Era el tres de enero del nuevo año. El avión de Miami tenía un retraso de media hora. Poco a poco los viajeros empezaron a salir por las puertas de cristal esmerilado, todos ellos bronceados o con la piel sonrosada. Entonces Paula accedió a la sala de llegadas. Llevaba puestos unos pantalones de lana turquesa, un abrigo sin cuello a juego y suéter blanco roto de cuello vuelto. Pedro agitó la mano para que ella lo viera y observó su sonrisa; una sonrisa deslumbrante que consiguió que el corazón le latiera muy deprisa. Cuando se abrió paso entre la gente hacia él, Pedro notó que llevaba puestos los pendientes de oro de los pájaros que él le había regalado.
—¿Eso es para mí? —le preguntó cuando estuvo delante de él.
Él tenía en la mano una jirafa de peluche gigante con un lazo rojo atado al cuello.
—Felíz Navidad, con retraso —le dijo mientras le echaba los brazos al cuello sin soltar la jirafa y la besaba con una pasión que hablaba por sí sola.
Cuando se separaron, ella estaba sin duda sofocada.
—Todavía me deseas —dijo ella.
—Ésa es una de las cosas que me gustan de tí; cómo siempre entiendes lo esencial —sonrió de oreja a oreja—. Toma —le pasó la jirafa—. Se llama George.
Ella se echó a reír con ganas.
—¿Y qué voy a hacer con esto?
—Ponerlo en tu departamento —dijo él—, y cada vez que la mires, pensar en mí.
—Mi departamento está decorado con un estilo minimalista —dijo ella.
—Me lo figuraba. Así alegrará un poco tu casa.
—¿Un paso más en tu campaña?
—¿Qué campaña? —preguntó Pedro.
Paula miró la cara de la jirafa.
—Ojalá yo tuviera unas pestañas como las suyas.
—Tus pestañas y todo lo tuyo, son perfectas, Pau —dijo él en tono sensual.
Paula se estremeció un poco. ¿Cómo podía resistirse a él, siendo tan intenso, tan ardiente? Se puso la jirafa bajo el brazo, tiró de Pedro y lo besó con una vehemencia que hablaba por sí sola.
—Supongo que esto significa que aún me deseas.
Ella apretó los labios.
—Supongo que sí. Un poco. A veces.
—Vamos, atrévete... Dí que sí.
—De acuerdo, sí. Sí, te deseo. Incluso en Trinidad deseé que estuvieras conmigo. Te habría encantado la playa, Pepe; estaba en una cala al abrigo del viento y todas las mañanas las aves bajaban allí a nadar. Un día ví incluso una tortuga verde...
En el exterior, el viento era frío y cortante. Paula se agarró a su jirafa, temblando por otras razones.
—Deberíamos habernos encontrado en las Bahamas.
Su coche, un elegante Mercedes coupé, estaba en el estacionamiento.
—Mmm, muy bonito —dijo ella mientras se acomodaba en el asiento de cuero—. ¿Adonde vamos a comer?
—Vamos a comer con mis padres. Tartaletas de salmón ahumado con salsa de ruibarbo.
—Es un golpe bajo, Pepe.
—Forma parte de mi campaña, Pau. Voy a mostrarte el otro lado de la moneda del matrimonio de tus padres.
—Imaginaba que conocería a tus padres, pero nunca pensé que me llevarías a almorzar con ellos sin decírmelo antes.
—No te lo he dicho porque sabía que dirías que no.
—Todavía puedo decir que no.
—Pero no lo harás. Reconócelo, sientes curiosidad por conocerlos. Quieres ver si es cierto que son de verdad, esta pareja celestial que sigue enamorada después de casi cuarenta años de convivencia.
—Está bien. ¿Puedo llevarme la jirafa?
—¿Es que quieres avergonzarme delante de mis padres?
—Me satisfaría enormemente —respondió Paula.
El ascensor los llevó hasta el último piso del edificio. Cuando llegaron, ella se detuvo en el enorme pasillo de entrada.
—¿Estás nervioso?
—Sí.
—Cuando estoy nerviosa, yo hablo mucho, pero tú te quedas callado.
—Eso es porque soy de Nueva Inglaterra.
—Esperemos que tus padres no estén nerviosos. O será un almuerzo muy callado. ¿Qué les has dicho de mí? —dijo ella, frunciendo el ceño.
—Que te conocí en casa de Mariana. Que les gustarás... Ya está.
Ella continuó frunciendo el ceño.
—¿Por qué me da la impresión de que me estás ocultando algo?
—Eres demasiado lista.
—Suéltalo todo.
—Eres la primera mujer a la que he traído aquí —reconoció él—. Eso lo sé yo y ellos también.
Consternada, Paula expresó lo que pensaba.
—Seguramente piensan que estamos enamorados. Que nos vamos a casar.
—Entonces se equivocarían en ambas cosas, ¿No?
—Tienes toda la razón.
Ella echó la cabeza hacia atrás para disimular una repentina punzada de dolor porque Pedro, a pesar de desearla tanto, no estuviera ni remotamente enamorado de ella. Y no porque ella quisiera estar enamorada de él.
—¿Por qué te has puesto los pendientes que te regalé? —le preguntó él inesperadamente.
—Para que no te olvides de que necesito mi libertad.
Pedro se encogió por dentro. ¿Por qué había pensado que se los habría puesto por razones sentimentales?
—No te andas con rodeos —dijo él, incapaz de borrar la inquietud de su tono de voz—. ¿Llamo al timbre?
—Sí —respondió ella con dulzura—. El ama de llaves que teníamos cuando yo tenía seis años hizo lo posible por enseñarme buenos modales; prometo que me comportaré bien.
El ama de llaves, pensaba Pedro. Ni su padre, ni su madre.
domingo, 4 de diciembre de 2016
jueves, 1 de diciembre de 2016
Seducción: Capítulo 37
—Las digo porque son ciertas —sonrió con pesar—. A mí también me sorprenden.
—Cuando nos acostemos juntos, esta loca atracción que hay entre nosotros se desvanecerá.
—¿De verdad lo crees? —dijo Pedro—. Cuando hagamos el amor, penetraré en cada poro de tu piel. Y tú harás lo mismo conmigo. Será así, lo sé muy bien; y tú también lo sabes.
Él se sentó a su lado, le agarró la cara con las dos manos y la besó con pausada sensualidad, saboreándola, demostrándole todo el placer que sentía mientras le deslizaba las manos con suavidad por el cuello y los hombros desnudos. Su rendición fue instantánea y sin embargo curiosamente leve, como la lluvia de primavera. Su corazón rebosaba con una emoción innombrable, nueva para él, mientras le mordisqueaba los labios con deleite.
—¿Desvanecerse?—pronunció con voz ronca—. Ni lo sueñes, dulce Pau.
—Cada vez que me besas, me trasformo —gimió ella—. Lo que siento cuando estoy contigo... Nunca sé lo que voy a hacer después.
—La vida nos pide que cambiemos —dijo en tono ronco—. Y los cambios son difíciles.
—Mi padre nunca ha cambiado —le susurró ella.
—Eso es. Y seguramente nunca cambiará. ¿Es eso lo que deseas en tu vida?
—Eres tan implacable... —le dijo ella mientras el calor de sus manos le quemaba la piel—. ¿Es así como llegaste a la cima?
—Aquí no sólo peleo por mí, sino también por tí. Si me das la espalda, perderemos los dos —la besó en la frente—. Hazme un favor. Encontrémonos en el aeropuerto Kennedy de Nueva York después de Año Nuevo.
—Tus padres viven en Nueva York.
—Sí.
—Que tú hayas conocido a mi padre no quiere decir que yo quiera conocer a los tuyos.
—Hasta ahora, tú y yo nos hemos visto en Montecarlo, en Copenhague en Florencia y en París; tres de esas ciudades las has elegido tú. Ahora me toca a mí.
—Lo dices de un modo tan razonable...
—Así soy yo... razonable.
Ella resopló con fuerza.
—Debo de estar loca. De acuerdo, te veré en Manhattan.
Él respiró aliviado.
—Cuando tengas la reserva, me dices la hora de llegada de tu vuelo. Tengo unas reuniones después del cuatro de enero que no puedo cancelar, pero hasta entonces estoy libre. Y llévate ropa de abrigo. Entre Trinidad y Nueva York, la diferencia de temperatura en enero es enorme.
—Entonces nos veremos en Nueva York —dijo ella. —Hasta entonces, te deseo feliz Navidad. Que te diviertas en Trinidad.
Pedro la ayudó a meterse en la cama y apagó la luz de la lámpara de la mesilla de
noche.
—Hasta que te conocí, era yo la que mandaba en mi vida —dijo Paula, arropada por la oscuridad.
Él se echó a reír.
—¿Sabes qué? A mí me pasa lo mismo.
—No podemos mandar los dos.
—Si queremos lo mismo, podemos... Buenas noches, cautivadora Pau.
—Bonsoir, sexy Pepe.
Pedro se dirigió hacia la puerta, lleno de frustración. Caminaría hasta su hotel, que estaba en la orilla opuesta del Sena, en el barrio de la Opera. Tal vez así no pensara en el sexo; o en la preciosa pelirroja que estaba sola en la habitación del hotel, donde él la había dejado. La mujer que le estaba cambiando la vida.
—Cuando nos acostemos juntos, esta loca atracción que hay entre nosotros se desvanecerá.
—¿De verdad lo crees? —dijo Pedro—. Cuando hagamos el amor, penetraré en cada poro de tu piel. Y tú harás lo mismo conmigo. Será así, lo sé muy bien; y tú también lo sabes.
Él se sentó a su lado, le agarró la cara con las dos manos y la besó con pausada sensualidad, saboreándola, demostrándole todo el placer que sentía mientras le deslizaba las manos con suavidad por el cuello y los hombros desnudos. Su rendición fue instantánea y sin embargo curiosamente leve, como la lluvia de primavera. Su corazón rebosaba con una emoción innombrable, nueva para él, mientras le mordisqueaba los labios con deleite.
—¿Desvanecerse?—pronunció con voz ronca—. Ni lo sueñes, dulce Pau.
—Cada vez que me besas, me trasformo —gimió ella—. Lo que siento cuando estoy contigo... Nunca sé lo que voy a hacer después.
—La vida nos pide que cambiemos —dijo en tono ronco—. Y los cambios son difíciles.
—Mi padre nunca ha cambiado —le susurró ella.
—Eso es. Y seguramente nunca cambiará. ¿Es eso lo que deseas en tu vida?
—Eres tan implacable... —le dijo ella mientras el calor de sus manos le quemaba la piel—. ¿Es así como llegaste a la cima?
—Aquí no sólo peleo por mí, sino también por tí. Si me das la espalda, perderemos los dos —la besó en la frente—. Hazme un favor. Encontrémonos en el aeropuerto Kennedy de Nueva York después de Año Nuevo.
—Tus padres viven en Nueva York.
—Sí.
—Que tú hayas conocido a mi padre no quiere decir que yo quiera conocer a los tuyos.
—Hasta ahora, tú y yo nos hemos visto en Montecarlo, en Copenhague en Florencia y en París; tres de esas ciudades las has elegido tú. Ahora me toca a mí.
—Lo dices de un modo tan razonable...
—Así soy yo... razonable.
Ella resopló con fuerza.
—Debo de estar loca. De acuerdo, te veré en Manhattan.
Él respiró aliviado.
—Cuando tengas la reserva, me dices la hora de llegada de tu vuelo. Tengo unas reuniones después del cuatro de enero que no puedo cancelar, pero hasta entonces estoy libre. Y llévate ropa de abrigo. Entre Trinidad y Nueva York, la diferencia de temperatura en enero es enorme.
—Entonces nos veremos en Nueva York —dijo ella. —Hasta entonces, te deseo feliz Navidad. Que te diviertas en Trinidad.
Pedro la ayudó a meterse en la cama y apagó la luz de la lámpara de la mesilla de
noche.
—Hasta que te conocí, era yo la que mandaba en mi vida —dijo Paula, arropada por la oscuridad.
Él se echó a reír.
—¿Sabes qué? A mí me pasa lo mismo.
—No podemos mandar los dos.
—Si queremos lo mismo, podemos... Buenas noches, cautivadora Pau.
—Bonsoir, sexy Pepe.
Pedro se dirigió hacia la puerta, lleno de frustración. Caminaría hasta su hotel, que estaba en la orilla opuesta del Sena, en el barrio de la Opera. Tal vez así no pensara en el sexo; o en la preciosa pelirroja que estaba sola en la habitación del hotel, donde él la había dejado. La mujer que le estaba cambiando la vida.
Seducción: Capítulo 36
—No crees que me ciña a las condiciones que estoy poniendo... quiero decir, que te sea fiel.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —le dijo ella, sabiendo que empezaba a minar su resistencia—. No tengo nada, ni pasado ni presente, que me anime a pensar que los hombres pueden ser de fiar.
—Si puedo aguantar tres noches en El Genoese, podré comprometerme contigo mientras seamos pareja, Pau.
—Pareja —repitió ella con amargura—. Una aventura... Todas esas palabras me provocan náuseas.
—Una exploración —se oyó decir Pedro—. Un viaje a lo desconocido. Ta vez no seamos compatibles en la cama. Tal vez tú me quites siempre la colcha.
—O ronque —dijo con una sonrisa inesperada—. Seguro que tú dejas las toallas mojadas en el suelo del baño.
—Y que esperaré que tú las recojas —su sonrisa se desvaneció—. Pau, te deseo con toda el alma. Como creo que tú me deseas a mí. Seríamos tontos si dejáramos pasar lo que sentimos sólo porque tengamos miedo de lo que pueda pasar.
—Obtendrás lo que quieres y luego te marcharás —le dijo ella en tono frío.
—No lo haré —dijo él, oyendo el eco de esas palabras en su pensamiento—. Pero no podré demostrártelo hasta después de hacer el amor.
—Y para entonces será demasiado tarde, de todos modos.
La vivacidad habitual de Paula se desvaneció de su rostro. ¿Podría subsanar, aunque fuera temporalmente, el daño que su padre y gente como él le habían hecho a ella?
—Estás cansada —dijo Pedro.
Lo estaba; su padre siempre tenía ese efecto en ella.
—Me gustaría volver a mi hotel.
—Hay un taxi allí en la esquina —dijo él.
Veinte minutos más tarde llegaban a la puerta de una mansión del siglo XVIII situada al sur del Sena, con sus altas puertas negras y sus macetas de barro.
—Pau —le dijo Pedro, ya que ella se había pasado todo el trayecto con los ojos cerrados—. Hemos llegado.
Ella abrió los ojos y se los frotó con suavidad.
—¿Querrás entrar? —le pidió ella.
Pedro no tenía ni idea de lo que ella estaba pensando, pero no se negó.
—Claro —dijo, y se dispuso a pagar al taxista.
Ella lo condujo por un camino bordeado de árboles hasta un patio abierto.
—Me encanta éste hotel —dijo Paula en voz baja—. Es como el de Copenhague; lo suficientemente pequeño para resultar íntimo. Los jardines son exquisitos en verano, y desde aquí puedo caminar fácilmente hasta cruzar el puente para ir al Jardín de las Tullerías.
De nuevo estaba nerviosa, pensaba él mientras accedían a un vestíbulo encantador, con sus muebles antiguos y su atmósfera de silencioso confort.
—Voy a preguntarte lo obvio... —le dijo Pedro cuando iban por un pasillo de camino a su suite—. ¿Por qué me has traído aquí?
—No lo sé —dijo ella con nerviosismo, tratando de ser tan sincera con él como era capaz—. Tal vez haya pensado que podría hacerlo por fin; dar el paso. Confiar en tí lo suficiente para meterme en la cama contigo.
Sólo Dios sabía lo mucho que lo deseaba. Pero estaba igualmente convencido de que ésa no era la noche adecuada.
—Estás agotada, tu padre te ha dado un disgusto y...
—¿Tan mal aspecto tengo?
—Parece como si fueras a romperte en pedazos.
Ella se quitó los zapatos, se acercó a él y apoyó la frente en su pecho.
—Abrázame —dijo con un suspiro ahogado.
Él la rodeó con sus brazos, la estrechó contra su cuerpo y apoyó la mejilla sobre su cabello dulcemente perfumado. Pasado un momento se dió cuenta de que ella estaba llorando. Slade supo perfectamente lo que debía hacer. La tomó en brazos, la llevó hasta la cama con dosel y le bajó la cremallera del vestido.
—¿Dónde está tu camisón? —dijo Pedro.
—Debajo de la almohada. Pepe...
—Chist —dijo él—. Ya me estoy acostumbrando a desvestirte y a marcharme después. Si esto no es una prueba...
—¿No te vas a quedar?
¿Se estaría imaginando un toque de alivio en su voz?
—No.
Pedro le pasó el camisón y se dió la vuelta mientras ella se desvestía y se lo ponía.
—¿Todavía me deseas, Pepe, después de conocer a mi padre?
Él se dió la vuelta; ella estaba sentada en la cama.
—Pau, te deseo tanto que todos mis sentidos están centrados en tí. Sí, lo de El Genoese fue una prueba. Pero, créeme, el marcharme de aquí esta noche es más de lo que puedo soportar.
Ella se estremeció.
—Ojalá no dijeras esas cosas.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —le dijo ella, sabiendo que empezaba a minar su resistencia—. No tengo nada, ni pasado ni presente, que me anime a pensar que los hombres pueden ser de fiar.
—Si puedo aguantar tres noches en El Genoese, podré comprometerme contigo mientras seamos pareja, Pau.
—Pareja —repitió ella con amargura—. Una aventura... Todas esas palabras me provocan náuseas.
—Una exploración —se oyó decir Pedro—. Un viaje a lo desconocido. Ta vez no seamos compatibles en la cama. Tal vez tú me quites siempre la colcha.
—O ronque —dijo con una sonrisa inesperada—. Seguro que tú dejas las toallas mojadas en el suelo del baño.
—Y que esperaré que tú las recojas —su sonrisa se desvaneció—. Pau, te deseo con toda el alma. Como creo que tú me deseas a mí. Seríamos tontos si dejáramos pasar lo que sentimos sólo porque tengamos miedo de lo que pueda pasar.
—Obtendrás lo que quieres y luego te marcharás —le dijo ella en tono frío.
—No lo haré —dijo él, oyendo el eco de esas palabras en su pensamiento—. Pero no podré demostrártelo hasta después de hacer el amor.
—Y para entonces será demasiado tarde, de todos modos.
La vivacidad habitual de Paula se desvaneció de su rostro. ¿Podría subsanar, aunque fuera temporalmente, el daño que su padre y gente como él le habían hecho a ella?
—Estás cansada —dijo Pedro.
Lo estaba; su padre siempre tenía ese efecto en ella.
—Me gustaría volver a mi hotel.
—Hay un taxi allí en la esquina —dijo él.
Veinte minutos más tarde llegaban a la puerta de una mansión del siglo XVIII situada al sur del Sena, con sus altas puertas negras y sus macetas de barro.
—Pau —le dijo Pedro, ya que ella se había pasado todo el trayecto con los ojos cerrados—. Hemos llegado.
Ella abrió los ojos y se los frotó con suavidad.
—¿Querrás entrar? —le pidió ella.
Pedro no tenía ni idea de lo que ella estaba pensando, pero no se negó.
—Claro —dijo, y se dispuso a pagar al taxista.
Ella lo condujo por un camino bordeado de árboles hasta un patio abierto.
—Me encanta éste hotel —dijo Paula en voz baja—. Es como el de Copenhague; lo suficientemente pequeño para resultar íntimo. Los jardines son exquisitos en verano, y desde aquí puedo caminar fácilmente hasta cruzar el puente para ir al Jardín de las Tullerías.
De nuevo estaba nerviosa, pensaba él mientras accedían a un vestíbulo encantador, con sus muebles antiguos y su atmósfera de silencioso confort.
—Voy a preguntarte lo obvio... —le dijo Pedro cuando iban por un pasillo de camino a su suite—. ¿Por qué me has traído aquí?
—No lo sé —dijo ella con nerviosismo, tratando de ser tan sincera con él como era capaz—. Tal vez haya pensado que podría hacerlo por fin; dar el paso. Confiar en tí lo suficiente para meterme en la cama contigo.
Sólo Dios sabía lo mucho que lo deseaba. Pero estaba igualmente convencido de que ésa no era la noche adecuada.
—Estás agotada, tu padre te ha dado un disgusto y...
—¿Tan mal aspecto tengo?
—Parece como si fueras a romperte en pedazos.
Ella se quitó los zapatos, se acercó a él y apoyó la frente en su pecho.
—Abrázame —dijo con un suspiro ahogado.
Él la rodeó con sus brazos, la estrechó contra su cuerpo y apoyó la mejilla sobre su cabello dulcemente perfumado. Pasado un momento se dió cuenta de que ella estaba llorando. Slade supo perfectamente lo que debía hacer. La tomó en brazos, la llevó hasta la cama con dosel y le bajó la cremallera del vestido.
—¿Dónde está tu camisón? —dijo Pedro.
—Debajo de la almohada. Pepe...
—Chist —dijo él—. Ya me estoy acostumbrando a desvestirte y a marcharme después. Si esto no es una prueba...
—¿No te vas a quedar?
¿Se estaría imaginando un toque de alivio en su voz?
—No.
Pedro le pasó el camisón y se dió la vuelta mientras ella se desvestía y se lo ponía.
—¿Todavía me deseas, Pepe, después de conocer a mi padre?
Él se dió la vuelta; ella estaba sentada en la cama.
—Pau, te deseo tanto que todos mis sentidos están centrados en tí. Sí, lo de El Genoese fue una prueba. Pero, créeme, el marcharme de aquí esta noche es más de lo que puedo soportar.
Ella se estremeció.
—Ojalá no dijeras esas cosas.
Seducción: Capítulo 35
—Gracias, Pepe. Por sacarme de ahí. No podría haberlo hecho sola.
—Ha sido un placer —respondió , sabiendo que significaba mucho para ella— ¿Quieres pasear un rato?
—Sí, me encantaría.
Ella le agarró del brazo cuando él abrió el paraguas y echaron a andar bajo la lluvia. Sintió un alivio inmenso por el simple hecho de alejarse de La Marguerite.
—Podría haberte hablado de Miguel en Florencia, supongo; pero creo que ha sido más eficaz que lo hayas conocido.
—Deberías felicitarme por no haber puesto en práctica mi famoso derechazo; créeme, he sentido una gran tentación. ¿Por qué dejó a tu madre, Pau?
—Bueno, en ése momento yo no tenía ni idea. Por otra mujer... supongo. Cuando mi madre me dijo que se marchaba, lo seguí hasta la puerta y le rogué que se quedara. Él me miró como si yo fuera el barro de sus botas y me preguntó por qué iba a quedarse con una niñata llorona que no tenía la decencia de haber sido un chico.
—Debería haberle dado esta noche.
—Siempre me siento como si tuviera cinco años cuando estoy cerca de mi padre — declaró ella—. Es tan humillante... Incluso ahora mismo daría toda mi fortuna por oírle decir que me quiere.
Paula continuó hablándole de su padre, dibujando el retrato del hombre egoísta que era Miguel Chaves. Apenas mencionó a su madre y Pedro decidió dejarlo para otro momento. Cuando estaban cerca de una boca de metro, ella se volvió hacia él impulsivamente.
—Tomemos el metro hasta los Campos Elíseos; los adornos navideños son siempre tan bonitos allí. Estarán preciosos bajo la lluvia.
Ella le tiró de la manga, sonriéndole. A Pedro se le fue el alma a los pies. Habría hecho cualquier cosa para no borrar esa sonrisa de sus labios. Pero delante de él estaban las empinadas escaleras con las barandillas de acero y la oscura cavidad que se adentraba bajo tierra.
—No puedo —dijo él.
—¿Qué quieres decir? Tengo billetes... Vamos.
—Nunca tomo el metro. Ni tampoco el de Nueva York, ni el de Londres. Tengo... claustrofobia.
Su sonrisa se desvaneció. Lo llevó a un lado de la entrada y lo miró a los ojos con preocupación. Después del coraje que había mostrado esa noche, Pedro decidió que merecía saber la verdad.
—A los siete años me secuestraron y me tuvieron encerrado para recibir un rescate —dijo rápidamente—. Me raptaron un día a la salida del colegio, me drogaron y me metieron en un sótano oscuro durante quince días. Desde entonces, no puedo soportar los espacios cerrados.
—¿Cómo te rescataron?
—La policía y el FBI. Tuve suerte.
Ella abrió de pronto los ojos como platos.
—¡Dios mío! —exclamó horrorizada—. El Genoese. Es un sótano. ¡Ay, Pepe, lo siento tanto!
—Seguramente me vino bien —dijo él—. ¿No es eso lo que recomiendan todos los psicólogos, que uno se enfrente a sus miedos?
—No bromees con algo que no tiene ninguna gracia —dijo Paula atropelladamente—. De haberlo sabido, no te habría sugerido ese bar... No puedo creer que me esperaras allí tres noches seguidas. Si al menos hubiera aparecido la primera noche; pero estaba tan empeñada en demostrar que no me equivocaba...
Él esbozó una sonrisa torcida.
—Desde luego que me pusiste a prueba bien. Pero ella no sonreía.
—Aguantaste —dijo Paula, conmovida en lo más hondo—. No me conocías y aun así aguantaste hasta el final.
—No hagas de mí una especie de caballero andante —dijo Pedro con incomodidad.
—No estoy haciendo nada de eso. Pero empiezo a ver lo fuerte que eres, tu determinación. Me siento... —buscó la palabra adecuada— humilde. Has pasado por todo eso sólo porque quieres estar conmigo.
—En efecto.
Ella lo ignoró y continuó hablando.
—Tu coraje... Esa integridad tuya... No he querido verte como de verdad eres, porque entonces no podría despedirte con la misma facilidad —instintivamente le agarró el brazo con más fuerza—. No entiendo por qué me deseas tanto; y no, no he terminado con mis elogios.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo él en tono áspero—. Lo único que sé es que pienso en tí noche y día y no puedo dormir porque no estás a mi lado, y ni siquiera quiero mirar a otra mujer.
—Bueno —dijo ella con voz temblorosa—. Eso es bastante.
—Pero luego está el compromiso.
—¡Creo que deberías saber ya, que esa palabra me vuelve loca! Mi padre cambia de mujer con la misma facilidad con la que cambia de corbata. Los hombres con los que yo salgo... Sus aventuras empiezan y acaban con suma facilidad, porque siempre hay otra mujer bella a la vuelta de la esquina.
—Ha sido un placer —respondió , sabiendo que significaba mucho para ella— ¿Quieres pasear un rato?
—Sí, me encantaría.
Ella le agarró del brazo cuando él abrió el paraguas y echaron a andar bajo la lluvia. Sintió un alivio inmenso por el simple hecho de alejarse de La Marguerite.
—Podría haberte hablado de Miguel en Florencia, supongo; pero creo que ha sido más eficaz que lo hayas conocido.
—Deberías felicitarme por no haber puesto en práctica mi famoso derechazo; créeme, he sentido una gran tentación. ¿Por qué dejó a tu madre, Pau?
—Bueno, en ése momento yo no tenía ni idea. Por otra mujer... supongo. Cuando mi madre me dijo que se marchaba, lo seguí hasta la puerta y le rogué que se quedara. Él me miró como si yo fuera el barro de sus botas y me preguntó por qué iba a quedarse con una niñata llorona que no tenía la decencia de haber sido un chico.
—Debería haberle dado esta noche.
—Siempre me siento como si tuviera cinco años cuando estoy cerca de mi padre — declaró ella—. Es tan humillante... Incluso ahora mismo daría toda mi fortuna por oírle decir que me quiere.
Paula continuó hablándole de su padre, dibujando el retrato del hombre egoísta que era Miguel Chaves. Apenas mencionó a su madre y Pedro decidió dejarlo para otro momento. Cuando estaban cerca de una boca de metro, ella se volvió hacia él impulsivamente.
—Tomemos el metro hasta los Campos Elíseos; los adornos navideños son siempre tan bonitos allí. Estarán preciosos bajo la lluvia.
Ella le tiró de la manga, sonriéndole. A Pedro se le fue el alma a los pies. Habría hecho cualquier cosa para no borrar esa sonrisa de sus labios. Pero delante de él estaban las empinadas escaleras con las barandillas de acero y la oscura cavidad que se adentraba bajo tierra.
—No puedo —dijo él.
—¿Qué quieres decir? Tengo billetes... Vamos.
—Nunca tomo el metro. Ni tampoco el de Nueva York, ni el de Londres. Tengo... claustrofobia.
Su sonrisa se desvaneció. Lo llevó a un lado de la entrada y lo miró a los ojos con preocupación. Después del coraje que había mostrado esa noche, Pedro decidió que merecía saber la verdad.
—A los siete años me secuestraron y me tuvieron encerrado para recibir un rescate —dijo rápidamente—. Me raptaron un día a la salida del colegio, me drogaron y me metieron en un sótano oscuro durante quince días. Desde entonces, no puedo soportar los espacios cerrados.
—¿Cómo te rescataron?
—La policía y el FBI. Tuve suerte.
Ella abrió de pronto los ojos como platos.
—¡Dios mío! —exclamó horrorizada—. El Genoese. Es un sótano. ¡Ay, Pepe, lo siento tanto!
—Seguramente me vino bien —dijo él—. ¿No es eso lo que recomiendan todos los psicólogos, que uno se enfrente a sus miedos?
—No bromees con algo que no tiene ninguna gracia —dijo Paula atropelladamente—. De haberlo sabido, no te habría sugerido ese bar... No puedo creer que me esperaras allí tres noches seguidas. Si al menos hubiera aparecido la primera noche; pero estaba tan empeñada en demostrar que no me equivocaba...
Él esbozó una sonrisa torcida.
—Desde luego que me pusiste a prueba bien. Pero ella no sonreía.
—Aguantaste —dijo Paula, conmovida en lo más hondo—. No me conocías y aun así aguantaste hasta el final.
—No hagas de mí una especie de caballero andante —dijo Pedro con incomodidad.
—No estoy haciendo nada de eso. Pero empiezo a ver lo fuerte que eres, tu determinación. Me siento... —buscó la palabra adecuada— humilde. Has pasado por todo eso sólo porque quieres estar conmigo.
—En efecto.
Ella lo ignoró y continuó hablando.
—Tu coraje... Esa integridad tuya... No he querido verte como de verdad eres, porque entonces no podría despedirte con la misma facilidad —instintivamente le agarró el brazo con más fuerza—. No entiendo por qué me deseas tanto; y no, no he terminado con mis elogios.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo él en tono áspero—. Lo único que sé es que pienso en tí noche y día y no puedo dormir porque no estás a mi lado, y ni siquiera quiero mirar a otra mujer.
—Bueno —dijo ella con voz temblorosa—. Eso es bastante.
—Pero luego está el compromiso.
—¡Creo que deberías saber ya, que esa palabra me vuelve loca! Mi padre cambia de mujer con la misma facilidad con la que cambia de corbata. Los hombres con los que yo salgo... Sus aventuras empiezan y acaban con suma facilidad, porque siempre hay otra mujer bella a la vuelta de la esquina.
Seducción: Capítulo 34
Silvia le echó a Pedro una mirada de lo más insinuante.
—He oído hablar de usted —dijo en tono cantarín—. Estoy encantada de haberle conocido.
—Mademoiselle Tournier, monsieur Chaves —dijo Pedro con serena formalidad, y dió la vuelta a la mesa para ayudar a Paula a sentarse, antes de hacerlo él.
Miró a Paula con afecto.
—¿Cómo es posible que un hombre tan frío haya engendrado a una mujer tan apasionada y llena de vida como tú?
Ella clavó el tenedor en un trozo de pato. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡No soy apasionada, ni estoy llena de vida! Tengo, según palabras tuyas, miedo de mi propia sombra.
—Ese hombre tiene tanto sentimiento como un pescado muerto. ¿Te ha dado alguna vez el amor que una hija debería esperar de su padre?
—No.
—Pero tú no pierdes las esperanzas.
—Es cierto, tonta de mí. Incluso cuando le ruego que me conceda cinco minutos de su valioso tiempo, me desprecio a mí misma por pedírselo —tomó un sorbo de vino—. Por eso no le pedí que se encontrara aquí con nosotros esta noche. Se habría negado. Tuve que confiar en el azar.
—¿Tu madre está viva?
Paula asintió.
—¿Cómo es? —le preguntó.
Ella bajó la vista.
—No creo que quieras saberlo.
—Sí que quiero —le dijo en tono amigable.
—Miguel es más que suficiente para una noche.
—Se tiñe el pelo —dijo Pedro.
Ella soltó una risa ahogada.
—Lleva años haciéndolo. Es una de las razones por las que no quiere tener nada que ver conmigo. Silvia es más joven que yo. Cuanto más mayor es, más jóvenes son sus amantes.
—Silvia lo dejará en un minuto en cuanto pesque a un pez más gordo.
Paula se sentía un poco más relajada.
—Lo dejaría por tí.
Pedro se estremeció.
—Prefiero a las pelirrojas... ¿Viviste con tu padre hasta que fuiste lo bastante mayor para vivir sola?
—No. Él se marchó primero. Yo tenía siete años. El dinero que ha mencionado... Así era como ejercía sus tareas de padre. Dejó de pasarme dinero en cuanto cumplí los dieciséis años.
—No ama a nadie salvo a sí mismo —dijo Pedro en tono suave.
Otra lágrima se quedó suspendida en sus pestañas.
—No quiero creerte; es una tontería por mi parte, lo sé.
—Te ha negado lo que más necesitabas de él... Y el resultado es que lo estás buscando continuamente —Pedro borró la rabia de su tono de voz—. ¿Es ésa la razón por la cual no crees en los compromisos?
Paula hizo una mueca, mientras se veía inundada por todo el significado de su comportamiento. Sin darse cuenta, se había humillado delante de él cuando le había rogado a su padre que le concediera un poco de su atención, como un perrillo hambriento. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?
—No sé decirte cuántas amantes ha tenido mi padre. He perdido la cuenta. Cuando mis padres se casaron, se adoraban. Pero cuando yo cumplí siete años, se odiaban ya a muerte. Eso es lo que hace el matrimonio, Pepe. Convierte el amor en odio. Cambia a las personas.
—Mi madre y mi padre se siguen adorando.
—Entonces son la excepción que confirma la regla —pinchó otro trozo de carne tierna y exquisita—. Yo no podría soportar que tú me hablaras como mi padre me habla a mí; por eso jamás me arriesgaré a tener intimidad con nadie. Jamás. ¿Y no es acaso eso lo que implica un compromiso? ¿Intimidad?
Para él nunca había sido así. Sin embargo, la escena que acababa de presenciar, que incuestionablemente había provocado en él una furia que iba más allá de lo fortuito, había sido desde luego íntima.
—Bueno —dijo él recostándose en el respaldo—. Desde luego estoy empezando a entender de dónde vienes.
—Cinco minutos con mi padre son suficientes para lograr eso.
Pedro le sonrió. Su sonrisa fue de lo más íntima y se preguntó si debería empezar a pedir ayuda.
—Intenta comer algo, Pau; te sentirás mejor si lo haces.
—¡Cuando me miras así... no sé qué hacer, Pepe!
—No tienes que hacer nada. Come. Nos saltaremos el postre y saldremos de aquí... Ni siquiera me gusta estar en el mismo sitio que tu padre.
—Por una vez estamos de acuerdo —dijo ella con una sonrisa trémula.
Minutos después, Pedro firmaba la cuenta. Se puso de pie y fue a retirarle la silla.
—Tu padre no pierde ripio de lo que dice Silvia, por no hablar de cómo le está mirando el canalillo, y no se te ocurra mirarlo ahora —dijo en tono conversacional—. ¿Por qué no me miras con adoración, como si yo fuera la única persona en tu pensamiento? Ella lo notará, aunque él no lo haga y se lo dirá a tu padre.
Paula pestañeó.
—Eso es engañar.
Él se echó a reír.
—Inténtalo... Tal vez te guste y todo. Me amas hasta la enajenación, querida Pau, y estás deseando llevarme a mi hotel para poder desnudarme.
Ella lo miraba con el ceño fruncido.
—Deja de mirarme como si quisieras estrangularme —añadió Pedro con paciencia—. Apoya tu brazo en el mío y bésame; con una vez basta. Pero asegúrate de que no dejas de pensar en una cama muy grande, donde estamos los dos completamente desnudos.
—Te estás comportando pero que muy mal —dijo Paula, entonces se acercó a él y le dió un beso leve como el ala de una mariposa.
Él le agarró la cara un instante y le devolvió el beso.
—Mmm —dijo—. Pato asado.
Paula se echó a reír con ganas.
—Eres el último de los románticos.
—Te quiero, te deseo, te necesito —dijo Pedro sin mentir—. Será mejor que salgamos de aquí, antes de que te haga el amor sobre la alfombra.
—A Gérard le daría un ataque al corazón —dijo Paula sin aliento.
—Me lo imagino.
Pedro la ayudó a ponerse el abrigo y después se puso su gabardina y sacó el paraguas antes de salir a la calle. ¿De verdad le había dicho que la necesitaba?
—He oído hablar de usted —dijo en tono cantarín—. Estoy encantada de haberle conocido.
—Mademoiselle Tournier, monsieur Chaves —dijo Pedro con serena formalidad, y dió la vuelta a la mesa para ayudar a Paula a sentarse, antes de hacerlo él.
Miró a Paula con afecto.
—¿Cómo es posible que un hombre tan frío haya engendrado a una mujer tan apasionada y llena de vida como tú?
Ella clavó el tenedor en un trozo de pato. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡No soy apasionada, ni estoy llena de vida! Tengo, según palabras tuyas, miedo de mi propia sombra.
—Ese hombre tiene tanto sentimiento como un pescado muerto. ¿Te ha dado alguna vez el amor que una hija debería esperar de su padre?
—No.
—Pero tú no pierdes las esperanzas.
—Es cierto, tonta de mí. Incluso cuando le ruego que me conceda cinco minutos de su valioso tiempo, me desprecio a mí misma por pedírselo —tomó un sorbo de vino—. Por eso no le pedí que se encontrara aquí con nosotros esta noche. Se habría negado. Tuve que confiar en el azar.
—¿Tu madre está viva?
Paula asintió.
—¿Cómo es? —le preguntó.
Ella bajó la vista.
—No creo que quieras saberlo.
—Sí que quiero —le dijo en tono amigable.
—Miguel es más que suficiente para una noche.
—Se tiñe el pelo —dijo Pedro.
Ella soltó una risa ahogada.
—Lleva años haciéndolo. Es una de las razones por las que no quiere tener nada que ver conmigo. Silvia es más joven que yo. Cuanto más mayor es, más jóvenes son sus amantes.
—Silvia lo dejará en un minuto en cuanto pesque a un pez más gordo.
Paula se sentía un poco más relajada.
—Lo dejaría por tí.
Pedro se estremeció.
—Prefiero a las pelirrojas... ¿Viviste con tu padre hasta que fuiste lo bastante mayor para vivir sola?
—No. Él se marchó primero. Yo tenía siete años. El dinero que ha mencionado... Así era como ejercía sus tareas de padre. Dejó de pasarme dinero en cuanto cumplí los dieciséis años.
—No ama a nadie salvo a sí mismo —dijo Pedro en tono suave.
Otra lágrima se quedó suspendida en sus pestañas.
—No quiero creerte; es una tontería por mi parte, lo sé.
—Te ha negado lo que más necesitabas de él... Y el resultado es que lo estás buscando continuamente —Pedro borró la rabia de su tono de voz—. ¿Es ésa la razón por la cual no crees en los compromisos?
Paula hizo una mueca, mientras se veía inundada por todo el significado de su comportamiento. Sin darse cuenta, se había humillado delante de él cuando le había rogado a su padre que le concediera un poco de su atención, como un perrillo hambriento. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?
—No sé decirte cuántas amantes ha tenido mi padre. He perdido la cuenta. Cuando mis padres se casaron, se adoraban. Pero cuando yo cumplí siete años, se odiaban ya a muerte. Eso es lo que hace el matrimonio, Pepe. Convierte el amor en odio. Cambia a las personas.
—Mi madre y mi padre se siguen adorando.
—Entonces son la excepción que confirma la regla —pinchó otro trozo de carne tierna y exquisita—. Yo no podría soportar que tú me hablaras como mi padre me habla a mí; por eso jamás me arriesgaré a tener intimidad con nadie. Jamás. ¿Y no es acaso eso lo que implica un compromiso? ¿Intimidad?
Para él nunca había sido así. Sin embargo, la escena que acababa de presenciar, que incuestionablemente había provocado en él una furia que iba más allá de lo fortuito, había sido desde luego íntima.
—Bueno —dijo él recostándose en el respaldo—. Desde luego estoy empezando a entender de dónde vienes.
—Cinco minutos con mi padre son suficientes para lograr eso.
Pedro le sonrió. Su sonrisa fue de lo más íntima y se preguntó si debería empezar a pedir ayuda.
—Intenta comer algo, Pau; te sentirás mejor si lo haces.
—¡Cuando me miras así... no sé qué hacer, Pepe!
—No tienes que hacer nada. Come. Nos saltaremos el postre y saldremos de aquí... Ni siquiera me gusta estar en el mismo sitio que tu padre.
—Por una vez estamos de acuerdo —dijo ella con una sonrisa trémula.
Minutos después, Pedro firmaba la cuenta. Se puso de pie y fue a retirarle la silla.
—Tu padre no pierde ripio de lo que dice Silvia, por no hablar de cómo le está mirando el canalillo, y no se te ocurra mirarlo ahora —dijo en tono conversacional—. ¿Por qué no me miras con adoración, como si yo fuera la única persona en tu pensamiento? Ella lo notará, aunque él no lo haga y se lo dirá a tu padre.
Paula pestañeó.
—Eso es engañar.
Él se echó a reír.
—Inténtalo... Tal vez te guste y todo. Me amas hasta la enajenación, querida Pau, y estás deseando llevarme a mi hotel para poder desnudarme.
Ella lo miraba con el ceño fruncido.
—Deja de mirarme como si quisieras estrangularme —añadió Pedro con paciencia—. Apoya tu brazo en el mío y bésame; con una vez basta. Pero asegúrate de que no dejas de pensar en una cama muy grande, donde estamos los dos completamente desnudos.
—Te estás comportando pero que muy mal —dijo Paula, entonces se acercó a él y le dió un beso leve como el ala de una mariposa.
Él le agarró la cara un instante y le devolvió el beso.
—Mmm —dijo—. Pato asado.
Paula se echó a reír con ganas.
—Eres el último de los románticos.
—Te quiero, te deseo, te necesito —dijo Pedro sin mentir—. Será mejor que salgamos de aquí, antes de que te haga el amor sobre la alfombra.
—A Gérard le daría un ataque al corazón —dijo Paula sin aliento.
—Me lo imagino.
Pedro la ayudó a ponerse el abrigo y después se puso su gabardina y sacó el paraguas antes de salir a la calle. ¿De verdad le había dicho que la necesitaba?
Seducción: Capítulo 33
La Marguerite el martes... Estaba deseando que llegara esa ocasión. Como estaba impaciente por ver a Paula, llegó más temprano al restaurante. Conocía muy bien al primer maître, Gérard, quien lo acompañó a la mesa donde iban a cenar Paula y él. Dieron las ocho y media, y el restaurante empezó a llenarse. A las nueve menos cuarto, no había llegado todavía... ¿Habría cambiado de opinión?
Entonces la vió en el vestíbulo de entrada y sintió que se le formaba un nudo en el estómago. El portero la ayudó a quitarse el abrigo y Gérard le sonrió dándole la bienvenida. Al tiempo que el maître la acompañaba a la mesa, Pedro se puso de pie. Llevaba puesto su mejor traje italiano de raya diplomática, con la camisa azul y la corbata de seda que se había puesto para la fiesta de Mariana.
Pero Paula no lo miraba a él, sino que paseaba la mirada por el restaurante, fijándose en los ocupantes de cada mesa al pasar, visiblemente turbada. Cuando Gérard le retiró la silla, Pedro se inclinó hacia delante y le dio dos besos, incapaz de ocultar lo feliz que se sentía de volver a verla. Llevaba puesto un vestido verde mar de manga larga, bordado con hilo de plata; el escote era pronunciado y quedaba adornado por un colgante de plata que descansaba entre sus senos. Llevaba el cabello recogido en un moño alto con algunos mechones sueltos que le acariciaban las mejillas.
—Me dejas sin respiración —le susurró él.
Ella se ruborizó levemente mientras tomaba asiento.
—Creo que tengo mejor aspecto que la última vez que me viste —comentó ella sin mirarlo todavía a los ojos.
—Supongo que el hombre que voy a conocer no ha llegado aún.
—No, todavía no... Podría haber preguntado si tenía una reserva para esta noche, pero Gérard es muy discreto y no me lo habría dicho. Siento haber llegado tarde. El avión se retrasó y el tráfico, como estoy segura de que te habrás dado cuenta, es horrible.
—¿Por qué no decidimos lo que vamos a pedir y charlamos después?
Paula volvió a pasear la mirada por el local, Pedro notó que se fijaba en cada persona que entraba. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos vidriosos. Quienquiera que fuera aquel hombre, ocupaba en ése momento los pensamientos de ella.
A él no le gustaba nada todo aquel asunto. Empezó a hablarle de un importante negocio que había cerrado en Hamburgo, inquieto ya con el nerviosismo que le había contagiado Paula. ¿Y si esa noche descubría algo que le resultaba imposible de aceptar? ¿Se la llevaría de todos modos a la cama?
Un camarero se llevó los platos de los entrantes. Paula estaba bebiendo poco y comiendo todavía menos.
—Si no te comes la cena —dijo Pedro—Gérard se sentirá insultado.
Ella lo miró como si no lo conociera.
—Quienquiera que sea ese hombre —añadió Slade en tono brusco—, detesto el peso que tiene sobre tí.
—Ni la mitad que lo detesto yo —murmuró ella—. Lo siento, Pepe. Parece que no hago más que disculparme contigo continuamente... Resulta de lo más tedioso por mi parte —esbozó una sonrisa demasiado brillante al camarero que colocó el plato de pato asado en la mesa delante de ella—. Tiene un aspecto delicioso —dijo ella, que lo miraba con algo parecido al aborrecimiento.
El camarero dejó con una floritura el plato de Pedro, les rellenó las copas de vino y desapareció. Paula tomó el tenedor, que al instante dejó caer de manera ruidosa. Un hombre de cabello castaño con una bonita rubia del brazo se dirigía hacia su mesa. Con torpeza, se puso de pie; la servilleta se le cayó al suelo.
—¿Papá? —balbuceó ella con una voz que Pedro apenas reconoció.
¿Papá? Pedro estaba mudo de asombro. El hombre misterioso era su padre. Su suposición de que sus padres no vivían había sido tan sólo eso; una suposición. Paula no le había dicho que hubieran fallecido. Él se levantó también. Pero a juzgar por el caso que le estaban haciendo Paula y su padre, era como si no existiera.
—Pau, qué sorpresa —dijo el hombre en un tono tan frío como la noche parisina.
—Sé que a menudo vienes a cenar aquí los martes —dijo ella en tono nervioso—. Pensé que tal vez te vería...
—Entonces esto no es una coincidencia.
Pedro trató de ahogar la oleada de rabia que sintió porque alguien, menos todavía su padre, pudiera hablarle de ése modo, con esa falta de sentimiento tan brutal. Entonces se presentó.
—Bonsoir, monsieur Chaves. Me llamo Pedro Alfonso.
—Miguel Chaves —respondió el otro hombre con urbanidad. No hizo intención de presentar a la mujer que llevaba colgada del brazo y cuyos ojos violeta devoraban con curiosidad cada detalle de la apariencia de Paula.
—¿Papá, podemos sentarnos los cuatro a tomar algo después de la cena? —le pidió Paula—. Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—Eso no sería conveniente, no —le tiró a la rubia de los dedos, que llevaba cargados de ostentosos anillos—. Nuestra mesa está lista, chérie. Vamos.
—Me llamo Silvia Tournier. No sabía que Miguel tuviera una hija —dijo la rubia en tono animado—. Paula, debes de tener menos años de los que aparentas.
Paula la miró sin entenderla.
—Tengo veintiséis años —entonces se volvió hacia su padre—. ¿Qué te parece mañana entonces, papá? No me voy de París hasta media tarde. ¿Podríamos quedar por la mañana a tomar café?
Paula estaba rogándole a su padre. Y que él supiera, no era una mujer que tuviera la costumbre de rogarle a nadie.
—Voy a volver al cháteau por la mañana —dijo Miguel en tono seco—. Los viñedos no se administran solos, tú deberías saber eso. Desde luego te beneficiaste de ello económicamente durante mucho tiempo.
—Hace muchos años que no he aceptado ni un penique tuyo.
—A diferencia de tu madre.
Paula se estremeció levemente.
—Te llamaré la próxima vez que venga a París —dijo ella—. O podría visitarte en el cháteau.
—Tal vez. Silvia, estamos haciendo esperar a Gérard.
Entonces la vió en el vestíbulo de entrada y sintió que se le formaba un nudo en el estómago. El portero la ayudó a quitarse el abrigo y Gérard le sonrió dándole la bienvenida. Al tiempo que el maître la acompañaba a la mesa, Pedro se puso de pie. Llevaba puesto su mejor traje italiano de raya diplomática, con la camisa azul y la corbata de seda que se había puesto para la fiesta de Mariana.
Pero Paula no lo miraba a él, sino que paseaba la mirada por el restaurante, fijándose en los ocupantes de cada mesa al pasar, visiblemente turbada. Cuando Gérard le retiró la silla, Pedro se inclinó hacia delante y le dio dos besos, incapaz de ocultar lo feliz que se sentía de volver a verla. Llevaba puesto un vestido verde mar de manga larga, bordado con hilo de plata; el escote era pronunciado y quedaba adornado por un colgante de plata que descansaba entre sus senos. Llevaba el cabello recogido en un moño alto con algunos mechones sueltos que le acariciaban las mejillas.
—Me dejas sin respiración —le susurró él.
Ella se ruborizó levemente mientras tomaba asiento.
—Creo que tengo mejor aspecto que la última vez que me viste —comentó ella sin mirarlo todavía a los ojos.
—Supongo que el hombre que voy a conocer no ha llegado aún.
—No, todavía no... Podría haber preguntado si tenía una reserva para esta noche, pero Gérard es muy discreto y no me lo habría dicho. Siento haber llegado tarde. El avión se retrasó y el tráfico, como estoy segura de que te habrás dado cuenta, es horrible.
—¿Por qué no decidimos lo que vamos a pedir y charlamos después?
Paula volvió a pasear la mirada por el local, Pedro notó que se fijaba en cada persona que entraba. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos vidriosos. Quienquiera que fuera aquel hombre, ocupaba en ése momento los pensamientos de ella.
A él no le gustaba nada todo aquel asunto. Empezó a hablarle de un importante negocio que había cerrado en Hamburgo, inquieto ya con el nerviosismo que le había contagiado Paula. ¿Y si esa noche descubría algo que le resultaba imposible de aceptar? ¿Se la llevaría de todos modos a la cama?
Un camarero se llevó los platos de los entrantes. Paula estaba bebiendo poco y comiendo todavía menos.
—Si no te comes la cena —dijo Pedro—Gérard se sentirá insultado.
Ella lo miró como si no lo conociera.
—Quienquiera que sea ese hombre —añadió Slade en tono brusco—, detesto el peso que tiene sobre tí.
—Ni la mitad que lo detesto yo —murmuró ella—. Lo siento, Pepe. Parece que no hago más que disculparme contigo continuamente... Resulta de lo más tedioso por mi parte —esbozó una sonrisa demasiado brillante al camarero que colocó el plato de pato asado en la mesa delante de ella—. Tiene un aspecto delicioso —dijo ella, que lo miraba con algo parecido al aborrecimiento.
El camarero dejó con una floritura el plato de Pedro, les rellenó las copas de vino y desapareció. Paula tomó el tenedor, que al instante dejó caer de manera ruidosa. Un hombre de cabello castaño con una bonita rubia del brazo se dirigía hacia su mesa. Con torpeza, se puso de pie; la servilleta se le cayó al suelo.
—¿Papá? —balbuceó ella con una voz que Pedro apenas reconoció.
¿Papá? Pedro estaba mudo de asombro. El hombre misterioso era su padre. Su suposición de que sus padres no vivían había sido tan sólo eso; una suposición. Paula no le había dicho que hubieran fallecido. Él se levantó también. Pero a juzgar por el caso que le estaban haciendo Paula y su padre, era como si no existiera.
—Pau, qué sorpresa —dijo el hombre en un tono tan frío como la noche parisina.
—Sé que a menudo vienes a cenar aquí los martes —dijo ella en tono nervioso—. Pensé que tal vez te vería...
—Entonces esto no es una coincidencia.
Pedro trató de ahogar la oleada de rabia que sintió porque alguien, menos todavía su padre, pudiera hablarle de ése modo, con esa falta de sentimiento tan brutal. Entonces se presentó.
—Bonsoir, monsieur Chaves. Me llamo Pedro Alfonso.
—Miguel Chaves —respondió el otro hombre con urbanidad. No hizo intención de presentar a la mujer que llevaba colgada del brazo y cuyos ojos violeta devoraban con curiosidad cada detalle de la apariencia de Paula.
—¿Papá, podemos sentarnos los cuatro a tomar algo después de la cena? —le pidió Paula—. Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—Eso no sería conveniente, no —le tiró a la rubia de los dedos, que llevaba cargados de ostentosos anillos—. Nuestra mesa está lista, chérie. Vamos.
—Me llamo Silvia Tournier. No sabía que Miguel tuviera una hija —dijo la rubia en tono animado—. Paula, debes de tener menos años de los que aparentas.
Paula la miró sin entenderla.
—Tengo veintiséis años —entonces se volvió hacia su padre—. ¿Qué te parece mañana entonces, papá? No me voy de París hasta media tarde. ¿Podríamos quedar por la mañana a tomar café?
Paula estaba rogándole a su padre. Y que él supiera, no era una mujer que tuviera la costumbre de rogarle a nadie.
—Voy a volver al cháteau por la mañana —dijo Miguel en tono seco—. Los viñedos no se administran solos, tú deberías saber eso. Desde luego te beneficiaste de ello económicamente durante mucho tiempo.
—Hace muchos años que no he aceptado ni un penique tuyo.
—A diferencia de tu madre.
Paula se estremeció levemente.
—Te llamaré la próxima vez que venga a París —dijo ella—. O podría visitarte en el cháteau.
—Tal vez. Silvia, estamos haciendo esperar a Gérard.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 32
Ella negó con la cabeza.
—Vayas a donde vayas, siempre podré encontrarte —le dijo en un tono que apenas si podía reconocer como propio.
—Si tienes sentimientos hacia mí, no lo harás —dijo Paula, con sus ojos turquesa de mirada suplicante—. Yo... El taxi ya debería estar aquí.
Cuando abría la puerta un taxi blanco se detenía precisamente delante de la casa y tocaba el claxon.
—Adiós, Pepe. Cuídate —murmuró ella.
Entonces agarró sus cosas, se metió en el taxi y desapareció de su vista. Pedro cerró la puerta. Las gruesas paredes de su casa ahogaban la mayor parte de los ruidos de la calle. ¿Sería posible sentirse tan tremendamente solo? Descolgó la cazadora del perchero y salió, perdiéndose al momento en el jaleo de las callejas de Florencia. El taxi había desaparecido. Caminaba sin ver. Ni siquiera la fabulosa Piazza del Duomo tuvo la habilidad de conmoverlo. Había dejado marchar a la única mujer que había llegado a movilizarlo de un modo del que ni siquiera se había creído capaz. A las siete de la mañana del día siguiente, estaba dormido, sumido en un sueño muy desagradable. El sonido de un timbre lo despertó y se incorporó rápidamente, todo sudoroso.
Era el timbre del teléfono.
—Alfonso—dijo con voz ronca.
—¿Pepe?
Él se aclaró la voz.
—¿Clea?
—¿Estás bien?
—Estaba dormido. ¿Dónde estás?
—Estoy en el aeropuerto y...
—Claro, ¿dónde ibas a estar? Eso es lo que mejor se te da en la vida, ¿No?
—¡Quieres callarte un momento y escucharme! Quiero que quedemos en París; el martes a cenar, en La Marguerite. ¿Lo conoces?
—Todo el mundo lo conoce. Es el mejor restaurante de París. La respuesta es no.
—Mira, sé que anoche no lo hice bien y lo siento. No estoy jugando contigo, de verdad que no. Hay alguien a quien quiero que conozcas —le dijo de manera atropellada—. Suele cenar los martes en La Marguerite. Te ayudaría a entender por qué soy como soy; por eso te lo estoy sugiriendo.
Pedro se frotó los ojos, tratando con todas sus fuerzas de ahuyentar el miedo y la aprensión que le había provocado la pesadilla.
—De acuerdo —dijo por fin en tono seco—. ¿A qué hora?
—A las ocho y media. Yo me ocuparé de hacer la reserva... Gracias, Pepe —se produjo una breve pausa durante la cual se oyó un vuelo que se anunciaba por megafonía—. Tengo que marcharme; están avisando para embarcar. Te veré el martes.
Pedro colgó y se levantó de la cama. Finalmente ella estaba tomando la iniciativa. En tres días conocería al responsable de su miedo al compromiso. De no haber estado tan aturdido por el horror de su pesadilla, le habría dicho lo valiente que le había parecido su gesto y lo mucho que apreciaba que lo hubiera llamado. ¿No era el primer atisbo de apertura por parte de ella? Siguió pensativo. Ella estaba dispuesta a hablarle de su pasado, a exponer las heridas que tan hondo la habían tocado. Él no podía añadir nada a ese dolor. No podía dejarla tirada, como había dicho ella. ¿Pero si se embarcaban en una aventura, cómo podía evitar hacerle daño? ¿Casándose con ella? Eso no podía hacerlo si no la amaba. Se dijo que debía ir con cautela. ¿Y si ponía las necesidades de ella por delante de las suyas propias de momento? Era una manera de ver las cosas, totalmente nueva para él: una que apenas entendía y que le daba un miedo terrorífico. La luz del sol iluminaba el Duomo. A través del cristal contempló el fluir incesante del tráfico. Rápidamente buscó su agenda electrónica en el bolsillo del pantalón. Tenía que hacer algunos cambios para poder estar en París el martes. No le importaba cancelar lo que hiciera falta con tal de tener la oportunidad de entender por qué Paula era así.
—Vayas a donde vayas, siempre podré encontrarte —le dijo en un tono que apenas si podía reconocer como propio.
—Si tienes sentimientos hacia mí, no lo harás —dijo Paula, con sus ojos turquesa de mirada suplicante—. Yo... El taxi ya debería estar aquí.
Cuando abría la puerta un taxi blanco se detenía precisamente delante de la casa y tocaba el claxon.
—Adiós, Pepe. Cuídate —murmuró ella.
Entonces agarró sus cosas, se metió en el taxi y desapareció de su vista. Pedro cerró la puerta. Las gruesas paredes de su casa ahogaban la mayor parte de los ruidos de la calle. ¿Sería posible sentirse tan tremendamente solo? Descolgó la cazadora del perchero y salió, perdiéndose al momento en el jaleo de las callejas de Florencia. El taxi había desaparecido. Caminaba sin ver. Ni siquiera la fabulosa Piazza del Duomo tuvo la habilidad de conmoverlo. Había dejado marchar a la única mujer que había llegado a movilizarlo de un modo del que ni siquiera se había creído capaz. A las siete de la mañana del día siguiente, estaba dormido, sumido en un sueño muy desagradable. El sonido de un timbre lo despertó y se incorporó rápidamente, todo sudoroso.
Era el timbre del teléfono.
—Alfonso—dijo con voz ronca.
—¿Pepe?
Él se aclaró la voz.
—¿Clea?
—¿Estás bien?
—Estaba dormido. ¿Dónde estás?
—Estoy en el aeropuerto y...
—Claro, ¿dónde ibas a estar? Eso es lo que mejor se te da en la vida, ¿No?
—¡Quieres callarte un momento y escucharme! Quiero que quedemos en París; el martes a cenar, en La Marguerite. ¿Lo conoces?
—Todo el mundo lo conoce. Es el mejor restaurante de París. La respuesta es no.
—Mira, sé que anoche no lo hice bien y lo siento. No estoy jugando contigo, de verdad que no. Hay alguien a quien quiero que conozcas —le dijo de manera atropellada—. Suele cenar los martes en La Marguerite. Te ayudaría a entender por qué soy como soy; por eso te lo estoy sugiriendo.
Pedro se frotó los ojos, tratando con todas sus fuerzas de ahuyentar el miedo y la aprensión que le había provocado la pesadilla.
—De acuerdo —dijo por fin en tono seco—. ¿A qué hora?
—A las ocho y media. Yo me ocuparé de hacer la reserva... Gracias, Pepe —se produjo una breve pausa durante la cual se oyó un vuelo que se anunciaba por megafonía—. Tengo que marcharme; están avisando para embarcar. Te veré el martes.
Pedro colgó y se levantó de la cama. Finalmente ella estaba tomando la iniciativa. En tres días conocería al responsable de su miedo al compromiso. De no haber estado tan aturdido por el horror de su pesadilla, le habría dicho lo valiente que le había parecido su gesto y lo mucho que apreciaba que lo hubiera llamado. ¿No era el primer atisbo de apertura por parte de ella? Siguió pensativo. Ella estaba dispuesta a hablarle de su pasado, a exponer las heridas que tan hondo la habían tocado. Él no podía añadir nada a ese dolor. No podía dejarla tirada, como había dicho ella. ¿Pero si se embarcaban en una aventura, cómo podía evitar hacerle daño? ¿Casándose con ella? Eso no podía hacerlo si no la amaba. Se dijo que debía ir con cautela. ¿Y si ponía las necesidades de ella por delante de las suyas propias de momento? Era una manera de ver las cosas, totalmente nueva para él: una que apenas entendía y que le daba un miedo terrorífico. La luz del sol iluminaba el Duomo. A través del cristal contempló el fluir incesante del tráfico. Rápidamente buscó su agenda electrónica en el bolsillo del pantalón. Tenía que hacer algunos cambios para poder estar en París el martes. No le importaba cancelar lo que hiciera falta con tal de tener la oportunidad de entender por qué Paula era así.
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