viernes, 6 de enero de 2017

Identidad Secreta: Capítulo 41

Paula se sentía aliviada. Estar juntos, como una familia de verdad, dolía demasiado.

—Es bonito que viváis todos tan cerca y podáis veros cuando quieran.

—No, no puedo —Olivia corrigió a su abuela.

—¿Qué quieres decir?

—No vivimos con papá —una lágrima se deslizó por su mejilla—. ¿Podemos irnos a casa?

—Yo me encargo de la cuenta —murmuró el abuelo.

—Nos vemos en casa. Vamos, Oli—Paula tomó a su hija de la mano y se apresuraron hacia el coche. El viejo dicho «la esperanza es lo último que se pierde», resonaba en su maltrecho corazón.

—¿Crees que papá estará bien?

—Por supuesto. No hace más que su trabajo.

—Me habría gustado saber adónde iba.

Olivia no era la única. La reacción de Pedro había revelado más preocupación de lo normal. Les llevaría a ella y a su hija algún tiempo acostumbrarse a ese mundo de emergencias. Un guardabosque nunca sabía qué se iba a encontrar.

—¿Has olvidado ya que papá estuvo en el ejército? —Paula estacionó el coche en el garaje. La pregunta pretendía tranquilizarlas a ambas—. Sabe cuidar de sí mismo mejor que nadie.

—Pero no pudo salvar a mis otros abuelos.

—¡Cariño! —desolada por los temores de Olivia, la abrazó con fuerza—. Pensé que ya no te agobiaba eso. Los guardabosques protegen a todos los habitantes del parque, ¿Recuerdas?

El cuerpo de Olivia se estremeció por los sollozos. Paula ni siquiera había sospechado lo que había dentro de su cabecita. Era demasiado tarde para desear no haberse mudado allí. Hicieran lo que hicieran, quedarían atrapados en una trampa emocional.

—¿Por qué no podemos vivir juntos? —al fin Olivia se apartó de ella—. A papá le gustaría.

—No es cierto.

—¡Sí lo es! —protestó la niña en un tono que jamás había empleado antes—. Me lo ha dicho.

—Muy bien —la niña estaba desolada y Paula le secó las lágrimas del rostro. No quería pelearse con ella—. Ahora cuéntame exactamente qué te dijo. Tómate tu tiempo.

—Después de montar a caballo, papá y yo estábamos en la cocina y le dije que desearía que viviésemos todos juntos y él me contestó: «yo también».

—¿Y no crees que lo decía simplemente porque te quiere?

—¡También te quiere a tí, mamá!

—¿Por qué dices eso?

—¿Cuándo volverían sus vidas a la normalidad?  Dijo que ya te amaba a tí antes de amarme a mí y que quería que fuésemos una familia.

Paula empezó a temblar. ¿Lo habría dicho en serio? Era evidente que Olivia estaba convencida de que era así. Tenía que hablar seriamente con él. Aquella misma noche.

—Tus abuelos ya están aquí, ¿Quieres hacerles entrar? Ya hablaremos de esto más tarde.

La única respuesta fue la expresión sombría de la niña, que corría a la cocina. Su madre permaneció en el coche y marcó el número de Romina. «Por favor, que esté en casa».

—¿Hola? —a la cuarta llamada, su amiga contestó.

—Hola. Menos mal que estás en casa —contestó Paula con voz temblorosa.

—Pareces alterada, Pau. ¿Qué sucede?

—Es… es una larga historia —balbuceó ella—. Primero necesito saber si Matías está contigo.

—No. Esta noche está de servicio.

—¿Podrías hacerme un favor y averiguar qué emergencia ha obligado a Pedro a interrumpir la cena? Olivia está muy asustada. Si no va a tardar mucho, necesito hablar con él sin la niña. Y como mis padres se quedan a dormir, sería un buen momento para hacerlo.

Identidad Secreta: Capítulo 40

Paula condujo directamente hasta la casa de Pedro y tocó el claxon. Eran más de las cinco. Había tenido tanto que hablar con Diego que el tiempo se había pasado volando. ¡Menuda diferencia vivir allí! Si llegaba tarde a recoger a Olivia, algo que no volvería a suceder a no ser que fuera inevitable, Pedro siempre estaría allí para ocuparse de ella.

—Cielo —segundos después la vió salir de la casa—, los abuelos nos esperan en el albergue para cenar. Pregúntale a tu padre si quiere venir con nosotras. No sé si está libre o no.

—Hasta mañana no entra de servicio.

—En ese caso, a los abuelos les gustaría conocerlo.

—Enseguida vuelvo —un minuto después, Olivia estaba sentada en el asiento delantero del coche—. Papá dice que en cuanto se duche se reunirá con nosotros.

—Bien —Paula salió al camino—. ¿Te has divertido montando a caballo?

 —¡Me encantó!

Enseguida le contó a su madre todo lo que había hecho durante el día. Aún no había terminado cuando llegaron al albergue. Pedro era el responsable de la luz que brillaba en sus ojos.

Paula tuvo que admitir que el traslado al parque ya empezaba a sentarle bien a su hija. No había sustituto posible para un padre, sobre todo para Pedro. Nico también lo adoraba. No se podía engañar a un niño. En cuanto a sus padres, seguro que también les encantaría.

Olivia y su madre entraron juntas en el hotel y se dirigieron al comedor. Divisaron a los abuelos, que las saludaban con la mano y, tras los consabidos abrazos, se sentaron y un camarero les entregó la carta.

—Pensaba que vendría tu padre.

—Enseguida llegará, abuela.

—¿Qué tal todo? —el padre de Paula estudió a su hija.

—Bien. Diego Saddler y yo hemos trazado un plan de trabajo. Hasta que me quiten la escayola dentro de un mes, me dedicaré a registrar datos mientras él hace el trabajo de campo. Casi todo el tiempo estaré en casa para…

—¡Papá! —Olivia se bajó de la silla y la conversación se interrumpió.

Corrió hacia el hombre alto y musculoso que avanzaba hacia ellos vestido con un traje grisperla y una camisa blanca con corbata a rayas grises y plata. Paula se quedó sin aliento al verlo. Los oscuros cabellos y la piel bronceada eran el marco perfecto para los ojos grises. Diez años atrás le había parecido increíblemente atractivo vestido de arqueólogo, y había opinado igual al verlo como guardabosque, pero en esos momentos tenía un aspecto de sofisticación urbana que le hacía destacar sobre los demás hombres del comedor. Aunque sus padres habían visto fotos suyas, en sus miradas se leía que no habían estado preparados para la atractiva realidad que tenían delante. Olivia miraba a su padre con adoración y, para su vergüenza, se dio cuenta de que hacía lo mismo que su hija.

—Mamá y papá, les presento a Pedro Alfonso.

—¿Señor y señora Chaves? Conocerlos es un placer y un honor. Hubo un tiempo en que soñé con casarme con su hija y convertirme en su yerno.

El empleo del tiempo verbal en pasado hizo que Paula  se sintiera desfallecer.

—Después de la explosión jamás pensé que este momento llegaría. Aunque volvería a desaparecer para protegerla, la tristeza por el dolor causado jamás me abandonará.

A pesar del renovado dolor que sentía, la declaración emocionó a Paula. Y a juzgar por la expresión de sus padres, ellos habían sufrido una impresión similar.

—Yo diría que la sonrisa que has dibujado en el rostro de tu hija ha hecho mucho por secar esas lágrimas —el primero en recuperarse fue su padre—. Esta noche celebremos la vida.

—Mi marido me ha quitado las palabras de la boca —la madre de Paula asintió—. Por favor, siéntate. Oli ha soñado toda su vida con esta noche.

—Y no es la única —le dedicó una deslumbrante sonrisa a la niña.

—Es increíble lo mucho que se parecen—comentó la abuela.

—Yo, desde luego, no pienso quejarme —Pedro le guiñó un ojo a su hija.

La risa de Olivia  coincidió con la llegada del camarero. A partir de ese momento la conversación se centró en la nueva vida de la niña con su padre. Paula se limitó a escuchar, aún dolida por las primeras palabras que Pedro había dirigido a sus padres. De repente sonó el móvil del guardabosque. Al contestar, unas oscuras líneas ensombrecieron su rostro. Ya se había puesto en pie antes de colgar.

—¿Qué pasa, papá?

—Tengo que irme, te lo contaré después, cariño. Lo siento. Espero verlos pronto —una sombría mirada se posó en Paula durante unos instantes antes de irse.

—Ojalá no hubiera tenido que irse.

Identidad Secreta: Capítulo 39

Los niños cabalgaban uno a cada lado de Pedro mientras abandonaban el estanque del castor para dirigirse de vuelta al establo. Habían estado hablando sobre sus disfraces de Halloween. Sólo faltaban tres días. Nico iría disfrazado de Harry Potter y, Olivia, de Hermione. Se moría de ganas de acompañarlos en «truco o trato» con Matías y Romina. Aquel día se sentía especialmente orgulloso de cómo había montado su hija. También se le daba bien la fotografía y había hecho muchas fotos.

—¿Podemos volver el sábado que viene, tío Pepe? Ese Matusalén es muy divertido. Me alcanzó cuando sacudió el rabo.

—Comprobaré mi horario de trabajo —el castor no era ni la mitad de divertido que Nico.

—¿Podría venir con nosotros mi amiga Sofi?

—Ya que es el único día en que podrían traerla sus padres, conseguiré que alguno de los chicos me sustituya unas horas —miró a su hija, que había empezado a ir al colegio el día anterior—. ¿Qué te parece Mica?

—Está bien.

No parecía muy entusiasta. Cuando estuvieran solos averiguaría qué había pasado.

—¿Y les gusta la señora Farrell? —ambos niños asintieron. Eso era una ventaja— . ¿Les resulta extraño ser tan pocos niños en el colegio?

—Bastante.

—A mí me gusta —exclamó Nico.

—¿Qué opinas de Bautista?

—Es malo —nuevamente contestó Nico.

—¿Por qué?

—Tiene once años. Y durante el recreo siempre elige él lo que vamos a hacer, ¿A que sí, Oli? —Le dice a todo el mundo lo que debe hacer, papá.

 —Y dijo que su padre era más importante que el mío. Yo dije que no y casi me pegó.

—Bautista  tiene dos hermanos mayores —aquello no sonaba bien—. Seguramente lo dominan a él. ¿Se lo han dicho a la señora Farrell?

—Si vuelve a ser malo con nosotros, se lo diré a la señora Farrell.

—Parece que ustedes dos tendrán que seguir juntos un tiempo.

—Sí. ¿Puedo jugar en tu casa cuando volvamos, Oli?

—Hoy me quedo en casa de mi papá —la niña miró a Pedro—. ¿Podría venir Nico un rato? —era evidente que le gustaba su compañía. Era su preferido.

—Claro.

—¡Bien! ¿Dónde está tu mamá? —preguntó Nico.

—En Wawona —aquello fue una sorpresa para Pedro.

—¿Y qué está haciendo allí? —insistió el niño.

—Ha ido a comer con el otro arqueólogo que acaba de volver de México.

—En clase le oí a Bautista decirle a Micaela que su padre se había divorciado. ¿Qué quiere decir eso? —preguntó Nico.

 Entre los empleados del parque abundaban los chismorreos.

—Significa que su mujer y sus hijos ya no vivirán con él.

—Ah.

 Durante el trayecto de regreso, Olivia permaneció inusualmente callada. Al llegar al establo, Pedro ayudó a Nico a desmontar, pero su hija bajó sola. Se subieron a la camioneta y se encaminaron de vuelta a la casa. Al entrar en la cocina, le dijo a Nico que fuera a llamar a sus padres para que supieran dónde estaba. Mientras Olivia se lavaba las manos en el fregadero, su padre aprovechó la ocasión.

—Sé que te pasa algo —murmuró—. ¿Te ignoró Mica ayer?

La niña negó con la cabeza.

 —Pues cuéntame qué ocurre.

—Me preguntó por qué no vivían mis padres juntos —contestó Olivia sin mirarlo.

—¿Y qué le dijiste? —el corazón de Pedro dió un vuelco.

—Que no querían —al fin alzó la vista.

Los ojos azules estaban inundados de lágrimas—. Me preguntó si se habían divorciado.

—¿Y qué le contestaste?

—Le dije que no.

Pedro sabía que había habido habladurías, pero no había contado con que llegaran a oídos de Olivia a través de Micaela. Había esperado que las dos niñas se hicieran amigas. Con el tiempo seguramente lo serían, pero los primeros días de Olivia allí no serían felices.

—Siento que te hiciera pasar un mal rato —él la abrazó.

—¿Papá? —Olivia se secó las lágrimas—. ¿A tí te gusta mamá?

—Nunca ha dejado de gustarme, pero le hice daño sin querer. No creo que sea capaz de perdonarme nunca.

—Me gustaría que viviésemos todos juntos.

—A mí también —susurró él.

—¿De verdad? —ella pareció sorprendida.

—¿Qué pensabas? —le tiró de la coleta—. Eres mi hija. Había perdido la esperanza de ser padre. Nada me gustaría más que vivir rodeado de mi familia.

—¿Con mamá también?

—Ya la amaba antes de amarte a tí, cariño. Sería un sueño hecho realidad.

—Mamá dice que puedo quedarme hasta que venga a recogerme dentro de una hora —Nico llegó corriendo desde la habitación—. Nos vamos de compras.

—Genial. ¿Qué quieren comer?

—¿Puedo tomar un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada?

 —Claro —Pedro se dispuso a prepararlo—. ¿Y tú, cariño?

—Yo sólo quiero un vaso de leche. Ya me lo pongo yo.

Pedro no la presionó para que comiera. Él también había perdido el apetito. En cuanto la noticia llegara a oídos de Paula, temía que pusiera más distancia emocional entre ellos porque ya no podía amarlo como antes. Sincerarse con su hija podría haber sido el golpe de gracia para él. No debería haber revelado sus sentimientos tan pronto. Se había prometido ir despacio, pero no había sido capaz de contenerse.

—Cuando terminen, ¿Les apetece salir a jugar a las herraduras?

—Nunca he jugado a eso —dijo Olivia.

—¡Es muy divertido! —exclamó Nico—. Pero es bastante difícil.

—Tiene su truco, pero cualquiera puede aprender. Les enseñaré —Pedro necesitaba mantenerse ocupado para no pensar en Paula en compañía de ese maldito hombre.

Identidad Secreta: Capítulo 38

—¿Y para quién si no? Lo utilizaba como almacén, pero en cuanto supe que vendrías lo limpié y lo preparé para tí. Ven a echarle un vistazo.

La niña se fue con él mientras Paula se ahogaba en un mar de nuevos sentimientos y sensaciones. Desde la confesión de Romina, los celos habían asomado de nuevo su feo rostro. Tenía que salir de allí antes de que su curiosidad natural se impusiera y la delatara.

—Eh, ¡ustedes dos! —gritó—. Tengo muchas cosas que hacer en casa. Los veré más tarde.

—¡De acuerdo! —contestó Olivia desde la habitación.

Salió por la puerta delantera y se apresuró hacia su casa. Sin embargo, no le pareció su hogar. A pesar de haber llevado consigo la mayoría de sus cosas de Santa Rosa, fue consciente de que los objetos no significaban nada sin la presencia de su hija. A partir de ese día, Olivia iba a querer pasar tiempo con Pedro y no podía culparla por ello. Viendo el abrazo que se habían dado, nadie pensaría que habían estado separados toda la vida. Además, era un hombre impresionante que cualquier niño estaría encantado de reclamar como su padre. Consciente de dedicar demasiado tiempo a Pedro y muy poco a su nuevo trabajo, se afanó en ordenar el dormitorio a su gusto. Para cuando hubo terminado, la oscuridad se había adueñado del parque. Estaba a punto de telefonearlo cuando oyó abrirse y cerrarse la puerta principal.

—¿Mamá?

—¡Estoy en el dormitorio!

 —Papá está ahí fuera —Olivia corrió a su encuentro—. Quiere que le diga si estás en casa.

Paula le pasó el móvil. Apreciaba la consideración, pero no le sorprendía. Siempre había sido muy protector con ella y lógicamente también lo sería con su hija.

—Lo haré —oyó que decía la niña—. Yo también te quiero. Buenas noches, papá. Te veré mañana —después de colgar agarró a su madre del brazo. Sus ojos brillaban.

—Papá nos va a llevar a Nico y a mí a montar a caballo el sábado. ¿Puedo ir?

—¡Por supuesto! —Paula no podía negarse aunque quisiera.

—¡Le gustan los caballos tanto como a mí! ¡Me muero de ganas! —mientras su madre cerraba la puerta y apagaba las luces, Olivia bullía de emoción—. Ojalá pudiera llamar a Sofi.

—Es demasiado tarde. Podrás llamarla mañana, después del colegio.

—De acuerdo.

Ya en la cama, Paula se vió asaltada por los recuerdos del maravilloso paseo a caballo con Pedro en el paso Khyber. Habían acampado varias noches seguidas y hecho el amor. Jamás había conocido una pasión como aquélla. Una de esas dos noches se había quedado embarazada. ¿Le habría producido los mismos recuerdos a él el paseo del verano anterior con Romina? En la oscuridad de la noche, ¿Sentiría alguna vez envidia de Matías?

—¡Pedro! —gimoteó mientras las lágrimas resbalaban por su rostro—. ¿Es demasiado tarde para nosotros? —apenas podía soportarlo. Después de todo lo que habían compartido, ¿cómo iba a poder vivir tan cerca de él?

¡Y pensar que vivía a la vuelta de la esquina! Durante los últimos tres años había hibernado allí en una relativa felicidad, saliendo con otras mujeres. Había deseado mantener una relación con Romina. Apenas podía soportarlo. Pero tendría que hacerlo. ¿Qué había dicho Silvio Manning? «Su vida estaba en peligro y el doctor Myers no tuvo ninguna elección salvo la de mantenerse alejado de usted». Era la verdad, y eso significaba que Pedro la había amado más que a su propia vida. ¿Significaba también que, tras haberse reencontrado, y tras haberse revelado el secreto, lucharía por ella en ese edén presumiblemente seguro? O quizás fuera demasiado tarde. El amor debía alimentarse y llevaba demasiados años hambriento. Al igual que ella. Sintió un desgarrador dolor en todo el cuerpo. Volvió a darse la vuelta en la cama, olvidando la escayola. Otra noche como ésa y tendrían que ponerle una nueva. Deseaba que amaneciera ya. Sus padres llegarían para quedarse el fin de semana. Antes de abandonar Santa Rosa aquella mañana, su padre había dicho: «¿No crees que ya va siendo hora de que conozcamos al padre de Olivia?». Lo había postergado mientras aclaraba sus sentimientos, pero ya era inevitable.

miércoles, 4 de enero de 2017

Identidad Secreta: Capítulo 37

—Pepe me invitó a dar un paseo a caballo al día siguiente. Nico no quería, pero yo acepté. Gran error. Estuvo horrible con Pepe. A mí me apetecía ir porque resultaba muy fácil hablar con él. Acababa de cortar con mi novio, que no dejaba de atosigarme, y me contó sus problemas con su ex mujer. Yo no sabía que toda la historia de su vida era inventada. Nos consolamos. Le dije que volvería a Miami y, siguiendo el consejo de mi psiquiatra, intentaría hablar con mi ex para ver si se podía arreglar algo. En el fondo sabía que no serviría de nada porque ya me sentía atraída hacia Matías. Menuda ironía si piensas en el primer encuentro. No hizo más que tratarme con cortesía profesional, pero con Nico fue otra cosa.

Mientras Paula escuchaba absorta, se dispuso a terminar su relato.

—El motivo por el que te cuento tantos detalles es porque quiero que sepas la verdad. Pepe me gustaba mucho porque se notaba que era un hombre excepcional, pero cuando volví al parque por segunda vez, no fue sólo por Nico. Me moría de ganas de volver a ver a Mati. Y cuando fue a recogernos al aeropuerto de Merced, supe que estaba enamorada de él. Sin embargo, le llevó una eternidad corresponderme porque pensaba que yo no había abandonado del todo a mi ex y yo temía que jamás superara lo de María. Ambos nos equivocamos. Durante un paseo por las montañas, me besó por primera vez y, de repente, dimos rienda suelta a nuestros sentimientos. Fue un día glorioso.

—Me lo imagino —murmuró Paula. Sentía un extraño conflicto en su interior. Romina le gustaba mucho, pero, al parecer, Pedro se había sentido atraído hacia ella. ¿Qué posibilidades había de que siguiera sintiendo algo por Romina?—. Me alegro de que les saliera todo bien —tragó con dificultad—. Romi, yo… me parece que los oigo llegar.

Se levantaron y, desde el porche, vieron que los hombres bajaban a los niños de la camioneta. Pedro abrazó a Olivia con fuerza antes de dejarla en el suelo.

—¿Romi? —Matías subió a Nico sobre sus hombros—. Tengo que volver. ¿Tú qué haces?

—Yo también me voy.

—¿Tenemos que irnos? —Nico frunció el ceño.

—Eso me temo —contestó su madre—. Aún te quedan deberes por hacer para mañana.

 —¿Vendrá Oli al colegio?

—Allí estará —Paula asintió.

—Nico y yo nos pasaremos a las ocho y media para ir todos juntos —propuso Romina.

—Genial. Estaremos preparadas. Gracias otra vez por la ayuda y la estupenda comida.

—Estaba muy rica —asintió Olivia—. Hasta mañana, Nico.

—De acuerdo. Adiós.

—Oli quiere ver mi casa —Pedro se dirigió a Paula—. ¿Por qué no vienes con nosotros para que veas dónde va a pasar una parte de su tiempo?

—Enseguida estoy con ustedes —ella deseaba ver dónde vivía, cómo vivía—. Iré a buscar mi bolso y cerraré la puerta.

Tardó un minuto en reunirse con ellos junto a la camioneta. Siempre caballeroso, Pedro la ayudó a montar. Al cerrar la puerta le rozó el muslo con un brazo y ella sintió un estremecimiento que esperó le hubiera pasado desapercibido. Olivia se sentó entre ellos con expresión satisfecha. Pedro arrancó y se dirigieron a la casa. De camino se cruzaron con un guardabosque.

—¿Quién es, papá?

—Leonardo Sims, el jefe de seguridad. Es el padre de Micaela. La conocerás mañana en el colegio. Vive a media manzana de tu casa.

Tras acercarse a una casa en la siguiente esquina, pulsó el mando del garaje para estacionar. Desde fuera todas las casas parecían prácticamente iguales. Paula se bajó antes de que él la ayudara. El roce sobre el muslo le había despertado íntimos recuerdos. Se quedaría sólo cinco minutos, Olivia podría volver más tarde. Esperó a que abriera la puerta que daba a la cocina y siguió a su hija al interior. Enseguida percibió las diferencias. En aquella cocina había sitio para una mesa y le sorprendió el atractivo decorado a base de verde salvia y madera. Supuso que el mobiliario de cuero marrón oscuro que había frente a la chimenea sería suyo propio.

—¡Mira cuántos libros! —exclamó Olivia.

Paula ya los había visto. Abarcaban toda la pared desde el techo hasta el suelo del salón. Su mente volvió al departamento de Kabul, más librería que vivienda.

—¿Los has leído todos? —la niña seguía maravillada.

—Ésa es la idea, cariño —Pedro rió—. La mayoría son revistas de Historia sobre los exploradores y primeros pobladores de Yosemite. El resto es material de referencia para una serie de libros que estoy escribiendo sobre el parque para los excursionistas.

—Mamá dijo que eras el hombre más listo que había conocido jamás. Y era cierto.

Él soltó un bufido. En eso no había cambiado. Seguía siendo un hombre modesto.

—Es verdad, Pedro. Para serte sincera, no me sorprende que te hayas sumergido en otro campo aparte del de la Arqueología. ¿Has publicado algo ya?

—Ni siquiera tengo agente —él estaba de pie en medio del salón con las piernas separadas.

—Con tu currículum no necesitas… —se ruborizó—. Olvidé que habías renunciado a esa vida.

—Ojalá pudiera —una mueca desfiguró su rostro.

A Paula le pareció oír en su voz un tono de desolación que la asustó. La explosión no sólo lo había dejado sin padres, también le había privado de la pasión de su vida, la Arqueología. Alguien menos fuerte se habría rendido, pero Pedro no. El comedor era la prueba. Lo había convertido en un despacho lleno de archivos y equipos electrónicos. De dos de las paredes colgaban varios mapas gigantes de Yosemite. Fascinada, se acercó a uno de ellos.

—¡Me encanta tu casa, papá!

—Me alegro, porque también es tuya para cuando quieras venir. ¿Te gustaría ver tu dormitorio?

—¿Me has preparado un dormitorio? —la niña gritó de alegría.

No se parecía a la niña seria y sobria que su madre había criado. Pedro empezaba a transformarla con su presencia.

Identidad Secreta: Capítulo 36

—Me encanta ésta de la madre y su hija —Romina se acercó a un Renoir.

—Mi madre me la regaló cuando nació Oli—a Paula también le gustaba.

—Olivia es muy cariñosa con Nico. Me alegra que se hayan mudado aquí. Necesita amigos. Espero poder darle un hermano o hermana.

—Quién sabe. Un día de éstos.

—Estamos en ello —confesó Romina—. La primera mujer de Mati servía en el ejército, pero murió durante la guerra en Oriente Medio. Querían tener hijos, pero no hubo tiempo.

—No sabía que hubiera estado casado —Paula se llevó una mano a la garganta.

Matías había perdido a su esposa de la misma manera en que ella había creído perder a Pedro.

—Adora a Nico como si fuera suyo, pero es un padre tan maravilloso que quiero que viva la paternidad al completo. Y no hace falta añadir que estoy loca por tener un hijo.

—No hay nada comparable —Paula respiró hondo. Pedro se había perdido los diez primeros años de Olivia. Mejor cambiar de tema antes de desmoronarse—. Tengo entendido que acaban de regresar de la luna de miel. ¿Aún te estás instalando?

—No exactamente. Mi padre acaba de ser operado con éxito del corazón. Se mudarán aquí desde Florida justo antes de Halloween y traerán mis cosas con ellos. Después habrá que hacer obra en casa de Mati.

Las dos rieron mientras inspeccionaban el salón y su penosa decoración.

—¿Vivirán tus padres también en el parque?

—No. Mati tiene una casa justo pegada a la entrada del parque en Oakhurst. Era de sus abuelos. Ellos lo criaron. En junio falleció su abuela y se la dejó en herencia.

—Es estupendo que vayáis a vivir tan cerca. Mis padres viven en San Francisco. Nos separa un buen trayecto en coche, pero nada imposible.

—La familia lo es todo. Por eso Pepe… —se interrumpió—. Lo siento. No quería hablar de él.

—Por favor, Romi, no pasa nada. Matías  y él son íntimos. Es inevitable.

—Encontrarte supuso un shock para él. Está loco de alegría de saber que tiene una hija.

—Todos nos hemos llevado una gran impresión —Paula hablaba con voz temblorosa.

—Mi marido me dijo que Pepe sufría depresión cuando llegó al parque hace tres años. Y con el tiempo no hizo más que empeorar. Cuando lo conocí en junio, me gustó mucho, pero se palpaba una enorme tristeza en él. Yo creía que era por el divorcio.

—¿Qué divorcio? —Paula parpadeó confusa.

—El que se había inventado tras entrar en el programa de protección de testigos.

—No tenía ni idea. Lógicamente, tenía que inventarse un pasado.

—¿Sabes qué es lo más curioso? Pues que, aunque era mentira, se notaba un vacío en su interior. Le faltaba algo. Ahora que sé la verdad, lo comprendo. Se ha visto obligado a negar toda su existencia durante años. No puedo imaginarme nada peor.

La conversación empezaba a alterar a Paula. Pedro había vivido en permanente peligro, había tenido que cambiar en muchos aspectos y no había podido compartirlo con nadie.

—¿Qué opina Matías ahora que lo sabe todo?

—La única discusión que hemos tenido Mati y yo ha sido sobre si Pepe debería haberse puesto en contacto contigo desde el hospital en Suiza. En la misma situación de él, Mati también habría seguido muerto para su mujer, María. Supongo que el guerrero que llevan dentro los obliga a proteger a sus mujeres como sea.

—Las mujeres también pueden ser guerreras.

—Tú y yo lo sabemos, pero Pepe y Mati llevan el honor hasta el límite. No sabes lo enfadada que estaba la primera vez que lo ví. Le echaba la culpa de la muerte de mi hermano y mi cuñada. Él era el jefe de los guardabosques y murieron durante su turno. Estaba dispuesta a denunciarlo por negligencia criminal.

—¡Bromeas!

—No. Nuestro comienzo fue el peor imaginable. Salí de su despacho hecha una furia.

—No me lo puedo imaginar.

—No sabes ni la mitad. Aquella misma noche nos encontró a Nico y a mí cenando en el albergue de Yosemite… con Pepe.

—¿Estás diciendo que saliste con Pedro? —Paula intentaba ocultar su turbación.

—Fue todo muy inocente. Se ofreció a cuidar de Nico mientras yo hablaba con Mati. Cuando salí del despacho estaba muy alterada y Pepe se dió cuenta. Me invitó a cenar en el albergue. Yo acepté, pero a Nico no le gustó nada. Entonces apareció Mati. Sin mirarme siquiera, se agachó frente a Nico y empezó a contarle lo sucedido. Así supe que mi hermano había ignorado el aviso de los guardabosques. Me sentí como una completa idiota. Nico terminó por derrumbarse y ambos se fundieron en un abrazo. Desde ese momento, mi sobrino empezó a mejorar y, ellos, a unirse.

Romina respiró hondo y continuó.

Identidad Secreta: Capítulo 35

—Romina, después de esta deliciosa comida, no consentiré que me ayudes a fregar los platos —sentenció Paula.

—Quiero hacerlo. Los chicos están ocupados instalando los aparatos electrónicos en la habitación libre, y me temo que Nico está volviendo loca a Olivia mientras intenta organizar su habitación. Y eso me deja a mí sin nada que hacer. Si me das instrucciones, podría vaciar algunas cajas y empezar a guardar platos, sartenes y ollas en los armarios.

—Si estás segura de que no te importa…

—Pues claro. Esa escayola está en tu brazo por algo. Si nos dejas ayudarte, te habrás instalado enseguida. La casa tampoco es grande.

—No —Paula rió—, pero resulta acogedora y, de momento, es nuestro hogar.

—¿No tienes pensado quedarte mucho tiempo?

—He firmado por un año. El superintendente decidirá si hace falta que me quede más.

—Entonces, no habrá problema —Romina la miró con atención—. Sólo he visto a Patricio Telford una o dos veces, pero, si no me equivoco, hoy demostró un desmesurado interés por tí. Lo oí invitarte a cenar. No sé si sabías que su mujer murió de cáncer el año pasado.

—Gracias por decírmelo.

—Esta mañana vino Mati a casa y me dijo que eras guapísima —Paula protestó, pero Romina siguió—, y tenía razón, de modo que estoy segura de que verás a Patricio a menudo. Claro está, si tú quieres. Su casa está a tres bloques de aquí.

—Mi jefe del CDF dice que su historial es impresionante.

—Y también es muy atractivo, si te gustan los rubios.

—Quisiera ser franca contigo —Paula respiró hondo—. Estoy segura de que te estás preguntando sobre Pedro y yo.

—Escucha —contestó la otra mujer—, no le debes ninguna explicación a nadie y mucho menos a mí. Mati me lo contó todo. Yo me sentiría traicionada si Mati hubiera estado vivo diez años sin decirme nada, sobre todo con un hijo por medio. No sé qué haría yo en tu caso.

—Al principio me sentí confusa y herida. Pensaba que Pedro no podía haber estado enamorado de mí.

—¿Y ahora?

—Ahora comprendo por qué ni siquiera se puso en contacto conmigo, pero el hecho es que, después de diez años, somos dos perfectos extraños.

—Eso es lógico —asintió Romina.

—Gracias, Romi —al fin había encontrado alguien que la comprendía. Una amiga.

—Si necesitas un hombro sobre el que llorar, aquí estoy.

—Ten cuidado —Paula se emocionó—. Puede que lamentes tu oferta. No te imaginas lo agradecida que te estoy por tu amabilidad. Soy consciente de que tú misma has sufrido una experiencia muy dolorosa. Pedro me contó lo de tu hermano y su mujer. Pobre Nico.

—Sufrió mucho. Mis padres y yo casi nos volvimos locos sin saber cómo ayudarlo. Y entonces vinimos aquí y conoció a Mati.

—Se ve que están muy unidos —Paula sonrió.

—Algún día te contaré los detalles.

—Creo que ya me lo imagino. Tu marido tiene los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida. Cuando te mira, parecen encenderse.

—Lo quiero tanto que duele.

Paula bajó la vista. Hubo un tiempo en que Pedro y ella se habían sentido así. Y desde que había vuelto a su vida no dejaba de doler, pero sólo porque… porque deseaba que la amara de nuevo de esa forma.

—¿Paula? —la profunda voz de Pedro hizo que el pulso se le acelerara. Era como si su cuerpo reconociera ese sonido aunque ella intentara ignorarlo. Se volvió para encontrarse con un par de ojos grises—. Hemos terminado de instalar tu ordenador. ¿Dónde quieres el televisor?

—Contra la pared enfrente del sofá, gracias.

—Veo que todas las cajas están vacías —él echó un vistazo a su alrededor—. Traeré la camioneta y me las llevaré. Los chicos quieren venir con nosotros. ¿Les parece bien?

Las mujeres asintieron. Tras su marcha, Paula pudo respirar. Minutos después la cocina estaba ordenada y, los platos, fregados.

—Es increíble lo poco que hemos tardado —se volvió hacia Romina—. Sin su ayuda, Oli y yo habríamos tardado días. Gracias por todo, incluyendo la deliciosa comida.

—No hay de qué.

—Si estás libre el domingo, y tu marido no trabaja, me gustaría que vengan a  cenar.

—Estupendo. En cuanto lo sepa, te llamaré. Todo dependerá de si hay alguna emergencia.

—Eso tengo entendido. Vamos a descansar un poco. Ya has trabajado bastante por un día.

El comedor y el salón también tenían un buen aspecto con los muebles colocados y algunas láminas enmarcadas colgadas de la pared.