La besó con intensa pasión, nervioso y Paula sintió por un momento haber desatado algo incontrolable. Pero la presión hambrienta de los labios de Pedro, la húmeda invasión de su lengua, la hizo marearse. Era lo que ella quería. Que él perdiera el control y quedara a merced de sus sentidos. Ella deslizó las manos bajo la chaqueta, se la quitó y la tiró al suelo. Pronto, pasó lo mismo con la camisa. Por vez primera, Paula le puso las manos en el pecho desnudo. Lamió sus pezones y disfrutó del poder que tenía sobre Pedro. Hubo algo infinitamente satisfactorio para la chica en apretar sus senos contra su piel velluda. Le delineó la línea del vello corporal que se hundía bajo el cinturón. Cuando se disponía a desabrocharle la hebilla, él la tomó de la mano.
—Yo lo haré —miró su prótesis con algo de impaciencia—. Esto... lleva su tiempo. Y... bueno, Nan suele ayudarme a desvestirme.
—Yo te ayudaré —susurró Paula con voz ronca. Lo hizo sentarse en la cama—, besándolo mientras le soltaba la hebilla.
Y era muy consciente de la hinchazón que advirtió debajo, de su propia falta de experiencia cuando logró quitarle la ropa. Prefirió no mirar mientras le bajaba los pantalones. Sentía que era algo inmaduro de su parte, nunca había visto a un hombre desnudo. Y aunque la posibilidad la emocionaba, también la asustaba. Sintió la tela suave de sus calzoncillos al deslizar los vaqueros por las caderas. Aunque evitó ver su masculinidad, se estremeció. Los vaqueros se deslizaron con facilidad debido a que estaban abiertos en el tobillo. Ella ya estaba lamentando haber tomado el control de la situación. Pedro adivinó cómo se sentía Paula al ver que tardaba mucho en doblar los pantalones.
—Ven —la hizo acostarse a su lado y rodó con ella—. No sabía que tuvieras tanta experiencia —añadió mientras hundía la cabeza entre sus senos.
Paula se estremeció.
—No la tengo —confesó y lo sintió reír contra su piel.
—Vaya, vaya, si no me lo dices, nunca lo habría adivinado —bromeó, pero se puso serio al volver a besarla.
Tenía los senos aplastados contra su pecho y Pedro deslizó una pierna entre las de ella. Fue más fácil así para él acariciar su femineidad y Paula se arqueó ante el contacto. Pero la ropa seguía siendo una barrera. Pedro intuyó lo que ella necesitaba y le desabrochó los vaqueros.
—Ayúdame —jadeó sobre sus labios y Paula alzó las caderas para que él le bajara los pantalones.
Sólo su ropa interior de encaje y algodón cubrían su desnudez. Ella tembló. Pedro la miraba con tanta sensualidad, que no sabía cómo reaccionar. Entonces, él agachó la cabeza y le besó un pecho, el vientre plano y el hueco del ombligo. Tenía los dedos en el elástico de las braguitas y cuando se disponía a quitárselas, Paula lo detuvo.
—No, Pepe.
—¿Por qué no? Eres hermosa y quiero verte. Toda. No vas a detenerme, ¿Verdad?
—Yo... —tartamudeó—. Bueno, ¿Podríamos apagar la luz? —señaló la lámpara que estaba encendida en la mesa de noche.
—He dicho que quiero verte —le recordó con suavidad. Le bajó las braguitas hasta que pudo besar los rizos dorados—. Mmm, eres deliciosa — le dijo y Paula empezó a ceder—. Vamos, mi amor. Dejaré que me hagas lo mismo.
viernes, 26 de mayo de 2017
Has Vuelto A Mí: Capítulo 33
Pasaron la noche en una discoteca que habían instalado en el salón de actos de la pensión. Pedro tuvo que quedarse sentado a ver cómo ella bailaba con todos sus amigos. No quería ir a la discoteca, pero Nan le había dicho que era muy aburrido para Paula quedarse a ver la televisión todos los días. Ella tuvo que aceptar, aunque le gustaba ver la televisión con Pedro pues así estaban juntos y solos. Sin embargo, como él decidió ir, ella se puso unos vaqueros nuevos, un suéter de cuello redondo color crema y la cadena de oro que Pedro le había regalado el día en que cumplió diecisiete años. Sabía que estaba bonita y no quería quedar mal con los amigos de él. Fue la chica más popular de la reunión y todos la sacaron a bailar.
Pedro no se quedó solo. Varias chicas charlaron con él. Pero cuando los dos salieron de la discoteca, estaban reservados y distantes uno con otro. Como de costumbre, la acompañó a su habitación, pero se negó a pasar, cuando Paula lo invitó.
—Estoy seguro de que estás demasiado cansada —comentó fríamente.
—¿No querrás decir que tú lo estás? —se disgustó Paula y sacudió la cabeza.
Se le cayó la goma del pelo.
—¿Qué quieres decir con eso? —Pedro se agachó para recogerla y al ver que le costaba tanto trabajo, ella se tranquilizó.
—Nada —susurró con vergüenza.
Obedeciendo a un impulso, lo acarició.
—Vaya, Pau —Pedro se irguió, ruborizado, pero sus ojos se ensombrecieron al ver el, brillo sensual de los de ella—. ¿Qué tratas de hacerme?
—Yo sé lo que tú me haces —lo tomó de la mano y lo metió en el cuarto. Y cerró con llave—. Ven, tontuelo. ¿De veras crees que me ha gustado bailar con todos tus amigos esta noche?
—Parecía que sí —murmuró y le dió un beso sensual.
—¿Y tú? —protestó la chica—. A juzgar por la cantidad de chicas que tenías alrededor, no estabas sufriendo mucho.
—¿Estás celosa?
—Aja —le echó los brazos al cuello—. ¿Tú no lo estarías?
—Bueno, no es necesario —le aseguró y le metió la mano bajo el suéter— . Déjame quitarme esto —se humedeció los labios con la lengua.
—No, no creo que sea una buena idea.
—Yo diría que sí.
—Pues yo no —se mostró duro y se alejó—. ¿Tienes algo para beber?
Aunque todavía tenía la escayola en el tobillo, ya podía andar sin las muletas. En una semana o dos, ya estaría recuperado. Justo a tiempo para pasar la Navidad, había comentado antes con alivio, pero Paula ya no quería regresar al pueblo. Estaba acostumbrada a pasar los fines de semana en Londres. Tan sólo se encogió de hombros y dijo que no tenía refrescos.
—Tendrás que pedirle a una de tus esclavas que vaya a por uno a las máquinas de abajo —declaró—. Me voy a la cama. Tenías razón, estoy cansada.
—Pau... —suspiró Pedro.
—¿Qué? —se volvió y se puso las manos en las caderas, tensa.
—No eres la única con sentimientos, ¿Sabes? —suspiró. La acercó a él—. Y deja de fingir que no sabes lo que siento por tí. Dios sabe que te he dicho suficientes veces. ¿Qué tengo que hacer para probar cuánto te quiero? ¿Ponerme un cartel en el pecho, o qué?
—Podrás... hacerme el amor —Paula ya no resistió más y le acarició las solapas de la chaqueta.
Pedro gimió y la abrazó con fuerza.
Pedro no se quedó solo. Varias chicas charlaron con él. Pero cuando los dos salieron de la discoteca, estaban reservados y distantes uno con otro. Como de costumbre, la acompañó a su habitación, pero se negó a pasar, cuando Paula lo invitó.
—Estoy seguro de que estás demasiado cansada —comentó fríamente.
—¿No querrás decir que tú lo estás? —se disgustó Paula y sacudió la cabeza.
Se le cayó la goma del pelo.
—¿Qué quieres decir con eso? —Pedro se agachó para recogerla y al ver que le costaba tanto trabajo, ella se tranquilizó.
—Nada —susurró con vergüenza.
Obedeciendo a un impulso, lo acarició.
—Vaya, Pau —Pedro se irguió, ruborizado, pero sus ojos se ensombrecieron al ver el, brillo sensual de los de ella—. ¿Qué tratas de hacerme?
—Yo sé lo que tú me haces —lo tomó de la mano y lo metió en el cuarto. Y cerró con llave—. Ven, tontuelo. ¿De veras crees que me ha gustado bailar con todos tus amigos esta noche?
—Parecía que sí —murmuró y le dió un beso sensual.
—¿Y tú? —protestó la chica—. A juzgar por la cantidad de chicas que tenías alrededor, no estabas sufriendo mucho.
—¿Estás celosa?
—Aja —le echó los brazos al cuello—. ¿Tú no lo estarías?
—Bueno, no es necesario —le aseguró y le metió la mano bajo el suéter— . Déjame quitarme esto —se humedeció los labios con la lengua.
—No, no creo que sea una buena idea.
—Yo diría que sí.
—Pues yo no —se mostró duro y se alejó—. ¿Tienes algo para beber?
Aunque todavía tenía la escayola en el tobillo, ya podía andar sin las muletas. En una semana o dos, ya estaría recuperado. Justo a tiempo para pasar la Navidad, había comentado antes con alivio, pero Paula ya no quería regresar al pueblo. Estaba acostumbrada a pasar los fines de semana en Londres. Tan sólo se encogió de hombros y dijo que no tenía refrescos.
—Tendrás que pedirle a una de tus esclavas que vaya a por uno a las máquinas de abajo —declaró—. Me voy a la cama. Tenías razón, estoy cansada.
—Pau... —suspiró Pedro.
—¿Qué? —se volvió y se puso las manos en las caderas, tensa.
—No eres la única con sentimientos, ¿Sabes? —suspiró. La acercó a él—. Y deja de fingir que no sabes lo que siento por tí. Dios sabe que te he dicho suficientes veces. ¿Qué tengo que hacer para probar cuánto te quiero? ¿Ponerme un cartel en el pecho, o qué?
—Podrás... hacerme el amor —Paula ya no resistió más y le acarició las solapas de la chaqueta.
Pedro gimió y la abrazó con fuerza.
lunes, 22 de mayo de 2017
Has Vuelto A Mí: Capítulo 32
—Claro. Vivimos en la misma pensión para estudiantes. Soy Hernán Paz, pero me llaman Nan. No creo que te haya hablado de mí.
—¿Nan? —sintió un alivio profundo—. Ah, sí, te ha mencionado —tragó saliva cuando algo se le ocurrió—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Pedro? ¿Pasa algo malo? —se había asustado mucho.
—Más o menos. Pero no es nada serio —agregó al verla angustiada—. Pepe se ha roto un tobillo y tendrá que llevar escayola durante seis semanas.
Paula se entristeció. No sólo por el accidente, sino porque él ya no podría verla si se quedaba en la universidad. Tampoco podría ir a Rycroft durante los fines de semana pues no podría conducir.
—Qué pena. Pobre Pepe. ¿Cómo fue?
—Estábamos jugando al fútbol. Trató de anotar un tanto y le dieron una patada en el tobillo. El entrenador insistió en que se hiciera una radiografía y supimos que tenía una fractura. Le dolió mucho.
—¿Cómo está ahora?
—Bueno, está tomando analgésicos y está bien. ¿Nos vamos?
—¿Nos vamos? —lo miró sin entender.
—Claro, has venido a verlo, ¿No? Y yo te voy a llevar a la pensión.
De camino, le explicó que en la pensión todos tenían su propia habitación, aunque compartían los baños. Y que también había una cafetería. Sin embargo, al entrar a la pensión, Paula se dió cuenta de que allí también se alojaban mujeres. Y sintió celos cuando varias chicas preguntaron a Nan cómo estaba Pedro. El cuarto de él estaba en el cuarto piso y Nan entró sin llamar.
—Ya hemos llegado —hizo un gesto teatral—. Sanos y salvos —y se fue con mucha discreción, para dejarlos solos.
Paula entró con menos confianza pero al verlo con el tobillo enyesado, en la cama, corrió hacia él y lo abrazó. Pedro la hizo sentarse en su regazo.
—Lo siento —susurró con voz suave cuando al fin dejó de besarla—. Debí ser más prudente, sobre todo en estas circunstancias.
—¿Qué circunstancias? —le acarició la frente y el pelo.
—Pues que yo vaya y vuelva de Roycroft —suspiró—. No podré conducir durante seis semanas.
—Ya —bajó la vista—. ¿Te peso mucho?
—No —le acarició la nuca y volvió a besarla—. Supongo que tendré que tomar el tren, pero no habrá ningún lugar en donde vernos que no sea en restaurantes y cafeterías, ¿Verdad?
—¿No quieres ir a la granja? —vaciló Paula.
—¿Y soportar la mirada de lince de tu padre? —hizo una mueca—. Tú podrías ir a Rycroft, pero allí tampoco estaríamos solos.
—Tendré que venir a Londres los fines de semana —le acarició la mejilla—. Si encuentras un sitio en donde yo pueda quedarme.
—Podrías quedarte aquí —sonrió de inmediato—. No en este cuarto, aunque no me importaría que así fuera —rió al verla sonrojarse—. Hay cuartos para invitados en todos los pisos y hasta tienen su propio baño — sonrió—. Podría conseguirte uno con facilidad.
—Está bien —Paula se alegró mucho.
—¿Qué le vas a decir a tus padres? —frunció el ceño.
—La verdad, ¿Por qué no? No estamos haciendo nada malo.
El señor Chaves no estuvo de acuerdo. Sin embargo, como Gloria no estaba en la casa, la madre de Paula logró convencerlo.
—No puedes esperar que Paula no vea a Pedro durante seis semanas —protestó Alejandra—. Vamos, Miguel, ya casi tiene dieciocho años. Sabe lo que hace y yo prefiero saber que está con él y no con alguien a quien yo no conozca.
Pronto estuvieron de acuerdo. Cuando Gloria volvió, ya no pudo oponerse a lo que era un hecho. Para Paula fue una experiencia nueva y emocionante. No conocía muy bien Londres, pero lo exploró con tranquilidad. Y como allí no existían las restricciones exageradas de Lower Mychett, pronto perdió gran parte de su timidez. Claro que dormir en el mismo edificio que Pedro no fue tan sencillo como había imaginado. Cada vez les era más difícil separarse por las noches. Pronto, él se negó a que ella fuera a su cuarto después de las nueve de la noche, porque Olivia nunca quería marcharse. Él iba a verla y se iba cuando la situación se volvía insoportable. Y fue inevitable que una noche no se fuera a dormir solo...
—¿Nan? —sintió un alivio profundo—. Ah, sí, te ha mencionado —tragó saliva cuando algo se le ocurrió—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Pedro? ¿Pasa algo malo? —se había asustado mucho.
—Más o menos. Pero no es nada serio —agregó al verla angustiada—. Pepe se ha roto un tobillo y tendrá que llevar escayola durante seis semanas.
Paula se entristeció. No sólo por el accidente, sino porque él ya no podría verla si se quedaba en la universidad. Tampoco podría ir a Rycroft durante los fines de semana pues no podría conducir.
—Qué pena. Pobre Pepe. ¿Cómo fue?
—Estábamos jugando al fútbol. Trató de anotar un tanto y le dieron una patada en el tobillo. El entrenador insistió en que se hiciera una radiografía y supimos que tenía una fractura. Le dolió mucho.
—¿Cómo está ahora?
—Bueno, está tomando analgésicos y está bien. ¿Nos vamos?
—¿Nos vamos? —lo miró sin entender.
—Claro, has venido a verlo, ¿No? Y yo te voy a llevar a la pensión.
De camino, le explicó que en la pensión todos tenían su propia habitación, aunque compartían los baños. Y que también había una cafetería. Sin embargo, al entrar a la pensión, Paula se dió cuenta de que allí también se alojaban mujeres. Y sintió celos cuando varias chicas preguntaron a Nan cómo estaba Pedro. El cuarto de él estaba en el cuarto piso y Nan entró sin llamar.
—Ya hemos llegado —hizo un gesto teatral—. Sanos y salvos —y se fue con mucha discreción, para dejarlos solos.
Paula entró con menos confianza pero al verlo con el tobillo enyesado, en la cama, corrió hacia él y lo abrazó. Pedro la hizo sentarse en su regazo.
—Lo siento —susurró con voz suave cuando al fin dejó de besarla—. Debí ser más prudente, sobre todo en estas circunstancias.
—¿Qué circunstancias? —le acarició la frente y el pelo.
—Pues que yo vaya y vuelva de Roycroft —suspiró—. No podré conducir durante seis semanas.
—Ya —bajó la vista—. ¿Te peso mucho?
—No —le acarició la nuca y volvió a besarla—. Supongo que tendré que tomar el tren, pero no habrá ningún lugar en donde vernos que no sea en restaurantes y cafeterías, ¿Verdad?
—¿No quieres ir a la granja? —vaciló Paula.
—¿Y soportar la mirada de lince de tu padre? —hizo una mueca—. Tú podrías ir a Rycroft, pero allí tampoco estaríamos solos.
—Tendré que venir a Londres los fines de semana —le acarició la mejilla—. Si encuentras un sitio en donde yo pueda quedarme.
—Podrías quedarte aquí —sonrió de inmediato—. No en este cuarto, aunque no me importaría que así fuera —rió al verla sonrojarse—. Hay cuartos para invitados en todos los pisos y hasta tienen su propio baño — sonrió—. Podría conseguirte uno con facilidad.
—Está bien —Paula se alegró mucho.
—¿Qué le vas a decir a tus padres? —frunció el ceño.
—La verdad, ¿Por qué no? No estamos haciendo nada malo.
El señor Chaves no estuvo de acuerdo. Sin embargo, como Gloria no estaba en la casa, la madre de Paula logró convencerlo.
—No puedes esperar que Paula no vea a Pedro durante seis semanas —protestó Alejandra—. Vamos, Miguel, ya casi tiene dieciocho años. Sabe lo que hace y yo prefiero saber que está con él y no con alguien a quien yo no conozca.
Pronto estuvieron de acuerdo. Cuando Gloria volvió, ya no pudo oponerse a lo que era un hecho. Para Paula fue una experiencia nueva y emocionante. No conocía muy bien Londres, pero lo exploró con tranquilidad. Y como allí no existían las restricciones exageradas de Lower Mychett, pronto perdió gran parte de su timidez. Claro que dormir en el mismo edificio que Pedro no fue tan sencillo como había imaginado. Cada vez les era más difícil separarse por las noches. Pronto, él se negó a que ella fuera a su cuarto después de las nueve de la noche, porque Olivia nunca quería marcharse. Él iba a verla y se iba cuando la situación se volvía insoportable. Y fue inevitable que una noche no se fuera a dormir solo...
Has Vuelto A Mí: Capítulo 31
Sin embargo, la vuelta era más difícil. Lo más tarde que podía irse de Londres era a las diez menos cuarto, si es que quería coger el autobús que la llevaría a Lower Mychett. Una vez perdió el autobús y tuvo que tomar un taxi. Y fue una experiencia que la angustió mucho. Cuando Pedro se enteró de lo sucedido, estuvo furioso durante varios días. Dijo que le hubiera podido pasar cualquier cosa. Una chica joven, viajando en un coche con un desconocido a esas horas de la noche. Una semana después, aunque se despidió de Paula en la estación de Waterloo como de costumbre, cuando ella llegó a Winchester, Pedro la estaba esperando en la terminal.
—A partir de ahora vendré a Winchester —dijo mientras conducía el Mini a la granja—. Puedo pasar la noche en Rycroft y volver a la ciudad a la mañana siguiente. Nunca me perdonaría que algo te sucediera. Significas demasiado para mí.
Paula alegó que no era sensato que tuviera que viajar ida y vuelta de Londres todos los días. Dijo que ella había conseguido el empleo para verlo y no al revés. Además, dijo que Pedro necesitaba descansar, o de lo contrario, nunca podría licenciarse. Discutieron hasta que llegaron a la granja y no encontraron solución. Sólo cuando lo amenazó diciendo que no iría a verlo durante la semana, Pedro cedió. Pero hizo prometer a la chica que llamaría a su padre si volvía a perder el autobús.
Paula estuvo de acuerdo, aunque sabía que su padre no iría a buscarla más de una vez. Miguel Chaves no sabía nada del incidente del taxi, pero si se enteraba le haría la vida imposible. No estaba de acuerdo en que su hija viera a Pedro. Todos desaprobaban su relación con él. Todos menos su madre. Incluso las chicas del pueblo le decían que estaba loca por tomarlo en serio. Todos esperaban que ella hiciera el ridículo, que tal vez él la dejara. Sin embargo, se había negado a que nada se interpusiera entre ellos.
Dos semanas después, tomó el tren de costumbre a Londres. Pero al llegar a Waterloo, Pedro no estaba allí. Era la primera vez que no la esperaba en la plataforma y ella se deprimió al preguntarse si ya se habría hartado de ella. Pero pensaba que si él ya no quería verla, se lo hubiera dicho y no habría permitido que hiciera el viaje. No obstante, quedarse en la estación de Waterloo no le pareció sensato. Varios hombres desocupados la miraban con cierto interés. Cuando Pedro iba a buscarla, solían ir a tomar algo o a cenar, aunque la comida era la última de sus preocupaciones. Sólo te tomaban de la mano y se besaban mucho, sin tener las presiones de estar a solas. Pensó que tal vez él estaba harto de no llegar a nada con las caricias tímidas y exploratorias. Tal vez había decidido encontrar a otra chica con quien pudiera satisfacerse. Sintió que alguien le tocaba el hombro. Se volvió y se topó con un chico de la edad de Pedro.
—Perdón... —sonrió—. Pepe me ha mandado. Pepe Alfonso. Tú eres Paula, ¿Pau, verdad? Dijo que buscara a la chica más bonita de todo el lugar.
—¿Conoces... a Pedro? —tragó saliva y su temor disminuyó un poco.
—A partir de ahora vendré a Winchester —dijo mientras conducía el Mini a la granja—. Puedo pasar la noche en Rycroft y volver a la ciudad a la mañana siguiente. Nunca me perdonaría que algo te sucediera. Significas demasiado para mí.
Paula alegó que no era sensato que tuviera que viajar ida y vuelta de Londres todos los días. Dijo que ella había conseguido el empleo para verlo y no al revés. Además, dijo que Pedro necesitaba descansar, o de lo contrario, nunca podría licenciarse. Discutieron hasta que llegaron a la granja y no encontraron solución. Sólo cuando lo amenazó diciendo que no iría a verlo durante la semana, Pedro cedió. Pero hizo prometer a la chica que llamaría a su padre si volvía a perder el autobús.
Paula estuvo de acuerdo, aunque sabía que su padre no iría a buscarla más de una vez. Miguel Chaves no sabía nada del incidente del taxi, pero si se enteraba le haría la vida imposible. No estaba de acuerdo en que su hija viera a Pedro. Todos desaprobaban su relación con él. Todos menos su madre. Incluso las chicas del pueblo le decían que estaba loca por tomarlo en serio. Todos esperaban que ella hiciera el ridículo, que tal vez él la dejara. Sin embargo, se había negado a que nada se interpusiera entre ellos.
Dos semanas después, tomó el tren de costumbre a Londres. Pero al llegar a Waterloo, Pedro no estaba allí. Era la primera vez que no la esperaba en la plataforma y ella se deprimió al preguntarse si ya se habría hartado de ella. Pero pensaba que si él ya no quería verla, se lo hubiera dicho y no habría permitido que hiciera el viaje. No obstante, quedarse en la estación de Waterloo no le pareció sensato. Varios hombres desocupados la miraban con cierto interés. Cuando Pedro iba a buscarla, solían ir a tomar algo o a cenar, aunque la comida era la última de sus preocupaciones. Sólo te tomaban de la mano y se besaban mucho, sin tener las presiones de estar a solas. Pensó que tal vez él estaba harto de no llegar a nada con las caricias tímidas y exploratorias. Tal vez había decidido encontrar a otra chica con quien pudiera satisfacerse. Sintió que alguien le tocaba el hombro. Se volvió y se topó con un chico de la edad de Pedro.
—Perdón... —sonrió—. Pepe me ha mandado. Pepe Alfonso. Tú eres Paula, ¿Pau, verdad? Dijo que buscara a la chica más bonita de todo el lugar.
—¿Conoces... a Pedro? —tragó saliva y su temor disminuyó un poco.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 30
—¿Por qué? —tragó saliva—. ¿Porque me has deseado?
—No seas tonta —se reclinó en el asiento. Al verla dolida, negó con la cabeza—. No, no eres tonta. Yo sí lo soy.
—¿Por qué? —Paula trató de mirarlo a los ojos. Pedro vaciló antes de tomarle la mano y de ponerla sobre el bulto que tenía bajo el vientre—. ¡Ah!
—Sí, ah —asintió él y cerró los ojos al ser embargado por la deliciosa sensación de la suave caricia de los dedos de Paula sobre él—. Ya sabes qué es lo que me provocas.
Paula se humedeció los labios. Sólo en raras ocasiones, cuando bailaban juntos o cuando él se despedía, sentía lo que le provocaba, pero siempre había conservado el control. Aquello era diferente.
—¿Te... duele? —inquirió y se ruborizó al darse cuenta de lo ingenuo de la pregunta.
Pedro sólo hizo una mueca para burlarse de sí mismo.
—Más o menos —aceptó al apartarle la mano—. Será mejor que nos vayamos.
—No, espera —se mordió el labio—. ¿Qué... qué vas a hacer?
—¿Hacer? Pues llevarte a casa, claro está. ¿Qué si no?
—No... quiero decir... respecto a eso —señaló la parte baja de su abdomen.
— ¿Qué dices? —Pedro se quedó inmóvil y Paula suspiró.
—Este... ¿Después de que... estamos juntos, tú... vas con... alguien más? —inquirió con un hilo de voz—. Me... gustaría saberlo.
—¿De veras? —Pedro parecía enfadado y ella temió haber cometido un error.
—Yo... bueno, los hombres suelen hacerlo, ¿No? Si... digo no obtienen satisfacción en un lugar, van a buscarla... a otra parte.
—¿Quién te ha dicho eso? —estaba muy disgustado—. Ah, no me lo digas. Puedo adivinarlo. Tu abuela, ¿Verdad? —la miró de modo acusador—. Eso es lo que tratabas de decirme antes. Ella te ha contado mentiras sobre que un hombre siempre quiere tener sexo.
—¿No es cierto? —se estremeció.
—Tal vez —apretó el volante con fuerza.
—¿Quieres decir que has ido con otra chica después de...? —abrió mucho los ojos.
—No, maldita sea, no —protestó con amargura—. Pau, soy un hombre, no un animal. No estoy negando que te deseo. Lo sabes muy bien. Y si te dijera que siempre es fácil, te mentiría. Pero tampoco te estoy engañando. Te quiero demasiado para eso.
—Entonces... entonces... ¿Por qué no...?
—¿Qué? —apretó los labios—. ¿Lo hacemos en el asiento trasero? ¿Es eso lo que quieres?
—No lo digas así —se estremeció—. Es tan... tan...
—¿Crudo? —se tornó sombrío—. Bueno, pues debe serlo, ¿Verdad? Eso es lo que tu abuela espera que yo haga. Y no le voy a dar ese gusto.
—Pero... no podemos seguir así, ¿Verdad?
—Tenemos que seguir así —puso el motor en marcha.
—Y... ¿Cuándo... vamos a...?
—Supongo que cuando estemos casados —la sorprendió con la respuesta—. ¿Te importaría que habláramos de otra cosa? Hay un límite para todo.
Pero no habían esperado a estar casados, recordó Paula con tristeza. Después de que Pedro volviera a la universidad, dejó de ir al instituto y encontró trabajo. Aquello había provocado tensiones en la familia, pero sólo así pensaba que podía ser independiente. Sin embargo, hubo una gran discusión cuando se enteraron de que había aceptado un empleo en Winchester para poder tomar el tren de la tarde e ir a Londres. Era la niñera de un grupo de pequeños. Terminaba a las cinco de la tarde y estaba con Pedro a las siete menos cuarto.
—No seas tonta —se reclinó en el asiento. Al verla dolida, negó con la cabeza—. No, no eres tonta. Yo sí lo soy.
—¿Por qué? —Paula trató de mirarlo a los ojos. Pedro vaciló antes de tomarle la mano y de ponerla sobre el bulto que tenía bajo el vientre—. ¡Ah!
—Sí, ah —asintió él y cerró los ojos al ser embargado por la deliciosa sensación de la suave caricia de los dedos de Paula sobre él—. Ya sabes qué es lo que me provocas.
Paula se humedeció los labios. Sólo en raras ocasiones, cuando bailaban juntos o cuando él se despedía, sentía lo que le provocaba, pero siempre había conservado el control. Aquello era diferente.
—¿Te... duele? —inquirió y se ruborizó al darse cuenta de lo ingenuo de la pregunta.
Pedro sólo hizo una mueca para burlarse de sí mismo.
—Más o menos —aceptó al apartarle la mano—. Será mejor que nos vayamos.
—No, espera —se mordió el labio—. ¿Qué... qué vas a hacer?
—¿Hacer? Pues llevarte a casa, claro está. ¿Qué si no?
—No... quiero decir... respecto a eso —señaló la parte baja de su abdomen.
— ¿Qué dices? —Pedro se quedó inmóvil y Paula suspiró.
—Este... ¿Después de que... estamos juntos, tú... vas con... alguien más? —inquirió con un hilo de voz—. Me... gustaría saberlo.
—¿De veras? —Pedro parecía enfadado y ella temió haber cometido un error.
—Yo... bueno, los hombres suelen hacerlo, ¿No? Si... digo no obtienen satisfacción en un lugar, van a buscarla... a otra parte.
—¿Quién te ha dicho eso? —estaba muy disgustado—. Ah, no me lo digas. Puedo adivinarlo. Tu abuela, ¿Verdad? —la miró de modo acusador—. Eso es lo que tratabas de decirme antes. Ella te ha contado mentiras sobre que un hombre siempre quiere tener sexo.
—¿No es cierto? —se estremeció.
—Tal vez —apretó el volante con fuerza.
—¿Quieres decir que has ido con otra chica después de...? —abrió mucho los ojos.
—No, maldita sea, no —protestó con amargura—. Pau, soy un hombre, no un animal. No estoy negando que te deseo. Lo sabes muy bien. Y si te dijera que siempre es fácil, te mentiría. Pero tampoco te estoy engañando. Te quiero demasiado para eso.
—Entonces... entonces... ¿Por qué no...?
—¿Qué? —apretó los labios—. ¿Lo hacemos en el asiento trasero? ¿Es eso lo que quieres?
—No lo digas así —se estremeció—. Es tan... tan...
—¿Crudo? —se tornó sombrío—. Bueno, pues debe serlo, ¿Verdad? Eso es lo que tu abuela espera que yo haga. Y no le voy a dar ese gusto.
—Pero... no podemos seguir así, ¿Verdad?
—Tenemos que seguir así —puso el motor en marcha.
—Y... ¿Cuándo... vamos a...?
—Supongo que cuando estemos casados —la sorprendió con la respuesta—. ¿Te importaría que habláramos de otra cosa? Hay un límite para todo.
Pero no habían esperado a estar casados, recordó Paula con tristeza. Después de que Pedro volviera a la universidad, dejó de ir al instituto y encontró trabajo. Aquello había provocado tensiones en la familia, pero sólo así pensaba que podía ser independiente. Sin embargo, hubo una gran discusión cuando se enteraron de que había aceptado un empleo en Winchester para poder tomar el tren de la tarde e ir a Londres. Era la niñera de un grupo de pequeños. Terminaba a las cinco de la tarde y estaba con Pedro a las siete menos cuarto.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 29
—¿De verdad? —lo miró con disimulo y se humedeció los labios.
—Sí —se impacientó Pedro—. ¿Qué estás insinuando? ¿Que no me crees? Te juro que no he salido con otra chica desde que te llevé a tu casa aquella tarde, cuando la bicicleta se estropeó. Y ésa es la verdad.
—Pero la abuela dijo... —se mordió el labio.
—Sigue —insistió cuando ella calló—. ¿Qué dijo tu abuela? Ya sé que no le gusto, así que no será ninguna sorpresa.
—No es importante —vaciló.
—Si es un obstáculo entre tú y yo, sí es importante —replicó. Le enmarcó el rostro con las manos y le besó los labios—. Vamos, puedes decírmelo. ¿A quién se supone que he estado viendo?
—No es eso —se apartó Paula.
—Entonces, ¿De qué se trata?
—No puedo decírtelo.
—¿No puedes o no quieres? —se enfadó y maldijo—. ¿No te das cuenta de lo que tú abuela nos está haciendo? ¡Nos obliga a reñir!
—No es cierto —pero Paula temía que él tuviera razón.
Pedro estaba tan enfadado, que ella le echó los brazos al cuello y lo besó. Abrió la boca contra la de él y buscó su lengua con la suya. No había respondido al principio, pero cuando Paula se desabrochó primero su abrigo y luego la chaqueta de él, tuvo que ceder. La hizo apoyarse sobre el asiento y le metió la lengua en la boca con fiereza. Era como si necesitara probarse, así como a Paula, que todavía podía controlar la situación. Pero por una vez, su plan no dio el resultado acostumbrado. La boca sedosa de ella, las caricias sensuales de su lengua y la presión incitante de sus senos en su pecho, fueron demasiad. Empezó a descontrolarse y, en vez de alejarse cuando la excitación aumentó, siguió alimentándola.
Él no había tenido toda la culpa. Paula quería hacer todo lo que pudiera para acallar las dudas que su abuela había sembrado en su mente. Pedro la deseaba y sólo a ella. La había deseado durante los últimos seis meses y se entregaría a él si así podía conservarlo a su lado. Y aquel fue el último pensamiento coherente. No le era posible pensar cuando él aumentaba la temperatura de su cuerpo. No era la primera vez que le pasaba la mano bajo el jersey y que le tocaba los pechos, pero aquella noche no se conformó con acariciarlos. Aquella noche, le había alzado la prenda y acariciado los sonrosados pezones con la lengua. Paula se estremeció mientras él acariciaba sus pezones hinchados. Nunca había imaginado lo que sentiría cuando Pedro lo hiciera, pero su naturaleza apasionada respondió a las caricias. Las sensaciones que él creaba, casi la enajenaban. Se apretó contra él. Pedro volvió a besarla y descubrió que ella también jadeaba. Le pasó los brazos al cuello y enredó los dedos en el pelo de la nuca masculina. Se ahogaba en emociones que desconocía. Aunque hacía frío en el coche, ella no lo sintió. Sólo era consciente de Pedro cuando éste le acarició la rodilla y luego deslizó la mano por el muslo, bajo la falda, abrió las piernas de manera automática.
—¡Dios! —cuando sus dedos rozaron la cálida unión de las piernas de Paula, Pedro retiró la mano y se separó de ella. Se pasó las manos por el pelo y la miró que estaba muy confundida—. Bájate el jersey —había añadido.
—¿Qué? ¡Oh! —Paula estaba demasiado pasmada como para entender lo que pasaba, pero sabía que Pedro estaba enfadado con ella—. Perdona — suscitó mientras se arreglaba la ropa.
—No... te disculpes. Yo soy quién debería pedirte perdón —masculló—. Dios, creo que me estoy volviendo loco.
—Sí —se impacientó Pedro—. ¿Qué estás insinuando? ¿Que no me crees? Te juro que no he salido con otra chica desde que te llevé a tu casa aquella tarde, cuando la bicicleta se estropeó. Y ésa es la verdad.
—Pero la abuela dijo... —se mordió el labio.
—Sigue —insistió cuando ella calló—. ¿Qué dijo tu abuela? Ya sé que no le gusto, así que no será ninguna sorpresa.
—No es importante —vaciló.
—Si es un obstáculo entre tú y yo, sí es importante —replicó. Le enmarcó el rostro con las manos y le besó los labios—. Vamos, puedes decírmelo. ¿A quién se supone que he estado viendo?
—No es eso —se apartó Paula.
—Entonces, ¿De qué se trata?
—No puedo decírtelo.
—¿No puedes o no quieres? —se enfadó y maldijo—. ¿No te das cuenta de lo que tú abuela nos está haciendo? ¡Nos obliga a reñir!
—No es cierto —pero Paula temía que él tuviera razón.
Pedro estaba tan enfadado, que ella le echó los brazos al cuello y lo besó. Abrió la boca contra la de él y buscó su lengua con la suya. No había respondido al principio, pero cuando Paula se desabrochó primero su abrigo y luego la chaqueta de él, tuvo que ceder. La hizo apoyarse sobre el asiento y le metió la lengua en la boca con fiereza. Era como si necesitara probarse, así como a Paula, que todavía podía controlar la situación. Pero por una vez, su plan no dio el resultado acostumbrado. La boca sedosa de ella, las caricias sensuales de su lengua y la presión incitante de sus senos en su pecho, fueron demasiad. Empezó a descontrolarse y, en vez de alejarse cuando la excitación aumentó, siguió alimentándola.
Él no había tenido toda la culpa. Paula quería hacer todo lo que pudiera para acallar las dudas que su abuela había sembrado en su mente. Pedro la deseaba y sólo a ella. La había deseado durante los últimos seis meses y se entregaría a él si así podía conservarlo a su lado. Y aquel fue el último pensamiento coherente. No le era posible pensar cuando él aumentaba la temperatura de su cuerpo. No era la primera vez que le pasaba la mano bajo el jersey y que le tocaba los pechos, pero aquella noche no se conformó con acariciarlos. Aquella noche, le había alzado la prenda y acariciado los sonrosados pezones con la lengua. Paula se estremeció mientras él acariciaba sus pezones hinchados. Nunca había imaginado lo que sentiría cuando Pedro lo hiciera, pero su naturaleza apasionada respondió a las caricias. Las sensaciones que él creaba, casi la enajenaban. Se apretó contra él. Pedro volvió a besarla y descubrió que ella también jadeaba. Le pasó los brazos al cuello y enredó los dedos en el pelo de la nuca masculina. Se ahogaba en emociones que desconocía. Aunque hacía frío en el coche, ella no lo sintió. Sólo era consciente de Pedro cuando éste le acarició la rodilla y luego deslizó la mano por el muslo, bajo la falda, abrió las piernas de manera automática.
—¡Dios! —cuando sus dedos rozaron la cálida unión de las piernas de Paula, Pedro retiró la mano y se separó de ella. Se pasó las manos por el pelo y la miró que estaba muy confundida—. Bájate el jersey —había añadido.
—¿Qué? ¡Oh! —Paula estaba demasiado pasmada como para entender lo que pasaba, pero sabía que Pedro estaba enfadado con ella—. Perdona — suscitó mientras se arreglaba la ropa.
—No... te disculpes. Yo soy quién debería pedirte perdón —masculló—. Dios, creo que me estoy volviendo loco.
Has Vuelto A Mí: Capítulo 28
Su relación con él progresó con rapidez. Aunque ella temía que la diferencia de edades fuera un obstáculo, no fue así. Después de todo, ella cumplió diecisiete años unos meses después y se hizo más madura. Aquello le permitió hacer frente a su abuela y a su padre. Se daba cuenta de que su madre siempre había sido su aliada más fuerte. Intentó no pensar en ello y recordó cómo Pedro solía llevarla a pasear en su Mini. Y, cuando estaban juntos, él sólo tenía que tocarla para alterarla por completo. Y aquello fue un problema. Su experiencia sexual siempre había quedado restringida a los besos torpes entre adolescentes... hasta que lo conoció. Con él, lo que había empezado como un roce natural de sus bocas, pronto se convirtió en caricias apasionadas. Sabía que había tratado de controlar la situación. Una vez, se separó de ella y salió del coche para dejarla sola. Y la verdad era que se sentía tan culpable como él por desear más de lo que le daba. Cada vez que estaban juntos, la tentación crecía más y más.
Una noche de octubre, Pedro la llevó a comer a Salisbury. Era como una comida de despedida, pues al día siguiente él volvería a la universidad. Aunque él tenía la intención de ir al pueblo cada vez que tuviera un fin de semana libre, había estado todos los días con Paula durante los últimos tres meses. Así que la separación sería bastante difícil y a ella no le agradaba la posibilidad de pasar todas sus noches vacías. Aparcaron, como siempre, junto al río, cerca de la presa. Sandy trabajaba como perro pastor, pero a veces los acompañaba de paseo. Pensó en él y le agradeció haber contribuido a acercarla a Pedro. Era tarde, pero aún no había oscurecido del todo. La luna iluminaba el coche. Así que él pudo ver la tristeza de ella y le dió un beso.
—Alégrate. Estaré de vuelta en cinco días.
—¡Cinco días! —suspiro Paula, mirándolo. Le acarició la mandíbula—. Eso me parece una eternidad.
—Lo sé —le besó la palma—. Pero créeme que pasarán. Y a finales del año que viene, ya tendré mi título.
—Mira —Paula le acarició el labio inferior—. Y entonces supongo que te irás a vivir a Londres. Eso dijiste que querías, ¿Verdad?
—Dije que nos iríamos a vivir a Londres —corrigió y le mordisqueó el pulgar—. ¿Por qué estás tan negativa? ¿Qué te ha estado diciendo tu padre?
—¿Qué dice siempre? —agachó la cabeza—. Ya sabes que no aprueba nuestra relación. Me atrevo a decir que él y mi abuela consideran que tu regreso a la universidad significa el fin. Ya me dijeron que tú tal vez conozcas chicas con quienes tengas más cosas en común que conmigo.
—¡Dios mío! —la obligó a mirarlo—. No crees eso, ¿Verdad?
—No. Sí. No sé —se encogió de hombros.
Estaba confundida, triste y Pedro cerró los ojos por un momento.
—No me hagas esto, Pau—gimió y apoyó la frente contra la suya—. Ya sabes lo que siento por tí. Nunca te lo he ocultado. No estoy diciendo que no he salido con chicas en Londres, pues claro que lo he hecho. Pero ninguna fue importante para mí. Y desde que estamos juntos, no ha habido otra mujer en mi vida y lo sabes muy bien.
Una noche de octubre, Pedro la llevó a comer a Salisbury. Era como una comida de despedida, pues al día siguiente él volvería a la universidad. Aunque él tenía la intención de ir al pueblo cada vez que tuviera un fin de semana libre, había estado todos los días con Paula durante los últimos tres meses. Así que la separación sería bastante difícil y a ella no le agradaba la posibilidad de pasar todas sus noches vacías. Aparcaron, como siempre, junto al río, cerca de la presa. Sandy trabajaba como perro pastor, pero a veces los acompañaba de paseo. Pensó en él y le agradeció haber contribuido a acercarla a Pedro. Era tarde, pero aún no había oscurecido del todo. La luna iluminaba el coche. Así que él pudo ver la tristeza de ella y le dió un beso.
—Alégrate. Estaré de vuelta en cinco días.
—¡Cinco días! —suspiro Paula, mirándolo. Le acarició la mandíbula—. Eso me parece una eternidad.
—Lo sé —le besó la palma—. Pero créeme que pasarán. Y a finales del año que viene, ya tendré mi título.
—Mira —Paula le acarició el labio inferior—. Y entonces supongo que te irás a vivir a Londres. Eso dijiste que querías, ¿Verdad?
—Dije que nos iríamos a vivir a Londres —corrigió y le mordisqueó el pulgar—. ¿Por qué estás tan negativa? ¿Qué te ha estado diciendo tu padre?
—¿Qué dice siempre? —agachó la cabeza—. Ya sabes que no aprueba nuestra relación. Me atrevo a decir que él y mi abuela consideran que tu regreso a la universidad significa el fin. Ya me dijeron que tú tal vez conozcas chicas con quienes tengas más cosas en común que conmigo.
—¡Dios mío! —la obligó a mirarlo—. No crees eso, ¿Verdad?
—No. Sí. No sé —se encogió de hombros.
Estaba confundida, triste y Pedro cerró los ojos por un momento.
—No me hagas esto, Pau—gimió y apoyó la frente contra la suya—. Ya sabes lo que siento por tí. Nunca te lo he ocultado. No estoy diciendo que no he salido con chicas en Londres, pues claro que lo he hecho. Pero ninguna fue importante para mí. Y desde que estamos juntos, no ha habido otra mujer en mi vida y lo sabes muy bien.
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