–Al parecer no se ha tomado bien la noticia –dijo él.–No se lo había contado. Iba a hacerlo y al entrar le ví ahí en el suelo.¿Cómo es que tienes una de esas máquinas?
–¿El desfibrilador? Lo tenemos en todos nuestros hoteles. Uno en recepción y otro en el gimnasio. A veces también en el campo de golf. Nuestro personal está entrenado para utilizarlo. Nunca se sabe cuándo podrían salvar una vida.
Hubo algo en su tono de voz que la llevó a mirarle más detenidamente,pero su perfil no revelaba lo que estaba pensando.
–Pedro...
–Pensándolo mejor, ¿Por qué no vamos a ver si alguien puede contarnos algo? –Pedro abrió la puerta y frunció el ceño al darse cuenta de que Baltazar estaba dormido–. No hay necesidad de despertarle. Luis puede quedarse con él y avisarnos cuando se despierte.
Se acercó al Lamborghini que había llevado Luis y tras hablar con él, el hombretón se sentó al lado de Baltazar.
–No se preocupe. En cuando el pequeño mueva un músculo la llamaré.
Dividida en sus responsabilidades, Paula permitió que Pedro la guiara haciaurgencias.Cuando atravesaron las puertas de cristal de la entrada le escuchó respirar con dificultad. Le miró de reojo y vió la tensión en sus anchos hombros. Ahora estaba segura de que estaba pensando en su padre. No conocía los detalles, solo que fue de repente y que resultó devastador para la familia Alfonso. Pedro estaba en el colegio, y su hermano mayor, Federico, en la universidad en Estados Unidos.Y ahora estaba otra vez en un hospital por culpa de las circunstancias. La entrada de un Alfonso en el hospital fue suficiente para que el personal entrara en ebullición. El cardiólogo había reunido a su equipo y quedaba claro por el nivel de actividad que no se iban a escatimar esfuerzos para salvar a su abuelo.
Paula recordó con tristeza que su hermano había sentido celos de la habilidadde los ricos y poderosos hermanos Alfonso para abrir puertas con solo una mirada.Lo que no entendía era que se habían ganado el estatus y la riqueza trabajando duro. No exigían el respeto de los demás, se lo habían ganado.Y en aquel instante estaba agradecida de su poder y su influencia.Significaba que su abuelo estaba siendo atendido por los mejores.La conversación con el cardiólogo fue breve, pero bastó para confirmar sus sospechas. Su abuelo estaba vivo gracias a la intervención de Pedro. Aquella certeza añadió confusión a su cerebro. No quería estar en deuda con él, pero al mismo tiempo una parte de ella se sentía orgullosa de que el padre de su hijo hubiera salvado una vida.Les llevaron a una salita reservada para los familiares, y aquel ambiente impersonal y clínico acrecentó su sensación de desolación. Tal vez Pedro lo sintiera también porque no se sentó, se quedó de pie dándole la espalda y mirando por la ventana hacia la ciudad. Esperó a que se marchara, pero al ver que no lo hacía, la buena opiniónque tenía sobre él empezó a resquebrajarse. El resentimiento fue creciendo a cada segundo que pasaba.
–No tienes por qué quedarte. No estará en posición de escucharte durante un tiempo.
Pedro se dió la vuelta.
–¿Crees que me he quedado para poder darle la noticia? ¿Tan inhumano crees que soy?
La ferocidad de su tono de voz la sobresaltó.
–Dí por hecho que... entonces, ¿Por qué estás aquí?
Él la miró con ojos incrédulos.
–¿Tienes más familia para que te apoye?
Sabía que no. Aparte de su hijo, lo que quedaba de su familia estaba ahora luchando por sobrevivir en la unidad de cuidados intensivos.
–No necesito apoyo.
miércoles, 18 de octubre de 2017
viernes, 13 de octubre de 2017
Enemigos: Capítulo 25
–Puede sentarse en esa mesa. Y estaría bien que se quitara la chaqueta.Aquí somos muy informales, sobre todo a la hora de la comida.
–¡Mamma! –Baltazar entró corriendo en el restaurante y se abrazó a su madre,mirando a Luis con curiosidad.
–Este es Luis –dijo ella con voz ronca–. Y va a comer hoy con nosotros en el restaurante.
Luis le guiñó un ojo a Baltazar y se dispuso a reacomodar las mesas mientras Paula volvía al trabajo.La hora de la comida se transformó en una noche de locura en la que apenas salió de la cocina. Tuvo tiempo de ir a ver cómo estaba su abuelo un instante, pero no para embarcarse en una conversación que iba a ser dura. No pensaba en otra cosa mientras preparaba la cena, era muy consciente de que sele estaba acabando el tiempo. Cuando Giuliana y Bruno se marcharon y todo quedó en silencio, estaba hecha un manojo de nervios. Preparándose para la guerra, entró en la cocina para terminar con los preparativos para el día siguiente y vió la frágil figura de su abuelo tirada en el suelo.
–¡Nonno! Oh, Dios, por favor, no... –cayó a su lado de rodillas y le agitó el hombro con manos temblorosas–. Háblame...oh, Dios, no me hagas esto...
–¿Respira? –dijo Pedro a su espalda mientras cruzaba con fuerza la cocina.Tenía el teléfono en la mano y estaba dando instrucciones rápidas–. He llamado a emergencias. Van a enviar un helicóptero –se acercó al hombre y le puso los dedos en el cuello–. No hay pulso.
Incapaz de pensar con propiedad, Paula tomó la mano de su abuelo y se la acarició.
–Nonno...
–No puede oírte. Tienes que echarte a un lado para que pueda proceder a reanimarle.
Paula escuchó unos pasos corriendo y Luis apareció en la cocina con una caja pequeña.
–Tenga, jefe.
–Desabróchale la camisa, Paula –le pidió Pedro abriendo la caja y encendiendo un botón.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó ella desabrochándole la camisa con dedos temblorosos.
Pedro murmuró algo entre dientes, le apartó las manos y abrió la camisa de su abuelo de un fuerte tirón.
–Apártate –quitó la protección de dos cables acolchados y presionó con ellos sobre el pecho de su abuelo.
Había tomado el control como siempre hacían los Alfonso, pensó Paula aturdida. Sin vacilar.
–¿Sabes utilizar ese cacharro?
–Es un desfibrilador. Y sí, sé como utilizarlo –ni siquiera la miró.
Tenía toda la atención en su abuelo mientras una voz daba instrucciones desde la máquina.Poco después llegaron los servicios de emergencia. Hubo mucha actividad mientras estabilizaban a su abuelo y se lo llevaban rápidamente en helicóptero. Y durante todo el proceso Pedro mantuvo la calma y se encargó de todo: de llamar a un cardiólogo importante y quedar con él en el hospital y de acomodarlos a ella y a Baltazar, que no se despertó a pesar del jaleo, en el todo terreno de Luis.Fue Pedro el que condujo, y por una vez Paula agradeció la tendencia de los sicilianos a correr. Hicieron el trayecto en silencio y cuando se detuvo en la puertade urgencias se quedó un instante allí sentado agarrando con fuerza el volante.Paula se desabrochó el cinturón.
–No te dejarán estar con él por ahora, así que no tiene sentido salir corriendo. Puedes quedarte aquí un rato esperando –Pedro apagó el motor. Tenía una expresión adusta–. La espera es la peor parte.
Paula recordó que su padre había muerto repentinamente de un ataque al corazón.
–Tengo que darte las gracias –murmuró–. Por traerme y por los primeros auxilios. Me alegro de que llegaras en aquel momento, aunque no sé qué estabas haciendo allí...
Y de pronto se dió cuenta. Había ido a cumplir con la amenaza de contárselo a su abuelo.
–¡Mamma! –Baltazar entró corriendo en el restaurante y se abrazó a su madre,mirando a Luis con curiosidad.
–Este es Luis –dijo ella con voz ronca–. Y va a comer hoy con nosotros en el restaurante.
Luis le guiñó un ojo a Baltazar y se dispuso a reacomodar las mesas mientras Paula volvía al trabajo.La hora de la comida se transformó en una noche de locura en la que apenas salió de la cocina. Tuvo tiempo de ir a ver cómo estaba su abuelo un instante, pero no para embarcarse en una conversación que iba a ser dura. No pensaba en otra cosa mientras preparaba la cena, era muy consciente de que sele estaba acabando el tiempo. Cuando Giuliana y Bruno se marcharon y todo quedó en silencio, estaba hecha un manojo de nervios. Preparándose para la guerra, entró en la cocina para terminar con los preparativos para el día siguiente y vió la frágil figura de su abuelo tirada en el suelo.
–¡Nonno! Oh, Dios, por favor, no... –cayó a su lado de rodillas y le agitó el hombro con manos temblorosas–. Háblame...oh, Dios, no me hagas esto...
–¿Respira? –dijo Pedro a su espalda mientras cruzaba con fuerza la cocina.Tenía el teléfono en la mano y estaba dando instrucciones rápidas–. He llamado a emergencias. Van a enviar un helicóptero –se acercó al hombre y le puso los dedos en el cuello–. No hay pulso.
Incapaz de pensar con propiedad, Paula tomó la mano de su abuelo y se la acarició.
–Nonno...
–No puede oírte. Tienes que echarte a un lado para que pueda proceder a reanimarle.
Paula escuchó unos pasos corriendo y Luis apareció en la cocina con una caja pequeña.
–Tenga, jefe.
–Desabróchale la camisa, Paula –le pidió Pedro abriendo la caja y encendiendo un botón.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó ella desabrochándole la camisa con dedos temblorosos.
Pedro murmuró algo entre dientes, le apartó las manos y abrió la camisa de su abuelo de un fuerte tirón.
–Apártate –quitó la protección de dos cables acolchados y presionó con ellos sobre el pecho de su abuelo.
Había tomado el control como siempre hacían los Alfonso, pensó Paula aturdida. Sin vacilar.
–¿Sabes utilizar ese cacharro?
–Es un desfibrilador. Y sí, sé como utilizarlo –ni siquiera la miró.
Tenía toda la atención en su abuelo mientras una voz daba instrucciones desde la máquina.Poco después llegaron los servicios de emergencia. Hubo mucha actividad mientras estabilizaban a su abuelo y se lo llevaban rápidamente en helicóptero. Y durante todo el proceso Pedro mantuvo la calma y se encargó de todo: de llamar a un cardiólogo importante y quedar con él en el hospital y de acomodarlos a ella y a Baltazar, que no se despertó a pesar del jaleo, en el todo terreno de Luis.Fue Pedro el que condujo, y por una vez Paula agradeció la tendencia de los sicilianos a correr. Hicieron el trayecto en silencio y cuando se detuvo en la puertade urgencias se quedó un instante allí sentado agarrando con fuerza el volante.Paula se desabrochó el cinturón.
–No te dejarán estar con él por ahora, así que no tiene sentido salir corriendo. Puedes quedarte aquí un rato esperando –Pedro apagó el motor. Tenía una expresión adusta–. La espera es la peor parte.
Paula recordó que su padre había muerto repentinamente de un ataque al corazón.
–Tengo que darte las gracias –murmuró–. Por traerme y por los primeros auxilios. Me alegro de que llegaras en aquel momento, aunque no sé qué estabas haciendo allí...
Y de pronto se dió cuenta. Había ido a cumplir con la amenaza de contárselo a su abuelo.
Enemigos: Capítulo 24
–Tú sigue con lo tuyo, Bruno –se apresuró a decir–. Yo me encargaré de esto–sacó el móvil del bolsillo y marcó mientras andaba–. Póngame con Alfonso. Me da igual que esté reunido. Dígale que soy Paula Chaves. Ahora mismo.
La adrenalina le corría por las venas. Unos instantes después escuchó su voz masculina al otro lado del teléfono.
–Más te vale que sea importante.
–Tengo a un hombre que parece sacado de una película de la mafia merodeando por mi restaurante.
–Bien. Eso significa que está haciendo su trabajo.
–¿Y cuál es exactamente su trabajo?
–Está a cargo de la seguridad del Grupo Alfonso. Tiene una misión importante.
–¿Una misión importante?
–Utiliza la cabeza, Paula.
Por el tono cortante, se dió cuenta de que había gente delante y no quería propagar sus asuntos personales. Pronto todo el mundo sabría que Pedro Alfonso tenía un hijo, pensó angustiada. Y cuando eso ocurriera...
–Quiero que se vaya de aquí. Asustará a mis clientes.
–El bienestar de tus clientes no es asunto mío.
Paula utilizó la única carta que podía influirle.
–Va a asustar a Balta.
–Luis es un padre de familia al que se le dan muy bien los niños. Y forma parte de nuestro acuerdo. Tú ve a cumplir tu parte. Díselo a tu abuelo o lo haré yo.Y no vuelvas a llamarme a menos que sea urgente.
Colgó, y Paula se acercó al hombre. Estaba furiosa y se sentía tan impotente como un pez atrapado en una red.
–En dos horas tendré el restaurante lleno de clientes. No quiero que piensen que hay algún problema.
–Mientras yo esté aquí no habrá ningún problema.
–No quiero que esté aquí –Paula tragó saliva–. Mi hijo ha llevado una vida muy tranquila hasta ahora. No quiero que se asuste.
Esperaba que el hombre discutiera, que mostrara la misma rigidez que su arrogante jefe. Pero para su sorpresa, la miró con simpatía.
–Estoy aquí solo para protegerle. Si encontramos la manera de ser discretos, a mí me parece bien.
Paula alzó la barbilla en gesto desafiante.
–Puedo proteger a mi propio hijo.
–Sé que lo cree –afirmó Luis en voz baja–. Pero no es solo hijo suyo.
Desgraciadamente, el padre de Baltazar era uno de los hombres más poderosos de Sicilia, y aquello le convertía en blanco potencial para todo tipo de hombres sin escrúpulos.
–¿Corre un peligro real?
–Con la seguridad que tiene Pedro Alfonso, no. Deme un minuto para pensar en esto –miró hacia el restaurante–. Podemos pensar en algo para que todo el mundo esté contento.
La respuesta fue tan inesperada que Paula sintió un nudo de emoción en la garganta.
–¿Por qué está siendo tan amable?
–Usted le dió trabajo a mi sobrina el verano pasado cuando tuvo problemas en casa –su voz sonaba neutra–. No tenía ninguna experiencia, pero usted la contrató.
–¿Sabrina es su sobrina?
–La hija de mi hermana –Luis se aclaró la garganta–. ¿Por qué no me da la silla de la esquina del restaurante? Moveré la mesa de un modo que me funcione y tardaré mucho en comer. Así me mezclaré con los clientes y nadie se darácuenta de nada.
A Paula le pareció razonable.
La adrenalina le corría por las venas. Unos instantes después escuchó su voz masculina al otro lado del teléfono.
–Más te vale que sea importante.
–Tengo a un hombre que parece sacado de una película de la mafia merodeando por mi restaurante.
–Bien. Eso significa que está haciendo su trabajo.
–¿Y cuál es exactamente su trabajo?
–Está a cargo de la seguridad del Grupo Alfonso. Tiene una misión importante.
–¿Una misión importante?
–Utiliza la cabeza, Paula.
Por el tono cortante, se dió cuenta de que había gente delante y no quería propagar sus asuntos personales. Pronto todo el mundo sabría que Pedro Alfonso tenía un hijo, pensó angustiada. Y cuando eso ocurriera...
–Quiero que se vaya de aquí. Asustará a mis clientes.
–El bienestar de tus clientes no es asunto mío.
Paula utilizó la única carta que podía influirle.
–Va a asustar a Balta.
–Luis es un padre de familia al que se le dan muy bien los niños. Y forma parte de nuestro acuerdo. Tú ve a cumplir tu parte. Díselo a tu abuelo o lo haré yo.Y no vuelvas a llamarme a menos que sea urgente.
Colgó, y Paula se acercó al hombre. Estaba furiosa y se sentía tan impotente como un pez atrapado en una red.
–En dos horas tendré el restaurante lleno de clientes. No quiero que piensen que hay algún problema.
–Mientras yo esté aquí no habrá ningún problema.
–No quiero que esté aquí –Paula tragó saliva–. Mi hijo ha llevado una vida muy tranquila hasta ahora. No quiero que se asuste.
Esperaba que el hombre discutiera, que mostrara la misma rigidez que su arrogante jefe. Pero para su sorpresa, la miró con simpatía.
–Estoy aquí solo para protegerle. Si encontramos la manera de ser discretos, a mí me parece bien.
Paula alzó la barbilla en gesto desafiante.
–Puedo proteger a mi propio hijo.
–Sé que lo cree –afirmó Luis en voz baja–. Pero no es solo hijo suyo.
Desgraciadamente, el padre de Baltazar era uno de los hombres más poderosos de Sicilia, y aquello le convertía en blanco potencial para todo tipo de hombres sin escrúpulos.
–¿Corre un peligro real?
–Con la seguridad que tiene Pedro Alfonso, no. Deme un minuto para pensar en esto –miró hacia el restaurante–. Podemos pensar en algo para que todo el mundo esté contento.
La respuesta fue tan inesperada que Paula sintió un nudo de emoción en la garganta.
–¿Por qué está siendo tan amable?
–Usted le dió trabajo a mi sobrina el verano pasado cuando tuvo problemas en casa –su voz sonaba neutra–. No tenía ninguna experiencia, pero usted la contrató.
–¿Sabrina es su sobrina?
–La hija de mi hermana –Luis se aclaró la garganta–. ¿Por qué no me da la silla de la esquina del restaurante? Moveré la mesa de un modo que me funcione y tardaré mucho en comer. Así me mezclaré con los clientes y nadie se darácuenta de nada.
A Paula le pareció razonable.
Enemigos: Capítulo 23
No había nada más cruel que la distorsión de un sueño.¿Cuántas veces se había quedado mirando al otro lado de la bahíaenvidiando la vida familiar de los Alfonso? ¿Cuántas veces había deseado formarparte de ella? No era una coincidencia que en los momentos difíciles escogiera esconderse en su cabaña, como si por el simple hecho de estar allí pudiera recibir algo de su calor.La cabaña se convirtió en su lugar de escondite habitual. Desde allí podía observar a los Alfonso y ver las diferencias entre ellos y su propia familia.Envidiaba los picnics familiares, sus juegos en la playa.Algunas niñas de su clase soñaban con descubrir de pronto que eran princesas. El sueño infantil de Paula era despertarse un día y descubrir que era unaFerrara, que había terminado en la familia equivocada por un fallo en el hospital.Ten cuidado con lo que deseas.Le dolía la cabeza por la falta de sueño, el estómago le ardía por el encuentro con Pedro.
Paula devolvió la mente al presente y trató de pensar en qué hacer a continuación. Tenía hasta aquella noche para encontrar la manera dedecirle a su abuelo que el hombre que odiaba más que a nadie en el mundo era el padre de Baltazar.Cuando hubiera solucionado aquel problema pasaría al siguiente. Cómo responder a la proposición de matrimonio de Pedro. La sugerencia se le hacíacompletamente ridícula.¿Qué mujer en su sano juicio accedería a casarse con un hombre que sentía lo que Pedro sentía por ella?Por otro lado, no podía culparle por luchar por su hijo cuando se había pasado la vida deseando que sus padres hubieran hecho lo mismo por ella.¿Cómo iba a discutirle que quisiera que su hijo fuera un Alfonso si ella habíaformado su pequeña familia imitándoles?Si accedía a sus condiciones, Baltazar crecería como un Alfonso. Tendría la vida que ella había anhelado de niña. Estaría protegido en un nido de amor y paz.Y tendría que pagar un alto precio por aquel privilegio.Tendría que formar parte también de la familia, pero a diferencia de su hijo ella nunca sería una más. Tendrían que tolerarla y estaría relegada.Y se pasaría el resto de su vida con un hombre que no la quería. Que estaba furioso con la decisión que ella había tomado.Eso no podía ser bueno para su hijo.Tenía que hacerle entender a Pedro que nadie se beneficiaría de un acuerdo semejante. Con la decisión tomada, llegó a la Cabaña de la Playa y encontró la cocinaen plena ebullición.
–Hola, jefa, me preguntaba dónde estarías. He ido esta mañana al barco yme he llevado las gambas. Tienen un aspecto estupendo –Bruno estaba colocando una caja de provisiones en la cocina–. Las he puesto en el menú. ¿Gamberi elimone con pasta? –captó la expresión preocupada de Paula y frunció el ceño–. Pero si prefieres otra cosa...
–Está perfecto –funcionando en automático, Paula comprobó la calidad de la fruta y las verduras que le habían llevado los proveedores locales–. ¿Han llegadolos aguacates?
–Sí. Tienen muy buena pinta –Bruno se detuvo con la caja apretada contra el pecho–. ¿Estás bien?
Paula no estaba preparada para hablar con nadie del asunto.
–¿Dónde está mi abuelo?
–Creo que todavía en casa –Bruno frunció el ceño mirando detrás de ella–.Ha venido pronto a comer, ¿Verdad? Y demasiado bien vestido.
Paula se dió la vuelta y vió a un hombre grueso vestido de traje merodeando por el restaurante.Sintió una oleada de ira. Pedro le había prometido esperar hasta aquella noche, pero ya estaba haciendo sentir su presencia.
Paula devolvió la mente al presente y trató de pensar en qué hacer a continuación. Tenía hasta aquella noche para encontrar la manera dedecirle a su abuelo que el hombre que odiaba más que a nadie en el mundo era el padre de Baltazar.Cuando hubiera solucionado aquel problema pasaría al siguiente. Cómo responder a la proposición de matrimonio de Pedro. La sugerencia se le hacíacompletamente ridícula.¿Qué mujer en su sano juicio accedería a casarse con un hombre que sentía lo que Pedro sentía por ella?Por otro lado, no podía culparle por luchar por su hijo cuando se había pasado la vida deseando que sus padres hubieran hecho lo mismo por ella.¿Cómo iba a discutirle que quisiera que su hijo fuera un Alfonso si ella habíaformado su pequeña familia imitándoles?Si accedía a sus condiciones, Baltazar crecería como un Alfonso. Tendría la vida que ella había anhelado de niña. Estaría protegido en un nido de amor y paz.Y tendría que pagar un alto precio por aquel privilegio.Tendría que formar parte también de la familia, pero a diferencia de su hijo ella nunca sería una más. Tendrían que tolerarla y estaría relegada.Y se pasaría el resto de su vida con un hombre que no la quería. Que estaba furioso con la decisión que ella había tomado.Eso no podía ser bueno para su hijo.Tenía que hacerle entender a Pedro que nadie se beneficiaría de un acuerdo semejante. Con la decisión tomada, llegó a la Cabaña de la Playa y encontró la cocinaen plena ebullición.
–Hola, jefa, me preguntaba dónde estarías. He ido esta mañana al barco yme he llevado las gambas. Tienen un aspecto estupendo –Bruno estaba colocando una caja de provisiones en la cocina–. Las he puesto en el menú. ¿Gamberi elimone con pasta? –captó la expresión preocupada de Paula y frunció el ceño–. Pero si prefieres otra cosa...
–Está perfecto –funcionando en automático, Paula comprobó la calidad de la fruta y las verduras que le habían llevado los proveedores locales–. ¿Han llegadolos aguacates?
–Sí. Tienen muy buena pinta –Bruno se detuvo con la caja apretada contra el pecho–. ¿Estás bien?
Paula no estaba preparada para hablar con nadie del asunto.
–¿Dónde está mi abuelo?
–Creo que todavía en casa –Bruno frunció el ceño mirando detrás de ella–.Ha venido pronto a comer, ¿Verdad? Y demasiado bien vestido.
Paula se dió la vuelta y vió a un hombre grueso vestido de traje merodeando por el restaurante.Sintió una oleada de ira. Pedro le había prometido esperar hasta aquella noche, pero ya estaba haciendo sentir su presencia.
Enemigos: Capítulo 22
–Lo entiendo. Entiendo que la familia ideal es aquella que te quiere y te apoya sin condiciones. Admito que yo no la tenía, así que la he creado. Quería que Balta estuviera rodeado de gente que le quisiera y le apoyara. Y necesitaba ayuda porque quería ser capaz de mantenerle sin necesidad de apoyarme en miabuelo.
–Es la justificación más rebuscada para tener una niñera que he oído en mi vida.
–Eres muy despectivo con las niñeras porque tú tienes tías y primas que ayudan a cuidar a los niños. Yo no tengo nada de eso, así que encontré a una joven cariñosa en la que confío. Está con nosotros desde que Balta nació, igual que Bruno, porque quería que tuviera un buen modelo masculino –se mordió el labio–. Soy consciente de que mi abuelo no es fácil ni cariñoso. Nunca da abrazos.Y yo quería que Balta recibiera muchos. No tenía una familia como la tuya, pero he tratado de crear una para él.
Pedro pensó en lo que había visto. En la cantidad de afecto que habíapresenciado en el escaso tiempo que estuvo con su hijo.
–Si eso es cierto, entonces es definitivamente un punto a tu favor. Pero ya no es necesario. Balta no necesita una familia falsa. Puede tener una de verdad.
–No estás pensando con la cabeza –afirmó Paula con sorprendente fuerza–.Mi padre se casó con mi madre porque la dejó embarazada. Soy testigo de primera mano de que ese tipo de acuerdos no funciona. ¿Y tú sugieres que nosotros hagamos lo mismo?
–Lo mismo no –aseguró él con frialdad–. Nuestro matrimonio no será como el de tus padres, eso te lo aseguro. Llevaban vidas separadas y sus hijos eran la consecuencia de su visión egoísta de la vida, por no mencionar el mal carácter Chaves. Nuestro matrimonio no será así.
Paula se frotó la frente con los dedos y le miró con desesperación.
–Estás enfadado y no te culpo, pero, por favor, piensa en Balta. Te estás precipitando...
–¿Precipitando? –al pensar en todo lo que se había perdido de la vida de su hijo le hacía desear pegar un puñetazo a algo–. Balta tiene un tío y una tía.Primos con los que jugar. Tiene una familia entera a la que no conoce. Nunca se sentirá solo ni abandonado. Nunca tendrá que esconderse en una cabaña de pescadores porque su familia esté en crisis.
–Malnacido... –susurró.
Sus ojos eran dos profundos lagos de dolor, pero la única emoción que sentía Pedro era la ira.–Me ocultaste a mi hijo. Le arrebataste el derecho a tener una familia cariñosa y a mí me robaste algo que nunca podré recuperar. ¿Que si tengo intención de imponer mis términos a partir de ahora? Así es. Y, si eso me convierte en un malnacido, viviré encantado con ese nombre. Piensa en ello –se dirigió hacia la puerta–. Y mientras lo piensas, tengo trabajo que hacer.
Paula sacudió la cabeza.
–Necesito tiempo para decidir qué es lo mejor para Balta.
Pedro abrió la puerta.
–Tener un padre y formar parte de la familia Alfonso es lo mejor para Baltazar. Tienes hasta esta noche para pensártelo. Y te sugiero que le cuentes a tu abuelo la verdad o lo haré yo por tí.
–Es la justificación más rebuscada para tener una niñera que he oído en mi vida.
–Eres muy despectivo con las niñeras porque tú tienes tías y primas que ayudan a cuidar a los niños. Yo no tengo nada de eso, así que encontré a una joven cariñosa en la que confío. Está con nosotros desde que Balta nació, igual que Bruno, porque quería que tuviera un buen modelo masculino –se mordió el labio–. Soy consciente de que mi abuelo no es fácil ni cariñoso. Nunca da abrazos.Y yo quería que Balta recibiera muchos. No tenía una familia como la tuya, pero he tratado de crear una para él.
Pedro pensó en lo que había visto. En la cantidad de afecto que habíapresenciado en el escaso tiempo que estuvo con su hijo.
–Si eso es cierto, entonces es definitivamente un punto a tu favor. Pero ya no es necesario. Balta no necesita una familia falsa. Puede tener una de verdad.
–No estás pensando con la cabeza –afirmó Paula con sorprendente fuerza–.Mi padre se casó con mi madre porque la dejó embarazada. Soy testigo de primera mano de que ese tipo de acuerdos no funciona. ¿Y tú sugieres que nosotros hagamos lo mismo?
–Lo mismo no –aseguró él con frialdad–. Nuestro matrimonio no será como el de tus padres, eso te lo aseguro. Llevaban vidas separadas y sus hijos eran la consecuencia de su visión egoísta de la vida, por no mencionar el mal carácter Chaves. Nuestro matrimonio no será así.
Paula se frotó la frente con los dedos y le miró con desesperación.
–Estás enfadado y no te culpo, pero, por favor, piensa en Balta. Te estás precipitando...
–¿Precipitando? –al pensar en todo lo que se había perdido de la vida de su hijo le hacía desear pegar un puñetazo a algo–. Balta tiene un tío y una tía.Primos con los que jugar. Tiene una familia entera a la que no conoce. Nunca se sentirá solo ni abandonado. Nunca tendrá que esconderse en una cabaña de pescadores porque su familia esté en crisis.
–Malnacido... –susurró.
Sus ojos eran dos profundos lagos de dolor, pero la única emoción que sentía Pedro era la ira.–Me ocultaste a mi hijo. Le arrebataste el derecho a tener una familia cariñosa y a mí me robaste algo que nunca podré recuperar. ¿Que si tengo intención de imponer mis términos a partir de ahora? Así es. Y, si eso me convierte en un malnacido, viviré encantado con ese nombre. Piensa en ello –se dirigió hacia la puerta–. Y mientras lo piensas, tengo trabajo que hacer.
Paula sacudió la cabeza.
–Necesito tiempo para decidir qué es lo mejor para Balta.
Pedro abrió la puerta.
–Tener un padre y formar parte de la familia Alfonso es lo mejor para Baltazar. Tienes hasta esta noche para pensártelo. Y te sugiero que le cuentes a tu abuelo la verdad o lo haré yo por tí.
Enemigos: Capítulo 21
–¿Y cómo conseguiste ese milagro?
–Le amenacé con llevarme a su nieto lejos si no accedía a mis términos.
La sorpresa dió paso al impacto. Así que era más fuerte de lo que parecía.
–Tú te someterás a la misma regla –continuó Paula–. No hablarás mal de mi familia delante de Baltaar, y lo sabré porque ahora mismo es una grabadora que repite todo lo que oye.
Impresionado por su negativa a verse envuelta en las hostilidades de los Chaves y los Alfonso, Pedro se tomó su tiempo antes de responder.
–En primer lugar, los malos sentimientos están en vuestro lado –aseguró con voz pausada–. Nosotros hemos intentado varios acercamientos que han sido rechazados sin excepción. En segundo lugar, serás testigo de todo lo que digo porque estarás delante. En tercer lugar, nuestras familias van a fusionarse, así que esto deja de ser relevante.
–¿Fusionarse? –Paula se apartó nerviosamente el pelo de la cara–. ¿Lo dices porque Balta es de los dos?
–Lo digo porque tengo intención de casarme contigo.
Se hizo el silencio en la habitación, y durante un instante Pedro se preguntósi le habría oído. Entonces ella emitió un extraño sonido gutural y dió un paso atrás.
–¿Casarme contigo? –murmuró en un susurró–. Debes de estar de broma.
–Disfruta del momento, cariño. Hasta ahora las mujeres han esperado en vano que les pidiera matrimonio.
Paula parecía haber sufrido un grave shock.
–¿Te estás declarando?
–En un sentido práctico, sí. En el romántico, no. Así que, si estás esperando a que hinque una rodilla, olvídalo.
Ella se llevó la mano al cuello y le miró como si estuviera loco.
–Aparte de que hace tres años que no nos hemos visto y que apenas nos conocemos, nuestras familias nunca lo aceptarían.
–Supongo que te refieres a la tuya, porque la mía me apoyará en cualquier decisión que tome. Eso es lo que hacen las familias. La reacción de la tuya no me interesa –se encogió de hombros con indiferencia–. Y en cuanto al hecho de que apenas nos conocemos, eso va a acabar pronto porque no voy a perderte de vista ni un instante.
Paula se acercó a la ventana caminando como si estuviera sonámbula.
–La semana pasada ví una foto tuya en la alfombra roja con una mujer del brazo. Tienes a un millón de mujeres detrás de tí.
–Entonces tienes suerte de que estuviera esperando a esa persona especial y no me haya comprometido todavía con nadie.
–No puedo aceptar tu proposición –la voz de Paula perdió algo de fuerza–. No lo necesito. Dirijo un negocio de éxito y...
–No estamos hablando de tí, sino de Baltazar. Si de verdad piensas en sus intereses, harás lo que es bueno para él –Pedro se acercó a ella por detrás.
Paula sacudió vigorosamente la cabeza.
–No sería bueno para él tampoco.
–Lo que no es bueno es que mi hijo crezca en una familia que no conoce el significado de esa palabra –afirmó él con frialdad–. Es un Alfonso y tiene derecho a todo el amor y la seguridad que ese apellido supone. Y voy a utilizar todos los medios a mi disposición para asegurarme de que así sea.
–Estás haciendo esto para castigarme –Paula abrió los ojos horrorizada.
Sabía cuánto poder tenía. Sabía lo que podría conseguir si se empeñabaen ello.
–Balta merece crecer en una familia sólida y fuerte, aunque no espero que lo entiendas.
Otro golpe bajo. Pero Paula no se inmutó.
–Le amenacé con llevarme a su nieto lejos si no accedía a mis términos.
La sorpresa dió paso al impacto. Así que era más fuerte de lo que parecía.
–Tú te someterás a la misma regla –continuó Paula–. No hablarás mal de mi familia delante de Baltaar, y lo sabré porque ahora mismo es una grabadora que repite todo lo que oye.
Impresionado por su negativa a verse envuelta en las hostilidades de los Chaves y los Alfonso, Pedro se tomó su tiempo antes de responder.
–En primer lugar, los malos sentimientos están en vuestro lado –aseguró con voz pausada–. Nosotros hemos intentado varios acercamientos que han sido rechazados sin excepción. En segundo lugar, serás testigo de todo lo que digo porque estarás delante. En tercer lugar, nuestras familias van a fusionarse, así que esto deja de ser relevante.
–¿Fusionarse? –Paula se apartó nerviosamente el pelo de la cara–. ¿Lo dices porque Balta es de los dos?
–Lo digo porque tengo intención de casarme contigo.
Se hizo el silencio en la habitación, y durante un instante Pedro se preguntósi le habría oído. Entonces ella emitió un extraño sonido gutural y dió un paso atrás.
–¿Casarme contigo? –murmuró en un susurró–. Debes de estar de broma.
–Disfruta del momento, cariño. Hasta ahora las mujeres han esperado en vano que les pidiera matrimonio.
Paula parecía haber sufrido un grave shock.
–¿Te estás declarando?
–En un sentido práctico, sí. En el romántico, no. Así que, si estás esperando a que hinque una rodilla, olvídalo.
Ella se llevó la mano al cuello y le miró como si estuviera loco.
–Aparte de que hace tres años que no nos hemos visto y que apenas nos conocemos, nuestras familias nunca lo aceptarían.
–Supongo que te refieres a la tuya, porque la mía me apoyará en cualquier decisión que tome. Eso es lo que hacen las familias. La reacción de la tuya no me interesa –se encogió de hombros con indiferencia–. Y en cuanto al hecho de que apenas nos conocemos, eso va a acabar pronto porque no voy a perderte de vista ni un instante.
Paula se acercó a la ventana caminando como si estuviera sonámbula.
–La semana pasada ví una foto tuya en la alfombra roja con una mujer del brazo. Tienes a un millón de mujeres detrás de tí.
–Entonces tienes suerte de que estuviera esperando a esa persona especial y no me haya comprometido todavía con nadie.
–No puedo aceptar tu proposición –la voz de Paula perdió algo de fuerza–. No lo necesito. Dirijo un negocio de éxito y...
–No estamos hablando de tí, sino de Baltazar. Si de verdad piensas en sus intereses, harás lo que es bueno para él –Pedro se acercó a ella por detrás.
Paula sacudió vigorosamente la cabeza.
–No sería bueno para él tampoco.
–Lo que no es bueno es que mi hijo crezca en una familia que no conoce el significado de esa palabra –afirmó él con frialdad–. Es un Alfonso y tiene derecho a todo el amor y la seguridad que ese apellido supone. Y voy a utilizar todos los medios a mi disposición para asegurarme de que así sea.
–Estás haciendo esto para castigarme –Paula abrió los ojos horrorizada.
Sabía cuánto poder tenía. Sabía lo que podría conseguir si se empeñabaen ello.
–Balta merece crecer en una familia sólida y fuerte, aunque no espero que lo entiendas.
Otro golpe bajo. Pero Paula no se inmutó.
miércoles, 11 de octubre de 2017
Enemigos: Capítulo 20
Se hizo un silencio sepulcral.Durante un instante Paula no dijo nada, pero luego cruzó la habitación para golpearle el pecho con los puños como una fiera salvaje.
–¡No te lo llevarás de mi lado! ¡No lo permitiré!Estaba tan furiosa y él tan sorprendido por aquella repentina explosión que tardó unos segundos en agarrarle las muñecas y apartarla de sí.
–Pero tú sí lo apartaste de mí –afirmó marcando cada sílaba, arrojándole aquellas palabras a la cara.
–Yo soy su madre –la voz de Paula sonaba ronca–. No voy a permitir que te lo lleves. Encontraré la manera de evitarlo. Él me necesita.
Pedro guardó silencio el tiempo suficiente para que Paula sufriera una fracción de lo que él había sufrido desde que descubrió la verdad. Luego le soltó las manos y se apartó de ella.
–Si estás tratando de impresionarme con tu dedicación maternal, no pierdas el tiempo. Tienes contratada a una niñera.
Paula dió un paso atrás con expresión confundida.
–¿Qué tiene que ver Giuliana en esto?
–No cuidas tú misma de él.
–Claro que sí –sus ojos reflejaban dolor–. Y hay razones para que tenga una niñera. Así puedo...
–No tienes que explicarte. Cuidar de un niño a tiempo completo es una experiencia muy exigente. Un niño pequeño es agotador, como tu madre descubrió. Ella decidió no hacerlo. Yo te estoy dando la oportunidad de hacer lo mismo.
Paula abrió los ojos de par en par.
–No entiendo lo que me dices.
–Estoy diciendo que asumo la responsabilidad completa de Baltazar.
–¿Me... me estás amenazando con quitarme a mi hijo?
–Te lo estoy ofreciendo –corrigió Pedro mirándola de cerca–. Y, si quieres verle, por supuesto podemos arreglarlo. Así podrás recuperar tu vida. Y como estoy dispuesto a incentivar el acuerdo con una generosa cantidad económica,será una vida muy cómoda. Es una buena oferta. Acéptala. No tendrás que volvera trabajar nunca.
Paula se llevó las manos a las mejillas y soltó una carcajada amarga.
–Tú no sabes nada de mí, ¿Verdad? Quiero a mi hijo, y si has pensado por un momento que te lo entregaría fueran cuales fueran las circunstancias, entonces no sabes con quién estás tratando –dejó caer las manos y apretó los puños–.Haría cualquier cosa por proteger a mi hijo.
Sin inmutarse por la furia de sus ojos, Pedro asintió.
–Tu madre hubiera tomado el dinero y se habría marchado. Dice mucho a tu favor que no hagas lo mismo.
–Entonces, ¿Esto era una especie de prueba? –Paula gimió–. Eres un enfermo, ¿Lo sabías?
–Está en juego el futuro de nuestro hijo. Haré cualquier cosa para protegerlo. Y, si para eso tengo que ofenderte, lo haré también.
–No soy como mi madre –aseguró ella cruzándose de brazos–. Yo nunca abandonaría a Balta.
–En ese caso buscaremos otra solución –y solo se le ocurría una.
–¿Crees que no he intentado buscarla? –su tono desgarrado era una muestra de su desesperación–. No existe solución. No quiero que Balta esté en medio de nosotros y absorba todos los malos sentimientos que hay entre nuestras familias. Ha crecido en una atmósfera de felicidad y de paz.
–Me resulta imposible creer eso conociendo a tu abuelo.
–Mi abuelo ha aceptado mis normas. Desde el momento en que nació Balta insistí en que, si se mencionaba el apellido Alfonso en nuestra casa, tenía que hacerse de manera positiva. No quería que mi hijo creciera en el mismo ambienteenvenenado que yo.
Pedro alzó las cejas genuinamente sorprendido.
–¡No te lo llevarás de mi lado! ¡No lo permitiré!Estaba tan furiosa y él tan sorprendido por aquella repentina explosión que tardó unos segundos en agarrarle las muñecas y apartarla de sí.
–Pero tú sí lo apartaste de mí –afirmó marcando cada sílaba, arrojándole aquellas palabras a la cara.
–Yo soy su madre –la voz de Paula sonaba ronca–. No voy a permitir que te lo lleves. Encontraré la manera de evitarlo. Él me necesita.
Pedro guardó silencio el tiempo suficiente para que Paula sufriera una fracción de lo que él había sufrido desde que descubrió la verdad. Luego le soltó las manos y se apartó de ella.
–Si estás tratando de impresionarme con tu dedicación maternal, no pierdas el tiempo. Tienes contratada a una niñera.
Paula dió un paso atrás con expresión confundida.
–¿Qué tiene que ver Giuliana en esto?
–No cuidas tú misma de él.
–Claro que sí –sus ojos reflejaban dolor–. Y hay razones para que tenga una niñera. Así puedo...
–No tienes que explicarte. Cuidar de un niño a tiempo completo es una experiencia muy exigente. Un niño pequeño es agotador, como tu madre descubrió. Ella decidió no hacerlo. Yo te estoy dando la oportunidad de hacer lo mismo.
Paula abrió los ojos de par en par.
–No entiendo lo que me dices.
–Estoy diciendo que asumo la responsabilidad completa de Baltazar.
–¿Me... me estás amenazando con quitarme a mi hijo?
–Te lo estoy ofreciendo –corrigió Pedro mirándola de cerca–. Y, si quieres verle, por supuesto podemos arreglarlo. Así podrás recuperar tu vida. Y como estoy dispuesto a incentivar el acuerdo con una generosa cantidad económica,será una vida muy cómoda. Es una buena oferta. Acéptala. No tendrás que volvera trabajar nunca.
Paula se llevó las manos a las mejillas y soltó una carcajada amarga.
–Tú no sabes nada de mí, ¿Verdad? Quiero a mi hijo, y si has pensado por un momento que te lo entregaría fueran cuales fueran las circunstancias, entonces no sabes con quién estás tratando –dejó caer las manos y apretó los puños–.Haría cualquier cosa por proteger a mi hijo.
Sin inmutarse por la furia de sus ojos, Pedro asintió.
–Tu madre hubiera tomado el dinero y se habría marchado. Dice mucho a tu favor que no hagas lo mismo.
–Entonces, ¿Esto era una especie de prueba? –Paula gimió–. Eres un enfermo, ¿Lo sabías?
–Está en juego el futuro de nuestro hijo. Haré cualquier cosa para protegerlo. Y, si para eso tengo que ofenderte, lo haré también.
–No soy como mi madre –aseguró ella cruzándose de brazos–. Yo nunca abandonaría a Balta.
–En ese caso buscaremos otra solución –y solo se le ocurría una.
–¿Crees que no he intentado buscarla? –su tono desgarrado era una muestra de su desesperación–. No existe solución. No quiero que Balta esté en medio de nosotros y absorba todos los malos sentimientos que hay entre nuestras familias. Ha crecido en una atmósfera de felicidad y de paz.
–Me resulta imposible creer eso conociendo a tu abuelo.
–Mi abuelo ha aceptado mis normas. Desde el momento en que nació Balta insistí en que, si se mencionaba el apellido Alfonso en nuestra casa, tenía que hacerse de manera positiva. No quería que mi hijo creciera en el mismo ambienteenvenenado que yo.
Pedro alzó las cejas genuinamente sorprendido.
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