—¿Ah, sí? —sonrió Paula—. ¿Y se puede saber por qué dices eso aparte de porque te has metido en un buen lío, señorita?
—Lo digo porque Pedro está mucho mejor —contestó la pequeña.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque puede andar.
—Eres una chica muy observadora, pero con el señor Alfonso nunca se sabe, porque podría ser que se hubiera saltado los consejos del médico a la torera y por eso estuviera andando.
—Ah.
—En cualquier caso, ¿No me habías dicho que ibas a recoger tu habitación?
—¿Ahora? —Me parece un momento como otro cualquiera, así que venga, manos a la obra.
—No lo has dicho bien —contestó Sofía.
Pedro no pudo evitar sonreír.
—Pedro dice que vayas a recoger tu habitación — le dijo.
—Así sí —sonrió la pequeña saliendo del salón—.No te vayas hasta que haya vuelto —le dijo.
—Haré lo que pueda —contestó Pedro—. Es una niña muy especial —le dijo a su madre una vez a solas.
—Sí —contestó Paula.
—¿No es un poco pequeña para llevar gafas?
—¿Por? —exclamó Paula.
—No sé, se me hace un poco pequeña para tener que llevarlas.
—Hay un montón de niños que llevan gafas — contestó ella a la defensiva.
Por lo que le había dicho Sofía y cómo estaba reaccionando su madre, Pedro tuvo la certeza de que sus sospechas eran ciertas.
—¿Tiene todo esto algo que ver con que su padre se fuera?
—Pedro...
—Contesta. ¿Se fue porque Sofía tenía problemas en los ojos?
—Sí, Sofi nació con una lesión ocular y tenía muchas posibilidades de quedarse ciega —le explicó.
—Me ha dicho que el médico le arregló los ojos.
Paula asintió.
—La operaron.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—¿Y por qué te lo iba a tener que decir? Nuestra relación era meramente profesional —mintió Paula desviando la mirada.
—Mira, ya estoy un poco harto de que siempre que intento acercarme a tí, me salgas con lo de la profesionalidad. Lo haces porque huyes de la verdad.
—Me importa un bledo si estás harto o no —contestó Paula sin negar que estaba huyendo de la verdad.
¿Para qué negarlo cuando era cierto? No quería enfrentarse a la verdad porque la verdad era que se estaba empezando a enamorar seriamente de Pedro. Y no quería.
—Me parece que dejamos atrás el plano profesional hace una semana.
—Eso nunca debería haber sucedido.
—Pero sucedió —insistió Pedro—. Y te fuiste. Creía que éramos amigos.
—Era tu enfermera.
—Te fuiste —insistió él.
—Deberías estar contento porque tu seguro médico se está ahorrando unas cuantas jornadas de mi sueldo. Además, veo que estás muy bien.
—Estoy mejor, sí.
—Entonces, estarás de acuerdo conmigo en que no necesitas una enfermera para nada. ¿Se puede saber qué haces aquí? Había ido a buscarla porque, a lo mejor, no necesitaba una enfermera, pero sí necesitaba una amiga.
—Me había acostumbrado a que me dieras órdenes.
—Me has echado de menos.
—Tanto como a un dolor de muelas.
Paula se rió.
—Desde luego, eres de lo que no hay.
Pedro estaba seguro de que ella había salido corriendo de su casa porque estaba tan asustada como él de volver a sentir algo por alguien, pero eso no quería decir que no quisiera devolverle el favor que le había hecho devolviéndole las ganas de vivir. Quería estar a su lado y ayudarla en todo lo que pudiera, demostrarle que no todos los hombres eran unos canallas que se iban cuando más se los necesitaba. Aquello podía ser peligroso, pero ya no había marcha atrás. Paula le había dado ganas de vivir y allá iba.
—¿Por qué has venido a buscarme?
—Porque necesito una amiga.
Paula lo miró sorprendida.
—No sé...
—Me dijiste que querías que volviera a vivir y lo estoy intentando. Por favor, ayúdame.
Paula se quedó mirándolo y a Pedro le pareció que veía miedo en sus ojos.
—Está bien, somos amigos, pero...
—¿Las normas? —sonrió Pedro.
—Efectivamente, las normas. Bueno, sólo una —sonrió Paula.
—Dispara.
—Los amigos no se acuestan.
—¿Qué es acostarse, mamá?
Pedro sonrió divertido. ¿Cómo no le iba a caer bien una niña que elegía ese preciso instante para interrumpir una conversación de dos adultos?
miércoles, 22 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 38
—Hola, Sofía —la saludó fijándose en que llevaba gafitas.
—¿Cómo sabes cómo me llamo?
—Me lo ha dicho tu madre. Por cierto, ¿Está en casa?
La niña asintió.
—Está limpiando su habitación y tiene la música a todo volumen porque, como no le gusta nada limpiar, dice que así lo hace más rápido. Efectivamente, se oía la música y el aspirador, lo que explicaba por qué Paula no había ido a abrir la puerta.
—¿Y te deja tu madre abrirle la puerta a un desconocido?
—No, pero a tí te conozco porque hemos hablado por teléfono.
Pedro sonrió ante la lógica aplastante de la pequeña.
—¿Puedo pasar?
—¿Cómo se pide? —contestó Sofía
—Por favor —sonrió Pedro.
—No. Se dice «Pedro pregunta si...»
—¡Ah! —exclamó, recordando el juego—Pedro pregunta si puede entrar.
—Muy bien. Adelante.
Pedro entró y miró a su alrededor. Aquella casa era exactamente igual que su propietaria. Había fotografías por todas partes, muñecos de peluche y películas.
—Tienen una casa preciosa —le dijo a Sofía.
—Mamá dice que es perfecta para nosotras dos. También dice que estamos las dos solas frente al mundo. Simón se quedó mirando a aquella niña que hablaba como una adulta.
—Me gustan tus gafas.
—Gracias, mamá me ha explicado que tenía los ojos mal y que el médico me los arregló, pero tengo que llevar gafas para poder ver —le explicó Sofía.
Aquello lo sorprendió pues la niña no debía de tener más de cinco años, dos años menos que su hijo, pero hablaba de aquello como si no lo recordara.
—¿No te acuerdas de cuando el médico te los arregló?
—No, era muy pequeña —contestó Sofía encogiéndose de hombros—. Mamá dice que con gafas tengo pinta de ser más lista que los ratones coloraos.
—Yo creo que te quedan muy bien, estás muy guapa.
—Muchas gracias, no sabía que los ratones fueran guapos —rió Sofía.
Pedro también se rió y sintió como si algo se hubiera roto en su interior. ¿La capa de hielo que le envolvía el corazón? No, demasiado poético para él. En aquel momento, le pareció detectar un movimiento en la puerta del salón.
—Sofi, te tienes que bañar... ¡Oh!
Era Paula.
—Mira, mamá, es Pedro —le dijo su hija.
—Ya lo veo —contestó Paula acercándose a ella y abrazándola como si la quisiera proteger de algo—.No deberías haber abierto la puerta. Te tengo dicho que no se le abre la puerta a los desconocidos.
—Pero a Pedro lo conozco, hablé el otro día por teléfono con él y además, le he preguntado «¿Cómo dice Pedro?» y ha contestado bien.
—Ya hablaremos de esto tú y yo a solas.
Sofía se quedó mirando a su madre y Pedro se preguntó si el motivo por el que su padre las había abandonado no habría sido sus problemas en los ojos.
—Mamá, eres la mejor enfermera del mundo.
—¿Cómo sabes cómo me llamo?
—Me lo ha dicho tu madre. Por cierto, ¿Está en casa?
La niña asintió.
—Está limpiando su habitación y tiene la música a todo volumen porque, como no le gusta nada limpiar, dice que así lo hace más rápido. Efectivamente, se oía la música y el aspirador, lo que explicaba por qué Paula no había ido a abrir la puerta.
—¿Y te deja tu madre abrirle la puerta a un desconocido?
—No, pero a tí te conozco porque hemos hablado por teléfono.
Pedro sonrió ante la lógica aplastante de la pequeña.
—¿Puedo pasar?
—¿Cómo se pide? —contestó Sofía
—Por favor —sonrió Pedro.
—No. Se dice «Pedro pregunta si...»
—¡Ah! —exclamó, recordando el juego—Pedro pregunta si puede entrar.
—Muy bien. Adelante.
Pedro entró y miró a su alrededor. Aquella casa era exactamente igual que su propietaria. Había fotografías por todas partes, muñecos de peluche y películas.
—Tienen una casa preciosa —le dijo a Sofía.
—Mamá dice que es perfecta para nosotras dos. También dice que estamos las dos solas frente al mundo. Simón se quedó mirando a aquella niña que hablaba como una adulta.
—Me gustan tus gafas.
—Gracias, mamá me ha explicado que tenía los ojos mal y que el médico me los arregló, pero tengo que llevar gafas para poder ver —le explicó Sofía.
Aquello lo sorprendió pues la niña no debía de tener más de cinco años, dos años menos que su hijo, pero hablaba de aquello como si no lo recordara.
—¿No te acuerdas de cuando el médico te los arregló?
—No, era muy pequeña —contestó Sofía encogiéndose de hombros—. Mamá dice que con gafas tengo pinta de ser más lista que los ratones coloraos.
—Yo creo que te quedan muy bien, estás muy guapa.
—Muchas gracias, no sabía que los ratones fueran guapos —rió Sofía.
Pedro también se rió y sintió como si algo se hubiera roto en su interior. ¿La capa de hielo que le envolvía el corazón? No, demasiado poético para él. En aquel momento, le pareció detectar un movimiento en la puerta del salón.
—Sofi, te tienes que bañar... ¡Oh!
Era Paula.
—Mira, mamá, es Pedro —le dijo su hija.
—Ya lo veo —contestó Paula acercándose a ella y abrazándola como si la quisiera proteger de algo—.No deberías haber abierto la puerta. Te tengo dicho que no se le abre la puerta a los desconocidos.
—Pero a Pedro lo conozco, hablé el otro día por teléfono con él y además, le he preguntado «¿Cómo dice Pedro?» y ha contestado bien.
—Ya hablaremos de esto tú y yo a solas.
Sofía se quedó mirando a su madre y Pedro se preguntó si el motivo por el que su padre las había abandonado no habría sido sus problemas en los ojos.
—Mamá, eres la mejor enfermera del mundo.
lunes, 20 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 37
—¿Preservativos?
—Sí —contestó Paula—. ¿Estarán bien después de tanto tiempo? ¿Los preservativos tienen fecha de caducidad?
Aquello hizo reír a Juana.
—¡Cualquiera diría que eres enfermera! ¿Se rompió?
—No lo sé —contestó Paula sonrojándose de nuevo—. Salí de allí como alma que lleva al diablo.
—Y no quieres volver —suspiró Juana—. Obviamente, porque te sientes atraída por él. Tú no eres delas que se acuestan con cualquiera.
—Según Pedro, soy de las que les gustan los arcoiris y las cenas a la luz de las velas —sonrió Paula.
—Efectivamente. Eres una romántica en busca de amor. Esto es genial.
Paula no lo creía así en absoluto.
—Pau, por fin se ha abierto. Sin tí, no sé si va a encontrar la fuerza suficiente para terminar el proceso que tú le has hecho empezar.
—¿No comprendes que yo no quiero ser esa fuerza? Yo tengo que pensar en mi hija.
—¿Y no crees que podrías...?
—No y tú lo sabes mejor que nadie. Yo quiero que mi hija tenga una familia. Aunque Pedro pudiera asumir que mi hija ve gracias a que su hijo ha muerto, no está dispuesto a volver a amar de nuevo.
—¿Eso te lo ha dicho él?
—No, pero no...
—Estás dando por hecho cosas que no sabes y sólo se me ocurre una razón por la que lo estás haciendo.
—¿Cuál?
—Que a tí también te da miedo volver a amar.
— ¿Ya has estado yendo a esas clases otra vez?
—Eso mismo me dice Pepe siempre que le digo algo que no quiere oír.
—No es lo mismo.
—Me encantaría seguir hablando contigo, pero tengo que volver a la UCI — anunció Juana mirando la hora que era.
—Perdona por entretenerte —se disculpó Paula.
—Pau, no lo abandones. Todavía le tienes que decir que tu hija recuperó la vista.
Paula se quedó mirando a su amiga mientras Juana salía de la cafetería y se dijo que no tenía nada más que decirle a Pedro porque él no había aprobado las donaciones. Menos mal que no le había contado nada. Lo echaba terriblemente de menos y eso demostraba que había empezado a enamorarse de él. Menos mal que había salido de su casa y de su vida a tiempo.
Pedro llamó a la puerta de casa de Paula. Había sido muy fácil encontrarla pues sabía que estaba en el listín telefónico y no había muchas personas apellidadas Chaves. Mientras esperaba, oyó unos piececitos que corrían hacia la puerta.
—¿Quién es? —le preguntó una niña pequeña.
—Soy Pedro.
—¿El paciente de mi madre de la pierna mala?
Pedro se había quitado la férula protectora y había dejado las muletas en casa, así que nadie hubiera dicho que tenía mal la pierna, lo que suponía que le iba a costar una buena reprimenda por parte de su enfermera.
—Sí, exactamente —contestó—. Nos conocemos de haber hablado por teléfono, ¿Te acuerdas? Me contaste lo del día del pijama.
—Sí —dijo la niña abriendo la puerta.
Pedro se quedó mirándola atónito. Era una copia en miniatura de Paula, un angelito. Sin embargo, no pudo evitar sentir un gran dolor en el pecho. Ver a un niño pequeño le producía aquel dolor.
—Sí —contestó Paula—. ¿Estarán bien después de tanto tiempo? ¿Los preservativos tienen fecha de caducidad?
Aquello hizo reír a Juana.
—¡Cualquiera diría que eres enfermera! ¿Se rompió?
—No lo sé —contestó Paula sonrojándose de nuevo—. Salí de allí como alma que lleva al diablo.
—Y no quieres volver —suspiró Juana—. Obviamente, porque te sientes atraída por él. Tú no eres delas que se acuestan con cualquiera.
—Según Pedro, soy de las que les gustan los arcoiris y las cenas a la luz de las velas —sonrió Paula.
—Efectivamente. Eres una romántica en busca de amor. Esto es genial.
Paula no lo creía así en absoluto.
—Pau, por fin se ha abierto. Sin tí, no sé si va a encontrar la fuerza suficiente para terminar el proceso que tú le has hecho empezar.
—¿No comprendes que yo no quiero ser esa fuerza? Yo tengo que pensar en mi hija.
—¿Y no crees que podrías...?
—No y tú lo sabes mejor que nadie. Yo quiero que mi hija tenga una familia. Aunque Pedro pudiera asumir que mi hija ve gracias a que su hijo ha muerto, no está dispuesto a volver a amar de nuevo.
—¿Eso te lo ha dicho él?
—No, pero no...
—Estás dando por hecho cosas que no sabes y sólo se me ocurre una razón por la que lo estás haciendo.
—¿Cuál?
—Que a tí también te da miedo volver a amar.
— ¿Ya has estado yendo a esas clases otra vez?
—Eso mismo me dice Pepe siempre que le digo algo que no quiere oír.
—No es lo mismo.
—Me encantaría seguir hablando contigo, pero tengo que volver a la UCI — anunció Juana mirando la hora que era.
—Perdona por entretenerte —se disculpó Paula.
—Pau, no lo abandones. Todavía le tienes que decir que tu hija recuperó la vista.
Paula se quedó mirando a su amiga mientras Juana salía de la cafetería y se dijo que no tenía nada más que decirle a Pedro porque él no había aprobado las donaciones. Menos mal que no le había contado nada. Lo echaba terriblemente de menos y eso demostraba que había empezado a enamorarse de él. Menos mal que había salido de su casa y de su vida a tiempo.
Pedro llamó a la puerta de casa de Paula. Había sido muy fácil encontrarla pues sabía que estaba en el listín telefónico y no había muchas personas apellidadas Chaves. Mientras esperaba, oyó unos piececitos que corrían hacia la puerta.
—¿Quién es? —le preguntó una niña pequeña.
—Soy Pedro.
—¿El paciente de mi madre de la pierna mala?
Pedro se había quitado la férula protectora y había dejado las muletas en casa, así que nadie hubiera dicho que tenía mal la pierna, lo que suponía que le iba a costar una buena reprimenda por parte de su enfermera.
—Sí, exactamente —contestó—. Nos conocemos de haber hablado por teléfono, ¿Te acuerdas? Me contaste lo del día del pijama.
—Sí —dijo la niña abriendo la puerta.
Pedro se quedó mirándola atónito. Era una copia en miniatura de Paula, un angelito. Sin embargo, no pudo evitar sentir un gran dolor en el pecho. Ver a un niño pequeño le producía aquel dolor.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 36
—No y eso me preocupa. Tú y yo hemos hablado mucho de este tema, Juana. Las dos sabemos que es bueno para las familias hablar de la donación de órganos, pero han pasado dos años y Pedro parece no haberse recuperado. No lo entiendo. Si accedió a donar los órganos...
—No fue él —la interrumpió Juana—. Fui yo.
—No me lo habías dicho —se sorprendió Paula.
—No lo estimé necesario. Cuando ocurrió el accidente, Pepe estaba volviendo en avión y no pude ponerme en contacto con él hasta transcurridas unas horas. Tras divorciarse, Diana me había dado un poder notarial por si ocurría algo. Jamás creí que tuviera que utilizarlo. Nadie mejor que tú sabe que los órganos donados para trasplante duran un breve lapso de tiempo. Eso,unido a que, de alguna manera, donar los órganos de mi hija y de mi nieto me hacía dar sentido a algo que no lo tenía, como perderlos, me decidió a firmar.
Paula asintió.
—Desgraciadamente, Pepe no pudo ir paso a paso, como yo sino que cuando llegó, se lo encontró todo hecho y no entendía nada.
—¿No le pareció bien lo que habías hecho? —preguntó Paula con el alma en vilo.
—Se enfadó muchísimo —contestó Juana—. Ahora entenderás que lo último que le apetecía era conocer a las personas que querían darle las gracias por algo que él no hubiera hecho. Una parte de él murió cuando perdió a Marcos y me culpó por...
—No lo hagas, Juana. Te digo de todo corazón que estoy convencida de que algún día entenderá lo que hiciste.
—Espero que ese día llegue pronto, que no falte mucho para que pueda olvidar el pasado y seguir adelante. Por lo que me has contado, parece que ha progresado bastante. Lo que no entiendo es por qué lo has dejado. ¿Qué ha hecho?
—Nada, no es importante. Lo que importa ahora es que tu yerno ha comenzado a recuperar las ganas de vivir.
—Entonces, tienes que volver a su lado.
Paula se quedó mirando el refresco.
—¿Porqué yo?
—No lo sé —contestó Juana—. Lo único que sé es que lleva dos años muerto y lo único que hace es tener aficiones cada vez más peligrosas. Estoy preocupada por él. Por alguna razón, tú has conseguido pararlo y creo que eres la única persona que puede conseguir que deje de vivir tan peligrosamente.
—Es imposible que sea yo. De verdad, sé por qué lo digo. Hay un buen motivo por el que no puedo volver a su casa.
—¿Te has acostado con él?
Paula miró sorprendida a su amiga.
—Dicen que el que calla otorga —sonrió Juana.
—¿Cómo lo sabes?
—Será la intuición femenina. En cualquier caso, me parece un buen síntoma ya que sé a ciencia cierta que no ha estado con ninguna mujer desde el accidente.
—Yo creo que si porque tenía... —dijo Paula sonrojándose.
—No fue él —la interrumpió Juana—. Fui yo.
—No me lo habías dicho —se sorprendió Paula.
—No lo estimé necesario. Cuando ocurrió el accidente, Pepe estaba volviendo en avión y no pude ponerme en contacto con él hasta transcurridas unas horas. Tras divorciarse, Diana me había dado un poder notarial por si ocurría algo. Jamás creí que tuviera que utilizarlo. Nadie mejor que tú sabe que los órganos donados para trasplante duran un breve lapso de tiempo. Eso,unido a que, de alguna manera, donar los órganos de mi hija y de mi nieto me hacía dar sentido a algo que no lo tenía, como perderlos, me decidió a firmar.
Paula asintió.
—Desgraciadamente, Pepe no pudo ir paso a paso, como yo sino que cuando llegó, se lo encontró todo hecho y no entendía nada.
—¿No le pareció bien lo que habías hecho? —preguntó Paula con el alma en vilo.
—Se enfadó muchísimo —contestó Juana—. Ahora entenderás que lo último que le apetecía era conocer a las personas que querían darle las gracias por algo que él no hubiera hecho. Una parte de él murió cuando perdió a Marcos y me culpó por...
—No lo hagas, Juana. Te digo de todo corazón que estoy convencida de que algún día entenderá lo que hiciste.
—Espero que ese día llegue pronto, que no falte mucho para que pueda olvidar el pasado y seguir adelante. Por lo que me has contado, parece que ha progresado bastante. Lo que no entiendo es por qué lo has dejado. ¿Qué ha hecho?
—Nada, no es importante. Lo que importa ahora es que tu yerno ha comenzado a recuperar las ganas de vivir.
—Entonces, tienes que volver a su lado.
Paula se quedó mirando el refresco.
—¿Porqué yo?
—No lo sé —contestó Juana—. Lo único que sé es que lleva dos años muerto y lo único que hace es tener aficiones cada vez más peligrosas. Estoy preocupada por él. Por alguna razón, tú has conseguido pararlo y creo que eres la única persona que puede conseguir que deje de vivir tan peligrosamente.
—Es imposible que sea yo. De verdad, sé por qué lo digo. Hay un buen motivo por el que no puedo volver a su casa.
—¿Te has acostado con él?
Paula miró sorprendida a su amiga.
—Dicen que el que calla otorga —sonrió Juana.
—¿Cómo lo sabes?
—Será la intuición femenina. En cualquier caso, me parece un buen síntoma ya que sé a ciencia cierta que no ha estado con ninguna mujer desde el accidente.
—Yo creo que si porque tenía... —dijo Paula sonrojándose.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 35
Paula entró en la cafetería del hospital y se sirvió un refresco bajo en calorías y una pieza de fruta. Había dado por terminado su trabajo en casa de Pedro el día anterior y había vuelto a su tumo normal en urgencias. Mientras esperaba para pagar, miró a su alrededor. El comedor estaba prácticamente vacío. De repente, vió una cara conocida junto a la ventana y se acercó.
—¿Te importa que me siente contigo?
Juana levantó la mirada sorprendida y, al ver que era ella, sonrió encantada.
—Hola, siéntate.
—Gracias —contestó Paula sentándose y diseccionando la manzana con precisión quirúrgica—. ¿Qué haces por aquí?
—Me han llamado —contestó Juana.
Paula recordó que su amiga trabajaba ahora para una organización de voluntarios que se encargaba de hacer de enlace entre los hospitales y los familiares de pacientes muertos que pudieran donar órganos. Durante una semana al mes. Juana tenía que estar disponible las veinticuatro horas del día para atender a cualquier familia que hubiera perdido a un ser querido, para apoyarla en aquellos momentos tan duros y contestar a cualquier pregunta.
—¿Te han llamado por lo de la chica del accidente de coche?
Juana la miró con tristeza.
—Sí, tiene lesiones irreversibles en el cerebro y la están manteniendo viva con respiración asistida mientras la familia toma una decisión.
Paula alargó el brazo y le apretó la mano.
—Tiene suerte de tenerte. Eres la mejor.
—Lo sé —suspiró Juana.
—Y la más humilde.
—Qué bien me conoces —sonrió Juana intentando animarse—. ¿Y tú qué haces por aquí?
—Había poca gente en este turno.
—¿Y Pedro? ¿Ya has terminado con él?
¿Se ha recuperado por completo? Lo cierto era que Paula sospechaba que su capacidad de recuperación era increíble, pero se había sido tan rápidamente el día anterior que no le había dado tiempo a comprobar si estaba completamente restablecido. Y aquello no era algo que le apeteciera compartir con su amiga, así que se revolvió incómoda en la silla.
—Está mucho mejor.
—Lo has dejado, ¿No?
—Sí —admitió Paula.
—¿Por qué? Creía que las cosas iban mejor.
—Depende de lo que entiendas por mejor. Es verdad que se ha abierto un poco. —Eso es bueno —dijo Juana—. ¿Qué te ha contado?
—Me habló del divorcio, me dijo que estaba muy entregado a su trabajo y que viajaba mucho.
Juana asintió.
—Diana siempre se quejaba de eso. En cualquier caso, mi hija no sabía estar sola. ¿Qué más te ha contado?
—Ayer me contó que ambos murieron en un accidente de coche y que se culpa por ello.
—¿Todavía? —dijo Juana sacudiendo la cabeza.
Paula asintió.
—Pobrecito... bueno, en cualquier caso, has conseguido que se abra. ¿Te ha dicho algo de la donación de órganos? ¿Te ha dicho cómo se siente por ello?
Paula negó con la cabeza y se acordó del dolor que había visto en los ojos de Pedro.
—¿Te importa que me siente contigo?
Juana levantó la mirada sorprendida y, al ver que era ella, sonrió encantada.
—Hola, siéntate.
—Gracias —contestó Paula sentándose y diseccionando la manzana con precisión quirúrgica—. ¿Qué haces por aquí?
—Me han llamado —contestó Juana.
Paula recordó que su amiga trabajaba ahora para una organización de voluntarios que se encargaba de hacer de enlace entre los hospitales y los familiares de pacientes muertos que pudieran donar órganos. Durante una semana al mes. Juana tenía que estar disponible las veinticuatro horas del día para atender a cualquier familia que hubiera perdido a un ser querido, para apoyarla en aquellos momentos tan duros y contestar a cualquier pregunta.
—¿Te han llamado por lo de la chica del accidente de coche?
Juana la miró con tristeza.
—Sí, tiene lesiones irreversibles en el cerebro y la están manteniendo viva con respiración asistida mientras la familia toma una decisión.
Paula alargó el brazo y le apretó la mano.
—Tiene suerte de tenerte. Eres la mejor.
—Lo sé —suspiró Juana.
—Y la más humilde.
—Qué bien me conoces —sonrió Juana intentando animarse—. ¿Y tú qué haces por aquí?
—Había poca gente en este turno.
—¿Y Pedro? ¿Ya has terminado con él?
¿Se ha recuperado por completo? Lo cierto era que Paula sospechaba que su capacidad de recuperación era increíble, pero se había sido tan rápidamente el día anterior que no le había dado tiempo a comprobar si estaba completamente restablecido. Y aquello no era algo que le apeteciera compartir con su amiga, así que se revolvió incómoda en la silla.
—Está mucho mejor.
—Lo has dejado, ¿No?
—Sí —admitió Paula.
—¿Por qué? Creía que las cosas iban mejor.
—Depende de lo que entiendas por mejor. Es verdad que se ha abierto un poco. —Eso es bueno —dijo Juana—. ¿Qué te ha contado?
—Me habló del divorcio, me dijo que estaba muy entregado a su trabajo y que viajaba mucho.
Juana asintió.
—Diana siempre se quejaba de eso. En cualquier caso, mi hija no sabía estar sola. ¿Qué más te ha contado?
—Ayer me contó que ambos murieron en un accidente de coche y que se culpa por ello.
—¿Todavía? —dijo Juana sacudiendo la cabeza.
Paula asintió.
—Pobrecito... bueno, en cualquier caso, has conseguido que se abra. ¿Te ha dicho algo de la donación de órganos? ¿Te ha dicho cómo se siente por ello?
Paula negó con la cabeza y se acordó del dolor que había visto en los ojos de Pedro.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 34
—¿Te ha gustado?
—Mucho —contestó, abriendo los ojos y sintiendo la erección de Pedro en la pierna—. Ahorate toca a tí.
—¡Bien! —bromeó Pedro abriendo el cajón de la mesilla y sacando un paquete de preservativos.
—Menos mal que uno de los dos se ha acordado—comentó Paula.
—Están aquí desde hace un millón de años —contestó, colocándose un preservativo con manos temblorosas. A continuación, se tumbó entre sus piernas.
—Hace mucho tiempo que no lo hago y no sé si...
Paula le puso un dedo sobre los labios.
—Paula dice que no pienses, que sólo sientas. Cállate y bésame.
Pedro sonrió y la besó. Sentirlo tan cerca era maravilloso y, cuando se adentró en su cuerpo, maravilloso se convirtió en increíble. Moviéndose al unísono ambos alcanzaron el orgasmo. Cuando pudieron recobrar la respiración de nuevo, se quedaron abrazados en silencio. Al cabo de un rato. Él la besó en la boca y se levantó. Al instante, Paula recuperó la cordura y se preguntó qué demonios había hecho. Estaba muy claro, se había acostado con su paciente, el peor error que podía cometer una enfermera. Sólo había una manera de arreglarlo, así que se apresuró a ponerse en pie, a vestirse y a bajar al baño que había en la planta de entrada. Cuando salió. Pedro la estaba esperando junto a la chimenea.
—Hola.
—Hola.
—Veo que te has vestido. ¿Significa eso que no te vas a quedar a dormir?
—No, me tengo que ir —contestó Paula.
—¿Por qué? —quiso saber Pedro cruzándose de brazos—. Sofía está durmiendo en casa de tus padres.
—Me parece que ha quedado muy claro que ya no me necesitas.
—¿Por qué dices eso?
—Porque me acabas de demostrar que físicamente estas perfectamente, así que no voy a volver.
—¿Porqué?
—Me parece que es bastante obvio.
—¿Por qué hemos hecho el amor?
—Bingo.
—¿Y si te dijera que no volverá a ocurrir?
—No te creería.
—Chica lista.
—Mira, Pedro, me ha costado mucho ser enfermera y no puedo tirarlo todo por la borda. Lo cierto es que no confío en tí.
—Me gustaría que quedara claro que no he sido yo quien te ha besado.
—No, he sido yo —admitió Paula sintiéndose como una idiota.
—No te vayas —le pidió Pedro.
Paula lo miró a los ojos. No podía ser.
—Lo siento, Pedro, pero me tengo que ir. Gracias por todo.
—¿De qué tienes miedo, Paula? —dijo, agarrándola del brazo.
—Adiós, Pedro —contestó ella apartándose de él y corriendo hacia la puerta—. No te lo tomes a mal, pero espero no volver a verte por urgencias.
—Paula...
—Adiós —se despidió Paula corriendo hacia su coche.
Su misión estaba más o menos terminada. Pedro se había abierto, pero ahora era ella la que se cerraba. Se iba no porque tuviera miedo de perder el trabajo sino porque tenía miedo de perder el corazón. Menos mal que se había dado cuenta a tiempo.
—Mucho —contestó, abriendo los ojos y sintiendo la erección de Pedro en la pierna—. Ahorate toca a tí.
—¡Bien! —bromeó Pedro abriendo el cajón de la mesilla y sacando un paquete de preservativos.
—Menos mal que uno de los dos se ha acordado—comentó Paula.
—Están aquí desde hace un millón de años —contestó, colocándose un preservativo con manos temblorosas. A continuación, se tumbó entre sus piernas.
—Hace mucho tiempo que no lo hago y no sé si...
Paula le puso un dedo sobre los labios.
—Paula dice que no pienses, que sólo sientas. Cállate y bésame.
Pedro sonrió y la besó. Sentirlo tan cerca era maravilloso y, cuando se adentró en su cuerpo, maravilloso se convirtió en increíble. Moviéndose al unísono ambos alcanzaron el orgasmo. Cuando pudieron recobrar la respiración de nuevo, se quedaron abrazados en silencio. Al cabo de un rato. Él la besó en la boca y se levantó. Al instante, Paula recuperó la cordura y se preguntó qué demonios había hecho. Estaba muy claro, se había acostado con su paciente, el peor error que podía cometer una enfermera. Sólo había una manera de arreglarlo, así que se apresuró a ponerse en pie, a vestirse y a bajar al baño que había en la planta de entrada. Cuando salió. Pedro la estaba esperando junto a la chimenea.
—Hola.
—Hola.
—Veo que te has vestido. ¿Significa eso que no te vas a quedar a dormir?
—No, me tengo que ir —contestó Paula.
—¿Por qué? —quiso saber Pedro cruzándose de brazos—. Sofía está durmiendo en casa de tus padres.
—Me parece que ha quedado muy claro que ya no me necesitas.
—¿Por qué dices eso?
—Porque me acabas de demostrar que físicamente estas perfectamente, así que no voy a volver.
—¿Porqué?
—Me parece que es bastante obvio.
—¿Por qué hemos hecho el amor?
—Bingo.
—¿Y si te dijera que no volverá a ocurrir?
—No te creería.
—Chica lista.
—Mira, Pedro, me ha costado mucho ser enfermera y no puedo tirarlo todo por la borda. Lo cierto es que no confío en tí.
—Me gustaría que quedara claro que no he sido yo quien te ha besado.
—No, he sido yo —admitió Paula sintiéndose como una idiota.
—No te vayas —le pidió Pedro.
Paula lo miró a los ojos. No podía ser.
—Lo siento, Pedro, pero me tengo que ir. Gracias por todo.
—¿De qué tienes miedo, Paula? —dijo, agarrándola del brazo.
—Adiós, Pedro —contestó ella apartándose de él y corriendo hacia la puerta—. No te lo tomes a mal, pero espero no volver a verte por urgencias.
—Paula...
—Adiós —se despidió Paula corriendo hacia su coche.
Su misión estaba más o menos terminada. Pedro se había abierto, pero ahora era ella la que se cerraba. Se iba no porque tuviera miedo de perder el trabajo sino porque tenía miedo de perder el corazón. Menos mal que se había dado cuenta a tiempo.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 33
—Quítate la camiseta —le pidió.
Paula le dedicó una sonrisa llena de erotismo, pero no se movió.
— Pedro te dice que te quites la camiseta.
Ella se sacó la camiseta, quedando ante él prácticamente desnuda, pues sólo llevaba un minúsculo sujetador de encaje blanco. A Pedro le pareció que no había visto nunca nada más bonito. Se acercó a ella y le desabrochó el sujetador. A continuación, dió un paso atrás y admiró su cuerpo. Paula tenía un cuerpo perfecto, femenino y maravilloso, que él se moría por explorar.
—A Pedro le parece que llevas todavía demasiada ropa.
Paula sonrió.
—Paula dice que tú primero.
— Así no se juega — sonrió Pedro.
—Nuevas normas.
—Está bien, soy un hombre fácil.
Y dicho aquello, se quitó los pantalones y los calzoncillos. Paula se quitó los zapatos y comenzó a desnudarse también, pero Pedro se lo impidió. Quería desnudarla él.
—Eres preciosa —le dijo sinceramente cuando hubo terminado.
—Gracias.
Pedro se sentó en el borde de la cama y le abrió los brazos y Paula no se lo pensó dos veces. Cuando su espalda entró en contacto con las sábanas, que estaban frías, se estremeció.
—Parece que las guardas en el congelador, hombre —dijo imitándolo.
—Para eso estoy yo aquí, para calentarte —le aseguró él con voz sensual—. Cierra los ojos.
Paula enarcó una ceja.
—Pedro dice que cierres los ojos —sonrió él.
Paula volvió a estremecerse, pero de anticipación aquella vez. La atracción que sentía por aquel hombre era demasiado intensa como para intentar controlarla, así que hizo lo que le pedía y cerró los ojos. A continuación, sintió sus labios en los párpados, en la naríz, en las mejillas y en la boca al mismo tiempo que sentía sus manos en la tripa, en los pechos... Cuando Pedro le acarició los pezones, sintió tal descarga eléctrica que abrió los ojos.
—Pedro dice que cierres los ojos.
—Pero...
— Pedro dice que no discutas.
Paula volvió a cerrar los ojos y se dijo que para qué discutir cuando aquello era maravilloso. Como si le hubiera leído el pensamiento, Pedro siguió acariciándola. El escote, el cuello, el lóbulo de la oreja. Sintió que la respiración se le aceleraba. Quería que la tocara por todas partes. De nuevo como si le leyera el pensamiento, Pedro deslizó la mano por su abdomen, le separó las piernas y llegó al centro de su feminidad. Ella no pude evitar gemir de placer. Pedro siguió acariciándola hasta que sintió que se le tensaba el cuerpo entero y, entonces, vió fuegos artificiales y se apretó contra su mano con todas sus fuerzas.
Paula le dedicó una sonrisa llena de erotismo, pero no se movió.
— Pedro te dice que te quites la camiseta.
Ella se sacó la camiseta, quedando ante él prácticamente desnuda, pues sólo llevaba un minúsculo sujetador de encaje blanco. A Pedro le pareció que no había visto nunca nada más bonito. Se acercó a ella y le desabrochó el sujetador. A continuación, dió un paso atrás y admiró su cuerpo. Paula tenía un cuerpo perfecto, femenino y maravilloso, que él se moría por explorar.
—A Pedro le parece que llevas todavía demasiada ropa.
Paula sonrió.
—Paula dice que tú primero.
— Así no se juega — sonrió Pedro.
—Nuevas normas.
—Está bien, soy un hombre fácil.
Y dicho aquello, se quitó los pantalones y los calzoncillos. Paula se quitó los zapatos y comenzó a desnudarse también, pero Pedro se lo impidió. Quería desnudarla él.
—Eres preciosa —le dijo sinceramente cuando hubo terminado.
—Gracias.
Pedro se sentó en el borde de la cama y le abrió los brazos y Paula no se lo pensó dos veces. Cuando su espalda entró en contacto con las sábanas, que estaban frías, se estremeció.
—Parece que las guardas en el congelador, hombre —dijo imitándolo.
—Para eso estoy yo aquí, para calentarte —le aseguró él con voz sensual—. Cierra los ojos.
Paula enarcó una ceja.
—Pedro dice que cierres los ojos —sonrió él.
Paula volvió a estremecerse, pero de anticipación aquella vez. La atracción que sentía por aquel hombre era demasiado intensa como para intentar controlarla, así que hizo lo que le pedía y cerró los ojos. A continuación, sintió sus labios en los párpados, en la naríz, en las mejillas y en la boca al mismo tiempo que sentía sus manos en la tripa, en los pechos... Cuando Pedro le acarició los pezones, sintió tal descarga eléctrica que abrió los ojos.
—Pedro dice que cierres los ojos.
—Pero...
— Pedro dice que no discutas.
Paula volvió a cerrar los ojos y se dijo que para qué discutir cuando aquello era maravilloso. Como si le hubiera leído el pensamiento, Pedro siguió acariciándola. El escote, el cuello, el lóbulo de la oreja. Sintió que la respiración se le aceleraba. Quería que la tocara por todas partes. De nuevo como si le leyera el pensamiento, Pedro deslizó la mano por su abdomen, le separó las piernas y llegó al centro de su feminidad. Ella no pude evitar gemir de placer. Pedro siguió acariciándola hasta que sintió que se le tensaba el cuerpo entero y, entonces, vió fuegos artificiales y se apretó contra su mano con todas sus fuerzas.
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