

Paula recordó con tristeza que su hermano había sentido celos de la habilidadde los ricos y poderosos hermanos Alfonso para abrir puertas con solo una mirada.Lo que no entendía era que se habían ganado el estatus y la riqueza trabajando duro. No exigían el respeto de los demás, se lo habían ganado.Y en aquel instante estaba agradecida de su poder y su influencia.Significaba que su abuelo estaba siendo atendido por los mejores.La conversación con el cardiólogo fue breve, pero bastó para confirmar sus sospechas. Su abuelo estaba vivo gracias a la intervención de Pedro. Aquella certeza añadió confusión a su cerebro. No quería estar en deuda con él, pero al mismo tiempo una parte de ella se sentía orgullosa de que el padre de su hijo hubiera salvado una vida.Les llevaron a una salita reservada para los familiares, y aquel ambiente impersonal y clínico acrecentó su sensación de desolación. Tal vez Pedro lo sintiera también porque no se sentó, se quedó de pie dándole la espalda y mirando por la ventana hacia la ciudad. Esperó a que se marchara, pero al ver que no lo hacía, la buena opiniónque tenía sobre él empezó a resquebrajarse. El resentimiento fue creciendo a cada segundo que pasaba.

–No tienes por qué quedarte. No estará en posición de escucharte durante un tiempo.

Pedro se dió la vuelta.

–¿Crees que me he quedado para poder darle la noticia? ¿Tan inhumano crees que soy?

La ferocidad de su tono de voz la sobresaltó.

–Dí por hecho que... entonces, ¿Por qué estás aquí?

Él la miró con ojos incrédulos.

–¿Tienes más familia para que te apoye?

Sabía que no. Aparte de su hijo, lo que quedaba de su familia estaba ahora luchando por sobrevivir en la unidad de cuidados intensivos.

–No necesito apoyo.