miércoles, 8 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 13

Paula se preguntó qué habría provocado el súbito cambio de humor de Pedro. Había pasado de estar amable y cariñoso a tenso y enfadado y el bebé había percibido su hostilidad. Había ocurrido justo después de que le dijera que había acudido a su hermano para pedirle su dirección. ¿Qué había de malo en ello?

Mientras el bebé dormía, se sentaron en la mesa de la cocina y se tomaron los donuts con el café, que ya se había quedado frío. Buscando algo que hacer, Paula  tomó papel y lápiz y comenzó a escribir la lista de la compra. Cada vez que levantaba la vista, él la estaba observando.

—¿Qué?

—Vas a necesitar un camión —dijo él señalando la lista.

—A veces lo parece. Sobre todo cuando llevo a Balta. Creo que nunca he valorado la comodidad de ir a comprar sola hasta que he sido madre.

—Podría ayudar.

—No me estaba quejando —dijo ella rápidamente.

—Nunca lo había pensado. Después de la lección de esta mañana, lo entiendo mejor. Ir de compras con un bebé debe de ser parecido a la precisión y coordinación necesaria para llevar un equipo de combate a una zona peligrosa.

—A veces lo parece —dijo ella sonriendo.

—Déjame ayudarte. Puedo ir por tí.

—Gracias, pero no. He visto a otros hombres en las tiendas. Sin su teléfono móvil están perdidos. Llevaría el doble de tiempo.

 —Entonces podría quedarme con Balta.

—No —dijo y al ver su expresión, se arrepintió de haberlo dicho tan bruscamente—. ¿Y si se despierta?

—Me las arreglaré. Llorar es bueno para sus pulmones, ¿Recuerdas?

—Lo que me preocupa eres tú.

—No le haré daño.

—No me refiero a eso. Su llanto puede llegar a desesperar aunque estés acostumbrado.

Lo que le preocupaba era el repentino cambio de humor que había visto en él antes.

—Soy fuerte y…

El teléfono sonó y Paula sintió alivio por la interrupción, hasta que vió que era su madre. Aun así, tratar con Alejandra Chaves era más sencillo que explicarle a Pedro por qué no quería dejarlo solo con su hijo. Levantó el auricular y apretó el botón.

—Hola, mamá.

—Hola, ¿Cómo está Baltazar?

—Muy bien.

—¿Y tú?

—Estoy bien. ¿Y tú?  Era mentira, pero no iba a contarle que tenía al padre de su hijo frente a ella.

—Roberto y yo hemos tenido una pelea.

Así que no era una llamada para ver cómo estaban, sino para hablar de las cosas de su madre.

—Siento oír eso —dijo ella mirando a Pedro.

—Dice que no le doy espacio suficiente, que voy demasiado deprisa y no está listo.

Paula hizo una mueca. Su madre vivía en Pahrump, a una hora de camino en dirección noroeste desde Las Vegas. Trabajaba como camarera en un restaurante. Era una atractiva morena y llamaba la atención de los hombres. Todo iba bien al principio de cada nueva relación: la euforia del primer encuentro seguida de semanas de pasión. Alejandra  siempre decía que aquél era el amor de su vida y que estarían juntos para siempre. Y luego empezaba a presionar. Le había dicho una y otra vez que no necesitaba un hombre para ser feliz, pero nunca hacía caso a sus palabras. Estaba cansada de repetir siempre lo mismo.

—¿No se te ha ocurrido que quizá estés mejor sola? —preguntó.

—¿Cómo  puedes  decir  eso?  —preguntó  Alejandra—.  Es  todo  lo  que siempre he querido: guapo, con un buen trabajo, divertido. Y el sexo es…

—Demasiada información, mamá. No era una imagen que quisiera ver en su cabeza. —Todavía soy una mujer joven. —Sí, lo eres. Y estás muy bien sola. No hay por qué aferrarse a algo
que no tiene por qué hacer que tu vida sea mejor.

—Él hace que sea mejor —protestó Alejandra.

—No es eso lo que estoy escuchando.

—Si él pone de su parte, podemos conseguir que las cosas funcionen.

—Ése es el problema, mamá. Intentas acelerar las cosas en vez de dejar que sigan su curso.

—No entiendes.

—Mira, mamá, Balta está despertándose, tengo que colgar —mintió.

—Dale un beso de mi parte.

—Lo haré, adiós —dijo.

Nadie Como Tú: Capítulo 12

Pedro la observó preparar un biberón con la leche que tenía en el congelador. Una vez listo, hizo que  se sentara en el sofá con Baltazar en los brazos.

—Creo que sabrás arreglártelas —dijo quedándose cerca de él.

Pedro  le llevó el biberón a la boca y el pequeño comenzó a succionar. Al menos uno de los dos sabía lo que tenía que hacer. Entonces reparó en que estaba dando de comer a su hijo por primera vez. Aquél era un gran momento. El bebé también debió de notar algo porque empezó a retorcerse.

—Está bien, muchacho. Tranquilo —dijo él con voz queda.

Eso pareció calmarlo y empezó a succionar de nuevo. Después de acabarse el biberón soltó un gran eructo.

—Estoy muy orgulloso —dijo sonriendo a Paula.

—Lo has hecho muy bien.

Baltazar dejó escapar un suspiro de satisfacción y  se preguntó qué era lo siguiente que tendría que hacer. Luego, el bebé cerró los ojos y sintió una emoción contenida en su pecho.

Había estado en  los  campamentos  militares  de  la  marina,  había pilotado helicópteros  en Afganistán, pero nunca se había sentido tan cansado como en aquel momento. Ser padre era un trabajo duro en todos los sentidos. ¿Y si nunca hubiera recibido la carta? Pensar en Paula  embarazada de su hijo lo había ayudado a soportar los momentos más difíciles. De repente, se preguntó cómo había averiguado adonde mandar la carta.

—¿Quieres que lo deje en su cuna? —preguntó ella.

—No, me gusta sujetarlo en brazos. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —dijo ella sentándose a su lado en el sofá.

—Cuando estaba destinado en el extranjero… —dijo mirándola a los ojos—, ¿Cómo averiguaste mi dirección?

—Por tu hermano.

Federico Alfonso,  el  hombre que lo traicionó  y que  rompió  su matrimonio. Por desgracia, la muerte de su padre los había unido como socios en Helicópteros Southwestern. Por eso, su hermano abogado tenía que saber dónde localizarlo. Debería haberse dado cuenta de que ella acudiría a él para esa información.

—¿Qué ocurre? —preguntó Paula con el ceño fruncido.

La respuesta fácil era que no quería que el cretino de su hermano estuviera cerca de ella. Pero lo que le intrigaba saber era por qué aquella idea le molestaba tanto.

—No es importante.

 —¿No? Entonces, ¿Por qué esa expresión?

—¿Cuál?

—Como si quisieras estrangular a alguien. Sé que tu hermano vive aquí en Las Vegas así que fui a verlo. Fue muy amable y de gran ayuda.

Aquello no era una sorpresa. Paula era una mujer increíblemente guapa, no muy diferente a su ex esposa. Federico  la había seducido sin reparar en sus vínculos legales o familiares. La idea de Paula en una situación comprometedora estrechaba el nudo de su estómago.

—Apuesto a que se mostró dispuesto a echarte una mano.

—Me  dijo  que  si necesitaba  algo  mientras  estabas  fuera  que  lo llamara. Y que le avisara cuando se convirtiera en tío.

—¿Y lo hiciste?

—No. Al ver que no contestabas, pensé que lo mejor era no hacerlo.

Gracias a Dios. La idea de su hermano cerca de ella no le gustaba nada.

—Muy lista.

—Es evidente que no apruebas lo que hice —dijo mirándolo con los ojos entrecerrados—. Me gustaría que me contaras más, Pedro. No sé qué ocurre entre tú y…

—Nada.

Había habido un tiempo en que había querido ser como su hermano mayor. Para su padre, Federico era el hijo perfecto.

—¿A quién si no iba a recurrir? ¿Habrías preferido que no te hubiera escrito?

—No —dijo de manera cortante y en voz más alta de lo que habría querido.

Baltazar comenzó a retorcerse y gemir, a la vez que agitaba sus pequeños puños. Pedro no estaba seguro de lo que había hecho. Paula se puso de pie y abrió sus brazos.

—Yo me ocuparé.

Le entregó al bebé puesto que no quería complicar las cosas. Ella se fue por el pasillo murmurando dulces palabras que parecieron funcionar dado el silencio que se hizo. Paseó por la habitación. Estaba enfadado con Paula, pero sobretodo consigo mismo. Creía que el pasado no le afectaría más, pero estaba equivocado. Y eso, había afectado a su hijo. Era evidente que  estaba confundida y quería saber qué ocurría entre su hermano y él, pero lo último que quería hacer era hablar de ello.Ni de eso, ni de lo que le había pasado en Afganistán. Mientras pudiera,haría lo que fuera para que su lado oscuro no afectara a su hijo ni a Paula.No podría soportar que algo malo les ocurriera.

Nadie Como Tú: Capítulo 11

Comenzó a sacar al niño de la silla y tuvo que soltar el cinturón al ver que se quedaba colgado. Luego, los pies del pequeño se engancharon en la bandeja y, con un brazo alrededor de la cintura de Baltazar, se los sacó. De repente, oyó un sonido inconfundible proveniente de la zona del trasero del pequeño.

—Dime que no es lo que parece.

Paula sonrió.

—No podía haber un mejor momento para cambiarle el pañal.

Pedro refunfuñó y se quedó sosteniendo al bebé a cierta distancia. Paula le indicó cómo colocar al bebé en el cambiador, lo que era la parte sencilla. Mantenerlo quieto allí, era como tratar de contener un huracán. Su hijo quería rodar a los lados, morderse los pies, tomar los botes, los pañuelos y todo lo que estaba a su alcance. Sintió unas gotas de sudor en su espalda, no muy diferente a lo que había sentido la primera vez que se había puesto a los mandos de un helicóptero.

—Vas  a  necesitar  toallitas  húmedas.  Y  muchas  —dijo  Paula ,divirtiéndose con cada escena.

Con una mano en el estómago del pequeño, Pedro la miró.

—Te resulta divertido, ¿Verdad?

—No diré que no —contestó ella sonriendo.

—¿Ni siquiera te vas a molestar en negarlo?

—No —dijo sacudiendo la cabeza—. Es demasiado para expresarlo con palabras.

Le fue explicando el proceso, pero sin participar, mientras él luchaba por mantener aquellas pequeñas manos y pies fuera de la zona radiactiva.Luego, le dijo lo que tenía que hacer con el pañal.

—Misión cumplida.

—No tan deprisa, soldado —rio—. Todavía no has acabado. Es la hora del baño.

Aquellas palabras lo aterrorizaron. Al menos Paula se apiadó de él, le preparó las cosas y le llenó la pequeña bañera. Mantener al bebé allí quieto, era diez veces más complicado que hacerlo mientras le cambiaba el pañal. Sujetar a un bebé resbaladizo era como tratar de manejar un helicóptero bajo un tornado. Después de lavarlo por todos los sitios, ella  le dio la toalla, aunque seguramente no lo hizo por ayudarlo sino para que el bebé no se enfriara.

—Sacaré la ropa.

—¿Lo llevo al cambiador? —preguntó él.

—Lo vas pillando.

No del todo, aunque se alegraba de que lo pensara. Al dejar a Baltazar sobre el cambiador,  Paula le dió un juguete al pequeño que fue directamente a su boca, pero que también mantuvo ocupadas sus manos.Tenía que haberlo hecho antes.

—Aquí hay  un  pañal limpio  —dijo  entregándole  algo  cuadrado y blanco.

—¿Dónde están los esquemas y el manual de instrucciones?

Ella rió y desplegó aquello cuadrado, colocándolo bajo el trasero del pequeño y manteniéndose su lado. Su hombro rozó su brazo y sintió chispas. Ella lo miró y luego se hizo a un lado.

—Ahora ciérralo y pega esas tiras —le indicó—. Aquí hay un body.

—¿Un qué?

—Es una camiseta que se cierra entre las piernas para que no se le suba. Es de una pieza. Un body.

—No es un nombre muy masculino.

—Confía en mí. Tú eres el único ofendido. A Balta sólo le preocupa estar cómodo.

Al menos, uno de ellos lo estaba. Teniéndola tan cerca, lo último que se sentía era cómodo. Por no mencionar que estaba tan empapado como ella había quedado la noche anterior, aunque a Paula le sentaba mejor. La camiseta se le había quedado prácticamente  transparente dejando adivinar sus pechos en lo que había parecido el sueño de un adolescente. No lo había sabido en aquel momento, pero había sido la primera tentación de la noche. Luego se había sentido aturdido al ver su delicada piel mientras amamantaba a su hijo. Se había dado cuenta de que ella había querido que se fuera. Pero ya se había perdido demasiado como para retirarse ante la hostilidad de sus ojos. Y se alegraba de haberse quedado. Había sido lo más bonito que nunca había visto.

Un gemido lo sacó de sus pensamientos. Baltazar  se estaba frotando los ojos y a continuación bostezó. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que estaba cansado. Él también lo estaba. Los bebés requerían mucha atención.

—¿Es la hora de la siesta? —preguntó mirándola.

Ella asintió y él se sintió como si hubiera descifrado la información necesaria para abortar un acto terrorista.

—Pero primero tiene que comer algo.

—¿Otra vez? ¿La galleta no fue suficiente? —dijo tomando al bebé—.Olvida lo que acabo de decir. Lo cierto es que a pesar de lo que se había manchado, apenas había comido.

—Eres muy observador.

lunes, 6 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 10

Paula le había dado permiso para que se comportara como el padre que era. A la mañana siguiente, el día amaneció brillante y Pedro  se presentó en la puerta de Paula con unos donuts. Decidió no llevar café, puesto que después de informarse en varias páginas de internet, no estaba seguro deque la cafeína no llegara a Baltazar a través de su madre. Por lógica, aquello no podía ser bueno para un bebé. Llamó suavemente a la puerta con los nudillos por si el bebé estaba todavía durmiendo.  No sabía mucho,  pero por la  escasa información  que tenía,  los padres noveles estaban cansados,  lo que significaba que los bebés no dormían demasiado. Paula abrió la puerta con una taza de café en la mano,  lo que respondía a su pregunta sobre la cafeína.

—Hola. Has llegado pronto.

«Estás preciosa», pensó y por unos segundos pensó que lo había dicho en voz alta. Era completamente cierto, pero no querría oírlo de él.Su pelo castaño estaba revuelto de dormir y recordaba haber acariciado aquellos sedosos mechones  durante noches enteras.  Llevaba  unos pantalones cortos blancos y una camiseta sin mangas verde.  Estaba descalza y no llevaba maquillaje en la cara. Lo había dejado sin aliento y, al parecer, sin palabras también, puesto que no sabía qué decir.

—Hola —dijo dándole la bolsa—. Traigo el desayuno.

—Gracias. Pasa.

—No estaba seguro de lo del café y que la cafeína pasara a Baltazar, así que… —dijo siguiéndola dentro.

—Es descafeinado —dijo Paula levantando la taza—. ¿Quieres?

El verla ya le había producido una sacudida sin necesidad de cafeína.

—Me encantaría una taza de café.

Miró a su alrededor y vió a Baltazar sentado en una trona comiendo algo que parecía un pedazo de pan. Tenía restos de comida en su mano, en su cara y en la parte visible de su cuerpo. El bebé alzó la mano y se la pasó por el pelo, antes de que se tirara de un mechón.

—Oye, jovencito —dijo acercándose y parándose al lado del bebé que lo miraba interesado con sus grandes ojos azules.

—Yo no me acercaría demasiado —advirtió Paula con la cafetera en la mano—. Está muy sucio.

—Sí, ya lo he visto.

—No para quieto con las manos. Es como tú… —comenzó a decir,pero se detuvo y se sonrojó—. No importa.

Era imposible ignorarlo cuando le acababa de recordar lo bueno que había sido el sexo. Aunque no hacía falta que se lo recordara. Pero ella tenía razón, lo mejor era no mencionarlo. Sonrió al bebé.

 —¿Cómo va todo, Balta?

—Creo que le están saliendo los dientes —dijo Paula—. Y le molestan por la noche. De hecho eso que tiene en la mano es una galleta para morder. Le gusta mordisquearla. Lo mantiene ocupado durante un buen rato.

Pedro  se acercó a la barra y la observó echando azúcar y leche en su taza. Recordaba que era muy exquisita para el café. Con la otra taza en la mano, se acercó al mostrador, manteniendo la barra entre ellos.

—Toma.

—Gracias —dijo él tomando la taza humeante.

Le gustaba el café solo. No había nada como el olor a café recién hecho, a excepción del dulce aroma de Paula. El aroma de su piel le recordaba a flores frescas. Para una mujer que no había dormido bien, se la veía muy atractiva. Para ser un hombre que la había dejado, seguía sintiéndose muy atraído por ella. ¿En qué había estado pensando para hacerlo? Se había ido antes de que ella lo dejara. No había querido sufrir otra vez, era tan sencillo como eso. Pero no había nada sencillo sobre la manera en que se perdía en aquellos enormes y expresivos ojos.

—Estás aquí para un cursillo acelerado en el cuidado de niños. Así que…

Se la veía nerviosa. Bien, no era sólo él.

—Yo no lo diría así —dijo y no pudo evitar sonreír—. Yo hablaría de un campamento militar para bebés.

—Bien dicho.

—¿Por dónde empezamos?

 Paula miró hacia el bebé.

—Lo primero, el baño. ¿Quieres sacarlo de su silla?

—Un piloto ha de tomar los mandos antes o después.

—Recuerda que está fuerte y que llorar le va bien para sus pulmones.

 «Pero no tan bien para mi corazón», pensó Pedro.
La noche anterior, su hijo había llorado porque no conocía a su propio padre. Pedro se había sentido triste, incapaz de ayudar y eso le había dolido en un lugar que ni tan siquiera sabía que existía. Odiaba eso. Paula había manejado la situación con mucha facilidad. Pero le llevaba cuatro meses de ventaja, incluso más si se tenía en cuenta el tiempo que había llevado al bebé dentro. Era ese tiempo que  había perdido lo que le molestaba.Lo único que podía hacer era empezar ahora y aprender, porque no quería volverse a sentir indefenso otra vez.

Nadie Como Tú: Capítulo 9

—¿Qué pasa, pequeño?

Contrariado,  Pedro  comenzó a acunarlo,  pero  aquello  era  territorio desconocido para él y su cuerpo lo evidenciaba alto y claro. Estaba tenso e incómodo y  Baltazar lo notó. Sus llantos se hicieron más intensos en cuestión de segundos. Por desgracia, pasaba de su hora habitual de acostarse, el bebé estaba cansado y no había esperanza de distraerlo.

—Déjamelo a mí —dijo Paula tomando al bebé.

El pequeño buscaba la tranquilidad de la leche materna, otro ritual nocturno. Era algo que Pedro tampoco había visto y que no se sentía cómoda haciéndolo delante de él. Pero al ver que el bebé estaba cada vez más inquieto,  supo que no le quedaba otra opción.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó él.

—Quiere que le dé el pecho —explicó.

Paula se fue al dormitorio, tomó una manta y se sentó en el sofá, confiando en que Pedro se sintiera tan incómodo como ella. Esperaba que se diera cuenta y se fuera. Al ver que no se movía, se subió la camiseta con toda la dignidad que le fue posible, colocó a Baltazar junto a su pecho y enseguida el pequeño comenzó a succionar. Todo estaba en silencio, a excepción del sonido del motor de la nevera.

—¿Qué pasa cuando estás trabajando? —preguntó Pedro—. Me refiero a como… Evidentemente, no dejas que pase hambre.

Aquel  hombre  sabía  pilotar  helicópteros  y  manejar  máquinas complejas, pero dar el pecho era todo un misterio para él. Eso la hubiera hecho reír si no fuera por la tensión del momento.

—Me la saco.

—¿Cómo?

La expresión de sorpresa de su rostro hacía que se le viera aún más guapo y eso la puso más tensa. Baltazar se quejó.

—Está bien, cariño —lo reconfortó.

El sonido de su voz lo tranquilizó. Luego, levantó la mirada y observó a Pedro.  Estaba  de  pie,  con  las  piernas  separadas  como si estuviera protegiéndolos,  lo que le resultaba  extrañamente  reconfortante.  Sus vaqueros ajustados y su camiseta negra se amoldaban a su cuerpo y no dejaban ninguno de sus músculos a su imaginación. Había pensado en él muchas veces desde que la dejara.

—Tengo un sacaleches —explicó—. La guardo en botellas y la congelo para llevársela a Mariana Watson. Es la mujer que te dije que lo cuida mientras yo trabajo.

—Entiendo.

—También ha empezado a comer alimentos sólidos: cereales, fruta,…—al ver su expresión, añadió—. Puré de fruta. Todavía no tiene dientes.

—Lo sé —dijo sonriendo, antes de ponerse serio de nuevo—. ¿Dónde aprendiste todo eso?

—Lo aprendes sobre la marcha, no queda otro remedio.

Recordó cuando nació Baltazar  y cómo se había sentido sola con el recién nacido, al tratar de darle el pecho. Aquella primera noche, ambos lloraron juntos. Pero lo había superado. Así había sido y así continuaría siendo. Al  sentir  que  el  pequeño  se  había  relajado,  supo  que  se  había dormido.

—Voy a meterle en la cuna —dijo poniéndose de pie.

Pedro asintió y, para su alivio, no la siguió a la habitación. Tumbó al bebé sobre su espalda y lo arropó con una manta. Era mayo en Las Vegas y no hacía frío. Era más un gesto maternal que una necesidad de mantenerlo abrigarlo. Después de ajustarse la camiseta, volvió con él.

—Ya tengo lista tu cena —dijo.

La había puesto en la barra, junto a un vaso de té helado. Aunque no se sentía hambrienta, sabía que tenía que comer algo y sentarse. Él estaba de pie en la cocina, frente a ella.

—Gracias.

Él se encogió de hombros.

—Sé meter y sacar la comida de un microondas.

Con aquel comentario, había pretendido decir que no sabía qué hacer con el bebé. El dolor en su expresión le hizo desear consolarlo.

—Tener un hijo es la cosa más normal del mundo, pero no vienen con un manual de instrucciones.

—Siento no haber estado aquí.

Paula tomó un trozo de carne, lo masticó y se lo tragó.

—No es culpa tuya, Pedro —fue todo lo que se le ocurrió decir. Y no lo era. Aquel silencio le dolía intensamente, especialmente ahora que sabía que había estado prisionero en Afganistán y por eso no había podido responder su carta.

—Nunca sabré lo que se siente al tomarlo en brazos de recién nacido.

—Si te sirve de consuelo, él no lo recordará —dijo y se terminó el puré de patatas antes de añadir—. Lo que no está mal. Era tan pequeño que tardé un tiempo en aprender a manejarlo.

—Eso es lo único que pido, Paula —dijo apoyando sus musculosos brazos en el mostrador frente a ella y mirándola con intensidad—. Todo lo que quiero es tener tiempo para conocer a mi hijo y aprender a cuidarlo. Y que él me conozca y aprenda a confiar en mí.

—Ésa es la parte difícil —dijo—. ¿Por qué tengo que creer que te quedarás cerca?

¿Por qué debía creer que era diferente a los otros hombres que había conocido, aquéllos que entraban y salían continuamente de la vida de su madre cuando era pequeña? Con cada uno de ellos había esperado y rezado para que se quedara y pudiera tener una familia, un padre y una madre como el resto de los niños. Pero nunca había ocurrido y no quería que Baltazar se llevara las mismas decepciones que ella.

Pedro bajó la mirada unos segundos y luego la miró a los ojos.
—Creo que no hay nada que pueda decir para convencerte. Pero escucha. No estaba aquí cuando estabas embarazada ni durante sus primeros meses de vida. Ahora me quedaré cerca, cuenta con ello.

Tenía que ser justa. No tenía otra opción que dejarlo disfrutar de su hijo. Pedro tenía derecho a ello. No era culpa suya que su atracción hacia él siguiera viva. Como no estaba dispuesta a perder de vista a Baltazar, tendría que verlo y asegurarse de que la historia no volviera a repetirse.

La última vez, él sólo había querido sexo. Ahora estaba allí por el bebé. No tenía nada que ver con ella y tenía que recordarlo. Ya había sufrido un gran dolor a cuenta de él, pero tan sólo había sido el avance del gran daño que podía haber causado a su corazón.

—De  acuerdo  —dijo  ella—.  Puedes  venir  —y  levantando el  dedo índice,  añadió  a  modo de advertencia—.  Y no vuelvas a hablar de matrimonio.

Como si eso fuera a protegerla de una catástrofe emocional. Pero al menos, tenía que confiar en que así fuera.

Nadie Como Tú: Capítulo 8

Tomó la esponja y le lavó la cabeza, dejando que el agua cayera suavemente por su rostro.

—Hoy me han hecho una propuesta de matrimonio, Balta.

Él bebé parpadeó para impedir que el agua entrara en sus ojos y luego se quedó mirándola con los mismos ojos azules de Pedro. Siempre le había encontrado parecido a su padre y al haberlo visto ese día, había confirmado que por mucho que quisiera olvidarse de él, no dejaría de verlo a través de su hijo. Había algo más que no había cambiado. A pesar del dolor y el enfado, Pedro Alfonso seguía haciendo que sus rodillas se doblaran y que su corazón latiera con fuerza. Y eso no le gustaba.

—Tu papá me ha pedido que me case con él. ¿Qué te parece?

El bebé sonrió y dió una palmada al agua, salpicando a su alrededor. Nunca había pensado que fuera posible amar tanto y cada día sus sentimientos por el bebé crecían. Había hablado muy en serio cuando le había dicho a Pedro que quería proteger a su hijo.

—¿Te gusta la idea de tenerlo cerca?

Baltazar volvió  a salpicar,  pero Paula no sonrió.  Le  había hablado de matrimonio, pero no por ella sino por el bebé. No era algo malo para Balta,pero atarse legalmente a Pedro le parecía una locura. A diferencia de su padre, Pedro había vuelto, pero ¿Por cuánto tiempo? Había pasado con él las cuatro mejores semanas de su vida hasta que bruscamente le había dicho que se había acabado. ¿Por qué iba a creer que esta vez no iba a hacerlo de nuevo? Además, esta vez también estaría implicado Baltazar. Acabó de bañar al bebé, lo sacó de la bañera y lo envolvió en una toalla, aunque ella estaba casi tan mojada como él. En su habitación, lo colocó sobre el cambiador y le dió un juguete para que se distrajera mientras le ponía el pañal y el pijama.

—La vida era mucho más sencilla ayer. Sólo tenía que preocuparme de tí y de mí. Al volver tu padre, las cosas se han complicado mucho para mamá.

Hasta el día anterior, lo único de lo que tenía que preocuparse era de su trabajo y de criar a su hijo. Ahora, tenía un conflicto.

Lo llevó al salón y extendió una manta en el suelo, dejó encima unos cuantos juguetes y puso allí al niño, confiando contar con unos minutos para prepararse la cena antes de que volviera a reclamar su atención. Después de meter un plato en el microondas, le dió al botón. Baltazar no reclamó su atención, pero sí lo hizo el timbre de la puerta. No tenía que ser adivina para saber de quién se trataba. Mirándose la ropa,suspiró al verla mojada. El único motivo por el que le preocupaba su aspecto era para hacerle sentir arrepentido por dejarla. El timbre sonó de nuevo y observó por la mirilla para confirmar sus sospechas. Luego se giró hacia el bebé.

—Alguien viene a verte.

Después de descorrer la cadena, abrió la puerta y sintió que su corazón se desbocaba al ver aquel hombre tan alto, guapo y atractivo.

—Hola, Pedro.

—Hola.

—Entra.

Al pasar junto a ella, percibió su maravillosa esencia masculina. Y hablando de masculinidad, tenía sombra de barba en sus mejillas. Quizá había tenido que salir con prisa y no había tenido tiempo de afeitarse.

Cerró la puerta y se lo encontró observando al bebé. La expresión de asombro  de  su  rostro,  unido a su aspecto desaliñado,  hizo que sus hormonas se pusieran en alerta.

—Todavía está despierto —dijo Pedro.

—Y recién bañado.

El microondas sonó, indicando que la comida ya estaba caliente. A la vez, Baltazar comenzó a llorar. Paula se acercó a él y lo tomó en brazos. Luego fue a la cocina y sacó el plato del microondas.

 —¿Puedo tomarlo en brazos? —preguntó Pedro.

Ella dudó, como si fuera un extraño el que le hubiera hecho la pregunta. Al ver que Pedro la miraba con los ojos entrecerrados, supo que se había dado cuenta. Él no era un extraño y, lo que era más importante, era el padre de Baltazar.

—Claro.

Al poner al niño en sus brazos, la mirada de Pedro se volvió tierna.

—Hola, muchacho.

Paula observó cómo su hijo miraba a su padre con ojos de sorpresa. Pedro la miró con cierto brillo de orgullo paternal. No tuvo que advertirle de que tuviera cuidado con el cuello, puesto que el pequeño iba teniendo más fuerza.  Se había perdido aquella etapa,  aunque  no  porque  quisiera hacerlo.

—Está rollizo.

—Sí, siempre ha comido muy bien.

 —¿De veras?

 Sintió otro pellizco de arrepentimiento porque también se había perdido aquello y no había manera de enmendarlo.

—Tengo fotos de cuando nació —dijo ella.

—Me gustaría verlas.

Al cambiar al niño de brazo, la mejilla de Baltazar rozó la barba de Pedro. El niño dejó escapar un quejido.

Nadie Como Tú: Capítulo 7

Él se pasó la mano por el pelo. Lo tenía más largo que cuando estaba en el ejército y eso le hacía sentirse extraño. Como aquella conversación.Se había metido en su propio agujero y ahora tenía que salir de él.

—Lo más importante es Baltazar.

Ella asintió.

 —Estoy de acuerdo.

—Necesita un padre y una madre.

—Y los tiene. No hay motivo para cometer una estupidez.

—Quiero estar ahí para él —dijo Pedro.

Había estado a punto de volverse loco, atado y con los ojos vendados en algún lugar del interior de Afganistán, sintiéndose apartado no sólo del ejército, sino también del embarazo de Paula y del nacimiento de su hijo,sin saber si ambos estaban bien. No pudo interesarse entonces por su estado porque el destino se interpuso en su camino. Pero ahora había logrado que el destino le diera la oportunidad de conocer a su hijo.

Paula frunció el ceño mientras lo observaba.

—¿De veras crees que un trozo de papel va a convencerme de que eres un hombre de palabra?

Claro que no. Tenía experiencia de que un certificado de matrimonio no era garantía de fidelidad, lealtad y honestidad. Su ex esposa no había esperado a que volviera de su primera misión para liarse con su hermano.La traición había sido doble y le había dolido tanto que no deseaba verse nunca más en la misma situación. Había decidido no volver a dejarse llevar por sus sentimientos. Y cuando había empezado a sentir algo por Paula, había decidido marcharse. Lo único que había hecho bien el destino había sido permitirle recibir aquella carta antes de su última misión. El sueño de conocer a su hijo lo había ayudado a recuperarse de la peor época de su vida. Allí estaba y Paula iba a tener que vérselas con él.

—En lo que se refiere a Baltazar  soy un hombre de palabra —dijo él.

—Has sido tú el que ha sacado a relucir lo del matrimonio y no puedo dejar de pensar que no te conozco —dijo quitando el papel que cubría su pajita y dejándolo a un lado de la hamburguesa que apenas había tocado —. Además, no eres el mismo hombre al que conocí.

Era un hombre duro. Las guerras tenían ese efecto. Las imágenes no dejaban de aparecer una y otra vez en su cabeza: el sonido de las metralletas, de los morteros, las explosiones, los gritos de los heridos, el nudo en el estómago al llegar a una zona peligrosa, la sangre… Si un hombre no se volvía duro en esas condiciones, no podía sobrevivir. Había que olvidar los sentimientos para poder superar aquello.

—Tú tampoco eres la misma mujer que dejé. No puedes traer un hijo al mundo sin que la experiencia te haga cambiar.

—Por fin estamos de acuerdo en algo. Ahora soy madre. Quiero a Balta más que a nada en el mundo. Y haría cualquier cosa —dijo mirándolo con intensidad—, para protegerlo. Es mi obligación.

—¿También es tu obligación protegerlo de su padre?

—Lo es si vas a hacer que te quiera y luego desaparecer.

Antes de que pudiera responder, su buscapersonas comenzó a sonar. Sacó el aparato del bolsillo y leyó la pantalla.

—El código de emergencia. Tengo que irme. Otro paciente para el hospital Mercy.

—Yo también tengo que volver al trabajo.

Ambos se pusieron de pie. Él la miró.

—Esta conversación no ha acabado, Paula.

Ella suspiró.

—Lo sé.

Y sin decir más, Paula se fue. Después  de recoger  a Baltazar se fue a casa  y se  puso unos pantalones cortos y una camiseta. El bebé protestó un poco en su silla mientras ella se aplicaba colorete y rímel. Pedro le había dicho que no habían terminado de hablar y, por la manera en que lo había dicho, aquella conversación continuaría en breve. La noche anterior la había sorprendido,pero esta vez quería estar preparada para la batalla. Era una luchadora y pretendía luchar como una mujer. En el salón, tomó a su hijo de la silla y lo besó.

—Hora de bañarte, Balta.

Con el niño en brazos se fue al baño. Después de llenar la bañera del pequeño, lo desnudó y lo sumergió en el agua, sujetándolo con una mano.Gritando de placer, el bebé comenzó a chapotear. Ambos disfrutaban delritual de cada noche, cansados después de un largo día. Las noches no solían  ser  tranquilas,  así  que ella  disfrutaba  de  aquel  momento  de felicidad.

—He visto a tu papá —dijo Paula.

Papá  era  la  última  palabra  que  empleaba  para  referirse  a  él,especialmente después de que no contestara su carta. Imbécil y unas cuantas más, eran las que solía emplear. Después, había hecho lo posible por olvidarlo. Ahora que sabía por qué no había contestado y conociendo lo que le había pasado, su corazón sentía lástima por él. Había vuelto y tenían un hijo en común. Estaba claro que hablaba muy en serio sobre compartir la responsabilidad del niño.