—¡No pienso acostarme contigo, Pedro!
—No finjas que no quieres, por favor.
—Es un poco tarde para eso —le dijo ella con irritación.
—Tienes toda la razón. De todos modos, no he dicho que vaya a utilizar el servicio de habitaciones, he dicho el restaurante. Luego te acompañaré directamente al hotel.
—Voy a salir a primera hora de la mañana —dijo ella.
—Estás cubriéndote por todos los ángulos, ¿Verdad? —dijo él.
—Me estoy protegiendo. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Sin duda no te comportas como una mujer que vaya de hombre a hombre, suelta y libre.
—¡Tú no eres como los demás!
Él se detuvo bajo una de las elegantes farolas, delante de una casa de estuco rosada con preciosos balcones de hierro forjado y altas persianas blancas.
—¿En qué soy distinto?
—Eres demasiado intenso, demasiado convincente, demasiado... —vaciló— turbador.
—Bueno, es un comienzo.
Un Ferrari rojo pasó junto a ellos, ahogando cualquier respuesta que ella pudiera haberle dado. Paula le tiró del brazo y echó a andar calle arriba como si todos los demonios que lo habían asaltado en el bar estuvieran detrás de ella. Ella tenía los suyos propios, de eso estaba seguro. Podría haberse enterado de cuáles eran con un mínimo esfuerzo; un buen detective desenterraría su pasado en veinticuatro horas. Pero quería que fuera ella quien le contara lo que la obsesionaba; por qué estaba tan en contra de los compromisos. Normalmente tenía muy poco interés en los motivos de las mujeres con las que salía. Su hotel tenía un patio de estuco exquisito lleno de árboles exóticos y arbustos en flor, que conducía a un vestíbulo de suelos de mármol. El restaurante daba a los acantilados cubiertos de vegetación y a las oscuras aguas del Mediterráneo. ¿Acaso Paula no había comparado sus ojos a ese enigmático azul noche?
—Nunca me ha gustado Monaco —dijo Pedro con naturalidad—. Las filas de edificios bajan hasta el borde mismo del mar; no hay espacio para respirar.
—¿Y adonde vas tú a respirar, Pedro?
Ella estaba mirando el menú. Él paseó la mirada por sus facciones, descubriéndolas de nuevo con secreta avidez. Paula sintió su escrutinio y levantó la vista. Al ver la expresión de los ojos de él, se ruborizó.
—Sólo tienes que mirarme... —empezó a decir ella con voz estrangulada.
—¿Y...?
—Da igual. No es bueno para tu ego.
Él echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
—Haces que me sienta como si fuera dueño de todo el principado de Mónaco — dijo Pedro.
—¿Incluido el casino?
—El juego ha valido la pena, ¿No? Aquí estamos, disfrutando de una cena juntos. Ella se mordió el labio inferior.
—No esperaba verte en el bar esta noche.
—¿Estás segura de que eso es verdad?
—La mayoría de los hombres no se habrían quedado —ella le lanzó una sonrisa tremendamente triste—. Yo lo llamo «la prueba». Creí que no la pasarías.
Él sonrió.
—Eso es lo que supuse que te figurarías.
—¿Por qué te quedaste? —le soltó ella, sintiéndose sorprendida—. Con todo ese ruido, tanta gente, horas y horas sin hacer nada salvo esperar... Ha debido de resultarte odioso.
—Tú y yo estamos hechos el uno para el otro. En la cama. Por eso me he quedado.
Paula se puso tensa.
—Lo dices como si fuera una verdad inmutable.
—Lo es. Los recortes de periódico siempre habían sido su primera defensa, «la prueba» la segunda. Sólo tenía un arma más y ésa tenía que funcionar.
—Te he dicho que salgo con un montón de hombres diferentes, Pedro. Te guste o no; porque no pienso cambiar ni por tí ni por nadie.
—Entonces la línea del frente está definida —dijo Pedro en tono bajo.
—Si los marinos tienen un amor en cada puerto, yo tengo un hombre en cada ciudad importante de Europa —cerró la carta con fuerza—. Tomaré una ensalada Nicoise con tapenade.
El camarero se materializó junto a la mesa.
—¿Madame? ¿Monsieur?
Después de pedir Paula, Pedro le pidió una botella de vino de la lista y se decidió por un poco de adobo y jabalí al vino tinto con hierbas y ajo. Lo que necesitaba era un poco de carne roja.
Como si no les hubieran interrumpido, él empezó a hablar.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 17
—Hace cinco segundos parecía como si quisieras estrangularme.
—Hace cinco minutos me has parecido muy decepcionada sólo de pensar que yo no estaba aquí.
—¡Exageras!
—No lo creo. Bailemos, Pau.
—¿Bailar? ¿Contigo? Ni hablar.
—Llevo tres largas noches sentado en este bar —le dijo en tono áspero—. Me han hecho proposiciones deshonestas, he bebido vino malo y me he aburrido como una ostra. Lo menos que puedes hacer es bailar conmigo.
La había esperado. Había pasado «la prueba». ¿Qué se suponía que debía hacer?
—Te vas a enterar —le dijo Paula con temeridad.
La pista estaba abarrotada y la música era estridente. En sus ojos ardía una emoción que Pedro no habría sido capaz de definir, mientras levantaba los brazos y echaba la melena hacia atrás y meneaba todo el cuerpo. El deseo le aguijoneó las entrañas, ardiente e imperativo. Él la miró a los ojos e imitó sus movimientos, con cuidado de no rozar su cuerpo ni siquiera con un dedo. No hizo falta. Como una diosa pagana, meneando las caderas y con los pezones apuntando bajo la fina seda de su camisola, Paula bailaba, sólo para él. Bailaba como si estuvieran solos. Y continuó bailando hasta que Pedro pensó que se moriría de frustración. La música terminó bruscamente. En el silencio posterior, el barman anunció:
—Vamos a cerrar, señores.
Paula se mordió el labio inferior; respiraba con agitación.
—Lo has conseguido de nuevo —dijo ella—. Me has hecho olvidarme de quién soy.
Pedro le colocó las manos sobre los hombros y la besó en la boca.
—Bien —dijo él.
Los cuatro o cinco minutos que había pasado bailando con ella también le habían ayudado a olvidarse de que estaba en un sótano oscuro. Aquella Paula Chaves era toda una mujer.
—Salgamos de aquí —dijo ella—. Necesito aire fresco.
Lo mismo que él. Pedro la tomó de la mano y la condujo por las escaleras. Fuera, bajo el cielo cuajado de estrellas, ella aire con fuerza, tratando de olvidar la lascivia con la que se había movido en la pista de baile.
—Tengo hambre —dijo con leve sorpresa—. He olvidado cenar.
Él había empezado a aspirar con fuerza nada más salir, tratando de disimular el alivio que le proporcionaba estar al aire libre. Pero Paula lo miró con confusión.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
Él no faltó a la verdad.
—Me he pasado demasiado rato metido en ese bar; creo que tengo los tímpanos rotos —le colocó la mano en la parte interna del codo—. Comida... eso no vendrá mal.
Echó a andar rápidamente por la acera de ladrillo, que estaba iluminada con lámparas que colgaban de curvas farolas de hierro forjado. En la distancia oyó el suave susurro del rompeolas. Una brisa removía los altos cipreses y las hojas de las palmeras se agitaban y entrechocaban con el viento.
—He dicho que tenía hambre, no que estuviera muerta de hambre —dijo Paula sin aliento.
—Lo siento —dijo él, reduciendo el paso—. ¿De qué conoces a Esteban?
—Lo conocí en Niza el año pasado. Diseña yates para los ricos.
—¿Te has acostado con él?
—No.
—¿Tienes yate?
Ella sonrió.
—Me mareo con sólo subirme a un bote.
—Pero si no fuera así, podrías permitirte uno de los yates diseñados por Esteban.
—Mi abuelo me dejó el grueso de su fortuna. Ricardo Schulz. ¿Has oído hablar de la compañía?
—Un negocio millonario —dijo Pedro mientras repetía el nombre en su memoria.
Entonces los padres de Paula habrían muerto. Y sin duda esa pérdida sería el origen de la profunda soledad que a Pedro le parecía que afectaba a ella.
—¿Tienes hermanos? —le preguntó para confirmar sus sospechas.
—No —respondió Paula.
—¿Entonces a qué te dedicas, Pau, aparte de a lo de «tantear el terreno»?
—No tengo necesidad de hacer nada más.
—No me vengas con cuentos —dijo Pedro con un convencimiento que no sabía de dónde le había salido—. Eres demasiado inteligente para pasarte la vida de fiesta en fiesta.
Habían llegado a la fachada iluminada del casino, con sus torretas y almenas.
—¿Dónde vamos a cenar? —preguntó Paula.
—Mi hotel está a unos minutos de aquí. Uno de los restaurantes está abierto toda la noche.
—Hace cinco minutos me has parecido muy decepcionada sólo de pensar que yo no estaba aquí.
—¡Exageras!
—No lo creo. Bailemos, Pau.
—¿Bailar? ¿Contigo? Ni hablar.
—Llevo tres largas noches sentado en este bar —le dijo en tono áspero—. Me han hecho proposiciones deshonestas, he bebido vino malo y me he aburrido como una ostra. Lo menos que puedes hacer es bailar conmigo.
La había esperado. Había pasado «la prueba». ¿Qué se suponía que debía hacer?
—Te vas a enterar —le dijo Paula con temeridad.
La pista estaba abarrotada y la música era estridente. En sus ojos ardía una emoción que Pedro no habría sido capaz de definir, mientras levantaba los brazos y echaba la melena hacia atrás y meneaba todo el cuerpo. El deseo le aguijoneó las entrañas, ardiente e imperativo. Él la miró a los ojos e imitó sus movimientos, con cuidado de no rozar su cuerpo ni siquiera con un dedo. No hizo falta. Como una diosa pagana, meneando las caderas y con los pezones apuntando bajo la fina seda de su camisola, Paula bailaba, sólo para él. Bailaba como si estuvieran solos. Y continuó bailando hasta que Pedro pensó que se moriría de frustración. La música terminó bruscamente. En el silencio posterior, el barman anunció:
—Vamos a cerrar, señores.
Paula se mordió el labio inferior; respiraba con agitación.
—Lo has conseguido de nuevo —dijo ella—. Me has hecho olvidarme de quién soy.
Pedro le colocó las manos sobre los hombros y la besó en la boca.
—Bien —dijo él.
Los cuatro o cinco minutos que había pasado bailando con ella también le habían ayudado a olvidarse de que estaba en un sótano oscuro. Aquella Paula Chaves era toda una mujer.
—Salgamos de aquí —dijo ella—. Necesito aire fresco.
Lo mismo que él. Pedro la tomó de la mano y la condujo por las escaleras. Fuera, bajo el cielo cuajado de estrellas, ella aire con fuerza, tratando de olvidar la lascivia con la que se había movido en la pista de baile.
—Tengo hambre —dijo con leve sorpresa—. He olvidado cenar.
Él había empezado a aspirar con fuerza nada más salir, tratando de disimular el alivio que le proporcionaba estar al aire libre. Pero Paula lo miró con confusión.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
Él no faltó a la verdad.
—Me he pasado demasiado rato metido en ese bar; creo que tengo los tímpanos rotos —le colocó la mano en la parte interna del codo—. Comida... eso no vendrá mal.
Echó a andar rápidamente por la acera de ladrillo, que estaba iluminada con lámparas que colgaban de curvas farolas de hierro forjado. En la distancia oyó el suave susurro del rompeolas. Una brisa removía los altos cipreses y las hojas de las palmeras se agitaban y entrechocaban con el viento.
—He dicho que tenía hambre, no que estuviera muerta de hambre —dijo Paula sin aliento.
—Lo siento —dijo él, reduciendo el paso—. ¿De qué conoces a Esteban?
—Lo conocí en Niza el año pasado. Diseña yates para los ricos.
—¿Te has acostado con él?
—No.
—¿Tienes yate?
Ella sonrió.
—Me mareo con sólo subirme a un bote.
—Pero si no fuera así, podrías permitirte uno de los yates diseñados por Esteban.
—Mi abuelo me dejó el grueso de su fortuna. Ricardo Schulz. ¿Has oído hablar de la compañía?
—Un negocio millonario —dijo Pedro mientras repetía el nombre en su memoria.
Entonces los padres de Paula habrían muerto. Y sin duda esa pérdida sería el origen de la profunda soledad que a Pedro le parecía que afectaba a ella.
—¿Tienes hermanos? —le preguntó para confirmar sus sospechas.
—No —respondió Paula.
—¿Entonces a qué te dedicas, Pau, aparte de a lo de «tantear el terreno»?
—No tengo necesidad de hacer nada más.
—No me vengas con cuentos —dijo Pedro con un convencimiento que no sabía de dónde le había salido—. Eres demasiado inteligente para pasarte la vida de fiesta en fiesta.
Habían llegado a la fachada iluminada del casino, con sus torretas y almenas.
—¿Dónde vamos a cenar? —preguntó Paula.
—Mi hotel está a unos minutos de aquí. Uno de los restaurantes está abierto toda la noche.
Seducción: Capítulo 16
A las tres y media de la madrugada, Pedro recostaba la cabeza sobre la almohada; a las seis menos veinte se despertó de una pesadilla en la que alguien con una jeringuilla lo aplastaba contra un colchón sucio y maloliente. Y a las ocho de esa tarde, volvía a bajar las escaleras de El Genoese. Paula tampoco apareció esa noche, ni había aparecido llegada la una y media de la noche siguiente. Llegado el viernes por la noche, las horas que él había pasado en el bar se habían convertido tanto en una prueba de su coraje y aguante, como en cualquier cosa que tuviera que ver con Paula. Tenía la intención de demostrarse a sí mismo que podría soportarlo una noche más; que el techo bajo y los rincones oscuros no lo empujarían a salir de allí, a abandonar.
Esa noche estaba bebiendo Cabernet Sauvignon. Le dolía la cabeza, llevaba noches sin dormir y estaba de un humor de perros. Sin duda no se sentía en absoluto romántico. A las dos menos cuarto Paula bajó las escaleras y se acercó a la barra. Pedro se sumergió en las sombras mientras ella se detenía al pie de las escaleras y miraba a su alrededor, con su melena igualmente rizada y despeinada. Había conjuntado un traje de pantalón color jade con una camisola crema que le ceñía los pechos con suavidad. Reprimió un gemido de deseo que lo enfureció. No pensaba postrarse a sus pies con gratitud sólo porque finalmente se hubiera presentado.
Desde donde él estaba pegado a la pared vió que ella paseaba la mirada de un extremo al otro del bar, mirando a los hombres que había a la barra, a la gente que bailaba en la pista, a los ruidosos grupos que charlaban en las mesas. Pedro vió su mirada de satisfacción, como si su aparente ausencia confirmara la idea que ella pudiera tener de él; pero también vió en sus ojos un pesar muy agudo, muy real. Y ese pesar le interesó más de lo que habría deseado.
Paula se abrió paso hacia la barra, mirando a un lado y a otro, pero no localizó a Pedro por ninguna parte. Así que no había superado «la prueba». Se había dado por vencido. Eso si había estado allí algún día. Le había dicho que la esperaría, pero había mentido. Una sensación de náusea se le asentó en la boca del estómago. De nuevo su baja opinión de los hombres había quedado confirmada, con mayor dolor que de costumbre. Se puso derecha y trató de relajar la tensión de la mandíbula; cuando llegó a la barra pidió una copa de vino y paseó de nuevo la mirada por la habitación. Dos hombres y una mujer se acercaron a ella; unos viejos amigos de Cannes. Se abrazó con cada uno de ellos, se tomó el vino y levantando la cabeza con desafío, salió a la pista a bailar con el más alto de los dos.
Pedro, que observaba desde su escondite, vió que el hombre le rodeaba la cintura y extendía los dedos por su cadera. Su rabia iba en aumento. Paula estaba tanteando el terreno, su especialidad... Él dejó el vaso en la mesa y cruzó la sala. Tocó al tipo en el hombro y subió la voz para que lo oyeran con la música.
—Es mía. Piérdase.
Paula emitió un gemido entrecortado.
—¡Pedro!
—¿Acaso pensaste que no estaría aquí? —le dijo él con desdén—. Dile a tu amigo que se largue, si le tiene apego a la vida.
—Hablamos después, Esteban—le dijo ella, mientras su corazón competía con los tambores—. No hay problema, conozco a Pedro.
—Oh, no, no me conoces —dijo Pedro, tan cerca de ella que distinguió una mota de máscara de pestañas en el párpado inferior—. Si me conocieras, no tendríamos que formar parte de esta estúpida charada.
—Tú accediste a ello —dijo Paula.
—¿Sabes lo que quiero hacer ahora mismo? Echarte al hombro, sacarte de éste horrible bar y llevarte hasta la cama más próxima.
Le pareció totalmente capaz de hacerlo.
—A los guardas de la puerta no les gusta que nadie haga esas cosas.
—Me sentiría muchísimo mejor, te lo aseguro —dijo Pedro.
—Te sugiero que nos tomemos algo, mejor.
—¿Me tienes miedo, Paula?
—¿De un hombre alto, fuerte y extremadamente enfadado? ¿Por qué iba a tener miedo?
—Me gustas —le dijo él.
Ella pestañeó.
Esa noche estaba bebiendo Cabernet Sauvignon. Le dolía la cabeza, llevaba noches sin dormir y estaba de un humor de perros. Sin duda no se sentía en absoluto romántico. A las dos menos cuarto Paula bajó las escaleras y se acercó a la barra. Pedro se sumergió en las sombras mientras ella se detenía al pie de las escaleras y miraba a su alrededor, con su melena igualmente rizada y despeinada. Había conjuntado un traje de pantalón color jade con una camisola crema que le ceñía los pechos con suavidad. Reprimió un gemido de deseo que lo enfureció. No pensaba postrarse a sus pies con gratitud sólo porque finalmente se hubiera presentado.
Desde donde él estaba pegado a la pared vió que ella paseaba la mirada de un extremo al otro del bar, mirando a los hombres que había a la barra, a la gente que bailaba en la pista, a los ruidosos grupos que charlaban en las mesas. Pedro vió su mirada de satisfacción, como si su aparente ausencia confirmara la idea que ella pudiera tener de él; pero también vió en sus ojos un pesar muy agudo, muy real. Y ese pesar le interesó más de lo que habría deseado.
Paula se abrió paso hacia la barra, mirando a un lado y a otro, pero no localizó a Pedro por ninguna parte. Así que no había superado «la prueba». Se había dado por vencido. Eso si había estado allí algún día. Le había dicho que la esperaría, pero había mentido. Una sensación de náusea se le asentó en la boca del estómago. De nuevo su baja opinión de los hombres había quedado confirmada, con mayor dolor que de costumbre. Se puso derecha y trató de relajar la tensión de la mandíbula; cuando llegó a la barra pidió una copa de vino y paseó de nuevo la mirada por la habitación. Dos hombres y una mujer se acercaron a ella; unos viejos amigos de Cannes. Se abrazó con cada uno de ellos, se tomó el vino y levantando la cabeza con desafío, salió a la pista a bailar con el más alto de los dos.
Pedro, que observaba desde su escondite, vió que el hombre le rodeaba la cintura y extendía los dedos por su cadera. Su rabia iba en aumento. Paula estaba tanteando el terreno, su especialidad... Él dejó el vaso en la mesa y cruzó la sala. Tocó al tipo en el hombro y subió la voz para que lo oyeran con la música.
—Es mía. Piérdase.
Paula emitió un gemido entrecortado.
—¡Pedro!
—¿Acaso pensaste que no estaría aquí? —le dijo él con desdén—. Dile a tu amigo que se largue, si le tiene apego a la vida.
—Hablamos después, Esteban—le dijo ella, mientras su corazón competía con los tambores—. No hay problema, conozco a Pedro.
—Oh, no, no me conoces —dijo Pedro, tan cerca de ella que distinguió una mota de máscara de pestañas en el párpado inferior—. Si me conocieras, no tendríamos que formar parte de esta estúpida charada.
—Tú accediste a ello —dijo Paula.
—¿Sabes lo que quiero hacer ahora mismo? Echarte al hombro, sacarte de éste horrible bar y llevarte hasta la cama más próxima.
Le pareció totalmente capaz de hacerlo.
—A los guardas de la puerta no les gusta que nadie haga esas cosas.
—Me sentiría muchísimo mejor, te lo aseguro —dijo Pedro.
—Te sugiero que nos tomemos algo, mejor.
—¿Me tienes miedo, Paula?
—¿De un hombre alto, fuerte y extremadamente enfadado? ¿Por qué iba a tener miedo?
—Me gustas —le dijo él.
Ella pestañeó.
viernes, 25 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 15
El Genoese en una noche fresca y húmeda de noviembre debería haber sido un destino agradable. Pedro había caminado desde su hotel y disfrutado de unas magníficas vistas del puerto de Mónaco y el picado mar Mediterráneo de fondo; había pasado por delante de los jardines excesivamente arreglados del casino hacia una calle lateral cerca del agua, donde un cartel discretamente iluminado rezaba El Genoese.
Eran exactamente las siete y media. El bar, comprobó con angustia, estaba en un nivel subterráneo al que se accedía por una estrecha escalera de caracol. Su pesadilla resurgía de nuevo. Tenía treinta y cinco años, no once. Debería poder bajar unas escaleras y pasarse seis horas en una habitación sin ventanas sin sentir que le faltaba el aire. Claro que no era tan sencillo. Paula, estaba casi seguro, no llegaría hasta el viernes. Si aquello era una especie de prueba, ¿Por qué iba a ir a él antes de ese día? A no ser que ella pensara que él no se molestaría en ir hasta el viernes. Era inútil tratar de adivinar lo que iba a pasar. Pedro tomó una bocanada de aire cargado de salitre, bajó las escaleras despacio y empujó la pesada puerta negra. El ruido lo golpeó sorpresivamente. La música de rap sonaba a un volumen altísimo. Jamás había sido un aficionado al rap. Dejó que la puerta se cerrara tras de sí, con el corazón latiéndole con fuerza. El local era espacioso, con mesas alrededor de una pista de baile central iluminada con luces parpadeantes que enseguida lo desorientaron. Una sala grande, pensaba con inquietud; no un cuartucho del tamaño de un armario, como el lugar que jamás sería capaz de olvidar. «Venga, puedes hacerlo, Pedro», se decía mientras respiraba hondo de nuevo.
Pedro se apoyó contra una pared y paseó la mirada de una cara a otra, deseando de todo corazón que Paula estuviera entre ellas. Los clientes eran jóvenes que vestían vaqueros y cazadoras de cuero de diseño. Las sedosas melenas de las mujeres brillaban como las de los anuncios de champú; el nivel de energía era frenético. Sin embargo, ella no estaba allí. Ocupó una mesa vacía cerca de la puerta desde donde vería a cualquiera que entrara o saliera. Se quitó la trenca y se sentó, pidió una botella de Merlot y un plato de frutos secos. Automáticamente localizó con la mirada las señales luminosas de salida, deseando que el techo no le pareciera tan bajo y que apagaran las luces de la pista. Deseando no haber conocido jamás a Paula Chaves. Las hormonas dominaban su vida, pensaba con furia mientras meditaba sobre lo mucho que le pesaba el control que ella, con su figura esbelta y su rostro exquisito, tenía sobre sus sentimientos. Pero por mucho que hubiera tratado de librarse de lafuerza de aquel control, no era capaz de disminuirlo. ¡Dios! sabía que llevaba tres semanas intentándolo con todas sus fuerzas. Ella, había que ser justos, no tenía ni idea de la ardua prueba a la que lo había sometido obligándolo a que esperara en aquel bar del sótano.
Las luces estroboscópicas se reflejaban en las botellas detrás de la barra, mientras la gente bailaba en la pista, retorciéndose al ritmo de la música primitiva e indudablemente hostil. La pequeña habitación había estado silenciosa; silenciosa como una tumba. Tan silenciosa que daba miedo, que hacía enloquecer. Después de tantos años, él hacía lo posible para no pensar en el secuestro que tanto había alterado su vida. A los once años lo habían agarrado mientras caminaba por la acera junto a su colegio; lo habían drogado y encerrado en un sótano durante quince días y catorce noches. Los secuestradores, se había enterado después, habían estado pidiendo un rescate. El FBI había trabajado con admirable eficacia y rapidez y habían localizado el escondite, habían detenido a los secuestradores y lo habían rescatado. Aparte de las drogas, que le habían dado para mantenerlo en silencio y administrado con una jeringuilla por un hombre enmascarado que no le había dirigido ni una sola palabra, había salido ileso. Jamás había olvidado las lágrimas de su madre cuando se habían encontrado cara a cara en la comisaría de policía, o los signos de agotamiento en la cara de su padre.
El efecto secundario duradero había sido el miedo a la oscuridad, a los lugares subterráneos. En ese momento, para vergüenza suya, le sudaban las palmas de las manos, tenía un nudo en la garganta y el corazón le latía con fuerza. Como cuando tenía once años. A las dos de la madrugada, cuando el guarda de la puerta cerró el bar, a Pedro se le habían insinuado seis mujeres, estaba medio ensordecido y harto de Merlot y de cacahuetes. Además, la claustrofobia no había cedido. Subió las escaleras y salió a la acera. Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia el este por el paseo marítimo, donde los edificios se aglomeraban por la colina que descendía hacia una extensión de arena pálida. Sería inútil pensar en dormir hasta que se hubiera recuperado de todas esas horas tremendamente largas. Debería marcharse de Mónaco; olvidar todo aquel ridículo asunto. ¿Merecía te pena esperar a alguien dos noches seguidas en El Genoese? ¿Después de todo, qué sabía en realidad de Paula? Cierto, ella le había dado su palabra. ¿Pero qué valor tenía? ¿Y si no se presentaba? ¿Y si pasaba la noche en Milán, con uno de los muchos hombres que había mencionado, riéndose al pensar en Pedro sentado en aquel bar de aquella cuidad de la Riviera francesa?
Se estaba riendo de él. Y eso lo odiaba tanto como odiaba enfrentarse a los demonios del pasado. ¿Y cómo podía desear a una mujer que no le daba importancia al sexo, por decir algo? Era promiscua, pensaba con pesar, sabiendo que llevaba tres semanas evitando decir la palabra. Parecía tan angelical... y sin embargo, se había acostado con muchos hombres a lo ancho y largo de Europa. La había visto en los recortes y ella misma lo reconocía. Lo lógico era volver a Nueva York por la mañana y olvidarse de la pelirroja de ojos vivos, inteligencia despierta y moralidad casi inexistente. ¿Acaso no había hecho lo posible desde el principio para descorazonarlo? El Genoese era el toque final. Después de malgastar tres noches de su vida de un modo tan estúpido, no tendría prisa por buscarla. Lo cual significaba que ella habría ganado.
Eran exactamente las siete y media. El bar, comprobó con angustia, estaba en un nivel subterráneo al que se accedía por una estrecha escalera de caracol. Su pesadilla resurgía de nuevo. Tenía treinta y cinco años, no once. Debería poder bajar unas escaleras y pasarse seis horas en una habitación sin ventanas sin sentir que le faltaba el aire. Claro que no era tan sencillo. Paula, estaba casi seguro, no llegaría hasta el viernes. Si aquello era una especie de prueba, ¿Por qué iba a ir a él antes de ese día? A no ser que ella pensara que él no se molestaría en ir hasta el viernes. Era inútil tratar de adivinar lo que iba a pasar. Pedro tomó una bocanada de aire cargado de salitre, bajó las escaleras despacio y empujó la pesada puerta negra. El ruido lo golpeó sorpresivamente. La música de rap sonaba a un volumen altísimo. Jamás había sido un aficionado al rap. Dejó que la puerta se cerrara tras de sí, con el corazón latiéndole con fuerza. El local era espacioso, con mesas alrededor de una pista de baile central iluminada con luces parpadeantes que enseguida lo desorientaron. Una sala grande, pensaba con inquietud; no un cuartucho del tamaño de un armario, como el lugar que jamás sería capaz de olvidar. «Venga, puedes hacerlo, Pedro», se decía mientras respiraba hondo de nuevo.
Pedro se apoyó contra una pared y paseó la mirada de una cara a otra, deseando de todo corazón que Paula estuviera entre ellas. Los clientes eran jóvenes que vestían vaqueros y cazadoras de cuero de diseño. Las sedosas melenas de las mujeres brillaban como las de los anuncios de champú; el nivel de energía era frenético. Sin embargo, ella no estaba allí. Ocupó una mesa vacía cerca de la puerta desde donde vería a cualquiera que entrara o saliera. Se quitó la trenca y se sentó, pidió una botella de Merlot y un plato de frutos secos. Automáticamente localizó con la mirada las señales luminosas de salida, deseando que el techo no le pareciera tan bajo y que apagaran las luces de la pista. Deseando no haber conocido jamás a Paula Chaves. Las hormonas dominaban su vida, pensaba con furia mientras meditaba sobre lo mucho que le pesaba el control que ella, con su figura esbelta y su rostro exquisito, tenía sobre sus sentimientos. Pero por mucho que hubiera tratado de librarse de lafuerza de aquel control, no era capaz de disminuirlo. ¡Dios! sabía que llevaba tres semanas intentándolo con todas sus fuerzas. Ella, había que ser justos, no tenía ni idea de la ardua prueba a la que lo había sometido obligándolo a que esperara en aquel bar del sótano.
Las luces estroboscópicas se reflejaban en las botellas detrás de la barra, mientras la gente bailaba en la pista, retorciéndose al ritmo de la música primitiva e indudablemente hostil. La pequeña habitación había estado silenciosa; silenciosa como una tumba. Tan silenciosa que daba miedo, que hacía enloquecer. Después de tantos años, él hacía lo posible para no pensar en el secuestro que tanto había alterado su vida. A los once años lo habían agarrado mientras caminaba por la acera junto a su colegio; lo habían drogado y encerrado en un sótano durante quince días y catorce noches. Los secuestradores, se había enterado después, habían estado pidiendo un rescate. El FBI había trabajado con admirable eficacia y rapidez y habían localizado el escondite, habían detenido a los secuestradores y lo habían rescatado. Aparte de las drogas, que le habían dado para mantenerlo en silencio y administrado con una jeringuilla por un hombre enmascarado que no le había dirigido ni una sola palabra, había salido ileso. Jamás había olvidado las lágrimas de su madre cuando se habían encontrado cara a cara en la comisaría de policía, o los signos de agotamiento en la cara de su padre.
El efecto secundario duradero había sido el miedo a la oscuridad, a los lugares subterráneos. En ese momento, para vergüenza suya, le sudaban las palmas de las manos, tenía un nudo en la garganta y el corazón le latía con fuerza. Como cuando tenía once años. A las dos de la madrugada, cuando el guarda de la puerta cerró el bar, a Pedro se le habían insinuado seis mujeres, estaba medio ensordecido y harto de Merlot y de cacahuetes. Además, la claustrofobia no había cedido. Subió las escaleras y salió a la acera. Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia el este por el paseo marítimo, donde los edificios se aglomeraban por la colina que descendía hacia una extensión de arena pálida. Sería inútil pensar en dormir hasta que se hubiera recuperado de todas esas horas tremendamente largas. Debería marcharse de Mónaco; olvidar todo aquel ridículo asunto. ¿Merecía te pena esperar a alguien dos noches seguidas en El Genoese? ¿Después de todo, qué sabía en realidad de Paula? Cierto, ella le había dado su palabra. ¿Pero qué valor tenía? ¿Y si no se presentaba? ¿Y si pasaba la noche en Milán, con uno de los muchos hombres que había mencionado, riéndose al pensar en Pedro sentado en aquel bar de aquella cuidad de la Riviera francesa?
Se estaba riendo de él. Y eso lo odiaba tanto como odiaba enfrentarse a los demonios del pasado. ¿Y cómo podía desear a una mujer que no le daba importancia al sexo, por decir algo? Era promiscua, pensaba con pesar, sabiendo que llevaba tres semanas evitando decir la palabra. Parecía tan angelical... y sin embargo, se había acostado con muchos hombres a lo ancho y largo de Europa. La había visto en los recortes y ella misma lo reconocía. Lo lógico era volver a Nueva York por la mañana y olvidarse de la pelirroja de ojos vivos, inteligencia despierta y moralidad casi inexistente. ¿Acaso no había hecho lo posible desde el principio para descorazonarlo? El Genoese era el toque final. Después de malgastar tres noches de su vida de un modo tan estúpido, no tendría prisa por buscarla. Lo cual significaba que ella habría ganado.
Seducción: Capítulo 14
—¿Haces esto con todas las mujeres a las que conoces?
—Nunca me ha hecho falta hacerlo.
—¿Entonces por qué te estás molestando ahora?
—Pau, no quiero tantear el terreno —dijo él a la fuerza—. En éste momento es a tí a quien deseo. A tí, exclusivamente. Porque en el fondo no creo que seas una cobarde.
—Tan sólo sexista —le dijo con un destello de desafío.
—¿No te aburres de tantear el terreno? —le preguntó Pedro.
Ella respondió en tono grosero.
—De momento, no me he aburrido contigo.
—Entonces me atreveré a algo más; haz la prueba conmigo hasta que te aburras — Pedro deslizó sobre la mesa un trozo de papel—. El número de mi asistente personal en Nueva York. Se llama Antonio y siempre sabe dónde localizarme.
Ella se quedó mirando el trozo de papel, como si fuera a levantarse y a morderla. ¿Pero qué había sido de su segunda estrategia de defensa? Pedro se le había adelantado, incitándola a que saliera con él. Peor aún, a que se fuera a la cama con él.
—No me interesa tu dinero —le soltó ella mientras trataba de pensar con claridad—. Yo tengo bastante.
—En ningún momento he pensado que te interesara mi dinero.
«La prueba», pensó ella. «Ahora es el momento. Hazlo, Pau». Ella levantó la vista, y con acento pronunciado, como siempre le pasaba cuando estaba angustiada, se dirigió a él.
—Muy bien, Pedro... Yo también soy capaz de proponerte un reto.
—Adelante —dijo él.
—Encontrémonos en El Genoese, en Montecarlo, dentro de tres semanas; por la tarde, a partir de las siete y media; un miércoles, un jueves o un viernes.
—Dime el día —dijo él.
—Ah —le dijo ella con suavidad—, es parte del reto. No voy a decirte qué día. O bien merezco la pena, o no... ¿Cuál eliges?
—¿Pero aparecerás? —le preguntó Pedro. En sus ojos había destellos de fuego.
—Te doy mi palabra —respondió ella.
—Entonces te esperaré.
—Está abierto hasta las dos de la mañana, y la música es ensordecedora —dijo ella con una sonrisa maliciosa—. No esperarás. Ningún hombre lo haría. Sobre todo cuando el mundo está lleno de mujeres bellas instantáneamente disponibles.
—No te valoras lo suficiente —dijo él; entonces trazó la suave curva de su labio, hasta percibir un ligero temblor—. Esperaré —añadió Pedro.
El miedo que le corrió por las venas la angustió. Él no esperaría. Juraría que Pedro Alfonso jamás había tenido que esperar a ninguna mujer.
—Si no conoces Montecarlo, cualquiera puede dirigirte al Genoese.
—¿Montecarlo, donde la vida es un juego y las apuestas son altas?
—¿Las apuestas son altas? Tal vez para tí... Para mí no —dijo ella.
Lo cual era otra mentira.
—No estaría donde estoy hoy si no supiera jugar, Pau... Mañana le daré a Antonio tu nombre. Sólo tienes que mencionárselo y él se encargará de que yo reciba los mensajes que le des para mí.
—Debo de estar loca para sugerir un encuentro entre nosotros —dijo ella en un tono tan bajo que Pedro apenas la oyó—. Incluso una reunión a la que no asistirás.
Ella parecía agotada. Pedro apuró el whisky.
—Termina —le dijo él—, y te acompaño al vestíbulo. Después me pondré en camino; mi vuelo es mañana por la mañana, temprano.
Ella le miró con expresión remota.
—¿Entonces esta noche no vas a intentar nada conmigo?
Él apretó la mandíbula.
—No juego cuando no tengo buenas cartas.
—En cualquier mesa serías un oponente temible.
Él retiró la silla.
—Me lo tomaré como un elogio. Vamos, estás hecha puré.
—¿Hecha puré? No sé lo que significa eso, pero no suena muy bien.
Él le tomó la mano y tiró de ella. De pie, muy cerca de ella, acariciándole las facciones con la mirada, le dijo en tono ronco.
—Significa que estás agotada. Que te hace falta dormir bien. Cuando tú y yo compartamos cama, el sueño no será una prioridad.
—¿Cuando compartamos cama? —le dijo ella mientras lo miraba con sorpresa—. No me gusta que me subestimen.
Él tenía unos ojos de un atrayente azul intenso, profundos e inescrutables; unos ojos carismáticos que la atraían como un imán, como si no fuera dueña de su pensamiento. Sintió que se balanceaba imperceptiblemente hacia él mientras un incipiente deseo despertaba en su interior y tiraba por la borda todas sus defensas. Ella se puso de puntillas y rozó sus labios con los suyos, con la suavidad de un ala de mariposa y con la misma ligereza se apartó de él. A Paula le latía el corazón con fuerza, y horrorizada se dijo que de poco le había servido mantener las distancias con él hasta ese momento. ¿Pero qué demonios le pasaba? Por una vez Pedro se quedó sin palabras. Impulsivamente le tomó la mano, que besó con suave y prolongado placer sin apartar la vista de sus mejillas encendidas. Entonces echó mano de todo el aguante que poseía y rodeándole los hombros con el brazo, la condujo de nuevo al vestíbulo, donde la luz de la araña de cristal resultaba excesivamente fuerte.
—El Genoese. Dentro de tres semanas. Si necesitas algo entretanto, llámame.
—No te voy a llamar —dijo Paula mientras se daba la vuelta y cruzaba el espacioso hall alfombrado hasta los ascensores.
Y no lo haría.
—Nunca me ha hecho falta hacerlo.
—¿Entonces por qué te estás molestando ahora?
—Pau, no quiero tantear el terreno —dijo él a la fuerza—. En éste momento es a tí a quien deseo. A tí, exclusivamente. Porque en el fondo no creo que seas una cobarde.
—Tan sólo sexista —le dijo con un destello de desafío.
—¿No te aburres de tantear el terreno? —le preguntó Pedro.
Ella respondió en tono grosero.
—De momento, no me he aburrido contigo.
—Entonces me atreveré a algo más; haz la prueba conmigo hasta que te aburras — Pedro deslizó sobre la mesa un trozo de papel—. El número de mi asistente personal en Nueva York. Se llama Antonio y siempre sabe dónde localizarme.
Ella se quedó mirando el trozo de papel, como si fuera a levantarse y a morderla. ¿Pero qué había sido de su segunda estrategia de defensa? Pedro se le había adelantado, incitándola a que saliera con él. Peor aún, a que se fuera a la cama con él.
—No me interesa tu dinero —le soltó ella mientras trataba de pensar con claridad—. Yo tengo bastante.
—En ningún momento he pensado que te interesara mi dinero.
«La prueba», pensó ella. «Ahora es el momento. Hazlo, Pau». Ella levantó la vista, y con acento pronunciado, como siempre le pasaba cuando estaba angustiada, se dirigió a él.
—Muy bien, Pedro... Yo también soy capaz de proponerte un reto.
—Adelante —dijo él.
—Encontrémonos en El Genoese, en Montecarlo, dentro de tres semanas; por la tarde, a partir de las siete y media; un miércoles, un jueves o un viernes.
—Dime el día —dijo él.
—Ah —le dijo ella con suavidad—, es parte del reto. No voy a decirte qué día. O bien merezco la pena, o no... ¿Cuál eliges?
—¿Pero aparecerás? —le preguntó Pedro. En sus ojos había destellos de fuego.
—Te doy mi palabra —respondió ella.
—Entonces te esperaré.
—Está abierto hasta las dos de la mañana, y la música es ensordecedora —dijo ella con una sonrisa maliciosa—. No esperarás. Ningún hombre lo haría. Sobre todo cuando el mundo está lleno de mujeres bellas instantáneamente disponibles.
—No te valoras lo suficiente —dijo él; entonces trazó la suave curva de su labio, hasta percibir un ligero temblor—. Esperaré —añadió Pedro.
El miedo que le corrió por las venas la angustió. Él no esperaría. Juraría que Pedro Alfonso jamás había tenido que esperar a ninguna mujer.
—Si no conoces Montecarlo, cualquiera puede dirigirte al Genoese.
—¿Montecarlo, donde la vida es un juego y las apuestas son altas?
—¿Las apuestas son altas? Tal vez para tí... Para mí no —dijo ella.
Lo cual era otra mentira.
—No estaría donde estoy hoy si no supiera jugar, Pau... Mañana le daré a Antonio tu nombre. Sólo tienes que mencionárselo y él se encargará de que yo reciba los mensajes que le des para mí.
—Debo de estar loca para sugerir un encuentro entre nosotros —dijo ella en un tono tan bajo que Pedro apenas la oyó—. Incluso una reunión a la que no asistirás.
Ella parecía agotada. Pedro apuró el whisky.
—Termina —le dijo él—, y te acompaño al vestíbulo. Después me pondré en camino; mi vuelo es mañana por la mañana, temprano.
Ella le miró con expresión remota.
—¿Entonces esta noche no vas a intentar nada conmigo?
Él apretó la mandíbula.
—No juego cuando no tengo buenas cartas.
—En cualquier mesa serías un oponente temible.
Él retiró la silla.
—Me lo tomaré como un elogio. Vamos, estás hecha puré.
—¿Hecha puré? No sé lo que significa eso, pero no suena muy bien.
Él le tomó la mano y tiró de ella. De pie, muy cerca de ella, acariciándole las facciones con la mirada, le dijo en tono ronco.
—Significa que estás agotada. Que te hace falta dormir bien. Cuando tú y yo compartamos cama, el sueño no será una prioridad.
—¿Cuando compartamos cama? —le dijo ella mientras lo miraba con sorpresa—. No me gusta que me subestimen.
Él tenía unos ojos de un atrayente azul intenso, profundos e inescrutables; unos ojos carismáticos que la atraían como un imán, como si no fuera dueña de su pensamiento. Sintió que se balanceaba imperceptiblemente hacia él mientras un incipiente deseo despertaba en su interior y tiraba por la borda todas sus defensas. Ella se puso de puntillas y rozó sus labios con los suyos, con la suavidad de un ala de mariposa y con la misma ligereza se apartó de él. A Paula le latía el corazón con fuerza, y horrorizada se dijo que de poco le había servido mantener las distancias con él hasta ese momento. ¿Pero qué demonios le pasaba? Por una vez Pedro se quedó sin palabras. Impulsivamente le tomó la mano, que besó con suave y prolongado placer sin apartar la vista de sus mejillas encendidas. Entonces echó mano de todo el aguante que poseía y rodeándole los hombros con el brazo, la condujo de nuevo al vestíbulo, donde la luz de la araña de cristal resultaba excesivamente fuerte.
—El Genoese. Dentro de tres semanas. Si necesitas algo entretanto, llámame.
—No te voy a llamar —dijo Paula mientras se daba la vuelta y cruzaba el espacioso hall alfombrado hasta los ascensores.
Y no lo haría.
Seducción: Capítulo 13
—Qué poco romántico —dijo ella.
Mientras él la ayudaba a sentarse en su coche de alquiler, un Porsche plateado, la raja de su falda dejó entrever sus piernas y el brillo de sus medias iridiscentes. Se tomó su tiempo mientras colocaba los pies correctamente bajo el salpicadero y se colocaba la falda.
—Gracias —le dijo con toda la compostura del mundo.
Pedro aspiró hondo, cerró la puerta y se acercó al lado del conductor. Su próxima tarea era convencerla de que iba a convertirse en su amante. ¡Y por Dios que lo lograría!.
—Te invito a una copa en el hotel —dijo él antes de salir a la calle.
Paula había tenido algo de tiempo para serenarse y ordenar sus pensamientos. Decidió que había llegado el momento de mostrar su segundo perfil defensivo; uno que no tendría escrúpulos en utilizar con Pedro. Ella lo llamaba «la prueba», y pocas veces le había fallado. Estaba segura de que funcionaría con Pedro Alfonso, un hombre acostumbrado a estar al mando.
—Una copa no me vendría mal —dijo ella.
—Vaya, qué fácil —comentó Pedro.
—Me disgusta ser previsible.
—No tienes por qué preocuparte por eso.
Había pasado la primera barrera, se decía Pedro para sus adentros, concentrado en su conducción. Tras dejarle el coche al portero del hotel, condujo a Paula hacia un opulento vestíbulo. El mármol, la caoba, las alfombras orientales y una profusión de plantas tropicales declaraban sin sutilidad alguna, que no se había reparado en gastos.
—Habría imaginado que algo menos ostentoso sería más de tu gusto.
—Mariana me hizo la reserva.
Era sin duda el tipo de sitio que le gustaba a su amiga. En el bar, una mujer interpretaba una melodía de jazz mientras paseaba los dedos por las teclas de un piano de cola. Avanzaron hacia una mesa que se hallaba cerca de las cortinas de terciopelo rojo oscuro con sus borlones dorados. Pedro esperó hasta que un camarero les llevó las consumiciones para empezar a hablar.
—Los recortes de periódico que me enseñaste me sorprendieron, Pau, como sin duda tú pretendías. Tampoco me gustaron tus condiciones. Pero me dí por vencido con demasiada facilidad.
Ella dió un delicado sorbo de su Martini.
—Estás acostumbrado a que las mujeres te persigan.
—Tengo mucho dinero y es un potente afrodisíaco.
Ella arqueó las cejas.
—¿Entonces quién es el cínico ahora?
Él se echó hacia delante y habló con toda la fuerza de su persona.
—Pau, te deseo en mi cama... y estoy convencido de que tú también lo deseas. Yo viajo mucho, podemos encontrarnos donde tú quieras.
—Yo tanteo el terreno, me lo paso bien y continúo —dijo Paula, detestando su mentira—. Eso es lo que te he dicho esta mañana y nada ha cambiado. Puedes darme tu número de teléfono, si quieres... Si no tengo nada que hacer, te llamaré.
¿Así que ella lo incluía en lo que ella llamaba «el terreno»?
—Te reto a que conciertes una cita conmigo —dijo Pedro, arqueando una ceja—. Aún más, te reto a que me conozcas. Dentro y fuera de la cama.
A ella se le movieron las aletas de la naríz.
—Te estás comportando de un modo muy infantil —dijo ella.
—¿De verdad? Si dejamos de arriesgarnos, algo en nosotros muere.
—¡Los riesgos pueden matar!
—Te aseguro que no tengo el homicidio en mente.
—Los hombres no se quedan el tiempo suficiente para que las mujeres lleguen a conocerlos —dijo Paula con la respiración agitada.
—Las generalizaciones son señal de una mente perezosa —dijo Pedro.
—Al menor problema, te largarás antes de que me dé tiempo a decir au revoir — dijo ella.
—Te muestras tanto sexista como cobarde —le dijo él.
Ella alzó el mentón rápidamente.
—¿Quién te ha dado derecho a juzgarme? —dijo Paula con rabia.
—Niégalo entonces.
—¡No soy ninguna cobarde!
—Demuéstramelo —dijo Pedro con un susurro aterciopelado—. O, mejor aún, demuéstratelo a tí misma.
—Estás hablando de que nos conozcamos —dijo Paula con inquietud—. Y, sin embargo, tú mismo has dicho que jamás dejas que ninguna mujer se te acerque lo suficientemente como para hacerte daño.
—Tal vez tú seas la excepción que confirma la regla. ¿Y cómo se suponía que debía interpretar eso?
—Me gusta mi vida tal y como es —dijo ella—. ¿Por qué debería cambiarla?
—Si no quisieras cambiarla, no estarías aquí sentada manteniendo esta conversación conmigo.
Él estaba equivocado. Totalmente equivocado.
Mientras él la ayudaba a sentarse en su coche de alquiler, un Porsche plateado, la raja de su falda dejó entrever sus piernas y el brillo de sus medias iridiscentes. Se tomó su tiempo mientras colocaba los pies correctamente bajo el salpicadero y se colocaba la falda.
—Gracias —le dijo con toda la compostura del mundo.
Pedro aspiró hondo, cerró la puerta y se acercó al lado del conductor. Su próxima tarea era convencerla de que iba a convertirse en su amante. ¡Y por Dios que lo lograría!.
—Te invito a una copa en el hotel —dijo él antes de salir a la calle.
Paula había tenido algo de tiempo para serenarse y ordenar sus pensamientos. Decidió que había llegado el momento de mostrar su segundo perfil defensivo; uno que no tendría escrúpulos en utilizar con Pedro. Ella lo llamaba «la prueba», y pocas veces le había fallado. Estaba segura de que funcionaría con Pedro Alfonso, un hombre acostumbrado a estar al mando.
—Una copa no me vendría mal —dijo ella.
—Vaya, qué fácil —comentó Pedro.
—Me disgusta ser previsible.
—No tienes por qué preocuparte por eso.
Había pasado la primera barrera, se decía Pedro para sus adentros, concentrado en su conducción. Tras dejarle el coche al portero del hotel, condujo a Paula hacia un opulento vestíbulo. El mármol, la caoba, las alfombras orientales y una profusión de plantas tropicales declaraban sin sutilidad alguna, que no se había reparado en gastos.
—Habría imaginado que algo menos ostentoso sería más de tu gusto.
—Mariana me hizo la reserva.
Era sin duda el tipo de sitio que le gustaba a su amiga. En el bar, una mujer interpretaba una melodía de jazz mientras paseaba los dedos por las teclas de un piano de cola. Avanzaron hacia una mesa que se hallaba cerca de las cortinas de terciopelo rojo oscuro con sus borlones dorados. Pedro esperó hasta que un camarero les llevó las consumiciones para empezar a hablar.
—Los recortes de periódico que me enseñaste me sorprendieron, Pau, como sin duda tú pretendías. Tampoco me gustaron tus condiciones. Pero me dí por vencido con demasiada facilidad.
Ella dió un delicado sorbo de su Martini.
—Estás acostumbrado a que las mujeres te persigan.
—Tengo mucho dinero y es un potente afrodisíaco.
Ella arqueó las cejas.
—¿Entonces quién es el cínico ahora?
Él se echó hacia delante y habló con toda la fuerza de su persona.
—Pau, te deseo en mi cama... y estoy convencido de que tú también lo deseas. Yo viajo mucho, podemos encontrarnos donde tú quieras.
—Yo tanteo el terreno, me lo paso bien y continúo —dijo Paula, detestando su mentira—. Eso es lo que te he dicho esta mañana y nada ha cambiado. Puedes darme tu número de teléfono, si quieres... Si no tengo nada que hacer, te llamaré.
¿Así que ella lo incluía en lo que ella llamaba «el terreno»?
—Te reto a que conciertes una cita conmigo —dijo Pedro, arqueando una ceja—. Aún más, te reto a que me conozcas. Dentro y fuera de la cama.
A ella se le movieron las aletas de la naríz.
—Te estás comportando de un modo muy infantil —dijo ella.
—¿De verdad? Si dejamos de arriesgarnos, algo en nosotros muere.
—¡Los riesgos pueden matar!
—Te aseguro que no tengo el homicidio en mente.
—Los hombres no se quedan el tiempo suficiente para que las mujeres lleguen a conocerlos —dijo Paula con la respiración agitada.
—Las generalizaciones son señal de una mente perezosa —dijo Pedro.
—Al menor problema, te largarás antes de que me dé tiempo a decir au revoir — dijo ella.
—Te muestras tanto sexista como cobarde —le dijo él.
Ella alzó el mentón rápidamente.
—¿Quién te ha dado derecho a juzgarme? —dijo Paula con rabia.
—Niégalo entonces.
—¡No soy ninguna cobarde!
—Demuéstramelo —dijo Pedro con un susurro aterciopelado—. O, mejor aún, demuéstratelo a tí misma.
—Estás hablando de que nos conozcamos —dijo Paula con inquietud—. Y, sin embargo, tú mismo has dicho que jamás dejas que ninguna mujer se te acerque lo suficientemente como para hacerte daño.
—Tal vez tú seas la excepción que confirma la regla. ¿Y cómo se suponía que debía interpretar eso?
—Me gusta mi vida tal y como es —dijo ella—. ¿Por qué debería cambiarla?
—Si no quisieras cambiarla, no estarías aquí sentada manteniendo esta conversación conmigo.
Él estaba equivocado. Totalmente equivocado.
Seducción: Capítulo 12
—Te he visto tratar a las mujeres como si fueran adornos; decorativas, pero nada que mereciera tu atención.
Él hizo una mueca de pesar.
—Paula me interesa sólo por el hecho de estar en la misma habitación que ella. De modo que es distinta a las demás.
—Eso es lo que dicen todos.
—Tú eres una vieja amiga y te estoy pidiendo que confíes en mí —dijo Pedro totalmente serio—. ella me ha dejado sin sentido. Ninguna otra mujer se ha acercado a ello. Lo único que quiero es la oportunidad de llevarla de vuelta al hotel. No me voy a tirar encima de ella en cuanto se monte en el coche.
—¿Y si ella dice que no?
—No lo hará.
Mariana perdió los estribos.
—Si le haces daño a esa chica... No te invitaré a mi fiesta del próximo año.
Era una amenaza en toda regla.
—Mari, quiero a Paula, por eso no hay problema; pero me da la impresión de que no está huyendo de mí, sino de sí misma. Y me importa un pito si suena ridículo.
Mariana se pasó un buen rato mirándolo.
—Le preguntaré si quiere que la lleves a su hotel. La pesada puerta de roble se cerró tras ella.
Pedro se metió las manos en los bolsillos y fijó la vista en la alfombra persa de valor incalculable. Sentía como si su existencia pendiera de un hilo. ¿Cómo podía ser tan melodramático? Sólo quería sexo, nada más y nada menos.
Cinco minutos después la puerta se abrió. Paula entró en la habitación, seguida de Mariana. Llevaba un vestido de punto muy fino azul pálido, parecido al color del hielo, que le llegaba por la pantorrilla. Llevaba el cabello recogido en un moño. Con asombro, Pedro vió que llevaba puestos los pendientes que le había comprado esa mañana.
—Te he dicho adiós esta mañana —le dijo Paula en tono seco.
—No fue un adiós. Más bien un au revoir.
—Mi hotel está a cuatro manzanas de aquí, exactamente. Puedo caminar.
—Si no quieres ir conmigo, tomarás un taxi.
Paula lo miró con rabia y luego trasfirió esa mirada rabiosa a Mariana.
—¿Éste hombre es amigo tuyo?
Mariana respondió con calma:
—Si no lo fuera, no habría pasado de la puerta.
Paula suspiró con exasperación. No recordaba cuándo se había sentido tan enfadada como se sentía en ese momento. Enfadada, temerosa, preocupada y... aparte de todo eso y en contra de todos sus principios, contentísima de volver a verlo.
—De acuerdo, Pedro, puedes llevarme al hotel —le dijo ella—. Pero sólo porque no quiero perder el tiempo discutiendo contigo.
—Bien —dijo él, incapaz de disimular su sonrisa.
—Esa sonrisa tuya debería estar prohibida; es letal para cualquier mujer que tenga más de doce años.
Mariana reprimió una especie de risotada.
—Tienes que reconocer que es mono, Pau.
—¿Mono? —dijo Pedro, haciendo una mueca.
—Igual de mono que un cable de alta tensión —soltó Paula.
—Desde luego hay bastante tensión entre ustedes dos —comentó Mariana mientras se dirigía hacia la puerta de entrada, donde tomó un chal de encaje de un ropero y se lo pasó a Pedro, quien procedió a ponérselo a Paula por los hombros.
Mariana se inclinó y besó a Paula en la mejilla.
—Hablaremos la semana que viene.
—El lunes o el martes —la voz de Paula se suavizó—. Muchas gracias, Mari.
—Pepe es un buen hombre —añadió Mariana.
Paula sonrió con ironía.
—Tal vez prefiera a los hombres malos.
Pedro intervino en tono duro.
—Bueno, malo o indiferente, detesto que se hable de mí como si yo no estuviera presente.
—Indiferente no podría aplicarse ni a tí ni a ella —dijo Mariana en tono ligero—. Buenas noches.
Pedro y Paula salieron a la fresca oscuridad de la noche, que aún perfumaban las rosas y la puerta se cerró tras de ellos. Él cortó una rosa amarilla con la mano; y ella se quedó como una estatua mientras se la colocaba detrás de la oreja
—Creo que aguantará —dijo él, tirando del tallo.
—Eres un romántico sin remedio.
—Todavía llevas puestos los pendientes de oreja de mar —comentó él—. ¿No te hace ese detalle también romántica a tí?
—Me van con el vestido.
—Ya estamos discutiendo otra vez.
Él hizo una mueca de pesar.
—Paula me interesa sólo por el hecho de estar en la misma habitación que ella. De modo que es distinta a las demás.
—Eso es lo que dicen todos.
—Tú eres una vieja amiga y te estoy pidiendo que confíes en mí —dijo Pedro totalmente serio—. ella me ha dejado sin sentido. Ninguna otra mujer se ha acercado a ello. Lo único que quiero es la oportunidad de llevarla de vuelta al hotel. No me voy a tirar encima de ella en cuanto se monte en el coche.
—¿Y si ella dice que no?
—No lo hará.
Mariana perdió los estribos.
—Si le haces daño a esa chica... No te invitaré a mi fiesta del próximo año.
Era una amenaza en toda regla.
—Mari, quiero a Paula, por eso no hay problema; pero me da la impresión de que no está huyendo de mí, sino de sí misma. Y me importa un pito si suena ridículo.
Mariana se pasó un buen rato mirándolo.
—Le preguntaré si quiere que la lleves a su hotel. La pesada puerta de roble se cerró tras ella.
Pedro se metió las manos en los bolsillos y fijó la vista en la alfombra persa de valor incalculable. Sentía como si su existencia pendiera de un hilo. ¿Cómo podía ser tan melodramático? Sólo quería sexo, nada más y nada menos.
Cinco minutos después la puerta se abrió. Paula entró en la habitación, seguida de Mariana. Llevaba un vestido de punto muy fino azul pálido, parecido al color del hielo, que le llegaba por la pantorrilla. Llevaba el cabello recogido en un moño. Con asombro, Pedro vió que llevaba puestos los pendientes que le había comprado esa mañana.
—Te he dicho adiós esta mañana —le dijo Paula en tono seco.
—No fue un adiós. Más bien un au revoir.
—Mi hotel está a cuatro manzanas de aquí, exactamente. Puedo caminar.
—Si no quieres ir conmigo, tomarás un taxi.
Paula lo miró con rabia y luego trasfirió esa mirada rabiosa a Mariana.
—¿Éste hombre es amigo tuyo?
Mariana respondió con calma:
—Si no lo fuera, no habría pasado de la puerta.
Paula suspiró con exasperación. No recordaba cuándo se había sentido tan enfadada como se sentía en ese momento. Enfadada, temerosa, preocupada y... aparte de todo eso y en contra de todos sus principios, contentísima de volver a verlo.
—De acuerdo, Pedro, puedes llevarme al hotel —le dijo ella—. Pero sólo porque no quiero perder el tiempo discutiendo contigo.
—Bien —dijo él, incapaz de disimular su sonrisa.
—Esa sonrisa tuya debería estar prohibida; es letal para cualquier mujer que tenga más de doce años.
Mariana reprimió una especie de risotada.
—Tienes que reconocer que es mono, Pau.
—¿Mono? —dijo Pedro, haciendo una mueca.
—Igual de mono que un cable de alta tensión —soltó Paula.
—Desde luego hay bastante tensión entre ustedes dos —comentó Mariana mientras se dirigía hacia la puerta de entrada, donde tomó un chal de encaje de un ropero y se lo pasó a Pedro, quien procedió a ponérselo a Paula por los hombros.
Mariana se inclinó y besó a Paula en la mejilla.
—Hablaremos la semana que viene.
—El lunes o el martes —la voz de Paula se suavizó—. Muchas gracias, Mari.
—Pepe es un buen hombre —añadió Mariana.
Paula sonrió con ironía.
—Tal vez prefiera a los hombres malos.
Pedro intervino en tono duro.
—Bueno, malo o indiferente, detesto que se hable de mí como si yo no estuviera presente.
—Indiferente no podría aplicarse ni a tí ni a ella —dijo Mariana en tono ligero—. Buenas noches.
Pedro y Paula salieron a la fresca oscuridad de la noche, que aún perfumaban las rosas y la puerta se cerró tras de ellos. Él cortó una rosa amarilla con la mano; y ella se quedó como una estatua mientras se la colocaba detrás de la oreja
—Creo que aguantará —dijo él, tirando del tallo.
—Eres un romántico sin remedio.
—Todavía llevas puestos los pendientes de oreja de mar —comentó él—. ¿No te hace ese detalle también romántica a tí?
—Me van con el vestido.
—Ya estamos discutiendo otra vez.
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