Aquello le dolió y se dijo que tenía que demostrarle que no tenía nada que ver con el canalla que las había abandonado, que jamás haría nada que pudiera hacerles daño.
—¿Cuáles son las buenas noticias? —preguntó Sofía.
—He encontrado un trabajo —anunció Pedro.
—Menos mal —suspiró la pequeña—. Ya no tendrás que vivir en una caja de cartón debajo de la autopista.
Aquello lo hizo sonreír. Obviamente, una niña de cinco años no entendía lo que eran las acciones, las inversiones y los ahorros. Para ella, una persona que no tenía un sueldo mensual, era un mendigo. Entonces, comprendió que ese era el mensaje que ¡e había trasmitido su madre y entendió que, económicamente, lo tenían que haber pasado mal. Eso se había terminado.
—¿Qué trabajo? —preguntó Paula.
—La empresa que compró Alfonso Electronics lleva insistiéndome mucho tiempo en que trabaje con ellos. Acaban de conseguir un gran contrató con la empresa aeroespacial y quieren que yo participe en el proyecto.
— Enhorabuena. —Gracias.
—Ya iba siendo hora de que dejaras de sentir lástima por tí mismo e hicieras algo productivo aparte de saturar las salas de urgencias de los hospitales.
—Vaya, ¿tan mal lo he hecho?
—Sí —sonrió Paula.
Ella tenía razón, había estado mucho tiempo en un túnel oscuro, pero ahora veía la luz, la luz era la sonrisa de Paula.
—¿No me vas invitar a quedarme?
—Qué directo, ¿No?
—Cuando quiero algo, lo digo claramente.
—Siempre y cuando sea comida...
—¿Y si no es sólo comida?
—Entonces, te has equivocado de lugar.
—Mamá, Pepe, miren lo que he hecho.
«Salvada por la campana», pensó Paula.
—Quítate la cazadora —le indicó la pequeña—.Dentro de casa hay que quitarse el abrigo.
Pedro miró a Paula, que suspiró y asintió. «Uno a cero», pensó. Más bien, dos a cero porque el día de Acción de Gracias también lo iba a pasar con ellas.
Paula miró a su familia, congregada alrededor de la mesa del comedor, y se preguntó cómo era posible sentirse inmensamente felíz y horriblemente nerviosa al mismo tiempo. La respuesta era muy sencilla: Pedro. Su madre estaba sentada en una cabecera y su padre en la otra, dispuesto a trinchar el pavo, Delfina estaba entre Gonzalo y Mauro, su prometido. Enfrente, estaban Pedro, Sofía y Paula. Ésta había hablado muy seriamente con toda su familia y les había dejado muy claro que no hablaran de la operación de ojos de Sofía, pero cabía la posibilidad de que alguien, sin querer, hiciera alguna alusión. No era así como quería que Pedro se enterara de la verdad, pero no se le había ocurrido ninguna manera diplomática de decirle que la invitación para comer con ellos quedaba anulada y, ahora que lo veía con su familia, se alegraba de no haberlo hecho porque, de alguna extraña manera, parecía estar en su lugar.
viernes, 24 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 45
—¡Pepe! —lo saludó Sofía corriendo hacia él.
Pedro abrió los brazos y se preparó para el impacto. Cuando Sofía llegó junto a él y lo abrazó, la tomó en brazos y la subió por los aires.
—¿Qué tal estás, preciosa?
—Muy bien. Estoy haciendo bizcochos con mamá para llevarlos a casa de la abuela mañana —contestó la niña—. ¿Nos ayudas?
—Sofi, a lo mejor Pedro tiene otras cosas que hacer —intervino Paula.
—No. no tengo nada mejor que hacer —contestó Pedro saboreando el tener a la pequeña entre sus brazos—. ¿Qué bizcochos estás haciendo?
—Estamos haciendo bizcochos de calabaza, de manzana y de... ¿De qué es el otro, mamá?
—De picadillo de fruta.
—Eso, nunca me acuerdo —se rió la pequeña—.Te podrías venir mañana a casa de la abuela a pasar el día de Acción de Gracias con nosotros.
—Sofi, seguramente tendrá otros planes.
—No, no tengo otros planes, pero no me gustaría pegarme.
—¿Qué es eso? —preguntó Sofía.
—Es cuando alguien se cuela en una fiesta sin invitación —le explicó su madre.
—Pero tú estás invitado, yo te invito —insistió la pequeña—. A mi abuela seguro que no le importa. De hecho, siempre me dice que invite a mis amigos y tú eres mi amigo. La voy a llamar ahora mismo —añadió corriendo hacia el salón.
—Pedro, no quiero que creas que no quiero que vengas, pero...
—¿A lo mejor lo que te pasa es que tienes demasiadas ganas de que vaya?
Paula lo miró sorprendida y él comprendió que había dado en el blanco, pero, antes de que le diera tiempo de contestar, Sofía volvió a entrar corriendo en la cocina.
—La abuela dice que no hay ningún problema —anunció tomando a Pedro de la mano—. ¿Quieres venir?
Pedro no sabía qué hacer. Por una parte, no quería poner a Paula en una situación difícil, pero, por otra, lo cierto era que pasar el día de Acción de Gracias con ellas era lo que más le apetecía en el mundo, así que se dejó llevar.
—Sí, claro que quiero ir —contestó sinceramente,aceptando la invitación.
—¡Yupi! —exclamó la pequeña dando saltos de felicidad.
Paula los miró complacida y asustada a la vez. Pedro comprendía su actitud, pero quería que entendiera que no tenía por qué asustarse con él ya que quería ser realmente su amigo para que comprendiera que, cuando realmente lo necesitara, estaría a su lado.
—Muy bien, entonces, ya está decidido, mañana pasas el día de Acción de Gracias con nosotros —le dijo Paula cruzándose de brazos—. ¿Y esas buenas noticias que habías venido a contarnos?
Pedro se dió cuenta de que ella lo estaba invitando a contarles lo que fuera y a irse cuanto antes. Quería mantener las distancias. No le iba a servir de nada porque Pedro estaba decidido a no alejarse mucho de ellas. Aunque hubiera querido, no habría podido porque a su lado se sentía vivo de nuevo. En cualquier caso, tenía la sensación de que Paula quería mantener las distancias con él para proteger de alguna manera a su hija.
Pedro abrió los brazos y se preparó para el impacto. Cuando Sofía llegó junto a él y lo abrazó, la tomó en brazos y la subió por los aires.
—¿Qué tal estás, preciosa?
—Muy bien. Estoy haciendo bizcochos con mamá para llevarlos a casa de la abuela mañana —contestó la niña—. ¿Nos ayudas?
—Sofi, a lo mejor Pedro tiene otras cosas que hacer —intervino Paula.
—No. no tengo nada mejor que hacer —contestó Pedro saboreando el tener a la pequeña entre sus brazos—. ¿Qué bizcochos estás haciendo?
—Estamos haciendo bizcochos de calabaza, de manzana y de... ¿De qué es el otro, mamá?
—De picadillo de fruta.
—Eso, nunca me acuerdo —se rió la pequeña—.Te podrías venir mañana a casa de la abuela a pasar el día de Acción de Gracias con nosotros.
—Sofi, seguramente tendrá otros planes.
—No, no tengo otros planes, pero no me gustaría pegarme.
—¿Qué es eso? —preguntó Sofía.
—Es cuando alguien se cuela en una fiesta sin invitación —le explicó su madre.
—Pero tú estás invitado, yo te invito —insistió la pequeña—. A mi abuela seguro que no le importa. De hecho, siempre me dice que invite a mis amigos y tú eres mi amigo. La voy a llamar ahora mismo —añadió corriendo hacia el salón.
—Pedro, no quiero que creas que no quiero que vengas, pero...
—¿A lo mejor lo que te pasa es que tienes demasiadas ganas de que vaya?
Paula lo miró sorprendida y él comprendió que había dado en el blanco, pero, antes de que le diera tiempo de contestar, Sofía volvió a entrar corriendo en la cocina.
—La abuela dice que no hay ningún problema —anunció tomando a Pedro de la mano—. ¿Quieres venir?
Pedro no sabía qué hacer. Por una parte, no quería poner a Paula en una situación difícil, pero, por otra, lo cierto era que pasar el día de Acción de Gracias con ellas era lo que más le apetecía en el mundo, así que se dejó llevar.
—Sí, claro que quiero ir —contestó sinceramente,aceptando la invitación.
—¡Yupi! —exclamó la pequeña dando saltos de felicidad.
Paula los miró complacida y asustada a la vez. Pedro comprendía su actitud, pero quería que entendiera que no tenía por qué asustarse con él ya que quería ser realmente su amigo para que comprendiera que, cuando realmente lo necesitara, estaría a su lado.
—Muy bien, entonces, ya está decidido, mañana pasas el día de Acción de Gracias con nosotros —le dijo Paula cruzándose de brazos—. ¿Y esas buenas noticias que habías venido a contarnos?
Pedro se dió cuenta de que ella lo estaba invitando a contarles lo que fuera y a irse cuanto antes. Quería mantener las distancias. No le iba a servir de nada porque Pedro estaba decidido a no alejarse mucho de ellas. Aunque hubiera querido, no habría podido porque a su lado se sentía vivo de nuevo. En cualquier caso, tenía la sensación de que Paula quería mantener las distancias con él para proteger de alguna manera a su hija.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 44
—No pasa nada —le aseguró.
A continuación, cerró los ojos, tragó saliva, volvió a abrir los ojos y sonrió.
—Sofi, mi hijo nunca utilizó esa caña de pescar. No tuvo oportunidad de estrenarla porque murió en un accidente de tráfico.
Sofía se acercó y lo tomó de la mano.
—Lo siento —le dijo—. ¡Ay, no tendría que haber dicho eso! —exclamó al instante—. No te vas a lanzar en monopatín a la autopista, ¿Verdad?
Paula observó aliviada cómo Pedro estallaba en carcajadas.
—No, claro que no —le dijo a la niña colocándose en cuclillas a su lado.
—Menos mal —suspiró Sofía.
Impulsivamente, la niña le pasó los brazos por el cuello y lo abrazó. Paula aguantó la respiración. Tal vez, la espontánea muestra de afecto de su hija fuera demasiado para Pedro.
—Gracias, Sofi —dijo, abrazando a la niña también.
—¿Tú crees que a tu hijo le importaría que utilizara su caña de pescar? — preguntó la pequeña—. Prometo no romperla.
—Por supuesto que no —contestó él—.¿Quieres que nos llevemos jamón y queso para los peces?
—¿Pescas con jamón y queso? —se extrañó Sofía.
—Sí, en realidad, más que pescar, les doy de comer y juego con ellos.
—¡Yupi! ¿Dónde están el queso y el jamón?
—En el frigorífico de arriba —contestó—.Ve tú delante.
—No sé qué decir —comentó Paula una vez a solas.
—Ante todo, no me digas que lo sientes —le dijo Pedro tomándola entre sus brazos.
Paula sabía que la iba a besar y se dió cuenta de que corría el tremendo peligro de enamorarse de Pedro Alfonso.
—No encuentro el queso —dijo la niña desde la parte de arriba.
—Voy a ayudarla —dijo Paula intentando zafarse. Pero él se lo impidió.
—Puedes correr, pero no puedes esconderte para siempre. Te aseguro que lo sé por experiencia.
Ella tragó saliva. No se podía ni imaginar Pedro cuánta razón tenía.
Abrió la puerta y Pedro se dió cuenta de que estaba cocinado, pues tenía harían en la cara, en el jersey negro y en los vaqueros. El hecho de que el día de Acción de Gracias fuera al día siguiente también era una buena pista. Teniéndola ante sí. Pedro no pudo evitar pensar que tenía muchas cosas por las que dar gracias aquel año.
—Hola —lo saludó Paula sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Buena pregunta —contestó Pedro metiéndose las manos en los bolsillos—. ¿Me creerías si te dijera que mi casa se me hacía demasiado grande?
—Por supuesto que no —bromeó Paula.
—¿Y si te dijera que echo de menos tu comida?
—No me lo creería —contestó Paula apartándose un mechón de pelo de la cara. Sólo hacía un par de días que no la veía, pero la había echado enormemente de menos y, ahora que la tenía delante, no podía dejar de mirarla.
—¿Y si te dijera que tengo buenas noticias y nadie a quien contárselas?
—Entonces, empezaríamos a hablar en serio — contestó Paula haciéndose a un lado—. Me pica la curiosidad, así que pasa.
Aquella mujer lo fascinaba. Por eso, en realidad, estaba allí, pero no osó decírselo porque realmente quería entrar y estar con ella. En cualquier caso, todo lo que le había dicho era cierto. Si Sofía y Paula no hubieran estado en su casa, jamás se habría dado cuenta de lo grande y vacía que le parecía.
A continuación, cerró los ojos, tragó saliva, volvió a abrir los ojos y sonrió.
—Sofi, mi hijo nunca utilizó esa caña de pescar. No tuvo oportunidad de estrenarla porque murió en un accidente de tráfico.
Sofía se acercó y lo tomó de la mano.
—Lo siento —le dijo—. ¡Ay, no tendría que haber dicho eso! —exclamó al instante—. No te vas a lanzar en monopatín a la autopista, ¿Verdad?
Paula observó aliviada cómo Pedro estallaba en carcajadas.
—No, claro que no —le dijo a la niña colocándose en cuclillas a su lado.
—Menos mal —suspiró Sofía.
Impulsivamente, la niña le pasó los brazos por el cuello y lo abrazó. Paula aguantó la respiración. Tal vez, la espontánea muestra de afecto de su hija fuera demasiado para Pedro.
—Gracias, Sofi —dijo, abrazando a la niña también.
—¿Tú crees que a tu hijo le importaría que utilizara su caña de pescar? — preguntó la pequeña—. Prometo no romperla.
—Por supuesto que no —contestó él—.¿Quieres que nos llevemos jamón y queso para los peces?
—¿Pescas con jamón y queso? —se extrañó Sofía.
—Sí, en realidad, más que pescar, les doy de comer y juego con ellos.
—¡Yupi! ¿Dónde están el queso y el jamón?
—En el frigorífico de arriba —contestó—.Ve tú delante.
—No sé qué decir —comentó Paula una vez a solas.
—Ante todo, no me digas que lo sientes —le dijo Pedro tomándola entre sus brazos.
Paula sabía que la iba a besar y se dió cuenta de que corría el tremendo peligro de enamorarse de Pedro Alfonso.
—No encuentro el queso —dijo la niña desde la parte de arriba.
—Voy a ayudarla —dijo Paula intentando zafarse. Pero él se lo impidió.
—Puedes correr, pero no puedes esconderte para siempre. Te aseguro que lo sé por experiencia.
Ella tragó saliva. No se podía ni imaginar Pedro cuánta razón tenía.
Abrió la puerta y Pedro se dió cuenta de que estaba cocinado, pues tenía harían en la cara, en el jersey negro y en los vaqueros. El hecho de que el día de Acción de Gracias fuera al día siguiente también era una buena pista. Teniéndola ante sí. Pedro no pudo evitar pensar que tenía muchas cosas por las que dar gracias aquel año.
—Hola —lo saludó Paula sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Buena pregunta —contestó Pedro metiéndose las manos en los bolsillos—. ¿Me creerías si te dijera que mi casa se me hacía demasiado grande?
—Por supuesto que no —bromeó Paula.
—¿Y si te dijera que echo de menos tu comida?
—No me lo creería —contestó Paula apartándose un mechón de pelo de la cara. Sólo hacía un par de días que no la veía, pero la había echado enormemente de menos y, ahora que la tenía delante, no podía dejar de mirarla.
—¿Y si te dijera que tengo buenas noticias y nadie a quien contárselas?
—Entonces, empezaríamos a hablar en serio — contestó Paula haciéndose a un lado—. Me pica la curiosidad, así que pasa.
Aquella mujer lo fascinaba. Por eso, en realidad, estaba allí, pero no osó decírselo porque realmente quería entrar y estar con ella. En cualquier caso, todo lo que le había dicho era cierto. Si Sofía y Paula no hubieran estado en su casa, jamás se habría dado cuenta de lo grande y vacía que le parecía.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 43
Paula sabía que su hija tenía tantas ganas como ella de tener una familia, pero no le parecía buena idea que se encariñara con Pedro porque temía que, en cuanto le contara que su hija llevaba las corneas de su hijo, y lo tendría que hacer tarde o temprano. No querría volver a saber nada de ellas. Paula los siguió escaleras abajo hacia el garaje.
—¿Que necesitamos? —preguntó su hija.
—Lo primero, una nevera para llevamos algo de comer y beber —contestó Pedro.
—A mí me gustan mucho los zumos —sonrió la niña.
—Me lo imaginaba —sonrió él.
Sin embargo, Paula se dió cuenta de que había dolor en sus ojos y se preguntó si todo aquello sería de verdad una buena idea. No quería ni imaginarse lo que Pedro estaba sufriendo en aquellos momentos, relacionándose de nuevo con un niño pequeño. Al instante, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y que se le formaba un nudo en la garganta.
—Muy bien —dijo Pedro soltando aire—. Tenemos muchas cosas que hacer, así que manos a la obra.
—Vamos allá —lo secundó Sofía.
Paula se quedó mirándolo mientras Pedro bajaba la nevera portátil de una estantería. Los vaqueros desgastados que llevaba y la sencilla camiseta de algodón se ajustaban a su cuerpo y marcaban sus maravillosos músculos.
—Estás muy callada —comentó él dejando la nevera en el suelo—. ¿Te pasa algo?
—No —mintió —. Simplemente, estaba censando que te apañas muy bien. No creo que te vaya a quedar ninguna secuela de las heridas.
—Es una pena porque a las chicas les encantan las cicatrices.
Paula sonrió.
—Sí, eso ya me lo dijiste en urgencias. ¿Lo sabes por experiencia?
¿Estaba celosa?
—¿Acaso a tí no te gusta Harrison Ford? —preguntó Pedro.
—¿A quién en su sano juicio no le gusta Harrison Ford? —sonrió Paula.
—¿Y no tiene él una cicatriz en la barbilla?
—La tiene.
—¿Lo ves?
—La verdad es que no me refería a las cicatrices de la cara cuando te he dicho qué tal te encontraba sino, más bien, a la pierna.
—Cada día la tengo mejor, aunque todavía me duele un poco. Por eso he ido a ver al médico.
—¿De verdad? —exclamó ella sorprendida. mirando su hija.
Sofía estaba completamente concentrada, explorando, sacando juguetes de plástico de una gran bolsa y no parecía muy interesada en la conversación de los adultos.
—Sí —contestó Pedro—. He ido al traumatólogo para la recuperación y ya estoy yendo al físioterapeuta.
Aquello era maravilloso, un gran paso. No hacía ni dos semanas que Pedro había pedido el alta voluntaria en el hospital y ahora había ido de motus propio a ver a un especialista para curarse. Aquello le pareció a ella la señal inequívoca de que él estaba cada vez mejor. Tal vez, había llegado el momento de contárselo todo. Pronto.
—Mamá, mira lo que he encontrado —dijo Sofía muy sonriente—. Es una caña de pescar y es de mi tamaño.
Paula sintió que el corazón le daba un vuelco. Obviamente, era del hijo de Pedro.
—Sofi, deja eso en su sitio —le dijo a la niña corriendo hacia ella—. No se tocan las cosas que no son nuestras.
—Perdón —se disculpó la niña—. Pepe, ¿Por qué tienes una caña de pescar tan pequeña?
Paula tragó saliva. Definitivamente, todo aquello no había sido una buena idea.
—Era de mi hijo Marcos —le explicó Pedro a la niña.
—¿Tienes un hijo?
—Sofi, no preguntes...
Pedro miró a Paula a los ojos y negó con la cabeza.
—¿Que necesitamos? —preguntó su hija.
—Lo primero, una nevera para llevamos algo de comer y beber —contestó Pedro.
—A mí me gustan mucho los zumos —sonrió la niña.
—Me lo imaginaba —sonrió él.
Sin embargo, Paula se dió cuenta de que había dolor en sus ojos y se preguntó si todo aquello sería de verdad una buena idea. No quería ni imaginarse lo que Pedro estaba sufriendo en aquellos momentos, relacionándose de nuevo con un niño pequeño. Al instante, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y que se le formaba un nudo en la garganta.
—Muy bien —dijo Pedro soltando aire—. Tenemos muchas cosas que hacer, así que manos a la obra.
—Vamos allá —lo secundó Sofía.
Paula se quedó mirándolo mientras Pedro bajaba la nevera portátil de una estantería. Los vaqueros desgastados que llevaba y la sencilla camiseta de algodón se ajustaban a su cuerpo y marcaban sus maravillosos músculos.
—Estás muy callada —comentó él dejando la nevera en el suelo—. ¿Te pasa algo?
—No —mintió —. Simplemente, estaba censando que te apañas muy bien. No creo que te vaya a quedar ninguna secuela de las heridas.
—Es una pena porque a las chicas les encantan las cicatrices.
Paula sonrió.
—Sí, eso ya me lo dijiste en urgencias. ¿Lo sabes por experiencia?
¿Estaba celosa?
—¿Acaso a tí no te gusta Harrison Ford? —preguntó Pedro.
—¿A quién en su sano juicio no le gusta Harrison Ford? —sonrió Paula.
—¿Y no tiene él una cicatriz en la barbilla?
—La tiene.
—¿Lo ves?
—La verdad es que no me refería a las cicatrices de la cara cuando te he dicho qué tal te encontraba sino, más bien, a la pierna.
—Cada día la tengo mejor, aunque todavía me duele un poco. Por eso he ido a ver al médico.
—¿De verdad? —exclamó ella sorprendida. mirando su hija.
Sofía estaba completamente concentrada, explorando, sacando juguetes de plástico de una gran bolsa y no parecía muy interesada en la conversación de los adultos.
—Sí —contestó Pedro—. He ido al traumatólogo para la recuperación y ya estoy yendo al físioterapeuta.
Aquello era maravilloso, un gran paso. No hacía ni dos semanas que Pedro había pedido el alta voluntaria en el hospital y ahora había ido de motus propio a ver a un especialista para curarse. Aquello le pareció a ella la señal inequívoca de que él estaba cada vez mejor. Tal vez, había llegado el momento de contárselo todo. Pronto.
—Mamá, mira lo que he encontrado —dijo Sofía muy sonriente—. Es una caña de pescar y es de mi tamaño.
Paula sintió que el corazón le daba un vuelco. Obviamente, era del hijo de Pedro.
—Sofi, deja eso en su sitio —le dijo a la niña corriendo hacia ella—. No se tocan las cosas que no son nuestras.
—Perdón —se disculpó la niña—. Pepe, ¿Por qué tienes una caña de pescar tan pequeña?
Paula tragó saliva. Definitivamente, todo aquello no había sido una buena idea.
—Era de mi hijo Marcos —le explicó Pedro a la niña.
—¿Tienes un hijo?
—Sofi, no preguntes...
Pedro miró a Paula a los ojos y negó con la cabeza.
miércoles, 22 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 42
Pedro asintió y se encontró pensando en Sofía.
—¿Sabes quién recibió las corneas de Marcos?
—Sí —contestó Juana.
—¿Es un niño o una niña?
—Una niña.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó—. No, no. No lo quiero saber.
—Como quieras.
—¿Y sigues manteniendo el contacto? Quiero decir, ¿Ves a la gente que lleva los órganos de Marcos?
Aquella pregunta le había abierto la terrible herida y le había dolido, pero no tanto como había creído.
—Sí.
—¿Ves a la niña que lleva sus corneas?
—Sí. Su familia siempre ha querido darte las gracias. Si quieres, podría concertar una cita con ellos y...
—Todavía no —la interrumpió Pedro.
—Muy bien. Si cambias de opinión, dímelo —sonrió Juana—. Te veo muy bien, ¿Sabes? Muy contento .
—Sí, bueno, es que dentro de un rato van a llegar Paula y su hija, hemos quedado para pasar el día juntos en la playa —confesó Pedro.
—¿Ah, sí? —exclamó Juana poniéndose en pie de un salto.
—Sí. ¿Por qué no te quedas y las conoces?
—Me encantaría, pero me acabo de acordar de que había quedado y me tengo que ir inmediatamente.
—Pero si acabas de llegar —se extrañó Pedro.
— De verdad, me tengo que ir — insistió su suegra corriendo hacia la puerta.
—Bueno, ya hablaremos la...
Pero Juana ya se había ido.
—Hola, perdona que hayamos llegado tarde —dijo Paula cuando Pedro abrió la puerta un rato después.
—No pasa nada. Hola, Sofi.
—Hola.
— Pasen.
Paula entró, pero Sofía se quedó parada junto a la puerta, miró a Pedro y sonrió.
—Pedro dice que entres —le dijo él.
Sofía sonrió y entró.
—¿Cuándo vamos a montar en bici? —preguntó.
—Sofi, no es de buena educación hacer tantas preguntas —dijo su madre—. Perdón.
— Va la segunda vez que me pides perdón y no habéis hecho más que llegar, así que, como lo vuelvas a hacer, me lanzo en monopatín por la ladera que va directa a la autopista —bromeó Pedro—. Hace un día maravilloso y están aquí para pasarlo bien, así que nada de pedir perdón.
—Lo que Pepe diga —bromeó Sofía.
—Vamos abajo a por las cosas —le indicó Pedro guiándolas hacia el sótano.
Sofía lo siguió corriendo. La niña estaba encantada con la excursión y no había dejado de hablar y de preguntar por Pedro en todo el día.
—¿Sabes quién recibió las corneas de Marcos?
—Sí —contestó Juana.
—¿Es un niño o una niña?
—Una niña.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó—. No, no. No lo quiero saber.
—Como quieras.
—¿Y sigues manteniendo el contacto? Quiero decir, ¿Ves a la gente que lleva los órganos de Marcos?
Aquella pregunta le había abierto la terrible herida y le había dolido, pero no tanto como había creído.
—Sí.
—¿Ves a la niña que lleva sus corneas?
—Sí. Su familia siempre ha querido darte las gracias. Si quieres, podría concertar una cita con ellos y...
—Todavía no —la interrumpió Pedro.
—Muy bien. Si cambias de opinión, dímelo —sonrió Juana—. Te veo muy bien, ¿Sabes? Muy contento .
—Sí, bueno, es que dentro de un rato van a llegar Paula y su hija, hemos quedado para pasar el día juntos en la playa —confesó Pedro.
—¿Ah, sí? —exclamó Juana poniéndose en pie de un salto.
—Sí. ¿Por qué no te quedas y las conoces?
—Me encantaría, pero me acabo de acordar de que había quedado y me tengo que ir inmediatamente.
—Pero si acabas de llegar —se extrañó Pedro.
— De verdad, me tengo que ir — insistió su suegra corriendo hacia la puerta.
—Bueno, ya hablaremos la...
Pero Juana ya se había ido.
—Hola, perdona que hayamos llegado tarde —dijo Paula cuando Pedro abrió la puerta un rato después.
—No pasa nada. Hola, Sofi.
—Hola.
— Pasen.
Paula entró, pero Sofía se quedó parada junto a la puerta, miró a Pedro y sonrió.
—Pedro dice que entres —le dijo él.
Sofía sonrió y entró.
—¿Cuándo vamos a montar en bici? —preguntó.
—Sofi, no es de buena educación hacer tantas preguntas —dijo su madre—. Perdón.
— Va la segunda vez que me pides perdón y no habéis hecho más que llegar, así que, como lo vuelvas a hacer, me lanzo en monopatín por la ladera que va directa a la autopista —bromeó Pedro—. Hace un día maravilloso y están aquí para pasarlo bien, así que nada de pedir perdón.
—Lo que Pepe diga —bromeó Sofía.
—Vamos abajo a por las cosas —le indicó Pedro guiándolas hacia el sótano.
Sofía lo siguió corriendo. La niña estaba encantada con la excursión y no había dejado de hablar y de preguntar por Pedro en todo el día.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 41
Paula lo miró medio enfadada. Pedro la había colocado entre la espada y la pared. No podía decir que no si no quería darle un disgusto a su hija. Así que se dijo que por una vez no iba a pasar nada, pero que no debía olvidar que lo primero en su vida, por encima de su propia felicidad, era Sofía y que no debía dejar que la niña, que obviamente se moría por tener un padre, se hiciera ilusiones con Pedro.
—Digo que muchas gracias —accedió.
El domingo por la mañana. Pedro fue a hacer la compra y volvió a casa silbando muy contento. Hacía mucho tiempo que no silbaba. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Le apetecía mucho pasar el día con Paula y Sofía y , por si acaso a la pequeña le apetecía algo, se había acercado al supermercado. Desde la muerte de Marcos, ni siquiera se había atrevido a volver a mirar los productos que a su hijo le gustaban, pero aquella mañana, aunque le había dolido sobremanera, había echado en el carrito sus galletas, sus zumos y sus sandwiches preferidos por si Sofía tenía los mismos gustos que él. La verdad era que le apetecía mucho ver a la pequeña. Y a su madre. Aunque era obvio que Paula no confiaba en los hombres después de lo que le había hecho el padre de su hija. Estaba decidido a demostrarle que no todos los hombres eran iguales. Tenía que demostrarle que podía confiar en él, pero no iba a ser fácil porque se moría por estrecharla entre sus brazos y besarla hasta dejarla inconsciente. Estaba terminando de colocar la compra en la cocina cuando oyó que llamaban al timbre. Al abrir la puerta, se sorprendió al ver que era Juana.
—Hola —la saludó.
—Hola —contestó su suegra—. He venido a ver qué tal estabas. La última vez que me pasé por aquí, si mal no recuerdo, no estabas de muy buen humor.
Pedro recordaba perfectamente aquel día, pero le costaba creer que hubiera sido hacía sólo un par de semanas.
—Pasa.
—Gracias —contestó Juana pasando al salón y sentándose en el sofá—. Veo que estás mejor.
—El otro día me comporté como un idiota —admitió Pedro sentándose a su lado—. Estuve muy desagradable.
—Ni que lo digas.
—¿Quieres beber algo?
—No, lo que quiero es que me digas a qué se debe este cambio.
Pedro no pudo evitar sonreír.
—A una mujer.
Juana enarcó una ceja.
—Se llama Paula Chaves—le explicó Pedro —. Es enfermera y la conocí en urgencias la noche que me ingresaron.
Pedro tuvo la extraña impresión de que su suegra reaccionaba al oír aquel nombre, pero se dijo que debían de haber sido imaginaciones suyas.
—Pues no sé qué te habrá dado, hijo, pero te ha sentado de maravilla.
¿Qué le había dado Paula? No le había dejado parar, le había hablado con franqueza y le había mostrado altas dosis de comprensión. La combinación había resultado irresistible y lo cierto era que se encontraba mucho mejor, pero todavía había ciertas cosas, cosas de las que nunca había hablado con Juana, que lo seguían preocupando. Por ejemplo, qué había ocurrido después del accidente.
—Juani, he estado pensando en... Marcos.
Juana lo miró sorprendida.
—Cuando murió... bueno, me dijiste que querías ponerte en contacto con todas las personas que recibieron sus órganos,¿No?
Juana asintió.
—¿Lo hiciste?
—Sí, me puse en contacto con las personas que recibieron los órganos de Marcos y de Diana, de los dos.
—¿Tú no tienes a veces la sensación de que tu hija está por ahí en trozos?
—No, yo recuerdo a mi hija como una mujer maravillosa y llena de vida. Gracias a ella, el hombre que recibió su corazón disfruta de su vida junto a su mujer y sus cinco hijos, el hombre que recibió sus ojos va a ver a su primer nieto, la joven que lleva sus ríñones está criando sana y fuerte a su primer hijo. Cuando pienso en mi hija, pienso en ellos.
—Digo que muchas gracias —accedió.
El domingo por la mañana. Pedro fue a hacer la compra y volvió a casa silbando muy contento. Hacía mucho tiempo que no silbaba. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Le apetecía mucho pasar el día con Paula y Sofía y , por si acaso a la pequeña le apetecía algo, se había acercado al supermercado. Desde la muerte de Marcos, ni siquiera se había atrevido a volver a mirar los productos que a su hijo le gustaban, pero aquella mañana, aunque le había dolido sobremanera, había echado en el carrito sus galletas, sus zumos y sus sandwiches preferidos por si Sofía tenía los mismos gustos que él. La verdad era que le apetecía mucho ver a la pequeña. Y a su madre. Aunque era obvio que Paula no confiaba en los hombres después de lo que le había hecho el padre de su hija. Estaba decidido a demostrarle que no todos los hombres eran iguales. Tenía que demostrarle que podía confiar en él, pero no iba a ser fácil porque se moría por estrecharla entre sus brazos y besarla hasta dejarla inconsciente. Estaba terminando de colocar la compra en la cocina cuando oyó que llamaban al timbre. Al abrir la puerta, se sorprendió al ver que era Juana.
—Hola —la saludó.
—Hola —contestó su suegra—. He venido a ver qué tal estabas. La última vez que me pasé por aquí, si mal no recuerdo, no estabas de muy buen humor.
Pedro recordaba perfectamente aquel día, pero le costaba creer que hubiera sido hacía sólo un par de semanas.
—Pasa.
—Gracias —contestó Juana pasando al salón y sentándose en el sofá—. Veo que estás mejor.
—El otro día me comporté como un idiota —admitió Pedro sentándose a su lado—. Estuve muy desagradable.
—Ni que lo digas.
—¿Quieres beber algo?
—No, lo que quiero es que me digas a qué se debe este cambio.
Pedro no pudo evitar sonreír.
—A una mujer.
Juana enarcó una ceja.
—Se llama Paula Chaves—le explicó Pedro —. Es enfermera y la conocí en urgencias la noche que me ingresaron.
Pedro tuvo la extraña impresión de que su suegra reaccionaba al oír aquel nombre, pero se dijo que debían de haber sido imaginaciones suyas.
—Pues no sé qué te habrá dado, hijo, pero te ha sentado de maravilla.
¿Qué le había dado Paula? No le había dejado parar, le había hablado con franqueza y le había mostrado altas dosis de comprensión. La combinación había resultado irresistible y lo cierto era que se encontraba mucho mejor, pero todavía había ciertas cosas, cosas de las que nunca había hablado con Juana, que lo seguían preocupando. Por ejemplo, qué había ocurrido después del accidente.
—Juani, he estado pensando en... Marcos.
Juana lo miró sorprendida.
—Cuando murió... bueno, me dijiste que querías ponerte en contacto con todas las personas que recibieron sus órganos,¿No?
Juana asintió.
—¿Lo hiciste?
—Sí, me puse en contacto con las personas que recibieron los órganos de Marcos y de Diana, de los dos.
—¿Tú no tienes a veces la sensación de que tu hija está por ahí en trozos?
—No, yo recuerdo a mi hija como una mujer maravillosa y llena de vida. Gracias a ella, el hombre que recibió su corazón disfruta de su vida junto a su mujer y sus cinco hijos, el hombre que recibió sus ojos va a ver a su primer nieto, la joven que lleva sus ríñones está criando sana y fuerte a su primer hijo. Cuando pienso en mi hija, pienso en ellos.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 40
Paula se quedó de piedra. Pedro parecía encantado con su incomodidad .
—¿Cómo? —le dijo a Sofía para intentar ganar tiempo.
—¿Por qué has dicho que los amigos no se acuestan?
—No. no he dicho eso —mintió Paula—. He dicho que... hay muchas cuestas...
Sofía la miró confusa.
—Hay muchas cuestas en... —intentó improvisar su madre.
—En mi casa —intervino Pedro—. Verás, le estaba diciendo a tu madre que sería muy divertido que se vinieran un día las dos a pasar el día a la casa que tengo en la playa. Podrían llevar las bicicletas.
Sofía lo miró con los ojos muy abiertos y Paula suspiró aliviada.
—Mi tío Gonzalo siempre me dice que me va a llevar a la playa y nunca me lleva —se lamentó la niña—.¿Cuándo podríamos ir, mamá?
—¿Eh? No sé, no va a ser fácil porque nos tienen que coincidir los horarios y...
—Te recuerdo que yo no trabajo —dijo Pedro.
—¿No trabajas? —se extrañó Sofía—. Entonces, ¿Vives en una caja de cartón debajo de la autopista?
—No —rió Pedro—. ¿Por qué dices eso?
—Porque, cuando le digo a mamá que no vaya a trabajar un día y que se quede conmigo en casa me dice que, si no va a trabajar, no gana dinero y acabaríamos viviendo en una caja de cartón debajo de la autopista.
—Sofi... —la reprendió su madre.
—No lo entiendo, mamá. Si Pedro no trabaja, ¿Cómo es que tiene una casa? ¿Y cómo paga la comida y la ropa? Nunca había conocido a nadie que no trabajara.
—No es de buena educación hacer ese tipo de preguntas, Sofi.
—Pero siempre me dices que pregunte cuando no entienda algo y esto no lo entiendo —insistió la niña—. Yo voy al colegio, tú vas al hospital, el abuelo va a la consulta, el tío Gonzalo va a la oficina, la tía Delfina también al hospital. ¿Y Pedro qué hace si no trabaja?
—A veces, los mayores trabajamos mucho durante una época de nuestra vida, metemos mucho dinero en el banco y luego no volvemos a trabajar —le explicó Pedro.
—Entonces, ¿Tienes dinero para vivir?
—Sí.
Sofía lo miró mucho más tranquila.
—Bien, entonces, ¿Cuándo vamos a tu casa a montar en bici?
—Sofi, ¿Por qué no vas a tu habitación a terminar de recoger mientras yo hablo de esto a solas con Pedro? —intervino su madre.
—Porque ya he terminado de recoger mi habitación. mamá. Estás intentando deshacerte de mí para quedarte a solas con Pedro.
—¿Es eso cierto? —dijo el aludido enarcando una ceja—. ¿Te quieres quedar sola conmigo?
Paula no pudo evitar sonrojarse.
—A ver, Sofi ¿Tan difícil de entender es que no podemos dejarlo todo e irnos a la playa?
—¿Por qué no? —contestó la niña.
—Sí, eso, ¿Por qué no? —la secundó Pedro.
Dos contra una.
—Porque tenemos que hacer la compra y otros recados. Sólo tengo dos días libres y...
—¿No trabajas este fin de semana? —dilucidó Pedro.
—No —contestó Paula a regañadientes.
Había accedido a ser su amiga, pero no quería que su hija se involucrara en su relación. Había conseguido colarse en su casa y había encandilado a la pequeña y ahora no sabía cómo salir de aquel atolladero sin parecer una mala persona.
—¿Qué te parece si las ayudo a hacer todo lo que tengan que hacer y mañana nos vamos a la playa? —propuso Pedro.
—¡Yupi! —gritó Sofía—. Pedro dice que nos vamos a la playa.
—¿Qué dices, Paula?
—¿Cómo? —le dijo a Sofía para intentar ganar tiempo.
—¿Por qué has dicho que los amigos no se acuestan?
—No. no he dicho eso —mintió Paula—. He dicho que... hay muchas cuestas...
Sofía la miró confusa.
—Hay muchas cuestas en... —intentó improvisar su madre.
—En mi casa —intervino Pedro—. Verás, le estaba diciendo a tu madre que sería muy divertido que se vinieran un día las dos a pasar el día a la casa que tengo en la playa. Podrían llevar las bicicletas.
Sofía lo miró con los ojos muy abiertos y Paula suspiró aliviada.
—Mi tío Gonzalo siempre me dice que me va a llevar a la playa y nunca me lleva —se lamentó la niña—.¿Cuándo podríamos ir, mamá?
—¿Eh? No sé, no va a ser fácil porque nos tienen que coincidir los horarios y...
—Te recuerdo que yo no trabajo —dijo Pedro.
—¿No trabajas? —se extrañó Sofía—. Entonces, ¿Vives en una caja de cartón debajo de la autopista?
—No —rió Pedro—. ¿Por qué dices eso?
—Porque, cuando le digo a mamá que no vaya a trabajar un día y que se quede conmigo en casa me dice que, si no va a trabajar, no gana dinero y acabaríamos viviendo en una caja de cartón debajo de la autopista.
—Sofi... —la reprendió su madre.
—No lo entiendo, mamá. Si Pedro no trabaja, ¿Cómo es que tiene una casa? ¿Y cómo paga la comida y la ropa? Nunca había conocido a nadie que no trabajara.
—No es de buena educación hacer ese tipo de preguntas, Sofi.
—Pero siempre me dices que pregunte cuando no entienda algo y esto no lo entiendo —insistió la niña—. Yo voy al colegio, tú vas al hospital, el abuelo va a la consulta, el tío Gonzalo va a la oficina, la tía Delfina también al hospital. ¿Y Pedro qué hace si no trabaja?
—A veces, los mayores trabajamos mucho durante una época de nuestra vida, metemos mucho dinero en el banco y luego no volvemos a trabajar —le explicó Pedro.
—Entonces, ¿Tienes dinero para vivir?
—Sí.
Sofía lo miró mucho más tranquila.
—Bien, entonces, ¿Cuándo vamos a tu casa a montar en bici?
—Sofi, ¿Por qué no vas a tu habitación a terminar de recoger mientras yo hablo de esto a solas con Pedro? —intervino su madre.
—Porque ya he terminado de recoger mi habitación. mamá. Estás intentando deshacerte de mí para quedarte a solas con Pedro.
—¿Es eso cierto? —dijo el aludido enarcando una ceja—. ¿Te quieres quedar sola conmigo?
Paula no pudo evitar sonrojarse.
—A ver, Sofi ¿Tan difícil de entender es que no podemos dejarlo todo e irnos a la playa?
—¿Por qué no? —contestó la niña.
—Sí, eso, ¿Por qué no? —la secundó Pedro.
Dos contra una.
—Porque tenemos que hacer la compra y otros recados. Sólo tengo dos días libres y...
—¿No trabajas este fin de semana? —dilucidó Pedro.
—No —contestó Paula a regañadientes.
Había accedido a ser su amiga, pero no quería que su hija se involucrara en su relación. Había conseguido colarse en su casa y había encandilado a la pequeña y ahora no sabía cómo salir de aquel atolladero sin parecer una mala persona.
—¿Qué te parece si las ayudo a hacer todo lo que tengan que hacer y mañana nos vamos a la playa? —propuso Pedro.
—¡Yupi! —gritó Sofía—. Pedro dice que nos vamos a la playa.
—¿Qué dices, Paula?
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