—Sí... Ella le hizo una pregunta crucial.
—¿Entonces me crees, Pedro?
—Sí —respondió él en voz baja—. Te creo.
Miró a los tres hombres. El más joven sonrió embelesado.
—Es como un culebrón en directo.
El contratista se dirigió a Paula con verdadero interés.
—¿Paula, tu madre es la razón por la que le tienes tanto miedo al matrimonio?
—Su madre ha estado casada ocho veces —respondió Pedro—, y su padre pasa de una amante a otra con la misma rapidez con la que ustedes son capaces de verter cemento. Por eso ella decidió que el matrimonio era algo horrible.
El obrero de la derecha se retiró un poco el casco de la frente.
—Estoy felizmente casado con mi novia del colegio. Y nuestra vida mejora a medida que va trascurriendo el tiempo. Sin duda tenemos altibajos y aunque los chicos son estupendos, como todos los hijos nos traen problemas. Pero Cecilia y yo somos duraderos como los cimientos de éste edificio.
El contratista sonrió.
—Les voy a confesar que llevo quince años enamorado de la misma mujer. Es lo que deseo —se volvió hacia el otro hombre—. ¿Y tú, Manuel?
—Estoy divorciado —dijo Manuel.
—Bueno —dijo el contratista—. Dos de tres, no está mal.
—Hagamos que sean tres de cuatro, Pau —dijo Pedro mientras le ponía la mano en el hombro, sabiendo que estaba dando un paso gigantesco—. El único modo de averiguar que quiero estar contigo para siempre es casándote conmigo, viviendo conmigo y teniendo hijos juntos, para darles el amor que tú no recibiste. Entonces tal vez, dentro de veinte años, te darás cuenta de que la felicidad y el amor, el amor de verdad, van de la mano.
—De acuerdo, chicos. Volvamos al trabajo —dijo el contratista, sonriéndole a Paula.
—Mañana nos vemos —le dijo al capataz—. A las ocho en punto.
—Mariana nos ha invitado a tomar el té —dijo Pedro.
—De acuerdo, entonces te veo dentro de un rato —le dijo Paula, que rápidamente se montó en su coche y salió de allí.
Cuando Pedro llegó a casa de Mariana, las dos mujeres estaban en el solárium.
—Ah, aquí está el té —dijo Mariana—. Gracias, Marcela. Siéntate, Pepe—sirvió el té de una tetera de plata—. Tú también, Pau.
Paula, para sorpresa de Pedro, hizo lo que Mariana le pedía.
—Cómete un sandwich. ¿Quieres leche, Pepe?
Pedro asintió y engulló un par de sandwiches en pocos minutos. Hacía casi un día entero que no probaba bocado.
—Por lo que veo, parece que todo sigue igual. Pau, la primera vez que ví a Pepe era un bebé de mantilla. Lo conozco muy bien y lo admiro enormemente. Es...
—Mari —dijo Pedro—. Cállate.
—Cállate tú —resopló ella—. Si Pepe dice que está enamorado de tí, Pau, lo está. Ni peros, ni nada; él no hace las cosas a medias. Así que deja de pensar en que él te va a abandonar cuando decidas hacer algo nuevo, o cuando estés enferma; él no va a desaparecer como tu padre o los maridos de tu madre. Él no.
—Eso es lo que dice él —contestó Paula de mala gana.
viernes, 9 de diciembre de 2016
Seducción: Capítulo 57
—De acuerdo, Pedro Alfonso—anunció Paula—. Tú lo has querido. Salí corriendo de Chamonix porque trastocaste toda mi existencia y tuve miedo. Daniel se marchaba a casa a pasar el fin de semana, así que me fui con él. En el club sólo me estaba consolando porque yo me había pasado más de dos horas llorando en su hombro. Estaba muy triste porque no sabía cómo podía quedarme contigo y al mismo tiempo no podía soportar la idea de dejarte así.
Él la miró en silencio. El viento despeinaba su melena roja como el fuego. Sus ojos brillaban con franqueza.
—Estabas abrazada a su cuello.
—Estaba agotada —le soltó—. Me habría caído si él no me hubiera agarrado. Sabía que si me quedaba en el hotel de Chamonix contigo, correría el peligro de enamorarme de tí. ¿Y luego qué? ¿Casarnos? ¿Como mi madre, que se casa con todos los hombres de los que se enamora? Ni hablar.
—¿Estás enamorada de mí, Paula? —le preguntó él con urgencia.
Ella se pasó la mano por el pelo.
—¡No! Bueno, tal vez. No lo sé. Nunca he estado enamorada en mi vida. Y después de hablar con tu asistente, me sentí tan mal que decidí no volver a pensar en tí.
—¿Y lo has conseguido?
Ella lo miró con rabia, porque lo cierto era que había fracasado miserablemente.
—Da igual.
—Dímelo. Quiero saberlo.
—Pedro, hasta que estuve contigo en Chamonix sólo me había acostado con un hombre —anunció—. A los diecinueve años me acosté con un conocido mío porque quería saber qué era el sexo. No me gustó mucho, desde luego no sentí nada especial, y por ello no sentí nunca la tentación de repetir la experiencia.
—¿Y todos esos artículos de los periódicos y revistas?
—Ya sabes cómo son los medios de comunicación. Si miro de reojo a un hombre, me estoy acostando con él. Así venden más.
A él le había pasado lo mismo.
—Entonces Daniel es un viejo amigo —repitió—, que sólo te estaba consolando. —Su novia llegaba desde Trieste al día siguiente —dijo Paula.
Pedro se frotó el cuello mientras pensaba en el día que habían hecho el amor; la sorpresa de ella, sus reacciones, casi como las de una virgen y supo que le estaba contando la verdad. Jamás había sido promiscua. Al contrario. Había sido una mujer muy casta.
—Creo que te he interpretado mal, Pau —dijo con pesar—. No hay modo de disculparme por todo ello.
—Bueno, supongo que daba un aspecto bastante convincente, allí bailando con Daniel —dijo ella de mala gana.
Él la miró en silencio. El viento despeinaba su melena roja como el fuego. Sus ojos brillaban con franqueza.
—Estabas abrazada a su cuello.
—Estaba agotada —le soltó—. Me habría caído si él no me hubiera agarrado. Sabía que si me quedaba en el hotel de Chamonix contigo, correría el peligro de enamorarme de tí. ¿Y luego qué? ¿Casarnos? ¿Como mi madre, que se casa con todos los hombres de los que se enamora? Ni hablar.
—¿Estás enamorada de mí, Paula? —le preguntó él con urgencia.
Ella se pasó la mano por el pelo.
—¡No! Bueno, tal vez. No lo sé. Nunca he estado enamorada en mi vida. Y después de hablar con tu asistente, me sentí tan mal que decidí no volver a pensar en tí.
—¿Y lo has conseguido?
Ella lo miró con rabia, porque lo cierto era que había fracasado miserablemente.
—Da igual.
—Dímelo. Quiero saberlo.
—Pedro, hasta que estuve contigo en Chamonix sólo me había acostado con un hombre —anunció—. A los diecinueve años me acosté con un conocido mío porque quería saber qué era el sexo. No me gustó mucho, desde luego no sentí nada especial, y por ello no sentí nunca la tentación de repetir la experiencia.
—¿Y todos esos artículos de los periódicos y revistas?
—Ya sabes cómo son los medios de comunicación. Si miro de reojo a un hombre, me estoy acostando con él. Así venden más.
A él le había pasado lo mismo.
—Entonces Daniel es un viejo amigo —repitió—, que sólo te estaba consolando. —Su novia llegaba desde Trieste al día siguiente —dijo Paula.
Pedro se frotó el cuello mientras pensaba en el día que habían hecho el amor; la sorpresa de ella, sus reacciones, casi como las de una virgen y supo que le estaba contando la verdad. Jamás había sido promiscua. Al contrario. Había sido una mujer muy casta.
—Creo que te he interpretado mal, Pau —dijo con pesar—. No hay modo de disculparme por todo ello.
—Bueno, supongo que daba un aspecto bastante convincente, allí bailando con Daniel —dijo ella de mala gana.
Seducción: Capítulo 56
—Me dijiste que podía confiar en tí —Paula estaba que echaba humo—. Que no me dejarías, que...
—¿Algún problema, Paula?
Pedro volvió la cabeza sin soltarla. El contratista y dos de los obreros estaban cerca de ellos en la acera, mirándolos con recelo.
—No —soltó él.
—Sí —dijo ella.
—El único problema es que le estoy pidiendo cuentas de su pasado —dijo Pedro en voz baja—. Necesito que me dé algunas respuestas, así que se pueden marchar.
—¿Quieres que nos marchemos, Paula?
Ésta echó una mirada hostil a Pedro.
—Tal vez no. Aunque...
—Empecemos por ejemplo con éste edificio —dijo Pedro con brusquedad mientras miraba al maestro de obras—. ¿Qué diablos es éste edificio y qué tiene Paula que ver con todo esto?
—Estamos construyendo un colegio para niños con problemas —dijo el hombre—. Para niños de la calle. Paula y la señora Hayward lo están financiando.
Pedro miró a Paula.
—¿Eso es verdad?
—Sí. Rápidamente relacionó aquello con los adolescentes de Dinamarca.
—También has hecho cosas así en Europa, ¿No? Esos chicos que vimos en los Jardines del Tívoli... ¿Estaban en uno de tus centros?
Ella asintió de nuevo.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —añadió Pedro en tono dolido.
—No hablo de estas cosas. Ni a la prensa, ni a mis amigos y menos a mi familia.
—Ni a mí —dijo dolido.
—No te conocía lo suficientemente bien.
—Me conocías lo suficiente como para meterte en la cama conmigo.
—¡El mayor error que he cometido en mi vida!
—No te costó olvidarlo... Con Daniel, claro —se volvió hacia el contratista—. Me he enamorado de esta mujer, que es la mayor tontería que he...
—¡Tú no estás enamorado de mí! —exclamó Paula, a quien le daba vueltas la cabeza ya.
—Sí que lo estoy. Te seguí a Ardlaufen —añadió con disgusto—. Te ví con Daniel en la pista del club, abrazados como un par de animales en celo. Tú y yo hicimos el amor, Paula... Ese mismo día. O al menos yo hice el amor contigo. Hay otras maneras de llamar a lo que hiciste tú.
—¿Nos viste a Daniel y a mí en el club? —Felicidades. Por fin te vas enterando. —Jamás me he acostado con él —dijo ella muy enfadada ya—. Es un amigo, un buen amigo, y eso es todo.
—A mí no me pareció eso.
Volvió la cabeza hacia los hombres que seguían en la acera.
—¿Pedro, tenemos que hablar de todos estos detalles íntimos delante de la gente?
—Sí —dijo el contratista—. Es un hombretón, Paula, y está bastante enfadado. Seguiremos aquí por si acaso.
—¿Algún problema, Paula?
Pedro volvió la cabeza sin soltarla. El contratista y dos de los obreros estaban cerca de ellos en la acera, mirándolos con recelo.
—No —soltó él.
—Sí —dijo ella.
—El único problema es que le estoy pidiendo cuentas de su pasado —dijo Pedro en voz baja—. Necesito que me dé algunas respuestas, así que se pueden marchar.
—¿Quieres que nos marchemos, Paula?
Ésta echó una mirada hostil a Pedro.
—Tal vez no. Aunque...
—Empecemos por ejemplo con éste edificio —dijo Pedro con brusquedad mientras miraba al maestro de obras—. ¿Qué diablos es éste edificio y qué tiene Paula que ver con todo esto?
—Estamos construyendo un colegio para niños con problemas —dijo el hombre—. Para niños de la calle. Paula y la señora Hayward lo están financiando.
Pedro miró a Paula.
—¿Eso es verdad?
—Sí. Rápidamente relacionó aquello con los adolescentes de Dinamarca.
—También has hecho cosas así en Europa, ¿No? Esos chicos que vimos en los Jardines del Tívoli... ¿Estaban en uno de tus centros?
Ella asintió de nuevo.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —añadió Pedro en tono dolido.
—No hablo de estas cosas. Ni a la prensa, ni a mis amigos y menos a mi familia.
—Ni a mí —dijo dolido.
—No te conocía lo suficientemente bien.
—Me conocías lo suficiente como para meterte en la cama conmigo.
—¡El mayor error que he cometido en mi vida!
—No te costó olvidarlo... Con Daniel, claro —se volvió hacia el contratista—. Me he enamorado de esta mujer, que es la mayor tontería que he...
—¡Tú no estás enamorado de mí! —exclamó Paula, a quien le daba vueltas la cabeza ya.
—Sí que lo estoy. Te seguí a Ardlaufen —añadió con disgusto—. Te ví con Daniel en la pista del club, abrazados como un par de animales en celo. Tú y yo hicimos el amor, Paula... Ese mismo día. O al menos yo hice el amor contigo. Hay otras maneras de llamar a lo que hiciste tú.
—¿Nos viste a Daniel y a mí en el club? —Felicidades. Por fin te vas enterando. —Jamás me he acostado con él —dijo ella muy enfadada ya—. Es un amigo, un buen amigo, y eso es todo.
—A mí no me pareció eso.
Volvió la cabeza hacia los hombres que seguían en la acera.
—¿Pedro, tenemos que hablar de todos estos detalles íntimos delante de la gente?
—Sí —dijo el contratista—. Es un hombretón, Paula, y está bastante enfadado. Seguiremos aquí por si acaso.
Seducción: Capítulo 55
—Si ella está aquí contigo, yo me marcho.
—Mira, así se llega a Rosa Street. La encontrarás en el solar que está en Rosa Street esquina con Ventley. El resto es cosa de ustedes.
Pedro se quedó mirando el plano.
—¿Qué clase de solar es?
—Ya lo verás —Mariana le puso la mano en el brazo inesperadamente—. Hago lo posible por no pedirles nada a los jóvenes. Pero voy a romper una de mis normas. Ve a verla, Pepe. Por favor.
A Mariana no le gustaban las demostraciones emocionales.
—Paula y yo nos acostamos juntos en Chamonix. Entonces salió huyendo con otro hombre. Estoy seguro de que has oído hablar de la fama que tiene; y créeme, se la merece.
—¿Quieres decir que Paula es promiscua?
—Te estoy diciendo que me fue fiel durante un solo día.
—No me lo creo.
—Mari, yo la ví —le dijo él con dureza—. Se escapó con un instructor de esquí con quien había tenido un lío hace un par de años.
—No puede ser cierto —dijo Mariana con indignación—. Tiene que haber una explicación —entonces lo miró con el ceño fruncido—. ¿Pero a tí qué te importa, de todos modos? No es más que otra mujer. Déjala.
—Me he enamorado de ella.
—¿Enamorado? ¿Tú?
—Sí —esbozó una sonrisa de tristeza—. Me lo merezco... Eso es lo que piensas, ¿No?
—No, sabes que yo no soy así. Ve al solar, Pepe. Pídele que te hable del instructor de esquí. Paula es una buena mujer. Apostaría toda mi fortuna a que no me equivoco.
En lo más profundo de su ser, Pedro sintió renacer la esperanza.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Iré a Rosa Street.
—Ve, entonces.
Cuarenta minutos después estacionaba en la esquina de Rosa Street con Ventley, donde estaban construyendo un edificio que parecía una especie de institución, a juzgar por la colocación de las ventanas y la enorme puerta de entrada. Una pequeña grúa giraba sobre el tejado y había varios andamios en los muros. Los obreros deambulaban por las dos plantas del edificio. Un hombre con un montón de planos en la mano salía por la puerta de entrada. Paula iba a su lado; llevaba un mono azul y un casco amarillo. Ella y el maestro de obras iban discutiendo animadamente. ¿Pero qué era todo aquello? Paula y el maestro de obras se dieron la mano. Entonces ella se dirigió hacia un pequeño coche verde que estaba estacionado delante. Pedro cruzó la calle y se acercó a ella.
—Hola, Paula.
Ella dió un salto del susto.
—¡Pedro! —exclamó con inquietud mientras se daba la vuelta—. ¿Qué haces aquí?
—Yo podría preguntarte lo mismo. La sorpresa fue rápidamente sustituida por la rabia.
—Enseguida desapareciste después de lo de Chamonix. Llamé a tu despacho para decirte dónde estaba y con mucha cortesía, eso sí, me dejaron muy claro que no querías saber nada más de mí —dijo mientras recordaba las palabras de su asistente—. Gracias, Pedro. Muchas gracias.
—¡Déjate de juegos, Paula! Te aparté de mi vida por una razón de peso.
—Sí, claro —dijo con rabia—. Porque habías conseguido lo que querías: llevarme a la cama.
—Eso no es cierto y lo sabes —respondió muy enfadado—. Dime... ¿Qué tal Daniel?
—¿Daniel? —pestañeó—. Que yo sepa, está bien... ¿Pero qué tiene él que ver con todo esto?
Pedro la agarró del brazo con fuerza.
—Pasaste de mi cama a la suya. ¿Cómo pudiste hacerlo, Paula? ¿Cómo pudiste?
Paula se quedó boquiabierta.
—¿Estás insinuando que me acosté con Daniel?
—No te hagas la inocente.
—¡Suéltame, me estás haciendo daño!
—No pienso soltarte hasta que no me respondas a unas cuantas cosas. Y dí la verdad por una vez, si es que eres capaz.
—Mira, así se llega a Rosa Street. La encontrarás en el solar que está en Rosa Street esquina con Ventley. El resto es cosa de ustedes.
Pedro se quedó mirando el plano.
—¿Qué clase de solar es?
—Ya lo verás —Mariana le puso la mano en el brazo inesperadamente—. Hago lo posible por no pedirles nada a los jóvenes. Pero voy a romper una de mis normas. Ve a verla, Pepe. Por favor.
A Mariana no le gustaban las demostraciones emocionales.
—Paula y yo nos acostamos juntos en Chamonix. Entonces salió huyendo con otro hombre. Estoy seguro de que has oído hablar de la fama que tiene; y créeme, se la merece.
—¿Quieres decir que Paula es promiscua?
—Te estoy diciendo que me fue fiel durante un solo día.
—No me lo creo.
—Mari, yo la ví —le dijo él con dureza—. Se escapó con un instructor de esquí con quien había tenido un lío hace un par de años.
—No puede ser cierto —dijo Mariana con indignación—. Tiene que haber una explicación —entonces lo miró con el ceño fruncido—. ¿Pero a tí qué te importa, de todos modos? No es más que otra mujer. Déjala.
—Me he enamorado de ella.
—¿Enamorado? ¿Tú?
—Sí —esbozó una sonrisa de tristeza—. Me lo merezco... Eso es lo que piensas, ¿No?
—No, sabes que yo no soy así. Ve al solar, Pepe. Pídele que te hable del instructor de esquí. Paula es una buena mujer. Apostaría toda mi fortuna a que no me equivoco.
En lo más profundo de su ser, Pedro sintió renacer la esperanza.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Iré a Rosa Street.
—Ve, entonces.
Cuarenta minutos después estacionaba en la esquina de Rosa Street con Ventley, donde estaban construyendo un edificio que parecía una especie de institución, a juzgar por la colocación de las ventanas y la enorme puerta de entrada. Una pequeña grúa giraba sobre el tejado y había varios andamios en los muros. Los obreros deambulaban por las dos plantas del edificio. Un hombre con un montón de planos en la mano salía por la puerta de entrada. Paula iba a su lado; llevaba un mono azul y un casco amarillo. Ella y el maestro de obras iban discutiendo animadamente. ¿Pero qué era todo aquello? Paula y el maestro de obras se dieron la mano. Entonces ella se dirigió hacia un pequeño coche verde que estaba estacionado delante. Pedro cruzó la calle y se acercó a ella.
—Hola, Paula.
Ella dió un salto del susto.
—¡Pedro! —exclamó con inquietud mientras se daba la vuelta—. ¿Qué haces aquí?
—Yo podría preguntarte lo mismo. La sorpresa fue rápidamente sustituida por la rabia.
—Enseguida desapareciste después de lo de Chamonix. Llamé a tu despacho para decirte dónde estaba y con mucha cortesía, eso sí, me dejaron muy claro que no querías saber nada más de mí —dijo mientras recordaba las palabras de su asistente—. Gracias, Pedro. Muchas gracias.
—¡Déjate de juegos, Paula! Te aparté de mi vida por una razón de peso.
—Sí, claro —dijo con rabia—. Porque habías conseguido lo que querías: llevarme a la cama.
—Eso no es cierto y lo sabes —respondió muy enfadado—. Dime... ¿Qué tal Daniel?
—¿Daniel? —pestañeó—. Que yo sepa, está bien... ¿Pero qué tiene él que ver con todo esto?
Pedro la agarró del brazo con fuerza.
—Pasaste de mi cama a la suya. ¿Cómo pudiste hacerlo, Paula? ¿Cómo pudiste?
Paula se quedó boquiabierta.
—¿Estás insinuando que me acosté con Daniel?
—No te hagas la inocente.
—¡Suéltame, me estás haciendo daño!
—No pienso soltarte hasta que no me respondas a unas cuantas cosas. Y dí la verdad por una vez, si es que eres capaz.
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Seducción: Capítulo 54
Pedro no estaba más cerca de una solución a su dilema cuando llegó a la casa de Mariana de San Francisco unos días después. Había borrado a Paula de su vida como si no hubiera existido nunca; y lo primero que había hecho tras salir de Ardlaufen había sido llamar a su asistente para pedirle que si ella se ponía en contacto con él debía decirle que estaba no disponible permanentemente.
Todavía no había sido capaz de asimilar lo equivocado que había sido su juicio sobre Paula desde el principio hasta el final. A veces se decía que ella era inocente, que todo había sido un malentendido y corría al teléfono, desesperado por llamarla, por dar con ella. Pero entonces la escena que había presenciado en el club de Ardlaufen volvía con fuerza a su memoria y sus esperanzas quedaban ahogadas en un amargo pesar. Detestaba aquel vaivén de emociones, con sus subidas y bajadas; y también odiaba las dudas que lo acosaban. Siempre se había enorgullecido de su capacidad para tener una mente preclara y un pensamiento racional. Pero ya no.
Salió del coche, subió las escaleras y llamó al timbre. Al momento, el mayordomo le abrió la puerta.
—Hola, Juan. ¿Está la señora Hayward en casa?
—Acompáñeme, señor.
Pedro fue conducido al salón de visitas.
—Pepe—exclamó Mariana momentos después mientras iba hacia él para darle un abrazo.
—Hola, Mari —dijo Pedro con afecto mientras la besaba en la mejilla—. ¿Cómo estás?
—¿Has venido a ver a Paula?
Él se quedó helado.
—¿A Paula? —repitió con estupidez.
—En éste momento está en el solar, pero está hospedada aquí, en mi casa. Vendrá a las tres y media. Podrás tomar el té con nosotras.
—¿Solar? ¿Qué solar?
—¿No sabías que estaba aquí? —le dijo ella con inquietud—. Ay, creo que he vuelto a meter la pata.
—No, no sabía que Paula estuviera aquí. He venido a verte a tí —dijo Pedro.
—Vaya —dijo Mariana con desasosiego—. Entonces he metido la pata.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —preguntó en tono rabioso.
Mariana ladeó la cabeza y lo miró.
—Ahora que me fijo, tanto ella como tú parecen dos insomnes —anunció—. Paula cierra la boca cada vez que menciono tu nombre y está claro que tú no tienes ni idea de su paradero. Sin embargo, está más claro que el agua que estáis enamorados el uno del otro. Ojalá se dejaran de tantas tonterías.
—Ella no está ni remotamente enamorada de...
—¿Sabes dónde está Rosa Street?
—No. Ella no...
—Iré a por el plano. Quédate aquí —Mariana salió apresuradamente de la habitación.
Pedro salió detrás de ella, empeñado en no dejarse dominar por Mariana como si fuera un niño pequeño.
Todavía no había sido capaz de asimilar lo equivocado que había sido su juicio sobre Paula desde el principio hasta el final. A veces se decía que ella era inocente, que todo había sido un malentendido y corría al teléfono, desesperado por llamarla, por dar con ella. Pero entonces la escena que había presenciado en el club de Ardlaufen volvía con fuerza a su memoria y sus esperanzas quedaban ahogadas en un amargo pesar. Detestaba aquel vaivén de emociones, con sus subidas y bajadas; y también odiaba las dudas que lo acosaban. Siempre se había enorgullecido de su capacidad para tener una mente preclara y un pensamiento racional. Pero ya no.
Salió del coche, subió las escaleras y llamó al timbre. Al momento, el mayordomo le abrió la puerta.
—Hola, Juan. ¿Está la señora Hayward en casa?
—Acompáñeme, señor.
Pedro fue conducido al salón de visitas.
—Pepe—exclamó Mariana momentos después mientras iba hacia él para darle un abrazo.
—Hola, Mari —dijo Pedro con afecto mientras la besaba en la mejilla—. ¿Cómo estás?
—¿Has venido a ver a Paula?
Él se quedó helado.
—¿A Paula? —repitió con estupidez.
—En éste momento está en el solar, pero está hospedada aquí, en mi casa. Vendrá a las tres y media. Podrás tomar el té con nosotras.
—¿Solar? ¿Qué solar?
—¿No sabías que estaba aquí? —le dijo ella con inquietud—. Ay, creo que he vuelto a meter la pata.
—No, no sabía que Paula estuviera aquí. He venido a verte a tí —dijo Pedro.
—Vaya —dijo Mariana con desasosiego—. Entonces he metido la pata.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —preguntó en tono rabioso.
Mariana ladeó la cabeza y lo miró.
—Ahora que me fijo, tanto ella como tú parecen dos insomnes —anunció—. Paula cierra la boca cada vez que menciono tu nombre y está claro que tú no tienes ni idea de su paradero. Sin embargo, está más claro que el agua que estáis enamorados el uno del otro. Ojalá se dejaran de tantas tonterías.
—Ella no está ni remotamente enamorada de...
—¿Sabes dónde está Rosa Street?
—No. Ella no...
—Iré a por el plano. Quédate aquí —Mariana salió apresuradamente de la habitación.
Pedro salió detrás de ella, empeñado en no dejarse dominar por Mariana como si fuera un niño pequeño.
Seducción: Capítulo 53
Pedro aspiró hondo y entró en el local. Rápidamente, sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Demasiado rápido, porque enseguida vió a Paula. Daniel y ella estaban en la pista, bailando al ritmo de una sensual melodía de blues; él con los brazos rodeándole la cintura y ella, agarrada a su cuello y con la cabeza apoyada en su hombro. El tenía la cabeza agachada y los labios pegados a su cabello. Estaban totalmente absortos el uno en el otro. El cuchillo que lo apuñaló fue más allá de los celos y le hizo sentir una agonía que no había experimentado jamás. Salió del club, vagamente consciente de que el guarda de la puerta lo miraba con sorpresa y se apoyó contra la pared de ladrillo del local. Aspiró con fuerza, abriendo mucho la boca, desesperado por aliviar la opresión que sentía en el pecho. Los edificios de enfrente parecían moverse y los arbustos se volvían borrosos. Lenta y dolorosamente una única idea tomó forma en su pensamiento: Paula no le había mentido en todo aquel tiempo. Era incapaz de ser fiel; iba de un hombre a otro, de una cama a otra. De él a Daniel en menos de doce horas.
Le costó un par de veces abrir la puerta de su coche. Se sentó y aspiró hondo, concentrándose en la respiración. Poco a poco el mundo volvió a su sitio. Paula era como su madre y la cura de toda dificultad era cambiar de hombre. La única diferencia era, como había dicho Alejandra, que no se molestaba en casarse con ellos. Lo había engañado de principio a fin. O tal vez él se había dejado engañar. Porque en los últimos diez minutos se había dado cuenta de algo muy importante: estaba enamorado de Paula. La amaba desesperadamente. Seguramente hacía semanas que la amaba, aunque hubiera ocultado sus sentimientos tras palabras como «deseo» o «sexo». Y no sólo no se había dado cuenta de lo que le había pasado, sino que se había enamorado de una mujer que había pasado de su cama a los brazos de otro en cuestión de horas. Al menos ella no sabía que él la amaba. Era su secreto. Agachó la cabeza sobre el volante mientras una punzada de dolor le atravesaba el corazón. Era su secreto y su carga. Finalmente se había enamorado, pero de una mujer que era incapaz de devolverle ese amor. Atraído por su belleza y su inteligencia, había cometido el error más grande de su vida. Y no tenía ni idea de cómo corregir ese error. ¿Cómo se desenamoraba uno?
Le costó un par de veces abrir la puerta de su coche. Se sentó y aspiró hondo, concentrándose en la respiración. Poco a poco el mundo volvió a su sitio. Paula era como su madre y la cura de toda dificultad era cambiar de hombre. La única diferencia era, como había dicho Alejandra, que no se molestaba en casarse con ellos. Lo había engañado de principio a fin. O tal vez él se había dejado engañar. Porque en los últimos diez minutos se había dado cuenta de algo muy importante: estaba enamorado de Paula. La amaba desesperadamente. Seguramente hacía semanas que la amaba, aunque hubiera ocultado sus sentimientos tras palabras como «deseo» o «sexo». Y no sólo no se había dado cuenta de lo que le había pasado, sino que se había enamorado de una mujer que había pasado de su cama a los brazos de otro en cuestión de horas. Al menos ella no sabía que él la amaba. Era su secreto. Agachó la cabeza sobre el volante mientras una punzada de dolor le atravesaba el corazón. Era su secreto y su carga. Finalmente se había enamorado, pero de una mujer que era incapaz de devolverle ese amor. Atraído por su belleza y su inteligencia, había cometido el error más grande de su vida. Y no tenía ni idea de cómo corregir ese error. ¿Cómo se desenamoraba uno?
Seducción: Capítulo 52
—¿Entonces volverá dentro de un par de días? —preguntó Pedro con los dientes apretados.
—Oh, sí, es una persona muy seria con su trabajo —dijo la recepcionista—. La verdad, no me importaría haberme ido yo a Ardlaufen con él; aparte de ser guapo, es muy buena persona. ¿Pero qué posibilidades tengo yo estando alguien como Paula Chaves? Es bella y rica. Algunas personas son muy afortunadas.
—Gracias por tu ayuda —dijo Pedro, consiguiendo esbozar otra sonrisa.
Quince minutos después estaba en la carretera de camino a Ginebra. Lo acompañaban los demonios de la duda; demonios que la misma Paula había suscitado en él desde que se habían conocido. ¿Sería de verdad incapaz de ser fiel, como ella le había sugerido? ¿O capaz de pasar de su cama a la de Daniel? Era imposible. Paula no haría eso. Siendo cauta y miedosa, como bien sabía él que era ella, había huido de sus sentimientos y de Slade. Oportunamente, Daniel, un viejo amigo, se habría ofrecido a llevarla al aeropuerto, aprovechando que él iba para allá.
El acostarse con Paula le había vuelto el mundo del revés, dando pie a un torrente de emociones nuevas para él. Pero ella era más vulnerable que él y no sabía aún cómo enfrentarse al lado apasionado de su naturaleza. Estaba claro que había echado a correr por miedo. Le había pedido que no la siguiera, pero debía hacerlo. ¿Qué otra elección tenía? Sacó su móvil y consiguió el número de un detective privado a través de su contacto en Chamonix. Lo llamó y le dió unas pocas y claras instrucciones. A los quince minutos tenía la respuesta. Paula y Daniel iban de camino a Hamburgo. Paula había adquirido el pasaje en el aeropuerto, mientras que Daniel había reservado el suyo hacía dos semanas. Decidió tomarse aquella información como prueba de que aquel viaje no había sido planeado y continuó conduciendo. El detective privado había enviado a alguien a la sala de llegadas del aeropuerto de Hamburgo. Así que en cuanto llegara a la ciudad, sabría dónde habían ido Daniel y Paula.
No estaba equivocado. La timidez de Paula, la sorpresa que había asomado a su cara como el sol al amanecer, su pasión desenfrenada; todo ello le decía que no debía sospechar de ella. Se agarraría a esa esperanza. Y seguía agarrado a ella cuando llegó a Hamburgo al atardecer. Allí se enteró de que Daniel y Paula se habían ido a Ardlaufen en el Volkswagen azul de Daniel. Habían ido a un restaurante a cenar e iban de camino a un club nocturno en Günter Strasse.
Pedro alquiló otro coche, compró un mapa y estudió la ruta. Ardlaufen era una bonita ciudad a orillas del río Elba, con calles alineadas con casas altas de tejados a dos aguas y arbustos y jardines cuidadosamente arreglados. Pedro vió que el club nocturno estaba en el sótano de un almacén; entre los coches aparcados junto a la acera estaba el Volkswagen azul. Salió del coche y estiró los hombros. Había sido un día muy largo, desde esa mañana temprano cuando se había levantado para ir a esquiar con Paula en Chamonix, hasta ese mismo momento en el que estaba delante de un local en una pequeña localidad al norte de Alemania.
—Oh, sí, es una persona muy seria con su trabajo —dijo la recepcionista—. La verdad, no me importaría haberme ido yo a Ardlaufen con él; aparte de ser guapo, es muy buena persona. ¿Pero qué posibilidades tengo yo estando alguien como Paula Chaves? Es bella y rica. Algunas personas son muy afortunadas.
—Gracias por tu ayuda —dijo Pedro, consiguiendo esbozar otra sonrisa.
Quince minutos después estaba en la carretera de camino a Ginebra. Lo acompañaban los demonios de la duda; demonios que la misma Paula había suscitado en él desde que se habían conocido. ¿Sería de verdad incapaz de ser fiel, como ella le había sugerido? ¿O capaz de pasar de su cama a la de Daniel? Era imposible. Paula no haría eso. Siendo cauta y miedosa, como bien sabía él que era ella, había huido de sus sentimientos y de Slade. Oportunamente, Daniel, un viejo amigo, se habría ofrecido a llevarla al aeropuerto, aprovechando que él iba para allá.
El acostarse con Paula le había vuelto el mundo del revés, dando pie a un torrente de emociones nuevas para él. Pero ella era más vulnerable que él y no sabía aún cómo enfrentarse al lado apasionado de su naturaleza. Estaba claro que había echado a correr por miedo. Le había pedido que no la siguiera, pero debía hacerlo. ¿Qué otra elección tenía? Sacó su móvil y consiguió el número de un detective privado a través de su contacto en Chamonix. Lo llamó y le dió unas pocas y claras instrucciones. A los quince minutos tenía la respuesta. Paula y Daniel iban de camino a Hamburgo. Paula había adquirido el pasaje en el aeropuerto, mientras que Daniel había reservado el suyo hacía dos semanas. Decidió tomarse aquella información como prueba de que aquel viaje no había sido planeado y continuó conduciendo. El detective privado había enviado a alguien a la sala de llegadas del aeropuerto de Hamburgo. Así que en cuanto llegara a la ciudad, sabría dónde habían ido Daniel y Paula.
No estaba equivocado. La timidez de Paula, la sorpresa que había asomado a su cara como el sol al amanecer, su pasión desenfrenada; todo ello le decía que no debía sospechar de ella. Se agarraría a esa esperanza. Y seguía agarrado a ella cuando llegó a Hamburgo al atardecer. Allí se enteró de que Daniel y Paula se habían ido a Ardlaufen en el Volkswagen azul de Daniel. Habían ido a un restaurante a cenar e iban de camino a un club nocturno en Günter Strasse.
Pedro alquiló otro coche, compró un mapa y estudió la ruta. Ardlaufen era una bonita ciudad a orillas del río Elba, con calles alineadas con casas altas de tejados a dos aguas y arbustos y jardines cuidadosamente arreglados. Pedro vió que el club nocturno estaba en el sótano de un almacén; entre los coches aparcados junto a la acera estaba el Volkswagen azul. Salió del coche y estiró los hombros. Había sido un día muy largo, desde esa mañana temprano cuando se había levantado para ir a esquiar con Paula en Chamonix, hasta ese mismo momento en el que estaba delante de un local en una pequeña localidad al norte de Alemania.
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