martes, 6 de diciembre de 2016

Seducción: Capítulo 45

Mientras conducía por la ondulada campiña, él decidió que pasarían la noche en su departamento de Manhattan. Le prepararía algo para cenar y haría lo posible para hacer desaparecer la expresión de dolor de los ojos de Paula. Sin embargo, cuando estaban cerca del aeropuerto sonó el teléfono móvi.

—Alfonso—dijo él—. ¿Cómo? ¿Que se echan atrás? ¿Por qué? —añadió con desesperación.

Paula lo miró. Pedro estaba muy tenso y agarraba el teléfono con fuerza. El hombre de negocios implacable, pensaba mientras se estremecía por dentro; estaba claro que en ese momento se había olvidado totalmente de ella. La conversación duró unos minutos más.

—¿Has enviado un avión para que me recoja en Lexington? Gracias, Antonio. Saldré de inmediato.

Cerró el teléfono y se lo guardó en el bolsillo.

—Era mi asistente. Tengo que volar directamente a Oslo. Ha habido un problema muy gordo y es posible que cuatro meses de trabajo se vayan al traste —rotó los hombros con nerviosismo—. Lo siento, Pau, no sabes cuánto siento dejarte ahora después de haber conocido a tu madre hoy.

Pero lo que Paula sintió sobre todo fue alivio. Ella podía estar sola. Estando sola podría pensar en lo que iba a hacer con respecto al hombre que estaba sentado tan cerca de ella. El hombre que sabía de ella más que nadie en el mundo.

—No te preocupes —dijo Paula con tranquilidad—. Entiendo lo importante que es para tí tu trabajo.

Su trabajo era importante para él; muy importante. ¿Entonces por qué se sentía tan mal sólo de pensar en dejarla?

—¿Adonde vas a ir? —le preguntó Pedro.

—¡Ah!, de vuelta a Europa, supongo —dijo ella con vaguedad—. Tal vez a esquiar. La nieve está de maravilla en Los Alpes en esta época del año.

—Europa y Los Alpes cubren mucho territorio. ¿Podrías ser más específica?

—Iré a St. Moritz, o posiblemente a Chamonix.

Él detuvo el coche en el estacionamiento de vehículos de alquiler y apagó el motor.

—Dile a Antonio dónde vas a estar cuando te decidas. Él contactará conmigo donde esté.  Cuando ella contestó con vaguedad, él continuó con impaciencia.

—Hazlo, Pau. Hemos pasado ya la parte de jugar al gato y al ratón. Por amor de Dios.

—De acuerdo, lo haré —contestó ella con desgana.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Seducción: Capítulo 44

—Cuídate, mamá —dijo Paula mientras le daba un beso en la mejilla a su madre.

—No me hables como si estuviera senil —soltó Alejandra, que se volvió hacia Pedro con una sonrisa en los labios—. Ha sido un placer conocerte, Pedro. Recuerda lo que te he dicho.

—Adiós, Alejandra —dijo él con una nota de finalidad que esperaba que resultara tan evidente para ésta y para Paula como le resultaba a él.

Cuando la puerta se cerró, Paula se dirigió hacia el coche. Al pasar la primera curva en la carretera, se volvió hacia él con amargura.

—Se te insinuó, ¿Verdad? ¡Qué vergüenza! ¡Mi propia madre!

—Sí —dijo él—. Pero seguro que oíste lo que le contesté yo.

—Me avergüenzo tanto de ella... —murmuró Paula—. Todo lo menosprecia.

—No ha conseguido menospreciarnos a tí y a mí, Pau. Nadie puede hacernos eso.

—Ella no conoce el significado de la palabra amor, ni lo que es un voto, ni la fidelidad. ¿Te gustaría que te contara cómo me he criado con mi madre y su colección de hombres?

—Adelante —dijo Pedro tranquilamente.

—El hombre a quien llamo padre, ¿Porque quién sabe si en realidad lo es?, fue el segundo. El primero lo conoció en la fiesta de su puesta de largo y el matrimonio duró exactamente seis meses. Yo fui un accidente, por cierto, y mi madre se encargó de decírmelo en cuanto fui lo suficientemente mayor como para entenderlo. Jamás me quiso. Después de todo, le estropeé la figura.

Pedro se detuvo a un lado de la carretera y apagó el motor.

—¿Quién fue el número tres, y cuánto duró?

—Fue un torero español. Un año y medio después todo el mundo, incluida mi madre, se dió cuenta de que amaba más la plaza de toros que a ella. El cuarto fue un hombre de negocios australiano, que trató de domesticarme con una combinación de férrea disciplina y agresividad.

—Por amor de Dios, Pau...

—Yo lo odiaba. Pero entonces se casó con Francisco. Era un marino que tenía el yate más precioso que he visto en mi vida. Vivíamos en una casa de cedro junto al mar en British Columbia, y yo me pasaba el día en el bosque y en la playa y durante dos años fui completamente feliz... —su expresión se tornó sombría—. Hasta que mi madre empezó a tramitar el divorcio, vivir en el bosque no era lo suyo, cuando él se ahogó en un accidente.

Pedro se quedó callado un momento.

—¿Cuántos años tenías entonces?

—Trece. Entonces me enviaron a un internado en Suiza y mi madre se juntó con un coleccionista de arte italiano. A los diecisiete terminé los estudios secundarios, heredé a los dieciocho parte de la fortuna que mi padre me había asignado para montar mi propio departamento en Milán y el resto es historia... Ah, sí, después del coleccionista de arte hubo un banquero suizo, antes de Byron. ¿Se me ha olvidado alguno?

—Entiendo por qué te sientes tan mal, Pau. Me sorprende que no te diera por el alcohol o las drogas.

—Traté de emborracharme una vez cuando era más joven. Pero nunca he tomado drogas. Supongo que me gusta demasiado controlar la situación.

—Por una vez, me alegro de que seas así —le tomó la mano con suavidad y empezó a acariciarle los dedos despacio—. Tu madre está aterrorizada, Pau; sabe que se está haciendo mayor y que no puede mantener éste estilo de vida. Sin embargo, no tiene nada con qué cambiarlo.

—Bernardo es un asqueroso. Fue precisamente lo que pensé cuando lo conocí. Pero tiene muchísimo dinero.

Pedro le preguntó algo que tenía curiosidad por saber desde hacía tiempo.

—¿Por qué tu abuelo te dejó a tí su fortuna y no a tu madre?

—Era un tirano chapado a la antigua que estaba totalmente en contra del divorcio. Mi madre heredó la fortuna de mi abuela, que era inexistente. Por eso se cambió el nombre de Schulz  a DesRoches.

—¿Y también por eso no te quiere?

Paula asintió.

—Dices que tu padre se largó cuando tenías siete años —añadió Pedro.

—Mi madre me envió con él el primer verano después del divorcio para poder tener tiempo libre que dedicarle al torero. Miguel estaba furioso y me dejó al cuidado de su horrorosa ama de llaves, que se pasaba el día amenazándome con meterme en el sótano con las ratas. Me escapé y me negué a volver a quedarme con él.

Aunque había tratado de mantener la calma, Paula notó que estaba temblando. Pero cuando Pedro le puso el brazo por los hombros, ella se retiró.

—Volvamos al aeropuerto —dijo ella en tono dolido—. Detesto estar tan cerca de mi madre.

Llevársela de los alrededores de la granja de cría de caballos le pareció a Pedro una idea de lo más sensata; y además, Paula le había dado suficiente en lo que pensar. Durante el camino de vuelta también tendría la oportunidad de serenarse un poco.

Seducción: Capítulo 43

—Es algo horrible cuando un hombre da la espalda a los votos matrimoniales, Pedro. ¿No te parece?

—Sí —dijo él—. Lo es.

—¿Has estado casado alguna vez?

 Él negó con la cabeza.

—¿Estás pensando en casarte con mi Paula? —dijo con voz temblorosa—. La tuve cuando todavía era una niña.

—Veo de dónde ha sacado su belleza —dijo él evasivamente.

—Vaya, muchas gracias —dijo la mujer con una sonrisa afectada—. ¿Pau, por qué no vas a buscar a Bernardo? Le dije que tomaríamos un jerez en el salón. Pero supongo que tiene otras cosas en la cabeza, como esa pequeña zorra que trabaja en los establos. A mí ya no me hace mucho caso.

—Claro, mamá, ahora voy —dijo Paula, que salió del salón como si la persiguieran dos docenas de caballos sementales.

Alejandra sirvió una copa de jerez de una botella de cristal y se la pasó a Pedro. Entonces le puso la mano en el brazo y dirigió toda la intensidad de sus ojos verde esmeralda a su persona. Se acercó a él un poco más hasta que le rozó el brazo con el pecho. Él pensó en salir corriendo detrás de Paula, pero se contuvo. Alejandra le apretó el brazo con fuerza mientras se dirigía a él.

—Paula es demasiado joven para tí —le susurró—. Pareces de esa clase de hombres que necesita una mujer madura; una persona sensata y comprensiva...

—Es a Paula a quien quiero —dijo Pedro en voz alta—. Desgraciadamente, la palabra compromiso es como una palabrota para ella.

—La diferencia entre Paula y yo es que ella no tiene la decencia de casarse con sus hombres. Los utiliza y los echa a un lado.

Por el rabillo del ojo, Pedro vió un leve movimiento junto a la puerta. Paula estaba allí y debía de haber oído cada palabra.

—No creo que eso sea cierto —dijo él en tono conciso.

—Entonces, todo lo que tienes de guapo lo tienes de tonto —le soltó Alejandra—. ¿Pau, nena, ya viene Bernardo?

Paula entró en el salón, deseando poder borrar de su mente la imagen de la tetuda morena que había visto abrazada a su padrastro contra la valla de una cerca.

—Dice que no tiene tiempo.

—¿Has conocido a la querida Karen?

—¿Por qué no tomamos una copa? —sugirió Paula—. No necesitamos a Bernardo.

—Entonces la has visto.

Aejandra abrió el tapón del decantador y sirvió dos copas más de jerez; por un instante a Pedro  le pareció ver un miedo atroz reflejado en su expresión. Le pasó una de las copas a Paula, dió un sorbo del excelente jerez seco español y cambió de conversación con empeño. Media hora después, ellos se marcharon del rancho.

Seducción: Capítulo 42

El octavo marido, pensaba con sorpresa mientras salía del coche. Alejandra DeRoches no celebraría su treinta y nueve aniversario de bodas. Paula llamó al timbre con brío. Un mayordomo con cara avinagrada abrió la puerta y los condujo a un salón recargado donde no había nadie. Empezó a pasearse con nerviosismo por la habitación, deseando poder estar en cualquier otro lugar que no fuera aquél.

—Pau... Qué sorpresa tan agradable...

Lo primero que Pedro pensó de Alejandra DeRoches fue que era una mujer espectacularmente bella; lo segundo que mantener esa belleza le estaba costando un esfuerzo considerable. Tenía el cabello teñido de pelirrojo, su maquillaje era una obra de arte y su ropa, un tanto elegante para una mañana en el campo, hablaba de mucho dinero.

—Hola, mamá —dijo Paula mientras avanzaba hacia Alejandra, con las manos tímidamente adelantadas.

Alejandra  se apartó tras una mesa antigua y Paula dejó caer las manos y adoptó una expresión impersonal.

—¿Cómo está usted, señora DesRoches? —dijo Pedro con calma, mientras asimilaba la situación de Paula—. Soy Pedro Alfonso, un amigo de Pau.

Alejandra miró a Pedro con sus ojos verde esmeralda y él se dió cuenta de que llevaba lentillas. Le sonrió.

—Caramba, Pau, cariño —dijo Alejandra en tono pausado—. Has conseguido una buena pieza. ¿Cómo está, señor Alfonso? ¿O puedo llamarte Pedro? Y, por favor, llámame Alejandra; por estas tierras no utilizamos mucho el protocolo.

Ella le dió la mano y se la apretó de manera un tanto significativa.

—Me alegro de conocerte, Alejandra—dijo él—. Tienes una casa preciosa.

Ella puso mala cara.

—Gracias por el comentario. Quería que Bernardo decorara de nuevo la planta baja, pero él insistió en comprar otro semental. Cuatro millones de dólares por un caballo, y sin embargo, el club de campo que hay un poco más abajo tiene cortinas mejores que las mías.

—¿Dónde está Bernardo? —preguntó Paula.

—En los establos. ¿Dónde si no?

—Los caballos están en buena forma —comentó Pedro.

—Lo mismo que la nueva moza de cuadra —dijo Alejandra de manera irritable—. Es una muchacha. De unos veintitantos años.

—Mamá...

—¡No empieces con «mamá», Paula! A Bernardo siempre se le van los ojos y ahora el resto va detrás. Lo que no entiende es que yo se lo estoy apuntando todo y se lo estoy comunicando a mi abogado.

—Otro abogado no, mamá —dijo Paula mientras se le iba el alma a los pies—. Estabas locamente enamorada de Bernardo hace un par de años.

A Alejandra se le llenaron los ojos de lágrimas.

Seducción: Capítulo 41

Le pasó el cuaderno a Pedro.

—Es el número de mi agente de viaje. Tú y yo vamos a volar a Kentucky mañana por la mañana. A Lexington, exactamente.

—Para conocer a tu madre —dijo él con intuición.

—Eso es. Será mejor que conozcas toda la triste historia... Y no, no voy a hablar de ella. Muy pronto la conocerás.

—Vayamos a dar un paseo —dijo Pedro bruscamente—. Demasiada comida y demasiadas emociones en las últimas dos horas.

—Tengo una cita en un banco del centro.

—Entonces quedamos después.

—No puedo —respondió Paula con el corazón latiéndole aceleradamente—. Voy a cenar con una amistad mía.

A Pedro se le encogió el corazón.

—¿Hombre o mujer?

—Un hombre. Es el encargado de una parte de mi dossier. Lo conozco desde hace años.

—¿Significo algo para tí, Pau? —susurró él con tanta rabia que ni él mismo daba crédito—. ¿O soy tan desechable como el resto de tus acompañantes masculinos?

—No sé lo que significas para mí y ése es el problema —dijo Paula, que no quería sentirse culpable, aunque en realidad se sintiera así—. Es una buena ocasión para ver a Tomás, nada más —dijo ella—. Tomaré un taxi para ir a encontrarme con él.

—Hazlo. Que lo pases bien cuando enseñes la jirafa en el banco.

—El tener mucho dinero significa que no tienes que dar explicaciones —respondió ella con las mejillas sonrosadas.

Momentos después se alejaba de él en dirección a Madison Avenue para parar un taxi, con la jirafa en una mano y su pequeña maleta en la otra. Pedro dió un puñetazo en el volante. En ese momento, ella tenía la sartén por el mango; y eso no le gustaba en absoluto.

Al día siguiente conocería a su madre. Las caballerizas y cuadras Darthley estaban situadas en plena comarca de la Región Bluegrass, en el norte del estado de Kentucky, cerca de Lexington. Muy típico, pensaba Pedro mientras Paula y él transcurrían por una carretera sinuosa entre las vallas blancas del ferrocarril y enormes robles y álamos, cuyas ramas negras destacaban sobre un cielo gris. Un grupo de yeguas con sus crías se apiñaban junto a unos montones de heno cerca de un granero de aspecto inmaculado. Todos los animales estaban saludables y bien cuidados. No había sentido deseos de charlar con Paula desde que se habían encontrado en el aeropuerto. Se negaba en redondo a preguntarle si había disfrutado o no de la cena; y tampoco pensaba interrogarla para saber si el hombre con quien había cenado tenía treinta y cinco o cincuenta y cinco años. Que hablara ella. Pero Paula, a medida que se iban acercando a la granja de cría de caballos, estaba cada vez más silenciosa. Cuando se detuvieron delante de una magnífica mansión de ladrillo cubierta de glicinias, finalmente rompió el silencio.

—Mi madre nos espera; la he llamado esta mañana. Se hace llamar Alejandra DeRoches, aunque su nombre de soltera fuera Alejandra Schulz y naciera en Pittsburgh, Pensilvania. Bernardo Darthley, el dueño de todo esto, es su octavo marido.

Entonces salió del coche. Esa mañana llevaba unos pantalones de lana gris marengo y una chaqueta corta de cachemir verde musgo, sobre una blusa blanca de seda; en las orejas llevaba unos pequeños aros de oro. Se había recogido el cabello en un moño tirante.

Seducción: Capítulo 40

Paula  se paró en seco al verlos. Pedro carraspeó.

—Venga, ustedes dos, dejenlo ya.

Ana dió un respingo.

—¡Ah, no quería que se levantaran a ayudarnos! —dijo—. ¡Horacio, estáte quieto!

Su marido le dio una palmada en el trasero.

—Lo que tú digas, cariño. ¿Quieres que monte la nata?

—Sí, buena idea —respondió Ana mientras le quitaba los platos a su hijo de las manos—. La salsa de ruibarbo va en ese tarro, Paula y los palitos de queso en ese cacharro que hay en la encimera.

De postre tomaron macedonia de frutas con Grand Marnier y nata montada. Horacio devoró el postre con alegría y le guiñó un ojo a su hijo.

—A partir de mañana, leche desnatada.

Después de tomar café, Ana le enseñó el ático de lujo a Paula mientras Horacio discutía con Pedro sobre sus planes para renovar la casa de Maine. Finalmente, llegó el momento de marcharse. Paula les dió las gracias a los padres de Pedro con un placer que a éste le pareció sincero.

—Espero verlos pronto —dijo Ana mientras besaba a Paula en ambas mejillas.

—Eso sería estupendo —corroboró Horacio—. Te llamo en un par de días, Pepe, cuando me den el presupuesto para el tejado.

—Muy bien, papá... Mamá, gracias.

—Te quiero —dijo su madre como le decía siempre cuando se despedían, tanto si era para dos días como para dos meses.

Paula agarró su jirafa de peluche y Pedro y ella bajaron en el ascensor. Puso la jirafa en el asiento de atrás del coche antes de sentarse delante con Pedro. Cuando éste se sentó y cerró la puerta, ella se dirigió a él con frialdad.

—¿Discutimos ahora o después?

Sus ojos eran de un azul frío, como el de un glaciar.

—Ahora —dijo Pedro—. Mis padres son gente de verdad, Pau. No siempre lo han tenido fácil. Sus familias nunca se llevaron bien... El secuestro fue horrible para ellos; siempre quisieron tener más hijos, pero mi madre tuvo varios abortos después de tenerme a mí. Y estoy seguro de que han tenido las dificultades habituales que existen en un matrimonio después de tantos años. Pero se quieren mucho y eso les ha ayudado a soportarlo todo. Se llama compromiso.

—El antídoto perfecto para mi padre.

—De acuerdo, parece que traerte aquí a comer no ha sido demasiado sutil por mi parte. Pero no voy a esconder a mis padres sólo porque ellos estén enamorados.

—No son capaces de dejar de hacerse arrumacos —chilló Paula—. Estaban besándose, a su edad, en la cocina.

—Lo hacen continuamente. Yo me hago el loco. No me interesa la vida sexual de mis padres, gracias. ¿Pero qué tiene que ver su edad con eso? ¿No crees que tú podrías ser así también?

—¡No, no lo creo!

—Sólo se me ocurre un modo de demostrarte lo contrario.

—¿Y cuál es?

 —Que vivamos juntos durante treinta y nueve años antes de mantener otra vez esta discusión.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. ¿Pero qué le pasaba? ¿Cómo se le había ocurrido que podría vivir con Paula? ¿Con la testaruda de Paula? Con la deseable, la apasionada y la bella Paula...

Ella lo miró con rabia.

—¡Deja de tratarme como si fuera una tonta!

—No es ése mi pensamiento ni mi intención, Pau. Lo único que he hecho hoy ha sido presentarte a dos personas que se han amado en lo bueno y en lo malo. Para demostrarte que puede ser posible con tesón y coraje y que el resultado final es la felicidad.

Como había ocurrido tan a menudo, Pedro le dejó sin habla.

—De acuerdo, nunca he conocido a una pareja como ellos en mi vida. Y entiendo lo que quieres decirme; que hay personas que son capaces de seguir casadas y ser felices. O, por lo menos, tus padres han sido capaces de hacerlo.

Paula pensó en lo mucho que le había afectado ver un amor tan profundo, tan duradero y auténtico.

—No sé cómo hacer lo que han hecho ellos. No he tenido modelos que seguir. De modo que el matrimonio es lo último en lo que me embarcaría —aspiró hondo y con fuerza—. Apenas me atrevo a preguntarte cuál es el paso siguiente en tu campaña.

—Llevarte a la cama —le dijo Pedro sin pensárselo dos veces—. Pero sin que esa jirafa estúpida vigile cada uno de nuestros movimientos.

—¿Y entonces nos iremos a vivir juntos durante treinta y nueve años? Muy gracioso —dijo con tirantez—. El próximo paso en la campaña es mío... ¿Tienes planes para mañana?

—No. Me marcho a Oslo al día siguiente.
Ella abrió el bolso, sacó un pequeño bloc de notas y un bolígrafo y su teléfono móvil y marcó un número. Entonces habló en un italiano fluido, esperó unos minutos y anotó unos números en el cuaderno.

—Grazie... Arrivederci.

Seducción: Capítulo 39

El padre de Pedro abrió la puerta.

—Pepe... Y tú debes de ser Paula. Pasen, por favor.

Horacio Alfonso era casi tan alto como su hijo, de cuerpo atlético y cabello canoso. Sus ojos azules estaban llenos de vida. Se presentó a Paula, sonriéndole con encanto. Ésta dijo lo primero que se le ocurrió.

—Se parece muchísimo a su hijo.

Horacio se echó a reír.

—Bueno, pero con veinticinco años más. Esto... Qué jirafa tan bonita.

—Se llama George —dijo, dejándola en una esquina—. Mi regalo de Navidad de Pepe.

—Es más original que un suéter o una joya —dijo Pedro con una sonrisa pausada—. Hola, mamá.

—Pepe, cariño —Ana besó a su hijo en la mejilla con amor, con sus facciones patricias colmadas de placer; entonces se volvió hacia Paula—. Bienvenida —le dijo mientras se limpiaba la mano en el delantal para saludarla—. Me alegro tanto de que hayan podido venir a almorzar con nosotros.

Aunque sus palabras eran convencionales, su trasfondo de calidez era auténtico y Paula lo percibió inmediatamente.

—Dame, deja que me lleve tu abrigo... Pepe nos ha dicho que vienes directamente desde Trinidad.

En el salón, Horacio le ofreció una bebida a Paula y Ana sacó gambas salteadas y una salsa para empezar a comer. Slade se sentó de espaldas a la luz, de frente a Clea para poder mirarla. Aquella habitación era tan familiar para él como su despacho del centro donde pasaba la mayor parte del tiempo; tener allí a Clea le resultaba desconcertante.

—Un Martini riquísimo —le dijo a Horacio—. Y, Ana, las gambas están deliciosas.

—Horacio también sabe hacer florecer a las plantas de interior y de exterior; y navegar con un kayak por un torrente embravecido —se burló Ana—. Los ríos con olas grandes me dan miedo, pero me encanta el jardín. Has visto el jardín de Mariana Hayward, ¿No, Paula? Es precioso, ¿Verdad? Mariana es una vieja amiga de la familia.

Paula sonrió en señal de asentimiento y pasó a hablar de los jardines que había visitado en Europa. La conversación se movía de un tópico a otro y  fue esquivando con elegancia todas las preguntas que se acercaban a su vida privada. Al pasar al salón, Pedro comentó con curiosidad:

—Ese cuadro del rincón... Es nuevo, ¿Verdad?

—Horacio me lo regaló en nuestro aniversario —dijo Ana dándole a su esposo un abrazo espontáneo—. Me encanta. Fíjate cómo se refleja el sol en el agua...

—Treinta y nueve años —dijo Horacio sonriendo a su esposa mientras la miraba a los ojos—. Y cada uno ha sido mejor que el anterior.

Paula sintió que se le formaba un nudo en la garganta y notó un calor en los ojos. Bajó la vista, mientras pasaba la mano distraídamente por las hojas brillantes de una enorme planta. Entonces, como si sintiera que Pedro estaba mirándola, lo miró de frente. El dolor se había desvanecido de su mirada, como si no hubiera estado ahí en ningún momento.

—Buena elección, papá. ¿Te he dicho que estoy pujando por un pequeño bronce de Ghibertí de principios del siglo XV?

—¿Para la casa de Florencia? —le preguntó Ana—. ¿Has estado allí, Paula?

Ella se puso colorada.

—Ah, esto, sí...

—Sólo una vez —dijo Pedro.

—Tienes que pedirle que te prepare una comida allí —continuó Ana mientras servía una crema de puerros espesa—. Tiene una cocina de ensueño.

—Me preparó una sopa —dijo Paula. Y también cuidó de ella, pensaba, deleitándose con el recuerdo agridulce de aquella noche.

—Le enseñé a Pepe la diferencia entre el orégano y el laurel desde muy pequeño —comentó Ana—. Me empeñé en no criar a un hijo que pensara que cocinar era sólo cosa de mujeres.

—No hay problema, mamá —dijo Pedro.

Pedro  le pasó un plato de palitos de queso recién hechos y habló con detalle sobre su último proyecto cerca de Hamburgo. Ana llevó las tartaletas de salmón ahumado con salsa de ruibarbo.

—Esta es tu especialidad, ¿Verdad? O eso me ha dicho Pepe. En Trinidad comimos tartaletas de carne de tiburón...

Paula  empezó a describir algunas de las especialidades que habían tomado en la casa de la playa durante la Navidad. A Pedro le pareció aquello una manera muy sutil de dejar claro que tenía muchos amigos y que había decidido no pasar las vacaciones con el hijo de Horacio  y Ana. Rellenó las copas de vino y cambió de tema, hablando de los huracanes que habían azotado las costas de Florida en el mes de septiembre. Cuando terminaron de comer las tartaletas, que desde luego estaban deliciosas, los padres de Pedro se levantaron para quitar la mesa y llevar el postre. También Paula y Pedro se levantaron para ayudarlos. En la cocina, Ana estaba aclarando los platos para meterlos en el lavavajillas, y Horacio estaba detrás de ella, abrazándola por la cintura y besándola en la oreja.