—Nada de lo que me enseñes me va a convencer de que seas una mujer inestable y coqueta, que cambia de hombre como quien se cambia de zapatos. No concuerda con la Paula que estoy empezando a conocer: la que quiere dejar en libertad a unos pájaros, la que habla con unos adolescentes, la que ayuda a los demás —aspiró hondo—. Creo que ésa es la Paula verdadera.
—¡Estás complicándolo todo!
—Eres una pura contradicción, Pau. Según tú, te acuestas con cualquiera. Sin embargo, no me permites que me acerque a tí. Yo...
El camarero se acercó en ese momento con lo que habían pedido. Pedro se pasó la mano por el pelo. Se sentía frustrado, inquieto y confuso. Lo único que no tenía era hambre. Cuando el camarero desapareció, Paula alargó el brazo impulsivamente y colocó su mano sobre la de Pedro.
—Esto es lo que yo temía, hacerte daño —dijo ella con agitación—. Por eso hice lo posible por rechazarte la primera vez que nos conocimos.
Tenía los dedos finos y sin anillos y las uñas de un suave color rosado. Pedro vió sus finas venas azuladas bajo la piel marfileña. Como si no pudiera evitarlo, se llevó su mano a los labios y cerró los ojos mientras aspiraba su aroma y sentía el calor en su piel, íntimo y deseado. Se le aceleró el pulso y se excitó en un segundo. Cuando levantó la vista, la mirada de ella le llegó hondo; una mirada brillante de deseo y de anhelo desconsolado. En sus pestañas había lágrimas y sus ojos turquesa eran tan vulnerables como jamás los había visto. ¿Si una simple caricia la conmovía de tal modo, qué no le haría el acto de amor? Sólo había un modo de averiguarlo.
—No soy como el resto de tus hombres; no voy a reaccionar a tu capricho ni a desaparecer convenientemente cuando te parezca. Tú misma has dicho que soy diferente. ¿Así que, por qué no pruebas algo distinto? Radicalmente distinto. La exclusividad. Conmigo.
Ella retiró la mano y se enjugó las lágrimas, sabiendo que su caricia la había tocado en un lugar que ella hacía lo posible para que permaneciera intacto.
—Cada vez que estoy cerca de tí deseo tan desesperadamente hacer el amor... eso a pesar del miedo que me das. Pero yo no me comprometo, Pedro. Con nadie.
—Pasa las Navidades con mi familia y conmigo. Conóceme. Tal vez así podrás cambiar de opinión.
Ella tomó el tenedor y sacó un mejillón del caparazón.
—Siempre paso las Navidades con unos amigos en Trinidad —le dijo en tono contenido—. Ni San Nicolás, ni pavo para cenar, ni nieve, ni niños.
—¿Nada de familia? —De familia menos.
Recordó cómo había tomado al pequeño en brazos; cómo ese niño se había reído con ella.
—¿No quieres tener hijos?
Ella se estremeció levemente.
—Tal vez algún día.
—Entonces vas a tener que comprometerte, ¿Verdad? —dijo él, y por una vez ella no supo qué responderle.
Él empezó a comer, notando que ella apenas había probado el vino esa noche. Era él quien tenía ganas de emborracharse. Estaba seguro de que jamás había conocido a una mujer tan testaruda como Paula Chaves.
Después de cenar tomaron un taxi al hotel; ella se sentó lo más lejos posible de él. El taxi se detuvo delante de un edificio rococó que albergaba un hotel llamado Den Lille Havfrue, La Sirenita.
—Era la hija de un rey del mar que se perdió cuando se enamoró de un humano — dijo Paula con cierto nerviosismo; entonces el pánico se apoderó de ella al ver que Pedro se echaba la mano al bolsillo para sacar la cartera—. No tienes necesidad de salir —le dijo apresuradamente.
—Te acompaño adentro —dijo él y pagó al taxista.
Paula no quería que Pedro la acompañara al hotel; sobre todo cuando su propio cuerpo la traicionaba de ese modo.
Cuando Paula empezó a charlar de por qué le gustaba el hotel y de lo céntrico que estaba, Pedro se dió cuenta de su nerviosismo. El portero de abrigo color ciruela oscuro les abrió la puerta para que accedieran al vestíbulo, donde unas columnas doradas rodeaban una mesa antigua con un ramo de lilas en el centro. Ella se volvió hacia Pedro y se dirigió a él en un tono más chillón que de costumbre.
—Buenas noches.
—No hemos quedado para nuestra próxima cita. Y no vamos a hacerlo en un lugar público. ¿En qué planta está tu habitación?
Tenía ganas de echarse a llorar o de ponerse a gritar, pero eso echaría por tierra la reputación de la que gozaba allí.
—Mi suite está en el último piso.
Cuando entraron en la suite, Pedro paseó la mirada por la habitación. Más elegancia rococó. La puerta del dormitorio estaba abierta de par en par. A través de ella, vió la amplia cama con un dosel y unas cortinas de brocado en color ciruela.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 23
—Caminemos un poco más —dijo Pedro.
Siguieron la circunferencia del lago. Al otro lado, un grupo de adolescentes mal vestidos aparecieron delante de ellos; Paula se puso tensa y se le ocurrió que tenía que retroceder o hacer algo antes de que la vieran. Pero era demasiado tarde. La chica que iba delante, que tenía pendientes en la naríz, en las orejas y en el labio inferior, gritó el nombre de Paula y echó a correr hacia ella mientras se lanzaba a hablar en danés a toda velocidad. Los demás chicos también se acercaron corriendo y la rodearon , muy contentos de haberla visto. Cuando se despidieron de ella un par de minutos después, Pedro le preguntó con naturalidad:
—¿De qué estaban hablando?
—¿De verdad no entiendes el danés? —dijo Paula—. ¿Sólo las dos palabras que me has dicho?
—Nada más.
Ella decidió contarle sólo parte de la verdad.
—Piden junto a la estación. Una vez les dí dinero y me puse a hablar con ellos. Eso es todo.
—No lo creo —dijo él en tono seco.
—¿Me estás llamando mentirosa?
—Cuéntame el resto de la historia, Pau.
—Me cayeron bien —dijo ella—. Lo arreglé para que puedan dormir en un hostal a expensas mías —que también era una verdad a medias—. ¿Podemos hablar de otra cosa?
—Qué amable por tu parte —dijo él.
—¿Con la cantidad de dinero que tengo? —respondió Paula.
—Te has implicado personalmente; por eso es un gesto amable. Cualquiera que tenga dinero puede regalarlo.
De pronto relacionó en su mente aquel tema con Mariana. Mariana también se implicaba como Paula. ¿Sería ésa la naturaleza del vínculo entre las dos? Misterios y más misterios.
—Vamos a buscar algún sitio donde podamos sentarnos.
—Hay un restaurante muy elegante en mi hotel —dijo Paula en tono tirante.
Seducirlo no parecía su propósito y Pedro se dijo que su atuendo no era formal.
—He visto un sitio que me ha gustado cerca del auditorio —dijo él. Y en cinco minutos estaban sentados en una pintoresca casita de campo donde tenían el menú en inglés y en danés.
—Todavía no has contestado a mi pregunta —le dijo Pedro después de pedir—. Así que la voy a contestar yo. Me apuesto lo que quieras a que no te has acostado con San Nicolás.
Paula lo miró con cautela. Por supuesto, tenía razón.
—¿Por qué lo dices?
—¿Te acuerdas de las fotos de las revistas que me enseñaste? Bien, cuanto más te trato, menos me inclino a creer que puedan ser evidencia de tu... cómo llamarla, promiscuidad —Pedro hizo una pausa, conmovido como siempre por la inteligencia de su mirada y la vulnerable curva de sus labios—. Tú tienes algo especial... — continuó él despacio—. Una ingenuidad que te sale de dentro.
Paula se deslizó hacia delante y le respondió en tono irritado.
—Puedes creer lo que quieras.
—Las pantallas de humo son... tu especialidad.
—Ya conoces el dicho ése de que no hay humo sin fuego.
—Tú no has sabido lo que era un fuego hasta que me has conocido a mí.
—¿Cómo puedes decir eso? —le respondió con cierta indignación.
—La primera vez que te besé te entró un miedo horrible... Fue en el Muelle del Pescador, ¿Recuerdas? Y eso fue porque desperté a la mujer apasionada que llevas dentro. Una mujer que no tiene nada que ver con la de esos recortes de periódico.
—Deberías estar escribiendo libros —comentó ella con sarcasmo—. La ficción es tu especialidad.
Siguieron la circunferencia del lago. Al otro lado, un grupo de adolescentes mal vestidos aparecieron delante de ellos; Paula se puso tensa y se le ocurrió que tenía que retroceder o hacer algo antes de que la vieran. Pero era demasiado tarde. La chica que iba delante, que tenía pendientes en la naríz, en las orejas y en el labio inferior, gritó el nombre de Paula y echó a correr hacia ella mientras se lanzaba a hablar en danés a toda velocidad. Los demás chicos también se acercaron corriendo y la rodearon , muy contentos de haberla visto. Cuando se despidieron de ella un par de minutos después, Pedro le preguntó con naturalidad:
—¿De qué estaban hablando?
—¿De verdad no entiendes el danés? —dijo Paula—. ¿Sólo las dos palabras que me has dicho?
—Nada más.
Ella decidió contarle sólo parte de la verdad.
—Piden junto a la estación. Una vez les dí dinero y me puse a hablar con ellos. Eso es todo.
—No lo creo —dijo él en tono seco.
—¿Me estás llamando mentirosa?
—Cuéntame el resto de la historia, Pau.
—Me cayeron bien —dijo ella—. Lo arreglé para que puedan dormir en un hostal a expensas mías —que también era una verdad a medias—. ¿Podemos hablar de otra cosa?
—Qué amable por tu parte —dijo él.
—¿Con la cantidad de dinero que tengo? —respondió Paula.
—Te has implicado personalmente; por eso es un gesto amable. Cualquiera que tenga dinero puede regalarlo.
De pronto relacionó en su mente aquel tema con Mariana. Mariana también se implicaba como Paula. ¿Sería ésa la naturaleza del vínculo entre las dos? Misterios y más misterios.
—Vamos a buscar algún sitio donde podamos sentarnos.
—Hay un restaurante muy elegante en mi hotel —dijo Paula en tono tirante.
Seducirlo no parecía su propósito y Pedro se dijo que su atuendo no era formal.
—He visto un sitio que me ha gustado cerca del auditorio —dijo él. Y en cinco minutos estaban sentados en una pintoresca casita de campo donde tenían el menú en inglés y en danés.
—Todavía no has contestado a mi pregunta —le dijo Pedro después de pedir—. Así que la voy a contestar yo. Me apuesto lo que quieras a que no te has acostado con San Nicolás.
Paula lo miró con cautela. Por supuesto, tenía razón.
—¿Por qué lo dices?
—¿Te acuerdas de las fotos de las revistas que me enseñaste? Bien, cuanto más te trato, menos me inclino a creer que puedan ser evidencia de tu... cómo llamarla, promiscuidad —Pedro hizo una pausa, conmovido como siempre por la inteligencia de su mirada y la vulnerable curva de sus labios—. Tú tienes algo especial... — continuó él despacio—. Una ingenuidad que te sale de dentro.
Paula se deslizó hacia delante y le respondió en tono irritado.
—Puedes creer lo que quieras.
—Las pantallas de humo son... tu especialidad.
—Ya conoces el dicho ése de que no hay humo sin fuego.
—Tú no has sabido lo que era un fuego hasta que me has conocido a mí.
—¿Cómo puedes decir eso? —le respondió con cierta indignación.
—La primera vez que te besé te entró un miedo horrible... Fue en el Muelle del Pescador, ¿Recuerdas? Y eso fue porque desperté a la mujer apasionada que llevas dentro. Una mujer que no tiene nada que ver con la de esos recortes de periódico.
—Deberías estar escribiendo libros —comentó ella con sarcasmo—. La ficción es tu especialidad.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 22
—Hej, Pedro... Entonces, has venido.
—¿Acaso esperabas otra cosa?
—No lo había pensado demasiado, la verdad —le dijo ella con altanería.
—Se te da muy mal mentir —dijo él, que la miró de arriba abajo, tomándose su tiempo.
Llevaba puesta una chaqueta tres cuartos de cachemir verde que resaltaba el color fuego de su cabello.
Él se quitó el guante y le puso la mano en la mejilla, que ella tenía enrojecida del frío.
—Ni se te ocurra besarme delante de todos estos niños —dijo Paula con menos empeño del debido.
—El beso que tengo en mente darte, no.
Ella se sonrojó de nuevo, ya que se imaginaba vivamente ese beso.
—Sólo piensas en una cosa —dijo ella fingiendo un mohín.
—¿Cómo estás? —le preguntó él bruscamente.
Ella abrió mucho los ojos con gesto inocente.
—Aquí estoy, haciendo mis tareas de Navidad temprano para terminar antes — dijo—. Estoy bien.
¿Así que Paula tenía la intención de comportarse de ese modo? En la superficie, todo ligero y fácil... ¿Pero cuándo se había él echado atrás ante un reto?
—Estás preciosa, sexy y totalmente bella —le dijo él—. ¿Soy el primer hombre que te lo ha dicho hoy?
—En realidad sí que lo eres.
—San Nicolás debe de estar ciego... ¿Lo conoces desde hace mucho tiempo?
Ella lo miró.
—Desde hace tres años.
La pregunta se le escapó antes de que le diera tiempo a reprimirla:
—¿Te has acostado con él?
—Hay niños por aquí —le soltó ella con fastidio—. Caminemos un rato, me encanta mirar todas las luces.
—Vamos —respondió él en tono agradable.
Pero en cuanto salieron, Pedro la condujo entre las sombras de un enorme árbol de hoja perenne y le dió un beso alimentado por tres semanas de frustración sexual y de continuos sueños eróticos. A pesar de que sus intenciones habían sido otras, Paula le agarró del cuello del abrigo y deslizó la lengua sobre la suya. A partir de entonces se olvidó de todo. Un calor intenso recorrió a Pedro; un calor ardiente que lo turbaba con su exigencia. Quería arrastrarla detrás de unos árboles y hacerle el amor contra uno de ellos. Hacerle el amor hasta que ninguno de los dos pudiera respirar, hasta que las sensaciones saturaran sus cuerpos... Y mientras tanto continuaba saboreando los movimientos de su lengua, la dulzura de su boca, la suavidad de sus labios apretándose contra los suyos. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, echó la cabeza hacia atrás.
—Si no dejamos esto ahora mismo —jadeó—, vamos a tener que echarnos al suelo bajo éste árbol.
La rápida respiración de Paula formaba leves bocanadas blancas en el aire frío.
—Se me estropearía el abrigo —dijo sin aliento.
—Desde luego merecemos algo mejor que una cama de pinchos para la primera vez que hagamos el amor.
—¡No vamos a hacer el amor... jamás!
—Aún no has contestado a mi pregunta.
—Ya se me ha olvidado lo que me has preguntado —murmuró Paula.
—¿Ese alegre San Nicolás, ha sido uno de tus amantes?
Ella se puso colorada.
—Yo no te pregunto sobre tu vida sexual.
—Me enseñaste los recortes de periódico, de modo que no espero que seas virgen; tienes veintiséis años y un pasado. Pero estoy seguro de que no quiero estar topándome con ex amantes tuyos a cada paso que demos.
—Te oigo perfectamente, Pedro—le soltó ella mientras se preguntaba si en su vida se había sentido tan molesta como en ése momento—. Si sigues subiendo la voz te va a oír todo el mundo.
Él la tomó de la mano, se apartaron de los árboles y cambió de tema adrede.
—Acabo de llegar de Latvia; llegué hasta allí desde Moscú.
Hacía muchísimo frío. Su perfil, afilado como el de un halcón, se recortaba contra las luces.
—¿Qué estabas haciendo en Latvia?
De un modo entretenido, él empezó a relatarle las vicisitudes de las tres últimas semanas y fue recompensado por la risa de Paula. Pasearon por algunas de las boutiques del mercado, donde ella se detuvo repentinamente junto a una mesa alargada. Agarró un pequeño broche de esmalte en forma de oso de peluche.
—Lo voy a comprar para tí —dijo ella—. Aunque tú no te parezcas a un osito.
—No lo creo —respondió Pedro, muy complacido con aquel sencillo gesto.
Ella sacó su tarjeta de crédito.
—Será un recuerdo de la Navidad en los Jardines del Tívoli.
—¿Crees de verdad que me olvidaría de esto?
—Ja —dijo ella—. Los hombres tienen poca memoria —le prendió el broche al cuello de la camisa con expresión de concentración.
Le rozó el cuello con la punta de los dedos; al estar tan cerca de él, le llegó el aroma de su perfume, elaborado y seductor.
—Tak... Ésa es la otra palabra que conozco en danés. Tengo algo para tí; los ví en la Quinta Avenida.
Sacó un pequeño estuche del bolsillo. Paula pestañeó al ver el nombre de la joyería. Dentro del estuche había unos pendientes de oro en forma de pájaro con las alas extendidas.
—Son libres...
—Sí, por eso te los compré.
Por un instante Paula se preguntó si se iba a echar a llorar. Así que enseguida guardó la caja en su bolso de cuero negro y controló sus emociones.
—Son preciosos, gracias.
Pedro se dió cuenta de que sus defensas eran muy fuertes. ¿Pero para qué había ido allí, sino para averiguar cómo echarlas abajo?
—¿Acaso esperabas otra cosa?
—No lo había pensado demasiado, la verdad —le dijo ella con altanería.
—Se te da muy mal mentir —dijo él, que la miró de arriba abajo, tomándose su tiempo.
Llevaba puesta una chaqueta tres cuartos de cachemir verde que resaltaba el color fuego de su cabello.
Él se quitó el guante y le puso la mano en la mejilla, que ella tenía enrojecida del frío.
—Ni se te ocurra besarme delante de todos estos niños —dijo Paula con menos empeño del debido.
—El beso que tengo en mente darte, no.
Ella se sonrojó de nuevo, ya que se imaginaba vivamente ese beso.
—Sólo piensas en una cosa —dijo ella fingiendo un mohín.
—¿Cómo estás? —le preguntó él bruscamente.
Ella abrió mucho los ojos con gesto inocente.
—Aquí estoy, haciendo mis tareas de Navidad temprano para terminar antes — dijo—. Estoy bien.
¿Así que Paula tenía la intención de comportarse de ese modo? En la superficie, todo ligero y fácil... ¿Pero cuándo se había él echado atrás ante un reto?
—Estás preciosa, sexy y totalmente bella —le dijo él—. ¿Soy el primer hombre que te lo ha dicho hoy?
—En realidad sí que lo eres.
—San Nicolás debe de estar ciego... ¿Lo conoces desde hace mucho tiempo?
Ella lo miró.
—Desde hace tres años.
La pregunta se le escapó antes de que le diera tiempo a reprimirla:
—¿Te has acostado con él?
—Hay niños por aquí —le soltó ella con fastidio—. Caminemos un rato, me encanta mirar todas las luces.
—Vamos —respondió él en tono agradable.
Pero en cuanto salieron, Pedro la condujo entre las sombras de un enorme árbol de hoja perenne y le dió un beso alimentado por tres semanas de frustración sexual y de continuos sueños eróticos. A pesar de que sus intenciones habían sido otras, Paula le agarró del cuello del abrigo y deslizó la lengua sobre la suya. A partir de entonces se olvidó de todo. Un calor intenso recorrió a Pedro; un calor ardiente que lo turbaba con su exigencia. Quería arrastrarla detrás de unos árboles y hacerle el amor contra uno de ellos. Hacerle el amor hasta que ninguno de los dos pudiera respirar, hasta que las sensaciones saturaran sus cuerpos... Y mientras tanto continuaba saboreando los movimientos de su lengua, la dulzura de su boca, la suavidad de sus labios apretándose contra los suyos. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, echó la cabeza hacia atrás.
—Si no dejamos esto ahora mismo —jadeó—, vamos a tener que echarnos al suelo bajo éste árbol.
La rápida respiración de Paula formaba leves bocanadas blancas en el aire frío.
—Se me estropearía el abrigo —dijo sin aliento.
—Desde luego merecemos algo mejor que una cama de pinchos para la primera vez que hagamos el amor.
—¡No vamos a hacer el amor... jamás!
—Aún no has contestado a mi pregunta.
—Ya se me ha olvidado lo que me has preguntado —murmuró Paula.
—¿Ese alegre San Nicolás, ha sido uno de tus amantes?
Ella se puso colorada.
—Yo no te pregunto sobre tu vida sexual.
—Me enseñaste los recortes de periódico, de modo que no espero que seas virgen; tienes veintiséis años y un pasado. Pero estoy seguro de que no quiero estar topándome con ex amantes tuyos a cada paso que demos.
—Te oigo perfectamente, Pedro—le soltó ella mientras se preguntaba si en su vida se había sentido tan molesta como en ése momento—. Si sigues subiendo la voz te va a oír todo el mundo.
Él la tomó de la mano, se apartaron de los árboles y cambió de tema adrede.
—Acabo de llegar de Latvia; llegué hasta allí desde Moscú.
Hacía muchísimo frío. Su perfil, afilado como el de un halcón, se recortaba contra las luces.
—¿Qué estabas haciendo en Latvia?
De un modo entretenido, él empezó a relatarle las vicisitudes de las tres últimas semanas y fue recompensado por la risa de Paula. Pasearon por algunas de las boutiques del mercado, donde ella se detuvo repentinamente junto a una mesa alargada. Agarró un pequeño broche de esmalte en forma de oso de peluche.
—Lo voy a comprar para tí —dijo ella—. Aunque tú no te parezcas a un osito.
—No lo creo —respondió Pedro, muy complacido con aquel sencillo gesto.
Ella sacó su tarjeta de crédito.
—Será un recuerdo de la Navidad en los Jardines del Tívoli.
—¿Crees de verdad que me olvidaría de esto?
—Ja —dijo ella—. Los hombres tienen poca memoria —le prendió el broche al cuello de la camisa con expresión de concentración.
Le rozó el cuello con la punta de los dedos; al estar tan cerca de él, le llegó el aroma de su perfume, elaborado y seductor.
—Tak... Ésa es la otra palabra que conozco en danés. Tengo algo para tí; los ví en la Quinta Avenida.
Sacó un pequeño estuche del bolsillo. Paula pestañeó al ver el nombre de la joyería. Dentro del estuche había unos pendientes de oro en forma de pájaro con las alas extendidas.
—Son libres...
—Sí, por eso te los compré.
Por un instante Paula se preguntó si se iba a echar a llorar. Así que enseguida guardó la caja en su bolso de cuero negro y controló sus emociones.
—Son preciosos, gracias.
Pedro se dió cuenta de que sus defensas eran muy fuertes. ¿Pero para qué había ido allí, sino para averiguar cómo echarlas abajo?
Seducción: Capítulo 21
El único deseo de él era consolarla, pensaba Pedro mientras le echaba el brazo por los hombros. El contacto, cálido, insufriblemente íntimo, sacó a Paula de su ensimismamiento; se retiró y lo miró con una expresión desprovista de emoción alguna.
—El taxi estará esperando —dijo ella.
—Que espere. ¿Qué ocurre?
—Estoy cansada, he bebido mucho vino y quiero estar sola.
—No me importa con cuántos hombres salgas, estás sola demasiado tiempo. En la jaula en que tú misma te has metido.
—¡Tú no sabes cómo es mi vida!
—Te he tratado lo suficiente como para hacer una suposición aproximada.
Con el semblante pálido de rabia y desesperada por alejarse de él, Paula dijo en tono furioso:
—Si alguna vez te cansas de los molinos de viento, puedes empezar con la psiquiatría.
Entonces se dió la vuelta y echó a andar apresuradamente a lo largo del estanque ornamental con su fuente de filigrana. A la puerta, cuando se detuvo, Pedro la alcanzó. El taxi estaba esperando, con el motor encendido. Él no estaba de humor para sutilezas.
—No puedes huir de mí —le dijo mientras la agarraba del brazo—. Lo sabes... y yo también.
—Puedo huir cuando yo quiera.
—Asegúrate de que acabas en el Tivoli de aquí a tres semanas.
Con una explosiva mezcla de rabia y deseo, Paula le agarró la cara con una mano, clavándole al hacerlo las uñas en la piel y lo besó apasionadamente en la boca. Entonces abrió la puerta trasera del taxi y se sentó. Pedro le sujetó la puerta con la risa brillándole en los ojos.
—Para mí la tierra acaba de dar un vuelco. ¿Para tí también, Pau?
—He tomado demasiado vino —respondió deseando que fuera la verdad y le dió al taxista el nombre de su hotel—. Adiós, Pedro.
—Engañarse a uno mismo es muy peligroso —dijo él—. Te veo dentro de tres semanas.
Mientras él cerraba la puerta con suavidad notó que sus facciones eran un compendió de conflictivas emociones. El taxi se alejó y Pedro se quedó mirándolo hasta que las luces desaparecieron a la vuelta de la esquina.
Los loros seguirían en sus jaulas por la mañana. ¿Pero dónde estaría Paula? Copenhague a principios de diciembre le resultó inesperadamente gélido y una capa de varios centímetros de nieve alfombraba la ciudad. Había volado desde Latvia, así que llevaba un abrigo de piel vuelta y botas forradas de piel cuando cruzó la entrada principal brillantemente iluminada de los Jardines del Tívoli, en Vesterbrogade. Se sentía tan nervioso como un niño de siete años la mañana de Navidad. Paula había obsesionado sus pensamientos durante las tres últimas semanas. Sólo le quedaba buscar a San Nicolás. Y a ella. Como había llegado con cuarenta y cinco minutos de antelación, tenía muchísimo tiempo. Y aunque apenas hablaba unas frases en danés, la primera persona a la que preguntó le contestó en un inglés impecable y le dió las indicaciones que necesitaba. De modo que en diez minutos estaba de pie a un lado de un soportal que cobijaba una manada de renos, sacos de juguetes y a un San Nicolás vestido de rojo con una barba blanca y gafas de montura dorara. Un grupo de niños se arremolinaba alrededor de las rodillas de San Nicolás, mientras sus padres los observaban desde los laterales.
De detrás de un enorme trineo rojo salió una mujer con los brazos cargados de paquetes. Se los pasó a algunos de los ayudantes de San Nicolás y entonces se agachó para hablar con una niña. Otra niña la agarró de la manga y al momento un grupo de niños reía a su alrededor. Pedro permaneció muy quieto en las sombras del edifició. Ésa era una faceta de Paula que no había visto aún y que jamás habría sospechado. Parecía muy a gusto; parecía, pensaba Pedro, como si amara a los niños; y eso que ella era una mujer que no podía contemplar la posibilidad de comprometerse. Algo más que añadir al enigma que era Paula.
Entonces Paula echó un vistazo a su reloj y se puso de pie. Un niño pequeño estaba sentado en una de las rodillas de San Nicolás y lo tomó en brazos y se lo llevó a su madre. San Nicolás le dijo algo y ella se echó a reír y le dió un tirón de la barba. Entonces volvió a su tarea de sacar regalos del trineo. Bajo su traje rojo y su barba blanca, San Nicolás podría ser cualquiera. Por ejemplo, uno de los hombres con los que ella tanteaba el terreno.
Pedro miró su reloj. Eran las cinco menos cinco, hora de hacer su aparición. Así que entró en el soportal. Cuando Paula apareció de detrás del trineo para continuar pasando los regalos a los ayudantes, él le dijo con voz clara:
—Goddag, Pau. Es la mitad de lo que sé de danés.
Aunque Paula había estado esperándolo, se dió un pequeño susto al oír su voz, como siempre desconcertada por su mera presencia, tan cargada de aquel magnetismo animal.
—El taxi estará esperando —dijo ella.
—Que espere. ¿Qué ocurre?
—Estoy cansada, he bebido mucho vino y quiero estar sola.
—No me importa con cuántos hombres salgas, estás sola demasiado tiempo. En la jaula en que tú misma te has metido.
—¡Tú no sabes cómo es mi vida!
—Te he tratado lo suficiente como para hacer una suposición aproximada.
Con el semblante pálido de rabia y desesperada por alejarse de él, Paula dijo en tono furioso:
—Si alguna vez te cansas de los molinos de viento, puedes empezar con la psiquiatría.
Entonces se dió la vuelta y echó a andar apresuradamente a lo largo del estanque ornamental con su fuente de filigrana. A la puerta, cuando se detuvo, Pedro la alcanzó. El taxi estaba esperando, con el motor encendido. Él no estaba de humor para sutilezas.
—No puedes huir de mí —le dijo mientras la agarraba del brazo—. Lo sabes... y yo también.
—Puedo huir cuando yo quiera.
—Asegúrate de que acabas en el Tivoli de aquí a tres semanas.
Con una explosiva mezcla de rabia y deseo, Paula le agarró la cara con una mano, clavándole al hacerlo las uñas en la piel y lo besó apasionadamente en la boca. Entonces abrió la puerta trasera del taxi y se sentó. Pedro le sujetó la puerta con la risa brillándole en los ojos.
—Para mí la tierra acaba de dar un vuelco. ¿Para tí también, Pau?
—He tomado demasiado vino —respondió deseando que fuera la verdad y le dió al taxista el nombre de su hotel—. Adiós, Pedro.
—Engañarse a uno mismo es muy peligroso —dijo él—. Te veo dentro de tres semanas.
Mientras él cerraba la puerta con suavidad notó que sus facciones eran un compendió de conflictivas emociones. El taxi se alejó y Pedro se quedó mirándolo hasta que las luces desaparecieron a la vuelta de la esquina.
Los loros seguirían en sus jaulas por la mañana. ¿Pero dónde estaría Paula? Copenhague a principios de diciembre le resultó inesperadamente gélido y una capa de varios centímetros de nieve alfombraba la ciudad. Había volado desde Latvia, así que llevaba un abrigo de piel vuelta y botas forradas de piel cuando cruzó la entrada principal brillantemente iluminada de los Jardines del Tívoli, en Vesterbrogade. Se sentía tan nervioso como un niño de siete años la mañana de Navidad. Paula había obsesionado sus pensamientos durante las tres últimas semanas. Sólo le quedaba buscar a San Nicolás. Y a ella. Como había llegado con cuarenta y cinco minutos de antelación, tenía muchísimo tiempo. Y aunque apenas hablaba unas frases en danés, la primera persona a la que preguntó le contestó en un inglés impecable y le dió las indicaciones que necesitaba. De modo que en diez minutos estaba de pie a un lado de un soportal que cobijaba una manada de renos, sacos de juguetes y a un San Nicolás vestido de rojo con una barba blanca y gafas de montura dorara. Un grupo de niños se arremolinaba alrededor de las rodillas de San Nicolás, mientras sus padres los observaban desde los laterales.
De detrás de un enorme trineo rojo salió una mujer con los brazos cargados de paquetes. Se los pasó a algunos de los ayudantes de San Nicolás y entonces se agachó para hablar con una niña. Otra niña la agarró de la manga y al momento un grupo de niños reía a su alrededor. Pedro permaneció muy quieto en las sombras del edifició. Ésa era una faceta de Paula que no había visto aún y que jamás habría sospechado. Parecía muy a gusto; parecía, pensaba Pedro, como si amara a los niños; y eso que ella era una mujer que no podía contemplar la posibilidad de comprometerse. Algo más que añadir al enigma que era Paula.
Entonces Paula echó un vistazo a su reloj y se puso de pie. Un niño pequeño estaba sentado en una de las rodillas de San Nicolás y lo tomó en brazos y se lo llevó a su madre. San Nicolás le dijo algo y ella se echó a reír y le dió un tirón de la barba. Entonces volvió a su tarea de sacar regalos del trineo. Bajo su traje rojo y su barba blanca, San Nicolás podría ser cualquiera. Por ejemplo, uno de los hombres con los que ella tanteaba el terreno.
Pedro miró su reloj. Eran las cinco menos cinco, hora de hacer su aparición. Así que entró en el soportal. Cuando Paula apareció de detrás del trineo para continuar pasando los regalos a los ayudantes, él le dijo con voz clara:
—Goddag, Pau. Es la mitad de lo que sé de danés.
Aunque Paula había estado esperándolo, se dió un pequeño susto al oír su voz, como siempre desconcertada por su mera presencia, tan cargada de aquel magnetismo animal.
Seducción: Capítulo 20
—Monsieur no desea pedir otra botella —dijo Paula—. Madame ha bebido más que suficiente.
Él no estuvo seguro de si tenía ganas de reírse de ella o de darle con la botella casi vacía en la cabeza.
—Después de que practiquemos el sexo en Copenhague, porque no estamos hablando de hacer el amor aquí, cada uno se va por su lado... ¿Es así como tú lo ves?
—Cuando practicas el sexo —dijo para eludir la pregunta—, pierdes interés. ¿No?
Desgraciadamente, ella se había acercado mucho a la verdad.
—¿Quién es el dueño de las viñas, Pau? ¿Y qué te hizo?
Ella dejó la copa con tanta rapidez sobre la mesa que se le vertió un poco de vino en el dorso de la mano. El vino, rojo como la sangre, pensaba Pedro al tiempo que se percataba de su leve temblor.
—Podrías averiguarlo fácilmente —dijo ella—. Y los dos lo sabemos.
—Podría. Pero no voy a hacerlo. Tú tienes derecho a tu privacidad. Además, preferiría que me lo contaras tú.
—Como si eso fuera a ocurrir...
—La amargura no te sienta bien.
—No todo el mundo ha llevado una existencia tan encantadora como la tuya, Pedro.
Él pensó en la habitación oscura y silenciosa, fría y húmeda.
—Supongo que he sido más afortunado que muchos —le dijo sin revelar sus pensamientos.
Ella levantó la cabeza.
—He tocado tu talón de Aquiles, ¿Verdad? —dijo ella—. Lo siento, Pedro.
Él tomó la servilleta y le limpió el vino de la mano, entonces le cubrió los dedos con toda su mano. Las palabras que le salieron a continuación, fueron totalmente inesperadas.
—¿Por qué me da la impresión de que eres la mujer más solitaria que he conocido en mi vida?
—Basta —le dijo Paula, apretando el puño de un modo que conmovió a Pedro—. O me pondré a llorar como una niña.
—Tengo dos hombros y están disponibles cada vez que quieras llorar en ellos —le dijo él y sintió que nunca en su vida había dicho algo parecido a ese sencillo ofrecimiento; jamás había deseado que ninguna mujer le llorara en el hombro, ni en ninguna otra parte de su anatomía.
—Lo dices como si fuera tan fácil.
—Pau, ojalá me contaras lo que pasa.
—No puedo. No puedo nunca —retiró la mano y se limpió las lágrimas que se estremecían sobre sus pestañas.
Al menos no estaba negando que algo iba mal. ¿Pero qué le habría hecho el dueño de las viñas? ¿Y por qué le preocupaba a él, si apenas conocía a esa mujer?
—El Tívoli, dentro de tres semanas. ¿Dónde y cuándo?
—El primer sábado de diciembre a las cinco de la tarde. Sólo hay un santo patrón de la temporada. Encuéntralo a él y me encontrarás a mí.
—Lo haré —dijo Pedro.
—Tal vez necesites conocer a otra persona mientras tanto —dijo Paula.
—Tal vez el casino se vaya a la quiebra.
—Tienes razón —resopló ella—. Contigo no me aburro. Quiero un trozo de tarta de chocolate.
—¿Después de las anchoas? Te provocará pesadillas.
—Yo no sueño —dijo Paula en tono ligero—. ¿Tú sí? ¿Cuál es tu peor pesadilla?
No pensaba hablarle del cuarto subterráneo. ¿Cómo podía entonces poner reparos a su silencio con el asunto del viticultor?
—Que mi madre pierda la receta de las tartaletas de salmón ahumado con salsa de ruibarbo —dijo él de pronto.
La conversación pasó de la cocina a las posadas rurales y de ahí a los ganadores del Festival de Cine de Cannes. Pedro pidió un taxi que la llevara al hotel Fontvieille. Cuando cruzaban el patio para esperar el taxi, se fijó por primera vez en que había dos enormes jaulas de pájaros pegadas a la pared del extremo, cada una cubierta con un lienzo de lino.
—Seguramente son pájaros cantores —dijo él—. Siempre me ha parecido una práctica de lo más bárbara encerrarlos dentro de sus jaulas.
Ella estaba totalmente de acuerdo.
—¿Por qué no los liberamos? —dijo Paula.
—Una idea estupenda —dijo Pedro con una sonrisa.
Pero cuando llegaron a las jaulas y retiraron los lienzos, vieron que en cada una de ellas había un loro, uno azul y otro verde. Los dos estaban dormidos, con las cabezas enterradas en su cuello.
—No podemos soltarlos, Pau. Estamos en el mes de noviembre. Se morirían de frío.
—Sí —susurró Paula—. Morirían de frío —repitió mientras dejaba caer el paño sobre la jaula.
Se sentía inmensamente triste.
Él no estuvo seguro de si tenía ganas de reírse de ella o de darle con la botella casi vacía en la cabeza.
—Después de que practiquemos el sexo en Copenhague, porque no estamos hablando de hacer el amor aquí, cada uno se va por su lado... ¿Es así como tú lo ves?
—Cuando practicas el sexo —dijo para eludir la pregunta—, pierdes interés. ¿No?
Desgraciadamente, ella se había acercado mucho a la verdad.
—¿Quién es el dueño de las viñas, Pau? ¿Y qué te hizo?
Ella dejó la copa con tanta rapidez sobre la mesa que se le vertió un poco de vino en el dorso de la mano. El vino, rojo como la sangre, pensaba Pedro al tiempo que se percataba de su leve temblor.
—Podrías averiguarlo fácilmente —dijo ella—. Y los dos lo sabemos.
—Podría. Pero no voy a hacerlo. Tú tienes derecho a tu privacidad. Además, preferiría que me lo contaras tú.
—Como si eso fuera a ocurrir...
—La amargura no te sienta bien.
—No todo el mundo ha llevado una existencia tan encantadora como la tuya, Pedro.
Él pensó en la habitación oscura y silenciosa, fría y húmeda.
—Supongo que he sido más afortunado que muchos —le dijo sin revelar sus pensamientos.
Ella levantó la cabeza.
—He tocado tu talón de Aquiles, ¿Verdad? —dijo ella—. Lo siento, Pedro.
Él tomó la servilleta y le limpió el vino de la mano, entonces le cubrió los dedos con toda su mano. Las palabras que le salieron a continuación, fueron totalmente inesperadas.
—¿Por qué me da la impresión de que eres la mujer más solitaria que he conocido en mi vida?
—Basta —le dijo Paula, apretando el puño de un modo que conmovió a Pedro—. O me pondré a llorar como una niña.
—Tengo dos hombros y están disponibles cada vez que quieras llorar en ellos —le dijo él y sintió que nunca en su vida había dicho algo parecido a ese sencillo ofrecimiento; jamás había deseado que ninguna mujer le llorara en el hombro, ni en ninguna otra parte de su anatomía.
—Lo dices como si fuera tan fácil.
—Pau, ojalá me contaras lo que pasa.
—No puedo. No puedo nunca —retiró la mano y se limpió las lágrimas que se estremecían sobre sus pestañas.
Al menos no estaba negando que algo iba mal. ¿Pero qué le habría hecho el dueño de las viñas? ¿Y por qué le preocupaba a él, si apenas conocía a esa mujer?
—El Tívoli, dentro de tres semanas. ¿Dónde y cuándo?
—El primer sábado de diciembre a las cinco de la tarde. Sólo hay un santo patrón de la temporada. Encuéntralo a él y me encontrarás a mí.
—Lo haré —dijo Pedro.
—Tal vez necesites conocer a otra persona mientras tanto —dijo Paula.
—Tal vez el casino se vaya a la quiebra.
—Tienes razón —resopló ella—. Contigo no me aburro. Quiero un trozo de tarta de chocolate.
—¿Después de las anchoas? Te provocará pesadillas.
—Yo no sueño —dijo Paula en tono ligero—. ¿Tú sí? ¿Cuál es tu peor pesadilla?
No pensaba hablarle del cuarto subterráneo. ¿Cómo podía entonces poner reparos a su silencio con el asunto del viticultor?
—Que mi madre pierda la receta de las tartaletas de salmón ahumado con salsa de ruibarbo —dijo él de pronto.
La conversación pasó de la cocina a las posadas rurales y de ahí a los ganadores del Festival de Cine de Cannes. Pedro pidió un taxi que la llevara al hotel Fontvieille. Cuando cruzaban el patio para esperar el taxi, se fijó por primera vez en que había dos enormes jaulas de pájaros pegadas a la pared del extremo, cada una cubierta con un lienzo de lino.
—Seguramente son pájaros cantores —dijo él—. Siempre me ha parecido una práctica de lo más bárbara encerrarlos dentro de sus jaulas.
Ella estaba totalmente de acuerdo.
—¿Por qué no los liberamos? —dijo Paula.
—Una idea estupenda —dijo Pedro con una sonrisa.
Pero cuando llegaron a las jaulas y retiraron los lienzos, vieron que en cada una de ellas había un loro, uno azul y otro verde. Los dos estaban dormidos, con las cabezas enterradas en su cuello.
—No podemos soltarlos, Pau. Estamos en el mes de noviembre. Se morirían de frío.
—Sí —susurró Paula—. Morirían de frío —repitió mientras dejaba caer el paño sobre la jaula.
Se sentía inmensamente triste.
Seducción: Capítulo 19
—En primer lugar, no estoy saliendo con nadie y no tengo planes de hacerlo; eres la única que me interesa. En segundo lugar, te he demostrado esta noche que soy capaz de aguantar; de pasar tu ridícula «prueba» —permitió que parte de su rabia saliera a la superficie—. ¿Cuándo será nuestra próxima cita? Y esta vez será en un día específico a una hora concreta.
El camarero apareció con la botella que Pedro había pedido, un tinto de un castillo al norte de la Borgoña. Paula se fijó en la etiqueta descuidadamente y de pronto se quedó pálida y expresó evidente confusión con un suave gemido de desesperación.
—Debería habértelo consultado —dijo Pedro con cierto desconcierto—. ¿No te gusta el Borgoña? Es un vino excelente, lo he tomado antes.
—No —murmuró ella—. Está bien. Yo... alguien que conozco es dueño de las viñas, nada más.
Parecía como si estuviera a punto de echarse a llorar. ¿Sería el viticultor quien le había hecho sufrir? Otro misterio, pensaba Pedro mientras llevaba a cabo el ritual de oler el corcho y probar el vino. Cuando les llevaron unas crujientes barras de pan caliente, Pedro alzó su copa.
—Por los espacios donde podamos respirar.
Ella alzó su copa como si estuviera a punto de tomar veneno.
—Por la libertad —le dijo ella, presa por un momento de una aflicción que crispó su rostro.
Entonces se tomó la mitad del contenido de la copa de un trago; el camarero se la rellenó inmediatamente.
—Mis padres han tenido desde siempre una casa en la costa de Maine. Un viejo y entrañable lugar con una valla blanca frente al mar, con su playa privada y acres de bosques. Siempre me ha encantado. El viento llega soplando desde Portugal y el aire es tan puro que puedes llenarte los pulmones de sal y de niebla.
—Eres muy afortunado —dijo Paula en tono seco mientras daba otro sorbo de vino.
Pedro apenas estaba bebiendo. Quería estar totalmente alerta esa noche; no tenía ni idea de lo que estaba pasando. ¿No era cierto que cada vez que la veía, se hundía un poco más en el misterio que era Paula?
—Tuve la inmensa suerte de criarme mayormente en Maine —continuó Pedro, pasando a relatarle algunas de sus escapadas de niño por la rocosa costa, con la esperanza de que ella se relajara.
El nivel de vino de la botella bajaba a un ritmo constante. Sus platos llegaron a la mesa, pero a Paula se le había quitado el apetito.
—En las dos próximas semanas tengo trabajo; es un viaje por algunas de las fábricas en Rusia y La Siberia que ha costado más de seis meses organizar. Pero podríamos quedar después.
Ella dió otro trago de vino.
—Con mis condiciones —dijo ella en tono bajo.
—De momento —respondió Pedro en el mismo tono.
Implacable, pensaba ella. Inamovible. Irresistible. Debería echar a correr rápidamente.
—La semana posterior a las dos siguientes estaré en Dinamarca. Podemos quedar en los Jardines del Tívoli, en Copenhague; el mercadillo anual de Navidad estará ya abierto.
—¿Qué vas a hacer en Dinamarca?
Ése era un secreto que no tenía intención de compartir con él.
—La libertad significa no tener que darle cuentas a nadie de cómo vive uno —dijo Paula.
—¿O quiere decir, como dice la canción, que no tienes nada que perder?
—No puedes perder lo que nunca has tenido. Sírveme un poco más de vino, Pedro.
Mientras le servía, él continuó hablando.
—Dijiste que tu abuelo te dejó su dinero. ¿Cuando murieron tus padres?
A ella se le cayó una anchoa del tenedor encima del plato.
—¿Si nos encontramos en el Tívoli, tienes pensado acostarte conmigo?
—Sí —dijo él—, ése es el plan.
—¿Y si digo que no?
—Entonces tendré que hacerte cambiar de opinión, ¿Verdad?
—El deseo está pasado de moda —dijo ella con la dignidad de alguien que se ha tomado media botella de borgoña en poco rato—. Eso es lo único que hay entre nosotros... el instinto más antiguo de la historia. En cuanto te lo quites de en medio, te olvidarás de mí completamente. ¿Entonces qué saco yo de todo esto?
—¿Qué te parece la mejor relación sexual que hayas experimentado en toda tu vida?
Con un estremecimiento interior de alegría que rayaba en la histeria, Paula supo que no tendría casi nada con qué compararlo. Otro secreto que no iba a compartir con él.
—Estás demasiado seguro de tí mismo.
Pedro no estaba tan seguro de sí mismo como aparentaba: por dentro estaba hecho un lío y el jabalí podría haber sido una hamburguesa, de lo descentrado que estaba. Ella era como el mercurio, difícil de definir. Ya se podía ir olvidando de analizarla de algún modo racional.
El camarero apareció y le rellenó la copa a Paula.
—¿Querría el señor pedir otra botella?
El camarero apareció con la botella que Pedro había pedido, un tinto de un castillo al norte de la Borgoña. Paula se fijó en la etiqueta descuidadamente y de pronto se quedó pálida y expresó evidente confusión con un suave gemido de desesperación.
—Debería habértelo consultado —dijo Pedro con cierto desconcierto—. ¿No te gusta el Borgoña? Es un vino excelente, lo he tomado antes.
—No —murmuró ella—. Está bien. Yo... alguien que conozco es dueño de las viñas, nada más.
Parecía como si estuviera a punto de echarse a llorar. ¿Sería el viticultor quien le había hecho sufrir? Otro misterio, pensaba Pedro mientras llevaba a cabo el ritual de oler el corcho y probar el vino. Cuando les llevaron unas crujientes barras de pan caliente, Pedro alzó su copa.
—Por los espacios donde podamos respirar.
Ella alzó su copa como si estuviera a punto de tomar veneno.
—Por la libertad —le dijo ella, presa por un momento de una aflicción que crispó su rostro.
Entonces se tomó la mitad del contenido de la copa de un trago; el camarero se la rellenó inmediatamente.
—Mis padres han tenido desde siempre una casa en la costa de Maine. Un viejo y entrañable lugar con una valla blanca frente al mar, con su playa privada y acres de bosques. Siempre me ha encantado. El viento llega soplando desde Portugal y el aire es tan puro que puedes llenarte los pulmones de sal y de niebla.
—Eres muy afortunado —dijo Paula en tono seco mientras daba otro sorbo de vino.
Pedro apenas estaba bebiendo. Quería estar totalmente alerta esa noche; no tenía ni idea de lo que estaba pasando. ¿No era cierto que cada vez que la veía, se hundía un poco más en el misterio que era Paula?
—Tuve la inmensa suerte de criarme mayormente en Maine —continuó Pedro, pasando a relatarle algunas de sus escapadas de niño por la rocosa costa, con la esperanza de que ella se relajara.
El nivel de vino de la botella bajaba a un ritmo constante. Sus platos llegaron a la mesa, pero a Paula se le había quitado el apetito.
—En las dos próximas semanas tengo trabajo; es un viaje por algunas de las fábricas en Rusia y La Siberia que ha costado más de seis meses organizar. Pero podríamos quedar después.
Ella dió otro trago de vino.
—Con mis condiciones —dijo ella en tono bajo.
—De momento —respondió Pedro en el mismo tono.
Implacable, pensaba ella. Inamovible. Irresistible. Debería echar a correr rápidamente.
—La semana posterior a las dos siguientes estaré en Dinamarca. Podemos quedar en los Jardines del Tívoli, en Copenhague; el mercadillo anual de Navidad estará ya abierto.
—¿Qué vas a hacer en Dinamarca?
Ése era un secreto que no tenía intención de compartir con él.
—La libertad significa no tener que darle cuentas a nadie de cómo vive uno —dijo Paula.
—¿O quiere decir, como dice la canción, que no tienes nada que perder?
—No puedes perder lo que nunca has tenido. Sírveme un poco más de vino, Pedro.
Mientras le servía, él continuó hablando.
—Dijiste que tu abuelo te dejó su dinero. ¿Cuando murieron tus padres?
A ella se le cayó una anchoa del tenedor encima del plato.
—¿Si nos encontramos en el Tívoli, tienes pensado acostarte conmigo?
—Sí —dijo él—, ése es el plan.
—¿Y si digo que no?
—Entonces tendré que hacerte cambiar de opinión, ¿Verdad?
—El deseo está pasado de moda —dijo ella con la dignidad de alguien que se ha tomado media botella de borgoña en poco rato—. Eso es lo único que hay entre nosotros... el instinto más antiguo de la historia. En cuanto te lo quites de en medio, te olvidarás de mí completamente. ¿Entonces qué saco yo de todo esto?
—¿Qué te parece la mejor relación sexual que hayas experimentado en toda tu vida?
Con un estremecimiento interior de alegría que rayaba en la histeria, Paula supo que no tendría casi nada con qué compararlo. Otro secreto que no iba a compartir con él.
—Estás demasiado seguro de tí mismo.
Pedro no estaba tan seguro de sí mismo como aparentaba: por dentro estaba hecho un lío y el jabalí podría haber sido una hamburguesa, de lo descentrado que estaba. Ella era como el mercurio, difícil de definir. Ya se podía ir olvidando de analizarla de algún modo racional.
El camarero apareció y le rellenó la copa a Paula.
—¿Querría el señor pedir otra botella?
Seducción: Capítulo 18
—¡No pienso acostarme contigo, Pedro!
—No finjas que no quieres, por favor.
—Es un poco tarde para eso —le dijo ella con irritación.
—Tienes toda la razón. De todos modos, no he dicho que vaya a utilizar el servicio de habitaciones, he dicho el restaurante. Luego te acompañaré directamente al hotel.
—Voy a salir a primera hora de la mañana —dijo ella.
—Estás cubriéndote por todos los ángulos, ¿Verdad? —dijo él.
—Me estoy protegiendo. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Sin duda no te comportas como una mujer que vaya de hombre a hombre, suelta y libre.
—¡Tú no eres como los demás!
Él se detuvo bajo una de las elegantes farolas, delante de una casa de estuco rosada con preciosos balcones de hierro forjado y altas persianas blancas.
—¿En qué soy distinto?
—Eres demasiado intenso, demasiado convincente, demasiado... —vaciló— turbador.
—Bueno, es un comienzo.
Un Ferrari rojo pasó junto a ellos, ahogando cualquier respuesta que ella pudiera haberle dado. Paula le tiró del brazo y echó a andar calle arriba como si todos los demonios que lo habían asaltado en el bar estuvieran detrás de ella. Ella tenía los suyos propios, de eso estaba seguro. Podría haberse enterado de cuáles eran con un mínimo esfuerzo; un buen detective desenterraría su pasado en veinticuatro horas. Pero quería que fuera ella quien le contara lo que la obsesionaba; por qué estaba tan en contra de los compromisos. Normalmente tenía muy poco interés en los motivos de las mujeres con las que salía. Su hotel tenía un patio de estuco exquisito lleno de árboles exóticos y arbustos en flor, que conducía a un vestíbulo de suelos de mármol. El restaurante daba a los acantilados cubiertos de vegetación y a las oscuras aguas del Mediterráneo. ¿Acaso Paula no había comparado sus ojos a ese enigmático azul noche?
—Nunca me ha gustado Monaco —dijo Pedro con naturalidad—. Las filas de edificios bajan hasta el borde mismo del mar; no hay espacio para respirar.
—¿Y adonde vas tú a respirar, Pedro?
Ella estaba mirando el menú. Él paseó la mirada por sus facciones, descubriéndolas de nuevo con secreta avidez. Paula sintió su escrutinio y levantó la vista. Al ver la expresión de los ojos de él, se ruborizó.
—Sólo tienes que mirarme... —empezó a decir ella con voz estrangulada.
—¿Y...?
—Da igual. No es bueno para tu ego.
Él echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
—Haces que me sienta como si fuera dueño de todo el principado de Mónaco — dijo Pedro.
—¿Incluido el casino?
—El juego ha valido la pena, ¿No? Aquí estamos, disfrutando de una cena juntos. Ella se mordió el labio inferior.
—No esperaba verte en el bar esta noche.
—¿Estás segura de que eso es verdad?
—La mayoría de los hombres no se habrían quedado —ella le lanzó una sonrisa tremendamente triste—. Yo lo llamo «la prueba». Creí que no la pasarías.
Él sonrió.
—Eso es lo que supuse que te figurarías.
—¿Por qué te quedaste? —le soltó ella, sintiéndose sorprendida—. Con todo ese ruido, tanta gente, horas y horas sin hacer nada salvo esperar... Ha debido de resultarte odioso.
—Tú y yo estamos hechos el uno para el otro. En la cama. Por eso me he quedado.
Paula se puso tensa.
—Lo dices como si fuera una verdad inmutable.
—Lo es. Los recortes de periódico siempre habían sido su primera defensa, «la prueba» la segunda. Sólo tenía un arma más y ésa tenía que funcionar.
—Te he dicho que salgo con un montón de hombres diferentes, Pedro. Te guste o no; porque no pienso cambiar ni por tí ni por nadie.
—Entonces la línea del frente está definida —dijo Pedro en tono bajo.
—Si los marinos tienen un amor en cada puerto, yo tengo un hombre en cada ciudad importante de Europa —cerró la carta con fuerza—. Tomaré una ensalada Nicoise con tapenade.
El camarero se materializó junto a la mesa.
—¿Madame? ¿Monsieur?
Después de pedir Paula, Pedro le pidió una botella de vino de la lista y se decidió por un poco de adobo y jabalí al vino tinto con hierbas y ajo. Lo que necesitaba era un poco de carne roja.
Como si no les hubieran interrumpido, él empezó a hablar.
—No finjas que no quieres, por favor.
—Es un poco tarde para eso —le dijo ella con irritación.
—Tienes toda la razón. De todos modos, no he dicho que vaya a utilizar el servicio de habitaciones, he dicho el restaurante. Luego te acompañaré directamente al hotel.
—Voy a salir a primera hora de la mañana —dijo ella.
—Estás cubriéndote por todos los ángulos, ¿Verdad? —dijo él.
—Me estoy protegiendo. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Sin duda no te comportas como una mujer que vaya de hombre a hombre, suelta y libre.
—¡Tú no eres como los demás!
Él se detuvo bajo una de las elegantes farolas, delante de una casa de estuco rosada con preciosos balcones de hierro forjado y altas persianas blancas.
—¿En qué soy distinto?
—Eres demasiado intenso, demasiado convincente, demasiado... —vaciló— turbador.
—Bueno, es un comienzo.
Un Ferrari rojo pasó junto a ellos, ahogando cualquier respuesta que ella pudiera haberle dado. Paula le tiró del brazo y echó a andar calle arriba como si todos los demonios que lo habían asaltado en el bar estuvieran detrás de ella. Ella tenía los suyos propios, de eso estaba seguro. Podría haberse enterado de cuáles eran con un mínimo esfuerzo; un buen detective desenterraría su pasado en veinticuatro horas. Pero quería que fuera ella quien le contara lo que la obsesionaba; por qué estaba tan en contra de los compromisos. Normalmente tenía muy poco interés en los motivos de las mujeres con las que salía. Su hotel tenía un patio de estuco exquisito lleno de árboles exóticos y arbustos en flor, que conducía a un vestíbulo de suelos de mármol. El restaurante daba a los acantilados cubiertos de vegetación y a las oscuras aguas del Mediterráneo. ¿Acaso Paula no había comparado sus ojos a ese enigmático azul noche?
—Nunca me ha gustado Monaco —dijo Pedro con naturalidad—. Las filas de edificios bajan hasta el borde mismo del mar; no hay espacio para respirar.
—¿Y adonde vas tú a respirar, Pedro?
Ella estaba mirando el menú. Él paseó la mirada por sus facciones, descubriéndolas de nuevo con secreta avidez. Paula sintió su escrutinio y levantó la vista. Al ver la expresión de los ojos de él, se ruborizó.
—Sólo tienes que mirarme... —empezó a decir ella con voz estrangulada.
—¿Y...?
—Da igual. No es bueno para tu ego.
Él echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
—Haces que me sienta como si fuera dueño de todo el principado de Mónaco — dijo Pedro.
—¿Incluido el casino?
—El juego ha valido la pena, ¿No? Aquí estamos, disfrutando de una cena juntos. Ella se mordió el labio inferior.
—No esperaba verte en el bar esta noche.
—¿Estás segura de que eso es verdad?
—La mayoría de los hombres no se habrían quedado —ella le lanzó una sonrisa tremendamente triste—. Yo lo llamo «la prueba». Creí que no la pasarías.
Él sonrió.
—Eso es lo que supuse que te figurarías.
—¿Por qué te quedaste? —le soltó ella, sintiéndose sorprendida—. Con todo ese ruido, tanta gente, horas y horas sin hacer nada salvo esperar... Ha debido de resultarte odioso.
—Tú y yo estamos hechos el uno para el otro. En la cama. Por eso me he quedado.
Paula se puso tensa.
—Lo dices como si fuera una verdad inmutable.
—Lo es. Los recortes de periódico siempre habían sido su primera defensa, «la prueba» la segunda. Sólo tenía un arma más y ésa tenía que funcionar.
—Te he dicho que salgo con un montón de hombres diferentes, Pedro. Te guste o no; porque no pienso cambiar ni por tí ni por nadie.
—Entonces la línea del frente está definida —dijo Pedro en tono bajo.
—Si los marinos tienen un amor en cada puerto, yo tengo un hombre en cada ciudad importante de Europa —cerró la carta con fuerza—. Tomaré una ensalada Nicoise con tapenade.
El camarero se materializó junto a la mesa.
—¿Madame? ¿Monsieur?
Después de pedir Paula, Pedro le pidió una botella de vino de la lista y se decidió por un poco de adobo y jabalí al vino tinto con hierbas y ajo. Lo que necesitaba era un poco de carne roja.
Como si no les hubieran interrumpido, él empezó a hablar.
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