Paula dió la vuelta a la almohada. Miró el reloj y vió que eran las dos y diez de la madrugada, cinco minutos más tarde desde la última vez que lo había mirado. Volvió a darse la vuelta, preguntándose cómo podía sentir tanto frío cuando hacía casi treinta grados. La respuesta era sencilla. Su cama era más ancha y fría sin Pedro. Nunca la había compartido con ella, al menos, no para dormir. Aquello era parte del problema, puesto que los recuerdos de haber hecho el amor con él no la dejaban descansar.
Después de la discusión que habían tenido, el ambiente se había vuelto aún más gélido. Quizá, si Pedro se hubiera ido a su casa cuando el médico le dió el alta, habrían evitado aquella discusión. Pero no se había ido y no lograba entender por qué. Debería haberle dicho que se fuera,aunque, acostumbrada a tenerlo allí, la soledad era algo que no podía soportar. Después de las cosas que se habían dicho aquella tarde, había imaginado que tras el baño de Baltazar se iría. Pero no había sido así y se había quedado.
La comunicación era esencial en toda relación. Sin diálogo, no había relación. Eso la hizo sentir un gélido vacío donde antes Pedro había hecho saltar chispas. Aquel dolor era la prueba de que había vuelto a abrirle su corazón. Sólo era posible sufrir tanto si…
Se oyó un ruido proveniente del salón. Era Pedro mascullando y agitándose. Echó hacia atrás la sábana, se levantó y se acercó a la puerta a escuchar. Aquel murmullo incoherente se oía cada vez más y temió que despertara al bebé. En el salón, las luces de fuera del edificio se filtraban por las cortinas. Podía verlo perfectamente, su enorme cuerpo tumbado sobre el pequeño sofá. Vestido sólo con los calzoncillos, se dió la vuelta. Tenía la almohada en el suelo. Inquieta, Paula se mordió el labio preguntándose si tendría que intervenir para acabar con aquella inquietud.
—¡No! —gritó.
Aquella exclamación la asustó y dió un salto, con el corazón latiendo agitado. Tenía que despertarlo antes de que despertara a Baltazar.
—Pepe —dijo acercándose a él. Estaba respirando pesadamente y tenía la piel sudorosa. —Despierta, Pepe—dijo tocándole suavemente el hombro.
Pasó tan deprisa que no pudo hacer nada. Estaba inclinada sobre él y al segundo siguiente estaba en el suelo. Su brazo se movió bruscamente,tomándola por el cuello. En aquel momento, vió al Pedro guerrero que no conocía.
—Pedro, soy yo, Paula.
—¿Paula?
Un segundo más tarde, la soltó y ella empezó a toser. Pedro la tomó por los hombros y la ayudó a sentarse.
—¡Pau! ¿Qué estás haciendo?
—Tenías una pesadilla —dijo ella pasándose una mano temblorosa por el pelo. No quería que despertaras al bebé. Te toqué para despertarte y…
—¿Te he hecho daño? ¿Estás bien?
—Estoy bien, no me has hecho daño.
—Dios mío, Pau —dijo sentándose en el sofá, cuidando de no rozarla. Con los codos sobre las rodillas, agachó la cabeza y se frotó la nuca.
Ella lo rodeó por los hombros, sintiendo su piel caliente y húmeda.
—Pedro, está bien…
—No, no está bien. ¡Nunca estará bien!
—Ha sido un mal sueño, eso es todo.
—¿Todo? No tenías que haberte acercado. Podía haberte hecho daño.
—Pero no lo has hecho. Quiero ayudarte…
—No puedes ayudarme. ¿No lo entiendes? No soy el hombre que conociste, nunca volveré a serlo.
Paula no entendía nada. Tan sólo quería encontrar algo que decir que le hiciera sentir mejor.
—Te quiero.
Él se quedó completamente quieto.
—¿Cómo?
—Te quise la primera vez que estuvimos juntos. ¿Y el hombre que eres ahora? A él también lo quiero.
—Yendo a ver a mi hermano ha sido una curiosa manera de demostrármelo.
—Él no es tu enemigo —dijo ella.
—Déjalo, Pau.
—No puedo.
—¿Por qué no puedes olvidarlo? —preguntó él sacudiendo la cabeza.
—Porque tú tampoco puedes. Sé que no lo entiendes, pero por eso fui a ver a tu hermano.
—En algunas guerras, es difícil ver quién es el enemigo —dijo poniéndose de pie y dando unos pasos.
domingo, 26 de marzo de 2017
Nadie Como Tú: Capítulo 60
Paula estaba cortando un tomate y lo miró.
—Muy bien, todo está listo —dijo ella sin mostrar ningún entusiasmo.
Llevó un plato con el tomate a la mesa y le dió un trozo de plátano al pequeño para que se entretuviera y los dejara comer tranquilos. Sin decir palabra, se sentó y comenzó a comerse la hamburguesa. Pedro se sentó a su derecha, al otro lado del bebé.
—¿Qué tal te ha ido el día?
—Bien. ¿Y el tuyo?
—Movido. Traje un paciente desde Pahrump. Una mujer se puso de parto antes de tiempo. Era un embarazo de riesgo.
—¡Oh!
—Había habido un accidente en una carretera que había cerrado el tráfico. Había otro camino para llegar al hospital, pero eran más de cuarenta y cinco minutos de viaje. Así que nos llamaron para que hiciéramos el traslado.
—Bien.
Él se quedó callado, a la espera de que le preguntara si madre e hijo estaban bien o las típicas preguntas en esos casos. Pero no dijo ni media palabra mientras apartaba la hamburguesa. Tenía la sensación de que algo malo estaba a punto de pasar.
—¿Qué has hecho tú hoy?
Ella lo miró.
—No creo que te interese.
—No habría preguntado si fuera así.
—Fui a ver a tu hermano.
Pedro sintió que la ira se adueñaba de su interior. Le había dejado bien claro cuáles eran sus sentimientos. ¿Qué estaba pasando?
—¿Tenías algún motivo en particular para hacer esa visita?
—Sí —respondió con mirada desafiante.
—¿Vas a contarme cuál era ese motivo?
—No tengo nada que ocultar.
—No se me había ocurrido que fueras capaz…
—Oh, Pedro, por favor. La expresión de tu cara me dice exactamente lo que piensas.
—Dime que me equivoco.
—Llevé a Balta a que conociera a su tío. Y antes de que me interrumpas, escúchame. Federico es tu hermano y en mi opinión, tiene derecho a ver a su sobrino. Son familia.
—¿A pesar de lo que me hizo?
—Deja de ser tan testarudo y escucha su versión de la historia. Te negaste a escucharlo y deberías darle la oportunidad de que se explique.Así es como funciona la comunicación, escuchando y hablando.
Pedro lamentaba haber abierto la boca y haberle preguntado por su día.La ira que sentía le estaba avisando de que había llegado el momento deponer fin a aquella conversación.
—Entendido.
—Ésa fue la única razón por la que fui a verlo —dijo, decidida a no desistir—Le pedí que hablara contigo.
—No tenemos nada que decirnos.
—Es evidente que tienes mucho de qué hablar, pero no conmigo.Pensé que él podría… Me da la impresión de que necesitas confiarte a alguien. Federico es tu familia —dijo encogiéndose de hombros—Así que se lo pedí.
Pedro odiaba sentir curiosidad acerca de la respuesta de su hermano,pero no pudo evitar hacer la pregunta.
—¿Qué dijo él?
—Que era la última persona a la que querrías ver. Pero al menos me dijo que se lo pensaría.
Pedro se puso de pie.
—No puedo creer que hicieras eso después de que te conté lo que había pasado y te dije que no quería que estuvieses cerca de él.
Paula apartó su plato. El bebé comenzó a protestar y se inclinó y lo tomó en brazos.
—Entiendo que quieras protegerme a mí y a tu hijo. Pero entiende una cosa: no tienes que decirme a quién puedo ver ni con quién puedo hablar. No puedes entrar en mi vida y pedirme que me mantenga apartada de la tuya. Puede que no se me dé bien dejar que la gente se me acerque, pero a tí te pasa lo mismo. De hecho, lo has convertido en una disciplina olímpica y has traído a casa la medalla de oro.
Él se pasó la mano por el pelo.
—Paula, yo…
—Olvídalo —dijo colocando al bebé en su cadera— Voy a bañar a Balta.
Era cierto que había llevado algo a casa, pero no una medalla. Todo lo malo se estaba infiltrando y pronto explotaría en su propia cara, haciendo añicos su cuento de hadas. Paula lo miró con la misma expresión del día en que apareció en su casa, como si no confiara en él. El hecho de que tuviera motivos para sentirse así, le hacía sentirse aún peor.
—Muy bien, todo está listo —dijo ella sin mostrar ningún entusiasmo.
Llevó un plato con el tomate a la mesa y le dió un trozo de plátano al pequeño para que se entretuviera y los dejara comer tranquilos. Sin decir palabra, se sentó y comenzó a comerse la hamburguesa. Pedro se sentó a su derecha, al otro lado del bebé.
—¿Qué tal te ha ido el día?
—Bien. ¿Y el tuyo?
—Movido. Traje un paciente desde Pahrump. Una mujer se puso de parto antes de tiempo. Era un embarazo de riesgo.
—¡Oh!
—Había habido un accidente en una carretera que había cerrado el tráfico. Había otro camino para llegar al hospital, pero eran más de cuarenta y cinco minutos de viaje. Así que nos llamaron para que hiciéramos el traslado.
—Bien.
Él se quedó callado, a la espera de que le preguntara si madre e hijo estaban bien o las típicas preguntas en esos casos. Pero no dijo ni media palabra mientras apartaba la hamburguesa. Tenía la sensación de que algo malo estaba a punto de pasar.
—¿Qué has hecho tú hoy?
Ella lo miró.
—No creo que te interese.
—No habría preguntado si fuera así.
—Fui a ver a tu hermano.
Pedro sintió que la ira se adueñaba de su interior. Le había dejado bien claro cuáles eran sus sentimientos. ¿Qué estaba pasando?
—¿Tenías algún motivo en particular para hacer esa visita?
—Sí —respondió con mirada desafiante.
—¿Vas a contarme cuál era ese motivo?
—No tengo nada que ocultar.
—No se me había ocurrido que fueras capaz…
—Oh, Pedro, por favor. La expresión de tu cara me dice exactamente lo que piensas.
—Dime que me equivoco.
—Llevé a Balta a que conociera a su tío. Y antes de que me interrumpas, escúchame. Federico es tu hermano y en mi opinión, tiene derecho a ver a su sobrino. Son familia.
—¿A pesar de lo que me hizo?
—Deja de ser tan testarudo y escucha su versión de la historia. Te negaste a escucharlo y deberías darle la oportunidad de que se explique.Así es como funciona la comunicación, escuchando y hablando.
Pedro lamentaba haber abierto la boca y haberle preguntado por su día.La ira que sentía le estaba avisando de que había llegado el momento deponer fin a aquella conversación.
—Entendido.
—Ésa fue la única razón por la que fui a verlo —dijo, decidida a no desistir—Le pedí que hablara contigo.
—No tenemos nada que decirnos.
—Es evidente que tienes mucho de qué hablar, pero no conmigo.Pensé que él podría… Me da la impresión de que necesitas confiarte a alguien. Federico es tu familia —dijo encogiéndose de hombros—Así que se lo pedí.
Pedro odiaba sentir curiosidad acerca de la respuesta de su hermano,pero no pudo evitar hacer la pregunta.
—¿Qué dijo él?
—Que era la última persona a la que querrías ver. Pero al menos me dijo que se lo pensaría.
Pedro se puso de pie.
—No puedo creer que hicieras eso después de que te conté lo que había pasado y te dije que no quería que estuvieses cerca de él.
Paula apartó su plato. El bebé comenzó a protestar y se inclinó y lo tomó en brazos.
—Entiendo que quieras protegerme a mí y a tu hijo. Pero entiende una cosa: no tienes que decirme a quién puedo ver ni con quién puedo hablar. No puedes entrar en mi vida y pedirme que me mantenga apartada de la tuya. Puede que no se me dé bien dejar que la gente se me acerque, pero a tí te pasa lo mismo. De hecho, lo has convertido en una disciplina olímpica y has traído a casa la medalla de oro.
Él se pasó la mano por el pelo.
—Paula, yo…
—Olvídalo —dijo colocando al bebé en su cadera— Voy a bañar a Balta.
Era cierto que había llevado algo a casa, pero no una medalla. Todo lo malo se estaba infiltrando y pronto explotaría en su propia cara, haciendo añicos su cuento de hadas. Paula lo miró con la misma expresión del día en que apareció en su casa, como si no confiara en él. El hecho de que tuviera motivos para sentirse así, le hacía sentirse aún peor.
Nadie Como Tú: Capítulo 59
Él asintió, pero no parecía dispuesto a seguir hablando de aquello.
—Pensaré en lo que me has dicho.
Estaba segura de que no era mentira. No había ninguna duda de que él recordaría aquella conversación, pero no había conseguido ninguna promesa, ningún compromiso del único miembro de su familia de que lo ayudaría. La derrota era algo amargo, frustrante y doloroso.
—Gracias por escuchar, Federico —dijo encontrándose con su mirada — No puedo dejar de pensar que eres mi última esperanza.
—Te tiene a tí. Eso lo convierte en un afortunado.
¿De veras Pedro la tenía a ella? ¿Le había entregado su corazón al hombre que una vez la había abandonado?
—Adiós —dijo tomando el portabebés.
Él dió un paso al frente.
—Deja que cargue con él.
—No, gracias. Puedo hacerlo sola.
Tal y como siempre había hecho. Había incumplido su propia promesa y había buscado ayuda. Si había algo que la caracterizase, era su determinación. Encontraría la manera de ayudar a Pedro porque no podía encontrar la manera de dejar de sentir algo por él.
Pedro estaba agotado. No podía dormir bien en el sofá del salón de Paula,aunque seguramente eso era lo de menos. Por suerte, así podía evitar las pesadillas. Estaba junto a la barbacoa del edificio y dió la vuelta a las hamburguesas que estaba haciendo. Luego, tomó la botella y dió un largo trago a su cerveza. Era agosto y seguía haciendo calor, aunque se esperaba que las temperaturas bajaran. Eso, en lo que al tiempo se refería, puesto que Paula ya se había enfriado. Desde aquella tarde de la semana pasada en que cayó en la tentación, ella se había mostrado distante. Lo cierto es que todo había comenzado con su negativa a hablar del pasado. Desde que llegara a casa del trabajo esa misma tarde, había estado callada, distraída, preocupada. Distante. Aquello tenía que ver con lo que le había dicho antes de hacerle el amor. Después de que bajaran los niveles de testosterona y de que su cabeza se tranquilizara, se había arrepentido de lo que había dicho. Ella quería al hombre que recordaba, pero él ya no era aquel hombre. La guerra lo había cambiado. Lo que había visto y hecho lo habían convertido en alguien diferente y ya no encajaba con la gente normal, pensó mientras volvía a darle la vuelta a las hamburguesas. Estaba allí por la operación que había tenido Paula y ya se había quedado demasiado tiempo. Después de poner las hamburguesas en el plato, volvió a subir al departamento.
—La cena está lista —dijo dejando la comida en la mesa del comedor.
Sentado en su trona, Baltazar se emocionó al verlo y lo besó en la frente.
—Pensaré en lo que me has dicho.
Estaba segura de que no era mentira. No había ninguna duda de que él recordaría aquella conversación, pero no había conseguido ninguna promesa, ningún compromiso del único miembro de su familia de que lo ayudaría. La derrota era algo amargo, frustrante y doloroso.
—Gracias por escuchar, Federico —dijo encontrándose con su mirada — No puedo dejar de pensar que eres mi última esperanza.
—Te tiene a tí. Eso lo convierte en un afortunado.
¿De veras Pedro la tenía a ella? ¿Le había entregado su corazón al hombre que una vez la había abandonado?
—Adiós —dijo tomando el portabebés.
Él dió un paso al frente.
—Deja que cargue con él.
—No, gracias. Puedo hacerlo sola.
Tal y como siempre había hecho. Había incumplido su propia promesa y había buscado ayuda. Si había algo que la caracterizase, era su determinación. Encontraría la manera de ayudar a Pedro porque no podía encontrar la manera de dejar de sentir algo por él.
Pedro estaba agotado. No podía dormir bien en el sofá del salón de Paula,aunque seguramente eso era lo de menos. Por suerte, así podía evitar las pesadillas. Estaba junto a la barbacoa del edificio y dió la vuelta a las hamburguesas que estaba haciendo. Luego, tomó la botella y dió un largo trago a su cerveza. Era agosto y seguía haciendo calor, aunque se esperaba que las temperaturas bajaran. Eso, en lo que al tiempo se refería, puesto que Paula ya se había enfriado. Desde aquella tarde de la semana pasada en que cayó en la tentación, ella se había mostrado distante. Lo cierto es que todo había comenzado con su negativa a hablar del pasado. Desde que llegara a casa del trabajo esa misma tarde, había estado callada, distraída, preocupada. Distante. Aquello tenía que ver con lo que le había dicho antes de hacerle el amor. Después de que bajaran los niveles de testosterona y de que su cabeza se tranquilizara, se había arrepentido de lo que había dicho. Ella quería al hombre que recordaba, pero él ya no era aquel hombre. La guerra lo había cambiado. Lo que había visto y hecho lo habían convertido en alguien diferente y ya no encajaba con la gente normal, pensó mientras volvía a darle la vuelta a las hamburguesas. Estaba allí por la operación que había tenido Paula y ya se había quedado demasiado tiempo. Después de poner las hamburguesas en el plato, volvió a subir al departamento.
—La cena está lista —dijo dejando la comida en la mesa del comedor.
Sentado en su trona, Baltazar se emocionó al verlo y lo besó en la frente.
Nadie Como Tú: Capítulo 58
—De acuerdo, dejaré de hacer preguntas si me haces un favor.
—Como te he dicho antes, si necesitas algo…
—Habla con Pedro.
—Cualquier cosa menos eso.
—Todavía no te he dicho de qué se trata.
—No importa, no hablará conmigo.
—Necesita abrirse a alguien —dijo y al ver que el bebé se acercaba a la vitrina donde estaba la cristalería, se acercó a él por si era necesario detenerlo—. Creo que sufrió mucho cuando estuvo en esa misión. Trata de simular que está bien, pero tuvo una pesadilla el día que… Hay algo que lo preocupa, pero no me dice qué es cuando le pregunto.
—¿Qué te hace pensar que me lo contará a mí?
—Eres un hombre y, lo que es más importante, eres su hermano.
—Como te he dicho, él ya no me ve como su hermano.
Después de que Baltazar estuviera a punto de tirar una vasija de cristal de la última balda, Paula lo tomó en brazos.
—Tuvieron un vínculo especial una vez, eso tiene que contar para algo.
—Para él está roto.
—¿Y para tí?
Él frunció el ceño.
—Pensé que ibas a dejar de hacer preguntas.
—Todavía no has aceptado hablar con él.
Él esbozó una sonrisa.
—Cuando decidiste ser enfermera, fue una gran pérdida para el mundo de la abogacía.
Distraer haciendo chistes era otra cosa que a los dos hermanos se les daba muy bien.
—Tu padre fue el responsable de que Pedro se interesara por lo militar.Y ha recibido una distinción por su servicio al país.
—No discutiré eso.
—Pero, ¿Por qué su dedicación tiene que impedirle llevar una vida satisfactoria?
—¿No estás siendo un poco dramática?
—No —dijo ella colocando al bebé en su asiento y abrochándole el cinturón.
Al ver que protestaba, le dió sus llaves de plástico y rápidamente se las llevó a la boca.
—Si alguien no habla con Pedro y le convence para que cuente lo que le pasó, creo que no podrá levantar cabeza.
—Como te he dicho antes, si necesitas algo…
—Habla con Pedro.
—Cualquier cosa menos eso.
—Todavía no te he dicho de qué se trata.
—No importa, no hablará conmigo.
—Necesita abrirse a alguien —dijo y al ver que el bebé se acercaba a la vitrina donde estaba la cristalería, se acercó a él por si era necesario detenerlo—. Creo que sufrió mucho cuando estuvo en esa misión. Trata de simular que está bien, pero tuvo una pesadilla el día que… Hay algo que lo preocupa, pero no me dice qué es cuando le pregunto.
—¿Qué te hace pensar que me lo contará a mí?
—Eres un hombre y, lo que es más importante, eres su hermano.
—Como te he dicho, él ya no me ve como su hermano.
Después de que Baltazar estuviera a punto de tirar una vasija de cristal de la última balda, Paula lo tomó en brazos.
—Tuvieron un vínculo especial una vez, eso tiene que contar para algo.
—Para él está roto.
—¿Y para tí?
Él frunció el ceño.
—Pensé que ibas a dejar de hacer preguntas.
—Todavía no has aceptado hablar con él.
Él esbozó una sonrisa.
—Cuando decidiste ser enfermera, fue una gran pérdida para el mundo de la abogacía.
Distraer haciendo chistes era otra cosa que a los dos hermanos se les daba muy bien.
—Tu padre fue el responsable de que Pedro se interesara por lo militar.Y ha recibido una distinción por su servicio al país.
—No discutiré eso.
—Pero, ¿Por qué su dedicación tiene que impedirle llevar una vida satisfactoria?
—¿No estás siendo un poco dramática?
—No —dijo ella colocando al bebé en su asiento y abrochándole el cinturón.
Al ver que protestaba, le dió sus llaves de plástico y rápidamente se las llevó a la boca.
—Si alguien no habla con Pedro y le convence para que cuente lo que le pasó, creo que no podrá levantar cabeza.
viernes, 24 de marzo de 2017
Nadie Como Tú: Capítulo 57
El bebé sonrió, mostrando sus cuatro dientes, dos arriba y dos abajo. Necesitaba cambiarlo, pero decidió esperar hasta que la recepcionista volviera y le dijera que esperara a tener una cita para regresar. Justo entonces, la puerta del fondo se abrió y apareció Federico, muy guapo y con aspecto de abogado con su traje azul de rayas, su camisa blanca y su corbata roja. Quizá la ex esposa de Pedro fuera tras su dinero, pero no había ninguna duda de que tenía muy buen gusto por los hombres. Los Alfonso eran susceptibles de romper corazones, aunque su hijo todavía no, pensó arrugando la naríz.
—Paula —dijo Federico sonriendo—. ¡Qué agradable sorpresa!
Ella estudió la expresión de su atractivo rostro y pensó que si estaba mintiendo, lo estaba haciendo muy bien.
—Siento venir a molestarte a mitad del día.
—Ejercer como abogado no es tan excitante como las películas y los programas de televisión pretenden hacernos creer. Me alegro de la interrupción.
Baltazar soltó un grito y Federico lo miró.
—Me alegro de ver a este jovencito —añadió agachándose de cuclillas junto al bebé.
—No dirás lo mismo si cambia la dirección del aire.
—¿Cómo dices? —preguntó Federico mirando hacia arriba.
—Necesita que le cambien los pañales.
—Ven a mi oficina —se ofreció él.
—No es buena idea, créeme —dijo Paula y señalando hacia el pasillo, añadió—. Iré un momento al aseo de mujeres y…
—De ninguna manera —dijo él tomando la bolsa de los pañales del hombro de Paula—. Si tienes lo necesario, yo tengo espacio.
—¿Tienes un sistema potente de ventilación? —preguntó ella.
—Soy fuerte —dijo él tomando el asiento portabebés y no dejándole otra opción más que seguirlo—. Pesa mucho.
Una vez dentro, Federico dejó el asiento del bebé, mientras Paula miraba a su alrededor.
—Acabo de decirle lo mismo —dijo ella contemplando la exquisita colección de cristalería de múltiples colores y sintiéndose extraña y fuera de lugar—. Mira, Federico, es muy amable de tu parte permitirme que lo cambie aquí, pero no está bien.
—Es mi sobrino, Paula, un Alfonso. Lo que no está bien es cambiarlo en el aseo de señoras —dijo sonriendo divertido—. No quiero ser responsable de las consecuencias.
Ella rió.
—¿Estás seguro?
—Mucho.
—Recuerda que ésta ha sido tu idea —dijo mientras el bebé no paraba de moverse.
Después de preparar el sitio donde lo iba a cambiar y de sacar las toallitas y el pañal nuevo, se puso manos a la obra. Federico esperó acierta distancia, apoyándose en uno de los sillones que había frente a su escritorio.
—¿Qué tal te va, Paula?
—Bien, si no tenemos en cuenta mi reciente apendicetomía —dijo ella, levantando la mirada.
Él frunció el ceño.
—¿Estás bien?
Paula sonrió, recordando los cuidados constantes de Pedro. Se había sentido muy bien hasta que él había roto toda comunicación.
—Sí, estoy bien. He vuelto al trabajo y hoy tengo el día libre —explicó.
—Imagino que no tuviste ningún problema mientras estuviste convaleciente —dijo él cruzándose de brazos.
—Sí, Pedro se ocupó de todo.
—Bien —dijo él bajando la mirada unos segundos—. Ya sabes que puedes contar conmigo si me necesitas.
—Gracias. Y ahora que lo mencionas…
—¿Qué? —dijo él arqueando una ceja.
—Pensé que era hora de que tu sobrino viniera a visitarte.
Despegó las tiras de pañal y levantó las piernas de Baltazar para limpiarlo. Cuando el pañal sucio estuvo doblado y preparado para ser tirado, le puso el nuevo.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Federico y después de hacer una pausa, añadió—. No te lo tomes a mal, pero he de decir que ha sido muy repentino.
Ella lo miró mientras acababa de vestir a Baltazar. Ahora conocía los detalles de lo que había entre Pedro y su hermano. No le daba la impresión de que Federico estuviera intentando ligar con ella. Todo lo contrario. ¿Cuántos hombres permitirían cambiar el pañal a un bebé en su propio despacho?
—Tienes razón —dijo levantando al bebé y sujetándolo por las manos —Es por Pedro. Por fin me ha contado lo que pasó entre ustedes.
—Entiendo.
Federico no parecía muy feliz. El bebé se sentó y luego empezó a gatear.
-¿Es eso todo lo que tienes que decir?
—Te ha contado que me acosté con su esposa. ¿Qué más puedo decir?
—No estoy segura, pero tengo la sensación de que hay más detrás de todo eso.
—Para todo hay distintos puntos de vista —dijo.
Ella esperó, pero Federico no dijo nada más.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella por fin.
—Siempre hay dos versiones de una historia, pero mi hermano sólo escuchó una.
Cuando el bebé se agarró a sus pantalones y se puso de pie, Federico se agachó para tomarlo en brazos. Luego, sonrió al ver a Baltazar señalar con su dedo el nudo de la corbata, probablemente la primera que veía puesto que Pedro rara vez se ponía una.
—¿Cuál es tu versión de la historia?
—No quiero ofenderte, Paula, pero eso es algo entre mi hermano y yo—dijo mirando al bebé, con una expresión triste en el rostro—. Se niega a escucharme y ha dejado bien claro que no habrá ninguna relación entre nosotros.
Algo le decía que el problema que Pedro tenía con su hermano, era la clave para que se abriera.
—¿Y a tí te parece bien? ¿No quieres arreglarlo?
—A él no parece importarle lo que yo quiero.
Federico dejó al bebé en el suelo cuando empezó a protestar, pero Baltazar no se movió de su lado, así que le dió la mano para sujetarlo.
—Eso no es una respuesta.
Él se encogió de hombros.
—Soy abogado. No doy respuestas directas.
Ella lo observó. Tenía ojeras bajo sus ojos azules. ¿Sería por la tendencia de los hombres Alfonso a mantenerse en el lado oscuro? No quería eso para Baltazar , pero llevaba ese camino si no hacía cambiar a Pedro.
—Paula —dijo Federico sonriendo—. ¡Qué agradable sorpresa!
Ella estudió la expresión de su atractivo rostro y pensó que si estaba mintiendo, lo estaba haciendo muy bien.
—Siento venir a molestarte a mitad del día.
—Ejercer como abogado no es tan excitante como las películas y los programas de televisión pretenden hacernos creer. Me alegro de la interrupción.
Baltazar soltó un grito y Federico lo miró.
—Me alegro de ver a este jovencito —añadió agachándose de cuclillas junto al bebé.
—No dirás lo mismo si cambia la dirección del aire.
—¿Cómo dices? —preguntó Federico mirando hacia arriba.
—Necesita que le cambien los pañales.
—Ven a mi oficina —se ofreció él.
—No es buena idea, créeme —dijo Paula y señalando hacia el pasillo, añadió—. Iré un momento al aseo de mujeres y…
—De ninguna manera —dijo él tomando la bolsa de los pañales del hombro de Paula—. Si tienes lo necesario, yo tengo espacio.
—¿Tienes un sistema potente de ventilación? —preguntó ella.
—Soy fuerte —dijo él tomando el asiento portabebés y no dejándole otra opción más que seguirlo—. Pesa mucho.
Una vez dentro, Federico dejó el asiento del bebé, mientras Paula miraba a su alrededor.
—Acabo de decirle lo mismo —dijo ella contemplando la exquisita colección de cristalería de múltiples colores y sintiéndose extraña y fuera de lugar—. Mira, Federico, es muy amable de tu parte permitirme que lo cambie aquí, pero no está bien.
—Es mi sobrino, Paula, un Alfonso. Lo que no está bien es cambiarlo en el aseo de señoras —dijo sonriendo divertido—. No quiero ser responsable de las consecuencias.
Ella rió.
—¿Estás seguro?
—Mucho.
—Recuerda que ésta ha sido tu idea —dijo mientras el bebé no paraba de moverse.
Después de preparar el sitio donde lo iba a cambiar y de sacar las toallitas y el pañal nuevo, se puso manos a la obra. Federico esperó acierta distancia, apoyándose en uno de los sillones que había frente a su escritorio.
—¿Qué tal te va, Paula?
—Bien, si no tenemos en cuenta mi reciente apendicetomía —dijo ella, levantando la mirada.
Él frunció el ceño.
—¿Estás bien?
Paula sonrió, recordando los cuidados constantes de Pedro. Se había sentido muy bien hasta que él había roto toda comunicación.
—Sí, estoy bien. He vuelto al trabajo y hoy tengo el día libre —explicó.
—Imagino que no tuviste ningún problema mientras estuviste convaleciente —dijo él cruzándose de brazos.
—Sí, Pedro se ocupó de todo.
—Bien —dijo él bajando la mirada unos segundos—. Ya sabes que puedes contar conmigo si me necesitas.
—Gracias. Y ahora que lo mencionas…
—¿Qué? —dijo él arqueando una ceja.
—Pensé que era hora de que tu sobrino viniera a visitarte.
Despegó las tiras de pañal y levantó las piernas de Baltazar para limpiarlo. Cuando el pañal sucio estuvo doblado y preparado para ser tirado, le puso el nuevo.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Federico y después de hacer una pausa, añadió—. No te lo tomes a mal, pero he de decir que ha sido muy repentino.
Ella lo miró mientras acababa de vestir a Baltazar. Ahora conocía los detalles de lo que había entre Pedro y su hermano. No le daba la impresión de que Federico estuviera intentando ligar con ella. Todo lo contrario. ¿Cuántos hombres permitirían cambiar el pañal a un bebé en su propio despacho?
—Tienes razón —dijo levantando al bebé y sujetándolo por las manos —Es por Pedro. Por fin me ha contado lo que pasó entre ustedes.
—Entiendo.
Federico no parecía muy feliz. El bebé se sentó y luego empezó a gatear.
-¿Es eso todo lo que tienes que decir?
—Te ha contado que me acosté con su esposa. ¿Qué más puedo decir?
—No estoy segura, pero tengo la sensación de que hay más detrás de todo eso.
—Para todo hay distintos puntos de vista —dijo.
Ella esperó, pero Federico no dijo nada más.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella por fin.
—Siempre hay dos versiones de una historia, pero mi hermano sólo escuchó una.
Cuando el bebé se agarró a sus pantalones y se puso de pie, Federico se agachó para tomarlo en brazos. Luego, sonrió al ver a Baltazar señalar con su dedo el nudo de la corbata, probablemente la primera que veía puesto que Pedro rara vez se ponía una.
—¿Cuál es tu versión de la historia?
—No quiero ofenderte, Paula, pero eso es algo entre mi hermano y yo—dijo mirando al bebé, con una expresión triste en el rostro—. Se niega a escucharme y ha dejado bien claro que no habrá ninguna relación entre nosotros.
Algo le decía que el problema que Pedro tenía con su hermano, era la clave para que se abriera.
—¿Y a tí te parece bien? ¿No quieres arreglarlo?
—A él no parece importarle lo que yo quiero.
Federico dejó al bebé en el suelo cuando empezó a protestar, pero Baltazar no se movió de su lado, así que le dió la mano para sujetarlo.
—Eso no es una respuesta.
Él se encogió de hombros.
—Soy abogado. No doy respuestas directas.
Ella lo observó. Tenía ojeras bajo sus ojos azules. ¿Sería por la tendencia de los hombres Alfonso a mantenerse en el lado oscuro? No quería eso para Baltazar , pero llevaba ese camino si no hacía cambiar a Pedro.
Nadie Como Tú: Capítulo 56
Ahora estaba allí, contenta entre sus brazos porque había dejado toda cautela a un lado y le había dicho lo que quería. Había corrido el riesgo. Sino le hubiera hablado de los demonios que lo perseguían, lo hubieran seguido hasta allí y se habrían interpuesto entre ellos. No sabía lo que le había pasado en Afganistán, pero fuera lo que fuese, le habían hecho mucho daño y no le dejaban sanar la herida.
—¿Pepe? —dijo girando la cabeza y mirándolo.
Él le dió un breve beso en los labios.
—¿Sí? —Háblame de la oscuridad, de los demonios. ¿Qué te ocurrió en esa misión?
Todo su cuerpo se puso rígido.
—Eso pertenece al pasado. Olvídalo. Yo lo he olvidado.
—Eso no es lo que has dicho antes.
—No puedo ser responsable por lo que digo cuando estás en mis brazos. Haces que tenga cortocircuitos en todas las conexiones de mi cabeza.
—Me sentiría halagada si no supiera que estás intentando distraerme.
—¿Y está funcionando?
—No.
—Me prometí a mí mismo que todos los malos recuerdos se quedarían allí. No me pidas que los traiga aquí de vuelta, contigo, con mi hijo y estropeen lo que tengo ahora.
Al decir aquello, ¿Cómo podía seguir insistiendo a pesar del deseo de ayudar a aliviar aquel dolor que sentía dentro? Fuera lo que fuese lo que ocultaba, estaba en su subconsciente y tenía que encontrar una vía para que saliera fuera. Pero él se negaba,apartándola a un lado tal y como había hecho cuando la había abandonado sin explicarle por qué. Le había dado su cuerpo y un intenso placer, pero no le confiaba sus secretos y aquello le dolía más que nada. Deseaba poder ocultar sus sentimientos con la misma facilidad que él, porque nunca podría apartarlo completamente de su vida. Compartían un hijo y estaba dispuesto a ser un buen padre. Eso implicaría hablar, escuchar y compartir. Supondría verlo, sabiendo que nunca tendría lo que de verdad quería. Aquél era un grado de dolor que no estaba segura de poder soportar.
Paula atravesó el vestíbulo del ya conocido edificio de oficinas de la avenida Eastern. Sus sandalias no hicieron ruido sobre la alfombra gris y se detuvo ante la puerta de la oficina de Federico Alfonso. Se cambió de mano el portabebés, recordando el día que había ido embarazada de seis meses, con el corazón partido y sin saber si estaba haciendo lo correcto.
—Cada día pesas más —dijo mirando a su hijo—. Dentro de poco,tendrás que cargar conmigo. Hemos venido a ver a tu tío Federico.
El bebé sonrió y se llevó a la boca sus llaves de plástico. Luego se quedó mirándola con sus enormes ojos azules.
—No sé qué otra cosa hacer. Papá no quiere estropear las cosas, perolo está haciendo al no contarle a mamá lo que le preocupa.
Abrió la puerta y entró en la sala de espera. Las pareces estaban cubiertas de papel pintado verde y el mobiliario era de caoba. Unos cuantos sillones de cuero estaban colocados en semicírculo junto a un sofá, creando una agradable zona de conversación. Aquello era un buen comienzo. Conversar era su objetivo. Se acercó al mostrador de recepción.
—Quisiera ver a Federico, quiero decir, al señor Alfonso —se corrigió.
Una joven la miró con sus grandes e inteligentes ojos grises. Tendría veintitantos años y era increíblemente atractiva con su larga y abundante melena morena. Su cuerpo mostraba unas curvas perfectas. Delante de ella, una placa anunciaba su nombre: Nadia Foster.
—¿Tiene cita? —preguntó.
—No —dijo dejando el asiento del niño sobre la lujosa alfombra—. Si está ocupado, puedo esperar.
—¿Su nombre, por favor?
—Paula Chaves—respondió mirando al bebé— Y él es Baltazar Alfonso,el sobrino de Federico.
Nadia Foster abrió los ojos como platos, pero ésa fue la única muestra de sorpresa que evidenció.
—Siéntese. Veré si está disponible.
Paula estaba demasiado nerviosa y paseó por la habitación, mirándolos cuadros de las paredes. Baltazar miró a su alrededor con curiosidad y luego arqueó la espalda y comenzó a dar patadas, muestra de que la tranquilidad que le había dado el coche se había acabado. Cuando empezó a gruñir y su rostro se puso rojo, no hubo ninguna duda de lo que estaba haciendo.
—Vas a tener que elegir mejor el momento.
—¿Pepe? —dijo girando la cabeza y mirándolo.
Él le dió un breve beso en los labios.
—¿Sí? —Háblame de la oscuridad, de los demonios. ¿Qué te ocurrió en esa misión?
Todo su cuerpo se puso rígido.
—Eso pertenece al pasado. Olvídalo. Yo lo he olvidado.
—Eso no es lo que has dicho antes.
—No puedo ser responsable por lo que digo cuando estás en mis brazos. Haces que tenga cortocircuitos en todas las conexiones de mi cabeza.
—Me sentiría halagada si no supiera que estás intentando distraerme.
—¿Y está funcionando?
—No.
—Me prometí a mí mismo que todos los malos recuerdos se quedarían allí. No me pidas que los traiga aquí de vuelta, contigo, con mi hijo y estropeen lo que tengo ahora.
Al decir aquello, ¿Cómo podía seguir insistiendo a pesar del deseo de ayudar a aliviar aquel dolor que sentía dentro? Fuera lo que fuese lo que ocultaba, estaba en su subconsciente y tenía que encontrar una vía para que saliera fuera. Pero él se negaba,apartándola a un lado tal y como había hecho cuando la había abandonado sin explicarle por qué. Le había dado su cuerpo y un intenso placer, pero no le confiaba sus secretos y aquello le dolía más que nada. Deseaba poder ocultar sus sentimientos con la misma facilidad que él, porque nunca podría apartarlo completamente de su vida. Compartían un hijo y estaba dispuesto a ser un buen padre. Eso implicaría hablar, escuchar y compartir. Supondría verlo, sabiendo que nunca tendría lo que de verdad quería. Aquél era un grado de dolor que no estaba segura de poder soportar.
Paula atravesó el vestíbulo del ya conocido edificio de oficinas de la avenida Eastern. Sus sandalias no hicieron ruido sobre la alfombra gris y se detuvo ante la puerta de la oficina de Federico Alfonso. Se cambió de mano el portabebés, recordando el día que había ido embarazada de seis meses, con el corazón partido y sin saber si estaba haciendo lo correcto.
—Cada día pesas más —dijo mirando a su hijo—. Dentro de poco,tendrás que cargar conmigo. Hemos venido a ver a tu tío Federico.
El bebé sonrió y se llevó a la boca sus llaves de plástico. Luego se quedó mirándola con sus enormes ojos azules.
—No sé qué otra cosa hacer. Papá no quiere estropear las cosas, perolo está haciendo al no contarle a mamá lo que le preocupa.
Abrió la puerta y entró en la sala de espera. Las pareces estaban cubiertas de papel pintado verde y el mobiliario era de caoba. Unos cuantos sillones de cuero estaban colocados en semicírculo junto a un sofá, creando una agradable zona de conversación. Aquello era un buen comienzo. Conversar era su objetivo. Se acercó al mostrador de recepción.
—Quisiera ver a Federico, quiero decir, al señor Alfonso —se corrigió.
Una joven la miró con sus grandes e inteligentes ojos grises. Tendría veintitantos años y era increíblemente atractiva con su larga y abundante melena morena. Su cuerpo mostraba unas curvas perfectas. Delante de ella, una placa anunciaba su nombre: Nadia Foster.
—¿Tiene cita? —preguntó.
—No —dijo dejando el asiento del niño sobre la lujosa alfombra—. Si está ocupado, puedo esperar.
—¿Su nombre, por favor?
—Paula Chaves—respondió mirando al bebé— Y él es Baltazar Alfonso,el sobrino de Federico.
Nadia Foster abrió los ojos como platos, pero ésa fue la única muestra de sorpresa que evidenció.
—Siéntese. Veré si está disponible.
Paula estaba demasiado nerviosa y paseó por la habitación, mirándolos cuadros de las paredes. Baltazar miró a su alrededor con curiosidad y luego arqueó la espalda y comenzó a dar patadas, muestra de que la tranquilidad que le había dado el coche se había acabado. Cuando empezó a gruñir y su rostro se puso rojo, no hubo ninguna duda de lo que estaba haciendo.
—Vas a tener que elegir mejor el momento.
Nadie Como Tú: Capítulo 55
Acarició la curva de uno de sus pechos y luego del otro.
—¡Qué bonitos!
Su franca sinceridad y sus halagos hicieron que su corazón se derritiera. Paula apoyó las manos en su pecho. Su vello masculino le hizo cosquillas en las palmas al acariciar sus músculos bajando hasta el abdomen. Cuando se detuvo justo encima de la cintura de los vaqueros, él contuvo la respiración y copió sus movimientos, acariciando su vientre. El deseo se apoderó de ella. Apartó la colcha y se metió entre las sábanas, disfrutando del frescor del tejido sobre su piel caliente. Luego, Pedro se tumbó junto a ella y se apoyó sobre un codo.
—Estás muy vestido —dijo ella observándolo.
Él puso cara de sorpresa y lentamente se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto su erección.Como si fuera un depredador, se lanzó sobre ella y empezó a besarla apasionadamente. Deslizándose, concentró su atención en sus pechos, primero uno y después el otro. Paula sintió que el calor de su interior iba en aumento. Cuando pensaba que ya no podía soportar más placer, él bajó a su ombligo y continuó excitándola con la lengua. Enseguida empezó a temblar. Pedro acarició su reciente cicatríz y cerró los ojos antes de besarla con ternura. Ella gimió y le acarició el cabello. Cuando sus miradas se encontraron Paula tomó su rostro entre las manos y atrajo su boca a la de ella. Todos los sentimientos que no podía poner en palabras, los puso en aquel beso. Suavemente, rozó con sus labios la cicatríz de su barbilla, aquélla que no estaba antes de que se separaran. Ambos tenían cicatrices. Lo miró a los ojos y supo que lo que veía en ellos era lo mismo que sentía. Las palabras más difíciles de pronunciar, salieron de su boca con increíble facilidad.
—Te necesito, Pepe.
Como todo buen marine, estaba preparado. Se colocó la protección y se puso entre sus piernas. Luego, lentamente la penetró. Moviéndose despacio, sus embestidas eran sensuales y profundas. Poco a poco, sus caderas fueron incrementando el ritmo. Los sonidos de sus respiraciones entrecortadas fueron llenando el silencio de la habitación, al igual que él fue llenándola. Sintiendo cada vez más calor en su interior, Paula se arqueó y lo atrajo aún más mientras contenía un grito en su garganta. Se agarró fuertemente a Pedro, mientras él dejaba escapar un gemido. Luego se quedó tenso y hundió el rostro en su pelo al alcanzar su propia satisfacción. Con los ojos cerrados y demasiado relajada como para abrirlos, sintió que Pedro se levantaba de la cama. Cuando volvió a su lado, la atrajo hacia él.
—Bueno, ¿Cómo te sientes?
Paula percibió una nota de humor en su pregunta y sabía que lo decía porque al salir de la consulta del médico, le había pedido que no volviera a preguntarle eso.
—Nunca me he sentido mejor en mi vida.
—Bien.
—¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera muerto y estuviera en el cielo.
Como el Pedro que había conocido antes de que la dejara, pensó ella. Había sido muy sencillo para él hacerle desear lo que habían tenido entonces. Pero el sexo nunca había sido un problema para ellos. Lo que le estaba costando trabajo era olvidar que se fuera sin darle una explicación.Si le hubiera contado lo que le había pasado con su esposa, lo hubiera comprendido. No le habría hecho felíz, pero lo habría entendido.
—¡Qué bonitos!
Su franca sinceridad y sus halagos hicieron que su corazón se derritiera. Paula apoyó las manos en su pecho. Su vello masculino le hizo cosquillas en las palmas al acariciar sus músculos bajando hasta el abdomen. Cuando se detuvo justo encima de la cintura de los vaqueros, él contuvo la respiración y copió sus movimientos, acariciando su vientre. El deseo se apoderó de ella. Apartó la colcha y se metió entre las sábanas, disfrutando del frescor del tejido sobre su piel caliente. Luego, Pedro se tumbó junto a ella y se apoyó sobre un codo.
—Estás muy vestido —dijo ella observándolo.
Él puso cara de sorpresa y lentamente se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto su erección.Como si fuera un depredador, se lanzó sobre ella y empezó a besarla apasionadamente. Deslizándose, concentró su atención en sus pechos, primero uno y después el otro. Paula sintió que el calor de su interior iba en aumento. Cuando pensaba que ya no podía soportar más placer, él bajó a su ombligo y continuó excitándola con la lengua. Enseguida empezó a temblar. Pedro acarició su reciente cicatríz y cerró los ojos antes de besarla con ternura. Ella gimió y le acarició el cabello. Cuando sus miradas se encontraron Paula tomó su rostro entre las manos y atrajo su boca a la de ella. Todos los sentimientos que no podía poner en palabras, los puso en aquel beso. Suavemente, rozó con sus labios la cicatríz de su barbilla, aquélla que no estaba antes de que se separaran. Ambos tenían cicatrices. Lo miró a los ojos y supo que lo que veía en ellos era lo mismo que sentía. Las palabras más difíciles de pronunciar, salieron de su boca con increíble facilidad.
—Te necesito, Pepe.
Como todo buen marine, estaba preparado. Se colocó la protección y se puso entre sus piernas. Luego, lentamente la penetró. Moviéndose despacio, sus embestidas eran sensuales y profundas. Poco a poco, sus caderas fueron incrementando el ritmo. Los sonidos de sus respiraciones entrecortadas fueron llenando el silencio de la habitación, al igual que él fue llenándola. Sintiendo cada vez más calor en su interior, Paula se arqueó y lo atrajo aún más mientras contenía un grito en su garganta. Se agarró fuertemente a Pedro, mientras él dejaba escapar un gemido. Luego se quedó tenso y hundió el rostro en su pelo al alcanzar su propia satisfacción. Con los ojos cerrados y demasiado relajada como para abrirlos, sintió que Pedro se levantaba de la cama. Cuando volvió a su lado, la atrajo hacia él.
—Bueno, ¿Cómo te sientes?
Paula percibió una nota de humor en su pregunta y sabía que lo decía porque al salir de la consulta del médico, le había pedido que no volviera a preguntarle eso.
—Nunca me he sentido mejor en mi vida.
—Bien.
—¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera muerto y estuviera en el cielo.
Como el Pedro que había conocido antes de que la dejara, pensó ella. Había sido muy sencillo para él hacerle desear lo que habían tenido entonces. Pero el sexo nunca había sido un problema para ellos. Lo que le estaba costando trabajo era olvidar que se fuera sin darle una explicación.Si le hubiera contado lo que le había pasado con su esposa, lo hubiera comprendido. No le habría hecho felíz, pero lo habría entendido.
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