domingo, 25 de junio de 2017

Enamorando Al Magnate: Capítulo 55

 Paula se sintió atacada y se puso a la defensiva.

—No es algo por lo que tuviera que disculparme.

—Claro que no… —repuso él sin pensárselo—. Soy yo quien tiene que disculparse.

 —Eso es —le espetó ella y se atrevió a mirarlo.

 La expresión de sincero arrepentimiento de él hizo que su enfado se disipara un poco—. ¿Por qué?

—Debí haberlo adivinado —admitió él, hundido.

—¿Cómo ibas a saberlo? —preguntó ella, atónita.

—Había señales. Como tu reacción a ese beso que te dí el primer día que fuimos a cenar, por ejemplo.

—Sólo me sorprendió. No he besado a tantos hombres —confesó Paula, sin pensar.

Al instante, rezó para que él no le tuviera lástima. No podría soportarlo.

—¿A cuántos?

—A pocos —contestó ella y lo miró. No parecía que él le tuviera lástima—. A dos, incluido tú.

—¿A ese tipo con el que saliste cuando estabas en la universidad?

—¿Cómo sabes eso?

—Me informé porque… —comenzó a explicar él y se pasó la mano por el pelo—. Tu reacción cuando te besé fue… Temía haberlo fastidiado todo. Francisco  y Ludmila no recordaban haberte visto salir con nadie en Thunder Canyon, pero creían que habías estado con alguien en la universidad.

—¿Has estado haciendo preguntas sobre mi vida personal?

—Estaba intentando comprenderte —se defendió él—. Pensé que alguien te había lastimado y que, por eso, no querías nada conmigo. Ahora sé la verdad.

  ¿Por qué no podían dejar la conversación de una vez? se dijo Paula.

—No es gran cosa.

—Te equivocas. Sí es gran cosa. Cuando una mujer se entrega a un hombre por primera vez, es un regalo.

—¿De veras? —replicó ella y, al mirarlo a los ojos, sólo percibió honestidad.

—Un regalo y una responsabilidad.

 —¿Por qué?

 Pedro se quedó callado unos instantes.

—La primera vez de una mujer puede afectar a su actitud hacia el sexo para toda la vida. Un hombre se siente presionado por hacerlo bien. Ojalá yo hubiera sabido…

Qué bonito, pensó Paula. Era lo mismo que su madre le había dicho, pero desde el punto de vista masculino. Entonces, supo sin lugar a dudas que a su madre le habría gustado Pedro.

—Lo hice muy mal —continuó él—. Lo siento mucho. De alguna manera, te resarciré por ello.

Paula se sintió invadida por una oleada de calidez. Algo se estremeció en su interior. Era obvio que él no la consideraba una extraterrestre y que no descartaba hacerlo una segunda vez. Ella estaba por completo a favor de repetirlo. Le tocó el brazo y el calor de la piel de él derritió sus últimas inseguridades.

—Para que lo sepas, mi actitud hacia el sexo está en buen estado de salud.

Pedro la observó un momento y le envolvió la mano con la suya. Sonrió.

—Bien.

Paula deseó que ese momento durara para siempre, pero sabía que debían decidir cuál sería el próximo paso.

—¿Qué vamos a hacer con Augusto?

—Creo que hemos hecho todo lo que hemos podido aquí.

 —Pero él sigue por ahí en alguna parte.

—Billings tiene una población de cien mil habitantes —señaló Pedro—. Es como buscar una aguja en un pajar. En Thunder Canyon hay chicos que quieren estar en Raíces. Ellos deben ser tu prioridad.

 —Tienes razón —admitió Paula—. Lo que pasa es que…

—¿Los que huyen necesitan más ayuda? —adivinó él.

—Sí.

  —Él sabe dónde encontrarte —le aseguró él y le apretó la mano para darle ánimos. Luego, se levantó—. Vamos a casa.

—De acuerdo.

 —Voy a pagar en recepción —indicó él cuando hubieron entrado en el vestíbulo.

—Iré contigo.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 54

—Ni yo tampoco. Y sé muy bien que no soy lo bastante bueno para tí. No soy la clase de hombre que tú mereces. No puedo darte lo que necesitas.

Las palabras se le clavaron a Paula en el corazón. Sintió la urgencia de estar sola con su dolor. Sin decir palabra, agarró sus ropas. Había esperado mucho para estar con un hombre. Y le había encantado hacer el amor con él. Le había parecido maravilloso. Y le rompía el corazón que él no pensara lo mismo.  Haciendo acopio de todas sus fuerzas, consiguió contener las lágrimas hasta que estuvo sola en su cuarto.  A la mañana siguiente,  se compró una taza de café y un bollito para llevar en la cafetería que había junto al hotel. No quería verlo. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados de llorar, pero ésa no era la razón de su comportamiento evasivo.  ¿Qué iba a decirle a él sobre la noche anterior?  En sus fantasías, había soñado con acurrucarse en sus brazos después de hacer el amor por primera vez. Lo que no había sido capaz de imaginar había sido qué hacer cuando llegara el día.  Sin saber bien qué pensar,  regresó al hotel. Deseó poder estar en su casa en ese momento y tuvo la tentación de subirse al coche e irse. Pero no podía dejar allí a Pedro, aunque él se hubiera portado como un idiota. Eso no significaba que no pudiera portarse como una cobarde un poco más y seguir evitándolo.  Atravesó el vestíbulo del hotel y salió al patio. Se sentó en un banco de hierro forjado, rodeado de flores y árboles, y observó a su alrededor. Era un lugar tranquilo o lo habría sido si ella no hubiera estado en medio de su propia crisis personal.  Debería haberse quedado en Thunder Canyon, se dijo. El viaje había sido una pérdida de tiempo. Augusto seguía desaparecido y ella se había acostado con su amor platónico. Todo era un desastre.

—Aquí estás.

Paula dió  un brinco al escuchar la voz de Pedro a sus espaldas. Sumida en sus pensamientos, no lo había oído acercarse.

—Aquí estoy —repuso ella, sin darse la vuelta para mirarlo.

 —¿Te importa si te acompaño?

 Sí le importaba, pensó ella. Pero era mejor terminar con eso cuanto antes. Se encogió de hombros.

—Como quieras.

—Te he estado buscando —dijo él, sentándose a su lado.

—Y me has encontrado.

Paula  buscó en su bolsa del desayuno y sacó un pedazo de bollo. No tenía hambre, la verdad es que se había quedado sin apetito nada más oír la voz de él, pero necesitaba tener algo que hacer con las manos. Cuanto más tiempo pudiera evitar mirarlo, mucho mejor, se dijo.  Lo malo era que no podía evitar oler el aroma especiado y masculino de su loción para después del afeitado y el limpio olor de su piel después de la ducha. Su interior tembló de excitación, a pesar de que sabía que era una pérdida de energía.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Claro —afirmó ella—. ¿No tengo buen aspecto?

—No quería decir eso y lo sabes.

 —¿Qué querías decir entonces?

Paula debió haberse apiadado de él y haberle respondido lo que sabía que él le estaba preguntando, pero no se sentía en absoluto compasiva. Si fuera por ella, preferiría ignorar que hubiera pasado nada la noche anterior.

—Tenemos que hablar sobre lo de anoche —dijo él y suspiró.

—No, no hace falta.

—De acuerdo. Yo lo necesito. Tú puedes escucharme nada más.

—No, no puedo —repuso Paula y comenzó a levantarse, pero él la detuvo. Muy a su pesar, a ella se le aceleró la respiración al sentir su contacto.

—No seas tozuda.

—No puedo evitarlo. Nací así —dijo ella y dejó la bolsa del desayuno en el banco, entre los dos.

—¿Por qué no me dijiste que nunca habías estado con un hombre?

Enamorando Al Magnate: Capítulo 53

No era posible describir una sensación así con palabras. Al fin, Paula comprendió por qué la gente le daba tanta importancia al sexo. Sin embargo, ella todavía era virgen. Antes de que pudiera formular las palabras para comunicárselo a su amante, él estaba agarrando el preservativo de la mesilla.  Después de ponérselo, Pedro la tomó entre sus brazos.

—Eres todavía más sensible y apasionada de lo que imaginaba —le susurró él.

  Paula se quedó atónita ante su declaración. ¡Él había pensado en ella de esa manera!

—¿Imaginaste cómo podía ser en la cama?

—Después del primer beso —admitió él y sonrió—. Me hizo preguntármelo. Eras muy callada y tímida en el colegio. Pero con ese primer beso intuí algo.

—Vaya.

La revelación le dio a Paula el coraje que necesitaba. Le rodeó el cuello con un brazo y le acarició la nuca. Lo atrajo a su lado y lo besó, notando cómo la respiración y el pulso de él se aceleraban. Pedro se colocó encima de ella, sujetando su peso con los brazos apoyados en la cama, y le separó los muslos con la rodilla.

—Rodéame con tus piernas —pidió él con voz ronca y tono de urgencia.

 Ella hizo lo que le pedía, ansiosa por dar el último paso, por conocer ese último secreto. Sintió que él entraba y se preparó. Cuando la penetraba, notó un agudo dolor. Al instante, la resistencia de su cuerpo desapareció. Pero Pedro se puso tenso y se quedó quieto.

—¿Paula? —llamó él, confuso.

 —No pares —susurró ella, apretándolo con fuerza—. Por favor.

 Paula lo apretó con sus piernas, haciendo que entrara en más profundidad. Pedro gimió y comenzó a mover las caderas. Momentos después, el cuerpo de él se paralizó, se tensó y él gritó de placer. Ella lo apretó mientras él la inundaba con su orgasmo. Ella sonrió, contenta por saber al fin lo que se sentía. Se alegró de poder darle ese placer a él.  A continuación, Pedro levantó la cabeza y ella dejó caer los brazos, dejando que se apartara. Él salió de la cama, agarró los pantalones del suelo y se fue al baño.  Paula tenía el cuerpo un poco dolorido, pero no le importaba. Entonces, pensó algo. El sexo no la convertía en mujer. Pero sí le hacía alegrarse de serlo.  Por desgracia, aquel momento de felicidad sólo duró un instante. Pedro salió del baño y le tendió el albornoz del hotel que estaba colgado en el armario.

—Tenemos que hablar.

 No era lo que ella había esperado oír. No podía ser buena señal.

—De acuerdo.

Paula se puso el albornoz y se lo ató con el cinturón. Pedro le dió la espalda cuando comenzó a hablar, pero ella no necesitaba verle la cara para saber que estaba disgustado.

—¿Eres virgen?

—Ya, no —contestó ella y encendió la luz de la mesilla.

 Pedro se giró de golpe.

—¿No se te ocurrió en ningún momento que deberías habérmelo dicho?

—No —repuso ella y se apoyó en el cabecero de la cama—. Es el pez que se muerde la cola. No sabía que tuvieras que saberlo porque nunca lo había hecho antes.

—Tienes veinticuatro años. ¿Cómo es posible?

—La vida me ha mantenido ocupada. Y mi madre siempre me dijo que no me apresurara, que sólo había una primera vez y que debía ser especial.

 —Si lo hubiera sabido, habría hecho que fuera especial —dijo él, encogiéndose.

—Lo ha sido —aseguró ella—. Me alegro de que fueras tú. De veras quería que tú fueras el primero.

  —¿Yo? —preguntó él, sorprendido.

—Tú mismo dijiste que había algo entre nosotros.

—Sí —contestó él a regañadientes—. Y fue una estupidez decir eso. Estaba esforzándome para resistirme a la tentación…

—Me alegro de que no pudieras —le interrumpió ella, intentando ponerle un poco de humor y disipar la tensión que lo atenazaba.

 Sin embargo, por cómo apretó Pedro la mandíbula, supo que no lo había conseguido.

—No tiene sentido, Paula. Tal vez, si yo fuera un hombre distinto…

—¿No debería ser yo quien dijera eso?

 —No sabes nada de esto. No tienes con quién compararme.

Paula se puso de pie y se acercó a él lo bastante como para percibir la rabia que irradiaba de él.

—El sexo es sólo un acto físico. Que haya sido mi primera vez no quiere decir que no sepa nada. Sé quién me gusta y quién no. No nací ayer.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 52

 Como un rayo, Pedro sacó la llave de su puerta y la abrió. Encendió la luz y la invitó a pasar. Nada más cerrar la puerta, la tomó entre sus brazos y la besó con pasión.  Paula le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. Los músculos de las piernas apenas la sujetaban y se agarró a él con todas sus fuerzas. El beso de él rebosaba deseo y todas las inseguridades de ella se desvanecieron, dejando paso al instinto.  Pedro le recorrió los labios con la lengua y ella abrió la boca. Cuando él deslizó la lengua dentro y la besó con intensidad, la respiración de ella se aceleró todavía más. No pudo contener un gemido de deseo y el sonido hizo que aumentara la tensión del cuerpo de él mientras, con las manos, la exploraba por todas partes. Él le acarició la espalda y la agarró de las caderas para apretarla contra su erección. Luego le subió las manos a la cintura y llegó a los pechos, donde se detuvo para acariciárselos con los pulgares. Los pezones de ella, muy sensibles, se endurecieron al instante. Paula quería que él le tocara la piel desnuda, ardía en deseos de sentir sus manos en los pechos. Como si le hubiera leído la mente, Pedro le levantó la camiseta por encima de la cabeza. Con un diestro movimiento, le desabrochó el sujetador, le deslizó los tirantes por los brazos y lo dejó caer en el suelo.  Entonces,  la sostuvo entre sus brazos. Era una sensación maravillosa, pensó Paula, notando como la sangre se le agolpaba en las venas y el pulso le latía entre los muslos.

—Oh, Pau —jadeó él—. Eres tan hermosa…

Ella cerró los ojos y se estremeció.

—Me encanta.

 Pedro bajó la cabeza y se metió su pecho derecho en la boca. Paula se sintió recorrida por una corriente eléctrica cuando él le lamió el pezón con la lengua. El placer comenzaba a resultarle insoportable, cuando él posó la atención en el otro pecho. Incapaz de controlar la tensión creciente que se estaba apoderando de su cuerpo, ella estuvo a punto de gritar de deseo.  Pedro se enderezó y la miró con ojos ardientes. Respiraba a gran velocidad. Le tomó la mano y la llevó a la cama.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—Del todo.

 Eso era lo único que él necesitaba oír antes de retirar la colcha, la manta y las sábanas en un solo movimiento. Paula se quitó las zapatillas de deporte y se desabrochó el botón de los pantalones. Se los bajó junto con las braguitas. Estuvo a punto de sufrir un ataque de timidez, pero desapareció al instante cuando él se quitó la camiseta. Al ver su pecho desnudo, tan musculoso, ella se quedó sin respiración. Luego, Pedro la besó y sus cuerpos se tocaron piel con piel. Ella sintió que se le prendía fuego la piel ante la exquisita intimidad del momento.  Él se apartó con reticencia y buscó su cartera en el bolsillo de los pantalones. Metió dos dedos dentro, sacó un paquete cuadrado y lo dejó en la mesilla de noche. Sería un preservativo, pensó ella. Era una suerte que él se hubiera acordado, porque ella apenas recordaba su propio nombre.  A continuación, Pedro posó en ella su ardiente mirada, mientras se quitaba los pantalones. Ella apenas tuvo tiempo de admirar su fuerte cuerpo, sus musculosas piernas. Al instante, él la tomó entre sus brazos y la colocó en el centro de la cama.  Antes de que tuviera tiempo de enfriarse, él se tumbó a su lado, deslizó un brazo debajo de ella y la acercó. Le sostuvo la cara con una mano y la besó, incendiándola con su lengua, sus dientes y sus caricias. Luego, le recorrió el pecho y el vientre. Con un dedo apartó los pliegues de su feminidad y entró en ella, preparándola. Con el pulgar, le frotó en su parte más sensible y ella se sintió recorrida por una poderosa corriente eléctrica. Se estremeció tanto que casi se incorporó de un salto.  Pero aquello era sólo el principio. Empezó a acariciarla, una y otra vez, haciendo que cada vez estuviera más excitada. Ella se retorció, incapaz de estarse quieta. Levantó las caderas, pidiendo más, mientras el pulso entre las piernas le latía cada vez más fuerte. Entonces, sintió una explosión de placer que la recorrió en oleadas, mientras él la sostenía con ternura entre sus brazos.

—Oh, cielos…

 Él sonrió.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 51

Con visión borrosa por las lágrimas, Paula se detuvo delante de la puerta de su habitación, buscando la llave en los bolsillos de los pantalones.  Habían pasado seis años desde que su madre había muerto. Durante ese tiempo había podido tener sus emociones bajo control. Pero, de pronto, su coraza se había resquebrajado.

—Maldición —susurró ella.

—¿Paula?

Paula había sentido su presencia incluso antes de que él hubiera hablado. Lo único que ella quería era poder llorar en la privacidad de su habitación.

—Por favor, vete —rogó ella. ¿Era demasiado pedir?

—No puedo dejarte así.

 —Estoy bien.

—Pues no lo parece. ¿Qué te pasa?

  Era demasiado difícil ponerlo en palabras. ¿Cómo iba a decirle que se había derrumbado porque el futuro no podía incluirlo a él?  De pronto, un torrente de lágrimas comenzó a bañarle la cara.

—No me pasa nada.

 —No te creo —repuso él y, posando las manos en sus hombros, la obligó a girarse—. Ven aquí.

 Pedro la rodeó con sus brazos y la apretó con fuerza. Ella apoyó la mejilla en su pecho, encontrando consuelo en el sólido latido de su corazón, en la calidez de su cuerpo.

—No llores, Pau. Encontraremos a Augusto.

—Lo sé.

Era más fácil dejar que él creyera que el problema era Augusto en vez de explicarle que era más egoísta de lo que él pensaba, se dijo. Cuando se había puesto a llorar, sólo había estado pensando en sí misma.

—No pretendía echar a perder la velada. No tenías por qué seguirme.

 —No puedo soportar verte triste. Quería asegurarme de que estuvieras bien y ayudarte a arreglar las cosas.

 —No te preocupes —dijo ella, limpiándose las lágrimas—. Se me pasará.

Pedro dió un paso atrás y la miró.

—¿Lo prometes?

—Sí.

 Se quedaron mirándose unos instantes. Paula reconoció el momento exacto en que Pedro dejó de intentar consolarla y su expresión mostró algo por completo diferente. Sus ojos se oscurecieron y se le tensó la mandíbula.

—Es mejor que entres en tu habitación —dijo él con voz profunda, peligrosa.

En un breve instante de lucidez, Paula supo que aquél era uno de esos puntos de inflexión que tenía la vida. Un momento en que podía elegir y, luego, tendría que cargar con las consecuencias. Podía elegir vivir y mirar atrás con orgullo o esconder la cabeza y arrepentirse durante el resto de sus días.

 —No —negó ella—. Llévame a tu habitación.

 Los ojos de Pedro brillaron de sorpresa pero, de inmediato, volvieron a oscurecerse de deseo.

—No es buena idea.

—¿No me deseas? —preguntó ella, sin poder contener las palabras.

 —Yo no diría eso.

—¿Entonces qué dirías?

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si te hubiera robado todos los fondos que tienes para tu proyecto. Sólo intento ser un caballero y no es fácil.

  —¿Por qué no es fácil?

—Oh, cielos… —comenzó a decir él y tragó saliva—. Porque eres hermosa. Tu… Tu piel es… tan suave… Has minado todas mis defensas.

A Paula se le aceleró el corazón y su alma se llenó de satisfacción.

—¿De veras?

—Diablos, sí. Te deseo más de lo que nunca he deseado a ninguna mujer en toda mi vida.

—Yo también te deseo —admitió ella.

Cuando lo escuchó gemir, Paula supo que él se había rendido y que ella había ganado.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 50

—¿Qué?

—No te permites disfrutar. Castigándote a tí misma sólo conseguirás ponerte triste. No es posible cambiar el hecho de que, a veces, pasan cosas malas que escapan a tu control.

Paula dejó la servilleta sobre la mesa y se quedó mirándolo.

—¿Acaso crees que no lo sé?

—Sé que lo sabes —replicó él—. Más que nadie, deberías saber lo importante que es disfrutar el momento. No puedes vivir siempre con miedo.

—Es fácil decirlo. Cuando fuiste a la universidad y te fuiste de casa por primera vez, nadie te llamó semanas después para decirte que tu madre estaba muerta. No tuviste que volver a toda prisa a casa, conmocionado, para cuidar de unos hermanos que estaban todavía más traumatizados que tú —señaló ella—. Un día eres la hija mayor y, al día siguiente, tienes que hacer de madre de la única familia que te queda —añadió y respiró hondo, estremeciéndose—. ¿Tienes idea de lo que se siente cuando te cargas con una responsabilidad que no has elegido y que de ningún modo mereces?

—Hiciste un trabajo increíble —comentó él con sinceridad.

—No podría haberlo hecho sin Francisco Walters. Fue como el padre que nunca tuve.

—Más de lo que crees.

—¿Qué quieres decir? —quiso saber Paula—. ¿Por qué no te cae bien?

—Creo que te equivocas en eso.

Pedro no había tenido la intención de contarle nada, pero tampoco se arrepentía de haberlo mencionado. Era importante que, antes de que él se fuera, Paula supiera que cuando le había prometido llamarla hacía seis años había pretendido hacerlo de verdad. Quería que ella supiera que no era un mujeriego sin corazón y que se había equivocado cuando había puesto en duda su capacidad de compromiso. Quería aclarar las cosas.

—Hace seis años te besé en la fiesta de carnaval y te dije que te llamaría. De alguna manera, Francisco Walters se enteró —explicó él y se encogió de hombros—. No hay secretos en un pueblo pequeño.

—No entiendo.

—Francisco me advirtió que me mantuviera alejado de tí, me dijo que tú no eras mi tipo y que, si te lastimaba, me las haría pagar.

—¿Francisco te amenazó?
—¿Por qué lo haces? —quiso saber él.

—Fue una conversación entre hombres. Y él tenía derecho a hacerlo —afirmó Pedro, viendo cómo ella se quedaba con la boca abierta—. Pero también quiero que sepas que hace poco me reconoció que se había equivocado.

—No tenía ni idea —señaló ella, sorprendida—. Durante todo este tiempo, había pensado lo peor de tí.

 —Y lo que dijiste sobre mi incapacidad para comprometerme…

—Lo siento.

Pedro no estaba buscando una disculpa, sólo quería aclarar las cosas. Y,sobre todo, no quería hacer que ella se sintiera mal.

 —Por favor, no te pongas así. Sólo creí que deberías saber por qué no te llamé hace años. No quería lastimarte.

Igual que tampoco quería lastimarla en ese momento. Ni nunca.

—Te creo —dijo ella—. Pero es agua pasada. De todas maneras, me cuesta vivir el presente, bajar la guardia y divertirme. No soy la clase de persona capaz de aprovechar las oportunidades y dejar el pasado atrás…

Paula se interrumpió con labios temblorosos. Se llevó la mano a la boca, como si se avergonzara de haber perdido la compostura. Sin decir nada más, se puso en pie y salió corriendo del restaurante.  Pedro firmó el recibo de la tarjeta de crédito que, discretamente, Clara había dejado sobre la mesa y salió corriendo detrás de Paula. No podía soportar verla así.  Y no se quedaría de brazos cruzados. Ella no estaba sola. Al menos, podía abrazarla mientras lloraba.

viernes, 23 de junio de 2017

Enamorando Al magnate: Capítulo 49

Había un bonito restaurante al lado del hotel, con mesas con manteles blancos, iluminadas por velas. Los sentaron en un rincón tranquilo del comedor, que no estaba muy lleno. Era imposible no fijarse en la romántica decoración.  Paula estaba preciosa bajo la luz del sol, pero a la luz de las velas dejaba sin respiración, observó Pedro. Tenía el pelo moreno suelto y él deseó poder acariciar su suavidad. Era probable que hubiera sido un error elegir ese sitio. Hubiera sido mejor un lugar ruidoso y vulgar, que no inspirara sentimientos románticos. Aunque no estaba seguro de que, incluso así, su creciente deseo de tocarla hubiera desaparecido.  Una camarera con pantalones negros y una blusa blanca inmaculada se acercó.

—Me llamo Clara y esta noche seré su camarera. ¿Quieren un coctel o un vaso de vino?

Pedro  miró a Paula y, por cómo estaba frunciendo el ceño, supo que beber no entraba en sus planes. Una cosa era divertirse, pero era prioritario mantener la cabeza despejada.

  —Para mí, té helado.

 —Que sean dos —dijo Paula.  —Ahora mismo —repuso la camarera, les entregó las cartas y se fue a por las bebidas.

—¿No quieres cerveza? —preguntó Paula con una media sonrisa.

—No quiero que se me nuble la mente. Por si acaso.

 Pedro se sintió orgulloso al ver que ella lo miraba con aprobación. Sin embargo, debía tener cuidado. No podía hacer promesas que no estaba seguro de poder cumplir. No quería arriesgarse a hacer nada que le diera esperanzas a Paula. Jamás volvería a desilusionarla.  Abrió la carta y se obligó a leer las opciones. Estaba acercándose el momento de regresar a Los Ángeles demasiado deprisa, pero lo único que le apetecía hacer era mirarla.

—¿Qué vas a comer? —preguntó él, sin haber conseguido leer la carta. Se dió cuenta de que ella se estaba mordiendo el labio, nerviosa—. ¿Qué te pasa?

—Los precios… —dijo ella y levantó la vista.

—Puedo permitírmelo.

—No es necesario que lo hagas.

Pedro se preguntó si ella habría ido alguna vez a un restaurante de más lujo que The Hitching Post. Lo dudaba. Nadie parecía conocerle ninguna pareja. Y lo más probable era que el tipejo de la universidad con quien había salido no la hubiera llevado a ningún sitio elegante. Aquélla podía ser su única oportunidad de ofrecerle algo a la mujer que siempre estaba cuidando de los demás.

—Si no pides lo que te apetezca, sin fijarte en el precio, te pediré yo el plato más caro que tengan.

  Ella abrió los ojos como platos.

—Hay cosas que no dice cuánto cuestan. Dice que depende del precio de mercado.

  —Arriésgate.

—¿De verdad?

Eso mismo estaba haciendo él, se dijo Pedro. Sólo por estar allí.

—Sí.

Clara regresó con las bebidas.

—¿Están listos para pedir o necesitan unos minutos más?

—Yo estoy lista —repuso Paula—. Quiero filete mignon, medio hecho, con patatas asadas y la ensalada de la casa.

—Buena elección —comentó Pedro—. Lo mismo para mí.

—Ahora mismo.

 Quince minutos después, estaban probando sus platos. La expresión de placer de Paula era una bendición para Pedro. Le encantaba verla disfrutar con algo que para él era común. Lo malo era que, al no poder evitar imaginar otras maneras de darle placer, se le estaba agolpando la sangre más abajo del cinturón. ¿Cómo podía pensar en esas cosas?, se reprendió a sí mismo, diciéndose que merecería ir al infierno mil veces por ello.  Cuando Paula declaró que estaba demasiado llena, todavía le quedaba la mitad del filete en el plato. Pedro se lo terminó.

—Tuve la sensación de que te dejarías algo —comentó él.  —¿Por eso te pediste un filete pequeño? ¿Porque las mujeres que sueles llevar a cenar siempre se dejan la mitad?

 Al hacer la pregunta, los ojos de Paula volvieron a llenarse de su habitual tristeza. Antes de que Pedro pudiera preguntarle qué le pasaba, Clara regresó para ofrecerles los postres y él aprovechó para pedirle la cuenta.

—¿Qué sucede, Pau? —preguntó él al fin.

—Me preguntaba si Augusto habrá cenado esta noche.

 A Pedro no se le había pasado por alto el comentario sobre las mujeres a las que solía invitar a cenar. Sin embargo, prefirió dejarlo pasar.