—En cualquier caso, sigues sin responder a mi pregunta. Todavía no sé lo que has pedido para comer.
—Menos mal que no eres abogado. No me gustaría tener que enfrentarme a tí en un juicio —comentó.
—Ni yo a tí. Tienes talento para evitar las respuestas.
—Veo que vas a seguir insistiendo, ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza.
—Claro. Tengo la impresión de que tienes algún motivo para no contármelo. Y siento curiosidad.
—Está bien… He comido pasta.
—Oh, no... podrías habérmelo dicho y habría pedido que nos subieran otra cosa. ¿Por qué no lo has hecho?
—Porque no quería que te sintieras mal —afirmó, tomándola de la mano como para tranquilizarla—. Además, la comida es irrelevante. Lo importante en una cena así es la compañía. Y tu compañía es la mejor que he tenido en… bueno, en más tiempo del que puedo recordar.
—A mí me ocurre lo mismo contigo —dijo con absoluta sinceridad—. Pero volviendo al asunto de Sandra Westport, ¿Has logrado convencerla para que abandone la investigación sobre el profesor?
—No. De hecho, voy a ayudarla a investigar.
—¿Cómo? ¿Vas a investigar al profesor? —preguntó con incredulidad.
Él negó con la cabeza.
—No exactamente. Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Ha conseguido un buen montón de información, no sé cómo, y resulta que investigar documentos es una de las ocupaciones habituales de un abogado. De modo que me he prestado voluntario a echarle una mano —explicó—. Pero como no espero encontrar nada, ella no conseguirá prueba alguna y quedará demostrada la inocencia del profesor.
—¿Puedo ayudarte?
Él sonrió.
—Oh, sí. Me encantaría gozar de tu compañía.
Cuando terminaron de cenar, Pedro llamó al servicio de habitaciones y el camarero retiró los platos y los cubiertos. Luego, fue a su habitación a buscar los documentos que le había dado Sandra y los esparció sobre la mesita de café, frente al sofá.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó ella.
Pedro tardó unos segundos en responder.
—Cualquier cosa relativa a diplomas y regalos en cualquier documento donde aparezca el nombre del profesor o de cualquiera de sus antiguos alumnos. Romina James me ha dado una lista…
—¿Romina?
—Es mi ayudante. Y por cierto, también estudió en Saunders.
—Tampoco me acuerdo de ella…
—Si no te acuerdas de nadie, supongo que no debería sentirme ofendido porque no te acuerdes de mí —bromeó él.
Ella sonrió.
—No, no te sientas ofendido. Hay mucha gente de la que no me acuerdo.
—Sea como sea, me temo que estos documentos contienen los nombres de docenas y docenas de alumnos. Va a ser un trabajo pesado.
—Pues pongámonos manos a la obra.
Horas más tarde, Paula se dirigió al cuarto de baño para lavarse la cara y refrescarse un poco. Tenía los ojos irritados de tanto escudriñar documentos. Cuando regresó al salón, vió que Pedro se había quedado dormido en el sofá y no supo qué hacer. ¿Despertarlo y mandarlo a su habitación, como si fuera un niño pequeño? Sin embargo, no era ningún niño. Lo observó con atención. Dormido parecía más joven. También notó dos pequeñas marcas en su cara, como si hubiera tenido varicela de joven. Eran tan leves que no había reparado en ellas hasta entonces, y sirvieron para recordarle que nadie era perfecto. De todas formas, era fascinante. Cuanto más tiempo pasaba con él, más facetas descubría y más le gustaba. Pero ése era precisamente el problema. Se sentía atraída por él. En ese momento, Pedro gimió en sueños y ella clavó la vista en sus labios y se preguntó qué se sentiría al besarlo. Aquello sí que era realmente nuevo. No había experimentado la tentación, un camino que le parecía ciertamente peligroso, en años. Sin embargo, no podía apartar la mirada. Tal vez, porque estaba dormido y no corría ningún peligro. Tal vez porque había algo en él que le resultaba tan familiar como agradable. Pero no conseguía recordar por mucho que lo intentara. Bostezó y comprendió que ella también estaba agotada. Le puso un cojín bajo la cabeza, con sumo cuidado para no despertarlo, y le colocó las piernas sobre el sofá para que estuviera más cómodo. Entonces se dijo que despertarlo no tenía ningún sentido. Era evidente que estaba tan cansado como ella. Y por otra parte, ¿qué había de malo en que se quedara durmiendo en el sofá?
Pedro despertó de un profundo sueño e intentó recordar dónde estaba. Al sentir una punzada en la espalda, comprendió que estaba en un sofá. Después, vió un jersey de mujer, de color rosa, doblado cuidadosamente sobre el respaldo de una silla. Paula. Bajó los pies al suelo y se sintió avergonzado al recordar que se había quedado dormido. No era la mejor forma de ganarse amigos, ni mucho menos de influir a la mujer en la que no lograba dejar de pensar. Justo entonces oyó un sonido extraño en el dormitorio, y acto seguido, un grito. La adrenalina llenó sus venas y se plantó junto a la cama de Paula como un rayo. Estaba gimiendo y se movía como si tuviera una pesadilla.
—Pauli... —dijo suavemente, mientras le tocaba el hombro para que comprendiera que no estaba sola.
—No —dijo ella, todavía dormida—. No…
—¿Pauli? Soy yo, Pedro…
No hubo más respuesta que otro gemido. Pedro no quería asustarla, pero ahora estaba seguro de que tenía una pesadilla y debía despertarla.
—Pauli, tranquila, no pasa nada.
viernes, 4 de agosto de 2017
miércoles, 2 de agosto de 2017
Reencuentro Inesperado: Capítulo 17
—Puedes intentarlo, pero te aseguro que discutir se me da muy bien. Vivo de ello. Investigo hechos, precedentes, casos, cualquier cosa que me pueda servir y luego los presento ante un juez y un jurado. Así que tengo bastante experiencia en esos asuntos —explicó—. Te lo advierto para que lo sepas, pero si a pesar de ello quieres discutir… adelante.
Ella rió y pensó que en las últimas veinticuatro horas se había reído más que durante los últimos diez años.
—Muy bien, abogado, tú ganas. Aunque supongo que estás acostumbrado a esa frase. Seguro que la escuchas todo el tiempo.
—Gracias, te tomas muy bien la derrota —se burló, mientras le ofrecía una silla para que se sentara a la mesa—. Y ahora, el festín nos aguarda, querida…
Paula había pedido comida para los dos. Como no sabía lo que le podía apetecer, había optado por algo seguro: una ensalada, pasta de segundo y pan de ajo.
—Espero que te guste —dijo ella.
Él sonrió.
—Tiene muy buen aspecto. Y estoy hambriento.
—Yo también.
Paula había dicho la verdad. Mientras era modelo, estaba obligada a guardar la línea y a cuidar mucho lo que comía; pero desde el accidente, eso había dejado de ser un problema. Aquella noche estaba efectivamente hambrienta. Era como si, poco a poco, Pedro la estuviera devolviendo a la vida. Y no estaba segura de que le gustara.
—¿Dónde has comido con Sandra?
—En un italiano cercano al campus.
—¿El sitio era bonito?
—Sí, mucho.
—¿Y la comida?
—Excelente. Pero no puedo decir que la compañía estuviera a la altura de las circunstancias —dijo, guiñándole un ojo.
—¿Qué has comido?
Él dudó antes de responder.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por darte conversación —dijo, mientras empezaba a comer—. Mmm... esto está tan bueno que no me extraña que me apetezca hablar de comida.
—Ah...
—Pero no has contestado a mi pregunta.
—No sé, pedí un plato italiano —explicó, sin entrar en detalles.
—No me digas. ¿Pediste un plato italiano en un restaurante italiano? Quién lo habría imaginado —bromeó.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Por supuesto.
—Vaya.
Ella frunció el ceño.
—¿Ocurre algo malo?
—No, nada, he pensado que tal vez estuvieras coqueteando conmigo.
—Bueno, supongo que hay una diferencia entre coquetear con alguien y tomarle el pelo… pero es obvio que te estaba tomando el pelo, porque yo no flirteo con nadie.
—¿Nunca? —preguntó, arqueando una ceja.
—Nunca.
Ella no mentía. Estaba empeñada en no llamar la atención de los hombres. Pero Pedro era más insistente que los demás.
—De todas formas, lo que para uno es tomar el pelo, para otro es coquetear — afirmó él.
—¿Siempre has sido de los que consideran que la botella está medio llena?
—No. Sólo me pasa contigo.
Ahora era más que evidente que Pedro sí estaba coqueteando con ella. Pero Paula no supo hacer otra cosa que ruborizarse, así que decidió que había llegado el momento de cambiar de conversación.
Ella rió y pensó que en las últimas veinticuatro horas se había reído más que durante los últimos diez años.
—Muy bien, abogado, tú ganas. Aunque supongo que estás acostumbrado a esa frase. Seguro que la escuchas todo el tiempo.
—Gracias, te tomas muy bien la derrota —se burló, mientras le ofrecía una silla para que se sentara a la mesa—. Y ahora, el festín nos aguarda, querida…
Paula había pedido comida para los dos. Como no sabía lo que le podía apetecer, había optado por algo seguro: una ensalada, pasta de segundo y pan de ajo.
—Espero que te guste —dijo ella.
Él sonrió.
—Tiene muy buen aspecto. Y estoy hambriento.
—Yo también.
Paula había dicho la verdad. Mientras era modelo, estaba obligada a guardar la línea y a cuidar mucho lo que comía; pero desde el accidente, eso había dejado de ser un problema. Aquella noche estaba efectivamente hambrienta. Era como si, poco a poco, Pedro la estuviera devolviendo a la vida. Y no estaba segura de que le gustara.
—¿Dónde has comido con Sandra?
—En un italiano cercano al campus.
—¿El sitio era bonito?
—Sí, mucho.
—¿Y la comida?
—Excelente. Pero no puedo decir que la compañía estuviera a la altura de las circunstancias —dijo, guiñándole un ojo.
—¿Qué has comido?
Él dudó antes de responder.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por darte conversación —dijo, mientras empezaba a comer—. Mmm... esto está tan bueno que no me extraña que me apetezca hablar de comida.
—Ah...
—Pero no has contestado a mi pregunta.
—No sé, pedí un plato italiano —explicó, sin entrar en detalles.
—No me digas. ¿Pediste un plato italiano en un restaurante italiano? Quién lo habría imaginado —bromeó.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Por supuesto.
—Vaya.
Ella frunció el ceño.
—¿Ocurre algo malo?
—No, nada, he pensado que tal vez estuvieras coqueteando conmigo.
—Bueno, supongo que hay una diferencia entre coquetear con alguien y tomarle el pelo… pero es obvio que te estaba tomando el pelo, porque yo no flirteo con nadie.
—¿Nunca? —preguntó, arqueando una ceja.
—Nunca.
Ella no mentía. Estaba empeñada en no llamar la atención de los hombres. Pero Pedro era más insistente que los demás.
—De todas formas, lo que para uno es tomar el pelo, para otro es coquetear — afirmó él.
—¿Siempre has sido de los que consideran que la botella está medio llena?
—No. Sólo me pasa contigo.
Ahora era más que evidente que Pedro sí estaba coqueteando con ella. Pero Paula no supo hacer otra cosa que ruborizarse, así que decidió que había llegado el momento de cambiar de conversación.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 16
Paula miró el reloj que estaba sobre la mesa mientras paseaba de un lado a otro, nerviosa. Faltaban pocos minutos para las siete y ella se sentía como Alicia en el país de las maravillas. O peor aún, como el conejo que siempre llegaba tarde a todo. A la vida, por ejemplo. La habitación del hotel era bastante agradable, pero no era su casa y estaba ansiosa de volver a California, aunque no precisamente porque echara de menos los terremotos. Tenía que buscarse un trabajo, pero antes debía encontrar la forma de ayudar al profesor. Al fin y al cabo, no podía permanecer indefinidamente en aquel hotel. Una vez más, se preguntó qué diablos le había pasado para aceptar no sólo cenar con Pedro, sino cenar en su habitación. No había salido con nadie desde su época en la universidad y tenía miedo de encontrarse a solas con un hombre. Pero a pesar de ello, lo había invitado a cenar en su habitación. Cualquier otra mujer de similar timidez habría preferido verlo en un local público; sin embargo, su cicatriz se lo había impedido. Si había conseguido disuadirla para que hiciera algo así, debía de ser un gran abogado. Por fortuna, había pedido que le subieran la cena hacia las siete y cuarto para que no se quedara fría si Pedro llegaba tarde, y eso también significaba que sólo estaría un rato a solas con él antes de que apareciera el camarero. En realidad, ni siquiera entendía que de repente la preocupara tanto una simple cena. No era como si mantuviera una relación con Pedro ni nada por el estilo; de hecho, en su vida no había sitio para nadie. Pero por alguna razón que no podía explicar, confiaba más en él que en cualquiera de las personas que había conocido durante los últimos diez años. Cuando oyó que llamaban a la puerta, sintió un vacío en el estómago y un nudo en la garganta. Respiró profundamente, intentó tranquilizarse y se inclinó sobre la mirilla de la puerta. Era Pedro.
—Hola.
Él sonrió de un modo devastadoramente atractivo.
—Hola, Pauli.
Pedro era el único que la llamaba de aquel modo, y a ella le gustaba. Le parecía algo especial, algo cálido.
—Adelante.
—Gracias...
Pedro le dió una bolsa que parecía contener una botella.
—¿Qué es esto? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Agua con gas. No tenían en el hotel, así que la he comprado en la tienda de enfrente respondió—. Por eso llego un poco tarde.
Paula se sintió avergonzada. En primer lugar, había pensado que sería una botella de vino o de algún otro tipo de alcohol. Y en segundo lugar, había pensado que una botella de vino implicaba necesariamente que tenía intención de emborracharla para seducirla. Pero sólo era agua. Agua con gas.
—Gracias, eres muy amable —dijo ella, haciéndose cargo de la botella—. La cena no ha llegado todavía, aunque supongo que lo hará enseguida.
Él echó un vistazo a su alrededor.
—Es una habitación muy agradable…
—Sí, aunque el servicio de habitaciones no es tan bueno.
—De todas formas, quién puede pensar en comida cuando está en compañía de una mujer tan bella…
Pedro sólo intentaba ser amable y ella lo sabía, pero el cumplido le encantó. Aquel hombre había conseguido que se sintiera bella por primera vez en mucho tiempo. Un par de segundos después volvieron a llamar a la puerta. Esta vez fue Pedro quien abrió.
—Es el servicio de habitaciones —dijo Pedro antes de abrir—. Adelante, pase… deje la comida sobre la mesa.
Ella se apartó y dejó que el camarero lo organizara todo. Cuando el joven terminó su cometido, sacó la factura para que la firmaran. Paula quiso hacerlo, pero Pedro se adelantó.
—No, por favor, permíteme que invite yo —dijo.
Acto seguido, miró la pequeña placa que llevaba el camarero en la camisa, donde se leía su nombre, y añadió:
—Esteban, asegúrate de que carguen la factura a mi habitación.
—Por supuesto, señor.
—Pedro, preferiría pagar yo…
—No sería justo. Lo de la cena ha sido idea mía —explicó, mientras el camarero se marchaba—. Quería cenar contigo para tener ocasión de pasar más tiempo a tu lado. Pero además, pretendía que te divirtieras. De modo que es cosa mía, pero los dos salimos ganando… Una maravillosa costumbre que se conoce con el nombre de compromiso.
Ella lo miró con una sonrisa.
—Supongo que no conseguiría convencerte de lo contrario…
Los ojos de Pedro brillaron.
—Hola.
Él sonrió de un modo devastadoramente atractivo.
—Hola, Pauli.
Pedro era el único que la llamaba de aquel modo, y a ella le gustaba. Le parecía algo especial, algo cálido.
—Adelante.
—Gracias...
Pedro le dió una bolsa que parecía contener una botella.
—¿Qué es esto? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Agua con gas. No tenían en el hotel, así que la he comprado en la tienda de enfrente respondió—. Por eso llego un poco tarde.
Paula se sintió avergonzada. En primer lugar, había pensado que sería una botella de vino o de algún otro tipo de alcohol. Y en segundo lugar, había pensado que una botella de vino implicaba necesariamente que tenía intención de emborracharla para seducirla. Pero sólo era agua. Agua con gas.
—Gracias, eres muy amable —dijo ella, haciéndose cargo de la botella—. La cena no ha llegado todavía, aunque supongo que lo hará enseguida.
Él echó un vistazo a su alrededor.
—Es una habitación muy agradable…
—Sí, aunque el servicio de habitaciones no es tan bueno.
—De todas formas, quién puede pensar en comida cuando está en compañía de una mujer tan bella…
Pedro sólo intentaba ser amable y ella lo sabía, pero el cumplido le encantó. Aquel hombre había conseguido que se sintiera bella por primera vez en mucho tiempo. Un par de segundos después volvieron a llamar a la puerta. Esta vez fue Pedro quien abrió.
—Es el servicio de habitaciones —dijo Pedro antes de abrir—. Adelante, pase… deje la comida sobre la mesa.
Ella se apartó y dejó que el camarero lo organizara todo. Cuando el joven terminó su cometido, sacó la factura para que la firmaran. Paula quiso hacerlo, pero Pedro se adelantó.
—No, por favor, permíteme que invite yo —dijo.
Acto seguido, miró la pequeña placa que llevaba el camarero en la camisa, donde se leía su nombre, y añadió:
—Esteban, asegúrate de que carguen la factura a mi habitación.
—Por supuesto, señor.
—Pedro, preferiría pagar yo…
—No sería justo. Lo de la cena ha sido idea mía —explicó, mientras el camarero se marchaba—. Quería cenar contigo para tener ocasión de pasar más tiempo a tu lado. Pero además, pretendía que te divirtieras. De modo que es cosa mía, pero los dos salimos ganando… Una maravillosa costumbre que se conoce con el nombre de compromiso.
Ella lo miró con una sonrisa.
—Supongo que no conseguiría convencerte de lo contrario…
Los ojos de Pedro brillaron.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 15
—¿Y qué pasó?
—Que ella se negó. Por cierto, Romina James me ha comentado que la ha visto aquí, en Saunders...
—Lo sé. Resulta que Romina es mi ayudante.
—Por lo visto, el mundo es un pañuelo…
—Y que lo digas. ¿Pero se puede saber qué te dijo Paula?
—No llegué a hablar con ella, sino con su agente. Me dijo que ahora no trabaja y que lleva un pañuelo que le cubre toda la cara.
—Por no mencionar sus gigantescas gafas de sol.
—Su agente no dijo nada de eso. Y en cuanto a Romina, me comentó que el viento le había levantado el pañuelo lo suficiente como para que pudiera ver que tenía algo raro en la cara —dijo.
—Eso explica entonces por qué rechazó tu petición.
—No, no explica nada. Su agente me dijo que la había rechazado sin conocer siquiera los detalles. Así que ni siquiera pudimos desarrollar nuestra idea… Yo diría que esa mujer se ha convertido en toda una esnob.
—Para ser alguien que afirma adorar la verdad por encima de todas las cosas, sacas demasiadas conclusiones precipitadas.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Cómo?
Él se inclinó hacia delante y puso las manos sobre la mesa.
—Hay mil razones por las que podría haber rechazado tu propuesta.
—¿Como por ejemplo...?
—Que esté fuera del país, que no le gusten los deportes, que esté ocupada con otros muchos proyectos filantrópicos…
—¿Sabes lo que creo que te pasa?
—Que estás sufriendo una típica reacción masculina ante una mujer increíblemente bella —declaró Sandra.
—Te equivocas, pero te diré que casualmente me encontré con Paula. Y me consta que tuvo una buena razón para rechazar tu propuesta.
—¿Y cuál es esa razón?
—Me temo que no puedo decírtelo.
—Ahora has conseguido despertar mi curiosidad de periodista.
—Lo sé, lo sé —dijo, acostumbrado como estaba a tratar con periodistas—. Sólo puedo decirte que Paula no se encuentra en su mejor época y que necesita tiempo para recuperarse. Dale un respiro.
Pedro decidió insistir un poco en asunto. No quería que dejara el asunto del profesor para pasar a investigar a Paula.
—Mira, Sandra, he venido para intentar convencerte de que dejes la investigación sobre el profesor Harrison. El sólo quería ayudar a los alumnos. Y no creo que un trabajo tan bueno y digno como el suyo merezca una persecución.
—El daño ya está hecho. Hay muchos estudiantes que recibieron diplomas que no merecían. ¿Pero qué hay de la justicia?
Él la miró con detenimiento.
—No podré convencerte, ¿Verdad?
—No.
—Está bien. Entonces, deja que te ayude.
—¿Por qué? —preguntó con desconfianza.
—Para poder demostrarte que te equivocas con él, que no hizo nada incorrecto.
—Muy bien, como quieras —dijo, asintiendo—. Tengo toneladas de documentos por estudiar. Como abogado, supongo que estarás acostumbrado a esas cosas.
—Me temo que sí. Me encanta buscar agujas en un pajar.
—Entonces te daré un buen montón para empezar. Pero si actuó de forma incorrecta, tendrá que pagar por ello, Pedro…
—¿Aunque fuera por una buena razón?
—Incluso así.
La pasta le sentó como un tiro a Pedro. Sandra era una mujer exageradamente estricta, pero a pesar de ello, sus comentarios sobre el profesor habían conseguido que se sintiera culpable con su propia profesión como abogado. Desde luego, no era el hombre con el que había soñado su abuela. Y él tampoco se sentía particularmente orgulloso de su vida. Durante mucho tiempo, eso no le había importado. Pero ya no importaba. Y todo, por Paula Chaves.
—Que ella se negó. Por cierto, Romina James me ha comentado que la ha visto aquí, en Saunders...
—Lo sé. Resulta que Romina es mi ayudante.
—Por lo visto, el mundo es un pañuelo…
—Y que lo digas. ¿Pero se puede saber qué te dijo Paula?
—No llegué a hablar con ella, sino con su agente. Me dijo que ahora no trabaja y que lleva un pañuelo que le cubre toda la cara.
—Por no mencionar sus gigantescas gafas de sol.
—Su agente no dijo nada de eso. Y en cuanto a Romina, me comentó que el viento le había levantado el pañuelo lo suficiente como para que pudiera ver que tenía algo raro en la cara —dijo.
—Eso explica entonces por qué rechazó tu petición.
—No, no explica nada. Su agente me dijo que la había rechazado sin conocer siquiera los detalles. Así que ni siquiera pudimos desarrollar nuestra idea… Yo diría que esa mujer se ha convertido en toda una esnob.
—Para ser alguien que afirma adorar la verdad por encima de todas las cosas, sacas demasiadas conclusiones precipitadas.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Cómo?
Él se inclinó hacia delante y puso las manos sobre la mesa.
—Hay mil razones por las que podría haber rechazado tu propuesta.
—¿Como por ejemplo...?
—Que esté fuera del país, que no le gusten los deportes, que esté ocupada con otros muchos proyectos filantrópicos…
—¿Sabes lo que creo que te pasa?
—Que estás sufriendo una típica reacción masculina ante una mujer increíblemente bella —declaró Sandra.
—Te equivocas, pero te diré que casualmente me encontré con Paula. Y me consta que tuvo una buena razón para rechazar tu propuesta.
—¿Y cuál es esa razón?
—Me temo que no puedo decírtelo.
—Ahora has conseguido despertar mi curiosidad de periodista.
—Lo sé, lo sé —dijo, acostumbrado como estaba a tratar con periodistas—. Sólo puedo decirte que Paula no se encuentra en su mejor época y que necesita tiempo para recuperarse. Dale un respiro.
Pedro decidió insistir un poco en asunto. No quería que dejara el asunto del profesor para pasar a investigar a Paula.
—Mira, Sandra, he venido para intentar convencerte de que dejes la investigación sobre el profesor Harrison. El sólo quería ayudar a los alumnos. Y no creo que un trabajo tan bueno y digno como el suyo merezca una persecución.
—El daño ya está hecho. Hay muchos estudiantes que recibieron diplomas que no merecían. ¿Pero qué hay de la justicia?
Él la miró con detenimiento.
—No podré convencerte, ¿Verdad?
—No.
—Está bien. Entonces, deja que te ayude.
—¿Por qué? —preguntó con desconfianza.
—Para poder demostrarte que te equivocas con él, que no hizo nada incorrecto.
—Muy bien, como quieras —dijo, asintiendo—. Tengo toneladas de documentos por estudiar. Como abogado, supongo que estarás acostumbrado a esas cosas.
—Me temo que sí. Me encanta buscar agujas en un pajar.
—Entonces te daré un buen montón para empezar. Pero si actuó de forma incorrecta, tendrá que pagar por ello, Pedro…
—¿Aunque fuera por una buena razón?
—Incluso así.
La pasta le sentó como un tiro a Pedro. Sandra era una mujer exageradamente estricta, pero a pesar de ello, sus comentarios sobre el profesor habían conseguido que se sintiera culpable con su propia profesión como abogado. Desde luego, no era el hombre con el que había soñado su abuela. Y él tampoco se sentía particularmente orgulloso de su vida. Durante mucho tiempo, eso no le había importado. Pero ya no importaba. Y todo, por Paula Chaves.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 14
—He estado escarbando un poco y…
—Por lo que he oído, el agujero ya llega a China —bromeó.
Ella sonrió.
—Muy gracioso. Pero el asunto es que he encontrado un extraño patrón en el comportamiento del profesor.
En ese momento llegó la camarera y les sirvió la comida. En cuanto se quedaron nuevamente a solas, Pedro la miró y preguntó:
—¿Qué tipo de patrón?
—Déjame que empiece con mi marido. David es un gran atleta y un hombre muy inteligente que…
—Ya veo que no tienes prejuicios —bromeó, notando lo mucho que amaba a su esposo.
Ella volvió a sonreír.
—Oh, no, ningún prejuicio. A mí sólo me interesan los hechos. Y el hecho es que amo apasionadamente a David.
—Te envidio.
—No intentes cambiar el rumbo de la conversación.
—Está bien… me estabas diciendo que David es un científico de primer nivel.
Sandra rió.
—Oh, no, no lo es. Pero a pesar de ser muy inteligente, en la universidad estaba más interesado en los deportes que en aprender. Y nadie se sorprendió más que él mismo cuando por fin consiguió terminar la carrera. Se suponía que no tenía nota suficiente, pero lo logró de algún modo.
—¿Cómo lo hizo?
—Ahí está lo interesante del asunto. Fue cortesía de un misterioso benefactor.
Pedro pensó que el profesor había mencionado a ese personaje.
—¿Sabes quién es ese benefactor?
—Eso es lo que intento averiguar. He estado investigando en los archivos de la universidad y he encontrado más irregularidades.
—¿Y eso qué tiene que ver con el profesor?
Ella frunció el ceño.
—Aún no tengo nada sólido, ninguna prueba definitiva. Pero en todos los casos extraños hay un común denominador: el alumno beneficiado tenía como tutor al profesor Gerardo Harrison —afirmó.
—Eso no es ninguna prueba. Es coincidencia, algo puramente circunstancial.
—Es verdad. Sin embargo, el profesor es el común denominador, como decía. Está relacionado con el benefactor misterioso.
—No lo entiendo, Sandra… Alguien hace algo bueno, como una especie de Llanero Solitario, y tú intentas tirarlo de lo alto de un árbol.
—Hacer lo incorrecto nunca está justificado, aunque sea por una buena razón. Existen ciertas normas y hay que seguirlas. Como abogado, me sorprende que justifiques una cosa así…
Pedro pensó que Sandra no lo conocía.
—Como abogado, sé que las cosas no son siempre blancas o negras. Hay muchas zonas grises. Precisamente por eso existen los jueces.
Ella dejó el tenedor en el plato y lo miró con intensidad.
—Mmmm…
—¿Qué ocurre?
—Que me recuerdas a alguien. Sé que nos conocimos en la universidad, pero tengo la sensación de que…
—Bueno, tal vez te recuerde a otra persona. Dicen que todos tenemos un doble.
—Sí, eso he oído.
Él pensó que había llegado el momento de cambiar de conversación, así que la derivó hacia uno de sus temas preferidos: Paula.
—¿Te acuerdas de Paula Chaves?
Ella frunció el ceño.
—¿Que si me acuerdo? Claro, fue la reina de la facultad... Toda una modelo de camino al estrellato. Sí, me acuerdo de ella.
—Sin embargo, has fruncido el ceño como si no te gustara.
—Bueno, sucede que David y yo decidimos abrir un campamento para niños con problemas.
—Vaya...
—David se sentía culpable por haber obtenido un diploma que no merecía, así que se nos ocurrió la idea del campamento como forma de utilizar su fuerza y su talento para ayudar a los niños y pagar de algún modo por el regalo que había recibido en su juventud.
—Una gran idea…
Ella sonrió.
—Sí, eso nos pareció.
—¿Pero?
—Necesitábamos dinero para abrir el campamento y pensamos en Paula Chaves, puesto que a fin de cuentas nos conocíamos de la universidad —explicó Sandra—. Así que me puse en contacto con su agente, para ver si ella podía ayudarnos con las donaciones.
—Por lo que he oído, el agujero ya llega a China —bromeó.
Ella sonrió.
—Muy gracioso. Pero el asunto es que he encontrado un extraño patrón en el comportamiento del profesor.
En ese momento llegó la camarera y les sirvió la comida. En cuanto se quedaron nuevamente a solas, Pedro la miró y preguntó:
—¿Qué tipo de patrón?
—Déjame que empiece con mi marido. David es un gran atleta y un hombre muy inteligente que…
—Ya veo que no tienes prejuicios —bromeó, notando lo mucho que amaba a su esposo.
Ella volvió a sonreír.
—Oh, no, ningún prejuicio. A mí sólo me interesan los hechos. Y el hecho es que amo apasionadamente a David.
—Te envidio.
—No intentes cambiar el rumbo de la conversación.
—Está bien… me estabas diciendo que David es un científico de primer nivel.
Sandra rió.
—Oh, no, no lo es. Pero a pesar de ser muy inteligente, en la universidad estaba más interesado en los deportes que en aprender. Y nadie se sorprendió más que él mismo cuando por fin consiguió terminar la carrera. Se suponía que no tenía nota suficiente, pero lo logró de algún modo.
—¿Cómo lo hizo?
—Ahí está lo interesante del asunto. Fue cortesía de un misterioso benefactor.
Pedro pensó que el profesor había mencionado a ese personaje.
—¿Sabes quién es ese benefactor?
—Eso es lo que intento averiguar. He estado investigando en los archivos de la universidad y he encontrado más irregularidades.
—¿Y eso qué tiene que ver con el profesor?
Ella frunció el ceño.
—Aún no tengo nada sólido, ninguna prueba definitiva. Pero en todos los casos extraños hay un común denominador: el alumno beneficiado tenía como tutor al profesor Gerardo Harrison —afirmó.
—Eso no es ninguna prueba. Es coincidencia, algo puramente circunstancial.
—Es verdad. Sin embargo, el profesor es el común denominador, como decía. Está relacionado con el benefactor misterioso.
—No lo entiendo, Sandra… Alguien hace algo bueno, como una especie de Llanero Solitario, y tú intentas tirarlo de lo alto de un árbol.
—Hacer lo incorrecto nunca está justificado, aunque sea por una buena razón. Existen ciertas normas y hay que seguirlas. Como abogado, me sorprende que justifiques una cosa así…
Pedro pensó que Sandra no lo conocía.
—Como abogado, sé que las cosas no son siempre blancas o negras. Hay muchas zonas grises. Precisamente por eso existen los jueces.
Ella dejó el tenedor en el plato y lo miró con intensidad.
—Mmmm…
—¿Qué ocurre?
—Que me recuerdas a alguien. Sé que nos conocimos en la universidad, pero tengo la sensación de que…
—Bueno, tal vez te recuerde a otra persona. Dicen que todos tenemos un doble.
—Sí, eso he oído.
Él pensó que había llegado el momento de cambiar de conversación, así que la derivó hacia uno de sus temas preferidos: Paula.
—¿Te acuerdas de Paula Chaves?
Ella frunció el ceño.
—¿Que si me acuerdo? Claro, fue la reina de la facultad... Toda una modelo de camino al estrellato. Sí, me acuerdo de ella.
—Sin embargo, has fruncido el ceño como si no te gustara.
—Bueno, sucede que David y yo decidimos abrir un campamento para niños con problemas.
—Vaya...
—David se sentía culpable por haber obtenido un diploma que no merecía, así que se nos ocurrió la idea del campamento como forma de utilizar su fuerza y su talento para ayudar a los niños y pagar de algún modo por el regalo que había recibido en su juventud.
—Una gran idea…
Ella sonrió.
—Sí, eso nos pareció.
—¿Pero?
—Necesitábamos dinero para abrir el campamento y pensamos en Paula Chaves, puesto que a fin de cuentas nos conocíamos de la universidad —explicó Sandra—. Así que me puse en contacto con su agente, para ver si ella podía ayudarnos con las donaciones.
Reencuentro Inesperado: Capítulo 13
Intentó concentrarse en el problema que tenía por delante, se acercó a ella y estrechó su mano amigablemente.
—¿Sandra? Soy Pedro Alfonso.
La mujer lo miró con evidente apreciación.
—¿Pedro Alfonso? Tú fuiste el que me prestó aquella vez su pañuelo...
—Sí, es verdad, cuando estabas llorando. Pero espero que las cosas te vayan mejor ahora.
—Alfonso. Vaya, así que ése era tu apellido... Te conocía como Pedro A. , así que te llamaba por la inicial.
—Bueno, la verdad es que da igual. Pero gracias por haber aceptado reunirte conmigo.
—Por fortuna es viernes. Los únicos otros días que vengo a la universidad son los lunes y los miércoles.
Pedro pensó que tenía ocasiones de sobra para complicarle la vida al profesor Gerardo, a menos de que pudiera convencerla de lo contrario.
—¿Ya has pedido?
Ella negó con la cabeza.
—No, todavía no. Pero sé que la comida es muy buena en este lugar. David y yo hemos venido alguna vez... te recomiendo la pasta primavera. A no ser, claro está, que todo un hombre como tú prefiera su ración diaria de carne cruda.
Pedro se preguntó si Sandra estaría al tanto del trabajo al que se dedicaba, pero como no hizo ninguna mención al respecto, él tampoco lo mencionó. Además, lo alegraba observar que a pesar de acordarse de él, no lo asociaba con aquel chico del que todos se burlaban.
—Acepto tu sugerencia —dijo él.
Pidieron los platos y Pedro preguntó:
—¿Qué tal te va con David?
Ella sonrió. Parecía radiante.
—No podría irnos mejor.
—Háblame un poco de ustedes…
—Bueno, tenemos una familia. Gemelos. Por desgracia, Sofía ha heredado mi pelo rizado. Pero Joaquín es tan afortunado que tiene el mismo pelo negro de su padre.
—Gemelos... debe de ser todo un reto.
—Lo es, pero me encanta. Compaginar mi empleo en el periódico con la maternidad me llevó cierto tiempo, aunque David y yo nos dividimos el trabajo de la casa y con los niños. Además, mi marido les ha pasado sus genes de deportista y ahora están encantados con el ping-pong.
—¿Cómo?
Ella rió.
—Es que les gusta tanto jugar al ping-pong y lo hacen tan bien, que han formado equipo y están compitiendo.
—Vaya... Por lo visto, hasta tus hijos tienen éxito.
—No lo puedo negar. Incluso la pequeña tienda de comestibles que tenemos al norte de Boston funciona a las mil maravillas —comentó—. Pero creo que ya he hablado bastante sobre mí. ¿Qué me dices de tu vida?
—Soy abogado. De hecho, mi despacho no está lejos de tu tienda.
—Abogado, ¿eh? —comentó, mirándolo con detenimiento.
Él se puso en tensión. Esperaba el momento en que lo reconociera de alguna rueda de prensa o de algún artículo en los periódicos. Pero no dijo nada y se relajó.
—Sí, en efecto.
—¿Y siempre quisiste ser abogado?
Él asintió y se relajó un poco más.
—¿Y te gusta lo que haces? —continuó preguntando.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
Ella sonrió.
—Es una manía de periodista.
—¿Y tu vendetta contra el profesor Harrison también es una manía de periodista?
—Un reportero tiene la responsabilidad de buscar siempre la verdad.
—¿Sin pararse a pensar en quién puede resultar herido?
Sandra suspiró.
—Yo creo que es como ir al médico. A veces duele, pero a largo plazo, saber lo que pasa es lo mejor.
—No estoy de acuerdo contigo, pero… ¿Qué tienes contra el profesor?
Sandra frunció el ceño y se echó hacia delante.
—¿Es una pregunta general? ¿O realmente te interesan mis motivos?
—Las dos cosas a la vez.
—Sólo pretendo averiguar la verdad.
—¿Aunque le cueste el trabajo que tanto ama? ¿Aunque pierda lo único que tiene desde que murió su esposa?
—Mira, hay algo extraño en él, Pedro.
—Define eso de extraño…
—¿Sandra? Soy Pedro Alfonso.
La mujer lo miró con evidente apreciación.
—¿Pedro Alfonso? Tú fuiste el que me prestó aquella vez su pañuelo...
—Sí, es verdad, cuando estabas llorando. Pero espero que las cosas te vayan mejor ahora.
—Alfonso. Vaya, así que ése era tu apellido... Te conocía como Pedro A. , así que te llamaba por la inicial.
—Bueno, la verdad es que da igual. Pero gracias por haber aceptado reunirte conmigo.
—Por fortuna es viernes. Los únicos otros días que vengo a la universidad son los lunes y los miércoles.
Pedro pensó que tenía ocasiones de sobra para complicarle la vida al profesor Gerardo, a menos de que pudiera convencerla de lo contrario.
—¿Ya has pedido?
Ella negó con la cabeza.
—No, todavía no. Pero sé que la comida es muy buena en este lugar. David y yo hemos venido alguna vez... te recomiendo la pasta primavera. A no ser, claro está, que todo un hombre como tú prefiera su ración diaria de carne cruda.
Pedro se preguntó si Sandra estaría al tanto del trabajo al que se dedicaba, pero como no hizo ninguna mención al respecto, él tampoco lo mencionó. Además, lo alegraba observar que a pesar de acordarse de él, no lo asociaba con aquel chico del que todos se burlaban.
—Acepto tu sugerencia —dijo él.
Pidieron los platos y Pedro preguntó:
—¿Qué tal te va con David?
Ella sonrió. Parecía radiante.
—No podría irnos mejor.
—Háblame un poco de ustedes…
—Bueno, tenemos una familia. Gemelos. Por desgracia, Sofía ha heredado mi pelo rizado. Pero Joaquín es tan afortunado que tiene el mismo pelo negro de su padre.
—Gemelos... debe de ser todo un reto.
—Lo es, pero me encanta. Compaginar mi empleo en el periódico con la maternidad me llevó cierto tiempo, aunque David y yo nos dividimos el trabajo de la casa y con los niños. Además, mi marido les ha pasado sus genes de deportista y ahora están encantados con el ping-pong.
—¿Cómo?
Ella rió.
—Es que les gusta tanto jugar al ping-pong y lo hacen tan bien, que han formado equipo y están compitiendo.
—Vaya... Por lo visto, hasta tus hijos tienen éxito.
—No lo puedo negar. Incluso la pequeña tienda de comestibles que tenemos al norte de Boston funciona a las mil maravillas —comentó—. Pero creo que ya he hablado bastante sobre mí. ¿Qué me dices de tu vida?
—Soy abogado. De hecho, mi despacho no está lejos de tu tienda.
—Abogado, ¿eh? —comentó, mirándolo con detenimiento.
Él se puso en tensión. Esperaba el momento en que lo reconociera de alguna rueda de prensa o de algún artículo en los periódicos. Pero no dijo nada y se relajó.
—Sí, en efecto.
—¿Y siempre quisiste ser abogado?
Él asintió y se relajó un poco más.
—¿Y te gusta lo que haces? —continuó preguntando.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
Ella sonrió.
—Es una manía de periodista.
—¿Y tu vendetta contra el profesor Harrison también es una manía de periodista?
—Un reportero tiene la responsabilidad de buscar siempre la verdad.
—¿Sin pararse a pensar en quién puede resultar herido?
Sandra suspiró.
—Yo creo que es como ir al médico. A veces duele, pero a largo plazo, saber lo que pasa es lo mejor.
—No estoy de acuerdo contigo, pero… ¿Qué tienes contra el profesor?
Sandra frunció el ceño y se echó hacia delante.
—¿Es una pregunta general? ¿O realmente te interesan mis motivos?
—Las dos cosas a la vez.
—Sólo pretendo averiguar la verdad.
—¿Aunque le cueste el trabajo que tanto ama? ¿Aunque pierda lo único que tiene desde que murió su esposa?
—Mira, hay algo extraño en él, Pedro.
—Define eso de extraño…
domingo, 30 de julio de 2017
Reencuentro Inesperado: Capítulo 12
—Con tu postura, no hay diferencia entre las dos palabras.
—Oh, por Dios…
—No, por Dios no, por mí.
La sinceridad y la insistencia de Pedro empezaban a ablandar el caparazón de Paula. La asombraba que un hombre tan atractivo se tomara la molestia de discutir con ella, de jugar con ella, de darle vueltas y vueltas a la conversación con tal de animarla. Pero al mismo tiempo, su cálida presencia había desertado el profundo sentimiento de soledad que albergaba en su interior. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo sola que se había sentido desde el accidente. Él estaba allí, ante ella, y su personalidad era tan fuerte que no se podía resistir. Sin embargo, pensaba que dejar de resistir era el primer paso hacia el desastre. Si cometía el error de permitir que se acercara demasiado, la fealdad de su pasado volvería a la superficie. Y había luchado demasiado por enterrarla.
—Sólo intento decir que no puedes permanecer indefinidamente en el arcén de la carretera, mirando —dijo él, pasándose una mano por el cabello—. Más tarde o más temprano, te atropellarán.
Esta vez, Paula no pudo evitar una sonrisa.
—No me digas más. Has hecho un cursillo de técnicas de motivación.
Él sonrió.
—Me has pillado.
—Lo sabía.
Paula sintió un hormigueo en el estómago. Su juvenil expresión, combinada con su cara perfecta, su perseverancia y su humor, resultaba una combinación mortal.
—Bueno, sólo soy un abogado muy trabajador que está interesado en que salgas conmigo —puntualizó.
—No sé, Pedro…
—Yo sí lo sé. Y aunque no lo creas, te aseguro que no estoy dispuesto a admitir una negativa. Sin embargo, espero que recapacites.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo ir a comer contigo y con Sandra.
—¿Y si fuera sólo conmigo?
—¿Cómo? Pensaba que tenías que hablar con ella para intentar solucionar el problema del profesor…
—Claro, pero podría comer con ella, quitármela de encima a lo largo de la tarde y cenar finalmente contigo. ¿Qué te parece?
Paula saboreó el monosílabo «no» en la boca, pero jamás llegó a pronunciarlo. De repente, había dejado de entender su sentido.
—Está bien, cenemos. Pero Pedro, ¿No podríamos…?
—Por supuesto que podemos. Si no quieres que vayamos a un restaurante, pide algo de comer al servicio de habitaciones. ¿Te parece que quedemos a las siete?
Ella asintió.
—¿A las siete? De acuerdo.
Cuando él se marchó, ella cerró y se apoyó en la puerta. Se sentía muy agradecida. Pedro respetaba su intimidad y parecía saber cómo tratarla, pero desconocía qué parte de sus dudas se debían a la terrible experiencia que había tenido aquella noche en la universidad. Al final, estaba segura de que conseguiría derribar sus defensas. Sólo esperaba no tener que arrepentirse, aunque por alguna razón, por algo que apenas intuía, también sabía que podía confiar en él. No necesitó mirarse a un espejo para saber que sonreía de oreja a oreja. Sus defensas se habían derrumbado. Por primera vez en mucho tiempo, estaba deseando pasar una larga velada con un hombre tan atractivo como encantador.
Pedro estaba deseando que llegaran las siete para ver a Paula. Tan concentrado estaba en la perspectiva que a punto estuvo de pasar de largo frente al restaurante italiano donde se había citado con Sandra Westport. Había supuesto que localizar el número de teléfono de la periodista resultaría bastante difícil, pero finalmente lo había conseguido gracias a su ayudante en el bufete, Romina James. Le había dado unos días para que intentara encontrar a un antiguo alumno que tal vez ayudara a impedir que el profesor perdiera su empleo, y en la búsqueda, Romina también había conseguido el número de la mujer. Estacionó en la calle y entró en el local. El olor a ajo y a especias consiguió que la boca se le hiciera agua. A fin de cuentas, no había desayunado. Se dirigió a una de las camareras, le explicó que se había citado allí y la mujer lo llevó a una mesa del patio exterior. Sandra Westport ya lo estaba esperando. La reconoció de inmediato. La había visto mientras hacía averiguaciones en la universidad y sus caminos se habían cruzado varias veces en las últimas semanas, aunque afortunadamente ella no se había dado cuenta de que se habían conocido durante sus años de estudiantes. En cambio, él la recordaba muy bien. Cómo olvidar a la preciosa rubia de ojos azules, animadora de los equipos universitarios, que se pasaba la vida en el colegio mayor con el que entonces era su novio, David Westport. Se preguntó si tendría muchos recuerdos de aquella época y si recordaría que él había interceptado las cámaras del sistema de seguridad para que grabaran en los dormitorios. Pero en ese momento estaba más preocupado por el asunto del profesor y por la forma de ayudarlo. Sin embargo, no dejaba de pensar que un individuo como él, que había renunciado a sus sueños de juventud y ahora se dedicaba a defender a cualquiera que pudiera pagar sus enormes honorarios, no era la persona más adecuada.
—Oh, por Dios…
—No, por Dios no, por mí.
La sinceridad y la insistencia de Pedro empezaban a ablandar el caparazón de Paula. La asombraba que un hombre tan atractivo se tomara la molestia de discutir con ella, de jugar con ella, de darle vueltas y vueltas a la conversación con tal de animarla. Pero al mismo tiempo, su cálida presencia había desertado el profundo sentimiento de soledad que albergaba en su interior. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo sola que se había sentido desde el accidente. Él estaba allí, ante ella, y su personalidad era tan fuerte que no se podía resistir. Sin embargo, pensaba que dejar de resistir era el primer paso hacia el desastre. Si cometía el error de permitir que se acercara demasiado, la fealdad de su pasado volvería a la superficie. Y había luchado demasiado por enterrarla.
—Sólo intento decir que no puedes permanecer indefinidamente en el arcén de la carretera, mirando —dijo él, pasándose una mano por el cabello—. Más tarde o más temprano, te atropellarán.
Esta vez, Paula no pudo evitar una sonrisa.
—No me digas más. Has hecho un cursillo de técnicas de motivación.
Él sonrió.
—Me has pillado.
—Lo sabía.
Paula sintió un hormigueo en el estómago. Su juvenil expresión, combinada con su cara perfecta, su perseverancia y su humor, resultaba una combinación mortal.
—Bueno, sólo soy un abogado muy trabajador que está interesado en que salgas conmigo —puntualizó.
—No sé, Pedro…
—Yo sí lo sé. Y aunque no lo creas, te aseguro que no estoy dispuesto a admitir una negativa. Sin embargo, espero que recapacites.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo ir a comer contigo y con Sandra.
—¿Y si fuera sólo conmigo?
—¿Cómo? Pensaba que tenías que hablar con ella para intentar solucionar el problema del profesor…
—Claro, pero podría comer con ella, quitármela de encima a lo largo de la tarde y cenar finalmente contigo. ¿Qué te parece?
Paula saboreó el monosílabo «no» en la boca, pero jamás llegó a pronunciarlo. De repente, había dejado de entender su sentido.
—Está bien, cenemos. Pero Pedro, ¿No podríamos…?
—Por supuesto que podemos. Si no quieres que vayamos a un restaurante, pide algo de comer al servicio de habitaciones. ¿Te parece que quedemos a las siete?
Ella asintió.
—¿A las siete? De acuerdo.
Cuando él se marchó, ella cerró y se apoyó en la puerta. Se sentía muy agradecida. Pedro respetaba su intimidad y parecía saber cómo tratarla, pero desconocía qué parte de sus dudas se debían a la terrible experiencia que había tenido aquella noche en la universidad. Al final, estaba segura de que conseguiría derribar sus defensas. Sólo esperaba no tener que arrepentirse, aunque por alguna razón, por algo que apenas intuía, también sabía que podía confiar en él. No necesitó mirarse a un espejo para saber que sonreía de oreja a oreja. Sus defensas se habían derrumbado. Por primera vez en mucho tiempo, estaba deseando pasar una larga velada con un hombre tan atractivo como encantador.
Pedro estaba deseando que llegaran las siete para ver a Paula. Tan concentrado estaba en la perspectiva que a punto estuvo de pasar de largo frente al restaurante italiano donde se había citado con Sandra Westport. Había supuesto que localizar el número de teléfono de la periodista resultaría bastante difícil, pero finalmente lo había conseguido gracias a su ayudante en el bufete, Romina James. Le había dado unos días para que intentara encontrar a un antiguo alumno que tal vez ayudara a impedir que el profesor perdiera su empleo, y en la búsqueda, Romina también había conseguido el número de la mujer. Estacionó en la calle y entró en el local. El olor a ajo y a especias consiguió que la boca se le hiciera agua. A fin de cuentas, no había desayunado. Se dirigió a una de las camareras, le explicó que se había citado allí y la mujer lo llevó a una mesa del patio exterior. Sandra Westport ya lo estaba esperando. La reconoció de inmediato. La había visto mientras hacía averiguaciones en la universidad y sus caminos se habían cruzado varias veces en las últimas semanas, aunque afortunadamente ella no se había dado cuenta de que se habían conocido durante sus años de estudiantes. En cambio, él la recordaba muy bien. Cómo olvidar a la preciosa rubia de ojos azules, animadora de los equipos universitarios, que se pasaba la vida en el colegio mayor con el que entonces era su novio, David Westport. Se preguntó si tendría muchos recuerdos de aquella época y si recordaría que él había interceptado las cámaras del sistema de seguridad para que grabaran en los dormitorios. Pero en ese momento estaba más preocupado por el asunto del profesor y por la forma de ayudarlo. Sin embargo, no dejaba de pensar que un individuo como él, que había renunciado a sus sueños de juventud y ahora se dedicaba a defender a cualquiera que pudiera pagar sus enormes honorarios, no era la persona más adecuada.
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