—Al menos, mi pelo sigue siendo el mismo.
Paula desenchufó el secador, lo dejó en su sitio y se ahuecó un poco el cabello mientras se miraba en el espejo. Todavía tenía que aprender a vivir con sus cicatrices, que resultaban visibles a pesar de que era toda una experta en maquillaje. Pero su pelo era realmente bonito, y vestida así, con una blusa blanca y unos pantalones vaqueros, estaba tan bella como podía estar en tales circunstancias.
—Ahora estoy vestida y no tengo adónde ir —dijo en voz alta, mientras se dirigía al salón de la suite.Estaba pensando en lo que podía prepararse para desayunar cuando sonó el teléfono. Se apresuró a contestar.
—¿Dígame?
—Pauli, soy yo...
Nadie, salvo Pedro, la llamaba así. El sonido de su profunda voz le pareció un rayo de sol en la mañana. No lo había visto desde el suceso del beso, y suponía que querría mantenerse lo más lejos posible de ella. Incluso había intentado convencerse de que sería lo mejor. Pero su llamada la alegró tanto que supo que se había estado engañando.
—Hola, Pedro.
—¿Has dormido bien?
—Sí, gracias —dijo, avergonzada por lo que había pasado entre ellos—. ¿Y tú?
—Muy bien.
Pedro no añadió nada más, así que ella dijo:
—¿Qué querías?
—¿Estás visible?
—Supongo que quiere saber si ya me he vestido. ¿O tal vez insinúas que mi aspecto es tan malo que no resulto presentable?
—Sabes muy bien lo que quiero decir —observó con humor.
—Pues sí, estoy vestida. ¿Por qué?
—Entonces, abre la puerta.
—¿Qué? ¿La puerta de mi suite?
—En efecto.
Ella se acercó a la puerta y abrió. Pedro estaba en el corredor. Llevaba una camisa de color amarillo pálido y unos vaqueros desgastados. Estaba tan atractivo que se sintió rejuvenecer con su visión.
—¿Por qué no has llamado directamente a la puerta en lugar de llamarme? —preguntó ella.
Él se guardó el teléfono móvil y respondió:
—Antes quería saber si estabas bien.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Pensabas que estaba enfadada contigo?
—Sí, lo he pensado. Más de una vez me han acusado de ser un tipo agresivo y de no aceptar una negativa por respuesta.
Ella estuvo a punto de sonreír.
—Pues bien, no estoy enfadada.
—¿Quiere eso decir que te alegras de verme y que aceptarías desayunar conmigo? Si es que no has desayunado ya, por supuesto...
—No, no he desayunado, pero...
—Oh, no digas más. Pero es la palabra más ofensiva de nuestro idioma.
—Pedro, no creo que esté preparada todavía para permitir que la gente vea mis cicatrices —dijo, intentando resultar razonable.
Él frunció el ceño.
—¿Insinúas que ayer estuviste todo el día en la habitación?
—¿Qué tiene eso que ver con esto?
—El testigo se niega a responder la pregunta. Contestar con otra pregunta es una típica técnica de evasión.
—Pero yo no estoy en ningún juicio. Y los efectos del aire fresco están bastante sobreestimados —declaró a la defensiva.
—¿Entonces estuviste encerrada todo el día? Deberías haberme llamado.
Pedro esperó a que le confirmara su sospecha.
—No hace falta que me diviertas. Sé cuidar de mí misma. Y lo creas o no, también soy perfectamente capaz de manejar las miradas de lástima que despierto. No mantengo un perfil bajo, por así decirlo, por eso.
—¿Por qué, entonces?
Ella suspiró.
—Porque en algún lugar, ahí afuera, hay un paparazzi dispuesto a ganarse un buen dinero con una fotografía mía.
—Comprendo. La primera imagen de Paula Chaves después del accidente.
—Me alegra que lo comprendas.
Paula le había dado la espalda y no podía verlo, así que cuando oyó el clic de la puerta al cerrarse, pensó que Pedro se había marchado de repente y no le extrañó. Lo habría rechazado tantas veces que era normal que estuviera harto.
lunes, 7 de agosto de 2017
Reencuentro Inesperado: Capítulo 24
—Es increíble que el gran pedro Alfonso el magnífico abogado del que tanto hablan, sea la misma persona que el de la universidad, el que no quitaba ojo a Paula Chaves—declaró.
—¿Tan obvio era? —preguntó, volviéndose hacia ella.
—No, qué va… —se burló.
—Ya veo que sí.
—Supongo que no tanto. Yo lo noté porque siempre he tenido alma de reportera —lo tranquilizó—. Pero dime una cosa, ¿Ella sabe que defendiste a su ex novio?
Pedro se dijo que no sólo no lo sabía sino que habría dado cualquier cosa para que no llegara a saberlo.
—Mira, Sandra, tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor?
—Sí, y precisamente se trata de Pauli, de Paula Chaves.
—Me lo imaginaba.
—Se aloja aquí, en el hotel.
—¿En serio?
—Sí. Nos encontramos hace un par de días y ella tampoco me reconoció. Pero el hecho es que no quiero que sepa que soy aquel chico de la universidad.
—¿Por qué?
—Porque entonces no estaba en mi mejor época.
—Bueno, me gusta pensar que todos cambiamos para mejor…
—Yo diría que todos cambiamos. Y punto.
Pedro pensó que era posible que Sandra hubiera cambiado para mejor con el tiempo, pero que, en cambio, él había empeorado. Sin embargo, ahora tenía la oportunidad de acercarse a Paula y no quería desperdiciarla.
—Está bien, supongo que tienes buenas razones para no querer que te reconozca —dijo ella, arqueando una ceja—. Te propongo una cosa.
—Sospecho que ahora vamos a negociar…
—No creas. Yo no haré ni diré nada al respecto si tú usas tus poderes de persuasión para una buena causa.
—Define lo de buena causa.
—Convence a Paula Chaves para que patrocine el campamento que David y yo queremos abrir.
Pedro quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
—Necesitamos financiación, Pedro. Necesitamos que un famoso apoye el proyecto y que le haga publicidad. Odio tener que echar mano de antiguos conocidos, pero ella es la única persona famosa que se encuentra a mi alcance.
Él pensó que no tenía ninguna oportunidad de conseguirlo. Ni siquiera había conseguido convencerla para que fuera a comer con él a un restaurante. Pero Sandra tenía todas las cartas en la mano y no tenía más remedio que jugar de farol. Algo que sabía hacer muy bien gracias a su trabajo. Sin embargo, no estaba dispuesto a mentir. Mentir nunca sido su estilo.
—Creo que sería bueno para ella —dijo.
Sandra sonrió.
—Pues si consigues convencerla, jamás revelaré tu secreto.
—Me temo que ya hay demasiados secretos por ahí —murmuró él—. Está bien. Lo intentaré. Pero debo añadir que no la presionaré de ningún modo. Es una decisión que debe tomar sin presión ni persuasión alguna.
Sandra se levantó para marcharse.
—De acuerdo, de acuerdo… mantendré el secreto de todas formas.
—Gracias —dijo, mientras ella recogía los documentos—. Pero ¿por qué?
—Porque me caes bien. Y por haberme echado una mano con estos tediosos documentos. Por cierto, doy por sentado que has dicho la verdad al afirmar que no hay nada incriminatorio en ellos…
—Soy muchas cosas, Sandra, pero nunca he sido un mentiroso.
—Pues alguien está mintiendo en este asunto. Y tengo que descubrir la verdad.
Acto seguido, Sandra se marchó. Pedro pensó que había alcanzado una pequeña victoria. No estaba seguro de si lo hubiera conseguido ante un tribunal, pero parecía que su capacidad para la persuasión seguía siendo lo suficientemente refinada como para evitar que una periodista cotilla desvelara un secreto. En cualquier caso, también había dicho la verdad al afirmar que había demasiados secretos. Muchos de ellos eran suyos, de su pasado, de su presente y de los sentimientos que albergaba hacia Paula Chaves. Y no quería que se conocieran.
—¿Tan obvio era? —preguntó, volviéndose hacia ella.
—No, qué va… —se burló.
—Ya veo que sí.
—Supongo que no tanto. Yo lo noté porque siempre he tenido alma de reportera —lo tranquilizó—. Pero dime una cosa, ¿Ella sabe que defendiste a su ex novio?
Pedro se dijo que no sólo no lo sabía sino que habría dado cualquier cosa para que no llegara a saberlo.
—Mira, Sandra, tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor?
—Sí, y precisamente se trata de Pauli, de Paula Chaves.
—Me lo imaginaba.
—Se aloja aquí, en el hotel.
—¿En serio?
—Sí. Nos encontramos hace un par de días y ella tampoco me reconoció. Pero el hecho es que no quiero que sepa que soy aquel chico de la universidad.
—¿Por qué?
—Porque entonces no estaba en mi mejor época.
—Bueno, me gusta pensar que todos cambiamos para mejor…
—Yo diría que todos cambiamos. Y punto.
Pedro pensó que era posible que Sandra hubiera cambiado para mejor con el tiempo, pero que, en cambio, él había empeorado. Sin embargo, ahora tenía la oportunidad de acercarse a Paula y no quería desperdiciarla.
—Está bien, supongo que tienes buenas razones para no querer que te reconozca —dijo ella, arqueando una ceja—. Te propongo una cosa.
—Sospecho que ahora vamos a negociar…
—No creas. Yo no haré ni diré nada al respecto si tú usas tus poderes de persuasión para una buena causa.
—Define lo de buena causa.
—Convence a Paula Chaves para que patrocine el campamento que David y yo queremos abrir.
Pedro quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
—Necesitamos financiación, Pedro. Necesitamos que un famoso apoye el proyecto y que le haga publicidad. Odio tener que echar mano de antiguos conocidos, pero ella es la única persona famosa que se encuentra a mi alcance.
Él pensó que no tenía ninguna oportunidad de conseguirlo. Ni siquiera había conseguido convencerla para que fuera a comer con él a un restaurante. Pero Sandra tenía todas las cartas en la mano y no tenía más remedio que jugar de farol. Algo que sabía hacer muy bien gracias a su trabajo. Sin embargo, no estaba dispuesto a mentir. Mentir nunca sido su estilo.
—Creo que sería bueno para ella —dijo.
Sandra sonrió.
—Pues si consigues convencerla, jamás revelaré tu secreto.
—Me temo que ya hay demasiados secretos por ahí —murmuró él—. Está bien. Lo intentaré. Pero debo añadir que no la presionaré de ningún modo. Es una decisión que debe tomar sin presión ni persuasión alguna.
Sandra se levantó para marcharse.
—De acuerdo, de acuerdo… mantendré el secreto de todas formas.
—Gracias —dijo, mientras ella recogía los documentos—. Pero ¿por qué?
—Porque me caes bien. Y por haberme echado una mano con estos tediosos documentos. Por cierto, doy por sentado que has dicho la verdad al afirmar que no hay nada incriminatorio en ellos…
—Soy muchas cosas, Sandra, pero nunca he sido un mentiroso.
—Pues alguien está mintiendo en este asunto. Y tengo que descubrir la verdad.
Acto seguido, Sandra se marchó. Pedro pensó que había alcanzado una pequeña victoria. No estaba seguro de si lo hubiera conseguido ante un tribunal, pero parecía que su capacidad para la persuasión seguía siendo lo suficientemente refinada como para evitar que una periodista cotilla desvelara un secreto. En cualquier caso, también había dicho la verdad al afirmar que había demasiados secretos. Muchos de ellos eran suyos, de su pasado, de su presente y de los sentimientos que albergaba hacia Paula Chaves. Y no quería que se conocieran.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 23
—No fue lo que imaginas.
—¿Y qué crees que imagino? —preguntó, arqueando una ceja.
—Que me pasó las preguntas del examen o algo así. Pero nada más lejos de la realidad. Se dedicó a darme clases fuera de horario y a ayudarme para que recuperara el tiempo perdido.
—¿Y qué pasó?
—Que lo hice bien. No sólo evité que me expulsaran, sino que además conseguí unas calificaciones magníficas y logré terminar la carrera de Derecho.
—Comprendo.
—En realidad, parte de lo sucedido fue culpa mía. Pero el profesor me lo perdonó y me ayudó de todas formas.
—¿Culpa tuya?
—Digamos que pasaba demasiado tiempo con los amigos y me uní a una de esas fraternidades de la universidad.
—Si tenías tantos problemas familiares, ¿Por qué te dió por algo así?
—Curiosamente, fue mi abuela quien me instó a hacerlo. Estaba preocupada por mí porque… yo no tenía demasiados amigos.
—¿Que tú no tenías amigos? —preguntó, obviamente sorprendida—. No te lo tomes a mal, pero me da la impresión de que un tipo con tu aspecto tendría todos los amigos que quisiera. Y lo digo desde el punto de vista femenino.
—En aquella época no tenía tan buen aspecto como ahora. No encajaba bien y…
Sandra chasqueó los dedos.
—Ah, sí, ahora te recuerdo. David y yo solíamos ir al colegio mayor y veíamos a la gente de la fraternidad. Por supuesto, claro… tú eras aquel chico tan tímido, el que había pasado la varicela y tenía toda la cara llena de marcas. Es increíble, han desaparecido de tu cara…
—Ya lo ves.
—Y también tenías la naríz rota…
—En efecto.
—Y ahora que caigo, ¿No fuiste tú el que se dedicó a trastear con las cámaras del sistema de seguridad?
—Sí, el mismo.
—¿Y con las que estaban en los dormitorios? —lo acusó.
—También.
—Bueno, yo sabía mucho de seguridad —bromeó.
—Ya veo.
—No, lo cierto es que quería encajar en el grupo. Quería que me apreciaran y ellos apreciaban mis dotes con las cámaras.
—Oh, sí, ya lo creo —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Supiste lo de los vídeos porno?
—Entonces no lo sabía, pero me enteré después. Los responsables fueron expulsados de la universidad por conducta sexual inadecuada. Me pareció una especie de justicia poética.
—Lucas Hawkins también se había marchado para entonces. Pero parece ser que en una reunión de la fraternidad afirmó que tenía una cinta de vídeo en la que aparecía Paula Chaves.
Pedro se quedó helado.
—No lo sabía…
—Sí, fue más o menos cuando la carrera de Paula empezaba a despegar. Fue toda una noticia en el mundo de la moda.
—Lucas Hawkins es un canalla.
Sandra le clavó sus ojos azules como si acabara de comprender algo que le había pasado desapercibido.
—Ah, claro, tú eres ese Pedro Alfonso, el famoso Pedro Alfonso… Fuiste el abogado defensor en ese caso tan famoso de hace unos años. Recuerdo que habían acusado a un hombre y que tú conseguiste convencer al juez de que todas las pruebas eran circunstanciales.
Pedro suspiró.
—Sí, ése soy yo.
—No puedo creer que no haya caído en la cuenta hasta ahora. Supongo que todo este asunto del profesor me tenía demasiado distraída… De lo contrario, te habría reconocido enseguida —dijo, asombrada—. Dios mío… Pero ¿No fuiste tú quien precisamente defendió a Lucas Hawkins hace poco? En las noticias dijeron que habías perdido el caso.
—Sí, lo declararon culpable.
—Y tú te ganaste un montón de titulares. El gran Pedro Alfonso, perdiendo un caso.
Pedro se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia la universidad, cuya torre se veía en la distancia. Había aceptado el caso de Hawkins contra su voluntad, pero el bufete lo había presionado porque afirmaron que representar a un empresario tan importante como Hawkins sería bueno para ellos. Aquélla era la verdadera razón por la que se sentía tan culpable y tan decepcionado consigo mismo. Había estudiado Derecho para ayudar a los más desfavorecidos y había terminado como instrumento de los poderosos. El atractivo del dinero era demasiado fuerte como para rechazarlo. Y en algún momento, se había transformado en un cínico.
—¿Y qué crees que imagino? —preguntó, arqueando una ceja.
—Que me pasó las preguntas del examen o algo así. Pero nada más lejos de la realidad. Se dedicó a darme clases fuera de horario y a ayudarme para que recuperara el tiempo perdido.
—¿Y qué pasó?
—Que lo hice bien. No sólo evité que me expulsaran, sino que además conseguí unas calificaciones magníficas y logré terminar la carrera de Derecho.
—Comprendo.
—En realidad, parte de lo sucedido fue culpa mía. Pero el profesor me lo perdonó y me ayudó de todas formas.
—¿Culpa tuya?
—Digamos que pasaba demasiado tiempo con los amigos y me uní a una de esas fraternidades de la universidad.
—Si tenías tantos problemas familiares, ¿Por qué te dió por algo así?
—Curiosamente, fue mi abuela quien me instó a hacerlo. Estaba preocupada por mí porque… yo no tenía demasiados amigos.
—¿Que tú no tenías amigos? —preguntó, obviamente sorprendida—. No te lo tomes a mal, pero me da la impresión de que un tipo con tu aspecto tendría todos los amigos que quisiera. Y lo digo desde el punto de vista femenino.
—En aquella época no tenía tan buen aspecto como ahora. No encajaba bien y…
Sandra chasqueó los dedos.
—Ah, sí, ahora te recuerdo. David y yo solíamos ir al colegio mayor y veíamos a la gente de la fraternidad. Por supuesto, claro… tú eras aquel chico tan tímido, el que había pasado la varicela y tenía toda la cara llena de marcas. Es increíble, han desaparecido de tu cara…
—Ya lo ves.
—Y también tenías la naríz rota…
—En efecto.
—Y ahora que caigo, ¿No fuiste tú el que se dedicó a trastear con las cámaras del sistema de seguridad?
—Sí, el mismo.
—¿Y con las que estaban en los dormitorios? —lo acusó.
—También.
—Bueno, yo sabía mucho de seguridad —bromeó.
—Ya veo.
—No, lo cierto es que quería encajar en el grupo. Quería que me apreciaran y ellos apreciaban mis dotes con las cámaras.
—Oh, sí, ya lo creo —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Supiste lo de los vídeos porno?
—Entonces no lo sabía, pero me enteré después. Los responsables fueron expulsados de la universidad por conducta sexual inadecuada. Me pareció una especie de justicia poética.
—Lucas Hawkins también se había marchado para entonces. Pero parece ser que en una reunión de la fraternidad afirmó que tenía una cinta de vídeo en la que aparecía Paula Chaves.
Pedro se quedó helado.
—No lo sabía…
—Sí, fue más o menos cuando la carrera de Paula empezaba a despegar. Fue toda una noticia en el mundo de la moda.
—Lucas Hawkins es un canalla.
Sandra le clavó sus ojos azules como si acabara de comprender algo que le había pasado desapercibido.
—Ah, claro, tú eres ese Pedro Alfonso, el famoso Pedro Alfonso… Fuiste el abogado defensor en ese caso tan famoso de hace unos años. Recuerdo que habían acusado a un hombre y que tú conseguiste convencer al juez de que todas las pruebas eran circunstanciales.
Pedro suspiró.
—Sí, ése soy yo.
—No puedo creer que no haya caído en la cuenta hasta ahora. Supongo que todo este asunto del profesor me tenía demasiado distraída… De lo contrario, te habría reconocido enseguida —dijo, asombrada—. Dios mío… Pero ¿No fuiste tú quien precisamente defendió a Lucas Hawkins hace poco? En las noticias dijeron que habías perdido el caso.
—Sí, lo declararon culpable.
—Y tú te ganaste un montón de titulares. El gran Pedro Alfonso, perdiendo un caso.
Pedro se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia la universidad, cuya torre se veía en la distancia. Había aceptado el caso de Hawkins contra su voluntad, pero el bufete lo había presionado porque afirmaron que representar a un empresario tan importante como Hawkins sería bueno para ellos. Aquélla era la verdadera razón por la que se sentía tan culpable y tan decepcionado consigo mismo. Había estudiado Derecho para ayudar a los más desfavorecidos y había terminado como instrumento de los poderosos. El atractivo del dinero era demasiado fuerte como para rechazarlo. Y en algún momento, se había transformado en un cínico.
viernes, 4 de agosto de 2017
Reencuentro Inesperado: Capítulo 22
Paula de repente se sintió dominada por una profunda tristeza. Si un hombre tan maravilloso como Pedro no lograba superar la barrera de su pasado, ningún hombre lo conseguiría y ella nunca volvería a ser normal. Ni siquiera podría obtener el sencillo placer de recibir, de vez en cuando, un beso. Durante su carrera como modelo había rechazado a infinidad de pretendientes, pero ésta era la primera vez que lo lamentaba. Probablemente, Pedro pensaba que estaba como una cabra. Sin embargo, se habría marchado igualmente si le hubiera contado toda la historia. En realidad, no sabía qué hacer. Las cosas habían llegado a tal punto que se limitaba a intentar convencerse de que sus problemas desaparecerían si los ocultaba el tiempo suficiente. Pero aunque no lo consiguiera, estaba decidida a mantenerse alejada de él. Al menos, le quedaba su orgullo. Pedro podía estar con la mujer que eligiera, pero tendría que ser otra. Ella sólo era una ex modelo desfigurada. Pero había un problema: él le gustaba de verdad, lo cual complicaba las cosas. Sabía por experiencia que la confianza resultaba peligrosa y que la esperanza no era precisamente su amiga. De vez en cuando, soñaba con volver a ser la que había sido antes del accidente. Pero los médicos habían hecho todo lo posible y ahora sabía que no recuperaría el rostro que la había hecho famosa. La esperanza no servía de nada. Y a diferencia de las fotografías de las portadas de las revistas, la vida no se podía retocar con facilidad. Lo mejor, desde el punto de vista de su salud, era librarse de él. No podía permitirse el lujo de que la rechazaran otra vez. No con Pedro.
Pedro estaba cansado, pero no pudo dormir. Pensaba una y otra vez en la reacción de Paula, y dió tantos paseos arriba y abajo que se dijo que tendrían que cambiar la moqueta de la suite antes de que apareciera Sandra Westport. La periodista había quedado en pasar por el hotel para recoger los documentos. Ahora se maldecía por lo sucedido. Realmente no había tenido intención de besarla, pero lo deseaba desde hacía tanto tiempo que supuso que la tentación había sido demasiado fuerte. En sus años de estudiante nunca habría tenido la menor oportunidad con ella. Entre otras cosas, porque tenía miedo de que se riera de él. Pero el tiempo lo había cambiado todo y se había dejado llevar. Por desgracia, ahora no conseguía dejar de pensar en la mirada de terror de la mujer que deseaba. Era como un animal atrapado, a punto de atacar o de salir corriendo. Evidentemente había sufrido una experiencia traumática que no tenía relación alguna con el accidente. Estaba muy asustada.
Como si fuera ayer, Pedro recordó otra noche en el colegio mayor, muchos años antes, cuando Paula se marchó entre lágrimas. Él la siguió e intentó animarla, pero ella se limitó a decir que Lucas Hawkins y ella habían roto. Siempre había odiado a aquel tipo y no comprendía lo que ella podía ver en él. Pero aquella misma noche le dió un buen puñetazo. Se lo debía por haberla hecho llorar. Pero ahora ya no era un jovencito. Era un hombre que podía hacer daño como cualquier otro hombre, y se habría cortado el brazo derecho antes de causarle a ella el menor dolor. De modo que no tendría más remedio que reprimir su deseo. En tales circunstancias, sólo servía para complicarlo todo. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. Cuando abrió, se encontró ante Sandra Westport. Estaba muy atractiva con el vestido blanco que llevaba, sin mangas, y las gafas de sol en la cabeza, como si fueran una diadema. Una vez más, pensó que David Westport tenía suerte.
—Hola —dijo ella.
—Hola —dijo él, haciendo un gesto hacia los documentos que le había prestado—. Ha sido una colosal pérdida de tiempo. No he encontrado ninguna prueba que lo incrimine.
Ella lo miró con escepticismo.
—¿Quieres decirme que realmente has visto esos documentos?
—Por supuesto que sí.
—¿En serio? ¿Y tu lealtad hacia el maravilloso profesor Harrison no te impediría desvelar ninguna práctica deshonesta?
—No, aunque le debo mucho —confesó.
—¿Qué le debes?
—Muchas cosas. Entre otras, que fuera mi tutor.
—Y yo que pensaba que eras un tipo listo…
Él sonrió.
—En otras palabras, pensabas que era un guapo tonto.
—Sí, la verdad es que sí.
—Te contaré lo que pasó.
—Vaya, esto promete…
Pedro la invitó a tomar asiento y ella aceptó encantada y se acomodó en el sofá. Él lo hizo en un sillón, frente a su invitada.
—Verás, yo estaba pasando una época muy difícil en la universidad. Tenía problemas y me perdía muchas clases, y ya sabes que perder clases puede significar que te bajen las notas todavía más. Sólo tenía una forma de evitar que me expulsaran: sacar un sobresaliente en la asignatura de lengua.
—¿Y el profesor te ayudó?
Sandra lo preguntó con dobles intenciones y Pedro se dió cuenta.
Pedro estaba cansado, pero no pudo dormir. Pensaba una y otra vez en la reacción de Paula, y dió tantos paseos arriba y abajo que se dijo que tendrían que cambiar la moqueta de la suite antes de que apareciera Sandra Westport. La periodista había quedado en pasar por el hotel para recoger los documentos. Ahora se maldecía por lo sucedido. Realmente no había tenido intención de besarla, pero lo deseaba desde hacía tanto tiempo que supuso que la tentación había sido demasiado fuerte. En sus años de estudiante nunca habría tenido la menor oportunidad con ella. Entre otras cosas, porque tenía miedo de que se riera de él. Pero el tiempo lo había cambiado todo y se había dejado llevar. Por desgracia, ahora no conseguía dejar de pensar en la mirada de terror de la mujer que deseaba. Era como un animal atrapado, a punto de atacar o de salir corriendo. Evidentemente había sufrido una experiencia traumática que no tenía relación alguna con el accidente. Estaba muy asustada.
Como si fuera ayer, Pedro recordó otra noche en el colegio mayor, muchos años antes, cuando Paula se marchó entre lágrimas. Él la siguió e intentó animarla, pero ella se limitó a decir que Lucas Hawkins y ella habían roto. Siempre había odiado a aquel tipo y no comprendía lo que ella podía ver en él. Pero aquella misma noche le dió un buen puñetazo. Se lo debía por haberla hecho llorar. Pero ahora ya no era un jovencito. Era un hombre que podía hacer daño como cualquier otro hombre, y se habría cortado el brazo derecho antes de causarle a ella el menor dolor. De modo que no tendría más remedio que reprimir su deseo. En tales circunstancias, sólo servía para complicarlo todo. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. Cuando abrió, se encontró ante Sandra Westport. Estaba muy atractiva con el vestido blanco que llevaba, sin mangas, y las gafas de sol en la cabeza, como si fueran una diadema. Una vez más, pensó que David Westport tenía suerte.
—Hola —dijo ella.
—Hola —dijo él, haciendo un gesto hacia los documentos que le había prestado—. Ha sido una colosal pérdida de tiempo. No he encontrado ninguna prueba que lo incrimine.
Ella lo miró con escepticismo.
—¿Quieres decirme que realmente has visto esos documentos?
—Por supuesto que sí.
—¿En serio? ¿Y tu lealtad hacia el maravilloso profesor Harrison no te impediría desvelar ninguna práctica deshonesta?
—No, aunque le debo mucho —confesó.
—¿Qué le debes?
—Muchas cosas. Entre otras, que fuera mi tutor.
—Y yo que pensaba que eras un tipo listo…
Él sonrió.
—En otras palabras, pensabas que era un guapo tonto.
—Sí, la verdad es que sí.
—Te contaré lo que pasó.
—Vaya, esto promete…
Pedro la invitó a tomar asiento y ella aceptó encantada y se acomodó en el sofá. Él lo hizo en un sillón, frente a su invitada.
—Verás, yo estaba pasando una época muy difícil en la universidad. Tenía problemas y me perdía muchas clases, y ya sabes que perder clases puede significar que te bajen las notas todavía más. Sólo tenía una forma de evitar que me expulsaran: sacar un sobresaliente en la asignatura de lengua.
—¿Y el profesor te ayudó?
Sandra lo preguntó con dobles intenciones y Pedro se dió cuenta.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 21
—Nada. Y tampoco hay nada que decir.
Sabía que eso no era cierto. Como mínimo, le debía una explicación. Se había portado muy bien con ella; incluso la había sacado de otra de esas terribles pesadillas donde se fundía el accidente y la cara del conductor borracho con Lucas Hawkins. Sin embargo, ahora no tenía la fuerza necesaria para hablar de ello. Y además, supuso que no serviría de nada. Ya había molestado bastante a Pedro. Se apretó el cinturón de la bata y abrió la puerta.
—Estoy muy cansada y quiero dormir un rato. Si quieres ayudarme, despídete.
—Buenas noches, entonces.
—Ya nos veremos, Pedro.
—¿Cuándo? —preguntó, mientras recogía sus documentos.
—¿No te marchabas ya?
—Sí, pero no puedo marcharme así —explicó—. No sin saber cuándo volveremos a vernos de nuevo.
—¿Es necesario que hablemos de eso ahora?
Él asintió.
—Sí. He visto muchas cosas terribles en mi trabajo y sé que lo tuyo es un típico caso fóbico. No ha sido una reacción personal, provocada por mí. Es algo tan poco específico, tan general, que domina tu vida y te impide mantener relaciones.
—Mira, en este momento no puedo pensar en ello —dijo, echándose el pelo hacia atrás—. Supongo que cuando encontremos la forma de ayudar al profesor…
—Ahora no se trata del profesor Harrison.
—Entonces, ¿De qué se trata?
—De tí y de mí. Anda, desayunemos juntos mañana.
Ella negó con la cabeza.
—No sé si…
—Tienes que comer.
—Lo sé, pero…
—Te llevaré a algún sitio. Hay un restaurante precioso en el campus donde sirven unas tortillas excelentes.
Paula no podía creer que quisiera llevarla a un local público, justo el último lugar donde le gustaría estar. Su verdad le parecía fea, y no se encontraba cómoda en ninguna parte. No entendía el empeño de Nate por presionarla. Lo mejor que podía hacer era salir disparado, alejarse de ella y no volver.
—¿Se puede saber qué pretendes?
Él suspiró.
—Si tienes que preguntarlo, es que no lo estoy haciendo muy bien.
—¿Cómo?
—Te estoy pidiendo que salgas conmigo.
—No necesito tu lástima, Pedro—declaró, súbitamente irritada.
Paula sólo quería que la dejara en paz.
—¿Lastima? Nada más lejos de mi intención —afirmó, observándola con sus bellos ojos marrones—. No te he besado porque sintiera lástima de tí. Si así hubiera sido, no estaríamos manteniendo esta conversación.
—Sí, claro.
—Tienes que volver al mundo, Pauli. Afrontar el problema es más fácil que preocuparse por lo que pasará cuando se presente otra vez.
—Eres muy arrogante, Pedro. ¿Cómo podría un tipo como tú, tan perfecto, saber lo que siente alguien como yo? ¿Cómo podrías imaginar siquiera lo que necesito?
Las preguntas retóricas de Paula estaban llenas de un profundo enfado, pero sorprendentemente para ella, Pedro sonrió.
—Sé lo que estás haciendo.
—¿Y qué estoy haciendo, doctor Freud?
—Escondiéndote detrás de tu ira. Es un truco que los hombres usan todo el tiempo para protegerse… es una emoción fácil de evocar y tiene la ventaja de eliminar el resto de las emociones.
—No me lo digas, déjame adivinarlo. No sólo eres un cretino sino que además interpretas el papel de un cretino en una serie de televisión —espetó, con los brazos en jarras—. ¿Desde cuándo enseñan psicología en la facultad de Derecho?
—Te sorprendería ver hasta qué punto importan las emociones en un juzgado. La percepción lo es todo.
—Oh, de eso no tienes que convencerme —dijo, mientras abría la puerta de par en par—. Y dime, ¿Cómo interpretas esto?
Él salió de la suite y se detuvo en mitad del pasillo.
—Vas a descubrir que desanimarme no es tan fácil —dijo él.
—¿En serio?
Pedro le dedicó una sonrisa francamente misteriosa.
—Buenas noches, Pauli.
—Por fin te marchas…
—Que duermas bien.
Paula cerró la puerta y echó la cadena. Lo había insultado por atreverse a darle consejos, pero sabía que tenía razón. Intentaba mantener el control de una situación que escapaba totalmente a su control. Pero había tenido que librarse de Pedro. De lo contrario, habría descubierto hasta qué punto llegaban sus problemas.
Sabía que eso no era cierto. Como mínimo, le debía una explicación. Se había portado muy bien con ella; incluso la había sacado de otra de esas terribles pesadillas donde se fundía el accidente y la cara del conductor borracho con Lucas Hawkins. Sin embargo, ahora no tenía la fuerza necesaria para hablar de ello. Y además, supuso que no serviría de nada. Ya había molestado bastante a Pedro. Se apretó el cinturón de la bata y abrió la puerta.
—Estoy muy cansada y quiero dormir un rato. Si quieres ayudarme, despídete.
—Buenas noches, entonces.
—Ya nos veremos, Pedro.
—¿Cuándo? —preguntó, mientras recogía sus documentos.
—¿No te marchabas ya?
—Sí, pero no puedo marcharme así —explicó—. No sin saber cuándo volveremos a vernos de nuevo.
—¿Es necesario que hablemos de eso ahora?
Él asintió.
—Sí. He visto muchas cosas terribles en mi trabajo y sé que lo tuyo es un típico caso fóbico. No ha sido una reacción personal, provocada por mí. Es algo tan poco específico, tan general, que domina tu vida y te impide mantener relaciones.
—Mira, en este momento no puedo pensar en ello —dijo, echándose el pelo hacia atrás—. Supongo que cuando encontremos la forma de ayudar al profesor…
—Ahora no se trata del profesor Harrison.
—Entonces, ¿De qué se trata?
—De tí y de mí. Anda, desayunemos juntos mañana.
Ella negó con la cabeza.
—No sé si…
—Tienes que comer.
—Lo sé, pero…
—Te llevaré a algún sitio. Hay un restaurante precioso en el campus donde sirven unas tortillas excelentes.
Paula no podía creer que quisiera llevarla a un local público, justo el último lugar donde le gustaría estar. Su verdad le parecía fea, y no se encontraba cómoda en ninguna parte. No entendía el empeño de Nate por presionarla. Lo mejor que podía hacer era salir disparado, alejarse de ella y no volver.
—¿Se puede saber qué pretendes?
Él suspiró.
—Si tienes que preguntarlo, es que no lo estoy haciendo muy bien.
—¿Cómo?
—Te estoy pidiendo que salgas conmigo.
—No necesito tu lástima, Pedro—declaró, súbitamente irritada.
Paula sólo quería que la dejara en paz.
—¿Lastima? Nada más lejos de mi intención —afirmó, observándola con sus bellos ojos marrones—. No te he besado porque sintiera lástima de tí. Si así hubiera sido, no estaríamos manteniendo esta conversación.
—Sí, claro.
—Tienes que volver al mundo, Pauli. Afrontar el problema es más fácil que preocuparse por lo que pasará cuando se presente otra vez.
—Eres muy arrogante, Pedro. ¿Cómo podría un tipo como tú, tan perfecto, saber lo que siente alguien como yo? ¿Cómo podrías imaginar siquiera lo que necesito?
Las preguntas retóricas de Paula estaban llenas de un profundo enfado, pero sorprendentemente para ella, Pedro sonrió.
—Sé lo que estás haciendo.
—¿Y qué estoy haciendo, doctor Freud?
—Escondiéndote detrás de tu ira. Es un truco que los hombres usan todo el tiempo para protegerse… es una emoción fácil de evocar y tiene la ventaja de eliminar el resto de las emociones.
—No me lo digas, déjame adivinarlo. No sólo eres un cretino sino que además interpretas el papel de un cretino en una serie de televisión —espetó, con los brazos en jarras—. ¿Desde cuándo enseñan psicología en la facultad de Derecho?
—Te sorprendería ver hasta qué punto importan las emociones en un juzgado. La percepción lo es todo.
—Oh, de eso no tienes que convencerme —dijo, mientras abría la puerta de par en par—. Y dime, ¿Cómo interpretas esto?
Él salió de la suite y se detuvo en mitad del pasillo.
—Vas a descubrir que desanimarme no es tan fácil —dijo él.
—¿En serio?
Pedro le dedicó una sonrisa francamente misteriosa.
—Buenas noches, Pauli.
—Por fin te marchas…
—Que duermas bien.
Paula cerró la puerta y echó la cadena. Lo había insultado por atreverse a darle consejos, pero sabía que tenía razón. Intentaba mantener el control de una situación que escapaba totalmente a su control. Pero había tenido que librarse de Pedro. De lo contrario, habría descubierto hasta qué punto llegaban sus problemas.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 20
Paula se sorprendió al notar que Pedro tenía intención de besarla, pero fue así: lo supo segundos antes de que lo hiciera. Cuando sintió el contacto de sus labios, se quedó sin respiración. Sin embargo, no pudo apartarse. Era grande y fuerte y se sintió atrapada, al igual que diez años antes. El pánico la dominó y, aunque intentó racionalizar sus emociones, su fobia era tan intensa que no lo consiguió. No podía dejar de pensar que Pedro era mucho más fuerte que ella, que podía hacer lo que quisiera y que no podría impedírselo. Pero no podía suceder otra vez. No podía permitirlo. Lo empujó en el pecho y él rompió inmediatamente el contacto. Por desgracia, tampoco eso sirvió de nada. Seguía tan asustada, tan presa del miedo, que respiraba como si hubiera estado corriendo una maratón. Miró la cama y recordó las imágenes de la violación. Recordó la sensación de impotencia al no poder hacer nada por defenderse. Recordó el sentimiento de angustia y de vergüenza, la sensación de estar sucia, tan sucia que no podría bañarse lo suficiente ni restregarse con suficiente fuerza para volver a sentirse limpia. Quería correr, pero no podía apartar la mirada de él. No podía defenderse, así que retrocedió lentamente. Un sudor frío cubrió su frente y resbaló entre sus senos. Para evitar que los dientes le castañetearan, los apretó con fuerza. Estaba atrapada en aquella habitación. No podía huir. Sin decir nada, corrió hacia el salón de la suite, donde podía ver la puerta.
—Pauli, ¿Qué ocurre?
Pedro la siguió muy despacio, manteniendo las distancias.
—¿Pauli? No pasa nada…
Obviamente, pasaba algo; la reacción de Paula era tan desmesurada y estaba tan fuera de lugar que no podía ser más evidente. Sin embargo, la suave voz de Pedrologró quebrar poco a poco su pánico. Permaneció de pie, sin moverse, concediéndole el espacio que necesitaba, hasta que ella se tranquilizó. Pero entonces fue peor, porque Paula se dio cuenta de lo que había hecho y deseó que la tierra se la tragara. Precisamente por eso vivía alejada de los hombres. En la universidad había sufrido una experiencia traumática y ahora no era capaz de estar con un hombre decente como Pedro. Él no había hecho nada malo. Sólo había querido besarla, a pesar de sus cicatrices. Y a cambio, ella había logrado que se sintiera como el delincuente más buscado del país. Odió a Lucas Hawkins. Le había robado la capacidad de confiar en otros hombres y no volvería a ser normal.
—Háblame, Pauli.
Paula alzó una mano y vió que le temblaba. Su corazón se encogió. Lo peor de todo, lo más terrible, era que le había gustado que la besara. Pero su miedo lo había estropeado. Sabía que había cometido un error al no hacer nada por impedir que la besara, porque era consciente de lo que ocurriría después. Sin embargo, lo deseaba tanto que no había podido evitarlo. Además, llevaba demasiado tiempo sola. Diez años sin estar con nadie, sin sentir el contacto de un hombre.
—Pauli, ¿Qué está pasando?
Ella tomó aire.
—Podría decirte que soy claustrofóbica.
—¿Y lo eres?
—No.
Ella pensó que Pedro era muy guapo. Llevaba el pelo perfectamente peinado, como si se lo hubiera echado hacia atrás incontables veces, con los dedos. El cansancio profundizaba las leves arrugas de su cara, pero en lugar de difuminar su atractivo, lo hacía más maduro, más sólido, más atrayente. Lamentablemente, su problema no era de claustrofobia. Y supuso que él pensaría que estaba loca.
—Pauli, lo siento. Sinceramente, no tenía intención de besarte.
Ella sabía que estaba diciendo la verdad y también sabía que Pedro no suponía ninguna amenaza para ella. Pero eso no cambiaba las cosas.
—Será mejor que te vayas.
—De acuerdo.
Paula quitó la cadena de la puerta y dijo:
—Buenas noches…
—Espera.
Ella parpadeó rápidamente para intentar borrar las lágrimas que llenaban sus ojos. No quería que la viera en aquel estado.
—¿Qué quieres?
Él se acercó, aunque no lo suficiente como para poder tocarla.
—No puedo marcharme hasta saber que te encuentras bien.
Paula rió, pero sin humor alguno.
—Ambos sabemos que no lo estoy.
—¿Qué puedo hacer?
—Pauli, ¿Qué ocurre?
Pedro la siguió muy despacio, manteniendo las distancias.
—¿Pauli? No pasa nada…
Obviamente, pasaba algo; la reacción de Paula era tan desmesurada y estaba tan fuera de lugar que no podía ser más evidente. Sin embargo, la suave voz de Pedrologró quebrar poco a poco su pánico. Permaneció de pie, sin moverse, concediéndole el espacio que necesitaba, hasta que ella se tranquilizó. Pero entonces fue peor, porque Paula se dio cuenta de lo que había hecho y deseó que la tierra se la tragara. Precisamente por eso vivía alejada de los hombres. En la universidad había sufrido una experiencia traumática y ahora no era capaz de estar con un hombre decente como Pedro. Él no había hecho nada malo. Sólo había querido besarla, a pesar de sus cicatrices. Y a cambio, ella había logrado que se sintiera como el delincuente más buscado del país. Odió a Lucas Hawkins. Le había robado la capacidad de confiar en otros hombres y no volvería a ser normal.
—Háblame, Pauli.
Paula alzó una mano y vió que le temblaba. Su corazón se encogió. Lo peor de todo, lo más terrible, era que le había gustado que la besara. Pero su miedo lo había estropeado. Sabía que había cometido un error al no hacer nada por impedir que la besara, porque era consciente de lo que ocurriría después. Sin embargo, lo deseaba tanto que no había podido evitarlo. Además, llevaba demasiado tiempo sola. Diez años sin estar con nadie, sin sentir el contacto de un hombre.
—Pauli, ¿Qué está pasando?
Ella tomó aire.
—Podría decirte que soy claustrofóbica.
—¿Y lo eres?
—No.
Ella pensó que Pedro era muy guapo. Llevaba el pelo perfectamente peinado, como si se lo hubiera echado hacia atrás incontables veces, con los dedos. El cansancio profundizaba las leves arrugas de su cara, pero en lugar de difuminar su atractivo, lo hacía más maduro, más sólido, más atrayente. Lamentablemente, su problema no era de claustrofobia. Y supuso que él pensaría que estaba loca.
—Pauli, lo siento. Sinceramente, no tenía intención de besarte.
Ella sabía que estaba diciendo la verdad y también sabía que Pedro no suponía ninguna amenaza para ella. Pero eso no cambiaba las cosas.
—Será mejor que te vayas.
—De acuerdo.
Paula quitó la cadena de la puerta y dijo:
—Buenas noches…
—Espera.
Ella parpadeó rápidamente para intentar borrar las lágrimas que llenaban sus ojos. No quería que la viera en aquel estado.
—¿Qué quieres?
Él se acercó, aunque no lo suficiente como para poder tocarla.
—No puedo marcharme hasta saber que te encuentras bien.
Paula rió, pero sin humor alguno.
—Ambos sabemos que no lo estoy.
—¿Qué puedo hacer?
Reencuentro Inesperado: Capítulo 19
Ella abrió entonces los ojos e intentó incorporarse, pero Pedro se había inclinado sobre ella y no pudo hacerlo. Todavía medio dormida, comenzó a golpearlo en el pecho y a gritar:
—¡No! ¡No!
Él se apartó y encendió la luz de la mesita de noche para que Paula comprendiera que estaba a salvo. Por desgracia, la repentina iluminación sirvió para que notara el intenso pánico que había en sus ojos. Era algo tan terrible que el corazón se le encogió y no pudo controlar el natural impulso de intentar abrazarla.
—No, no, no me toques —dijo ella.
—No ocurre nada, Pauli. Soy yo, estás a salvo…
Siguió repitiendo las mismas palabras una y otra vez, con una voz tan tranquila y carente de emoción como pudo. Pero le costó bastante, porque estaba dominado por una mezcla de confusión, enfado y frustración al no ser capaz de tranquilizarla.
—Pauli, cariño, despierta. Por favor… no pasa nada. Nadie va a hacerte ningún daño. Estoy aquí. No permitiré que te ocurra nada malo. Soy Pedro.
Por fin, Paula pareció despertar.
—¿Pedro?
—Sí —respondió con un suspiro—. Tenías una pesadilla.
En ese momento vió que estaba llorando y quiso tocarla otra vez, empujado por la necesidad de animarla. Pero al reconocer el temor en sus ojos, dudó.
—Pauli, deja que te abrace.
Pedro tragó saliva cuando, al bajar la mirada, notó el finísimo camisón que ocultaba menos de lo que insinuaba. Pero hizo caso omiso del repentino deseo y la abrazó con sumo cuidado. La resistencia de Paula se fue desvaneciendo poco a poco y se relajó con su contacto. Esas eran las buenas noticias. Las malas, que empezó a llorar todavía más.
—No ocurre nada, cariño —insistió con voz suave—. No ocurre nada.
No sabía qué le pasaba, pero sí que preguntar en ese momento no sería una buena idea. Estaba demasiado alterada. Estuvo allí, sentado en la cama y abrazándola, durante un período que no habría sabido concretar. Tal vez fueron minutos, tal vez media hora. Cuando por fin se tranquilizó, Pedro casi se alegró de la situación porque le había dado la ocasión perfecta para abrazarla. Pero a pesar de ello, estaba dispuesto a no volver a tocarla si eso implicaba despertar los demonios que la perseguían. Fuera cual fuera su naturaleza, la reacción de Paula había sido tan fuerte que evidentemente sé trataba de algo grave. Sin embargo, sus sentidos lo traicionaron cuando, a pesar de sus buenas intenciones, notó sus suaves curvas apretadas contra él. Miró entonces sus labios, tan apetitosos, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo no sólo para controlar su deseosino también para que ella no lo notara. Deseaba besarla desde hacía años. Pero aquél no era el momento más oportuno para pensar en esas cosas. Por fin, ella se apartó un poco y dijo:
—Lo siento, Pedro.
—No hay nada que sentir. Me alegra haber estado aquí.
—Y a mí me alegra que estuvieras. La boca de Paula se encontraba ahora tan cerca de la de Pedro, que la tentación empezaba a ser demasiado fuerte. Lo cierto es que te necesito, Nate —continuó ella—. Necesito un amigo.
Pedro sintió que el corazón se le encogía. Necesitaba un amigo. Esas palabras significaban que además de no poder besarla en aquel momento, probablemente no podría hacerlo nunca. Por lo visto, la amistad era lo único que obtendría de ella. Y le pareció irónico que le hubiera gustado cuando era un estudiante tímido y con la cara marcada por la viruela, y que ahora, convertido en un atractivo y rico abogado, no le gustara tanto.
—Por supuesto —dijo él, intentando ocultar su decepción.
—Me siento cómoda contigo. Me parece que has tenido mala suerte —dijo ella, en tono irónico.
—Mi suerte nunca ha sido mejor.
Ella sonrió débilmente, alcanzó la bata que había dejado en una silla cercana y se la puso.
—Creo que ha llegado la hora de que te cuente lo que me pasó.
Al hablar, palideció de un modo tan repentino que Pedro se preocupó todavía más.
—No es preciso que lo hagas si eso te va a alterar más…
—No, no, necesito contártelo.
—Está bien, te escucho.
—Tuve un accidente. Me atropelló un conductor borracho.
Pedro no dijo nada. Dejó que siguiera hablando.
—Aquel día, mi agente me había llamado para informarme de que había conseguido el trabajo que estaba buscando, el que me convertiría definitivamente en una supermodelo. Una de las principales empresas de cosméticos quería que presentara toda su campaña —explicó—. Así que mis amigas quisieron que saliéramos juntas para celebrarlo.
—Oh, Pauli…
De repente, Pedro no sabía qué decir. Estaba acostumbrado a manipular las palabras a su antojo, a controlarlas ante las cámaras de televisión y en importantes casos penales, sin siquiera pestañear. Pero en lo tocante a Katie, era distinto.
—Cuando volvía a casa, el coche se me echó encima. Me destrozó una pierna y ya ves lo que hizo en mi cara... Llevaba mis gafas de sol y me corté con los cristales. Pasé semanas en el hospital, recuperándome de las heridas, y luego tuve que pasar por un larguísimo proceso de rehabilitación de la pierna, por no mencionar varias operaciones de cirugía estética en la cara. Pero no lograron dejarme como antes.
-Espero que el canalla que te atropelló arda en el infierno —dijo él, con voz dura como el acero.
—No sé si arderá en algún infierno, pero está en la cárcel.
—Me alegro —dijo él.
—Y pensar que mis padres siempre me decían que ser bella era lo mejor que me podía haber pasado… Afirmaban que la belleza me solucionaría la vida, mientras que la inteligencia no sirve para nada.
—Eso es ridículo. Además, tú eres la mujer más brillante e inteligente que conozco.
—No hace falta que digas eso. Conozco mis limitaciones. Y además, tenían razón… lo mejor que podía hacer era aprovechar las ventajas que me había concedido la naturaleza. Es decir, mi atractivo físico.
—Pero sigues siendo una mujer impresionante… —dijo, tomándola de la mano.
Ella movió la cabeza en gesto negativo.
—El cirujano hizo lo que pudo por eliminar la cicatríz, pero no tengo más remedio que asumir que nadie querrá contratar a una modelo con mi cara. Sin embargo, no creas que siento lástima de mí, ni mucho menos. Simplemente soy realista. Esto que ves es lo mejor que seré nunca.
Pedro se estremeció, emocionado. Aquella mujer le llegaba al alma. Y sentía la necesidad de alegrar su vida. Le acarició la mejilla y dijo:
—Pues esto que veo es una mujer tan bella como especial.
Entonces, antes de poder detenerse, se inclinó lentamente sobre Paula y la besó.
—¡No! ¡No!
Él se apartó y encendió la luz de la mesita de noche para que Paula comprendiera que estaba a salvo. Por desgracia, la repentina iluminación sirvió para que notara el intenso pánico que había en sus ojos. Era algo tan terrible que el corazón se le encogió y no pudo controlar el natural impulso de intentar abrazarla.
—No, no, no me toques —dijo ella.
—No ocurre nada, Pauli. Soy yo, estás a salvo…
Siguió repitiendo las mismas palabras una y otra vez, con una voz tan tranquila y carente de emoción como pudo. Pero le costó bastante, porque estaba dominado por una mezcla de confusión, enfado y frustración al no ser capaz de tranquilizarla.
—Pauli, cariño, despierta. Por favor… no pasa nada. Nadie va a hacerte ningún daño. Estoy aquí. No permitiré que te ocurra nada malo. Soy Pedro.
Por fin, Paula pareció despertar.
—¿Pedro?
—Sí —respondió con un suspiro—. Tenías una pesadilla.
En ese momento vió que estaba llorando y quiso tocarla otra vez, empujado por la necesidad de animarla. Pero al reconocer el temor en sus ojos, dudó.
—Pauli, deja que te abrace.
Pedro tragó saliva cuando, al bajar la mirada, notó el finísimo camisón que ocultaba menos de lo que insinuaba. Pero hizo caso omiso del repentino deseo y la abrazó con sumo cuidado. La resistencia de Paula se fue desvaneciendo poco a poco y se relajó con su contacto. Esas eran las buenas noticias. Las malas, que empezó a llorar todavía más.
—No ocurre nada, cariño —insistió con voz suave—. No ocurre nada.
No sabía qué le pasaba, pero sí que preguntar en ese momento no sería una buena idea. Estaba demasiado alterada. Estuvo allí, sentado en la cama y abrazándola, durante un período que no habría sabido concretar. Tal vez fueron minutos, tal vez media hora. Cuando por fin se tranquilizó, Pedro casi se alegró de la situación porque le había dado la ocasión perfecta para abrazarla. Pero a pesar de ello, estaba dispuesto a no volver a tocarla si eso implicaba despertar los demonios que la perseguían. Fuera cual fuera su naturaleza, la reacción de Paula había sido tan fuerte que evidentemente sé trataba de algo grave. Sin embargo, sus sentidos lo traicionaron cuando, a pesar de sus buenas intenciones, notó sus suaves curvas apretadas contra él. Miró entonces sus labios, tan apetitosos, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo no sólo para controlar su deseosino también para que ella no lo notara. Deseaba besarla desde hacía años. Pero aquél no era el momento más oportuno para pensar en esas cosas. Por fin, ella se apartó un poco y dijo:
—Lo siento, Pedro.
—No hay nada que sentir. Me alegra haber estado aquí.
—Y a mí me alegra que estuvieras. La boca de Paula se encontraba ahora tan cerca de la de Pedro, que la tentación empezaba a ser demasiado fuerte. Lo cierto es que te necesito, Nate —continuó ella—. Necesito un amigo.
Pedro sintió que el corazón se le encogía. Necesitaba un amigo. Esas palabras significaban que además de no poder besarla en aquel momento, probablemente no podría hacerlo nunca. Por lo visto, la amistad era lo único que obtendría de ella. Y le pareció irónico que le hubiera gustado cuando era un estudiante tímido y con la cara marcada por la viruela, y que ahora, convertido en un atractivo y rico abogado, no le gustara tanto.
—Por supuesto —dijo él, intentando ocultar su decepción.
—Me siento cómoda contigo. Me parece que has tenido mala suerte —dijo ella, en tono irónico.
—Mi suerte nunca ha sido mejor.
Ella sonrió débilmente, alcanzó la bata que había dejado en una silla cercana y se la puso.
—Creo que ha llegado la hora de que te cuente lo que me pasó.
Al hablar, palideció de un modo tan repentino que Pedro se preocupó todavía más.
—No es preciso que lo hagas si eso te va a alterar más…
—No, no, necesito contártelo.
—Está bien, te escucho.
—Tuve un accidente. Me atropelló un conductor borracho.
Pedro no dijo nada. Dejó que siguiera hablando.
—Aquel día, mi agente me había llamado para informarme de que había conseguido el trabajo que estaba buscando, el que me convertiría definitivamente en una supermodelo. Una de las principales empresas de cosméticos quería que presentara toda su campaña —explicó—. Así que mis amigas quisieron que saliéramos juntas para celebrarlo.
—Oh, Pauli…
De repente, Pedro no sabía qué decir. Estaba acostumbrado a manipular las palabras a su antojo, a controlarlas ante las cámaras de televisión y en importantes casos penales, sin siquiera pestañear. Pero en lo tocante a Katie, era distinto.
—Cuando volvía a casa, el coche se me echó encima. Me destrozó una pierna y ya ves lo que hizo en mi cara... Llevaba mis gafas de sol y me corté con los cristales. Pasé semanas en el hospital, recuperándome de las heridas, y luego tuve que pasar por un larguísimo proceso de rehabilitación de la pierna, por no mencionar varias operaciones de cirugía estética en la cara. Pero no lograron dejarme como antes.
-Espero que el canalla que te atropelló arda en el infierno —dijo él, con voz dura como el acero.
—No sé si arderá en algún infierno, pero está en la cárcel.
—Me alegro —dijo él.
—Y pensar que mis padres siempre me decían que ser bella era lo mejor que me podía haber pasado… Afirmaban que la belleza me solucionaría la vida, mientras que la inteligencia no sirve para nada.
—Eso es ridículo. Además, tú eres la mujer más brillante e inteligente que conozco.
—No hace falta que digas eso. Conozco mis limitaciones. Y además, tenían razón… lo mejor que podía hacer era aprovechar las ventajas que me había concedido la naturaleza. Es decir, mi atractivo físico.
—Pero sigues siendo una mujer impresionante… —dijo, tomándola de la mano.
Ella movió la cabeza en gesto negativo.
—El cirujano hizo lo que pudo por eliminar la cicatríz, pero no tengo más remedio que asumir que nadie querrá contratar a una modelo con mi cara. Sin embargo, no creas que siento lástima de mí, ni mucho menos. Simplemente soy realista. Esto que ves es lo mejor que seré nunca.
Pedro se estremeció, emocionado. Aquella mujer le llegaba al alma. Y sentía la necesidad de alegrar su vida. Le acarició la mejilla y dijo:
—Pues esto que veo es una mujer tan bella como especial.
Entonces, antes de poder detenerse, se inclinó lentamente sobre Paula y la besó.
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