—Después de tanta mentira y tanto drama, creí que te sentirías liberado.
—Así tendría que haber sido —Pedro agarró las llaves del coche de la mesita.
—Lamento mucho lo que te sucedió, Pedro.
—Lo que de verdad quieres decir es que fui un idiota.
—No, fuiste muy noble —Paula sacudió la cabeza—. Pero entiendo perfectamente cómo te sentiste cuando…
—¿Cuando descubrí que tenía una hija?
—Sí —reconoció ella sintiéndose muy culpable.
—Creí que sería imposible volver a ser tan estúpido, pero me equivoqué. La primera vez empecé a querer a un niño que no existía —Pedro se colocó delante de ella y se la quedó mirando hasta que Paula se apartó de la puerta—. La segunda vez no sabía que había una niña a la que necesitaba amar.
Ella contuvo el aliento.
—Lo siento, Pedro.
—Yo también lo siento. Perdí muchos años viviendo una mentira y me prometí a mí mismo que eso no volvería a sucederme. Quiero la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad —abrió la puerta y luego miró hacia atrás y distinguió las lágrimas en los ojos de Paula.
Cerró tras de sí y se preguntó por qué se sentía como el peor malnacido del mundo. Ya era hora de que ella supiera lo que le había sucedido. Tal vez debería habérselo contado cuando estaban saliendo, pero no lo hizo. Una parte de él se alegraba de haber esperado hasta ahora, porque así conseguía poner distancia entre ellos. Era una forma de que Paula entendiera que había trazado una línea en la arena y por qué no pensaba cruzarla. Ahora ya no había secretos. Exceptuando lo que él sentía por ella. No podía dejar de desearla, y no estaba muy seguro de por qué. Lo único que tenía claro era que no tenía nada que hacer en una relación con una mujer que lo había engañado. Si no se puede ganar, ¿Qué sentido tenía jugar? O tal vez fuera sólo una excusa porque no estaba dispuesto a arriesgarse.
Paula detuvo el coche en la parte superior del aparcamiento del Green Valley Ranch Hotel Casino porque sabía que así no tendría que tomar el ascensor para llegar al lugar al que iba. Ya llegaba tarde a su cita para cenar con Rocío en el Grand Café.
—Hola —dijo cuando tomó asiento frente a su amiga—. Siento llegar tarde.
—No pasa nada —Rocío sonrió y luego le dió un sorbo a su vino tinto. Paula vió el vaso de lima con soda que la estaba esperando y sonrió a su amiga, que tan bien la conocía—. Gracias.
Llegó la camarera y tomó su orden de ensaladas antes de dejarlas a solas.
—¿Qué tal van las cosas en el trabajo? —le preguntó Paula.
—Me encanta mi trabajo. Los niños son adorables —sus ojos grises se oscurecieron durante un instante—. Pero hay algo que necesito preguntarte.
—Dispara.
—¿Qué pasa con Laura?
—Lo normal. Tiene un niño pequeño, trabaja, va al colegio y trata de mantener una relación con el padre de su hijo—. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Julián y ella tienen problemas?
—No que yo sepa. Pero hace tiempo que no hablo con ella en profundidad. Las dos hemos estado muy ocupadas.
Si alguien merecía ganar el premio del año a los problemas con los hombres, ésa era Paula. Se había vuelto a acostar con el padre de su hija. Otra vez. Pero no quería pensarlo, y mucho menos hablar de ello. Le hacía demasiado daño. Prefería concentrarse en otra cosa.
—¿Qué te hace pensar que Laura y Julián tienen problemas, Rocío?
viernes, 5 de mayo de 2017
Amor Inolvidable: Capítulo 46
—Ocurrió cuando tenía sólo diecinueve años. Jugaba en el equipo de fútbol y era el chaval con las mejores notas de la clase. Ella era la reina del curso y capitana de las animadoras. La pareja de oro.
—¿Qué ocurrió?
—Salimos durante todo nuestro último año. Yo siempre supe que quería ser médico como mi padre. Valeria lo sabía, pero cuando empezó a acercarse nuestra graduación, ella empezó a decir que podíamos ir juntos a la misma universidad.
—Lo entiendo.
—Ella no consiguió entrar en la universidad a la que yo iba a ir. Sus notas no eran lo suficientemente buenas.
—Así que te casaste para poder estar juntos.
—No exactamente —aseguró Pedro mirando hacia la puerta—. Justo antes de la graduación, me dijo que estaba embarazada.
—Entiendo —su ceño fruncido indicaba que mentía.
—Ser médico no es la única característica que llevo grabada en mi ADN. Lo más importante en nuestra lista es hacer lo correcto. Y en ese momento, lo correcto era casarme con la chica a la que había dejado embarazada. Y eso fue lo que hice.
—¿Y el bebé? —susurró Paula.
Pedro la miró y sintió un nudo en el estómago. Los recuerdos amargos lo atravesaron, resucitando su rabia.
—No había ningún bebé —aseguró—. Me mintió. No estaba embarazada.
—Así que te divorciaste de ella —aventuró Paula.
—Ojalá —Pedro se pasó los dedos por el pelo—. Pero en mi familia, cuando uno se casa, lo correcto es seguir casado. Y eso hice.
—Pero ya no lo estás.
—Estuvimos juntos mientras yo terminaba el instituto, trabajaba y estudiaba. Eso no dejaba mucho tiempo para construir una relación.
—¿Ella no era felíz?
Pedro soltó una carcajada amarga.
—Yo diría que no, pero ella nunca me dijo que estuviera sola ni que se sintiera abandonada o desgraciada. Lo descubrí cuando me llamaron de urgencias para decirme que mi esposa había tomado unas pastillas para intentar quitarse la vida.
Paula contuvo el aliento y se llevó los dedos a la boca.
—Oh, Pedro… Pero sobrevivió, ¿Verdad?
—Sí. Esa vez y todas las otras veces que intentaba llamar la atención y terminaba en urgencias.
—Entonces, ¿Finalmente la dejaste?
—No —contestó él con tristeza—. Yo seguía decidido a hacer lo que debía. Cuando yo estaba haciendo mi residencia aquí, en el hospital público de Las Vegas, ella decidió que ya había tenido bastante y se fue. Sin dramas. Sin avisos. Sólo dijo que se había terminado.
Paula estaba confundida.
—¿Qué ocurrió?
—Salimos durante todo nuestro último año. Yo siempre supe que quería ser médico como mi padre. Valeria lo sabía, pero cuando empezó a acercarse nuestra graduación, ella empezó a decir que podíamos ir juntos a la misma universidad.
—Lo entiendo.
—Ella no consiguió entrar en la universidad a la que yo iba a ir. Sus notas no eran lo suficientemente buenas.
—Así que te casaste para poder estar juntos.
—No exactamente —aseguró Pedro mirando hacia la puerta—. Justo antes de la graduación, me dijo que estaba embarazada.
—Entiendo —su ceño fruncido indicaba que mentía.
—Ser médico no es la única característica que llevo grabada en mi ADN. Lo más importante en nuestra lista es hacer lo correcto. Y en ese momento, lo correcto era casarme con la chica a la que había dejado embarazada. Y eso fue lo que hice.
—¿Y el bebé? —susurró Paula.
Pedro la miró y sintió un nudo en el estómago. Los recuerdos amargos lo atravesaron, resucitando su rabia.
—No había ningún bebé —aseguró—. Me mintió. No estaba embarazada.
—Así que te divorciaste de ella —aventuró Paula.
—Ojalá —Pedro se pasó los dedos por el pelo—. Pero en mi familia, cuando uno se casa, lo correcto es seguir casado. Y eso hice.
—Pero ya no lo estás.
—Estuvimos juntos mientras yo terminaba el instituto, trabajaba y estudiaba. Eso no dejaba mucho tiempo para construir una relación.
—¿Ella no era felíz?
Pedro soltó una carcajada amarga.
—Yo diría que no, pero ella nunca me dijo que estuviera sola ni que se sintiera abandonada o desgraciada. Lo descubrí cuando me llamaron de urgencias para decirme que mi esposa había tomado unas pastillas para intentar quitarse la vida.
Paula contuvo el aliento y se llevó los dedos a la boca.
—Oh, Pedro… Pero sobrevivió, ¿Verdad?
—Sí. Esa vez y todas las otras veces que intentaba llamar la atención y terminaba en urgencias.
—Entonces, ¿Finalmente la dejaste?
—No —contestó él con tristeza—. Yo seguía decidido a hacer lo que debía. Cuando yo estaba haciendo mi residencia aquí, en el hospital público de Las Vegas, ella decidió que ya había tenido bastante y se fue. Sin dramas. Sin avisos. Sólo dijo que se había terminado.
Paula estaba confundida.
Amor Inolvidable: Capítulo 45
Pedro sintió cómo Paula se estremecía por estar desnuda con el aire acondicionado y la cubrió con la sábana mientras la abrazaba con más fuerza.
—Ya sabes lo que dicen sobre mezclar los calores corporales —dijo Pedro rozándole la frente con los labios.
Ella le colocó el brazo en el vientre y apretó los senos contra él.
—Mm —fue su única respuesta.
Aquel único sonido era la palabra más sensual que había oído en su vida, y hubo partes de su cuerpo que respondieron. Volvía a desearla, igual o más que cuando entró allí aquella noche. Necesitaba ver a Oli, pero en lo más profundo de su ser era a Paula a quien deseaba. El instinto le decía que sólo ella podría apartar de sí, aunque fuera un instante, la culpabilidad y el dolor por haber perdido un paciente. Sabía que ya era más que hora de irse, y que seguramente lo que acababa de hacer con Paula no estaba bien. En aquel instante, con ella en brazos, no podía pensar en eso. Ya habría oportunidades de sobra para regañarse a sí mismo, pero por el momento podía esperar. Paula le depositó un beso dulce en el hombro.
—¿Cómo te sientes?
Pedro giró la cabeza para mirarla. La luz de la mesilla de noche iluminaba su rostro y la expresión de simpatía de sus ojos oscuros. No le estaba preguntando si el sexo había estado bien, pero él no quería hablar de otra cosa.
—No sería normal sentirse mal después de esto —dijo forzando una sonrisa.
—Me refería a si sigues pensando en lo que ocurrió en urgencias.
Él se encogió de hombros.
—Uno nunca se acostumbra a que una vida tan reciente se pierda.
Paula guardó silencio durante unos instantes antes de fruncir el ceño y hablar.
—He estado pensando en lo que me dijiste antes de… ya sabes.
—Dije muchas cosas. ¿A qué te refieres?
—A cuando dijiste que odiabas perder.
—Es la verdad —asintió Pedro—. Obviamente, perder un paciente es algo que ningún médico acepta, y menos si se trata de un niño. Pero soy competitivo en muchos sentidos. Cuando practicaba deporte, quería ganar. En el colegio trataba de sacar las mejores notas de la clase.
—¿Y en el matrimonio? —preguntó ella de repente.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo mides tú el éxito en el matrimonio? —Paula lo miró a los ojos—. Tu padre me contó que estuviste casado. Cuando le pregunté, me dijo que tendría que preguntarte a tí. Y eso hago.
Pedro retiró la sábana y se puso de pie para vestirse y ponerse la bata. Cuando Paula se reunió con él en el salón, se había puesto una bata corta amarilla que le cubría la desnudez pero no borró los recuerdos de su cuerpo, que estaban grabados a fuego en su memoria. Paula pasó por delante de él y se quedó parada delante de la puerta.
—Está claro que he tocado un nervio.
—No es una época de la que me guste hablar.
—Tal vez si lo hicieras, no te haría tanto daño. Puede que te sintieras mejor.
Mirándola fijamente, se puso en jarras. Tal vez ella tuviera razón. No en lo de sentirse mejor, sino en lo de hablar. Había llegado el momento de contárselo, de hacerle saber que no era sólo un imbécil que juzgaba a los demás y que tenía una buena razón para su comportamiento. Dejó escapar un largo suspiro.
—Ya sabes lo que dicen sobre mezclar los calores corporales —dijo Pedro rozándole la frente con los labios.
Ella le colocó el brazo en el vientre y apretó los senos contra él.
—Mm —fue su única respuesta.
Aquel único sonido era la palabra más sensual que había oído en su vida, y hubo partes de su cuerpo que respondieron. Volvía a desearla, igual o más que cuando entró allí aquella noche. Necesitaba ver a Oli, pero en lo más profundo de su ser era a Paula a quien deseaba. El instinto le decía que sólo ella podría apartar de sí, aunque fuera un instante, la culpabilidad y el dolor por haber perdido un paciente. Sabía que ya era más que hora de irse, y que seguramente lo que acababa de hacer con Paula no estaba bien. En aquel instante, con ella en brazos, no podía pensar en eso. Ya habría oportunidades de sobra para regañarse a sí mismo, pero por el momento podía esperar. Paula le depositó un beso dulce en el hombro.
—¿Cómo te sientes?
Pedro giró la cabeza para mirarla. La luz de la mesilla de noche iluminaba su rostro y la expresión de simpatía de sus ojos oscuros. No le estaba preguntando si el sexo había estado bien, pero él no quería hablar de otra cosa.
—No sería normal sentirse mal después de esto —dijo forzando una sonrisa.
—Me refería a si sigues pensando en lo que ocurrió en urgencias.
Él se encogió de hombros.
—Uno nunca se acostumbra a que una vida tan reciente se pierda.
Paula guardó silencio durante unos instantes antes de fruncir el ceño y hablar.
—He estado pensando en lo que me dijiste antes de… ya sabes.
—Dije muchas cosas. ¿A qué te refieres?
—A cuando dijiste que odiabas perder.
—Es la verdad —asintió Pedro—. Obviamente, perder un paciente es algo que ningún médico acepta, y menos si se trata de un niño. Pero soy competitivo en muchos sentidos. Cuando practicaba deporte, quería ganar. En el colegio trataba de sacar las mejores notas de la clase.
—¿Y en el matrimonio? —preguntó ella de repente.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo mides tú el éxito en el matrimonio? —Paula lo miró a los ojos—. Tu padre me contó que estuviste casado. Cuando le pregunté, me dijo que tendría que preguntarte a tí. Y eso hago.
Pedro retiró la sábana y se puso de pie para vestirse y ponerse la bata. Cuando Paula se reunió con él en el salón, se había puesto una bata corta amarilla que le cubría la desnudez pero no borró los recuerdos de su cuerpo, que estaban grabados a fuego en su memoria. Paula pasó por delante de él y se quedó parada delante de la puerta.
—Está claro que he tocado un nervio.
—No es una época de la que me guste hablar.
—Tal vez si lo hicieras, no te haría tanto daño. Puede que te sintieras mejor.
Mirándola fijamente, se puso en jarras. Tal vez ella tuviera razón. No en lo de sentirse mejor, sino en lo de hablar. Había llegado el momento de contárselo, de hacerle saber que no era sólo un imbécil que juzgaba a los demás y que tenía una buena razón para su comportamiento. Dejó escapar un largo suspiro.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Amor Inolvidable: Capítulo 44
—Has perdido a un paciente, ¿Verdad?
Él asintió con suma tristeza.
—Una niña pequeña. Tres años. Un accidente de coche. Fractura de cráneo y heridas en el abdomen.
—Oh, Pedro, cuánto lo siento…
—Conseguimos estabilizarla en la sala de urgencias y la llevamos al quirófano, pero Lucas la perdió durante la operación —la tristeza le nublaba los ojos—. El caso es que los padres lo hicieron todo bien. Iba sentada en su asiento del coche, bien atada en la parte de atrás. Su coche fue arrollado por una furgoneta que se saltó un semáforo en rojo.
—No es culpa tuya —dijo Paula con firmeza.
—¿No? —Pedro sacudió la cabeza—. No hice lo suficiente. Algo se me debe de haber pasado, o no la hubiéramos perdido.
—No eres Dios.
—¿Acaso crees que no lo sé? —Pedro la agarró de los antebrazos—. Si fuera poderoso, sería capaz de proteger a los niños. Podría impedir las cosas que se hacen unas personas a otras. Las mentiras, la manipulación. Si yo fuera Dios, podría salvar vidas inocentes.
Estaba hablando de generalidades, pero había algo en sus ojos, en su expresión, que le dió a entender a Paula que había algo profundamente personal en lo que estaba sintiendo. Y no tenía que ver necesariamente con la niña que había perdido, sino con algo inocente dentro de él que había muerto.
—Eres un buen hombre y un buen médico —aquellas palabras no borraron el dolor de su expresión.
—Odio perder —reconoció Pedro.
—Pero no puedes ganar siempre.
Paula deseaba desesperadamente consolarle y no sabía qué hacer excepto apretar su cuerpo contra el suyo y ofrecerle confort a través del tacto. Sintió la tensión de su cuerpo y lo abrazó con más fuerza, apoyando la cabeza sobre su pecho, sintiendo el poderoso latido de su corazón. Sintió la rabia que había dentro de él y cómo se resistía a su consuelo, pero lo mantuvo abrazado hasta que Pedro le puso la mano en la nuca y le acarició el cabello. Luego le levantó suavemente el rostro.
—Paula…
El agonizante susurro de su nombre fue lo último que dijo antes de inclinar su boca hacia la suya. Aquel contacto desató la tormenta en el interior de Paula y ahogó cualquier pensamiento racional, silenciando todas las razones que indicaban que aquello no era una buena idea. La boca de Pedro se hizo con la suya con avaricia, provocándole escalofríos de placer en todas las terminaciones nerviosas. Él le recorrió el labio inferior con la lengua y ella se abrió. Sin vacilar, él se hundió en sus profundidades y tomó lo que le ofrecía. La besó en la mejilla, en la mandíbula, detrás de la oreja y en el cuello. Respirando con dificultad, la subió en brazos y dijo en un tono de voz que le puso la piel de gallina:
—Te deseo, Paula. Si eso te supone algún problema, dímelo ahora…
Ella le llevó la yema del dedo a la boca y sacudió la cabeza.
—No voy a rebatirte.
—Sería la primera vez —aseguró Pedro con expresión de felicidad.
—Eso no es cierto —Paula le echó los brazos al cuello mientras Pedro la llevaba al dormitorio en volandas—. No soy una mujer que busque el enfrentamiento.
—Sí, claro que lo eres —Pedro se detuvo al lado de la cama y sacó el brazo de debajo de las piernas de Paula, permitiendo que se deslizaran hasta tocar el suelo—. Pero yo no necesito las chispas de la confrontación para hacer un fuego —su mirada ardiente se clavó en el alma de ella—. Lo único que necesito es mirarte.
Pedro le agarró la parte inferior de la camiseta y se la subió lentamente mientras ella levantaba los brazos.
—Juegas sucio —dijo él con los ojos brillantes de satisfacción—. No llevas sujetador.
—No sabía que tenía que llevarlo —respondió ella.
La mirada de Pedro se oscureció cuando le acarició la rojez del seno, lo único que quedaba del bulto. Inclinándose suavemente, se lo besó con ternura y ella estuvo a punto de derretirse. Mientras los labios de él se entretenían en sus senos, sus pulgares se engancharon en la banda elástica de los pantalones y tiraron de ellos. Cuando los tuvo a los pies, Paula salió de ellos y se paró delante de él completamente desnuda a excepción del reloj en la muñeca. Pedro le deslizó la palma de la mano por el abdomen y luego hundió un dedo en los rizos que le cubrían la entrepierna, aguantando la respiración mientras sentía su calor. A Paula le temblaron las piernas, y prácticamente suplicó que quería más. Con un único movimiento, él retiró la colcha. Luego se quitó la bata, se sacó la cartera del bolsillo de atrás y la dejó en la mesilla de noche. Ella se tumbó en la cama y esperó a que se reuniera con ella, observando cómo sacaba un preservativo de la cartera. Pedro abrió el envoltorio y se lo puso. En sus ojos brillaban el deseo y la intensidad cuando puso una rodilla en el colchón y se sujetó sobre los brazos, colocados uno a cada lado del otro, atrapándola del modo más sensual posible. Resollando, se colocó encima de ella, empujó y la llenó. Paula sintió que por fin estaba en el lugar al que pertenecía y con quien quería estar. Pedro le hundió el rostro en el cuello y comenzó a moverse lentamente hacia dentro y hacia fuera. Cada embiste la llevaba más lejos, elevando la tensión que crecía dentro de ella. Cada embiste intensificaba la presión hasta que por fin se estremeció y el placer se abrió paso a través de su centro, atravesando todo su cuerpo. Unos instantes más tarde, se quedó completamente quieto y gimió su propio orgasmo, sujetándola con fuerza como si no quisiera soltarla nunca. Ella lo rodeó con sus brazos y lo estrechó contra sí, porque estaba exactamente donde quería estar. Donde quería quedarse.
Él asintió con suma tristeza.
—Una niña pequeña. Tres años. Un accidente de coche. Fractura de cráneo y heridas en el abdomen.
—Oh, Pedro, cuánto lo siento…
—Conseguimos estabilizarla en la sala de urgencias y la llevamos al quirófano, pero Lucas la perdió durante la operación —la tristeza le nublaba los ojos—. El caso es que los padres lo hicieron todo bien. Iba sentada en su asiento del coche, bien atada en la parte de atrás. Su coche fue arrollado por una furgoneta que se saltó un semáforo en rojo.
—No es culpa tuya —dijo Paula con firmeza.
—¿No? —Pedro sacudió la cabeza—. No hice lo suficiente. Algo se me debe de haber pasado, o no la hubiéramos perdido.
—No eres Dios.
—¿Acaso crees que no lo sé? —Pedro la agarró de los antebrazos—. Si fuera poderoso, sería capaz de proteger a los niños. Podría impedir las cosas que se hacen unas personas a otras. Las mentiras, la manipulación. Si yo fuera Dios, podría salvar vidas inocentes.
Estaba hablando de generalidades, pero había algo en sus ojos, en su expresión, que le dió a entender a Paula que había algo profundamente personal en lo que estaba sintiendo. Y no tenía que ver necesariamente con la niña que había perdido, sino con algo inocente dentro de él que había muerto.
—Eres un buen hombre y un buen médico —aquellas palabras no borraron el dolor de su expresión.
—Odio perder —reconoció Pedro.
—Pero no puedes ganar siempre.
Paula deseaba desesperadamente consolarle y no sabía qué hacer excepto apretar su cuerpo contra el suyo y ofrecerle confort a través del tacto. Sintió la tensión de su cuerpo y lo abrazó con más fuerza, apoyando la cabeza sobre su pecho, sintiendo el poderoso latido de su corazón. Sintió la rabia que había dentro de él y cómo se resistía a su consuelo, pero lo mantuvo abrazado hasta que Pedro le puso la mano en la nuca y le acarició el cabello. Luego le levantó suavemente el rostro.
—Paula…
El agonizante susurro de su nombre fue lo último que dijo antes de inclinar su boca hacia la suya. Aquel contacto desató la tormenta en el interior de Paula y ahogó cualquier pensamiento racional, silenciando todas las razones que indicaban que aquello no era una buena idea. La boca de Pedro se hizo con la suya con avaricia, provocándole escalofríos de placer en todas las terminaciones nerviosas. Él le recorrió el labio inferior con la lengua y ella se abrió. Sin vacilar, él se hundió en sus profundidades y tomó lo que le ofrecía. La besó en la mejilla, en la mandíbula, detrás de la oreja y en el cuello. Respirando con dificultad, la subió en brazos y dijo en un tono de voz que le puso la piel de gallina:
—Te deseo, Paula. Si eso te supone algún problema, dímelo ahora…
Ella le llevó la yema del dedo a la boca y sacudió la cabeza.
—No voy a rebatirte.
—Sería la primera vez —aseguró Pedro con expresión de felicidad.
—Eso no es cierto —Paula le echó los brazos al cuello mientras Pedro la llevaba al dormitorio en volandas—. No soy una mujer que busque el enfrentamiento.
—Sí, claro que lo eres —Pedro se detuvo al lado de la cama y sacó el brazo de debajo de las piernas de Paula, permitiendo que se deslizaran hasta tocar el suelo—. Pero yo no necesito las chispas de la confrontación para hacer un fuego —su mirada ardiente se clavó en el alma de ella—. Lo único que necesito es mirarte.
Pedro le agarró la parte inferior de la camiseta y se la subió lentamente mientras ella levantaba los brazos.
—Juegas sucio —dijo él con los ojos brillantes de satisfacción—. No llevas sujetador.
—No sabía que tenía que llevarlo —respondió ella.
La mirada de Pedro se oscureció cuando le acarició la rojez del seno, lo único que quedaba del bulto. Inclinándose suavemente, se lo besó con ternura y ella estuvo a punto de derretirse. Mientras los labios de él se entretenían en sus senos, sus pulgares se engancharon en la banda elástica de los pantalones y tiraron de ellos. Cuando los tuvo a los pies, Paula salió de ellos y se paró delante de él completamente desnuda a excepción del reloj en la muñeca. Pedro le deslizó la palma de la mano por el abdomen y luego hundió un dedo en los rizos que le cubrían la entrepierna, aguantando la respiración mientras sentía su calor. A Paula le temblaron las piernas, y prácticamente suplicó que quería más. Con un único movimiento, él retiró la colcha. Luego se quitó la bata, se sacó la cartera del bolsillo de atrás y la dejó en la mesilla de noche. Ella se tumbó en la cama y esperó a que se reuniera con ella, observando cómo sacaba un preservativo de la cartera. Pedro abrió el envoltorio y se lo puso. En sus ojos brillaban el deseo y la intensidad cuando puso una rodilla en el colchón y se sujetó sobre los brazos, colocados uno a cada lado del otro, atrapándola del modo más sensual posible. Resollando, se colocó encima de ella, empujó y la llenó. Paula sintió que por fin estaba en el lugar al que pertenecía y con quien quería estar. Pedro le hundió el rostro en el cuello y comenzó a moverse lentamente hacia dentro y hacia fuera. Cada embiste la llevaba más lejos, elevando la tensión que crecía dentro de ella. Cada embiste intensificaba la presión hasta que por fin se estremeció y el placer se abrió paso a través de su centro, atravesando todo su cuerpo. Unos instantes más tarde, se quedó completamente quieto y gimió su propio orgasmo, sujetándola con fuerza como si no quisiera soltarla nunca. Ella lo rodeó con sus brazos y lo estrechó contra sí, porque estaba exactamente donde quería estar. Donde quería quedarse.
Amor Inolvidable: Capítulo 43
Varios días más tarde de su visita a Marcos y a Sabrina, Paula seguía sintiéndose deprimida y al mismo tiempo inquieta. Eran más de las diez de la noche y Oli parecía profundamente dormida. Decidió canalizar su energía negativa haciendo tareas desagradables. Vestida con unos pantalones de chándal cortados y la camiseta de tirantes, ya había limpiado los baños y luego se dispuso a hacer lo mismo con la cocina. Cuando terminó, consultó el reloj y deseó que las diez y media fuera lo bastante tarde como para irse a dormir. Fue al salón a apagar las luces, y escuchó entonces cómo llamaban a la puerta con los nudillos. Aquel sonido la sobresaltó, porque no lo esperaba a aquellas horas de la noche. Seguramente Laura o Camila necesitaban decirle algo y no habían llamado por teléfono para no despertar a Oli. Quitó el cerrojo y abrió la puerta, pero en lugar de sus vecinas se encontró con Pedro. El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—Hola —dijo ella sin saber cómo reaccionar.
—Es tarde, ya lo sé. Pero ví que tenías las luces encendidas y…
Normalmente Pedro la llamaba para decirle que iba a ver a Oli. Paula observó su rostro, las líneas marcadas a ambos lados de la naríz y la boca que indicaban que estaba cansado. O estresado. O ambas cosas.
—¿Ocurre algo?
—Sólo quería ver a Oli. Siento molestarte, pero…
—No pasa nada —Pedro iba vestido de bata y Paula supuso que había venido directamente desde el Centro Médico Misericordia. Eso significaba que había trabajado hasta más tarde de lo habitual. Abrió la puerta del todo y se echó a un lado.
—Pasa. Oli está dormida, así que…
—No la despertaré. Sólo quiero mirarla, sólo quiero…
Pedro se detuvo porque se le quebró la voz.
—¿Qué ocurre, Pedro? —volvió a preguntarle ella.
—Sólo será un momento —dijo sin responder a su pregunta.
Paula lo llevó hasta la habitación de Oli, y la lucecita encendida reveló el sufrimiento de sus ojos cuando deslizó suavemente la mano por los rizos de su niña. Suspirando en sueños, Oli se colocó boca abajo. Pedro le acarició el bracito y luego le puso la palma de la mano en la espalda. Finalmente suspiró con fuerza y se apartó de la cuna, deteniéndose un instante en el umbral de la puerta antes de pasar al salón. Se detuvo al lado de la mesa y se pasó los dedos por el cabello.
—Gracias, Paula. Te agradezco que no me hayas puesto problemas.
—No me des las gracias todavía —en su opinión, nunca le había puesto problemas para ver a Oli. Una conciencia culpable consigue que las personas se muestren amables y simpáticas. Pero Pedro nunca había pasado por allí tan tarde ni con una expresión tan preocupada—. Quiero saber qué te pasa.
Él se giró para mirarla.
—¿Qué te hace pensar que me pasa algo? —preguntó Pedro acercándose a la puerta para marcharse.
Pero Paula se le adelantó y se colocó delante.
—No tan deprisa.
Por primera vez, un amago de sonrisa se le asomó a las comisuras de los labios.
—¿Qué estás haciendo?
—No voy a dejarte ir hasta que hables conmigo.
—¿Y si no quiero hablar?
—Tengo mis trucos —Paula cruzó los brazos sobre el pecho y se dió cuenta de que aquel movimiento fue seguido de una mirada de él —. Y ahora dime por qué era tan importante para tí ver a Oli.
Pedro se tomó su tiempo y finalmente asintió.
—Necesitaba asegurarme de que estaba bien. De que está sana, respira, y es felíz.
Oh, no.
—Hola —dijo ella sin saber cómo reaccionar.
—Es tarde, ya lo sé. Pero ví que tenías las luces encendidas y…
Normalmente Pedro la llamaba para decirle que iba a ver a Oli. Paula observó su rostro, las líneas marcadas a ambos lados de la naríz y la boca que indicaban que estaba cansado. O estresado. O ambas cosas.
—¿Ocurre algo?
—Sólo quería ver a Oli. Siento molestarte, pero…
—No pasa nada —Pedro iba vestido de bata y Paula supuso que había venido directamente desde el Centro Médico Misericordia. Eso significaba que había trabajado hasta más tarde de lo habitual. Abrió la puerta del todo y se echó a un lado.
—Pasa. Oli está dormida, así que…
—No la despertaré. Sólo quiero mirarla, sólo quiero…
Pedro se detuvo porque se le quebró la voz.
—¿Qué ocurre, Pedro? —volvió a preguntarle ella.
—Sólo será un momento —dijo sin responder a su pregunta.
Paula lo llevó hasta la habitación de Oli, y la lucecita encendida reveló el sufrimiento de sus ojos cuando deslizó suavemente la mano por los rizos de su niña. Suspirando en sueños, Oli se colocó boca abajo. Pedro le acarició el bracito y luego le puso la palma de la mano en la espalda. Finalmente suspiró con fuerza y se apartó de la cuna, deteniéndose un instante en el umbral de la puerta antes de pasar al salón. Se detuvo al lado de la mesa y se pasó los dedos por el cabello.
—Gracias, Paula. Te agradezco que no me hayas puesto problemas.
—No me des las gracias todavía —en su opinión, nunca le había puesto problemas para ver a Oli. Una conciencia culpable consigue que las personas se muestren amables y simpáticas. Pero Pedro nunca había pasado por allí tan tarde ni con una expresión tan preocupada—. Quiero saber qué te pasa.
Él se giró para mirarla.
—¿Qué te hace pensar que me pasa algo? —preguntó Pedro acercándose a la puerta para marcharse.
Pero Paula se le adelantó y se colocó delante.
—No tan deprisa.
Por primera vez, un amago de sonrisa se le asomó a las comisuras de los labios.
—¿Qué estás haciendo?
—No voy a dejarte ir hasta que hables conmigo.
—¿Y si no quiero hablar?
—Tengo mis trucos —Paula cruzó los brazos sobre el pecho y se dió cuenta de que aquel movimiento fue seguido de una mirada de él —. Y ahora dime por qué era tan importante para tí ver a Oli.
Pedro se tomó su tiempo y finalmente asintió.
—Necesitaba asegurarme de que estaba bien. De que está sana, respira, y es felíz.
Oh, no.
Amor Inolvidable: Capítulo 42
—El matrimonio terminó y no había ninguna razón para sacar el tema —Marcos se encogió de hombros y luego sonrió a su esposa con ternura—. Al menos hasta que mi tenaz consejera me llevó a abrirme.
—Cuando dice «tenaz», quiere decir «terca» —explicó Sabrina.
—Pero teníamos muchos conflictos que resolver. No fue una travesía fácil.
—Y también tenéis un niño precioso y sano —dijo Pedro sonriendo al bebé—. ¿Sabían que Paula está al frente de un programa de ayuda a madres adolescentes que no cuentan con apoyo familiar?
—¿En serio? —Sabrina parecía realmente interesada.
Paula asintió.
—Ahora mismo tengo a dos chicas. Viven con sus hijos y acuden a clase, además de trabajar a tiempo parcial.
Miró a Pedro, que la estaba observando. En lugar de resentimiento o desaprobación en su expresión, le pareció ver orgullo.
—Paula está haciendo un gran trabajo por esas chicas —comentó—. Tiene unas reglas estrictas, una de las cuales es la educación. Es la única manera de convertirse en un miembro independiente de la sociedad. Las chicas trabajan duro. El padre del hijo de una de ellas trabaja también duro además de ir a la escuela. Julián está muy centrado.
—Tiene mucho peso sobre los hombros —Sabrina colocó a Olivia en su regazo.
—Eso sin duda —reconoció Pedro —. Por eso necesitan apoyo y ayuda. Cuando Franco sufrió un accidente, todo el mundo se volcó.
—Incluido Pedro —les dijo Paula—. Estuvo allí para asegurarse de que no hubiera complicaciones.
—Suena como una gran familia —Sabrina sonrió cuando Oli se retorció para bajarse.
—Algo que yo nunca tuve —dijo Paula en voz baja. Todo el mundo la miró expectante, y ella se vio hablando más de sí misma—. Sólo estábamos mi madre y yo. Mi padre desapareció antes de que yo naciera, y cuando yo nací no había ningún apoyo.
Sabrina asintió.
—Creo que todos estamos rotos en un sentido o en otro. Yo perdí a mi madre cuando era pequeña y me crió mi padrastro. No fue fácil, y odio las frases hechas, pero lo que no nos mata nos hace más fuertes. Si tenemos suerte, aparece alguien especial y no tenemos que ser tan fuertes como lo somos sin ellos. Yo esperé mucho tiempo a Marcos.
—¿Y no valió la pena la espera? —dijo él con una sonrisa.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Sin ninguna duda.
Paula se dió cuenta de que Pedro era el único que no había hablado de su pasado. Ella sabía que tuvo una infancia bastante despreocupada, pero también había estado casado y nunca hablaba de ello. Eso formaba parte de quién era y sospechaba que también estaba relacionado con sus escasos deseos de comprometerse. Cuando lo miró, observó algo incómodo en sus ojos, una expresión que se parecía mucho a la envidia. Se le pasó por la cabeza que tal vez la reconociera porque a ella le pasaba lo mismo. Marcos y Sabrina habían confesado que habían pasado por mucho antes de encontrarse el uno con el otro. Su perseverancia había dado lugar a un matrimonio feliz y un precioso niño. Igual que Pedro, ella los envidiaba. La familia que ellos tenían era lo que siempre había deseado. Si hubiera perseverado en contarle a Pedro que estaba embarazada, tal vez hubieran podido tener una oportunidad. Pero la parte de ella que le impidió contarlo había acabado con aquella posibilidad. El atisbo de lo maravillosa que podía haber sido su vida era su castigo.
—Cuando dice «tenaz», quiere decir «terca» —explicó Sabrina.
—Pero teníamos muchos conflictos que resolver. No fue una travesía fácil.
—Y también tenéis un niño precioso y sano —dijo Pedro sonriendo al bebé—. ¿Sabían que Paula está al frente de un programa de ayuda a madres adolescentes que no cuentan con apoyo familiar?
—¿En serio? —Sabrina parecía realmente interesada.
Paula asintió.
—Ahora mismo tengo a dos chicas. Viven con sus hijos y acuden a clase, además de trabajar a tiempo parcial.
Miró a Pedro, que la estaba observando. En lugar de resentimiento o desaprobación en su expresión, le pareció ver orgullo.
—Paula está haciendo un gran trabajo por esas chicas —comentó—. Tiene unas reglas estrictas, una de las cuales es la educación. Es la única manera de convertirse en un miembro independiente de la sociedad. Las chicas trabajan duro. El padre del hijo de una de ellas trabaja también duro además de ir a la escuela. Julián está muy centrado.
—Tiene mucho peso sobre los hombros —Sabrina colocó a Olivia en su regazo.
—Eso sin duda —reconoció Pedro —. Por eso necesitan apoyo y ayuda. Cuando Franco sufrió un accidente, todo el mundo se volcó.
—Incluido Pedro —les dijo Paula—. Estuvo allí para asegurarse de que no hubiera complicaciones.
—Suena como una gran familia —Sabrina sonrió cuando Oli se retorció para bajarse.
—Algo que yo nunca tuve —dijo Paula en voz baja. Todo el mundo la miró expectante, y ella se vio hablando más de sí misma—. Sólo estábamos mi madre y yo. Mi padre desapareció antes de que yo naciera, y cuando yo nací no había ningún apoyo.
Sabrina asintió.
—Creo que todos estamos rotos en un sentido o en otro. Yo perdí a mi madre cuando era pequeña y me crió mi padrastro. No fue fácil, y odio las frases hechas, pero lo que no nos mata nos hace más fuertes. Si tenemos suerte, aparece alguien especial y no tenemos que ser tan fuertes como lo somos sin ellos. Yo esperé mucho tiempo a Marcos.
—¿Y no valió la pena la espera? —dijo él con una sonrisa.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Sin ninguna duda.
Paula se dió cuenta de que Pedro era el único que no había hablado de su pasado. Ella sabía que tuvo una infancia bastante despreocupada, pero también había estado casado y nunca hablaba de ello. Eso formaba parte de quién era y sospechaba que también estaba relacionado con sus escasos deseos de comprometerse. Cuando lo miró, observó algo incómodo en sus ojos, una expresión que se parecía mucho a la envidia. Se le pasó por la cabeza que tal vez la reconociera porque a ella le pasaba lo mismo. Marcos y Sabrina habían confesado que habían pasado por mucho antes de encontrarse el uno con el otro. Su perseverancia había dado lugar a un matrimonio feliz y un precioso niño. Igual que Pedro, ella los envidiaba. La familia que ellos tenían era lo que siempre había deseado. Si hubiera perseverado en contarle a Pedro que estaba embarazada, tal vez hubieran podido tener una oportunidad. Pero la parte de ella que le impidió contarlo había acabado con aquella posibilidad. El atisbo de lo maravillosa que podía haber sido su vida era su castigo.
Amor Inolvidable: Capítulo 41
Como si escuchar su nombre fuera la señal para que se moviera, la niña comenzó a retorcerse para bajar.
—La tregua ha terminado —dijo Paula observando cómo Oli agarraba una de las cajas—. No se preocupen, estaré alerta para que no convierta su preciosa casa en un páramo.
Marcos sonrió.
—¿Estás diciendo que deberíamos disfrutar de esta etapa antes de que Lautaro empiece a tener movilidad?
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo —reconoció ella.
—¿Aunque se despierte cada dos o tres horas para comer y estemos deseando que crezca?—preguntó Sabrina.
—Supongo que ésa es la definición de conflicto —dijo Paula con melancolía—. Quieres que sean normales, crezcan y aprendan. Y sin embargo este momento en el que tienes la oportunidad de protegerlos pasa muy deprisa.
Paula miró a Pedro, que tenía la vista clavada en el bebé, y se preguntó qué se le estaría pasando por la cabeza. ¿Estaría pensando que echaba de menos haber visto a Oli a la misma edad? Él no era el único que lo echaba de menos. Veía cada vez más cómo él entregaba a ser padre. Imaginaba cómo habrían sido las cosas si ella le hubiera dado una oportunidad antes de decidir que no estaba dispuesto a adquirir esa responsabilidad.
—Lo único que hace falta es tener la oportunidad —Marcos observó a Oli mientras la niña levantaba la tapa de una caja. Luego se giró a mirar a su hijo—. A veces la vida no nos concede ni siquiera eso.
Sabrina adquirió una expresión tierna.
—Éste es un momento para mirar hacia delante, no hacia atrás.
—¿De qué están hablando? —preguntó Pedro.
—Mi primera mujer decidió interrumpir el control del embarazo sin hablarlo conmigo cuando estábamos teniendo problemas. Se quedó embarazada, pero el problema no desapareció, así que ella decidió librarse del bebé, también sin consultármelo. Odio que mi hijo no pudiera tener una oportunidad.
—Oh, Marcos, lo siento mucho —estaba claro que Paula no iba a ganar el premio a la comunicadora del año, pero al menos había intentado decírselo a Pedro. Y por muy triste que fuera para ella no saber cómo le estaba yendo a su hijo en la vida, al menos estaba en el mundo y tenía una oportunidad.
—¿Cómo es posible que yo no supiera nada de esto? —preguntó Pedro frunciendo el ceño.
—La tregua ha terminado —dijo Paula observando cómo Oli agarraba una de las cajas—. No se preocupen, estaré alerta para que no convierta su preciosa casa en un páramo.
Marcos sonrió.
—¿Estás diciendo que deberíamos disfrutar de esta etapa antes de que Lautaro empiece a tener movilidad?
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo —reconoció ella.
—¿Aunque se despierte cada dos o tres horas para comer y estemos deseando que crezca?—preguntó Sabrina.
—Supongo que ésa es la definición de conflicto —dijo Paula con melancolía—. Quieres que sean normales, crezcan y aprendan. Y sin embargo este momento en el que tienes la oportunidad de protegerlos pasa muy deprisa.
Paula miró a Pedro, que tenía la vista clavada en el bebé, y se preguntó qué se le estaría pasando por la cabeza. ¿Estaría pensando que echaba de menos haber visto a Oli a la misma edad? Él no era el único que lo echaba de menos. Veía cada vez más cómo él entregaba a ser padre. Imaginaba cómo habrían sido las cosas si ella le hubiera dado una oportunidad antes de decidir que no estaba dispuesto a adquirir esa responsabilidad.
—Lo único que hace falta es tener la oportunidad —Marcos observó a Oli mientras la niña levantaba la tapa de una caja. Luego se giró a mirar a su hijo—. A veces la vida no nos concede ni siquiera eso.
Sabrina adquirió una expresión tierna.
—Éste es un momento para mirar hacia delante, no hacia atrás.
—¿De qué están hablando? —preguntó Pedro.
—Mi primera mujer decidió interrumpir el control del embarazo sin hablarlo conmigo cuando estábamos teniendo problemas. Se quedó embarazada, pero el problema no desapareció, así que ella decidió librarse del bebé, también sin consultármelo. Odio que mi hijo no pudiera tener una oportunidad.
—Oh, Marcos, lo siento mucho —estaba claro que Paula no iba a ganar el premio a la comunicadora del año, pero al menos había intentado decírselo a Pedro. Y por muy triste que fuera para ella no saber cómo le estaba yendo a su hijo en la vida, al menos estaba en el mundo y tenía una oportunidad.
—¿Cómo es posible que yo no supiera nada de esto? —preguntó Pedro frunciendo el ceño.
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