domingo, 7 de mayo de 2017

Amor Inolvidable: Capítulo 54

—No. Me arrepiento de no haber estado en posición de haberle dado la vida que merecía. Así que me eché a un lado y dejé que los padres que se merecía le dieran esa oportunidad. Ahora tendrá doce años, estará a punto de convertirse en un hombre y me arrepiento de no haber podido verle y asegurarme de que todo estaba bien.

Lamentaba que su confesión hubiera hecho a Pedro pensar peor de ella de lo que ya pensaba, pero eso no era algo que fuera a compartir con su padre. A pesar de eso, miró directamente a Horacio a los ojos.

—Bajo las mismas circunstancias, volvería a hacer lo mismo otra vez.

—Pero no quieres que eso les suceda a las adolescentes de tu programa.

No la estaba cuestionando, y ella se lo agradeció.

—Quiero que tengan más oportunidades si tiene lugar un embarazo no deseado.

Horacio asintió.

—Entonces estoy seguro de que ayudarás a Patty en estos momentos tan difíciles.


—Tal vez yo no sea la persona adecuada para aconsejarla. Después de todo, yo hice lo mismo.

—No exactamente —Horacio se cruzó de brazos—. Tal vez el embarazo de Oli no fuera deseado, pero estabas en posición de ocuparte de ella.

Vaya. Horacio la estaba defendiendo de sí misma. Aquel hombre debería estar resentido contra ella, y sin embargo no lo estaba.

—Pedro me habló de su pasado.

Horacio frunció el ceño.

—Recuerdo cuando vino a vernos a Ana y a mí con la noticia de que Valeria  estaba embarazada. Los dos le aconsejamos que siguiera adelante con sus planes para la universidad, y que nosotros la ayudaríamos con el embarazo, etcétera. Pero Cal insistió en casarse. Qué desastre.

—Es un hombre increíblemente bueno, decente y especial.

Horacio  la observó detenidamente.

 —No me había dado cuenta con anterioridad de que se te ilumina la cara cuando hablas de él.

—¿Y eso? —al parecer iba a tener que esforzarse más en ocultar sus sentimientos.

—Soy el padre de Pedro y desde luego, su más ferviente fan. Pero él no camina sobre las aguas. De hecho, cuando las cosas no salieron bien entre vosotros dos, estaba bastante… ¿cómo te lo diría? —se quedó pensativo un instante—. Era muy difícil convivir con él. Siempre se jacta de que es él quien se marcha.

—El ganador —dijo Paula con suavidad—. Odia perder.

—Exacto.

Así que le había herido el orgullo, pensó ella. Sabía que una vez le importó, pero ella había quemado ese puente. No había vuelta atrás.

—Siento haberme desahogado contigo. Pero las chicas que estoy intentando ayudar son mi familia. El psiquiatra tendría una mina conmigo. Parece que esto tiene que ver con el niño que no pude conservar.

—No seas tan dura contigo misma, Paula. Todos cometemos errores. El carácter se define por el modo en que nos enfrentamos a ellos —Horacio frunció el ceño—. Estoy seguro de que Pedro escuchó algo mientras crecía y que eso influyó en su decisión de casarse con esa bruja mentirosa.

—No seas tan duro contigo mismo, Horacio —repitió ella—. ¿Cómo ibas a imaginar tú que alguien pudiera ser tan manipuladora?

—Desde luego, Ana y yo no teníamos ni idea. Y Pepe se quedó con ella demasiado tiempo, tendría que haberla dejado. Le dejó una impronta —sacudió la cabeza—. Por desgracia, eso hace que no esté dispuesto a darse otra oportunidad. Como has dicho, odia perder. Eso le convierte en un buen médico, pero me temo que su vida personal sufrirá por culpa de eso.

—Sí…

Horacio bajó la vista cuando sonó su busca.

—Tengo que irme —dijo tras mirarlo.

 —Por supuesto. No era mi intención entretenerte.

—No pasa nada —Horacio la abrazó deprisa—. Resiste.

¿Qué otra posibilidad le quedaba? pensó viendo cómo se marchaba. Horacio había educado a Pedro para ser el hombre que era, el hombre del que ella se había enamorado, con el que había tenido una hija y del que se había vuelto a enamorar de nuevo al ver cómo se portaba con su hija. El futuro que tenía por delante se presentaba doloroso porque tenía que interactuar con él por Oli. Paula había convertido su vida en un desastre, y quedarse allí mirando era su castigo. Y ni siquiera podía decir que no se lo mereciera.

Amor Inolvidable: Capítulo 53

El señor sonrió con tristeza.

—Qué Dios la oiga.

 Paula se dió la vuelta y avanzó por el pasillo lleno de máquinas y carritos de ropa blanca hacia la zona de los ascensores. Sentía el corazón pesado por muchas razones, y una de ellas era por tratar de no llorar por un hombre y una mujer que habían pasado más de medio siglo juntos y que pronto tendrían que despedirse. Al menos ellos habían tenido esos años juntos. Nunca tendría oportunidad de saber cómo hubiera sido la vida con Pedro. Y Laura estaba embarazada, lo que iba a complicar muchísimo la vida que los adolescentes estaban tratando de construir con tanto tesón. La visión se le nubló cuando los ojos se le llenaron de lágrimas cuando se apartó del mostrador de información y del hombre alto que estaba allí.

—¿Paula?

Oh, por el amor de Dios. ¿Por qué no podía tener un momento de intimidad? Parpadeó para librarse de las lágrimas, se pasó el dorso de la mano por la cara y se giró para encontrarse con el padre de Pedro.

—Horacio—dijo con toda la alegría que pudo—. Me alegro de verte.

Él frunció el ceño.

—¿Qué te ocurre?

—Nada, ya sabes —Paula se encogió de hombros.

 —¿Se trata de Oli?

—No —Paula sonrió—. La he dejado con Pedro en su casa. A mí me llamaron para trabajar y él libraba hoy. Siempre tratamos de asegurarnos de que uno de los dos esté con ella si es posible.

—Muy bien pensado.

 —Esos somos nosotros. Los mejores padres…

 Cuando se quedó sin voz, Horacio la agarró del hombro y la llevó hacia una esquina del pasillo.

—No hay nadie alrededor. Puedes contarme qué te pasa.

—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó Paula tratando de hacer una broma.

—Todo el que necesites. He venido a ver a un paciente y luego tengo la tarde libre —Horacio apoyó el hombro en la pared—. Escúpelo, jovencita. ¿Se trata del trabajo? Vienes de urgencias.

El hombre no le iba a dar ninguna oportunidad.

—Acabo de estar con el marido de una paciente que se enfrenta a una enfermedad terminal.

—Lo siento. Eso nunca es fácil —Horacio la miró con empatía, y luego preguntó—. ¿Y qué más te preocupa?

—Una de las adolescentes de mi programa ha descubierto que va a tener otro bebé, un segundo embarazo no deseado.

—Entiendo.

—Lo cierto es que trabajé mucho para hacerles llegar a las chicas el mensaje de que todos cometemos errores pero que podemos aprender de ellos —Paula alzó la vista para mirarlo—. Pero no soy la persona adecuada para decirles lo que deben hacer.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Horacio.

—Soy un fracaso. Siempre lo he sido. No tiene sentido que trate de ser un modelo para esas chicas. Ellas al menos han tenido el valor de quedarse con sus bebés. Yo entregué al mío…

—Eso no es verdad. Estás criando a Oli. Y muy bien, en mi opinión.

 Paula se llevó el gráfico al pecho.

—No estoy hablando de Oli. Cuando tenía quince años me quedé embarazada y tuve un niño. Mi madre me dio a escoger: entrega al niño en adopción o vete. Intenté irme pero las calles no eran un buen lugar para criar a un niño y pensé que estaría mejor con unos padres, un lugar donde vivir y comida. Llámame loca.

—Difícil —Horacio tenía una expresión de simpatía—. ¿Te arrepientes de haber entregado a tu bebé en adopción?

Paula pensó en qué contestar.

Amor Inolvidable: Capítulo 52

—Tuve una falta y confié en que fuera una falsa alarma. Pero la prueba de embarazo ha dado positivo. Por favor, no te enfades.

—No estoy enfadada.

—Tú siempre dices que debemos aprender de nuestros errores. No queríamos que esto ocurriera. Tuvimos mucho cuidado.

—¿Sabe Julián que vas a tener un hijo? —la voz de Paula sonaba firme y calmada, sin traicionar sus sentimientos.

—No puedo decírselo.

—Tienes que hacerlo —la urgió Paula.

—Si se lo cuento me dejará, como hizo el novio de Cami.

—Julián te quiere —Paula suavizó el tono—. Ya sé que va a ser duro, pero tiene derecho a saber la verdad. Ser sincero es siempre lo mejor.

—Esta vez no —protestó Laura.

—Te equivocas. Yo cometí un error al no contarle a Pedro lo de su hija. Ojalá pudiera volver atrás, pero no es posible.

 —Julián no lo entenderá.

—Tal vez al principio se enfadará —reconoció Paula—. Pero lo superará. Quiere a Franco. Eso lo sabes. Y te quiere a tí. También querrá a este bebé.

—Tú siempre decías que un bebé da mucho trabajo. Dos es como multiplicarlo por cuatro. ¿Cómo vamos a hacerlo? Apenas podemos ahora.

—Tienes la ayuda del programa —aseguró Paula—. A mí, a Julián, a Cami, a Pedro…

¿Formaba él parte de su pequeña familia? Él no había querido que Paula se quedara allí, pero ella no quiso saber nada de marcharse de allí. Así que al conocer a su hija, se había visto envuelto en aquella familia. Cuando decidió que Oli estaba otra vez profundamente dormida, entró al salón.

—Podría fingir que no he escuchado, pero sería mentira. Paula tiene razón con lo de decir la verdad.

Ambas mujeres lo miraron antes de que Laura sacudiera la cabeza.

—Tengo que irme.

—Espera… —antes de que Paula pudiera detenerla, la adolescente se había ido. Cuando alzó los ojos para mirarlo, tenía la mirada preocupada—. Esto es todo un problema.

Desde luego, pensó Pedro. Y no se refería sólo a lo que había escuchado.



Paula le sonrió al hombre mayor de cabello gris que la había seguido al pasillo que había fuera de la sala de urgencias donde su mujer, enferma terminal, respiraba ahora con menos dificultad. Le puso la mano en el brazo.

—Señor Mendenhall, le prometo que encontraré una plaza para Esther en un centro. Allí estará cómoda.

—Eso es lo que quiero —sus ojos oscuros se convirtieron en dos piscinas de tristeza—. Esther se ha ocupado de mí durante más de cincuenta años, y ahora me toca a mí asegurarme de que tiene todo lo que necesita. Hemos tenido cantidad estando juntos, y ahora se trata de calidad.

—Le comprendo. El Centro Médico Misericordia tiene un área de cuidados estupenda —Paula cerró el cuadro de gráficos—. Haré algunas llamadas y me aseguraré de que haya una cama. No se preocupe.

Amor Inolvidable: Capítulo 51

—¿Y con quién has ido a cenar? —le preguntó con la mayor naturalidad posible.

Paula  lo miró a los ojos y lo que vió allí la hizo dar varios pasos hacia atrás.

—Con Rocío.

La amiga que había estado con ella cuando Oli nació, pensó Pedro. Al instante se le relajó la tensión.

—¿Y cómo está?

 —Muy bien.

Pedro esperó a que le contara más, pero no consiguió nada.

—¿Se trataba de una ocasión especial?

—Sólo queríamos vernos —Paula se encogió de hombros y miró el reloj—. Mira, Pedro, te agradezco que hayas cuidado a Oli por mí…

«Pero es hora de irse», quería decir. El problema estaba en que él no estaba preparado para irse.

—Creí que ibas a venir más tarde y estoy viendo una película.

—Se está haciendo tarde.

Paula le estaba pidiendo que se fuera. Trató en vano de disminuir su molestia diciéndose que no podía tenerlo todo. En aquella misma sala la había apartado de sí al contarle la historia de su pasado, y no debía enfadarse porque hubiera funcionado.

—De acuerdo —Pedro agarró las llaves de su coche—. Tienes razón. Debería irme.

Volver a su gran casa vacía del campo de golf. Aquella mansión tan aburrida del campo de golf.

—Gracias por quedarte con Oli. Aunque la he echado mucho de menos.

 «¿Y a mí?», sintió deseos de preguntar. Pedro la miró. Sus ojos oscuros y su boca estaban hechos para ser besados. Apretó los puños para no atraerla hacia sí. Paula se estaba comportando exactamente como él quería que lo hiciera, y sería una estupidez desandar los pasos que había andado.

—De acuerdo —dijo Pedro—. Voy a…

Llamaron a la puerta y ambos se sobresaltaron. Paula parecía confundida cuando fue a abrir. Laura estaba allí, y abrió los ojos sorprendida cuando vió a Pedro.

—Hola —dijo mirando primero a Pedro y luego a ella—. Lo siento, no sabía que… vendré en otro momento.

—No pasa nada, Laura —Paula lo miró—. Pedro ya se iba.

—Sí, tengo que irme. Me alegro de verte, Laura. Yo sólo…

 Se escuchó el llanto de un bebé en el cuarto de Oli. Paula miró a la adolescente.

—Tengo que ir a ver qué le pasa.

—Yo iré —se ofreció Pedro—. Así ustedes pueden hablar.

—¿Estás seguro?

 —Completamente —afirmó Pedro—. Ustedes hagan como si yo no estuviera aquí.

Entró en el dormitorio y miró a su hija. Tenía los ojos cerrados y estaba tumbada boca abajo. Sollozó, pero él no quiso tomarla en brazos a menos que fuera absolutamente necesario despertarla del todo. Le puso la palma de la mano en la espalda y se la acarició suavemente sólo para hacerle saber que había alguien allí. Podía escuchar perfectamente las voces que llegaban de la otra habitación.

—Tengo algo que decirte, y no te va a gustar —la voz de Laura se quebró en un sollozo—. Estoy embarazada.

—Oh, Lau, no…

Amor Inolvidable: Capítulo 50

Tras poner a Oli a dormir, Pedro se sentó en el sofá verde clarito de Paula con los pies subidos a la mesita mientras pasaba los canales de la televisión con el mando a distancia. Al menos tenía más canales que cuando la conoció. Paula Chaves odiaba cualquier tipo de artefacto electrónico, incluidos los ordenadores. Él le había conectado el DVD y la antena de cable para que pudieran tener más opciones, aunque la verdad es que no pasaban mucho tiempo haciendo eso. Su cuerpo se contrajo dolorosamente al recordar cómo se entretenían. Y luego se le pasó por la cabeza preguntarse quién le habría enchufado todos los aparatos cuando se mudó a aquel apartamento. No era asunto suyo; aquello formaba parte del pasado y no importaba. Siguió pasando canales con el mando, pero no había nada. Eso podía ser una buena metáfora de su vida. A excepción de Oli, sólo tenía relaciones que no le aportaban nada y sólo servían para ocupar su tiempo libre. Sólo se sentía vivo, estimulado y contento con Paula, y eso era muy molesto. Apagó el televisor y arrojó el mando al sofá. Luego se agachó para recoger los cojines que su hija se había divertido tirando al suelo. Sonrió al recordar cómo ella se reía al repetir el movimiento una y otra vez. Había hecho muchos progresos con su hija durante los dos últimos meses. La niña  le conocía y sólo había habido un par de momentos tensos en toda la noche. El primero fue cuando Oli vió salir a su madre. Su llanto amargo todavía tenía el poder de romperle el corazón, pero sabía cómo se sentía, porque a él también le había dejado Paula en una ocasión. Tras comprobar que su niña dormía como un ángel, se dirigió a la cocina y abrió la nevera para sacar una cerveza. Luego regresó y miró a su alrededor, dándose cuenta de que se sentía más en casa en aquel hogar que en su enorme casa del campo de golf. Últimamente, aquel pequeño apartamento de dos habitaciones y dos baños era el único lugar en el que quería estar. Con Paula. Consultó su reloj y vio que eran las ocho y veinticinco, siete minutos más tarde que la última vez que lo había mirado. ¿Habría salido con un hombre? Sólo había dicho que iba a cenar con alguien y que se iba a llevar a Annie, hasta que él se ofreció a cuidar de su hija. ¿Le habría dado sin querer la oportunidad de tener una cita más íntima con otro hombre?

—No —dijo en voz alta y con una fuerza que a él mismo le sorprendió—. No puede haber otro nombre porque eso implicaría que ya tiene uno. Y ése sería yo, y eso no es lo que está ocurriendo.
Escuchó pasos fuera y corrió a encender la televisión y a sentarse en el sofá adoptando un aire relajado. Si era capaz de hacer eso, conseguiría un premio de la Academia por ser un tipo celoso que no tenía derecho a estarlo. Entonces se abrió la puerta y entró Paula.

—Hola.

—Hola —Pedro se estiró y bostezó, preguntándose si no estaría sobreactuando—. ¿Te lo has pasado bien?

—Sí —Paula dejó el bolso—. ¿Cómo está Oli?

—Bien. Lo hemos pasado estupendamente.

—¿Lloró mucho cuando yo me fui?

 Pedro se puso de pie y se metió los dedos en los bolsillos de los vaqueros mientras se acercaba a ella.

—Se distrajo mucho tirando los cojines. Ella los tiraba al suelo y yo los recogía.

—Conozco ese juego. Es uno de sus favoritos —Paula lo miró a los ojos—. ¿Te ha agotado?

—No, en absoluto. Y dime… ¿Dónde has ido? ¿Y con quién?

—He ido a cenar al Grand Café del Green Valley Ranch.

Pedro deseaba agitarla para que le diera más información. O besarla para que olvidara a cualquier otra persona que no fuera él. Ella se había burlado en ocasiones de él porque decía que era muy tonto para ser un tipo tan inteligente. Esa era una de aquellas ocasiones. Besarla era una idea estúpida. El último beso los había llevado a aterrizar en la cama, donde  comprobó que seguía teniendo la misma colcha de flores que él había tirado una vez al suelo porque no podía esperar un segundo más a tenerla. Se apartó cuando el dulce aroma de su piel lo tentó para que ignorara su sentido común. Supo que preguntarle con quién había estado era la única manera de averiguar lo que quería saber.

viernes, 5 de mayo de 2017

Amor Inolvidable: Capítulo 49

—Me he enterado de lo de su pasado.

—¿Cómo?

 Paula le contó lo del falso embarazo, el matrimonio y los intentos de suicido de su mujer hasta que por fin decidió abandonarlo.

—Parece una pesadilla —dijo Rocío.

 —Sí. Me ayuda a entender por qué dijo lo que dijo cuando traté de decirle que estaba embarazada.

—¿Su pasado le permite ser un imbécil? —Rocío volvió a agarrar el tenedor y separó un trozo de queso.

—Estás siendo muy cruel —le acusó Paula.

—Soy realista. Puedo serlo porque no estoy emocionalmente implicada con un hombre sin valor emocional.

—¿De qué estás hablando?

—¿Recuerdas que te dije que, si quería que supieras de su pasado, te lo contaría él mismo?

—Yo le pregunté —dijo Paula. No creía que fuera posible que el estómago se le retorciera todavía más, pero así ocurrió cuando vio la expresión del rostro de su amiga—. ¿Qué pasa?

—Piénsalo, Pau. ¿Por qué ahora? Saliste con él durante seis meses antes de quedarte embarazada. ¿Durante algún momento de esa etapa compartió contigo información personal?

—No. Tras dejar claro que los dos éramos solteros, evitaba las preguntas sobre su pasado o cambiaba de tema.

—¿Por qué no ha evitado las preguntas ni ha cambiado de tema esta vez? Después del sexo, añadiría yo.

Después del sexo la segunda vez, para ser más precisos, pensó Paula. El impacto de las palabras de su amiga le caló hondo.

—Me está apartando de sí deliberadamente —susurró Paula.

—Eso pienso yo —reconoció Rocío.

Paula apenas podía respirar al darse cuenta de aquello. Desde que le confesó a Pedro que tenía una hija suya, se había culpado a sí misma por el hecho de que él no pudiera confiar en ella y amarla, y entonces descubría que otra mujer había destruido su confianza. Eso fue antes de que siquiera lo conociera. Lo cierto era que nunca había tenido ni la más mínima oportunidad de ganarse su corazón.

Rocío la observó con intensidad.

 —Por favor, no me digas que te has enamorado de él.

—No.

—Bien.

Emily se reclinó en la silla y dejó caer las manos sobre el regazo.

—Técnicamente, nunca dejé de estar enamorada de él.

—Oh, Pau…

 —Y ahora tenemos una hija en común. Esta vez no va a ser fácil sacármelo de la cabeza. Tengo que verlo constantemente. Tendré que asistir al desfile de mujeres que pasarán por su vida, y Oli también. Quería para ella algo mejor de lo que yo tuve.

—Al menos ella conocerá a su padre y no tendrá que preguntarse por él —dijo  Rocío.

—Tal vez —Paula sonrió sin ganas—. Nadie sabe mejor que yo que la vida no es perfecta. Pero yo juré que mis hijos tendrían unos padres que estarían juntos. Una pareja. ¿Qué fue de mi sueño?

—Te enamoraste —dijo Rocío.

En lugar del esperado final felíz, se había topado con el dolor. Tal vez la ignorancia fuera una bendición. Tal vez hubiera sido mejor para ella no conocer su pasado, porque la verdad significaba que Pedro no volvería a permitirse querer a nadie. En este caso, la sinceridad no era la mejor política.

Amor Inolvidable: Capítulo 48

—Cuando estaba trabajando en su turno, la oí hablar por teléfono. Dijo el nombre de Julián con tono tenso —Rocío frunció el ceño—. Y no sólo eso. Últimamente está distraída e irritable.

—¿Influye eso en su trabajo?

—No. Es estupenda con los niños —Rocío le dió un sorbo a su vino—. Pero estoy preocupada por ella. Te pido que le eches un vistazo.

—Lo haré —prometió Paula.

La camarera les llevó las ensaladas. Paula agarró el tenedor y revolvió los trozos de beicon, huevo, aguacate y lechuga sin llevarse nada a la boca. Antes de que Pedro llegara, tenía bastante hambre. Pero una mirada a sus vaqueros y a su camiseta acabó con su apetito. Era la primera vez que lo veía desde la noche que la había llevado a la cama y le había hecho el amor hasta que ella creyó morir de placer. La primera vez después de haber tirado de la alfombra que tenía bajo los pies con las revelaciones de su pasado. Se había mostrado dispuesto a quedarse con Oli mientras ella salía por la noche para relajarse.

—Me siento rara sin Oli.

—Sí, ¿Qué ha sido de mi ahijada? —Rocío la miró desde el otro lado de la mesa—. Escogimos este sitio porque es muy agradable pero al mismo tiempo familiar por Oli.  ¿Por qué no ha venido?

—Pedro quería pasar tiempo con ella, y me pareció una buena idea.

—¿Porque te sientes culpable? —preguntó Rocío.

—Porque es un padre fantástico.

—¿Y cómo van las cosas entre tú y el doctor?

 —Oh, ya sabes…

Rocío le dirigió una mirada desconfiada antes de que sus ojos brillaran al darse cuenta.

—Eso se parece mucho a lo que dijiste la última vez que no querías contarme lo que estaba ocurriendo entre Pedro y tú.

Paula  recordó aquella tarde en el despacho de Rocío, cuando no quiso contarle a su amiga que se había acostado con él.

—Pedro y yo somos los padres de Oli. Punto.

 —Te has vuelto a acostar con él, ¿Verdad? —Rocío entornó sus ojos grises.

 —Sí, pero no es lo que tú piensas.

—Dejando a un lado por el momento lo que yo pienso, deja que te pregunte una cosa: ¿Se te ha ocurrido que también puedes decirle que no?

—No es tan sencillo. Tal vez para tí lo sea, pero Pedro Alfonso no ha sido nunca fácil para mí.

—¿Qué ha pasado? —Rocío mordisqueó un trozo de ensalada.

—Pasó por mi casa sin avisar, algo raro en él. Dijo que quería ver a Oli, pero que no quería despertarla. Se limitó a ponerle la mano en la espalda para asegurarse de que estaba bien —Paula le dió un sorbo a su lima—. Estaba muy triste porque había perdido a un niño en urgencias. Le afectó mucho.

—Lo entiendo —la expresión de Rocío se volvió sombría.

—Tuve que hacer algo por él —continuó Paula.

—¿Por eso te acostaste con él?

—Haces que parezca algo calculado. Yo sólo le abracé. Era lo único que podía hacer para consolarlo —Paula se encogió de hombros—. Después de eso no sé cómo terminamos en la cama. Simplemente, ocurrió. Por favor, no me regañes. Ya sé que no fue muy inteligente  por mi parte, pero no lo pude evitar.

—Sí, entiendo esa sensación —su amiga empujó la lechuga por el plato—. Es muy divertido hasta que alguien sale herido.