Paula salió al exterior a la mañana siguiente con un café en la mano para sentarse en la sombra del porche y presenciar el apasionado partido de fútbol que ya se estaba jugando en el jardín. Pedro y su sobrino iban contra Horacio y su sobrina. Si aquello era lo que ellos definían como «no hacer nada», no creía que pudiera sobrevivir a alguna actividad organizada de la familia Alfonso. Seguramente besar anoche a Pedro no podía calificarse de actividad, pero había sobrevivido. Por los pelos. Si no hubieran estado en casa de sus padres, no estaba muy segura de qué habría pasado.
Cuando Federico tiró la pelota fuera de los límites del campo, Pedro hizo un gesto para pedir tiempo muerto. Los niños agarraron sus botellas de agua y se fueron a discutir tácticas de juego con Federico mientras Pedro tomaba asiento al lado de Paula.
—Buenos días.
—Lo mismo digo.
Pedro le dió un largo trago a su botella de agua y la visión de su fuerte cuello tragando le resultó extrañamente sexy y fascinante.
—Ya hace calor. ¿Has dormido bien? —le preguntó mirándola.
—Muy bien —y era cierto, había dormido bien entre las horas que no había podido dormir porque estaba pesando en besarle—. ¿Y tú? ¿Has dormido bien?
—De maravilla.
Lo bueno de ser una mentirosa era que podía reconocer a otro con facilidad.
—Tío Pepe—Micaela se acercó a ellos. Era una niña preciosa de cabello largo y castaño recogido en una coleta—. Joaquín dice que no sé driblar.
—Tu hermano está tratando de hacerte perder la confianza en tí misma.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó la niña abriendo sus ojos verdes de par en par.
—Que quiere que pienses mucho para que vayas más lenta.
—Porque soy más rápida que él. Lo sabía —entonces sonrió, se dió la vuelta y corrió hacia su hermano—. El tío Pepe ha dicho que yo soy la más rápida. El tío Pepe adquirió una expresión preocupada.
—Eso no es exactamente lo que yo he dicho. Eres testigo.
Paula miró hacia los niños, que ahora discutían sobre velocidad y habilidad. La niña que ella había entregado en adopción tendría ahora diez años, sería mayor que los gemelos. ¿Era una niña feliz? ¿Se sentiría querida? Siempre pensaba en su hija, pero últimamente todavía más porque cada vez era más importante que Spencer no lo supiera para que no la despreciara por ello.
—No te pongas tan seria —su voz grave encerraba una cierta confusión—. Solo estaba bromeando. Siempre están compitiendo el uno con el otro. Querer ser el mejor es un rasgo de la familia Alfonso.
—Ella tiene que mantener su posición frente a los chicos —Paula no estaba pensando solo en Micaela.
—No te preocupes. Yo cuidaré de ella.
Paula deseó que su hija tuviera un tío como él. Micaela empezó a llamar a Pedro.
—Estoy lista para volver a jugar. Tenemos que meter un gol, tío Pepe.
Él fue a reunirse con los otros tres, que ya estaban jugando en aquel campo que era tan grande como algunos parques. Paula escuchaba sus gritos y las risas, pero no podía oír lo que decían.
—Buenos días —Horacio tomó asiento en la silla que había al lado de la suya.
—Hola —Paula le dió un sorbo a su café.
—¿Has dormido bien?
—Sí —seguía mintiendo. Sintió que se le sonrojaba el cuello aunque Horacio no supiera lo que había sucedido entre su hijo y ella en el pasillo—. ¿Y tú?
—Estupendamente —Horacio miró hacia el cuarteto que jugaba—. ¿Por qué no estás con ellos?
—Porque no sé nada de fútbol y además hace demasiado calor para mí. En los meses de verano me alegro de tener un trabajo de oficina.
—Una chica inteligente.
—Lo intento, aunque no puedo ni acercarme a su liga, señor Premio Nobel de Economía.
Horacio se rió.
—Estoy orgulloso de ese premio —admitió—. Pero palidece al compararlo con el reto de ser padre. Es algo más que una distinción biológica, ¿Sabes?
—No sabría decirte —por alguna razón que no lograba entender quería confiarse a aquel hombre—. Mi padre no tenía mucha relación conmigo antes incluso del divorcio. Y después desapareció completamente.
Horacio tenía una expresión de profunda desaprobación.
—¿Cuántos años tenías?
—Doce.
miércoles, 5 de abril de 2017
Enamorada: Capítulo 23
—Creo que yo también me iré a acostar —dijo.
—¿Qué prisa tienes?
—No tengo prisa, es que estoy cansada. Mañana va a ser también un día duro. Me gusta tu familia, pero ahora que no nos oyen, los Alfonso son agotadores.
—Entendido. Necesitas descansar —reconoció él—. Pero déjame que te dé las gracias por haber acudido a mi rescate con lo de salir con mujeres. ¿Por qué lo has hecho?
—Es una buena pregunta —Paula se encogió de hombros—. Pero no tengo una respuesta.
—¿Eres la defensora de los desamparados?
Ella se rió, porque no tenía esa opinión de él.
—Eres muchas cosas, pero desde luego no un desamparado.
—A veces me siento así.
El tono de su voz le confirmó que Pedro no veía la aprobación de sus padres.
—Hay que querer a la familia. Y dicho esto, buenas noches —Paula se puso rápidamente de pie antes de que Spencer pudiera hacer algo para que cambiara de opinión.
Él se levantó del asiento y la miró.
—De acuerdo.
Pedro apagó las luces mientras se dirigían a la casa. La siguió hasta la primera planta y la acompañó a la puerta de su dormitorio, que estaba en el mismo pasillo que la suya.
—Hasta mañana —Paula puso la mano en el picaporte.
Él no se movió. Se limitó a quedarse mirándola.
—Hay una tradición en la familia Alfonso que consiste en darle un beso de buenas noches a los invitados.
—Te lo estás inventando.
—Sí —sus ojos verdes tenía una expresión deliciosamente pícara—. ¿Cómo me has descubierto?
—Porque anoche no hubo tradición —y la noche anterior ella no tenía el pulso tan acelerado como ahora.
—Porque entonces no sabía que les ibas a caer tan bien a mis padres. Un beso de buenas noches me parece apropiado.
—¿Siempre haces lo que dicen las figuras de autoridad?
—Siempre.
—Pues ya somos dos —murmuró Paula con voz temblorosa.
Entonces Pedro le rozó los labios con los suyos y en lo único que pudo pensar fue en lo suaves que eran. Y en lo cálidos. El suave contacto se volvió de pronto exigente. Ya no parecía un dulce besito de buenas noches. Le tomó la mejilla con la palma de la mano y la besó una y otra vez con firmeza. Le deslizó los dedos de la otra mano por el cuello y por el hombro hasta que los nudillos descansaron en su seno. Paula se moría por sentir sus caricias sobre la piel desnuda. El fuego se apoderó de ella y empezó a jadear. Gimió contra su boca, y su gemido resonó por la casa vacía. La casa de los padres de Pedro. Se apartó y susurró frenéticamente:
—Pedro, alguien podría oírnos…
—¿Sabes lo grande que es este sitio?
Paula asintió.
—Pero hay mucha gente aquí. Los niños podrían salir al pasillo. Alguien podría perderse.
—Entonces no deberíamos estar aquí —Pedro jadeaba y tenía una mirada oscura e intensa—. Invítame a entrar.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Pero quieres.
—Buenas noches —Paula se giró para abrir la puerta, entró y cerró tras de sí.
Todo su cuerpo le pedía más. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿Cuándo había cambiado el juego? Y sus padres habían confirmado lo que ella ya sabía sobre su legendaria determinación. Si Pedro estaba decidido a ir por ella, su fuerza de voluntad no resistiría ni un asalto.
—¿Qué prisa tienes?
—No tengo prisa, es que estoy cansada. Mañana va a ser también un día duro. Me gusta tu familia, pero ahora que no nos oyen, los Alfonso son agotadores.
—Entendido. Necesitas descansar —reconoció él—. Pero déjame que te dé las gracias por haber acudido a mi rescate con lo de salir con mujeres. ¿Por qué lo has hecho?
—Es una buena pregunta —Paula se encogió de hombros—. Pero no tengo una respuesta.
—¿Eres la defensora de los desamparados?
Ella se rió, porque no tenía esa opinión de él.
—Eres muchas cosas, pero desde luego no un desamparado.
—A veces me siento así.
El tono de su voz le confirmó que Pedro no veía la aprobación de sus padres.
—Hay que querer a la familia. Y dicho esto, buenas noches —Paula se puso rápidamente de pie antes de que Spencer pudiera hacer algo para que cambiara de opinión.
Él se levantó del asiento y la miró.
—De acuerdo.
Pedro apagó las luces mientras se dirigían a la casa. La siguió hasta la primera planta y la acompañó a la puerta de su dormitorio, que estaba en el mismo pasillo que la suya.
—Hasta mañana —Paula puso la mano en el picaporte.
Él no se movió. Se limitó a quedarse mirándola.
—Hay una tradición en la familia Alfonso que consiste en darle un beso de buenas noches a los invitados.
—Te lo estás inventando.
—Sí —sus ojos verdes tenía una expresión deliciosamente pícara—. ¿Cómo me has descubierto?
—Porque anoche no hubo tradición —y la noche anterior ella no tenía el pulso tan acelerado como ahora.
—Porque entonces no sabía que les ibas a caer tan bien a mis padres. Un beso de buenas noches me parece apropiado.
—¿Siempre haces lo que dicen las figuras de autoridad?
—Siempre.
—Pues ya somos dos —murmuró Paula con voz temblorosa.
Entonces Pedro le rozó los labios con los suyos y en lo único que pudo pensar fue en lo suaves que eran. Y en lo cálidos. El suave contacto se volvió de pronto exigente. Ya no parecía un dulce besito de buenas noches. Le tomó la mejilla con la palma de la mano y la besó una y otra vez con firmeza. Le deslizó los dedos de la otra mano por el cuello y por el hombro hasta que los nudillos descansaron en su seno. Paula se moría por sentir sus caricias sobre la piel desnuda. El fuego se apoderó de ella y empezó a jadear. Gimió contra su boca, y su gemido resonó por la casa vacía. La casa de los padres de Pedro. Se apartó y susurró frenéticamente:
—Pedro, alguien podría oírnos…
—¿Sabes lo grande que es este sitio?
Paula asintió.
—Pero hay mucha gente aquí. Los niños podrían salir al pasillo. Alguien podría perderse.
—Entonces no deberíamos estar aquí —Pedro jadeaba y tenía una mirada oscura e intensa—. Invítame a entrar.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Pero quieres.
—Buenas noches —Paula se giró para abrir la puerta, entró y cerró tras de sí.
Todo su cuerpo le pedía más. ¿Cómo había sucedido aquello? ¿Cuándo había cambiado el juego? Y sus padres habían confirmado lo que ella ya sabía sobre su legendaria determinación. Si Pedro estaba decidido a ir por ella, su fuerza de voluntad no resistiría ni un asalto.
lunes, 3 de abril de 2017
Enamorada: Capítulo 22
—No —aseguró él—. Tengo que proteger estas manos a toda costa.
—No tienes excusa, doctor —Paula sacudió enérgicamente la cabeza—. Con tu superior cociente intelectual podrías haber cortado las zanahorias en tiras utilizando la fuerza mental.
Horacio y Ana encontraron aquello muy divertido y se rieron a carcajadas hasta llorar.
—Oh, Paula —dijo su madre secándose los ojos—. Eres la mujer más simpática que ha traído Pepe por aquí.
—No te hace la pelota ni se inclina ante tí —Horacio asintió con aprobación—. Me cae bien, hijo.
—Ahora que lo pienso —continuó Ana—, hacía mucho que no traías a alguien a casa. ¿Cuándo fue la última vez?
Como sus cuerpos se estaban tocando, Paula sintió que Pedro se ponía tenso y entendió la razón. Imaginó que sería cuando estuvo en la facultad de medicina y llevó a la mujer equivocada. Todavía estaba marcado por aquella experiencia. Sintió el impulso de protegerle.
—Pedro no tiene tiempo para mujeres.
—¿No sales con chicas, hijo? —su padre parecía un poco preocupado.
—Hay demasiada gente que depende de él. Está muy ocupado salvando vidas y no tiene interés en relaciones personales sin importancia que le quitarían tiempo.
—Paula está exagerando —el tono de Pedro ocultaba una cierta sorna—. Sí que salgo.
—Cuando puede —añadió ella—. Y créanme, no es fácil ser el doctor Pedro Alfonso, dedicado a arreglar corazones. Menos mal que se le da tan bien, porque cuando avanza por el pasillo del hospital casi puede oírse cómo se rompen algunos.
Horacio agitó juguetonamente el dedo hacia ella.
—Nos estás tomando el pelo.
—Yo nunca haría algo así —afirmó Paula—. Se lo estoy tomando a él.
—Bien hecho —aplaudió Ana.
—Eh, que estoy aquí delante —protestó Pedro.
Ella le dió un puñetazo cariñoso en el hombro.
—Imagínate lo que diré a tu espalda.
—Lo cierto es que no tengo que imaginarlo —murmuró Pedro—. Te pillé diciéndole a Zaira Morales lo que pensabas realmente de mí.
¿Era ella la única que captaba el tono erótico de su voz? Menos mal que estaba oscuro allí fuera, pensó Avery. Así los padres de Pedro no verían que tenía la cara roja como un tomate. La única culpable del comentario sobre acostarse con los médicos amables era ella.
—Vamos, no nos tengas en vilo —la urgió Horacio—. ¿Qué dijiste a su espalda?
—Oh, fue hace tiempo —aseguró Paula—. Creo que tenía algo que ver con lo obstinado que es.
Pedro se inclinó y le susurró al oído:
—Mentirosa.
—Siempre ha sido muy perseverante —confirmó su madre—. Antes de cumplir el año estaba decidido a andar, y cuando se caía no lloraba. Se levantaba y volvía a intentarlo.
No actuaba así en las relaciones, pensó Paula. Había admitido que estuvo enamorado, pero aquello no funcionó. Ahora prefería la cantidad a la calidad y al parecer no tenía intención de volver a intentarlo.
Horacio se rió al recordar a su hijo aprendiendo a andar.
—Un cabezota, así es Pepe. Si se propone algo, ten cuidado. Irá a por ello con todo.
Paula se apuntó la advertencia, aunque sabía por experiencia que Pedro Alfonso no se rendía. Por eso estaba ella allí ahora.
—No se puede llegar a ser uno de los mejores cirujanos cardiotorácicos del país sin motivación. Y el objetivo debe ser convertirse en número uno —añadió Horacio.
La motivación era algo bueno, pensó Paula. Pero no pudo evitar preguntarse qué opinaría Pedro. Sabía que la aprobación de sus padres era importante para él. Ella se daba cuenta de que la tenía, pero tenía la sensación de que él estaba todavía tratando de compensar por aquel único error.
—Hablando de motivación —dijo Ana— se está haciendo tarde y estoy cansada.
—Yo también —Horacio se puso de pie y le tendió la mano a su mujer para ayudarla a levantarse—. Nos veremos por la mañana.
—Buenas noches —dijeron Paula y Pedro a la vez.
Se habían quedado solos. Podría haber sido algo romántico si no fueran quienes eran. Sin embargo, ella no pudo evitar que el corazón le latiera demasiado rápido. De pronto le faltaba el aire, y el único remedio era salir del espacio vital de Pedro.
—No tienes excusa, doctor —Paula sacudió enérgicamente la cabeza—. Con tu superior cociente intelectual podrías haber cortado las zanahorias en tiras utilizando la fuerza mental.
Horacio y Ana encontraron aquello muy divertido y se rieron a carcajadas hasta llorar.
—Oh, Paula —dijo su madre secándose los ojos—. Eres la mujer más simpática que ha traído Pepe por aquí.
—No te hace la pelota ni se inclina ante tí —Horacio asintió con aprobación—. Me cae bien, hijo.
—Ahora que lo pienso —continuó Ana—, hacía mucho que no traías a alguien a casa. ¿Cuándo fue la última vez?
Como sus cuerpos se estaban tocando, Paula sintió que Pedro se ponía tenso y entendió la razón. Imaginó que sería cuando estuvo en la facultad de medicina y llevó a la mujer equivocada. Todavía estaba marcado por aquella experiencia. Sintió el impulso de protegerle.
—Pedro no tiene tiempo para mujeres.
—¿No sales con chicas, hijo? —su padre parecía un poco preocupado.
—Hay demasiada gente que depende de él. Está muy ocupado salvando vidas y no tiene interés en relaciones personales sin importancia que le quitarían tiempo.
—Paula está exagerando —el tono de Pedro ocultaba una cierta sorna—. Sí que salgo.
—Cuando puede —añadió ella—. Y créanme, no es fácil ser el doctor Pedro Alfonso, dedicado a arreglar corazones. Menos mal que se le da tan bien, porque cuando avanza por el pasillo del hospital casi puede oírse cómo se rompen algunos.
Horacio agitó juguetonamente el dedo hacia ella.
—Nos estás tomando el pelo.
—Yo nunca haría algo así —afirmó Paula—. Se lo estoy tomando a él.
—Bien hecho —aplaudió Ana.
—Eh, que estoy aquí delante —protestó Pedro.
Ella le dió un puñetazo cariñoso en el hombro.
—Imagínate lo que diré a tu espalda.
—Lo cierto es que no tengo que imaginarlo —murmuró Pedro—. Te pillé diciéndole a Zaira Morales lo que pensabas realmente de mí.
¿Era ella la única que captaba el tono erótico de su voz? Menos mal que estaba oscuro allí fuera, pensó Avery. Así los padres de Pedro no verían que tenía la cara roja como un tomate. La única culpable del comentario sobre acostarse con los médicos amables era ella.
—Vamos, no nos tengas en vilo —la urgió Horacio—. ¿Qué dijiste a su espalda?
—Oh, fue hace tiempo —aseguró Paula—. Creo que tenía algo que ver con lo obstinado que es.
Pedro se inclinó y le susurró al oído:
—Mentirosa.
—Siempre ha sido muy perseverante —confirmó su madre—. Antes de cumplir el año estaba decidido a andar, y cuando se caía no lloraba. Se levantaba y volvía a intentarlo.
No actuaba así en las relaciones, pensó Paula. Había admitido que estuvo enamorado, pero aquello no funcionó. Ahora prefería la cantidad a la calidad y al parecer no tenía intención de volver a intentarlo.
Horacio se rió al recordar a su hijo aprendiendo a andar.
—Un cabezota, así es Pepe. Si se propone algo, ten cuidado. Irá a por ello con todo.
Paula se apuntó la advertencia, aunque sabía por experiencia que Pedro Alfonso no se rendía. Por eso estaba ella allí ahora.
—No se puede llegar a ser uno de los mejores cirujanos cardiotorácicos del país sin motivación. Y el objetivo debe ser convertirse en número uno —añadió Horacio.
La motivación era algo bueno, pensó Paula. Pero no pudo evitar preguntarse qué opinaría Pedro. Sabía que la aprobación de sus padres era importante para él. Ella se daba cuenta de que la tenía, pero tenía la sensación de que él estaba todavía tratando de compensar por aquel único error.
—Hablando de motivación —dijo Ana— se está haciendo tarde y estoy cansada.
—Yo también —Horacio se puso de pie y le tendió la mano a su mujer para ayudarla a levantarse—. Nos veremos por la mañana.
—Buenas noches —dijeron Paula y Pedro a la vez.
Se habían quedado solos. Podría haber sido algo romántico si no fueran quienes eran. Sin embargo, ella no pudo evitar que el corazón le latiera demasiado rápido. De pronto le faltaba el aire, y el único remedio era salir del espacio vital de Pedro.
Enamorada: Capítulo 21
—Le pedí matrimonio a la mujer equivocada.
¿Había oído bien? ¿El soltero más codiciado del hospital?
—No sabía que estuvieras casado.
—No lo estoy. No lo he estado nunca.
—Entonces no lo entiendo.
Pedro dejó escapar un largo suspiro.
—Cuando estaba en la universidad me enamoré de una estudiante de arte. Ese fue el primer error. Las matemáticas y la ciencia le daban urticaria. Imagínate eso en esta familia. Pero era muy guapa, alegre y llena de vida. Un soplo de aire fresco. No se parecía a nadie que yo hubiera conocido con anterioridad.
—¿Y le pediste que se casara contigo?
Pedro asintió.
—Iba a ir a la facultad de Medicina y quería que viniera conmigo. Aquello era muy romántico. ¿Quién lo hubiera esperado de él?
—¿Qué pasó?
—No esperaba que me diera las gracias por pedírselo y me rechazara.
Paula no podía creer que hubiera oído bien.
—¿Te dijo que no?
—Sí —no había ni asomo de humor en su tono ni en su expresión—. Mi segundo error fue contárselo a mi hermana. Se lo dijo a todo el mundo. Mis padres me dijeron que estaban asombrados por mi elección. Aquella chica era completamente inapropiada. No les caía bien y se preguntaban qué había visto en ella.
—Echaron sal en la herida —murmuró Paula.
—Sí —la voz de Pedro sonaba triste, como si el recuerdo todavía le doliera—. No endulzaron lo que pensaban. Me dijeron sin tapujos que perder el tiempo con ella había sido un error garrafal. Así que, sin haber llegado a cometer el error de casarme con ella, ya me lo achacaron.
Paula le puso la mano sobre la suya en gesto de simpatía.
—Son un grupo duro.
—No tienes idea —murmuró él con expresión compungida.
Ni la tendría nunca. Si alguno de ellos averiguaba su secreto, Pedro tendría que escuchar una charla sobre bajar el listón al mezclarse con gente como ella. Nada de tener una cita, y mucho menos de enamorarse. Paula era sin duda una pérdida de tiempo. La familia Alfonso no toleraría que su primogénito tuviera una relación con una mujer que se había quedado embarazada y había entregado a su bebé en adopción. La última parte era lo que resultaría imperdonable, porque enfrentarse a los errores era una responsabilidad. Lo cierto era que, si Paula no podía perdonarse a sí misma, ¿Cómo iba a esperar que lo hicieran los demás? Pero la confesión de Pedro le hacía parecer más humano. Si se hubiera quedado apartada en la zona de confort del Centro Médico Mercy en Las Vegas, nunca habría sabido que aquel hombre que tenía tantas mujeres había resultado herido una vez. Eso explicaba que sus relaciones fueran tan superficiales. Sería mucho más fácil si fuera el imbécil que ella había creído que era.
A última hora de la tarde, Federico se había ido a casa y su hermana gemela se llevó a su agotada familia a la planta de arriba para acomodarles para la noche. Paula estaba sentada en el porche con el resto de los Alfonso y Pedro estaba a su lado. Otra vez. Se estaba convirtiendo en una costumbre, y el jurado todavía tenía que decidir si era una buena costumbre o no. Cada vez que se rozaban los brazos o las piernas sentía un escalofrío. Había intentado un par de veces excusarse y entrar en la casa, pero o bien Pedro o bien sus padres se lo habían impedido incluyéndola en la conversación.
—De verdad, Paula, no sé cómo agradecerte que me hayas ayudado a poner la mesa para la cena —Ana estaba sentada frente a ellos, al lado de su marido—. Una mano extra supone una gran diferencia cuando hay niños. Y no me refiero solo a los hijos de Carolina.
—No he hecho nada —protestó Paula.
—No es eso lo que yo he visto —Pedro se giró para mirarla y su pierna rozó la suya. Pero no la retiró—. Mi madre te ha tenido horas en la cocina.
Paula confió en que la mirada que le lanzó fuera visible bajo la luz de la luna y que retirara la pierna.
—Es lo menos que puedo hacer para agradecerles a tus padres su hospitalidad. Y tú no has hecho absolutamente nada.
—¿Perdona?
—Había verduras que cortar. Fruta que pelar y cortar en cubitos. No estabas por ninguna parte.
Pedro se cruzó de brazos y le rozó el hombro.
—Estaba concentrado en un juego muy competitivo con mis sobrinos para ver quién se convertía en el rey de la piscina.
—¿Ah, sí? —preguntó Paula con sarcasmo alzando una ceja—. ¿Y quién ha ganado?
—Yo.
—Tu habilidad habría sido de mayor utilidad en la cocina. Eres cirujano, podrías haber cortado las rajas de melón con precisión quirúrgica.
¿Había oído bien? ¿El soltero más codiciado del hospital?
—No sabía que estuvieras casado.
—No lo estoy. No lo he estado nunca.
—Entonces no lo entiendo.
Pedro dejó escapar un largo suspiro.
—Cuando estaba en la universidad me enamoré de una estudiante de arte. Ese fue el primer error. Las matemáticas y la ciencia le daban urticaria. Imagínate eso en esta familia. Pero era muy guapa, alegre y llena de vida. Un soplo de aire fresco. No se parecía a nadie que yo hubiera conocido con anterioridad.
—¿Y le pediste que se casara contigo?
Pedro asintió.
—Iba a ir a la facultad de Medicina y quería que viniera conmigo. Aquello era muy romántico. ¿Quién lo hubiera esperado de él?
—¿Qué pasó?
—No esperaba que me diera las gracias por pedírselo y me rechazara.
Paula no podía creer que hubiera oído bien.
—¿Te dijo que no?
—Sí —no había ni asomo de humor en su tono ni en su expresión—. Mi segundo error fue contárselo a mi hermana. Se lo dijo a todo el mundo. Mis padres me dijeron que estaban asombrados por mi elección. Aquella chica era completamente inapropiada. No les caía bien y se preguntaban qué había visto en ella.
—Echaron sal en la herida —murmuró Paula.
—Sí —la voz de Pedro sonaba triste, como si el recuerdo todavía le doliera—. No endulzaron lo que pensaban. Me dijeron sin tapujos que perder el tiempo con ella había sido un error garrafal. Así que, sin haber llegado a cometer el error de casarme con ella, ya me lo achacaron.
Paula le puso la mano sobre la suya en gesto de simpatía.
—Son un grupo duro.
—No tienes idea —murmuró él con expresión compungida.
Ni la tendría nunca. Si alguno de ellos averiguaba su secreto, Pedro tendría que escuchar una charla sobre bajar el listón al mezclarse con gente como ella. Nada de tener una cita, y mucho menos de enamorarse. Paula era sin duda una pérdida de tiempo. La familia Alfonso no toleraría que su primogénito tuviera una relación con una mujer que se había quedado embarazada y había entregado a su bebé en adopción. La última parte era lo que resultaría imperdonable, porque enfrentarse a los errores era una responsabilidad. Lo cierto era que, si Paula no podía perdonarse a sí misma, ¿Cómo iba a esperar que lo hicieran los demás? Pero la confesión de Pedro le hacía parecer más humano. Si se hubiera quedado apartada en la zona de confort del Centro Médico Mercy en Las Vegas, nunca habría sabido que aquel hombre que tenía tantas mujeres había resultado herido una vez. Eso explicaba que sus relaciones fueran tan superficiales. Sería mucho más fácil si fuera el imbécil que ella había creído que era.
A última hora de la tarde, Federico se había ido a casa y su hermana gemela se llevó a su agotada familia a la planta de arriba para acomodarles para la noche. Paula estaba sentada en el porche con el resto de los Alfonso y Pedro estaba a su lado. Otra vez. Se estaba convirtiendo en una costumbre, y el jurado todavía tenía que decidir si era una buena costumbre o no. Cada vez que se rozaban los brazos o las piernas sentía un escalofrío. Había intentado un par de veces excusarse y entrar en la casa, pero o bien Pedro o bien sus padres se lo habían impedido incluyéndola en la conversación.
—De verdad, Paula, no sé cómo agradecerte que me hayas ayudado a poner la mesa para la cena —Ana estaba sentada frente a ellos, al lado de su marido—. Una mano extra supone una gran diferencia cuando hay niños. Y no me refiero solo a los hijos de Carolina.
—No he hecho nada —protestó Paula.
—No es eso lo que yo he visto —Pedro se giró para mirarla y su pierna rozó la suya. Pero no la retiró—. Mi madre te ha tenido horas en la cocina.
Paula confió en que la mirada que le lanzó fuera visible bajo la luz de la luna y que retirara la pierna.
—Es lo menos que puedo hacer para agradecerles a tus padres su hospitalidad. Y tú no has hecho absolutamente nada.
—¿Perdona?
—Había verduras que cortar. Fruta que pelar y cortar en cubitos. No estabas por ninguna parte.
Pedro se cruzó de brazos y le rozó el hombro.
—Estaba concentrado en un juego muy competitivo con mis sobrinos para ver quién se convertía en el rey de la piscina.
—¿Ah, sí? —preguntó Paula con sarcasmo alzando una ceja—. ¿Y quién ha ganado?
—Yo.
—Tu habilidad habría sido de mayor utilidad en la cocina. Eres cirujano, podrías haber cortado las rajas de melón con precisión quirúrgica.
Enamorada: Capítulo 20
—Entiendo lo que quieres decir —aseguró Paula—. Y apuesto a que Pedro no necesita un robot. Solo quiere un juguete nuevo y caro.
—Traidora —respondió el aludido—. Creí que estabas de mi lado.
—Todavía tengo que formarme una opinión sobre tu sistema de cirugía.
A Paula le recorrió un escalofrío la espina dorsal cuando la respiración de Pedro le acarició la oreja. Le resultó difícil formar un pensamiento racional, pero hizo todo lo posible. Aquel no era un grupo dispuesto a tolerar a una idiota.
—No estoy tomando partido. Solo reconozco la utilidad de ese campo.
—Me cae bien —Federico sonrió y miró a su hermano—. Es muy valiosa.
—Se lo diré a los que mandan en el Centro Médico Mercy.
—Te lo agradezco —Paula sintió una leve punzada de desilusión al ver que Pedro llevaba un comentario personal al terreno profesional. Y eso era una locura, porque allí se encontraba la zona de confort que estaba tratando de alcanzar.
—Hablando del Centro Médico Mercy —comentó Federico— la corporación financia clínicas pequeñas por todo el país.
Desde su posición en el departamento financiero, Paula tenía acceso a mucha información relacionada con las distintas operaciones de la compañía.
—Yo lo sabía —dijo.
—Yo no —Pedro se quedó mirando a su hermano.
—Lo sabrías si vieras el cuadro completo en lugar de solo una pequeña parte — Federico vaciló una décima de segundo y luego les dijo a sus padres—: He solicitado un puesto en una clínica de Blackwater Lake.
—¿En Montana? —preguntó Horacio.
—Sí. Es todo un reto conseguir que algún médico se quede allí y la comunidad necesita uno.
—Es un reto porque se trata de una comunidad muy pequeña. Y rural — aseguró su madre, que no parecía muy contenta—. ¿Y qué pasa con tu carrera? Esto es un paso atrás…
—Si es lo que quieres hacer, no es un paso atrás, y yo quiero hacerlo —el tono de Federico no dejaba espacio para más discusiones.
Se hizo un incómodo silencio hasta que Carolina dijo:
—A la abuela no le va a gustar.
—Al diablo con Elsa —afirmó Ana—. A la que no me gusta es a mí. Pedro se inclinó y susurró:
—Mi abuela la dominante.
—Lo he oído —dijo Federico—. Y aunque la abuela no es siempre diplomática, siempre dice las cosas como son. Y creo que todos sabéis que soy su nieto favorito.
—No se puede decir que tenga buen gusto —murmuró Carolina.
La batalla dialéctica continuó, pero terminó pasando y Paula disfrutó viendo a Pedro interactuar con su familia. Era una parte de él que nunca había visto. Por muy competitivos que fueran los Stone, cada uno tenía su sitio y el amor que compartían quedaba más que patente. Solo había tenido a su madre, y tras la presión que ejerció sobre ella para que entregara a su bebé el lazo se rompió. Su madre había muerto de cáncer dos años atrás, y volvió a sentir la habitual punzada de tristeza porque nunca llegaron a reconciliarse del todo. Sabía ahora que entregar a su hija en adopción era la única opción que tenía. Solo esperaba que los padres de su hija la quisieran tanto como Horacio y Ana querían a sus hijos.
—Un penique por tus pensamientos —dijo una voz profunda, arrancándola de sus pensamientos.
Pedro seguía todavía sentado a su lado. Paula cruzó la mirada con la suya.
—¿Cómo?
Pedro frunció el ceño.
—Tienes una expresión extraña. ¿Dónde ha ido tu cabeza?
Quiso decirle que a un mal sitio. Al vacío de su interior, un vacío que nunca conseguiría llenar y que por eso trataba de cerrar. A veces lo conseguía y a veces el recuerdo aparecía de forma inesperada y muy dolorosa. Pero no era algo de lo que hablara, ni siquiera con Zaira, su mejor amiga. Y apenas conocía a estas personas.
Miró hacia el alboroto que la rodeaba. Carolina y Ana estaban envolviendo en toallas a los gemelos, que estaban empapados y muertos de hambre. Su padre estaba secándose al sol mientras charlaba con Horacio y Federico.
—Estaba pensando en la familia tan maravillosa que tienes. Tus padres han hecho un gran trabajo con ustedes—no estaba mintiendo. Era una de las cosas que se le habían pasado por la cabeza.
Pedro dirigió la mirada hacia sus padres, pero una cierta tristeza se mezcló con el orgullo de su expresión.
—Son estupendos, pero no fue fácil crecer en esta familia. Cuando metía la pata no paraban de recordármelo.
—Vamos, por favor. ¿Cometer un error tú, el doctor don perfecto? —Paula sacudió la cabeza—. No me lo creo.
—Estás muy equivocada —Pedro hablaba muy en serio.
—De acuerdo. Dime una cosa en la que te hayas equivocado.
—Traidora —respondió el aludido—. Creí que estabas de mi lado.
—Todavía tengo que formarme una opinión sobre tu sistema de cirugía.
A Paula le recorrió un escalofrío la espina dorsal cuando la respiración de Pedro le acarició la oreja. Le resultó difícil formar un pensamiento racional, pero hizo todo lo posible. Aquel no era un grupo dispuesto a tolerar a una idiota.
—No estoy tomando partido. Solo reconozco la utilidad de ese campo.
—Me cae bien —Federico sonrió y miró a su hermano—. Es muy valiosa.
—Se lo diré a los que mandan en el Centro Médico Mercy.
—Te lo agradezco —Paula sintió una leve punzada de desilusión al ver que Pedro llevaba un comentario personal al terreno profesional. Y eso era una locura, porque allí se encontraba la zona de confort que estaba tratando de alcanzar.
—Hablando del Centro Médico Mercy —comentó Federico— la corporación financia clínicas pequeñas por todo el país.
Desde su posición en el departamento financiero, Paula tenía acceso a mucha información relacionada con las distintas operaciones de la compañía.
—Yo lo sabía —dijo.
—Yo no —Pedro se quedó mirando a su hermano.
—Lo sabrías si vieras el cuadro completo en lugar de solo una pequeña parte — Federico vaciló una décima de segundo y luego les dijo a sus padres—: He solicitado un puesto en una clínica de Blackwater Lake.
—¿En Montana? —preguntó Horacio.
—Sí. Es todo un reto conseguir que algún médico se quede allí y la comunidad necesita uno.
—Es un reto porque se trata de una comunidad muy pequeña. Y rural — aseguró su madre, que no parecía muy contenta—. ¿Y qué pasa con tu carrera? Esto es un paso atrás…
—Si es lo que quieres hacer, no es un paso atrás, y yo quiero hacerlo —el tono de Federico no dejaba espacio para más discusiones.
Se hizo un incómodo silencio hasta que Carolina dijo:
—A la abuela no le va a gustar.
—Al diablo con Elsa —afirmó Ana—. A la que no me gusta es a mí. Pedro se inclinó y susurró:
—Mi abuela la dominante.
—Lo he oído —dijo Federico—. Y aunque la abuela no es siempre diplomática, siempre dice las cosas como son. Y creo que todos sabéis que soy su nieto favorito.
—No se puede decir que tenga buen gusto —murmuró Carolina.
La batalla dialéctica continuó, pero terminó pasando y Paula disfrutó viendo a Pedro interactuar con su familia. Era una parte de él que nunca había visto. Por muy competitivos que fueran los Stone, cada uno tenía su sitio y el amor que compartían quedaba más que patente. Solo había tenido a su madre, y tras la presión que ejerció sobre ella para que entregara a su bebé el lazo se rompió. Su madre había muerto de cáncer dos años atrás, y volvió a sentir la habitual punzada de tristeza porque nunca llegaron a reconciliarse del todo. Sabía ahora que entregar a su hija en adopción era la única opción que tenía. Solo esperaba que los padres de su hija la quisieran tanto como Horacio y Ana querían a sus hijos.
—Un penique por tus pensamientos —dijo una voz profunda, arrancándola de sus pensamientos.
Pedro seguía todavía sentado a su lado. Paula cruzó la mirada con la suya.
—¿Cómo?
Pedro frunció el ceño.
—Tienes una expresión extraña. ¿Dónde ha ido tu cabeza?
Quiso decirle que a un mal sitio. Al vacío de su interior, un vacío que nunca conseguiría llenar y que por eso trataba de cerrar. A veces lo conseguía y a veces el recuerdo aparecía de forma inesperada y muy dolorosa. Pero no era algo de lo que hablara, ni siquiera con Zaira, su mejor amiga. Y apenas conocía a estas personas.
Miró hacia el alboroto que la rodeaba. Carolina y Ana estaban envolviendo en toallas a los gemelos, que estaban empapados y muertos de hambre. Su padre estaba secándose al sol mientras charlaba con Horacio y Federico.
—Estaba pensando en la familia tan maravillosa que tienes. Tus padres han hecho un gran trabajo con ustedes—no estaba mintiendo. Era una de las cosas que se le habían pasado por la cabeza.
Pedro dirigió la mirada hacia sus padres, pero una cierta tristeza se mezcló con el orgullo de su expresión.
—Son estupendos, pero no fue fácil crecer en esta familia. Cuando metía la pata no paraban de recordármelo.
—Vamos, por favor. ¿Cometer un error tú, el doctor don perfecto? —Paula sacudió la cabeza—. No me lo creo.
—Estás muy equivocada —Pedro hablaba muy en serio.
—De acuerdo. Dime una cosa en la que te hayas equivocado.
Enamorada: Capítulo 19
Al día siguiente Paula conoció al resto de la familia de Pedro. Su hermana pequeña, Carolina Alfonso Sosa, su marido, Daniel, y sus gemelos de seis años, Joaquín y Micaela, llegaron a media mañana desde Houston. Federico apareció una hora más tarde. Se hicieron las presentaciones y ahora Daniel y los gemelos estaban en la piscina. Los demás estaban sentados en el porche. Aquel era el jardín más grande que Paula había visto en su vida, Al otro lado de la piscina de dimensiones olímpicas había una gran extensión de césped que terminaba en el arroyo que rodeaba la zona de árboles y arbustos. Ana iba de un lado a otro poniendo aperitivos y rellenando las hieleras con agua, refrescos y cervezas. Finalmente se unió al grupo y le preguntó a su hija:
—¿Qué hay de nuevo en la NASA, querida?
Aquella no era una pregunta que Paula hubiera escuchado en alguna otra conversación informal. Estaba sentada en un sillón cubierto de cojines al lado de Pedro, y hasta el momento había logrado disimular la tensión. Se sentía como una estudiante en desventaja en la clase avanzada, pero era un día maravilloso de finales de abril. Se alegraba de haberse comprado los pantalones cortos y la camisa de algodón que llevaba puestos.
—Lo mismo de siempre. No hay suficiente dinero y hay demasiados políticos entrometiéndose.
Carolina tenía el cabello castaño claro y unos hermosos ojos azules. Debía de tener treinta y pocos años, pero parecía demasiado joven para ser ingeniera aeroespacial. Seguramente habría adelantado varios cursos. Estaba sentada en el brazo del sillón de su padre y tenía la mano sobre su hombro.
—Estamos en un periodo de transición ahora que ha terminado el programa de transporte espacial.
—No puedo creer que no hayáis perfeccionado la tecnología de los agujeros de gusano para facilitar el desplazamiento sin vehículo a otros planetas —aseguró Horacio.
—Me siento presionada —bromeó su hija.
—Solo digo que un descubrimiento así nos pondría a la cabeza del resto de los países en materia tecnológica y de defensa militar —Horacio se encogió de hombros.
—Me pondré a ello, papá. Pero con una condición —le dió una palmadita en el hombro—. Tú deja de ver episodios antiguos de Stargate.
Federico se rió. Tenía los mismos tonos que su hermana gemela pero en masculino.
—Ahí le has pillado, Caro.
Horacio no lo negó.
—Ese programa me relaja después de un día de estrés.
—¿Es más relajante que el golf? —preguntó Pedro.
—Sí, porque nadie lleva la cuenta de los golpes —respondió su padre—. La única cuenta que llevan los personajes es la de las veces que han salvado al mundo.
Paula se preguntó si ellos llevarían la cuenta de los logros de sus hijos. Por lo que había contado Pedro, sentía mucha presión para triunfar. ¿Les pasaría lo mismo a Carolina y a Federico?
Federico se quedó mirando a sus padres.
—¿Cuándo tienen pensado jubilarse?
—Nunca —Ana miró a su marido—. ¿Qué haríamos con tanto tiempo?
—Todavía tenemos mucho que ofrecerle al mundo —Horacio le guiñó el ojo a su esposa.
Paula estaba maravillada por el alcance global de sus áreas profesionales. Y tenían tres hijos extraordinarios también.
—Pero el estrés pasa factura, papá —señaló Pedro—. Puede poner en peligro las funciones vitales y se ha demostrado que es un factor de riesgo para los ataques al corazón.
—A mi corazón no le pasa nada. —Entonces, ¿Te has hecho el chequeo anual? —preguntó Federico.
—He estado ocupado.
—No lo dejes, papá —Federico se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Desde cuando eres especialista cardíaco? —bromeó Horacio.
Estaba claro que no quería responder a la pregunta.
—Ah —Federico asintió como dando a entender que estaba acostumbrado a aquello—. Ya estamos. Paula, solo para que lo sepas, yo soy el vago de la familia Alfonso. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
—Pedro me contó que eres médico de familia.
—¿Eso es siquiera una especialidad médica? —se mofó Carolina.
—Para tu información, hermanita, es una rama de la medicina que proporciona cuidados continuos a individuos y familias con todo tipo de edades y enfermedades. La intervención médica está basada en el conocimiento del paciente dentro del contexto de su familia y su comunidad, haciendo hincapié en la prevención y la promoción de la salud.
—O sea, que sabes un poco de todo, ¿No? —bromeó Pedro.
—Es mejor el bien de muchos que el bien de uno solo —afirmó Federico para defenderse—. Todo tiene que funcionar al unísono de forma armónica. Y hay un número infinito de factores que influyen en el todo. Especializarse, por ejemplo, en cirugía cardiotorácica es como enseñarle a un niño matemáticas sin enseñarle a leer. O a leer sin aprender matemáticas. El equilibrio es la clave.
—¿Qué hay de nuevo en la NASA, querida?
Aquella no era una pregunta que Paula hubiera escuchado en alguna otra conversación informal. Estaba sentada en un sillón cubierto de cojines al lado de Pedro, y hasta el momento había logrado disimular la tensión. Se sentía como una estudiante en desventaja en la clase avanzada, pero era un día maravilloso de finales de abril. Se alegraba de haberse comprado los pantalones cortos y la camisa de algodón que llevaba puestos.
—Lo mismo de siempre. No hay suficiente dinero y hay demasiados políticos entrometiéndose.
Carolina tenía el cabello castaño claro y unos hermosos ojos azules. Debía de tener treinta y pocos años, pero parecía demasiado joven para ser ingeniera aeroespacial. Seguramente habría adelantado varios cursos. Estaba sentada en el brazo del sillón de su padre y tenía la mano sobre su hombro.
—Estamos en un periodo de transición ahora que ha terminado el programa de transporte espacial.
—No puedo creer que no hayáis perfeccionado la tecnología de los agujeros de gusano para facilitar el desplazamiento sin vehículo a otros planetas —aseguró Horacio.
—Me siento presionada —bromeó su hija.
—Solo digo que un descubrimiento así nos pondría a la cabeza del resto de los países en materia tecnológica y de defensa militar —Horacio se encogió de hombros.
—Me pondré a ello, papá. Pero con una condición —le dió una palmadita en el hombro—. Tú deja de ver episodios antiguos de Stargate.
Federico se rió. Tenía los mismos tonos que su hermana gemela pero en masculino.
—Ahí le has pillado, Caro.
Horacio no lo negó.
—Ese programa me relaja después de un día de estrés.
—¿Es más relajante que el golf? —preguntó Pedro.
—Sí, porque nadie lleva la cuenta de los golpes —respondió su padre—. La única cuenta que llevan los personajes es la de las veces que han salvado al mundo.
Paula se preguntó si ellos llevarían la cuenta de los logros de sus hijos. Por lo que había contado Pedro, sentía mucha presión para triunfar. ¿Les pasaría lo mismo a Carolina y a Federico?
Federico se quedó mirando a sus padres.
—¿Cuándo tienen pensado jubilarse?
—Nunca —Ana miró a su marido—. ¿Qué haríamos con tanto tiempo?
—Todavía tenemos mucho que ofrecerle al mundo —Horacio le guiñó el ojo a su esposa.
Paula estaba maravillada por el alcance global de sus áreas profesionales. Y tenían tres hijos extraordinarios también.
—Pero el estrés pasa factura, papá —señaló Pedro—. Puede poner en peligro las funciones vitales y se ha demostrado que es un factor de riesgo para los ataques al corazón.
—A mi corazón no le pasa nada. —Entonces, ¿Te has hecho el chequeo anual? —preguntó Federico.
—He estado ocupado.
—No lo dejes, papá —Federico se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Desde cuando eres especialista cardíaco? —bromeó Horacio.
Estaba claro que no quería responder a la pregunta.
—Ah —Federico asintió como dando a entender que estaba acostumbrado a aquello—. Ya estamos. Paula, solo para que lo sepas, yo soy el vago de la familia Alfonso. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
—Pedro me contó que eres médico de familia.
—¿Eso es siquiera una especialidad médica? —se mofó Carolina.
—Para tu información, hermanita, es una rama de la medicina que proporciona cuidados continuos a individuos y familias con todo tipo de edades y enfermedades. La intervención médica está basada en el conocimiento del paciente dentro del contexto de su familia y su comunidad, haciendo hincapié en la prevención y la promoción de la salud.
—O sea, que sabes un poco de todo, ¿No? —bromeó Pedro.
—Es mejor el bien de muchos que el bien de uno solo —afirmó Federico para defenderse—. Todo tiene que funcionar al unísono de forma armónica. Y hay un número infinito de factores que influyen en el todo. Especializarse, por ejemplo, en cirugía cardiotorácica es como enseñarle a un niño matemáticas sin enseñarle a leer. O a leer sin aprender matemáticas. El equilibrio es la clave.
Enamorada: Capítulo 18
Se reunió con ella en la puerta y le quitó la bolsa de las manos.
—Puedo llevarla yo —protestó Paula.
—Yo soy el hombre. Eso es lo que hacemos los hombres.
—En mi mundo no —la expresión preocupada había vuelto a sus ojos.
Maldición. Había llegado el momento de cambiar de tema.
—¿Has comprado zapatillas de deporte?
—No sabía que las fuera a necesitar —aseguró ella.
—Las necesitarás para lo que tengo en mente. Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas —respondió Paula con voz tensa. Aquello le llamó la atención. Y cuando la miró vió que se le había borrado la sonrisa.
—Pues eso no está bien, señorita Chaves. Es una mala actitud que pienso cambiar.
—Buena suerte en el intento.
Para cuando hubo escogido zapatillas, calcetines y sandalias ya estaban los vaqueros listos. Se cambió el traje y la dependienta se lo guardó en una bolsa de plástico con percha. Paula estaba ahora vestida para la diversión y la intención de Pedro era que se divirtiera. Condujo hacia el West End de Dallas y salió a la autopista.
—¿Me estás secuestrando? —preguntó Paula cuando hubo transcurrido casi una hora—. Estás empezando a asustarme.
—Ya me has dicho eso varias veces. Es otra de las facetas de mi personalidad.
—No estoy muy segura de que me guste la faceta que me promete sorpresas.
—Confía en mí.
—Eso es lo que dicen todos los asesinos en serie.
—Ya casi hemos llegado —Pedro vió la salida que buscaba y la tomó.
Paula también vió los carteles.
—Esto es Fort Worth.
—Lo sé. Vamos a ir a un corral de ganado. Es una atracción turística.
Pedro siguió las indicaciones que llevaban a una zona de aparcamiento no pavimentada, entró y tomó el tique. Tras encontrar un espacio y dejar el coche allí, salieron y caminaron. A ambos lados de la calle había tiendas de recuerdos y restaurantes con fachadas al estilo del Oeste. Cuando iban a cruzar, vió que se había reunido un grupo de gente a ambos lados.
—Espera y verás —le dijo a Paula.
Unos minutos más tarde, unos vaqueros con sombreros y botas salieron guiando una pareja de bueyes por delante de donde ellos estaban.
—En el siglo XIX los rancheros del suroeste traían aquí el ganado para venderlo —explicó Pedro.
—Mira —Paula señaló hacia el otro lado de la calle—. Ese vaquero ha estacionado el buey en un poste. Tiene unos cuernos enormes. Y la gente le está subiendo a los niños al lomo para hacerles fotos.
—¿Quieres hacerte una? —le preguntó Pedro.
Paula abrió los ojos de par en par.
—No voy a sentarme encima de un animal salvaje. Si gira la cabeza con fuerza, alguien podría perder un ojo.
—Cobarde. Creo que son viejos, están cansados y probablemente medicados — la tomó del brazo para llevarla al extremo opuesto de la calle—. ¿Qué te parece si comemos algo?
—Estoy hambrienta.
—Costillas a la barbacoa, ¿De acuerdo? Aquí hay un sitio donde las hacen mejor que en ningún lado, según mi humilde opinión.
Paula asintió y él la acompañó hasta Riske’s. Ya había pasado la hora de la comida, así que tuvieron que esperar. Tras pedir dos cervezas, costillas con patatas y maíz, miró a su alrededor.
—Ahora entiendo por qué me has hecho comprar zapatillas y ponerme vaqueros. El viejo Oeste —dijo—. Justo lo contrario a Dallas.
—Dallas y Fort Worth son las dos caras de la moneda de Texas. Una es sofisticada, la otra salvaje. Es una unión única.
A juzgar por su expresión, Paula estaba impresionada con los suelos de madera, los manteles de cuadros blancos y rojos y la decoración tipo Oeste.
Le miró a los ojos y sonrió.
—Gracias por traerme aquí, Pedro.
—De nada —vió que ella vacilaba y supo que había algo más—. ¿Qué pasa?
Paula bajó un instante la vista antes de añadir:
—Quería decirte que tal vez te haya juzgado mal.
—¿A qué te refieres?
Ella pasó un dedo por el mantel.
—No eres como yo esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—Un imbécil.
—Gracias… supongo.
—No estoy expresándome muy bien —se disculpó Paula—. No esperaba que fueras divertido. En el hospital te muestras muy exigente y difícil, pero eres mucho más simpático de lo que yo creía.
—¿Acabas de decir que soy un médico amable?
El tono rosado que le tiñó las mejillas indicaba claramente que recordaba el comentario que hizo cuando no sabía que estaba detrás de ella.
—No tientes tu suerte, doctor.
No podía evitarlo. Paula le había dicho a su amiga que, si alguna vez conocía un médico amable, tendría relaciones sexuales con él al instante. Seguramente no se refería a los corrales de Fort Worth, pero él tenía pensado encontrar un lugar más íntimo. Muy pronto.
—Puedo llevarla yo —protestó Paula.
—Yo soy el hombre. Eso es lo que hacemos los hombres.
—En mi mundo no —la expresión preocupada había vuelto a sus ojos.
Maldición. Había llegado el momento de cambiar de tema.
—¿Has comprado zapatillas de deporte?
—No sabía que las fuera a necesitar —aseguró ella.
—Las necesitarás para lo que tengo en mente. Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas —respondió Paula con voz tensa. Aquello le llamó la atención. Y cuando la miró vió que se le había borrado la sonrisa.
—Pues eso no está bien, señorita Chaves. Es una mala actitud que pienso cambiar.
—Buena suerte en el intento.
Para cuando hubo escogido zapatillas, calcetines y sandalias ya estaban los vaqueros listos. Se cambió el traje y la dependienta se lo guardó en una bolsa de plástico con percha. Paula estaba ahora vestida para la diversión y la intención de Pedro era que se divirtiera. Condujo hacia el West End de Dallas y salió a la autopista.
—¿Me estás secuestrando? —preguntó Paula cuando hubo transcurrido casi una hora—. Estás empezando a asustarme.
—Ya me has dicho eso varias veces. Es otra de las facetas de mi personalidad.
—No estoy muy segura de que me guste la faceta que me promete sorpresas.
—Confía en mí.
—Eso es lo que dicen todos los asesinos en serie.
—Ya casi hemos llegado —Pedro vió la salida que buscaba y la tomó.
Paula también vió los carteles.
—Esto es Fort Worth.
—Lo sé. Vamos a ir a un corral de ganado. Es una atracción turística.
Pedro siguió las indicaciones que llevaban a una zona de aparcamiento no pavimentada, entró y tomó el tique. Tras encontrar un espacio y dejar el coche allí, salieron y caminaron. A ambos lados de la calle había tiendas de recuerdos y restaurantes con fachadas al estilo del Oeste. Cuando iban a cruzar, vió que se había reunido un grupo de gente a ambos lados.
—Espera y verás —le dijo a Paula.
Unos minutos más tarde, unos vaqueros con sombreros y botas salieron guiando una pareja de bueyes por delante de donde ellos estaban.
—En el siglo XIX los rancheros del suroeste traían aquí el ganado para venderlo —explicó Pedro.
—Mira —Paula señaló hacia el otro lado de la calle—. Ese vaquero ha estacionado el buey en un poste. Tiene unos cuernos enormes. Y la gente le está subiendo a los niños al lomo para hacerles fotos.
—¿Quieres hacerte una? —le preguntó Pedro.
Paula abrió los ojos de par en par.
—No voy a sentarme encima de un animal salvaje. Si gira la cabeza con fuerza, alguien podría perder un ojo.
—Cobarde. Creo que son viejos, están cansados y probablemente medicados — la tomó del brazo para llevarla al extremo opuesto de la calle—. ¿Qué te parece si comemos algo?
—Estoy hambrienta.
—Costillas a la barbacoa, ¿De acuerdo? Aquí hay un sitio donde las hacen mejor que en ningún lado, según mi humilde opinión.
Paula asintió y él la acompañó hasta Riske’s. Ya había pasado la hora de la comida, así que tuvieron que esperar. Tras pedir dos cervezas, costillas con patatas y maíz, miró a su alrededor.
—Ahora entiendo por qué me has hecho comprar zapatillas y ponerme vaqueros. El viejo Oeste —dijo—. Justo lo contrario a Dallas.
—Dallas y Fort Worth son las dos caras de la moneda de Texas. Una es sofisticada, la otra salvaje. Es una unión única.
A juzgar por su expresión, Paula estaba impresionada con los suelos de madera, los manteles de cuadros blancos y rojos y la decoración tipo Oeste.
Le miró a los ojos y sonrió.
—Gracias por traerme aquí, Pedro.
—De nada —vió que ella vacilaba y supo que había algo más—. ¿Qué pasa?
Paula bajó un instante la vista antes de añadir:
—Quería decirte que tal vez te haya juzgado mal.
—¿A qué te refieres?
Ella pasó un dedo por el mantel.
—No eres como yo esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—Un imbécil.
—Gracias… supongo.
—No estoy expresándome muy bien —se disculpó Paula—. No esperaba que fueras divertido. En el hospital te muestras muy exigente y difícil, pero eres mucho más simpático de lo que yo creía.
—¿Acabas de decir que soy un médico amable?
El tono rosado que le tiñó las mejillas indicaba claramente que recordaba el comentario que hizo cuando no sabía que estaba detrás de ella.
—No tientes tu suerte, doctor.
No podía evitarlo. Paula le había dicho a su amiga que, si alguna vez conocía un médico amable, tendría relaciones sexuales con él al instante. Seguramente no se refería a los corrales de Fort Worth, pero él tenía pensado encontrar un lugar más íntimo. Muy pronto.
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