lunes, 8 de mayo de 2017

Amor Inolvidable: Capítulo 61

—Nada me gustaría más que casarme contigo —Laura le sonrió con amor—. Sé que eso significa que tendré que dejar el programa, pero creo que ya es el momento. Si me marcho, le dejaré sitio a otra persona que esté sola y no tenga dónde ir.

Paula asintió mientras se sentía atravesada por unos sentimientos para los que no tenía reservas emocionales en aquel momento. Les dijo a los adolescentes que hablarían largo y tendido cuando todos hubieran descansado, y entonces Pedro la llevó a su casa. Le quitó la llave y la metió en la cerradura para abrir la puerta.

—Menuda noche.

—Eso como poco.

—Supongo que habrá boda —dijo Pedro.

—Supongo —Paula le quitó las llaves y vió una muñeca de su hija tirada en el suelo. Se sintió vacía.

—¿Quieres ir a buscar a Annie por la mañana a casa de tus padres?

 —Sí. Tal vez podríamos…

Ella lo cortó antes de que le preguntara si podía entrar.

—Gracias por todo lo que has hecho esta noche. Te lo agradezco. No podía permitir que se quedara porque eso era lo que ella deseaba con todas sus fuerzas.

—Buenas noches, Pedro.

Él asintió sin decir nada y se dió la vuelta, permitiendo que Paula cerrara. Ella se apoyó contra la puerta y escuchó el silencio. Imaginó que le estarían haciendo un hueco en el infierno, porque sentía celos de los dos adolescentes que se tenían el uno al otro. Tenían suerte. Y se alegraba por ellos, pero también se entristecía por sí misma. Ni siquiera vagar por las calles siendo una adolescente embarazada la había preparado para estar sin Pedro. Nunca se había sentido tan sola como en aquel momento.


Paula observó como Rocío agarraba un trozo de pizza y luego suspiraba contenta. La mujer comía a dos carrillos.

—Hay pocas cosas en el mundo que no puedan arreglar una pizza y una copa de vino —dijo limpiándose la boca con la servilleta—. Laura me contó lo de su embarazo, lo que explica sus cambios de humor.

—Julián y ella han arreglado las cosas.

—Legalmente también —dijo Rocío—. Me ha invitado a la boda.

—Yo seré la madrina, Camila la dama de honor y Oli llevará las flores —le contó Paula mirando el generoso trozo de pizza que tenía en el plato.

Apenas la había probado y no se veía con fueras para terminarla. Su amiga la había llamado para sugerirle una noche de chicas con vino blanco y mucha comida. Oli iba a pasar la noche con Pedro y no quería estar sola, así que estuvo de acuerdo. Ahora no estaba tan segura de que hubiera sido una buena idea. Tras dejar su plato en la mesita auxiliar,  dijo:

—Siento ser una compañía tan patética esta noche.

—Gracias a Dios que por fin dices algo —Rocío apartó su plato a un lado—. Me duele la mandíbula de hablar. ¿Por qué no pruebas a hacerlo tú un rato?

Paula no tenía pensado hablar, imaginó que sería mejor guardarse las cosas para sí, pero lo cierto era que sentía el alma a punto de estallar y no sabía cómo evitarlo.

Amor Inolvidable: Capítulo 60

—Pero no sé cómo mejorar esta situación.

—¿Y crees que va a ayudar que huyas de la gente que te quiere? —preguntó Pedro con simpatía mientras miraba a Paula—. Tienes a Camila y a Benjamín. A Paula. Y a mí.

—¿A tí? —preguntó Laura.

—Yo he conducido —respondió—. Eso me convierte en el líder de esta partida de rescate. Julián  hubiera querido estar aquí, pero tenía trabajo. Con otro niño en camino no podía poner en peligro su empleo.

—Se me había olvidado. Me dijo que le llamara si había alguna novedad — Paula miró a la adolescente—. Voy a dejar que seas tú la que lo haga.

Laura asintió y agarró el teléfono móvil que Paula le tendía. Se apartaron unos metros para dejarle algo de intimidad mientras Henry bostezaba y colocaba la cabeza sobre el hombro de Pedro.

—He estado pensando —dijo Pedro.

—Eso está bien. Aunque da un poco de miedo —Paula lo observó, todo su interior se derritió al verle con aquel niño pequeño en sus fuertes brazos.

—Bien —Pedro apoyó su gran palma en la espalda del niño—. ¿Qué te parece si ingresamos a Oli en un convento?

Emily sabía que quería hacerla sonreír, allí, en la peor zona de la ciudad. ¿Qué mal podría hacerle seguirle el juego?

—¿Ahora mismo? —preguntó.

—Claro.

—No creo que se pueda —señaló ella.

—Pues debería poderse. Porque la idea de que crezca y tenga que marcharse es muy desagradable. Para que lo sepas, no soy partidario de que se vaya de casa hasta que tenga por lo menos treinta y cinco años. Aunque he oído que en el convento siempre están en busca de nuevas candidatas.

—Puede que nuestra hija tenga algo que decir al respecto —apuntó ella.

 —Eso no significa que nosotros tengamos que escucharla —respondió Pedro.

—¿No se supone que nuestro deber como padres es escucharla? —Paula miró a Laura, que seguía hablando por teléfono—. Mi madre nunca lo hizo. Ahora comprendo que estaba completamente en contra de que una madre soltera criara a un hijo sola. Y seguramente yo no habría escuchado su mensaje si ella hubiera hablado conmigo en su momento. Era demasiado joven y egocéntrica. Pero ella ni siquiera lo intentó. Y lo que es más importante, ni siquiera intentó averiguar cómo me sentía. Sólo me dijo cómo iban a ser las cosas, y que si no me gustaba, la puerta estaba ahí mismo.

—Eso es muy duro.

—Sí, lo fue. Pero enseguida averigüé que las calles eran mucho más duras. Nunca hubiera vuelto con mi madre si hubiera tenido que preocuparme sólo de mí.

—Me alegro de que cuidaras de tí misma. Me alegro de que volvieras a casa — su voz estaba cargada de emoción.

—¿Por qué? Eso implicó que tuviera que entregar a mi bebé. Dejaste muy claro lo que eso te parecía.

—Es muy fácil hablar cuando uno no ha tenido que pasar por eso —Pedro sujetó con fuerza a Franco—. Lo siento.

A Paula se le formó un nudo en al garganta por la emoción.

—No tienes por qué decir eso, pero gracias.

Laura colgó por fin y les dijo que Julián se encontraría con ella en el departamento cuando regresara del trabajo. Así que los cuatro se metieron en el coche, pusieron a Franco en el asiento de Oli y volvieron a casa. Pedro detuvo el coche delante de su casa y apagó el motor. Acompañaron a Laura y a Franco a la puerta. Camila les abrió. La pelirroja abrazó a su amiga.

—Me alegro de que estén a salvo.

Julián agarró a su hijo de brazos de Pedro y abrazó al niño dormido antes de pasarle el brazo a Laura por el hombro.

—¿Estás bien?

—Sí —Laura asintió mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Gracias a Pau y al doctor Alfonso. Oh, Juli, ha sido horrible. Fra ntenía hambre y yo no tenía dinero para comprarle comida.

—Escucha, cariño, lo siento. Actué como un imbécil. Fue un shock, ¿Sabes? — Julián seguía sujetándola—. Pero no era mi intención que te marcharas. No se qué haría sin ustedes.

—¿De verdad? —Laura parpadeó para quitarse las lágrimas.

—Sí. Será muy duro, pero sé que podremos hacerlo. Juntos —Julián  la miró—. Creo que deberíamos casarnos.

—¿Ahora? Pensé que querías esperar.

—Eso era antes. Las cosas han cambiado —Julián sonrió y le miró el estómago plano.

Amor Inolvidable: Capítulo 59

Tras estacionar delante del edificio iluminado, Pedro rodeó el coche para abrirle la puerta. Paula salió y miró a su alrededor. Había gente sentada en la entrada y en el banco de la parada del autobús. Muchos no tenían más que una bolsa de papel marrón que ocultaba la botella con el veneno que cada uno había escogido. Otros miraban con ojos vacíos y sin esperanzas. Aquéllos eran los que no conseguían un techo ni un colchón para pasar la noche. Paula recordó que ella había sido uno de aquellos desafortunados, y el miedo que había pasado.

—¿Qué te ocurre, Paula? —preguntó Pedro, que estaba a su lado—. Estás temblando como si te persiguiera el coco.

—Una vez lo hizo —hacía casi treinta grados de temperatura, pero le castañeaban los dientes—. Tenía quince años, estaba en la calle y no había luz. Un tipo trató de forzarme.

—Paula —Pedro apretó las mandíbulas—. Tú… él…

—No. Le dí una patada y salí corriendo como alma que lleva el diablo.

 —Bien hecho —Pedro apoyó la muñeca en el capó del coche y se inclinó para mirarla a los ojos—. Puedo entrar yo solo y buscarla si te resulta demasiado duro. Pero no quiero dejarte aquí sola.

Y ella no quería quedarse allí.

—No. Estoy bien.

Pedro se incorporó y cerró el coche. Paula iba a subirse a la acera cuando él la detuvo y la estrechó entre sus brazos. Su pecho sólido y la piel cálida eran siempre un refugio seguro, pero en aquel instante los sintió especialmente deliciosos. En el futuro, durante las noches frías y solitarias, el recuerdo de aquel gesto tranquilizador y su sólida presencia llenarían los oscuros rincones de su alma. Paula le rodeó la cintura con los brazos y se quedó así. Fueron sólo unos instantes. Ella deseaba con todas sus fuerzas fingir que Pedro estaba allí para ella, que le importaba ella, no sólo porque fuera la madre de su hija. Pero hubo una vez en la que fingió que alguien la amaba. Pero él se había limitado a utilizar egoístamente su cuerpo y dejarla embarazada, de modo que ella terminó viviendo en la calle. Eso la hizo enfrentarse a la realidad, y se prometió a sí misma seguir haciéndolo siempre.

Paula  suspiró, se apartó de Pedro y le sonrió.

—Gracias por esto.

Él asintió.

—Vamos a ver si Laura está ahí dentro.

—De acuerdo.

 Antes de entrar, un movimiento en el umbral llamó la atención de Paula. En la amarilla luz de la calle se distinguió el brillo de una melena rubia seguida del llanto de un niño.

—Aquí, Pedro—ignorando a la gente que le pedía unas monedas en la acera, Paula corrió hacia la puerta. En las sombras distinguió una figura delgada encogida con algo en brazos.

—¿Lau? Soy Paula.  Pedro está conmigo.

 —¿Pau? —la adolescente se incorporó, miró y se echó a llorar.

Paula los estrechó a Franco y a ella entre sus brazos y le susurró palabras de consuelo, diciéndole que todo iba a salir bien. Finalmente, Franco empezó a reírse e intentó zafarse de los brazos de su madre. Pedro lo recogió con los suyos.

—Eh, amigo, ¿Dónde crees que vas?

Laura aspiró el aire por la naríz y le temblaron los labios.

—No tenemos donde ir. Cuando llegamos al refugio, estaba lleno y no podían admitirnos.

—Tienes donde ir —le dijo Emily con firmeza—. Hemos venido para llevarte a casa.

—Pero estoy embarazada. Juli  dijo… —un sollozo cortó sus palabras justo antes de que las lágrimas le resbalaran por las mejillas.

—Julián  está muerto de preocupación por tí y por Franco—aseguró Pedro.

—Esas cosas le pasan a todo el mundo. Todos necesitamos ayuda en algún momento. No puedes salirte del juego.

Amor Inolvidable: Capítulo 58

—De acuerdo. Bien —su tono indicaba que en aquel momento se estaba pasando los dedos entre el pelo. Y seguramente estaría andando.

—Julián y ella tuvieron una gran discusión cuando Lau le contó lo del bebé. Él está muy disgustado.

—Es comprensible.

—Estoy de acuerdo. Pero ahora que Franco y ella se han ido está histérico. Iba a salir del trabajo para ir a buscarlos, pero no puede permitirse perder el empleo. Le dije que yo iría en su busca y que le mantendría informado. Así que te llevaré a Oli con la cuna portátil, porque no estoy segura de cuánto tardaré. Sería más fácil para ella que pasara la noche contigo, y así…

—Te ayudaré. Buscaremos juntos.

—No tienes por qué hacerlo. Si puedes ocuparte de Oli, es suficiente. Los sitios donde voy a ir a buscarlos no son lugares adecuados para llevarla.

—Entonces tú tampoco deberías ir.

—Tengo que hacerlo.

—Pero no sola. Prepara las cosas de Oli. Las recogeré a las dos y dejaremos a la niña en casa de mis padres.

Antes de que Paula  pudiera protestar o preguntar si sus padres estarían disponibles para cuidar a Oli, Pedro colgó.

Tras dejar a su hija con sus encantados abuelos, Paula iba sentada en el asiento delantero del coche mientras cruzaban el valle en dirección al casco viejo de Las Vegas.

—No hacía falta que vinieras conmigo —protestó  aunque deseara besarlo por estar allí.

Deseaba besarlo también por otros motivos, pero sobre todo por no dejarle hacer aquello sola. Paula sabía muy bien lo que era sentirse sola, y era mucho mejor estar con Pedro. También era algo a lo que no debía acostumbrarse, porque él había dejado sus sentimientos, o más bien la ausencia de ellos, perfectamente claros.

—Como te dije antes de colgarte el teléfono, no voy a dejar que hagas esto sola. Dos pares de ojos ven mejor que uno —miró hacia delante, y los faros de los coches que los rebasaban revelaron la preocupación de sus ojos—. Ya casi hemos llegado al refugio, pero si no está aquí, ¿tienes alguna otra idea de dónde puede haber ido Laura? ¿Tal vez con su familia?

—Ya les he llamado —Paula creyó que no sería posible, pero el estómago se le retorció todavía más—. Su madre me dijo que no sabía nada de Lau, y en caso contrario le habría dicho que tener un bebé ya estaba mal, pero que dos era ridículo. No quiere tener nada que ver con ella ni con Franco.

—Desde luego no es la madre del año —Pedro estaba muy serio—. Mis padres pueden llegar a volverme loco con sus atenciones, pero al menos les importo. No puedo ni imaginarme cómo debe sentirse Laura.

—Yo sí —Paula apretó las manos en el regazo para evitar estirarse los dedos, un hábito nervioso que por fin había conseguido controlar—. Hablar con esa madre, por llamarla de alguna manera, me ha traído muchos malos recuerdos.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada —Paula lo miró a los ojos un instante y sonrió—. Estás aquí. Tú actúas, no hablas. Y te agradezco que seas mi amigo.

—Es un placer —Pedro miró por el espejo retrovisor y luego dijo—. Entonces vamos a un refugio de gente sin hogar, ¿No?

—Ahí fue donde la encontré la primera vez antes de traerla conmigo para el programa.

Pedro se salió de la autopista y entonces se dirigieron a una de las zonas de la ciudad que no salía en las guías de turismo. Paula vió gente sentada en los portales o en las aceras con todas sus pertenencias metidas en bolsas o en carritos de la compra. El refugio estaba en Bridger Avenue, no demasiado lejos de los juzgados. Resultaba irónico, porque ahí parecía que no había justicia en el mundo. Era un lugar oscuro, sucio y aterrador. Al menos cuando Emily estuvo en la calle era capaz de proteger a su bebé porque estaba dentro de ella. Laura tenía dos vidas que dependían de ella, y Paula sabía por propia experiencia lo aterrador y difícil que era aquello. Rezó para que su amiga estuviera a salvo.

Amor Inolvidable: Capítulo 57

Paula marcó el número de Pedro en el móvil y esperó a que contestara con un nudo en el estómago.

—¿Hola?

El sonido de su voz profunda y grave no debería resultarle tan maravilloso a los oídos, pero no podía evitarlo.

—¿Pedro? Soy Paula.

—Lo sé, sale el número en la pantalla, ¿Qué tal?

 —Necesito un favor —Paula se sentó en el sofá y observó a Oli rodeando la mesita y tratando de agarrar el mando a distancia de la televisión.

—¿Qué necesitas? —preguntó Pedro.

Su voz no encerraba ningún atisbo de sospecha, y eso la reconfortó.

—¿Puedo dejarte a Oli? Ya sé que probablemente estarás cansado del trabajo, pero… no te lo pediría si no fuera importante.

—Hoy no he trabajado, y me encantaría quedarme con Oli —ahora sí apareció una nota de sospecha en su voz—. ¿Tienes una cita?

—De acuerdo. Bien —su tono indicaba que en aquel momento se estaba pasando los dedos entre el pelo. Y seguramente estaría andando.

—Julián y ella tuvieron una gran discusión cuando Lau le contó lo del bebé. Él está muy disgustado.

—Es comprensible.

—Estoy de acuerdo. Pero ahora que Franco y ella se han ido está histérico. Iba a salir del trabajo para ir a buscarlos, pero no puede permitirse perder el empleo. Le dije que yo iría en su busca y que le mantendría informado. Así que te llevaré a Oli con la cuna portátil, porque no estoy segura de cuánto tardaré. Sería más fácil para ella que pasara la noche contigo, y así…

—Te ayudaré. Buscaremos juntos.

—No tienes por qué hacerlo. Si puedes ocuparte de Oli, es suficiente. Los sitios donde voy a ir a buscarlos no son lugares adecuados para llevarla.

—Entonces tú tampoco deberías ir.

—Tengo que hacerlo.

—Pero no sola. Prepara las cosas de Oli. Las recogeré a las dos y dejaremos a la niña en casa de mis padres.

Antes de que Paula  pudiera protestar o preguntar si sus padres estarían disponibles para cuidar a Oli, Pedro colgó.


—Ojalá —aquel comentario la convertía en la mentirosa que Pedro pensaba que era. Era el único hombre del planeta con el que daría el alma por poder estar—. Laura y Franco se han ido. Necesito ir a buscarlos.

—¿Se han ido? ¿Adónde?

Paula sonrió con tristeza.

 —Si supiera la respuesta, no tendría que buscarlos.

domingo, 7 de mayo de 2017

Amor Inolvidable: Capítulo 56

—¿De veras? —la intensidad del tono de Pedro sobresaltó a Oli,  que acaba de dormirse, y su padre la acunó hasta que volvió a cerrar los ojos—. Me sorprende que te haya contado eso.

—Lo dices como si tuviera que avergonzarse. En mi opinión demostró mucho valor y dignidad en una situación imposible. Con quince años y sin familia que la apoyara, no había forma de hacerse cargo de aquel hijo. Un hijo al que quería lo bastante como para renunciar a él. Un hijo al que echará de menos y en el que pensará todos los días de su vida. Creo que pagó un precio muy alto por ese error.

—¿Y qué me dices del error que cometió conmigo al no decirme que estaba embarazada de mi hija? —añadió Pedro.

—Tal y como yo lo entiendo, tú dejaste muy claro que no querías ninguna atadura. Mirándolo desde su perspectiva, creo que estaba tratando de hacer lo correcto.

Aquello no era lo que Pedro quería oír.

—¿Estás diciendo que es culpa mía que no me dijera claramente lo del embarazo?

—Creo que tu pasado te ha influido hasta el punto de pintar a todas las mujeres con la brocha negra.

—¿Qué se supone que quiere decir eso? —cuando Oli volvió a revolverse en sueños, Pedro la colocó sobre la manta que había puesto en el suelo y se dijo que tenía que comprar una cuna.

Tras dejarla ahí y tranquilizarla hasta que se quedó quieta, se puso de pie y le hizo un gesto a su padre para que entrara en la cocina.

—¿Estás diciendo que saboteo cualquier interacción social con las mujeres por lo que me ocurrió en mi matrimonio?

Horacio se inclinó sobre la encimera al lado de la nevera y se cruzó de brazos.

—Mira, hijo, lo único que digo es que podrías soltarle a Paula un poco de cuerda y darte a tí mismo un respiro. Ella cometió un error, pero tú también.

—¿Cuál?

—Valeria te mintió, y…

—Paulatambién.

—No es lo mismo —aseguró su padre—. Tu mujer era una maestra de la manipulación. Te mintió para que te casaras con ella. Fingió intentos de suicidio para presionarte y que no la dejaras.

—¿Crees que no sé que sus intentos de suicidio eran un grito de ayuda? Tenía que haber pasado más tiempo con ella y trabajar la relación.

—Eso era exactamente lo que ella esperaba. Si de verdad hubiera querido matarse, lo habría hecho. Se trataba de un chantaje emocional, y funcionó perfectamente.

—Hasta que ella se fue —dijo Pedro.

—Otro modo de hacerte daño —su padre estaba muy serio—. Ella captó tu naturaleza competitiva. Después de todo, estaba contigo en el instituto. La animadora viendo al jugador de fútbol triunfando. Dejarte después de haber agotado todos los intentos para prolongar el matrimonio era sin duda la manera de devolvértela, de evitar que te apuntaras un tanto en la columna de los triunfos.

—¿Adónde quieres llegar, papá?

Horacio dejó escapar un profundo suspiro.

—Tu madre y yo tratamos de enseñaros a Fede y  a tí a hacer siempre lo correcto.

 —¿Y?

—Contigo no funcionó debido a tu tendencia a ser un triunfador que odia perder. Prefieres salirte del juego antes de arriesgarte a perder —Horacio  sonrió con tristeza—. Lo que quiero decir es que la perfección no existe.

—Mamá y tú son casi perfectos.

—Trabajamos en ello, hijo, pero eso tú no lo ves. Hemos tenido nuestros momentos malos. No me malinterpretes, han sido más los buenos, pero las relaciones no son fáciles. La alternativa es una serie de interacciones sociales poco satisfactorias. A mí eso me resulta triste y solitario, y no puedo quedarme sin hacer nada mientras tu vida personal descarrila —Horacio lo miró a los ojos—. Paula es la madre de tu hija.

—Eso no es una novedad —Horacio no quería escuchar aquello—. ¿Estás haciendo de Cupido, papá? Porque si es así, tengo que decirte que el atuendo no te sienta bien.

—Estás inventándote razones para mantener a Paula a distancia. Es una gran mujer.

—Una Madre Teresa.

Horacio se puso en jarras.

—No es una santa, ¿Y qué? Los fallos son mucho más interesantes. Ser humano consiste en aprender de los errores y tratar de mejorar. Créeme, te podría ir mucho peor.

Y así había sido, pensó Pedro. Su padre tenía razón en una cosa: no quería repetir su error. ¿Tendría razón también en lo demás? ¿Se negaba a darle una oportunidad a la persona adecuada porque la persona equivocada le había engañado? ¿Paula, una gran mujer? Sin duda. ¿Había dado ya un gran paso emocional con ella sin darse cuenta? ¿Estaba enamorado de ella? Su padre no había llegado tan lejos, pero sin duda había algo de verdad en todo lo que le había dicho.

Amor Inolvidable: Capítulo 55

Pedro  estaba sentado en un extremo del sofá de la sala familiar con Oli en brazos mientras ella bebía de su taza con tetina. Su padre había dejado la conversación que mantenía y lo observaba desde el otro lado del sofá. Había momentos en que el amor que sentía por su hija lo golpeaba como un tsunami, abrumándolo con su poder. Aquél era uno de esos momentos, y parecía que encajara el hecho de que su padre estuviera allí.

—No es normal en tí que vengas sin avisar, papá. Me alegro de haber estado aquí.

—No ha sido casualidad. Me encontré con Paula en el Centro Médico Misericordia. Me dijo que estabas cuidando de Oli. Y por cierto, no es a tí a quien he venido a ver.

—Vaya. Me siento muy querido —Pedro sonrió cuando su padre puso los ojos en blanco—. ¿Cómo está mamá?

—Bien. Ha ido a comprar cosas para nuestro viaje a Alaska.

—¿Cuándo se van?

 —Dentro de unas semanas —Horacio se encogió de hombros—. Tu madre probablemente te lo dirá cuando estemos a punto de salir al aeropuerto.

—¿Tiene muchas ganas?

—Sí. Muchísimas.

—¿Y tú no? —preguntó Pedro.

—Estoy deseando tener a tu madre para mí solo durante diez días y…

 Pedro levantó una mano.

—No me des tanta información, papá.

Su padre sonrió.

—Es muy fácil ponerte nervioso. No supone ningún reto.

Pedro pensó que el verdadero reto estaba en llevar tanto tiempo casado. Él siempre había querido lo que sus padres tenían. Se llevaban muy bien. Se había casado para hacer lo correcto, y al final había resultado el mayor fiasco del planeta, aderezado con el truco más viejo del planeta: «Estoy esperando un hijo tuyo». Paula sí estaba esperando una hija suya y se tomó al pie de la letra que él se declarara enemigo acérrimo de ataduras y responsabilidades. Le sonrió a su hija, que estaba haciendo un gran esfuerzo por no quedarse dormida, y pensó que ahora se estaba comiendo aquellas palabras. Y no sólo por Oli. Nunca había conseguido olvidar a Paula, ni siquiera cuando dejaron de verse. El deseo que sentía por ella vivía en su interior, y así había sido desde el principio. Ahora era más fuerte que nunca, pero hacérselo saber a ella era lo peor que podía hacer.

—¿Sabes, Pepe? Siempre me ha gustado esa chica.

Pedro  escuchaba mucho últimamente aquel comentario.

—De acuerdo.

—Estaba bastante triste cuando la ví.

—¿Te contó qué le pasaba?

—Muchas cosas. Pero creo que lo que más le preocupa es sentir que le ha fallado a esa adolescente de su programa.

Pedro sabía que se había tomado muy mal la noticia del embarazo de Laura. También sabía que era una mujer fuerte.

—A veces se gana y otras se pierde.

—Ella no es responsable de las decisiones que toman otros —Horacio apoyó los codos en las rodillas—. Sólo de las suyas. Me contó lo del bebé que entregó en adopción.