domingo, 2 de abril de 2017

Enamorada: Capítulo 17

Él la miró y asintió. Tenía los ojos ocultos tras las gafas oscuras de sol.

—Pasé la infancia en esa casa.

—Vaya. ¿Así que tus padres no pasaron por la típica etapa de pobreza de recién casados?

—No. La familia de mi padre es muy rica.

—En cierto sentido eso hace que tu éxito en la profesión médica sea todavía más destacable —Paula se guardó para sí misma el hecho de que también hacía que le gustara más—. No necesitabas el dinero pero hiciste algo por tí mismo.

Pedro apretó los labios un instante.

—¿Crees que podría haberme quedado dormido en los laureles viviendo del dinero de mi familia?

—Sí.

—Está claro que no conoces a mi familia —afirmó con tono algo crispado.

Paula observó su perfil y se dio cuenta de que aquel no era su tema favorito.

—No quieres hablar de esto, ¿Verdad?

—No mucho.

—De acuerdo —Paula miró por la ventanilla—. Todo esto es muy verde. Hay árboles, arbustos, flores. Muy distinto a Las Vegas.

—En Texas llueve mucho. Esto no es un desierto.

—Entonces, ¿aquí no es como en Nevada, que cuando vemos un grupo de piedras pensamos al instante en paisajes?

—No —Spencer se rió y se le alivió la tensión de la mandíbula.

 Paula no podía verle los ojos, pero sabía que habían vuelto a brillar. Si se paraba a pensar por qué eso la complacía, arruinaría el día, así que no lo hizo. Pedro pensaba que le iba a tocar apretar los dientes y aguantar el tirón de las compras, pero lo cierto era que se estaba divirtiendo. Miró la sonrisa de Paula y supo que ella era la razón. Se dió cuenta también de otra cosa. Cada vez tenía más ganas de mantener aquella sonrisa en su rostro.

—¿Dónde vamos ahora? —le preguntó mientras salían de Nordstrom, donde se había comprado unos vaqueros rebajados.

El precio le había parecido escandaloso a Paula, pero la dependienta se había ofrecido a subirle el bajo sin coste alguno, y ahorrarse el dinero del arreglo hizo que se sintiera un poco mejor. Después de lo que le había contado sobre vivir de niña en una caravana, Pedro entendía por qué el dinero era importante para ella. Estaba claro que había hecho algo con su vida sin tener ninguna ventaja. Había muchas razones por las que la respetaba, pero sin duda aquella era la primera de la lista.

—Tenemos al menos una hora antes de que te entreguen los pantalones. Y necesitarás un par de cosas más para el fin de semana.

El hombro de Paula le rozó el brazo mientras caminaban por el pasillo del centro comercial.

—Estoy siguiendo las señales de rebajas —le explicó ella—. Mira —dijo señalando una tienda—. Tienen tallas para mujeres menudas.

Pedro la siguió al interior de la tienda mientras Paula empezó a rebuscar en un perchero con ropa de su talla. Él permaneció detrás de ella y observó el seductor arco de su cuello. Se moría por apartar a un lado el formal cuello de la camisa y saborear su piel. Sentir el momento en que su contacto hacía que se estremeciera. Para distraerse de aquellos pensamientos eróticos, dijo:

—No sabía que la ropa de mujer fuera tan complicada.

 —Actúas como si fuera tu primera vez, doctor. Tengo la impresión de que has ido muchas veces de compras.

—Tal vez, pero esta es la primera vez que estoy en la sección de ropa para Campanilla. ¿Dónde está el polvo de hadas?

Paula ignoró el comentario.

—Entonces, ¿Tu tipo de mujer no necesita que le suban el bajo de los pantalones?

—No tengo un tipo concreto —no era cierto del todo, porque él había pensado lo mismo en la boda.

 Paula no era lo que él consideraba su tipo, pero le seguía pareciendo fascinante.

—Claro que lo tienes. Bueno, voy a probarme esta ropa.

Pedro observó el balanceo de sus caderas mientras se dirigía al vestidor situado en la parte de atrás de la tienda. Luego deambuló por la tienda durante unos diez minutos hasta que la vio en la cola de la caja con varios pares de pantalones cortos y un par de camisas. Aquella mujer tomaba decisiones rápidas y sabía lo que quería. La idea le hizo explosión en la cabeza antes de que pudiera evitarlo. Confiaba en que quisiera estar con él. Y aquello era una estupidez. No es que tuviera prohibido salir con mujeres del hospital. Lo había hecho con anterioridad sin provocar fricciones en su lugar de trabajo. Era porque Paula no era una aventura sin compromiso. Había trabajado duro por borrar aquella expresión preocupada de sus ojos y lo estaba consiguiendo. Pero no estaba muy seguro de lo lejos que quería llegar. Un tipo le había hecho daño y él no quería repetirlo. Podría apostar dinero a que ella también se sentía atraída por él.

Enamorada: Capítulo 16

A la mañana siguiente, Paula bajó las escaleras y siguió el olor del café, que la llevó hasta la cocina. Pedro ya estaba allí cuando ella entró.

—Buenos días —la saludo dándose la vuelta al oír sus pasos—. ¿Has dormido bien? ¿Estás cómoda en esa habitación?

—Es como la suite de un hotel —y ella había dormido todo lo bien que cabía esperar sabiendo que Pedro estaba en otra cama no muy lejos de la suya.

—¿Vas a algún sitio? —le preguntó él deslizando la mirada por su traje de chaqueta de pantalón.

—Como sabes, mi reunión ha sido cancelada. No tengo nada que hacer hasta el lunes por la mañana.

—Pero vas vestida como para ir a trabajar.

Era más fácil así. Cuanto más tiempo pasaba con Pedro, más se borraba la línea que separaba lo profesional de lo personal. Vestirse como para ir a trabajar era como llevar una armadura. Y además…

—Es la única ropa que he traído.

Pedro dejó la taza sobre la encimera de granito.

—¿No tienes pensado hacer nada más que trabajar en este viaje?

—Haces que parezca una ofensa penada con la muerte.

—En cierto modo lo es —Pedro se cruzó de brazos.

El gesto hizo que la camiseta le marcara el musculoso contorno. Los pantalones cortos mostraban una pantorrillas igual de musculosas.

—La vida es algo más que trabajo. Nadie, incluido tu jefe, espera que te dediques solo a asistir a reuniones o a estar en la habitación del hotel.

—¿Estás diciendo que debería haber traído también ropa de sport?

Vaya, probablemente eres el único hombre del planeta que regaña a una mujer por traer poca ropa.

Su sonrisa y el brillo de sus ojos verdes hicieron tambalear su mundo, un mundo que ya estaba cabeza abajo. Pedro había sido únicamente amable y divertido desde que la recogiera el día anterior por la mañana. Y para colmo, ella había pasado la noche en casa de sus padres, que habían sido de lo más hospitalarios. Eso era porque no conocían su pasado, su secreto, su maldad. Y no había razón para que los conocieran, ni Pedro tampoco.

—¿Dónde están tus padres? —le preguntó.

—Trabajando. Los dos tenían cosas que hacer.

Si hubieran sabido que venía su hijo, ¿Habrían dejado de hacer aquellas cosas? ¿Sería esa la razón por la que no les había avisado de su llegada?

—Fue muy bonito por tu parte que les sorprendieras.

—Es mucho mejor así —aseguró Pedro con tono ligero. Pero el buen humor despareció de sus ojos—. Así no hay desilusión si no sale bien.

Una reacción interesante que la llevó a preguntarse cómo era posible que un hijo triunfador como Pedro pudiera decepcionar a su familia. Era el mejor en su campo, reconocido y respetado en todo el país.

—Parece que las estrellas y los planetas se han alineado para que suceda esta reunión no planificada de la familia Alfonso —comentó.

Debía de ser agradable tener una familia que se preocupaba de si les visitabas o no. Paula no podía saberlo.

—Como el resto de la familia no llega hasta mañana —dijo Pedro— hoy estamos tú y yo solos.

—Tengo trabajo. Cosas que debo preparar antes del lunes…

 Pedro sacudió la cabeza.

—Tienes problemas más urgentes. Mis padres están organizando una barbacoa para mañana en la piscina. ¿Qué te vas a poner?

Paula miró su caro traje de chaqueta y pantalón. La camisa blanca de seda era una de sus favoritas.

—No tengo mucha elección.

—Ese conjunto te queda muy bien, pero tengo una propuesta. Una visita al centro comercial.

Paula se le quedó mirando con la boca abierta.

—Ahora entiendo por qué has conseguido seguir siendo amigo de todas tus ex.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Es un rumor del hospital. Un hombre que no le tiene miedo a los centros comerciales es un hombre valiente.

No podía admitir la verdad. No podía decirle que estaba tratando con todas sus fuerzas de evitarle. No quería darle a su carisma la oportunidad de actuar sobre ella. Se había equivocado en todo, incluida su inmunidad para defenderse de su encanto. Pero era una persona realista. No tenía más opción que aceptar su oferta e ir de compras con él. Aunque solo fuera para demostrarle que coquetear con ella era una pérdida de tiempo y de energía.

—Gracias, Pedro. Me encantaría ir al centro comercial contigo.

—Excelente.

Tras un rápido desayuno de café y tostadas, se subieron al coche alquilado para dirigirse a la Galería Dallas. Pedro condujo con seguridad, como si se conociera las calles como la palma de la mano.

—Entonces, ¿Creciste en Dallas? —le preguntó.

Enamorada: Capítulo 15

—Horacio tiene razón —la madre de Pedro la tomó del brazo y la llevó hacia la salita—. Prepararé unos cócteles y luego pensaremos qué vamos a cenar. Tú siéntate y ponte cómoda. No vemos a Pedro tanto como nos gustaría.

Dardo. Pero estaban siendo muy simpáticos y amables con Paula y se lo agradecía.

—Gracias, papá. Gracias, mamá.

Ana se detuvo cuando iba camino de la cocina.

—Como sabes, Carolina, Daniel y los gemelos van a venir a Houston este fin de semana.  Así que Federico tiene pensado venir también. Es una reunión familiar no oficial. Lástima que tu abuela no esté en la ciudad. Se encuentra de crucero en Grecia.

Cuando estuvieron a solas, Paula se dejó caer en el sofá y le miró fijamente.

—¿Quiénes son Carolina, Daniel y los gemelos?

—Mi hermana, su marido y mis sobrinos. Y ya te había hablado de mi hermano Federico. Vive aquí en Dallas.

—Así que esto sí es una reunión familiar.

—Oficialmente no. La abuela no está. Y dale gracias a tu buena estrella por ello. Es muy dominante.

—Vaya, me siento mucho mejor ahora —Paula no logró disimular la ansiedad en su tono de voz—. Tienes un problema, doctor.

—¿Por qué? Mis padres están encantados de conocerte. Mis amigos son sus…

—Nosotros no somos amigos.

—¿Ah, no? —Pedro  tomó asiento a su lado—. Eso duele. Encima que he desnudado mi alma en el avión para que no pensaras en el despegue…

—Ya —Paula suspiró—. Lo único que me dijiste fue que tu motivación para convertirte en médico fueron las mujeres y el sexo.

Pedro le cubrió las frías manos con una de las suyas.

—No tienes por qué estar nerviosa.

—Para tí es fácil decirlo.

 No era del todo cierto. Estaba a punto de pasar por un interrogatorio privado para comprobar si lo que había hecho recientemente valía la pena. Premios. Menciones de honor. Artículos publicados en la revista de la Asociación Médica Americana. Así eran sus padres, y Pedro confiaba en poder aguantar el tipo.

—Te dejaré que me hagas más preguntas personales para distraerte y que dejes de estar nerviosa.

El rostro de Paula dibujó una expresión de gruñona gratitud.

—Ya estás otra vez siendo amable. Déjalo. No va contigo. Y me estás dando miedo.

Pedro se rió y le pasó el brazo por los hombros en un rápido abrazo.

—Esa es mi chica.

 Las palabras le surgieron con naturalidad, pero no era su chica y aquella certeza le provocó una punzada de aprensión. Para que alguien fuera su chica tendría que cruzar una línea que no quería cruzar. Ya era bastante malo que Paula le tuviera coqueteando con aquella línea, pero un hombre inteligente como él no volvería a pasar por ahí.

Enamorada: Capítulo 14

—Estás exagerando —pero Pedro miró el sitio en el que había pasado su infancia y trató de verlo con sus ojos.

A cada lado del recibidor había una escalera de cerezo con pasamanos que llevaban a la segunda planta. El suelo estaba cubierto debaldosas de mármol hasta llegar a la gruesa alfombra beis del enorme salón a un lado y a una salita formal al otro. Delante estaba la cocina. Pero Paula todavía estaba maravillada con el recibidor.

—Se podría jugar un partido de jockey aquí.

—Mi madre no toleraría semejante insubordinación —aseguró Pedro.

 Ella guardó silencio un instante y se quedó escuchando.

—¿Hay alguien aquí?

—Parece que no. Estarán trabajando o jugando al golf.

—Salgamos huyendo —suplicó Paula—. Todavía tenemos tiempo. Yo puedo buscarme un hotel.

—No —su madre había dado a entender que no le veían con mucha frecuencia, y su hermana había venido desde Houston. Era una buena oportunidad para visitarles—. Mis padres llegarán enseguida y estoy seguro de que querrán conocerte. Vamos, te daré un tour.

Pedro le tomó otra vez la mano y sintió de nuevo su delicadeza. Pero esta vez llegó unida al instinto de protegerla. Le resultó extraño, porque nunca había estado con una mujer el tiempo suficiente como para que ocurriera algo tan íntimo. La llevó hacia la cocina, que tenía armarios blancos y encimeras de granito negro. Los tiradores eran de acero  inoxidable. Y estaban inmaculados. Paula abrió los ojos de par en par.

—Es la cocina más grande que he visto en mi vida. Me encanta que las sartenes y las ollas cuelguen encima de la isla del centro.

Subieron por las escaleras y Pedro le enseñó las seis habitaciones. Dos de ellas compartían baño y las otras tenían el suyo propio. Todas tenían el mobiliario a juego con las cortinas. Paula no paraba de asombrarse.

—No es para tanto —protestó él.

—Tal vez para tí no. Pero para una chica que creció en una caravana en el norte de Las Vegas sí es para tanto.

Aquella era la primera vez que contaba algo de sí misma, pero lo que llamó la atención de Pedro fueron las sombras que se le dibujaron en los ojos al decirlo. Eran las mismas que había visto en la boda. E igual que entonces, se preguntó a qué se deberían.

—No es más que un techo sobre nuestras cabezas.

Ella se rió con sorna.

—Y dentro de los techos no hay otro mejor. Para sus padres no podía ser de otra manera. Y justo cuando llegaron otra vez a la entrada entraron su padre y su madre.

—Oh —Ana Alfonso, alta y rubia, sonrió—. Misterio resuelto. Ahora ya sabemos de quién es el coche que hay fuera. ¿Qué estás haciendo aquí, Pedro?

—Tenía un asunto de trabajo en Dallas y pasé por aquí.

—No habías dicho nada. Creí que ibas a perderte la visita de tu hermana. ¿No es una sorpresa maravillosa, Horacio? —le dio un abrazo a su hijo.

—La mejor —su padre era de la misma altura que él y tenía el cabello plateado—. Me alegro de verte, hijo —clavó sus ojos azules en Paula—. ¿Quién es ella?

—Paula Chaves. Es la administradora del Centro Médico Mercy —Pedro la miró—. Estos son mis padres, Ana y Horacio Alfonso.

—Es un placer conocerles —Paula les estrechó la mano.

—Tendrías que habernos dicho que iban a venir —protestó Ana—. Podríamos haber estado aquí para recibirlos.

—Quería que fuera una sorpresa —Pedro había aprendido que era mejor así. Pillarles con la guardia bajada les daba menos oportunidad de lanzarle dardos sobre cómo mejorar su vida.

—Nos has sorprendido, ciertamente. ¿Qué asunto te trae por Dallas? — preguntó Horacio.

—Vamos a ver los robots quirúrgicos de Baylor y del Centro Médico de Dallas. Quiero verlos en acción, y el trabajo de Paula es averiguar cómo pagarlo.

—Entonces, ¿De verdad que es solo trabajo? —su madre parecía decepcionada. Llevaba solo un minuto de visita y Pedro ya la había desilusionado.

—Sí, ¿Por qué?

Ana se encogió de hombros.

—Es que nunca tenemos oportunidad de conocer a tus… amigos —vaciló lo suficiente para que Pedro supiera que se refería a sus novias.

La única vez que había llevado a una chica a casa para que conociera a sus padres había sido un desastre.

—Es solo trabajo —miró a Paula y también vió desaprobación en sus ojos—. Pero ha habido un problema con nuestra reserva y en el hotel no nos esperan hasta el domingo por la noche. Así que pensé que…

—Lo que pasa —le cortó Paula— es que Pedro quería enseñarme la casa. Y es preciosa. Pero ahora va a acompañarme a buscar un hotel para mí.

—Desde luego que no. Te quedarás con nosotros —Horacio le puso una mano en el hombro—. ¿Qué clase de anfitriones somos? Vayamos a la sala familiar.

—No quiero ser una molestia, señor —protestó ella.

—Me llamo Horacio, y no eres ninguna molestia —sus ojos brillaron con cierto toque de humor—. ¿Has visto el tamaño de este lugar? Una persona podría vagar durante semanas por aquí sin encontrarse con otro ser humano.

Enamorada: Capítulo 13

Paula asintió. Entonces algo le vino a la mente.

—Debería hablar con el hotel. Tal vez Laura se equivocó de fecha también ahí.

—Buena idea —Pedro volvió al mostrador.

Ella sacó el móvil para llamar. El estómago le dió un vuelco cuando confirmó lo peor. Estaban en Texas tres días antes de lo que el hotel esperaba y no tenían dónde quedarse. Cuando Pedro volvió con las llaves del coche en la mano le soltó la noticia.

—El hotel también nos esperaba el domingo.

—Pero ¿Les has dicho que ya estamos aquí?

—Sí. Y tenemos un problema. Hay una convención en la ciudad y no quedan habitaciones.

—Estupendo —Pedro se puso en jarras.

—Tenemos que encontrar otro hotel. Tal vez podamos preguntarle al dependiente del servicio de alquiler de coches que nos recomiende alguno.

—No —Pedro sacudió la cabeza—. Tengo una idea mejor.

—¿Mejor que una habitación? —no le gustaba cómo sonaba aquello—. Espero que no estés pensando en plantar una tienda en algún sitio.

—No te preocupes —un brillo travieso se reflejó en sus ojos y sonrió con picardía.

—Preocuparme es lo que mejor hago —afirmó ella—. ¿Qué tienes en mente?

—Mi familia nos acogerá.

¿Sus padres? ¿Esas personas con una vara de medir tan alta que consideraban que ser médico no era suficiente?

—Yo no puedo imponerles mi presencia —se apresuró a decir—. Pero ve tú. Yo encontraré una habitación en algún lado, no te preocupes.

—Les encantará que vayas.

—No puedes aparecer sin avisar y con una invitada. Supondrá un trastorno para ellos.

La casa de mis padres es como el Palacio de Buckingham. Tienen tantos metros cuadrados que no saben qué hacer con ellos.

—¿De verdad? —La comparación con la realeza no contribuyó a calmar sus nervios—. No puedo, Pedro.

—Claro que puedes. Vive peligrosamente.

—Ese no es mi estilo —ya no lo era. La única vez que lo había sido había destrozado su vida—. De verdad, vete a ver a tu familia.

—No pienso ir sin tí. Vamos —la agarró del antebrazo y tiró de ella.


A Paula le daba vueltas la cabeza. Esa fue la única razón por la que no protestó más. Así que no solo iba a conocer a los hipercompetentes, sino que además iba a quedarse en su casa. Iba a ser tan divertido como que te quitaran una muela sin anestesia. Pedro quería a sus padres, pero visitarles suponía siempre un reto. Era un reputado cirujano cardiotorácico, por el amor de Dios, pero le bastaba con cruzar la puerta de entrada de su casa para convertirse al instante en el niño que fue una vez, siempre tratando de demostrar su valía. El niño que había luchado mucho para ser tan bueno como ellos y todavía mejor.

Detuvo el Mercedes alquilado delante de la impresionante casa de ladrillo. En aquel barrio de Dallas vivía un antiguo presidente, dueños de empresas multimillonarias y Ana y Horacio Alfonso. Sin decir una palabra, Paula contuvo el aliento ante la majestuosa construcción de ladrillo rojo con un pórtico sostenido por cuatro columnas blancas. La mansión estaba separada de la calle por un enorme y perfecto jardín.

—No es frecuente que tú te quedes sin palabras —Pedro apoyó la muñeca en el volante.

—No es frecuente que una chica como yo vea una casa como esta —Paula le miró antes de volver a clavar la vista en la mansión—. Esto es una broma, ¿Verdad? Tus padres no viven aquí.

—Ven, te lo mostraré —Pedro bajó del coche y lo rodeó para abrirle la puerta. Ella no se bajó. —Vamos, no tengas miedo, Campanilla —le tomó la mano y se llevó una sorpresa al comprobar lo menuda y delicada que era. Y lo fríos que tenía los dedos—. No te preocupes, Ana y Horacio Alfonso no muerden.

A menos que uno no cumpliera con sus expectativas. Los niños Alfonso, sobre todo el mayor, debían cumplir con los estándares más altos. Y esos estándares se acercaban peligrosamente a la perfección, lo que significaba que no se toleraba ningún error. Pedro la guió hacia los escalones de entrada y sacó la llave para meterla en la cerradura.

—¿No vas a llamar? —preguntó Paula horrorizada.

—Yo crecí aquí —Pedro abrió la puerta y pulsó el código para apagar la alarma—. Bienvenida a la casa familiar de los Alfonso.

Paula entró y se giró en círculo para verlo todo.

—La entrada es tan grande como mi casa.

Enamorada: Capítulo 12

Paula estaba asombrada de no haber pasado miedo a pesar de estar a nueve mil metros de altura. El vuelo a Texas duró casi tres horas y estuvo todo el camino charlando con Pedro. ¿Quién lo hubiera creído posible? Era tan encantador, divertido e interesante que cuando recordaba que no tenía los pies en el suelo tenía poco que ver con el hecho de que estuviera en un avión y mucho con su compañero de viaje. Por si fuera poco, era todo un caballero. Se encargó todo el camino de su equipaje, subiéndolo, bajándolo y cargando con él. No estaba acostumbrada a aquel trato por parte de un hombre, algo lógico teniendo en cuenta que evitaba a los hombres. Pero durante aquellos días no podría evitar a aquel. Al menos tendría su propio espacio en el hotel. Tras registrarse se pasaría la tarde preparando la reunión con el vicepresidente regional de la Corporación Médica Mercy. Pedro caminó a su lado por la pasarela de acceso a la terminal.

—¿Has estado antes en Texas?

—No. —Tendré que llevarte a hacer turismo.

—No creo que tengamos tiempo.

Por primera vez no le estaba resultando fácil mantener las distancias con Pedro Alfonso. Al parecer debilitaba sus defensas emocionales con la misma facilidad con la que manejaba su miedo a volar. Salieron de la pasarela y siguieron las señales hasta llegar a la cinta de recogida de equipaje. Esperaron un poco a que salieran las maletas y Pedro agarró la suya antes de que Paula pudiera procesar el hecho de que la hubiera reconocido.

—Tenemos que subir a la lanzadera que lleva a la zona de alquiler de coches — dijo él.

—¿Está lejos?

 Pedro se rió con ganas.

 —Como todo en el estado de la estrella solitaria, el aeropuerto es grande. La zona de alquiler de coches está como a diez minutos de aquí, sin contar con las paradas para recoger pasajeros de otras terminales.

—De acuerdo, entonces te sigo.

Bajaron a la primera planta, donde estaba esperando la lanzadera. Tuvieron suerte. De hecho fue el único momento de suerte que Paula terminó teniendo en todo el día. Encendió el móvil y escuchó el mensaje de Sofía. La reunión del viernes se había cancelado. Cuando la furgoneta se puso en marcha, Paula se hizo una idea de la extensión del terreno.

—Texas es muy llano.

—En esta zona sí —reconoció él—. Pero también hay partes con colinas que los nativos llaman campos de colinas.

—Qué original —bromeó Paula—. Y qué falta de poesía llamar a las cosas por lo que son.

—¿Y qué tiene de malo ser directo? —quiso saber él.

Paula no podía discutir aquello. El problema estaba en que, según su experiencia, los hombres no eran siempre directos y sinceros. Lo aprendió cuando se quedó embarazada a los diecisiete años. Menos mal que no tenía que conocer a los padres de Pedro. Al parecer no toleraban bien los fallos y ella tenía demasiados. Con solo mirarla una vez considerarían que no valía la pena.

—¿Qué ocurre? —la voz grave de Pedro la arrancó de sus pensamientos.

—Nada —Paula estaba tratando de imaginar qué iba a hacer al día siguiente—. Estoy mirando el paisaje.

Había aviones estacionados aquí y allá, lo que indicaba que estaban en la zona de mantenimiento. Entonces la lanzadera giró hacia la izquierda y siguió por un camino que llevaba a un edificio. Agarraron el equipaje y se dirigieron a la pequeña cola que se había formado en el mostrador.

—Como la reserva está a mi nombre, yo puedo encargarme del papeleo — sugirió Pedro.

—De acuerdo. Yo le echaré un ojo a tu equipaje.

Paula le vió dirigirse al mostrador. Más de una mujer se quedó mirando al alto, guapo y sexy Pedro Alfonso. Así que las mujeres de Texas tampoco eran inmunes a su carisma. Y no sabían que, además de guapo, tenía encanto y sentido del humor. Tras hablar un instante con el dependiente del alquiler de coches, la última cualidad le faltaba. Tenía una expresión de enfado cuando avanzó hacia ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó Paula.

—La reserva está mal. No nos esperan hasta el domingo.

 —Pero hoy es jueves.

—Lo sé, eso es lo que les he dicho —afirmó Pedro  molesto—. No es propio de Laura cometer un error así.

 —¿Es tu asistente?

Pedro asintió.

—Ha estado un poco distraída últimamente. Es madre soltera y tiene un hijo adolescente rebelde. Problemas personales. Y ahora los problemas los tenían ellos.

—¿Podemos tomar un taxi al hotel?

—No hace falta. Había un coche disponible. Solo quería que lo supieras.

Enamorada: Capítulo 11

—Hola —Paula se detuvo delante de él y miró la información del vuelo que había en la puerta de embarque—. Parece que ya vamos a embarcar.

Su tono daba a entender que preferiría no tener que hacerlo. Pedro se puso de pie y la miró.

—Volar es el modo más seguro de viajar.

—Eso he oído.

 —Pero no te lo crees —no era una pregunta.

—Preferiría no tener que subir al avión —reconoció—. Pero no tuve elección.

No podía decirle a  su  jefe que tenía miedo a volar. Sería el fin de su carrera.

—Eres una soldado valiente —aseguró Pedro.

Paula le miró con mofa.

—Si ese es el consuelo que les ofreces a tus parientes, no entiendo tu buena fama como médico.

—Puedo hacerlo mejor.

Ella abrió un poco más los ojos.

—¿Es una amenaza?

—No. Una promesa. Antes de que pudiera preguntarle nada más, una voz dijo por megafonía que los pasajeros de primera clase podían empezar a embarcar.

—Esos somos nosotros —dijo él.

Paula agarró el asa de su maletita de ruedas y se puso a su lado.

—¿Cómo has conseguido que el hospital autorizara billetes más caros?

—Me gusta tener espacio para las piernas. Puedo permitírmelo. He pagado la diferencia para volar en primera clase.

 —Entonces esperaré a que anuncien el embarque para la plebe —dijo ella.

—No es necesario. Vamos sentados juntos.

—Pero yo no he pagado…

—No te preocupes por eso. Está todo controlado.

Sus asientos estaban en la tercera fila, el de Paula era el de la ventana y el de Pedro en el pasillo. Él puso su maletín abajo y colocó el equipaje de ella en el compartimento superior.

—Gracias —le dijo ella.

—No hay de qué — se hizo a un lado para que ella entrara.

Paula se sentó y al instante se puso el cinturón de seguridad. Pedro tomó asiento a su lado y observó cómo palidecía. La ansiedad le oscureció la mirada y movía la pierna con nerviosismo. Sintió deseos de ponerle la mano en la rodilla, en parte porque quería tocarla, pero sobre todo para tranquilizarla. A él no le importaba romper la barrera entre el terreno profesional y el personal para distraerla, pero estaba seguro de que ella no sería de la misma opinión.

—Así que estás bastante nerviosa.

—¿En qué se me nota? —al menos estaba intentando hacer una broma.

—Sobre todo en la imitación del pájaro carpintero que estás haciendo con el pie.

Paula dejó de mover la pierna.

—Ahora sabes que no te mentía. Me encantan los aeropuertos pero odio volar. Y oficialmente te odio a tí porque tengo que volar por tu culpa.

—Tal vez podría ayudarte.

—¿Vas a viajar sin mí? —le preguntó esperanzada.

—No. Pero te dejaré que me preguntes lo que quieras, personal o profesional. Todo está permitido.

El embarque había tocado a su fin y los auxiliares de vuelo cerraron las puertas del avión. Cuando el aparato empezó a moverse lentamente hacia atrás, Paula se agarró a los brazos del asiento y los nudillos se le volvieron tan blancos como la cara. Pedro le tomó la mano en la suya con la única motivación de que se sintiera a salvo.

—Lo digo en serio, Campanilla. Pregúntame lo que quieras.

—De acuerdo —Paula le miró—. ¿Decidiste convertirte en médico para ayudar a la gente?

—Por supuesto que no. Lo hice por el sexo y las mujeres —respondió él al instante.

Ella se rió, tal y como él esperaba.

—Entonces, ¿No escogiste esta profesión porque todos los imbéciles arrogantes se convierten en médicos?

—Lo cierto es que no tuve elección.

 —¿Y eso? —Paula parecía interesada en lugar de ansiosa.

—Mis padres son la definición viviente de la perfección. A sus ojos yo suelo fracasar constantemente.

—¿Estás de broma?

 —Te lo juro —Pedro alzó la mano justo en el momento en que el piloto anunciaba que iban a despegar.

—Pero eres un cirujano cardiotorácico de gran reconocimiento. ¿Qué más prestigio podrían desear tus padres?

—Mi padre es Premio Nobel de Economía. Mi madre es una ingeniera biomédica y su trabajo ha revolucionado los sistemas de diagnóstico, lo que ha ayudado a gente de todo el mundo. Mi hermana pequeña, Carolina, es ingeniera aeroespacial y trabaja para la NASA.

—Dios santo —Paula alzó la voz por encima del ruido de los motores.

—Lo cierto es que para la familia Alfonso  yo soy una especie de fracasado. Mi hermano Federico es el único que recibe más presión que yo.

—¿A qué se dedica?

—Es médico también. Pero mis padres creen que no está explotando al máximo su potencial.

—¿Y de verdad quieres que les conozca? Seguramente no me dejarán entrar en su casa.

—No, son gente estupenda —aseguró Pedro—. Solo tienen la vara de medir muy alta. Y hablando de altura —miró hacia la ventanilla del avión—. Estamos en el aire y adquiriendo altura. Los auxiliares de vuelo están moviéndose por la cabina y preparando el servicio. Te lo digo porque has despegado con éxito y no has pasado miedo.

—Tienes razón —Paula se rió—. Ahora puedes añadir la distracción de las personas con miedo a volar a tu impresionante lista de logros.

—¿Cuándo vas a admitir que soy un hombre amable que resulta ser médico?

La expresión de su rostro le dejó claro a Paula que recordaba las palabras que había dicho en la oficina de Zaira : «Si conozco a un médico amable, tendría relaciones sexuales con él». El sensual recuerdo de las suelas rojas de sus zapatos de tacón le hacía ser todavía mas consciente de cuánto deseaba que aquellas palabras fueran ciertas.