viernes, 10 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 20

¿Cómo lo había estropeado? En el departamento de Paula, Pedro miró a su alrededor y se dió cuenta de que estaba todo revuelto. Parecía como si hubiera caído una bomba y, dado que él era el único adulto presente, toda la culpa era suya.

La ropa de Baltazar  estaba desparramada por todo el salón. Algunas prendas estaban limpias y otras no, pero no era capaz de distinguirlas puesto que estaban todas mezcladas.  Era como si se estuvieran multiplicando, aunque eso era imposible. Coches, muñecos, y juguetes cubrían todas las superficies. El asiento portabebés estaba en el suelo por si acaso era necesario hacer un viaje en coche, lo que era difícil. Mantener a su hijo tranquilo y feliz en una zona limitada le estaba resultando una misión difícil de llevara cabo. En medio de todo aquel caos estaba el balancín del bebé que había sido lo único que había funcionado. Después de todo, él era piloto de helicópteros. La cocina tampoco estaba bien. Había platos en el fregadero, fuentes en el horno y una taza de café sobre la encimera. Sobre la mesa estaba el periódico que había intentado leer hasta que se había dado por vencido.Antes  del  mediodía había intentado enderezar las cosas.  Paula  había estado llamando con cierta frecuencia y él le había asegurado que todo iba bien, lo cual no era ninguna mentira, puesto que Baltazar y él seguían respirando. Miró al bebé acurrucado en sus brazos, a escasos centímetros de su cara.

—Si fueras mayor, trataría de echarte la culpa de todo este desastre—dijo mientras el bebé agarraba su nariz y reía—. Pero tu madre nunca se lo creería. Si yo fuera tú, tendría cuidado de lo que le contara cuando fuera mayor. Por si acaso no te has dado cuenta todavía, es una mujer muy lista.

Y si de contar errores se trataba, el primero de la lista era haberla besado. Gran error. Durante todo el tiempo en que estuvo prisionero,había observado y esperado, conteniéndose aún cuando las cosas se ponían feas porque eso era lo que debía hacer un buen luchador. Pero al tenerla frente a él, mirándolo como si acabara de caer de la luna, no había podido contenerse. Su boca tentaría a un santo y ambos sabían que él no pretendía ir al cielo. No confiaba en que no volviera a hacerlo y, si Paula era la mitad de inteligente de lo que pensaba, tampoco confiaría en él. Le había dicho dos veces que era un buen hombre, pero no había mostrado su disconformidad al decir que no era decente.  Una  sutil distinción, pero Paula había sufrido las heridas y conocía la diferencia.

—Puede que tu madre no me aprecie demasiado, pero es una mujer de palabra. O no estaría cuidándote mientras ella está trabajando.

Oyó la llave en la cerradura apenas unos segundos antes de que se abriera la puerta. Paula entró con una bolsa en la mano y esbozó una amplia y falsa sonrisa, mientras su mirada evidenciaba que necesitaba ver por ella misma que todo estaba bien.

—¿Cómo está mi niño? —preguntó acercándose y dándole un beso a Balta.

El pequeño empezó a dar patadas y a agitar las manos.

—Creo que se alegra de ver a su madre.

Ella dejó la bolsa en el suelo, soltó su bolso y las llaves y tomó al bebé en brazos.

—Te he echado de menos, Balta —dijo y alzando la mirada, se dirigió a Pedro—. ¿Me ha echado de menos?

—Claro. Sólo habla de tí.

—Mentiroso —dijo mirando a su alrededor—. Por el aspecto de esta habitación, no le has dado oportunidad de echarme de menos.

—Sí —repuso pasándose la mano por el pelo—. Sobre todo este desorden…

—Era broma, Pedro, no importa. Lo único que me preocupa es que esté bien. Y tú has sobrevivido.

A duras penas, pero no estaba dispuesto a contarle lo cerca que había estado de rendirse.

—Lo creas o no, conseguí hacer una tanda de la colada.

—¿Y dónde la has dejado?

—Buena pregunta. La mejor explicación es que se ha perdido en acción. Tenía un montón de ropa limpia y otro de ropa sucia y cuando fui a buscar una camiseta, todo se mezcló.

—Mételo todo en la lavadora —dijo ella encogiéndose de hombros—.No hay mayor problema.

—Sí lo hay —dijo él cruzándose de brazos—. No sé cómo te las arreglas tú sola.

Le dolía cada músculo del cuerpo y estaba agotado.

—No he dicho que fuera fácil.

—Hasta hoy, pensé que lo era.

—¿Quién eres tú y qué le has hecho a Pedro Alfonso? —preguntó Paula ladeando la cabeza y se quedó mirándolo—. Me gusta esta nueva actitud.

—Sólo hace falta pasar un día en las trincheras —dijo mirando a su alrededor—. ¿Quieres que te ayude a arreglarlo?

—Está bien, puedo hacerlo yo.

No tenía ninguna duda de ello. Era una mujer increíble y  cada vez que la miraba recordaba su suavidad  y lo perfectamente bien que encajaban sus cuerpos. Era el momento de salir de allí.

—Será mejor que me vaya.

Ella dejó al bebé sobre la alfombra y luego lo miró.

—¿Quieres quedarte a cenar?

 Aquella pregunta tenía trampa. Temía decir que sí por lo mucho que lo deseaba. Al fin y al cabo, lo único que le esperaba era una gran casavacía. Si se quedaba, disfrutaría de un entorno cálido. Si decía que no,arriesgaría la tregua que había entre ellos.

—Es una pregunta simple  —dijo—.  Para  ayudarte a  tomar una decisión, te diré que he parado en un pequeño restaurante de Arroyo Grande.

—¿Carlino?

 —Te acuerdas.

No lo había olvidado nunca. Durante los días y las noches que había pasado a solas había recordado aquel restaurante tan romántico con sus velas, sus flores en las mesas y su buen vino, además de los mejores ravioli con salsa de tomate que nunca había tomado. Con Paula sentada en la mesa frente a él, la vida había sido prácticamente perfecta.

—Sí —dijo él—, lo recuerdo.

—He traído comida —dijo levantando la bolsa—. Hay suficiente para un ejército.

—Soy un marine.

Había mantenido la cordura releyendo una y otra vez la carta de ella,recordando los buenos ratos y pensando en ella y en el hijo que habían engendrado juntos Había esperado tener una oportunidad de escapar,pero luego había decidido abandonar esa idea para volver a casa con su hijo. La había dejado antes de que ella lo dejara a él. No daría a ninguna mujer la oportunidad de traicionarlo de nuevo.

Nadie Como Tú: Capítulo 19

—Pilota un helicóptero y trajo a mamá muy deprisa. Yo vine en ambulancia con una enfermera muy simpática —explicó.

El hombre miró a Pedro.

—Debería haberme dado cuenta por el uniforme. Normalmente soy muy observador.

Pedro se encogió de hombros.

—Tiene otras cosas en las que pensar.

El hombre extendió su mano.

—Gracias.

—De nada —dijo Pedro y luego miró a la pequeña—. Tengo que irme, Cami.

—¿Tienes que llevar a otra gente? —preguntó.

—A lo mejor.

—Gracias por quedarte conmigo. Ya no tengo miedo.

Pedro asintió, luego se despidió con la mano y pasó junto a Paula. Ella lo siguió, tratando de mantener su paso.

—Espera —dijo por fin.

—¿Para qué? —preguntó él sin girarse para mirar.

—Quiero hablar contigo.

 Él aminoró el paso. Luego se detuvo y se dió  media vuelta.

—¿Sobre qué?

—Cosas —dijo tirando de él hacia un pasillo vacío.

—¿Qué cosas?

Había muchos pensamientos rondando su cabeza, por no hablar de emociones. ¿Cómo poner en orden todo aquello?

—Eres un buen hombre, Pedro Alfonso —afirmó, diciendo lo primero que se le vino a la cabeza.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te quedaste con una niña aterrorizada. Gracias a tí, la madre de esa pequeña podrá ver crecer a su hija.

—Lo único que hice fue pilotar el helicóptero. Los médicos y las enfermeras del hospital Mercy han hecho el milagro.

—Es un trabajo en equipo, lo sé. Pero mientras ellos se ocupaban dela parte médica, tú le dedicaste tu tiempo a Camila.

—Su madre estaba muy nerviosa. No dejaba de preguntar cómo estaba Cami. Lo único en lo que pensaba era en su hija —dijo Pedro, mirando hacia el suelo para ocultar sus sentimientos—. Me recordaba a tí.

—Así que esperaste que la ambulancia trajera a Camila —afirmó.

Él se encogió de hombros.

—Le prometí que me aseguraría de que estuviera bien.

—Pero podías haberte ido y esa mujer nunca se habría enterado. Lo más  probable  es  que  nunca  vuelvas  a verla a ella o a Cami.  Pero mantuviste tu palabra. Repito, eres un buen hombre.

Pedro se pasó la mano por el pelo mientras sacudía la cabeza. Una oscura intensidad asomó a su fría mirada.

—Hablas de cosas que no conoces, Paula.

—Pero hay otras que sí conozco —dijo poniendo la mano sobre su brazo y vio un atisbo de sorpresa en sus ojos—. Me equivoqué al no confiar en dejarte con Balta. No cometeré el mismo error otra vez.

—¿Así que vas a dejarme pasar un tiempo a solas con mi hijo?

—Siempre que quieras —dijo ella asintiendo y quitó la mano—. Tiene derecho a conocer a su padre porque eres un buen hombre.

Comenzó a marcharse, pero de pronto sintió sus fuertes dedos en la muñeca. Al rodearla con sus brazos y ver el brillo de sus ojos, se quedó sin aire en los pulmones.

—Si fuera un hombre decente, no estaría pensando en esto y mucho menos en hacerlo en medio de un hospital.

Inclinó la cabeza y rozó sus labios. Aquel beso era un reto, una prueba. No era dulce ni cortés. Sus manos eran posesivas y su boca hambrienta. Aquel beso era tan asombroso, impactante y sorprendente como el primero y el último que le dió antes de marcharse. Pero el deseo era más intenso de lo que recordaba. Cuando sus labios se abrieron instintivamente, él aceptó la invitación. Introdujo su lengua, haciendo que se quedara débil y sin aliento. Con la fuerza de su brazo rodeándole la cintura, la sostuvo contra él. Por fin apartó la boca de la de ella  y se la quedó mirando,  respirando pesadamente al igual que ella.

—Un hombre decente no habría hecho esto —dijo acariciando su mejilla—. Pero para que te quedes tranquila, nunca haría daño a mi hijo.Daría mi vida por él.

—Lo sé.

Antes de que pudiera decir nada más,  la soltó y desapareció tras la esquina. Ella se llevó los dedos a los labios. No podía pararse a pensarlo mucho que le dolería cuando volviera a irse. Y ese momento llegaría. Tenía miedo por ella. Ahora más que nunca,tenía que encontrar la manera de mantener su corazón de una sola pieza.

Nadie Como Tú: Capítulo 18

No le llevó mucho tiempo a Paula averiguar cómo estaba. Se había enterado en la sala de enfermeras y había decidido ir personalmente a vera la niña. Si ella estuviera en aquella situación, le gustaría que alguien prestara atención a Baltazar. Mientras caminaba por el pasillo, oyó una voz profunda detrás de ella. Era la misma voz que el día anterior la había amenazado con luchar por sus derechos de visitas.

La cortina no estaba echada y cuando llegó al cubículo número diez,reconoció a Pedro. Llevaba su uniforme de piloto y estaba sentado junto a la camilla, hablando con voz queda a Camila Castillo, que estaba consciente y temblorosa después del accidente. Se detuvo para que no la viera y regresó junto a la madre para tranquilizarla. El padre de la pequeña estaba de camino y tenía que atravesar todo el valle en hora punta de tráfico.

Decidió dirigirse a la cafetería para tomar algo mientras pudiera y no pudo dejar de pensar en la imagen de Pedro con aquella niña. Su trabajo finalizaba cuando el paciente llegaba al hospital, pero había decidido quedarse con una pequeña de la que ni siquiera era responsable. Cuando se detuvo frente al cubículo de nuevo, oyó a la niña hablar y se asomó.

—Quiero ver a mi mamá.

—Y la verás, Cami, dentro de un rato. Te lo prometo.

 —¿Cuándo, Pedro?

Parecía haberse ganado su confianza. Su encanto había funcionado, lo que no era ninguna sorpresa. Nadie lo sabía mejor que Paula.

—Ahora mismo, los médicos están curando a tu madre.

—¿Por qué no he podido ir en helicóptero como ella?

Paula sabía por qué. Lucía Castillo tenía heridas abdominales y había perdido mucha sangre. El equipo médico tenía que aprovechar aquellos preciosos minutos que suponían la diferencia entre la vida y la muerte.Sólo un paciente podía viajar en el helicóptero y para la madre de Camila aquel vuelo suponía seguir viviendo.

Pedro tomó la mano de la pequeña.

—La traje aquí a toda prisa para que los médicos pudieran curarla cuanto antes.

—Pero yo no me he hecho mucho daño, ¿Verdad?

—Cierto. Por eso te trajeron en una ambulancia.

Camila se quedó mirándolo con el ceño fruncido.

—Había muchas cosas en la ambulancia. Había una enfermera muy simpática.

—Es fácil ser simpático contigo.

—¿Cuándo viene mi papá? —preguntó.

—No lo sé. ¿Quieres que vaya a enterarme?

—Todavía no —dijo agarrándolo por la manga—. En un rato.

—Está bien, no voy a irme a ninguna parte.

Al oír aquello, Paula se quedó pensativa. Uno creía que era necesaria una sólida preparación para atender a una niña asustada y, de repente, un exitoso hombre de negocios y piloto de  helicópteros  era  capaz de dedicarle su tiempo para tranquilizarla.

—Tengo miedo, Pedro. Si has tenido que traer a mamá con tanta prisa,es que está muy mal. ¿Y si ella…?

—No te preocupes —dijo haciéndola callar.

—Hoy tuvimos problemas —dijo la pequeña sollozando—. Tuve mucho miedo. Mamá empezó a llorar justo antes de… —y con el revés de su mano se limpió las lágrimas de los ojos—. ¿Quiere esto decir que soy un bebé?

—No —dijo tomándola de la mano—. No pasa nada porque llores, Cami. Sé lo que se siente al tener miedo.

—Pero tú eres un hombre.

—Los hombres también pasan miedo a veces.

—¿Cuándo has pasado miedo? —preguntó asombrada.

—Un día en que algo le pasó a mi helicóptero mientras volaba y no pude elevarlo de nuevo.

—¿Te refieres a un accidente? ¿Como el que hemos tenido mi mamá y yo?

—No exactamente, pero pasé mucho miedo. Logré sobreponerme pensando en alguien a quién quiero.

—¿Quién? —preguntó la niña.

Antes de que pudiera contestar, un hombre entró veloz pasando junto a Paula. Era alto, moreno y se le veía preocupado. Fue entonces cuando Pedro se giró y la vió junto a la puerta. Se puso de pie y se apartó de la camilla.

—¡Papá!

—Hola, hija.

El padre se inclinó y besó a su hija en el frente.

—¿Dónde está mamá?

—Acabo de verla —dijo—. Todavía está con el médico, pero va a ponerse bien. —Eso porque Pedro la trajo aquí muy deprisa.

—¿Quién?

Camila lo señaló.

Nadie Como Tú: Capítulo 17

Pedro se olvidó de su enfado del mismo modo en que dejaba el miedo aun  lado  cuando  tenía que volar con su helicóptero sobre una zona peligrosa. El pensar en su hijo y en Paula lo había ayudado a sobreponerse de situaciones infernales. No sabía qué esperar, pero desde luego nunca había pensado que ella no fuera a confiar en él. ¿Qué otra cosa podía pensar?

—¿Por qué no me dejas a solas con mi hijo? —preguntó sin más rodeos.

Ella se acercó, tomó al bebé y lo abrazó. Al agacharse para recoger un juguete,  tuvo que contener la respiración al ver que los pantalones cortos que llevaba Paula dejaban ver mucho más que su pierna. El hecho de reparar en ello le hizo sentirse mal y ello no ayudó a que su humor cambiara. Luego, ella se paró frente a él tan cerca que pudo percibir el calor de su cuerpo  y  el olor  de su piel.  Era una mujer con una fuerza muy femenina.

—Ya  hemos  hablado  de  esto,  Pedro.  No  te  conozco  bien  —dijo mirándolo.

—Quiero a este niño.

—Hace poco más de una semana que lo conoces y no me parece tiempo suficiente.

—Estamos en un círculo vicioso. Necesito tiempo para demostrar que estoy aquí para quedarme, pero no me das la oportunidad de dedicar las horas necesarias.

Aquello era frustrante. ¿Cómo podía convencerla de que era sincero?

—No puedo arriesgarme —dijo con voz temblorosa por la emoción—.Es mi bebé y no dejaré que le hagan daño.

—Es mi bebé y no le haré daño —dijo Pedro dando un paso al frente.

Ella se apartó.

—No permitiré que aparezcas en su vida y rompas su corazón cuando te vayas. Es un riesgo que no estoy dispuesta a correr.

—No supongo ningún riesgo, te lo prometo. No soy tu padre, Paula. No soy de la clase de hombres que abandonan a sus hijos.

Ella levantó la barbilla.

—No es de eso de lo que va todo esto.

Le contó que ningún hombre se había quedado en su vida, incluyéndolo a él. Aquello tenía que ver con que no le pidiera que lo esperara mientras cumplía su misión fuera, con que no quisiera asumir un compromiso y arriesgarse a que su mundo cambiara bruscamente. El hecho era que todo aquello era consecuencia de que se hubiera marchado y, en opinión de ella, sin ni siquiera mirar atrás. Ambos sabían que no había sido elección de él.

—No soy como esos perdedores a los que se aferra tu madre —dijo.

—Nunca debí contarte eso. No tiene que ver con lo nuestro.

—Sí, sí que tiene que ver.

—Da igual, eso no es importante. Lo que me preocupa es que soy la madre de Balta y tan sólo intento hacer lo que creo que es lo mejor para él.

—Lo entiendo. Y desde tu perspectiva por haber crecido sin padre,¿no crees que lo mejor sea que pueda contar con ambos padres? ¿Tienes miedo por Balta o por tí?

Ella dió otro paso atrás con los ojos abiertos como platos.

—En el futuro, tengo que tener cuidado de no darte argumentos que puedas usar contra mí.

Aquello era un golpe bajo, pero quería ver a su hijo.

—Ten  en  cuenta  una  cosa  —dijo  cruzándose  de  brazos—,  si no podemos hacer esto por las buenas, lo haremos por las malas.

—¿De qué estás hablando?

Sus labios temblaban y se mordió el superior, mientras se abrazaba con fuerza al bebé.

—Me refiero a contratar un abogado y luchar por mis derechos. No es un paso que quiera dar.

—¿Por qué debería creerte capaz de hacerlo?

—Porque es difícil ser padre cuando el otro progenitor te odia. No quiero crear rencores, Paula, ésa es la verdad. Pero si sigues levantando barreras, tendré que luchar.

Había lanzado el guante y sabía que Paula necesitaba tiempo para pensar, así que besó a Baltazar y se marchó. Al final de las escaleras, se detuvo bajo el fuerte sol de Las Vegas, dejó escapar un largo suspiro y sacudió la cabeza. Quizá no había dado el paso más inteligente. Quizá había conseguido que lo odiara aún más y ésa no era la manera de conseguir pasar tiempo con su hijo, además de pasar tiempo en la cama de ella. No tenía sentido seguir huyendo de la verdad: todavía la deseaba.


Paula salió del cubículo número tres. Su paciente era una joven madre, Lucía  Castillo, que había sido embestida por otro coche que se había saltado una señal de stop.  Ella había sido  evacuada al hospital en helicóptero, pero su hija, que también estaba en el accidente, había sido llevada en una ambulancia. La pequeña tenía seis años. Lucía le había pedido  que fuera a ver a su hija. Necesitaba saber que estaba bien antes de que la operaran.

Nadie Como Tú: Capítulo 16

—Siento habérmelo perdido.

—Hubiera preferido no haber tenido aquel aspecto de ballena ni los tobillos tan hinchados. Tampoco el parto fue divertido. Pero cuando la enfermera lo puso en mis brazos por primera vez… —dijo y suspiró antes de continuar—, todo había merecido la pena.

Habría dado lo que fuera por haberla visto embarazada de su hijo. Y no  porque  ello  habría  supuesto  librarse de lo que había sufrido  en Afganistán, sino por todas las cosas bonitas que se había perdido y que nunca podría disfrutarlas.

—Siento habérmelas perdido. Yo habría…

—Lo sé —dijo—. Está bien.

—No, no lo está.

Se quedó observando cómo Baltazar rodaba sobre su estómago y luego se estiraba para alcanzar un pato amarillo de goma. Cuando Pedro lo estrujó para hacerlo sonar, el bebé se quedó quieto estudiándolo y luego lo tomó con las manos y se lo llevó a la boca para morderlo.

—Pero vine aquí tan pronto como pude —añadió Pedro.

—Sé que lo hiciste —dijo mirándolo con compasión—. No hubiera estado mal haber estado acompañada —añadió y al ver su expresión de sorpresa, continuó—. Mi madre estuvo conmigo cuando nació. Pero a lo que me refiero es que cuando me lo pusieron en los brazos, me dí cuenta de la magnitud de lo que estaba pasando. Era responsable de su vida,dependía de mí para sobrevivir y yo no sabía qué estaba haciendo.

—No sé si hubiera resultado de ayuda.

Ella se encogió de hombros.

—Supe salir adelante. Fue un bautizo de fuego, no había otra opción. Y de alguna manera, acabé arreglándomelas un día tras otro.

—Sí.

Él había hecho lo mismo. Pero en vez de sacar adelante una nueva e inocente vida, había encontrado violencia y muerte. Y más marcas en su alma.

—Hablaba en serio cuando dije que se aprendía sobre la marcha. Yresulta extenuante.
—No te lo discuto.

Pedro  colocó la mano sobre la espalda de su hijo y sintió cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, lo que lo ayudaba a olvidarse delos momentos difíciles por los que había pasado.

—Pero todo esfuerzo tiene su lado positivo.

—¿La satisfacción por el trabajo bien hecho? —preguntó él.

—Sí. Además, me ayuda a mantenerme en forma.


No había nada malo en su figura. Su mirada bajó hasta sus curvilíneasy largas piernas. Tragó saliva al recordar aquellas piernas alrededor de su cintura.

—Ahora no estás sola, Paula.

Sus miradas se encontraron y un brillo diferente asomó a los ojos de Paula, una expresión que él recordaba demasiado bien. De hecho era lo que le había llamado la atención la primera vez que la había visto. Ella también se había sentido atraída hacia él y no había sido capaz de disimularlo. En aquel momento, Paula sintió en el cuello sus fuertes latidos y cuando dobló la última prenda y la dejó sobre las demás, sus manos temblaron.

—Tengo que guardar estas cosas —dijo poniéndose de pie y, tomándola ropa, desapareció por el pasillo.

A su lado, Baltazar  comenzó a balbucear. Paula le había contado que aquellos sonidos eran el principio de su manera de comunicarse. Un fuerte sonido irrumpió y supo que era el busca personas de Paula que estaba en la encimera de la cocina. Ella volvió a toda prisa y miró la pantalla.

—Es el hospital.

Mientras ella llamaba por teléfono, él se quedó jugando con el bebé.Lo  levantó  por  encima de su cabeza y el pequeño empezó a reír, haciéndole a él sonreír, algo que no creía posible teniendo en cuenta lo tenso que estaba. Al bajarlo, Baltazar  lo agarró de la naríz. Escuchó cómo Paula hacía una segunda llamada a Mariana, la niñera, para que cuidara de Balta puesto que la habían llamado del trabajo.

—Andan escasos de enfermeras en urgencias —dijo Paula después de colgar—. Así que tengo que irme.

—Entiendo.

—Voy a llevar a Balta  con la niñera.

—No es necesario, Paula. Ya estoy yo aquí. Estoy listo y soy capaz de quedarme a solas con él.

Una expresión de pánico asomó a los ojos de ella.

—No puedo pedirte que lo hagas.

—¿Así que prefieres dejarlo con esa mujer?

Se le hizo un nudo de ira en el estómago.

—Mariana ha cuidado de él desde que dejé mi baja por maternidad y tuve que volver al trabajo. Lo quiere como si fuera su nieto.

—Pero no lo es. Es mi carne y mi sangre y no un empleo por el que me pagan.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 15

Mientras tenía una mano sobre el ombligo de Balta para sujetarlo, Pedro dobló con la otra el pañal sucio y lo tiró al cubo de la basura. Tomó uno nuevo de la estantería, lo extendió y se lo colocó al pequeño en su sitio.

—Misión cumplida —dijo sonriendo al bebé, que reía y daba patadas al aire.

¿Tan sólo había pasado una semana desde que le diera de comer a su hijo por primera vez? Habían sido siete días en los que había cambiado su centro de gravedad. Aquel niño era lo más importante de su vida.

Pedro había cambiado el turno con otro de los pilotos para que sus días libres coincidieran con los de Paula. Por suerte, a su compañero también le había venido bien ya que no quería aprovecharse de tener un rango superior. Era su compañía, pero imponerse como jefe no era algo que inspirara la lealtad de los empleados. El cambio había funcionado a la perfección. Su hermano y él no se veían nunca y la compañía era más exitosa de lo que su padre imaginó. Se preguntó si su padre estaría orgulloso de él. Ahora que se había convertido  en  padre, se preguntaba muchas cosas.  Estaba aprendiendo  mucho  sobre los  bebés.

 Las mañanas eran el mejor momento.  Baltazar estaba  alegre  y  también  lo  estaba  Paula.  Después  de desayunar y jugar un rato, el pequeño se ponía inquieto, señal de que había llegado la hora de la siesta. Luego llegaba la hora de comer y, si el tiempo lo permitía, de ir al parque. En breve, empezaría a hacer mucho calor. Para entonces, esperaba poder llevárselo a su casa en SpanishTrails. En la piscina se refrescarían. Enseñaría a nadar a Baltazar. Había muchas cosas sobre las que quería enseñarle: béisbol, coches, chicas…

Cada vez que  pensaba en Paula una oleada de deseo le recorría y no sólo porque fuera muy guapa. Se comportaba de una manera muy cariñosa con el bebé y eso le resultaba atractivo. Y cuando observaba su boca… Lo único en lo que podía pensar era en besarla y comprobar si aún seguía sabiendo tan dulce y sexy como recordaba. Pero dejarse llevar por la tentación era contraproducente. Tenían un hijo en común y estaba aprendiendo a ser padre. No era ningún secreto que a ella no le agradaba tenerlo a su alrededor. Su reacción al enterarse de que había hablado con su hermano, no había sido de ayuda. Había visto su sorpresa, sus preguntas y sus dudas. Lo cierto es que a él también le había sorprendido. Ya no le importaba que su esposa lo hubiera engañado con su hermano. Pero imaginarse a Paula en la misma habitación que Federico había hecho que le hirviera la sangre. Y sabía que ella lo estaba estudiando. Un movimiento en falso y  lo apartaría de su lado.

—Tu  padre  está  aprendiendo  muy  deprisa,  pequeño  —dijo  acabando de vestir al bebé.

Baltazar agitó  los  brazos  en  respuesta  y  cuando  sus  manos accidentalmente  chocaron,  se  quedó completamente  absorto en sus dedos, como si nunca antes los hubiera visto.

—Venga, vamos a ver a mamá.

Tomó al bebé en brazos y fue hasta el salón, donde Paula estaba doblando ropa.

—Hola, chico grande —dijo sonriendo.

—Imagino que se lo dices a Balta—bromeó.

—¿Cómo te has dado cuenta?

—Por el tono.

 Nunca en el tiempo que habían pasado juntos lo había llamado así y, de haberlo hecho, habría sido en un tono sexy y seductor al pronunciar aquellas sílabas. Sus mejillas sonrojadas evidenciaron que sus pensamientos habían seguido el mismo camino.

—Ahora está contento —dijo ella cambiando de tema.

Era una estupidez pensar en el pasado y mucho menos hablar de ello.Ninguno de los dos quería hacerlo, pero cada vez que la veía, no podía dejar de ver imágenes de cuerpos entrelazados entre las sábanas. Sus circuitos  mentales se sobrecalentaban  y  los  pensamientos que se originaban en su cabeza, fluían en palabras hasta su boca. Dejó al bebé sobre la manta que había en el suelo y le dió un muñeco,  que rápidamente se llevó a la boca. Hablar de su hijo  era territorio seguro. Se sentó junto al pequeño, a los pies de Paula. Ella se inclinó sobre el cesto de la ropa y sacó una prenda pequeña.

—¿Qué sentías al estar embarazada? —preguntó.

—No sé por dónde empezar —dijo dejando caer las manos sobre su regazo, con la mirada perdida—. Cuando me hice la prueba de embarazo en casa, lo primero que sentí fue pánico al ver que era positivo. No lo podía creer.

—¿Y después? Cuando te hiciste a la idea, ¿Qué se te pasó por la cabeza?

—Tenía  que hacer planes y ver a un médico,  aunque  no necesariamente en ese orden —dijo mirándolo a los ojos—. Me daba miedo, pero…

—¿Qué?

—La primera vez que sentí que se movía —dijo deteniéndose para buscar las palabras—, pensé que eran gases, como si fueran pequeñas burbujas. Luego los movimientos se fueron haciendo más evidentes. Y fue ahí donde empecé a darme cuenta del milagro de la vida. Tenía el privilegio de llevar una nueva vida dentro de mí. Fue maravilloso.

Él sonrió, aun sintiéndose apartado de aquellas sensaciones.

Nadie Como Tú: Capítulo 14

Colgó el auricular y miró a Pedro.

—¿Algún problema?

—Lo de siempre.

—Define eso.

Al parecer, nunca le había hablado de su madre. Pero claro, habían estado tan ocupados en otras cosas que apenas habían dedicado mucho tiempo a conversar.

—Lo de siempre es la interminable  lista de los hombres con los que se muestra posesiva. Mi padre fue uno de ellos.

—Ah.

—Mi madre se casó con mi padre embarazada de mí. Lo que no entiendo es por qué mi padre se molestó en casarse si no pensaba quedarse. Nunca lo conocí.

Los ojos se Pedro se ensombrecieron.

 —Quizá fue lo mejor.

—Esa idea se me ha pasado por la cabeza.

De hecho, acababa de decírselo a su madre en referencia a su última conquista.

—Pero a lo largo de los años, ha tenido una larga lista de hombres — continuó ella—. Mi padre fue su primer error.

—¿Es por eso que rechazaste mi propuesta de matrimonio?

—En parte.

No veía razón para no admitir la verdad.  A veces le habían caído bien los hombres que su madre había llevado a casa, pero había aprendido a no encariñarse con ellos puesto que siempre habían acabado yéndose.Hubo uno que no le gustó desde el primer momento en que lo conoció y le pidió a su madre que lo dejara. Pero Alejandra lo eligió a él, así que se fue de casa y decidió no depender de nadie más que de ella misma para no cometer un error que arruinara su vida. Ahora Baltazar  era su vida y no cometer un error era más importante que nunca.

—¿Y a qué más se debe? —preguntó él.

Ella lo miró a los ojos.

—Mi mayor temor es convertirme en alguien como mi madre, siempre buscando un hombre, siempre esperando que sea el que cuide de ella. No necesito a nadie.

—¿Así que no le das oportunidad a ningún hombre?

—Así es.

 Aquello era mentira. A él, al piloto del cuerpo de marines Pedro Alfonso, sí le había dado una oportunidad. Su atractivo, su confianza en sí mismo,su arrebatador encanto la habían tomado prisionera. La intensa curiosidad de sus ojos y su despreocupada actitud la habían hecho sentirse viva. Se había dejado llevar por la vida hasta que lo había conocido, momento en que había decidido disfrutar de cada minuto que pudiera pasar junto a él.Nunca había vivido un gran romance y eso era todo lo que debía ser, hasta que se había convertido en algo más. Entonces, sin previo aviso, le había dicho que todo se había acabado y la había echado a un lado, dejándola desesperadamente dolida. Mientras quisiera ejercer de padre y lo tuviera cerca, era vulnerable a todo el daño emocional que pudiera causarle. ¿Cuánto duraría el interés de él de comportarse como un padre? Por la experiencia de las mujeres Chaves,los hombres no solían quedarse cerca mucho tiempo. Paula confiaba en que ése fuera el caso con Pedro. Él era el único hombre que le había hecho romper sus propias reglas y le había ido muy mal. Le había roto el corazón en pedazos y no quería darle la oportunidad de volver a romper lo que había quedado de él.