—Lo tendré si tú lo tienes —ella levantó la barbilla desafiante—. Tus cicatrices no cambian nada. Te amo, Pepe. ¿Cuándo quieres organizar la ceremonia?
—¡Pau…! —exclamó él, pero en ese instante sonó el móvil.
Ella percibió la frustración de Pedro al ser interrumpidos. También se sentía frustrada, porque sabía que tenía que contestar. Rodeándola con un brazo, alargó la otra mano hacia el teléfono y descolgó. Lo que escuchó al otro lado cambió totalmente su actitud. Incluso en la penumbra lo vió palidecer. Toda expresión de alegría había abandonado su rostro. Paula sintió que se le revolvía el estómago.
—Me temo que esto va para largo —Pedro cubrió el teléfono con una mano.
—¿Quieres que me vaya?
—Es lo último que desearía y tú lo sabes. Pero, dadas las circunstancias, sería lo mejor. Me pasaré por tu casa después.
Le dió un beso breve, aunque intenso, en la boca y ella recogió su abrigo y salió de la cocina. Camino de su casa abrazó la escayola contra el pecho para acallar el feroz martilleo del corazón. Tenía la terrible premonición de que algo estaba a punto de amenazar nuevamente su felicidad.
Paula entró en la casa y sintió alivio al comprobar que todos dormían. No estaba en condiciones de enfrentarse a sus padres o a Olivia. Había experimentado tal felicidad en brazos de Pedro, y tal angustia ante la separación un segundo después de haber aceptado su proposición de matrimonio, que se sentía paralizada de terror. En una ocasión la había abandonado para ir a trabajar y no había vuelto. Una llamada a esas horas no podía entrar dentro de los cometidos habituales de un guardabosque. Le había prometido ir a su casa más tarde. Consultó el reloj. Ya era más tarde. ¿Qué sucedía? Si no llamaba a su puerta en cinco minutos, iría a su casa para descubrirlo. Mientras paseaba por el salón, sonó el móvil. Se lanzó sobre el bolso, lo sacó y descolgó sin comprobar quién llamaba.
—¿Pepe?
—Soy Matías.
—Disculpa, esperaba una llamada de él.
—Por eso te llamo. Ha habido una emergencia en otra parte del parque y no sabe cuánto tardara. Como se figuraba que estarías preocupada, me pidió que te llamara.
Paula sujetó el teléfono con más fuerza. Tenía que ser mucho más serio de lo que pretendía Matías, de lo contrario la hubiera llamado Pedro. A lo mejor algún campista había sido atacado por un oso, o había tenido que investigar algunos disparos. Aunque deseaba pedirle más detalles, se contuvo. Ya había sido bastante amable. ¿Qué clase de esposa de guardabosque sería si se desmoronaba cada vez que Pedro acudía a una emergencia?
—No sabes cuánto agradezco tu llamada, Matías.
—De nada. Nos veremos pronto. Nico sólo vive para Halloween.
—Oli también.
—Hoy me ha recordado que sólo quedan tres días.
—Creo que hemos vivido la misma película aquí —a pesar de su angustia, Paula rió.
—Será divertido. No se lo cuentes a Nico, pero estoy tan entusiasmado como él —Matías era un hombre maravilloso—. Buenas noches, Paula.
—Buenas noches.
domingo, 8 de enero de 2017
Identidad Secreta: Capítulo 47
—He captado el mensaje, Pedro—jamás debería haber iniciado esa conversación.
—¿Te acostaste con ellos?
—No —a Paula le habría encantado poder mentir—, pero tú has estado con otras mujeres que han visto tus cicatrices.
—Podían soportarlo —espetó él.
—¿Y yo no?
—Sobre todo, tú no.
—¿Por qué? —las mejillas le ardían.
—Preferiría que me recordaras tal y como estaba.
—Si te refieres a muerto, es un poco tarde para eso.
—Lo sé —los ojos grises se apagaron.
—Está claro que siempre me viste como una princesa amante de lujos que necesitaba ser constantemente mimada —gritó ella llena de dolor—, incapaz de soportar el mundo real.
—Hace tiempo te pedí que te casaras conmigo y aceptaste —los rasgos de Pedro se endurecieron—. Veamos si tu respuesta sigue siendo la misma.
Se levantó la camiseta y se bajó los pantalones, quedando únicamente en calzoncillos.
—Observa al hombre del que una vez dijiste que era la personificación de todas tus fantasías.
Mirar a Pedro era como ver el reflejo sobre un espejo distorsionador. Siempre lo había considerado la personificación de la belleza masculina. Y, a sus ojos, siempre lo sería.
—Y esto es sólo la parte delantera —se dió la vuelta para que pudiera contemplar la espalda—. Más operaciones podrían darme un aspecto más presentable, pero con todos mis sueños aniquilados, no tuve ningún incentivo para hacer nada al respecto.
Se volvió de nuevo con las manos apoyadas en las caderas.
—¿Qué te parece? ¿Lo quieres envuelto como regalo de boda o no tengo ninguna posibilidad?
Paula no podía articular palabra, pero no por las cicatrices, que eran enormes expresiones de años de dolor y angustia. Lo que más le dolía era la oscuridad que había impregnado la mente de Pedro durante años.
—Espero tu respuesta, amor mío —la sonrisa se convirtió en una mueca—. Aunque nuestros sueños quedaron hechos añicos, ¿Tendrás el valor de hacer realidad los de tu hija?
De repente, Paula recordó el primer año que Olivia fue a clase de natación. Los demás niños habían aprendido al fin a tirarse de cabeza. Cuando llegó su turno, la niña se apartó del bordillo. El profesor la animó a que lo intentara. Olivia había negado estar asustada y había insistido en que no le apetecía zambullirse en ese momento. La expresión en sus ojos había sido idéntica a la de Pedro. Un pánico puro, sincero, desafiante.
Pedro acababa de confesar que aún la deseaba, que quería casarse con ella. La había besado como si jamás hubiera dejado de desearla. Si el matrimonio pudiera servir para ahuyentar sus demonios, a lo mejor también eliminaría los suyos propios. Nada importaba, salvo el hecho de que había vuelto a su vida. Era un hombre que se había enfrentado al terror, pero seguía en pie.
—¿Te acostaste con ellos?
—No —a Paula le habría encantado poder mentir—, pero tú has estado con otras mujeres que han visto tus cicatrices.
—Podían soportarlo —espetó él.
—¿Y yo no?
—Sobre todo, tú no.
—¿Por qué? —las mejillas le ardían.
—Preferiría que me recordaras tal y como estaba.
—Si te refieres a muerto, es un poco tarde para eso.
—Lo sé —los ojos grises se apagaron.
—Está claro que siempre me viste como una princesa amante de lujos que necesitaba ser constantemente mimada —gritó ella llena de dolor—, incapaz de soportar el mundo real.
—Hace tiempo te pedí que te casaras conmigo y aceptaste —los rasgos de Pedro se endurecieron—. Veamos si tu respuesta sigue siendo la misma.
Se levantó la camiseta y se bajó los pantalones, quedando únicamente en calzoncillos.
—Observa al hombre del que una vez dijiste que era la personificación de todas tus fantasías.
Mirar a Pedro era como ver el reflejo sobre un espejo distorsionador. Siempre lo había considerado la personificación de la belleza masculina. Y, a sus ojos, siempre lo sería.
—Y esto es sólo la parte delantera —se dió la vuelta para que pudiera contemplar la espalda—. Más operaciones podrían darme un aspecto más presentable, pero con todos mis sueños aniquilados, no tuve ningún incentivo para hacer nada al respecto.
Se volvió de nuevo con las manos apoyadas en las caderas.
—¿Qué te parece? ¿Lo quieres envuelto como regalo de boda o no tengo ninguna posibilidad?
Paula no podía articular palabra, pero no por las cicatrices, que eran enormes expresiones de años de dolor y angustia. Lo que más le dolía era la oscuridad que había impregnado la mente de Pedro durante años.
—Espero tu respuesta, amor mío —la sonrisa se convirtió en una mueca—. Aunque nuestros sueños quedaron hechos añicos, ¿Tendrás el valor de hacer realidad los de tu hija?
De repente, Paula recordó el primer año que Olivia fue a clase de natación. Los demás niños habían aprendido al fin a tirarse de cabeza. Cuando llegó su turno, la niña se apartó del bordillo. El profesor la animó a que lo intentara. Olivia había negado estar asustada y había insistido en que no le apetecía zambullirse en ese momento. La expresión en sus ojos había sido idéntica a la de Pedro. Un pánico puro, sincero, desafiante.
Pedro acababa de confesar que aún la deseaba, que quería casarse con ella. La había besado como si jamás hubiera dejado de desearla. Si el matrimonio pudiera servir para ahuyentar sus demonios, a lo mejor también eliminaría los suyos propios. Nada importaba, salvo el hecho de que había vuelto a su vida. Era un hombre que se había enfrentado al terror, pero seguía en pie.
Identidad Secreta: Capítulo 46
La besó con un ansia que no hizo más que crecer y ella se preguntó cómo había podido sobrevivir tanto tiempo si él. No debería estar haciendo aquello, pero no recordaba el motivo, porque cualquier pensamiento coherente la había abandonado. Sin saber cómo, su espalda acabó contra la encimera. Inconscientemente, la mano que tenía libre se deslizó sobre el fuerte torso y le rodeó el cuello. Sin embargo, sus dedos no se habían deslizado con suavidad, habían tropezado con bultos y hendiduras que antes no habían estado. Su mente se iluminó con la visión de las fotos que Silvio Manning había arrojado a sus pies. Horrorizada una vez más, dio un respingo involuntario y se apartó de él, obligándolo a soltarla. Empezó a levantarle la camiseta, pero él le agarró la muñeca y se lo impidió.
—No, Pau. Todavía no.
—¿Qué quieres decir? —ella lo miró a los ojos y vio en ellos el temor de horas antes.
—No quieres verlo. Confía en mí —evitó mirarla.
—Pero si ya he visto las fotos.
—No tienen nada que ver con lo que aún queda.
—Eso es ridículo. El hombre cubierto de sangre que ví en medio de los fragmentos de la bomba fue dado por muerto. ¡Tú estás vivo!
Pedro se frotó la nuca en un gesto que ella interpretó como inseguridad. No podía haber sucumbido presa de esa debilidad. Pedro no.
—Querrás decir que está vivo lo que queda de mí.
—No creo que tengas un solo hueso inútil en tu cuerpo —ella cerró el puño con fuerza.
—No solía pensar en ello hasta que me ví reflejado en un espejo de cuerpo entero y me encontré mirando fijamente a uno de los experimentos del doctor Frankenstein.
—No digas eso, Pedro. Jamás vuelvas a hablar de ese modo —Paula se estremeció tan violentamente que tuvo que sujetarse al fregadero—. Nadie lo diría jamás.
—Supongo que te refieres a cuando voy vestido —él hizo una mueca de amargura.
—¿Y qué haces cuando vas a la piscina? —ella tragó con dificultad.
—No voy.
—¿Me estás diciendo que no has estado con ninguna mujer? —Paula se mordió el labio.
—No, no te estoy diciendo eso —fue la respuesta brutalmente sincera.
—¿Eso incluye a Romina? —dijo ella antes de poder reprimirse.
—Romina jamás estuvo interesada en mí —el control de Pedro era envidiable—. Sucumbió por Mati desde que estallaron las primeras chispas. Si te ha dicho lo contrario, ha mentido.
—No —admitió ella—. Me contó lo mismo, pero es evidente que tú estabas interesado en ella.
—Quieres carnaza, ¿No? —Pedro entornó los ojos—. Pues ahí va. Romi tenía una dulzura y una fuerza interior que me atraía mucho. Lo cierto es que me recordaba a tí, pero Mati ya la había conquistado. No hubo ninguna posibilidad. ¿Satisfecha?
Ella desvió la mirada, avergonzada por haber sacado el tema.
—¿Por qué no hablamos de los hombres que se sintieron atraídos por tí estos años? Oli me ha hablado de uno, Germán. Ese genio de Pennington Mutual que tus padres te presentaron. Me contó que os llevó varias veces en avión hasta el yate que tenía en la bahía de San Francisco. Y también recuerdo que me habló de un golfista profesional llamado Lucky Sorenson que te invitó a ver el Open PGA en Pebble Beach. Tengo entendido que te quedaste a pasar la noche en su casa de Carmel.
—No, Pau. Todavía no.
—¿Qué quieres decir? —ella lo miró a los ojos y vio en ellos el temor de horas antes.
—No quieres verlo. Confía en mí —evitó mirarla.
—Pero si ya he visto las fotos.
—No tienen nada que ver con lo que aún queda.
—Eso es ridículo. El hombre cubierto de sangre que ví en medio de los fragmentos de la bomba fue dado por muerto. ¡Tú estás vivo!
Pedro se frotó la nuca en un gesto que ella interpretó como inseguridad. No podía haber sucumbido presa de esa debilidad. Pedro no.
—Querrás decir que está vivo lo que queda de mí.
—No creo que tengas un solo hueso inútil en tu cuerpo —ella cerró el puño con fuerza.
—No solía pensar en ello hasta que me ví reflejado en un espejo de cuerpo entero y me encontré mirando fijamente a uno de los experimentos del doctor Frankenstein.
—No digas eso, Pedro. Jamás vuelvas a hablar de ese modo —Paula se estremeció tan violentamente que tuvo que sujetarse al fregadero—. Nadie lo diría jamás.
—Supongo que te refieres a cuando voy vestido —él hizo una mueca de amargura.
—¿Y qué haces cuando vas a la piscina? —ella tragó con dificultad.
—No voy.
—¿Me estás diciendo que no has estado con ninguna mujer? —Paula se mordió el labio.
—No, no te estoy diciendo eso —fue la respuesta brutalmente sincera.
—¿Eso incluye a Romina? —dijo ella antes de poder reprimirse.
—Romina jamás estuvo interesada en mí —el control de Pedro era envidiable—. Sucumbió por Mati desde que estallaron las primeras chispas. Si te ha dicho lo contrario, ha mentido.
—No —admitió ella—. Me contó lo mismo, pero es evidente que tú estabas interesado en ella.
—Quieres carnaza, ¿No? —Pedro entornó los ojos—. Pues ahí va. Romi tenía una dulzura y una fuerza interior que me atraía mucho. Lo cierto es que me recordaba a tí, pero Mati ya la había conquistado. No hubo ninguna posibilidad. ¿Satisfecha?
Ella desvió la mirada, avergonzada por haber sacado el tema.
—¿Por qué no hablamos de los hombres que se sintieron atraídos por tí estos años? Oli me ha hablado de uno, Germán. Ese genio de Pennington Mutual que tus padres te presentaron. Me contó que os llevó varias veces en avión hasta el yate que tenía en la bahía de San Francisco. Y también recuerdo que me habló de un golfista profesional llamado Lucky Sorenson que te invitó a ver el Open PGA en Pebble Beach. Tengo entendido que te quedaste a pasar la noche en su casa de Carmel.
Identidad Secreta: Capítulo 45
Sus pensamientos la llevaron de vuelta a Kabul. Al regresar al departamento al final de la jornada, solía abrazarla con fuerza y decir: «mi reino por una gota de agua fría, pero antes necesito otra cosa». Y entonces la besaba hasta que todo daba vueltas, inevitablemente, terminaban en el dormitorio. El agua y el refresco de cola siempre tenían que esperar. La ensoñación era tan profunda que no se dio cuenta de la presencia de Pedro en la cocina hasta que éste abrió el grifo del agua fría para beber. Sus miradas se fundieron antes de que posara sus ojos grises en la lata que tenía en la mano.
—Algunas cosas no cambian.
—No —susurró Paula, consciente de que él no lo había olvidado tampoco.
Pedro tenía un aspecto estupendo y olía muy bien. La camiseta negra y los vaqueros desgastados que se amoldaban a los atléticos muslos la llevaron de vuelta a otros tiempos. Le vendría bien un afeitado. Como siempre al final del día. Tuvo que respirar hondo para recuperar el equilibrio.
—¿Qué te ha traído a mi casa esta noche? —él se apoyó contra la encimera de la cocina.
—Tengo que hablarte de Oli.
—Adelante.
Pedro no se movió. Aun así, estaba demasiado cerca. Le recordaba al antiguo Fernando. Lo único que podía decir era que parecía más agresivo, a pesar de no haber hecho ningún movimiento. Nerviosa, tomó un sorbo de la lata.
—Tiene cierta fantasía sobre nosotros dos.
—Yo también —fue su tranquila respuesta mientras colocaba las manos a ambos lados del cuello de Annie y la acariciaba con movimientos circulares de los pulgares—. Tú y yo no nos habíamos saludado hasta ahora como la ocasión se merece —susurró pegado a sus labios.
—Fernando… —el cálido aliento incendió la piel de Paula.
—Pedro. Una hora antes de la explosión que cambió nuestras vidas, acabábamos de hacer el amor apasionadamente. Fue por la mañana y fijamos la fecha para viajar a Estados Unidos y casarnos.
—Lo recuerdo.
—Yo también. Cada detalle —insistió él—. Después cambié a regañadientes tus brazos por el trabajo y te dejé dormir un poco más. Mi mente estaba tan llena de futuro y de tu belleza que no me di cuenta, hasta un segundo antes de la explosión, de que dos camiones que no había visto nunca habían aparcado junto a la excavación.
Paula oyó su propio gemido resonar en la cocina.
—Me ha llevado más de lo esperado volver a tí, Pau. No me rechaces. No podría soportarlo.
Pedro la abrazó y fundió los labios con los suyos. No había escapatoria posible. Habían pasado diez años, pero su boca y su cuerpo lo reconocieron y reaccionaron como si sólo hubiera pasado una hora desde que abandonara la cama. Lo único que impedía que los cuerpos se fundieran era la escayola.
—Algunas cosas no cambian.
—No —susurró Paula, consciente de que él no lo había olvidado tampoco.
Pedro tenía un aspecto estupendo y olía muy bien. La camiseta negra y los vaqueros desgastados que se amoldaban a los atléticos muslos la llevaron de vuelta a otros tiempos. Le vendría bien un afeitado. Como siempre al final del día. Tuvo que respirar hondo para recuperar el equilibrio.
—¿Qué te ha traído a mi casa esta noche? —él se apoyó contra la encimera de la cocina.
—Tengo que hablarte de Oli.
—Adelante.
Pedro no se movió. Aun así, estaba demasiado cerca. Le recordaba al antiguo Fernando. Lo único que podía decir era que parecía más agresivo, a pesar de no haber hecho ningún movimiento. Nerviosa, tomó un sorbo de la lata.
—Tiene cierta fantasía sobre nosotros dos.
—Yo también —fue su tranquila respuesta mientras colocaba las manos a ambos lados del cuello de Annie y la acariciaba con movimientos circulares de los pulgares—. Tú y yo no nos habíamos saludado hasta ahora como la ocasión se merece —susurró pegado a sus labios.
—Fernando… —el cálido aliento incendió la piel de Paula.
—Pedro. Una hora antes de la explosión que cambió nuestras vidas, acabábamos de hacer el amor apasionadamente. Fue por la mañana y fijamos la fecha para viajar a Estados Unidos y casarnos.
—Lo recuerdo.
—Yo también. Cada detalle —insistió él—. Después cambié a regañadientes tus brazos por el trabajo y te dejé dormir un poco más. Mi mente estaba tan llena de futuro y de tu belleza que no me di cuenta, hasta un segundo antes de la explosión, de que dos camiones que no había visto nunca habían aparcado junto a la excavación.
Paula oyó su propio gemido resonar en la cocina.
—Me ha llevado más de lo esperado volver a tí, Pau. No me rechaces. No podría soportarlo.
Pedro la abrazó y fundió los labios con los suyos. No había escapatoria posible. Habían pasado diez años, pero su boca y su cuerpo lo reconocieron y reaccionaron como si sólo hubiera pasado una hora desde que abandonara la cama. Lo único que impedía que los cuerpos se fundieran era la escayola.
Identidad Secreta: Capítulo 44
—¿Puedes repetirlo? —Pedro parpadeó incrédulo.
—Ya me has oído.
—Lo haría por Oli—sacudió la cabeza.
—No lo creo. Oli podría haber llamado a Nico. Como bien sabes, mi esposa es muy intuitiva. Me pidió que no te dijera nada, pero lo voy a hacer. El otro día tuvo una charla con Paula y tuvo la impresión de que eres tú quien mantiene las distancias.
—Y es verdad. Demonios, Mati, un paso en falso y el desastre estará servido.
—A lo mejor al principio tenías que andarte con cuidado, pero el impacto inicial se ha disipado. Puede que Romi se equivoque, pero yo diría que no hará ningún mal si cambias de actitud con Paula y esperas a ver qué pasa. Las cosas no pueden ponerse peor. En cualquier caso, nunca te quitará a Oli. Lo que necesita es que le recuerden que una vez fueron amantes.
—Es verdad, hasta que me mantuve durante diez años lejos de ella.
—Y ella sabe bien por qué. Quizás deberías enseñarle algunas fotos de familiares de operativos de la CIA que fueron masacrados por no entrar en el programa de protección de testigos.
—Ya lo había pensado —contestó Pedro.
—Bien. Y ahora vete a casa y piensa en ello.
—Ya me voy.
—Estás otra vez ensimismado —Matías lo estudió con atención—. ¿Qué te preocupa? Si crees que Paula se echará atrás por tus cicatrices, entonces no es la mujer que creías que era.
—Tal y como me dijeron los médicos, la visión no es muy agradable.
—Deja que sea ella quien decida.
Cada vez que pensaba en su reacción, el terror se apoderaba de Pedro.
—Te veo mañana, Mati—se despidió.
Si había algo de cierto en lo que Romina le había contado a su marido, si Paula se preocupaba por él siquiera un poco, tenía que descubrirlo. No le bastaba con su adorable hija. Quería a la mujer que la había alumbrado.
Al acercarse al complejo de casas vió una figura femenina que se alejaba de su propiedad. Al ver la escayola, aminoró la marcha y bajó la ventanilla.
—¿Paula? —vió que ella levantaba la vista—. Ven, entremos en mi casa.
—Es tarde y seguramente estarás cansado.
—Jamás he estado tan despierto —estacionó la camioneta y se bajó—. Vamos — abrió la puerta y encendió las luces—. Discúlpame un minuto. Voy a darme una ducha. Si tienes hambre o sed, sírvete de la nevera.
—Gracias.
—Enseguida vuelvo.
Paula se quitó el abrigo y lo dejó sobre uno de los sillones de cuero. Iba vestida con la misma ropa desde aquella mañana. Tampoco le vendría mal una ducha. En cualquier otro momento se habría sumergido entre los libros de la biblioteca, pero se sentía demasiado inquieta para concentrarse. Aceptaría su oferta y se serviría una bebida. Cualquier cosa para mantenerse ocupada mientras esperaba. Sólo encontró una solitaria lata de cola entre un montón de latas de zarzaparrilla. No recordaba que Pedro la bebiera. Debía de ser para Olivia.
—Ya me has oído.
—Lo haría por Oli—sacudió la cabeza.
—No lo creo. Oli podría haber llamado a Nico. Como bien sabes, mi esposa es muy intuitiva. Me pidió que no te dijera nada, pero lo voy a hacer. El otro día tuvo una charla con Paula y tuvo la impresión de que eres tú quien mantiene las distancias.
—Y es verdad. Demonios, Mati, un paso en falso y el desastre estará servido.
—A lo mejor al principio tenías que andarte con cuidado, pero el impacto inicial se ha disipado. Puede que Romi se equivoque, pero yo diría que no hará ningún mal si cambias de actitud con Paula y esperas a ver qué pasa. Las cosas no pueden ponerse peor. En cualquier caso, nunca te quitará a Oli. Lo que necesita es que le recuerden que una vez fueron amantes.
—Es verdad, hasta que me mantuve durante diez años lejos de ella.
—Y ella sabe bien por qué. Quizás deberías enseñarle algunas fotos de familiares de operativos de la CIA que fueron masacrados por no entrar en el programa de protección de testigos.
—Ya lo había pensado —contestó Pedro.
—Bien. Y ahora vete a casa y piensa en ello.
—Ya me voy.
—Estás otra vez ensimismado —Matías lo estudió con atención—. ¿Qué te preocupa? Si crees que Paula se echará atrás por tus cicatrices, entonces no es la mujer que creías que era.
—Tal y como me dijeron los médicos, la visión no es muy agradable.
—Deja que sea ella quien decida.
Cada vez que pensaba en su reacción, el terror se apoderaba de Pedro.
—Te veo mañana, Mati—se despidió.
Si había algo de cierto en lo que Romina le había contado a su marido, si Paula se preocupaba por él siquiera un poco, tenía que descubrirlo. No le bastaba con su adorable hija. Quería a la mujer que la había alumbrado.
Al acercarse al complejo de casas vió una figura femenina que se alejaba de su propiedad. Al ver la escayola, aminoró la marcha y bajó la ventanilla.
—¿Paula? —vió que ella levantaba la vista—. Ven, entremos en mi casa.
—Es tarde y seguramente estarás cansado.
—Jamás he estado tan despierto —estacionó la camioneta y se bajó—. Vamos — abrió la puerta y encendió las luces—. Discúlpame un minuto. Voy a darme una ducha. Si tienes hambre o sed, sírvete de la nevera.
—Gracias.
—Enseguida vuelvo.
Paula se quitó el abrigo y lo dejó sobre uno de los sillones de cuero. Iba vestida con la misma ropa desde aquella mañana. Tampoco le vendría mal una ducha. En cualquier otro momento se habría sumergido entre los libros de la biblioteca, pero se sentía demasiado inquieta para concentrarse. Aceptaría su oferta y se serviría una bebida. Cualquier cosa para mantenerse ocupada mientras esperaba. Sólo encontró una solitaria lata de cola entre un montón de latas de zarzaparrilla. No recordaba que Pedro la bebiera. Debía de ser para Olivia.
Identidad Secreta: Capítulo 43
—¿Mamá? Oli se confió a mí hace un rato. Por su bien, tengo que hablar con él esta noche si puedo. ¿Te importaría si me paso por su casa? Está a la vuelta de la esquina.
—Adelante. Si Oli pregunta por tí, le diré la verdad. Eso la consolará más que nada.
Abrazó a su madre y fue al armario busca del abrigo, pues la temperatura en la calle era de bajo cero. Se echó el abrigo sobre los hombros y corrió a casa de Pedro.
Al llegar no vió luz. A lo mejor había llegado a casa y se había acostado. Tras dudar un segundo, llamó a la puerta varias veces. No hubo respuesta y se sintió abatida. Podría esperarlo en el porche, pero el frío era excesivo. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Esperaría diez minutos más antes de volver a su casa. La fase de limpieza había comenzado.
—Considerando las circunstancias —Matías se acercó a Pedro—¿Qué opinas?
—Aunque sólo se hubiera dañado una tienda, creo que hicimos bien en evacuar todo el perímetro. Creo que deberíamos mantener las cabañas cerradas hasta el verano que viene.
—Estoy de acuerdo —Matías levantó la vista al cielo—. La primera nevada sobre el valle está prevista para mañana por la noche. A partir de entonces, las colinas serán muy peligrosas.
—Sí. Si va a haber otro desprendimiento, será ahora que empieza a hacer frío. Menos mal que la gente había salido a cenar cuando sucedió.
—Y que lo digas. Aun así, va a estar en todos los noticieros. Llamaré a PatricioTelford.
Pedro asintió. No se sentía de humor para hablar con el superintendente. No quería verlo cerca de Paula y Matías lo sabía.
—¿Está todo listo para Halloween?
—He dividido la guardia en dos turnos para que los guardabosques con niños puedan participar con ellos. O sea, tú y yo —sonrió a su amigo—. El año pasado me ofrecí voluntario porque no había ningún pequeño Rossiter o Alfonso por aquí. ¿Te acuerdas? ¡Cómo han cambiado las cosas!
—Todavía no me lo puedo creer —susurró Pedro.
—¿Qué tal te fue con los padres de Paula? —Matías estudió el tenso rostro de su ayudante.
—Ahora comprendo por qué es una mujer tan extraordinaria. Desgraciadamente, no tuvimos tiempo de conversar en profundidad.
—Lo siento. Es que no puedo dirigir esto sin tí.
—Me alegra oírlo. Me gusta mi trabajo.
—Pero…
—Pero mi vida no va a parecerse a la tuya —respiró hondo—. Lo presiento. Oli es una bendición que jamás esperé obtener. Paula… es otra cosa. Se comporta como si me hubiese evaporado del planeta.
—Si eso es verdad —Matías inclinó la cabeza—, explícame por qué Romi recibió una llamada de ella hace unas horas. Estaba histérica y quería saber adónde habías tenido que ir.
—Adelante. Si Oli pregunta por tí, le diré la verdad. Eso la consolará más que nada.
Abrazó a su madre y fue al armario busca del abrigo, pues la temperatura en la calle era de bajo cero. Se echó el abrigo sobre los hombros y corrió a casa de Pedro.
Al llegar no vió luz. A lo mejor había llegado a casa y se había acostado. Tras dudar un segundo, llamó a la puerta varias veces. No hubo respuesta y se sintió abatida. Podría esperarlo en el porche, pero el frío era excesivo. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Esperaría diez minutos más antes de volver a su casa. La fase de limpieza había comenzado.
—Considerando las circunstancias —Matías se acercó a Pedro—¿Qué opinas?
—Aunque sólo se hubiera dañado una tienda, creo que hicimos bien en evacuar todo el perímetro. Creo que deberíamos mantener las cabañas cerradas hasta el verano que viene.
—Estoy de acuerdo —Matías levantó la vista al cielo—. La primera nevada sobre el valle está prevista para mañana por la noche. A partir de entonces, las colinas serán muy peligrosas.
—Sí. Si va a haber otro desprendimiento, será ahora que empieza a hacer frío. Menos mal que la gente había salido a cenar cuando sucedió.
—Y que lo digas. Aun así, va a estar en todos los noticieros. Llamaré a PatricioTelford.
Pedro asintió. No se sentía de humor para hablar con el superintendente. No quería verlo cerca de Paula y Matías lo sabía.
—¿Está todo listo para Halloween?
—He dividido la guardia en dos turnos para que los guardabosques con niños puedan participar con ellos. O sea, tú y yo —sonrió a su amigo—. El año pasado me ofrecí voluntario porque no había ningún pequeño Rossiter o Alfonso por aquí. ¿Te acuerdas? ¡Cómo han cambiado las cosas!
—Todavía no me lo puedo creer —susurró Pedro.
—¿Qué tal te fue con los padres de Paula? —Matías estudió el tenso rostro de su ayudante.
—Ahora comprendo por qué es una mujer tan extraordinaria. Desgraciadamente, no tuvimos tiempo de conversar en profundidad.
—Lo siento. Es que no puedo dirigir esto sin tí.
—Me alegra oírlo. Me gusta mi trabajo.
—Pero…
—Pero mi vida no va a parecerse a la tuya —respiró hondo—. Lo presiento. Oli es una bendición que jamás esperé obtener. Paula… es otra cosa. Se comporta como si me hubiese evaporado del planeta.
—Si eso es verdad —Matías inclinó la cabeza—, explícame por qué Romi recibió una llamada de ella hace unas horas. Estaba histérica y quería saber adónde habías tenido que ir.
viernes, 6 de enero de 2017
Identidad Secreta: Capítulo 42
—Llamaré a Mati y te telefonearé con lo que sea.
—Muchísimas gracias.
Paula colgó y esperó. No quería entrar en la casa sin alguna información que pudiera tranquilizar a Olivia. Estaba a punto de desesperarse cuando Romina llamó.
—¡Hola! ¿Has descubierto algo?
—Sí. Se ha producido un pequeño desprendimiento de rocas en Curry Village. No hay heridos, pero Mati quería a Pedro con él. No tardarán más de una o dos horas.
—Me alegro de que todo esté bien —Paula suspiró aliviada.
—Yo también. Mati dice que deberías explicarle a Olivia que los desprendimientos se producen con bastante frecuencia porque las paredes de granito son casi verticales. En realidad, lo increíble es que no se produzcan más.
—Gracias, Romi. Se lo diré. Estoy en deuda con ustedes.
—Tonterías. Llámame cuando quieras.
—Sabes que lo haré. Lo mismo te digo. Buenas noches.
Tras colgar, corrió a la casa. Aunque sus padres preferían quedarse en el hotel, Olivia los había convencido para que se quedaran a dormir con ellas. Les había cedido su cama y dormiría con su hija. Al entrar en el salón los encontró sentados alrededor de la mesa. La niña había dispuesto un Monopoly para jugar y ella se sentó en una silla vacía a su lado.
—Acabo de hablar con Romina. Papá está bien. Ha tenido que ir a investigar un pequeño desprendimiento de rocas.
Tras conocer la buena noticia, Olivia pareció relajarse, aunque siguió sin mirar a su madre, que intercambiaba silenciosas miradas con los abuelos, conscientes de que algo le sucedía a la niña. La partida duró un buen rato. Al final ganó la abuela. Cuando el abuelo anunció que se iba a la cama, Paula sugirió que Olivia se pusiera el pijama.
—Has tenido un día muy intenso desde que os fuisteis a montar a caballo esta mañana.
—Papá dice que soy una amazona nata —la niña levantó la vista hacia su madre.
—No me sorprende. Él ha montado mucho y es un experto jinete. Te pareces mucho a él.
—Me alegro de que no muriera —los ojos de Olivia se llenaron de lágrimas mientras cerraba la caja del Monopoly y la sujetaba contra el pecho—. Buenas noches.
—¿No me das un beso? —Olivia se acercó y la besó—. Buenas noches, cariño, que tengas dulces sueños.
El abuelo siguió a Olivia, dejando a la abuela sola con su hija.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —la madre de Paula tenía una expresión preocupada.
—Seguir a mi lado.
—Eso siempre.
—Lo sé. No los merezco.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Adoro a mi hija —un gemido escapó de la garganta de Paula—, pero me equivoqué al acostarme con Pedro. No me educaron así. Yo estaba tan enamorada que dejé que mis emociones gobernaran sobre el sentido común. ¿Quién habría dicho que pagaría el precio diez años después?
—¿Y lo dices por…? —su madre la animó a continuar.
—Ya conoces la respuesta.
—¿Quieres decir que aún estás enamorada de él?
—¿Tanto se me nota?
—Sí, pero sólo porque soy tu madre. Si te sirve de consuelo, yo misma estuve a punto de sufrir un infarto cuando lo ví esta noche. Si no te sintieras atraída por él, no serías humana. Es todo aquello que dijiste que era, y quizás más.
—¿Más? —Paula se irguió en su asiento.
—Ha sufrido lo indecible, cariño. Se ve en sus ojos. Hay desesperación en su manera de aferrarse a Oli. Cuando te miró antes de marcharse, vi un destello de miedo.
Ella bajó la mirada. También lo había visto, pero no había comprendido su significado. ¿Tenía miedo de que cambiara de idea y se llevara a la niña lejos del parque? Tenía la sensación de que, a su alrededor, caminaba con pies de plomo. Era muy diferente del hombre decidido y resuelto que había conocido y amado. Quizás lo que le daba miedo fuera no poder proteger a Olivia si su identidad oculta era descubierta. A lo mejor vivía una pesadilla ante el temor de que sucediera lo inesperado y ella desapareciera. Necesitaba respuestas a tantas preguntas que no sabía ni por dónde empezar.
—Muchísimas gracias.
Paula colgó y esperó. No quería entrar en la casa sin alguna información que pudiera tranquilizar a Olivia. Estaba a punto de desesperarse cuando Romina llamó.
—¡Hola! ¿Has descubierto algo?
—Sí. Se ha producido un pequeño desprendimiento de rocas en Curry Village. No hay heridos, pero Mati quería a Pedro con él. No tardarán más de una o dos horas.
—Me alegro de que todo esté bien —Paula suspiró aliviada.
—Yo también. Mati dice que deberías explicarle a Olivia que los desprendimientos se producen con bastante frecuencia porque las paredes de granito son casi verticales. En realidad, lo increíble es que no se produzcan más.
—Gracias, Romi. Se lo diré. Estoy en deuda con ustedes.
—Tonterías. Llámame cuando quieras.
—Sabes que lo haré. Lo mismo te digo. Buenas noches.
Tras colgar, corrió a la casa. Aunque sus padres preferían quedarse en el hotel, Olivia los había convencido para que se quedaran a dormir con ellas. Les había cedido su cama y dormiría con su hija. Al entrar en el salón los encontró sentados alrededor de la mesa. La niña había dispuesto un Monopoly para jugar y ella se sentó en una silla vacía a su lado.
—Acabo de hablar con Romina. Papá está bien. Ha tenido que ir a investigar un pequeño desprendimiento de rocas.
Tras conocer la buena noticia, Olivia pareció relajarse, aunque siguió sin mirar a su madre, que intercambiaba silenciosas miradas con los abuelos, conscientes de que algo le sucedía a la niña. La partida duró un buen rato. Al final ganó la abuela. Cuando el abuelo anunció que se iba a la cama, Paula sugirió que Olivia se pusiera el pijama.
—Has tenido un día muy intenso desde que os fuisteis a montar a caballo esta mañana.
—Papá dice que soy una amazona nata —la niña levantó la vista hacia su madre.
—No me sorprende. Él ha montado mucho y es un experto jinete. Te pareces mucho a él.
—Me alegro de que no muriera —los ojos de Olivia se llenaron de lágrimas mientras cerraba la caja del Monopoly y la sujetaba contra el pecho—. Buenas noches.
—¿No me das un beso? —Olivia se acercó y la besó—. Buenas noches, cariño, que tengas dulces sueños.
El abuelo siguió a Olivia, dejando a la abuela sola con su hija.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —la madre de Paula tenía una expresión preocupada.
—Seguir a mi lado.
—Eso siempre.
—Lo sé. No los merezco.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Adoro a mi hija —un gemido escapó de la garganta de Paula—, pero me equivoqué al acostarme con Pedro. No me educaron así. Yo estaba tan enamorada que dejé que mis emociones gobernaran sobre el sentido común. ¿Quién habría dicho que pagaría el precio diez años después?
—¿Y lo dices por…? —su madre la animó a continuar.
—Ya conoces la respuesta.
—¿Quieres decir que aún estás enamorada de él?
—¿Tanto se me nota?
—Sí, pero sólo porque soy tu madre. Si te sirve de consuelo, yo misma estuve a punto de sufrir un infarto cuando lo ví esta noche. Si no te sintieras atraída por él, no serías humana. Es todo aquello que dijiste que era, y quizás más.
—¿Más? —Paula se irguió en su asiento.
—Ha sufrido lo indecible, cariño. Se ve en sus ojos. Hay desesperación en su manera de aferrarse a Oli. Cuando te miró antes de marcharse, vi un destello de miedo.
Ella bajó la mirada. También lo había visto, pero no había comprendido su significado. ¿Tenía miedo de que cambiara de idea y se llevara a la niña lejos del parque? Tenía la sensación de que, a su alrededor, caminaba con pies de plomo. Era muy diferente del hombre decidido y resuelto que había conocido y amado. Quizás lo que le daba miedo fuera no poder proteger a Olivia si su identidad oculta era descubierta. A lo mejor vivía una pesadilla ante el temor de que sucediera lo inesperado y ella desapareciera. Necesitaba respuestas a tantas preguntas que no sabía ni por dónde empezar.
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