domingo, 2 de julio de 2017

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 12

—¿Consejos sentimentales? —preguntó con ironía—. ¿Lo dices por experiencia?

Roberto  hizo una mueca.

—No. Cuando Elisa murió, nunca me recuperé lo suficiente como para buscar a una mujer. Salir con alguien a mi edad me parecía impropio.

Pedro se sintió avergonzado por su broma. Sabía lo duro que había sido para Roberto la muerte de su mujer.

—Mi madre tiene un novio —dijo—. Nunca es tarde, Roberto.

—La hermana de Manuel es una chica preciosa. Tan morena como tú y le gusta bailar —dijo Roberto yendo al grano.

—¿Y qué haces sí ese coche que es un trasto es tu primer coche y no eres capaz de venderlo? —preguntó Pedro con precaución.

—Si eres joven, lo dejas en la calle de atrás y te compras uno nuevo para pasear por la ciudad —respondió Roberto sin dudarlo—. A tu edad, uno no debe pasarse el tiempo hablando con un fantasma, como yo.

Pedro estuvo a punto de contarle toda su triste historia. Pero desde niño se había acostumbrado a no aburrir con sus penas y a no cargar con los consejos de los demás.

—Solo ví a Elisa un par de veces, pero me caía muy bien. ¿Cómo se conocieron?

Roberto comenzó a narrar y Pedro escuchó con atención. Era un buen oyente, pero más bien callado. Esa era una de las quejas de su madre. La otra queja era que no hacía el menor esfuerzo por hacerla abuela. Dos niñas rubias llamadas Isabella y Valentina. «¿Estás pensando en quedarte con las niñas de otro hombre? Lo mejor es que no menciones el nombre de Paula ante tu madre». Esa resolución era fácil de cumplir. Mucho más duro era dejar de pensar en ella.


Pasó una semana. En la casa de la Bahía, el fontanero terminó de instalar los grifos y, en el trabajo, Pedro mejoró su imagen y su relación con algunos de los mecánicos que no habían apreciado la llegada de un extraño en calidad de jefe. No solo era un gran mecánico y un trabajador incansable. Era un hombre con mundo que sabía cuándo callarse y en qué meterse. Una mañana tuvo una pequeña discusión con Joel, el líder del grupo, pero la ganó y Joel comenzó a aceptar la jerarquía y a bromear con él. El resto fue pan comido y él agradeció el desarrollo de los acontecimientos. Le gustaba mucho el garaje y el ambiente de trabajo. El hecho de que fuera una pequeña mina de oro era una ventaja añadida a su felicidad.

El domingo se acercó al garaje para dedicarse a conocer los azarosos y originales métodos contables de Roberto. Pedro había aprendido contabilidad en uno de sus trabajos y, en cuanto tuviera más confianza, tendría que introducir algunos cambios. Un ordenador, por ejemplo, para sustituir la vieja máquina de escribir y las facturas apiladas en cajas de cartón. A la una, decidió que ya estaba bien de trabajo y pensó acercarse al gimnasio. Para cuando llegara, Paula se habría marchado. Pero cuando empujó las puertas del gimnasio, lo primero que oyó fue la voz aguda y ofendida de la pequeña Isabella. Estaba sentada en una silla, con las mejillas escarlatas de furia.

—¡Sí que va a volver!

—No va a volver. Mamá lo ha dicho.

Incluso Valentina parecía preocupada. No paraba de tirarse de un mechón de pelo. Isabella exclamó con angustia:

—Es mi papá. No puede irse para siempre.

 —Se han divorciado —explicó Valentina con calma—. Mamá te lo explicó todo.

Isabella parecía a punto de sollozar.

—Me da igual su divorcio idiota. Quiero que vuelva.

—Pues no va a volver —repitió con paciencia Valentina.

En aquel instante, Isabella comenzó a llorar con abundantes y ruidosas lágrimas. Pedro  miró entonces a la puerta que daba a las oficinas. Allí estaba Paula, como paralizada y mirándolo. «Me has mentido», se dijo mentalmente. «No estás casada, estás divorciada. Eres libre».  Como dos tambores las palabras se repetían en su cerebro, haciéndolo estallar: «has mentido. Eres libre. Has mentido. Eres libre». Se preguntó si parecería tan impresionado como se sentía. A juzgar por el rostro de Paula y su aparente parálisis, así debía de ser. En aquel momento, Isabella reparó en su madre. Saltó de la silla y corrió hasta ella para lanzarse a sus brazos, sollozando.

—Papá volverá pronto, ¿Verdad, mamá?

—No —Paula habló con firmeza, sin dejar de mirar a Pedro y abrazando a su hija—. No volverá, cariño, ya te lo he explicado.

—Pensé que no era verdad —sollozó Isabella.

 —Yo sabía que era verdad —dijo Valentina con sensatez uniéndose a las dos.

—Se ha marchado a Texas —siguió Paula con la misma calma peligrosa—. Eso está muy lejos, Bella.

—Los vaqueros viven en Texas —suspiró la niña.

—Tu padre vive en la ciudad, tesoro. No le gusta el campo, ¿Recuerdas?

Valentina puso una mano torpe en el hombro de su hermana.

—Vamos a llegar tarde al cine, Bella, y tenías muchas ganas de ver esa película —sacó un pañuelo arrugado de su bolsillo y se lo tendió—. Toma, usa el mío.

Isabella se limpió las mejillas con el pañuelo y miró el reloj, pero en ese momento, Valentina exclamó con voz desesperada, mirando al exterior por las ventanas:

—Oh, no. Ahí va el autobús. Tendremos que esperar a la semana que viene. Ahora ella también parecía a punto de echarse a llorar.

Pedro dió un paso hacia ellas.

—Yo las llevaré. Así llegarán a tiempo.

—No podemos hacer eso —protestó Paula—. No…

Valentina sonrió a Pedro con todo su encanto infantil.

—Eres el amigo de mamá, ¿Verdad? El que nos habló el otro día. Venga, mamá, sabes que Bella se muere por ver esta película y la van a quitar. Por favor.

—Mi coche está fuera. ¿A qué hora empieza la película? —preguntó Pedro.

 —A las dos menos cuarto —murmuró Paula—. Pero no sé si…

—Nos sobra tiempo —declaró Pedro con una sonrisa burlona.

 Le hacía gracia que Paula hubiera caído en una trampa dispuesta por sus hijas. Así tendría que ser oficialmente aceptado como amigo de la familia. Amigo de ella, una mujer divorciada. Una mujer que ya no era la esposa de Fernando Martínez. Por algún motivo idiota,  se sentía extraordinariamente feliz.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 11

—En el garaje de la esquina.

 Se detuvo en un semáforo y, de pronto, Pedro se oyó decir sin saber por qué:

—Paula, si alguna vez necesitas ayuda, ya sabes que puedes contar conmigo.

 Repitió las palabras en su cerebro, asombrado, pasándose la mano por el cabello.

—Por qué digo esto, te juro que no lo sé. Pero —y de pronto le sonrió, una sonrisa amplia—… lo digo en serio. Será por los viejos tiempos.

Paula lo miraba a su vez, con la boca entreabierta y los ojos asustados, como si hubiera visto un fantasma. Él preguntó rápidamente:

—¿Qué te pasa?

Paula susurró sin pensarlo dos veces:

—Había olvidado tu sonrisa. Hay algo en ella que me hace sentir… Dios mío… ni siquiera sé de qué estoy hablando.

El corazón de Pedro estaba acelerado y sus palabras nacieron de nuevo de un lugar ajeno a la cordura:

—Puedes decirme todo lo que se te pase por la cabeza, Pau. Lo digo en serio.

Paula se miró las manos, apretadas sobre su regazo.

—No, no puedo —masculló y Pedro comprendió que la humedad que había en sus pestañas no era lluvia, sino lágrimas.

—Pau… —algún conductor impaciente le pitó y Pedro tuvo que arrancar y fijarse en la conducción.

En voz tan tenue que costaba oírla, Paula dijo:

—Olvida esta conversación, Pedro. Olvida que nos hemos visto. Estoy cansada, eso es todo. Y siempre he odiado el viento.

—Es verdad —dijo él lentamente—. Me contaste que una vez te perdiste en una tormenta de viento cuando eras muy pequeña —recordaba exactamente la tarde en que se lo había contado—. Cuando me lo dijiste, había viento y se te voló la bufanda. Yo corrí detrás y la recuperé enredada en las lilas.

—Habían florecido una semana antes y estaban hermosas —dijo ella, mordiéndose el labio—. ¿Siempre hay que recordarlo todo?

Otra persona no hubiera percibido la angustia que ocultaba la pregunta, pero Pedro comprendió el tono.

—Me temo que la memoria es implacable —dijo con simpatía—. Pero juraría que la mayor parte de tus recuerdos son agradables.

—¿En serio? —esta vez el tono de Paula fue sarcástico—. Pues estás equivocado.

No era oportuno que Pedro recordara en aquel instante la noche en que, al volver a su casa por el bosque, tres hombres lo habían asaltado para darle una paliza. El recuerdo le hizo hablar con voz fría.

—Ya hemos llegado. Espero que disfrutes de tu clase.

 Sobresaltada por el cambio en su tono, Paula se apartó de él visiblemente.

—Gracias por traerme —dijo con tono formal.

 Y salió del coche, cerrando la puerta con fuerza mientras Pedro permanecía en silencio, aferrado al volante como si se tratara de una tabla en el océano. Perfecta su estrategia de distanciamiento. Perfecto el exorcismo, palabra estúpida que iba a desterrar. ¿Cómo se le había ocurrido ofrecer su ayuda? Se miró uno de los dedos que los matones le habían roto. Quizás Paula lo había olvidado, pero él no. Jamás olvidaría. Con un humor de perros fue a la tienda de música, gastó mucho más de lo que pretendía y llevó el equipo a la casa de la bahía. El viento había convertido el mar en una masa espumosa y gris. El cielo estaba cuajado de nubes amenazantes, que se amontonaban sobre su casa, donde los árboles agitaban las ramas en forma aterradora. El fontanero no había terminado su trabajo y el electricista había dejado una nota diciendo que había tenido un problema. Preguntándose cómo se le había ocurrido comprar una casa vieja y fría, con paredes de granito, fue de un cuarto a otro, sintiéndose desolado. Al menos cenaba con Roberto esa noche y con su madre al día siguiente. Le alegraba estar ocupado. Menos tiempo para pensar. Porque las noches eran una tortura.

Aquella tarde, Roberto llevó a su socio a su restaurante favorito.

—Come, chico —le animó—. Pareces anémico.

Pedro  alzó su cerveza como saludo y le contó los variados problemas de su obra. Roberto escuchó, dió consejos y comió nachos con varias salsas hasta que llegaron los filetes con patatas horneadas y las ensaladas.

—Estoy muerto de hambre —dijo Pedro—. Acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comer.

—¿Estás pensando en vivir en la casa con una mujer? —preguntó de pronto Roberto, poniendo crema ácida sobre su patata.

El gesto de ir a cortar de Pedro quedó suspenso.

—No.

—Si un coche está mal, lo vendes y te compras otro. No sigues metiéndole dinero —fue el oblicuo comentario de Roberto.

Pedro había pasado el día intentando leer, mirar la televisión y olvidar, todo con poco éxito.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 10

¿Paula? ¿En una tienda de ropa de segunda mano? ¿La chica que podía gastarse el sueldo mensual de Pedro en un vestido? Probablemente realizaba algún trabajo como voluntaria. Eso mostraba un lado bueno de su persona, se dijo cruzando inmediatamente con la excusa mental de acercarse a las flores para comprobar el diseño del jardín. Aprovechó para echar un vistazo dentro de la tienda. Una mujer estaba sentada tras el mostrador, hojeando una revista. Paula buscaba entre un montón de ropa de niños. Pedro estaba viendo una película en la que alguien había cometido un error. Alguien había mezclado las secuencias y el guión de otra vida. Como si sintiera la intensidad de la mirada, Paula giró la cabeza y lo vió a través del cristal, parado en la acera. Su expresión horrorizada, la forma en que volvió la cabeza para no mirarlo, expresaban claramente su muda súplica. Le estaba pidiendo que se marchara y no volviera nunca más. Empujó la puerta y fue hasta ella.

—¿Qué está pasando, Paula? —preguntó sin la menor diplomacia—. Hace diez años ni hubieras entrado en un lugar así.

Paula se puso recta y sus ojos lanzaron chispas.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no te quiero en mi vida? No me parece un mensaje complicado y no entiendo por qué no lo captas.

—¡Solo quiero que me digas lo que te ocurre!

—Lo único malo que me ocurre es que no me dejas en paz.

La mujer del mostrador intervino entonces con voz preocupada:

—¿Necesitas ayuda, Paula?

—No, gracias, Marta. Ya se iba. Ahora.

Pedro asintió.

—Me marcho porque odio llegar tarde al trabajo.

No era una frase muy ingeniosa, pero no se le ocurrió nada mejor para tener la última palabra. Mientras avanzaba por la calle a grandes zancadas, su cerebro daba vueltas a las posibilidades. ¿Habría perdido Fernando su fortuna? Quizás una bancarrota o una mala gestión lo habían llevado a la ruina. Pero los motivos no eran asunto suyo. Ella no era asunto suyo. A pesar de la brevedad de su encuentro,  había observado que parecía muy cansada. Una parte de él deseaba ardientemente tomarla en brazos, mimarla y ocuparse de esa mujer que lo había humillado y herido. Cuidarla y hacer el amor con ella, se dijo con una sonrisa dolida. Hacer el amor con ella día y noche y al diablo con su marido y sus hijas. Aquello era el plan más estúpido y enfermizo imaginable. Durante todo el día, trabajó como un poseso. Y no habló con Manuel de su hermana.


El sábado por la mañana, Pedro decidió acercarse al centro para comprar un equipo de música para su nueva casa. Tras los días suaves y soleados tan típicos de septiembre en Nueva Escocia, había empezado a llover. Las gotas eran arrastradas por un viento frío que removía el polvo de la ciudad e impedía el uso de paraguas. Estaba mirando las rachas violentas, cuando, con un sobresalto, observó que la mujer que corría hacia la parada de autobús, con la cabeza desnuda bajo la lluvia, era Paula. «Te juro que hago lo posible por evitarte», se dijo. «Por olvidarte. ¿Por qué el demonio te pone una y otra vez en mi camino? ¿Es Halifax una ciudad tan pequeña? ¿O es que el destino quiere unirnos?» Ella llevaba su chaqueta azul y una bolsa de mano. Debía correr hacia su clase de aerobic. Se acercó con el coche y frenó suavemente, con cuidado para no salpicar a los peatones. Bajó la ventanilla y gritó:

—¡Sube! Te acerco a la universidad.

Paula lo reconoció y la sorpresa asustada marcó sus rasgos como una máscara de teatro clásico. Tenía el rostro empapado de lluvia y parecía estar llorando. Miró nerviosamente para ver si venía el autobús y solo entonces se decidió y abrió la puerta del coche para desplomarse a su lado.

«Tranquilo, Pedro», se dijo éste.

—Cierra la ventanilla. ¿Es habitual este tiempo en Halifax?

Paula se quitó la chaqueta y luego luchó innecesariamente con el cinturón antes de contestar con voz tranquila.

—No suele ser tan malo.

Se retiró el cabello empapado de la cara, mostrando sus mejillas sonrojadas por la carrera. Cada nervio de Pedro estaba de punta, excitado por su angustiosa proximidad, por su absoluta lejanía. Se obligó a mirar el tráfico.

—¿Vas al gimnasio?

 Ella asintió con un gesto mecánico, poco natural en una mujer tan expresiva.

—Espero no desviarte.

—No has traído a las niñas —respondió Pedro.

—Pude encontrar una niñera —respondió Paula y lo miró por vez primera—. ¿Vives cerca?

—Vivo en la calle Whitman.

—Oh —dijo Paula con voz débil—. ¿Y dónde trabajas?

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 9

Aquella tarde, Pedro llamó a su madre. Ana Alfonso era una maestra que durante años se las había arreglado para inculcar cierto amor por el saber en adolescentes más interesados por el sexo opuesto que por la literatura moderna. Aunque su marido, Horacio, había sido un hombre encantador y un bailarín genial, era también un alcohólico que varias veces al año bebía hasta entrar en coma. Ana había sufrido en silencio, un silencio cargado de reproches que hacía que Pedro niño deseara una pelea con gritos y platos rotos, en lugar del atormentador silencio de su casa. Se había retirado dos años atrás, anticipadamente, y se había enamorado del director del colegio, un viudo abstemio, que tenía un sentido del humor genial y adoraba viajar.

Pedro, en su primera visita, un par de meses antes, se había sentido encantado con el cambio en la vida de su madre y había apreciado enormemente a su nuevo novio. De forma que lo primero que dijo cuando su madre descolgó fue:

—Pensé que Carlos y tú estarían en Mongolia.

—Está en el salón viendo la televisión con una taza de té —dijo Ana en tono formal—. Nada aventurero. Pero es cierto que nos hemos planteado ir a Hawai antes de navidades.

—No te lo pienses, mamá. Y dile hola de mi parte —Pedro se puso a charlar de otras cosas, contándole cómo iban las obras de su casa, y pidiéndole consejo sobre los azulejos del baño. Por fin preguntó, fingiendo indiferencia—: El otro día vi a alguien que me recordó a Fernando Martínez. ¿Sabes si Paula y él siguen viviendo en Halifax?

—No creo. Al poco de casarse se fueron a Toronto. Y por lo que sé, allí siguen —Ana suspiró—. A él no me gustaría ni invitarle a un té. En cuanto a ella, deberías haberla olvidado.

Ojalá fuera así, rezó Pedro en silencio. Durante un segundo terrible, temió haberlo dicho en voz alta. Por fin, mintió:

 —La he olvidado, no te quepa duda. Entonces, si pongo el suelo verde oscuro en la cocina, ¿Qué color me conviene para las paredes?

Ana dió su opinión con la mayor seriedad y olvidaron el tema de Paula. Tras aceptar ir a cenar el sábado, Pedro tomó la guía de teléfonos y buscó un nombre. Había dos Martínez, uno cuyo nombre empezaba por L. y el único con inicial en F. vivía en una zona de la ciudad que el viejo Fernando no hubiera pisado ni muerto. ¿A qué estaba jugando? Incluso si marcaba y encontraba a Paula, ¿Qué iba a decirle?

Recordó la mirada de temor de la mujer, la ronquera de su voz al rogarle que la dejara en paz. Pedro se había burlado de ella y la había felicitado por la representación. No se había planteado que su temor pudiera ser fundado. ¿Era su marido el motivo de su miedo? ¿Cuáles eran las cicatrices a las que se había referido? Hubiera jurado que Paula no había simulado su emoción. ¿Acaso la maltrataba Fernando? Era una mujer fuerte y valiente, pero Fernando  era un tipo enorme. La mera idea de imaginarlo forzando o molestando a Lori le ponía enfermo. Cerró los ojos para superar la rabia casi homicida. Lo mataría si eso fuera cierto. Eso no la ayudaría mucho.  Si de verdad éste la amenazaba, lo mejor que podía hacer era mantener las distancias. No hablarle, ni ir a su clase, ni molestar a las niñas. Ni sufrir sobre las páginas telefónicas como un adolescente enamorado. Había vivido solo durante años y así debía seguir. Cerró el listín y lo metió con un gesto brusco en el cajón. Eso haría. Olvidarla, mantenerse lejos. Incluso salir con otras mujeres.

Manuel, el mecánico del garaje especializado en motos, tenía una hermana que adoraba ir al cine. A Pedro también le gustaba el cine. Le pediría a la hermana de Manuel que fueran juntos al próximo estreno. Así dejaría de dar vueltas en su departamento, demostrando el viejo dicho de que solo se desea lo que no se puede tener. Tenía que desmentirlo. Aunque tuviera que salir con treinta mujeres hasta encontrar a una que se interesara por él, pero no tuviera interés en casarse. Recuperó la novela que estaba leyendo y se obligó a concentrarse en su intriga. Su resolución de no ver más a Paula era perfecta y admirable. Salvo por un pequeño detalle: durante la semana siguiente, se encontró con ella por casualidad en dos ocasiones. Y cada vez su resolución flaqueaba.

Tenía un departamento en la zona norte de Halifax, junto al garaje. La zona no era la más elegante de la ciudad, pero  le gustaba el piso, con techos altos y espaciosas habitaciones con molduras en las puertas. Le gustaba ir caminando al trabajo, saludar al viejo que vendía el periódico en la esquina y al dueño del bar que barría la acera cada mañana. Le producía una sensación de haber vuelto al hogar. Esperaba tener la misma sensación en su casa de la bahía. Nueve años recorriendo el mundo eran suficientes.

Tres días después de la clase de aerobic, Pedro caminaba a las ocho y media de la mañana. Estaba muy satisfecho de sí mismo, pues por primera vez desde que había vuelto a verla no había soñado con ella. El remedio estaba funcionando. El pasado estaba ocupando su lugar. Tendría que hablar con Manuel sobre su hermana. Miró al otro lado de la calle para comprobar cómo seguían los crisantemos que en los últimos días habían sido un espectacular concierto de escarlata, amarillo y bronce decorando un pequeño parque. Una mujer se acercó por la acera y entró en una tienda de ropa usada de una organización caritativa. Estuvo a punto de tropezar al reconocerla.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 8

Pedro había llegado a pensar que quizás Paula y Fernando se habían divorciado, lo que no era improbable en diez años, pero las palabras de ella le hicieron descartarlo. Por otra parte, ¿Qué más daba? La malsana emoción que le recorría al verla nada tenía que ver con Fernando. Lo único en lo que podía pensar era en abrazarla y besarla durante horas. Con Fernando o sin él. Casada o no. Una forma extraña de actuar en un hombre que acababa de manifestar su odio. Tampoco sabía cómo seguir la conversación, pues nada era como lo había previsto. Paula resolvió el dilema:

—Tengo que marcharme —dijo fríamente—. Adiós.

La voz parecía salir a borbotones de su garganta. La vió marchar, con la altiva cabeza erguida y movimientos graciosos de sus caderas. Hasta que la puerta no se cerró tras ella, Pedro no pudo reconocer el sentimiento que lo embargaba. No era odio. No era rabia ni rencor. Era dolor. Un dolor intenso. Nacía del reconocimiento de que la nueva Paula Chaves no quería saber nada de él, como no lo había querido la antigua Paula. ¿Dolor? ¿Por el rechazo de una mujer a la que odiaba? Debía de estar loco. Pero loco o no, tenía que hacer algo al respecto. Seguía sin tener una respuesta a su dilema cuando llegó al garaje, se puso un mono de trabajo y se concentró en las intrincadas tripas de un Mercedes hecho a medida. Roberto había estado revisando el trabajo de uno de los aprendices con los frenos de un utilitario y, tras dar su aprobación se acercó a él.

—¿Has comido bien? —preguntó como quien no quiere la cosa.

Pedro eligió un destornillador y emitió un sonido ininteligible.

—¿Qué has tomado?

 —¿Qué?

—¿Qué has comido? —repitió Roberto con paciencia.

—Nada, se me olvidó comer. Fui al gimnasio.

—¿Te encuentras bien?

«No», se dijo Pedro. «Nada bien. Tengo un nudo en el estómago del tamaño del motor del Mercedes y no dejo de pensar en una mujer de ojos azules y un cuerpo por el que podría morir. Un cuerpo que me atormenta. A mí, que he conseguido mantener la sexualidad bajo control durante años».

—Estoy bien —dijo—. ¿Quieres que revisemos la contabilidad después de cerrar?

—No hace falta que me engañes —dijo Roberto amablemente—. Basta con que me mandes a paseo.

Por fin Pedro se obligó a mirarlo.


—Lo siento, Roberto—dijo—. Son líos de mujeres.

—Pues te has dado prisa. ¿Cuánto hace que has vuelto? ¿Tres meses? Aunque no es raro. Siempre gustaste a las mujeres.

Salvo a una.

—Prefiero cambiar de tema —masculló Pedro.

—Eso tampoco es nuevo. Nunca has sido un tipo parlanchín —Roberto le sonrió—. Vamos a cenar cuando cerremos y luego nos ponemos con las cuentas. No quiero que te mueras de hambre por amor.

Amor. Lo que sentía por Paula nada tenía que ver con el amor. Era pura lujuria. Frustración absoluta y rabia, una rabia cuya fuerza le daba miedo. Pero no era amor. Enfadado consigo mismo por su incapacidad para ocultar sus emociones, fue a buscar el manual del Mercedes a la oficina. Tenía que encontrar una forma de deshacerse de su obsesión, dado el fracaso de su estúpida teoría. No bastaba con verla para olvidarla, y exorcizar al demonio, necesitaba algo más. Pero nunca se había liado con una mujer casada y no iba a empezar con ella. Claro que sus principios no valían nada, teniendo en cuenta que Paula no quería saber nada de él. Había días en que lo mejor era no salir de la cama, concluyó.

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 7

—Paula—dijo Pedro tomándola por el brazo al ver que se alejaba hacia la puerta— creo que es evidente para ambos que necesitamos hablar.

Con un parpadeo nervioso, Paula  respondió:

—Yo solo tengo una cosa que decir, Pedro. Aunque es importante. Siento mucho haber tenido algo que ver con tu despido. Lo siento de veras. Y ahora permite que me marche, por favor.

—¿Algo que ver? —repitió con incredulidad Pedro.

—Eso he dicho.

—Perdona, hiciste que me echaran.

—Fue algo más complicado.

—Fue muy simple. Se lo dijiste a papá y papá me echó.

—¡Qué fácil es todo en tu mente! —exclamó Paula con rabia—. La niña rica y malévola. Vete de una vez. No hay nada de qué hablar.

Pedro continuó con voz tranquila:

—¿Por qué te asustaste cuando nos encontramos el otro día?

—Pedro—dijo Paula— el pasado es el pasado. Está muerto y enterrado. Nunca he creído en la reencarnación y no voy a empezar ahora. No quiero que me hables. No quiero que hables con mis hijas. ¿Te has enterado?

—No debería haber dicho nada a las niñas. Te pido disculpas.

—No entiendo cómo pudiste reconocerlas.

 —Son exactas a tí. Y además había visto un retrato de las tres en la ciudad. La dueña del estudio ha venido a tu clase.

—Le dije a Sabrina que no la expusiera —Paula frunció el ceño—. Voy a tener que enfadarme.

Pedro no quería hablar de Sabrina.

—Contéstame a una pregunta. ¿Por qué haces este trabajo agotador cuando tienes un marido rico y un padre millonario?

Con una mirada que recordaba su antigua altivez, ignoró su pregunta.

—Vete a paseo, ¿Quieres? No tengo por qué decirte nada, ni una palabra. Si sigues acosándome, me quejaré y haré que te quiten de la clase.

—Con todos tus defectos, nunca fuiste cobarde —replicó Pedro, decidido a jugar sucio—. ¿Recuerdas la noche en que te arrojaste a mis brazos, Paula? ¿O lo has borrado de tu memoria como aquella última noche de agosto? ¿Te acuerdas? Tenía un par de costillas rotas, dos dedos rotos y una conmoción.

Durante un segundo, Paulase mordió el labio. Sus labios que podía besar eternamente, se dijo Pedro mientras se preguntaba si habría metido definitivamente la pata. No le había gustado nada que utilizara el verbo «acosar».

—Esto no tiene sentido —exclamó Paula—. Odio hablar del pasado y resucitar lo que debe estar muerto. Nos separamos hace años y cada uno tiene su vida. Así debe ser.

Abruptamente la tomó por los codos para inmovilizarla. No había logrado quitarse completamente las manchas de grasa del trabajo y tenía las manos llenas de cicatrices.

—Sigo sin parecerte lo bastante bueno para tí, ¿Verdad? —habló con agresividad—. No soy más que un mecánico. Demasiado pobre para tomar un café conmigo.

—Eso no es… —sus ojos iluminados por el pesar y la rabia se posaron un instante en las manos que la sujetaban—. ¿Qué es eso, Pedro?

Una fea cicatríz blanquecina recorría su mano y terminaba en su muñeca. El roce de los dedos de Paulasobre su mano le quemaba. Contestó con indiferencia:

—Un accidente en una plataforma de petróleo en el mar del Norte. Hace un par de años. ¿Te importa, Paula?

Ella dejó caer la mano y tomó aire antes de decir:

—Los dos tenemos cicatrices. Algunas fuera y otras dentro. Escúchame, por favor. No quiero ofenderte y desde luego no te desprecio en absoluto. Pero no tenemos nada que decirnos. Es mejor que lo aceptes y nos dejemos de ver.

—¿Dónde están tus cicatrices?

—Pedro… por favor.

 Siempre había amado el color de sus ojos, un color entre azul y verde, que a veces se oscurecía como un lago bajo una tormenta. Había temor en sus ojos. Pedro se defendió hablando con tono desagradable:

—Muy emotivo. Has aprendido nuevos trucos en diez años.

Paula dijo en un susurro:

—Me odias, ¿Verdad?

—Empiezas a entenderlo. ¿Se te ocurre algún motivo por el que no debiera odiarte?

 El gesto de la mujer se hizo duro.

—No tengo ninguno —dijo con palabras que cortaban como el hielo.

—Siempre pensé que Fernando sería un marido muy celoso. ¿Es eso lo que te asusta tanto? ¿Que descubra que nos hemos vuelto a ver?

 Una expresión indescifrable cruzó su rostro.

 —Soy una mujer casada —dijo—. Es una razón…

 —¿Por qué no llevas anillo?

—¿Aquí? —ironizó Paula—. ¿Las famosas joyas de la familia?

No Esperaba Encontrarte: Capítulo 6

El lunes, a las doce menos cinco, Pedro entró en la sala de aerobic donde ya se habían reunido varias personas que esperaban, charlando. Paula  estaba de cuclillas en una esquina y colocaba una cinta en el radio cassette. Se acercó por detrás, sin hacer ruido.

—Buenos días —dijo.

El cuerpo de Paula se estremeció antes de quedarse muy quieto. Con una frialdad que tuvo que admirar, siguió colocando la cinta antes de ponerse en pie y darse la vuelta.

—Buenos días, Pedro—dijo—. El gimnasio está en el otro pasillo. ¿O se te ha olvidado?

—Por desgracia no olvido casi nada —le mostró su pase especial—. He decidido probar tu clase. Uno debe estar abierto a nuevas experiencias, ¿Verdad?

—¿Dices que vienes a mi clase? —preguntó secamente Paula.

—Eso he dicho.

Paula lo miró como si estuviera conteniendo una docena de respuestas malvadas. Pedro observó cómo se las tragaba haciendo un esfuerzo titánico.

—Bien —replicó—. Pero no te esfuerces mucho el primer día. No quiero que te hagas daño.

—Vamos, Paula—sonrió Pedro—. Te encantaría que me rompiera las dos piernas.

—No, no quiero arruinar mi reputación —respondió Paula con una sonrisa falsa—. Diviértete.

La vió alejarse. Llevaba un top verde y unos pantalones azul marinos. Ambos brillaban y se pegaban a su cuerpo como una segunda piel. No parecía la madre de dos hijas. Pedro se situó en la última fila y se dispuso a escucharlas instrucciones. Había bastante gente en la sala. En el último minuto una mujer de mediana edad entró corriendo y disculpándose ocupó un lugar junto a él. Contuvo el aliento. Era la mujer del estudio de fotografía que tenía el retrato de Paula con sus hijas. La mujer lo reconoció al momento, lo miró con recelo y deliberadamente se situó detrás. En otro momento, la escena lo hubiera divertido.

La clase empezó. Muy pronto, Pedro tuvo que reconocer que cualquiera que fuera el motivo por el que trabajaba, Paula era una buena profesora. Se dirigía a todos por su nombre, mantenía un ritmo y entusiasmo envidiables y sabía explicar la técnica, corrigiendo los defectos de sus alumnos. La secuencia de movimientos era agotadora y  no estaba acostumbrado a la coordinación, de manera que se encontró unas cuantas veces haciendo lo contrario que los demás. Todos parecían muy orquestados, incluyendo el rubio inmenso de la primera fila, el tal Marcos.

En un momento, se encontró girando en sentido contrario al resto y deseó haber tenido el talento de su padre, que había sido un bailarín fantástico. Paula aprovechó su confusión para decir con una sonrisa adorable:

—Intenta seguir los pasos con los pies y olvidar los brazos. Y si estás cansado, puedes parar un rato.

Si el sudor no le hubiera cegado y si hubiera logrado hacer lo que gente con el doble de edad lograba con aparente facilidad, Pedro habría pensado una respuesta ingeniosa. Cuando empezaba a entender la tabla, Paula cambió de movimientos y ordenó:

—Mantener las caderas rectas, no torcidas, así… —Pedro miró sus formas ágiles y redondas y volvió a perder el ritmo.

Le molestaba pasar por un torpe, pero se dijo que podía estar orgulloso de su forma física. Seguro que Paula no podía ganarle a una carrera. Una idea realmente pueril. Del nivel de Isabella.

Ahora Paula estaba haciendo jogging, con una ligereza que hacía pensar que tenía alas en los pies, arrastrando a la clase con su energía y a la vez mimando a sus estudiantes y dándoles ánimos. Aquella no era la mujer que él recordaba. No se hubiera rebajado a tratar con tanta naturalidad y simpatía a gente vulgar. En los estiramientos de los últimos diez minutos, Pedro utilizó músculos cuya existencia ignoraba. Cuando la clase terminó, estaba sudando abundantemente y necesitaba una ducha. Ella se dirigió al fondo de la sala para recuperar sus cintas y él la siguió. Tenía manchas de sudor en la espalda y debajo del pecho y Pedro pensó que eran lo más erótico que había visto en su vida.

—La clase es muy buena, gracias —dijo Pedro con sinceridad.

—Es mi trabajo —respondió Paula sin mirarlo.

—¿Tienes tiempo para tomar un café o comer algo en la cafetería?

—No, gracias.

Era el momento de tomar la iniciativa, como lo había planeado.