—¿Y si me importa? —la desafió Santiago—. He volado desde la otra punta del país para verte. Paula…
—La señorita quiere que te largues —intervino Matías.
—¡Desaparece! —gritó Santiago, furioso.
Matías sacó el móvil con calma y llamó a seguridad. Cuando Santiago se dió cuenta de lo que estaba pasando, se levantó de la silla, pálido. Al salir de comedor, casi se tropezó con la camarera. A Paula la avergonzó pensar que había estado a punto de casarse con él. Mientras comían, un par de guardas se acercaron a Matías. Él habló con ellos un momento y se fueron, sin duda, con el objetivo de comprobar que Santiago no siguiera causando problemas.
—¿Estás bien? —le preguntó Matías.
—Sí, gracias a tí.
—Santiago estaba furioso, ¿Verdad? —comentó Nico.
—Sí, pero se le pasará cuando llegue a casa.
—Voy a contárselo a Pepe —anunció el niño antes de seguir comiendo.
Paula había estado esperando que, antes o después, saliera a relucir el nombre de Pedro. Nico no podía evitarlo, pensó, y comenzó a comer con apetito renovado.
—¿Qué planes tienen para esta tarde? —preguntó Matías.
—Vamos a ir a nadar —informó Nico—. ¿Y tú?
—Tengo trabajo. Ahora que Santiago se ha ido, espero que los dos lo pasen muy bien en la piscina.
—Gracias, Matías. Sabes a qué me refiero —dijo Paula.
Sin duda, Pedro le había pedido que interviniera por si había algún problema, pensó.
—Claro —repuso Matías y se levantó—. Nos vemos, Roy.
Se puso el sombrero y se despidió de Paula con un gesto de la cabeza antes de irse. Tres agentes federales acompañaron a Pedro a la parte superior de Porcupine Creek. Uno de ellos silbó al descubrir la plantación de marihuana que cubría la zona.
Al día siguiente, Pedro quería enseñarles a Paula y a Nico ese lugar tan bonito, incluso con las pruebas de la reciente, e ilegal, interferencia humana.
—Hace dos semanas confiscamos cuatrocientos kilos de fertilizante y, al menos, veinte armas —informó Pedro—. He arrestado a veinte sospechosos por el momento. Jarvis va a dirigir un equipo de hombres a caballo para buscar al resto.
—Traeremos a nuestros hombres mañana por la mañana. También van a enviar un avión para que busque más plantaciones desde el aire.
—Si podemos hacer algo más para ayudar, hacénoslo saber.
—El guardabosques jefe de Sequoia y tú han hecho más que nadie para ayudarnos. Gracias.
Los hombres se estrecharon la mano antes de volver al helicóptero, donde Patricio los estaba esperando. Eran las cinco y media de la tarde. Cuando regresaran al pueblo, Pedro habría terminado su turno de trabajo. Leonardo se quedaría a cargo de todo y él podría tomarse el resto de la tarde libre para estar con Paula y Nico. Llevaba todo el día esperando ese momento. Cuando iban de camino, Ricardo lo llamó al móvil.
—Alfonso al habla. ¿Qué sucede?
—Una furgoneta ha volcado cerca del camping Lobo Blanco, con una familia de seis personas. El área ha sido acordonada y los servicios de emergencia han ido para allá. Hemos enviado un equipo de rescate aéreo.
—¿Victimas mortales?
—No, señor. Por una vez, todo el mundo llevaba el cinturón de seguridad.
—De acuerdo. Sígueme informando si hay novedades.
Antes de que el helicóptero aterrizara, recibió otra llamada.
—El jefe al habla —respondió él.
—Soy Thompson, señor. Un coche ha estallado en llamas tres kilómetros al norte de Wawona, pero estará bajo control enseguida.
—¿Algún herido?
—No, señor. Hemos cortado la autopista en ese sentido hasta que el jefe de bomberos termine con su trabajo.
—Estén alertas por si se escapara alguna chispa.
—Ya estamos en ello.
—Estaré en el cuartel general dentro de diez minutos. Vuelve a llamarme.
—De acuerdo.
viernes, 3 de febrero de 2017
Destinados: Capítulo 55
Paula le había comprado también un par de botas de vaquero. En cuanto llegaron a la entrada del comedor, ella escuchó una voz conocida.
—Espera, Paula.
Ella se giró y vió a Santiago acercándose. Nico le dió la mano a su tía al instante.
—Tienes mucha sangre fría —murmuró ella en voz baja—. Primero, te presentas en el despacho de Juan y, ahora, aquí.
—Tienes un corazón de hielo, ¿Lo sabías? Te comportas como si fuera un extraño.
—En cierta forma, lo eres, porque no eres el hombre que yo pensaba —repuso ella y comenzó a caminar hacia una mesa vacía.
Santiago los siguió y se sentó con ellos. Posó la mirada en Nico.
—Hola, Tex.
—¡Me llamo Roy! —rugió el niño.
Paula empezó a reírse. No pudo evitarlo. En la piscina en Oakhurst, Pedro había fingido ser el forajido que había perseguido a Roy Rogers.
—Maldita sea. ¿De qué te ríes?
—Por favor, no maldigas —señaló ella.
En ese instante, apareció Matías con su uniforme puesto. Observó la escena un momento antes de acercarse y sentarse a la mesa. Se quitó el sombrero y sonrió a Paula.
—¡Hola!
—Hola.
—Oye, Roy, éste debe de ser tu doble.
Las cosas se estaban saliendo de madre. Paula intervino.
—Matías Rossiter, éste es Santiago Dunmore, de la compañía de cruceros Nuevo Mundo de Miami. Matías es el ayudante del jefe del parque.
Matías saludó con un gesto de la cabeza y Santiago se quedó callado, lanzándole puñales con la mirada. La camarera hizo su aparición en ese momento. Paula y Nico pidieron quesadillas de pollo y limonada. Matías dijo que quería lo mismo. Santiago ignoró a la camarera.
—Me gustaría verte a solas —dijo.
—No tenemos nada que decirnos. Me gustaría que te fueras.
—Juan te ha estado guardando tu puesto de trabajo.
—Pau no va a ir a más cruceros —intervino Nico—. Me lo prometió.
—No te preocupes, cariño —le dijo Paula, acariciándole la mano.
—Un trabajo tan bien pagado como el tuyo no se encuentra todos los días. Sin mí, no habrías conseguido tu último ascenso.
Aquello era mentira, pero ella se negó a entrar en la discusión. Santiago estaba siendo demasiado rastrero. ¿Qué diablos habría visto en él?, se preguntó.
—
¿Has terminado?
—El Oso Yogui aquí sentado no se puede comparar conmigo.
—Hablas como un adolescente, Santiago.
—Vas a arrepentirte de esto —la amenazó él.
—He tenido un año para arrepentirme. Y no lo he hecho. Lo único que estás consiguiendo es caer más bajo todavía. Si no te importa…
—Espera, Paula.
Ella se giró y vió a Santiago acercándose. Nico le dió la mano a su tía al instante.
—Tienes mucha sangre fría —murmuró ella en voz baja—. Primero, te presentas en el despacho de Juan y, ahora, aquí.
—Tienes un corazón de hielo, ¿Lo sabías? Te comportas como si fuera un extraño.
—En cierta forma, lo eres, porque no eres el hombre que yo pensaba —repuso ella y comenzó a caminar hacia una mesa vacía.
Santiago los siguió y se sentó con ellos. Posó la mirada en Nico.
—Hola, Tex.
—¡Me llamo Roy! —rugió el niño.
Paula empezó a reírse. No pudo evitarlo. En la piscina en Oakhurst, Pedro había fingido ser el forajido que había perseguido a Roy Rogers.
—Maldita sea. ¿De qué te ríes?
—Por favor, no maldigas —señaló ella.
En ese instante, apareció Matías con su uniforme puesto. Observó la escena un momento antes de acercarse y sentarse a la mesa. Se quitó el sombrero y sonrió a Paula.
—¡Hola!
—Hola.
—Oye, Roy, éste debe de ser tu doble.
Las cosas se estaban saliendo de madre. Paula intervino.
—Matías Rossiter, éste es Santiago Dunmore, de la compañía de cruceros Nuevo Mundo de Miami. Matías es el ayudante del jefe del parque.
Matías saludó con un gesto de la cabeza y Santiago se quedó callado, lanzándole puñales con la mirada. La camarera hizo su aparición en ese momento. Paula y Nico pidieron quesadillas de pollo y limonada. Matías dijo que quería lo mismo. Santiago ignoró a la camarera.
—Me gustaría verte a solas —dijo.
—No tenemos nada que decirnos. Me gustaría que te fueras.
—Juan te ha estado guardando tu puesto de trabajo.
—Pau no va a ir a más cruceros —intervino Nico—. Me lo prometió.
—No te preocupes, cariño —le dijo Paula, acariciándole la mano.
—Un trabajo tan bien pagado como el tuyo no se encuentra todos los días. Sin mí, no habrías conseguido tu último ascenso.
Aquello era mentira, pero ella se negó a entrar en la discusión. Santiago estaba siendo demasiado rastrero. ¿Qué diablos habría visto en él?, se preguntó.
—
¿Has terminado?
—El Oso Yogui aquí sentado no se puede comparar conmigo.
—Hablas como un adolescente, Santiago.
—Vas a arrepentirte de esto —la amenazó él.
—He tenido un año para arrepentirme. Y no lo he hecho. Lo único que estás consiguiendo es caer más bajo todavía. Si no te importa…
miércoles, 1 de febrero de 2017
Destinados: Capítulo 54
Nico se acercó y se puso delante de ella.
—Me ha dicho que él también echa de menos a su mamá, pero que no tenemos que preocuparnos porque nos están viendo desde el cielo.
—Sé que así es, tesoro. Los quieren más que a nada en el mundo —dijo ella con los ojos húmedos.
—Tú me quieres más que a nada, ¿Verdad? —quiso saber Nico, mirándola a los ojos.
—¡Más que a nada! —gritó ella y lo abrazó.
—Yo te quiero más que a nada. También quiero a los abuelos.
Un nuevo Nico estaba naciendo ante sus ojos. Paula sabía muy bien a quién se lo debía. Se secó las lágrimas.
—Vamos a llamarlos por teléfono para decírselo.
Se levantó y tomó el móvil de la cómoda. Marcó el número y le tendió el teléfono a Nico. Aquella llamada iba a darles una alegría. Como el niño iba a estar hablando con ellos, al menos, durante diez minutos, aprovechó para llamar al hotel Ahwahnee desde el teléfono de la mesilla. Era el lugar más famoso y más caro para quedarse en el parque. Algunos presidentes de Estados Unidos se habían quedado en ese hotel, incluso la reina de Inglaterra. Nico y ella habían planeado explorarlo, pero no mientras su ex prometido estuviera allí.
Después de dejar un mensaje para el señor Santiago Dunmore, Paula colgó y dedicó su atención a Nico, que seguía contándoles las aventuras del día anterior a sus abuelos.
—Quieren hablar contigo —dijo Nico y le entregó a su tía el teléfono.
—Hola a los dos.
—Oh, Pau, tesoro. Parece el viejo Nico de nuevo —dijo su madre.
—Lo sé —afirmó Paula—. ¡Si lo hubieran visto en la carroza con Pedro, los dos con uniforme! ¡Estoy deseando que vean el vídeo! A tí te va a encantar, papá.
Estaba impaciente por verlo en una pantalla grande. Se había pasado gran parte de la noche recordando todo lo que había grabado. Tras más lágrimas y risas, colgaron. Le dió una palmadita a Nico en el hombro.
—Vayamos abajo a comer. Puede que Santiago llame mientras estamos comiendo. O, quizá, no. No importa. Después, iremos a nadar.
—Genial. Quiero ponerme mis nuevos manguitos.
Cuando Paula iba a por su bolso, sonó el teléfono del hotel. Santiago no perdía el tiempo, pensó. Obligándose a mantener el tipo delante de Nico, contestó.
—¿Hola?
—¿Paula? Soy Matías Rossiter.
—Oh… Matías. ¿Cómo estás?
—Bien. Me han dicho que Nico lo pasó genial ayer.
—Más que genial. Siento que mi ex haya ido a molestaros preguntando por mí.
—No hay problema. Entiendo que va a seguir siendo sólo tu ex, ¿No es así?
—Como le he explicado a Pedro, lo mío con Santiago ha terminado. Nico y yo íbamos a ir a comer. Si estás libre y te apetece, por favor, acompáñanos —lo invitó ella.
En poco tiempo, Matías se había convertido en un buen amigo.
—Estaré allí dentro de diez minutos.
Después de colgar, Paula se giró hacia Nico, que se había puesto su nuevo sombrero de vaquero. Pedro y él se habían comprado sombreros idénticos.
—¿Recuerdas al guardabosques Rossiter?
Nico asintió mientras intentaba explotar un globo.
—Va a comer con nosotros.
—¿Por qué?
—Porque yo lo he invitado. ¿Puedes hacerme el favor de no hablar de Pedro esta vez?
—¿Por qué?
—Porque, como tú dices, Pedro puede hacerlo todo más y mejor que cualquiera. Podría hacer que Matías se sintiera mal. Pedro y él son amigos íntimos.
—Pero Pepe es mi mejor amigo.
—Aparte de ser amigo tuyo, es amigo de Matías.
—Ah. Bueno. ¿Puedo llevar el cinturón de vaquero?
—Si no disparas a nadie, sí. Vamos.
El niño se puso el cinturón y salieron de la habitación.
—Me ha dicho que él también echa de menos a su mamá, pero que no tenemos que preocuparnos porque nos están viendo desde el cielo.
—Sé que así es, tesoro. Los quieren más que a nada en el mundo —dijo ella con los ojos húmedos.
—Tú me quieres más que a nada, ¿Verdad? —quiso saber Nico, mirándola a los ojos.
—¡Más que a nada! —gritó ella y lo abrazó.
—Yo te quiero más que a nada. También quiero a los abuelos.
Un nuevo Nico estaba naciendo ante sus ojos. Paula sabía muy bien a quién se lo debía. Se secó las lágrimas.
—Vamos a llamarlos por teléfono para decírselo.
Se levantó y tomó el móvil de la cómoda. Marcó el número y le tendió el teléfono a Nico. Aquella llamada iba a darles una alegría. Como el niño iba a estar hablando con ellos, al menos, durante diez minutos, aprovechó para llamar al hotel Ahwahnee desde el teléfono de la mesilla. Era el lugar más famoso y más caro para quedarse en el parque. Algunos presidentes de Estados Unidos se habían quedado en ese hotel, incluso la reina de Inglaterra. Nico y ella habían planeado explorarlo, pero no mientras su ex prometido estuviera allí.
Después de dejar un mensaje para el señor Santiago Dunmore, Paula colgó y dedicó su atención a Nico, que seguía contándoles las aventuras del día anterior a sus abuelos.
—Quieren hablar contigo —dijo Nico y le entregó a su tía el teléfono.
—Hola a los dos.
—Oh, Pau, tesoro. Parece el viejo Nico de nuevo —dijo su madre.
—Lo sé —afirmó Paula—. ¡Si lo hubieran visto en la carroza con Pedro, los dos con uniforme! ¡Estoy deseando que vean el vídeo! A tí te va a encantar, papá.
Estaba impaciente por verlo en una pantalla grande. Se había pasado gran parte de la noche recordando todo lo que había grabado. Tras más lágrimas y risas, colgaron. Le dió una palmadita a Nico en el hombro.
—Vayamos abajo a comer. Puede que Santiago llame mientras estamos comiendo. O, quizá, no. No importa. Después, iremos a nadar.
—Genial. Quiero ponerme mis nuevos manguitos.
Cuando Paula iba a por su bolso, sonó el teléfono del hotel. Santiago no perdía el tiempo, pensó. Obligándose a mantener el tipo delante de Nico, contestó.
—¿Hola?
—¿Paula? Soy Matías Rossiter.
—Oh… Matías. ¿Cómo estás?
—Bien. Me han dicho que Nico lo pasó genial ayer.
—Más que genial. Siento que mi ex haya ido a molestaros preguntando por mí.
—No hay problema. Entiendo que va a seguir siendo sólo tu ex, ¿No es así?
—Como le he explicado a Pedro, lo mío con Santiago ha terminado. Nico y yo íbamos a ir a comer. Si estás libre y te apetece, por favor, acompáñanos —lo invitó ella.
En poco tiempo, Matías se había convertido en un buen amigo.
—Estaré allí dentro de diez minutos.
Después de colgar, Paula se giró hacia Nico, que se había puesto su nuevo sombrero de vaquero. Pedro y él se habían comprado sombreros idénticos.
—¿Recuerdas al guardabosques Rossiter?
Nico asintió mientras intentaba explotar un globo.
—Va a comer con nosotros.
—¿Por qué?
—Porque yo lo he invitado. ¿Puedes hacerme el favor de no hablar de Pedro esta vez?
—¿Por qué?
—Porque, como tú dices, Pedro puede hacerlo todo más y mejor que cualquiera. Podría hacer que Matías se sintiera mal. Pedro y él son amigos íntimos.
—Pero Pepe es mi mejor amigo.
—Aparte de ser amigo tuyo, es amigo de Matías.
—Ah. Bueno. ¿Puedo llevar el cinturón de vaquero?
—Si no disparas a nadie, sí. Vamos.
El niño se puso el cinturón y salieron de la habitación.
Destinados: Capítulo 53
Pedro echó un vistazo a la habitación del motel, repleta de juguetes de agua, un globo, envoltorios de caramelos, latas de refresco, moscas de pescar, ropa, toallas, el libro de Nico de Los conejitos locos y una biblia que el niño había sacado del cajón. Sin duda, parecía la habitación de una familia. Durante muchos años, había olvidado lo que era formar parte de una familia. Lo único que faltaba en su cuarto era un camisón de encaje tirado en el suelo junto a la cama, una barra de labios sobre la cómoda y un biquini colgado en el baño para secarse. Había disfrutado tanto en las últimas dieciocho horas que se le rompió corazón al pensar que aquello no pudiera durar para siempre.
Paula empezó a sacar las cosas de su maleta en la habitación del Yosemite Lodge que Nico y ella habían ocupado en su viaje anterior. Antes de dejarlos a solas, Pedro le había soltado la noticia bomba. Santiago había ido a buscarla.
—¿Nico? ¿Llamó Santiago a casa el otro día? —le preguntó.
—Sí. Le dije que te habías ido de compras para el viaje —repuso el niño, un poco nervioso—. Olvidé decírtelo. ¿Estás enfadada?
—Claro que no. Ya no lo quiero y no quiero que me llame nunca más.
—Los abuelos dicen que te lastimó. No vas a casarte con él, ¿Verdad?
—Ni hablar.
—¿Por qué ha venido?
—Ha venido al parque para intentar que yo lo quiera de nuevo, pero no puede conseguirlo.
—Me alegro.
—Es probable que tengamos que hablar con él antes de que se vaya a Miami, pero no quiero que te preocupes por eso.
—Vale. Pepe está aquí. Él hará que se vaya, como hizo con esos hombres en la piscina.
—Sí… —dijo Paula. Le encantaba la idea. Santiago no tendría ninguna oportunidad contra Pedro.
—Me gustaría que Vance no tuviera que trabajar hoy —dijo Nico, suspirando.
Desde que había conocido a Pedro, todos los deseos de Nico habían girado a su alrededor.
—Me gustaría tener un perro. Si viviera con Pepe, él me dejaría tener un perro.
—El abuelo te dejaría tener uno si no tuviera alergia a todo. ¿Sabes qué? Tenemos que llamar a tus abuelos. Ahora estarán desayunando.
—Sí. ¡Voy a decirle al abuelo que a Pepe le han encantado las moscas! Mañana nos vamos de excursión y a pescar. Cuando volvamos, dice que va a hacer una fritura de pescado. ¿Te gusta la trucha?
—Me encanta.
—Pepe dice que nos va a gustar de verdad porque él sabe cocinarla de una manera especial. Vance sabe hacer muchas cosas.
—Tienes razón.
—Quiero quedarme aquí para siempre.
—Lo sé —dijo Paula.
Puso el resto de la ropa en el cajón y guardó la maleta en el armario. Pedro le había ofrecido un trabajo que haría realidad el sueño de Nico, pensó. Si sus padres no estuvieran vivos, era posible que ella lo considerara, incluso sabiendo el riesgo que corría de que se le rompiera el corazón. Sin embargo, no podía abandonar a sus padres. Ellos la necesitaban demasiado.
—Le he dicho a Pepe que echo de menos a mi mamá.
Aquel comentario la dejó petrificada. Nico apenas hablaba de Mariana. El doctor Karsh había dicho que lo haría cuando llegara el momento. Ella se sentó en la cama.
—¿Y que te ha dicho él?
Paula empezó a sacar las cosas de su maleta en la habitación del Yosemite Lodge que Nico y ella habían ocupado en su viaje anterior. Antes de dejarlos a solas, Pedro le había soltado la noticia bomba. Santiago había ido a buscarla.
—¿Nico? ¿Llamó Santiago a casa el otro día? —le preguntó.
—Sí. Le dije que te habías ido de compras para el viaje —repuso el niño, un poco nervioso—. Olvidé decírtelo. ¿Estás enfadada?
—Claro que no. Ya no lo quiero y no quiero que me llame nunca más.
—Los abuelos dicen que te lastimó. No vas a casarte con él, ¿Verdad?
—Ni hablar.
—¿Por qué ha venido?
—Ha venido al parque para intentar que yo lo quiera de nuevo, pero no puede conseguirlo.
—Me alegro.
—Es probable que tengamos que hablar con él antes de que se vaya a Miami, pero no quiero que te preocupes por eso.
—Vale. Pepe está aquí. Él hará que se vaya, como hizo con esos hombres en la piscina.
—Sí… —dijo Paula. Le encantaba la idea. Santiago no tendría ninguna oportunidad contra Pedro.
—Me gustaría que Vance no tuviera que trabajar hoy —dijo Nico, suspirando.
Desde que había conocido a Pedro, todos los deseos de Nico habían girado a su alrededor.
—Me gustaría tener un perro. Si viviera con Pepe, él me dejaría tener un perro.
—El abuelo te dejaría tener uno si no tuviera alergia a todo. ¿Sabes qué? Tenemos que llamar a tus abuelos. Ahora estarán desayunando.
—Sí. ¡Voy a decirle al abuelo que a Pepe le han encantado las moscas! Mañana nos vamos de excursión y a pescar. Cuando volvamos, dice que va a hacer una fritura de pescado. ¿Te gusta la trucha?
—Me encanta.
—Pepe dice que nos va a gustar de verdad porque él sabe cocinarla de una manera especial. Vance sabe hacer muchas cosas.
—Tienes razón.
—Quiero quedarme aquí para siempre.
—Lo sé —dijo Paula.
Puso el resto de la ropa en el cajón y guardó la maleta en el armario. Pedro le había ofrecido un trabajo que haría realidad el sueño de Nico, pensó. Si sus padres no estuvieran vivos, era posible que ella lo considerara, incluso sabiendo el riesgo que corría de que se le rompiera el corazón. Sin embargo, no podía abandonar a sus padres. Ellos la necesitaban demasiado.
—Le he dicho a Pepe que echo de menos a mi mamá.
Aquel comentario la dejó petrificada. Nico apenas hablaba de Mariana. El doctor Karsh había dicho que lo haría cuando llegara el momento. Ella se sentó en la cama.
—¿Y que te ha dicho él?
Destinados: Capítulo 52
Pedro había puesto el despertador a las siete y media, pero ya estaba despierto a las seis y media cuando lo llamaron al móvil. Era Matías, que se había quedado a cargo de todo en su ausencia. Se destapó y se sentó en la cama.
—Felíz Cuatro de Julio, Mati. ¿Sigue el parque en pie? —preguntó. Era una de las pequeñas bromas que compartían cuando alguno de los dos pasaba un tiempo fuera de allí.
—¿A que no adivinas quién se ha presentado aquí?
Su respuesta, sin preámbulos, lo sorprendió. No podía adivinarlo. A menos que fuera el superintendente con un séquito de personajes importantes.
—Santiago está aquí. Ha llamado a la central desde Ahwahnee, preguntando dónde está Paula. Parece ser que habló con Nico por teléfono y el niño le dijo que pensaban venir aquí en la fiesta del Cuatro de Julio.
Pedro se puso en pie de un salto.
—No puedo decir que me sorprenda. Anoche Paula me dijo que había terminado con él, pero me confesó que él se había negado a aceptarlo. Se lo diré a ella antes de que lleguemos al parque, para que esté preparada.
—Suena como si te hubiera dado luz verde —comentó Matías tras una elocuente pausa.
—Digamos que hemos librado un gran obstáculo. Ahora tengo que averiguar lo que siente por mí.
—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer.
Pedro se miró el anillo. Sí. Lo sabía. Pero esperaría a que ella se librara de Santiago. Necesitaba ver con sus propios ojos que su relación había terminado.
—Una vez que los haya dejado en el Yosemite Lodge, me pasaré por la oficina, sobre las once. ¿Hay algo que deba saber sobre el parque?
—Me alegra poder informarte de que el incendio de Telegraph está por completo bajo control.
—Entonces, será más fácil respirar. Cuando yo llegue debes tomarte veinticuatro horas libres para recuperar el sueño. Hasta pronto.
Colgó y se fue a la ducha. Segundos después de salir del baño, alguien llamó a su puerta.
—¿Pepe? ¿Puedo pasar?
Nico siempre estaba sonriente. Había vuelto a ponerse su traje de guardabosques. Pedro se puso una toalla alrededor de la cintura y lo dejó pasar. Lo tomó en brazos y le dió un gran abrazo. El niño lo abrazó también.
—¿Cómo has dormido?
—Bien. ¿Puedo ver cómo te afeitas?
—Claro —repuso Pedro—. Vamos al baño.
—¿Por qué las chicas no se afeitan?
Pedro comenzó a pasarse la cuchilla por el mentón.
—¿Quieres decir que Paula no tiene barba? —bromeó Pedro.
—No —negó el niño, riendo.
—¡Menos mal!
—Sí —afirmó el niño, mirándolo con atención—. ¿Tienes que trabajar hoy?
—Sí, pero cuando termine, cenaremos en mi casa. Después, veremos Spiderman. ¿Qué te parece?
—¡Genial!
Entonces, oyeron que Paula llamaba a Nico. El niño corrió a la puerta y asomó la cabeza.
—Estoy aquí. Pepe está despierto. ¡Entra!
Cuando Paula entró, vestida con vaqueros y una blusa de color melocotón, Pedro estaba sacando su uniforme del armario. Estaba desnudo, sólo con la toalla, y notó cómo ella lo recorría con la mirada. Le gustó esa sensación.
—¡Oh! —gritó ella, avergonzada. Se ruborizó—. Lo siento, pensé que…
—Nico sabe que soy un hombre decente —murmuró él y se metió en el baño para vestirse. Cuando salió, Paula y Nico se habían ido de su cuarto, por supuesto.
—Felíz Cuatro de Julio, Mati. ¿Sigue el parque en pie? —preguntó. Era una de las pequeñas bromas que compartían cuando alguno de los dos pasaba un tiempo fuera de allí.
—¿A que no adivinas quién se ha presentado aquí?
Su respuesta, sin preámbulos, lo sorprendió. No podía adivinarlo. A menos que fuera el superintendente con un séquito de personajes importantes.
—Santiago está aquí. Ha llamado a la central desde Ahwahnee, preguntando dónde está Paula. Parece ser que habló con Nico por teléfono y el niño le dijo que pensaban venir aquí en la fiesta del Cuatro de Julio.
Pedro se puso en pie de un salto.
—No puedo decir que me sorprenda. Anoche Paula me dijo que había terminado con él, pero me confesó que él se había negado a aceptarlo. Se lo diré a ella antes de que lleguemos al parque, para que esté preparada.
—Suena como si te hubiera dado luz verde —comentó Matías tras una elocuente pausa.
—Digamos que hemos librado un gran obstáculo. Ahora tengo que averiguar lo que siente por mí.
—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer.
Pedro se miró el anillo. Sí. Lo sabía. Pero esperaría a que ella se librara de Santiago. Necesitaba ver con sus propios ojos que su relación había terminado.
—Una vez que los haya dejado en el Yosemite Lodge, me pasaré por la oficina, sobre las once. ¿Hay algo que deba saber sobre el parque?
—Me alegra poder informarte de que el incendio de Telegraph está por completo bajo control.
—Entonces, será más fácil respirar. Cuando yo llegue debes tomarte veinticuatro horas libres para recuperar el sueño. Hasta pronto.
Colgó y se fue a la ducha. Segundos después de salir del baño, alguien llamó a su puerta.
—¿Pepe? ¿Puedo pasar?
Nico siempre estaba sonriente. Había vuelto a ponerse su traje de guardabosques. Pedro se puso una toalla alrededor de la cintura y lo dejó pasar. Lo tomó en brazos y le dió un gran abrazo. El niño lo abrazó también.
—¿Cómo has dormido?
—Bien. ¿Puedo ver cómo te afeitas?
—Claro —repuso Pedro—. Vamos al baño.
—¿Por qué las chicas no se afeitan?
Pedro comenzó a pasarse la cuchilla por el mentón.
—¿Quieres decir que Paula no tiene barba? —bromeó Pedro.
—No —negó el niño, riendo.
—¡Menos mal!
—Sí —afirmó el niño, mirándolo con atención—. ¿Tienes que trabajar hoy?
—Sí, pero cuando termine, cenaremos en mi casa. Después, veremos Spiderman. ¿Qué te parece?
—¡Genial!
Entonces, oyeron que Paula llamaba a Nico. El niño corrió a la puerta y asomó la cabeza.
—Estoy aquí. Pepe está despierto. ¡Entra!
Cuando Paula entró, vestida con vaqueros y una blusa de color melocotón, Pedro estaba sacando su uniforme del armario. Estaba desnudo, sólo con la toalla, y notó cómo ella lo recorría con la mirada. Le gustó esa sensación.
—¡Oh! —gritó ella, avergonzada. Se ruborizó—. Lo siento, pensé que…
—Nico sabe que soy un hombre decente —murmuró él y se metió en el baño para vestirse. Cuando salió, Paula y Nico se habían ido de su cuarto, por supuesto.
Destinados: Capítulo 51
—¿Tú qué crees? —repuso él—. Para empezar, había hecho planes para que los tres fuéramos de excursión. No es justo que cambies el itinerario de pronto.
—Lo… lo siento.
Pedro se dirigió a la puerta y la abrió. La luz del exterior dibujó el perfil de su rostro.
—Nunca habías hablado de ir a Sequoia antes. Admite que es una excusa. Si estás tan ansiosa por volver con Santiago, no uses mi trabajo para justificar que quieras irte. Nico se merece saber la verdad, ¿No crees? Ya ha sufrido bastante por no entender lo que pasaba hacía un año.
Paula se quedó petrificada mientras él cerraba la puerta. El eco de sus palabras resonó dentro de ella. Sin pensarlo, corrió a abrir la puerta.
—¿Pedro? —lo llamó.
Pedro miró en su dirección, con la llave en la mano. Ella nunca lo había visto tan enfadado.
—Por favor, vuelve —le pidió.
—No creo que sea buena idea —señaló él.
—Ven sólo un momento junto a la puerta. Si hablamos bajo, no despertaremos a Nico.
—Prefiero no tener una discusión delante de la gente.
Pedro tenía razón. Los huéspedes del motel habían empezado a regresar y a estacionar sus coches delante de los bungalós vecinos.
—Entonces, iremos a la piscina como sugeriste.
—Tú tenías razón antes. Es tarde.
Dejando la puerta entreabierta, Paula caminó hasta él.
—No tenía ni idea de que ibas a enfadarte por eso.
—Lo siento. Nico significa mucho para mí —dijo él, frotándose la nuca.
—Él te quiere —afirmó ella con voz temblorosa.
—La verdad es que entiendo por qué no quieres seguir en Yosemite. Cuando regreses a casa con Santiago, Nico va a ponerse difícil otra vez.
—Tienes razón.
—¿Santiago quiere a Nico?
—No. Sólo se quiere a sí mismo. Cuando yo salía con él, Nico vivía con sus padres y no estaba tanto tiempo con nosotros. Pero no tiene importancia, porque lo mío con Santiago ha terminado. He descubierto que ya no siento nada por él. Se ocupó de matar mi amor hace tiempo.
Hubo una larga pausa.
—¿Quieres decir que lo de ustedes ha terminado?
—Sí. Lo ví en la compañía de cruceros cuando entregué mi dimisión. Ya no significa nada para mí.
—¿Se lo dijiste a él?
—Sí.
—¿Lo aceptó?
—No, pero sólo por orgullo.
Pedro la observó con atención.
—Si no quieres regresar con él, ¿Por qué no quieres pasar el resto de tus vacaciones en Yosemite? Eso te recomendó el terapeuta, ¿No es así? ¿No te aconsejó que dejaras que Nico creyera que ésta es la primera de sus vacaciones aquí, para calmar así su ansiedad por la separación?
—Eres muy inteligente, Pedro. Eso es exactamente lo que me dijo el doctor Karsh. En teoría, funciona.
—En realidad, ha funcionado muy bien. No entiendo cuál es el problema — señaló él con gesto de preocupación.
—Tú eres el guardabosques jefe. No puedo pedirte que dejes tus responsabilidades por Nico, por muy buena voluntad que tengas. Por favor, no lo discutas —le rogó, sintiendo que él estaba a punto de hacerlo—. Hemos pasado dos días fantásticos. Esperar más de tí sería interferir con tu trabajo —afirmó—. Si mi familia viviera en California y yo pudiera llevar a Nico de vez en cuando para que te viera, estaría bien. Pero vivimos a miles de kilómetros de distancia. Cuando empiece a trabajar, será todavía más difícil venir aquí de vacaciones. Cuando podamos venir, quizá tú no estés disponible. Odio pensar que tengas que dejarlo todo para ocuparte de nosotros. No está bien y no quiero que lo hagas.
Pedro se quedó mirándola.
—Ya he sugerido otra opción. Mientras estoy mañana en el trabajo, ¿Por qué no te acercas al departamento de recursos humanos para presentarte para el puesto que te ofrecí? Piensa en ello esta noche, lo hablaremos por la mañana.
La cabeza le dió vueltas a Paula. Esa noche no iba a poder pegar ojo. Él le había ofrecido una solución temporal al problema de Nico, pero no había garantía de que Pedro fuera a estar siempre trabajando en el parque. Ni había garantía de que siguiera soltero, cuando estuviera preparado para dejar que otra mujer entrara en su vida. Vivir cerca de él, trabajar para él, casi convivir con él… No podía ponerlos ni a Nico ni a sí misma en esa tesitura. ¡Ella no quería otro puesto que el de su esposa! Lo que quería era estar con él las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Quería tener hijos con él. No podía conformarse con menos.
—Eres un hombre muy generoso y atento, pero no hace falta que lo piense — contestó ella—. Mi vida está en Miami con mis padres y Nico. Él va a estar bien, lo sé. Sin embargo, como has hecho planes con nosotros durante los próximos días, no quiero decepcionarlos ni a tí ni a Nico, así que nos veremos por la mañana. Buenas noches.
Paula volvió a su habitación. Tras cerrar la puerta, se apoyó contra la pared, sollozando. Dentro de dos días, Nico y ella se irían y el guardabosques podría, al fin, dejar atrás ese episodio de su vida.
—Lo… lo siento.
Pedro se dirigió a la puerta y la abrió. La luz del exterior dibujó el perfil de su rostro.
—Nunca habías hablado de ir a Sequoia antes. Admite que es una excusa. Si estás tan ansiosa por volver con Santiago, no uses mi trabajo para justificar que quieras irte. Nico se merece saber la verdad, ¿No crees? Ya ha sufrido bastante por no entender lo que pasaba hacía un año.
Paula se quedó petrificada mientras él cerraba la puerta. El eco de sus palabras resonó dentro de ella. Sin pensarlo, corrió a abrir la puerta.
—¿Pedro? —lo llamó.
Pedro miró en su dirección, con la llave en la mano. Ella nunca lo había visto tan enfadado.
—Por favor, vuelve —le pidió.
—No creo que sea buena idea —señaló él.
—Ven sólo un momento junto a la puerta. Si hablamos bajo, no despertaremos a Nico.
—Prefiero no tener una discusión delante de la gente.
Pedro tenía razón. Los huéspedes del motel habían empezado a regresar y a estacionar sus coches delante de los bungalós vecinos.
—Entonces, iremos a la piscina como sugeriste.
—Tú tenías razón antes. Es tarde.
Dejando la puerta entreabierta, Paula caminó hasta él.
—No tenía ni idea de que ibas a enfadarte por eso.
—Lo siento. Nico significa mucho para mí —dijo él, frotándose la nuca.
—Él te quiere —afirmó ella con voz temblorosa.
—La verdad es que entiendo por qué no quieres seguir en Yosemite. Cuando regreses a casa con Santiago, Nico va a ponerse difícil otra vez.
—Tienes razón.
—¿Santiago quiere a Nico?
—No. Sólo se quiere a sí mismo. Cuando yo salía con él, Nico vivía con sus padres y no estaba tanto tiempo con nosotros. Pero no tiene importancia, porque lo mío con Santiago ha terminado. He descubierto que ya no siento nada por él. Se ocupó de matar mi amor hace tiempo.
Hubo una larga pausa.
—¿Quieres decir que lo de ustedes ha terminado?
—Sí. Lo ví en la compañía de cruceros cuando entregué mi dimisión. Ya no significa nada para mí.
—¿Se lo dijiste a él?
—Sí.
—¿Lo aceptó?
—No, pero sólo por orgullo.
Pedro la observó con atención.
—Si no quieres regresar con él, ¿Por qué no quieres pasar el resto de tus vacaciones en Yosemite? Eso te recomendó el terapeuta, ¿No es así? ¿No te aconsejó que dejaras que Nico creyera que ésta es la primera de sus vacaciones aquí, para calmar así su ansiedad por la separación?
—Eres muy inteligente, Pedro. Eso es exactamente lo que me dijo el doctor Karsh. En teoría, funciona.
—En realidad, ha funcionado muy bien. No entiendo cuál es el problema — señaló él con gesto de preocupación.
—Tú eres el guardabosques jefe. No puedo pedirte que dejes tus responsabilidades por Nico, por muy buena voluntad que tengas. Por favor, no lo discutas —le rogó, sintiendo que él estaba a punto de hacerlo—. Hemos pasado dos días fantásticos. Esperar más de tí sería interferir con tu trabajo —afirmó—. Si mi familia viviera en California y yo pudiera llevar a Nico de vez en cuando para que te viera, estaría bien. Pero vivimos a miles de kilómetros de distancia. Cuando empiece a trabajar, será todavía más difícil venir aquí de vacaciones. Cuando podamos venir, quizá tú no estés disponible. Odio pensar que tengas que dejarlo todo para ocuparte de nosotros. No está bien y no quiero que lo hagas.
Pedro se quedó mirándola.
—Ya he sugerido otra opción. Mientras estoy mañana en el trabajo, ¿Por qué no te acercas al departamento de recursos humanos para presentarte para el puesto que te ofrecí? Piensa en ello esta noche, lo hablaremos por la mañana.
La cabeza le dió vueltas a Paula. Esa noche no iba a poder pegar ojo. Él le había ofrecido una solución temporal al problema de Nico, pero no había garantía de que Pedro fuera a estar siempre trabajando en el parque. Ni había garantía de que siguiera soltero, cuando estuviera preparado para dejar que otra mujer entrara en su vida. Vivir cerca de él, trabajar para él, casi convivir con él… No podía ponerlos ni a Nico ni a sí misma en esa tesitura. ¡Ella no quería otro puesto que el de su esposa! Lo que quería era estar con él las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Quería tener hijos con él. No podía conformarse con menos.
—Eres un hombre muy generoso y atento, pero no hace falta que lo piense — contestó ella—. Mi vida está en Miami con mis padres y Nico. Él va a estar bien, lo sé. Sin embargo, como has hecho planes con nosotros durante los próximos días, no quiero decepcionarlos ni a tí ni a Nico, así que nos veremos por la mañana. Buenas noches.
Paula volvió a su habitación. Tras cerrar la puerta, se apoyó contra la pared, sollozando. Dentro de dos días, Nico y ella se irían y el guardabosques podría, al fin, dejar atrás ese episodio de su vida.
Destinados: Capítulo 50
El Cuatro de Julio fue un día maravilloso para Nico, empezando con el juego de béisbol en el parque. Sin embargo, Paula se negó a acompañarlos en una carroza. Insistió en seguirlos por la acera mientras los grababa en vídeo. Nico se había puesto el traje de guardabosques y llevaba una bandera americana. Pedro llevaba su uniforme militar completo, con guantes y gorra. Con sus pantalones azules, destacaba entre la docena de militares reunidos en la carroza representando todas las ramas de las fuerzas armadas.
Paula no pudo contar el número de veces que oyó decir a alguna mujer:
—¡Mira a ese marine! ¡Es guapísimo!
Era lo mismo que pensaba ella. Nico estaba extasiado. Iba muy derecho junto a Pedro. De vez en cuando, sonreía a su tía y la saludaba con la mano. Había muchas carrozas y música patriótica. Sintió un nudo en la garganta. A su padre le encantaría ese vídeo. Y ella lo guardaría para siempre como un tesoro. Después del desfile, regresaron al motel para cambiarse y prepararse para la barbacoa. Nico estaba deseando participar en el concurso de comer sandía. Sin embargo, tras dos pedazos, tuvo que rendirse.
—No pasa nada, campeón —dijo Pedro, riendo—. A mí tampoco me cabe más. Busquemos un buen sitio para ver los fuegos artificiales.
El parque se había llenado rápidamente. Cuando encontraron un hueco, tuvieron que abrirse paso para llegar a él. Paula terminó sentada entre Nico y una mujer que tenía una hija de la edad de su sobrino. Bianca, la niña, era muy extrovertida e invitó a Nico a que se sentara con ella, haciéndole un sitio.
—¿No te importa? —preguntó el niño a Pedro, en vez de a Paula.
Entonces, su tía supo que el vínculo entre los dos varones era más fuerte que nunca.
—Claro que no. Puedes compartir con ella tus palomitas.
En cuanto Nico se hubo cambiado de sitio, Pedro se acercó a Paula. El contacto llenó el cuerpo de ella de calidez.
—Es muy bonito —murmuró él junto al oído de ella—. Todo el mundo tiene a alguien.
Paula tuvo deseos de lanzarse a sus brazos.
—Gracias por este día perfecto, Pedro. Nico nunca lo olvidará.
Por alguna razón, su respuesta pareció crear cierta tensión.
—Todavía no ha terminado —señaló Pedro tras una pequeña pausa.
De pronto, los fuegos artificiales comenzaron a explotar en el cielo nocturno. Ella se emocionó, mientras la multitud lanzaba exclamaciones de admiración, sobre todo Nico y Bianca.
Más tarde, de camino al motel, Nico estuvo charlando sobre el caniche de Bianca, Mitzi, que había tenido que quedarse en casa porque le asustaban los fuegos artificiales. Cuando se hubo lavado los dientes y se hubo puesto el pijama de las Tortugas Ninja, estaba tan cansado que no necesitó un cuento antes de dormir. Rezó sus oraciones y cayó rendido. Pedro lo besó en la frente antes de girarse hacia Paula.
—Hace una noche preciosa. Sentémonos en la piscina un rato. Dejaremos la puerta abierta por si Nico necesita algo.
Paula nunca se había sentido tan tentada de aceptar, pero no se atrevió. Sus sentimientos por Pedro eran demasiado fuertes como para quedarse con él a solas. Durante los fuegos artificiales, ella había tomado una decisión e iba a llevarla a cabo por mucho que Nico se disgustara.
—Me gustaría mucho, pero es tarde, Pedro. Tú tienes que regresar mañana al parque.
—Todos iremos al parque mañana —replicó él, frunciendo el ceño.
—No —negó ella, meneando la cabeza—. Un día como hoy no puede repetirse. Mañana voy a alquilar un coche para llevar a Nico al Parque Sequoia. Quiero que conozca más cosas antes de regresar a Miami.
Paula notó que se ponía tenso.
—¿Por qué vas a hacer eso? Sólo han visto una pequeña parte de Yosemite.
—Tú tienes que trabajar. Ya te hemos robado demasiado tiempo.
—¿De qué va esto, Paula? —preguntó él, enojado.
—¿Por qué te enfadas?
Paula no pudo contar el número de veces que oyó decir a alguna mujer:
—¡Mira a ese marine! ¡Es guapísimo!
Era lo mismo que pensaba ella. Nico estaba extasiado. Iba muy derecho junto a Pedro. De vez en cuando, sonreía a su tía y la saludaba con la mano. Había muchas carrozas y música patriótica. Sintió un nudo en la garganta. A su padre le encantaría ese vídeo. Y ella lo guardaría para siempre como un tesoro. Después del desfile, regresaron al motel para cambiarse y prepararse para la barbacoa. Nico estaba deseando participar en el concurso de comer sandía. Sin embargo, tras dos pedazos, tuvo que rendirse.
—No pasa nada, campeón —dijo Pedro, riendo—. A mí tampoco me cabe más. Busquemos un buen sitio para ver los fuegos artificiales.
El parque se había llenado rápidamente. Cuando encontraron un hueco, tuvieron que abrirse paso para llegar a él. Paula terminó sentada entre Nico y una mujer que tenía una hija de la edad de su sobrino. Bianca, la niña, era muy extrovertida e invitó a Nico a que se sentara con ella, haciéndole un sitio.
—¿No te importa? —preguntó el niño a Pedro, en vez de a Paula.
Entonces, su tía supo que el vínculo entre los dos varones era más fuerte que nunca.
—Claro que no. Puedes compartir con ella tus palomitas.
En cuanto Nico se hubo cambiado de sitio, Pedro se acercó a Paula. El contacto llenó el cuerpo de ella de calidez.
—Es muy bonito —murmuró él junto al oído de ella—. Todo el mundo tiene a alguien.
Paula tuvo deseos de lanzarse a sus brazos.
—Gracias por este día perfecto, Pedro. Nico nunca lo olvidará.
Por alguna razón, su respuesta pareció crear cierta tensión.
—Todavía no ha terminado —señaló Pedro tras una pequeña pausa.
De pronto, los fuegos artificiales comenzaron a explotar en el cielo nocturno. Ella se emocionó, mientras la multitud lanzaba exclamaciones de admiración, sobre todo Nico y Bianca.
Más tarde, de camino al motel, Nico estuvo charlando sobre el caniche de Bianca, Mitzi, que había tenido que quedarse en casa porque le asustaban los fuegos artificiales. Cuando se hubo lavado los dientes y se hubo puesto el pijama de las Tortugas Ninja, estaba tan cansado que no necesitó un cuento antes de dormir. Rezó sus oraciones y cayó rendido. Pedro lo besó en la frente antes de girarse hacia Paula.
—Hace una noche preciosa. Sentémonos en la piscina un rato. Dejaremos la puerta abierta por si Nico necesita algo.
Paula nunca se había sentido tan tentada de aceptar, pero no se atrevió. Sus sentimientos por Pedro eran demasiado fuertes como para quedarse con él a solas. Durante los fuegos artificiales, ella había tomado una decisión e iba a llevarla a cabo por mucho que Nico se disgustara.
—Me gustaría mucho, pero es tarde, Pedro. Tú tienes que regresar mañana al parque.
—Todos iremos al parque mañana —replicó él, frunciendo el ceño.
—No —negó ella, meneando la cabeza—. Un día como hoy no puede repetirse. Mañana voy a alquilar un coche para llevar a Nico al Parque Sequoia. Quiero que conozca más cosas antes de regresar a Miami.
Paula notó que se ponía tenso.
—¿Por qué vas a hacer eso? Sólo han visto una pequeña parte de Yosemite.
—Tú tienes que trabajar. Ya te hemos robado demasiado tiempo.
—¿De qué va esto, Paula? —preguntó él, enojado.
—¿Por qué te enfadas?
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