domingo, 19 de febrero de 2017

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 32

—Hay que seguir adelante, Pedro—lo animó—. Tú querías a tu hijo y su madre lo quería. No había razón para creer que no estaba seguro con ella.

Pedro se llevó las manos a los ojos.

—Lo echo tanto de menos...

 —No voy a decir que sé cómo te sientes por qué no lo sé, porque no quiero ni imaginarme cómo me sentiría yo si perdiera a mi hija, pero...

—Como me digas que lo sientes, te aseguro que me pongo a patinar con muletas —intentó bromear Pedro.

—No, no te voy a decir que lo siento, aunque realmente lo siento, lo que quiero decirte es que tienes que aprender a vivir de nuevo —contestó Paula con lágrimas en los ojos.

Pedro había abierto sus heridas para sanarlas, para que salieran las toxinas, pero ella sabía que quedaba un último escalón, tenía que contarle que la muerte de su hijo no había sido en vano, que gracias a Marcos, Sofía veía. Su instinto le decía que no era aquel el momento, pero sería en breve y, ¿Qué pasaría entonces? ¿Cómo se lo tomaría? ¿Volvería a cerrarse y no dejaría que nadie se acercara a él jamás? Pedro la miró y  cometió el error de mirarlo a los ojos. Al hacerlo, la visión se le nubló y sintió que las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas.

—Paula...

—No te preocupes por mí —le dijo poniéndose en pie.

Pero Pedro la agarró del brazo.

—Mírame.

Paula negó con la cabeza, pero él  le tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos.

—Por favor, no llores por mí.

Paula sentía su cercanía y se moría por sentir sus labios, así que cerró los ojos y esperó, pero Pedro no la besó. Abrió los ojos extrañada y se dió cuenta de que, aunque le había llevado su tiempo. Pedro había aprendido por fin a respetar las normas. Le estaba diciendo que todo dependía de ella, que, si ella quería, ocurriría lo que él deseaba que ocurriera.  Se dijo que podía denegar la invitación, pero entonces jamás sabría lo que era hacer el amor con un hombre como aquel. En realidad, no tenía opción.


Pedro esperó temiendo que Paula se echará atrás. Jamás había deseado tanto a una mujer, deseaba con todo su ser que lo besara. De repente, sintió que Paula y sólo Paula podía curarlo. Por primera vez en dos años, quería acariciar y ser acariciado. Él, que había creído que jamás podría volver a sentir nada más que angustia, tenía la sensación de que, por fin, respiraba de nuevo. Se sentía como un hombre que se está ahogando y al que, de repente, alguien agarra desde la superficie del agua. Paula lo besó y  sintió que el mundo se paraba. Al instante, le devolvió el beso, un beso apasionado y febril.

—Vamos a mi habitación —propuso.

—Sí —contestó Paula mojándose los labios.

Aquel gesto inocente hizo que el deseo de Pedro se desbordara y que la erección amenazara con atravesarle los pantalones. Ella  le ayudó a subir las escaleras y, una vez en su habitación. Pedro la tomó de la mano y la condujo a la cama.

—¿Estás segura?

—Sí, pero creo que...

—No pienses, limítate a sentir —la interrumpió, poniéndole un dedo sobre los labios. A continuación, se inclinó sobre ella y la besó.

Paula se estremeció. Pedro le soltó el pelo que llevaba recogido con una horquilla y los cabellos dorados le cayeron sobre los hombros.

 —Maravillosa —murmuró.

Paula le puso las manos en el pecho, las deslizó hasta la cinturilla del pantalón, le sacó la camiseta, pasó las manos por debajo y le acarició la piel desnuda. La sensación de conexión que Pedro experimentó fue indescriptible. Aquello era lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo. Necesitaba a sentirla más cerca.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 31

—Por supuesto que no. Me gustaría saber, por ejemplo, por qué has ingresado en urgencias tres veces en dos años. Te confieso que lo que me contaste la noche que te ingresaron me hizo pensar que casi te arrepentías de haber sobrevivido al accidente. Me da la impresión de que ha ocurrido algo en tu vida que te hace no querer seguir viviendo.

—¿Y tú qué sabes? —exclamó Simón poniéndose en pie a toda velocidad.

 —Yo sólo sé lo que veo —contestó Paula poniéndose en pie también.

—Pues lo que ves, lo que tienes ante tí, es un hombre que perdió a su ex mujer y a su hijo en un accidente de tráfico —explotó Pedro poniendo las manos sobre la mesa.

—¿Cómo has dicho?

Pedro se dirigió al salón sin ayuda de la muleta y se dejó caer en el sofá. Como si se estuviera ahogando, se llevó una mano al cuello. Paula lo siguió, se sentó a su lado y le puso la mano en el brazo.

—Cuéntamelo.

Pedro la miró a los ojos.

—Murieron los dos, Paula.

—¿Conducías tú? —preguntó ella,  rezando para que no fuera así.

Pedro negó con la cabeza.

 —Marcos debería de haber estado aquel fin de semana conmigo. Diana y yo teníamos la custodia compartida y ya sabes cómo funcionan esas cosas. Yo intentaba pasar todo el tiempo que podía con mi hijo, pero...

—¿Pero? —lo urgió Paula. No quería que dejara de hablar ahora que había comenzado.

—Pero aquel fin de semana tenía un viaje de negocios —contestó —. Marcos estaba enfadado porque le había dicho que lo iba a llevar a un partido de hockey aquel fin de semana. Le dije que habría otros partidos... —añadió con la voz rota—. Jamás volví a verlo con vida —concluyó llorando.

Paula le apretó el brazo.

— Y tú no has parado de preguntarte desde entonces qué habría ocurrido si no hubieras ido a aquel viaje, ¿Verdad? No lo hagas.

 —¿Cómo no lo voy a hacer cuando es obvio que, si me hubiera llevado a mi hijo aquel fin de semana, Marcos seguiría con vida?  Si no hubiera dejado que los negocios fueran lo primero, si no hubiera pasado aquel fin de semana con Diana, si lo hubiera llevado al partido tal y como le había prometido, estaría aquí.

Si Marcos no hubiera muerto, Sofía no vería, no habría podido aprender a escribir su nombre en la guardería ni a elegir su vestido morado favorito. Oh, Dios, aquello era demasiado.

 —Escúchame, Pedro, por favor —dijo Paula tomándole la mano entre las suyas—. Tienes que dejar de hacerte esto, te vas a volver loco. Nadie sabe por qué ocurren estas cosas. El destino, el karma, la casualidad... ¿acaso sabías tú que tu ex mujer iba a tener un accidente mortal?

—No.

 —Si lo hubieras sabido, habrías aplazado aquel viaje, ¿Verdad?

—Sin dudarlo.

—La vida sería muy sencilla si pudiéramos predecir el futuro, pero no es así. Yo jamás habría comenzado a salir con el padre de mi hija si hubiera sabido que me iba a abandonar.

—Pero tú, al menos, sacaste algo positivo de todo aquello. Tienes a tu hija, pero yo no tengo a mi hijo. Marcos está muerto y eso no tiene nada de positivo.

Paula se moría por decirle que, desgraciadamente, si había algo de positivo en la muerte de su hijo, pero no creía que Pedro estuviera preparado todavía para escucharlo.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 30

—Muchas gracias por todo, Pedro.

—De nada —contestó Pedro mirándola con intensidad—. Me pregunto si tu hija se da cuenta de la suerte que tiene.

—Por supuesto que lo sabe. Ahora mismo, debe de estar ya durmiendo con la tripa llena de pollo con patatas.

—No me refería a eso —sonrió —. Lo decía porque puede cenar todas las noches contigo.

Aquellas palabras llegaron al corazón de ella y le hicieron un profundo bien, ya que no era Pedro el único que se sentía solo. ¿Cuánto tiempo hacía que no cenaba con un hombre guapo y sensual que la excitaba con una sola mirada? Ya ni siquiera se acordaba. Intentó convencerse de que no le importaba, de que lo único que necesitaba en su vida era su hija, pero, ¿De qué servía engañarse a sí misma? La verdad era que se sentía sola.

—Hablame de su padre —le pidió Pedro.

Paula estuvo a punto de atragantarse con la pasta.

—Preferiría no hablar de él.

—¿Porqué?

— Porque puede que se me quitara el hambre o se me cortara la digestión — contestó, haciéndolo sonreír.

—¿Cómo lo conociste?

Paula pensó en no contestar, pero para entonces ya se había dado cuenta de que, cuando él  quería algo, no paraba hasta que se salía con la suya.

—Era comercial de una empresa farmacéutica y entre los hospitales que tenía estaba el hospital en el que yo estaba haciendo prácticas. Nos conocimos en la cafetería.

—¿Y cuánto tiempo saliste con él?

—Hasta que desapareció.

 —¿Qué opinaban tus padres de él?

—¿Te refieres a si se dieron cuenta de que era un canalla?

 —Sí —contestó Pedro, metiéndose el tenedor lleno de espaguetis en la boca.

—No les caía mal hasta que cuando me quede embarazada, ni se le pasó por la cabeza casarse conmigo.

—¿Por qué crees que fue?

Paula se encogió de hombros.

— Me parece que es obvio, ¿No?

—No.

—Tú también eres hombre, Pedro. ¿Por qué crees que fue?

—Dímelo tú.

—Muy bien. Fue porque no me quería ni a mí ni a nuestra hija. Ya está. Ya lo he dicho. ¿Contento?

—No, no me siento contento en absoluto de que haya hombres así por el mundo.

—Yo tampoco. Y ahora, si no te importa, preferiría que cambiáramos de tema. ¿Qué tal van los Lakers este año? Está haciendo buen tiempo, ¿Verdad? ¿Tú crees que los demócratas volverán a la Casa Blanca?

—¿Pregunta por él?

—¿Quién? —dijo Paula haciéndose la tonta.

¿Por qué demonios insistía  en preguntar cosas de su vida que no le podía contar? Se suponía que era él quien tenía que abrirse y hablar de su vida personal y no ella. Estaba empezando a perder el control de la situación.

—Sabes perfectamente a quién me refiero. ¿Pregunta Sofía  por su padre? ¿Por qué no lo ve?

— No quiero hablar del tema.

 —Pero somos amigos...

 —¿Ah, sí?

—A mí me gustaría pensar que sí. Te respeto y te aprecio aunque no paras de darme órdenes. Nos llevamos bien, pero hay una falta de cooperación por tu parte a la hora de compartir información.

—El hecho de que nos pasemos casi todo el día juntos no significa que te tenga que contar detalladamente mi vida personal.

— Sólo te he preguntado por tu hija.

—Mi hija está muy bien, gracias por preguntar.

—¿No me vas a decir nada más?

—No, no tengo por qué hacerlo.

 —Te recuerdo que tú has intentado sonsacarme varias veces —sonrió Pedro.

Aquello la  hizo reír.

—Y yo te recuerdo que no me has contado casi nada, sólo que tu mujer se divorció de tí porque trabajabas mucho y que actualmente no trabajas porque vendiste la empresa que tenías.

—¿No te parece suficiente?

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 29

—Yo soy mucho mejor —le aseguró Pedro con voz ronca.

Paula sintió que sus palabras resbalaban por su cuerpo y se adentraban en su organismo, acariciándola y haciéndola sentir muy bien.

—De verdad, me tengo que ir a casa.

—¿De qué tienes miedo?

 —De nada.

—Me encantaría que me hicieras compañía.

Paula lo miró a los ojos y comprendió que Pedro le estaba abriendo la puerta.

—¿Por qué?

Pedro desvió la mirada.

—Porque no quiero cenar solo otra vez —confesó—. Además, ya ni me acuerdo de la última vez que cené con una mujer guapa.

¿Le parecía guapa?

—No me tomes el pelo.

—No te estoy tomando el pelo. Creo que te vendría muy bien tomarte la noche libre y no cocinar.

—¿No me digas que vas a cocinar tú?

—¿Porqué no?

Paula  colocó las manos en jarras y lo miró seriamente.

—Porque todavía llevas muletas —le recordó.

— Aunque podría cocinar si quisiera, lo que había pensado era llamar a un restaurante italiano que hay aquí cerca y que prepara comida para llevar. Me encantaría invitarte a cenar como muestra de agradecimiento. Es lo mínimo que puedo hacer.

 Así que le parecía guapa, ¿Eh? Paula no podía dejar de pensar en ello.

—No tienes nada que agradecerme —consiguió contestar—. Es mi trabajo.

—Sí, pero tu tumo termina dentro de unos minutos. Además, seguro que no te miman muy a menudo. Venga, acepta mi invitación —sonrió Pedro.

Por fin se estaba abriendo. Por primera vez le estaba diciendo cómo se sentía y lo que necesitaba. A lo mejor, había llegado el momento de que ella comenzara a ayudarlo a superar la tragedia de haber perdido a su hijo para que pudiera seguir adelante con su vida. ¿Cómo iba a desaprovechar la oportunidad si era, precisamente, lo que había estado esperando?

 —La verdad es que me estás tentando.

—¿Eso quiere decir que sí?

—Con una condición —contestó,  tragando saliva—. No me vuelvas a besar. Si lo vuelves a intentar, abandono el trabajo.

—Ya hemos hablado de eso y te he dicho que no hay problema —aceptó Pedro encogiéndose de hombros.

A Paula le pareció que se rendía demasiado fácilmente y se dijo que debía de haber trampa en algún sitio, pero en aquellos momentos era realmente importante quedarse con él e intentar acercarse a su corazón.

—Está bien —accedió por fin—. Encantada de cenar contigo.

Dos horas después, se alegraba mucho de haberse quedado a cenar con Pedro, que había llamado por teléfono a Marchetti's y había encargado unos riquísimos espaguetis con finas hierbas y tomates secos con ensalada César. El menú para llevar especial para dos incluía una botella de delicioso vino que a Paula se le antojó tan suave como la voz de Pedro cuando le había dicho que la encontraba guapa. El repartidor del restaurante no se contentó con llevarles la cena si no que apagó las luces, encendió la chimenea, colocó la cena sobre la mesa del comedor y encendió dos velas rojas. Pedro le dió una buena propina y el chico se fue encantado. Ahora, estaba sentado frente a Paula  y tenía la copa de vino en alto.

—Brindemos por...

—Una cena maravillosa —propuso Paula.

—Muy bien —aceptó,  probando el vino.

 Paula hizo lo propio y, al cabo de un rato, comprobó que tenía la copa vacía y que él se apresuraba a rellenarla. Lo cierto era que  se encontraba de maravilla. Hacía muy poco tiempo que lo conocía, pero lo que sentía por él era tan fuerte que la asustaba. Se dijo que no habría ningún problema siempre y cuando mantuviera el control.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 28

-Te suena el bolsillo—dijo Pedro.

Paula lo miró, que estaba sentado en el sofá con la pierna en alto y un libro en el regazo. Seguía enfadada con él por haberla besado hacía dos días.

—Gracias, si no me lo hubieras dicho jamás habría oído este ruido ensordecedor.

Lo cierto era que no le era fácil estar enfadada con él cuando era tan guapo y encantador. En aquellos momentos, la estaba mirando con una sonrisa de lo más sensual en los labios y un brillo picaruelo en los ojos. Aunque intentaba con todas sus fuerzas sobreponerse a la atracción que sentía por aquel hombre, le era imposible.

—¿Sí? —contestó.

—¿Mamá? ¿Por qué has tardado tanto en contestar?

¿Había perdido la noción del tiempo mirando a Pedro?

—¿Qué tal estás, cariño? Pasaré dentro de un rato a recogerte a casa de la abuela.

—Por eso precisamente te llamaba. Me quiero quedar a dormir aquí — contestó Sofía.

—¿Y eso?

Era viernes y su madre había ido a recoger a Sofía al colegio y se suponía que Paula pasaría por su casa a llevársela cuando hubiera terminado de trabajar.

—Me gustaría quedarme a dormir en casa de los abuelos. Es que... hay pollo con patatas para cenar.

Paula sonrió. Aquella era la comida preferida de su hija.


—Me parece muy bien que te quedes a cenar con los abuelos, pero lo de quedarte a dormir...

—Venga, mamá, por favor, la abuela me ha dicho que me va a dejar su ordenador y el abuelo me ha prometido ir a comprar donus para desayunar — insistió Sofía.

—Anda, dile a tu abuela que se ponga —suspiró Paula.

—¿Pau?

—Hola, mamá. ¿Estás segura de que quieres que Sofi se quede a dormir en tu casa? Ya sabes que no para.

—Estoy segura —contestó su madre encantada.

—No me la mimes mucho, eh? —bromeó.

-Mira, hija, ya me controlé con tus hermanos y contigo, así que ahora me he liado la manta a la cabeza y voy a mimar a mi nieta todo lo que quiera.

—Ya lo sé —rió Paula—. Está bien.

—Tu madre dice que sí —le dijo su madre a Sofía.

—¡Bien! —gritó la niña arrebatándole el teléfono a su abuela—. ¡Gracias, mamá! ¡Te quiero mucho!

—Yo también te quiero mucho, cariño. Pórtate bien.

—Yo siempre me porto bien —contestó Sofía—. Hasta luego.

—Hasta luego, mi amor —se despidió,  esperando a que su madre volviera a hacerse cargo del teléfono.

—Me alegro de que la dejes quedarse. Así tienes una noche para descansar. Estás trabajando mucho y lo necesitas, hija. El paciente que tienes ahora debe de ser muy exigente, ¿No?

 Paula miró a Pedro. Sí, definitivamente, era exigente. Exigía besos y caricias y ella no podía dejar de pensar en ello.

— Bueno, dale a papá un beso de mi parte y pasenla bien —contestó,  despidiéndose de su madre.

—Mañana hablamos, hija, descansa —contestó su madre colgando el teléfono.

Paula se guardó el móvil en el bolsillo y volvió a mirar Simón.

—Voy a preparar la cena —anunció.

—No he podido evitar oír que esta noche estás libre.

Paula  asintió.

 —Sofía se va quedar a dormir en casa de mis padres, así que, en cuanto te prepare la cena, estaré libre.

 —Entonces, no te vayas.

—¿Cómo?

—¿Por qué no te quedas a cenar conmigo?

No era una buena idea. Paula  lo supo por cómo le apetecía aceptar la invitación, por cómo se le había acelerado el corazón.

—Gracias, pero me tengo que ir a casa.

—¿Por qué? Tu hija está con tus padres, así que, ¿Qué te espera en casa?

 —Mis zapatillas, mi mecedora y un buen libro.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 27

—¿Me lo dices porque no tengo pareja? Si es por eso, te diré que yo no quiero volver a montar.

—A lo mejor, yo tampoco quiero volver a montar.

—Eso no es coherente por tu parte. Me acabas de decir que quieres que tu hija tenga un padre.

Paula lo miró a los ojos y vio tanto dolor en ellos que sintió que le costaba respirar. Aquel hombre necesitaba hablar de su hijo, y cuando lo hiciera, iba a sufrir mucho. Aquella situación era terrible. Si no le debiera toda la gratitud del mundo, se alejaría de él inmediatamente, pero tenía que ocultar su reacción porque se suponía que no sabía nada.

—¿Volvemos a casa? —le propuso.

Pedro asintió y se puso en pie. Mientras cruzaban la calle, ella se dijo que, por desgracia, aunque no quería estar en aquella situación, lo estaba. Conocía el secreto de Pedro y, por eso, no quería ser su enfermera. Además, no quería sentirse atraída por él, pero no lo podía evitar.


Pedro  no podía dejar de pensar en Paula. Habían pasado dos días desde su conversación en la playa y una semana desde el accidente y una agradable rutina se había instalado en sus vidas. Ella llegaba a las siete de la mañana, le tomaba las constantes vitales, le preparaba el desayuno y hacía con él los ejercicios de recuperación de la pierna. A continuación, llegaba lo que más le gustaba: el baño. Lo cierto era que  se encontraba cada vez mejor, pero no daba síntomas de ello para seguir teniéndola cerca. Estaba seguro de que si Paula se diera cuenta, se iría y no volvería. Por las noches, tras prepararle la cena, volvía a su casa. Le hubiera encantado pedirle que se quedara para no cenar solo, pero no lo había hecho ni un solo día porque sabía que Paula se quería marchar con su hija. Una vez a solas, contaba las horas y los minutos que le quedaban para volver a verla, para disfrutar de nuevo de la luminosidad de su sonrisa. Le quedaba otra semana con ella. Siete días. Una vez transcurridos, se iría.  No quería ni pensar en ello. De momento, estaba en la cocina preparándole el desayuno.

—¿Quieres zumo de naranja?

—No, sólo café.

—La vitamina c te viene bien, así que te voy a preparar un zumo de naranja.

—Si me lo ibas a preparar de todas maneras, ¿Para qué me preguntas?

—Por educación —contestó Paula sonriendo y volviendo a la cocina.

 Su presencia en aquella casa era una bendición y Pedro se dió cuenta de que llevaba mucho tiempo pensando única y exclusivamente en él. Patético, pero cierto. Ahora, sin embargo, pensaba en ella a todas horas. Cuando recordaba cómo le había contado que el padre de su hija las había abandonado. No podía evitar recordar el dolor que había visto en sus ojos. Si lo que decían era cierto y los ojos eran el espejo del alma, el alma de Paula necesitaba que la sanaran tanto como su pierna. En cualquier caso tenía la sensación de que ella  le escondía algo, tenía la extraña sensación de que sus respectivas desgracias los conectaban de alguna manera. Se debía de estar volviendo loco.

—Aquí tienes —anunció Paula dejando sobre la mesa la bandeja con el desayuno.

 A continuación, se sirvió una taza de café y se sentó en una mecedora. Todos los días le hacía compañía mientras desayunaba, aunque ella ya hubiera desayunado en casa con su hija.

—Deberías ir al médico para hacerte una revisión. Probablemente te tengan que quitar las grapas —le comentó.

—Para eso te tengo a tí —contestó,  tomándose los huevos revueltos.

—Yo no soy médico.

—No, tú eres mejor que un médico —sonrió Pedro —. En cualquier caso, no hace falta estudiar doce años de carrera para saber si uno se encuentra bien o no. Eso lo sé yo sólito. Pero, si te quedas más tranquila, te prometo que iré a ver al médico uno de estos días.

 —Mentiroso —sonrió Paula limitándose a recoger la bandeja.

—¿No me vas a regañar? —se extrañó.

—¿Para qué?

—¿Acaso no te preocupa como tenga el hombro?

—Claro que me preocupa.

—¿Entonces?

—Ay, Pedro, eres como un niño pequeño que no sabe lo que quiere y yo no estoy dispuesta a malgastar mis energías discutiendo contigo —contestó, girándose y volviendo a la cocina.

Pedro  sonrió de manera espontánea y se encontró feliz de hacerlo.

 —Muy bien, vamos a ver cómo tienes el hombro —dijo Paula  al volver al salón—. Quítate la camisa—le indicó sentándose a su lado en el sofá.

Pedro obedeció. Ella  se inclinó hacia la mesa para sacar vendas y otros objetos de su bolsa de trabajo. Al hacerlo, el jersey se le subió por la parte de atrás, dejando al descubierto su zona lumbar. Sintió un irreprimible deseo de acariciarla. Paula se irguió y se encontró mirándose en sus ojos. Aunque no era médico, le pareció que se había puesto nerviosa y se le había acelerado el corazón. ¿Por él? Aquella posibilidad le encantó.

—Bueno, lo tienes muy bien, así que te voy a quitar las grapas —anunció Paula, carraspeando—. A lo mejor, te duele un poco.

Pedro ni siquiera se enteró de que se las estaba quitando, pues estaba muy ocupado disfrutando de su cercanía y planteándose que, tal vez, debería demostrarle que era un hombre a pesar de las heridas y de que ella se empeñara en decirle que parecía un niño mimado.

— Ya está.

Pedro  decidió que era un buen momento y la agarró de la cintura.

—¿Qué haces? —exclamó ella.

Pedro le tomó el rostro entre las manos y observó la sorpresa que se dibujaba en sus intensos ojos azules. La iba a besar y ella lo sabía. Ni siquiera se movió, así que él  se inclinó hacia delante y le rozó los labios. Paula abrió la boca y Pedro no sé lo pensó dos veces. Hacía mucho tiempo que no había deseado besar a una mujer y  le hacía sentirse vivo de nuevo. Tan vivo que se moría por tocarla, así que deslizó la mano dentro de su camisa y le acarició un pecho. Al instante, Paula sintió que se le endurecían los pezones y no pudo evitar ahogar una exclamación. Ella también se moría por tocarlo y así lo hizo, dejando una estela de fuego en su hombro y en su torso. Pero, de repente, se apartó.

—Esto no puede ser, no está bien.

—¿Cómo que no? A mí me está pareciendo perfecto —contestó.

—Soy tu enfermera y no puedo saltarme las normas y tener una relación personal contigo. No me parece ético y podría perder mi trabajo.

—Te aseguro que yo no voy a decir nada —sonrió Pedro.

—No es eso, pero esto no se puede volver a repetir. Jamás.

—Pero...

—Te lo digo en serio. Me lo tienes que prometer o no volveré y mandarán a otra enfermera.

Pedro  sabía que hablaba en serio, así que accedió.

—De acuerdo.

—Muy bien —dijo ella poniéndose en pie—.Voy a recoger la cocina.

Pedro no contestó, se limitó a observarla mientras se alejaba. Paula tenía razón en una cosa: no era hombre que respetara las normas. Para muestra un botón. No le había prometido no volver a besarla, sólo había dicho «de acuerdo». Después de dos años en el infierno, volvía a sentirse vivo y era gracias a ella.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 26

—Debe de ser que los hombres con los que sales son unos idiotas —comentó.

—Eso ya te lo dije yo cuando nos conocimos — admitió Paula.

Sí, era cierto que le había dicho que le recordaba al hombre que la había abandonado.

-¿Por qué lo necesitabas? —preguntó Pedro.

—¿Cómo?

—La noche que me ingresaron, me contaste que tu pareja te había abandonado en el momento en el que tú más lo necesitabas. ¿Por qué lo necesitabas tanto?

Paula sintió que el corazón  le daba un vuelco. No podía contarle que había necesitado el apoyo emocional del padre de Sofía cuando la niña se estaba quedando ciega. La única persona que podía ayudarla en aquellos momentos, el hombre que había elegido para compartir la vida y ser el padre de sus hijos, le había dado la espalda. Obviamente, ni la quería a ella ni estaba dispuesto  a ser el padre de una niña con problemas. Si le contaba aquello,  Pedro iba a seguir haciendo preguntas y ella no creía que estuviera preparado para escuchar las respuestas. Algún día, cuando viera que él se había recuperado por completo de su tristeza, algo que ya estaba empezando a percibir en sus ojos, le contaría la verdad y le daría las gracias, pero ese día todavía no había llegado. Todavía no podía decirle que su hija veía porque su hijo había muerto.

—Pues sí que te lo tienes que pensar.

—Contestar a preguntas personales no forma parte de mi trabajo.

—¿Ah, no? —dijo Pedro cruzándose de brazos.

—No, mi trabajo consiste en cuidarte para que te pongas bien, pero no en contarte mi vida privada.

 —¿Y ese doble rasero? ¿Tú quieres que yo te cuente cosas de mi vida privada y tú no estás dispuesta a contarme nada?

—Exactamente.

—No me parece justo.

—Me da igual lo que te parezca —contestó Paula encogiéndose de hombros.

— Y a mí me da igual que no quieras hablar de tu vida privada. Insisto. ¿Por qué dices que te abandonó cuando más lo necesitabas?

Paula se dió cuenta de que, si quería que Pedro siguiera abriéndose, no tenía más remedio que contestar.

—Obviamente, lo digo porque tenía una hija con él —suspiró.

— Ya, pero tu respuesta me hace pensar que se había producido una situación concreta y especial. ¿Qué fue, Paula?

Paula se sentía incómoda, hubiera preferido que él no recordara lo que le había contado en urgencias aquella noche, pero ya no había marcha atrás.

—Sofía era nuestra primera hija y los dos estábamos un poco perdidos. Lo cierto es que para los padres primerizos es difícil acostumbrarse a que un niño se despierte catorce veces durante la noche porque tiene hambre o que se pase todo el día llorando sin saber por qué. El padre de Sofí no pudo soportar que le trastocaran su vida.

—¿Me estás diciendo que no supo cómo adecuarse a su condición de padre?

 —Más o menos.

 —Menudo idiota.

—Sí, eso ya lo sabemos todos.

—No todos los hombres somos así.

—Pues debe de ser que yo tengo muy mala suerte porque todos los hombres con los que he salido son completamente idiotas. A lo mejor, los atraigo.

—O, a lo mejor, inconscientemente, te sientes atraída por hombres que no te convienen en absoluto.

—¿Cómo es eso?

—A lo mejor, eliges deliberadamente hombres que no quieren formar una familia, que no quieren tener una relación seria con una mujer que tiene una hija.

Paula enarcó una ceja, indicándole que siguiera.

—No hay un hombre en tu vida porque tú no quieres que lo haya, porque te da miedo confiar.

—¿Y qué me aconseja usted, doctor Alfonso, que haga?

—Pedro te aconseja que lo superes.

—¿Así de fácil?

—¿Por qué no? Si el caballo te tira, tienes que levantarte rápidamente y volver a montarlo.

—Si te parece tan fácil en teoría, ¿Cómo es que no lo has puesto en práctica? —le preguntó.

En cuanto aquellas palabras hubieran abandonado su boca, deseó no haberlas pronunciado. Se suponía que no sabía nada de su hijo. Lo único que Pedro le había contado era que su esposa se había divorciado de él porque trabajaba demasiado. Sin embargo, mantuvo la compostura y se dijo que eso sería lo que le diría cualquiera al verlo solo.