miércoles, 26 de julio de 2017

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 66

—Nadia está con ellas —se quitó la chaqueta para taparla—. Las llamaremos en cuanto volvamos a casa.

—No puedo atravesar eso —gimió Paula—. Por eso estoy atrapada. Estaba en la isla, pensando y no me dí cuenta de que subía la marea. Cuando miré estaba el viento y no me atrevía a pasar —hablaba muy rápido y tenía los ojos muy abiertos.

—Puedes pasar —dijo Pedro—. Conmigo.

—Es el viento. Lo odio, no puedo.

¿Cómo iba a vivir con él en la casa frente al mar si odiaba el viento?

—Estarás bien conmigo. Solo tienes que confiar en mí. Eso es todo.

 Paula miró el camino de rocas.

—Eso es mucho —dijo con un gesto irónico.

—Sí —replicó Pedro, como si sus palabras le hubieran revelado algo—. Es verdad que es mucho.

Paula se estaba burlando de él. Era mucho mejor que verla aterrada.

—Si tenemos que hacerlo, adelante. Tú pasas primero. Pedro le tomó la mano.

—Agárrate a las rocas con la mano libre y pon los pies donde los ponga yo.

Al poner el pie en el agua que cubría a ratos el paso rocoso, la violencia de la tormenta le sorprendió. Pedro sintió que Paula se ponía rígida. Le gritó:

—Estás a salvo conmigo, Pau. Puedes hacerlo.

Paula se mordió el labio y dió un paso. Pedro se preguntó si podría quererla más de lo que la quería en aquel instante. Valor y confianza, una base perfecta para un matrimonio, pensó y superó los primeros metros. Paso a paso, avanzaron luchando contra el agua y el viento. No dejó de hablar para animarla y, a mitad de camino, se detuvo para besar sus labios helados.

—Estoy orgulloso de tí —dijo.

—Hay momentos y lugares para el romance y éste no lo es —se quejó Paula con la risa en los ojos.

«Ha olvidado el viento», se dijo Pedro.

—¿Quieres decir que no harías el amor conmigo aquí? Sería una experiencia muy primitiva, ¿No te parece?

—¡Jamás!

Pedro rió, apretó la mano fría y se dispuso a atravesar una pequeña cornisa natural. Minutos más tarde, alcanzaron la costa.

—Corramos —dijo —. Así te calentarás.

De la mano corrieron por la hierba hasta la casa. Pedro abrió la puerta y ordenó:

—Ve al baño de arriba. Te llevaré ropa. Y voy a poner la calefacción.

Quince minutos después estaban sentados en el colchón de su habitación, bebiendo té caliente, ambos vestidos con la ropa vieja y seca de Pedro. Habían llamado a casa y se habían secado el pelo. No había nada más que hacer salvo pronunciar las palabras que quemaban la lengua de él desde hacía unas horas. Pero era más difícil que cruzar un mar embravecido. Empezó a hablar y el nerviosismo le hizo parecer brusco:

—Pau, tengo que ser sincero contigo. No puedo seguir como hasta ahora…

Paula le interrumpió con un gesto mucho más aterrado que el que tenía en la isla.

—Pepe, no hace falta que lo digas. Por favor.

—Ahí te equivocas. Tengo que…

 Paula alzó la mano para detenerlo.

—Por favor… Sé que no me quieres, aunque desearía que fuera de otra forma porque yo sí estoy enamorada de tí. Creo que te he querido siempre, desde aquella noche, cuando tenía dieciséis años y estrenaba vestido. Pero siempre eras tan serio y distante y yo no terminaba de entender lo que sentía. Y mi padre seguía intentando emparejarme con Fernando. Y entonces intenté seducirte, sé que estuvo mal, pero no tenía ni idea de lo que era el deseo, y me rechazaste. Con la mejor intención, lo sé de sobra, pero me dolió tanto, que me porté de la peor manera posible.

Tomó aire y volvió a hablar.

—Déjame terminar y luego me callaré, te lo juro. La razón por la que me mostré tan huidiza y asustada cuando nos encontramos de nuevo fue porque nunca he olvidado nuestros besos y te bastó tocarme para que me sintiera… Oh, tengo que parar esto —casi sin voz, prosiguió—: Pepe, creo que no debemos seguir con nuestra relación. No me quieres y me duele demasiado.

Aferrada a su taza de té, dió un trago largo, sin mirarlo.

—¿Por qué crees que no te quiero? —dijo Pedro sin especial énfasis.

—Me lo dijiste. En mi cocina, aquella tarde. Le dijiste a Valentina que no estábamos enamorados, que éramos amigos. «Amigos» es una palabra hermosa, pero no después de hacer el amor por primera vez en mi vida. Y dijiste que hablar del futuro era inapropiado —se apartó el cabello del rostro y sus ojos lanzaron chispas—. No me mal interpretes. No me arrepiento de haberme acostado contigo. Pero no quiero seguir si es solo eso.

—Paula, solo intentaba tranquilizarme cuando hablé con Valen. Hacer el amor contigo me había trastornado. No podía pensar en nada, menos en el futuro.

—¿Esperas que me crea eso?

—¡Estaba confuso!

—A mí me pareció muy claro.

Las palabras de Paula empezaban a penetrar en el cerebro de Pedro.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 65

A las cuatro menos diez del viernes por la tarde, Valentina volvió a llamar a Pedro  al teléfono.

—Al habla Pedro Alfonso—dijo.

Hubo un silencio al otro lado y luego una voz tímida dijo:

—¿Pepe? Soy Valentina. Mamá no ha vuelto. ¿Sabes dónde está?

—¿No está en casa? —repitió Pedro tontamente.

—Siempre está en casa cuando volvemos del colegio. Yo tengo llaves, pero no sé dónde está.

Valentina se estaba comportando como la competente hermana mayor, pero Pedro percibió su angustia.

—Me pidió el coche para ir al mar —dijo, pensando en voz alta—. ¿No dejó una nota?

—No. Nunca se había marchado así.

Un accidente de coche, pensó Pedro y la pesadilla se presentó ante sus ojos, atenazándole la garganta.

—Valen, dame el número de tu canguro y la llamaré para que vaya a cuidarlas. Después, iré a mi casa a buscar a tu madre.

—Muy bien —dijo Valentina, aliviada.

Por suerte, Nadia estaba libre para cuidar de las niñas. Pedro se llevó el teléfono móvil del garaje, el coche de Roberto y salió hacia la costa. Era viernes por la tarde, el tráfico era denso y su corazón parecía querer salirse de su cuerpo. Paula jamás llegaría tarde a casa. Algo malo había sucedido. Mientras avanzaba lentamente por la autopista, llamó al hospital: nadie con el nombre de Chaves Martínez había sido admitido. Luego, volvió a llamar a la casa, con la mirada pendiente del tráfico en sentido contrario. Nadia, con voz tranquila, le explicó que no había ninguna noticia de Paula.

 Los coches comenzaron a moverse con más velocidad. Empezó a soplar viento y a llover. Los árboles se movían como posesos y las hojas amarillas revoloteaban locamente sobre los coches. La lluvia agitada por el viento impedía la visión. Paula odiaba el viento. Le daba mucho miedo. ¿Qué podría haberle sucedido? Si él hubiera necesitado alguna prueba de su amor por ella, la habría tenido en su camino a la bahía. Para cuando logró divisar la línea de la costa y el mar espumoso y salvaje, su corazón era un nudo de tensión y angustia. Llovía cada vez más. Seguramente, ella había salido por la mañana sin suficiente abrigo. Los árboles que flanqueaban el camino de su casa se sacudían frenéticamente. Aparcó frente a la casa. Parecía vacía y desierta. La playa. Paula había dicho que necesitaba ver el mar. Corrió por el prado hacia las rocas, con las mejillas golpeadas por la lluvia helada, ensordecido por el asalto del mar contra las rocas.

—¡Paula! —gritó desgañitándose.

Se detuvo sobre el pequeño acantilado que se elevaba sobre la playa. La arena había desaparecido bajo la espuma agitada. La marea estaba tan alta que apenas se divisaba la isla, semicubierta por el oleaje. Las olas pasaban por encima del puente rocoso que la conectaba a la costa. Gritó de nuevo el nombre de Paula, recibiendo como respuesta los gritos de las gaviotas y el ulular del viento. No podía haberse ahogado, pensó aterrado, y comprendió que por instinto buscaba entre las olas un jersey color fucsia.

—¡Paula! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

Pedro se giró hacia la izquierda. ¿Era una voz lo que había escuchado? Y entonces la vió, agarrada al tronco de un árbol en el costado más alto de la isla. Mientras la miraba se dio cuenta de que intentaba avanzar hacia la parte del puente, agarrándose a la vegetación para no caerse. Gritó de nuevo su nombre y corrió hacia la isla. Habría jurado que, a pesar del viento y la lluvia, la vio sonreír. Su alivio era inmenso. Primero Isabella y luego Paula. Estaba descubriendo con violencia el peligro del amor. Ser un solitario era menos peligroso. Pero ya no lo era. La quería con toda su alma. Tenía que decírselo cuanto antes. Aquel día. No podía esperar, aunque su respuesta le partiera el corazón. Si ella no lo quería, se quedaría en la isla para siempre. Llegó al puente rocoso. Aunque el batir de las olas y la fuerza del viento eran aterradores, comprobó que la piedra emergía en todo el recorrido y que era posible pasar a la isla. Otra cosa era llevarla  de vuelta. Sin pensárselo, puso el pie en la piedra cubierta de agua salada. A los pocos pasos,  estaba calado y el frío mordía su carne. Bajando la cabeza para no recibir la bofetada del viento, se pegó a la roca, aferrándose con las uñas a las grietas de la piedra y avanzó mientras sus pies resbalaban sobre la piedra tan peligrosa como hielo. En dos ocasiones estuvo a punto de caer. Pero paso a paso se acercaba a la isla. Las horas pasadas en el gimnasio habían merecido la pena. Tenía el pelo pegado a la cabeza y el agua bajaba por su rostro, cegándolo. Agarrándose a las rocas en el último tramo, trepó hasta lograr pisar tierra, con el corazón latiendo con fuerza y la ropa pegada al cuerpo. Paula salió de los árboles y se lanzó a sus brazos.

—¿Estás bien? —gritó—. Estaba tan asustada. Creí que ibas a ahogarte ante mis ojos. Me alegra tanto verte —tomó aire—. ¿Y las niñas?

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 64

—No te dijo la verdad porque no quería herirte. Hasta que fueras lo bastante mayor para entenderlo.

Isabella metió el dedo en el donut.

—No me mandó ni una postal por mi cumpleaños. ¿Tu papá se olvidaba siempre de tu cumpleaños?

—Sí —dijo Pedro—. Se olvidaba siempre.

—¿Te vas a casar con mi mamá?

Pedro tragó saliva y la miró, pensando que merecía la verdad.

—Me gustaría mucho. Pero no le he preguntado si quiere casarse conmigo — hizo una pausa—. Cuando le pregunte, te contaré lo que contesta. Pero ahora debe ser nuestro secreto, ¿Te parece?

—Me gustan los secretos —dijo Isabella—. Sobre todo si no lo sabe Valentina.

La paternidad estaba llena de peligros menos dramáticos que el temor a la pérdida. La rivalidad entre hermanas, por ejemplo.

—Bébete el chocolate, tesoro —dijo Pedro.

—Si te casas con mamá, ¿Viviremos en tu casa, la que tienes en el mar?

—Espero que sí.

—Me gustaría. Me gusta el mar —Isabella le dedicó de pronto una sonrisa gloriosa que era como el sol después de la lluvia, y bebió un gran trago de chocolate.

Le quedó en la barbilla y Pedro la limpió con su servilleta. El pequeño gesto, tan vulgar, le pareció simbólico, como si sellara una relación con Isabella. Si amaba a Paula, amaría también a sus hijas. A las dos. Isabella y él regresaron a casa. La niña no paró de hablar en todo el camino, contándole la historia de Kevin Stone y la profesora.

—Le pegué —explicó con satisfacción—. ¿Tú molestabas a las chicas?

—Seguramente. Los chicos hacen esas tonterías.

—Odio a Kevin—Isabella lo miró de reojo —. Pero a tí ya no te odio.

 Pedro sonrió de oreja a oreja.

—Me alegra oírlo —dijo.

Paula les esperaba en el umbral. Abrazó a su hija y se puso a llorar. La niña lloró también y Pedro se dedicó a repartir pañuelos de papel y a recibir incoherentes agradecimientos de Paula que nada tenían que ver con el amor.

—Tengo que volver al trabajo —dijo, sabiendo que se estaba comportando como un cobarde. Había superado el obstáculo de Isabella y solo le quedaba el verdadero obstáculo. Conocer los sentimientos de ella—. Te llamaré esta noche. Adiós, Bella.

Isabella le dió un abrazo casi tan fervoroso como el de su madre y Pedro escapó. En el garaje habían entrado dos coches nuevos y habían llamado del hospital para decir que daban de alta a Roberto. Había prometido pasar la primera noche con él, de modo que pasó la tarde limpiando la cocina de su amigo. Al anochecer, llamó a Paula, que repitió su agradecimiento y le pidió prestado su coche.

—No tengo clase mañana y necesito sentarme frente al mar y pensar un poco. Han pasado demasiadas cosas y necesito estar sola.

Pedro la comprendía demasiado bien.

—Claro que te lo presto. Te lo dejaré frente a tu casa antes de ir a trabajar.

—¿Cómo está Roberto?

—Está bien. Lo malo es su cocina.

Paula rió.

—Pobre Pedro… ¿Te parece que te invite a cenar mañana por la noche?

—Me encantaría —dijo él y, tras colgar, siguió limpiando la cocina de Roberto.

Empezaba a odiar el teléfono. Quería estar con Paula, en sus brazos, en su casa, en su vida. Toda su vida. «Paciencia», se dijo, «paciencia».

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 63

Le gustaba acostarse con él, eso lo sabía. Le gustaba su cuerpo y su compañía. Pero no tenía la menor idea de si sentía algo más por él. Si le pedía que se casara con él, ¿Aceptaría? Le mandaría a paseo. Estaba claro.

Pedro siguió imaginándose el futuro, con las piernas pesadas como piedras. Estaba atrapado en Halifax, por su negocio con Roberto y su nueva casa. No podía escapar por segunda vez y tendría que convivir con su pérdida. Le dolió él corazón como si lo hubiera aplastado una piedra, y buscó desesperadamente una idea esperanzadora. Podía esperar, darle tiempo, y quizás Paula llegara a amarlo. Odiaba esperar. No era una de sus virtudes. Lo que deseaba era correr al piso de ella y pedir su mano. Fin del suspenso. Pero tendría que esperar. Por Paula, desde luego, y por Isabella. La niña tenía que aceptarlo para que la madre lo quisiera. ¿No estaría pidiendo demasiado? Volvió a casa y se duchó, tras comprobar que no tenía ningún mensaje de Paula. Le costó dormir aquella noche. Por fortuna, el garaje lo mantenía ocupado. Manuel y él estaban reparando los frenos de un Mazda cuando Joel le llamó al teléfono. Con la boca seca,  contestó.

—Soy Paula. Bella se ha escapado.

 Aunque su voz era tranquila, Pedro no se dejó engañar.

—¿Ha ido al colegio?

—Sí. Valen la dejó en la puerta. Hace un rato llamé para decirle a la profesora que Bella podría estar un poco rara hoy y me dijo que la niña no había llegado. Pepe, ¿Qué hago?

—¿Has llamado a la policía?

—No, quería hablar contigo.

 Incluso lleno de temor y angustia, Pedro se sintió reconfortado por que contara con él.

—¿Tiene dinero?

—Lo he comprobado y su hucha ha desaparecido. Tendrá unos veinte dólares.

 Pedro intentó imaginar qué podía hacer Isabella.

—El autobús —dijo—. Tu madre llegó en autobús. ¿Habrá querido ir con sus abuelos?

—Puede ser —la voz de Paula tembló—. O puede pensar en buscar a su padre. No tiene ni idea de dónde está Texas.

—Voy a la estación. No está lejos de su colegio. Si no la encuentro, iré a los trenes. Pero si no está allí, hay que llamar a la policía. Pueden hacer mucho más que nosotros. No te muevas de casa, Pau.

—Llámame lo antes posible, por favor. Ojalá pudiera salir a buscarla, pero tengo que esperar aquí.

Pedro deseó decirle que la amaba, pero no era el momento. Se despidió de Manuel y corrió a su coche tras cambiarse. En cinco minutos, estaba en la estación. Nada más empujar la puerta de cristal, observó a una niña que se hundía en su asiento. Era Isabella. Sintió un alivio tan inmenso que le temblaron las rodillas. Ya empezaba a comprender que ser padre le hacía a uno vulnerable a la más terrible de las pérdidas. Su segunda emoción fue la incertidumbre. ¿Qué iba a decirle a la niña? Cruzó la sala y se sentó a su lado.

—Huir no suele arreglar las cosas, Bella —dijo con tranquilidad—. Y tu mamá está muy preocupada. ¿Qué te parece si nos tomamos un chocolate con bollos y hablamos de lo que ha pasado?

Isabella asintió, próxima a las lágrimas.

Pedro tomó su mano y la llevó a la cafetería. La mano era muy pequeña y estaba muy fría. La dejó escoger los bollos que quería mientras llamaba a Paula, y luego eligió una mesa junto a la ventana. Isabella comenzó la conversación:

—¿Vas a regañarme?

—No, eso se lo dejo a tu madre.

Los ojos azules de la niña se llenaron de lágrimas.

—Me he marchado porque me dijo que mi papá le pegó y sé que no es verdad. Voy a preguntárselo a mi abuela.

 Suplicando tener la habilidad suficiente, Pedro dijo:

 —Es verdad, Bella. Quería casarse con otra persona y no se portó nada bien. ¿Has visto a los niños dar puñetazos?

Isabella pareció calmarse un poco.

—Kevin Stone gritó una vez a la profesora y se puso furioso.

—Pues aunque los adultos no hacen eso, tu papá sí lo hizo. Y como es grande, hizo daño a tu madre.

—Kevin  rompió una silla.

—Tu padre podría haberle hecho mucho daño a tu madre. Ella hizo bien en marcharse. Tenía que marcharse, Bella.

Isabella lo miró:

—Una vez tenía un moretón en la frente y me dijo que se había caído. Pero no era verdad.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 62

—No voy a cambiar de vida —replicó Paula—. Amo mi independencia.

Aquello no podía tranquilizarlo tampoco. Pero Pedro no podía pensar en el futuro cuando tenía el muslo de Paula entre los suyos, y sus senos pegados a las costillas.

—De nuevo estamos hablando demasiado —murmuró y la besó para demostrarle cómo sabía apreciar el sabor y la textura del mejor vino.

Paula colaboró con toda su energía. Pedro pensó que hacer el amor con ella podía convertirse en una adicción. Y quizás fuera demasiado tarde para evitarlo.

Al día siguiente habían quedado para ir al cine por la noche, y cuando Paula llamó a Pedro, éste no disimuló las ganas que tenía de verla:

—Puedo recogerte en cinco minutos —propuso.

Paula dijo en voz baja:

—No puedo ir, Pedro, perdona.

—¿Por qué? —Pedro se sentía profundamente decepcionado.

—Estábamos cenando y Valen dijo algo de Fernando y de pronto me pareció el momento adecuado para hablar con Bella. No sé si lo he hecho bien, intentando ser sincera sin hacerle daño. Primero se enfadó mucho y luego se quedó muy callada. Ahora está dormida, pero no quiero salir, por si se despierta o tiene una pesadilla.

Deseando reconfortarla, Pedro ofreció:

—Voy a hacerte compañía.

—¡No! Es mejor que no.

 Sintiéndose cómo si lo hubiera golpeado, Pedro preguntó:

—¿Por qué, Pau?

—Será más complicado si te ve.

Odiaba ser definido como una complicación y ser excluido de un juego en el que le iba tanto.

—¿Y tú qué opinas?

—¿Yo? ¿Qué quieres decir?

—Parece que estoy complicando tu vida. ¿Me estás rechazando?

Hubo un instante de silencio. Después, Paula dijo:

—No… claro que no.

No había convicción en su voz y el dolor en el pecho de Pedro era tan frío y agudo como una losa de hielo. Intentó respirar y pensar con calma, pero no lo logró.

—Pepe… ¿Estás ahí?

 Luchando por encontrar palabras normales, Pedro preguntó:

—¿Va a ir al colegio mañana?

—Creo que sí.  Es bueno que todo siga su curso normal.

Ojalá le hubiera contado lo que sucedía en su momento. Lo mismo pensaba Pedro, pero no lo dijo. Todo le daba igual si Paula lo veía como una complicación en su vida. Seguro de no poder seguir hablando, dijo con frialdad:

—Voy a correr al parque. Te llamaré mañana —y sin darle la oportunidad de replicar, dejó el teléfono.

Se cambió de ropa, y salió a correr por las oscuras calles de la ciudad. Las hojas empezaban a caer y había un frío otoñal en el aire que le pareció una amenaza. ¿Qué haría si Paula  lo expulsaba de su vida? Las perdería a las tres, aunque lo peor era perderla a ella. Quizás ya la había perdido. La idea era insoportable. «No debo perderla», se dijo, con implacable lucidez. Tropezó con una piedra y recuperó el equilibrio a duras penas. ¿No significaba aquello que estaba enamorado de ella? Comenzó a correr más despacio. ¿Enamorado de paula? Por supuesto. Se había enamorado de ella cuando tenía veinte años y nunca había dejado de quererla. Lo había llamado odio y había huido durante nueve años. Y luego había vuelto a casa. Era el motivo de su regreso. Era su casa. Se asombró de lo que le había costado comprender algo tan simple. De nuevo aceleró el paso, entrando en un parque, seguro de poder correr toda la noche. La amaba. Adoraba su cuerpo y su espíritu, y su risa y sus lágrimas formaban la materia de su vida. Amaba también a sus hijas. Valentina  la fantasiosa e Isabella, tan obstinada como su abuelo. Le gustaría ejercer de padre y verlas crecer hasta convertirse en mujeres. Quería casarse con su madre. Casarse con ella, vivir con ella, dormir con ella… incluso tener un hijo con ella. Con una sonrisa embobada,  dió otra vuelta a la manzana. Le encantaría tener un hijo con Paula. Para ser un solitario, no lo estaba haciendo mal. La gravilla crujía bajo sus zancadas. La euforia se evaporó de pronto. Recordó la llamada de Paula. ¿Quería ella decir que era mejor cortar? ¿Que no podía tolerar un conflicto entre su hija y su amante? ¿Que no lo quería?

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 61

—Podemos ir el sábado por la tarde, tras el partido de Valen. Si es que viene Pedro.

Miguel amplió la invitación con un gesto:

 —Por supuesto, será un placer.

—Puede llevarnos en su Mercedes —dijo Paula con intención.

 Cinco minutos más tarde, cerró la puerta tras sus padres y se dejó caer en el sofá.

—Estoy mareada —exclamó—. Uno se cree que conoce a sus padres y de pronto pasa algo y comprendes que no es así. Mamá ha estado genial. Y papá, a su manera, se ha comportado.

—Tu padre las echaba de menos y es demasiado cabezota como para admitirlo. ¿Cuál es el número de teléfono de la canguro?

—¿Canguro? —repitió Paula.

 Pedro le tendió el teléfono.

—Tenemos que celebrarlo. ¿Dónde mejor que en la cama?

—Vas al grano, Pepe.

—¿Te molesta?

—La distancia más corta entre dos puntos no es siempre la línea recta.

 Pedro la miró con sorna:

—No sé de qué hablas.

—No, ¿Verdad? —le sonrió ampliamente y marcó el número con innecesaria energía. Habló con alguien llamada Macarena y luego anunció—: Estará aquí en diez minutos. Voy a ducharme.

¿Qué significaba aquello? ¿Alguien entendía a las mujeres? O mejor, ¿Entendía él a Paula? A lo mejor aprendería con la práctica y podría entender el sentido de aquella brillante sonrisa que no había rozado los ojos. Veinte minutos después,  entraba con Paula en su casa y la llevaba de la mano al dormitorio.

—Bueno, aquí estamos —dijo Paula con la misma tensión en la voz.

Pedro estaba harto de ironías.

—¿Quieres o no acostarte conmigo?

 Paula echó hacia atrás la cabeza y lo observó con los ojos brillantes como gemas.

—Me siento bastante lasciva y lujuriosa. Pero no amante.

Pedro no había hablado en voz alta. La ayudó a quitarse el jersey y dijo:

 —A veces hablas demasiado.

—Mientras que tú no hablas lo…

Pedro le cerró la boca con un beso y le soltó el sostén, buscando sus senos con la urgencia de un hombre que llevaba tres días sin pensar en otra cosa. Sintió su temblor y cayó sobre ella en la cama, separándose un instante para murmurar:

—¿Qué decías?

—Nada —susurró Paula sin aliento—… nada…

 —Bien —dijo Pedro y procedió a hacerla perder el control, con bastante éxito.

 Cuando pudo hablar de nuevo, con Paula exhausta entre sus brazos, dijo con una risa ronca:

—Pobre Pau. Me parezco a Tom ante un plato de comida.

—¿Me estás comparando con comida de gato enlatada?

—Eres un plato exquisito —apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón con alegría—. Si me das cinco minutos, podemos intentar algo más sofisticado. Como el vino de tu padre.

Paula rió a su vez.

—Pobre papá. Seguro que lo había guardado durante años. Pepe, ¿Sabes lo que me dijo cuando estábamos acostando a las niñas? Apenas puedo creerlo. Cuando Fernando y yo nos separamos empezó a comprender que él le había engañado. Le había metido en unos asuntos que casi le arruinan. Papá quería contármelo, pero su orgullo le impedía decirme que se había equivocado.

—Tres hurras por Alejandra.

—Desde luego. Pero no es todo —Paula acarició el pecho de Pedro—. Me encanta cómo se contraen tus músculos cuando hago esto. ¿En qué estaba?

—Tu padre —le recordó Pedro.

—Oh, sí. Me dijo que había contratado a esos tipos porque siempre te había respetado. Y pensó que no bastaría con hablar contigo. Irónico, ¿No?

—¿Debo sentirme halagado?

—En cierto modo —Paula frunció el ceño—. Creo que está realmente arrepentido, aunque no creo que lo diga.

—Me ha invitado a su casa este fin de semana. Es una forma de disculparse.

—Estoy tan feliz con lo ocurrido, Pepe… Todos juntos de nuevo. Las niñas necesitan a sus abuelos y yo echaba de menos mi casa. Pero ha sido bueno que nos separáramos, todos hemos mejorado. Estoy orgullosa de mi madre, y hasta de papá.

Pedro la colocó entre sus brazos, meciéndola.

—Hará tu vida mucho más fácil —y de pronto se dijo que quizás ya no lo necesitara.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 60

Alejandra añadió:

—Valen y Bella están aquí, Miguel. ¿No te parece que han crecido mucho desde el año pasado?

Miguel miró a las niñas. Valentina aprovechó para decir:

—Hola, abuelo. Juego al fútbol ahora.

Isabella lo miró con furia:

—No te enfades con mi abuelita.

Miguel estalló:

—Señorita, no voy a tolerar que…

 Esta vez fue Paula la que lo interrumpió:

—Cállate un minuto, papá. Ahora me toca a mí. Hace diez años pagaste a unos matones para dar una paliza a Pedro Alfonso. Eso fue algo imperdonable.

Con las manos en los bolsillos, Pedro aprovechó la entrada:

 —Hola, señor Chaves.

Por vez primera, Miguel se fijó en él. Con asombro, exclamó:

—Alfonso… ¿Y tú qué haces aquí?

 —Salgo con Pau—y para acreditarlo, le pasó un brazo por los hombros.

Miguel guardó silencio, claramente desconcertado. Momento que aprovechó Alejandra para decir:

—Ya ves, Miguel, ha habido muchos cambios. Ser un buen hombre de negocios supone ser flexible ante los cambios, ¿No es lo que sueles decirme? Pau, ¿Puedes traer otra silla? El guiso de carne es delicioso, Miguel, y robé dos botellas de vino del sótano. Espero que apruebes mi elección.

Miguel miró la etiqueta y palideció:

 —Oh, sí, buen vino. El mejor, de hecho.

 —Estupendo —dijo Alejandra—. Esta reunión merece lo mejor, ¿No crees? —sus manos ya no temblaban, pero miró a su marido con una súplica en los ojos.

Durante un segundo, Miguel pareció dudar. Pero Pedro se adelantó a servirle vino y Paula puso tras él una silla. Carraspeó y levantando la copa dijo con fanfarronería:

—Brindo por las reuniones. Por mi hija y su familia. Y por —miró a Pedro—… los viejos conocidos.

Todos brindaron. Miguel se sentó y saboreó el vino.

—¿Ya han bebido la otra botella?

 —El lunes —dijo Alejandra con alegría, llenándole el plato de comida—. ¿Cómo me has encontrado, Miguel?

—Volví a casa un día antes. Miré en tu agenda y encontré la dirección en Halifax. He venido en mi coche.

—Le estaba diciendo a Pedro que llevas el Rover al garaje de Roberto. Es su socio.

—¿Socio, eh? Es un negocio bastante bueno.

—Muy bueno —dijo Pedro—. Algún día seré el dueño.

—Siempre fuiste trabajador —gruñó Miguel.

 Valentina habló con energía:

—Abuelo, ¿Ahora podemos volver a tu casa y jugar en el ático?

—Sí, Valen—dijo él, probando la carne—. Este fin de semana si quieres.

—Estupendo —sonrió Alejandra—. Gracias, Miguel.

Su sonrisa era tan feliz y orgullosa como la de una recién casada. Miguel tuvo que carraspear de nuevo antes de decir:

—No las merezco —y acarició con torpeza la mano de su mujer.

Era algo parecido a una disculpa y Pedro tuvo que reconocer que Miguel se estaba mostrando generoso en la derrota. La conversación se hizo fluida y pronto no quedó ni una gota de vino. Paula llevó la tarta de chocolate y el café mientras Isabella presentaba a Tom a su abuelo. Tras acostar a las niñas y fregar los platos, Miguel anunció:

—Pau, tu madre y yo queremos que las niñas y tú vengan a casa este fin de semana.