—¿Alguna noticia?
—Todavía, no, pero todos los guardabosques están alertados. Bébete el café. Marcela siempre le pone mucho azúcar. Lo necesitas.
Paula estaba demasiado pálida, observó él alarmado.
—No sé qué hacer. Pensé que el doctor Karsh me había dado un buen consejo, pero ya no… ¡Si le pasara algo, no podría soportarlo! ¡No podría! —exclamó ella, agonizante.
Tampoco él podría soportarlo, se dijo.
—No va a pasarle nada. Lo que tenemos que hacer es decidir qué vas a decirle cuando lo encontremos. Es obvio que para él no basta con pasar las próximas vacaciones aquí en primavera. Si te soy sincero, tampoco a mí me basta. Quiero a ese niño con todo mi corazón.
—Pues ya somos dos —señaló ella, sollozando.
Paula empezó a temblar. Temiendo que entrara en estado de shock, Pedro sacó una manta del armario, con la idea de envolverla en ella. Entonces fue cuando vió una delatora lata de zarzaparrilla abierta en el suelo, junto a sus botas de goma. Contuvo la respiración y apartó el largo impermeable amarillo que había colgado sobre las botas. Detrás, encontró lo más bonito del mundo. Dos ojos de color avellana se quedaron mirándolo con ansiedad, como si temieran su reacción.
—Hola, campeón —dijo , acuclillándose.
Paula soltó un grito sofocado y corrió a su lado.
—Hola —dijo Nico, mirando a Paula—. ¿Están enfadados conmigo? — preguntó en voz baja.
—No —respondió Pedro—. ¿Quieres contarnos por qué te escondías?
—Porque Pau me dijo que nos iríamos a casa pasado mañana. Yo no quiero irme. Quiero vivir aquí.
—¿Te importa decirme cómo entraste en mi despacho sin que nadie te viera, campeón?
—Esperé en la parte trasera del edificio hasta que uno de los guardabosques abrió la puerta para entrar. Me colé detrás de él sin que se diera cuenta.
—Muy ingenioso. Serías un buen guardabosques.
—¡Quiero ser uno! Cuando nadie miraba, corrí a tu despacho y me escondí aquí. ¿Te molesta que tomara una zarzaparrilla de la nevera? Tenía sed.
Pedro rió con alegría. ¡Gracias a la zarzaparrilla lo habían encontrado! Si no, quién sabía cuánto tiempo podría haber seguido Nico agazapado allí.
—La compré para tí. Todo lo que hay en mi nevera es tuyo. Ven aquí, hijo.
El niño lo abrazó y el guardabosques se puso en pie, levantandolo en sus brazos. Miró a Paula, que estaba empezando a recuperar el color. Le tendió los brazos a su tía. Los tres se estaban abrazando cuando Marcela entró en el despacho.
La secretaria se los quedó mirando con ojos como platos.
—¿De dónde has salido, jovencito?
—Estaba en el armario —contestó Nico.
—¿Quieres decir que has estado ahí todo el tiempo mientras todos te buscaban?
—Sí.
—Bueno, bien está lo que bien acaba.
—Eso es —señaló Pedro—. Marcela, ¿Puedes llamar a Matías para decirle que cese la búsqueda?
Al instante, centró su atención en las dos personas más importantes para él.
—¿Sabes qué, campeón? No he cenado todavía. Vayamos a casa. Podría comerme un caballo.
—¿Y un elefante?
Pedro salió al pasillo, aún con el niño en brazos.
—Podría comerme un gorila.
—¿Y un oso?
Paula se adelantó y les abrió la puerta de la calle.
—Lo siento, chicos, pero sólo nos quedan perritos calientes.
—Yo me he comido dos para cenar, mamá —dijo Nico con voz somnolienta. Empezó a dormirse en el hombro de Pedro.
Una hora después, cuando Nico se hubo dormido en el cuarto de invitados, Pedro acompañó a Paula al salón.
—¿Te llama mamá a menudo?
—Esta noche ha sido la primera vez. Me encanta.
—Claro que sí.
—Pedro, estamos agotados. Ve a la cama y hablaremos por la mañana —sugirió ella y se tapó con una fina manta. No se sentía capaz de seguir teniéndolo tan cerca.
—Eso voy a hacer. Vamos a necesitar descansar para la excursión que he planeado para mañana.
—Gracias por encontrarlo —dijo ella, mirándolo a los ojos.
Él le acarició la mejilla.
—Nico habría salido de su escondite antes o después.
—Menos mal que no tardó mucho. Y fue gracias a tí. Buenas noches.
—Buenas noches.
Pedro salió del salón con una sensación de plenitud que no había experimentado durante años. Todos sus seres amados estaban bajo su techo esa noche.
domingo, 5 de febrero de 2017
Destinados: Capítulo 62
Pedro sintió un escalofrío.
—No. Acabo de mirar —repuso él. Corrió hacia Paula y la agarró de los brazos—. ¿Cuándo lo dejaste en la cama?
—A las ocho, pero no creo que se durmiera antes de las ocho y media — contestó ella, aterrorizada—. ¿Dónde puede estar? —preguntó con ansiedad.
—No puede estar muy lejos —afirmó Pedro—. Lo encontraremos.
Pedro llamó a Matías para pedirle que iniciara una búsqueda intensiva en el pueblo, empezando por la zona más cercana a su casa. Después de colgar, miró a Paula.
—Debió de decidir esconderse cuando le dijiste que iban a volver a Miami. Es algo típico en un niño de su edad.
—Seguro que tienes razón.
—Hoy, Nico me dijo que quería vivir conmigo. Te juro que lo encontraremos, Paula.
Mientras Matías organizaba la búsqueda, Pedro y ella buscaron en la casa, miraron bajo las camas, dentro de los armarios y en todas partes, incluso dentro de los coches.
—No está aquí. ¡Oh, Pedro!
—Shh… —dijo él y la tomó entre sus brazos. La besó en la sien y en la frente—. Tiene que estar cerca. Es de noche y no conoce el parque, seguro que se ha quedado por aquí.
Despacio, ella se apartó de sus brazos. Tenía la cara empapada en lágrimas.
—Sabía que Nico estaba decidido a quedarse contigo, pero no pensé que llegara tan lejos.
—Es lo que se hace cuando se ama a alguien.
—Lo sé —repuso ella con voz temblorosa—. Aquí perdió a su padre. Parece que se niega a perderte a tí también. Nunca debí traerlo.
—No digas eso. Nico conoce el hotel donde se alojan y puede que esté escondido allí. Iremos a mirar. Vamos.
Cuando sacaron el coche, Ricardo ya había estacionado delante de la casa y estaba coordinando una búsqueda en los alrededores. Había dado órdenes de buscar incluso en los cubos de la basura. Pedro condujo al hotel y encontró allí dos guardas más del parque, peinando los pasillos y el vestíbulo en busca de Nico. Todavía no había aparecido. Hablaron con todos los camareros en el comedor. Nadie lo había visto. La piscina estaba cerrada, pero miraron allí también, y en los vestuarios y los baños.
—Vamos, Paula. Iremos a las oficinas del parque, para ver qué han averiguado.
Minutos después, entraron en su despacho. Marcela los siguió con dos tazas de café. Las puso sobre la mesa y abrazó a Paula.
—No te preocupes. Los chicos encontrarán a nuestro pequeño guardabosques.
—Lo sé. Gracias, Marcela.
Se sentó en una de las sillas, esforzándose por controlar sus emociones. Pedro llamó a Matías desde su escritorio.
—¿Qué noticias tienes?
—Todo el valle Yosemite está en alerta. Se está buscando en todos los vehículos, incluidos los camiones, en todos los hoteles y todas las tiendas.
—¿Qué haría yo sin tí? —murmuró Pedro a su amigo—. Si le pasara algo…
—No le pasará nada. Lo encontraremos.
—Lo sé —repuso y se aclaró la garganta—. Mantenme informado.
Cuando colgó y se volvió hacia Paula, ella lo estaba mirando con ojos llorosos.
—No. Acabo de mirar —repuso él. Corrió hacia Paula y la agarró de los brazos—. ¿Cuándo lo dejaste en la cama?
—A las ocho, pero no creo que se durmiera antes de las ocho y media — contestó ella, aterrorizada—. ¿Dónde puede estar? —preguntó con ansiedad.
—No puede estar muy lejos —afirmó Pedro—. Lo encontraremos.
Pedro llamó a Matías para pedirle que iniciara una búsqueda intensiva en el pueblo, empezando por la zona más cercana a su casa. Después de colgar, miró a Paula.
—Debió de decidir esconderse cuando le dijiste que iban a volver a Miami. Es algo típico en un niño de su edad.
—Seguro que tienes razón.
—Hoy, Nico me dijo que quería vivir conmigo. Te juro que lo encontraremos, Paula.
Mientras Matías organizaba la búsqueda, Pedro y ella buscaron en la casa, miraron bajo las camas, dentro de los armarios y en todas partes, incluso dentro de los coches.
—No está aquí. ¡Oh, Pedro!
—Shh… —dijo él y la tomó entre sus brazos. La besó en la sien y en la frente—. Tiene que estar cerca. Es de noche y no conoce el parque, seguro que se ha quedado por aquí.
Despacio, ella se apartó de sus brazos. Tenía la cara empapada en lágrimas.
—Sabía que Nico estaba decidido a quedarse contigo, pero no pensé que llegara tan lejos.
—Es lo que se hace cuando se ama a alguien.
—Lo sé —repuso ella con voz temblorosa—. Aquí perdió a su padre. Parece que se niega a perderte a tí también. Nunca debí traerlo.
—No digas eso. Nico conoce el hotel donde se alojan y puede que esté escondido allí. Iremos a mirar. Vamos.
Cuando sacaron el coche, Ricardo ya había estacionado delante de la casa y estaba coordinando una búsqueda en los alrededores. Había dado órdenes de buscar incluso en los cubos de la basura. Pedro condujo al hotel y encontró allí dos guardas más del parque, peinando los pasillos y el vestíbulo en busca de Nico. Todavía no había aparecido. Hablaron con todos los camareros en el comedor. Nadie lo había visto. La piscina estaba cerrada, pero miraron allí también, y en los vestuarios y los baños.
—Vamos, Paula. Iremos a las oficinas del parque, para ver qué han averiguado.
Minutos después, entraron en su despacho. Marcela los siguió con dos tazas de café. Las puso sobre la mesa y abrazó a Paula.
—No te preocupes. Los chicos encontrarán a nuestro pequeño guardabosques.
—Lo sé. Gracias, Marcela.
Se sentó en una de las sillas, esforzándose por controlar sus emociones. Pedro llamó a Matías desde su escritorio.
—¿Qué noticias tienes?
—Todo el valle Yosemite está en alerta. Se está buscando en todos los vehículos, incluidos los camiones, en todos los hoteles y todas las tiendas.
—¿Qué haría yo sin tí? —murmuró Pedro a su amigo—. Si le pasara algo…
—No le pasará nada. Lo encontraremos.
—Lo sé —repuso y se aclaró la garganta—. Mantenme informado.
Cuando colgó y se volvió hacia Paula, ella lo estaba mirando con ojos llorosos.
Destinados: Capítulo 61
—Sí. La semana pasada, el médico le habló de una nueva tecnología que podría corregir el problema. Está pensando en operarse. Podría cambiar su vida. Por otra parte, si no sale bien, podría morir en el quirófano. Si mi padre decide hacerlo, tengo que estar con él.
—¿Y si se operara en California y pudiera pasar su convalecencia aquí contigo? Tus padres podrían mudarse aquí de forma permanente.
¿Seguía intentando convencerla de que aceptara el trabajo que le había ofrecido? Era demasiado doloroso para ella.
—Me temo que no saldría bien. Siempre han vivido en Miami. No podrían dejar a sus amigos, todos sus recuerdos… no es factible.
—Seguro que todo eso es importante, pero Nico y tú son su vida. Tras la muerte de tu hermano, nada es más importante para ellos.
—Tienes razón, pero no podría pedirles algo así a su edad.
—No creo que sean tan viejos. ¿Cuál es la verdadera razón de tu reticencia? — quiso saber Pedro—. ¿Es por el dinero?
—No. Agradezco tu preocupación, pero no quiero hablar más de ello, si no te importa.
—Disculpa. He sido muy insensible al olvidar que éste es el lugar donde Nico perdió a sus padres. Estoy seguro de que guarda recuerdos que preferís olvidar.
—No es por eso. Esto me gusta mucho. Es un valle majestuoso. Esto es un paraíso.
—Pero te hago sentir incómoda al querer hablar de ello.
Paula se levantó para poner distancia entre los dos.
—No. Creo que el terremoto me ha asustado a mí más que a Nico. No quiero ni pensar en que mi padre tuviera que experimentar un temblor así en su estado. Por eso, no puedo ni considerar la opción de mudarnos aquí.
—¿Cuándo van a volver a Miami? —preguntó él, poniéndose también en pie.
—Pasado mañana.
—¿Lo sabe Nico?
—Sí. Esta noche ha tenido otro berrinche antes de dormirse. El doctor Karsh me aconsejó que fueran unas vacaciones lo bastante largas, pero no demasiado.
—¿Qué va a pasar cuando quiera volver de vacaciones el mes que viene?
—No puedo responder. Le dije a Nico que volveríamos la siguiente primavera, pero me doy cuenta de que para él es una eternidad esperar tanto —admitió Paula—. Discúlpame un momento. Quiero ver cómo esta.
Salió del salón y se dirigió al cuarto de invitados, pues no quería derrumbarse delante de Pedro. Asustada, vió que Nico no estaba en la cama. Quizá estuviera en el baño. Fue a mirar allí, pero el niño tampoco estaba.
—¿Nico? —llamó ella—. ¿Dónde estás, tesoro? —Paula se giró. Pedro acababa de salir de su dormitorio—. ¿Está Nico en tu habitación?
—¿Y si se operara en California y pudiera pasar su convalecencia aquí contigo? Tus padres podrían mudarse aquí de forma permanente.
¿Seguía intentando convencerla de que aceptara el trabajo que le había ofrecido? Era demasiado doloroso para ella.
—Me temo que no saldría bien. Siempre han vivido en Miami. No podrían dejar a sus amigos, todos sus recuerdos… no es factible.
—Seguro que todo eso es importante, pero Nico y tú son su vida. Tras la muerte de tu hermano, nada es más importante para ellos.
—Tienes razón, pero no podría pedirles algo así a su edad.
—No creo que sean tan viejos. ¿Cuál es la verdadera razón de tu reticencia? — quiso saber Pedro—. ¿Es por el dinero?
—No. Agradezco tu preocupación, pero no quiero hablar más de ello, si no te importa.
—Disculpa. He sido muy insensible al olvidar que éste es el lugar donde Nico perdió a sus padres. Estoy seguro de que guarda recuerdos que preferís olvidar.
—No es por eso. Esto me gusta mucho. Es un valle majestuoso. Esto es un paraíso.
—Pero te hago sentir incómoda al querer hablar de ello.
Paula se levantó para poner distancia entre los dos.
—No. Creo que el terremoto me ha asustado a mí más que a Nico. No quiero ni pensar en que mi padre tuviera que experimentar un temblor así en su estado. Por eso, no puedo ni considerar la opción de mudarnos aquí.
—¿Cuándo van a volver a Miami? —preguntó él, poniéndose también en pie.
—Pasado mañana.
—¿Lo sabe Nico?
—Sí. Esta noche ha tenido otro berrinche antes de dormirse. El doctor Karsh me aconsejó que fueran unas vacaciones lo bastante largas, pero no demasiado.
—¿Qué va a pasar cuando quiera volver de vacaciones el mes que viene?
—No puedo responder. Le dije a Nico que volveríamos la siguiente primavera, pero me doy cuenta de que para él es una eternidad esperar tanto —admitió Paula—. Discúlpame un momento. Quiero ver cómo esta.
Salió del salón y se dirigió al cuarto de invitados, pues no quería derrumbarse delante de Pedro. Asustada, vió que Nico no estaba en la cama. Quizá estuviera en el baño. Fue a mirar allí, pero el niño tampoco estaba.
—¿Nico? —llamó ella—. ¿Dónde estás, tesoro? —Paula se giró. Pedro acababa de salir de su dormitorio—. ¿Está Nico en tu habitación?
Destinados: Capítulo 60
—¿Paula?
La voz de Pedro la despertó. Se sentó en el sofá y se apartó el pelo de los ojos.
—Hola. ¿Cuándo has llegado?
—Acabo de entrar.
—¿Qué hora es?
—Poco más de las once.
—¿Ha habido heridos? —preguntó ella.
—No.
—Gracias a Dios —dijo Paula y se estiró—. Nico está dormido en el cuarto de invitados.
—Eso pensé —repuso él.
Pedro tomó la foto que habían estado viendo antes y se sentó en una silla, junto al sofá. Quizá su lugar no fuera la mesita, se dijo ella.
—Nico me la enseñó antes. Tu esposa era muy guapa.
—Sí.
—¿Hace cuánto tiempo murió?
—Cinco años.
Tanto tiempo… y él seguía llevando la alianza. Paula sintió como si se le clavara una daga en el corazón.
—Éramos muy felices —añadió él.
—Es obvio —susurró ella—. ¿Por qué no tuvieron hijos?
—Nos conocimos en Alemania cuando los dos estábamos en el ejército. Ella era una de las enfermeras. Después de dieciocho meses de matrimonio, una bomba la mató cuando estaba de servicio en el Medio Este.
—Lo siento mucho, Pedro. No puedo ni imaginarlo.
—En ese momento, yo tampoco podía. Dejé el ejército y regresé a Estados Unidos. Me alisté como guardabosques, primero en Colorado, luego en Utah. Mi objetivo era estar aquí para poder ayudar a cuidar a mi abuela, que se había quedado inválida.
—Sé lo que es eso. Mi padre está casi inválido también, lleva casi toda la vida así por una cardiopatía.
—¿Toda la vida? —preguntó Pedro, sorprendido.
La voz de Pedro la despertó. Se sentó en el sofá y se apartó el pelo de los ojos.
—Hola. ¿Cuándo has llegado?
—Acabo de entrar.
—¿Qué hora es?
—Poco más de las once.
—¿Ha habido heridos? —preguntó ella.
—No.
—Gracias a Dios —dijo Paula y se estiró—. Nico está dormido en el cuarto de invitados.
—Eso pensé —repuso él.
Pedro tomó la foto que habían estado viendo antes y se sentó en una silla, junto al sofá. Quizá su lugar no fuera la mesita, se dijo ella.
—Nico me la enseñó antes. Tu esposa era muy guapa.
—Sí.
—¿Hace cuánto tiempo murió?
—Cinco años.
Tanto tiempo… y él seguía llevando la alianza. Paula sintió como si se le clavara una daga en el corazón.
—Éramos muy felices —añadió él.
—Es obvio —susurró ella—. ¿Por qué no tuvieron hijos?
—Nos conocimos en Alemania cuando los dos estábamos en el ejército. Ella era una de las enfermeras. Después de dieciocho meses de matrimonio, una bomba la mató cuando estaba de servicio en el Medio Este.
—Lo siento mucho, Pedro. No puedo ni imaginarlo.
—En ese momento, yo tampoco podía. Dejé el ejército y regresé a Estados Unidos. Me alisté como guardabosques, primero en Colorado, luego en Utah. Mi objetivo era estar aquí para poder ayudar a cuidar a mi abuela, que se había quedado inválida.
—Sé lo que es eso. Mi padre está casi inválido también, lleva casi toda la vida así por una cardiopatía.
—¿Toda la vida? —preguntó Pedro, sorprendido.
viernes, 3 de febrero de 2017
Destinados: Capítulo 59
De inmediato, Paula se dió cuenta de que algo iba mal. Pedro no se quitó el sombrero. Ella lo miró.
—¿Tienes que salir?
—Me temo que sí y no sé cuánto tardaré. Hay mucha comida en la nevera.
—¿Adonde vas? —preguntó Nico, con aspecto de estar destrozado.
—He recibido todos los informes sobre el terremoto —explicó, y se acuclilló delante de él—. Una piedra muy grande se ha caído en North Dome. No creemos que hubiera nadie por allí pero, como precaución, tengo que ir para echar un vistazo. No está lejos.
Nico lo miró con atención.
—¿Crees que la roca ha podido caer encima de alguien?
—Espero que no —respondió, con expresión grave. Abrazó al niño con fuerza antes de separarse y miró a Paula—. Quiero que se queden a dormir aquí esta noche, por si hay más temblores. Hay sitio para todos.
—¡Hurra! —exclamó Nico, emocionado—. ¡Vuelve pronto!
—Sabes que lo haré —dijo Pedro y le chocó la palma de la mano. Posó la mirada en Paula—. Te llamaré.
—Estaremos bien. Ten cuidado —le rogó ella, incapaz de ocultar su ansiedad.
—Lo mismo iba a decirte a tí—repuso él, mirándola a los ojos.
Segundos después, se fue. Cuando oyeron el ruido del motor del coche, Nico suspiró.
—Me gustaría que no se fuera.
—Y a mí, pero su trabajo es así —explicó Paula y dejó el bolso sobre la mesa—. Prepararé la cena. ¿Por qué no vas a buscar el baño y te lavas las manos?
Cuando Nico hubo salido de la cocina, Paula hizo una rápida llamada a sus padres para hacerles saber que se encontraban bien. La noticia del terremoto estaría en todos los telediarios. Después de colgar, examinó el contenido de la nevera. Además de un montón de zarzaparrilla, encontró perritos calientes congelados. A Nico le encantaban. Y a ella, también. Sobre el mostrador, había un frutero con manzanas y melocotones. Mientras metía los perritos en el microondas, Nico entró en la cocina.
—¡Mira! ¡Ésta es Karen! —dijo el niño, tendiéndole una fotografía enmarcada.
—¿Có-cómo sabes que es su esposa? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Porque me enseñó una foto que llevaba en la cartera.
Todavía llevaba su foto a todas partes, se dijo Paula, desesperanzada.
—¿No quieres verla?
No. Pero la curiosidad ganó y fijó su atención en la fotografía. Era una mujer pelirroja muy guapa. De la imagen, se desprendía que había sido una persona divertida y con mucha personalidad. Pudo entender por qué Pedro no había podido superarlo.
—Déjala en su sitio, por favor, tesoro, y ven a comer.
—Bien.
Con manos temblorosas, Paula cortó la fruta. Cuando los perritos calientes estuvieron preparados, los sirvió en dos platos y los llevó a la mesa.
—¡He encontrado a Lobezno! ¡Adivina dónde estaba!
—No puedo ni imaginarlo.
—Junto al mando a distancia, en el salón.
—Apuesto a que Pedro sabía que Lobezno te echaba de menos y lo ha sacado para que lo veas. ¿Por qué no se sientan los dos a cenar?
—De acuerdo. Pero a Lobezno no le gusta la comida que comemos nosotros.
—¿Y de qué vive?
—Come unas píldoras especiales.
—Vaya, eso no me parece muy divertido. Qué pena que no pueda saber lo rico que está un perrito caliente.
—Qué tonta, mamá —dijo Nico, riendo—. Quiero decir, Pau.
—No pasa nada —repuso ella, emocionada—. Puedes llamarme mamá si quieres.
—¿Crees que mi mamá se enfadaría si te llamara así? —preguntó Nico con expresión grave.
—No, ella sabe lo mucho que me gustaría ser tu mamá —afirmó Paula con ojos llorosos.
—¿Te gustaría?
—Sí —contestó ella y tragó saliva—. Te quiero como si fueras mi hijo.
—Yo también te quiero. Le conté a Pepe que quería llamarte mamá.
—Me gustaría que me llamaras así siempre que quieras.
Mientras cenaban los dos en casa de Pedro, ella descubrió que la escena le estaba gustando demasiado. Era como jugar a las familias. Cuando era pequeña, solía jugar a eso durante horas con su vecina. Siempre había una mamá y un niño que esperaban en casa a que el papá volviera del trabajo. Pero nunca había jugado a ser la esposa de un guardabosques. Aquello era distinto. El papá no regresaba a casa a las cinco de la tarde, ni llevaba traje y corbata. En ese caso, la mamá tendría que esperar con el corazón en un puño, sin saber cuándo iba a regresar su esposo ni cuándo iba a tener que volver a irse.
—¿Tienes que salir?
—Me temo que sí y no sé cuánto tardaré. Hay mucha comida en la nevera.
—¿Adonde vas? —preguntó Nico, con aspecto de estar destrozado.
—He recibido todos los informes sobre el terremoto —explicó, y se acuclilló delante de él—. Una piedra muy grande se ha caído en North Dome. No creemos que hubiera nadie por allí pero, como precaución, tengo que ir para echar un vistazo. No está lejos.
Nico lo miró con atención.
—¿Crees que la roca ha podido caer encima de alguien?
—Espero que no —respondió, con expresión grave. Abrazó al niño con fuerza antes de separarse y miró a Paula—. Quiero que se queden a dormir aquí esta noche, por si hay más temblores. Hay sitio para todos.
—¡Hurra! —exclamó Nico, emocionado—. ¡Vuelve pronto!
—Sabes que lo haré —dijo Pedro y le chocó la palma de la mano. Posó la mirada en Paula—. Te llamaré.
—Estaremos bien. Ten cuidado —le rogó ella, incapaz de ocultar su ansiedad.
—Lo mismo iba a decirte a tí—repuso él, mirándola a los ojos.
Segundos después, se fue. Cuando oyeron el ruido del motor del coche, Nico suspiró.
—Me gustaría que no se fuera.
—Y a mí, pero su trabajo es así —explicó Paula y dejó el bolso sobre la mesa—. Prepararé la cena. ¿Por qué no vas a buscar el baño y te lavas las manos?
Cuando Nico hubo salido de la cocina, Paula hizo una rápida llamada a sus padres para hacerles saber que se encontraban bien. La noticia del terremoto estaría en todos los telediarios. Después de colgar, examinó el contenido de la nevera. Además de un montón de zarzaparrilla, encontró perritos calientes congelados. A Nico le encantaban. Y a ella, también. Sobre el mostrador, había un frutero con manzanas y melocotones. Mientras metía los perritos en el microondas, Nico entró en la cocina.
—¡Mira! ¡Ésta es Karen! —dijo el niño, tendiéndole una fotografía enmarcada.
—¿Có-cómo sabes que es su esposa? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Porque me enseñó una foto que llevaba en la cartera.
Todavía llevaba su foto a todas partes, se dijo Paula, desesperanzada.
—¿No quieres verla?
No. Pero la curiosidad ganó y fijó su atención en la fotografía. Era una mujer pelirroja muy guapa. De la imagen, se desprendía que había sido una persona divertida y con mucha personalidad. Pudo entender por qué Pedro no había podido superarlo.
—Déjala en su sitio, por favor, tesoro, y ven a comer.
—Bien.
Con manos temblorosas, Paula cortó la fruta. Cuando los perritos calientes estuvieron preparados, los sirvió en dos platos y los llevó a la mesa.
—¡He encontrado a Lobezno! ¡Adivina dónde estaba!
—No puedo ni imaginarlo.
—Junto al mando a distancia, en el salón.
—Apuesto a que Pedro sabía que Lobezno te echaba de menos y lo ha sacado para que lo veas. ¿Por qué no se sientan los dos a cenar?
—De acuerdo. Pero a Lobezno no le gusta la comida que comemos nosotros.
—¿Y de qué vive?
—Come unas píldoras especiales.
—Vaya, eso no me parece muy divertido. Qué pena que no pueda saber lo rico que está un perrito caliente.
—Qué tonta, mamá —dijo Nico, riendo—. Quiero decir, Pau.
—No pasa nada —repuso ella, emocionada—. Puedes llamarme mamá si quieres.
—¿Crees que mi mamá se enfadaría si te llamara así? —preguntó Nico con expresión grave.
—No, ella sabe lo mucho que me gustaría ser tu mamá —afirmó Paula con ojos llorosos.
—¿Te gustaría?
—Sí —contestó ella y tragó saliva—. Te quiero como si fueras mi hijo.
—Yo también te quiero. Le conté a Pepe que quería llamarte mamá.
—Me gustaría que me llamaras así siempre que quieras.
Mientras cenaban los dos en casa de Pedro, ella descubrió que la escena le estaba gustando demasiado. Era como jugar a las familias. Cuando era pequeña, solía jugar a eso durante horas con su vecina. Siempre había una mamá y un niño que esperaban en casa a que el papá volviera del trabajo. Pero nunca había jugado a ser la esposa de un guardabosques. Aquello era distinto. El papá no regresaba a casa a las cinco de la tarde, ni llevaba traje y corbata. En ese caso, la mamá tendría que esperar con el corazón en un puño, sin saber cuándo iba a regresar su esposo ni cuándo iba a tener que volver a irse.
Destinados: Capítulo 58
—En las oficinas, en el despacho de Marcela.
—¿Qué están haciendo ahí? —preguntó Pedro con el corazón encogido.
—Habíamos salido de la piscina y Nico se estaba dando un baño en la bañera cuando todo empezó a moverse. No duró mucho y no se rompió nada, pero hizo que el agua se saliera. Entonces, me dí cuenta de que acabábamos de vivir nuestro primer terremoto —explicó —. Nico me miró pidiéndome una explicación. Cuando se lo dije, salió de la bañera, decidido a encontrarte y asegurarse de que estuvieras bien. Nos vestimos y corrimos a tu despacho. No estaba asustado hasta que se enteró de que estabas en otra parte y pensó que podrías estar herido. Te quiere tanto, Pedro…
A él se le saltaron las lágrimas. Tragó saliva antes de hablar.
—Dile que se ponga, por favor.
—Lo haría, pero Cecilia lo ha visto tan disgustado que se lo ha llevado para invitarlo a un refresco y distraerlo un poco. Volverán enseguida.
—Llegaré dentro de cinco minutos —repuso, y se secó los ojos.
—Sims acaba de venir y ha informado a Marcela de que estás a punto de llegar en el helicóptero. Por favor, no tardes.
—Cuenta con ello —aseguró él antes de colgar.
Paula le había parecido ansiosa por verlo. O, quizá, habían sido imaginaciones suyas, se dijo. Sus sentimientos estaban demasiado alterados como para pensar con claridad. Después de aterrizar, se despidió de los agentes federales y se apresuró a ir a las oficinas. Thompson apareció detrás de una esquina y lo llamó.
—Jefe, acaban de informarnos de que el terremoto ha hecho caer una roca en North Dome, en el lado del Cañón Tenaya. Lo he comprobado y no hay ningún excursionista registrado en esa zona.
Pero eso no significaba que no hubiera nadie allí, pensó.
—Envía un par de equipos pronto. Autorizaré una búsqueda aérea antes de que oscurezca.
Sintió que su regreso de Porcupine Creek estaba siendo como maniobrar por un campo de minas. Sin embargo, todos sus pensamientos se desvanecieron cuando vió a Nico al otro lado del pasillo. El niño estaba en la puerta, esperándolo.
—¡Eh, campeón!
—¡Pepe! —gritó el niño.
Entonces, el pequeño salió corriendo hacia él, como un rayo, sin apenas tocar el suelo. Al sentir sus brazos rodeándolo, Pedro supo que no podría quererlo más aunque fuera de su propia carne.
—¿Has notado el terremoto?
—No, estaba en un helicóptero —respondió Pedro. Tras unos instantes, volvió a dejar al niño en el suelo—. Paula me ha contado que la bañera se llenó de olas.
—Deberías haberlas visto. ¡Eran enormes!
—Es verdad —señaló Paula.
Pedro levantó la cabeza y se encontró con sus hermosos ojos verdes. Ella llevaba una blusa rosada y pantalones cortos. Su aspecto era demasiado apetitoso, pensó él.
—Nos alegramos de que estés aquí —declaró ella con voz ronca.
—Lo mismo digo, de veras —repuso Pedro. Estaba a punto de sujetarla entre sus brazos, delante de todos, y no soltarla nunca—. Quedense con Marcela mientras termino unas cosillas, luego seré todo vuestro.
Tras darle a Nico un apretón cariñoso en el hombro, se metió en su despacho para telefonear al equipo de rescate aéreo.
—Tenemos que subir a North Dome. ¿Está disponible el aparato más grande?
—Sí, señor.
—Llevemos ése, por si acaso hay heridos. Nos encontraremos en el helipuerto dentro de diez minutos.
Después de hacer otra llamada a Leonardo, quien quedaba a cargo de todo a partir de ese momento, se dirigió al despacho de Marcela. Paula lo miró.
—¿Ya estás listo?
—Sí. Vamos.
—¡Genial! —exclamó Nico y corrió al pasillo.
Paula lo siguió.
—Saldremos por la puerta de atrás.
Pedro los acompañó a su coche, que estaba aparcado en la parte trasera del edificio. Les abrió las puertas y, cuando se hubieron sentado, se puso detrás del volante.
—¿Vamos a ir a tu casa ahora? —preguntó Nico con ansiedad.
—Claro que sí —afirmó Pedro.
Sólo tardaron un minuto en llegar. Pedro apretó el mando del garaje y entraron. De prisa, se bajó y los guió hasta la cocina.
—Ahora que están aquí, quiero que se sientan como en casa.
—¿Qué están haciendo ahí? —preguntó Pedro con el corazón encogido.
—Habíamos salido de la piscina y Nico se estaba dando un baño en la bañera cuando todo empezó a moverse. No duró mucho y no se rompió nada, pero hizo que el agua se saliera. Entonces, me dí cuenta de que acabábamos de vivir nuestro primer terremoto —explicó —. Nico me miró pidiéndome una explicación. Cuando se lo dije, salió de la bañera, decidido a encontrarte y asegurarse de que estuvieras bien. Nos vestimos y corrimos a tu despacho. No estaba asustado hasta que se enteró de que estabas en otra parte y pensó que podrías estar herido. Te quiere tanto, Pedro…
A él se le saltaron las lágrimas. Tragó saliva antes de hablar.
—Dile que se ponga, por favor.
—Lo haría, pero Cecilia lo ha visto tan disgustado que se lo ha llevado para invitarlo a un refresco y distraerlo un poco. Volverán enseguida.
—Llegaré dentro de cinco minutos —repuso, y se secó los ojos.
—Sims acaba de venir y ha informado a Marcela de que estás a punto de llegar en el helicóptero. Por favor, no tardes.
—Cuenta con ello —aseguró él antes de colgar.
Paula le había parecido ansiosa por verlo. O, quizá, habían sido imaginaciones suyas, se dijo. Sus sentimientos estaban demasiado alterados como para pensar con claridad. Después de aterrizar, se despidió de los agentes federales y se apresuró a ir a las oficinas. Thompson apareció detrás de una esquina y lo llamó.
—Jefe, acaban de informarnos de que el terremoto ha hecho caer una roca en North Dome, en el lado del Cañón Tenaya. Lo he comprobado y no hay ningún excursionista registrado en esa zona.
Pero eso no significaba que no hubiera nadie allí, pensó.
—Envía un par de equipos pronto. Autorizaré una búsqueda aérea antes de que oscurezca.
Sintió que su regreso de Porcupine Creek estaba siendo como maniobrar por un campo de minas. Sin embargo, todos sus pensamientos se desvanecieron cuando vió a Nico al otro lado del pasillo. El niño estaba en la puerta, esperándolo.
—¡Eh, campeón!
—¡Pepe! —gritó el niño.
Entonces, el pequeño salió corriendo hacia él, como un rayo, sin apenas tocar el suelo. Al sentir sus brazos rodeándolo, Pedro supo que no podría quererlo más aunque fuera de su propia carne.
—¿Has notado el terremoto?
—No, estaba en un helicóptero —respondió Pedro. Tras unos instantes, volvió a dejar al niño en el suelo—. Paula me ha contado que la bañera se llenó de olas.
—Deberías haberlas visto. ¡Eran enormes!
—Es verdad —señaló Paula.
Pedro levantó la cabeza y se encontró con sus hermosos ojos verdes. Ella llevaba una blusa rosada y pantalones cortos. Su aspecto era demasiado apetitoso, pensó él.
—Nos alegramos de que estés aquí —declaró ella con voz ronca.
—Lo mismo digo, de veras —repuso Pedro. Estaba a punto de sujetarla entre sus brazos, delante de todos, y no soltarla nunca—. Quedense con Marcela mientras termino unas cosillas, luego seré todo vuestro.
Tras darle a Nico un apretón cariñoso en el hombro, se metió en su despacho para telefonear al equipo de rescate aéreo.
—Tenemos que subir a North Dome. ¿Está disponible el aparato más grande?
—Sí, señor.
—Llevemos ése, por si acaso hay heridos. Nos encontraremos en el helipuerto dentro de diez minutos.
Después de hacer otra llamada a Leonardo, quien quedaba a cargo de todo a partir de ese momento, se dirigió al despacho de Marcela. Paula lo miró.
—¿Ya estás listo?
—Sí. Vamos.
—¡Genial! —exclamó Nico y corrió al pasillo.
Paula lo siguió.
—Saldremos por la puerta de atrás.
Pedro los acompañó a su coche, que estaba aparcado en la parte trasera del edificio. Les abrió las puertas y, cuando se hubieron sentado, se puso detrás del volante.
—¿Vamos a ir a tu casa ahora? —preguntó Nico con ansiedad.
—Claro que sí —afirmó Pedro.
Sólo tardaron un minuto en llegar. Pedro apretó el mando del garaje y entraron. De prisa, se bajó y los guió hasta la cocina.
—Ahora que están aquí, quiero que se sientan como en casa.
Destinados: Capítulo 57
A veces, los problemas llegaban todos a la vez, pensó Pedro. Su instinto le dijo que recibiría otra llamada antes de que pudiera ir al hotel a recoger a Nico y a Paula. Según se acercaban al pueblo de Yosemite, Patricio recibió una llamada en la radio del helicóptero.
—Jefe, Sims quiere que sepas que ha habido un terremoto de magnitud 4.3 en la zona de Mammoth Lakes hace unos minutos. Se ha sentido con mucha fuerza desde el cuartel general.
Eso estaba a unos cien kilómetros de distancia.
—¿Han reportado los hoteles algún daño?
—Todavía no. Estamos esperando a recibir noticias de todos los guardabosques del parque. Dicen que la sacudida ha sido muy fuerte.
Empezó a sudar. Nico estaría aterrorizado. No querría volver nunca más al parque. Por suerte, Matías estaba con ellos, se dijo. Nadie podía mantener la calma mejor en un momento de crisis que su amigo. Todavía en el helicóptero, llamó a su amigo, que respondió enseguida.
—¿Pepe? Supongo que te has enterado.
—Sí, sigo en el aire, estoy volviendo de Porcupine Creek. Patricio me ha dado el mensaje. ¿Cómo están Nico y Paula? —preguntó con voz temblorosa.
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir? Pensé que estabas con ellos —replicó, apretando el teléfono.
—Me reuní con ellos para comer. Santiago estuvo allí. Paula le dijo que se fuera. Cuando él se negó, llamé a seguridad y se largó. No volverá, Pepe. Después de eso, me fui, porque Nico me dejó claro que iba a ir a nadar con Paula, nada más. Es lo único que sé.
Eran buenas noticias, pero en ese momento necesitaba saber si ellos se encontraban bien.
—¿Estás en casa?
—No. He ido a caballo con un par de compañeros para comprobar que los pescadores tuvieran sus permisos en regla. En cuanto recibí la noticia de la central, llamé a Paula, pero me saltó el buzón de voz. Ahora, en el camino de vuelta, estamos comprobando que la gente de los campings esté bien. Llegaremos dentro de media hora.
—¿Has sentido los temblores?
—No. Pero imagino que Nico estará muy asustado. California no es Florida. Esto no va a ayudarlo con sus pesadillas. Ni a Paula.
—Tienes razón —dijo Pedro y respiró hondo—. Estamos a punto de aterrizar. Te llamaré luego.
Nada más colgar, llamó a Paula al móvil. Sus venas estaban cargadas de adrenalina. Rezó por que respondiera.
—¿Paula? —dijo él en cuanto ella contestó, al primer timbre.
—Oh, gracias a Dios, Pedro…
Paula le quitó las palabras de la boca. El alivio que mostró al recibir su llamada fue muy gratificante para él.
—¿Cómo están Nico y tú?
—Estamos bien, ahora que has llamado.
—¿Dónde están?
—Jefe, Sims quiere que sepas que ha habido un terremoto de magnitud 4.3 en la zona de Mammoth Lakes hace unos minutos. Se ha sentido con mucha fuerza desde el cuartel general.
Eso estaba a unos cien kilómetros de distancia.
—¿Han reportado los hoteles algún daño?
—Todavía no. Estamos esperando a recibir noticias de todos los guardabosques del parque. Dicen que la sacudida ha sido muy fuerte.
Empezó a sudar. Nico estaría aterrorizado. No querría volver nunca más al parque. Por suerte, Matías estaba con ellos, se dijo. Nadie podía mantener la calma mejor en un momento de crisis que su amigo. Todavía en el helicóptero, llamó a su amigo, que respondió enseguida.
—¿Pepe? Supongo que te has enterado.
—Sí, sigo en el aire, estoy volviendo de Porcupine Creek. Patricio me ha dado el mensaje. ¿Cómo están Nico y Paula? —preguntó con voz temblorosa.
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir? Pensé que estabas con ellos —replicó, apretando el teléfono.
—Me reuní con ellos para comer. Santiago estuvo allí. Paula le dijo que se fuera. Cuando él se negó, llamé a seguridad y se largó. No volverá, Pepe. Después de eso, me fui, porque Nico me dejó claro que iba a ir a nadar con Paula, nada más. Es lo único que sé.
Eran buenas noticias, pero en ese momento necesitaba saber si ellos se encontraban bien.
—¿Estás en casa?
—No. He ido a caballo con un par de compañeros para comprobar que los pescadores tuvieran sus permisos en regla. En cuanto recibí la noticia de la central, llamé a Paula, pero me saltó el buzón de voz. Ahora, en el camino de vuelta, estamos comprobando que la gente de los campings esté bien. Llegaremos dentro de media hora.
—¿Has sentido los temblores?
—No. Pero imagino que Nico estará muy asustado. California no es Florida. Esto no va a ayudarlo con sus pesadillas. Ni a Paula.
—Tienes razón —dijo Pedro y respiró hondo—. Estamos a punto de aterrizar. Te llamaré luego.
Nada más colgar, llamó a Paula al móvil. Sus venas estaban cargadas de adrenalina. Rezó por que respondiera.
—¿Paula? —dijo él en cuanto ella contestó, al primer timbre.
—Oh, gracias a Dios, Pedro…
Paula le quitó las palabras de la boca. El alivio que mostró al recibir su llamada fue muy gratificante para él.
—¿Cómo están Nico y tú?
—Estamos bien, ahora que has llamado.
—¿Dónde están?
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