Mientras las colocaba alrededor de la mesa, su brazo rozó el de Paula y le produjo una oleada de deseo. Ella se apartó bruscamente, lo cual podría deberse a dos cosas: o bien rechazaba su contacto o bien había sentido también la atracción. Tendría que averiguarlo en otra ocasión. Nuevamente tuvo que recordarse que era su primer día en el parque. No debía forzar la situación.
Cuando los niños volvieron a la casa, los sentó a la mesa, uno a cada lado suyo, para que Paula no pudiera acusarlo de aprovecharse de las circunstancias. La ensalada pasó de uno otro hasta que todos se hubieron servido, momento en que Nico miró a todos los comensales con sus prismáticos.
—Eso no es de buena educación. Deja los prismáticos en el salón —lo amonestó Romina.
Pedro miró a Paula de soslayo y descubrió una tímida sonrisa en su rostro. Al parecer, encontraba a Nico tan divertido e irresistible como todos.
—De acuerdo —dijo el niño con voz fingidamente gruñona—. Esto es divertido —observó mientras mordisqueaba uno de los palitos de pan—. Ojalá pudiésemos comer juntos siempre, ¿Verdad, Oli?
Todos rieron y Pedro intercambió una sonrisa de complicidad con su hija. Durante la siguiente media hora, el niño no dejó de hacerles reír. Era una felicidad que el guardabosque no había experimentado desde los tiempos de Paula. Entonces, alguien llamó a la puerta. Su primer instinto fue abrir, pero aquélla no era su casa. Paula se apresuró a levantarse.
En Kabul las cosas habían sido muy diferentes. Aunque cada uno tenía su alojamiento, se habían comportado como un matrimonio. Pasar de esa intimidad a la situación que vivían en esos momentos lo estaba matando.
La voz de Patricio Telford se adelantó a su presencia en el comedor. El superintendente tenía las hechuras de golfista y el cabello rubio. Y parecía devorar a Paula con los ojos.
—He venido a darle la bienvenida al parque a nuestra nueva arqueóloga. No quería interrumpir —se disculpó.
Y un cuerno. El hombre no había perdido ni un segundo. El viudo y la viuda.
—Me parece que conoces a todos salvo a mi hija. Olivia, éste es Patricio Telford, el superintendente del parque y responsable de que tu madre tenga este puesto.
—¡Hola! Encantada de conocerlo.
—Yo también estoy encantado de conocerte, Olivia—se acercó a la mesa para estrechar la mano de la niña mientras intentaba ocultar su sorpresa y miraba a los dos guardabosques, que se pusieron en pie—. Qué buena compañía.
—¿Sabía que el tío Pepe es el papá de Oli? Nico acababa de darle a Pedro otro motivo para adorarlo.
—¿Nos informaron mal? —Patricio se dirigió a Paula. Parecía que acabaran de sacudirle con un palo de golf—. No tenía ni idea de que estuviera casada.
Pedro le dirigió a Matías una significativa mirada. Aquél era un trabajo para el jefe y, además, Paula apreciaría su ausencia.
—Patricio, por favor, ocupa mi lugar en la mesa y disfruta de la fabulosa lasaña de Romina. Yo saldré con los chicos a espiar junto al árbol de ahí fuera en busca de ardillas.
—¡Hurra! —Nico aplaudió entusiasmado—. Vamos Oli, voy a buscar los prismáticos.
miércoles, 4 de enero de 2017
Identidad Secreta: Capítulo 33
Dos horas más tarde abandonó el cuartel general y corrió entre los árboles hasta las casas. Al volver la esquina vio un pequeño camión de mudanzas frente a la casa de Paula. La puerta de la casa estaba abierta y el Nissan azul, que reconoció del estacionamiento de la urbanización de Santa Rosa, aparcado al lado. Aún no había señales de Matías. Intentó aflojar el paso. No quería que Paula percibiera su ansiedad. Sería lo peor. Un par de hombres salieron por la puerta y lo saludaron con la cabeza.
—¿Qué tal va todo?
—Acabamos de terminar —al ver a Paula salir de la casa, vestida con unos vaqueros y un top amarillo, uno de los hombres sacó una hoja del camión—. Necesitamos una firma. ¿Es usted el señor Chaves? —preguntó volviéndose hacia Pedro.
—No, no lo soy. Necesitan la firma de la señorita Chaves.
—Gracias —contestó Paula con una sequedad que pasó desapercibida para los hombres mientras firmaba el recibo.
Pedro temió ser señalado como culpable de haber aparecido en un mal momento.
—¡Papá! —Olivia corrió a sus brazos. Le acababa de alegrar el día.
—¿Cómo estás, cariño? —él le dió vueltas en el aire y la besó.
En ese momento apareció Matías con su familia y esperaron a que se marchara el camión de mudanzas para estacionar. Después, todos se bajaron del coche cargados de bolsas.
—¡Hola! —Nico se dirigió a Olivia—. Traemos la comida. ¿Dónde dejo los palitos de pan? Por el olor, Romina debía de acabar de hornearlos.
—¿Mami? ¿Dónde quieres que dejen la comida?
—Bueno, ¿Qué tal en el comedor? —la repentina llegada de las visitas había pillado a Paula por sorpresa—. Hasta que recoja todo, en la cocina no hay sitio.
—Ven conmigo —le dijo Olivia a Nico y ambos se encaminaron al interior de la casa.
—Paula —Pedro dió un paso al frente—, te presento a mis mejores amigos, Romina y Matías Rossiter.
—Hola —dijo Paula mientras estrechaba las manos de ambos—. Ya era más que suficiente con las maravillosas flores que me enviaron. No puedo creerme que también hayan traído comida.
—Estamos encantados —le aseguró Romina—. Un vecino nuevo es siempre bienvenido.
—Gracias. Opino lo mismo. Olivia está encantada con Nico. Para empezar tienen a Harry Potter en común.
—Y no olvides la zarzaparrilla —intervino Matías con una sonrisa—. Quería conocer en persona a la nueva arqueóloga. Esperemos que el brazo roto y los recuerdos asociados sean los únicos malos momentos que vayas a vivir aquí.
—Eso espero yo también.
—Mati y yo supusimos que tendrían hambre. Pero si no les apetece comer ahora mismo, no pasa nada. Soy consciente de lo ocupada que estarás hoy.
—Si te soy sincera, me muero de hambre. Desayunamos a las seis de la mañana con mis padres, antes de abandonar Santa Rosa. Ellos se encargarán de guardar el resto de nuestras cosas y no vendrán hasta mañana. Por favor, entren y coman con nosotras.
Paula ni siquiera le dirigió una mirada a Pedro. Iba a tener que acostumbrarse a ser el hombre invisible si quería sobrevivir.
—Sacaré la fuente —Matías se dirigió hacia su coche.
—Déjame a mí —se adelantó Pedro.
Ambos se miraron en silenciosa comprensión. Matías acompañó a las mujeres a la casa mientras pedro sacaba del maletero una fuente con asas que desprendía un delicioso olor a lasaña. Romina se había superado.
—¿Adónde van? —al entrar en la casa se cruzó con Nico y Olivia, que salían a toda prisa—. Vamos a comer enseguida —anunció Pedro.
—Oli se viene a casa conmigo a buscar los prismáticos. ¡Enseguida volvemos!
Al verlos juntos, los recuerdos de Pedro volvieron al lunes de la semana anterior, cuando se sentía tan deprimido que no sabía si conseguiría salir adelante. Y de repente se había producido la llamada por el accidente de Paula y había sabido que tenía una hija. Padre al instante. Lo único que faltaba era el anillo de boda en el dedo de Paula, y todo lo que conllevaba.
—Deja aquí la fuente —le indicó Romina.
Había colocado un mantel sobre la mesa. Al ver que faltaban dos sillas él fue en busca de otras dos que había visto en el salón.
—¿Qué tal va todo?
—Acabamos de terminar —al ver a Paula salir de la casa, vestida con unos vaqueros y un top amarillo, uno de los hombres sacó una hoja del camión—. Necesitamos una firma. ¿Es usted el señor Chaves? —preguntó volviéndose hacia Pedro.
—No, no lo soy. Necesitan la firma de la señorita Chaves.
—Gracias —contestó Paula con una sequedad que pasó desapercibida para los hombres mientras firmaba el recibo.
Pedro temió ser señalado como culpable de haber aparecido en un mal momento.
—¡Papá! —Olivia corrió a sus brazos. Le acababa de alegrar el día.
—¿Cómo estás, cariño? —él le dió vueltas en el aire y la besó.
En ese momento apareció Matías con su familia y esperaron a que se marchara el camión de mudanzas para estacionar. Después, todos se bajaron del coche cargados de bolsas.
—¡Hola! —Nico se dirigió a Olivia—. Traemos la comida. ¿Dónde dejo los palitos de pan? Por el olor, Romina debía de acabar de hornearlos.
—¿Mami? ¿Dónde quieres que dejen la comida?
—Bueno, ¿Qué tal en el comedor? —la repentina llegada de las visitas había pillado a Paula por sorpresa—. Hasta que recoja todo, en la cocina no hay sitio.
—Ven conmigo —le dijo Olivia a Nico y ambos se encaminaron al interior de la casa.
—Paula —Pedro dió un paso al frente—, te presento a mis mejores amigos, Romina y Matías Rossiter.
—Hola —dijo Paula mientras estrechaba las manos de ambos—. Ya era más que suficiente con las maravillosas flores que me enviaron. No puedo creerme que también hayan traído comida.
—Estamos encantados —le aseguró Romina—. Un vecino nuevo es siempre bienvenido.
—Gracias. Opino lo mismo. Olivia está encantada con Nico. Para empezar tienen a Harry Potter en común.
—Y no olvides la zarzaparrilla —intervino Matías con una sonrisa—. Quería conocer en persona a la nueva arqueóloga. Esperemos que el brazo roto y los recuerdos asociados sean los únicos malos momentos que vayas a vivir aquí.
—Eso espero yo también.
—Mati y yo supusimos que tendrían hambre. Pero si no les apetece comer ahora mismo, no pasa nada. Soy consciente de lo ocupada que estarás hoy.
—Si te soy sincera, me muero de hambre. Desayunamos a las seis de la mañana con mis padres, antes de abandonar Santa Rosa. Ellos se encargarán de guardar el resto de nuestras cosas y no vendrán hasta mañana. Por favor, entren y coman con nosotras.
Paula ni siquiera le dirigió una mirada a Pedro. Iba a tener que acostumbrarse a ser el hombre invisible si quería sobrevivir.
—Sacaré la fuente —Matías se dirigió hacia su coche.
—Déjame a mí —se adelantó Pedro.
Ambos se miraron en silenciosa comprensión. Matías acompañó a las mujeres a la casa mientras pedro sacaba del maletero una fuente con asas que desprendía un delicioso olor a lasaña. Romina se había superado.
—¿Adónde van? —al entrar en la casa se cruzó con Nico y Olivia, que salían a toda prisa—. Vamos a comer enseguida —anunció Pedro.
—Oli se viene a casa conmigo a buscar los prismáticos. ¡Enseguida volvemos!
Al verlos juntos, los recuerdos de Pedro volvieron al lunes de la semana anterior, cuando se sentía tan deprimido que no sabía si conseguiría salir adelante. Y de repente se había producido la llamada por el accidente de Paula y había sabido que tenía una hija. Padre al instante. Lo único que faltaba era el anillo de boda en el dedo de Paula, y todo lo que conllevaba.
—Deja aquí la fuente —le indicó Romina.
Había colocado un mantel sobre la mesa. Al ver que faltaban dos sillas él fue en busca de otras dos que había visto en el salón.
lunes, 2 de enero de 2017
Identidad Secreta: Capítulo 32
—No me extraña —el labio de Olivia temblaba.
—Y entonces sucedió el milagro. Matías se convirtió en el héroe de Nico y los tres se enamoraron mutuamente. Poco después decidieron convertirse en una familia y casarse. Han adoptado a Nico y se lo llevaron de luna de miel con ellos a Inglaterra.
—Qué historia tan conmovedora —Paula renunció a luchar contra las lágrimas.
—Nico necesita buenos amigos —Pedro miró a su hija con gesto serio—. Ya sé que eres más mayor, pero hoy parecías llevarte bien con él y sé que le gustas. Gracias por ser mi maravillosa niña.
—¿Cuándo nos mudamos? —preguntó Olivia abrazada a su padre.
—A lo largo de la semana que viene. Tu abuelo va a alquilar un camión de mudanzas para traer las cosas que queramos tener aquí. El resto lo guardaremos.
—Ojalá fuera mañana.
—¿Sabes qué? —intervino Pedro—. Seguramente necesitarán unos días para decidir qué quieren conservar. Si necesitáis sitio para sus cosas, yo me ocuparé de sacar de aquí lo que no queráis. Va a ser su nuevo hogar. Deberían sentirse cómodas.
Se comportaba como el hombre acogedor y sensible del que Paula se había enamorado. Tanta comprensión y amabilidad hacía que tuviera ganas de gritar.
—Oye, que ya son las tres y diez —consultó el reloj—. Tus abuelos nos esperan.
—¡Pero es que yo quiero ver la casa de papá primero!
—Hoy no nos queda tiempo.
—Tu madre tiene razón, cielo. Cuando ya estén aquí, tendremos todo el tiempo del mundo.
—De acuerdo —Olivia se secó las lágrimas con la manga—. Te llamaré cuando vayamos a venir. Ya me he aprendido tu número de memoria.
—Me alegra oírlo. Esperaré tu llamada.
Paula se dirigió a la puerta por delante de los dos.
—Es toda tuya —Pedro cerró con llave y bajó los escalones del porche antes de entregarle las llaves de su nueva casa.
—Gracias por facilitarnos las cosas. Te lo agradezco —sus manos se rozaron ligeramente al tomar las llaves y Paula sintió la misma descarga eléctrica que había sufrido al conocerlo.
—No hay de qué.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —Olivia se agarró del brazo de su padre.
—Iré a casa, me ducharé y me acostaré. Llevo casi veinticuatro horas levantado.
—¿Dónde está tu casa?
—A la vuelta de la esquina —Pedro señaló a su izquierda.
—Vamos —la apremió Paula.
—De acuerdo —la niña sonrió ante la proximidad de las casas—. Hasta pronto, papá.
Mientras padre e hija se abrazaban, Paula se dirigió hacia el centro de visitantes. El encanto de ese hombre era letal. En diez años no había cambiado nada.
El jueves por la mañana, Pedro se encontraba en el despacho, ocupado con los últimos informes recibidos por fax, cuando Matías entró por la puerta.
—¿Me equivoco o es hoy el gran día? —los dos amigos intercambiaron una breve mirada.
—Sabes que es hoy.
—Son más de las diez. ¿Qué haces aquí todavía?
—Debo tener cuidado, Mati. Olivia me llamó para comunicarme el día y la hora, pero Paula debía de estar delante, porque no me invitó a participar. La idea de organizar turnos de visitas me provocaba pesadillas. Jamás pensé que aceptaría el puesto. Puede que vayamos a vivir a la vuelta de la esquina, pero si cree que voy a intentar controlar su vida me echará para siempre. Ni siquiera llegaré a la primera base.
—Yo diría que ya lo has hecho —Matías sonrió.
—Pero no gracias a mí —murmuró Pedro—. Ella quería este trabajo más que nada. Para serte sincero, me aterra hacer algo mal.
—Te entiendo. Romi está cocinando para ellas.
—Es una mujer increíble.
—Estoy de acuerdo. Romi se muere de ganas de conocerla. Nico saldrá del colegio a las doce. Quiere ayudar. Hemos pensado pasarnos por allí sobre las doce y media para darle nuestro recibimiento oficial. Paula no podrá decir nada porque vengas con nosotros.
—Quieres decir que no dirá nada aunque le apetezca —Pedro suspiró aliviado—. Acabas de resolver mi dilema más inmediato. Mientras estemos allí me ocuparé de lo necesario.
—Perfecto. Te veo más tarde. De momento tengo que investigar un accidente de acampada.
—Y yo tengo una reunión en la sala de conferencias —Pedro se levantó de la silla.
—¿La controversia sobre el nuevo proyecto de alojamientos?
—Eso me temo. Las discusiones no terminan jamás. Dejaré el informe sobre tu mesa —agradecido con Matías por haberle ayudado a superar los interminables días de espera, lo siguió fuera del despacho.
Todavía le costaba creerse que hubiera llegado el día. En cuanto se supiera que su hija y su ex amante vivían en el parque se desataría toda clase de rumores y chismorreos. Habría dado cualquier cosa por ahorrárselo, pero lo único que acallaría la curiosidad sería una boda. Eso era lo malo de vivir en una comunidad tan cerrada. Aunque también tenía su lado bueno: podría verlas a las dos a diario. De momento tendría que bastar.
—Y entonces sucedió el milagro. Matías se convirtió en el héroe de Nico y los tres se enamoraron mutuamente. Poco después decidieron convertirse en una familia y casarse. Han adoptado a Nico y se lo llevaron de luna de miel con ellos a Inglaterra.
—Qué historia tan conmovedora —Paula renunció a luchar contra las lágrimas.
—Nico necesita buenos amigos —Pedro miró a su hija con gesto serio—. Ya sé que eres más mayor, pero hoy parecías llevarte bien con él y sé que le gustas. Gracias por ser mi maravillosa niña.
—¿Cuándo nos mudamos? —preguntó Olivia abrazada a su padre.
—A lo largo de la semana que viene. Tu abuelo va a alquilar un camión de mudanzas para traer las cosas que queramos tener aquí. El resto lo guardaremos.
—Ojalá fuera mañana.
—¿Sabes qué? —intervino Pedro—. Seguramente necesitarán unos días para decidir qué quieren conservar. Si necesitáis sitio para sus cosas, yo me ocuparé de sacar de aquí lo que no queráis. Va a ser su nuevo hogar. Deberían sentirse cómodas.
Se comportaba como el hombre acogedor y sensible del que Paula se había enamorado. Tanta comprensión y amabilidad hacía que tuviera ganas de gritar.
—Oye, que ya son las tres y diez —consultó el reloj—. Tus abuelos nos esperan.
—¡Pero es que yo quiero ver la casa de papá primero!
—Hoy no nos queda tiempo.
—Tu madre tiene razón, cielo. Cuando ya estén aquí, tendremos todo el tiempo del mundo.
—De acuerdo —Olivia se secó las lágrimas con la manga—. Te llamaré cuando vayamos a venir. Ya me he aprendido tu número de memoria.
—Me alegra oírlo. Esperaré tu llamada.
Paula se dirigió a la puerta por delante de los dos.
—Es toda tuya —Pedro cerró con llave y bajó los escalones del porche antes de entregarle las llaves de su nueva casa.
—Gracias por facilitarnos las cosas. Te lo agradezco —sus manos se rozaron ligeramente al tomar las llaves y Paula sintió la misma descarga eléctrica que había sufrido al conocerlo.
—No hay de qué.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —Olivia se agarró del brazo de su padre.
—Iré a casa, me ducharé y me acostaré. Llevo casi veinticuatro horas levantado.
—¿Dónde está tu casa?
—A la vuelta de la esquina —Pedro señaló a su izquierda.
—Vamos —la apremió Paula.
—De acuerdo —la niña sonrió ante la proximidad de las casas—. Hasta pronto, papá.
Mientras padre e hija se abrazaban, Paula se dirigió hacia el centro de visitantes. El encanto de ese hombre era letal. En diez años no había cambiado nada.
El jueves por la mañana, Pedro se encontraba en el despacho, ocupado con los últimos informes recibidos por fax, cuando Matías entró por la puerta.
—¿Me equivoco o es hoy el gran día? —los dos amigos intercambiaron una breve mirada.
—Sabes que es hoy.
—Son más de las diez. ¿Qué haces aquí todavía?
—Debo tener cuidado, Mati. Olivia me llamó para comunicarme el día y la hora, pero Paula debía de estar delante, porque no me invitó a participar. La idea de organizar turnos de visitas me provocaba pesadillas. Jamás pensé que aceptaría el puesto. Puede que vayamos a vivir a la vuelta de la esquina, pero si cree que voy a intentar controlar su vida me echará para siempre. Ni siquiera llegaré a la primera base.
—Yo diría que ya lo has hecho —Matías sonrió.
—Pero no gracias a mí —murmuró Pedro—. Ella quería este trabajo más que nada. Para serte sincero, me aterra hacer algo mal.
—Te entiendo. Romi está cocinando para ellas.
—Es una mujer increíble.
—Estoy de acuerdo. Romi se muere de ganas de conocerla. Nico saldrá del colegio a las doce. Quiere ayudar. Hemos pensado pasarnos por allí sobre las doce y media para darle nuestro recibimiento oficial. Paula no podrá decir nada porque vengas con nosotros.
—Quieres decir que no dirá nada aunque le apetezca —Pedro suspiró aliviado—. Acabas de resolver mi dilema más inmediato. Mientras estemos allí me ocuparé de lo necesario.
—Perfecto. Te veo más tarde. De momento tengo que investigar un accidente de acampada.
—Y yo tengo una reunión en la sala de conferencias —Pedro se levantó de la silla.
—¿La controversia sobre el nuevo proyecto de alojamientos?
—Eso me temo. Las discusiones no terminan jamás. Dejaré el informe sobre tu mesa —agradecido con Matías por haberle ayudado a superar los interminables días de espera, lo siguió fuera del despacho.
Todavía le costaba creerse que hubiera llegado el día. En cuanto se supiera que su hija y su ex amante vivían en el parque se desataría toda clase de rumores y chismorreos. Habría dado cualquier cosa por ahorrárselo, pero lo único que acallaría la curiosidad sería una boda. Eso era lo malo de vivir en una comunidad tan cerrada. Aunque también tenía su lado bueno: podría verlas a las dos a diario. De momento tendría que bastar.
Identidad Secreta: Capítulo 31
—Por si nos preguntan, debemos ponernos de acuerdo sobre el lugar en que sufriste el accidente —dijo Paula.
—En Newport Beach, California del sur —dijo él sin dudar—. Nos conocimos allí durante unas vacaciones. Una lancha motora me arrolló mar adentro, mi cuerpo jamás fue encontrado y las autoridades supusieron que los tiburones me habían hecho desaparecer.
—¡Papá! —exclamó Olivia.
Paula se estremeció. El escenario que acababa de dibujar era dantesco, pero nada comparable con el horror de lo que había sucedido realmente en Kabul.
—¿Alguna otra pregunta?
Paula se percató de que Pedro la miraba fijamente a los ojos y, seguramente, había visto más en su mirada de lo que le hubiera gustado desvelar. Se apresuró a negar con la cabeza y se volvió hacia su hija.
—¿Y tú? ¿Hay algo más que quieras preguntarle a tu padre?
—No, sólo quiero ir a ver nuestra casa.
—Pues entonces, vamos —Pedro se levantó—. Vengan conmigo a la entrada para recoger la llave, después saldremos por la puerta trasera e iremos andando.
—No tenía ni idea de que las casas estuvieran tan cerca del trabajo.
—Se construyó así hace años a propósito. Los guardabosques deben estar preparados para acudir en cualquier momento.
—Son como bomberos —Olivia siguió a su padre.
—Eso es.
Paula oía alejarse las voces de la niña y su padre mientras guardaba la varita mágica en la caja y corría tras ellos. Fernando parecía muy animado. De momento todo parecía ir saliendo a su conveniencia. Debía fingir que no le importaba cómo se desarrollara todo porque tenía su propia vida. Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo. Tuvo que admitir que le dolía ver lo rápido que Olivia se había encariñado con su padre. Caminaban de la mano, como si lo hubieran hecho toda la vida. Deseaba que estuvieran unidos, pero estaba celosa. Había una nueva persona en el corazón de su hija. Alguien con derecho legítimo a estar allí. Iba a tener que aprender a compartirla y sintió un nuevo e inesperado dolor. Sólo tardaron unos cuantos minutos caminando entre pinos en llegar al grupo de casas de los guardabosques. El estilo era claramente de los años cuarenta.
Pedro las condujo hasta el final de la calle, donde había tres casas. Subieron los escalones de la de en medio, una casa de una planta, y entraron. Una vez dentro, Olivia corrió de una habitación a otra soltando exclamaciones mientras Paula supervisaba el salón y el comedor antes de deambular por el resto dela casa. Casi todas las habitaciones estaban enmoquetadas. El mobiliario de madera era hogareño, pero el decorado en tonos marrones y naranjas tendría que cambiar enseguida. Pedro la seguía de cerca. Terminaron en una cocina minúscula. Tendrían que comer en el comedor. Sin embargo, apenas podía concentrarse ante su proximidad.
—¿Qué te parece?
—Da la impresión de que Jack Frost vive aquí —ella sonrió y lo miró.
Él echó atrás la cabeza de cabello castaño oscuro y soltó una carcajada, ésa que no había oído en años y que le provocó un aluvión de recuerdos acompañados de un gran dolor.
—¿Qué les parece tan divertido? —Olivia corrió a su encuentro.
—¿Has oído hablar de Jack Frost? —Pedro abrazó a su hija por los hombros. La niña negó con la cabeza. —Jack es un elfo que pinta las hojas del color del otoño. Tu mamá cree que vive aquí.
—Cuando traigamos nuestras cosas, no parecerá tan horrible, mami —dijo la niña tras captar el sentido de la explicación.
Pedro estalló en otra carcajada y Paula tuvo que esforzarse para no unirse a él.
—¿Puedo quedarme la habitación junto al cuarto de baño? Hay una ardilla monísima que sube y baja del árbol que hay al otro lado de la ventana. ¡Ven a verla!
Aliviada de poder apartarse del lado de Pedro, Paula siguió a su hija por el pasillo hasta el dormitorio que había elegido. Bordearon la enorme cama y llegaron hasta la ventana. La colcha rosa y blanca de Olivia haría maravillas con esa habitación.
—¡Mira!
—Allí hay toda una familia —les informó Pedro—. Deberías invitar a Nico. Tiene unos prismáticos muy buenos. Podrán observarlas durante horas.
—Es divertido. ¿Por qué no se parece a su papá? —Paula se había preguntado lo mismo.
—Sus padres vinieron de Florida hace un año, en primavera. Yo estaba de servicio cuando se anunció una terrible tormenta. Avisamos a todo el mundo para que se alejara de las montañas, pero los Darrow no nos hicieron caso. Quedaron atrapados por una ventisca en la cima de El Capitán y murieron de hipotermia.
—Eso es horrible —susurró Olivia expresando lo que Paula también sentía.
—Fue espantoso. Matías acudió en helicóptero a rescatarlos, pero fue demasiado tarde. Sabíamos que tenían un hijo de cinco años que se había quedado en su casa. En junio del año pasado la tía de Nico, Romina, lo trajo al parque para que pudiera ver el lugar de la tragedia. El chico no conseguía aceptar que sus padres hubieran muerto. Sufría pesadillas y no quería ir al colegio ni jugar.
—En Newport Beach, California del sur —dijo él sin dudar—. Nos conocimos allí durante unas vacaciones. Una lancha motora me arrolló mar adentro, mi cuerpo jamás fue encontrado y las autoridades supusieron que los tiburones me habían hecho desaparecer.
—¡Papá! —exclamó Olivia.
Paula se estremeció. El escenario que acababa de dibujar era dantesco, pero nada comparable con el horror de lo que había sucedido realmente en Kabul.
—¿Alguna otra pregunta?
Paula se percató de que Pedro la miraba fijamente a los ojos y, seguramente, había visto más en su mirada de lo que le hubiera gustado desvelar. Se apresuró a negar con la cabeza y se volvió hacia su hija.
—¿Y tú? ¿Hay algo más que quieras preguntarle a tu padre?
—No, sólo quiero ir a ver nuestra casa.
—Pues entonces, vamos —Pedro se levantó—. Vengan conmigo a la entrada para recoger la llave, después saldremos por la puerta trasera e iremos andando.
—No tenía ni idea de que las casas estuvieran tan cerca del trabajo.
—Se construyó así hace años a propósito. Los guardabosques deben estar preparados para acudir en cualquier momento.
—Son como bomberos —Olivia siguió a su padre.
—Eso es.
Paula oía alejarse las voces de la niña y su padre mientras guardaba la varita mágica en la caja y corría tras ellos. Fernando parecía muy animado. De momento todo parecía ir saliendo a su conveniencia. Debía fingir que no le importaba cómo se desarrollara todo porque tenía su propia vida. Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo. Tuvo que admitir que le dolía ver lo rápido que Olivia se había encariñado con su padre. Caminaban de la mano, como si lo hubieran hecho toda la vida. Deseaba que estuvieran unidos, pero estaba celosa. Había una nueva persona en el corazón de su hija. Alguien con derecho legítimo a estar allí. Iba a tener que aprender a compartirla y sintió un nuevo e inesperado dolor. Sólo tardaron unos cuantos minutos caminando entre pinos en llegar al grupo de casas de los guardabosques. El estilo era claramente de los años cuarenta.
Pedro las condujo hasta el final de la calle, donde había tres casas. Subieron los escalones de la de en medio, una casa de una planta, y entraron. Una vez dentro, Olivia corrió de una habitación a otra soltando exclamaciones mientras Paula supervisaba el salón y el comedor antes de deambular por el resto dela casa. Casi todas las habitaciones estaban enmoquetadas. El mobiliario de madera era hogareño, pero el decorado en tonos marrones y naranjas tendría que cambiar enseguida. Pedro la seguía de cerca. Terminaron en una cocina minúscula. Tendrían que comer en el comedor. Sin embargo, apenas podía concentrarse ante su proximidad.
—¿Qué te parece?
—Da la impresión de que Jack Frost vive aquí —ella sonrió y lo miró.
Él echó atrás la cabeza de cabello castaño oscuro y soltó una carcajada, ésa que no había oído en años y que le provocó un aluvión de recuerdos acompañados de un gran dolor.
—¿Qué les parece tan divertido? —Olivia corrió a su encuentro.
—¿Has oído hablar de Jack Frost? —Pedro abrazó a su hija por los hombros. La niña negó con la cabeza. —Jack es un elfo que pinta las hojas del color del otoño. Tu mamá cree que vive aquí.
—Cuando traigamos nuestras cosas, no parecerá tan horrible, mami —dijo la niña tras captar el sentido de la explicación.
Pedro estalló en otra carcajada y Paula tuvo que esforzarse para no unirse a él.
—¿Puedo quedarme la habitación junto al cuarto de baño? Hay una ardilla monísima que sube y baja del árbol que hay al otro lado de la ventana. ¡Ven a verla!
Aliviada de poder apartarse del lado de Pedro, Paula siguió a su hija por el pasillo hasta el dormitorio que había elegido. Bordearon la enorme cama y llegaron hasta la ventana. La colcha rosa y blanca de Olivia haría maravillas con esa habitación.
—¡Mira!
—Allí hay toda una familia —les informó Pedro—. Deberías invitar a Nico. Tiene unos prismáticos muy buenos. Podrán observarlas durante horas.
—Es divertido. ¿Por qué no se parece a su papá? —Paula se había preguntado lo mismo.
—Sus padres vinieron de Florida hace un año, en primavera. Yo estaba de servicio cuando se anunció una terrible tormenta. Avisamos a todo el mundo para que se alejara de las montañas, pero los Darrow no nos hicieron caso. Quedaron atrapados por una ventisca en la cima de El Capitán y murieron de hipotermia.
—Eso es horrible —susurró Olivia expresando lo que Paula también sentía.
—Fue espantoso. Matías acudió en helicóptero a rescatarlos, pero fue demasiado tarde. Sabíamos que tenían un hijo de cinco años que se había quedado en su casa. En junio del año pasado la tía de Nico, Romina, lo trajo al parque para que pudiera ver el lugar de la tragedia. El chico no conseguía aceptar que sus padres hubieran muerto. Sufría pesadillas y no quería ir al colegio ni jugar.
Identidad Secreta: Capítulo 30
—Hola, me llamo Cecilia. ¿En qué puedo ayudarla?
La bonita y rubia guardabosque tenía un gracioso acento sureño.
—Tengo una cita a las dos con el guardabosque Alfonso.
—Usted debe de ser la madre de Olivia. Es una niña encantadora.
—Gracias —cualquiera que alabara a Olivia se convertía automáticamente en amiga de su madre—. Yo opino igual.
—Sentimos mucho lo de su accidente. Debió de ser horrible, pero estamos agradecidos de que sobreviviera. Si me permite, tiene un aspecto estupendo.
—Gracias, pero el mérito es del piloto. Me dijo cómo debía colocarme y nos salvó a ambos.
—Tomás fue un piloto naval de élite.
—Eso he oído. Me alegra que fuera él quien pilotara el helicóptero.
—Ese día tuvo mucha suerte. El guardabosque Alfonso es un rastreador nato, y al que todos quisieran tener en un rescate como el suyo. El jefe Rossiter dice que tiene un instinto sobrehumano. Y viniendo del jefe es todo un elogio.
Paula sintió un escalofrío. No le sorprendía, dado el pasado de Pedro en la Fuerzas Especiales en Afganistán. La expresión en los ojos de la guardabosque al hablar de él era muy significativa. Al igual que el hecho de que no llevara ningún anillo.
—Soy consciente de la suerte que tuve. ¿Estará ocupado ahora?
—Su turno está a punto de terminar —la joven consultó la hora—. Puede ir a su despacho. Baje por el pasillo a la izquierda y llegará a otro pasillo. Es la segunda puerta a la derecha.
—Gracias, lo encontraré.
Paula se encaminó lentamente por el pasillo indicado. Le resultaba casi imposible creer que aquél hubiera sido el mundo de Fernando durante los últimos tres años. No tenía nada que ver con el del brillante arqueólogo del que se había enamorado. Empezaba a ser consciente de los sacrificios que había tenido que realizar para evitar un nuevo desastre. Ver el ambiente, tan extraño a él, en el que vivía y trabajaba la ayudó a percibir lo que se había negado a ver o aceptar antes. Sumida en sus pensamientos, estuvo a punto de chocar con él en el pasillo. Con o sin uniforme de guardabosque, su impresionante físico la hizo mirarlo fijamente, como había hecho la primera vez. Era tan atractivo que la pilló desprevenida y no fue consciente de que Olivia esperaba dentro del despacho.
—¡Hola! —saludó él con voz profunda mientras su inquisitiva mirada la recorría de pies a cabeza, fijándose en cada detalle de su indumentaria.
—Siento haberte molestado mientras estabas de servicio —ella respiró hondo.
—Vamos a dejarlo claro —Pedro apoyó las manos en las caderas—. Olivia es nuestra hija y formará parte de mi vida permanentemente, a cualquier hora del día o la noche.
Paula evitó su mirada y entró en el despacho, donde encontró a Olivia sentada en una silla mientras jugaba con un bastón plateado.
—¿Qué es eso, cariño? —preguntó mientras se sentaba a su lado.
—Es una varita mágica que le han traído a papá unos amigos que estuvieron en Inglaterra.
—Es preciosa —Paula examinó la varita y leyó la inscripción, «tío Pepe».
—Ojalá nosotros también pudiésemos ir a la tienda de Harry Potter. Qué suerte tuvo Nico.
—¿Te gustan sus libros? —Fernando cerró la puerta y se sentó sobre una esquina del escritorio, demasiado cerca de Paula.
—Me los he leído todos.
—A Nico le encantan. ¿Sabías que conoció al verdadero Hedwig durante el viaje?
—¿Y cómo lo consiguió? —los ojos de la niña se abrieron desmesuradamente.
—La próxima vez que lo veas, se lo preguntas.
—Hablando de la próxima vez —interrumpió Paula con el corazón acelerado—He telefoneado a mi jefe del CDF y le he dicho que al final he decidido aceptar el puesto.
—Eso es una noticia excelente para el parque —consiguió balbucear Pedro tras un palpable silencio—. Informaré al superintendente Telford —los ojos plateados se posaron en Olivia, cuya mirada azul resplandecía de satisfacción—. Personalmente, estoy encantado de saber que vivirán tan cerca.
—Yo también, papá. Ahora podremos estar juntos todo el tiempo.
—Antes de volver a Santa Rosa, ¿Sería posible ver la casa en la que viviremos Oli y yo?
—Enseguida, pero antes debemos aclarar cómo procederemos. A partir de ahora me llamo Pedro Alfonso. Por razones de seguridad, el nombre de Fernando Gonzalez ya no existe.
—Ya lo sabemos, ¿Verdad, cariño?
Olivia asintió.
—Bien. Cuando salgamos de este despacho —continuó—, yo presentaré a Oli como mi hija y a tí como su madre. Entre el personal del parque, Matías dirá que, tras un accidente, sufrí amnesia y me sentía confuso sobre mi pasado hasta el accidente del helicóptero.
La bonita y rubia guardabosque tenía un gracioso acento sureño.
—Tengo una cita a las dos con el guardabosque Alfonso.
—Usted debe de ser la madre de Olivia. Es una niña encantadora.
—Gracias —cualquiera que alabara a Olivia se convertía automáticamente en amiga de su madre—. Yo opino igual.
—Sentimos mucho lo de su accidente. Debió de ser horrible, pero estamos agradecidos de que sobreviviera. Si me permite, tiene un aspecto estupendo.
—Gracias, pero el mérito es del piloto. Me dijo cómo debía colocarme y nos salvó a ambos.
—Tomás fue un piloto naval de élite.
—Eso he oído. Me alegra que fuera él quien pilotara el helicóptero.
—Ese día tuvo mucha suerte. El guardabosque Alfonso es un rastreador nato, y al que todos quisieran tener en un rescate como el suyo. El jefe Rossiter dice que tiene un instinto sobrehumano. Y viniendo del jefe es todo un elogio.
Paula sintió un escalofrío. No le sorprendía, dado el pasado de Pedro en la Fuerzas Especiales en Afganistán. La expresión en los ojos de la guardabosque al hablar de él era muy significativa. Al igual que el hecho de que no llevara ningún anillo.
—Soy consciente de la suerte que tuve. ¿Estará ocupado ahora?
—Su turno está a punto de terminar —la joven consultó la hora—. Puede ir a su despacho. Baje por el pasillo a la izquierda y llegará a otro pasillo. Es la segunda puerta a la derecha.
—Gracias, lo encontraré.
Paula se encaminó lentamente por el pasillo indicado. Le resultaba casi imposible creer que aquél hubiera sido el mundo de Fernando durante los últimos tres años. No tenía nada que ver con el del brillante arqueólogo del que se había enamorado. Empezaba a ser consciente de los sacrificios que había tenido que realizar para evitar un nuevo desastre. Ver el ambiente, tan extraño a él, en el que vivía y trabajaba la ayudó a percibir lo que se había negado a ver o aceptar antes. Sumida en sus pensamientos, estuvo a punto de chocar con él en el pasillo. Con o sin uniforme de guardabosque, su impresionante físico la hizo mirarlo fijamente, como había hecho la primera vez. Era tan atractivo que la pilló desprevenida y no fue consciente de que Olivia esperaba dentro del despacho.
—¡Hola! —saludó él con voz profunda mientras su inquisitiva mirada la recorría de pies a cabeza, fijándose en cada detalle de su indumentaria.
—Siento haberte molestado mientras estabas de servicio —ella respiró hondo.
—Vamos a dejarlo claro —Pedro apoyó las manos en las caderas—. Olivia es nuestra hija y formará parte de mi vida permanentemente, a cualquier hora del día o la noche.
Paula evitó su mirada y entró en el despacho, donde encontró a Olivia sentada en una silla mientras jugaba con un bastón plateado.
—¿Qué es eso, cariño? —preguntó mientras se sentaba a su lado.
—Es una varita mágica que le han traído a papá unos amigos que estuvieron en Inglaterra.
—Es preciosa —Paula examinó la varita y leyó la inscripción, «tío Pepe».
—Ojalá nosotros también pudiésemos ir a la tienda de Harry Potter. Qué suerte tuvo Nico.
—¿Te gustan sus libros? —Fernando cerró la puerta y se sentó sobre una esquina del escritorio, demasiado cerca de Paula.
—Me los he leído todos.
—A Nico le encantan. ¿Sabías que conoció al verdadero Hedwig durante el viaje?
—¿Y cómo lo consiguió? —los ojos de la niña se abrieron desmesuradamente.
—La próxima vez que lo veas, se lo preguntas.
—Hablando de la próxima vez —interrumpió Paula con el corazón acelerado—He telefoneado a mi jefe del CDF y le he dicho que al final he decidido aceptar el puesto.
—Eso es una noticia excelente para el parque —consiguió balbucear Pedro tras un palpable silencio—. Informaré al superintendente Telford —los ojos plateados se posaron en Olivia, cuya mirada azul resplandecía de satisfacción—. Personalmente, estoy encantado de saber que vivirán tan cerca.
—Yo también, papá. Ahora podremos estar juntos todo el tiempo.
—Antes de volver a Santa Rosa, ¿Sería posible ver la casa en la que viviremos Oli y yo?
—Enseguida, pero antes debemos aclarar cómo procederemos. A partir de ahora me llamo Pedro Alfonso. Por razones de seguridad, el nombre de Fernando Gonzalez ya no existe.
—Ya lo sabemos, ¿Verdad, cariño?
Olivia asintió.
—Bien. Cuando salgamos de este despacho —continuó—, yo presentaré a Oli como mi hija y a tí como su madre. Entre el personal del parque, Matías dirá que, tras un accidente, sufrí amnesia y me sentía confuso sobre mi pasado hasta el accidente del helicóptero.
Identidad Secreta: Capítulo 29
—En un minuto os lo explicaré todo. Pero primero, ¿Por qué no acompañas a Oli a hablar con su madre? De vuelta, enséñale mi despacho y luego elegid un par de bebidas de la nevera del despacho de tu padre.
—De acuerdo —Nico dejó el regalo sin abrir sobre el escritorio—. ¿Qué quieres beber?
—Zarzaparrilla.
—¡Es mi bebida preferida! ¿Habías estado en el parque alguna vez?
—No.
—¿En qué curso estás?
—En cuarto.
—Eres muy mayor. Yo estoy en primero. ¿Te asustan los osos?
—Me asustan los osos pardos.
—No te preocupes, aquí sólo hay osos negros. En Yosemite no hay lobos.
Pedro sonrió al ver marcharse a los niños. Nico iba a ser toda una distracción para Olivia. Suponiendo que Paula le diera manga ancha con las visitas. Apretó los puños con fuerza al pensar que estaba allí fuera, comportándose como si no se conocieran. Resultaba irónico cuando la preciosa mensajera era ni más ni menos que la criatura que habían engendrado juntos.
Aquella mujer no podía haber olvidado las apasionadas madrugadas antes de ir a trabajar. Se turnaban para preparar el desayuno y corrían de vuelta a la cama, incapaces de estar mucho tiempo sin abrazarse. Y en el lugar de excavación tenían que esforzarse por no dar rienda suelta a sus deseos delante de los demás. El carácter abierto y cariñoso de Paula había supuesto una revelación para él. Ninguna otra mujer había sido capaz de motivarlo después. Además, había dado a luz a su preciosa hija. Se sentía maravillado ante la responsabilidad que había asumido en solitario desde la concepción de la niña. Ansiaba formar parte de sus vidas. Añoraba lo que se había perdido. Por mucho que ella luchara contra él, tenía la intención de vivir con ellas la vida que le había sido negada. Mientras pronunciaba el juramento en silencio, la joven que iba a ayudarlo a alcanzar tal felicidad entró en el despacho con Nico y sendas latas de zarzaparrilla. Por el parloteo del niño, éste debía de haberle ofrecido un recorrido turístico completo.
—Hola, cariño. ¿Te ha dado permiso tu madre para que te quedes conmigo?
—Sí —Olivia fijó su mirada en él—. Dice que estará en tu despacho a las dos. Pedro se preguntó si sus padres la acompañarían. Ya era hora de que se conocieran.
—Toma —Nico le entregó el regalo—. Es para tí. Espero que te guste.
—Seguro que sí —Pedro abrió el paquete. Dentro de una caja alargada había un objeto plateado y cilíndrico—. ¿Qué es?
—Es tu varita mágica. El hombre puso tu nombre en el mango. ¿Lo ves?
—¡Me encanta! —Pedro examinó la inscripción grabada, «tío Pepe»—. ¿Cómo sabías que era lo que quería?
—¿Dónde lo conseguiste? —Olivia la miraba fascinada.
—En la tienda de Harry Potter en Londres. Todos nos compramos una.
—¿Estuviste en Inglaterra?
—¡Redoblemos el trabajo y el afán y arderá el fuego y hervirá el caldero! —con voz misteriosa, Pedro fingió ser un mago—. Enfriémoslo con sangre de mono y estará el hechizo completo y dispuesto.
Los niños se echaron a reír y alguien empezó a aplaudir.
—Vaya, vaya, vaya —Matías estaba en la puerta—. Shakespeare en Hogwarts. Creo que has desaprovechado tu don.
—Mi tutor inglés en Pakistán me obligaba a memorizarlo —Pedro rió—, pero sólo recuerdo las últimas cuatro líneas —frotó la cabeza de Nico con la varita—. Gracias por este estupendo regalo. Voy a dejarlo sobre el escritorio de mi despacho. Cuando los guardabosques se pasen de la raya, les echaré un conjuro.
—No funciona de verdad —sin embargo, el niño miró a su padre—. ¿Verdad, papi?
—Supongo que habrá que esperar a ver qué sucede —bromeó Matías mientras posaba sus ojos en Olivia—. ¿No vas a presentarme a tu nueva amiga, Nico?
—Ésta es Olivia —el niño tomó otro sorbo de su bebida—. El tío Pepe es su padre.
—Se nota el parecido —Matías se agachó delante de la niña—, pero tú eres la guapa de los dos. Encantado de conocerte.
—Gracias —Olivia se ruborizó—. Yo también me alegro de conocerte.
—¿Papá? —Nico se abrazó a su padre—. ¿Qué significa «amnesia»?
—En el caso del tío Pepe —los dos hombre intercambiaron miradas significativas—, significa que tuvo un accidente que lo dejó sin memoria. Cuando despertó en el hospital, no sabía dónde estaba ni quién era.
—¿Tuviste miedo? —el niño, cautivado, estudiaba a su tío con atención.
—Mucho —durante años había sufrido pesadillas en las que Paula era localizada y torturada.
—La madre de Olivia lo creyó muerto —continuó Matías—. Y el otro día sufrió un accidente de helicóptero y el tío Pepe la encontró. De repente lo recordó todo y descubrió para su alegría que Olivia era su hija.
—¿Te alegras de que te haya encontrado tu papá? —Nico miró fijamente a Olivia.
Ella asintió.
—Después de papá y mis abuelos, el tío Pepe es a quien más quiero.
—Lo mismo digo —los ojos de Pedro brillaron al sentir la mano de Olivia en la suya.
—Yo también te quiero —la niña levantó la vista.
Las palabras lo desarmaron y sólo pudo apretar la mano de su hija.
—¿Vas a vivir con él? —preguntó Nico.
—Nadie sabe aún qué va a pasar —Matías se puso en pie—. Por eso ha venido al parque hoy la madre de Olivia—tomó la mano de su hijo—. Y ahora que le has entregado el regalo, volvamos con tu madre y dejemos que Olivia y su padre pasen algún tiempo juntos.
—De acuerdo. Hasta luego, Olivia.
—Hasta luego.
—De acuerdo —Nico dejó el regalo sin abrir sobre el escritorio—. ¿Qué quieres beber?
—Zarzaparrilla.
—¡Es mi bebida preferida! ¿Habías estado en el parque alguna vez?
—No.
—¿En qué curso estás?
—En cuarto.
—Eres muy mayor. Yo estoy en primero. ¿Te asustan los osos?
—Me asustan los osos pardos.
—No te preocupes, aquí sólo hay osos negros. En Yosemite no hay lobos.
Pedro sonrió al ver marcharse a los niños. Nico iba a ser toda una distracción para Olivia. Suponiendo que Paula le diera manga ancha con las visitas. Apretó los puños con fuerza al pensar que estaba allí fuera, comportándose como si no se conocieran. Resultaba irónico cuando la preciosa mensajera era ni más ni menos que la criatura que habían engendrado juntos.
Aquella mujer no podía haber olvidado las apasionadas madrugadas antes de ir a trabajar. Se turnaban para preparar el desayuno y corrían de vuelta a la cama, incapaces de estar mucho tiempo sin abrazarse. Y en el lugar de excavación tenían que esforzarse por no dar rienda suelta a sus deseos delante de los demás. El carácter abierto y cariñoso de Paula había supuesto una revelación para él. Ninguna otra mujer había sido capaz de motivarlo después. Además, había dado a luz a su preciosa hija. Se sentía maravillado ante la responsabilidad que había asumido en solitario desde la concepción de la niña. Ansiaba formar parte de sus vidas. Añoraba lo que se había perdido. Por mucho que ella luchara contra él, tenía la intención de vivir con ellas la vida que le había sido negada. Mientras pronunciaba el juramento en silencio, la joven que iba a ayudarlo a alcanzar tal felicidad entró en el despacho con Nico y sendas latas de zarzaparrilla. Por el parloteo del niño, éste debía de haberle ofrecido un recorrido turístico completo.
—Hola, cariño. ¿Te ha dado permiso tu madre para que te quedes conmigo?
—Sí —Olivia fijó su mirada en él—. Dice que estará en tu despacho a las dos. Pedro se preguntó si sus padres la acompañarían. Ya era hora de que se conocieran.
—Toma —Nico le entregó el regalo—. Es para tí. Espero que te guste.
—Seguro que sí —Pedro abrió el paquete. Dentro de una caja alargada había un objeto plateado y cilíndrico—. ¿Qué es?
—Es tu varita mágica. El hombre puso tu nombre en el mango. ¿Lo ves?
—¡Me encanta! —Pedro examinó la inscripción grabada, «tío Pepe»—. ¿Cómo sabías que era lo que quería?
—¿Dónde lo conseguiste? —Olivia la miraba fascinada.
—En la tienda de Harry Potter en Londres. Todos nos compramos una.
—¿Estuviste en Inglaterra?
—¡Redoblemos el trabajo y el afán y arderá el fuego y hervirá el caldero! —con voz misteriosa, Pedro fingió ser un mago—. Enfriémoslo con sangre de mono y estará el hechizo completo y dispuesto.
Los niños se echaron a reír y alguien empezó a aplaudir.
—Vaya, vaya, vaya —Matías estaba en la puerta—. Shakespeare en Hogwarts. Creo que has desaprovechado tu don.
—Mi tutor inglés en Pakistán me obligaba a memorizarlo —Pedro rió—, pero sólo recuerdo las últimas cuatro líneas —frotó la cabeza de Nico con la varita—. Gracias por este estupendo regalo. Voy a dejarlo sobre el escritorio de mi despacho. Cuando los guardabosques se pasen de la raya, les echaré un conjuro.
—No funciona de verdad —sin embargo, el niño miró a su padre—. ¿Verdad, papi?
—Supongo que habrá que esperar a ver qué sucede —bromeó Matías mientras posaba sus ojos en Olivia—. ¿No vas a presentarme a tu nueva amiga, Nico?
—Ésta es Olivia —el niño tomó otro sorbo de su bebida—. El tío Pepe es su padre.
—Se nota el parecido —Matías se agachó delante de la niña—, pero tú eres la guapa de los dos. Encantado de conocerte.
—Gracias —Olivia se ruborizó—. Yo también me alegro de conocerte.
—¿Papá? —Nico se abrazó a su padre—. ¿Qué significa «amnesia»?
—En el caso del tío Pepe —los dos hombre intercambiaron miradas significativas—, significa que tuvo un accidente que lo dejó sin memoria. Cuando despertó en el hospital, no sabía dónde estaba ni quién era.
—¿Tuviste miedo? —el niño, cautivado, estudiaba a su tío con atención.
—Mucho —durante años había sufrido pesadillas en las que Paula era localizada y torturada.
—La madre de Olivia lo creyó muerto —continuó Matías—. Y el otro día sufrió un accidente de helicóptero y el tío Pepe la encontró. De repente lo recordó todo y descubrió para su alegría que Olivia era su hija.
—¿Te alegras de que te haya encontrado tu papá? —Nico miró fijamente a Olivia.
Ella asintió.
—Después de papá y mis abuelos, el tío Pepe es a quien más quiero.
—Lo mismo digo —los ojos de Pedro brillaron al sentir la mano de Olivia en la suya.
—Yo también te quiero —la niña levantó la vista.
Las palabras lo desarmaron y sólo pudo apretar la mano de su hija.
—¿Vas a vivir con él? —preguntó Nico.
—Nadie sabe aún qué va a pasar —Matías se puso en pie—. Por eso ha venido al parque hoy la madre de Olivia—tomó la mano de su hijo—. Y ahora que le has entregado el regalo, volvamos con tu madre y dejemos que Olivia y su padre pasen algún tiempo juntos.
—De acuerdo. Hasta luego, Olivia.
—Hasta luego.
Identidad Secreta: Capítulo 28
—¿Dónde está tu madre?
—En el coche con mis abuelos. Mamá dijo que podía venir a saludarte si estabas libre.
—Has elegido el momento perfecto. Pasa —Pedro se dirigió a Cecilia—. Gracias por traerla.
—No hay de qué. Te veo luego, Olivia.
—Gracias por acompañarme.
Los excelentes modales de su hija lo llenaron de orgullo una vez más. Cerró la puerta para estar a solas.
—¡Qué guapa estás! —sonrió.
Iba muy mona vestida con un jersey de manga larga y unos vaqueros y él no pudo resistir la tentación de abrazarla. Olivia le devolvió el abrazo con fuerza. Olía muy bien, igual que su madre. Mientras aún estaban abrazados, el teléfono volvió a sonar.
—Tengo que contestar —la llevó con él hasta el otro lado del escritorio—. Guardabosque Alfonso.
—Soy el guardabosque Hawkins informando desde Tamarack Flat. He encontrado cinco mofetas muertas en los servicios públicos. Esto es algo nuevo para mí.
—Me pondré con ello —para Pedro también era algo inusual. El jefe biólogo del parque tendría que investigarlo—. Mientras tanto, cierra los servicios al público — tras colgar, llamó a Pablo Thomas para explicarle la situación—. Cuéntame algo después de investigarlo. Leonardo necesitará saber si llegaron allí por la acción deliberada de alguien.
—Ésa fue mi primera idea. Voy hacia allá.
—Gracias, Pablo —al fin pudo dedicar su tiempo a Olivia—. ¿Sigue tu madre en pie de guerra? —cuando la niña asintió, añadió—: Quizás debería hablar con ella.
—Quiere saber si tienes que trabajar todo el día.
—Termino a las dos y entonces os enseñaré dónde vivo.
—Iré a decírselo y enseguida vuelvo —Olivia se bajó de la silla.
—De acuerdo.
La niña salió corriendo por la puerta mientras su padre atendía a un par de empleados y contestaba otra llamada. La puerta se abrió de nuevo y entró Nico, que llevaba un regalo.
—¡Hola, tío Pepe!
—¡Hola, Nico! ¿Has venido con papá?
—No. Está en casa con mamá. Queríamos que vinieras a cenar para que pudiera darte el regalo, pero papá se enteró de que tenías que trabajar. Dijo que podía traértelo aquí, pero primero tengo que llamarlo para decirle que estoy aquí.
—Pulsa el dos —Pedro le pasó su móvil. Mientras Nico hacía la llamada, Olivia entró en el despacho, pasó junto al chico y corrió hasta su padre.
—Los abuelos tienen que volver a San Francisco y mamá dice que debemos irnos a las tres.
—Entonces sólo tendremos una hora para charlar —Pedro intentó disimular su desilusión—. ¿Qué tiene pensado hacer hasta entonces?
—Vamos a ver las cascadas y dar un paseo, pero yo preferiría quedarme aquí contigo.
—Entonces, vuelve y dile que te quedas aquí.
—¿Puedo? —gritó ella emocionada.
—Me encantaría. A las dos nos reuniremos en mi despacho con tu madre y hablaremos.
—¿Quién es? —Nico había colgado el teléfono y paseaba la mirada de Olivia a Pedro.
—Nicolás Rossiter —aquello prometía—, te presento a mi hija, Olivia Chaves. Oli, el padre de Nico es Matías Rossiter, jefe de los guardabosques y mi mejor amigo.
—Tú no tienes ninguna hija, tío Pepe—Nico rió.
—¿Estás seguro de lo que dices? —Pedro rodeó a su hija por los hombros—. Fíjate bien.
—Sí que se parecen un poco —observó el niño—. ¿De verdad es tu papá?
—Tuvo amnesia durante diez años y hasta hace poco no sabía que yo existiera —ella asintió.
—¿Qué es amnesia?
—En el coche con mis abuelos. Mamá dijo que podía venir a saludarte si estabas libre.
—Has elegido el momento perfecto. Pasa —Pedro se dirigió a Cecilia—. Gracias por traerla.
—No hay de qué. Te veo luego, Olivia.
—Gracias por acompañarme.
Los excelentes modales de su hija lo llenaron de orgullo una vez más. Cerró la puerta para estar a solas.
—¡Qué guapa estás! —sonrió.
Iba muy mona vestida con un jersey de manga larga y unos vaqueros y él no pudo resistir la tentación de abrazarla. Olivia le devolvió el abrazo con fuerza. Olía muy bien, igual que su madre. Mientras aún estaban abrazados, el teléfono volvió a sonar.
—Tengo que contestar —la llevó con él hasta el otro lado del escritorio—. Guardabosque Alfonso.
—Soy el guardabosque Hawkins informando desde Tamarack Flat. He encontrado cinco mofetas muertas en los servicios públicos. Esto es algo nuevo para mí.
—Me pondré con ello —para Pedro también era algo inusual. El jefe biólogo del parque tendría que investigarlo—. Mientras tanto, cierra los servicios al público — tras colgar, llamó a Pablo Thomas para explicarle la situación—. Cuéntame algo después de investigarlo. Leonardo necesitará saber si llegaron allí por la acción deliberada de alguien.
—Ésa fue mi primera idea. Voy hacia allá.
—Gracias, Pablo —al fin pudo dedicar su tiempo a Olivia—. ¿Sigue tu madre en pie de guerra? —cuando la niña asintió, añadió—: Quizás debería hablar con ella.
—Quiere saber si tienes que trabajar todo el día.
—Termino a las dos y entonces os enseñaré dónde vivo.
—Iré a decírselo y enseguida vuelvo —Olivia se bajó de la silla.
—De acuerdo.
La niña salió corriendo por la puerta mientras su padre atendía a un par de empleados y contestaba otra llamada. La puerta se abrió de nuevo y entró Nico, que llevaba un regalo.
—¡Hola, tío Pepe!
—¡Hola, Nico! ¿Has venido con papá?
—No. Está en casa con mamá. Queríamos que vinieras a cenar para que pudiera darte el regalo, pero papá se enteró de que tenías que trabajar. Dijo que podía traértelo aquí, pero primero tengo que llamarlo para decirle que estoy aquí.
—Pulsa el dos —Pedro le pasó su móvil. Mientras Nico hacía la llamada, Olivia entró en el despacho, pasó junto al chico y corrió hasta su padre.
—Los abuelos tienen que volver a San Francisco y mamá dice que debemos irnos a las tres.
—Entonces sólo tendremos una hora para charlar —Pedro intentó disimular su desilusión—. ¿Qué tiene pensado hacer hasta entonces?
—Vamos a ver las cascadas y dar un paseo, pero yo preferiría quedarme aquí contigo.
—Entonces, vuelve y dile que te quedas aquí.
—¿Puedo? —gritó ella emocionada.
—Me encantaría. A las dos nos reuniremos en mi despacho con tu madre y hablaremos.
—¿Quién es? —Nico había colgado el teléfono y paseaba la mirada de Olivia a Pedro.
—Nicolás Rossiter —aquello prometía—, te presento a mi hija, Olivia Chaves. Oli, el padre de Nico es Matías Rossiter, jefe de los guardabosques y mi mejor amigo.
—Tú no tienes ninguna hija, tío Pepe—Nico rió.
—¿Estás seguro de lo que dices? —Pedro rodeó a su hija por los hombros—. Fíjate bien.
—Sí que se parecen un poco —observó el niño—. ¿De verdad es tu papá?
—Tuvo amnesia durante diez años y hasta hace poco no sabía que yo existiera —ella asintió.
—¿Qué es amnesia?
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