Pasaban tres minutos de las ocho cuando Pedro estacionó ante la puerta del edificio de departamentos de Paula, el sábado siguiente. Ella lo esperaba en el portal y, mientras corría hacia el coche, le dedicó una hermosa sonrisa que no le pareció del todo sincera.
—Hace una tarde espléndida. Podría haber ido a pie a tu casa.
—Solo si yo te acompaño.
Con cierta tensión, Paula replicó:
—Me niego a que la violencia en las calles cohíba mis movimientos.
—Podemos pelearnos ahora mismo y acabar antes o dejarlo para el plato principal —Pedro sonrió, incapaz de ocultar su felicidad—. Estás muy guapa.
—¿Has practicado esa sonrisa en el espejo? —preguntó ella con desconfianza.
—¿Qué sonrisa?
—Ésa que me hace sentir que te seguiría hasta Chile. De rodillas.
Se estaba burlando de él. Pedro rió con la inconsciencia olvidada de un hombre joven.
—Me he preparado toda la tarde —dijo—. Me temo que tendremos que pedir pizzas para cenar.
Paula pareció desolada.
—¿En serio?
No esperaba que la creyera. Pedro se echó a reír y dijo:
—No tengas miedo. El narcisismo no me ha ocupado toda la tarde, también he cocinado.
—¿Con el libro «Cien formas de preparar hamburguesas»?
—¿No me digas que eres de esas mujeres que creen que los hombres no pueden cocinar?
—Te contestaré al final de la cena —dijo—. Hamburguesas y pizzas son nuestra dieta habitual. A las niñas les encanta.
Mientras paraba en un semáforo, Pedro estudió el rostro de Paula.
—No me has dado las gracias por decirte que estás muy guapa.
—Para ser una mujer mayor.
Se había pintado los labios con un brillo rosado y el rímel daba a sus ojos misterio y profundidad. Pedro le guiñó el ojo.
—He oído que el maquillaje puede quitar diez años de encima.
Esa vez, Paula se echó a reír.
—¡Eres incorregible! Cuando empezaba a creer que me estabas piropeando en serio. No oigo muchos halagos últimamente, ¿Sabes?
—¿Ni siquiera del tipo rubio que responde como Marcos?
—Marcos sale con una chica de dieciocho años. Soy su confidente. Algo como una tía de treinta años.
Su tono burlón encantaba a Pedro, como el aroma de su cabello. Y de pronto se dió cuenta de lo feliz que era, sentado en un coche con la que había creído su enemiga. No la odiaba lo más mínimo.
—Hasta hoy no te había oído reír —dijo, aunque nunca había olvidado el sonido alegre y sensual de su risa.
Pedro entró en su garaje y apagó el motor. El silencio se espesó entre ellos. Esa vez la risa de Paula sonó nerviosa.
—Sabes —dijo, jugando con el asa de su bolso—. Es muy raro para mí. Tener una cita, quiero decir. Si esto es una cita.
—Para mí lo es.
—No he salido con nadie desde los diecinueve años. No sé cómo se comporta uno.
—Pau—dijo Pedro con seriedad—, no voy a lanzarme sobre tí nada más entrar en mi piso. Estás a salvo conmigo, ¿Lo entiendes? Aunque no pienso fingir que no me gustaría que ocurriera algo.
—Ya veo —dijo Paula con una voz que indicaba que no veía nada.
—Mírame.
En la luz escasa, lo miró con cautela.
—¿Te acuerdas de aquel caballo salvaje que te gustaba montar? Tenía un nombre ridículo. Thistledown… Se ponía de patas y se desbocaba por la caída de una hoja, ¿Te acuerdas? Así estás ahora, como si fueras a desbocarte. No soy Fernando, Pau.
—Nunca te he confundido con Fernando—dijo ella con un gesto duro.
Sin saber por dónde seguir, Pedro optó por insistir:
—Solo quiero que te sientas a gusto conmigo. Incluso siendo cien veces más bella y deseable que cuando tenías veinte años. Y estando con un hombre normal que lleva demasiado tiempo de celibato. ¿Lo entiendes, verdad? ¿Puedes confiar en mí?
Paula respondió con ingenio:
—¿Normal? ¿Estás de broma? Si fueras normal, estaríamos perdidas. Eres el hombre más sexy que he conocido en mi vida.
Aunque hubiera vivido cien años, Pedro nunca hubiera esperado esa respuesta, así que dijo tontamente:
—¿Yo?
miércoles, 5 de julio de 2017
lunes, 3 de julio de 2017
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 17
Agotada. Aterrada. Impotente. Los adjetivos atravesaban la mente de Pedro, que intentaba comprender.
—Por eso dejaste a Fernando—murmuró al fin.
—Fue una de las razones.
Sintiéndose como si fuera a estallar, Pedro se volvió hacia la niña. Ésta los miraba por tumos mientras retorcía frenéticamente un mechón entre sus dedos infantiles. Se arrodilló frente a ella para estar a su altura y habló con la sinceridad absoluta que rara vez ponía al descubierto:
—Valen, solo voy a decir esto una vez, pero tienes que recordarlo. Jamás, nunca, pegaré a tu madre. ¿Lo comprendes? Nunca.
—Vale —murmuró la niña.
—Creí que dormías, Valen—dijo su madre con voz débil.
—Tom me clavó las uñas y me despertó. Quería una galleta.
Pedro se puso en pie y logró sonreír.
—Una persona tan valiente como tú se merece tres galletas —dijo—. Son buenísimas, por cierto.
La niña se relajó visiblemente. Pedro pensó que no era justo que un niño conociera esa clase de horror y se hubiera acostumbrado a salir en defensa de su madre ante un hombre. Con una furia helada, comprendió que, si Fernando llegara a entrar en la habitación en aquel momento, lo mataría. Se volvió a por el plato de galletas y vió que Paula se sobresaltaba ante su expresión. Tragando saliva, logró dominar su corazón agitado y eliminar el odio que estaba latiendo en su cuerpo y que exigía acción. Pero ya no podía hacer nada. El daño estaba hecho. Le pasó el plato a la niña. Ella tomó tres galletas y le dedicó una sonrisa impertinente.
—Mamá solo me deja comerme dos de una vez.
—Shh —murmuró Cade—. No la provoques.
Riendo, Valentina salió de la cocina y Pedro se quedó con su furia. Con cuidado, dejó el plato en la mesa. Paula se agarraba al borde de la mesa como si eso la impidiera caerse. Su rostro era una máscara sin expresión. Con compasión y dolor, él se dió cuenta de que temblaba. Alargó la mano para tocarla y, con un sobresalto instintivo, ella se alejó.
—¡No soy Fernando! —exclamó sordamente Pedro.
—Mi cabeza lo sabe —dijo Paula sin expresión en la voz—. Pero mi cuerpo me dice que salga corriendo.
No era una réplica que pudiera consolar a Pedro. Se pasó la mano por el cabello y dijo:
—Tengo que volver al trabajo o Roberto me echará. Pero quiero que hagas algo por mí, ¿Lo harás?
—Depende.
Por segunda vez en pocos minutos, concentró toda la convicción de su fuerza de voluntad en otra persona.
—¿Estás libre el sábado por la noche? —ella empezó a negar con la cabeza—. Llama a alguien para cuidar de las niñas. Yo lo pagaré. Y pasaré a recogerte a las ocho para ir a cenar.
—No salgo con hombres —dijo Paula fríamente.
Así que no salía con nadie, pensó Pedro con un estremecimiento de placer posesivo.
—Muy bien. En ese caso, puedes venir a mi casa y te haré la cena. Soy un gran cocinero —concluyó sin modestia.
—Me sigue pareciendo una cita.
—Pau—dijo Pedro con rudeza—deberías saber mejor que nadie que puedo resistirme a tus encantos.
Al pronunciar aquellas palabras, revivió la escena de los bosques, tantos años atrás, cuando Paula, inexperta pero provocativa, había intentado seducirlo. Y Pedro, tras un momento de abandono doloroso e inolvidable, la había rechazado. En esos momentos, los ojos de ella lanzaban puñales.
—Pero he cambiado. O eso dices.
Pedro alzó la ceja con ironía.
—Tienes diez años más, para empezar.
—¡Eso es un golpe bajo!
Le encantó la forma en que el humor se apoderó de nuevo de sus rasgos. La belleza de Paula estaba en la expresividad, en la riqueza con que las emociones iluminaban su rostro.
—La batalla entre los sexos no se lleva a cabo con suficiente justicia —comentó Pedro—. Hasta el sábado. A las ocho.
—¿Por qué tengo la sensación de que me has liado?
—Porque es así —le sonrió—. Estoy deseando que llegue el sábado.
En el salón, Valentina se había quedado dormida de nuevo y Tom roncaba entre sus brazos.
Pedro atravesó la alfombra gris y salió sin hacer ruido. Tenía una cita con Paula. Y no era para un café en la universidad. Qué razón había tenido al detestar a Fernando Martínez. Fue hasta el garaje y estacionó en el interior, saludando a Roberto.
—Vaya, ¿Ahora te dedicas a salvar niñas para ligar con sus madres? ¿No te parece poco moral? —bromeó Roberto al verlo.
—Déjame en paz, Roberto.
Roberto lo miró con humor en los ojos.
—Al menos parece que tienes vida en el cuerpo, hijo. Pareces otro. Por cierto, ha llamado el de Hacienda esta mañana con no sé qué error. ¿Puedes verlo?
—Solo me hará falta un mes o dos —ironizó Pedro—. Vamos a comprar un ordenador, Roberto. Te voy a enseñar a usarlo y no quiero oír tonterías sobre que eres demasiado viejo. Al inspector no le gustará encontrar recibos entre piezas grasientas.
—No tienen ningún sentido del humor —dijo Roberto—. Ése es el problema — Pedro se encerró en el despacho sin que el deplorable estado de las cuentas de Roberto pudiera ahogar la alegría que sentía por su cita con Paula.
—Por eso dejaste a Fernando—murmuró al fin.
—Fue una de las razones.
Sintiéndose como si fuera a estallar, Pedro se volvió hacia la niña. Ésta los miraba por tumos mientras retorcía frenéticamente un mechón entre sus dedos infantiles. Se arrodilló frente a ella para estar a su altura y habló con la sinceridad absoluta que rara vez ponía al descubierto:
—Valen, solo voy a decir esto una vez, pero tienes que recordarlo. Jamás, nunca, pegaré a tu madre. ¿Lo comprendes? Nunca.
—Vale —murmuró la niña.
—Creí que dormías, Valen—dijo su madre con voz débil.
—Tom me clavó las uñas y me despertó. Quería una galleta.
Pedro se puso en pie y logró sonreír.
—Una persona tan valiente como tú se merece tres galletas —dijo—. Son buenísimas, por cierto.
La niña se relajó visiblemente. Pedro pensó que no era justo que un niño conociera esa clase de horror y se hubiera acostumbrado a salir en defensa de su madre ante un hombre. Con una furia helada, comprendió que, si Fernando llegara a entrar en la habitación en aquel momento, lo mataría. Se volvió a por el plato de galletas y vió que Paula se sobresaltaba ante su expresión. Tragando saliva, logró dominar su corazón agitado y eliminar el odio que estaba latiendo en su cuerpo y que exigía acción. Pero ya no podía hacer nada. El daño estaba hecho. Le pasó el plato a la niña. Ella tomó tres galletas y le dedicó una sonrisa impertinente.
—Mamá solo me deja comerme dos de una vez.
—Shh —murmuró Cade—. No la provoques.
Riendo, Valentina salió de la cocina y Pedro se quedó con su furia. Con cuidado, dejó el plato en la mesa. Paula se agarraba al borde de la mesa como si eso la impidiera caerse. Su rostro era una máscara sin expresión. Con compasión y dolor, él se dió cuenta de que temblaba. Alargó la mano para tocarla y, con un sobresalto instintivo, ella se alejó.
—¡No soy Fernando! —exclamó sordamente Pedro.
—Mi cabeza lo sabe —dijo Paula sin expresión en la voz—. Pero mi cuerpo me dice que salga corriendo.
No era una réplica que pudiera consolar a Pedro. Se pasó la mano por el cabello y dijo:
—Tengo que volver al trabajo o Roberto me echará. Pero quiero que hagas algo por mí, ¿Lo harás?
—Depende.
Por segunda vez en pocos minutos, concentró toda la convicción de su fuerza de voluntad en otra persona.
—¿Estás libre el sábado por la noche? —ella empezó a negar con la cabeza—. Llama a alguien para cuidar de las niñas. Yo lo pagaré. Y pasaré a recogerte a las ocho para ir a cenar.
—No salgo con hombres —dijo Paula fríamente.
Así que no salía con nadie, pensó Pedro con un estremecimiento de placer posesivo.
—Muy bien. En ese caso, puedes venir a mi casa y te haré la cena. Soy un gran cocinero —concluyó sin modestia.
—Me sigue pareciendo una cita.
—Pau—dijo Pedro con rudeza—deberías saber mejor que nadie que puedo resistirme a tus encantos.
Al pronunciar aquellas palabras, revivió la escena de los bosques, tantos años atrás, cuando Paula, inexperta pero provocativa, había intentado seducirlo. Y Pedro, tras un momento de abandono doloroso e inolvidable, la había rechazado. En esos momentos, los ojos de ella lanzaban puñales.
—Pero he cambiado. O eso dices.
Pedro alzó la ceja con ironía.
—Tienes diez años más, para empezar.
—¡Eso es un golpe bajo!
Le encantó la forma en que el humor se apoderó de nuevo de sus rasgos. La belleza de Paula estaba en la expresividad, en la riqueza con que las emociones iluminaban su rostro.
—La batalla entre los sexos no se lleva a cabo con suficiente justicia —comentó Pedro—. Hasta el sábado. A las ocho.
—¿Por qué tengo la sensación de que me has liado?
—Porque es así —le sonrió—. Estoy deseando que llegue el sábado.
En el salón, Valentina se había quedado dormida de nuevo y Tom roncaba entre sus brazos.
Pedro atravesó la alfombra gris y salió sin hacer ruido. Tenía una cita con Paula. Y no era para un café en la universidad. Qué razón había tenido al detestar a Fernando Martínez. Fue hasta el garaje y estacionó en el interior, saludando a Roberto.
—Vaya, ¿Ahora te dedicas a salvar niñas para ligar con sus madres? ¿No te parece poco moral? —bromeó Roberto al verlo.
—Déjame en paz, Roberto.
Roberto lo miró con humor en los ojos.
—Al menos parece que tienes vida en el cuerpo, hijo. Pareces otro. Por cierto, ha llamado el de Hacienda esta mañana con no sé qué error. ¿Puedes verlo?
—Solo me hará falta un mes o dos —ironizó Pedro—. Vamos a comprar un ordenador, Roberto. Te voy a enseñar a usarlo y no quiero oír tonterías sobre que eres demasiado viejo. Al inspector no le gustará encontrar recibos entre piezas grasientas.
—No tienen ningún sentido del humor —dijo Roberto—. Ése es el problema — Pedro se encerró en el despacho sin que el deplorable estado de las cuentas de Roberto pudiera ahogar la alegría que sentía por su cita con Paula.
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 16
—Paula, pareces un gato rabioso, ¿Qué te pasa?
Los ojos de Paula brillaban como turquesas.
—Pedro, no eres tonto ni ingenuo. En primer lugar, no puedo soportar que ningún hombre intente mandar en mi vida. Me pone enferma. En segundo lugar, eres la última persona en el mundo que hubiera querido que me viera así —en un gesto vago, abarcó el departamento triste y su mobiliario.
—Vives en el mundo, ¿Y qué? No me impresiona y desde luego no tengo la menor intención de meterme en tu vida.
—Yo he fracasado y tú has tenido éxito. Eso debe darte una enorme satisfacción —le espetó Paula con una amargura que le obligó a ser franco.
—Es verdad que te odié durante años —estalló—. Te he odiado y he sentido rencor y no he olvidado cómo me trató tu familia. Pero si he aprendido algo en las últimas semanas es que ya no te odio.
«Vaya», pensó Pedro, «interesante afirmación. Nada como escucharse hablar para estar al día». Paula dejó la taza sobre la mesa.
—¿Por qué has dejado de odiarme?
—Has cambiado —respondió Pedro secamente—. A mejor.
Paula estaba sonrojada y respiraba con dificultad.
—Me porté de forma horrible contigo hace diez años. Fui una niña mimada, esnob y estúpida y tuve la culpa de que perdieras un trabajo que necesitabas, aunque entonces ni lo pensé. Nada como el dinero para cegar. Yo estaba por encima de todos los pequeños problemas materiales —de pronto las lágrimas llenaron sus ojos, pero las apartó furiosamente—. Me comporté como una bruja, Pedro. Una bruja de primera clase y moral aristocrática, eso sí.
—Sí —dijo él con calma—. Así es.
Paula lo miró y una expresión humorística cruzó su rostro y desapareció.
—No hace falta que me des la razón tan rápidamente.
—También eras muy joven y no sabías nada, eras el producto de tu casa y tus colegios arrogantes. No era fácil con un padre tan dominante como el tuyo y una madre tan inútil.
Paula se arregló los rizos.
—No te voy a decir que no sea cierto. Al menos así eran —y con una repentina urgencia, lo miró—. ¿De verdad crees que he cambiado, Pedro?
—Oh, sí —dijo éste lentamente—. Has cambiado. ¿Te imaginas esta conversación hace diez años?
Su sonrisa era franca.
—No, claro.
—Ya no pienso en tí como Paula. Pau te va mucho mejor. No hablo de dónde vives, es algo mucho más profundo.
De nuevo, Paula parecía al borde de las lágrimas.
—Siento tanto lo mal que me porté contigo —murmuró—. Me da tanta vergüenza cómo era entonces y las cosas que hice.
¿Incluía su arrepentimiento la paliza que recibió Pedro? Pero mejor no preguntarlo. El episodio estaba vivo para él y le hacía estremecerse de rencor. Hablaría de ello, pero más adelante. Le parecía que había viajado durante diez años alrededor del mundo para terminar en la cocina de Paula, oyendo sus palabras.
—He esperado mucho para oírte decir eso.
—Demasiado —murmuró Paula—. Aunque estabas en Chile y Australia.
—Y en Tailandia, y Turquía —dejó de sonreír para decir con sinceridad—. ¿Sabes qué? Estás perdonada.
La mujer le dedicó una sonrisa frágil que le recordó la de Valentina.
—Has sido muy generoso.
—Y tú muy valiente por disculparte.
—Ojalá lo hubiera hecho antes. Pero estaba tan obsesionada con apartarte de mi vida, que no quería hablar —se levantó para sonarse y volvió a sentarse—. Te agradezco mucho que trajeras a Valen a casa. Y que te ocuparas de todo —sonrió de nuevo—. De forma muy autodidacta.
—Cuando te pasas diez años viajando, aprendes un montón de cosas.
Cuando se había levantado, la bata se había aflojado de nuevo y Pedro pudo percibir la curva de un seno contra la seda verde. Debía de estar desnuda bajo la bata. Intentó apartar la vista, con el cuerpo tenso por el deseo y la garganta apretada. No iba a parar hasta tenerla en su cama y recuperar la mitad perdida de su alma. ¿Su alma? ¿Se estaba volviendo loco? Lo único que quería era sexo. Llevaba mucho tiempo sin tener una relación con una mujer. Demasiado, era evidente. El tiempo lo remediaría. Miró a Paula, que lo estaba mirando con la boca entreabierta y los ojos Henos de temor. Sin duda, él la había desnudado con la mirada para provocar tal expresión. Enfadado con su torpeza, echó la silla hacia atrás, haciéndola crujir, y se levantó.
—Pedro, no puedes mirarme así, no entra en el pacto que me mires…
La silla tropezó y cayó hacia atrás. Pedro se dió la vuelta para agarrarla, golpeando sin querer el brazo de Paula mientras una voz infantil gritaba desde la puerta:
—¡No pegues a mi madre! ¡No le pegues!
La silla golpeó en el suelo. Hubo un silencio aterrador. Los ojos de Paula estaban anclados en los de Pedro y durante un instante se llenaron de un horror que la hizo parecer mucho mayor que sus veintinueve años.
Los ojos de Paula brillaban como turquesas.
—Pedro, no eres tonto ni ingenuo. En primer lugar, no puedo soportar que ningún hombre intente mandar en mi vida. Me pone enferma. En segundo lugar, eres la última persona en el mundo que hubiera querido que me viera así —en un gesto vago, abarcó el departamento triste y su mobiliario.
—Vives en el mundo, ¿Y qué? No me impresiona y desde luego no tengo la menor intención de meterme en tu vida.
—Yo he fracasado y tú has tenido éxito. Eso debe darte una enorme satisfacción —le espetó Paula con una amargura que le obligó a ser franco.
—Es verdad que te odié durante años —estalló—. Te he odiado y he sentido rencor y no he olvidado cómo me trató tu familia. Pero si he aprendido algo en las últimas semanas es que ya no te odio.
«Vaya», pensó Pedro, «interesante afirmación. Nada como escucharse hablar para estar al día». Paula dejó la taza sobre la mesa.
—¿Por qué has dejado de odiarme?
—Has cambiado —respondió Pedro secamente—. A mejor.
Paula estaba sonrojada y respiraba con dificultad.
—Me porté de forma horrible contigo hace diez años. Fui una niña mimada, esnob y estúpida y tuve la culpa de que perdieras un trabajo que necesitabas, aunque entonces ni lo pensé. Nada como el dinero para cegar. Yo estaba por encima de todos los pequeños problemas materiales —de pronto las lágrimas llenaron sus ojos, pero las apartó furiosamente—. Me comporté como una bruja, Pedro. Una bruja de primera clase y moral aristocrática, eso sí.
—Sí —dijo él con calma—. Así es.
Paula lo miró y una expresión humorística cruzó su rostro y desapareció.
—No hace falta que me des la razón tan rápidamente.
—También eras muy joven y no sabías nada, eras el producto de tu casa y tus colegios arrogantes. No era fácil con un padre tan dominante como el tuyo y una madre tan inútil.
Paula se arregló los rizos.
—No te voy a decir que no sea cierto. Al menos así eran —y con una repentina urgencia, lo miró—. ¿De verdad crees que he cambiado, Pedro?
—Oh, sí —dijo éste lentamente—. Has cambiado. ¿Te imaginas esta conversación hace diez años?
Su sonrisa era franca.
—No, claro.
—Ya no pienso en tí como Paula. Pau te va mucho mejor. No hablo de dónde vives, es algo mucho más profundo.
De nuevo, Paula parecía al borde de las lágrimas.
—Siento tanto lo mal que me porté contigo —murmuró—. Me da tanta vergüenza cómo era entonces y las cosas que hice.
¿Incluía su arrepentimiento la paliza que recibió Pedro? Pero mejor no preguntarlo. El episodio estaba vivo para él y le hacía estremecerse de rencor. Hablaría de ello, pero más adelante. Le parecía que había viajado durante diez años alrededor del mundo para terminar en la cocina de Paula, oyendo sus palabras.
—He esperado mucho para oírte decir eso.
—Demasiado —murmuró Paula—. Aunque estabas en Chile y Australia.
—Y en Tailandia, y Turquía —dejó de sonreír para decir con sinceridad—. ¿Sabes qué? Estás perdonada.
La mujer le dedicó una sonrisa frágil que le recordó la de Valentina.
—Has sido muy generoso.
—Y tú muy valiente por disculparte.
—Ojalá lo hubiera hecho antes. Pero estaba tan obsesionada con apartarte de mi vida, que no quería hablar —se levantó para sonarse y volvió a sentarse—. Te agradezco mucho que trajeras a Valen a casa. Y que te ocuparas de todo —sonrió de nuevo—. De forma muy autodidacta.
—Cuando te pasas diez años viajando, aprendes un montón de cosas.
Cuando se había levantado, la bata se había aflojado de nuevo y Pedro pudo percibir la curva de un seno contra la seda verde. Debía de estar desnuda bajo la bata. Intentó apartar la vista, con el cuerpo tenso por el deseo y la garganta apretada. No iba a parar hasta tenerla en su cama y recuperar la mitad perdida de su alma. ¿Su alma? ¿Se estaba volviendo loco? Lo único que quería era sexo. Llevaba mucho tiempo sin tener una relación con una mujer. Demasiado, era evidente. El tiempo lo remediaría. Miró a Paula, que lo estaba mirando con la boca entreabierta y los ojos Henos de temor. Sin duda, él la había desnudado con la mirada para provocar tal expresión. Enfadado con su torpeza, echó la silla hacia atrás, haciéndola crujir, y se levantó.
—Pedro, no puedes mirarme así, no entra en el pacto que me mires…
La silla tropezó y cayó hacia atrás. Pedro se dió la vuelta para agarrarla, golpeando sin querer el brazo de Paula mientras una voz infantil gritaba desde la puerta:
—¡No pegues a mi madre! ¡No le pegues!
La silla golpeó en el suelo. Hubo un silencio aterrador. Los ojos de Paula estaban anclados en los de Pedro y durante un instante se llenaron de un horror que la hizo parecer mucho mayor que sus veintinueve años.
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 15
—Valen, ponte esto en la frente para que baje el chichón. He puesto agua a hervir para limpiar las rodillas. Hay que taparla, porque creo que se le ha cortado la digestión al caer, o algo así.
Paula se puso en pie, dispuesta a obedecer. Cuando lo hizo, su bata se entreabrió levemente y Pedro pudo ver los muslos y la sombra entre los senos. Su carne era muy blanca en contraste con la seda verde oscuro. Logró sonreír a Valentina.
—Debe de dolerte la herida.
Paula regresó con una manta que puso a los pies de su hija, y un chal para sus hombros. Pedro fue a la cocina, se lavó las manos, tomó el agua hervida y volvió junto a la niña.
—Parece que sabes exactamente lo que estás haciendo —el comentario era de Paula y tenía una nota extraña.
Cade la miró a los ojos, pero su expresión era enigmática.
—Hice un curso de primeros auxilios en Vancouver —dijo—. Antes de irme a recorrer el mundo. Pensé que sería útil.
Aunque se esforzó en no hacer daño a Valentina, era inevitable hacerle daño al quitar la suciedad de la piel herida. Lo aguantó con un estoicismo infantil que le llegó al alma. Poco después, le puso una crema antibiótica para la infección y le vendó la herida.
—Ya está —dijo—. Siento haberte hecho daño, Valen, pero has sido muy valiente.
Valentina le dedicó una sonrisa débil, aliviada por que hubiera acabado la tortura.
—No importa —dijo—. Has intentado no hacerme daño.
Paula rodeó el cuerpo de la niña con la manta.
—Bueno, tesoro, será mejor que te eches una pequeña siesta. ¿Llamo a Tom?
—Sí —dijo Valentina poniéndose cómoda.
Tom era el gato, un animal enorme y asombrosamente feo. Se colocó sobre los pies de Valentina, ronroneando.
Pedro comentó:
—Tengo que llamar a Roberto o se preguntará qué me ha pasado.
—Oh, claro —dijo Paula—. El teléfono está en mi habitación. Es la de la derecha al final del pasillo. ¿Quieres un café?
—Sí —dijo Pedro disimulando el placer—. Me encantaría.
Su dormitorio era muy pequeño. Sin duda había dejado el más grande para las niñas. La cama era individual y solo había un armario pintado de blanco y un cuadro. Había una fotografía de sus padres en la mesilla, en la que Miguel Chaves parecía orondo y satisfecho y Alejandra delgada y levemente ansiosa. «No han cambiado mucho», se dijo Pedro, sentándose en la cama para tomar el teléfono. Al menos no había un retrato del marido.
Cuando Roberto respondió al teléfono, Pedro dijo:
—Siento llegar tarde. He tenido un pequeño accidente. Nada grave: la hija de una amiga se ha hecho daño y la he traído a casa. Enseguida llego.
—Tómate tu tiempo —dijo Roberto—. No hay prisa.
El colchón de Paula era suave y había un aroma en la habitación que le hizo suspirar. Se obligó a salir del cuarto y, de camino a la cocina, observó que la niña se había dormido con el gato en brazos. Ella lo esperaba en la cocina, con el cabello revuelto y la bata atada con más firmeza, un gesto que le agradó pues denotaba que para ella su presencia no era indiferente.
—Valentina es una niña encantadora, Pau—comentó.
—¿Así que he hecho algo bien? —soltó la mujer inesperadamente.
Pedro replicó sin inmutarse:
—Algo habrás hecho.
—Gracias —dijo ella con ironía mientras colocaba las tazas sobre la pequeña mesa.
Pedro se sentó y la miró mientras ponía las cucharas, el azúcar y sacaba la leche. Estaba sonrojada y sus movimientos eran más tensos que graciosos. Sirvió el café y se sentó frente a él. Se mordió el labio. Tomó una galleta y esperó. Paula se preparó el café y al echarse azúcar derramó un poco sobre la mesa. Después miró su café como si fuera un espectáculo fascinante y dijo:
—Bueno, ahora ya lo sabes.
—¿Sé qué?
Las pestañas de la mujer temblaron.
—Todo sobre mí.
—Cada vez me parece que sé menos —confesó Pedro con prudencia.
—Venga, hombre —esta vez, Paula lo miró—. Sabes que estoy divorciada y arruinada.
—Ya me lo había imaginado. No soy tonto.
—Nunca he pensado que lo fueras y no tengo la menor intención de invitarte más a mi casa.
Los ojos de Pedro brillaron de rabia.
—¿Debería haber dejado a Valentina en el suelo?
—¡Claro que no! —Paula se peinó los rizos desordenados—. Todo lo hago mal.
Parecía tan confundida que Pedro sonrió a su pesar.
—¿Por qué no vuelves a empezar? Podrías decir «gracias, Pedro, por ocuparte de mi hija». Eso estaría bien para comenzar.
—¡No te burles de mí! Ya sé que te has hecho cargo de todo, como si yo fuera inútil. Pero soy su madre y sé cuidar de ella.
Paula se puso en pie, dispuesta a obedecer. Cuando lo hizo, su bata se entreabrió levemente y Pedro pudo ver los muslos y la sombra entre los senos. Su carne era muy blanca en contraste con la seda verde oscuro. Logró sonreír a Valentina.
—Debe de dolerte la herida.
Paula regresó con una manta que puso a los pies de su hija, y un chal para sus hombros. Pedro fue a la cocina, se lavó las manos, tomó el agua hervida y volvió junto a la niña.
—Parece que sabes exactamente lo que estás haciendo —el comentario era de Paula y tenía una nota extraña.
Cade la miró a los ojos, pero su expresión era enigmática.
—Hice un curso de primeros auxilios en Vancouver —dijo—. Antes de irme a recorrer el mundo. Pensé que sería útil.
Aunque se esforzó en no hacer daño a Valentina, era inevitable hacerle daño al quitar la suciedad de la piel herida. Lo aguantó con un estoicismo infantil que le llegó al alma. Poco después, le puso una crema antibiótica para la infección y le vendó la herida.
—Ya está —dijo—. Siento haberte hecho daño, Valen, pero has sido muy valiente.
Valentina le dedicó una sonrisa débil, aliviada por que hubiera acabado la tortura.
—No importa —dijo—. Has intentado no hacerme daño.
Paula rodeó el cuerpo de la niña con la manta.
—Bueno, tesoro, será mejor que te eches una pequeña siesta. ¿Llamo a Tom?
—Sí —dijo Valentina poniéndose cómoda.
Tom era el gato, un animal enorme y asombrosamente feo. Se colocó sobre los pies de Valentina, ronroneando.
Pedro comentó:
—Tengo que llamar a Roberto o se preguntará qué me ha pasado.
—Oh, claro —dijo Paula—. El teléfono está en mi habitación. Es la de la derecha al final del pasillo. ¿Quieres un café?
—Sí —dijo Pedro disimulando el placer—. Me encantaría.
Su dormitorio era muy pequeño. Sin duda había dejado el más grande para las niñas. La cama era individual y solo había un armario pintado de blanco y un cuadro. Había una fotografía de sus padres en la mesilla, en la que Miguel Chaves parecía orondo y satisfecho y Alejandra delgada y levemente ansiosa. «No han cambiado mucho», se dijo Pedro, sentándose en la cama para tomar el teléfono. Al menos no había un retrato del marido.
Cuando Roberto respondió al teléfono, Pedro dijo:
—Siento llegar tarde. He tenido un pequeño accidente. Nada grave: la hija de una amiga se ha hecho daño y la he traído a casa. Enseguida llego.
—Tómate tu tiempo —dijo Roberto—. No hay prisa.
El colchón de Paula era suave y había un aroma en la habitación que le hizo suspirar. Se obligó a salir del cuarto y, de camino a la cocina, observó que la niña se había dormido con el gato en brazos. Ella lo esperaba en la cocina, con el cabello revuelto y la bata atada con más firmeza, un gesto que le agradó pues denotaba que para ella su presencia no era indiferente.
—Valentina es una niña encantadora, Pau—comentó.
—¿Así que he hecho algo bien? —soltó la mujer inesperadamente.
Pedro replicó sin inmutarse:
—Algo habrás hecho.
—Gracias —dijo ella con ironía mientras colocaba las tazas sobre la pequeña mesa.
Pedro se sentó y la miró mientras ponía las cucharas, el azúcar y sacaba la leche. Estaba sonrojada y sus movimientos eran más tensos que graciosos. Sirvió el café y se sentó frente a él. Se mordió el labio. Tomó una galleta y esperó. Paula se preparó el café y al echarse azúcar derramó un poco sobre la mesa. Después miró su café como si fuera un espectáculo fascinante y dijo:
—Bueno, ahora ya lo sabes.
—¿Sé qué?
Las pestañas de la mujer temblaron.
—Todo sobre mí.
—Cada vez me parece que sé menos —confesó Pedro con prudencia.
—Venga, hombre —esta vez, Paula lo miró—. Sabes que estoy divorciada y arruinada.
—Ya me lo había imaginado. No soy tonto.
—Nunca he pensado que lo fueras y no tengo la menor intención de invitarte más a mi casa.
Los ojos de Pedro brillaron de rabia.
—¿Debería haber dejado a Valentina en el suelo?
—¡Claro que no! —Paula se peinó los rizos desordenados—. Todo lo hago mal.
Parecía tan confundida que Pedro sonrió a su pesar.
—¿Por qué no vuelves a empezar? Podrías decir «gracias, Pedro, por ocuparte de mi hija». Eso estaría bien para comenzar.
—¡No te burles de mí! Ya sé que te has hecho cargo de todo, como si yo fuera inútil. Pero soy su madre y sé cuidar de ella.
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 14
Pedro silbaba con absurda alegría mientras atravesaba el tráfico de la ciudad para salir al campo. Pero su buen humor no duró mucho. De pronto dos datos molestos alcanzaron su cerebro. En primer lugar, Paula había sido soltera desde la primera vez que se vieron. Y ese hecho no había provocado una actitud más receptiva, al contrario. Ella había desanimado sus atenciones con todas sus fuerzas. En segundo lugar, para ser un hombre solitario e independiente, se estaba poniendo muy nervioso por causa de una mujer que lo había maltratado y que era sin duda la causa de su soltería. Desechó el argumento: al fin y al cabo no estaba pensando en casarse con ella. ¿En qué estaba pensando? ¿En llevarla a su cama tan rápidamente como fuera decente? Pues sí. No podía olvidar la sensación vertiginosa que lo había embargado al tocarla el primer día, en el gimnasio, y la reacción espontánea de su cuerpo. Quería una aventura con ella. Eso era todo. Pero tenía que planear una estrategia que derrumbara sus defensas. Tenía que borrar las cicatrices que hubiera dejado Fernando en su matrimonio. Y tenía que superar, pensó con una sonrisa, la enemistad de Isabella. Aunque era un hombre que había recorrido medio mundo y se había encontrado en situaciones difíciles, descubriendo recursos en sí mismo que ignoraba, no podía pensar en una estrategia adecuada para conquistar a Paula. En los siguientes días solo se le ocurrió invitarla a un café. Su inteligencia no daba para más y sus hormonas estaban desatadas y solo hablaban de tomarla en brazos, encerrarla en su apartamento y hacer el amor con ella durante una semana. Después, haría un montón de preguntas. Luego iría a la cárcel por secuestro, se dijo mientras esperaba en un semáforo el jueves por la mañana. Los niños se dirigían al colegio y corrían por las aceras, jugando a perseguirse. Se entretuvo mirándolos y de pronto una niña tropezó y dió en el suelo con violencia. El corazón le dió un vuelco: era Valentina. Cambió el semáforo y estacionó el coche en doble fila, indiferente a los bocinazos y corrió hacia ella. Rodeada de amigas, Valentina se estaba poniendo en pie, pálida y mareada, con un golpe en la frente y las desnudas rodillas magulladas.
Pedro dijo en tono firme:
—Valentina, soy Pedro. ¿Está tu madre en casa? Si quieres, yo te llevo.
La pequeña lo miró con labios temblorosos, luchando por no llorar.
—Eso creo.
Pedro se volvió hacia el coro de niñas.
—Conozco a Valentina y a su madre. La llevaré a casa. ¿Pueden decírselo a la profesora? Así podrá llamar a la mamá de Valentina si se preocupa.
Tras esto, tomó a la niña en brazos, sorprendido de pronto por su poco peso. Cuando Valentina apoyó la cabeza en su hombro, en un gesto de completa confianza, sintió que algo se deshacía en su interior, una emoción desconocida. Se dió cuenta de que jamás había abrazado a una niña. Una niña que confiaba en él.
Valentina murmuró:
—Estoy mareada.
Su rostro estaba lívido y Pedro dijo en tono tierno:
—Aterrizaste con fuerza, Valen, es normal que te sientas mal. Ya verás qué poco tardamos.
Con la misma dulzura, la dejó en el asiento delantero y condujo hasta los departamentos. Las lágrimas corrían por las mejillas blancas de la niña y Pedro sintió un sobresalto de compasión.
—¿Qué departamento es?
—El veintiséis. Quiero ver a mamá.
—En dos minutos —dijo Pedro mientras estacionaba.
Llevó a Valentina en brazos hasta el portal y llamó. Esperó unos instantes y volvió a llamar. Solo entonces contestó Paula.
—Pau, soy Pedro. Valentina se ha caído de camino al colegio y la he traído a casa.
La puerta se abrió al instante. Subió las escaleras que necesitaban una mano de pintura. Al llegar al descansillo, se encontró con Paula, que había salido a su encuentro, con la mirada llena de ansiedad.
—No es nada grave —dijo para calmarla.
Paula tenía el cabello revuelto y llevaba una bata de seda verde pegada al cuerpo. Dijo sin aliento:
—Menos mal que te he oído. Estaba en la ducha. Valen, tesoro, ¿Qué te has hecho?
La niña dió rienda suelta a sus lágrimas. Pedro entró en el piso y Paula quitó los periódicos de un sofá amplio y echó a un enorme gato para que pudiera tumbarla.
—¿Tienes un botiquín? —preguntó cuando la dejó en el sofá.
—Está en el baño, a la vista —dijo Paula, inclinándose para quitarle los zapatos— . Pobres rodillas —murmuró— Y te has dado en la frente.
Pedro siempre había sido rápido en comprender las situaciones y actuar y el rasgo se había acentuado con su vida nómada. Mientras atravesaba el salón, advirtió el mobiliario escaso y barato, la mesa con el ordenador en un rincón. El baño estaba lleno de juguetes infantiles y encontró enseguida el botiquín colgado de un gancho. Resistió a la tentación de asomarse al dormitorio. En la cocina, puso agua a hervir y metió hielo en un paño limpio antes de volver al salón.
Pedro dijo en tono firme:
—Valentina, soy Pedro. ¿Está tu madre en casa? Si quieres, yo te llevo.
La pequeña lo miró con labios temblorosos, luchando por no llorar.
—Eso creo.
Pedro se volvió hacia el coro de niñas.
—Conozco a Valentina y a su madre. La llevaré a casa. ¿Pueden decírselo a la profesora? Así podrá llamar a la mamá de Valentina si se preocupa.
Tras esto, tomó a la niña en brazos, sorprendido de pronto por su poco peso. Cuando Valentina apoyó la cabeza en su hombro, en un gesto de completa confianza, sintió que algo se deshacía en su interior, una emoción desconocida. Se dió cuenta de que jamás había abrazado a una niña. Una niña que confiaba en él.
Valentina murmuró:
—Estoy mareada.
Su rostro estaba lívido y Pedro dijo en tono tierno:
—Aterrizaste con fuerza, Valen, es normal que te sientas mal. Ya verás qué poco tardamos.
Con la misma dulzura, la dejó en el asiento delantero y condujo hasta los departamentos. Las lágrimas corrían por las mejillas blancas de la niña y Pedro sintió un sobresalto de compasión.
—¿Qué departamento es?
—El veintiséis. Quiero ver a mamá.
—En dos minutos —dijo Pedro mientras estacionaba.
Llevó a Valentina en brazos hasta el portal y llamó. Esperó unos instantes y volvió a llamar. Solo entonces contestó Paula.
—Pau, soy Pedro. Valentina se ha caído de camino al colegio y la he traído a casa.
La puerta se abrió al instante. Subió las escaleras que necesitaban una mano de pintura. Al llegar al descansillo, se encontró con Paula, que había salido a su encuentro, con la mirada llena de ansiedad.
—No es nada grave —dijo para calmarla.
Paula tenía el cabello revuelto y llevaba una bata de seda verde pegada al cuerpo. Dijo sin aliento:
—Menos mal que te he oído. Estaba en la ducha. Valen, tesoro, ¿Qué te has hecho?
La niña dió rienda suelta a sus lágrimas. Pedro entró en el piso y Paula quitó los periódicos de un sofá amplio y echó a un enorme gato para que pudiera tumbarla.
—¿Tienes un botiquín? —preguntó cuando la dejó en el sofá.
—Está en el baño, a la vista —dijo Paula, inclinándose para quitarle los zapatos— . Pobres rodillas —murmuró— Y te has dado en la frente.
Pedro siempre había sido rápido en comprender las situaciones y actuar y el rasgo se había acentuado con su vida nómada. Mientras atravesaba el salón, advirtió el mobiliario escaso y barato, la mesa con el ordenador en un rincón. El baño estaba lleno de juguetes infantiles y encontró enseguida el botiquín colgado de un gancho. Resistió a la tentación de asomarse al dormitorio. En la cocina, puso agua a hervir y metió hielo en un paño limpio antes de volver al salón.
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 13
Valentina tomó la mano de su madre mientras Isabella miraba con rencor a Pedro. Estaba claro que a la pequeña no le caía bien. Así que él le dijo:
—No estoy haciendo de padre, Bella. Solo voy a llevarte al cine para que llegues a tiempo.
Isabella enterró la cara en la pierna de su madre.
—La película te animará —dijo Paula al fin—. Así que vamos a aceptar la generosa oferta de Pedro. Aunque, ¿No venías al gimnasio?
—Sí, pero tengo todo el día.
—¿No tienes compromisos? —al decirlo, Paula se sonrojó como si hubiera deseado retirar esas palabras.
—Salvo cenar con mi madre y arreglar su coche —dijo y decidió con placer que la emoción que cruzó el rostro de Paula era alivio—. ¿Y tú?
—Será mejor que vayamos —zanjó ella—. Suénate la naríz, Bella.
Pedro dirigió al grupo hasta su coche y ayudó a las niñas a abrocharse los cinturones de seguridad. Después, se sentó junto a la madre.
—¿Es un Mercedes? —preguntó Paula abruptamente.
Lo que quería preguntar era qué hacía él con un Mercedes. Pedro arrancó el coche y salió a la carretera.
—Lo compré de segunda mano cuando vine en junio y Roberto, mi socio, ha estado arreglándolo en los ratos libres.
Paula hubiera alzado la cabeza con orgulloso desdén. Pero, por el contrario, pareció avergonzada por la torpeza de su pregunta. Habló con timidez:
—El otro día llovía tanto que no me fijé en el coche.
—Y estabas sorprendida de verme —añadió Pedro con maldad.
Paula explicó con resignación:
—Vivimos a dos manzanas de Whitman, por eso nos encontramos tan a menudo.
—La calle Celtic —añadió Valentina—. Es un departamento.
De manera que los encuentros no se debían al destino, sino a su nueva vida. Las preguntas recorrían el cerebro de Pedro: Fernando era rico y tendría que haber dejado dinero al marcharse. Y si no era así, contaba con la fortuna de su padre. ¿Qué hacía viviendo en unos apartamentos de clase baja? Los había visitado antes de ver su casa y no le habían gustado: habitaciones pequeñas y decoración barata. Le había mentido y vivía de un modo que demostraba que estaba en quiebra. Pero era libre. Comentó en voz alta:
—No sabes cuánto me alegra que se retrasara tu clase, Pau.
Ella no contestó, pero sus dedos se pusieron rígidos sobre la tela de los vaqueros. Dedos sin anillos, porque era soltera. Llegó enseguida al centro donde estaban los cines.
—Pasenlo bien —dijo.
—Gracias —respondió Valentina con una sonrisa deslumbrante de aprobación. Era agradable, en contraste con la mirada de odio que le lanzó la pequeña.
Paula salió del coche rápidamente y se volvió hacia él:
—Gracias, Pedro.
—Tomaremos café un día de éstos.
La frase le ganó una mirada furibunda mientras cerraba la puerta con fuerza. Las vió subir las escaleras del cine mientras decidía ir directamente a casa de su madre a mirar su coche. Divorciada. Libre. Soltera. Las palabras más bellas del vocabulario podían de pronto aplicarse a Paula.
—No estoy haciendo de padre, Bella. Solo voy a llevarte al cine para que llegues a tiempo.
Isabella enterró la cara en la pierna de su madre.
—La película te animará —dijo Paula al fin—. Así que vamos a aceptar la generosa oferta de Pedro. Aunque, ¿No venías al gimnasio?
—Sí, pero tengo todo el día.
—¿No tienes compromisos? —al decirlo, Paula se sonrojó como si hubiera deseado retirar esas palabras.
—Salvo cenar con mi madre y arreglar su coche —dijo y decidió con placer que la emoción que cruzó el rostro de Paula era alivio—. ¿Y tú?
—Será mejor que vayamos —zanjó ella—. Suénate la naríz, Bella.
Pedro dirigió al grupo hasta su coche y ayudó a las niñas a abrocharse los cinturones de seguridad. Después, se sentó junto a la madre.
—¿Es un Mercedes? —preguntó Paula abruptamente.
Lo que quería preguntar era qué hacía él con un Mercedes. Pedro arrancó el coche y salió a la carretera.
—Lo compré de segunda mano cuando vine en junio y Roberto, mi socio, ha estado arreglándolo en los ratos libres.
Paula hubiera alzado la cabeza con orgulloso desdén. Pero, por el contrario, pareció avergonzada por la torpeza de su pregunta. Habló con timidez:
—El otro día llovía tanto que no me fijé en el coche.
—Y estabas sorprendida de verme —añadió Pedro con maldad.
Paula explicó con resignación:
—Vivimos a dos manzanas de Whitman, por eso nos encontramos tan a menudo.
—La calle Celtic —añadió Valentina—. Es un departamento.
De manera que los encuentros no se debían al destino, sino a su nueva vida. Las preguntas recorrían el cerebro de Pedro: Fernando era rico y tendría que haber dejado dinero al marcharse. Y si no era así, contaba con la fortuna de su padre. ¿Qué hacía viviendo en unos apartamentos de clase baja? Los había visitado antes de ver su casa y no le habían gustado: habitaciones pequeñas y decoración barata. Le había mentido y vivía de un modo que demostraba que estaba en quiebra. Pero era libre. Comentó en voz alta:
—No sabes cuánto me alegra que se retrasara tu clase, Pau.
Ella no contestó, pero sus dedos se pusieron rígidos sobre la tela de los vaqueros. Dedos sin anillos, porque era soltera. Llegó enseguida al centro donde estaban los cines.
—Pasenlo bien —dijo.
—Gracias —respondió Valentina con una sonrisa deslumbrante de aprobación. Era agradable, en contraste con la mirada de odio que le lanzó la pequeña.
Paula salió del coche rápidamente y se volvió hacia él:
—Gracias, Pedro.
—Tomaremos café un día de éstos.
La frase le ganó una mirada furibunda mientras cerraba la puerta con fuerza. Las vió subir las escaleras del cine mientras decidía ir directamente a casa de su madre a mirar su coche. Divorciada. Libre. Soltera. Las palabras más bellas del vocabulario podían de pronto aplicarse a Paula.
domingo, 2 de julio de 2017
No Esperaba Encontrarte: Capítulo 12
—¿Consejos sentimentales? —preguntó con ironía—. ¿Lo dices por experiencia?
Roberto hizo una mueca.
—No. Cuando Elisa murió, nunca me recuperé lo suficiente como para buscar a una mujer. Salir con alguien a mi edad me parecía impropio.
Pedro se sintió avergonzado por su broma. Sabía lo duro que había sido para Roberto la muerte de su mujer.
—Mi madre tiene un novio —dijo—. Nunca es tarde, Roberto.
—La hermana de Manuel es una chica preciosa. Tan morena como tú y le gusta bailar —dijo Roberto yendo al grano.
—¿Y qué haces sí ese coche que es un trasto es tu primer coche y no eres capaz de venderlo? —preguntó Pedro con precaución.
—Si eres joven, lo dejas en la calle de atrás y te compras uno nuevo para pasear por la ciudad —respondió Roberto sin dudarlo—. A tu edad, uno no debe pasarse el tiempo hablando con un fantasma, como yo.
Pedro estuvo a punto de contarle toda su triste historia. Pero desde niño se había acostumbrado a no aburrir con sus penas y a no cargar con los consejos de los demás.
—Solo ví a Elisa un par de veces, pero me caía muy bien. ¿Cómo se conocieron?
Roberto comenzó a narrar y Pedro escuchó con atención. Era un buen oyente, pero más bien callado. Esa era una de las quejas de su madre. La otra queja era que no hacía el menor esfuerzo por hacerla abuela. Dos niñas rubias llamadas Isabella y Valentina. «¿Estás pensando en quedarte con las niñas de otro hombre? Lo mejor es que no menciones el nombre de Paula ante tu madre». Esa resolución era fácil de cumplir. Mucho más duro era dejar de pensar en ella.
Pasó una semana. En la casa de la Bahía, el fontanero terminó de instalar los grifos y, en el trabajo, Pedro mejoró su imagen y su relación con algunos de los mecánicos que no habían apreciado la llegada de un extraño en calidad de jefe. No solo era un gran mecánico y un trabajador incansable. Era un hombre con mundo que sabía cuándo callarse y en qué meterse. Una mañana tuvo una pequeña discusión con Joel, el líder del grupo, pero la ganó y Joel comenzó a aceptar la jerarquía y a bromear con él. El resto fue pan comido y él agradeció el desarrollo de los acontecimientos. Le gustaba mucho el garaje y el ambiente de trabajo. El hecho de que fuera una pequeña mina de oro era una ventaja añadida a su felicidad.
El domingo se acercó al garaje para dedicarse a conocer los azarosos y originales métodos contables de Roberto. Pedro había aprendido contabilidad en uno de sus trabajos y, en cuanto tuviera más confianza, tendría que introducir algunos cambios. Un ordenador, por ejemplo, para sustituir la vieja máquina de escribir y las facturas apiladas en cajas de cartón. A la una, decidió que ya estaba bien de trabajo y pensó acercarse al gimnasio. Para cuando llegara, Paula se habría marchado. Pero cuando empujó las puertas del gimnasio, lo primero que oyó fue la voz aguda y ofendida de la pequeña Isabella. Estaba sentada en una silla, con las mejillas escarlatas de furia.
—¡Sí que va a volver!
—No va a volver. Mamá lo ha dicho.
Incluso Valentina parecía preocupada. No paraba de tirarse de un mechón de pelo. Isabella exclamó con angustia:
—Es mi papá. No puede irse para siempre.
—Se han divorciado —explicó Valentina con calma—. Mamá te lo explicó todo.
Isabella parecía a punto de sollozar.
—Me da igual su divorcio idiota. Quiero que vuelva.
—Pues no va a volver —repitió con paciencia Valentina.
En aquel instante, Isabella comenzó a llorar con abundantes y ruidosas lágrimas. Pedro miró entonces a la puerta que daba a las oficinas. Allí estaba Paula, como paralizada y mirándolo. «Me has mentido», se dijo mentalmente. «No estás casada, estás divorciada. Eres libre». Como dos tambores las palabras se repetían en su cerebro, haciéndolo estallar: «has mentido. Eres libre. Has mentido. Eres libre». Se preguntó si parecería tan impresionado como se sentía. A juzgar por el rostro de Paula y su aparente parálisis, así debía de ser. En aquel momento, Isabella reparó en su madre. Saltó de la silla y corrió hasta ella para lanzarse a sus brazos, sollozando.
—Papá volverá pronto, ¿Verdad, mamá?
—No —Paula habló con firmeza, sin dejar de mirar a Pedro y abrazando a su hija—. No volverá, cariño, ya te lo he explicado.
—Pensé que no era verdad —sollozó Isabella.
—Yo sabía que era verdad —dijo Valentina con sensatez uniéndose a las dos.
—Se ha marchado a Texas —siguió Paula con la misma calma peligrosa—. Eso está muy lejos, Bella.
—Los vaqueros viven en Texas —suspiró la niña.
—Tu padre vive en la ciudad, tesoro. No le gusta el campo, ¿Recuerdas?
Valentina puso una mano torpe en el hombro de su hermana.
—Vamos a llegar tarde al cine, Bella, y tenías muchas ganas de ver esa película —sacó un pañuelo arrugado de su bolsillo y se lo tendió—. Toma, usa el mío.
Isabella se limpió las mejillas con el pañuelo y miró el reloj, pero en ese momento, Valentina exclamó con voz desesperada, mirando al exterior por las ventanas:
—Oh, no. Ahí va el autobús. Tendremos que esperar a la semana que viene. Ahora ella también parecía a punto de echarse a llorar.
Pedro dió un paso hacia ellas.
—Yo las llevaré. Así llegarán a tiempo.
—No podemos hacer eso —protestó Paula—. No…
Valentina sonrió a Pedro con todo su encanto infantil.
—Eres el amigo de mamá, ¿Verdad? El que nos habló el otro día. Venga, mamá, sabes que Bella se muere por ver esta película y la van a quitar. Por favor.
—Mi coche está fuera. ¿A qué hora empieza la película? —preguntó Pedro.
—A las dos menos cuarto —murmuró Paula—. Pero no sé si…
—Nos sobra tiempo —declaró Pedro con una sonrisa burlona.
Le hacía gracia que Paula hubiera caído en una trampa dispuesta por sus hijas. Así tendría que ser oficialmente aceptado como amigo de la familia. Amigo de ella, una mujer divorciada. Una mujer que ya no era la esposa de Fernando Martínez. Por algún motivo idiota, se sentía extraordinariamente feliz.
Roberto hizo una mueca.
—No. Cuando Elisa murió, nunca me recuperé lo suficiente como para buscar a una mujer. Salir con alguien a mi edad me parecía impropio.
Pedro se sintió avergonzado por su broma. Sabía lo duro que había sido para Roberto la muerte de su mujer.
—Mi madre tiene un novio —dijo—. Nunca es tarde, Roberto.
—La hermana de Manuel es una chica preciosa. Tan morena como tú y le gusta bailar —dijo Roberto yendo al grano.
—¿Y qué haces sí ese coche que es un trasto es tu primer coche y no eres capaz de venderlo? —preguntó Pedro con precaución.
—Si eres joven, lo dejas en la calle de atrás y te compras uno nuevo para pasear por la ciudad —respondió Roberto sin dudarlo—. A tu edad, uno no debe pasarse el tiempo hablando con un fantasma, como yo.
Pedro estuvo a punto de contarle toda su triste historia. Pero desde niño se había acostumbrado a no aburrir con sus penas y a no cargar con los consejos de los demás.
—Solo ví a Elisa un par de veces, pero me caía muy bien. ¿Cómo se conocieron?
Roberto comenzó a narrar y Pedro escuchó con atención. Era un buen oyente, pero más bien callado. Esa era una de las quejas de su madre. La otra queja era que no hacía el menor esfuerzo por hacerla abuela. Dos niñas rubias llamadas Isabella y Valentina. «¿Estás pensando en quedarte con las niñas de otro hombre? Lo mejor es que no menciones el nombre de Paula ante tu madre». Esa resolución era fácil de cumplir. Mucho más duro era dejar de pensar en ella.
Pasó una semana. En la casa de la Bahía, el fontanero terminó de instalar los grifos y, en el trabajo, Pedro mejoró su imagen y su relación con algunos de los mecánicos que no habían apreciado la llegada de un extraño en calidad de jefe. No solo era un gran mecánico y un trabajador incansable. Era un hombre con mundo que sabía cuándo callarse y en qué meterse. Una mañana tuvo una pequeña discusión con Joel, el líder del grupo, pero la ganó y Joel comenzó a aceptar la jerarquía y a bromear con él. El resto fue pan comido y él agradeció el desarrollo de los acontecimientos. Le gustaba mucho el garaje y el ambiente de trabajo. El hecho de que fuera una pequeña mina de oro era una ventaja añadida a su felicidad.
El domingo se acercó al garaje para dedicarse a conocer los azarosos y originales métodos contables de Roberto. Pedro había aprendido contabilidad en uno de sus trabajos y, en cuanto tuviera más confianza, tendría que introducir algunos cambios. Un ordenador, por ejemplo, para sustituir la vieja máquina de escribir y las facturas apiladas en cajas de cartón. A la una, decidió que ya estaba bien de trabajo y pensó acercarse al gimnasio. Para cuando llegara, Paula se habría marchado. Pero cuando empujó las puertas del gimnasio, lo primero que oyó fue la voz aguda y ofendida de la pequeña Isabella. Estaba sentada en una silla, con las mejillas escarlatas de furia.
—¡Sí que va a volver!
—No va a volver. Mamá lo ha dicho.
Incluso Valentina parecía preocupada. No paraba de tirarse de un mechón de pelo. Isabella exclamó con angustia:
—Es mi papá. No puede irse para siempre.
—Se han divorciado —explicó Valentina con calma—. Mamá te lo explicó todo.
Isabella parecía a punto de sollozar.
—Me da igual su divorcio idiota. Quiero que vuelva.
—Pues no va a volver —repitió con paciencia Valentina.
En aquel instante, Isabella comenzó a llorar con abundantes y ruidosas lágrimas. Pedro miró entonces a la puerta que daba a las oficinas. Allí estaba Paula, como paralizada y mirándolo. «Me has mentido», se dijo mentalmente. «No estás casada, estás divorciada. Eres libre». Como dos tambores las palabras se repetían en su cerebro, haciéndolo estallar: «has mentido. Eres libre. Has mentido. Eres libre». Se preguntó si parecería tan impresionado como se sentía. A juzgar por el rostro de Paula y su aparente parálisis, así debía de ser. En aquel momento, Isabella reparó en su madre. Saltó de la silla y corrió hasta ella para lanzarse a sus brazos, sollozando.
—Papá volverá pronto, ¿Verdad, mamá?
—No —Paula habló con firmeza, sin dejar de mirar a Pedro y abrazando a su hija—. No volverá, cariño, ya te lo he explicado.
—Pensé que no era verdad —sollozó Isabella.
—Yo sabía que era verdad —dijo Valentina con sensatez uniéndose a las dos.
—Se ha marchado a Texas —siguió Paula con la misma calma peligrosa—. Eso está muy lejos, Bella.
—Los vaqueros viven en Texas —suspiró la niña.
—Tu padre vive en la ciudad, tesoro. No le gusta el campo, ¿Recuerdas?
Valentina puso una mano torpe en el hombro de su hermana.
—Vamos a llegar tarde al cine, Bella, y tenías muchas ganas de ver esa película —sacó un pañuelo arrugado de su bolsillo y se lo tendió—. Toma, usa el mío.
Isabella se limpió las mejillas con el pañuelo y miró el reloj, pero en ese momento, Valentina exclamó con voz desesperada, mirando al exterior por las ventanas:
—Oh, no. Ahí va el autobús. Tendremos que esperar a la semana que viene. Ahora ella también parecía a punto de echarse a llorar.
Pedro dió un paso hacia ellas.
—Yo las llevaré. Así llegarán a tiempo.
—No podemos hacer eso —protestó Paula—. No…
Valentina sonrió a Pedro con todo su encanto infantil.
—Eres el amigo de mamá, ¿Verdad? El que nos habló el otro día. Venga, mamá, sabes que Bella se muere por ver esta película y la van a quitar. Por favor.
—Mi coche está fuera. ¿A qué hora empieza la película? —preguntó Pedro.
—A las dos menos cuarto —murmuró Paula—. Pero no sé si…
—Nos sobra tiempo —declaró Pedro con una sonrisa burlona.
Le hacía gracia que Paula hubiera caído en una trampa dispuesta por sus hijas. Así tendría que ser oficialmente aceptado como amigo de la familia. Amigo de ella, una mujer divorciada. Una mujer que ya no era la esposa de Fernando Martínez. Por algún motivo idiota, se sentía extraordinariamente feliz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)