domingo, 1 de enero de 2017

Identidad Secreta: Capítulo 27

—Déjale pasar tiempo con Oli —intervino su padre—. Eso te permitirá disponer de tiempo para ti misma, divertirte por primera vez desde tu vuelta de Afganistán. Enseguida se dará cuenta de que no has perdido el espíritu aventurero por el que se sintió atraído. Y si Fernando y tú no están destinados a estar juntos, no te cierres a otras posibilidades.

Paula sabía que les preocupaba que no fuera a casarse nunca. A los treinta y uno no era vieja, pero si no aceptaba relacionarse con ningún hombre, perdería muchas oportunidades.

—Tenemos que volver al hotel —su padre se puso en pie y se acercó a ella para darle un beso en la mejilla—, pero volveremos por la mañana. La oferta de ir al parque mañana sigue en pie. Oli nunca ha estado allí. No le hará ningún mal descubrir si le gusta.

—¡Papá! Sabes que estando Fernando allí, le va a encantar.

Paula había pasado toda la noche dando vueltas en la cama. No podía esperar más para hablar con su hija y se dirigió al dormitorio de la niña. Se la encontró bajo las sábanas, pero sabía bien que no dormía. Su hija se despertaba temprano, como había hecho desde bebé. La descubría de madrugada despierta y jugando con los dedos de sus pies o sentada en la cuna y hablando a solas. Un día oyó un ruido sordo y corrió a la habitación de la pequeña. Su niñita había trepado por la cuna y aterrizado en el suelo, pero en lugar de llantos, se había encontrado una gran sonrisa… a las seis de la mañana.

—¿Oli? Hora de levantarse.

—No quiero —fue la respuesta amortiguada por las sábanas.

—¿Eres consciente de que anoche fue la primera vez en tu vida que nos acostamos sin darnos un beso de buenas noches? —Paula se sentó en el borde de la cama y destapó el rostro de la pequeña para darle un beso, aunque no recibió ninguna respuesta—. Tus abuelos llegarán enseguida para llevarnos a pasar el día en Yosemite. Y hay que desayunar.

—¿Lo sabe papá? —al fin Olivia se sentó en la cama y miró a su madre con ojos brillantes.

—Aún no. Ni siquiera sé si está de servicio. Lo llamaremos cuando lleguemos. Si voy a aceptar el puesto, lo mejor será que veamos la casa en la que viviremos.

Olivia se arrojó a sus brazos. Lágrimas de alegría lo inundaron todo.


Marcela entró en el despacho de Leonardo. Sirvió café y el desayuno y lo dejó en una mesita para Pedro, que acababa de contestar al teléfono y le dió las gracias con la mano.

—¿Qué decías del coche abandonado?

—Un turista. Se quedó sin gasolina e hizo auto-stop hasta Wawona. Problema resuelto.

—Bien. ¿Qué tal está el humo de los incendios controlados en ese sector?

—Lo normal.

—Menos mal que no hay mucho viento hoy. Mantente en contacto. Pedro colgó y alargó una mano hacia una tostada. Se fijó en la hora. Las diez menos diez. Cuatro horas para acabar su turno. Después de trabajar toda la noche debería estar agotado, pero la alteración que sentía le había impedido relajarse.

Una llamada del hospital le confirmó que no había más pacientes ingresados por el virus. Tras enviarle un fax al superintendente, se preparó para desayunar. Cuando estaba a punto de terminar, Juan Thompson llamó. Había hablado con él media hora antes por lo que, intrigado, se apresuró a contestar.

—Aquí el guardabosque Alfonso.

—Te gustará saber que la mujer más famosa del parque acaba de franquear la entrada.

—¿De quién estás hablando? —Pedro frunció el ceño.

—De Paula Chaves.

 El vaso de plástico, afortunadamente vacío, cayó de las manos de Pedro.

—Su hija y sus padres vienen con ella. Dijo que venían a pasar el día.

Pedro arrojó el vaso a la papelera, pero falló. No era capaz de responder. Estaba dominado por un tumulto de emociones.

—Pensé que deberías saberlo, por si aparecen en el centro de visitantes. El jefe querrá conocerla.

—Hoy tiene el día libre. Tengo otra llamada —mintió para poder colgar antes de tener que escuchar nada más de lo que tuviera que decir ese idiota sobre Paula.

La noche anterior se había sentido tan cargado de negatividad que le había dicho a Leonardo que no apareciera antes de las dos. Al darse cuenta de que Paula y Olivia estaban a punto de llegar y que él no podría abandonar su puesto, gruñó de desesperación. No entendía qué habría pasado por la mente de Paula. Seguramente quería que Olivia tuviera un primer contacto con el parque antes de hablar de derechos de visita. Más sería un sueño. A las once y media envió la última predicción meteorológica a cada guardabosque y fue interrumpido por Cecilia desde el mostrador de información del centro de visitantes.

—¿Qué sucede, Ceci?

—Aquí hay una adorable jovencita llamada Olivia Chaves que pregunta por el guardabosque Alfonso —Pedro se puso de pie de un salto—. Dice que eres uno de los guardabosques que ayudó a rescatar a su mamá del accidente de helicóptero y que quiere darte las gracias.

—Acompáñala al despacho de Leo.

—De acuerdo.

Pedro se dirigió hasta la puerta y la abrió. Pocos segundos después las vió  llegar por el pasillo. Su primera reacción fue la de tomar a su hija en brazos, pero se contuvo.

—¿Guardabosque Alfonso? —Cecilia le sonrió a Pedro—. Te presento a Olivia Chaves.

—Ya nos conocemos, ¿Verdad, Oli? —él intentó deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.

—Sí.

Estaban fingiendo delante de Cecilia. Tras la reserva de Olivia, sus ojos azules brillaban como brasas ardientes. Lo miró de arriba abajo, vestido con su uniforme de guardabosque mientras saltaba de emoción sobre sus talones.

Identidad Secreta: Capítulo 26

—¿Estás aquí?

—Llegué hará una media hora.

—Enseguida estoy contigo. Pocos minutos después, Matías entró en el despacho de Leo y encontró a su amigo recibiendo por teléfono el informe de uno de los guardabosques sobre un coche abandonado encontrado en la carretera cerca de Wawona. Tras colgar, Pedro le entregó a Matías el informe llegado por fax sobre el brote de gastroenteritis.

—Ya hemos terminado con el trabajo —Matías se sentó frente a él—. Ahora cuéntamelo todo.

—Mi Olivia es adorable —para Pedro supuso un alivio poder soltarlo—. Es perfecta.

—¿En serio? —Matías sonreía—. ¿Ya te llama «papá»?

Él asintió, aún sin poder creerse que fuera padre.

—¿Y cuándo llegarán ella y su madre? Romina y yo nos morimos por conocerlas.

—Eso aún no está resuelto —Pedro hizo una mueca—. Paula no se da por vencida.

—¿Hay otro hombre?

—No. No quiere el puesto.

—Tu hija es la que tiene el poder ahora mismo —el jefe se inclinó hacia delante—. No hace falta que te recuerde que fue Nico quien trajo a Romina de vuelta al parque la segunda vez, cuando ella no tenía ninguna intención de venir. Dale tiempo. La clave está en la paciencia. Lo sé por experiencia.

—Después de diez años —Pedro sacudió la cabeza—, ya no me queda —el teléfono los interrumpió—. Tengo que contestar.

—Iré a por un par de latas.

—Guardabosque Alfonso —su amigo asintió.

—Llamo del hospital de Bishop. Nuestra sospecha sobre el virus era correcta. Todos deberían recuperarse sin problema.

—Lo comunicaré. Eran buenas noticias para el parque, pero también necesitaba recibir buenas noticias por otro lado. Rezó para que Matías tuviera razón sobre el poder de Olivia. Ella tenía la clave de su felicidad.


Olivia siempre se metía en la cama de su madre los domingos por la mañana, pero aquel domingo no. La noche anterior había sido un completo desastre. La niña había estado tan disgustada con ella por insistir en mudarse a San Francisco que había sido imposible consolarla. Ni siquiera su abuela lo había logrado. Cada vez que Paula se había asomado al dormitorio había oído a la niña llorar. Cada sollozo le partía el alma.

—¿Tienen idea de lo duro que sería para mí vivir en el parque tan cerca de él después de lo ocurrido? —les preguntó a sus padres—. Durante todos estos años he mantenido vivo el mito para Oli. Qué estúpida he sido.

—No, Pau —intervino su padre—. Él quería casarse contigo antes de que los terroristas destruyeran su mundo. Y podrían haber llegado a ti también si no te hubiera protegido como lo hizo. ¡Como sigue haciendo!

Su padre tenía razón, pero la impresión de verlo vivo le había impedido asimilarlo.

—No le eches la culpa por decidir no reconocerte delante de los demás guardabosques tras el accidente —continuó su padre—. Intentaba protegerte hasta que estuvieras en el hospital, pero en cuanto sintió que no había peligro, te llamó. Yo diría que ha sido muy claro en cuanto a sus intenciones. Quiere ser el padre de Roberta.

—Tu padre tiene razón —intervino su madre—. Después de haberte visto podría haber pedido al programa de protección que lo ocultara en otro lugar apartado. Sin embargo, desea que Oli y tú estén cerca de él, pero no puede abandonar el parque. Mi consejo es que aceptes el puesto. Tendrás que admitir que eso facilitaría mucho las visitas.

—Pensaba que estabas de mi parte —Paula miró fijamente a su madre—. ¿No quieres que vivamos contigo?

—Paula Chaves, esa pregunta no merece siquiera una respuesta —su madre no la había llamado así desde que tenía la edad de Olivia—. ¿Crees que serías felíz en San Francisco sabiendo lo infelíz que sería tu hija? Desde que nació colocaste a su padre sobre un pedestal. Estás cambiando las reglas y ella no lo entiende.

Paula se sentía como en un callejón sin salida.

—Lo único que decimos es que no permitas que tu orgullo interfiera en una decisión tan crucial en lo que a Oli concierne —razonó su padre.

—¿Orgullo? —preguntó Paula extrañada.

—¿Acaso no se trata de eso? —él la estudió un momento—. Si hubiera empezado por decirte que seguía enamorado de ti, ¿le habrías dado siquiera la hora… conociéndote?

La pregunta había dado en la diana.

—No podemos saber qué tienes en la cabeza, o en el corazón —su madre arqueó las cejas—, pero si yo fuera tú, le demostraría a Fernando que me he convertido en una mujer madura. Podrá ver lo bien que te has desenvuelto sin él. Demuéstrale que seguirás haciendo lo correcto para tu hija. El futuro pondrá cada cosa en su sitio.

Identidad Secreta: Capítulo 25

—Nos dijimos muchas cosas entonces. Fue hace mucho tiempo. Si no está casado es porque es felíz así y no quiere una esposa. Debes comprender que antes de luchar en la guerra era un arqueólogo, una profesión que puede ser muy solitaria. Olivia no es como el papá de Valen que tiene un trabajo normal con un horario normal y tiempo para su familia.

—Pero ya no es arqueólogo —Olivia no estaba dispuesta a soltar la presa.

—Es verdad, pero como ves, vive aislado y solo porque algunas costumbres son difíciles de cambiar. En algunos aspectos, ser guardabosque no facilita tener una familia —tenía que acabar con las esperanzas de la niña de que volvieran a formar pareja.

—Pero dijo que algunos de los guardabosques estaban casados.

—Lo sé —Paula respiró hondo—, pero lo último que desea es verme trabajando en el parque. Aprovechó la explosión para asegurarse de que la separación fuera permanente, pero eso fue antes de saber que tenía una hija. Y por eso organizaremos un calendario de visitas.

—¿Ya ni siquiera te gusta?

—Oli, eso no tiene nada que ver. Fue parte de mi vida. Claro que me gusta, pero me he llevado una fuerte impresión al saber que está vivo. Sé que siempre has querido a tu papá y, milagrosamente, ha aparecido, pero la vida es más complicada.

—Papá dijo que nos protegería. ¿Tienes miedo de esos terroristas?

—Claro que no, cielo…

—Entonces creo que estás siendo mala —la niña frunció el ceño.

—¿En qué sentido? —para su hija, la palabra, «mala», podía abarcar muchas cosas, pero jamás se lo había aplicado a ella. Fue como una puñalada en el corazón.

—Si viviésemos en el parque, podría verlo todos los días. No quiero vivir en San Francisco y tener que esperar a poder ir con él. Dijo que me amaba más que a nada. Cuando hable con él otra vez voy a preguntarle si puedo ir a vivir con él — sentenció mientras salía corriendo de la cocina.

Para mayor desesperación de Paula, sonó el timbre de la puerta. Sus padres no podían ser más inoportunos. Mientras intentaba recuperar el control, se dirigió a la entrada, pero Olivia, bañada en lágrimas, se le había adelantado.

—¿Papi? —exclamó al tiempo que abría la puerta.

Pillados desprevenidos, los padres de Paula miraron estupefactos a su nieta y a su hija, quien se limitó a gruñir. Las compuertas se habían abierto sin remedio.

—¿Qué sucede, cariño? —la abuela se acercó a Olivia mientras el abuelo se quedó en la entrada con una bolsa de comida china en la mano.

—¡Papi no murió en aquella explosión!

—No lo entiendo —la mujer tomó el rostro de la niña en sus manos.

—Abuela… ¡Papá está vivo! Es el segundo al mando de los guardabosques en Yosemite. Fue él quien rescató a mamá y quiere que vivamos en el parque.

—¿Es eso cierto? —el padre de Paula cerró la puerta y miró a su hija.

—Sí. Es una larga historia.


En cuanto llegó al parque, Pedro se dirigió al cuartel general y entró en el despacho de Leonardo. No iba a poder dormir y había telefoneado para decirle que cubriría el turno de noche para que el jefe de seguridad pudiera disfrutar de un más que merecido descanso. Matías le había dado vacaciones, pero estar solo en un motel a la espera de que el teléfono sonara habría sido una tortura insoportable.

—¿Seguro que quieres hacerlo? —su compañero intentaba en vano ocultar su alegría.

—Largo de aquí, Leo.

—Ya me voy —el otro hombre sonrió—. Volveré mañana al mediodía.

—Mejor a las dos —mientras esperaba el siguiente movimiento de Paula, lo único que podía hacer era mantenerse demasiado ocupado para pensar.

Diez minutos después, los guardabosques apostados por el parque telefonearon para comunicar sus informes. El último fue el guardabosque Farrell desde el campamento base de Tuolumne Meadows.

—Hay un problema, pero aún no sé si es grave. Hay un brote de gastroenteritis.

—¿A quién ha afectado?

—A algunos empleados y excursionistas del albergue.

—¿Cuántos? —De momento, unos treinta. Tres personas han tenido que ser hospitalizadas en Bishop.

—Me pondré con ello. Quiero un informe cada hora.

—Hecho. Después de colgar, Pedro telefoneó al hospital y fue informado de que sospechaban de un norovirus. No se esperaba que hubiera muertes. Tras pedirles que lo avisaran de cualquier novedad, alertó al inspector de sanidad del condado. La tercera llamada fue al albergue. Luego llamó a Matías.

—¡Al fin! He esperado noticias tuyas. ¿Ya has visto a tu hija?

—Te lo contaré todo enseguida. Primero el trabajo.

—¿De qué hablas?

—Le he dado a Leo la noche libre.

Identidad Secreta: Capítulo 24

—Me muero de ganas de contárselo a Sofi —el rostro de la niña resplandecía.

—¿Quién es Sofi?

—Mi mejor amiga.

—Me gustaría conocerla. En realidad, me gustaría conocer a todos tus amigos. Pueden venir a mi casa siempre que quieran, y quedarse a dormir contigo. Claro que si también vivieseis en el parque, tu casa estaría al lado de la mía y podrías ir de una a la otra.

Olivia dió un saltito de felicidad.

—También serás bienvenida en la escuela —ya que había llegado tan lejos para dinamitar los planes de Paula, mejor continuar—. Los chicos de Yosemite se educan en casa.

—¿Quieres decir que estudian en sus propias casas?

—No exactamente. La mujer del guardabosque Farrell, Karina, es maestra en el distrito escolar de Mariposa. Irás al colegio en su casa. Está a un par de casas de la mía.

—¿Hay niños de mi edad?

—Sí. El guardabosque Sims tiene una hija, Micaela, de tu edad y el guardabosque King tiene un hijo de once años, Bruno. Te gustarán.

—Me temo que vamos demasiado deprisa —Paula se había vuelto a levantar.

—Mami, ¡Por favor! —Olivia corrió hasta ella—. Quiero vivir cerca de papá.

—¿Oli? —satisfecho por el caos que había organizado, Pedro se puso en pie—. Tu madre ha sido lo bastante amable para dejarme venir a conocerte, pero ahora tengo que irme. Se trata de algo que debéis discutir a solas las dos. Llamame cuando quieras.

—¿Vas a volver al parque? —la niña lo miró con expresión alarmada.

—Sí, pero podemos comunicarnos por teléfono —Pedro se volvió a Paula, que no pudo sostenerle la mirada—. ¿Paula? No tienes ni idea de lo que este día ha significado para mí.

—¿Me prometes que no te marcharás del parque? —Olivia corrió hacia su padre.

—Te lo prometo, cariño. Es mi hogar.

Se agachó para abrazarla con fuerza y fue recompensado por otro abrazo igual de intenso. Al ponerse en pie, vió la expresión torturada en los ojos de Paula, una expresión que lo acompañó hasta el coche.

Paula corrió a la cocina a por un vaso de agua, pero Olivia no se despegaba de ella.

—Papá dijo que, si quisieras, podrías trabajar en el parque. ¿Es que no quieres?

 —Pues en realidad, no —Paula apuró el vaso antes de volverse hacia su hija.

—¿Por qué?

—Oli, sé que te resulta difícil de entender, pero tu padre y yo hemos vivido vidas separadas desde antes de que nacieras. El parque es su hogar. Debo respetar su privacidad.

—¿Por qué? Él quiere que vayamos.

—No, no es cierto —abrazó a la niña, que la miraba con expresión de incredulidad—. Hay algo que debes saber: tu padre vino a verme esta mañana después de que te fueras al colegio.

—No me habías dicho nada. Y él tampoco.

—Lo sé. Él intentaba respetar mis sentimientos. Estuvimos hablando un rato. Han sucedido muchas cosas en diez años y ahora somos personas diferentes. Todo ha cambiado salvo una cosa: te ama más que a nada en el mundo y quiere que formes parte de su vida.

—¿Ya no se quieren? —la niña parecía desolada.

—Conservamos bonitos recuerdos —Paula tenía que ser sincera—, pero hemos pasado página. Él dice que no se puso en contacto conmigo por mi seguridad. Me parece una excusa muy noble, pero no creo que sea cierto.

—¿Y cuál es la verdad? —Olivia miró a su madre con ojos suplicantes.

—Si me hubiese amado de verdad, no creo que habría sido capaz de mantenerse alejado de mí. Cuando dos personas se aman más que a nada en el mundo, nada puede separarlos.

—Ah… —los labios de la niña temblaban.

—Durante el rescate, fingió que no me conocía. Cielo, iba a abandonar el parque sin decirme nada, pero entonces otro guardabosque mencionó que yo tenía una hija. Y eso lo cambió todo. Resulta que no sabía que estaba embarazada de ti cuando abandoné Afganistán.

—Ya lo sé. Ya me lo habías contado.

—Fue su amor por tí, no por mí, lo que lo trajo a nuestra casa esta mañana — aquello empezaba a transformarse en pesadilla—. Sólo tú podrías haberle hecho decidirse a llamar al hospital. Y lo hizo porque te quiere en su vida, y para conseguirlo debe hablar conmigo.

—Pero él quería casarse contigo —las lágrimas rodaron por el rostro de la niña.

Identidad Secreta: Capítulo 23

—El papá de Valen es el entrenador de rugby en el instituto San Xavier.

—Qué emocionante —contestó Pedro—. ¿Vas a todos sus partidos?

—A veces viene Oli—Valentina asintió. Y luego papá nos lleva a cenar perritos calientes.

—Menuda suerte —Pedro miró a su hija.

—Mi papá es guardabosque en el parque de Yosemite —anunció Olivia inesperadamente. Oírle decir «mi papá» lo llenaba de alegría.

—¿En serio?

Pedro rió ante la expresión maravillada de Valentina. Los chicos a menudo reaccionaban así. Había descubierto que para los turistas había algo místico en ser guardabosque.

—De verdad. Alguna vez podrías venir a montar a caballo con Oli y conmigo por el parque. Iremos de picnic y os enseñaré un fabuloso estanque de castores. Hay un viejo abuelo castor al que llamamos Matusalén porque lleva siglos por ahí.

—¿Cuándo podemos ir? —en esa ocasión fue su hija la de la expresión estupefacta.

—Cuando quieras.

Por el rabillo del ojo vió aparecer a Paula. Cada vez que la veía resurgían en su interior los mismos sentimientos de deseo.

—Hola, Valen, ¿Qué tal?

—Bien. ¿Aún te duele el brazo?

—Cuando lo llevo en cabestrillo, no.

—¡Mami! —exclamó Olivia—. ¡Papá nos va a llevar a montar a caballo!

—Eso he oído.

Pedro tuvo la impresión de que había estado escuchando y que había decidido aparecer al sentir que la conversación empezaba a escaparse de su control.

—Ahora tengo que entrar, Valen—Olivia pareció haber notado la advertencia en la voz de su madre—. Te llamaré más tarde.

—De acuerdo. Te veré luego. No te olvides.

 —No nos olvidaremos —le aseguró Pedro—. Me ha alegrado conocerte, Valen.

 —Lo mismo digo —la niña corrió hacia su casa.

—Vamos dentro —Paula taladró a Pedro con sus ojos azules—. Tenemos que hablar.

Entraron y Pedro cerró la puerta. Olivia se sentó a su lado en el sofá y Paula se quedó de pie detrás de una silla. Todo su cuerpo emanaba tensión negativa.

—Cariño —empezó—, antes de que empieces a hacer planes, tenemos que tener mucho cuidado con lo que digamos. Ni siquiera los abuelos saben que tu padre está vivo. Debemos contar la misma historia a todo el mundo.

—Tu madre tiene razón —corroboró Pedro—. Diremos a todo el mundo que perdí la memoria y que apenas he empezado a recuperarla. Eso tendrá que bastar. En cuanto a tí, Oli, debes saber la verdad. ¿Sabes que hay una guerra en Oriente Medio?

Ella asintió.

—Después de la explosión, estuve durante mucho tiempo en un hospital en Suiza. Y después estuve luchando en la guerra por nuestro país.

—¿De verdad?

—Sí. Pero uno de los terroristas que planeó el ataque contra mis padres me reconoció y corrió la voz de que yo seguía vivo. Por eso la CIA me trajo de vuelta a Estados Unidos y me convirtió en guardabosque por mi propia seguridad. Durante tres años todo ha ido bien, y no hay motivo para pensar que vosotras estéis en peligro. Cuando vengas a verme, será en el parque, donde mis colegas están siempre vigilando. En realidad, puede que estés más segura en mi casa que aquí, en Santa Rosa. El jefe Rossiter fue marine en Irak. Él lo sabe todo y ha aumentado la seguridad para mantenernos a salvo.

—Después de trasladarnos a San Francisco —al fin Paula se sentó— haremos un calendario para que puedas ir a visitar a tu padre cuando resulte conveniente para él y para nosotras.

—Pero ahora que papá está aquí, ya no quiero que nos mudemos a San Francisco.

Pedro mantuvo la cabeza agachada. «¿Lo has oído bien, Paula?».

—Ya está decidido —declaró ella en un tono que no admitía protesta alguna.

—Ya sé que te dije que no quería que trabajaras en el parque —Olivia se levantó del sofá—, pero he cambiado de idea.

—No puedes cambiar de idea sin más. Ya he rechazado el puesto.

 —¿Y no pueden devolvértelo? —los ojos de la niña se llenaron de lágrimas—. Llámalos y diles que ya te encuentras mejor. Nada agradaba más a Pedro que ver a Paula debatiéndose.

—Aún no es demasiado tarde —levantó la mirada y clavó sus ojos en ella—. Durante las tres últimas semanas he sido el guardabosque jefe. Fue a mí a quien el superintendente pidió que autorizara tu vuelo. No tengo más que decirlo y el puesto volverá a ser tuyo.

—¿Eras el jefe de todos los guardabosques? —preguntó Olivia.

—Soy el segundo al mando. Cuando el jefe tiene que ausentarse del parque, yo soy el jefe.

Identidad Secreta: Capítulo 22

Pedro acababa de salir de una cafetería cuando el teléfono sonó. Un vistazo a la pantalla le indicó que era Paula y el corazón le empezó a golpear el pecho con fuerza. Había llamado antes de lo esperado. ¿Podría soportarlo si lo rechazaba para siempre?

—¿Paula? —dejó la comida para llevar sobre el asiento de la camioneta y contestó.

—Soy Olivia—dijo una voz tras un tenso silencio.

Pedro sintió una oleada de calor en el pecho. Aquello sólo podía significar una cosa: que Paula le había hablado a su hija sobre él. Y eso quería decir que le había explicado lo del corazón. No sabía qué más le habría contado, pero dadas las circunstancias era un milagro que hubiera permitido que se conocieran.

—Hola, cielo.

—Hola —fue el tímido saludo.

—Me muero de ganas por conocerte.

—Yo también —admitió la niña con calma.

—¿Tienes miedo?

—Un poco.

—Yo también. ¿Qué pasará si no te gusto?

—He visto fotos tuyas —una risita nerviosa escapó de labios de Olivia.

—Ojalá hubiera tenido alguna foto tuya estos años. Me temo que ahora soy algo más viejo.

—¿Como mi abuelo?

—Puede que no tanto —él rió.

—Mami me contó lo de tu corazón. ¿Te duele?

—No, cariño —Pedro tuvo que aclararse la garganta—. Me siento bien.

—Eso es bueno. ¿Puedes venir a nuestra casa?

—Esperaba que me lo pidieras —no había lugar en el mundo en el que más quisiera estar—. Si quieres, voy hacia allá ahora mismo. ¿Qué te parece?

—Mami dice que puedes quedarte un ratito.

—Estoy en camino —Pedro supuso que esperaban compañía, seguramente los Chaves—. Te veo enseguida.

—De acuerdo.

Pedro no fue consciente del trayecto hasta la urbanización, ni del camino desde el estacionamiento de invitados hasta la casa. Antes de llegar a la puerta, la vió de pie en la entrada, vestida con unos vaqueros y un top rojo de algodón. Mientras se acercaba, se estudiaron detenidamente. Vista de frente, descubrió mucho más de Paula en ella, en el óvalo de la cara y su aire femenino.

—¿Te parezco un abuelo?

—No.

—Con esos ojos azules, eres aún más guapa de lo que imaginé —él sonrió—. ¿Acaso no soy el padre más afortunado del mundo?

 La boca de Olivia se curvó en la sonrisa más dulce que había visto en su vida.

—¿Te importaría mucho si te diera un abrazo?
 Ella sacudió la cabeza y su cola de caballo se balanceó en el aire. Fue Pedro quien hizo el primer movimiento, pero al tomarla en sus brazos y levantarla del suelo ella perdió la timidez. Sus bracitos le rodearon el cuello y se agarró a él con fuerza. El liviano peso de su cuerpo adormeció el profundo dolor que lo había atormentado desde que fue arrancado del lado de Paula.

—Olivia—murmuró contra su rostro mientras la besaba—. Te quiero.

—Yo también te quiero.

—¿Serás mi niña a partir de ahora? —una niña que asentía y que acababa de romperle el corazón aceptándolo sin reservas como padre—. Algunos de mis amigos guardabosques tienen hijos. No se lo van a creer cuando les diga que tengo una hija. Supongo que te has dado cuenta de lo mucho que nos parecemos.

—Eso dice mami.

—¿Dónde está? —Pedro la dejó en el suelo.

 —Dentro —la niña lo miró—. ¿Quieres pasar?

—Si a ella le parece bien.

—Dijo que podías.

—Entonces, sí, me gustaría.

Una niña de la edad de Olivia apareció corriendo y le preguntó si quería jugar.

—No puedo. Mi papá está aquí.

—He visto tus fotos —la niña lo miró estupefacta—. Pensé que estabas muerto.

—Sufrí un accidente y la madre de Oli creyó que había muerto —él rió por dentro—. Al despertar en el hospital sufría amnesia. Con el tiempo he recuperado la memoria —era la historia que Silvio y él se habían inventado—. Oli, cariño, ¿Quién es tu amiga?

—Es Valentina.

—¿Cómo estás, Valentina?

—Hola —la niña no dejaba de mirarlo. —¿Hace mucho que son amigas?

 Valentina asintió.

Identidad Secreta: Capítulo 21

—¿Y te gustaría que tuviera uno bueno? —bromeó Paula.

—¿Te gustaría a tí? Olivia era muy astuta, o muy insegura. Quizás un poco de ambas cosas, porque a menudo contestaba a una pregunta con otra pregunta, sin implicarse.

—No he pensado mucho en ello. Somos muy felices las dos juntas, ¿Verdad?

—No habría nadie como papá —la niña asintió.

—¿Y eso cómo lo sabes?- Paula hizo un esfuerzo por respirar con normalidad.

—Porque tú lo amabas —Olivia miró a su madre con una inocencia que le llegó al alma.

Con un brusco movimiento, Paula volteó el cesto sobre la cama y empezó a separar la ropa. A mitad de camino se detuvo, se sentó en el borde de la cama y buscó inspiración.

—¿Cariño? Vamos a jugar a algo.

—¿A qué? —Olivia, mucho más ordenada que su madre, doblaba y apilaba sus tops.

—Uno al que no hemos jugado nunca.

—De acuerdo. ¿Cómo se llama?

—¿Y si…?

 —A eso ya jugábamos en la guardería.

—¿Podemos jugar de todos modos?

—De acuerdo.

—Yo empiezo —el corazón de Paula latía con tal fuerza que se preguntó si no se le saldría del pecho—. ¿Y si descubrieras que, milagrosamente, tu padre no había muerto?

—Sería la niña más feliz del mundo —Olivia había empezado a doblar sus pantalones.

—¿Y si supieras que tiene un trozo de metal en el corazón y que los médicos no pueden quitárselo?

—¿Quieres decir que podría morir? —las manos de la niña se detuvieron sobre la ropa.

—Es posible.

—Pero aún no se ha muerto, o sea que a lo mejor no pasa nada.

—¿Y si hubiera tenido que esperar diez años para decirme que estaba vivo?

—¿Y para qué esperar tanto tiempo? —Olivia levantó la vista.

—Porque estaba en una guerra y una gente mala lo buscaba. No quería ponernos a tí y a mí en peligro —por primera vez tuvo que aceptar la explicación del agente Manning.

—¿Aún estamos jugando? —preguntó Olivia tras un profundo silencio.

—No —Paula sacudió la cabeza. Su hija ya sabía la respuesta antes de preguntar.

—¿Todavía está en peligro? —unos ojos serios teñidos de miedo se posaron en Paula.

—No como antes. Aquello fue hace mucho tiempo, pero lleva años utilizando otro nombre para mantenerse a salvo.

—¿Sabe que existo? —Olivia se mordió el labio antes de preguntar en un susurro.

—Sí, cariño. En cuanto descubrió que tenía una hija, me llamó al hospital — intentó sin éxito tragar saliva—. ¿Te acuerdas del guardabosque Alfonso?  ¿Ese que dijiste que parecía majo?

La niña asintió.

—Es tu padre —ya estaba hecho.

—¿El guardabosque que te rescató?

—Sí. Lleva tres años en el parque, pero yo no lo sabía. Lo ví un instante mientras me subían al helicóptero. Él… él quiere conocerte —se le quebró la voz—. ¿Qué te parece la idea?

—¿Está en el parque? —la niña pestañeó, estupefacta.

—No —Paula se levantó nerviosa—. Está en un motel, aquí en Santa Rosa. Esperando.

—¿Crees que vendría a casa? —Olivia intentaba contener la emoción. Se notaba que no se acababa de creer que pudiera ser cierto. ¿Quién podía culparla? Aquello era surrealista.

—¿Por qué no lo llamas? Tengo su número de teléfono, el que anotaste tú. Está en mi bolso —antes de poder pedirle que se lo llevara, la niña corrió a buscarlo y Paula le pasó el móvil—. Si no contesta, déjale un mensaje. Te devolverá la llamada.

Olivia marcó el número y se llevó el teléfono a la oreja. Paula contuvo la respiración.